Episodio 2 — Bilbao

Iniciado por Maurick, 01 de Mar 2026, 11:29:46

Tema anterior - Siguiente tema
Valeria retira el cilindro cuando comprende tu decisión. Los anillos de la baliza giran alrededor de su mano, cada vez más deprisa, proyectando destellos azules sobre su rostro. Victoria te dedica una sonrisa enorme antes de pasar a Crinos. Su cuerpo se cubre de pelaje crema y sus patas golpean el asfalto con suficiente fuerza para agrietarlo.


Valeria no pierde tiempo despidiéndose. Sus piernas se fragmentan en una masa de patas negras que se adhieren a los restos de la torre. Victoria salta detrás de ella, hunde las garras en la estructura y comienza a ascender entre cables, vigas y fragmentos de hormigón. Kara observa cómo se alejan, y después te mira. Tu comentario sobre los asuntos pendientes consigue detenerla durante un segundo. Sus orejas se inclinan hacia atrás y la tensión de sus mandíbulas se relaja apenas lo suficiente para dejar entrever algo que no alcanza a convertirse en sonrisa.


La primera criatura llega antes de que puedas responder: surge de debajo de un autobús volcado, arrastrándose sobre brazos demasiado largos. Tiene la piel cubierta de úlceras y una boca vertical que le abre el torso desde el cuello hasta el estómago. Se impulsa contra ti con un chillido, separando las costillas como mandíbulas. La recibes con las garras, y el golpe detiene su avance, pero la criatura se cierra alrededor de tu brazo. Los dientes del pecho muerden la manga de tu cazadora y alcanzan la carne. Tiras hacia atrás, aunque el fomor se aferra con una fuerza absurda.

Kara aparece a tu lado, mientras le hunde una garra bajo la mandíbula y otra entre las costillas. Gira los brazos en direcciones opuestas y abre al monstruo hasta que la presión desaparece de tu brazo. El cuerpo cae al suelo dividido en dos mitades, y no llega a tocar el asfalto porque algo enorme desciende desde un balcón y aterriza sobre sus restos. Tiene el aspecto de un hombre obeso cubierto por placas de hueso. Los brazos terminan en mazas deformes y la cabeza se hunde directamente entre los hombros. Levanta uno de los puños y golpea a Kara, pero ella cruza los brazos delante del rostro. El impacto la arroja contra un coche hundiendo el metal alrededor de su espalda y todas las ventanillas estallan al mismo tiempo.

Te abalanzas sobre el fomor, y tus garras arañan las placas de su costado, arrancando fragmentos de hueso y carne. El monstruo gira más rápido de lo que su tamaño debería permitir y te golpea con el otro brazo. El puño te alcanza en el pecho. Los pies abandonan el suelo y recorres varios metros antes de caer sobre el capó de otro vehículo. El metal se pliega bajo tu peso, al mismo tiempo que el fomor avanza hacia ti.

Kara sale de los restos del coche, lo alcanza por la espalda y hunde los colmillos en la base de su cuello. La criatura intenta agarrarla, pero tú ya te has incorporado. Saltas sobre el capó, apoyas un pie en el hombro de Kara y utilizas el impulso para caer sobre el monstruo. Tus garras atraviesan la placa que cubre su cráneo, y el fomor se queda quieto. Kara tira hacia atrás con los dientes y tú hacia delante con las garras, hasta que la cabeza se separa del cuerpo entre un crujido de vértebras.

No hay tiempo para recuperar el aliento, porque la calle se llena de movimiento. Fomori cubiertos de cables salen de las ventanas. Danzantes de la Espiral Negra descienden por las fachadas. Seres con alas membranosas se arrojan desde las azoteas. Una criatura semejante a una mantis atraviesa un escaparate y cae sobre un grupo de civiles que intentaba esconderse dentro de una tienda. Los gritos se mezclan con los rugidos. Kara se coloca espalda contra espalda contigo.


Un Danzante salta sobre ella. Kara se agacha y el cuerpo pasa por encima de vosotros. Lo interceptas en el aire, lo sujetas por el cuello y utilizas su propio impulso para estrellarlo contra el pavimento. El asfalto se hunde alrededor de su cabeza, pero el Garou corrupto sigue moviéndose. Te araña el vientre y trata de levantarse, pero Kara le pisa el brazo y tú le hundes las garras en el pecho. El Danzante te sonríe mientras la sangre le llena la boca.


Le rompes el cuello antes de que termine. Al levantar la vista distingues a Victoria y Valeria. Están lejos, convertidas en dos siluetas que ascienden por la estructura. Valeria trepa casi en vertical, sostenida por una red de patas arácnidas que aparecen y desaparecen alrededor de su cuerpo. Victoria progresa a saltos, arrancando fragmentos de hormigón cada vez que clava las garras. Varios seres alados se lanzan contra ellas, y uno alcanza a Victoria y se aferra a su espalda. La rusa se suelta de la torre con una mano, gira el cuerpo en el vacío y estrella al monstruo contra la estructura. El impacto deja una mancha oscura sobre el cemento. Después vuelve a clavar las garras y continúa subiendo.

Dos criaturas más rodean a Valeria, pero la Ananasi se deshace en mitad de la pared. Miles de arañas se dispersan por la superficie, rodean a los monstruos y vuelven a reunirse varios metros más arriba. Los seres alados chocan entre ellos y caen hacia las calles.



Una luz dorada atraviesa la multitud. Al principio crees que procede de algún incendio, pero el resplandor se mueve contra el viento. Una mujer avanza entre los combatientes. Tiene el cabello largo, dorado y perfectamente limpio a pesar del polvo que cubre la ciudad. Porta un vestido de seda dorada, que oscila al viento Su presencia parece fuera de lugar entre sangre, monstruos y edificios derrumbados. Un fomor corre hacia ella, y la mujer levanta una mano. El monstruo se detiene a mitad de zancada y un brillo amarillo recorre su piel desde los pies hasta la cabeza. La carne se endurece, las venas desaparecen bajo una superficie metálica y en menos de dos segundos, la criatura se convierte en una estatua de oro.

La mujer cierra el puño y la estatua se resquebraja y cae convertida en cientos de fragmentos brillantes. Otros tres fomori se abalanzan sobre ella, pero la desconocida hace girar los dedos en el aire. Símbolos luminosos aparecen alrededor de sus brazos. Una lluvia de partículas doradas atraviesa a los monstruos. El primero pierde las piernas, convertidas en metal pesado. El segundo queda completamente petrificado. El tercero intenta huir, pero una cadena dorada surge de la calzada, se enrolla alrededor de su garganta y lo arrastra contra el suelo.

Kara es consciente de lo que está haciendo. Igual es la hechicera que habéis visto antes. De una forma u otra, parece estar controlando la situación mejor que vosotros.


Retrocedéis mientras la masa enemiga os obliga a ceder terreno. Kara mantiene el frente, lanzando zarpazos amplios para impedir que los Danzantes se acerquen. Tú cubres su costado, golpeando, mordiendo y arrastrando cuerpos lejos de la ruta que siguen Victoria y Valeria. La mujer de cabellos dorados no os dedica una sola palabra, ni siquiera os mira.  Continúa transformando en oro cuanto se aproxima. Sus movimientos son precisos, casi perezosos, como si aquella batalla fuese una molestia menor. Entonces el suelo comienza a temblar: un ruido húmedo recorre la avenida. Algo se arrastra entre los vehículos volcados. Primero aparece una mano pequeña, después otra y luego decenas. La criatura se abre paso empujando coches, cadáveres y escombros. Su cuerpo está formado por fetos humanos unidos entre sí. Espaldas pegadas a vientres, brazos fundidos con costillas, cabezas deformadas incrustadas unas dentro de otras. Las pequeñas extremidades se mueven de forma coordinada, impulsando aquella masa como las patas de un ciempiés. Algunas bocas lloran, otras ríen. Varias repiten la misma palabra con voces distintas.


La criatura se eleva sobre la parte delantera de su cuerpo. Tiene una cabeza mayor formada por cinco cráneos infantiles unidos alrededor de una cavidad central. En el interior de aquella abertura se agitan dientes todavía sin desarrollar. Kara retrocede un paso, pero el ciempiés de carne se lanza sobre vosotros. Lo esquivas por un lado. La criatura golpea el lugar donde estabas y aplasta un coche bajo el peso de sus cuerpos. Decenas de brazos se aferran a las puertas, las ruedas y el asfalto para girar. Kara salta sobre su lomo. Clava las garras entre dos torsos y tira. Una sección completa se desprende, pero las manos diminutas se cierran alrededor de sus muñecas. Más brazos ascienden por sus patas y el cuerpo de la criatura intenta envolverla. La sujetas por la cintura y tiras hacia atrás, pero el ciempiés no la suelta. Dos cabezas infantiles muerden el brazo de Kara. Otra se abre por la mitad y deja salir una lengua larga, grisácea, que se enrolla alrededor de su cuello. Metes las manos entre los cuerpos, y encuentras algo parecido a una columna vertebral central y cierras las garras alrededor de ella. Tiras sin dudarlo, y la criatura grita con todas sus bocas a la vez.

Kara aprovecha el instante. Se libera uno de los brazos y lo hunde hasta el hombro dentro de la masa. Sus dedos buscan algo bajo la carne. Cuando lo encuentra, tira hacia fuera. Extrae un corazón enorme cubierto de pequeños rostros. El órgano continúa latiendo entre sus garras, pero lo aplasta sin misericordia alguna. El ciempiés se desploma. Los cuerpos que lo forman siguen moviéndose durante unos segundos. Algunos brazos arañan el suelo. Varias bocas continúan pronunciando aquella palabra hasta que el último latido se apaga.

Cuando levantas la vista, la mujer dorada está rodeada. Seis fomori y tres Danzantes han conseguido cerrar el espacio alrededor de ella. La desconocida convierte al primero en oro, pero otro la alcanza por la espalda. Las garras atraviesan su costado. La mujer se gira. Una descarga dorada arranca la piel del atacante y lo transforma en una figura metálica. Sin embargo, un fomor cubierto de bocas se aferra a su brazo. Otro le clava un apéndice bajo las costillas. Observas que está herida, pero no hay sangre. Puedes ver claramente sus heridas, y Kara corre hacia ella. Tú vas detrás, pero no llegáis a tiempo. Los Danzantes se lanzan sobre la mujer. Sus garras abren heridas en la espalda, el vientre y los hombros. Ella continúa luchando. Una oleada dorada atraviesa a dos enemigos, pero el resto ocupa su lugar. El resplandor empieza a debilitarse, la mujer cae de rodillas.

Uno de los fomori le muerde el hombro. Otro hunde los dientes en su costado. Los Danzantes tiran de sus extremidades mientras el oro que cubre el suelo pierde brillo. La desconocida levanta la cabeza. Por primera vez te mira directamente. En sus ojos hay rabia, también algo parecido al reconocimiento, aunque no tienes tiempo para comprenderlo.


Los monstruos caen sobre ella, mientras el cabello dorado desaparece bajo cuerpos, garras y mandíbulas. Una última explosión ilumina la calle. Durante un instante, todos los atacantes quedan cubiertos por una película de oro. Después la luz se apaga. Las criaturas continúan devorando. Kara te agarra por el hombro, mientras te percatas de un Orbe de color dorado que cae rodando por el suelo, pero tu compañera te obliga a retroceder. La batalla no concede espacio para el duelo.

Durante casi cuarenta minutos no existe nada salvo sangre, humo y movimiento. Perdéis la cuenta de los enemigos que habéis derrotado. También de los que os están rodeando. Tú y Kara mantenéis la posición alrededor de la base de la torre, avanzando cuando podéis y retrocediendo cuando la marea os obliga. Tus heridas se cierran y vuelven a abrirse. La cazadora termina convertida en tiras. Tienes sangre propia y ajena cubriéndote los brazos. Kara pierde parte de una oreja. Un Danzante le abre el muslo con las garras. Ella le responde arrancándole la mandíbula. Otro intenta alcanzarla por la espalda y tú le hundes los colmillos en el cuello antes de que consiga tocarla.

Los edificios continúan cayendo. Ya no queda prácticamente nada de lo que era la ciudad de Getxo a vuestro alrededor, y las sirenas dejan de sonar una tras otra. Los civiles que aún pueden moverse han desaparecido dentro de portales, sótanos y calles laterales. Los demás permanecen tendidos entre los escombros o contemplan la batalla desde ventanas abiertas, atrapados por el Delirio, en los pocos domicilios que quedan en pie.

Sobre vosotros, Victoria y Valeria alcanzan la parte superior de la torre. Las distingues como sombras recortadas contra las nubes. Valeria instala la baliza entre los restos de una antena. Victoria mantiene a raya a las criaturas que siguen intentando subir. Cada vez que golpea, un cuerpo cae desde las alturas. La baliza empieza a brillar. Abajo, los Danzantes dejan de atacar de forma desordenada.

Se reúnen. Primero son cinco. Después diez. Más figuras aparecen sobre las azoteas y entre las ruinas. Pelajes manchados, cuerpos deformes, ojos iluminados por la corrupción. Algunos portan armas. Otros arrastran cadenas, ganchos o fetiches fabricados con huesos. Cierran el círculo. Kara respira con dificultad. Tiene el costado abierto y una de las patas apenas sostiene su peso. Aun así, se coloca delante de ti.


Un Danzante muestra los colmillos. Otros responden con aullidos. Kara mira las calles que quedan a vuestra espalda. Hay escombros, incendios y criaturas acercándose desde ambos lados.


Los Danzantes cargan, y el primero salta sobre vosotros. Entonces la baliza se activa, y el sonido no llega a través de los oídos. Nace dentro de los huesos. Una explosión sónica se extiende desde la torre y atraviesa las azoteas de la ciudad. Los cristales que quedan en pie estallan. Las antenas se doblan. Una onda visible recorre el aire, desplazando polvo, humo y ceniza en todas direcciones. Los Danzantes se detienen, pero todos los seres espirituales levantan la cabeza al mismo tiempo. Las nubes desaparecen de golpe. No se apartan con el viento. Se abren desde el centro, barridas por una fuerza invisible que despeja el cielo sobre Bilbao en cuestión de segundos. Las estrellas quedan al descubierto, y algo se mueve entre ellas.

Al principio parece un destello. Después una línea blanca que atraviesa el firmamento a una velocidad imposible. El sonido llega varios segundos más tarde: un rugido prolongado que hace vibrar la torre, las calles y los edificios que todavía permanecen en pie. La luz cambia de dirección: viene hacia vosotros. Kara observa el cielo, y su rostro se transforma. No es sorpresa lo que ves en ella, es horror. La figura cae en mitad del círculo de Danzantes. El impacto hunde el asfalto y levanta una columna de polvo, hielo y fragmentos de piedra. Una onda de frío os atraviesa. El agua de las tuberías rotas se congela. El vapor de vuestra respiración queda suspendido frente a los hocicos. Cuando el polvo se retira, distingues a un hombre.

05 de Ago 2026, 19:42:58 #76 Ultima modificación: 05 de Ago 2026, 19:44:39 por Maurick


Su piel tiene un tono azulado. El cabello, largo y plateado, le cae sobre los hombros. No lleva armadura ni parece necesitarla. Permanece agachado dentro del cráter, con una mano apoyada en el suelo. Los Danzantes intentan retroceder, pero no llegan a hacerlo. Un resplandor blanco recorre sus cuerpos. El hielo cubre primero las patas, después los torsos y finalmente las cabezas. En menos de un segundo, todos quedan atrapados dentro de bloques cristalinos. El hombre se incorpora y el movimiento hace que los cuerpos congelados revienten. Miles de fragmentos de carne y hielo atraviesan el aire, mientras la temperatura continúa descendiendo. Respirar se vuelve doloroso. El pecho se te cierra y cada bocanada parece arañar el interior de los pulmones. El desconocido gira la cabeza hacia vosotros: sus ojos se detienen en Kara y luego en ti. El aire vibra alrededor de su cuerpo.


Da un paso, mientras el suelo se congela bajo sus pies.


Kara no espera una segunda advertencia, te agarra del brazo.


Abandonáis la plaza. Los músculos protestan después de cuarenta minutos de combate, pero el terror que provoca aquella presencia os obliga a seguir moviéndoos. Saltáis sobre coches, atravesáis escaparates y avanzáis entre calles cubiertas de escombros. Detrás de vosotros, el hombre de piel azulada se dirige hacia el corazón de la batalla. Un fomor intenta atacarlo desde una azotea. Se congela en mitad del salto y cae convertido en pedazos. Tres Danzantes cargan desde una calle lateral. El desconocido ni siquiera los mira. El frío los alcanza antes de que puedan aproximarse. Sus cuerpos se cubren de escarcha, se detienen y explotan uno tras otro. Cada criatura del Wyrm que se acerca a él desaparece dentro de una tormenta de hielo. No sabéis adónde vais, solo os alejáis.

Las calles cambian a vuestro alrededor. Algunas están bloqueadas por edificios caídos. Otras arden. El resplandor azul de Demóstenes continúa iluminando el cielo, aunque ahora se mezcla con destellos blancos que acompañan el avance del desconocido. Kara reduce el paso cuando llegáis a una avenida parcialmente despejada, y se apoya durante un segundo contra una farola. La herida del muslo empieza a cerrarse, pero la transformación y el combate han agotado lo que quedaba del efecto de la Anulaxia. Respira con la boca abierta. El vapor sale de sus mandíbulas y se dispersa en el aire frío.

Un motor ruge al otro extremo de la avenida, mientras un Audi aparece entre el humo. El vehículo circula demasiado rápido para el estado de la carretera. Esquiva un coche volcado, golpea varios fragmentos de escombro y derrapa hasta detenerse cerca de vosotros. La puerta del conductor se abre. Alberto sale del coche con una pistola en una mano y una expresión de absoluta incredulidad. Mira los edificios destrozados, el cielo despejado y las figuras congeladas que cubren la calle. Después os reconoce.


Abre las puertas traseras antes de acercarse. Tiene sangre seca en la camisa, aunque no parece suya. Continúa mirando alrededor, incapaz de decidir dónde termina la batalla y dónde empieza la catástrofe.


Una nueva explosión resuena a varias calles de distancia. Alberto se agacha por reflejo.


Kara mira hacia la torre. Victoria y Valeria continúan allí arriba, apenas visibles entre la luz de la baliza. Más allá, los miembros del Viento de Acero siguen combatiendo mientras el hombre gélido avanza hacia ellos y destruye todo cuanto se cruza en su camino. Alberto abre la puerta del acompañante.


La carretera hacia Cantabria se abre delante de vosotros, y a vuestra espalda queda el Viento de Acero, atrapado entre los Danzantes, los fomori y la criatura que habéis llamado desde el cielo. Kara se queda junto a ti, y no entra en el coche. Espera tu decisión.

  • Puedes regresar para ayudar al Viento de Acero.
  • Puedes subir al Audi y volver al Peñasco Blanco.



¿Qué haces, Mark?

Alzo las cejas al ver la familiar cara de Alberto.Luego vuelvo la mirada hacia Kara y el caos que el gélido hombre está provocando.Cita de: Maurick en 5/8/2026, 19:42:58
    • Puedes subir al Audi y volver al Peñasco Blanco.

El Audi arranca antes de que termines de cerrar la puerta. Alberto pisa el acelerador y el vehículo sale despedido por la avenida, dejando atrás el hielo, los edificios abiertos y aquel resplandor blanco que continúa avanzando hacia el corazón de Getxo. Kara se acomoda en el asiento trasero. La transformación le cuesta más que antes: los huesos regresan a su sitio con chasquidos secos y el pelaje desaparece alrededor de heridas que todavía no han terminado de cerrarse. Cuando recupera una forma capaz de caber dentro del coche, deja caer la cabeza contra el reposacabezas y cierra los ojos.

Tú ocupas el asiento del acompañante. Tienes las manos cubiertas de sangre, la cazadora destrozada y pequeños fragmentos de hielo derritiéndose entre la ropa. Desde el retrovisor puedes ver cómo la silueta azulada del desconocido se aleja entre los edificios. Cada cierto tiempo, un destello blanco ilumina las fachadas. Después llega el sonido de algo que se rompe. Alberto conduce con ambas manos aferradas al volante. No deja de mirar los retrovisores, como si esperase ver a toda aquella guerra persiguiéndoos por la carretera.


Esquiva un vehículo abandonado y pasa sobre una acera para evitar un cráter. El Audi protesta al volver a la carretera, pero continúa avanzando.


Una ambulancia cruza la intersección frente a vosotros. Lleva las luces encendidas, pero parte del lateral está hundido y nadie parece conducirla. Alberto frena, deja que atraviese la calle y vuelve a acelerar.


Aprieta los labios. La luz azul de Demóstenes se refleja durante un instante sobre el parabrisas.


Kara abre un ojo. Mira la ciudad que se deshace detrás del cristal y deja escapar un suspiro tan largo que parece vaciarle el cuerpo entero.


La frase sale sin ironía. Se frota la frente con una mano y termina apoyando el brazo sobre la puerta. Tiene sangre seca bajo las uñas, un corte en la mejilla y media oreja reconstruyéndose lentamente. Alberto la observa a través del espejo.


Kara deja caer la barbilla sobre el pecho.


Alberto suelta una risa breve. Por primera vez desde que os ha recogido, sus hombros pierden algo de tensión.


Se gira hacia Kara para dedicarle una sonrisa, pero tú ves la sombra antes que ninguno de los dos. Cae desde la azotea situada frente al Audi. Una masa Crinos, negra como la pez, atraviesa la luz de una farola con los brazos abiertos y las garras extendidas. Durante una fracción de segundo permanece suspendida sobre la carretera. Después desciende directamente sobre el capó.


El impacto aplasta la parte delantera del vehículo. El motor desaparece bajo el cuerpo del Crinos. El capó se pliega contra el parabrisas y la suspensión delantera revienta. Las ruedas se abren hacia los lados, arrancadas de sus ejes. La fuerza del golpe hunde el Audi contra la carretera y abre una corona de grietas sobre el asfalto. El coche se detiene en seco. El cinturón se clava contra tu pecho. El airbag estalla delante de ti y te cubre el rostro con polvo blanco. La luna delantera se convierte en una red de cristal resquebrajado. Kara reacciona antes de que el vehículo termine de deformarse.

Abre la puerta trasera de una patada, gira sobre el asiento y sale despedida hacia un lado. Su cuerpo atraviesa el espacio entre el coche y una farola. Rueda sobre el asfalto, apoya una mano y recupera el equilibrio con un movimiento que habría resultado imposible para un ser humano. Alberto no tiene esa oportunidad: el volante golpea su pecho y la cabeza sale despedida hacia delante. Su frente impacta contra el marco superior del parabrisas con un sonido seco. El cinturón lo arrastra de nuevo contra el asiento. Se queda inmóvil. La sangre empieza a brotar de una herida abierta sobre la sien. Desciende por el rostro, atraviesa la ceja y gotea desde la mandíbula. En pocos segundos empapa el cuello de la camisa y parte del asiento.

Tú arrancas el cinturón y empujas la puerta. La carrocería se ha deformado alrededor del marco. Golpeas con el hombro una vez. La segunda hace saltar el cierre y sales del Audi mientras el cuerpo empieza a ensancharse. No llegas al suelo, el Crinos negro abandona el capó. Se mueve con una rapidez brutal. Te intercepta en mitad del salto, cierra una mano alrededor de cada una de tus piernas y utiliza tu impulso para elevarte sobre su cabeza. El mundo queda invertido. Ves el Audi aplastado, a Alberto cubierto de sangre y a Kara incorporándose al otro lado de la calle. Después solo ves el rostro del monstruo. El pelaje es completamente negro, pegado al cuerpo por el sudor y la humedad. Varias cicatrices recorren el hocico, una de ellas desde el ojo hasta la comisura. Los colmillos aparecen entre unos labios retraídos por una sonrisa demasiado humana. Reconoces los ojos: Apolo.

Te sostiene boca abajo como si no pesases nada. Sus garras presionan alrededor de tus tobillos, cerca de quebrarlos. Inclina la cabeza y observa cómo intentas alcanzarlo. Está disfrutando.


Aprieta un poco más. El dolor sube por las piernas. Apolo acerca el hocico hasta quedar a pocos centímetros de tu rostro.


Un rugido atraviesa la calle. Kara completa la transformación mientras corre. Los músculos revientan las costuras de la ropa y el pelaje cubre su cuerpo antes de que termine el primer paso. Cuando alcanza a Apolo ya se encuentra en Crinos. Le golpea en el costado con todo su peso. Apolo pierde el equilibrio. Una de sus manos se abre y después la otra. Sales despedido por encima del techo del Audi, atraviesas varios metros y caes sobre el asfalto. El hombro golpea primero, después la cabeza.

El mundo se vuelve blanco durante un instante. La regeneración empieza a trabajar antes de que recuperes el aire, cerrando una grieta en la ceja y recolocando algo en el hombro. Kara y Apolo chocan contra los restos de una marquesina. La estructura se dobla bajo ellos. Kara hunde las garras en el pecho del Señor de la Sombra y lo empuja contra el cristal. Apolo responde sujetándola por el cuello y estampándola contra una pared. El ladrillo se abre alrededor de su espalda. Kara le golpea el hocico con la frente y Apolo retrocede un paso. Sangre negra brota de su nariz, y la lame con gusto. Después gruñe de placer. El sonido crece hasta transformarse en una carcajada descontrolada. Echa la cabeza hacia atrás, enseñando los colmillos, y ríe como si todo aquello fuese la culminación de una broma que solo él entiende.


Te incorporas. La Rabia termina de arrastrar tu cuerpo hacia Crinos. Las manos se convierten en garras, el hocico rompe las proporciones humanas y la musculatura se ensancha bajo los restos de la cazadora. Das un paso hacia Apolo. Kara se pone entre ti y el miserable traidor. Extiende un brazo delante de ti. No aparta la mirada de Apolo. Tiene las piernas flexionadas, las garras abiertas y el peso preparado para recibir la siguiente embestida. El costado continúa sangrando, pero la postura permanece firme.


Apolo deja de reír. Kara te mira de soslayo. Kara señala el Audi con un movimiento breve del hocico.


Apolo avanza. Cada paso deja pequeñas grietas bajo sus patas. La herida de su pecho ya está cerrándose, pero conserva la sangre de Kara sobre el pelaje. La sonrisa vuelve a extenderse sobre su hocico.


Kara baja el centro de gravedad, mientras Apolo abre los brazos. El frío de la ciudad continúa extendiéndose a vuestra espalda. A lo lejos, una nueva explosión blanca ilumina las fachadas. Los edificios crujen. Algo enorme se derrumba varias calles más allá. Kara está preparada para pelear: ha recibido heridas, está agotada y todavía arrastra los efectos de la Anulaxia, pero mantiene la mirada clavada en Apolo. Las garras firmes. Las piernas listas. La decisión tomada.

Alberto no se mueve. La sangre sigue saliendo de su cabeza. Cada segundo que pasa deja menos color en su rostro y hace más débil el movimiento de su pecho. Apolo sonríe y Kara espera.

Tienes que elegir.

  • Puedes desobedecer a Kara y ayudarla a enfrentarse a Apolo.
  • Puedes obedecer a tu líder, sacar a Alberto del Audi e intentar salvarle la vida.

¿Qué haces, Mark?

06 de Ago 2026, 00:04:32 #79 Ultima modificación: 06 de Ago 2026, 00:06:59 por Mark
Aprieto los puños y miro durante unos instantes el cuerpo del malherido Alberto.

La rabia de sentirme que casi podíamos salir de esa y al final no, me invade. Apolo de nuevo, esa puta bestia descerebrada vuelve a interponerse en nuestro camino con su sed de sangre. Debe desaparecer de una vez.


Me pongo a su altura observando a Apolo de frente a los ojos.


Me pongo en guardia de combate.


Kara mantiene la mirada fija en Apolo durante unos segundos. El frío de Bilbao mueve el pelaje ensangrentado de su cuello. Respira con dificultad, apoyando más peso sobre la pierna sana, pero la postura no se derrumba. Te mira de soslayo. La irritación aparece primero. Después algo más cansado, más cálido, que apenas consigue abrirse paso entre la sangre y la Rabia. Su hocico se curva lo suficiente para imitar una sonrisa.


Apolo deja escapar una carcajada, al mismo momento que carga contra vosotros. Kara sale a recibirlo por la izquierda y tú por la derecha. El Señor de la Sombra cambia de dirección en el último instante, lanza una garra contra tu rostro y utiliza el otro brazo para interceptar a Kara. Ella se agacha bajo el golpe. Tú bloqueas el zarpazo con el antebrazo, sintiendo cómo las uñas atraviesan pelaje y carne antes de cerrar ambas manos alrededor de su muñeca. Tiras hacia ti y Kara golpea desde abajo. Sus garras se hunden en el costado de Apolo y recorren las costillas hasta abrir cuatro surcos negros sobre el torso. El Señor de la Sombra gruñe, gira sobre sí mismo y os arrastra a los dos con el movimiento. Su codo alcanza a Kara en la mandíbula. A ti te golpea con el dorso de la mano y te lanza contra el lateral del Audi: la puerta se hunde bajo tu cuerpo. Dentro, Alberto continúa inmóvil. La sangre cubre ya la mitad de su rostro y resbala por el asiento hasta formar gotas oscuras sobre el asfalto. El impacto del coche hace que su cabeza se venza hacia un lado, pero todavía respira.

Apolo intenta llegar hasta él, pero Kara se interpone. Recibe la embestida con los dos pies clavados en el suelo. El choque la arrastra varios metros, dejando surcos bajo sus garras, pero no permite que el Señor de la Sombra alcance el vehículo. Apolo la sujeta por los hombros y trata de hundirle los colmillos en el cuello, pero Kara introduce un antebrazo entre sus mandíbulas. Los dientes se cierran sobre la carne. Ella no grita, pero le clava la mano libre en la cara y hunde las garras alrededor de uno de sus ojos. Apolo se aparta con un rugido. Tú apareces por su costado y golpeas la articulación de la rodilla. El hueso cruje, pero el Señor de la Sombra no cae. Gira la pierna y te alcanza en el pecho. Retrocedes antes de que pueda rematarte, y Kara salta sobre su espalda y cierra un brazo alrededor del cuello. Apolo intenta arrancársela, pero ella aprieta. Tú vuelves a entrar, golpeando una vez bajo las costillas. Otra en el vientre. La tercera abre el abdomen y derrama sangre caliente sobre tus brazos. Apolo lanza la cabeza hacia atrás, rompiendo parte del hocico de Kara, pero ella mantiene la presa.

Por primera vez, la risa desaparece de su rostro: el Señor de la Sombra empieza a comprender que podéis matarlo. Os lanza contra la pared de un edificio. Kara recibe la mayor parte del impacto, aunque tú quedas atrapado entre ambos cuerpos. El ladrillo se resquebraja y una ventana del primer piso cae convertida en una lluvia de cristales. Apolo os aplasta contra la fachada una segunda vez, pero la tercera no llega. Clavas las garras en su vientre abierto y tiras hacia abajo. Kara suelta el cuello, apoya ambos pies sobre su espalda y se impulsa en dirección contraria. La herida se abre hasta la cadera, y Apolo cae sobre una rodilla. Un sonido grave escapa de su garganta. Ya no se parece a una carcajada. Tampoco a un rugido. Es el ruido de un animal que ha descubierto el miedo y todavía no sabe qué hacer con él. Kara aterriza a tu lado. Tiene el hocico cubierto de sangre, el brazo mordido y una de las piernas a punto de ceder. Aun así, se coloca de nuevo en guardia.


Avanzáis juntos, pero Apolo golpea primero. Esquivas el zarpazo y le sujetas el brazo. Kara entra por debajo, hunde el hombro en su pecho y lo obliga a retroceder. El Señor de la Sombra intenta afianzarse, pero su rodilla dañada falla. Tú tiras de la muñeca mientras Kara gira la cadera. Entre los dos lo lanzáis contra el Audi. Apolo atraviesa el parabrisas y cae sobre el capó aplastado. Los restos de cristal se incrustan en su espalda. El vehículo se desplaza medio metro y termina chocando contra una farola. Kara se abalanza sobre él.

Apolo levanta una pierna y la recibe en el vientre. La proyecta por encima del coche, pero tú alcanzas al Señor de la Sombra antes de que pueda levantarse. Tus garras entran bajo su clavícula. Las hundes hasta tocar hueso y lo arrastras fuera del capó. Ambos caéis al suelo, mientras Apolo rueda encima de ti. Te golpea una vez. La mandíbula se desencaja. Dos. Algo se rompe alrededor del pómulo. Levanta la mano para una tercera, pero Kara lo alcanza desde atrás y le hunde los colmillos en el hombro. El Señor de la Sombra ruge, abandona el golpe y trata de girarse. Tú aprovechas para cerrar las piernas alrededor de su cintura y clavarle ambas garras en el pecho. Kara tira hacia un lado y tú hacia el otro. La carne empieza a ceder.

Apolo lanza un aullido que atraviesa la calle y rebota entre los edificios destruidos. Sus manos buscan dónde agarrarse, pero solo encuentran asfalto roto y los restos de vuestra ropa. Estáis ganando.



A varias calles de distancia, el resplandor blanco cambia. Un destello dorado atraviesa el cielo. La luz nace cerca del lugar donde viste caer a la mujer de cabellos dorados. Durante un instante, distingues la figura azulada del recién llegado inclinándose entre los cadáveres. Algo pequeño brilla junto a él, un objeto esférico que refleja el hielo y los incendios de la ciudad. El hombre lo recoge, la noche se vuelve dorada. El orbe responde a su contacto. Una onda de energía recorre la avenida a ras del suelo. Las tuberías revientan bajo el asfalto. Los semáforos estallan. Las fachadas se iluminan desde dentro, como si una red de venas doradas atravesase los edificios. El hielo aparece después. Surge alrededor de la luz, extendiéndose en todas direcciones. Oro y escarcha se entrelazan bajo las calles de Getxo, penetrando en los cimientos, en la ría y en las estructuras enterradas de Demóstenes.

El hombre de piel azulada se arquea. No escuchas su grito, lo sientes dentro del cráneo. El suelo se levanta bajo vosotros. La calle entera se inclina. Apolo, Kara y tú salís despedidos en direcciones distintas. Los coches resbalan sobre el asfalto. Las farolas se doblan. Una grieta atraviesa la avenida y se abre con un estruendo que parece proceder de las entrañas del mundo. Golpeas el suelo de costado. Kara cae varios metros más allá. Apolo aterriza sobre las cuatro extremidades, y es el primero en recuperarse.

Kara intenta ponerse en pie. La pierna herida falla. Apoya una garra, se impulsa de nuevo y levanta el rostro justo cuando el Señor de la Sombra llega hasta ella. Tú ruges, corres. La distancia apenas alcanza los quince metros, pero es demasiado.

Apolo agarra a Kara por el cuello y la levanta. Ella golpea su rostro, hunde una garra en la herida abierta del pecho y trata de empujarlo, pero el Ahroun soporta el dolor. Su otra mano entra bajo las costillas, el golpe es corto y brutal. Las garras atraviesan el torso de Kara y emergen por su espalda. El cuerpo se queda rígido, y Apolo sonríe. Tú continúas corriendo.

Kara ya no mira al Señor de la Sombra, te mira a ti. La Rabia abandona sus ojos durante un instante. Bajo el pelaje, la sangre y la forma de guerra, vuelve a estar la mujer que confió en ti dentro de Demóstenes y que te ordenó sobrevivir cuando ella ya sabía que apenas podía mantenerse en pie. Su hocico intenta dibujar una última sonrisa, antes de recuperar su forma humana y Apolo retirar el brazo de forma salvaje. Arroja el cuerpo de Kara a un lado, que rebota entre los escombros y cascotes, y fragmentos de hielo que están surgiendo del suelo. Kara exhala el último aliento de su cuerpo, rodeada de sangre, escombros y destrucción.

Algo se rompe dentro de ti, en el momento en el que la Rabia ocupa el espacio. Desaparece el dolor de las heridas. Desaparece el frío. Desaparecen Alberto, Demóstenes, el Peñasco Blanco y las órdenes de Semyon. El mundo se reduce al olor de la sangre de Kara y al cuerpo negro que permanece de pie junto a ella.

Apolo abre la boca. Quizá se ríe. No llegas a escucharlo.

Análisis del episodio

  • Consejo del Monte Dobra: Semyon exige que Mark sostenga públicamente la versión fabricada por la Justicia Metálica sobre la muerte de Laro y la responsabilidad de Johnny Towers. 🟦 Mark decide seguirle el juego a Semyon, consciente de que enfrentarse allí a Terry no cambiaría el resultado y solo lo convertiría en el siguiente objetivo. Acepta guardar silencio, aunque deja claro su desprecio por la mentira y por la representación política que acaba de provocar nuevas muertes.
  • Ejecución de María Fernanda Robles: Terry entrega a Mark el hacha de plata y le exige que actúe como verdugo ante el Trono de Cibeles y la Ráfaga de Plata. 🟥 Mark acepta ejecutar personalmente a Fernanda, interpretando su muerte como justicia por Henar, Laro y las demás víctimas. No cuestiona públicamente a Terry ni busca prolongar el interrogatorio: asume la sentencia, decapita a Fernanda y condena a Esteban a sobrevivir con el recuerdo de sus crímenes.
  • Infiltración en Demóstenes: Tras recibir los dispositivos entregados por Apolo, Kara ordena aprovechar inmediatamente la ventana de acceso al túmulo del Viento de Acero. 🟦 Mark sigue las instrucciones de Kara y realiza la infiltración, confiando en su competencia técnica para instalar los dispositivos sin dejar rastro. La decisión demuestra disciplina operativa y confianza en su líder, aunque más adelante descubre que los aparatos no solo escuchan: están cartografiando las vulnerabilidades de Demóstenes para preparar un asalto.
  • Salida del túmulo: Una vez instalados los dispositivos y descubierta su función oculta, Mark y Kara deben abandonar Demóstenes antes de que se cierre la ventana de acceso. 🟦 Mark elige salir por la ruta técnica establecida por Kara, manteniendo la cabeza fría y evitando improvisaciones, riesgos umbrales o una salida descaradamente confiada. Ejecuta la retirada con gran precisión y mantiene intacta la cobertura de la Ráfaga de Plata.
  • Respuesta política tras la infiltración: Mark comprende que ha instalado algo mucho más peligroso de lo anunciado y debe decidir cuándo contactar con Monique. 🟦 Decide esperar hasta la mañana siguiente y solicitar una reunión formal, utilizando el ultimátum de Semyon como cobertura y dando tiempo a que los dispositivos continúen operando. No busca una conversación impulsiva ni mezcla a Monique con Valeria Parhon: prioriza una coartada sólida, la imagen institucional de la manada y el control del relato.
  • Cautiverio en el almacén: Mark despierta encadenado con plata, escucha cómo torturan a Kara y detecta un fallo en uno de sus grilletes. 🟨 Opta por liberarse mediante astucia y conocimiento tecnológico, evitando tanto permanecer inmóvil como mutilarse mediante una transformación parcial. Utiliza el Don Controlar máquina simple para abrir los mecanismos, cae libre y se dirige inmediatamente hacia Kara, prometiendo regresar después por Vytalian. Aunque no sigue literalmente la propuesta de soltarse mediante agilidad física, su respuesta pertenece claramente a la vía intermedia: actuar con inteligencia, asumir riesgo y buscar una solución no destructiva.
  • Proteger al Viento de Acero o usar la Baliza: Mark decide proteger a las dos mujeres del Viento de Acero junto a Kara, en lugar de involucrarse en la activación de la Baliza umbral.
  • Escapar con Alberto o regresar al Viento de Acero: Tras la aparición del misterioso hombre místico de hielo, Mark puede elegir entre marcharse con Alberto y Kara hacia Cantabria o regresar al campo de batalla. Consciente de que no es su lucha y que están ambos muy heridos, decide marcharse del lugar tras haber acabado con una cantidad obscena de enemigos del Wyrm.

Total

  • 🟦🟦🟦🟦
  • 🟨
  • 🟥

Experiencia

  • Mark Rodríguez: +4 PX