- 📅 Fecha in-game: 16 de junio de 2007, 00:34
- 📍 Localización: Gracemire, Túmulo del Viento de Acero (https://sokolov.ddns.net/index.php/topic,40.msg363.html)
El túmulo se ha convertido en un refugio improbable. Rodeado por colinas húmedas y bosques susurrantes, bajo cielos encapotados y persistente neblina, se extiende como una cicatriz luminosa en el norte del Reino Unido. Entre las raíces de robles antiguos y senderos de piedra cubierta de musgo, han brotado cabañas, estructuras rituales y hogueras con acentos de todos los rincones del mundo. Lobos del este y del oeste, parientes de sangre lejana, tribus que jamás compartieron un mismo territorio, ahora caminan hombro a hombro. No por afinidad, sino por necesidad.
El corazón del túmulo no late con fervor... late con resistencia. En este enclave de unión forzada, donde las palabras fluyen en múltiples lenguas y los juramentos son pronunciados en decenas de lenguas y cicatrices compartidas, una loba presencia en silencio la armonía.
No hay manada. No hay canción.
Julia no está presente, está enterrando a dos miembros de su manada.
Jack la sigue, confundido, pero es rechazado. Un Garou más veterano echa un vistazo a la loba, y decide llevarse al metis.
Los
Ángeles de Gaia son ya ceniza en su memoria. Una sucesión de nombres que martillean el pecho con la constancia de la marea. La sangre de sus compañeros se ha secado, pero la ausencia sigue fresca. En este nuevo hogar de clanes errantes y planes desesperados, nadie la señala. Nadie exige nada. La observan, simplemente, como se observa a quien ha cargado el peso de una historia demasiado densa para contarse con palabras.
El túmulo está vivo, pero ella aún no sabe si lo está.
Las ceremonias siguen su curso, los consejos se convocan, las defensas se refuerzan. Los pactos logrados por el
Viento de Acero, por el
Peñasco Blanco —de Cantabria—, por la
Corona Congelada —de un renqueante Copenhague—, por el
Arce Verde —a las afueras de París—, por lo que queda de las
Fauces del Valhalla —en la Selva Negra—, por un revigorizado
Regazo Celestial —colaborando con los Fenris supervivientes—, con el
Clan de la Salamandra —de Szczecin, Polonia— y los
Guardianes de la Justicia —desde los lejanos Estados Unidos— como aliados impretérritos. Otros más están presentes, contemplando la nueva alianza. Ella asiste, sí, pero con la mirada fija en otra parte. En algo más allá del horizonte, algo que sólo ella parece recordar con nitidez. Una deuda sin nombre. Un pacto consigo misma.
Camina sola, no por castigo, sino porque lo ha elegido. Porque en el silencio de los pantanos y las sendas olvidadas, tal vez aún quede un eco que responda. Tal vez aún haya algo que redimir.
Y así, sin cantos ni despedidas, se prepara. No para salvar el mundo. Para encontrarse en él.
Miro hacia el horizonte sin fijar la mirada en ningún punto, aún aturdida por lo que ha pasado. Repaso en mi mente, paso a paso, lo que ha ocurrido trarando de vislumbrar una falla o un punto de inflexión clave donde se podría haber elegido otro camino. O solamente tratar de averiguar cuál fue el punto de no retorno.
¡Fue un combate ritual! Ella lo sabía, sabía la importancia de lo que significa respetar el "ritual". El corax ganó sin romper ninguna regla, pero su orgullo la cegó y se dejó llevar por la ira... Cierro los ojos y suspiro. Trato de tranquilizarme.
En realidad no la culpo. Ser una Garra Plateada no debe ser fácil, y menos tras que se descubrirse el gran secreto de su familia. No puedo criticar sus acciones si yo también me dejé llevar por mis emociones. Lo que hizo no fue justo, pero mi reacción tampoco lo fue. ¿Que ella no respetó "el ritual"? Yo tampoco. No debí acabar con su vida ya que yo no era juez en ese combate. La quería mucho, eramos hermanas de manada. Habrá represalias hacia mi, lo más seguro. Eso sí es justo.Mi mente salta de un pensamiento a otro sin ningún tipo de criterio.
Pluma. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en ti? Maldito lado homínido. Debo matarla, te lo prometí. Me lo prometí. No sé cómo lo haré, pero debo restaurar el mal ocasionado.Otro pensamiento.
Cita de: Maurick en 08 de Jul 2025, 19:59:43Los Ángeles de Gaia son ya ceniza en su memoria. Una sucesión de nombres que martillean el pecho con la constancia de la marea. La sangre de sus compañeros se ha secado, pero la ausencia sigue fresca. En este nuevo hogar de clanes errantes y planes desesperados, nadie la señala. Nadie exige nada. La observan, simplemente, como se observa a quien ha cargado el peso de una historia demasiado densa para contarse con palabras.
Ya no hay manada. Estoy sola. Fallé como líder. Ellas confiaron en mi, y las fallé. Tendría que haberlas guiado mejor. Mira cómo hemos acabado.Vuelvo a dejar mi mirada fija en la inmensa nada del horizonte. La imagen de aquella serpiente de la umbra vuelve a golpear mi mente y mi pecho.
Susurro.
- Estoy cansada. Me siento frágil, dispersa como mantequilla untada sobre demasiado pan. Necesito vacaciones, unas buenas vacaciones. Y no espero volver. La verdad, no pienso hacerlo...
La neblina aún no se disipa sobre los claros húmedos de Gracemire. El consejo continúa en la explanada principal: hogueras encendidas, voces graves discutiendo pactos y nuevas rutas, el murmullo de decenas de lenguas distintas cruzándose bajo un mismo techo de nubes. La alianza recién forjada, los Vientos del Cambio, palpita con la fuerza de algo improbable, pero real.
Brisa del Sur no se encuentra entre ellos. Prefiere la distancia. Bajo un roble retorcido por los años, con la hierba empapada bajo sus patas, observa desde lejos. El murmullo del consejo le llega apagado, como si fuese otro mundo. A su alrededor, los insectos nocturnos siguen con su canto indiferente. El olor de la madera quemada acaricia sus sentidos, recordándole que, pese a todo, la vida persiste.
Un crujido suave rompe su aislamiento. Entre los helechos y la sombra del tronco, se desliza una figura baja, ágil. No es un lobo, ni un humano. Es un lince de pelaje moteado, que se detiene a unos pasos de distancia y la contempla con ojos ámbar. Sus orejas giran hacia atrás, y cuando abre la boca, la voz que sale no es un rugido ni un maullido, sino un lenguaje comprensible para Brisa: un susurro en la cadencia ancestral traído hasta ella por la intervención de los espíritus.
Se tumba a una distancia prudencial, sin apartar la mirada.
Deja un silencio embriagador mientras se acomoda en la hierba fresca.
Aguarda, sin perder la solemnidad de su mirada. No fuerza la conversación, solo ofrece su presencia, como si la sola comprensión pudiera ser el primer paso de un puente.
Cita de: Maurick en 09 de Sep 2025, 09:34:19Un crujido suave rompe su aislamiento. Entre los helechos y la sombra del tronco, se desliza una figura baja, ágil. No es un lobo, ni un humano. Es un lince de pelaje moteado, que se detiene a unos pasos de distancia y la contempla con ojos ámbar.
Instintivamente mis orejas giran hacia el crujido y muevo la cabeza hacia el lugar del que ha venido el ruido. Escucho atenta lo que dice y estudio sus movimientos.
- ¿Conseguiste superarlo? El sentimiento de culpa, digo. ¿O es algo que nunca desaparece?
Olisqueo el aire de la brisa que viene de su dirección, lo más disimulado que una loba pueda hacer. No parece hostil, sino amigable. La curiosidad gana esta vez la batalla y me giro hacia Shinsetsu Himitsu.
- Me llamo Brisa del Sur, y Amy es mi nombre homínido.
Doy un par de pasos y me siento.
- Con que la Justicia Metálica, ¿eh?.
Trato de escupir al suelo para maldecir su nombre pero en ese mismo momento caigo en la cuenta de que estoy en mi forma lupus. Y los lupus no saben escupir. De mi boca sale una especie de medio arcada y tos seca que queda en nada.
- ¿Vienes de muy lejos? ¿Y tu manada?
Me quedo observándola.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Himitsu_en_forma_lince.png)
El lince te observa con interés. Respeta tu espacio, no te interrumpe. Cuando finalizas de hablar, responde, muy suavemente...
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- ¿Conseguiste superarlo? El sentimiento de culpa, digo. ¿O es algo que nunca desaparece?
A lo lejos, se escuchan gritos de júbilo y celebración. Una hoguera suelta una bocanada de fuego que ilumina la noche como si fuese de día.
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- Con que la Justicia Metálica, ¿eh?.
Himitsu cierra los ojos durante un instante. Parece que se concentra en algo.
La brisa fresca de la noche impregna la zona de forma sutil. El olor a árbol, a humedad, es relativamente intenso.
Aparta la mirada. Observa, también algo melancólica, los fuegos del consejo.
Cita de: Denebia en 09 de Sep 2025, 12:05:20- ¿Vienes de muy lejos? ¿Y tu manada?
Acerca de forma muy sutil su pata hacia dónde te encuentras tú.
De nuevo, el silencio. Y lo críptico.
Los recuerdos se agolpan en mi mente y un remolino de emociones luchan por salir a flote, pero como si de una llave de una luz de gas se tratase dejo aflorar solo a unos pocos, los que menos duelen pero los que me mantiemen en movimiento.
Me acerco a Himitsu y bajo el tono de voz, voy a contarle algo prohibido, algo tabú.
"No se habla de ello, pero las leyendas deben transmitirse como lecciones de vida" solía decirme antes de mi primer cambio.
Pluma siempre me contaba esta historia antes de la llegada del invierno. Se sentaba bajo un árbol y yo, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, me quedaba dormida mientras me acariciaba la cabeza. No prestaba mucha atención a sus palabras, pero quedaron grabadas en mi cabeza para siempre.
Cita de: Denebia en 05 de Oct 2025, 10:32:00Pluma siempre me contaba esta historia antes de la llegada del invierno. Se sentaba bajo un árbol y yo, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, me quedaba dormida mientras me acariciaba la cabeza. No prestaba mucha atención a sus palabras, pero quedaron grabadas en mi cabeza para siempre.
El lince escucha y atiende, en silencio. El ruido de fondo, de la festividad, os da la suficiente privacidad para compartir vuestras historias más personales. Después de tu relato, se pone frente a ti. Sus ojos parecen destilar tristeza.
Se apoya en la hierba fresca. Nota la humedad en la parte inferior de su cuello.
Himitsu se yergue sobre sí misma. Te da la espalda.
Pasan unos segundos mientras procesas la historia que ha contado. Su voz parece quebrarse durante un instante.
El lince aguarda tu respuesta, solemne como el silencio que empieza a rodear la explanada dónde os encontráis.
Cita de: Maurick en 06 de Oct 2025, 00:08:12
El lince aguarda tu respuesta, solemne como el silencio que empieza a rodear la explanada dónde os encontráis.
Cierro los ojos un par de minutos. Abro un poco un ojo para comprobar si Himitsu sigue allí, como si cerrando los ojos hiciese que pudiese desaparecer.
Sigue ahí. Suspiro fuerte. En el fondo sé que la necesito...
Abro los ojos y la miro.
Comienzo a andar en dirección opuesta de donde está toda la gente. Giro la cabeza y doy una última olida a la brisa que viene de allí. Dejo atrás a gente que me importa, pero debo hacer esto. Me acerco al primer árbol que encuentro y dejo un mensaje: "Adiós, Jules". Con eso bastará, si lo encuentra sabrá que es para ella.
Miro a Himitsu y le doy un leve ladrido para que me siga.
Cita de: Denebia en 07 de Ene 2026, 17:30:59Miro a Himitsu y le doy un leve ladrido para que me siga.
La salida de Gracemire no fue anunciada ni observada. No hubo despedidas, ni rituales de partida, ni miradas de reproche. El túmulo continuó respirando a su propio ritmo mientras dos siluetas se alejaban de su perímetro, deslizándose entre la niebla baja como si el terreno mismo aceptara su marcha.
Las colinas húmedas que rodean el antiguo hospital se cerraron tras ellas con la indiferencia de lo viejo. Los senderos rurales, apenas visibles bajo la hierba aplastada por lluvias constantes, conducían hacia carreteras secundarias rotas, donde el asfalto se abría en cicatrices irregulares y la señalización oxidada apuntaba a destinos que ya no existían. Las torres eléctricas, inclinadas como animales exhaustos, zumbaban con una electricidad inestable que erizaba el aire y hacía murmurar a los espíritus menores que se ocultaban entre los matorrales.
El trayecto fue largo, silencioso y áspero. Atravesaron tramos donde la Tejedora aún se aferraba a viejas estructuras industriales —puentes sin tráfico, estaciones de tren selladas, naves vacías— y otros donde el Kaos reclamaba terreno: campos inundados, bosques ennegrecidos por incendios antiguos, caminos donde la niebla no se comportaba como vapor, sino como algo que observaba. En más de una ocasión, el suelo crujió bajo sus pasos con un eco que no pertenecía a ningún animal conocido.
A medida que avanzaban hacia el este, el olor del mar comenzó a imponerse: sal, metal húmedo, algas podridas. El viento se volvió más cortante, cargado de partículas finas que raspaban la piel y el pelaje. Pasaron cerca de Grenvale sin detenerse, bordeando las zonas calcinadas y los restos de edificios que aún olían a humo viejo. Más allá, la carretera costera descendía lentamente, revelando a lo lejos las siluetas del puerto. Muchos fantasmas quedaron atrás en Grenvale: Hoa, Rose, Ajax...
Redcoast emergió de la bruma como un esqueleto industrial. Grúas inmóviles recortadas contra un cielo gris perla, muelles corroídos, contenedores apilados sin orden aparente. El agua del canal apenas se movía, espesa y oscura, reflejando una luz mortecina que no llegaba a calentar. Los ecos del lugar no eran humanos: golpes metálicos sin origen, chapoteos que no correspondían a mareas, el roce constante de algo que se arrastraba bajo las plataformas. Como si la presencia de Lindon Derick aún permease en el ambiente. Las Morrigan se habían quedado en el Consejo, carentes de propósito pero igual de sedientas de sangre. Quizá por eso Brisa caminó sin mirar atrás.
Cuando alcanzaron los límites del puerto, el cielo comenzaba a aclararse. Eran poco más de las siete de la mañana. La noche se retiraba con desgana, dejando tras de sí un amanecer pálido y enfermo, como si el sol dudase en mostrarse sobre aquel tramo de costa. La ciudad aún dormía, o fingía hacerlo.
Allí, entre el olor a óxido y salmuera, quedaba claro que el siguiente paso no sería un regreso, ni una pausa. Redcoast no ofrecía refugio, sino una salida. Un punto de no retorno desde el que el mundo se abría hacia el agua... y hacia aquello que aguardaba más allá.
La marea está baja y deja al descubierto una franja de limo oscuro adherido a los pilotes, como una costra antigua. Entre dos embarcaciones oxidadas, un barco a motor permanece amarrado con cabos gastados, la pintura desconchada y el parabrisas cubierto de sal seca. El motor parece intacto... lo justo para no fiarse de él.
Mientras revisa el interior —un bidón medio vacío, una caja de herramientas incompleta, un mapa náutico manchado—, el viento del canal empuja un olor a combustible rancio y algas muertas. Es entonces cuando Himitsu vuelve a su forma humana. Ella también lleva dedicada su ropa, sus abalorios, su pequeña vida. Rompe el silencio, sin alzar la voz, como si hablara para el agua.
Da un salto ágil al interior y observa los indicadores.
Un sonido ajeno corta el murmullo del agua: pasos rápidos sobre la pasarela metálica, acompañados del tintinear de llaves. Una figura emerge entre las grúas, avanzando con decisión. Un tipo joven, con buena presencia, un peinado llamativo, va caminando hacia vuestra ubicación. Himitsu se asoma y cruza miradas con aquel individuo. Se sobresalta.
Ese hombre se para de repente, y os llama la atención en voz alta.
El viento levanta una ráfaga más fuerte y hace golpear los cabos contra el casco. Jonah mantiene la mirada, expectante, con esa mezcla de urgencia y cansancio que se ha vuelto común en Gracemire desde que todo empezó a resquebrajarse.
Himitsu traga saliva, y se queda mirándote.
Cita de: Maurick en 08 de Ene 2026, 23:50:18El trayecto fue largo, silencioso y áspero.
Durante todo el viaje pienso que en lo divertido que hubiera sido haberlo hecho con Los Ángeles de Gaia, todas juntas nos lo habríamos pasado muy bien. Y en ocasiones me perdía en esos pensamientos y me embriagaba de tantas emociones que me relajaba hasta tal punto que olvidaba que acababa de conocer a Himitsu. Pero enseguida despertaba de ese "letargo" auto inducido y me volvía a poner sería. O si notaba que la conversación se estaba volviendo más personal de lo que debería cambiaba de tema o dejaba de hablar.
La pérdida paulatina de los miembros de mi manada... mi manada ya no existe... No quiero que vuelva a ocurrir algo así, así que si no hago amistades si se van o mueren no me afectará...
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Da un salto ágil al interior y observa los indicadores.
He pasado a mi forma humana. Tengo una ceja arqueada y justo cuando voy a abrir la boca para protestar...
CitarUn sonido ajeno corta el murmullo del agua: pasos rápidos sobre la pasarela metálica, acompañados del tintinear de llaves. Una figura emerge entre las grúas, avanzando con decisión. Un tipo joven, con buena presencia, un peinado llamativo, va caminando hacia vuestra ubicación. Himitsu se asoma y cruza miradas con aquel individuo. Se sobresalta.
Ese hombre se para de repente, y os llama la atención en voz alta.
El viento levanta una ráfaga más fuerte y hace golpear los cabos contra el casco. Jonah mantiene la mirada, expectante, con esa mezcla de urgencia y cansancio que se ha vuelto común en Gracemire desde que todo empezó a resquebrajarse.
Himitsu traga saliva, y se queda mirándote.
Me quedo mirando la escena algo perpleja. ¿Qué hace aquí? ¿Por qué Himitsu ha reaccionado así al verle? ¿Por qué no le hemos olido y hemos detectado su presencia?
Me encojo de hombros con cara de no haber entendido lo que quería decir. Poso la mirada rápidamente en Himitsu, pero no tardo en volver a mirar al nuevo.
Cita de: Denebia en 16 de Ene 2026, 23:40:03Me encojo de hombros con cara de no haber entendido lo que quería decir. Poso la mirada rápidamente en Himitsu, pero no tardo en volver a mirar al nuevo.
Tiene ojeras profundas, una sonrisa ladeada que no llega a ser amistosa, y esa expresión de quien ya ha perdido la paciencia pero aún se permite el lujo de bromear con ello.
Da un par de pasos, no hacia vosotras, sino hacia el muelle, mirando el agua negra del canal.
Se gira entonces. Mira primero a Brisa. La observa con atención real, sin burla.
Sus ojos se desplazan a Himitsu. Se detienen. Algo cambia, apenas un segundo.
Se frota la cara con ambas manos, exhalando despacio. Himitsu reacciona.
Jonah abre la boca, con una expresión de ofensa muy grande.
Señala el barco con el pulgar, sin mirarlo. Una oleada de energía vibrante lo rodea y parece que el aparato se enciende de golpe. Himitsu se pone en posición defensiva.
Da un paso atrás, dejándoos espacio. Dejándoos elegir.
El agua golpea el casco una vez más. El sol asoma, enfermo y pálido, sobre Redcoast.
¿Qué vas a hacer, Brisa del Sur?
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Me quedo un poco pensativa hasta que me distrae la conversación entre Himitsu y Jonah. Ambos me despiertan curiosidad, uno por su forma de ser y la otra por todo lo que sabe.
CitarSeñala el barco con el pulgar, sin mirarlo. Una oleada de energía vibrante lo rodea y parece que el aparato se enciende de golpe. Himitsu se pone en posición defensiva.
CitarDa un paso atrás, dejándoos espacio. Dejándoos elegir.
Jonah se queda quieto. No replica al instante, pero puedes ver que sonríe, quizás de complicidad, quizás porque sí le ha hecho gracia lo que has dicho. Durante un segundo largo, incómodo, solo mira el agua del canal como si esperara que le devolviera algo.
Se pasa la lengua por los dientes, pensativo. Cuando vuelve a mirarte, ya no hay burla. Tampoco respeto.
Da una patada suave a una piedra del muelle, que rebota y cae al agua sin hacer ruido.
Alza la vista hacia vosotras dos, cansado de verdad.
Se gira medio cuerpo, como si fuera a marcharse... pero se detiene.
Una última mirada, ladeada. Se enciende un pitillo. Expulsa el humo por la nariz.
Mira hacia abajo y emite una risa corta, irónica.
Da unos pasos alejándose por la pasarela. Himitsu se queda en silencio, mirando al suelo. Lo último que le ha dicho este tipo le ha molestado.
Se queda de espaldas. Se termina el cigarro.
El muelle cruje. Himitsu se ha quedado sin palabras...
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[...]
Se queda de espaldas. Se termina el cigarro.
El muelle cruje. Himitsu se ha quedado sin palabras...
Me siento en el noray más cercano y saco una piruleta de uno de mis bolsillos. Mientras le quito el plástico, concentrada en lo que estoy haciendo, le digo a Jonah:
Termino la frase enfatizando la palabra "cosas" haciendo círculos en el aire con la piruleta. Entrecierro un poco los ojos y le miro fíjamemte. Le señalo de forma acusatoria con la piruleta.
Al terminar la frase, de forma solemne, me tomo la piruleta. Se levanta una ligera brisa que viene en dirección a Himitsu y a mi pasando antes por Jonah. Olisqueo el aire para saber qué "información" me puede dar sobre él.
El aire cambia en cuanto Brisa respira. La percepción del olor, junto con «Sentir Magia», lo deja bastante claro. No es sólo «olor a humano», es
magia pura. Y no como la magia de un rito limpio, de los que dejan el mundo un poco más ordenado después. Es otra cosa: un regusto metálico, como si alguien hubiera frotado una moneda vieja contra la lengua; un cosquilleo en la nariz parecido al ozono antes de una tormenta; y debajo, algo más difícil de nombrar...
Brisa no ve un brillo, pero lo nota igual: el aire alrededor de Jonah no se comporta como debería. Los detalles pequeños —la ceniza del cigarro, el balanceo del cabo, una gota que cae del muelle— parecen, por un instante, dudar antes de terminar su movimiento. Como si la realidad, con él cerca, se lo pensara dos veces. Jonah aguanta la mirada de Brisa cuando ella olisquea. Y aunque intenta sostener su pose de «me da igual», se le escapa un microgesto de incomodidad. Como si odiara que lo lean sin permiso.
Da un paso hacia el barco y apoya la mano en la borda. El motor vuelve a emitir ese zumbido bajo, vivo, casi obediente. Jonah retira la mano rápido, como si no quisiera que se notara que lo ha hecho aposta. Se ríe, pero es una risa mala, con bordes. Luego mira el canal, y por primera vez parece realmente cansado: las ojeras, la mandíbula apretada, la forma en la que sostiene el peso como si llevara horas sin dormir y años sin descansar.
Himitsu juega con su melena, mientras observa con una mirada penetrante a este tipo que ha surgido de la nada. Se queda mirándoos, esperando que le compréis la mentira.
Jonah se queda un momento sin palabras. Se endereza. Se señala con el pulgar, sin orgullo: con aceptación.
Mira el barco de arriba abajo y se le dibuja una sonrisa torcida, de esas que anuncian problemas.
Se acerca al bidón medio vacío que habíais visto y le da un golpecito con el pie. Se detiene. En un instante, se rellena de lo que parece combustible. Mira a Brisa, luego a Himitsu. Y ahí vuelve la contradicción: el tipo que iba de duro, de «me la sudáis», se queda un segundo largo midiendo la distancia entre vuestra decisión y la suya.
La noche ya se ha ido del todo. El amanecer enfermo se instala sobre Redcoast, pálido, sucio, como una sábana mal lavada. El canal golpea el casco con un sonido paciente, repetido, como un corazón que no quiere pararse. Jonah se sube a la pasarela del barco con una ligereza impropia de alguien que se queja tanto. Y al hacerlo, esa presión extraña en el aire vuelve un instante: la realidad apretándose los dientes para tolerarlo.
Brisa del Sur no quiere subirse al barco. Himitsu y Jonah tardan un buen rato en convencerla que la embarcación no es un ascensor. No se lo cree mucho, pero sabe que es la única forma de alejarse de allí, del clan que la rescató tras el ataque de las Estigmas en el Mar Báltico. De dejar atrás los Ángeles de Gaia definitivamente...
Y entonces, por fin, el muelle queda atrás. No como huida dramática, no como gran despedida. Como una decisión fea y necesaria. El sur os espera. Y más allá del sur... el agua abierta.
El trayecto desde Redcoast hasta el sur no tiene nada de épico. Es largo, incómodo y tenso, siguiendo la costa inglesa como quien bordea una herida sin atreverse a mirarla de frente. Jonah lleva el timón con una soltura seca, sin alardes, aprovechando corrientes costeras y evitando mar abierto más de lo necesario; no navega como un marinero, sino como alguien que no quiere llamar la atención ni del mar ni del cielo. ¿Por qué éste tipo sabe manejar una embarcación con tanta soltura?
El clima acompaña lo justo para no mataros: cielo bajo, gris persistente, viento irregular que obliga a corregir constantemente el rumbo. Pasáis frente a puertos medianos y pequeños, siluetas industriales, playas vacías y frías, faros que parpadean con una insistencia casi humana. De noche, el barco avanza envuelto en un silencio raro, roto solo por el motor y el agua golpeando el casco; sientes la Umbra estirarse y contraerse con cada milla, como si el país entero estuviera soltando amarras poco a poco. Cuando Portsmouth aparece al fin en el horizonte, no hay alivio. Solo la certeza de que habéis cambiado de borde... no de problema.
La entrada por mar es gris y funcional, como una boca cansada de tragar hierro. Astilleros militares, cascos alineados como animales enfermos esperando turno, grúas que no se mueven aunque deberían. El puerto no está abandonado, pero tampoco vivo: está en pausa, sosteniéndose por pura inercia. Hay actividad, sí, pero es una actividad sin fe. Gente trabajando porque aún no sabe hacer otra cosa.
El aire es distinto al de Redcoast. Más denso. Más humano. Aquí la Tejedora ha apretado los dientes y ha decidido aguantar, aunque el mundo lleve dos años viniéndose abajo a pedazos.
Lo notas nada más pisar tierra firme. Fatiga estructural. Una ciudad que ha visto demasiadas noticias malas seguidas y ha optado por no reaccionar más. Bilbao, Copenhague, el Báltico, Nevada. Nadie habla de ello en voz alta, pero todo el mundo camina como si esperase la siguiente sirena.
El trasatlántico está ahí, enorme, demasiado grande para este muelle y para esta época. La pintura reciente cubre óxido antiguo. Hay varios tipos merodeando cerca, posiblemente personal de seguridad privada con uniformes neutros, sin insignias claras. No es un barco turístico: es tránsito. Gente que se va porque quedarse ya no es una opción.
Jonah se acerca a hablar con uno de ellos, mientras Himitsu y tú os quedáis atrás.
Se te queda mirando. Jonah parece moverse muy bien en este estilo de situaciones. Está un buen rato charlando, gritando y haciendo aspavientos con el señor. Notas algo raro, como si todo lo de alrededor burbujease o se moviese como una onda.
Al rato el tipo regresa. No parece muy contento.
Encontráis una pensión cerca del puerto, en una calle estrecha donde los edificios se apoyan unos en otros como borrachos antiguos. Fachada de ladrillo ennegrecido, una placa que promete rooms available desde hace más tiempo del que nadie recuerda. La dueña no hace preguntas. Cobra en efectivo. Da llaves sin mirar a los ojos.
La habitación es pequeña. Camas separadas. Sábanas limpias, pero gastadas hasta la transparencia. Una ventana que da a un callejón donde alguien fuma de madrugada sin prisa, como si no tuviera ningún sitio mejor al que ir.
Ante ti quedan dos días de tranquilidad, contemplación y, quizás, algo de soledad. Himitsu y Jonah aguardan, sin saber muy bien a qué. ¿Quizás quieras hablar con ellos de sus motivaciones? ¿Quizás quieras explorar Portsmouth en busca de algo que no sabes muy bien qué es? ¿Quieres pedirle consejo a tu Espíritu Familiar, Ninastoko? ¿O quizás quieras aguardar hasta que llegue el momento de que el gran sarcófago de hierro te lleve hasta Estados Unidos otra vez?
Con que dos días... ¿Qué podemos hacer en dos días? En fin, llevo mucho esperando a comenzar este viaje que por dos días... Con las luces tenues dentro de la habitación me apoyo en el alfeizar de la ventana, mirando hacia el horizonte sin apartar la cortina. Esto lo veía muchas veces en las películas que Jules ponía en la tele, pero nunca he entendido muy bien por qué si con la cortina no se ve nada... Miro de reojo a mis acompañantes, que están ahí sin saber muy bien qué hacer o decir.
Silencio.
Me incorporo y apoyo la cabeza sobre la pared.
No digo nada más. La rabia y la tristeza han inundado mis ojos. Les miro esperando caras de desaprobación y rechazo. Es lógico, no les culpo.
El silencio después de tus palabras no es incómodo; dirías que es denso. Como si la habitación hubiese decidido escuchar también. Himitsu no aparta la mirada. No hay juicio en ella, solo esa forma suya de observar como si estuviera midiendo el peso real de lo que acabas de soltar.
Se inclina apenas la cabeza.
Nada más; no hay absolución ni consuelo. Solo presencia, cercana, a punto de darte un abrazo. Jonah, en cambio, se queda un momento mirando el suelo. Se pasa la mano por el pelo, resopla, y cuando levanta la vista no hay solemnidad en su cara.
Se apoya contra la pared, cruzando los brazos.
Se encoge de hombros.
Su sonrisa no es alegre. Es fina, casi triste.
Señala hacia el puerto con el pulgar. Se aparta de la pared y se acerca a la ventana, mira hacia fuera sin abrir la cortina.
Se gira una última vez.
La habitación vuelve al silencio. No hay rechazo, ni épica. Solo tres personas en una habitación pequeña, con dos días por delante y un océano esperando. Y por primera vez desde que empezaste a hablar... nadie se mueve para irse.
Cuando llega el momento, no hay ceremonia. El trasatlántico no es blanco ni elegante; es un bloque de acero con cicatrices, más carguero que promesa. Subís por una pasarela estrecha mientras el puerto bosteza detrás, sin que nadie se despida de vosotros.
Himitsu llega con una maleta que parece demasiado pesada para lo que aparenta. Ropa, sí. Pero también pequeños objetos envueltos en tela, cosas que no tintinean aunque deberían. Se mueve con naturalidad, como si cruzar océanos fuese solo otra forma de caminar.
Jonah está de peor humor que en la pensión. No dice por qué. Solo masculla cuando un marinero revisa por segunda vez unos papeles que ya estaban en regla. El sello final cae con un golpe seco: el permiso está presente, a cambio de algo que no sabéis.
El barco no vibra al zarpar; gruñe. Las amarras se sueltan con un sonido húmedo, pesado, y Portsmouth empieza a encogerse detrás de una cortina de bruma gris.
Veinte días. Veinte días sin tierra. Veinte días en los que el mundo queda reducido a acero, sal y horizonte.
El camarote es estrecho y bajo. Una litera de metal, un catre plegable que cruje al respirar, una pequeña escotilla que solo muestra cielo o negrura. El aire huele a combustible viejo y humedad constante. Los marineros apenas os miran; sois carga con piernas, nada más. Dos veces al día, alguien deja una bandeja metálica con algo que pretende ser comida. Harina recalentada, trozos sin nombre. Al menos el agua no sabe a óxido.
El océano no es amable, pero tampoco hostil. Es... indiferente. Durante el día, el barco avanza con una constancia brutal. El horizonte es una línea que no cambia, y eso empieza a pesar más que cualquier tormenta. De noche, el Atlántico respira diferente. El casco cruje. El viento canta en los cables. A veces, el agua golpea con un ritmo que parece deliberado, como si estuviera contando algo que nadie entiende.
No hay eventos. No hay ataques. No hay señales. Y eso es lo inquietante.
Brisa siente la Umbra lejana, como si el océano fuese una extensión de cristal grueso. No bloquea del todo. Pero tampoco permite tocar con claridad. El mundo espiritual aquí no es bosque ni ciudad. Jonah pasa horas en cubierta fumando, mirando al oeste como si intentara distinguir una línea que no existe todavía. A veces habla solo. A veces se ríe de algo que no comparte. Cuando baja al camarote, trae consigo olor a sal y esa energía suya que parece forzar al aire a recolocarse.
Himitsu, en cambio, observa. Escucha el barco. Se detiene ante los pequeños sonidos mecánicos como si también fuesen criaturas con intención. El tiempo no se llena, se estira. Y en ese estiramiento, el pasado tiene espacio para moverse, mientras que el Atlántico no os exige nada, pero os deja solos con todo.
— Bueno, al menos no se han ido —me digo a mi misma—.
Quería venir sola, no sé qué ocurrirá cuando me enfrente a la perdición, porque más muertes por mi culpa sería más difícil de sobrellevar. Pero durante los días en el enorme ascensor horizontal atraviesa-masas de agua, al que llaman barco, me doy cuenta de que necesito compañía. Con ellos puedo distraerme un poco, aunque no formemos una amistad y sea todo formalidad y cordialidad.
Los días los paso meditando, tratando de recordar todos los detalles de la perdición y pensando qué hacer una vez lleguemos allí... De momento no hay nada claro, soy más de ir improvisando ya que puede que lo que nos encontremos sea diferente a lo que recuerdo. Si tenemos que improvisar necesito saber cuáles son los puntos fuertes y cuáles sus puntos débiles de mis acompañantes. Sí, esto puede ayudarme a distraerme un poco.
Cita de: Denebia en 16 de Feb 2026, 11:11:08
Himitsu sonríe y se acomoda sobre una de las camas. Se coloca las manos sobre las rodillas: hoy va vestida con una falda de tela parecida a fieltro, unas medias largas y gruesas de cuadrados blancos y negros, y un jersey de cuello alto. Se retira el gorro y lo deja sobre la almohada.
Abre la maleta y cae sobre el suelo. Está vacía por completo, salvo una extraña niebla negra translúcida que sobresale de ella. Himitsu te mira a los ojos.
Jonah suspira y se pira de la habitación, posiblemente a fumarse otro piti en la cubierta, hablando en un inglés lleno de tacos con el resto de marineros.
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Me quedo un rato pensativa y frunzo el ceño. Parece que voy a decir algo pero me callo al momento. Parece que vuelvo a intentar decir algo, levantando esta vez el dedo pero me vuelvo a callar en el último momento. Suspiro, cojo aire, relajo la expresión de la cara y tuerzo la boca.
Me asalta el pensamiento que si realmente no puede pasar a la umbra va a ser lo mejor, de esta forma no correrá peligro cuando esté con esa maldita serpiente:
- Es un alivio. ¿A Jonah le pasará lo mismo? Puede que él si pueda pero que al final pase de todo este viaje y se marche, lo cual también puede ser un alivio ya que tampoco correrá peligro.
Himitsu no aparta la mirada de ti. La maleta sigue abierta en el suelo, exhalando esa neblina oscura y translúcida que no termina de comportarse como humo ni como vapor. Durante un instante, la Qualmi parece satisfecha: no porque hayas acertado del todo, sino porque has llegado cerca.
Se inclina un poco hacia la maleta abierta y pasa la mano por encima de la niebla negra, sin llegar a tocarla.
Sus dedos acarician el borde interior de la maleta.
Hace una breve pausa, respetuosa.
La niebla del interior parece agitarse apenas, como si hubiese escuchado su nombre.
Levanta los ojos hacia ti.
La frase queda suspendida entre vosotras un segundo, con ese tono suyo que nunca termina de bromear del todo. Después cierra la maleta con suavidad. El sonido del cierre parece demasiado seco para algo que hace un momento contenía profundidad.
Abre de nuevo el arcón, y de un salto, bastante ligero, se arroja al interior. Es absorbida por la extraña niebla que emana de la maleta. ¿Vas a ir detrás, Brisa del Sur?
Me quedo sorprendida y con más preguntas que respuestas. No sé si es seguro, pero ella sí parece segura de lo que hace y... ¿por qué no? Me gustaría saber cómo funciona esa maleta, ¿acabaremos en mitad del mar? Espero que sepa nadar aunque a mi ni me apetece mucho mojarme ahora, pero... Qué objeto tan fascinante.
Me lanzo yo también.