- 📅 Fecha in-game: 16 de junio de 2007, 00:34
- 📍 Localización: Gracemire, Túmulo del Viento de Acero (https://sokolov.ddns.net/index.php/topic,40.msg363.html)
El túmulo se ha convertido en un refugio improbable. Rodeado por colinas húmedas y bosques susurrantes, bajo cielos encapotados y persistente neblina, se extiende como una cicatriz luminosa en el norte del Reino Unido. Entre las raíces de robles antiguos y senderos de piedra cubierta de musgo, han brotado cabañas, estructuras rituales y hogueras con acentos de todos los rincones del mundo. Lobos del este y del oeste, parientes de sangre lejana, tribus que jamás compartieron un mismo territorio, ahora caminan hombro a hombro. No por afinidad, sino por necesidad.
El corazón del túmulo no late con fervor... late con resistencia. En este enclave de unión forzada, donde las palabras fluyen en múltiples lenguas y los juramentos son pronunciados en decenas de lenguas y cicatrices compartidas, una loba presencia en silencio la armonía.
No hay manada. No hay canción.
Julia no está presente, está enterrando a dos miembros de su manada.
Jack la sigue, confundido, pero es rechazado. Un Garou más veterano echa un vistazo a la loba, y decide llevarse al metis.
Los
Ángeles de Gaia son ya ceniza en su memoria. Una sucesión de nombres que martillean el pecho con la constancia de la marea. La sangre de sus compañeros se ha secado, pero la ausencia sigue fresca. En este nuevo hogar de clanes errantes y planes desesperados, nadie la señala. Nadie exige nada. La observan, simplemente, como se observa a quien ha cargado el peso de una historia demasiado densa para contarse con palabras.
El túmulo está vivo, pero ella aún no sabe si lo está.
Las ceremonias siguen su curso, los consejos se convocan, las defensas se refuerzan. Los pactos logrados por el
Viento de Acero, por el
Peñasco Blanco —de Cantabria—, por la
Corona Congelada —de un renqueante Copenhague—, por el
Arce Verde —a las afueras de París—, por lo que queda de las
Fauces del Valhalla —en la Selva Negra—, por un revigorizado
Regazo Celestial —colaborando con los Fenris supervivientes—, con el
Clan de la Salamandra —de Szczecin, Polonia— y los
Guardianes de la Justicia —desde los lejanos Estados Unidos— como aliados impretérritos. Otros más están presentes, contemplando la nueva alianza. Ella asiste, sí, pero con la mirada fija en otra parte. En algo más allá del horizonte, algo que sólo ella parece recordar con nitidez. Una deuda sin nombre. Un pacto consigo misma.
Camina sola, no por castigo, sino porque lo ha elegido. Porque en el silencio de los pantanos y las sendas olvidadas, tal vez aún quede un eco que responda. Tal vez aún haya algo que redimir.
Y así, sin cantos ni despedidas, se prepara. No para salvar el mundo. Para encontrarse en él.
Miro hacia el horizonte sin fijar la mirada en ningún punto, aún aturdida por lo que ha pasado. Repaso en mi mente, paso a paso, lo que ha ocurrido trarando de vislumbrar una falla o un punto de inflexión clave donde se podría haber elegido otro camino. O solamente tratar de averiguar cuál fue el punto de no retorno.
¡Fue un combate ritual! Ella lo sabía, sabía la importancia de lo que significa respetar el "ritual". El corax ganó sin romper ninguna regla, pero su orgullo la cegó y se dejó llevar por la ira... Cierro los ojos y suspiro. Trato de tranquilizarme.
En realidad no la culpo. Ser una Garra Plateada no debe ser fácil, y menos tras que se descubrirse el gran secreto de su familia. No puedo criticar sus acciones si yo también me dejé llevar por mis emociones. Lo que hizo no fue justo, pero mi reacción tampoco lo fue. ¿Que ella no respetó "el ritual"? Yo tampoco. No debí acabar con su vida ya que yo no era juez en ese combate. La quería mucho, eramos hermanas de manada. Habrá represalias hacia mi, lo más seguro. Eso sí es justo.Mi mente salta de un pensamiento a otro sin ningún tipo de criterio.
Pluma. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ti? Maldito lado homínido. Debo matarla, te lo prometí. Me lo prometí. No sé cómo lo haré, pero debo restaurar el mal ocasionado.Otro pensamiento.
Cita de: Maurick en 08 de Jul 2025, 19:59:43Los Ángeles de Gaia son ya ceniza en su memoria. Una sucesión de nombres que martillean el pecho con la constancia de la marea. La sangre de sus compañeros se ha secado, pero la ausencia sigue fresca. En este nuevo hogar de clanes errantes y planes desesperados, nadie la señala. Nadie exige nada. La observan, simplemente, como se observa a quien ha cargado el peso de una historia demasiado densa para contarse con palabras.
Ya no hay manada. Estoy sola. Fallé como líder. Ellas confiaron en mi, y las fallé. Tendría que haberlas guiado mejor. Mira cómo hemos acabado.Vuelvo a dejar mi mirada fija en la inmensa nada del horizonte. La imagen de aquella serpiente de la umbra vuelve a golpear mi mente y mi pecho.
Susurro.
- Estoy cansada. Me siento frágil, dispersa como mantequilla untada sobre demasiado pan. Necesito vacaciones, unas buenas vacaciones. Y no espero volver. La verdad, no pienso hacerlo...
La neblina aún no se disipa sobre los claros húmedos de Gracemire. El consejo continúa en la explanada principal: hogueras encendidas, voces graves discutiendo pactos y nuevas rutas, el murmullo de decenas de lenguas distintas cruzándose bajo un mismo techo de nubes. La alianza recién forjada, los Vientos del Cambio, palpita con la fuerza de algo improbable, pero real.
Brisa del Sur no se encuentra entre ellos. Prefiere la distancia. Bajo un roble retorcido por los años, con la hierba empapada bajo sus patas, observa desde lejos. El murmullo del consejo le llega apagado, como si fuese otro mundo. A su alrededor, los insectos nocturnos siguen con su canto indiferente. El olor de la madera quemada acaricia sus sentidos, recordándole que, pese a todo, la vida persiste.
Un crujido suave rompe su aislamiento. Entre los helechos y la sombra del tronco, se desliza una figura baja, ágil. No es un lobo, ni un humano. Es un lince de pelaje moteado, que se detiene a unos pasos de distancia y la contempla con ojos ámbar. Sus orejas giran hacia atrás, y cuando abre la boca, la voz que sale no es un rugido ni un maullido, sino un lenguaje comprensible para Brisa: un susurro en la cadencia ancestral traído hasta ella por la intervención de los espíritus.
Se tumba a una distancia prudencial, sin apartar la mirada.
Deja un silencio embriagador mientras se acomoda en la hierba fresca.
Aguarda, sin perder la solemnidad de su mirada. No fuerza la conversación, solo ofrece su presencia, como si la sola comprensión pudiera ser el primer paso de un puente.
Cita de: Maurick en 09 de Sep 2025, 09:34:19Un crujido suave rompe su aislamiento. Entre los helechos y la sombra del tronco, se desliza una figura baja, ágil. No es un lobo, ni un humano. Es un lince de pelaje moteado, que se detiene a unos pasos de distancia y la contempla con ojos ámbar.
Instintivamente mis orejas giran hacia el crujido y muevo la cabeza hacia el lugar del que ha venido el ruido. Escucho atenta lo que dice y estudio sus movimientos.
- ¿Conseguiste superarlo? El sentimiento de culpa, digo. ¿O es algo que nunca desaparece?
Olisqueo el aire de la brisa que viene de su dirección, lo más disimulado que una loba pueda hacer. No parece hostil, sino amigable. La curiosidad gana esta vez la batalla y me giro hacia Shinsetsu Himitsu.
- Me llamo Brisa del Sur, y Amy es mi nombre homínido.
Doy un par de pasos y me siento.
- Con que la Justicia Metálica, ¿eh?.
Trato de escupir al suelo para maldecir su nombre pero en ese mismo momento caigo en la cuenta de que estoy en mi forma lupus. Y los lupus no saben escupir. De mi boca sale una especie de medio arcada y tos seca que queda en nada.
- ¿Vienes de muy lejos? ¿Y tu manada?
Me quedo observándola.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Himitsu_en_forma_lince.png)
El lince te observa con interés. Respeta tu espacio, no te interrumpe. Cuando finalizas de hablar, responde, muy suavemente...
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- ¿Conseguiste superarlo? El sentimiento de culpa, digo. ¿O es algo que nunca desaparece?
A lo lejos, se escuchan gritos de júbilo y celebración. Una hoguera suelta una bocanada de fuego que ilumina la noche como si fuese de día.
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- Con que la Justicia Metálica, ¿eh?.
Himitsu cierra los ojos durante un instante. Parece que se concentra en algo.
La brisa fresca de la noche impregna la zona de forma sutil. El olor a árbol, a humedad, es relativamente intenso.
Aparta la mirada. Observa, también algo melancólica, los fuegos del consejo.
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- ¿Vienes de muy lejos? ¿Y tu manada?
Acerca de forma muy sutil su pata hacia dónde te encuentras tú.
De nuevo, el silencio. Y lo críptico.
Los recuerdos se agolpan en mi mente y un remolino de emociones luchan por salir a flote, pero como si de una llave de una luz de gas se tratase dejo aflorar solo a unos pocos, los que menos duelen pero los que me mantiemen en movimiento.
Me acerco a Himitsu y bajo el tono de voz, voy a contarle algo prohibido, algo tabú.
"No se habla de ello, pero las leyendas deben transmitirse como lecciones de vida" solía decirme antes de mi primer cambio.
Pluma siempre me contaba esta historia antes de la llegada del invierno. Se sentaba bajo un árbol y yo, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, me quedaba dormida mientras me acariciaba la cabeza. No prestaba mucha atención a sus palabras, pero quedaron grabadas en mi cabeza para siempre.
Cita de: Denebia en 05 de Oct 2025, 10:32:00Pluma siempre me contaba esta historia antes de la llegada del invierno. Se sentaba bajo un árbol y yo, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, me quedaba dormida mientras me acariciaba la cabeza. No prestaba mucha atención a sus palabras, pero quedaron grabadas en mi cabeza para siempre.
El lince escucha y atiende, en silencio. El ruido de fondo, de la festividad, os da la suficiente privacidad para compartir vuestras historias más personales. Después de tu relato, se pone frente a ti. Sus ojos parecen destilar tristeza.
Se apoya en la hierba fresca. Nota la humedad en la parte inferior de su cuello.
Himitsu se yergue sobre sí misma. Te da la espalda.
Pasan unos segundos mientras procesas la historia que ha contado. Su voz parece quebrarse durante un instante.
El lince aguarda tu respuesta, solemne como el silencio que empieza a rodear la explanada dónde os encontráis.
Cita de: Maurick en 06 de Oct 2025, 00:08:12
El lince aguarda tu respuesta, solemne como el silencio que empieza a rodear la explanada dónde os encontráis.
Cierro los ojos un par de minutos. Abro un poco un ojo para comprobar si Himitsu sigue allí, como si cerrando los ojos hiciese que pudiese desaparecer.
Sigue ahí. Suspiro fuerte. En el fondo sé que la necesito...
Abro los ojos y la miro.
Comienzo a andar en dirección opuesta de donde está toda la gente. Giro la cabeza y doy una última olida a la brisa que viene de allí. Dejo atrás a gente que me importa, pero debo hacer esto. Me acerco al primer árbol que encuentro y dejo un mensaje: "Adiós, Jules". Con eso bastará, si lo encuentra sabrá que es para ella.
Miro a Himitsu y le doy un leve ladrido para que me siga.
Cita de: Denebia en 07 de Ene 2026, 17:30:59Miro a Himitsu y le doy un leve ladrido para que me siga.
La salida de Gracemire no fue anunciada ni observada. No hubo despedidas, ni rituales de partida, ni miradas de reproche. El túmulo continuó respirando a su propio ritmo mientras dos siluetas se alejaban de su perímetro, deslizándose entre la niebla baja como si el terreno mismo aceptara su marcha.
Las colinas húmedas que rodean el antiguo hospital se cerraron tras ellas con la indiferencia de lo viejo. Los senderos rurales, apenas visibles bajo la hierba aplastada por lluvias constantes, conducían hacia carreteras secundarias rotas, donde el asfalto se abría en cicatrices irregulares y la señalización oxidada apuntaba a destinos que ya no existían. Las torres eléctricas, inclinadas como animales exhaustos, zumbaban con una electricidad inestable que erizaba el aire y hacía murmurar a los espíritus menores que se ocultaban entre los matorrales.
El trayecto fue largo, silencioso y áspero. Atravesaron tramos donde la Tejedora aún se aferraba a viejas estructuras industriales —puentes sin tráfico, estaciones de tren selladas, naves vacías— y otros donde el Kaos reclamaba terreno: campos inundados, bosques ennegrecidos por incendios antiguos, caminos donde la niebla no se comportaba como vapor, sino como algo que observaba. En más de una ocasión, el suelo crujió bajo sus pasos con un eco que no pertenecía a ningún animal conocido.
A medida que avanzaban hacia el este, el olor del mar comenzó a imponerse: sal, metal húmedo, algas podridas. El viento se volvió más cortante, cargado de partículas finas que raspaban la piel y el pelaje. Pasaron cerca de Grenvale sin detenerse, bordeando las zonas calcinadas y los restos de edificios que aún olían a humo viejo. Más allá, la carretera costera descendía lentamente, revelando a lo lejos las siluetas del puerto. Muchos fantasmas quedaron atrás en Grenvale: Hoa, Rose, Ajax...
Redcoast emergió de la bruma como un esqueleto industrial. Grúas inmóviles recortadas contra un cielo gris perla, muelles corroídos, contenedores apilados sin orden aparente. El agua del canal apenas se movía, espesa y oscura, reflejando una luz mortecina que no llegaba a calentar. Los ecos del lugar no eran humanos: golpes metálicos sin origen, chapoteos que no correspondían a mareas, el roce constante de algo que se arrastraba bajo las plataformas. Como si la presencia de Lindon Derick aún permease en el ambiente. Las Morrigan se habían quedado en el Consejo, carentes de propósito pero igual de sedientas de sangre. Quizá por eso Brisa caminó sin mirar atrás.
Cuando alcanzaron los límites del puerto, el cielo comenzaba a aclararse. Eran poco más de las siete de la mañana. La noche se retiraba con desgana, dejando tras de sí un amanecer pálido y enfermo, como si el sol dudase en mostrarse sobre aquel tramo de costa. La ciudad aún dormía, o fingía hacerlo.
Allí, entre el olor a óxido y salmuera, quedaba claro que el siguiente paso no sería un regreso, ni una pausa. Redcoast no ofrecía refugio, sino una salida. Un punto de no retorno desde el que el mundo se abría hacia el agua... y hacia aquello que aguardaba más allá.
La marea está baja y deja al descubierto una franja de limo oscuro adherido a los pilotes, como una costra antigua. Entre dos embarcaciones oxidadas, un barco a motor permanece amarrado con cabos gastados, la pintura desconchada y el parabrisas cubierto de sal seca. El motor parece intacto... lo justo para no fiarse de él.
Mientras revisa el interior —un bidón medio vacío, una caja de herramientas incompleta, un mapa náutico manchado—, el viento del canal empuja un olor a combustible rancio y algas muertas. Es entonces cuando Himitsu vuelve a su forma humana. Ella también lleva dedicada su ropa, sus abalorios, su pequeña vida. Rompe el silencio, sin alzar la voz, como si hablara para el agua.
Da un salto ágil al interior y observa los indicadores.
Un sonido ajeno corta el murmullo del agua: pasos rápidos sobre la pasarela metálica, acompañados del tintinear de llaves. Una figura emerge entre las grúas, avanzando con decisión. Un tipo joven, con buena presencia, un peinado llamativo, va caminando hacia vuestra ubicación. Himitsu se asoma y cruza miradas con aquel individuo. Se sobresalta.
Ese hombre se para de repente, y os llama la atención en voz alta.
El viento levanta una ráfaga más fuerte y hace golpear los cabos contra el casco. Jonah mantiene la mirada, expectante, con esa mezcla de urgencia y cansancio que se ha vuelto común en Gracemire desde que todo empezó a resquebrajarse.
Himitsu traga saliva, y se queda mirándote.
Cita de: Maurick en 08 de Ene 2026, 23:50:18El trayecto fue largo, silencioso y áspero.
Durante todo el viaje pienso que en lo divertido que hubiera sido haberlo hecho con Los Ángeles de Gaia, todas juntas nos lo habríamos pasado muy bien. Y en ocasiones me perdía en esos pensamientos y me embriagaba de tantas emociones que me relajaba hasta tal punto que olvidaba que acababa de conocer a Himitsu. Pero enseguida despertaba de ese "letargo" auto inducido y me volvía a poner sería. O si notaba que la conversación se estaba volviendo más personal de lo que debería cambiaba de tema o dejaba de hablar.
La pérdida paulatina de los miembros de mi manada... mi manada ya no existe... No quiero que vuelva a ocurrir algo así, así que si no hago amistades si se van o mueren no me afectará...
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Da un salto ágil al interior y observa los indicadores.
He pasado a mi forma humana. Tengo una ceja arqueada y justo cuando voy a abrir la boca para protestar...
CitarUn sonido ajeno corta el murmullo del agua: pasos rápidos sobre la pasarela metálica, acompañados del tintinear de llaves. Una figura emerge entre las grúas, avanzando con decisión. Un tipo joven, con buena presencia, un peinado llamativo, va caminando hacia vuestra ubicación. Himitsu se asoma y cruza miradas con aquel individuo. Se sobresalta.
Ese hombre se para de repente, y os llama la atención en voz alta.
El viento levanta una ráfaga más fuerte y hace golpear los cabos contra el casco. Jonah mantiene la mirada, expectante, con esa mezcla de urgencia y cansancio que se ha vuelto común en Gracemire desde que todo empezó a resquebrajarse.
Himitsu traga saliva, y se queda mirándote.
Me quedo mirando la escena algo perpleja. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué Himitsu ha reaccionado así al verle? ¿Por qué no le hemos olido y hemos detectado su presencia?
Me encojo de hombros con cara de no haber entendido lo que quería decir. Poso la mirada rápidamente en Himitsu, pero no tardo en volver a mirar al nuevo.
Cita de: Denebia en 16 de Ene 2026, 23:40:03Me encojo de hombros con cara de no haber entendido lo que quería decir. Poso la mirada rápidamente en Himitsu, pero no tardo en volver a mirar al nuevo.
Tiene ojeras profundas, una sonrisa ladeada que no llega a ser amistosa, y esa expresión de quien ya ha perdido la paciencia pero aún se permite el lujo de bromear con ello.
Da un par de pasos, no hacia vosotras, sino hacia el muelle, mirando el agua negra del canal.
Se gira entonces. Mira primero a Brisa. La observa con atención real, sin burla.
Sus ojos se desplazan a Himitsu. Se detienen. Algo cambia, apenas un segundo.
Se frota la cara con ambas manos, exhalando despacio. Himitsu reacciona.
Jonah abre la boca, con una expresión de ofensa muy grande.
Señala el barco con el pulgar, sin mirarlo. Una oleada de energía vibrante lo rodea y parece que el aparato se enciende de golpe. Himitsu se pone en posición defensiva.
Da un paso atrás, dejándoos espacio. Dejándoos elegir.
El agua golpea el casco una vez más. El sol asoma, enfermo y pálido, sobre Redcoast.
¿Qué vas a hacer, Brisa del Sur?
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Me quedo un poco pensativa hasta que me distrae la conversación entre Himitsu y Jonah. Ambos me despiertan curiosidad, uno por su forma de ser y la otra por todo lo que sabe.
CitarSeñala el barco con el pulgar, sin mirarlo. Una oleada de energía vibrante lo rodea y parece que el aparato se enciende de golpe. Himitsu se pone en posición defensiva.
CitarDa un paso atrás, dejándoos espacio. Dejándoos elegir.
Jonah se queda quieto. No replica al instante, pero puedes ver que sonríe, quizás de complicidad, quizás porque sí le ha hecho gracia lo que has dicho. Durante un segundo largo, incómodo, solo mira el agua del canal como si esperara que le devolviera algo.
Se pasa la lengua por los dientes, pensativo. Cuando vuelve a mirarte, ya no hay burla. Tampoco respeto.
Da una patada suave a una piedra del muelle, que rebota y cae al agua sin hacer ruido.
Alza la vista hacia vosotras dos, cansado de verdad.
Se gira medio cuerpo, como si fuera a marcharse... pero se detiene.
Una última mirada, ladeada. Se enciende un pitillo. Expulsa el humo por la nariz.
Mira hacia abajo y emite una risa corta, irónica.
Da unos pasos alejándose por la pasarela. Himitsu se queda en silencio, mirando al suelo. Lo último que le ha dicho este tipo le ha molestado.
Se queda de espaldas. Se termina el cigarro.
El muelle cruje. Himitsu se ha quedado sin palabras...
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[...]
Se queda de espaldas. Se termina el cigarro.
El muelle cruje. Himitsu se ha quedado sin palabras...
Me siento en el noray más cercano y saco una piruleta de uno de mis bolsillos. Mientras le quito el plástico, concentrada en lo que estoy haciendo, le digo a Jonah:
Termino la frase enfatizando la palabra "cosas" haciendo círculos en el aire con la piruleta. Entrecierro un poco los ojos y le miro fíjamemte. Le señalo de forma acusatoria con la piruleta.
Al terminar la frase, de forma solemne, me tomo la piruleta. Se levanta una ligera brisa que viene en dirección a Himitsu y a mi pasando antes por Jonah. Olisqueo el aire para saber qué "información" me puede dar sobre él.
El aire cambia en cuanto Brisa respira. La percepción del olor, junto con «Sentir Magia», lo deja bastante claro. No es sólo «olor a humano», es
magia pura. Y no como la magia de un rito limpio, de los que dejan el mundo un poco más ordenado después. Es otra cosa: un regusto metálico, como si alguien hubiera frotado una moneda vieja contra la lengua; un cosquilleo en la nariz parecido al ozono antes de una tormenta; y debajo, algo más difícil de nombrar...
Brisa no ve un brillo, pero lo nota igual: el aire alrededor de Jonah no se comporta como debería. Los detalles pequeños —la ceniza del cigarro, el balanceo del cabo, una gota que cae del muelle— parecen, por un instante, dudar antes de terminar su movimiento. Como si la realidad, con él cerca, se lo pensara dos veces. Jonah aguanta la mirada de Brisa cuando ella olisquea. Y aunque intenta sostener su pose de «me da igual», se le escapa un microgesto de incomodidad. Como si odiara que lo lean sin permiso.
Da un paso hacia el barco y apoya la mano en la borda. El motor vuelve a emitir ese zumbido bajo, vivo, casi obediente. Jonah retira la mano rápido, como si no quisiera que se notara que lo ha hecho aposta. Se ríe, pero es una risa mala, con bordes. Luego mira el canal, y por primera vez parece realmente cansado: las ojeras, la mandíbula apretada, la forma en la que sostiene el peso como si llevara horas sin dormir y años sin descansar.
Himitsu juega con su melena, mientras observa con una mirada penetrante a este tipo que ha surgido de la nada. Se queda mirándoos, esperando que le compréis la mentira.
Jonah se queda un momento sin palabras. Se endereza. Se señala con el pulgar, sin orgullo: con aceptación.
Mira el barco de arriba abajo y se le dibuja una sonrisa torcida, de esas que anuncian problemas.
Se acerca al bidón medio vacío que habíais visto y le da un golpecito con el pie. Se detiene. En un instante, se rellena de lo que parece combustible. Mira a Brisa, luego a Himitsu. Y ahí vuelve la contradicción: el tipo que iba de duro, de «me la sudáis», se queda un segundo largo midiendo la distancia entre vuestra decisión y la suya.
La noche ya se ha ido del todo. El amanecer enfermo se instala sobre Redcoast, pálido, sucio, como una sábana mal lavada. El canal golpea el casco con un sonido paciente, repetido, como un corazón que no quiere pararse. Jonah se sube a la pasarela del barco con una ligereza impropia de alguien que se queja tanto. Y al hacerlo, esa presión extraña en el aire vuelve un instante: la realidad apretándose los dientes para tolerarlo.
Brisa del Sur no quiere subirse al barco. Himitsu y Jonah tardan un buen rato en convencerla que la embarcación no es un ascensor. No se lo cree mucho, pero sabe que es la única forma de alejarse de allí, del clan que la rescató tras el ataque de las Estigmas en el Mar Báltico. De dejar atrás los Ángeles de Gaia definitivamente...
Y entonces, por fin, el muelle queda atrás. No como huida dramática, no como gran despedida. Como una decisión fea y necesaria. El sur os espera. Y más allá del sur... el agua abierta.
El trayecto desde Redcoast hasta el sur no tiene nada de épico. Es largo, incómodo y tenso, siguiendo la costa inglesa como quien bordea una herida sin atreverse a mirarla de frente. Jonah lleva el timón con una soltura seca, sin alardes, aprovechando corrientes costeras y evitando mar abierto más de lo necesario; no navega como un marinero, sino como alguien que no quiere llamar la atención ni del mar ni del cielo. ¿Por qué éste tipo sabe manejar una embarcación con tanta soltura?
El clima acompaña lo justo para no mataros: cielo bajo, gris persistente, viento irregular que obliga a corregir constantemente el rumbo. Pasáis frente a puertos medianos y pequeños, siluetas industriales, playas vacías y frías, faros que parpadean con una insistencia casi humana. De noche, el barco avanza envuelto en un silencio raro, roto solo por el motor y el agua golpeando el casco; sientes la Umbra estirarse y contraerse con cada milla, como si el país entero estuviera soltando amarras poco a poco. Cuando Portsmouth aparece al fin en el horizonte, no hay alivio. Solo la certeza de que habéis cambiado de borde... no de problema.
La entrada por mar es gris y funcional, como una boca cansada de tragar hierro. Astilleros militares, cascos alineados como animales enfermos esperando turno, grúas que no se mueven aunque deberían. El puerto no está abandonado, pero tampoco vivo: está en pausa, sosteniéndose por pura inercia. Hay actividad, sí, pero es una actividad sin fe. Gente trabajando porque aún no sabe hacer otra cosa.
El aire es distinto al de Redcoast. Más denso. Más humano. Aquí la Tejedora ha apretado los dientes y ha decidido aguantar, aunque el mundo lleve dos años viniéndose abajo a pedazos.
Lo notas nada más pisar tierra firme. Fatiga estructural. Una ciudad que ha visto demasiadas noticias malas seguidas y ha optado por no reaccionar más. Bilbao, Copenhague, el Báltico, Nevada. Nadie habla de ello en voz alta, pero todo el mundo camina como si esperase la siguiente sirena.
El trasatlántico está ahí, enorme, demasiado grande para este muelle y para esta época. La pintura reciente cubre óxido antiguo. Hay varios tipos merodeando cerca, posiblemente personal de seguridad privada con uniformes neutros, sin insignias claras. No es un barco turístico: es tránsito. Gente que se va porque quedarse ya no es una opción.
Jonah se acerca a hablar con uno de ellos, mientras Himitsu y tú os quedáis atrás.
Se te queda mirando. Jonah parece moverse muy bien en este estilo de situaciones. Está un buen rato charlando, gritando y haciendo aspavientos con el señor. Notas algo raro, como si todo lo de alrededor burbujease o se moviese como una onda.
Al rato el tipo regresa. No parece muy contento.
Encontráis una pensión cerca del puerto, en una calle estrecha donde los edificios se apoyan unos en otros como borrachos antiguos. Fachada de ladrillo ennegrecido, una placa que promete rooms available desde hace más tiempo del que nadie recuerda. La dueña no hace preguntas. Cobra en efectivo. Da llaves sin mirar a los ojos.
La habitación es pequeña. Camas separadas. Sábanas limpias, pero gastadas hasta la transparencia. Una ventana que da a un callejón donde alguien fuma de madrugada sin prisa, como si no tuviera ningún sitio mejor al que ir.
Ante ti quedan dos días de tranquilidad, contemplación y, quizás, algo de soledad. Himitsu y Jonah aguardan, sin saber muy bien a qué. ¿Quizás quieras hablar con ellos de sus motivaciones? ¿Quizás quieras explorar Portsmouth en busca de algo que no sabes muy bien qué es? ¿Quieres pedirle consejo a tu Espíritu Familiar, Ninastoko? ¿O quizás quieras aguardar hasta que llegue el momento de que el gran sarcófago de hierro te lleve hasta Estados Unidos otra vez?
Con que dos días... ¿Qué podemos hacer en dos días? En fin, llevo mucho esperando a comenzar este viaje que por dos días... Con las luces tenues dentro de la habitación me apoyo en el alfeizar de la ventana, mirando hacia el horizonte sin apartar la cortina. Esto lo veía muchas veces en las películas que Jules ponía en la tele, pero nunca he entendido muy bien por qué si con la cortina no se ve nada... Miro de reojo a mis acompañantes, que están ahí sin saber muy bien qué hacer o decir.
Silencio.
Me incorporo y apoyo la cabeza sobre la pared.
No digo nada más. La rabia y la tristeza han inundado mis ojos. Les miro esperando caras de desaprobación y rechazo. Es lógico, no les culpo.
El silencio después de tus palabras no es incómodo; dirías que es denso. Como si la habitación hubiese decidido escuchar también. Himitsu no aparta la mirada. No hay juicio en ella, solo esa forma suya de observar como si estuviera midiendo el peso real de lo que acabas de soltar.
Se inclina apenas la cabeza.
Nada más; no hay absolución ni consuelo. Solo presencia, cercana, a punto de darte un abrazo. Jonah, en cambio, se queda un momento mirando el suelo. Se pasa la mano por el pelo, resopla, y cuando levanta la vista no hay solemnidad en su cara.
Se apoya contra la pared, cruzando los brazos.
Se encoge de hombros.
Su sonrisa no es alegre. Es fina, casi triste.
Señala hacia el puerto con el pulgar. Se aparta de la pared y se acerca a la ventana, mira hacia fuera sin abrir la cortina.
Se gira una última vez.
La habitación vuelve al silencio. No hay rechazo, ni épica. Solo tres personas en una habitación pequeña, con dos días por delante y un océano esperando. Y por primera vez desde que empezaste a hablar... nadie se mueve para irse.
Cuando llega el momento, no hay ceremonia. El trasatlántico no es blanco ni elegante; es un bloque de acero con cicatrices, más carguero que promesa. Subís por una pasarela estrecha mientras el puerto bosteza detrás, sin que nadie se despida de vosotros.
Himitsu llega con una maleta que parece demasiado pesada para lo que aparenta. Ropa, sí. Pero también pequeños objetos envueltos en tela, cosas que no tintinean aunque deberían. Se mueve con naturalidad, como si cruzar océanos fuese solo otra forma de caminar.
Jonah está de peor humor que en la pensión. No dice por qué. Solo masculla cuando un marinero revisa por segunda vez unos papeles que ya estaban en regla. El sello final cae con un golpe seco: el permiso está presente, a cambio de algo que no sabéis.
El barco no vibra al zarpar; gruñe. Las amarras se sueltan con un sonido húmedo, pesado, y Portsmouth empieza a encogerse detrás de una cortina de bruma gris.
Veinte días. Veinte días sin tierra. Veinte días en los que el mundo queda reducido a acero, sal y horizonte.
El camarote es estrecho y bajo. Una litera de metal, un catre plegable que cruje al respirar, una pequeña escotilla que solo muestra cielo o negrura. El aire huele a combustible viejo y humedad constante. Los marineros apenas os miran; sois carga con piernas, nada más. Dos veces al día, alguien deja una bandeja metálica con algo que pretende ser comida. Harina recalentada, trozos sin nombre. Al menos el agua no sabe a óxido.
El océano no es amable, pero tampoco hostil. Es... indiferente. Durante el día, el barco avanza con una constancia brutal. El horizonte es una línea que no cambia, y eso empieza a pesar más que cualquier tormenta. De noche, el Atlántico respira diferente. El casco cruje. El viento canta en los cables. A veces, el agua golpea con un ritmo que parece deliberado, como si estuviera contando algo que nadie entiende.
No hay eventos. No hay ataques. No hay señales. Y eso es lo inquietante.
Brisa siente la Umbra lejana, como si el océano fuese una extensión de cristal grueso. No bloquea del todo. Pero tampoco permite tocar con claridad. El mundo espiritual aquí no es bosque ni ciudad. Jonah pasa horas en cubierta fumando, mirando al oeste como si intentara distinguir una línea que no existe todavía. A veces habla solo. A veces se ríe de algo que no comparte. Cuando baja al camarote, trae consigo olor a sal y esa energía suya que parece forzar al aire a recolocarse.
Himitsu, en cambio, observa. Escucha el barco. Se detiene ante los pequeños sonidos mecánicos como si también fuesen criaturas con intención. El tiempo no se llena, se estira. Y en ese estiramiento, el pasado tiene espacio para moverse, mientras que el Atlántico no os exige nada, pero os deja solos con todo.
— Bueno, al menos no se han ido —me digo a mi misma—.
Quería venir sola, no sé qué ocurrirá cuando me enfrente a la perdición, porque más muertes por mi culpa sería más difícil de sobrellevar. Pero durante los días en el enorme ascensor horizontal atraviesa-masas de agua, al que llaman barco, me doy cuenta de que necesito compañía. Con ellos puedo distraerme un poco, aunque no formemos una amistad y sea todo formalidad y cordialidad.
Los días los paso meditando, tratando de recordar todos los detalles de la perdición y pensando qué hacer una vez lleguemos allí... De momento no hay nada claro, soy más de ir improvisando ya que puede que lo que nos encontremos sea diferente a lo que recuerdo. Si tenemos que improvisar necesito saber cuáles son los puntos fuertes y cuáles sus puntos débiles de mis acompañantes. Sí, esto puede ayudarme a distraerme un poco.
Cita de: Denebia en 16 de Feb 2026, 11:11:08
Himitsu sonríe y se acomoda sobre una de las camas. Se coloca las manos sobre las rodillas: hoy va vestida con una falda de tela parecida a fieltro, unas medias largas y gruesas de cuadrados blancos y negros, y un jersey de cuello alto. Se retira el gorro y lo deja sobre la almohada.
Abre la maleta y cae sobre el suelo. Está vacía por completo, salvo una extraña niebla negra translúcida que sobresale de ella. Himitsu te mira a los ojos.
Jonah suspira y se pira de la habitación, posiblemente a fumarse otro piti en la cubierta, hablando en un inglés lleno de tacos con el resto de marineros.
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Me quedo un rato pensativa y frunzo el ceño. Parece que voy a decir algo pero me callo al momento. Parece que vuelvo a intentar decir algo, levantando esta vez el dedo pero me vuelvo a callar en el último momento. Suspiro, cojo aire, relajo la expresión de la cara y tuerzo la boca.
Me asalta el pensamiento que si realmente no puede pasar a la umbra va a ser lo mejor, de esta forma no correrá peligro cuando esté con esa maldita serpiente:
- Es un alivio. ¿A Jonah le pasará lo mismo? Puede que él si pueda pero que al final pase de todo este viaje y se marche, lo cual también puede ser un alivio ya que tampoco correrá peligro.
Himitsu no aparta la mirada de ti. La maleta sigue abierta en el suelo, exhalando esa neblina oscura y translúcida que no termina de comportarse como humo ni como vapor. Durante un instante, la Qualmi parece satisfecha: no porque hayas acertado del todo, sino porque has llegado cerca.
Se inclina un poco hacia la maleta abierta y pasa la mano por encima de la niebla negra, sin llegar a tocarla.
Sus dedos acarician el borde interior de la maleta.
Hace una breve pausa, respetuosa.
La niebla del interior parece agitarse apenas, como si hubiese escuchado su nombre.
Levanta los ojos hacia ti.
La frase queda suspendida entre vosotras un segundo, con ese tono suyo que nunca termina de bromear del todo. Después cierra la maleta con suavidad. El sonido del cierre parece demasiado seco para algo que hace un momento contenía profundidad.
Spoiler
Abre de nuevo el arcón, y de un salto, bastante ligero, se arroja al interior. Es absorbida por la extraña niebla que emana de la maleta. ¿Vas a ir detrás, Brisa del Sur?
Me quedo sorprendida y con más preguntas que respuestas. No sé si es seguro, pero ella sí parece segura de lo que hace y... ¿por qué no? Me gustaría saber cómo funciona esa maleta, ¿acabaremos en mitad del mar? Espero que sepa nadar aunque a mi ni me apetece mucho mojarme ahora, pero... Qué objeto tan fascinante.
Me lanzo yo también.
No encuentras suelo al otro lado. Atraviesas la niebla negra del interior del arcón esperando madera, hierro, quizá el mismo camarote deformado por la Penumbra del barco. Pero no. Lo que te recibe es una caída silenciosa, limpia, larguísima, a través de un espacio que no debería existir. El aire desaparece. El mundo de la carne se cierra sobre sí mismo como una herida cosida a toda prisa.
Debajo de ti no hay trasatlántico, ni cubierta, ni sombra de hélices. Solo un océano inmenso, oscuro y quieto, extendiéndose hasta un horizonte que no parece curvarse nunca. El agua umbral es negra, pero no ciega: refleja constelaciones que no conoces, lunas pálidas que no pertenecen del todo a Selene y una luz mortecina, fantasmal, que parece nacer de la propia profundidad. Caes hacia esa superficie como una piedra, y entonces el viento te reconoce.
Una brisa fría, leve al principio, se arremolina alrededor de tu cuerpo. No es una ráfaga violenta, ni una mano invisible que te atrape en el último instante. Es algo más antiguo. Más íntimo. El aire gira en torno a ti con una ternura áspera, como si recordara perfectamente el peso de tus huesos, el olor de tu pelaje, el latido concreto de tu miedo. La caída se frena. Tus patas —o tus pies, durante un segundo resulta difícil saber qué eres exactamente en ese lugar— rozan la superficie del océano y, en lugar de hundirte, el agua te sostiene.
A tu lado, la negrura del mar se ilumina con dos presencias. La primera adopta una forma equina alta y orgullosa, hecha de luz cenicienta y líneas de plata húmeda. No hay putrefacción en ella, ni furia ciega, ni hambre de carne. Solo una nobleza severa, recuperada demasiado tarde. El alma purificada de Pezuña Caótica te observa sin hostilidad, con la quietud de quien por fin ha sido arrancado del delirio y recuerda vagamente que una vez sirvió a algo más grande que su propia rabia. La segunda figura emerge detrás, casi superpuesta, como si ambas compartieran una misma raíz. Un anciano Uktena de facciones duras y cansadas, erguido sobre la superficie imposible del océano, con la gravedad de los árboles viejos y de las montañas que no se explican a nadie. Ninastoko no te habla. No lo necesita. Su sola presencia hace que el aire en torno a ti deje de temblar. Durante un instante absurdo, brutal, comprendes que no estás sola en la caída. Que alguien —o algo— ha venido contigo hasta aquí.
El mar se abre entonces con un sonido sordo. Como si una masa enorme hubiese decidido recordar que existía. De la superficie surge una criatura gigantesca, húmeda y antinatural: un pez colosal, de lomo oscuro y vientre pálido, con largos bigotes de gato que vibran al compás de la corriente y mechones de pelaje pegados al cuerpo como algas vivas. Sus ojos son demasiado conscientes. Demasiado serenos. Su boca se abre con lentitud y la voz que sale de ella llega envuelta en una resonancia abisal, ominosa, más sentida en el pecho que escuchada en los oídos. Pero la reconoces.
La inmensa cabeza gira apenas. El agua resbala por sus bigotes y cae de nuevo al mar como si el océano se estuviera devolviendo a sí mismo. Tú activas el Don del Espíritu del Pez. Lo sientes al instante: la piel, la respiración, la forma en que el agua deja de ser obstáculo y empieza a convertirse en camino. Algo en tu cuerpo recuerda una verdad muy vieja. Nadar y descender. Escuchar sin palabras.
Entonces comienza a nadar como quien conoce el rumbo y no necesita mirar atrás para comprobar si lo siguen. Las estrellas brillan sobre vosotras con una intensidad sobrenatural, clavadas en el firmamento como alfileres de hielo. El mar umbral refleja esa luz de una forma enferma y bella, y cuando os internáis en la superficie, la claridad no desaparece: simplemente se vuelve más azul, más tenue, más espectral. Nadáis hacia abajo. Hacia una oscuridad atravesada por reflejos lejanos, por corrientes silenciosas y por formas que parecen ruinas vistas a través de un sueño.
La presión llega pronto. Primero como una molestia sorda en el pecho. Luego como un puño inmenso cerrándose alrededor del cráneo, de las costillas, de las articulaciones. El fondo no se acerca. O sí, pero lo hace despacio, como si quisiera obligarte a merecerlo. Sin embargo, justo cuando el malestar amenaza con volverse dolor, una sensación agradable se extiende por tu cuerpo. Fresca y clara, como si una corriente espiritual te envolviera desde dentro y apartara el peso del océano con delicadeza imposible.
Sigues bajando, y comienzas a notarlo. No es Wyrm ni podredumbre. No esa tensión aceitosa, infecta, que precede a las Perdiciones y a las cosas mal hechas. Otra cosa, otra presencia. El lecho marino surge al fin bajo vosotras, vasto y silencioso, cubierto por una colonia imposible. Un millar de pequeñas formas adheridas a la roca, a los restos de estructuras hundidas, a las grietas del fondo. Parecen pecebes. O moluscos. O párpados petrificados. Todos emiten una luz tenue, azulada, casi lunar. Y todos tienen un ojo. Miles de ojos amarillentos, húmedos, abiertos, conscientes, mirando en todas direcciones y reaccionando poco a poco a vuestra llegada. No hay ataque ni hambre. Solo atención. El fondo marino entero parece despertar a cámara lenta, como si hubiese estado esperando no vuestra presencia, sino vuestra mirada. Himitsu reduce la velocidad y gira a tu alrededor con la pesadez majestuosa de su forma monstruosa.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Fondo_Marino_Atlantico.jpg)
Las luces de aquella colonia palpitan una vez. Después otra. Como un órgano enorme aprendiendo a latir.
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31A tu lado, la negrura del mar se ilumina con dos presencias. La primera adopta una forma equina alta y orgullosa, hecha de luz cenicienta y líneas de plata húmeda. No hay putrefacción en ella, ni furia ciega, ni hambre de carne. Solo una nobleza severa, recuperada demasiado tarde. El alma purificada de Pezuña Caótica te observa sin hostilidad, con la quietud de quien por fin ha sido arrancado del delirio y recuerda vagamente que una vez sirvió a algo más grande que su propia rabia. La segunda figura emerge detrás, casi superpuesta, como si ambas compartieran una misma raíz. Un anciano Uktena de facciones duras y cansadas, erguido sobre la superficie imposible del océano, con la gravedad de los árboles viejos y de las montañas que no se explican a nadie. Ninastoko no te habla. No lo necesita. Su sola presencia hace que el aire en torno a ti deje de temblar. Durante un instante absurdo, brutal, comprendes que no estás sola en la caída. Que alguien —o algo— ha venido contigo hasta aquí.
No quería encontrármelos. Siempre están atentos de lo que hago y no creo que les haya gustado nada que haya abandonado mi clan, mi manada... y todo por un impulso egoísta. No me apetecía nada su discurso paternalista y moralista de lo que se espera de mi y de que mis decisiones pueden afectar a muchos... Pero no me dicen nada, solo observan. No parecen enfadados ni molestos, por lo que puede que se reserven para otro momento en el que no haya espectadores. Bueno, dejaremos a la Brisa del futuro que se enfrente a esa conversación. Ahora no quiero discutir.
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31El mar se abre entonces con un sonido sordo. Como si una masa enorme hubiese decidido recordar que existía. De la superficie surge una criatura gigantesca, húmeda y antinatural: un pez colosal, de lomo oscuro y vientre pálido, con largos bigotes de gato que vibran al compás de la corriente y mechones de pelaje pegados al cuerpo como algas vivas. Sus ojos son demasiado conscientes. Demasiado serenos. Su boca se abre con lentitud y la voz que sale de ella llega envuelta en una resonancia abisal, ominosa, más sentida en el pecho que escuchada en los oídos. Pero la reconoces.
Puede que el cansancio o el viaje afecte a mi memoria, pero no recordaba que fuese tan grande. No importa, no me voy a echar para atrás.
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La presión llega pronto. Primero como una molestia sorda en el pecho. Luego como un puño inmenso cerrándose alrededor del cráneo, de las costillas, de las articulaciones. El fondo no se acerca. O sí, pero lo hace despacio, como si quisiera obligarte a merecerlo. Sin embargo, justo cuando el malestar amenaza con volverse dolor, una sensación agradable se extiende por tu cuerpo. Fresca y clara, como si una corriente espiritual te envolviera desde dentro y apartara el peso del océano con delicadeza imposible.
Lo hago. La verdad es que la sensación al principio es de agobio, pero acabo acostumbrándome. Nunca había nadado tanto ni tan profundo. La verdad es que es una sensación agradable una vez te acostumbras a ella, pero no se puede comparar a correr junto a tu manada, libre y sin preocupaciones, sintiendo la tierra bajo tus patas y el viento ululando en los oídos.
CitarLas luces de aquella colonia palpitan una vez. Después otra. Como un órgano enorme aprendiendo a latir.
Me mantengo alerta por si acaso, de momento no parecen hostiles, hasta que algo les molesta y lo son. Quiero saber si su colocación sigue algún patrón, si se ve alguna más grande que otra o si se ven si están unidas entre sí.
Himitsu, en su forma de pez gato, inmensa y antinatural, se limita a nadar un poco más cerca de ti, describiendo un arco lento sobre el lecho marino. Sus bigotes vibran con suavidad, como si tastasen la corriente, y durante un instante parece más sacerdotisa que depredadora. A tu espalda, las dos presencias que te habían acompañado en la caída dejan de observar. El alma purificada de Pezuña Caótica avanza primero, majestuosa y silenciosa, con esa nobleza severa que sólo poseen las almas que han sufrido demasiado y, aun así, han encontrado descanso. Ninastoko va con él, no como escolta ni como sombra, sino como si ambos compartieran una misma verdad que tú todavía no alcanzas a nombrar. No pronuncian una sola palabra, no te juzgan, simplemente se acercan. Y entonces se disipan en tu interior.
Lo que recibes es calma. Una calma tan profunda que al principio casi asusta. Comprensión, quietud, la sensación nítida y brutal de que, aunque hayas querido marcharte sola, aunque hayas intentado convertir este viaje en una deuda privada, no vas a estar sola nunca del todo. Ellos seguirán contigo. En el orgullo, en el error, en la rabia. Incluso en la huida; especialmente en la huida. El océano umbral parece contener el aliento.
Himitsu se detiene y gira un poco la enorme cabeza hacia el lecho, alerta. Bajo los millares de percebes luminosos, algo se mueve. Primero, apenas un temblor. Luego un destello bioluminiscente recorre las colonias adheridas a la roca, como si una corriente hubiese despertado una red nerviosa enterrada bajo siglos de silencio. Tú misma alcanzas a ver entonces que no están dispersos al azar: se agrupan siguiendo curvas amplias, casi espirales, un patrón orgánico y deliberado. Algunos son mayores que otros, sí, y entre ellos parecen tenderse filamentos de luz azulada, pulsos diminutos que corren de uno a otro como pensamientos intercambiados en la oscuridad. No eran una colonia junto a algo, eran parte de ello. Y entonces la voz os alcanza. Resuena directamente dentro del espíritu, ronca y antigua, como si hubiese tenido siglos para aprender a despreciar el lenguaje sin dejar de usarlo.
La presión del fondo cambia. No se vuelve hostil... pero sí consciente. Los percebes palpitan una vez más, y en ese latido conjunto sientes que algo inmenso está terminando de despertar debajo de vosotras. No distingues aún su forma completa. Sólo fragmentos: una curvatura descomunal bajo la roca, un pliegue mineral que no parece piedra, una hondura parecida a un párpado o a una concha viva. La voz vuelve, esta vez más cerca. Más personal.
No hay burla en la pregunta. Y eso la vuelve mucho peor: porque no pretende humillarte. Pretende pesarte. A tu lado, Himitsu no se mueve. Incluso en esa forma monstruosa percibes algo parecido a la emoción atravesándola. Sus ojos, demasiado serenos, están clavados en ti. No en la criatura, en ti. Te está mirando como si supiera que ésta no es una pregunta cualquiera. Como si la respuesta importase más que cualquier colmillo, más que cualquier combate, más que la propia sierpe que os ha traído hasta el mar. Y en torno a vosotras, el lecho entero sigue observando con millares de ojos húmedos, luminosos y pacientes.
Cuando la calma me invade es cuando me doy cuenta de que soy más liviana de lo normal y que me mezo con la corriente. Trato de mirar mi cuerpo y no veo mis extremidades, en su lugar veo una gran aleta. Doy varias vueltas sobre mi misma y caigo en la cuenta de que es la primera vez que uso mi
don Espíritu del Pez. Ahora soy un bonito pez betta -más grande de lo normal- de cuerpo púrpura con reflejos azules.
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Hago una leve pausa acercándome un poco más hacia el foco de la voz.
El lecho marino vuelve a palpitar. No como un corazón. Como algo más antiguo, más lento, más ajeno a la carne. Los percebes luminosos se encienden por franjas, y la luz azulada corre de uno a otro en curvas inmensas, como si una idea estuviera viajando bajo la roca. Himitsu no se mueve. A tu alrededor, el agua parece haberse vuelto más densa, más atenta. La voz regresa.
Un temblor más profundo atraviesa el fondo. Bajo los millares de ojos húmedos, algo inmenso reajusta su peso con una parsimonia tectónica. Ahora sí alcanzas a distinguir una forma más clara bajo la costra del lecho: una curva descomunal, un pliegue mineral que no debería respirar... y, aun así, respira.
La presión alrededor de tu cuerpo no se vuelve hostil, pero sí insoportablemente precisa. Como si una conciencia inmensa estuviese repasando cada hebra de tu espíritu, una por una. Entonces comprendes que no está mirando a tus ojos de pez ni a tu postura en el agua. Está mirando la mancha, la huella que llevas dentro.
Himitsu gira apenas la cabeza hacia ti. Incluso en esa forma monstruosa percibes el estremecimiento que la atraviesa.
Durante un instante, el océano entero parece guardar silencio para que esas palabras terminen de hundirse.
Un destello más intenso recorre el lecho. Esta vez no solo ilumina los percebes: ilumina lo que hay entre ellos. Vetas blanquecinas. Costras minerales. Restos de sal adheridos a roca y carne antigua como si ambas llevaran siglos intentando distinguirse sin conseguirlo. Entonces algo se abre: una grieta viva entre placas y quitinas, lo suficiente para que desde su interior brote una claridad turbia, lechosa. Y con ella llega una visión. No la observas con los ojos, la sufres.
Agua inmensa. Oscura. Primordial. Corrientes enteras deteniéndose como venas coaguladas. Regiones del mar donde el azul desaparece y sólo queda un blanco sucio, insoportable, como si el océano hubiera empezado a secarse desde dentro. Algo larguísimo se retuerce en la distancia: segmentos interminables, espinas, bocas menores abriéndose a lo largo de un vientre imposible. No nada. Devora. Y allí por donde pasa, el mar pierde memoria. Movimiento. Fertilidad. La visión se rompe de golpe. El fondo vuelve a estar quieto, pero ya no igual.
La luz de los percebes disminuye lo justo para dejaros en una penumbra reverencial.
Por primera vez, la inmensa presencia parece reparar en Himitsu de manera más explícita.
Himitsu inclina apenas la cabeza. No responde: no quiere romper este momento. La voz vuelve a ti.
La presión aumenta un poco, no como amenaza, sino como una mano enorme apoyándose sobre la verdad.
El lecho entero os observa.
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Escucho atenta. Me viene a la memoria cuando mi manada... mi antigua manada y yo nos enfrentamos a una garra del Wyrm. Me pregunto a mi misma si esta situación será lo mismo. No fue nada fácil, pero esta idea no hace que desista de mi empeño.
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El lecho entero os observa.
No me precipito a contestar. Sé que la respuesta es tan importante como su pregunta. Soy firme en mi declaración, como si llevase días macerando la respuesta en mi interior -
sin ni siquiera saber que me la preguntarían- pero nunca me hubiese atrevido a decir en voz alta.
Hago una pequeña pausa.
Miro al ser que se ha materializado ante mi y, aunque tuviera párpados, sin parpadear y firme. Espero su siguiente respuesta.
El océano permanece inmóvil durante unos segundos que se te meten en el cuerpo como una fiebre lenta. Ni siquiera el temblor de los percebes parece ya un movimiento natural, notas que todo ahí abajo escucha y sigue tus torpes movimientos submarinos. Tú sigues flotando frente a aquella inmensidad enterrada, aguardando una respuesta. Te paras a pensar si lo que has respondido lo has hecho con tu boca o con tu mente. ¿Quizás este inmenso ser también se sabe la del «Chat mental»? Los millares de ojos húmedos que cubren el lecho marino parpadean al unísono, y la luz azulada que los une se vuelve más densa, más profunda, como si hubiese bajado un pensamiento entero por las grietas del fondo. Himitsu no se acerca más, se queda quieta, suspendida en esa forma monstruosa, con los bigotes inmensos oscilando por el vaivén del agua. Te mira a ti otra vez, no a la presencia que tenéis delante.
Y entonces la voz vuelve.
El fondo cruje bajo las colonias de percebes, y un movimiento que levanta un montón de arena te permite entender la forma de Xolomotl un poco mejor: una curva inmensa, placas calcáreas, pliegues que parecen lecho y carne a la vez.
Cita de: Denebia en 21 de Abr 2026, 01:26:44
La frase se te queda dentro del corazón, pesada y molesta, como una verdad que no te apetecía recibir y, aun así, encaja. A tu lado, Himitsu se mueve al fin. No demasiado, con el gesto prudente de quien sabe que está al borde de preguntar algo que no debería.
Las luces del lecho marino se apagan durante un momento, lo justo para que el frío empiece a notarse a través de tus escamas. La respuesta de Xolomotl llega sin prisa, y sin embargo te da la impresión de que ha decidido algo.
El nombre no viaja como una presentación. Cae sobre vosotras como una piedra ritual, antigua, pulida por siglos de silencio.
Una corriente helada te recorre el espinazo. No por el agua. Por el peso de lo que está diciendo.
Los percebes luminosos palpitan otra vez. La visión te roza sin llegar a cuajar del todo: mares blancos de sal, corrientes detenidas, un fondo oceánico abierto como una herida inmensa. Nada más que un destello, un flash. Como cuando alguien sacaba el móvil para sacar una foto. Un instante de luz, pero suficiente.
Himitsu aguanta en silencio. Tú alcanzas a notar que algo en su postura se ha tensado. Muy poco. Lo suficiente.
Esta vez la reacción de Xolomotl no tarda. El lecho marino entero parece cerrarse un poco sobre sí mismo, como un animal inmenso recogiendo las tripas. Como una estrella de mar replegándose sobre sí misma.
No hay rabia en esas palabras, precisamente por eso duelen más. Himitsu no replica. Durante un instante, incluso en esa forma extraña, parece más pequeña. Aprieta el cuerpo, recoge un poco la cabeza, y cuando vuelve a mirarte a ti ya no hay curiosidad en sus ojos, sino algo que podrías decir que es pavor. Entonces empiezan a surgir burbujas. Primero unas pocas, escapándose del lecho marino entre las colonias de ojos. Luego muchas, demasiadas. Columnas enteras de aire o de algo parecido al aire ascienden desde las grietas del fondo, enturbiando el agua, rompiendo la quietud reverencial del lugar y llenándolo todo de una agitación súbita y ciega. Himitsu gira de golpe.
La ves moverse por fin con una urgencia nada teatral ni elegante. Se acabó el diálogo, sin duda. Su cuerpo enorme traza un giro brusco y empieza a ascender, esperándote un instante antes de asumir que la sigues. Tú impulsas la aleta y el fondo comienza a quedar atrás. Las burbujas os envuelven al mismo tiempo que la luz de los percebes se vuelve confusa, rota en fragmentos, como si el propio dominio de Xolomotl se estuviera cerrando sobre sí mismo o, peor aún, despertando más de la cuenta por haberos tolerado demasiado tiempo. Nadas tras Himitsu con las articulaciones tensas, agitándolas todo lo rápido que puedes antes de que lo que sea que surge del fondo te alcance; y entonces lo ves, durante un instante.
Una silueta humana entre las burbujas, más arriba y a tu derecha, suspendida en el agua como si no perteneciera a ese lugar ni a esa escena. Un chaval, joven, con el pelo flotando un poco alrededor de la cabeza. No debería estar ahí, no puede estar ahí. Y sin embargo, durante ese segundo brutal, dirías que es Jonah. Luego una corriente de espuma umbral te cruza por delante y ya no hay nadie. El ascenso se vuelve un borrón de presión y negrura, y lo siguiente que sientes es el tirón seco del regreso.
Sales del arcón con una bocanada que no necesitabas dar. La habitación del camarote vuelve de golpe: hierro, madera, aire inmóvil, el crujido sordo del barco bajo los pies. Himitsu aparece contigo, trastabillando apenas al apoyar una mano en el borde del arcón. Durante un momento las dos os quedáis quietas, reubicando el peso del cuerpo y la respiración. No estáis mojadas, ni una gota. Eso resulta más inquietante que cualquier otra cosa. Jonah no está en el camarote. Tampoco en el pasillo, al menos no por lo que alcanzas a oír. Solo el rumor lejano de la maquinaria y el mar golpeando fuera, ajeno a lo que acaba de pasaros. Himitsu cierra el arcón de golpe. Esta vez el chasquido suena menos ceremonial y más cansado. Se queda de espaldas unos segundos, con los hombros un poco altos, conteniendo algo que no termina de decir. Tú notas entonces una molestia leve en uno de los bolsillos: metees la mano.
Lo que sacas es un percebe seco, pequeño, grisáceo, adherido a un trozo mínimo de costra salina. No tiene brillo. No se mueve. Parece una porquería marina sin importancia. Pero en cuanto lo rozas con la yema de los dedos, algo frío y vasto te atraviesa por dentro. No es una voz ni una visión. Es una presencia, lejanísima y paciente. Como una marea retenida al fondo del alma: lo sabes sin necesidad de pensar demasiado. Xolomotl.
Himitsu se gira al notar el cambio en tu cara. Mira el objeto en tu mano y frunce apenas el ceño. No parece gustarle, no porque le tenga miedo exactamente... sino porque no le pidió permiso para dejarte algo. Da un paso hacia ti, aún con el cuerpo algo rígido. Cuando habla, la molestia ya se le ha metido en la mandíbula, en la forma precisa en que mide cada palabra.
La pregunta queda suspendida entre el arcón cerrado, el percebe seco en tu mano y lo que acabáis de vivir.
Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22
Los percebes luminosos palpitan otra vez. La visión te roza sin llegar a cuajar del todo: mares blancos de sal, corrientes detenidas, un fondo oceánico abierto como una herida inmensa. Nada más que un destello, un flash. Como cuando alguien sacaba el móvil para sacar una foto. Un instante de luz, pero suficiente.
Agradezco la sinceridad de Xolomotl y que me haya revelado su nombre, significa mucho para mi.
Según me habla algo parece despertar en mi interior, algo que llevaba tiempo dormido y que ya había olvidado. Es como ir despertando de una anestesia. Flashes de recuerdos de cómo ayudé a Pezuña Caótica se agolpan en mi mente y la ilusión por algo empieza a florecer. Las ideas o formas de cómo ayudar Xolomotl comienzan a agolparse.
Pero, de repente, todo se rompe.
Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22
No hay rabia en esas palabras, precisamente por eso duelen más. Himitsu no replica. Durante un instante, incluso en esa forma extraña, parece más pequeña. Aprieta el cuerpo, recoge un poco la cabeza, y cuando vuelve a mirarte a ti ya no hay curiosidad en sus ojos, sino algo que podrías decir que es pavor. Entonces empiezan a surgir burbujas. Primero unas pocas, escapándose del lecho marino entre las colonias de ojos. Luego muchas, demasiadas. Columnas enteras de aire o de algo parecido al aire ascienden desde las grietas del fondo, enturbiando el agua, rompiendo la quietud reverencial del lugar y llenándolo todo de una agitación súbita y ciega. Himitsu gira de golpe.
Cuando Himitsu me mira con pavor le devuelvo la mirada enfadada. Llena de rabia. Enojada con lo que acaba de hacer y, antes de ascender, miro a Xolomotl unos segundos manteniendo la mirada. Tras ello asciendo todo lo rápido que puedo, huyendo de la cólera adormilada durante siglos.
Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22Sales del arcón con una bocanada que no necesitabas dar. La habitación del camarote vuelve de golpe: hierro, madera, aire inmóvil, el crujido sordo del barco bajo los pies. Himitsu aparece contigo, trastabillando apenas al apoyar una mano en el borde del arcón. Durante un momento las dos os quedáis quietas, reubicando el peso del cuerpo y la respiración. No estáis mojadas, ni una gota. Eso resulta más inquietante que cualquier otra cosa. Jonah no está en el camarote. Tampoco en el pasillo, al menos no por lo que alcanzas a oír. Solo el rumor lejano de la maquinaria y el mar golpeando fuera, ajeno a lo que acaba de pasaros. Himitsu cierra el arcón de golpe. Esta vez el chasquido suena menos ceremonial y más cansado. Se queda de espaldas unos segundos, con los hombros un poco altos, conteniendo algo que no termina de decir. Tú notas entonces una molestia leve en uno de los bolsillos: metes la mano.
Hay algo pesado en mi bolsillo, algo que antes no estaba. Al meter la mano noto que es algo seco, pequeño. Sin sacar la mano miro de soslayo, disimuladamente, sin levantar sospechas a Himitsu. No quiero que se entere.
Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22No tiene brillo. No se mueve. Parece una porquería marina sin importancia. Pero en cuanto lo rozas con la yema de los dedos, algo frío y vasto te atraviesa por dentro. No es una voz ni una visión. Es una presencia, lejanísima y paciente. Como una marea retenida al fondo del alma: lo sabes sin necesidad de pensar demasiado. Xolomotl.
Respiro profundamente y contengo la respiración durante unos segundos. La paz que me transmite el portazgo de Xolomotl se desvanece al ver de nuevo a Himitsu y la rabia se vuelve a apoderar de mi.
Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:44:22
Hablo casi entre dientes. Trato de mantener mi tono de voz calmado pero poco a poco el enfado comienza a emponzoñar de mis palabras.
De repente me vuelvo a ver reprendiendo a Himitsu como me tocaba hacer con Los Ángeles de Gaia. Malditos cachorros que no comprenden la importancia y necesidad de tratar con espíritus.
Doy unos pasos hacia la pueta, mi tono vuelve a arrastrar pesadumbre y cansancio. Mantengo el pomo de la puerta en mi mano y antes de abrirla, con el torso algo ladeado hacia ella, continúo:
Abro la puerta y antes de salir sentencio:
Salgo de la habitación sin dar portazo, solo cierro la puerta de forma calmada. Todos los malos sentimientos vuelven a agolparse en mi mente y freno las amargas lágrimas que tratan de salir al exterior. Me aferro al regalo de Xolomotl y voy a la cubierta para tomar el aire fresco.
Durante un instante se queda de pie junto al arcón cerrado, con una mano todavía apoyada sobre el cierre y la otra suspendida en el aire, como si hubiese olvidado qué iba a hacer con ella. La dureza de tus palabras no parece herirla al principio. Lo que la atraviesa es otra cosa: una fisura seca en algo que ella creía perfectamente medido.
Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37
Lo dice entre dientes, como si pronunciar las palabras le doliese. Himitsu mira el arcón, el suelo del camarote, la puerta por la que estás a punto de marcharte. Sus dedos se tensan sobre el cuero oscuro de la maleta.
La litera cruje con el vaivén del barco. En algún punto detrás de la pared, una tubería hace ruido tres veces. Himitsu no te mira con culpa todavía, pero notas que sigue atrapada en su propio error, en la humillación silenciosa de haber entrado en una casa antigua creyendo conocer las bisagras.
Entonces te ve de verdad. Ve tu mano en el pomo. Tu cuerpo ladeado hacia la puerta. La rabia contenida en los hombros, en la forma de respirar, en el modo en que has decidido no quedarte a escuchar una explicación que ahora mismo sólo sonaría como una defensa. Está a punto de contestarte, pero te marchas antes de que pueda formar algo. Cuando sales, no te sigue. Y tú ya estás en la cubierta.
El pasillo metálico huele a una mezcla entre aceite, acero y humedad. Los pasos resuenan demasiado en aquella garganta estrecha de hierro, y cada tramo de escalera parece alejarte un poco más de la habitación. Cuando abres la puerta exterior, el viento te golpea en la cara. No una simple brisa, una ráfaga de viento poderosa. Y entonces ahí está, para ti. Para todos los tripulantes del barco: el mar.
Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37Salgo de la habitación sin dar portazo, solo cierro la puerta de forma calmada. Todos los malos sentimientos vuelven a agolparse en mi mente y freno las amargas lágrimas que tratan de salir al exterior. Me aferro al regalo de Xolomotl y voy a la cubierta para tomar el aire fresco.
El Atlántico está por todas partes, negro y enorme bajo un cielo abierto, respirando contra los costados del barco. La cubierta se extiende bajo tus pies con una amplitud brutal. Luces tenues, barandillas húmedas, contenedores asegurados con cadenas, metal frío, charcos pequeños que tiemblan con cada vibración del motor. El barco es gigantesco, mucho más grande de lo que parecía desde el puerto. Una ciudad de hierro cruzando una oscuridad sin caminos. Y durante un segundo, tu mente te juega una mala pasada y se dobla.
El olor a salitre varía lo mínimo. El viento ya no es el del Atlántico. La cubierta del USS Iron Providence vuelve a formarse en algún rincón de tu memoria con una nitidez cruel. Luces blancas, uniformes, movimientos perfectos exigidos por Sophie Kult. El suelo vibrando bajo las botas de los marineros. Y la imagen de aquellas tres mujeres apareciendo de repente, como si hubiesen llegado volando. Recuerdas como aterrizaron en la cubierta, como cundió el pánico y como los cuerpos musculosos de aquellos militares se deshacían como si no fuesen más que polvo. El horror de no poder hacer suficiente. De estar allí, otra vez, en mitad de una cubierta inmensa, con el mar alrededor y el mundo partiéndose bajo los pies.
La barandilla está fría bajo tu mano, y vuelves en ti. El Atlántico sigue ahí, pero ya no es el Báltico. No hay mujeres en cubierta, y no hay marineros desintegrándose. Sólo viento, motor y una noche oscura, humeante. El olor te llega antes de girarte: es el tabaco. Apestoso, seco, humano. Te molesta en seguida. También te molesta descubrir que Jonah está ahí, a pocos pasos, apoyado contra una estructura metálica, con un cigarro entre los dedos y con una expresión de condescendencia enorme. No sabes cuánto lleva observándote. Tiene peor aspecto que en Redcoast: allí era una nube de nervios con piernas, todo palabras, gestos rápidos y ganas de hacerse notar. Ahora parece más bajo de hombros, más gastado. Las ojeras se le han hundido en la cara y la mano con la que sostiene el cigarro tiembla apenas, aunque puede que sea por el viento. Suspira.
Da otra calada, larga, sin placer visible. El humo se le escapa por la nariz y desaparece enseguida, despedazado por el aire marino. Jonah no sonríe. No hace una broma inmediata para salvarse de la incomodidad. Eso, en él, resulta casi más extraño que cualquier cosa que pudieras haber visto bajo el agua.
Te mira de soslayo. Te mira como alguien que sabe que algo ha salido mal, que ha tenido que meter las manos en una herida que no entiende, y que ahora espera comprobar si al menos el desastre ha servido para algo; el cigarro arde entre sus dedos, con su pestilente humo que no te gusta nada. Al otro lado de la barandilla, el mar golpea el casco. Jonah aguarda tu respuesta.
Cita de: Maurick en 16 de May 2026, 23:11:17El olor te llega antes de girarte: es el tabaco. Apestoso, seco, humano. Te molesta en seguida. También te molesta descubrir que Jonah está ahí, a pocos pasos, apoyado contra una estructura metálica, con un cigarro entre los dedos y con una expresión de condescendencia enorme. No sabes cuánto lleva observándote. Tiene peor aspecto que en Redcoast: allí era una nube de nervios con piernas, todo palabras, gestos rápidos y ganas de hacerse notar. Ahora parece más bajo de hombros, más gastado. Las ojeras se le han hundido en la cara y la mano con la que sostiene el cigarro tiembla apenas, aunque puede que sea por el viento. Suspira.
El olor me hace estornudar un par de veces, carraspeo y me hace toser un poco pero trato de contener la tos al percatarme de que ese apestoso olor proviene de Jonah. Su presencia no me molesta, pero sí me sorprende. De repente me viene a la memoria la imagen de él al otro lado de la superficie. Muchas preguntas se agolpan en mi mente.
Cita de: Maurick en 16 de May 2026, 23:11:17
Da otra calada, larga, sin placer visible. El humo se le escapa por la nariz y desaparece enseguida, despedazado por el aire marino. Jonah no sonríe. No hace una broma inmediata para salvarse de la incomodidad. Eso, en él, resulta casi más extraño que cualquier cosa que pudieras haber visto bajo el agua.
Te mira de soslayo. Te mira como alguien que sabe que algo ha salido mal, que ha tenido que meter las manos en una herida que no entiende, y que ahora espera comprobar si al menos el desastre ha servido para algo; el cigarro arde entre sus dedos, con su pestilente humo que no te gusta nada. Al otro lado de la barandilla, el mar golpea el casco. Jonah aguarda tu respuesta.
Le digo mientras me acerco y me apoyo junto a él. No quiero estar hablando a gritos o en voz demasiado alta como para que alguien se entere. Aunque el olor a tabaco me hace toser un par de veces más, hago de tripas corazón.
Tus preguntas caen sobre el británico con el peso de un plumaje rebosante de responsabilidad. Sonríe, pero no es un gesto alegre, si no algo más burlón. Tiene algo cansado, como si le hiciera gracia que hayas llegado a la conclusión correcta demasiado pronto y demasiado tarde a la vez.
Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34
El cigarro se consume entre sus dedos. La brasa tiembla con el viento, diminuta, casi ridícula frente a la negrura del Atlántico.
Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34
El humo le sale por la boca y se pierde hacia el mar.
Te mira entonces con esos ojos demasiado hundidos, agotados.
La frase queda ahí, pequeña, sin adornos. Antes de que puedas responder, una voz llega desde más lejos, arrastrada por el viento de cubierta.
El sonido viene desde el otro lado de la cubierta, cerca de unas cajas aseguradas con cadenas. Jonah está allí, con un vaso metálico en la mano, hablando con uno de los marineros. Con hombros inquietos, verborrea rauda y la cara de no haber entendido jamás la palabra prudencia. Te giras hacia él, casi de forma natural. Sólo un instante. Cuando vuelves la mirada hacia la barandilla, eres consciente de que estás sola. El hedor a humo aún se aguanta en el ambiente. Sólo el Atlántico golpeando el casco y el percebe seco en tu bolsillo, frío como una pregunta que nadie ha formulado todavía.
Desde el otro lado de la cubierta, Jonah vuelve a llamarte, ahora con un punto de impaciencia.
El marinero a su lado se ríe sin entender nada. Y Jonah tampoco.
¿Qué es lo que vas a hacer, Brisa? Aún notas la presencia de Xolomotl.
Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 02:50:44
El sonido viene desde el otro lado de la cubierta, cerca de unas cajas aseguradas con cadenas. Jonah está allí, con un vaso metálico en la mano, hablando con uno de los marineros. Con hombros inquietos, verborrea rauda y la cara de no haber entendido jamás la palabra prudencia. Te giras hacia él, casi de forma natural. Sólo un instante. Cuando vuelves la mirada hacia la barandilla, eres consciente de que estás sola. El hedor a humo aún se aguanta en el ambiente. Sólo el Atlántico golpeando el casco y el percebe seco en tu bolsillo, frío como una pregunta que nadie ha formulado todavía.
Desde el otro lado de la cubierta, Jonah vuelve a llamarte, ahora con un punto de impaciencia.
El marinero a su lado se ríe sin entender nada. Y Jonah tampoco.
¿Qué es lo que vas a hacer, Brisa? Aún notas la presencia de Xolomotl.
Parpadeo un par de veces al ver al Jonah que me llama. Frunzo el ceño al volver la mirada hacia la barandilla. Vuelvo a mirar hacia el Jonah, que me llamaba, con una mirada enfadada. Levanto el brazo, le señalo y digo de forma acusatoria y lo suficientemente alto como para que me oiga.
Le mantengo la mirada durante unos segundos, dando a entender que no voy a repetir la pregunta y yo que él debería venir.
Venga o no me doy la vuelta y sigo el rastro a olor al repugnante tabaco a ver hasta dónde me lleva.
Activo mi don "Sentidos Agudizados" gastando 1 de gnosis para rastrear a quien se parece a Jonah.
Jonah alza las cejas cuando le señalas desde la otra punta de la cubierta. El marinero que está con él se queda mirando entre los dos, sin entender nada, con el vaso medio levantado y la expresión de quien acaba de decidir que quizá ya ha bebido suficiente.
El marinero suelta una carcajada breve. Jonah aprovecha para dar un trago, hace una mueca horrible y mira el contenido del vaso como si acabase de dar un buche a un meado.
Pero tú ya no le estás mirando, ¿por qué ibas a hacer caso a un idiota británico? El humo sigue ahí, y debería llevarte ante ése intruso. O debería. Activas tus sentidos y el mundo se vuelve más afilado. La sal del Atlántico se abre en varias capas, que son para ti como manchas de pintura amarilla: el metal húmedo del barco, el óxido de las cadenas, el sudor de los marineros, la peste a alcohol del aliento de Jonah. No buscas eso, buscas el tabaco. Reciente y antiguo al mismo tiempo. Das un paso hacia la barandilla. El rastro del otro Jonah es evidente durante unos segundos: humo seco, piel cansada, electricidad quemada, ozono y ceniza fría. No es un olor normal, pero se desvanece de repente. Simplemente, ya no está ahí, como si alguien hubiese cortado el hilo que estabas siguiendo con unas tijeras. Te quedas frente a la barandilla, con el Atlántico negro golpeando muy abajo y el frío metiéndose por la ropa. Allí donde debería continuar el rastro, sólo queda mar. Mar, sal, hierro... y algo más. Es muy poco, sutil, escaso. Demasiado poco, pero imposible. Un matiz casi imposible entre el tabaco y la suciedad. Es Pluma.
No es su presencia, ni un rastro que puedas seguir. Es apenas una sensación adormecida, hundida en el borde de la memoria: cuero viejo, hierbas secas, piel humana, su cabello junto al fuego. Algo tan familiar que durante un instante el pecho se te cierra antes de que puedas decidir qué hacer con ello. El percebe de Xolomotl se enfría en tu bolsillo. Detrás de ti, Jonah se acerca unos pasos, todavía con el vaso en la mano.
Entonces se detiene: mira el punto exacto donde estaba el otro Jonah.
Durante un segundo parece a punto de preguntar algo. Luego parpadea, mira el mar, mira su vaso, vuelve a mirar el mar y aprieta la mandíbula con una incomodidad casi física. El viento se levanta de pronto: una ráfaga repentina, llena de frío y olor a salitre. Las superficie vibra. Una luz de la cubierta parpadea tres veces. Jonah se lleva el vaso a los labios, pero no bebe.
El marinero, más lejos, se gira hacia proa. Notas una sensación absurda, imposible de explicar con palabras, pero, durante un instante, el horizonte parece alejarse y acercarse al mismo tiempo. El mar deja de golpear el casco con ritmo natural y empieza a hacerlo como una aguja saltando sobre un disco rayado. Una ola impacta contra la proa, y luego otra, y otra más. Jonah se te queda mirando, algo condescendiente.
El aire se pliega a tu alrededor. Sin luces, ni explosiones, pero notas una presión seca en los oídos, como al bajar demasiado deprisa por una montaña, y el sabor súbito de metal en la lengua. El mundo vuelve a pestañear, pero cuando vuelves, ya no huele igual. El Atlántico sigue ahí, pero el aire trae otra cosa: humo, combustible, basura, café, humanidad comprimida. A lo lejos, entre bruma y amanecer gris, se alza una línea de edificios imposibles. Torres, grúas, luces, puentes.
Una ciudad gigantesca, que te recuerda a cuando vivías en Los Ángeles. El barco avanza hacia la entrada del puerto como si siempre hubiese estado a unas horas de llegar. Jonah se queda mirando la ciudad con el vaso aún en la mano.
Hace una pausa.
El percebe sigue frío en tu bolsillo. ¿Cómo no iba a estarlo, con el viento tan terrible que se ha levantado? El rastro del otro Jonah ya no está. Pero ese matiz imposible de Pluma del Viento se te ha quedado pegado en algún lugar entre la nariz y el alma, tan breve que casi podrías convencerte de haberlo imaginado. Casi.