Episodio 1 — Soria

Iniciado por Maurick, 02 de Ene 2026, 01:46:28

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Mientras caminan hacia el coche, Bruma espera la respuesta de Ana Mercedes. Su actitud es tranquila, la habitual, como si el mal rollo en el piso de Tomás se hubiese quedado entre aquellas cuatro paredes.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50



Cuando Ana Mercedes se sube al coche al lado de Iruz, el joven americano se sienta en la parte trasera. Mira por la ventana, analiza el entorno, siente el roce de las ruedas contra el asfalto con su cuerpo. Los ecos de la Tejedora rebotan de los edificios, las tiendas y los restaurantes de comida rápida, y no puede evitar pensar en todo lo que ese estilo de vida representa para Gaia. Mira a Iruz, y el eco es todavía más fuerte. La muchacha de cabellos dorados es, sin lugar a dudas, algún tipo de arma imparable contenida en un pequeño y aparentemente frágil armazón de huesos y carne. Pero su mente... su mente, a pesar de todo, sigue siendo la de una niña. Una niña que ha visto y vivido cosas que harían enloquecer a muchos adultos, y que usa una mezcla de dolor y rabia para mantener unidos los fragmentos de su mente.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50


Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50


Después de darle el dinero, se baja del coche y estira su cuerpo. Mira al cielo, mira alrededor y, colocando ambas manos sobre el puño de su bastón, se dirige a Ana Mercedes.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

La estación de autobuses de Soria huele a diésel, a café recalentado y a suelo demasiado limpio para la cantidad de vidas cansadas que lo pisan. Gente arrastrando maletas, madres hablando demasiado alto, un anciano tosiendo cerca de una máquina expendedora. Todo parece vulgar, funcional, humano. Quizá por eso Pau desentona tanto, y no tardas en verlo. Está de pie, en un andén que acaba de vaciarse, puesto que el autobús ya ha salido, y el bullicio que hay alrededor le hace pasar desapercibido. No tarda en darse cuenta de vuestra presencia. Y entiende que algo ha pasado.


No hay saludo. No hay pregunta. Sólo una negativa medida, inmediata. Ana Mercedes sigue caminando hasta quedar a pocos pasos de él. Está cansada, despeinada, aún con el mal cuerpo pegado a la piel, pero ya no tiembla. Ahora mismo sólo está enfadada.


Puedes ver al metis, en su forma homínida, suspirar y guardar la compostura. Te echa una mirada severa, como si fuese consciente de que esta reacción de Ana la has provocado tú.


Su tono no sube. Precisamente por eso molesta más. Ana aprieta las manos, se clava las uñas en las palmas.


Le imita con una mezcla de mofa y desprecio. Puedes notar que Pau se rasca detrás de la cabeza mientras vuelve a suspirar. Parece que controla su respiración.


Ahí sí. Ahí Pau gira la cabeza y vuelve a mirarte a ti. No de pasada. No con curiosidad. Con severidad. Como si quisiera medir cuánto de aquella pregunta ha nacido de ti y cuánto le pertenecía ya a Ana Mercedes. Después vuelve a mirarla a ella.


Ana Mercedes suelta una risa corta, seca, sin humor. Pone los brazos en jarra.


Da un paso más. No le importa ya quién mire.


Pau no responde. Eso la termina de encender.


Silencio. Un autobús arranca dos andenes más allá. Nadie alrededor presta atención. O nadie quiere prestarla.


Esta vez sí cambia algo en Pau; no mucho, sólo lo suficiente. Se yergue un poco más. Los hombros, la mandíbula, la forma en que se le tensan los dedos. Y cuando habla, ya no suena paciente.


La frase cae como una piedra en agua negra, pero Ana Mercedes no retrocede.


Pau se lleva las manos a la cara. Puedes notar, por su lenguaje corporal, que está aguantándose las ganas de responder.



Ahí sí algunos humanos giran un poco la cabeza. Una pareja. Un conductor aburrido. Un niño que espera su autobús con una bolsa de patatas. Nada importante. Lo suficiente para que el lugar empiece a dejar de ser seguro. Pau lo sabe antes que nadie. Da un paso atrás.


No lo dice como invitación. Lo dice como quien mueve una pieza y da la siguiente casilla por hecha. Se gira, al mismo tiempo que dos turistas cruzan entre vosotros arrastrando una maleta rígida de color rojo. Una mujer sale del baño de la estación ajustándose el bolso. Un autobús tapa durante un segundo parte del andén con su volumen azul y blanco. Y cuando vuelves a buscar a Pau con la mirada... ya no está. No se ha marchado corriendo. No lo has visto alejarse. Simplemente ya no está. Las puertas de otro autobús se cierran, el vehículo arranca. Y os deja a los dos con el eco desagradable de una conversación que no ha empezado del todo y ya ha hecho daño. Ana Mercedes tarda unos segundos en moverse. Mira el lugar donde Pau estaba hace nada, aprieta la mandíbula y luego se gira hacia ti.


No camina todavía. Habla ahí mismo, en mitad de la estación, como si necesitara soltarlo antes de que se le pudra dentro.


Su voz no tiembla. Pero algo en su respiración sí.


Te sostiene la mirada un instante.


Baja la vista un momento.


No añade nada más. No hace falta. El ruido de la estación vuelve a meterse entre vosotros, como si la ciudad hubiera estado esperando a que terminase de sangrar un poco. Entonces Ana Mercedes exhala, se recoloca la chaqueta y por primera vez desde que salisteis del piso de Tomás parece tener una decisión entera en el cuerpo.


Mira hacia la salida, luego a ti. Y echa a andar.

Al llegar a la estación, Bruma se mantiene en alerta. Si Ana Mercedes se parece mínimamente a Aránzazu, va a necesitar a alguien que refrene sus emociones y le ayude a que estas salgan con un flujo más estable. Al ver a Pau, camina hacia él con actitud seria pero tranquila. Como un gladiador veterano que sabe que se dirige al peligro, pero que lo ha afrontado tantas veces que, más que con miedo, lo observa con el respeto con el que se mira a un compañero.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Bruma comprende y asiente. En un principio, no participa de forma activa en la conversación. Solo intenta mantenerse cerca de Ana Mercedes para evitar que, viéndose sola, se lance demasiado rápido hacia una discusión inadecuadamente violenta. Frente a la atención directa de Pau, el Uktena da un paso al frente.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56Te echa una mirada severa, como si fuese consciente de que esta reacción de Ana la has provocado tú.

No hay respuesta verbal, pero la postura corporal de Bruma es firme. En el momento en el que se cruzan sus miradas, el sioux levanta levemente la cabeza en un gesto de dignidad; quizá ligeramente desafiante. No hay amenaza, solo la afirmación sutil de que está dispuesto a mantener y defender su posición.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Ahí sí. Ahí Pau gira la cabeza y vuelve a mirarte a ti. No de pasada. No con curiosidad. Con severidad. Como si quisiera medir cuánto de aquella pregunta ha nacido de ti y cuánto le pertenecía ya a Ana Mercedes. Después vuelve a mirarla a ella.


Los ojos del Kaos siguen fijos en Pau. La joven figura astada mide cada milímetro que se mueve el cuerpo del Hijo de Gaia, cada mínima curvatura de la comisura de sus labios al hablar y cambiar de expresión.


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56


A medida que la philodox se muestra más agresiva, Bruma va comprendiendo todo lo que hay detrás de su enfado. Años de silencio, de ignorancia, y conflictos y heridas que nunca han sanado porque nadie se ha molestado curarlas. Cuando Ana Mercedes menciona Girona, solo en ese momento, pone sus ojos sobre ella.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Con suavidad, Bruma sujeta un brazo de Ana Mercedes con la mano. Como una señal inequívoca de que es el momento de dejar de acelerar y enfrentarse a las curvas a una velocidad más suave, sin salirse (más) de la carretera.


Cuando Pau concluye que no continuará la conversación, el Uktena intenta acercarse a él para evitar que huya. Al darse cuenta de que lo ha perdido, intenta sentir su presencia, su rastro... algo. Alguna pista que le indique no a dónde sino cómo se ha ido. Mientras busca un modo de entenderlo, Ana Mercedes interrumpe sus pensamiento.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56




Mientras habla, no la interrumpe. Solo la escucha, y la mira con la atención que alguien que todavía no ha superado su duelo merece.


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Bruma la sigue sin añadir nada más. Una vez en la umbra, adquiere su forma Crinos y sujeta el cuerpo de Ana Mercedes con fuerza.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

La Umbra no os pone fácil el trayecto. Entre la estación y el monasterio, el mundo espiritual se siente más delgado y más hostil que en el entorno del Estanque. Las formas de la ciudad se alargan como huesos mal colocados, y las carreteras brillan con un fulgor enfermo, como si bajo el asfalto latiera una red demasiado consciente de sí misma. Una tenue presencia gris permea todo el lugar: los edificios, el mobiliario urbano, e incluso las carreteras, a pesar de estar en la Umbra, parece que se está desintegrando poco a poco. Como si estuvieran hechas de ceniza y, poco a poco, se van perdiendo en fragmentos imperceptibles de nada.

Ana Mercedes no habla. Se aprieta a tu cuerpo, con la mandíbula apretada y la vista al frente. No parece estar huyendo. Parece dirigirse a algo que lleva demasiado tiempo esperando. Incluso le da igual ir sobrevolando la ciudad umbral, como si lo que está sintiendo fuese mucho más importante.

Soria — Monasterio de San Polo

📅 11 de septiembre de 2005, 10:31

Cuando emergéis cerca de San Polo, el monasterio os recibe con su silencio de piedra vieja, de tierra húmeda y de ventanas con luz cansada. El huerto duerme. El claustro no se mueve. Todo tiene ese aire de lugar que ha sobrevivido más por costumbre que por fuerza. Pau os está esperando en su forma homínida. Y a su lado, envuelto en una rebeca demasiado fina para la mañana soriana, está un sacerdote católico, demasiado viejo. El anciano está sentado en una mesa de piedra en el exterior del monasterio, con sillas de piedra que dan al lugar un aspecto antiguo, casi paleolítico. La luz del sol, que se cuela entre las copas de los árboles, le tiembla en el rostro y le marca las arrugas con una ternura triste. No parece sorprendido de veros. Sólo viejo. Ana Mercedes no se detiene.


Pau os mira a los tres. A ti, a Ana Mercedes y a las dudas que traéis pegadas encima. Luego mira al sacerdote.


El anciano asiente antes incluso de que termine la frase. Como si supiera desde hace años que este momento iba a llegar. Os sentáis en la mesa de piedra, frente al padre Martín.




Las palabras del sacerdote parecen calmar a Ana Mercedes. Te da la impresión de que lo respeta, mucho más que a Pau.


Ana Mercedes no lo interrumpe. Se ha quedado muy quieta.


El sol que se cuela entre las ramas le ilumina el rostro de una forma ominosa.


Notas que la respiración de Ana Mercedes se está acelerando. Notas que sus ojos se están humedeciendo...


Hace una pausa. Mira al suelo de piedra, como si allí estuviera la siguiente parte.


Pau carraspea y se acomoda. No parece que esté disfrutando nada esta conversación y, de vez en cuando, te lanza una mirada severa.


El tono con que lo dice no es exótico ni grandilocuente. Es el de alguien que se quedó prendido de una imagen demasiado rara para olvidarla.


El anciano respira hondo.


Ana Mercedes aprieta los labios, pero sigue sin hablar.


Pau mantiene el rostro quieto. El padre Felipe continúa, ahora más despacio, entrando en una parte del recuerdo que parece dolerle incluso al narrarla.


El monasterio entero parece inclinarse hacia él.


El anciano levanta por fin los ojos hacia Ana Mercedes.


Pau da un paso adelante muy pequeño. No para imponerse. Para recoger el relato antes de que al sacerdote se le deshaga entre los dedos.


El anciano asiente y baja la lámpara un poco. Sigue presente, pero deja de llevar el peso. Ahora habla Pau.


Ana Mercedes baja la vista un instante. Lo recuerda. Se nota.


El patio se queda helado.


Nadie respira del todo.


Ana Mercedes cierra los ojos un segundo. Sólo uno. Cuando los abre, ya no parece enfadada. Parece cansada de una forma mucho más profunda.


No es una acusación esta vez. Es algo peor. Es comprensión. Pau tarda en responder.


El padre Felipe baja la cabeza.


Mira un momento al monasterio, al huerto, a la noche.


La frase se queda suspendida sin consuelo. El padre Felipe da un paso torpe hacia Ana Mercedes y le toca el brazo con una delicadeza casi ridícula, como si aún la recordara en brazos.


Tú estás ahí, Bruma Nocturna, en medio de una verdad que no arregla nada y que por eso mismo pesa más que cualquier consuelo fácil. Ana Mercedes no llora. No todavía. Pero algo en la forma en que se le hunden un poco los hombros hace más daño que un grito. Al menos, por fin, ya no sois los únicos que estáis nombrando a Aránzazu.

28 de Mar 2026, 15:42:33 #64 Ultima modificación: 28 de Mar 2026, 15:45:05 por Lady Midnight
Durante el viaje, la prioridad es, simplemente, llegar. La figura sobre el cielo umbral contempla el escenario únicamente por descartar posibles amenazas o, llegado el caso, detalles particularmente llamativos. Nada más.

Ya en el monasterio, saluda al padre con un tenue "buenos días" y un gesto de cabeza. Deja que sea Ana Mercedes la que lo interpele y que el hombre narre su historia.

Cita de: Maurick en 28 de Mar 2026, 13:38:13Notas que la respiración de Ana Mercedes se está acelerando. Notas que sus ojos se están humedeciendo...

Durante menos de un segundo, quizá por empatía o por el recuerdo de otro buen hombre que había criado a aquellos que no le correspondían, una lágrima se asoma con timidez, sin la decisión necesaria para echarse a rodar mejilla abajo, a los ojos del expectante Uktena. Mientras el relato avanza, coloca pausadamente su bolso sobre la mesa. Cuando Pau lo mira, le sostiene la mirada. Esta vez sin desafío, también sin reproche. Sin embargo, en sus ojos está la profundidad de quien cree, quien sabe, que esto es lo justo y lo correcto.

Cita de: Maurick en 28 de Mar 2026, 13:38:13Pau mantiene el rostro quieto. El padre Felipe continúa, ahora más despacio, entrando en una parte del recuerdo que parece dolerle incluso al narrarla.

Cuando el anciano baja la voz, Bruma Nocturna saca una vejiga de bisonte llena de agua y la usa para llenar un pequeño cuenco de cerámica que coloca frente al padre sin aspavientos ni ceremonia.

El sioux permanece en su lugar, escuchando sin intervenir. Asiente levemente con la cabeza cuando Pau comienza a hablar y menciona a aquel que se llevó a Aránzazu y al que no se opusieron. Cuando terminan su dolorosa historia, en vista del silencio de Ana Mercedes, el muchacho se acerca levemente a la mesa y carraspea con suavidad como si estuviese pidiendo permiso para participar en un relato que no le pertenece.


Mientras hablaba, iba preparando y cargando su pipa con un aromático tabaco. Al terminar, la prende con un Clipper y, tras la primera bocanada de humo, se la ofrece a Pau mientras el padre y Ana Mercedes se recomponen y asimilan la situación.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Cita de: Lady Midnight en 28 de Mar 2026, 15:42:33Mientras hablaba, iba preparando y cargando su pipa con un aromático tabaco. Al terminar, la prende con un Clipper y, tras la primera bocanada de humo, se la ofrece a Pau mientras el padre y Ana Mercedes se recomponen y asimilan la situación.

La pipa queda suspendida entre ambos durante un instante. El humo asciende despacio, quebrándose en hebras finas bajo la luz pálida de la mañana. Pau entiende el gesto y lo acepta. No con alivio, ni con gratitud visible. Sólo con esa gravedad hosca de quien reconoce una tregua pero no se siente digno de ella. Coge la pipa, le da una sola calada y sostiene el humo un segundo antes de expulsarlo por la nariz. Cuando vuelve a mirarte, sus ojos siguen sombríos. Hay preocupación en ellos. Y otra cosa peor: la intuición de que esto no ha terminado, de que quizá no ha hecho más que empezar.


Cita de: Lady Midnight en 28 de Mar 2026, 15:42:33Cuando el anciano baja la voz, Bruma Nocturna saca una vejiga de bisonte llena de agua y la usa para llenar un pequeño cuenco de cerámica que coloca frente al padre sin aspavientos ni ceremonia.

Se inclina junto al padre Martín y le coloca bien la rebeca sobre los hombros, con manos cuidadosas, casi rutinarias. No parece una hija. Parece una mujer acostumbrada a recoger pedazos ajenos mientras deja los suyos para más tarde. El padre observa el cuenco y bebe, agradecido.


Ana Mercedes se lleva las manos a la cintura, colocándose en jarra.


El padre protesta apenas con una media sonrisa cansada, pero se deja ayudar. Ana Mercedes le ofrece el brazo y lo incorpora con una paciencia casi obstinada. No ha llorado, no ha gritado. Y por eso mismo resulta evidente lo que está haciendo: está huyendo. Ni del monasterio ni de vosotros, de lo que acaba de oír. Ella se lleva al sacerdote hacia el interior con pasos lentos, atendiendo más a que él no tropiece que a sí misma. Durante unos segundos, el patio entero parece quedarse suspendido entre el roce de la tela, la piedra vieja y el eco de una conversación que nadie sabe aún cómo continuar. Cuando la puerta del monasterio se cierra a medias tras ellos, el silencio cambia de forma.

Ahora os deja a ti y a Pau solos. Pau sostiene todavía la pipa entre dos dedos. Mira hacia la puerta por la que se ha ido Ana Mercedes. Después deja caer los hombros y suelta el aire por la boca, muy despacio.


Aparta la vista un instante, como si le molestara reconocerlo en voz alta. Luego vuelve a clavártela encima. El humo de la pipa se disipa entre vosotros. Pau te la devuelve, pero no se aparta. Se ha quedado ahí, firme, como si hubiera decidido por fin dejar de comportarse como anfitrión y empezar a hablar como otra cosa.


No hay burla en su voz. Tampoco reverencia. Sólo una lucidez seca.


La mañana parece más fría de repente. Pau gira un poco la cabeza y mira más allá del huerto, hacia un lugar que no está allí y, sin embargo, sigue pesándole en la espalda.


Se lleva una mano a la mandíbula, pensativo. Cuando vuelve a hablar, lo hace con una gravedad más íntima.


El nombre cae entre vosotros con un peso oscuro.


Pau entorna apenas los ojos.


Durante un instante no añade nada más. No por teatralidad. Porque parece estar decidiendo cuánto está dispuesto a ponerte en las manos.


El viento mueve apenas las hojas del huerto. Desde dentro del monasterio llega, amortiguado, el roce de una silla contra el suelo. Pau no mira hacia allí esta vez. Toda su atención sigue puesta en ti.


Después calla. No hay despedida en su postura. No hay alivio. Sólo espera. Se queda mirándote en mitad del patio, serio, tenso, como si acabara de entregarte una dirección y, al mismo tiempo, una advertencia que no sabe formular mejor.

Cuando Ana Mercedes`se lleva al padre, Bruma se despide de él con amabilidad.

Mientras Pau habla, sus ojos lo miran con la atención del que espera una sentencia. Tras una nueva y profunda calada en su pipa, una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

Cita de: Maurick en 30 de Mar 2026, 15:37:53


*referencia:
Cita de: Maurick en 22 de Ene 2026, 22:32:11

El Uktena presta atención al resto del discurso de Pau, y apunta en su block de notas, que saca del bolso que está convenientemente sobre la mesa, las indicaciones sobre La Garrotxa, el Roc de la Cendra y cualquier detalle de interés. Cuando termina, le entrega una vez más la pipa a Pau.

Cita de: Maurick en 30 de Mar 2026, 15:37:53


El muchacho hace una pausa, dejando que Pau se prepare para prestarle la atención que está exigiendo.


**referencia:
Cita de: Maurick en 22 de Ene 2026, 22:32:11

Se recoloca en su asiento, separándose ligeramente de la mesa para poder mirar a Pau más frontalmente.


Marcando un nuevo tono en la conversación, el joven se pone de pie. No con violencia, no como amenaza. Más bien como un gesto de decisión, como una forma de adoptar una postura que represente mejor la energía que acompaña esa convicción de la que hace gala.


***Referencia:
Cita de: Maurick en 19 de Ene 2026, 00:02:06

****Referencia:
Cita de: Maurick en 19 de Ene 2026, 00:02:06

Tras un par de segundos de reflexión, vuelve a sentarse mientras suspira.


El joven sioux se queda sentado, esperando a que Pau le de una respuesta que ya cree conocer.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Cita de: Lady Midnight en 31 de Mar 2026, 16:09:57El joven sioux se queda sentado, esperando a que Pau le de una respuesta que ya cree conocer.

Pau aguanta tu mirada mientras terminas de hablar, con la pipa entre los dedos y los hombros quietos. Cuando por fin sueltas la última frase, él baja la vista un instante hacia la piedra de la mesa. Suspira. Largo. Cansado. La imitación no le ha hecho ninguna gracia. Se le nota en la mandíbula, en el modo en que aprieta apenas los labios antes de decidirse a hablar.


El Hijo de Gaia toma aire por la nariz y alza la vista hacia ti de nuevo. No hay rabia en su rostro. Hay algo más viejo. El cansancio de quien lleva demasiado tiempo sosteniendo un muro con las manos desnudas.


Una ráfaga leve mueve las hojas del huerto. Pau la deja pasar antes de continuar. La pipa sigue apagándose entre sus dedos, olvidada por momentos.


El sonido de los pajarillos atenúa vuestra conversación. Varias aves sobrevuelan el monasterio, distrayéndoos durante un instante. Pau se centra.


El Theurge calla un momento más. Cuando vuelve a hablar, su tono no se ablanda, pero sí se vuelve más honesto. Más desnudo.


Pau mira un segundo hacia la puerta del monasterio, por donde se ha marchado Ana Mercedes con el padre. Cuando vuelve a ti, su expresión se ha endurecido un poco más.


La frase queda suspendida entre los dos. Pau observa la pipa un instante, como si se le hubiese olvidado que aún la tiene en la mano. Luego te la devuelve con un gesto sobrio.


Después de eso, Pau guarda silencio. No parece satisfecho, sólo cansado. Como si hubiese aceptado por fin que la paz que protege no basta para detener todo lo que llega desde fuera... ni todo lo que despierta desde dentro. Ana Mercedes sale de nuevo al patio, con el rostro algo desencajado. Os mira a ti y a Pau.


Su sentencia cae como un jarro de agua fría sobre el Theurge. Incluso en su forma humana puedes notar como sus orejas caen hacia abajo.


Pau se lleva las manos a la cabeza.


El líder del Estanque del Lirio Apacible recupera la compostura y se te queda mirando. Ana Mercedes también te mira. ¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Si lo ves bien, en la próxima escena narramos lo que sucede en el Altar del Lirio (deja escrito qué es lo que quieres preguntar o percibir), y después finalizaremos el capítulo. O, si quieres continuar la conversación con Pau y Ana Mercedes, vamos por ese camino también.

Bruma Nocturna percibe el gran esfuerzo de Pau por mantener su sempiterna calma, pero él no es capaz de gestionar la situación del mismo modo. Quizá por juventud, quizá por sentido de la urgencia o quizá por ese miedo irracional a perder a alguien más. No alza la voz, no gesticula en exceso. Pero sus palabras, aunque en un tono amable, salen algo más fluidas y rápidas que habitualmente.

Cita de: Maurick en 01 de Abr 2026, 10:42:22


Cita de: Maurick en 01 de Abr 2026, 10:42:22

Sus manos se tensan, su ceño se frunce ligeramente.


Se toma un descanso. Lo necesita. Escucha a Pau mientras habla de La Garrotxa, del Roc y del proceso de Ana Mercedes. Coge su cuenco y lo rellena con el contenido de su vejiga, y el agua vibra ligeramente. Quizá por el viento, quizá por su pulso imperceptiblemente tembloroso.

Cita de: Maurick en 01 de Abr 2026, 10:42:22

El Uktena niega con la cabeza.


El tono del joven sigue siendo amable, pero se va volviendo más vehemente a medida que avanza la conversación. Al igual que cuando habló con Ana Mercedes, se aprecia que el miedo a un verdadero apocalipsis es real y, de alguna manera, es la determinación a impedirlo lo que mueve al muchacho desde hace tiempo.


Su tono vuelve a ser relajado, quizá algo melancólico, y hace un gesto para recuperar su pipa. Con el Clipper la vuelve a prender, y coge otra bocanada de humo mientras Pau sigue hablando. Cuando Ana Mercedes aparece, el Uktena se sobresalta ligeramente y se pone de pie al escuchar que ella pretende acompañarlo.


Mira a Ana Mercedes con seriedad y una leve mueca de dolor compartido, y a Pau con los ojos de quien está enarbolando una verdad que llega demasiado tarde porque nadie quería escucharla.


Bruma los mira, y espera. Tiene la esperanza de que, por una vez, alguien entienda la importancia que él cree que tienen sus palabras y ofrezca una mano amiga en pro de su investigación.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

La pipa vuelve a tus dedos todavía templada por la calada de Pau. Él no la reclama de nuevo. Se queda mirándote con la mandíbula apretada y los hombros demasiado quietos, como si se estuviera sujetando por dentro con la misma fuerza con la que otros aprietan un arma. La luz que cae entre las ramas le parte la cara en dos: cansancio en un lado, otra cosa más áspera en el otro.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59

La noticia, que aunque fuese evidente para todos, pesa a Pau más de lo que le gustaría mostrar. Ante ti ves a a un hombre que parece ostentar un cargo que no merece, que ha tomado decisiones que no le correspondían, y que ahora debe rendir cuentas. No al enemigo, no al opresor, a quién más ha protegido.


El viento mueve apenas una esquina de la rebeca olvidada sobre el respaldo de una silla. Desde dentro del monasterio llega un roce de suela contra piedra, mientras Pau apoya dos dedos en la mesa, muy despacio, como si necesitara notar la dureza de la piedra para no dejarse arrastrar por el resto.


La frase se queda un momento entre vosotros, seca, sin consuelo. No pide compasión. Tampoco absolución. Cuando vuelve a hablar, ya no te mira sólo a ti. Mira también hacia la puerta del monasterio, hacia el interior donde Ana Mercedes ha buscado tarea, brazos ajenos que atender, cualquier cosa que no sea quedarse sentada respirando lo que acaba de escuchar.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59


Te mira entonces de frente. Sin rodeos. Con esa forma de dureza que no necesita alzar el volumen para hacerse notar. Una hoja seca cruza el patio arrastrada por una racha breve y se queda atrapada junto a una pata de la mesa. Tú sigues con la pipa en la mano, mientras él sigue sin apartar los ojos de ti.


Se hace un silencio corto. Tenso. De los que no vacían el aire, sólo lo vuelven más pesado. Entonces, Ana Mercedes entra en escena. Pronuncia su frase y se detiene junto a la mesa. Te mira a ti primero. Luego a Pau. No tarda en hablar, pero tampoco entra como un cuchillo. Entra como alguien que lleva demasiados años tragándose las frases importantes y ya no está de humor para hacerlo una vez más.


La voz le sale baja. Eso la vuelve peor. Más seria. Más verdadera. Una mano se le queda apoyada en el borde de la mesa. Los nudillos no están blancos esta vez. Sólo firmes.


La luz del patio le toca la cara de lado y le marca el cansancio bajo los ojos. No parece más frágil por decir eso. Parece más cansada de fingir que no lo sabe.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59


Pau baja muy levemente la cabeza. No como quien acepta un veredicto, sino como quien reconoce una herida que ya venía abierta y acaba de escucharla por boca ajena. Ana Mercedes exhala por la nariz y aparta un instante la vista hacia el huerto, hacia la tierra removida, las hojas, la piedra, el sitio exacto donde ha vivido tanto tiempo sin acabar de entrar del todo en su propia vida.


No hay dulzura en la frase. Tampoco crueldad. Lo que hay es cansancio limpio. De ese que por fin se ha cansado de sí mismo; ella vuelve entonces la cara hacia ti. La mirada te llega sin adornos.


La pipa pesa un poco más entre tus dedos. El humo ya casi no sube. Sólo queda el olor.


Pau la mira de lado. Hay algo casi doloroso en cómo se le afloja, por fin, un músculo de la cara. No sonríe. No aprueba. Pero tampoco intenta detenerla. Se le nota que ya ha entendido que esa posibilidad se le ha terminado.


Ana Mercedes no aparta la vista de ti.


El patio vuelve a quedarse en silencio. La hoja seca sigue atrapada junto a la mesa. Dentro del monasterio, el padre Martín tose una sola vez. El sonido llega amortiguado, pequeño, casi doméstico. Afuera, en cambio, ya no queda nada doméstico en la escena. Pau sigue en pie junto a la mesa de piedra, con el peso mal repartido entre ambos pies, como un hombre que acaba de perder una costumbre vieja y todavía no sabe qué hacer con las manos. Ana Mercedes, a tu lado contrario, ya no tiene la postura de quien pide permiso. Tiene la de quien ha decidido romper algo y vivir con el ruido.

Podréis pasar el día descansando en las cercanías del túmulo, o en la casa de Ana Mercedes. Es una pequeña masía de dos pisos, de planta muy estrecha, que tiene una modesta habitación, un servicio con bañera, y una cocina de gas. Se encuentra en la linde del túmulo, en lo que parece un pequeño barrio rural. Por la noche, si continúas deseando hablar con el Lirio, podrás tener tu audiencia en el corazón del túmulo. Estarán dirigiendo la ceremonia Pau y Marcos, mientras que Llanto del Arroyo y Tomás estarán ausentes. Ana Mercedes se quedará con Iruz, esperándote.

Ahora... ¿qué preguntas tienes para el Lirio?

Aunque el aire fluye, la situación pesa. Bruma Nocturna siente que esa conversación debería haber tenido lugar una semana antes, quizá uno o dos días después de su llegada, y Pau se habría ahorrado el episodio con Ana Mercedes. Pero no. Hay que observarlo todo, sopesarlo todo, retrasarlo todo. A su parecer, el retraso en la toma de decisiones suele conllevar que otros lo hagan por ti antes de que puedas llegar a reaccionar, pero sigues siendo tú el que debe gestionarlas porque es tu responsabilidad. El joven no juzga a su acompañante, pero sí considera que tiene una perspectiva distorsionada y poco práctica, muy afectada por experiencias y deseos personales mal gestionados.

Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 14:34:44

El joven sioux asiente.


Toma una nueva bocanada de humo y, antes de soltarla, deja la pipa sobre la mesa orientada para que Pau pueda volver a recogerla. Parece que, por fin, pueden tener una conversación honesta en la que se hablan las cosas con la claridad que merecen. Lástima que el Hijo de Gaia haya tenido que llegar a tal nivel de desgaste emocional para conseguirlo.

Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 14:34:44

Bruma sonríe con amabilidad, y niega ligeramente con la cabeza.


Cuando Ana Mercedes irrumpe de nuevo en el lugar, el muchacho escucha y espera. Ella necesita un espacio para expresarse, pero también una linde que la contenga antes de que su energía se desborde.

Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 14:34:44


Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 14:34:44


Hace una pausa, la mira un par de segundos y recoge de nuevo su pipa, dándole a Ana Mercedes la oportunidad de seguir hablando.

Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 14:34:44


Se acerca a la mesa y vacía su pipa con cuidado sobre una tela extendida sobre la mesa, mientras Ana Mercedes y Pau terminan de hablar. Cuando termina, cierra la bolsita y la guarda para, a continuación, terminar de recoger sus cosas (el Clipper, la vejiga y el cuenco) y colgarse el bolso al hombro.

Hecho el silencio, Bruma se dirige con calma a la puerta y sale a la calle. Cuando los demás hacen lo mismo, le pide a Ana Mercedes que vuelva con Iruz para no dejarla sola demasiado tiempo. De hecho, él mismo la llama por teléfono para decirle que se va a retrasar un poco pero que estará allí esa misma noche; que lamenta el retraso, pero que Ana Mercedes la llevará a cenar (deja claro que no como sustitución de la promesa, sino como obsequio por concederle un aplazamiento hasta el día siguiente).

Mientras el día pasa, ahora que se ha roto el "pacto de silencio", el Sioux aprovecha para comentar con Pau todas aquellas pequeñas cosas banales del día a día en su lugar de origen. Los recados para Vara Torcida antes de su primer cambio, la aparente tranquilidad en la región en la que creció, la conexión con la naturaleza en cierto modo comparable a la del Estanque del Lirio Apacible... No habla de aventuras, hazañas o proezas. Habla de la vida, lo cotidiano y lo humano. Le cuenta que tiene a alguien que lo espera, que tuvo a alguien que, a su manera, lo cuidó... y que, aunque durante sus viajes debe mostrarse como un verdadero chamán del Kaos, no es más que otro simple individuo al que sencillamente le gustaría poder acabar sus días en paz, en el lugar al que pertenece, honrando a los suyos.

En la audiencia con el Lirio, Bruma no pregunta. Se presenta ante él, con honestidad y humildad, y simplemente espera la reacción del espíritu con paciencia. Si el Lirio no toma la iniciativa, el chamán deja clara su postura.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Pau asiente ante tus declaraciones, en silencio. No interviene ni te contradice. La conversación le ha limado algo por dentro y se le nota en la forma de sostener el cuerpo, en cómo reparte el peso entre los cascos, en cómo tarda un segundo más de la cuenta en apartar la vista de Ana Mercedes. Ella también lo nota, y se queda quieta frente a él unos instantes, con la respiración ya más templada, aunque aún le vibra algo en la mandíbula. Luego gira apenas la cabeza hacia ti.


La frase cae con cansancio, no con amenaza. A tu lado, Pau no interviene. Se limita a observarla como quien ve salir a alguien por una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada y entiende, tarde y bien, que ya no va a poder cerrársela otra vez. Ana Mercedes se da la vuelta y se marcha, en dirección a la carretera dónde habéis dejado a Iruz. Tú te quedas a solas con Pau. Durante un rato no habla. Camina contigo por el borde del huerto, entre la piedra vieja, las hojas secas y la tierra removida. El sol va bajando despacio. La luz, cada vez más oblicua, le marca las arrugas tempranas del entrecejo y las sombras bajo los ojos. Cuando por fin se decide, lo hace sin mirarte de frente.


Sigue andando unos pasos más antes de continuar. La hierba húmeda cruje bajo las pezuñas de Pau. Al otro lado del muro, un perro ladra a lo lejos y se calla enseguida.


La voz le cambia al nombrarla. No se vuelve más suave. Se vuelve más precisa.


La tarde avanza mientras habla. No te lo cuenta de golpe, va dejándolo caer a pedazos, entre silencios, rodeos, trabajos de campo y suspiros. Te cuenta que, cuando fue nombrado Cliath, el líder de la Muntanya Blava le invitó a que se marchara una temporada. No como castigo, como necesidad. Para que dejase de usar como muleta a la Yaya Ágata. Te cuenta que pasó tiempo al norte de Francia, colaborando con un clan matriarcal llamado Arce Verde. Que allí vio otros modos de estar en paz y otros modos de fingirla. Que aprendió idiomas a medias, rezos ajenos y nombres de espíritus que no responden igual a la misma luna. Y te cuenta también que, siendo ya Adren, Marcos García de Visarón le abrió un sitio en el Estanque del Lirio Apacible: no un trono ni algo glorioso, un lugar. A veces, en la vida de un Garou, eso basta para cambiarlo todo. Cuando lo dice, ya está cayendo la tarde del todo. El aire se ha enfriado. En las copas de los árboles queda un resto de oro sucio.


La confesión no suena heroica, suena íntima. Como esas verdades que sólo se dicen cuando ya no sirve de nada maquillarlas.


La noche termina de bajar sobre Soria sin estridencias. Dentro del monasterio se encienden algunas luces cansadas. Cenáis en silencio algo de fruta y verdura, que habéis estado recolectando mientras habéis charlado. Marcos llega más tarde, silencioso, con esa forma de estar que tienen algunos hombres cuando prefieren ayudar antes que intervenir. Es ya bien entrada la noche cuando Pau te guía hacia el centro del túmulo. Lo hace con una lámpara pequeña en la mano y la voz más baja que durante el día, como si no quisiera romper algo que lleva horas asentándose.


El estanque aparece entre los árboles como una mancha de plata oscura. El agua casi no se mueve, mientras que el aire pesa de otro modo. Marcos ya os espera en la orilla, inmóvil, con las manos juntas a la espalda. No pronuncia palabra. Entre los dos preparan el rito con la sobriedad de quien ha repetido muchas veces un gesto y, aun así, no se atreve a tratarlo como rutina. El corazón del Boun responde poco a poco: primero cambia el silencio, luego el agua y después la luz. En el centro del estanque, donde la oscuridad parecía más compacta, empieza a abrirse una claridad pálida. No ilumina como una antorcha, se extiende como una respiración. Como si el propio lugar recordara de pronto una forma antigua de estar despierto.



Entonces lo ves: el avatar umbral del Lirio no emerge: comparece. Un espíritu natural, inmenso en su serenidad, se planta junto a ti con la proximidad imposible de los grandes seres umbrales. No tiene necesidad de imponerse. La paz que irradia basta para dejar claro que no se parece a casi nada de lo que has conocido. Hay algo de flor, de agua quieta, de luna sobre piedra blanca. Pau baja la cabeza y Marcos hace lo mismo.

El Lirio te contempla, y en esa contemplación hay reconocimiento.



La superficie del estanque permanece quieta mientras habla. No se mueve ni un ápice, ni una onda, ni insectos, ni las ramas. Hasta el viento parece haberse detenido a una distancia respetuosa.


La luz es fría, reconfortante. Como una brisa de verano rozando tu rostro de madrugada.


La orilla entera parece sostener la respiración.


Algo en la presencia del Lirio se inclina hacia ti. Como si el estanque entero se acercara un poco más a tu cansancio.


La frase se queda contigo más que en el aire. Luego, por primera vez desde que apareció, notas en el espíritu algo parecido a la benevolencia. Una concesión medida.


El estanque exhala entonces una brisa mínima que no mueve las ramas, pero sí te toca la cara. Es fresca, clara y antinatural en su pureza. Después, la presencia empieza a retirarse. No con brusquedad. Como si el agua la reclamara de vuelta a un sitio donde las palabras ya no hacen falta.


La luz se apaga despacio, el corazón del Boun vuelve a estar formado por aguas oscuras, silencios y ramas flotando por la superficie. A tu espalda, Pau tarda unos segundos en alzar la cabeza. Cuando lo hace, sus ojos siguen clavados en el centro del estanque, como si una parte de él aún estuviera intentando decidir si ha presenciado una bendición o un recordatorio. Marcos permanece quieto, las manos aún juntas, respirando muy hondo por la nariz. Ninguno de los dos rompe el momento. Pau te mira solemne, y asiente con la cabeza. No pronuncia nada, pero sabes que te desea un buen viaje hasta su túmulo natal.

Caminas en silencio hacia la carretera, dónde Iruz y Ana Mercedes te esperan. Es el momento de viajar hacia el siguiente punto de tu viaje, y es en este momento cuando te preguntas si lo estás haciendo porque lo necesitas, porque alguien lo necesita o porque es el preludio a cumplir tu destino. De una forma u otra, ¿qué más da?

Análisis del episodio

  • Parada en el Hotel Jiménez: Iruz propone descansar y dejar pasar el día. 🟦🟨 Bruma combina ambas aproximaciones: realiza un reconocimiento del entorno físico y espiritual antes de instalarse, y después decide quedarse con Iruz para hablar largo y tendido, priorizando tanto la seguridad como la obtención de información sobre Aya, Mauricio y el proyecto Ícaro.
  • Semana en el Túmulo del Lirio Apacible: Pau le ofrece quedarse una semana, bajar revoluciones y dejar que el túmulo marque el ritmo. 🟦 Bruma acepta aprender despacio, integrarse en las dinámicas del lugar y escuchar antes de imponer su urgencia o dirigir las conversaciones hacia sus propios intereses.
  • Primera crisis con Edurne en la Umbra: El Invasor telúrico se envalentona y Edurne duda en su propia prueba. 🟨 Bruma decide aconsejarla sin arrebatarle el control, intentando reforzar su confianza y ayudarla a sostener la situación desde un segundo plano, aunque la tirada falla y la presión espiritual aumenta.
  • Confrontación final con el Invasor telúrico: Con Edurne al borde del colapso y el espíritu centrado en Bruma, la situación se vuelve crítica. 🟨 Bruma opta por comprender antes de actuar, establece comunicación con el Invasor para descubrir qué lo ha desplazado y logra calmarlo temporalmente mediante diálogo en lugar de imposición.

Total

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Experiencia

  • Bruma Nocturna: +5 PX
  • Ana Mercedes (pnj): +2 PX
  • Iruz (pnj): +2 PX