Prólogo – Donde el silencio florece

Iniciado por Maurick, 08 de Jul 2025, 19:59:43

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Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22
Los percebes luminosos palpitan otra vez. La visión te roza sin llegar a cuajar del todo: mares blancos de sal, corrientes detenidas, un fondo oceánico abierto como una herida inmensa. Nada más que un destello, un flash. Como cuando alguien sacaba el móvil para sacar una foto. Un instante de luz, pero suficiente.


Agradezco la sinceridad de Xolomotl y que me haya revelado su nombre, significa mucho para mi.

Según me habla algo parece despertar en mi interior, algo que llevaba tiempo dormido y que ya había olvidado. Es como ir despertando de una anestesia. Flashes de recuerdos de cómo ayudé a Pezuña Caótica se agolpan en mi mente y la ilusión por algo empieza a florecer. Las ideas o formas de cómo ayudar Xolomotl comienzan a agolparse.

Pero, de repente, todo se rompe.


Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22
No hay rabia en esas palabras, precisamente por eso duelen más. Himitsu no replica. Durante un instante, incluso en esa forma extraña, parece más pequeña. Aprieta el cuerpo, recoge un poco la cabeza, y cuando vuelve a mirarte a ti ya no hay curiosidad en sus ojos, sino algo que podrías decir que es pavor. Entonces empiezan a surgir burbujas. Primero unas pocas, escapándose del lecho marino entre las colonias de ojos. Luego muchas, demasiadas. Columnas enteras de aire o de algo parecido al aire ascienden desde las grietas del fondo, enturbiando el agua, rompiendo la quietud reverencial del lugar y llenándolo todo de una agitación súbita y ciega. Himitsu gira de golpe.

Cuando Himitsu me mira con pavor le devuelvo la mirada enfadada. Llena de rabia. Enojada con lo que acaba de hacer y, antes de ascender, miro a Xolomotl unos segundos manteniendo la mirada. Tras ello asciendo todo lo rápido que puedo, huyendo de la cólera adormilada durante siglos.


Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22Sales del arcón con una bocanada que no necesitabas dar. La habitación del camarote vuelve de golpe: hierro, madera, aire inmóvil, el crujido sordo del barco bajo los pies. Himitsu aparece contigo, trastabillando apenas al apoyar una mano en el borde del arcón. Durante un momento las dos os quedáis quietas, reubicando el peso del cuerpo y la respiración. No estáis mojadas, ni una gota. Eso resulta más inquietante que cualquier otra cosa. Jonah no está en el camarote. Tampoco en el pasillo, al menos no por lo que alcanzas a oír. Solo el rumor lejano de la maquinaria y el mar golpeando fuera, ajeno a lo que acaba de pasaros. Himitsu cierra el arcón de golpe. Esta vez el chasquido suena menos ceremonial y más cansado. Se queda de espaldas unos segundos, con los hombros un poco altos, conteniendo algo que no termina de decir. Tú notas entonces una molestia leve en uno de los bolsillos: metes la mano.


Hay algo pesado en mi bolsillo, algo que antes no estaba. Al meter la mano noto que es algo seco, pequeño. Sin sacar la mano miro de soslayo, disimuladamente, sin levantar sospechas a Himitsu. No quiero que se entere.


Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22No tiene brillo. No se mueve. Parece una porquería marina sin importancia. Pero en cuanto lo rozas con la yema de los dedos, algo frío y vasto te atraviesa por dentro. No es una voz ni una visión. Es una presencia, lejanísima y paciente. Como una marea retenida al fondo del alma: lo sabes sin necesidad de pensar demasiado. Xolomotl.


Respiro profundamente y contengo la respiración durante unos segundos. La paz que me transmite el portazgo de Xolomotl se desvanece al ver de nuevo a Himitsu y la rabia se vuelve a apoderar de mi.

Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22

Hablo casi entre dientes. Trato de mantener mi tono de voz calmado pero poco a poco el enfado comienza a emponzoñar de mis palabras.


De repente me vuelvo a ver reprendiendo a Himitsu como me tocaba hacer con Los Ángeles de Gaia. Malditos cachorros que no comprenden la importancia y necesidad de tratar con espíritus.


Doy unos pasos hacia la pueta, mi tono vuelve a arrastrar pesadumbre y cansancio. Mantengo el pomo de la puerta en mi mano y antes de abrirla, con el torso algo ladeado hacia ella, continúo:


Abro la puerta y antes de salir sentencio:


Salgo de la habitación sin dar portazo, solo cierro la puerta de forma calmada. Todos los malos sentimientos vuelven a agolparse en mi mente y freno las amargas lágrimas que tratan de salir al exterior. Me aferro al regalo de Xolomotl y voy a la cubierta para tomar el aire fresco.

Durante un instante se queda de pie junto al arcón cerrado, con una mano todavía apoyada sobre el cierre y la otra suspendida en el aire, como si hubiese olvidado qué iba a hacer con ella. La dureza de tus palabras no parece herirla al principio. Lo que la atraviesa es otra cosa: una fisura seca en algo que ella creía perfectamente medido.


Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37

Lo dice entre dientes, como si pronunciar las palabras le doliese. Himitsu mira el arcón, el suelo del camarote, la puerta por la que estás a punto de marcharte. Sus dedos se tensan sobre el cuero oscuro de la maleta.


La litera cruje con el vaivén del barco. En algún punto detrás de la pared, una tubería hace ruido tres veces. Himitsu no te mira con culpa todavía, pero notas que sigue atrapada en su propio error, en la humillación silenciosa de haber entrado en una casa antigua creyendo conocer las bisagras.


Entonces te ve de verdad. Ve tu mano en el pomo. Tu cuerpo ladeado hacia la puerta. La rabia contenida en los hombros, en la forma de respirar, en el modo en que has decidido no quedarte a escuchar una explicación que ahora mismo sólo sonaría como una defensa. Está a punto de contestarte, pero te marchas antes de que pueda formar algo. Cuando sales, no te sigue. Y tú ya estás en la cubierta.

El pasillo metálico huele a una mezcla entre aceite, acero y humedad. Los pasos resuenan demasiado en aquella garganta estrecha de hierro, y cada tramo de escalera parece alejarte un poco más de la habitación. Cuando abres la puerta exterior, el viento te golpea en la cara. No una simple brisa, una ráfaga de viento poderosa. Y entonces ahí está, para ti. Para todos los tripulantes del barco: el mar.

Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37Salgo de la habitación sin dar portazo, solo cierro la puerta de forma calmada. Todos los malos sentimientos vuelven a agolparse en mi mente y freno las amargas lágrimas que tratan de salir al exterior. Me aferro al regalo de Xolomotl y voy a la cubierta para tomar el aire fresco.

El Atlántico está por todas partes, negro y enorme bajo un cielo abierto, respirando contra los costados del barco. La cubierta se extiende bajo tus pies con una amplitud brutal. Luces tenues, barandillas húmedas, contenedores asegurados con cadenas, metal frío, charcos pequeños que tiemblan con cada vibración del motor. El barco es gigantesco, mucho más grande de lo que parecía desde el puerto. Una ciudad de hierro cruzando una oscuridad sin caminos. Y durante un segundo, tu mente te juega una mala pasada y se dobla.

El olor a salitre varía lo mínimo. El viento ya no es el del Atlántico. La cubierta del USS Iron Providence vuelve a formarse en algún rincón de tu memoria con una nitidez cruel. Luces blancas, uniformes, movimientos perfectos exigidos por Sophie Kult. El suelo vibrando bajo las botas de los marineros. Y la imagen de aquellas tres mujeres apareciendo de repente, como si hubiesen llegado volando. Recuerdas como aterrizaron en la cubierta, como cundió el pánico y como los cuerpos musculosos de aquellos militares se deshacían como si no fuesen más que polvo. El horror de no poder hacer suficiente. De estar allí, otra vez, en mitad de una cubierta inmensa, con el mar alrededor y el mundo partiéndose bajo los pies.

La barandilla está fría bajo tu mano, y vuelves en ti. El Atlántico sigue ahí, pero ya no es el Báltico. No hay mujeres en cubierta, y no hay marineros desintegrándose. Sólo viento, motor y una noche oscura, humeante. El olor te llega antes de girarte: es el tabaco. Apestoso, seco, humano. Te molesta en seguida. También te molesta descubrir que Jonah está ahí, a pocos pasos, apoyado contra una estructura metálica, con un cigarro entre los dedos y con una expresión de condescendencia enorme. No sabes cuánto lleva observándote. Tiene peor aspecto que en Redcoast: allí era una nube de nervios con piernas, todo palabras, gestos rápidos y ganas de hacerse notar. Ahora parece más bajo de hombros, más gastado. Las ojeras se le han hundido en la cara y la mano con la que sostiene el cigarro tiembla apenas, aunque puede que sea por el viento. Suspira.


Da otra calada, larga, sin placer visible. El humo se le escapa por la nariz y desaparece enseguida, despedazado por el aire marino. Jonah no sonríe. No hace una broma inmediata para salvarse de la incomodidad. Eso, en él, resulta casi más extraño que cualquier cosa que pudieras haber visto bajo el agua.


Te mira de soslayo. Te mira como alguien que sabe que algo ha salido mal, que ha tenido que meter las manos en una herida que no entiende, y que ahora espera comprobar si al menos el desastre ha servido para algo; el cigarro arde entre sus dedos, con su pestilente humo que no te gusta nada. Al otro lado de la barandilla, el mar golpea el casco. Jonah aguarda tu respuesta.

Cita de: Maurick en 16 de May 2026, 23:11:17El olor te llega antes de girarte: es el tabaco. Apestoso, seco, humano. Te molesta en seguida. También te molesta descubrir que Jonah está ahí, a pocos pasos, apoyado contra una estructura metálica, con un cigarro entre los dedos y con una expresión de condescendencia enorme. No sabes cuánto lleva observándote. Tiene peor aspecto que en Redcoast: allí era una nube de nervios con piernas, todo palabras, gestos rápidos y ganas de hacerse notar. Ahora parece más bajo de hombros, más gastado. Las ojeras se le han hundido en la cara y la mano con la que sostiene el cigarro tiembla apenas, aunque puede que sea por el viento. Suspira.


El olor me hace estornudar un par de veces, carraspeo y me hace toser un poco pero trato de contener la tos al percatarme de que ese apestoso olor proviene de Jonah. Su presencia no me molesta, pero sí me sorprende. De repente me viene a la memoria la imagen de él al otro lado de la superficie. Muchas preguntas se agolpan en mi mente.

Cita de: Maurick en 16 de May 2026, 23:11:17
Da otra calada, larga, sin placer visible. El humo se le escapa por la nariz y desaparece enseguida, despedazado por el aire marino. Jonah no sonríe. No hace una broma inmediata para salvarse de la incomodidad. Eso, en él, resulta casi más extraño que cualquier cosa que pudieras haber visto bajo el agua.


Te mira de soslayo. Te mira como alguien que sabe que algo ha salido mal, que ha tenido que meter las manos en una herida que no entiende, y que ahora espera comprobar si al menos el desastre ha servido para algo; el cigarro arde entre sus dedos, con su pestilente humo que no te gusta nada. Al otro lado de la barandilla, el mar golpea el casco. Jonah aguarda tu respuesta.


Le digo mientras me acerco y me apoyo junto a él. No quiero estar hablando a gritos o en voz demasiado alta como para que alguien se entere. Aunque el olor a tabaco me hace toser un par de veces más, hago de tripas corazón.



Tus preguntas caen sobre el británico con el peso de un plumaje rebosante de responsabilidad. Sonríe, pero no es un gesto alegre, si no algo más burlón. Tiene algo cansado, como si le hiciera gracia que hayas llegado a la conclusión correcta demasiado pronto y demasiado tarde a la vez.

Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34


El cigarro se consume entre sus dedos. La brasa tiembla con el viento, diminuta, casi ridícula frente a la negrura del Atlántico.

Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34


El humo le sale por la boca y se pierde hacia el mar.


Te mira entonces con esos ojos demasiado hundidos, agotados.


La frase queda ahí, pequeña, sin adornos. Antes de que puedas responder, una voz llega desde más lejos, arrastrada por el viento de cubierta.


El sonido viene desde el otro lado de la cubierta, cerca de unas cajas aseguradas con cadenas. Jonah está allí, con un vaso metálico en la mano, hablando con uno de los marineros. Con hombros inquietos, verborrea rauda y la cara de no haber entendido jamás la palabra prudencia. Te giras hacia él, casi de forma natural. Sólo un instante. Cuando vuelves la mirada hacia la barandilla, eres consciente de que estás sola. El hedor a humo aún se aguanta en el ambiente. Sólo el Atlántico golpeando el casco y el percebe seco en tu bolsillo, frío como una pregunta que nadie ha formulado todavía.

Desde el otro lado de la cubierta, Jonah vuelve a llamarte, ahora con un punto de impaciencia.


El marinero a su lado se ríe sin entender nada. Y Jonah tampoco.

¿Qué es lo que vas a hacer, Brisa? Aún notas la presencia de Xolomotl.



17 de May 2026, 14:19:37 #34 Ultima modificación: 18 de May 2026, 21:47:11 por Denebia
Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 02:50:44
El sonido viene desde el otro lado de la cubierta, cerca de unas cajas aseguradas con cadenas. Jonah está allí, con un vaso metálico en la mano, hablando con uno de los marineros. Con hombros inquietos, verborrea rauda y la cara de no haber entendido jamás la palabra prudencia. Te giras hacia él, casi de forma natural. Sólo un instante. Cuando vuelves la mirada hacia la barandilla, eres consciente de que estás sola. El hedor a humo aún se aguanta en el ambiente. Sólo el Atlántico golpeando el casco y el percebe seco en tu bolsillo, frío como una pregunta que nadie ha formulado todavía.

Desde el otro lado de la cubierta, Jonah vuelve a llamarte, ahora con un punto de impaciencia.


El marinero a su lado se ríe sin entender nada. Y Jonah tampoco.

¿Qué es lo que vas a hacer, Brisa? Aún notas la presencia de Xolomotl.


Parpadeo un par de veces al ver al Jonah que me llama. Frunzo el ceño al volver la mirada hacia la barandilla. Vuelvo a mirar hacia el Jonah, que me llamaba, con una mirada enfadada. Levanto el brazo, le señalo y digo de forma acusatoria y lo suficientemente alto como para que me oiga.


Le mantengo la mirada durante unos segundos, dando a entender que no voy a repetir la pregunta y yo que él debería venir.

Venga o no me doy la vuelta y sigo el rastro a olor al repugnante tabaco a ver hasta dónde me lleva.

Activo mi don "Sentidos Agudizados" gastando 1 de gnosis para rastrear a quien se parece a Jonah.

Jonah alza las cejas cuando le señalas desde la otra punta de la cubierta. El marinero que está con él se queda mirando entre los dos, sin entender nada, con el vaso medio levantado y la expresión de quien acaba de decidir que quizá ya ha bebido suficiente.


El marinero suelta una carcajada breve. Jonah aprovecha para dar un trago, hace una mueca horrible y mira el contenido del vaso como si acabase de dar un buche a un meado.


Pero tú ya no le estás mirando, ¿por qué ibas a hacer caso a un idiota británico? El humo sigue ahí, y debería llevarte ante ése intruso. O debería. Activas tus sentidos y el mundo se vuelve más afilado. La sal del Atlántico se abre en varias capas, que son para ti como manchas de pintura amarilla: el metal húmedo del barco, el óxido de las cadenas, el sudor de los marineros, la peste a alcohol del aliento de Jonah. No buscas eso, buscas el tabaco. Reciente y antiguo al mismo tiempo. Das un paso hacia la barandilla. El rastro del otro Jonah es evidente durante unos segundos: humo seco, piel cansada, electricidad quemada, ozono y ceniza fría. No es un olor normal, pero se desvanece de repente. Simplemente, ya no está ahí, como si alguien hubiese cortado el hilo que estabas siguiendo con unas tijeras. Te quedas frente a la barandilla, con el Atlántico negro golpeando muy abajo y el frío metiéndose por la ropa. Allí donde debería continuar el rastro, sólo queda mar. Mar, sal, hierro... y algo más. Es muy poco, sutil, escaso. Demasiado poco, pero imposible. Un matiz casi imposible entre el tabaco y la suciedad. Es Pluma.

No es su presencia, ni un rastro que puedas seguir. Es apenas una sensación adormecida, hundida en el borde de la memoria: cuero viejo, hierbas secas, piel humana, su cabello junto al fuego. Algo tan familiar que durante un instante el pecho se te cierra antes de que puedas decidir qué hacer con ello. El percebe de Xolomotl se enfría en tu bolsillo. Detrás de ti, Jonah se acerca unos pasos, todavía con el vaso en la mano.


Entonces se detiene: mira el punto exacto donde estaba el otro Jonah.


Durante un segundo parece a punto de preguntar algo. Luego parpadea, mira el mar, mira su vaso, vuelve a mirar el mar y aprieta la mandíbula con una incomodidad casi física. El viento se levanta de pronto: una ráfaga repentina, llena de frío y olor a salitre. Las superficie vibra. Una luz de la cubierta parpadea tres veces. Jonah se lleva el vaso a los labios, pero no bebe.

El marinero, más lejos, se gira hacia proa. Notas una sensación absurda, imposible de explicar con palabras, pero, durante un instante, el horizonte parece alejarse y acercarse al mismo tiempo. El mar deja de golpear el casco con ritmo natural y empieza a hacerlo como una aguja saltando sobre un disco rayado. Una ola impacta contra la proa, y luego otra, y otra más. Jonah se te queda mirando, algo condescendiente.


El aire se pliega a tu alrededor. Sin luces, ni explosiones, pero notas una presión seca en los oídos, como al bajar demasiado deprisa por una montaña, y el sabor súbito de metal en la lengua. El mundo vuelve a pestañear, pero cuando vuelves, ya no huele igual. El Atlántico sigue ahí, pero el aire trae otra cosa: humo, combustible, basura, café, humanidad comprimida. A lo lejos, entre bruma y amanecer gris, se alza una línea de edificios imposibles. Torres, grúas, luces, puentes.

Una ciudad gigantesca, que te recuerda a cuando vivías en Los Ángeles. El barco avanza hacia la entrada del puerto como si siempre hubiese estado a unas horas de llegar. Jonah se queda mirando la ciudad con el vaso aún en la mano.


Hace una pausa.


El percebe sigue frío en tu bolsillo. ¿Cómo no iba a estarlo, con el viento tan terrible que se ha levantado? El rastro del otro Jonah ya no está. Pero ese matiz imposible de Pluma del Viento se te ha quedado pegado en algún lugar entre la nariz y el alma, tan breve que casi podrías convencerte de haberlo imaginado. Casi.