Episodio 1 — Soria

Iniciado por Maurick, 02 de Ene 2026, 01:46:28

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Cuando Llanto del Arroyo se acerca, Bruma admite con tranquilidad la rutina de reconocimiento. Permanece sentado, se acicala una de la patas delanteras brevemente mientras la lupus regresa a encontrarse frente a él. Entonces se incorpora, y se acerca hasta poder respirar su aliento.

Cita de: Maurick en 04 de Mar 2026, 21:31:44




Tras rascarse un poco, el Uktena sacude todo su cuerpo para quitarse los restos de corteza del pelaje y se acerca de nuevo a la lupus.

Cita de: Maurick en 04 de Mar 2026, 21:31:44


Cuando la loba echa a caminar, Bruma la sigue con calma. Le concede un par de metros de ventaja, y camina exactamente por el mismo lugar que ella.

Cita de: Maurick en 04 de Mar 2026, 21:31:44

Al ver la presa, Bruma se acerca y la olisquea. Está aún tibia, como si alguien se hubiese alejado justo antes de comenzar a comer. Con el olor del cadáver fresco en sus fosas nasales, retrocede dando un par de pasos atrás y vuelve a sentarse sobre sus cuartos traseros.


Mientras espera la respuesta de Llanto del Arroyo, mantiene a la cría atrapada bajo su pata. Firme, pero sin causarle daño. La mirada es tranquila, y la actitud relajada. No sabe si la conversación tendrá algún futuro, pero la lupus es, sin duda, un sujeto interesante.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

07 de Mar 2026, 09:33:20 #46 Ultima modificación: 07 de Mar 2026, 09:38:40 por Maurick
Cuando hablas de decisiones necesarias, de venenos que quizás llevas dentro desde antes de saberlo, Llanto del Arroyo permanece quieta. Su mirada no busca dominar, pero tampoco esquiva la tuya. Escucha como escuchan los lobos: sin interrumpir, sin mostrar acuerdo. Cuando terminas, la loba aparta la vista hacia el bosque. Olfatea el aire un instante. El viento trae olor de madera cortada, de hierro oxidado... y del humano que trabaja más allá de la linde. Luego vuelve a mirarte.


La cola se mueve una vez, lenta.


Hace una pausa breve, sin dramatismo. Habla la experiencia y lo salvaje.


La loba ladea ligeramente la cabeza.


Sus orejas se mueven hacia atrás un instante. El cuerpo sin vida de los gazapos rezuma sangre poco a poco. Notas que no tiene intención de comer.


Su mirada se dirige hacia el claro donde descansa el Estanque del Lirio Apacible.


Vuelve a mirarte.


No es una acusación, es una certeza tranquila. La loba olfatea de nuevo el viento que llega desde el sendero. Los golpes de madera vuelven a escucharse a lo lejos.


Su cabeza se vuelve en esa dirección. Luego mira hacia el interior del bosque, donde la Celosía se vuelve más fina entre los árboles.


Te dedica una última mirada hacia ti.


Y sin esperar respuesta, Llanto del Arroyo se gira y se interna entre los árboles, donde el aire comienza a volverse más fino y la presencia de la Umbra se siente más cerca.

Mientras la lupus se expresa, el Sioux levanta despacio la zarpa del cuerpo del gazapo. Se sienta lentamente, y se queda observando a la loba con la cabeza levemente ladeada.

Cita de: Maurick en 07 de Mar 2026, 09:33:20



Silencio. El Uktena se levanta con calma y se estira un poco echando el cuerpo hacia atrás, cargando el peso sobre las patas traseras. Sin quitar sus ojos de Llanto del Arroyo, se acerca a ella mientras empieza a hablar.


Bruma da una vuelta completa alrededor de Llanto del Arroyo sin quitar sus ojos de la cabeza de ella. Cuando completa la vuelta, se sienta muy cerca de ella, medio a su lado medio de frente, y termina el movimiento tumbándose en el suelo con la cabeza en alto.

Cita de: Maurick en 07 de Mar 2026, 09:33:20


Cita de: Maurick en 07 de Mar 2026, 09:33:20


La cola del americano se mece suavemente hacia los lados mientras la lupus continúa hablando. Cuando menciona a Marcos, se levante suavemente y deja que la conversación concluya.

Cita de: Maurick en 07 de Mar 2026, 09:33:20


Cuando la pierde de vista, se dirige despacio hacia el lugar del vienen los golpes. Si Marcos realmente necesita ayuda, le echa una mano con la tarea. Si no, se dirigirá a la Umbra... a entrevistarse con el Lirio Apacible.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

El sonido de los pájaros y de la naturaleza se extiende por todo el túmulo mientras Bruma Nocturna y Llanto del Arroyo conversan. De vez en cuando, se escucha el sonido de algún insecto revoloteando. La lupus observa atenta, manteniendo la distancia, y solo gira una oreja hacia atrás, señal de que ha oído y de que no le interesa demasiado.

Cita de: Lady Midnight en 14 de Mar 2026, 17:02:27


Da un paso entre la hierba alta, sin apartar del todo la vista del sendero.


Luego se te queda mirando.

Cita de: Lady Midnight en 14 de Mar 2026, 17:02:27

El viento cambia un poco. La lupus alza el hocico, respira, y cuando vuelve a hablar lo hace más despacio, como si eligiera con cuidado palabras que no le gustan.


Varias moscas se terminan posando sobre el cadáver del conejo. Revolotean y se plantan sobre la sangre y las vísceras. Llanto del Arroyo observa la escena, impasible.


Llanto del Arroyo ladea apenas la cabeza.


No lo defiende. Tampoco lo acusa.


Y esta vez sí, sin añadir nada más, se interna entre los árboles.

La presencia de Llanto del Arroyo se disuelve entre los árboles con esa naturalidad inquietante de los depredadores viejos: no parece que se haya marchado, sino que el bosque la ha reclamado de vuelta. Te quedas solo unos segundos más, con el olor fresco de la sangre pequeña aún flotando en el aire y las palabras de la lupus asentándose despacio, como barro en el fondo de un estanque removido. Luego echas a andar.

Cita de: Lady Midnight en 14 de Mar 2026, 17:02:27Cuando la pierde de vista, se dirige despacio hacia el lugar del vienen los golpes. Si Marcos realmente necesita ayuda, le echa una mano con la tarea. Si no, se dirigirá a la Umbra... a entrevistarse con el Lirio Apacible.

Dejas atrás la linde, el conejo destripado, el claro donde el aire parecía más fino de lo normal, y tomas el sendero de vuelta hacia la zona donde resonaban los golpes de madera. No vas rápido, pero tampoco dudas. A mitad de camino, algo llama tu atención: una ardilla. Está inmóvil sobre una piedra baja, con el cuerpo tenso y la cola erguida, mirándote fijamente. No parece asustada. Sólo... atenta. Te observa un instante más de lo que sería natural, como si estuviera decidiendo si reconocerte o huir de ti, y al final trepa por el tronco de un roble con una agilidad nerviosa hasta desaparecer entre las ramas altas.

Más adelante, el batir rápido de unas alas rompe el silencio entre dos árboles frutales medio salvajes. Puedes ver un par de jilgueros descendiendo al suelo, picoteando algo invisible entre la tierra y las hojas secas. Entonces levantan la cabeza al unísono. También te miran fijamente. Pequeños, ligeros, absurdamente vivos. Un segundo después revolotean en círculos cortos, nerviosos, y se alejan hacia el vallado en construcción. Cuando llegas al límite oriental del terreno, encuentras por fin a Marcos García de Visarón.

El Hijo de Gaia está de pie junto a una valla a medio rehacer, con varias tablas nuevas apoyadas en el suelo, un mazo clavado boca abajo en la hierba y los pantalones llenos de tierra seca a la altura de las rodillas. Ha retirado parte de la vieja empalizada y está preparando una nueva línea de postes que separe con más claridad la zona domesticada del túmulo de una franja de terreno donde la maleza crece ya sin disculparse ante nadie. En cuanto te ve aparecer, alza una mano con una sonrisa abierta, de esas que no se piensan demasiado.


Se limpia el dorso de la muñeca contra la frente, dejando una mancha de polvo y sudor.


Su tono sigue siendo ligero, pero ya no tanto.


Marcos ladea un poco la cabeza, esperando tu reacción.


Y entonces llega. Lo notas. No es una idea, ni una visión. Tampoco es una certeza, pero es una punzada seca y profunda en la nuca. Un peso repentino bajo la piel. Esa caída interior, mínima pero brutal, que no siempre anuncia peligro... pero casi siempre anuncia que algo ya se ha movido. Una sensación de desasosiego te trepa por la espalda.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna? ¿Harás caso de lo que te ha dicho Marcos, o vas a ir al núcleo umbral del túmulo?

Frente a las últimas palabras de la lupus, el Uktena solo escucha. Entiende todo lo que dice, y considera que es cierto. Nada suena extraño, y todo encaja con las ideas que ya tenía. Sin embargo, sus palabras son como un plato vacío a la hora de comer y no satisfacen su hambre de respuestas. Muy a su pesar, sospecha que tendrá que encarar al líder del túmulo casi a ciegas.

Cuando se encuentra con Marcos, cambia su forma a la de homínido y lo saluda con un leve gesto de su mano. Presta atención a lo que le cuenta, y asiente con seriedad.


Su respuesta es concisa, pero no excesivamente seca. Son las palabras de alguien que sabe que algo acaba de comenzar y, sea lo que sea, debe hacerle frente. Se despide de Marcos con otro pequeño gesto de su mano, y vuelve a pasar a lupus para hacer el camino más rápido mientras maldice para sus adentros.


Intenta llegar a la casa de Tomás lo antes posible, esperando que sea la verdadera Ana Mercedes la que allí le espera.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Cita de: Lady Midnight en 20 de Mar 2026, 21:56:52Intenta llegar a la casa de Tomás lo antes posible, esperando que sea la verdadera Ana Mercedes la que allí le espera.

Atraviesas el túmulo como una flecha, no te detienes a mirar atrás. No vuelves la vista al sendero, al vallado, a los árboles que hace apenas un momento parecían observarte. Todo lo que Llanto del Arroyo te ha dicho sigue pegado a tu piel como un olor incómodo, pero ahora mismo hay algo más urgente. Algo que ha empezado a moverse antes de que pudieras ponerle nombre.

Cruzas el Estanque del Lirio Apacible con la respiración trabada, dejando atrás los límites domesticados del boun y sus senderos conocidos. La tierra da paso poco a poco a grava, a cuneta, a asfalto. Cuando abandonas del todo la protección espiritual del túmulo y alcanzas la carretera, el mundo vuelve a oler a humanidad: humo viejo, gasoil, basura húmeda, metal recalentado por el sol. Durante un buen trecho avanzas por la cuneta de la autovía, pegado al borde, con coches y camiones rugiendo a pocos metros de tu cuerpo como bestias ciegas que no sabrían qué hacer contigo si te vieran de verdad. Los kilómetros se te hacen cortos, pero el trayecto no. El barrio empieza a levantarse a lo lejos como una mancha de hormigón cansado, gris, lleno de ropa tendida, persianas torcidas y bloques que parecen sostenerse por inercia más que por estructura.

Lo recuerdas enseguida: un primero, sin ascensor. Un barrio marginal, con calles degradadas. Y entonces recuerdas también lo otro: la has dejado allí. Iruz. Eso te golpea con más fuerza que el cansancio. A estas alturas no puedes seguir en lupus sin llamar demasiado la atención. Cambias sobre la marcha, rápido, con esa urgencia fea de quien no tiene tiempo para hacerlo bien. Sea por la escalera del mundo de la carne o por una entrada más tensa y sombría a través de la Umbra, llegas al bloque y subes hasta el rellano con el pulso ya demasiado alto.

La puerta está abierta, no entornada. Abierta. Entras, y lo primero que ves es a Ana Mercedes. Está de pie, rígida, con los hombros tensos y los ojos clavados en el interior del cuarto. Al oírte, gira la cabeza hacia ti con la expresión de alguien que ha aguantado lo que ha podido hasta que por fin aparece otro ser vivo capaz de confirmar que aquello es real. No habla enseguida, no puede.

A su espalda, sobre la cama, está el cuerpo de Tomás Urgel. Desnudo, con varios juguetes de índole sexual repartidos por las sábanas y el suelo. El cuello, ladeado, deja ver con demasiada claridad la marca: dos perforaciones limpias, obscenas, demasiado reconocibles. Hay palidez en su piel y un hilo muy, muy suave, de respiración. Pero quizás no dure mucho tiempo... Desde el baño llega un llanto desconsolado, femenino.

Un llanto roto, animal, incapaz ya de guardar compostura. La puerta está cerrada con fuerza, como si quien se ha metido dentro hubiese necesitado un último trozo de mundo que aún pudiera controlar. Ana Mercedes te mira con sorpresa y espanto. Y algo más debajo de todo eso: la necesidad brutal de que seas tú quien haga algo con aquello.


Tu nombre apenas le sale. La habitación huele a sexo, a sudor reciente y a sangre. ¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Al toparse con la escena, Bruma se queda paralizado durante un instante casi imperceptible. Hace una rápida asociación con la información visual de la que dispone, pero hay algo que no termina de encajar. Se acerca a Ana Mercedes y le coloca la mano en el brazo, cerca del hombro, con suavidad. Para que sienta la cercanía. Para que sienta una presencia amiga.


Separa la mano de su brazo con la misma suavidad con la que la colocó y, con paso decidido, se dirige a la puerta cerrada. Intenta ver si en entorno hay marcas de algún tipo de lucha, forcejeo o resistencia, si hay algún arma u objeto lesivo y si alguna puerta tiene alguna marca sospechosa. Al llegar al lugar del llanto, suspira para mantener el tono y la actitud correspondientes a la calma que le caracteriza.


El theurge tiene una clara línea de actuación:

a) Si Iruz sale o responde, si se muestra abierta a colaborar aunque sea mínimamente, esperará tras la puerta y hablará con ella. Si lo que ocurre es que abre la puerta o sale por ella, intentará acercarse y abrazarla con cuidado para ayudarla a calmarse antes de retomar la conversación.

b) Si se niega a salir o hablar sobre el tema, se irá a la Umbra y echará un vistazo desde allí al interior del baño, en principio sin interceder. Si hay algún motivo de peso (algún peligro, alguna conducta autolesiva o algo similar) entrará en el baño para enfrentarse el problema. Si nada de esto ocurre, volverá a colocarse frente a la puerta para intentar dirigirse a ella de nuevo ("sabes que puedo entrar cuando quiera, pero me gustaría no tener que hacer nada en contra de tu voluntad ni que pueda resultar violento o peligroso; el tiempo corre y te necesito conmigo, te pido por favor que me pongas las cosas algo más fáciles").
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Cita de: Lady Midnight en 22 de Mar 2026, 22:58:36Separa la mano de su brazo con la misma suavidad con la que la colocó y, con paso decidido, se dirige a la puerta cerrada. Intenta ver si en entorno hay marcas de algún tipo de lucha, forcejeo o resistencia, si hay algún arma u objeto lesivo y si alguna puerta tiene alguna marca sospechosa. Al llegar al lugar del llanto, suspira para mantener el tono y la actitud correspondientes a la calma que le caracteriza.

Ana Mercedes tarda un segundo en reaccionar a tus palabras. Tiene la respiración rota, los ojos abiertos de más, y cuando le pides que se encargue de Tomás asiente por puro reflejo, como si necesitase una orden para no venirse abajo allí mismo. Sus manos tiemblan cuando se acerca a la cama. El cuerpo desnudo del Hijo de Gaia parece demasiado grande, demasiado pálido, demasiado quieto. Sus manos comienzan a emitir un resplandor pálido, verdoso, cálido. Eres consciente del don que está usando. Tú, mientras tanto, recorres el pequeño salón con la vista. La mesa está desplazada. Hay una silla volcada cerca de la pared. No ves armas. No ves signos claros de forcejeo violento. No hay cristales rotos, ni muebles destrozados, ni nada que huela a asalto. Eso es casi peor. Todo parece haber ocurrido dentro de una intimidad demasiado sucia, demasiado humana. Te plantas frente a la puerta del baño. La madera vieja vibra apenas con cada sollozo del otro lado.


Al otro lado no hay respuesta inmediata. Sólo un llanto quebrado. Respiración descompasada. Un golpe seco, como si alguien se hubiera dejado caer contra los azulejos. Entonces, de pronto, una voz ahogada, histérica, llena de rabia y vergüenza a partes iguales:


El grito resuena en el baño pequeño, rebota en la puerta y vuelve a ti deformado.


Un sollozo. Algo metálico cae al suelo dentro, quizá el vaso, quizá algo del lavabo.


Ana Mercedes, al fondo, se queda inmóvil un instante. Su mano, que estaba buscando el pulso de Tomás, se detiene. Mira hacia la puerta del baño con una mezcla de incredulidad, asco y desconcierto absoluto. Desde dentro, la voz de Iruz vuelve a alzarse, esta vez menos rabiosa y más rota.


Silencio breve.


Otro golpe, esta vez contra la puerta, con el talón o con el puño.


Su respiración se corta.


Su voz baja, pero no se vuelve más serena. Sólo más miserable.


Otro sollozo.


Silencio.


La frase cae plana, desprovista de defensa.

Ana Mercedes aparta la mirada de Tomás un momento y te mira a ti, como si necesitara confirmar que está oyendo de verdad lo que está oyendo. Está completamente fuera de registro. Nada de esto entra en la clase de horror espiritual o político para la que se había preparado en las últimas horas. Esto es otra cosa: cutre, humillante, sórdida. Casi vulgar. Desde el baño, Iruz vuelve a hablar, ahora con la voz tan baja que casi parece que se le está vaciando por el desagüe.


Una respiración temblorosa.


Al otro lado de la puerta no oyes movimiento de huida. Sólo a una chavala rota, encerrada con su propia mierda, llorando desconsolada, mientras en la cama de al lado un hombre comienza a recobrar las fuerzas. Y no gracias a Iruz ni a sus propias decisiones. Y el tiempo sigue corriendo. Ana Mercedes está flipando en colores.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Mientras la muchacha habla, Bruma escucha con atención. Frente a la expresión de Ana Mercedes, le hace un gesto mostrando la palma de la mano a modo de indicación: "espera". En una de las pausas de Iruz, aprovecha y se dirige a la Philodox, acercándose un poco, con voz baja y calmada.


Tras intentar hacer que Ana Mercedes tome conciencia de la realidad y entienda un poco mejor la situación, se acerca todavía un poco más a la puerta.

Cita de: Maurick en 23 de Mar 2026, 00:15:35


Hace una pausa, para que la disculpa repose.

Cita de: Lady Midnight en 27 de Ene 2026, 23:38:19### Días 1-2:

En la visita a Iruz, a la que accede de buen grado, le lleva un pequeño ramillete de flores para colocar en un vasito con agua si es que le apetece. "Las más frescas del día, intentaré volver a verte antes de que se marchiten del todo", le dice. Le propone salir a comer, ofrece a Ana Mercedes asistir si le apetece y comenta las tareas del túmulo del modo más rutinario posible (con alguna anécdota con algún animalillo, quizá) mientras le pregunta a la adolescente qué ha estado haciendo mientras.


Cita de: Lady Midnight en 04 de Mar 2026, 19:38:48Saca su móvil y le escribe a Iruz un breve SMS: "Pau acaba de salir, quizá os crucéis. Ten cuidado con cualquier que vaya desde el Estanque, aunque creo que Ana Mercedes podría ser una aliada. Cuídate".


Cita de: Maurick en 23 de Mar 2026, 00:15:35


Mientras espera la reacción de Iruz, vuelve a dirigirse a Ana Mercedes.


Clava sus ojos en ella una vez más, asegurándose de que lo ha entendido, y vuelve a dirigir toda su atención a la puerta del baño.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

23 de Mar 2026, 21:59:15 #55 Ultima modificación: 23 de Mar 2026, 22:05:31 por Maurick
Cita de: Lady Midnight en 22 de Mar 2026, 22:58:36Mientras espera la reacción de Iruz, vuelve a dirigirse a Ana Mercedes.


Ana Mercedes tarda un instante en responder. No porque no te haya oído, sino porque tiene que separar tus palabras del olor a sangre, del cuerpo desnudo sobre la cama y del llanto al otro lado de la puerta. La luz verdosa de sus manos va perdiendo intensidad poco a poco, señal de que Tomás ya no se le está escapando entre los dedos.


No hay dureza en el tono. Tampoco consuelo. Su mirada va hacia la puerta del baño y luego regresa a ti.


La frase cae con una serenidad cansada, casi profesional. No es una defensa. Es una línea. Un límite. Al otro lado de la puerta ya no hay golpes. Sólo respiración irregular. Agua corriendo. Un sollozo ahogado que parece estar mordiéndose a sí mismo para no volver a estallar. Luego el pestillo gira. Muy despacio. La puerta del baño se abre apenas un palmo al principio, como si quien está detrás no terminara de creerse que al otro lado no haya nadie dispuesto a devorarla. Después un poco más.

Iruz sale hecha un cisco. Va medio desnuda, con la ropa interior a medio subir y una camiseta demasiado grande, mal puesta, pegada al cuerpo por salpicaduras de agua y sudor. Tiene la boca manchada de sangre seca y reciente, una línea oscura que le baja por la barbilla y se ha extendido en el cuello. En el pecho, junto a la clavícula y sobre uno de los tirantes caídos, hay más sangre. Lleva el pelo húmedo, apelmazado en mechones torpes, y al moverse se le ven con demasiada claridad varias marcas violáceas en los glúteos y en la parte alta de los muslos: dedos, manos, azotes, un juego privado que ha dejado rastro físico y ninguna dignidad. No parece peligrosa, parece devastada.

Sus ojos van primero hacia ti, luego hacia Ana Mercedes, y por último hacia la cama. Y ahí se rompe otra vez.


No grita. Aún no. Le sale del pecho como un animal enfermo.


Ana Mercedes no hace ningún gesto extraño al verla así. La observa con ese desconcierto crispado de quien ha entrado en una clase de miseria para la que no la preparó nadie, pero no retrocede. No la juzga. Sólo aparta un cojín manchado del borde de la cama y respira hondo, como si quisiera volver a colocar las cosas en un orden que ya no existe. Entonces Tomás emite un sonido feo, húmedo. Un gruñido de garganta llena de saliva y vergüenza. Se mueve.

Muy poco al principio. Un brazo. El cuello. Una pierna desnuda que raspa la sábana. Tiene el rostro ceniciento y la mirada todavía desenfocada, pero la consciencia vuelve a él a una velocidad humillante. Su primera inhalación profunda viene acompañada de un gesto de dolor en la herida del cuello. La segunda ya trae rabia.


Ana Mercedes se gira hacia él con una brusquedad que sorprende incluso en ella.


No grita. No le hace falta. La orden cae dura, limpia, sin histéricas ni teatrales. Y funciona. Al menos durante dos segundos.

Tomás se incorpora a medias, todavía desnudo, buscando con una mano la sábana como si cubrirse ahora pudiera rescatarlo de algo. Mira a Iruz, te mira a ti, mira a Ana Mercedes y, de pronto, comprende la escena exacta en la que está metido. La habitación se le viene encima de golpe.


La frase sale tan rápida y tan automática que da casi pena.


Traga saliva. Le duele. Se toca el cuello y aparta la mano al ver la sangre.


Esa última palabra envejece en el aire antes de llegar a nadie.

Mira de reojo a Ana Mercedes, como buscando una salida racional en mitad de un lodazal sentimental. Y ahí Iruz estalla.

No como antes. No como una niña rota detrás de una puerta. Ahora lo hace de pie, temblando, roja de vergüenza y furia, con la sangre ya secándose en la piel y el pecho subiéndole y bajándole a tirones.


Da un paso hacia la cama. Luego otro. La agarras, está violenta. Tiene fuerza, bastante.


Se señala a sí misma con la mano abierta, todavía húmeda.


Tomás intenta contestar, pero ella no le deja.


La voz se le quiebra, pero sigue.


La habitación entera se queda suspendida un segundo en esa frase. Ana Mercedes cierra los ojos un instante muy breve. Luego vuelve a abrirlos. Está perdiendo la paciencia a la vista, pero todavía no se ha rendido a ella.


Nadie le hace caso.





Y ahí ya Ana Mercedes pierde el hilo de la comprensión paciente. No del todo. No de forma espectacular. Pero sí lo suficiente como para que se le note.


Ahora sí levanta la voz. La luz residual del don ya se ha extinguido en sus manos. El grito y la expresión son idénticas a Aránzazu. Tomás está vivo. Muy pálido, muy hecho polvo, pero vivo. Ella da un paso entre la cama y el resto del cuarto como si quisiera imponerse a base de presencia, no de rango.


Mira a Tomás.


Mira a Iruz.


Luego os mira a ambos, como si acabase de comprender que en esa habitación hay demasiada carne, demasiada vergüenza y muy poca inteligencia funcional.


El silencio que sigue no arregla nada. Sólo deja la escena desnuda.

Tomás, incorporado a medias, con el cuello vendado a toda prisa por su propia sangre y la sábana a la cintura como un actor malo pillado entre bastidores. Iruz, temblando, medio desnuda, con la boca roja, los azotes visibles y una pena tan obscena como el cuarto entero. Se abraza a ti, te mancha. Ana Mercedes, de pie entre ambos, intentando hacer de jueza, enfermera y adulta funcional de una situación que parece escrita por un dios cruel con sentido del humor. Y tú, Bruma Nocturna, en mitad de todo eso, oliendo sexo, sudor, sangre y culpa. La clase de culpa que ya no cabe debajo de una alfombra cutre de piso alquilado.

Ana Mercedes te echa una mirada de complicidad.


Iruz la mira enfadada. Notas su respiración y un poco de sangre cayendo por sus labios. ¿Qué vas a hacer?

Cita de: Maurick en 23 de Mar 2026, 21:59:15


En cuanto Iruz sale del baño, Bruma se apresura para salirle al paso y, sin pedir permiso ni perdón, la abraza y coloca la cabeza de la muchacha sobre su pecho. No es la primera vez que su ropa y su piel se manchan de aquello que representa el precio de la vida: sangre, sudor y lágrimas.

Cita de: Maurick en 23 de Mar 2026, 21:59:15


Los brazos no aprietan pero sujetan, y las palabras susurran cerca del oído de Iruz como los ánimos de un hermano mayor a un niño al que se le ha roto su juguete favorito.

Mientras Tomás vuelve en sí, el Uktena permanece en silencio. Deja que se explique, que hable, y que Ana Mercedes pueda escuchar sus argumentos sin interrupciones. Simplemente intenta consolar y sostener (no solo físicamente) a la niña entre sus brazos, y observar los acontecimientos a medida que se desarrollan.

Cuando Iruz se altera, se apresura a sujetarla de nuevo. Con firmeza pero con cariño. Si la fuerza de la muchacha supera la de Bruma, este intenta adoptar su forma glabro brevemente (o incluso crinos, si no hubiese alternativa) para evitar un verdadero enfrentamiento físico. Llegado el caso, volvería a forma de homínido en cuanto la joven se rendiese frente a la contención. Si ve que Tomás intenta responder con violencia, interpone su cuerpo para evitar que pueda golpear a Iruz.


Una vez que Ana Mercedes se impone, el Theurge vuelve a llevar a la Ícaro hacia su cuerpo.

Cita de: Maurick en 23 de Mar 2026, 21:59:15


Bruma acaricia la cabeza de Iruz, que está húmeda y pegajosa, y se separa ligeramente de ella para dirigirse a Tomás.


Echa un vistazo a la sala, intentando encontrar un armario o maleta con ropa de la joven.


Suelta a la muchacha con suavidad, busca la ropa que habían comprado en el centro comercial y se acerca de nuevo para acompañarla al baño. Si Iruz no se opone, le ayuda a quitarse la ropa, a sentarse en la bañera y a limpiarse con un poco de jabón. Sus manos la acarician desde el más profundo respeto, y evitan el roce excesivo con los lugares más privados de la anatomía humana. Le aclara el jabón, también sin mediar palabra, y la ayuda a salir de la bañera. Le alcanza una toalla y deja que se seque y se vista ya por su cuenta si está más calmada o, si no es el caso, le ayuda del mismo modo que a la hora de asearse.

Cuando ya está vestida, la mira con detenimiento y, ahora sí, se dirige a ella.


En cuanto se separan del breve abrazo, abre la puerta y se dirige a Ana Mercedes.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

24 de Mar 2026, 21:21:20 #57 Ultima modificación: 24 de Mar 2026, 21:23:27 por Maurick
Cita de: Lady Midnight en 23 de Mar 2026, 23:00:57Suelta a la muchacha con suavidad, busca la ropa que habían comprado en el centro comercial y se acerca de nuevo para acompañarla al baño. Si Iruz no se opone, le ayuda a quitarse la ropa, a sentarse en la bañera y a limpiarse con un poco de jabón. Sus manos la acarician desde el más profundo respeto, y evitan el roce excesivo con los lugares más privados de la anatomía humana. Le aclara el jabón, también sin mediar palabra, y la ayuda a salir de la bañera. Le alcanza una toalla y deja que se seque y se vista ya por su cuenta si está más calmada o, si no es el caso, le ayuda del mismo modo que a la hora de asearse.

Iruz no rechaza el abrazo al principio. Se queda ahí un segundo, dos... respirando contra tu pecho, con el cuerpo todavía temblando y la piel pegajosa. Pero cuando notas que vas a moverte con ella hacia el baño, que tus manos empiezan a guiar más de la cuenta, te suelta un manotazo seco.


Te señala un instante, sin agresividad real, pero con orgullo herido.


Y se mete en el baño sin mirar a nadie más, cerrando la puerta con menos violencia que antes, pero con la misma necesidad de marcar distancia. El sonido del agua vuelve, esta vez constante. Silencio incómodo, uno de esos silencios que huelen peor que la habitación. Tomás carraspea desde la cama. Se incorpora un poco más, ya con la sábana mejor colocada, y cuando habla... ya no suena débil. Suena a lo que podría esperar de un garrulo de pueblo.

Cita de: Lady Midnight en 23 de Mar 2026, 23:00:57Bruma acaricia la cabeza de Iruz, que está húmeda y pegajosa, y se separa ligeramente de ella para dirigirse a Tomás.
Echa un vistazo a la sala, intentando encontrar un armario o maleta con ropa de la joven.


Te mira de arriba abajo, con una media sonrisa torcida, de esas de niñato que ha salido demasiado bien parado demasiadas veces.


Se inclina hacia delante, ignorando el dolor un segundo más de la cuenta.


Ana Mercedes no tarda ni medio segundo en reaccionar.


No hay grito. No hace falta. Pero hay algo distinto ahora: ya no está conteniendo, está harta. Da un paso hacia él.


Da un paso hacia él. Se pone entre ti y Tomás.


Tomás aprieta la mandíbula. No contesta al instante. Baja la mirada... pero no por sumisión. Por cálculo.


Levanta la vista otra vez. Directo a ti.


El agua del baño se corta. Un segundo después, la puerta se abre. Iruz sale con el pelo mojado, echado hacia atrás con los dedos. Lleva ropa limpia, pero no ha conseguido borrar del todo lo que ha pasado: aún le quedan restos en la piel, en la mirada, en cómo se mueve. Se queda quieta un momento, mira a Tomás. Y no hay duda, sólo desprecio.


Directo. Plano. Tomás reacciona como un resorte. Pega un bote y da un puñetazo contra la pared, haciendo retumbar el cabecero de la cama. Ana Mercedes no se mueve ni un ápice. El l yeso se resquebraja un poco.


Pero ya es tarde, Ana Mercedes le agarra de la cara y empieza a lloriquear como un bebé. Lleno de dolor, empieza a supliar por piedad, porque pare. Dejándolo en posición fetal, la Philodox se planta en la puerta, mirándoos.


No pregunta, ni negocia. Iruz ni siquiera mira atrás. Se acerca a ti, más por inercia que por necesidad, y se coloca a tu lado. En la habitación, Tomás sigue lloriqueando como si fuese un niño al que le han negado un regalo. O el abrazo de su madre. Salís al rellano, y hay un par de vecinas del piso de enfrente mirando hacia vosotros y cuchicheando. Ana Mercedes resopla. El pasillo huele a humedad y comida recalentada. La escalera es igual de triste que cuando subiste, pero ahora pesa menos. O quizá sois vosotros los que vais más rápido. Al llegar a la calle, el aire frío golpea. Ana Mercedes se detiene un segundo. Se pasa una mano por la cara. Respira.


Mira alrededor. Luego a ti.


Hace una pausa, más larga de lo normal.


Iruz se abraza a sí misma, tiritando un poco, pero no dice nada. La ciudad sigue igual que antes. Pero vosotros tres ya no estáis en el mismo sitio. ¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Cuando Iruz indica que se va a duchar sola, Bruma retrocede un paso para dejar libre el acceso al baño. Frente al ataque de Tomás, vuelve a retomar su posición anterior dando un pequeño paso al frente y sosteniéndole la mirada. No frunce el ceño, tampoco sonríe. Solo deja que hable como quien mira a un niño enrabietado.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 21:21:20



Levanta la vista otra vez. Directo a ti.



Cuando Iruz sale del baño, el Uktena la mira con calma para comprobar su estado. Verla aseada y algo más tranquila lo alivia, aunque la situación le sigue resultando bastante desagradable. Mientras Ana Mercedes sujeta la cara de Tomás, observa con cierta diversión.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 21:21:20

Mira a Tomás una última vez, y se dirige a él con voz calmada.


Sin mirar atrás, sale detrás de Ana Mercedes sin decir nada más hasta que ella inicia la comunicación.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 21:21:20


Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 21:21:20


Cuando ve que Iruz tiene frío, se quita la chaqueta de cuero y se la coloca sobre los hombros sin decir nada.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Ya afuera, cerca del coche de Iruz, Ana se queda dubitativa en el exterior. Te observa cuando asumes que va a abandonar su clan, su túmulo. Se queda mirando la calle un segundo más, como si necesitara ordenar por dentro todo lo que acaba de pasar... y lo que está a punto de hacer. Luego niega suavemente con la cabeza.

Cita de: Lady Midnight en 24 de Mar 2026, 22:48:58


Lo dice sin dudar. Sin épica. Como quien se aferra a la única certeza que le queda.


Te mira de reojo.


No hay reproche. Es casi una concesión.

Cita de: Lady Midnight en 24 de Mar 2026, 22:48:58Cuando ve que Iruz tiene frío, se quita la chaqueta de cuero y se la coloca sobre los hombros sin decir nada.

Iruz, mientras tanto, ya se ha movido. Se ha quedado con tu chaqueta sin pedir permiso, metiendo los brazos dentro como si fuese una armadura improvisada. Le queda grande. Le tapa medio cuerpo. Y aun así... parece más entera. No dice gracias, claro que no. Se gira hacia el coche.


No espera respuesta. Abre la puerta del conductor y se mete dentro, con un movimiento rápido, automático. Necesita hacer algo, moverse, salir de ahí. El motor arranca al segundo. Ana Mercedes te lanza una última mirada y sube al asiento del copiloto. Tú vas detrás, te lo has pensado mucho; el coche se pone en marcha y, durante unos segundos, sólo escuchas el sonido del motor y la ciudad pasando al otro lado del cristal. Hasta que Iruz rompe el silencio.


Lo pregunta sin mirar. Con la vista fija en la carretera. Ana Mercedes niega.


Mira al frente, como si ya pudiera verlo.


Y entonces gira ligeramente la cabeza hacia atrás, buscándote.


Iruz aprieta un poco más el volante. La carretera se abre delante de vosotros, mientras serpentea entre el tráfico y da giros bruscos. No parece preguntar dónde está la estación, te da la impresión de que conoce muy bien la ciudad. No pasa demasiado tiempo hasta que os plantáis frente a la estación de autobuses de Soria. La joven rubia aparca con una destreza increíble en un hueco bastante complicado. Resopla y se queda mirando a Ana Mercedes.


Ana Mercedes suelta un poco de aire, como ahogando una risa.


Te toca decidir si vas a acompañar a Ana Mercedes. Iruz no se marchará sin ti, por mucho que se pavonee de ello.