Episodio 2 — Bilbao

Iniciado por Maurick, 01 de Mar 2026, 11:29:46

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Cita de: Mark en 13 de Jul 2026, 00:26:38-No se quién eres, pero apártate de nuestro camino o teñiré el suelo de esta sala con tu sangre...

La mujer no se aparta, y tampoco parece impresionada por la amenaza. Su mirada pasa por ti y se detiene en Kara y Vytalian, no por sus heridas, sino por algo que parece percibir debajo de la piel.


Inclina ligeramente la cabeza. La sonrisa desaparece.


Kara mantiene el peso de Vytalian y no baja la guardia. Euforia tampoco intenta acercarse.


Levanta de nuevo las manos, dejándolas bien visibles.


La salida continúa detrás de ella.

¿Qué haces, Mark?

Sigo tenso unos instantes pero relajo el cuerpo ante la muestra de aparente ayuda que nos ofrece.

-Pensaba que eras una más de los que nos habían traído hasta aquí... -lanzo una mirada de soslayo hacia mis compañeros y vuelvo a mirar a la extraña mujer- si puedes ayudarles, te estaré eternamente agradecido...

Me aparto del camino entre la mujer y mis compañeros.

-Pero no intentes hacer nada raro o que les ponga en peligro -aprieto la mandíbula- como verás por nuestro estado, no ha sido el mejor día de nuestras vidas y encontrarte aquí no es que nos sirva de mucho consuelo... -frunzo el ceño- ¿Como te llamas? ¿Como es que percibes la magia en ellos? ¿Eres algún tipo de hechicera?

La mujer te aguanta la mirada durante un instante y, de pronto, se echa a reír. No es una carcajada cruel, sino abierta, casi divertida por la situación, como si la amenaza de un hombre cubierto de sangre y agotamiento fuese una forma perfectamente razonable de presentarse.


Su atención vuelve enseguida hacia Kara y Vytalian. La sonrisa se apaga al observar el temblor de sus cuerpos, la sangre y el esfuerzo inútil por sostener una forma humana que ahora parece impuesta.


No busca un espejo, no se acerca a una superficie reflectante ni pronuncia rito alguno que reconozcas. Euforia alza una mano y dibuja una línea en el aire con dos dedos. La realidad responde con un crujido seco, como una tela sometida a demasiada tensión. El espacio se abre ante ella en una herida vertical, revelando al otro lado una versión gris y deformada del almacén. Kara mantiene la mirada fija en la abertura. Vytalian apenas conserva fuerzas para discutir.


Entre los tres conseguís atravesar el desgarro. El cambio es inmediato: el aire pesa de otra manera, las paredes parecen más altas y las vigas del almacén se prolongan como huesos oxidados hacia una oscuridad sin techo. Lo extraño no es sólo haber cruzado sin espejos. Tu camiseta sigue pegada al cuerpo, conservas los pantalones y hasta las manchas de sangre ocupan el mismo lugar. Todo ha pasado con vosotros, como si Euforia no hubiese abierto un camino hacia la Umbra, sino obligado a ambos mundos a tocarse durante unos segundos. La hechicera cierra el desgarro con un movimiento de muñeca.


Ayudáis a Kara y Vytalian a recostarse sobre el suelo frío. Euforia se arrodilla entre ambos y coloca una mano abierta sobre el pecho de cada uno, sin llegar a tocarles. Sus dedos se tensan. Un murmullo en una lengua desconocida se extiende por el almacén umbral y unas líneas tenues, rojizas, aparecen bajo la piel de los dos rusos, siguiendo el recorrido de sus venas. Euforia frunce el ceño.


Retira las manos y se incorpora despacio.


Kara intenta incorporarse, aunque el cuerpo le responde con un estremecimiento. Euforia la obliga a permanecer tumbada con un gesto breve.


La hechicera se sacude el polvo de las rodillas y empieza a caminar hacia la oscuridad del almacén, como si su intervención hubiera terminado. No parece tener prisa, pero tampoco da señales de que pretenda quedarse.


Euforia para durante un momento, y se queda en silencio.


Levanta la mano y de un chasquido, empiezan a salir chispas rojas y anaranjadas.


Tienes unos segundos antes de que se marche.

¿Qué vas a hacer, Mark?

14 de Jul 2026, 23:21:58 #63 Ultima modificación: 14 de Jul 2026, 23:30:43 por Mark
Tuerzo el gesto al escuchar lo de "hombres perro" pero no digo nada al respecto.

-Esteban de Haro... -digo antes de que se marche- el Trono de Cibeles al que él representa aquí, son los causantes de todo esto... -miro a mis compañeros y luego a la extraña mujer de nuevo- ellos y su alianza con las fuerzas corruptas, si quieres saber más, las respuestas las tienen ellos...

No digo más a la mujer si esta no prosigue con lo que la he dicho.

Una vez se va, me acerco a Kara y Vyt.

-¿Estáis algo mejor? Esperarme unos instantes aquí, quiero mirar antes si hay alguna pista sobre Monique...

No espero la respuesta e inspecciono rápidamente la sala y el camino por donde hemos venido, así como las otras salas. Ni rastro de mi amiga.

En la habitación contigua al baño reutilizado como sala de torturas, encuentro unos taquillas de operarios de lo que debían ser unos vestuarios y, en su interior, nuestras pertenencias. Me vuelvo a poner mi ropa, enfundo mi arma y compruebo que mi artefacto faérico no ha sufrido daños.

En otra de las taquillas, las ropas de los Fomori. Entre sus pertenencias, las llaves de un coche que me guardo.

Con todo ello, vuelvo con mis compañeros.

-Aquí tenéis vuestras cosas, tenemos que irnos ya...

Espero a que se pongan lo que quieran y me dispongo a salir por la puerta principal con mi pistola desenfundada.

-Manteneros detrás mío -les digo antes de salir.

Salgo con cautela esperando no encontrarme con más enemigos y si con el coche de esos bastardos.

Euforia se detiene cuando pronuncias algo.

Cita de: Mark en 14 de Jul 2026, 23:21:58-Esteban de Haro... -digo antes de que se marche- el Trono de Cibeles al que él representa aquí, son los causantes de todo esto... -miro a mis compañeros y luego a la extraña mujer de nuevo- ellos y su alianza con las fuerzas corruptas, si quieres saber más, las respuestas las tienen ellos...

Durante un instante parece que vas a haber despertado su interés, pero su expresión no cambia. Mira a Kara, a Vytalian y después vuelve a fijarse en ti.


No espera una respuesta. Su silueta pierde consistencia, como si el aire dejara de sostenerla, y se desvanece sin ruido entre las sombras del almacén umbral.

Cita de: Mark en 14 de Jul 2026, 23:21:58En la habitación contigua al baño reutilizado como sala de torturas, encuentro unos taquillas de operarios de lo que debían ser unos vestuarios y, en su interior, nuestras pertenencias. Me vuelvo a poner mi ropa, enfundo mi arma y compruebo que mi artefacto faérico no ha sufrido daños.

En otra de las taquillas, las ropas de los Fomori. Entre sus pertenencias, las llaves de un coche que me guardo.

Con todo ello, vuelvo con mis compañeros.

-Aquí tenéis vuestras cosas, tenemos que irnos ya...

Te diriges hacia las taquillas, pero al abrirlas sólo encuentras óxido, polvo espiritual y formas vacías que imitan objetos inexistentes. No están vuestras armas, ni la ropa, ni las llaves del coche, ni ninguna de las pertenencias que esperabas recuperar. Estás viendo el reflejo del almacén, no el almacén.

Intentas cruzar de nuevo al mundo físico. El cambio no responde con la facilidad con la que Euforia había desgarrado la realidad. Debes concentrarte, buscar la frontera entre ambos lados y forzarla como has aprendido. Te cuesta mucho más de lo esperado. La Umbra parece cerrarse alrededor de ti, densa y pegajosa, y durante unos segundos comprendes hasta qué punto lo que hizo aquella mujer no era una forma normal de atravesar.

Kara intenta incorporarse.


El esfuerzo por cruzar te deja mareado, pero terminas cayendo al otro lado. El almacén físico sigue vacío. Registras las taquillas, las habitaciones cercanas y los cuerpos de los fomori, pero no encuentras ningún juego de llaves, ninguna ropa preparada ni vuestro equipo. Sólo recuperas tu cartera y algunos objetos sin utilidad inmediata. Todo lo importante ha desaparecido.

Cuando regresas a la Umbra, Kara comprende la respuesta antes de que hables. La tranquilidad que había mantenido hasta entonces se rompe.


Se lleva una mano al pecho, como si esperase encontrarla todavía allí.

Vytalian consigue levantar la cabeza. Su voz sale débil, pero firme.


Kara asiente y vuelve a mirarte.


Los dos quedan en el suelo umbral, demasiado heridos para seguirte y atrapados por aquello que les han inyectado. La salida vuelve a depender de que cruces solo.

¿Qué haces, Mark?

29 de Jul 2026, 12:48:54 #65 Ultima modificación: 29 de Jul 2026, 21:29:57 por Maurick
Después de lo hablado por el chat, asumimos que Mark sale e intenta investigar.

El regreso al mundo físico resulta peor que el anterior. No por el esfuerzo: esta vez sabes dónde buscar la frontera y cómo empujarla. Lo peor es la sensación de abandonar a Kara y Vytalian al otro lado. Durante un instante, mientras la Umbra se comprime alrededor de tu cuerpo, todavía distingues sus siluetas entre las formas grises del almacén: ella sentada junto al ruso, una mano apoyada sobre su hombro; él tendido en el suelo, respirando a tirones, demasiado orgulloso para cerrar los ojos.

Después la realidad te arranca de allí: caes sobre una rodilla. El hormigón te recibe con un golpe seco y una bocanada de aire cargada de polvo, humedad y restos de combustible. El almacén físico conserva el calor de los cuerpos que lo han ocupado, pero ya no queda nadie en la sala principal. Solo los cadáveres de los dos fomori, las correas abandonadas, las manchas oscuras sobre el suelo y el zumbido irregular de uno de los fluorescentes.

Te incorporas despacio. El silencio no es completo. Más allá de las paredes llega el rumor lejano de motores. Algún portón industrial se cierra con un estrépito que recorre las vigas del techo. Después escuchas algo más grave, mucho más distante: una vibración sorda que asciende por el suelo y hace tintinear una herramienta olvidada sobre una mesa —dura apenas un segundo—.

Esperas, pero no se repite. Te obligas a seguir; la puerta principal del almacén está bloqueada desde fuera. El cierre ha sido pasado con una cadena gruesa que no puedes alcanzar desde este lado, aunque la hoja metálica no encaja bien contra el suelo y deja entrar una franja de luz anaranjada. Te agachas. Al otro lado se extiende un patio industrial estrecho, delimitado por vallas, contenedores y fachadas de ladrillo ennegrecido. No ves movimiento ni tampoco ningún vehículo que puedas utilizar.

Regresas al interior. Las oficinas administrativas ocupan una plataforma elevada en uno de los laterales. Subes por una escalera metálica que se queja bajo tu peso. Cada peldaño propaga un pequeño crujido por el edificio y te obliga a detenerte, escuchar y continuar con más cuidado.

La primera oficina está vacía: archivadores abiertos, papeles tirados y una taza con café reseco junto a un teclado sin ordenador. El teléfono de mesa sigue en su sitio, pero cuando levantas el auricular no escuchas tono alguno. Sigues el cable hasta la pared y descubres que ha sido arrancado de cuajo.

En la segunda habitación encuentras una mesa plegable, varias cajas de munición vacías y un mapa de la zona clavado sobre un tablón. Hay círculos dibujados alrededor de diferentes accesos de Romo-Itzubaltzeta. Algunas calles aparecen tachadas. Otras están marcadas con flechas que convergen hacia un mismo punto: Demóstenes.

No necesitas comprender todo el plan para reconocer una operación en marcha. Junto al mapa hay una radio portátil. La coges, giras el control de volumen y escuchas únicamente estática. Cambias de frecuencia. Primero no ocurre nada, después aparece una voz entrecortada, demasiado deformada para entender las palabras. Otra responde desde algún lugar lejano, pero la transmisión se interrumpe con un chasquido.

Entonces oyes el golpe, que no procede de la radio. Llega desde debajo de las oficinas: un sonido corto, blando, como algo pesado chocando contra una puerta. Guardas silencio. Pasan varios segundos antes de que vuelva a repetirse. Esta vez viene acompañado por el roce de unas botas y una voz baja, irritada.

Hay alguien en el almacén. Abandonas la oficina y desciendes la escalera. No regresas directamente a la sala donde despertasteis. Te mueves por el pasillo de servicio que rodea la nave, pegado a la pared y evitando las zonas iluminadas. El aire cambia a medida que avanzas. Huele a aceite, plástico quemado y sudor rancio, y también huele al Wyrm.

No es una presencia lejana ni una contaminación adherida al edificio. Está cerca. El corredor desemboca en una zona de carga que no habías visto durante el primer registro. Una hilera de cortinas industriales de plástico oculta varias cámaras interiores. Algunas están abiertas y vacías mientras que otras tienen candados reventados colgando de los cierres; las voces proceden de la última.

Te acercas, mientras ves como una luz blanca y dura escapa por debajo de la puerta. A su lado hay un carrito metálico con vendas usadas, botellas de agua, guantes de látex y una bandeja que alguien ha dejado caer de cualquier manera. Unas gotas oscuras recorren una de las ruedas y se han secado antes de alcanzar el suelo. La puerta no está cerrada del todo, y a través de la rendija distingues a dos hombres.

El primero es enorme. Incluso encorvado supera con claridad la altura normal de un ser humano. Tiene el cuello hundido entre los hombros, los brazos demasiado largos y una espalda que se mueve bajo la ropa como si algo tratara de encontrar una postura cómoda dentro de ella. Lleva una escopeta recortada colgada de una correa y está introduciendo cartuchos en los bolsillos de una chaqueta militar.

El segundo es más bajo y delgado. Su cuerpo conserva proporciones humanas, pero cada uno de sus movimientos resulta incorrecto. Las articulaciones se detienen donde no deberían. La cabeza gira unos grados de más cuando escucha. Los dedos, largos y amarillentos, golpean con impaciencia la carcasa de una pistola automática.

No necesitas comprobar más: son fomori. No son los mismos que has dejado muertos en la otra sala, obviamente, pero estos siguen vivos. Y están preparados para marcharse.


El más corpulento no levanta la mirada. Continúa llenándose los bolsillos con munición mientras su compañero observa algo situado fuera de tu campo de visión.


La voz le sale húmeda, con un siseo pegado a las palabras. El grande cierra la caja de cartuchos de un manotazo y se ajusta la correa de la escopeta.


La última palabra te obliga a cambiar ligeramente de posición. Lo haces muy despacio, utilizando el marco de la puerta para ampliar el ángulo sin empujarla, y entonces la ves. Monique está al fondo de la cámara.

La han dejado sentada contra uno de los pilares, con las manos sujetas y la cabeza inclinada sobre el pecho. La ropa con la que acudió a la cafetería apenas conserva algo de aquella discreta elegancia. El cabello le cae sobre el rostro. Una de sus piernas está extendida; la otra, recogida en una postura incómoda que no parece elegida.

No necesitas acercarte para saber que está muy herida. Tampoco necesitas estudiar su cuerpo, su respiración basta. Cada vez que intenta llenar los pulmones, el movimiento se interrumpe a mitad. Después permanece inmóvil durante unos segundos demasiado largos, hasta que el cuerpo vuelve a reclamar aire con un temblor pequeño, casi imperceptible.

Sigue viva, por muy poco.

El fomor delgado se acerca a ella. Monique no reacciona cuando la sombra se extiende sobre sus piernas. Tampoco cuando el monstruo se agacha y le coge el rostro para obligarla a levantar la cabeza, sus párpados tardan en abrirse.


El hombre sonríe. Entre sus labios aparecen varias hileras de dientes diminutos, apretados unos contra otros como fragmentos de cristal.


El otro fomor termina de ajustar la correa de la escopeta. El larguirucho acaricia el mentón de Monique.


Monique deja caer de nuevo la cabeza cuando el fomor la suelta. Sin embargo, antes de hacerlo, sus ojos se desplazan. No hacia la puerta, hacia ti.

El movimiento es mínimo. Quizá solo un reflejo. Quizá haya reconocido tu silueta entre la oscuridad del pasillo. No pronuncia tu nombre, no cambia de expresión ni hace nada que pueda delatarte.

El fomor delgado —Hortzoker— percibe algo. Observa a Monique. Olisquea el aire, y después sigue la dirección de su mirada. Su cuello gira lentamente. Primero ves el perfil, y después uno de sus ojos. La pupila se contrae al encontrarte detrás de la puerta.

El hombre sonríe. El corpulento deja de revisar la escopeta. Durante un segundo nadie se mueve. Tú no llevas armas, pero ellos sí, y Monique apenas puede respirar. Y, bajo vuestros pies, algo vuelve a estremecer las entrañas de Bilbao. Esta vez el temblor dura más.

¿Qué haces, Mark?

El infierno se vuelve a desatar en mi cabeza en un lapso demasiado corto de tiempo. Primero Kara, ahora Monique. Situaciones similares, un horror demasiado familiar, dos seres queridos sufriendo torturas. Noto la sangre bullir en mi interior, los latidos en mi cabeza parecen campanadas lúgubres.

No puedo permitir que muera y no tengo más herramientas a mi disposición que mis propias manos. Que mis propias garras.

La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.

Monique no puede morir sin al menos morir yo antes en el intento por salvarla...

Cita de: Mark en 29 de Jul 2026, 18:57:56La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.

No existe una decisión entre el pensamiento y el movimiento: la niebla roja borra esa distancia. Tu espalda golpea el marco cuando el cuerpo comienza a crecer. Las vértebras se separan con una sucesión de crujidos húmedos, empujando la columna hacia arriba; los hombros ensanchan hasta rozar ambos lados de la puerta y la cazadora se abre por las costuras antes de que puedas sentir la presión de la tela. Los dedos se alargan, las uñas revientan y se convierten en garras mientras el hocico emerge entre encías retraídas y dientes que ya no caben en una boca humana.

Hortzoker alcanza a levantar la pistola, pero no llega a apuntar. Entras en la habitación atravesando la puerta con el hombro. La hoja metálica se arranca de una bisagra y golpea la pared con un estruendo que hace temblar el carrito de instrumental. El fomor dispara por reflejo, y la bala pasa junto a tu mandíbula, arrancando una esquirla de hormigón del pilar donde está Monique.

Ahora los reconoces. No solo por aquellas pupilas demasiado quietas ni por la forma incorrecta de girar la cabeza. Son los dos hombres que acompañaban a Apolo cuando os entregó el lector y los dispositivos destinados a abrir Demóstenes desde dentro. Los mismos que esperaron en silencio mientras colaborabais con su operación. Los mismos que aparecieron después en la cafetería, dispararon los dardos y ayudaron a introducir a Monique en la furgoneta.

Ellos os dieron las herramientas y ellos la secuestraron. Hortzoker intenta disparar otra vez, pero tu garra se cierra alrededor de su muñeca. Los huesos ceden antes que el arma. La articulación se dobla hacia atrás con un chasquido seco; el cañón apunta al techo y las dos siguientes detonaciones revientan un fluorescente. Una lluvia de cristal y chispas cae sobre vosotros.


El grandullón ya tiene la escopeta entre las manos. Tiras de Hortzoker hacia ti. Su cuerpo abandona el suelo y choca contra tu pecho. Durante una fracción de segundo intenta protegerse utilizando la mano libre, pero sus dedos apenas consiguen hundirse entre tu pelaje antes de que lo arrojes contra el muro. La nuca golpea primero. El yeso se abre alrededor de su cabeza. El fomor rebota, todavía consciente, con los ojos desorbitados y la sonrisa sustituida por una mueca de incomprensión. La piel de su cuello palpita. Algo alargado se mueve debajo, trepando desde la clavícula hasta la mandíbula como un animal atrapado.

Lepolodi aprieta el gatillo, y la descarga te alcanza en el costado. El impacto te gira. La carne se abre bajo el pelaje y el calor entra de golpe, brutal, acompañado por una nube de sangre y pelo arrancado. Chocas contra el carrito metálico y lo aplastas bajo una rodilla. Las botellas ruedan por el suelo. Una de ellas estalla bajo tu peso, pero la Rabia ya ha convertido el dolor en otra cosa: una campana lejana, enterrada bajo el latido que te llena la cabeza.

Lepolodi bombea la escopeta. Hortzoker se aparta del muro y abre la boca. La mandíbula se desencaja más allá de cualquier límite humano. Los labios se rasgan por las comisuras y dejan al descubierto aquellas hileras de dientes diminutos, cientos de puntas húmedas apiñadas dentro de una garganta que se ensancha para morderte. El hedor que sale de ella recuerda a carne encerrada durante días en una bolsa de plástico.

Se lanza hacia tu cuello, pero le permites acercarse. Cuando abre la boca junto a tu hombro, introduces la garra bajo su mandíbula y empujas hacia arriba. Los dedos atraviesan la carne blanda del paladar. Hortzoker se sacude, muerde sin alcanzar nada y golpea tu antebrazo con la pistola rota. No aflojas. Tu mano continúa subiendo. Los dientes saltan primero. Pequeños fragmentos blancos rebotan contra el suelo y se pierden entre la sangre. La mandíbula superior se separa con un ruido espeso, seguida por la nariz y una parte del rostro. El fomor intenta gritar, pero solo consigue expulsar un borbotón oscuro que te cubre el pecho. Lo levantas por la cabeza abierta, y durante un instante sus piernas siguen pedaleando en el aire. Después lo estrellas contra el borde de la mesa: la primera vez se dobla, la segunda rompe la madera y la tercera deja de ser una persona reconocible.

Lepolodi vuelve a disparar. La descarga impacta en tu espalda. Esta vez sientes cómo algunos perdigones penetran entre las costillas y otros se aplastan contra el hueso. Das un paso hacia delante, arrastrando sobre la mesa los restos de Hortzoker. El fomor corpulento retrocede mientras trata de volver a accionar el mecanismo, pero uno de los cartuchos se atasca. Golpea el guardamanos con la palma.


Te vuelves hacia él. Lepolodi abandona la escopeta y mete la mano dentro de la chaqueta. Sus hombros empiezan a agitarse. La espalda se infla debajo de la tela, que se tensa hasta que varias protuberancias desgarran las costuras desde dentro. No son músculos. Son placas de carne endurecida, acumulaciones grises que se superponen unas a otras alrededor de la columna. Saca un cuchillo.

Es el mismo hombre que sostuvo abierta la puerta de la furgoneta mientras Apolo empujaba a Monique dentro. Lo recuerdas mirando la calle como si aquello fuese un trabajo cualquiera. Lepolodi carga. El cuchillo entra bajo tus costillas. El fomor gruñe y empuja con todo el peso de su cuerpo, intentando abrir la herida hacia arriba. Durante un segundo queda pegado a ti, tan cerca que puedes ver los vasos sanguíneos rotos alrededor de sus ojos y el sudor acumulado en los pliegues de su frente. Cierras una mano alrededor de su nuca y la otra atrapa el brazo del cuchillo.

Tiras en direcciones opuestas. La articulación del hombro resiste un instante. Después se desprende con un sonido parecido al de una rama verde partiéndose. El fomor grita mientras el brazo se separa del torso dentro de la manga, arrastrando jirones de carne y tendones largos que se tensan antes de romperse. El cuchillo cae todavía atrapado entre sus dedos.

Lepolodi intenta huir, pero solo consigue dar dos pasos. Lo alcanzas por la espalda y clavas las garras entre las placas que cubren su columna. La protección se resquebraja bajo tus dedos. El fomor patalea, golpea el suelo con las botas e intenta agarrarse al marco de la puerta mientras tiras de él hacia atrás. Sus uñas dejan cuatro surcos en el metal. Tiras otra vez, y su espalda se abre. Las placas grises saltan como costras gruesas y dejan al descubierto una masa de músculos deformados, grasa amarillenta y una columna demasiado ancha para pertenecer a un ser humano. Lepolodi continúa gritando hasta que hundes ambas manos en la abertura y separas los bordes. El sonido que sale de su cuerpo no se parece a un grito. Algo revienta dentro de él. Una oleada caliente te alcanza el abdomen y las piernas. El fomor se arquea, rígido, mientras su torso se abre desde la espalda hasta los costados. Sus órganos caen contra el suelo con un peso blando, unidos todavía por tejidos que se estiran entre sus costillas.

Lo sueltas. Lepolodi permanece de rodillas durante un segundo, mirando hacia la puerta como si todavía esperase poder cruzarla. Después cae de frente sobre sus propias vísceras.



El silencio regresa a la cámara, pero no de inmediato. Primero queda el repiqueteo de los casquillos terminando de rodar. El fluorescente roto chisporrotea sobre vuestra cabeza. Alguna pieza del carrito aplastado gira lentamente hasta perder impulso. El cuerpo de Hortzoker todavía sufre varios espasmos contra la mesa destruida, pero ya no conserva suficiente rostro para respirar. Tú sigues en pie.

La sangre de ambos fomori te cubre desde el hocico hasta las rodillas. Tienes fragmentos de dientes adheridos al pelaje del pecho, tiras de tejido entre las garras y una película negra y viscosa extendida sobre los brazos. La herida del costado continúa derramando sangre propia, más roja y limpia, que se mezcla con la porquería del Wyrm. El cuchillo sigue clavado bajo tus costillas. Cada respiración lo mueve unos milímetros dentro de la carne.

Hueles como un matadero incendiado. Pareces algo que debería permanecer encerrado al otro lado de una puerta de plata.

Monique sigue junto al pilar. Durante el combate no ha gritado. Apenas ha conseguido moverse. Ahora mantiene los ojos entreabiertos, intentando enfocar la mole ensangrentada que ocupa la habitación. La sangre de los fomori ha salpicado el suelo alrededor de ella, pero ninguno de sus cuerpos ha llegado a tocarla. Das un paso, y Monique se estremece. No porque no te reconozca. Sus ojos encuentran los tuyos bajo la frente del Crinos y permanecen allí. Lo que tiembla es su cuerpo, agotado por el simple esfuerzo de continuar respirando.

Te acercas despacio. Las garras dejan marcas húmedas sobre el hormigón. Cuando te arrodillas frente a ella, el cuchillo clavado en tu costado roza el suelo y una punzada consigue atravesar por fin la Rabia. Aun así, no apartas la mirada. Las ataduras de Monique están cerradas con bridas industriales. Bastaría un movimiento mal calculado para cortarle también las muñecas. Tus manos son demasiado grandes y demasiado fuertes. Están cubiertas de aquello que queda de los hombres que la trajeron aquí. Fuera de la cámara, la radio portátil vuelve a cobrar vida, y una voz surge entre la estática.


Otra voz responde, ahogada por interferencias.


Ahora escuchas a una voz familiar. Incluso a través de las interferencias, lo reconoces.


La transmisión muere. Bajo el almacén, un nuevo temblor recorre el hormigón. Esta vez no termina al cabo de un segundo. Las paredes vibran. El polvo cae de las vigas y una grieta fina aparece sobre el marco de la puerta, avanzando por el yeso con un sonido pequeño y continuo.



Monique deja escapar una respiración rota: está viva. Los dos hombres que la secuestraron ya no. Y tú permaneces arrodillado frente a ella, convertido en Crinos, herido, con un cuchillo clavado en el cuerpo y tan cubierto de sangre, carne y restos del Wyrm que apenas queda nada visible del hombre que entró en aquella habitación. Usas el poder de tu Rabia para sanar las heridas que te han hecho estos miserables. Respiras aliviado cuando notas que los cortes, puñaladas y disparos eran ordinarios, comunes. Un pensamiento intrusivo te pasa por la cabeza mientras dejas que tu piel se regenere: ¿qué hubieses hecho si no tuvieses estos poderes, como les ha pasado a Vytalian y a Kara? Una vez estás sanado, pasas a homínido y con el cuchillo liberas a la Philodox francesa. Con un tenue soplo de fuerza, se abraza a ti y notas que llora: pero no es un llanto de dolor, es un llanto de humillación, de sentirse inútil. Te llega a susurrar, de forma muy suave, lo siguiente:


Pero antes de que pueda acabar su frase, pega un grito de horror. Justo detrás de ti, en la puerta, entra otro fomori enormemente gordo y obeso, con varias pústulas amarillentas pulsantes. La criatura emite un rugido de dolor al ver a sus colegas hechos puré, y parece que va a cargar hacia ti. Suspiras, pero antes de que puedas ponerte en pie de nuevo, algo le atraviesa el pecho de lado a lado. Es un crinos de pelaje blanco, ojos azules brillantes, y varias heridas por todo el cuerpo. Detrás de él está Vytalian, agarrándose al quicio de la puerta.


29 de Jul 2026, 21:54:56 #68 Ultima modificación: 29 de Jul 2026, 22:11:54 por Mark
Observo a mis compañeros con sincero alivio.


Tomo a Monique del hombro para que se apoye en mi y pueda ayudarla a caminar.


La ayudo a salir de la sala de torturas sin prisa pero sin pausa hasta ponernos a la altura de Kara y Vytalian.


Vuelvo a mirar a Kara.



[No paramos la marcha mientras hablamos. Debemos salir de ahí y montar en el vehículo. Si disponen de un móvil, llamaré a Semyon, si no, esperaré hasta poder establecer una comunicación. Si Monique sigue tan conmocionada como para no poder responder, conduciremos hasta salir de Bilbao y encontrar algún motel de carretera donde poder permanecer guarecidos hasta contactar con nuestro superior]

03 de Ago 2026, 11:12:03 #69 Ultima modificación: 03 de Ago 2026, 11:16:21 por Maurick
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, almacén abandonado, cerca de las Instalaciones Demóstenes

📅 29 de Agosto de 2005, 02:01

Sientes otro temblor; o quizás es otra cosa, pero no sabes muy bien qué es. Es algo más difícil de señalar: una presión que recorre las paredes, se introduce bajo la piel y eriza el pelo de la nuca. Tú y Kara os miráis durante un instante, y tenéis la certeza de que, aunque ninguno de los dos es Theurge, ambos habéis pasado demasiado tiempo cerca de la Umbra para confundir aquella sensación con miedo o cansancio: los espíritus están inquietos.

No puedes verlos desde el mundo físico, pero percibes su movimiento al otro lado de la Celosía. Presencias pequeñas que huyen por los pliegues del edificio. Sombras que se desplazan en dirección contraria a las luces. Un murmullo sin palabras que se acumula alrededor de Demóstenes, como animales escapando de un incendio que todavía no ha comenzado.

Kara no pierde tiempo intentando interpretarlo. Se arrodilla junto a Monique, aparta la tela empapada que cubre su vientre y prepara un vendaje de emergencia con lo poco que habéis recuperado. Trabaja deprisa, presionando donde debe, cerrando la hemorragia de la pierna y asegurando las vendas con movimientos firmes pese al temblor de sus dedos. Monique no protesta, ni habla. Su cabeza cae hacia un lado cada vez que Kara deja de sujetarla. Tiene los ojos abiertos, pero le cuesta mantenerlos enfocados. Cuando intentas hacerla caminar, sus piernas apenas responden y todo su peso termina apoyado contra ti.

Kara comprueba por última vez los vendajes. La sangre deja de extenderse con tanta rapidez, aunque continúa filtrándose lentamente entre las capas de tela. Su expresión te da la respuesta antes de que termine de explicártelo: aquello solo comprará tiempo: Monique necesita tratamiento médico inmediato, porque si no lo recibe, se desangrará.

Después examina sus pupilas, la rigidez de los músculos y la ausencia completa de regeneración. Es la misma reacción que presenta Vytalian, la misma incapacidad para cambiar de forma, curarse o atravesar la Urdimbre. La suite completa, vamos.

Kara expulsa el aire por la nariz y se limpia las manos contra los pantalones. A ella solo consiguieron inyectarle una dosis antes de que aparecieses en la sala de torturas. El efecto se ha debilitado lo suficiente para permitirle recuperar su forma Crinos y parte de sus capacidades, pero cada transformación sigue dejándole un dolor profundo en los huesos.

Vytalian se coloca al otro lado de Monique. Apenas puede utilizar uno de sus brazos y su respiración continúa siendo irregular, pero logra mantener la espalda recta. Entre los tres abandonáis la cámara de tortura y recorréis el almacén mientras buscáis una salida, un teléfono o cualquier cosa que os permita desaparecer de aquella zona. La inquietud espiritual aumenta a cada paso.

Kara te acompaña hasta un patio de carga situado en la parte trasera. Allí, escondida entre dos contenedores industriales, encontráis la misma furgoneta que perseguisteis por las calles de Bilbao aquella mañana, con la puerta lateral abierta.

El interior parece haber sido registrado a toda prisa. Hay cajas volcadas, cables, envases vacíos de los sedantes y varias mantas manchadas. Puedes comprobar que la empresa que ha manufacturado las drogas es CaliCorp Inc., y algo en tu estómago se retuerce al leerlo. Sin embargo, no tienes tiempo para analizar con más detenimiento esa intuición. En una esquina, arrojado como si fuese una herramienta sin valor, encuentras el fetiche de Kara. Ella lo recoge con ambas manos y permanece un instante inmóvil, comprobando que sigue entero antes de sujetarlo contra su cuerpo.

Tus cosas están esparcidas debajo de uno de los asientos: la chupa, el mechero, la cartera. Parte de la ropa y algunos objetos menores que te habían quitado. Los recoges deprisa, revisándolos uno por uno hasta que la ausencia se vuelve imposible de ignorar: el Ojo del Ayer no está. Miras de nuevo bajo los asientos. Abres la guantera, apartas las cajas, registras los bolsillos traseros y compruebas incluso el hueco donde guardan las herramientas. Nada, se lo han llevado.

La pérdida te deja quieto durante un segundo. Alguien del Trono de Cibeles o de aquella operación conoce ahora el artefacto. Quizá sepan utilizarlo. Quizá solo hayan reconocido su valor. No tienes forma de averiguarlo y el cuerpo de Monique se vence de nuevo entre los brazos de Vytalian. El tiempo se os echa encima.

Introducís a los dos heridos en la parte trasera. Vytalian se sienta contra una de las paredes y acomoda a Monique junto a él, manteniéndola erguida para que pueda respirar. Ella apenas reacciona al movimiento. Sus dedos se cierran débilmente alrededor de la manga del ruso, más por reflejo que por voluntad.

Kara encuentra las llaves en un compartimento lateral, junto a parte del equipo que os habían confiscado. La furgoneta arranca al segundo intento. El motor tose, expulsa una nube oscura por el tubo de escape y termina estabilizándose. El indicador muestra algo más de medio depósito: suficiente para llegar a Cantabria sin parar.

Te colocas al volante mientras Kara ocupa el asiento del acompañante. Primero intenta encender su teléfono. Después el tuyo. Pulsa varias veces los botones, retira las baterías, vuelve a colocarlas y masculla palabrotas en ruso cada vez que una pantalla se apaga antes de completar el arranque. Los teléfonos encienden, pero no tienen señal, ni cobertura. No podéis comunicaros con nadie, pero es hora de marcharse.

La radio de la furgoneta continúa encendida. Entre la estática aparecen fragmentos de comunicaciones: equipos ocupando posiciones, accesos bloqueados, movimientos en la Umbra y órdenes para mantener despejadas las rutas de entrada. Algunas voces hablan en clave. Otras han dejado de molestarse en ocultar lo que está ocurriendo: Perfidia está avanzando.

Una nueva transmisión se impone sobre las demás. La voz tiene un tono tranquilo y casi administrativo, como si estuviese coordinando una entrega de material y no el exterminio de un clan entero.


La comunicación continúa un par de veces más hasta que se pierde entre chasquidos. Kara deja de manipular los teléfonos. Mira la radio, después a Monique y Vytalian a través del espejo interior. La consternación apenas dura unos segundos. Aprieta la mandíbula, vuelve a encender tu móvil y te indica con un gesto que conduzcas.

La furgoneta abandona el patio industrial. Las calles de Romo-Itzubaltzeta parecen vacías, pero no tranquilas. Hay vehículos aparcados con las puertas abiertas, semáforos que cambian para nadie y luces encendidas en edificios donde las ventanas permanecen cerradas. A lo lejos se escucha el rumor de sirenas, todavía demasiado dispersas para que las autoridades comprendan qué está ocurriendo.

Conduces hacia la salida. Vytalian mantiene a Monique abrazada contra su pecho. Cada bache le arranca una mueca, pero no afloja. Ella sigue sin poder hablar. De vez en cuando abre los labios, intentando formar una palabra que nunca llega a salir. Kara continúa peleándose con los teléfonos, pero el reloj de la radio cambia.

02:32

El vello de tu nuca se eriza. Durante un instante, toda la presión espiritual desaparece. El murmullo de los espíritus se corta de golpe, la noche parece haber contenido la respiración; entonces explota una manzana cercana.



La onda de choque golpea la furgoneta de costado. Los cristales vibran dentro de los marcos y el vehículo invade parcialmente el carril contrario antes de que consigas enderezarlo. El estruendo llega después, grave y prolongado, acompañado por el crujido de fachadas que no estaban preparadas para soportar semejante impacto.

Dos edificios antiguos se pliegan sobre sí mismos. Las plantas superiores se hunden dentro de las inferiores y levantan una nube de polvo, ladrillos y cristales que engulle la calle. Varias alarmas comienzan a sonar al mismo tiempo, mientras un coche aparcado rueda sin conductor hasta golpear una farola, y Kara se sujeta al salpicadero.

Más allá de los tejados aparece un resplandor azul: procede de la zona donde se encuentran las instalaciones Demóstenes. La luz crece desde el subsuelo, filtrándose por ventanas, respiraderos y grietas abiertas en las paredes. No ilumina la ciudad de forma natural. Cada destello vuelve transparentes durante un instante los bordes de los edificios, como si el mundo físico fuese demasiado fino para contener aquello que está intentando atravesarlo.

Los primeros pliegues se abren sobre una azotea: de ellos emerge un Crinos de pelaje ennegrecido, seguido por otro y después por una criatura encorvada con demasiadas extremidades. Las figuras saltan a los edificios cercanos y corren hacia Demóstenes. Otras aparecen detrás de escaparates intactos, atravesando el cristal sin romperlo hasta encontrarse por completo en este lado. Más siluetas descienden por las fachadas, se materializan sobre los coches o surgen de sombras que no deberían tener profundidad.

Danzantes de la Espiral Negra. Fomori. Seres deformados que no reconoces. Y todos avanzan hacia el túmulo.

En la parte trasera, Vytalian observa la procesión a través de una de las ventanillas. Monique continúa apoyada contra él, demasiado débil para comprender lo que está viendo. Kara tiene uno de los teléfonos muerto entre las manos y el otro todavía intenta arrancar. Delante de ti queda la carretera que conduce fuera de Bilbao. A tu derecha, el resplandor de Demóstenes y una guerra que acaba de comenzar.

Tienes un instante para decidir.

¿Qué haces, Mark?

Con la furgoneta parada, observo incrédulo la escena apocalíptica que se muestra ante nosotros.


Tras unos instantes me doy cuenta de que tengo la boca abierta y la cierro. Frunzo el ceño y aprieto el volante con fuerza.



Miro por el retrovisor a los malheridos Vytalian y Monique y la rabia mengua, sustituida por una sensanción de protección, de cuidar por los míos.


Hago que la furgoneta continúe su marcha hacia las afueras de Bilbao.


Mientras conduzco en silencio, no puedo dejar de pensar en todo lo que acabo de vivir. El Ojo del Ayer desaparecido. La relación entre CaliCorp Inc. y los corruptos del Trono de Cibeles. Todo está relacionado. Debo contactar con Felicity Burton cuando estemos a salvo.

El motor protesta cuando vuelves a poner la furgoneta en marcha. El golpe de la explosión todavía vibra en los cristales, pero el vehículo responde y empieza a alejarse del resplandor azul de Demóstenes. Mantienes la vista en la carretera, buscando las señales que conduzcan hacia la autovía y evitando mirar demasiado tiempo por el retrovisor. Detrás, las criaturas continúan corriendo hacia el túmulo.

Te alejas en dirección contraria a aquella marea. Las calles de Romo-Itzubaltzeta se suceden entre edificios residenciales, comercios cerrados y vehículos abandonados en mitad de la calzada. Algunas ventanas se encienden. Otras se abren apenas unos centímetros, hasta que quienes observan desde ellas ven las siluetas deformes desplazándose por los tejados y vuelven a cerrarlas.

Kara sigue intentando encender alguno de los teléfonos. Vytalian mantiene a Monique erguida en la parte trasera. La francesa apenas respira, protegida por los vendajes de emergencia y por el brazo del ruso alrededor de sus hombros. Durante unos segundos parece que la salida está cerca, pero entonces algo trepa por la fachada del edificio que tienes delante.

Primero distingues el movimiento: una masa enorme ascendiendo entre balcones, canalones y tendederos, hundiendo las garras en el ladrillo. Después reconoces la silueta de un Crinos. Su pelaje mezcla tonos marrones claros y oscuros, manchado por sangre y polvo. Sube con una violencia desesperada, arrancando fragmentos de fachada cada vez que impulsa el cuerpo hacia el siguiente piso. De repente, escuchas los gritos de una ciudad que está siendo asediada al mismo tiempo que alcanza la azotea de un edificio de cinco plantas. Pero allí lo esperan dos criaturas: parecen haber sido humanas alguna vez, aunque ya no queda suficiente de esa forma para afirmarlo. Sus torsos están hinchados y deformados, sostenidos por piernas demasiado pequeñas. De los hombros, vientres y espaldas nacen tentáculos oscuros cubiertos de ventosas, espinas y bocas diminutas. Están tan lejos que no puedes distinguirlos, pero tu mente une conceptos y te haces una ligera idea de lo que son.

Los tentáculos se lanzan sobre el Crinos: el Garou recibe el primer impacto en el rostro, pero hunde las garras en la criatura gris y la arrastra por la azotea. El monstruo se aferra al borde con tres apéndices mientras los demás se enrollan alrededor del cuello y los brazos del hombre lobo. La segunda criatura salta sobre su espalda y se aplasta contra ella como un pulpo negro, hundiendo las ventosas entre el pelaje; Kara deja de mirar los teléfonos al darse cuenta de lo que está pasando. Su cuerpo se ensancha sobre el asiento. Los músculos tensan la ropa mientras adopta la forma Glabro y se gira hacia la parte trasera de la furgoneta.


Vytalian levanta la cabeza. Tiene el rostro pálido, el brazo inútil pegado al cuerpo y a Monique apoyada sobre él. Mira a Kara como si acabara de proponerle conducir sin ruedas.


La protesta se te escapa al mismo tiempo, pero el sonido queda enterrado bajo el rugido procedente de la azotea. Las dos criaturas tiran a la vez, y el Crinos pierde el apoyo. Sus garras dejan cuatro surcos verticales en el borde de hormigón antes de que lo arranquen del tejado. Durante un instante queda suspendido sobre la calle, atrapado entre los tentáculos. Después los fomori lo impulsan hacia abajo con toda la fuerza de sus cuerpos: uno de ellos ha expulsado una ráfaga de aire que ha lanzado al Garou por los aires, directamente contra vosotros.

Giras el volante, y la furgoneta invade el carril contrario, roza un coche estacionado y arranca su espejo retrovisor: no hay espacio suficiente. El Crinos golpea frontalmente contra el vehículo con un estruendo de metal, huesos y cristal. El capó se pliega hacia dentro, el motor revienta bajo el impacto y la luna delantera estalla sobre ti y Kara. La furgoneta gira media vuelta antes de detenerse contra una farola y el cinturón te corta el pecho. Durante un segundo solo existe el pitido agudo dentro de tus oídos, el olor a combustible y el vapor escapando del motor destruido. Tienes cristales sobre las piernas y sangre bajándote desde una ceja.

Kara revienta su puerta de una patada, y tú haces lo mismo por el otro lado, saliendo a la calle mientras el cuerpo vuelve a ensancharse en Glabro. El asfalto cruje bajo tus zapatos. El aire sabe a polvo y a aceite quemado. Sobre el morro destrozado, el Crinos comienza a incorporarse. La criatura negra y púrpura continúa adherida a su cabeza y parte de la espalda. Los tentáculos le cubren un ojo, se introducen entre sus mandíbulas y aprietan alrededor del cuello. El Garou ruge, mete ambas garras debajo de la masa y tira. Varias ventosas se desprenden una tras otra con chasquidos húmedos. Varias arrancan mechones de pelaje y pequeños fragmentos de carne. El Crinos termina separando al monstruo de su cuerpo y lo arroja contra la carretera como quien se arranca un parche infectado.

La criatura golpea el suelo y se retuerce en el momento en el que el Garou lo aplasta de un pisotón. El sonido que hace es el que haría un globo de agua al reventarse. El hombre lobo reduce su tamaño. Su hocico se retrae, los hombros descienden y el pelaje desaparece hasta dejar ante vosotros a una mujer en Glabro. Es rubia, alta y de físico vigoroso, con las formas generosas tensando una ropa destrozada por la transformación. Tiene sangre en el rostro, polvo en los brazos y unos ojos azules que brillan todavía con la furia del combate. Os observa a ti y a Kara; la mujer separa los labios, enseñando unos colmillos que todavía no han terminado de retraerse.


Kara reconoce el idioma antes que la amenaza. Da un paso al frente y abre las manos para mostrar que no sostiene ningún arma.


La desconocida mantiene la mirada sobre ella durante un instante, y después sonríe. La criatura tentacular se levanta detrás de la rusa y salta antes de que ninguno pueda advertirla. La masa negra impacta contra la cabeza y los hombros de la mujer, envolviéndola de nuevo. Dos tentáculos se introducen alrededor de su rostro. Otro se clava bajo la clavícula. La rusa grita, adopta parcialmente Crinos y trata de arrancársela mientras gira sobre sí misma.

Kara corre hacia ella, pero no llega a alcanzarla. Las grietas del asfalto se llenan de movimiento: primero surge una araña. Después diez, cientos, miles. Salen de las alcantarillas, de debajo de los coches, de los marcos rotos de las ventanas y de las sombras proyectadas por los edificios. Una marabunta negra cubre la carretera, trepa por las piernas de la rusa y se lanza sobre la criatura tentacular. El monstruo se sacude mientras las arañas penetran en sus bocas, cubren sus ojos y desaparecen debajo de la piel. Los tentáculos se agitan durante unos segundos antes de caer. La masa se desploma alrededor de los pies de la mujer convertida en una bolsa vacía, perforada desde dentro. Las arañas continúan devorándola hasta que solo quedan membranas oscuras adheridas al asfalto.

La rusa se limpia el rostro y contempla la marabunta.


Las arañas se detienen. Empiezan a reunirse en mitad de la calzada, amontonándose unas sobre otras, formando primero una columna irregular y después una silueta humana. Las patas se entrelazan y desaparecen bajo placas negras. El abdomen de cientos de criaturas se funde en un torso. Los ojos múltiples se apagan mientras un único rostro emerge de aquella materia viva.

La transformación tarda apenas unos segundos. Cuando termina, reconoces a la mujer elegante de la cafetería. Valeria Parhon permanece de pie entre los restos del fomor, con la ropa cubierta de polvo y pequeñas manchas oscuras. Su respiración no está alterada. Solo sus dedos se mueven todavía con una coordinación demasiado precisa, como si miles de patas continuasen recordando su función.


Victoria asiente, pero Valeria no se mueve. La Ananasi te observa durante un instante. Su expresión se vacía. Durante un instante parece no reconocer la calle, la furgoneta destruida ni a la mujer que acaba de llamar por su nombre. Mira a Kara. Después vuelve a mirarte, extrañada, como si hubiese aparecido allí en mitad de una conversación que no recuerda haber comenzado. Parpadea, y el desconcierto desaparece.


Victoria suelta una carcajada, se aproxima a Kara y la envuelve en un abrazo demasiado fuerte y demasiado inmediato. La líder de la Ráfaga de Plata queda rígida entre sus brazos, con la mejilla aplastada contra el hombro de la desconocida.


Kara tarda un segundo en liberarse. Se recoloca la ropa, se aparta el pelo del rostro y mira hacia la furgoneta humeante.


Victoria pierde parte de la sonrisa. Lo hace de forma cómica, y rodea el morro aplastado y abre de golpe las puertas traseras. Vytalian está intentando incorporarse entre cristales, sujetando a Monique para que no caiga. La francesa tiene la cabeza apoyada sobre su pecho y los vendajes vuelven a teñirse de rojo.

La rusa corpulenta se inclina hacia ella.


Los ojos de Valeria se abren de par en par.


Victoria encoge los hombros, pero Monique no reacciona. Apenas consigue mantener los ojos abiertos. Por la forma en que ambas mujeres la observan, comprendes que la delegación del Arce Verde no ha salido con vida de Demóstenes. Valeria se acerca al vehículo y examina primero a Vytalian y después a Monique. Sus dedos se detienen sobre los vendajes, la temperatura de la piel y las pupilas. No tarda mucho en emitir su juicio.


Kara mira a Vytalian, y después a Monique. Traga saliva. El movimiento es pequeño, pero tú lo ves. La decisión aparece en sus ojos antes de que abra la boca.


Valeria analiza la respuesta. Su mirada pasa de Kara a ti y después regresa hacia Victoria. Suspira.


Victoria se sube a la parte trasera de la furgoneta. Coloca una mano sobre el pecho de Vytalian y la otra junto a la herida de su brazo. El ruso se pone tenso e intenta evitarlo, pero Victoria es mucho más rápida y ágil que él. Cierra los ojos. El contacto no produce ningún resplandor, pero el ruso arquea la espalda cuando algo cálido atraviesa su cuerpo. La respiración se vuelve más profunda. El sangrado disminuye y los bordes de las heridas comienzan a cerrarse, aunque la sustancia que lleva dentro continúa negándole cualquier cambio de forma.

Después Victoria se vuelve hacia Monique. Trabaja con más cuidado. Apoya ambas manos sobre el vientre vendado y mantiene la presión durante varios segundos. La francesa inspira de golpe. Algo se recompone debajo de las vendas. El color regresa lentamente a sus labios y la hemorragia de la pierna pierde fuerza. No queda curada, claro que no, pero ya no se está muriendo.

Vytalian aparta la mano de Victoria e intenta ponerse en pie.


Kara niega despacio. Se acerca hasta quedar frente a él. Vytalian la supera en altura, pero en aquel momento parece mucho más pequeño. La rusa coloca una mano sobre su hombro sano.


Vytalian aprieta la mandíbula. Se queja en ruso, primero entre dientes y después con suficiente volumen para que Victoria levante una ceja. Pero Kara no discute, mantiene la mano sobre su hombro hasta que el ruso termina apartando la mirada. Monique recupera algo de color, aunque cada movimiento continúa provocándole dolor. Vytalian la recoge en brazos y baja de la furgoneta con ella.

Valeria ya se ha acercado a un coche aparcado junto a la acera: un Opel Corsa rojo, viejo, con la pintura desvaída y una abolladura en la puerta del conductor. Se agacha junto al volante. Varias arañas pequeñas salen de su manga, desaparecen bajo el salpicadero y recorren los cables del sistema de arranque. El motor cobra vida.


Vytalian se queda quieto junto al coche. Os mira a Kara y a ti con el rostro endurecido por el dolor y la resignación. Después abre la puerta del copiloto y coloca a Monique en el asiento con todo el cuidado que permiten sus brazos. La francesa se remueve, y busca algo con la mano hasta encontrarte. Sus dedos se cierran alrededor de los tuyos con muy poca fuerza, pero no te suelta.


Kara observa la calle. Más criaturas corren por las azoteas en dirección a Demóstenes. El resplandor azul continúa creciendo entre los edificios y una nueva explosión hace temblar los escaparates. La líder de la Ráfaga de Plata golpea dos veces el techo del Opel.


Vytalian entra en el vehículo. La puerta se cierra. El viejo Corsa se incorpora a la calzada con un traqueteo inseguro y comienza a alejarse entre el humo, llevando a Monique hacia Cantabria. Permanecéis en mitad de la calle.

Tú. Kara. Victoria. Valeria. La furgoneta destruida exhala vapor detrás de vosotros. Los restos de la criatura tentacular continúan deshaciéndose. A lo lejos, los rugidos de los Crinos se mezclan con sirenas, disparos y el derrumbamiento de alguna estructura que no consigues ver. Gritos y chillidos de ciudadanos inocentes es la sinfonía que rodea Getxo ahora mismo. A tu alrededor, puedes ver seres voladores que se meten en las ventanas y en los pisos. Si alguien describiese el Apocalipsis para ti, sería éste momento.

Kara se vuelve hacia las dos mujeres.


Victoria echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas. Incluso cubierta de sangre y polvo, parece disfrutar de aquella pregunta.


Durante un instante, todo parece detenerse. Valeria observa el resplandor de Demóstenes. Victoria flexiona las manos, preparándose para regresar al combate. Kara permanece junto a ti, con la respiración todavía agitada y pequeños fragmentos de cristal adheridos al cabello.

Entonces te mira. Ya no hay órdenes de Semyon. No hay coartadas, informes ni una cadena de mando capaz de explicar lo que estáis viendo. Solo queda la ciudad herida, el Wyrm avanzando por sus calles y la decisión que Kara acaba de tomar por los dos. Sus hombros descienden apenas un centímetro.


04 de Ago 2026, 21:20:58 #72 Ultima modificación: 04 de Ago 2026, 21:32:23 por Mark
Aprieto la mano de Monique con ternura.


A Vyt le dirijo una mirada de decisión cuando se monta y arranca el coche. Un asentimiento de "trabajo cumplido" con una pizca de "no te preocupes".

Me mantengo unos instantes viendo la estela de humo y luces del coche mientras se aleja para, finalmente, dirigirme a nuestras nuevas compañeras.


Victoria te mira mientras rebusca entre los restos de su ropa. Durante unos segundos parece que va a ignorar tu petición; después encuentra una cajetilla aplastada en uno de los bolsillos, la sacude contra la palma y consigue extraer un cigarrillo doblado cerca del filtro. Lo levanta como si estuviera entregándote una medicina especialmente peligrosa.


El cigarrillo está húmedo, torcido y conserva una pequeña mancha de sangre cerca de la boquilla. Aun así, prende cuando acercas el mechero. La primera calada raspa la garganta y sabe a tabaco negro, polvo de ladrillo y combustible. Victoria espera hasta que expulsas el humo, entonces se acerca un poco más. Su expresión pierde de golpe toda ligereza.


Kara gira la cabeza hacia ella, con una expresión de no creerse lo que acaba de escuchar. Victoria mantiene el rostro completamente serio durante dos segundos más, hasta que se le escapa una carcajada y te golpea el hombro con suficiente fuerza para hacerte avanzar medio paso. Valeria no comparte la broma.

La Ananasi permanece inmóvil en mitad de la calle, con la barbilla elevada y los ojos entrecerrados. Las arañas que todavía recorren su ropa se detienen al mismo tiempo. Algunas levantan las patas delanteras, orientándose hacia el resplandor de Demóstenes. Ella gira despacio.


Una vibración recorre el asfalto bajo vuestros pies. Algo enorme ruge detrás de los edificios, seguido por el estruendo de cristales rompiéndose en varias calles a la vez. Valeria empieza a caminar hacia el corazón de la devastación.


Victoria adopta su forma Crinos antes de que termine la frase. Su cuerpo crece, el pelaje crema cubre los músculos y las garras arañan el asfalto. Kara observa cómo se aleja Vytalian por última vez, hasta que las luces del Opel desaparecen detrás de una esquina; después pasa a Crinos. Tú arrojas el cigarrillo al suelo. Todavía queda más de la mitad, pero la calle que se abre frente a vosotros ya no pertenece a un lugar donde alguien pueda fumar tranquilamente.

Seguís a Valeria, mientras la ciudad se deshace. El primer edificio que encontráis ha perdido toda su fachada. Los salones, dormitorios y cocinas quedan expuestos a la noche como compartimentos abiertos de una casa de muñecas. Una familia se refugia bajo una mesa en el tercer piso. Un hombre permanece de pie en el balcón del cuarto, mirando hacia abajo con la boca abierta, incapaz de comprender lo que ve.

Un Crinos atraviesa la calle de un salto, y choca contra un fomor de casi cuatro metros y ambos revientan el escaparate de una farmacia. El monstruo tiene la piel endurecida en placas, seis brazos desiguales y una mandíbula que ocupa la mitad del torso. El Garou le hunde las garras en el pecho, pero el fomor lo agarra por la cintura y lo lanza contra una marquesina. El impacto dobla el metal.

La gente corre sin dirección. Algunos gritan. Otros se quedan quietos, atrapados por el Delirio, observando a las criaturas con una mezcla de terror y absoluta incomprensión. Una mujer intenta sacar a su hija de un coche volcado mientras, sobre ellas, dos hombres lobo combaten colgados de los balcones. Uno pierde el agarre y cae cuatro pisos abrazado a un Danzante de la Espiral Negra.

Golpean el suelo como una bomba, y Valeria no se detiene. De su espalda brotan patas articuladas que se clavan en las paredes y le permiten avanzar sobre los escombros sin perder velocidad. Victoria corre detrás de ella, apartando coches con los hombros y derribando a cualquier criatura que intenta interponerse.

Una masa de fomori aparece desde una calle lateral. Son humanos deformados por tumores, extremidades adicionales y armas integradas en la carne. Uno tiene un cañón oxidado sustituyendo el antebrazo. Otro camina sobre cuatro piernas y arrastra una lengua cubierta de dientes. El tercero conserva un rostro casi humano, salvo por los ojos que se abren y cierran por toda la frente. Kara se lanza contra ellos sin pensarlo. El primero dispara, y el proyectil revienta una pared detrás de vosotros, pero Kara ya está encima. Le golpea el brazo con ambas garras y desvía el cañón hacia el suelo. El segundo intenta morderle el costado, pero tú lo interceptas, hundiendo el hombro contra su cuerpo y arrastrándolo varios metros sobre el asfalto.

La criatura de cuatro patas se revuelve debajo de ti. Le sujetas la cabeza y la golpeas contra el bordillo: una vez, dos, y a la tercera, el cráneo cede y la lengua dentada deja de agitarse. El fomor de los muchos ojos salta sobre tu espalda. Sus dedos se clavan en la cazadora y algo parecido a una aguja intenta atravesarte el cuello. Giras sobre ti mismo, lo agarras por la muñeca y lo lanzas contra Kara. Ella comprende el movimiento, y atrapa a la criatura en el aire y la abre desde el pecho hasta el vientre con un solo zarpazo. El cuerpo cae entre ambos, derramando un líquido amarillo y espeso sobre la carretera.

Victoria arranca el brazo-cañón del último fomor y lo utiliza para golpearle la cabeza hasta que deja de moverse.


No hay tiempo para contestar. Un rugido atraviesa la calle y hace vibrar los coches. Del interior de un edificio emerge una criatura gigantesca cubierta de espinas. Se lleva por delante una columna de hormigón al salir. Parte de la estructura se inclina, primero lentamente y después con una velocidad terrible. Valeria levanta la mirada.


El edificio comienza a caer. Atravesáis la intersección mientras balcones, muebles, cristales y toneladas de ladrillo se desploman detrás de vosotros. La nube de polvo engulle la calle. Una onda de aire os golpea por la espalda y os obliga a protegeros el rostro.

Cuando salís del otro lado, la batalla ocupa todo cuanto puedes ver. Decenas de Crinos combaten entre coches incendiados y edificios abiertos. Los Danzantes surgen de grietas umbrales suspendidas en el aire. Fomori de todas las formas imaginables avanzan entre ellos: masas de carne con patas de insecto, humanos hinchados que escupen fuego, criaturas sin piel cubiertas por cables y monstruos cuyas extremidades terminan en sierras, garras o bocas.

El Viento de Acero resiste.

Sobre los restos de un autobús, una mujer de belleza imposible gira dos abanicos de plata. Las hojas se abren bajo la luz azul y cortan los tentáculos de una criatura antes de que lleguen a tocarla. Se mueve con una precisión casi coreográfica, haciendo girar los abanicos alrededor de sus brazos hasta que uno de ellos abandona su mano, atraviesa el cuello de un fomor y regresa cubierto de sangre.

A pocos metros, un Crinos con cuernos combate utilizando una lanza. La hoja describe un arco brillante, abre el vientre de un Danzante y continúa el movimiento hasta clavarse en el pecho de otro. El hombre lobo apoya una pata sobre el primero, recupera el arma con un tirón y ruge hacia la masa enemiga.

Desde una azotea, varios seres alados se lanzan contra él, y el Crinos baja la lanza. Un vendaval estalla a su alrededor y arroja a las criaturas contra los edificios próximos. En mitad de la avenida ves dos figuras enfrentadas: una de ellas tiene el pelaje del color del fuego. Tonos rojos, amarillos y negros recorren su cuerpo como llamas agitadas por el viento. Reconoces la forma. Es el mismo Crinos que te detuvo días atrás, aunque ahora no queda en él ninguna intención de contenerse.

Su adversario parece construido para resistirlo: es un Crinos enorme, de pelaje oscuro, con el brazo izquierdo sustituido desde el hombro por una estructura de metal y acero. Pistones, placas y cables se mueven bajo la superficie mecánica. Cada vez que golpea, el aire estalla alrededor del puño. El Crinos de fuego esquiva un impacto que destroza la calzada. Responde con las garras envueltas en llamas. El golpe deja cuatro marcas incandescentes sobre el pecho del cíborg, pero este lo agarra por el cuello y lo lanza a través de un coche.

El vehículo gira en el aire y cae sobre el techo. El Crinos de fuego emerge de los restos, envuelto en humo, y embiste de nuevo. El del brazo metálico os ve. Aparta a su adversario con un golpe lateral y señala hacia Valeria y Victoria.


El Crinos de fuego vuelve a caer sobre él antes de que pueda añadir nada. Ambos atraviesan la pared de un comercio y desaparecen entre una lluvia de escombros. Victoria frena en seco, y mira a Valeria.


Valeria tampoco responde de inmediato. Sus ojos se desplazan hacia el lugar donde los dos Crinos han desaparecido y después recorren el campo de batalla. Busca a alguien entre los combatientes, pero el humo, las llamas y las masas de cuerpos vuelven imposible distinguir quién continúa vivo. Finalmente os mira a Kara y a ti.


Una explosión espiritual abre una grieta en mitad de la avenida, y de ella salen tres Danzantes. El primero cae sobre Victoria. La rusa recibe el impacto con los brazos abiertos, deja que las garras le atraviesen el hombro y responde clavando los colmillos en el cuello del enemigo. Ambos ruedan por el suelo.

El segundo carga contra Valeria, pero la Ananasi se descompone antes de que pueda alcanzarla. Su cuerpo se abre en miles de arañas que cubren las piernas del Danzante y trepan hacia el rostro. El monstruo se golpea a sí mismo intentando quitárselas.

El tercero se dirige hacia Kara, pero tú lo interceptas. Chocáis en mitad de la calle. El Danzante te golpea en el rostro y te hace retroceder, pero Kara aparece por un costado y le abre el muslo con las garras. La criatura cae sobre una rodilla. Tú le sujetas el hocico con ambas manos y tiras hacia atrás mientras Kara hunde las garras debajo de las costillas, pero el Danzante intenta aullar. El sonido termina convertido en un borbotón mientras Kara arranca hacia un lado y tú hacia el otro. El cuerpo se abre entre los dos.

Victoria lanza al suyo contra la pared de un edificio. El impacto deja una silueta hundida en el ladrillo. Después lo agarra por las patas traseras y lo estrella contra el suelo hasta que deja de defenderse. Las arañas abandonan al tercero.

Valeria recompone su cuerpo junto a vosotros. Parte de su rostro tarda un segundo más que el resto en adquirir forma humana. Durante ese instante puedes ver demasiados ojos debajo de la piel.


Avanzáis hacia el túmulo, y cada metro cuesta sangre. Kara destroza la mandíbula de un fomor cubierto de ampollas. Tú atraviesas con las garras a una criatura que intenta surgir desde debajo de un coche. Victoria salta sobre un Danzante y ambos desaparecen a través de una ventana. Segundos después, el cuerpo del enemigo cae desde el segundo piso y ella desciende detrás, utilizando un toldo para frenar la caída.

Valeria guía el camino siguiendo algo que ninguno de vosotros puede ver. Las arañas salen de su cuerpo, recorren paredes, alcantarillas y ruinas, y regresan para integrarse de nuevo en ella. Cada vez que una vuelve, la Ananasi cambia ligeramente de dirección.

Llegáis hasta lo que queda de la nave industrial dónde hace unos días habiáis estado. El suelo se ha hundido en el centro, dejando a la vista los niveles inferiores de Demóstenes. Cables, vigas y conductos se retuercen alrededor del agujero. Desde el interior asciende el resplandor azul que ilumina toda la ciudad.

Valeria se asoma al agujero y cambia de forma: esta vez se transforma en una araña giante del tamaño de un coche, y comienza a descender por la pared, reventando parte de los escombros consigo. Al minuto sale volando una maleta grande con aspecto metálico. Cae a pocos metros de vosotros, y la araña surge de nuevo, cambiando de forma hasta ser de nuevo la Ananasi. La maleta está protegida por varias placas ennegrecidas. Símbolos espirituales recorren la superficie, mezclados con circuitos y piezas que parecen haber sido reparadas demasiadas veces. Una antena plegada descansa sobre uno de los laterales.

Valeria se arrodilla ante ella, mientras las arañas recorren los cierres y la caja se abre. En el interior hay un cilindro de metal oscuro rodeado por anillos concéntricos. Cada anillo contiene glifos Garou, runas que no reconoces y pequeñas esferas de cristal empañado. Valeria pasa los dedos sobre el mecanismo.


Victoria mira el aparato con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Valeria extrae el cilindro. Los anillos empiezan a girar lentamente alrededor de su mano.


Un estremecimiento atraviesa la zona. Victoria mira a Valeria y asiente con la cabeza. Varias figuras aparecen sobre los edificios cercanos. Fomori y Danzantes empiezan a descender hacia vosotros, atraídos por la energía que emite el aparato. Valeria levanta la mirada.


Victoria se coloca junto al borde del socavón y observa una estructura situada al otro lado de la plaza: los restos de una torre de comunicaciones que todavía se mantiene en pie sobre Demóstenes. Entre vosotros y ella hay más de cien metros de calles destruidas, vehículos volcados y enemigos avanzando.

La Ananasi señala la torre.


Kara observa el camino, y después mira hacia los Danzantes que cierran las calles laterales. Victoria flexiona las garras. Valeria te entrega la decisión con una frialdad que contrasta con el caos que os rodea.


Los anillos giran más deprisa. Un sonido grave empieza a surgir del cilindro, demasiado profundo para escucharlo solo con los oídos. Valeria te lo ofrece.


Kara se coloca a tu lado. No intenta decidir por ti. Sus ojos recorren la baliza, la torre y la masa de monstruos que comienza a cerrar el cerco.



La primera elección os dejará aquí, combatiendo en el corazón del asedio para abrir paso a las dos mujeres. Será una defensa brutal, visible y digna de ser recordada.

Quedarte y proteger a Victoria y Valeria concederá Gloria.

La segunda os obligará a cargar con el artefacto, atravesar el campo de batalla y asumir la responsabilidad de activar una llamada cuyo destinatario y consecuencias desconocéis.

Tomar la baliza y activarla junto a Kara concederá Honor.

El suelo vuelve a temblar, los Danzantes cargan. Valeria mantiene el cilindro extendido hacia ti.

¿Qué haces, Mark?

Observo la situación durante unos instantes. El puto caos que nos rodea y trata de engullirnos es digna de las historias que mi madre nos contaba a mí hermano y a mí de niños. Historias donde los héroes se enfrentaban al mal y se alzaban con la victoria a pesar del horror y el sufrimiento.


Tenso los músculos, me preparo para vender cara la piel y ganar el tiempo que nuestras nuevas compañeras necesitan para activar el extraño artefacto.