Episodio 3 — Suances

Iniciado por Maurick, 06 de Ago 2026, 02:36:28

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Las heridas también recuerdan

Torrelavega — Urbanización Calagua, 4.º C

📅 12 de septiembre de 2005, 09:17

Lo primero que regresa es el dolor. No llega de golpe. Se extiende despacio desde algún lugar bajo las costillas, asciende por el pecho y termina clavándose en la base del cuello. Después aparecen otras molestias: la tirantez de la piel nueva, un latido sordo en el hombro, el peso de las mantas sobre zonas que todavía no toleran el contacto.

Abres los ojos. El techo del dormitorio continúa allí. Blanco, ligeramente agrietado junto a una esquina, atravesado por la luz gris que entra entre las persianas. Durante unos segundos no reconoces la habitación. No sabes cuánto tiempo ha pasado ni por qué el cuerpo parece haber sido reconstruido alrededor de algo que sigue roto. Intentas respirar más hondo, pero las cicatrices tiran de la piel. Algunas son recientes y gruesas. Otras apenas han terminado de cerrarse. Recorren partes de tu cuerpo que todavía no te has atrevido a mirar con calma. Marcas dejadas por las garras, el metal, el asfalto o aquello que ocurrió después. Tendrás que decidir dónde están, qué forma tienen y cuáles de ellas no desaparecerán aunque vuelvas a sanar por completo.

Hay un vaso de agua en la mesilla. Junto a él descansan varias vendas usadas, un cenicero limpio y tu encendedor de gasolina. Nadie ha dejado cigarrillos, y entonces percibes que no estás solo. Monique permanece sentada junto a la cama, en una silla arrastrada desde el salón. Lleva ropa cómoda, muy distinta de los trajes con los que acostumbra a enfrentarse a consejos y negociaciones. Su piel ha recuperado el color. Las heridas visibles se han cerrado y apenas queda una sombra amoratada bajo uno de sus ojos. Tiene un libro abierto sobre las piernas, pero hace tiempo que no está leyendo. Cuando nota que has despertado, lo cierra con cuidado. No se precipita hacia ti ni intenta ayudarte a incorporarte. Primero estudia tu respiración. Después tus ojos. Solo entonces adelanta una mano y acerca el vaso unos centímetros al borde de la mesa.


Su voz es baja. No suena alegre, pero tampoco adopta ese tono excesivamente delicado con el que algunas personas hablan a quienes consideran a punto de romperse. Monique inclina ligeramente la cabeza.


La pregunta parece sencilla, pero no lo es. Los recuerdos entra antes de que puedas responder: Getxo bajo la lluvia. La huida de los espíritus. El sabor metálico de la Anulaxia. Vytalian derrumbándose. El frío imposible extendiéndose por las calles. El Audi hundido bajo el peso de Apolo. Alberto cubierto de sangre. Kara colocándose a tu lado. El Kazachok. Sus garras entrando en el cuerpo de Apolo. La sonrisa agotada entre el pelaje y la sangre. El asfalto levantándose. El ruido de algo que no debía tocarse. Una mano cerrándose alrededor de su cuello.

Después, el cuerpo humano de Kara entre los escombros. El olor de su sangre. La boca de Apolo abriéndose frente a ti. Y nada más.

El recuerdo se corta con la misma violencia con la que comenzó. Te falta el aire. Los músculos del abdomen se contraen y las cicatrices protestan bajo las vendas. Durante un instante, el dormitorio parece inclinarse alrededor de la cama.

Monique no te toca. Permanece cerca, con una mano apoyada sobre el borde del colchón, pero deja una distancia suficiente para que sigas decidiendo qué hacer con tu propio cuerpo.


Espera a que el aire vuelva a entrar.


Fuera del dormitorio, el piso franco permanece en silencio. No se escucha la voz de Vytalian ni el sonido de la televisión. Solo una tubería que golpea dentro de la pared y el rumor distante de los coches pasando por la urbanización. No sabes cuánto recuerdas de lo ocurrido después de entrar en frenesí. No sabes quién te sacó de Getxo, quién cerró tus heridas ni cuánto tiempo permaneciste inconsciente. Hay huecos entre los recuerdos, imágenes sin continuidad y voces que podrían haber sido reales o formar parte de alguna pesadilla.

Monique continúa a tu lado, y te concede algo que quizás necesitas mucho más que las explicaciones. Tiempo.

  • ¿Qué cicatrices han quedado sobre el cuerpo de Mark?
  • ¿Qué es lo último que recuerda con claridad tras la muerte de Kara?
  • ¿Intenta incorporarse, busca un cigarrillo o permanece tumbado mientras reúne fuerzas para responder?
  • Y cuando finalmente mira a Monique... ¿qué consigue decirle?

Permanezco unos instantes más en silencio. Me toco la cabeza, la cual tengo embotada y a punto de estallar. Observo las vendas y compruebo que las garras de Apolo nunca van a desaparecer de mi cuerpo: unas profundas cicatrices que abarcan mi costillar derecho.

Miro a Monique unos instantes y luego aparto la mirada para otear el entorno con más detenimiento. Es cuando observo mi cara demacrada en un espejo próximo: barba de varios días y una cicatriz que cruza el lado izquierdo de mi rostro de arriba a abajo, sorteando mi cuenca ocular de milagro. Comprendo que esa cicatriz también permanecerá conmigo a pesar de la capacidad regenerativa de mi especie.


Aprieto las manos, agarrando la sábana que me cubre. Vuelvo la mirada de nuevo hacia Monique.


Cojo, con cuidado, el vaso de agua y le doy un trago despacio.


Busco con la mirada alguna cajetilla que pueda calmar el mono, a templar las culpas con una dosis de nicotina. Finalmente encuentro una cajetilla blanda dentro de la cajonera dela mesilla y me enciendo un cigarro con mi encendedor plateado. Observo unos segundos el dibujo desgastado que lo decora mientras el humo inunda de nuevo mis pulmones.


Tras esta última pregunta vuelvo a fumar profundamente e intento apartar de mi cabeza mi último recuerdo de ella, muerta sobre el asfalto.

Monique sigue tus movimientos mientras consigues incorporarte. No intenta ayudarte salvo cuando el vaso amenaza con resbalar entre tus dedos. Incluso entonces se limita a acercarlo un poco más a la mesilla. Cuando empiezas a disculparte, su expresión cambia. Baja la mirada hacia sus propias manos y espera a que termines antes de responder.


Levanta los ojos hacia ti. Durante unos segundos parece querer añadir algo, pero termina negando despacio con la cabeza.


Su acento francés acaricia de nuevo tus oídos. No sabrías explicar qué es, pero es como una entonación que acaricia tu lóbulo y luego trepa por el pabellón hasta el interior de tu oído. Notas que no te reprocha nada, y tampoco te habla con condescendencia. Cuando enciendes el cigarrillo, Monique observa el humo subir hacia el techo y arruga ligeramente la nariz.


La sombra de una sonrisa desaparece casi antes de llegar a formarse. Después empiezan las preguntas, ella toma aire.


Lo dice primero, con rapidez, quizá porque es la respuesta más sencilla de todas. Se recoloca en la silla y cruza una pierna sobre la otra.


Mira brevemente sus propias manos y flexiona los dedos.


Cuando preguntas por tu propio rescate, tarda algo más.


Frunce el ceño.


El silencio que sigue dura un poco más. Monique mira hacia la ventana.


Esta vez no busca tus ojos inmediatamente.


Se detiene, porque no parece encontrar una palabra adecuada.


Ahora sí vuelve a mirarte.


El dormitorio parece más pequeño mientras habla. El humo de tu cigarrillo continúa acumulándose bajo la luz de la mañana.


Monique apoya los antebrazos sobre las piernas.


Entonces mencionas al hombre helado, y Monique deja de moverse. Te observa durante unos segundos con una expresión completamente vacía.


Su espalda se endereza lentamente.


Ahora sí parece preocupada de otra manera.


La pregunta sobre Kara continúa suspendida entre los dos. Monique la ha oído, pero todavía no la ha contestado.

¿Qué más quieres preguntar, Mark? O, quizás... no quieres hablar más y quieres incorporarte.

Observo durante unos segundos los ojos de Monique mientras doy una calada tranquila al cigarro.


Dejo la pregunta suspendida en el aire durante unos segundos, como el humo que exhalo de mis pulmones. Me cambio levemente de postura para quitar peso a la zona dolorida de mi costado.


Observo la luz matinal que se filtra por la ventana y prosigo.


Me cambio molesto de postura otra vez.


Vuelvo a apartar la mirada de Monique y a mirar la luz que asoma por la ventana.


Mientras hablas, Monique deja de hacer preguntas, y te escucha. Al principio sigue sentada junto a la cama, con las manos entrelazadas sobre las piernas y la atención puesta en ti. Cuando llegas a la antena, a Victoria y Valeria, sus ojos se estrechan ligeramente. Cuando describes al hombre helado y aquella orden de abandonar Bilbao antes de que todo quedase destruido, ya no parece estar escuchando únicamente el relato de un herido intentando recomponer sus recuerdos.

Hay preocupación y algo más, pero no reparas en el suave movimiento de la puerta del dormitorio. Tampoco en los pasos que se detienen al otro lado de la habitación; no obstante, Monique sí. Su mirada se desvía apenas durante un instante, hacia algún punto situado detrás de ti, pero vuelve a tus ojos cuando continúas hablando de Alberto, de Apolo y de Kara. No te interrumpe. Ni siquiera cuando el cigarrillo empieza a consumirse con mayor rapidez entre tus dedos.

Solo cuando terminas y vuelves a preguntarle por el cuerpo de Kara, el silencio se prolonga. Monique no responde de inmediato, y mira otra vez hacia detrás de ti. Entonces recoge el libro que había dejado sobre la silla y se pone en pie. Guarda un par de cosas dentro de un pequeño bolso y se coloca la chaqueta con movimientos algo más rápidos de lo que requiere la situación.


Su tono ha cambiado, pero ya ha tomado la decisión. Se ajusta la correa del bolso sobre el hombro.


Hace una pequeña pausa y te dedica una sonrisa que no consigue borrar del todo la incomodidad de su rostro.


Monique se aparta de la cama, y entonces sigues su mirada. Terrence McCoil está apoyado junto al marco de la puerta. No sabes cuánto tiempo lleva allí. Viste con la misma sobriedad de siempre, impecable pese a la hora, con una mano metida en el bolsillo del pantalón y aquella expresión agradable que rara vez consigue tranquilizar a nadie. A pocos pasos de él hay una muchacha muy joven, quizá de tu edad o algo menor, de piel clara y abundante cabello oscuro y rizado recogido de cualquier manera. Sus grandes ojos recorren la habitación con una curiosidad poco disimulada, pero no la reconoces.

Monique pasa junto a ambos, y Terry se aparta cortésmente para dejarla salir.


Monique responde con una inclinación mínima de cabeza y abandona la habitación sin añadir nada más. La puerta queda abierta tras ella. Terry contempla durante un momento el humo acumulado alrededor de la cama y después te mira. Sonríe.


Se separa del marco y entra en la habitación. La joven permanece junto a la puerta, observándote sin decir una palabra y Terry se acerca un poco más a la cama.


Sus ojos bajan brevemente hacia el cigarrillo entre tus dedos. Después vuelve a sonreír.


Da otro paso.


Inclina ligeramente la cabeza.


La sonrisa permanece y la amabilidad también.


La frase queda suspendida durante unos segundos. Terry no amenaza, ni levanta la voz. No necesita hacerlo.


Señala con dos dedos el cigarrillo.


Entonces Terry mira hacia la muchacha que continúa esperando junto a la puerta. Ella sigue observándote, fijamente. Como si llevase un buen rato esperando este momento.

17 de Ago 2026, 20:14:59 #5 Ultima modificación: 17 de Ago 2026, 20:18:47 por Mark
Aprieto la mano que no sujeta el cigarro cuando menciona la criogenización.

Ni la dignidad de devolver a Kara a Gaia... Aprieto la mandíbula en silencio y continuo escuchando lo que tiene que decir mi padre.


Miro a los lados de la habitación y detrás de mi.


Poso la mirada en la cría por primera vez.


Cambio de postura para relajar los músculos y huesos que aún se esfuerzan por sanar. Vuelvo a mirar a mi padre.


Apago el cigarro e intento levantarme con dificultad. El dolor y el mareo vienen casi de inmediato.


Poso mis pies desnudos sobre el frío suelo y un escalofrío recorre mi columna.


Me pongo finalmente de pie y me apoyo en la pared junto a la cama a la espera de lo que quieran reprocharme o decirme.

Terry no te interrumpe. Ni cuando preguntas por Semyon, ni cuando mencionas a Haro y Apolo. Ni siquiera cuando propones, prácticamente, que terminen de matarte si tu actitud empieza a resultar incómoda. Permanece frente a ti con las manos relajadas, observando cómo apagas un cigarrillo para encender el siguiente, cómo intentas levantarte pese a que tu cuerpo todavía protesta y cómo terminas apoyado contra la pared para mantenerte en pie. No hay enfado en su rostro. Te deja terminar.

Cuando el silencio vuelve a instalarse en la habitación, Terry espera todavía un par de segundos, como si quisiera comprobar que realmente has acabado. Entonces asiente.


Su mirada recorre por un instante las vendas, la postura forzada y la mano que utilizas para sostenerte contra la pared.


No responde a ninguna de las provocaciones. En lugar de hacerlo, gira la cabeza hacia la muchacha que continúa junto a la puerta. Y sonríe.


La joven parece llevar varios minutos esperando exactamente esas palabras. Terry casi no alcanza a apartarse.


La reacción es inmediata.


Karen cruza la habitación prácticamente a la carrera. No hay saludo, presentación ni ninguna consideración especial hacia el hecho evidente de que acabas de pasar dos semanas intentando no morirte. La muchacha se lanza sobre ti y te rodea con ambos brazos, apretándote contra ella con un entusiasmo suficiente para recordarte inmediatamente dónde están varias de tus heridas.


Se separa apenas lo suficiente para poder mirarte a la cara, aunque continúa sujetándote por los hombros. Sus ojos recorren tu barba, las cicatrices y las vendas con absoluta falta de pudor.


Terry contempla la escena con una paciencia que sugiere que ya conoce perfectamente aquella clase de comportamiento.


Hace una pequeña pausa.


Karen vuelve a abrazarte.


Terry deja escapar una breve sonrisa.


Karen vuelve a mirarte, ahora ladeando la cabeza.


Terry levanta una mano antes de que Karen pueda continuar.


Su atención regresa a ti.


No desarrolla la frase, claro que no.


Karen abre mucho los ojos. Luego sonríe de oreja a oreja.


Terry ignora el comentario.


Señala a Karen con un gesto breve.


Karen parece considerar aquello un cumplido.


La frase queda unos segundos en el aire.


Terry se acomoda ligeramente los puños de la camisa.


Mira hacia la puerta.


Karen levanta una ceja, mira a Terry y después te mira a ti. Decide, por una vez, no decir lo que está pensando. Terry se dispone a marcharse, pero al pasar junto a ti se detiene. Esta vez se aproxima lo suficiente para que Karen no pueda escuchar con claridad. Su voz baja hasta convertirse en un murmullo.


La sonrisa ha desaparecido. No hay amenaza en sus ojos. Solo una advertencia perfectamente medida.


Hace una pausa. Entonces aparece otra vez esa pequeña sonrisa.


Te da una palmada breve en el hombro sano y se aparta. Karen continúa frente a ti, mirándote y sonriendo.


24 de Ago 2026, 16:48:21 #7 Ultima modificación: 24 de Ago 2026, 20:03:11 por Mark
Encajo el descubrimiento de mi hermana casi adolescente como puedo, con un arqueamiento de la ceja no dañada en Bilabo, así como su entusiasmo desmedido. Sabía que no habría respuesta a mis preguntas, pero esa presuposición acertada no deja que me moleste profundamente.

Además, no me hace especialmente gracia sentirme el niñero de esa muchacha que acabo de conocer, aunque compartamos sangre.

Escucho lo que tiene que decir mi padre y no presto demasiada atención a las interrupciones de Karen. Una vez que terminan de hablar uno y otra, omito a mi hermana y me dirijo de nuevo a mi padre.


Cuanto antes cumplamos con los objetivos iniciales, antes podremos ir a la Media Luna a rendir respeto ante Kara.


Terry recibe tu pregunta con un asentimiento lento. Durante un instante dirige la mirada hacia Karen, como si estuviera calculando cuánto tardará en convertir cualquier respuesta razonable en un problema.

Cita de: Mark en 24 de Ago 2026, 16:48:21


Vuelve a mirarte.


Se mete las manos en los bolsillos.


Una pequeña sonrisa aparece en la comisura de sus labios.


No desarrolla la idea. Terry mira entonces hacia Karen, que continúa demasiado cerca de ti y demasiado interesada en la cajetilla que le has ofrecido.

Cita de: Mark en 24 de Ago 2026, 16:48:21


Después se dirige hacia la puerta.


Os dedica una sonrisa auténtica y sincera, antes de marcharse de la habitación. Sus pasos se alejan por el pasillo hasta desaparecer. Durante unos segundos queda un silencio extraño en la habitación. Karen lo rompe mirando la cajetilla que todavía mantienes extendida hacia ella, y sus ojos se iluminan.


Antes de que puedas reconsiderar el gesto, mete dos dedos en la cajetilla y extrae dos cigarrillos, dos. Se coloca uno en cada extremo de la boca.


Encuentra tu encendedor sobre la mesilla antes de que tengas tiempo de preguntarte qué demonios pretende hacer. Pega un chispazo y enciende el primer piti. Luego el otro. Karen aspira y su expresión cambia inmediatamente. Los ojos se le abren como platos.


Tose como si hubiese pegado un bocado a un cenicero lleno de colillas. A la tercera, los dos cigarrillos salen disparados de su boca y caen encendidos sobre el suelo.


Te obliga a apartarte de la pared y aplastarlos antes de que la genial primera decisión conjunta de vuestra futura manada consista en incendiar el piso franco. Cuando vuelves a mirarla, Karen tiene los ojos completamente llorosos. Está roja como tomate, y tiene una mano sobre el pecho. Y se está riendo mientras intenta recuperar el aire.


Se seca una lágrima con el dorso de la mano y contempla los dos cigarrillos aplastados.


Parece satisfecha con haber llegado a aquella conclusión. Luego te mira y agarra de nuevo la cajetilla, y la tira a la papelera que hay al lado de la cama.


No espera respuesta.


Te observa con una sonrisa absolutamente seria durante aproximadamente medio segundo. La propuesta resulta peculiar. ¿Cómo seleccionasteis el tótem en tus anteriores manadas? ¿Ya estaba elegido o tuviste algo que ver? Sin embargo, una manada no obtiene un Tótem simplemente porque pronuncie su nombre: llegado el momento tendréis que buscarlo en la Umbra y será el propio espíritu quien decida si sois dignos de su protección. Karen parece interpretar tu silencio como una invitación para continuar.


Da un paso hacia ti.


Asiente varias veces.


Tu hermana acaba de conocerte hace unos minutos, ha intentado fumarse dos cigarrillos simultáneamente, casi prende fuego al dormitorio y ya ha decidido el nombre y el Tótem de vuestra futura manada. Además, parece que no tiene filtro.

¿Qué haces, Mark?