Foros de El Naufragio

Heaven's Gate => Capítulos => Cera & Sangre => Mensaje iniciado por: Maurick en 01 de Mar 2026, 11:58:13

Título: Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 01 de Mar 2026, 11:58:13
Prisioneros del Laberinto

Heraclión — Bajo el puerto

📅 16 de diciembre de 2005 - 00:39

La ciudad duerme sobre sus propias ruinas. Bajo las terrazas apagadas y los cafés cerrados por invierno, bajo la piedra agrietada que mira al mar, Heraclión respira por fisuras invisibles. Aquí abajo el aire es espeso, cargado de sal antigua y humedad mineral. Las paredes, excavadas siglos atrás y ampliadas con paciencia enfermiza, devuelven cada sonido con un eco cansado, como si el subsuelo estuviera harto de custodiar secretos que no le pertenecen.

La lámpara desnuda sobre tu celda no ilumina, insiste. Estás sentado en el banco de hormigón, con la espalda apoyada contra la piedra fría. Las manos descansan sobre tus rodillas. No hay cadenas. No hacen falta. Sabes que no hacen falta. Aún notas el recuerdo.

Oyes ratas entre los muros, oyes el agua desplazándose por galerías más antiguas que cualquier imperio. Y oyes tu propio latido: constante, obstinado, real. Al otro lado de los barrotes, el silencio tiene forma. Al otro lado de los barrotes, el responsable de todo esto no se mueve. Su gabardina oscura se funde con la penumbra, y su silueta parece una grieta más del túnel. Solo los ojos, amarillentos y atentos, brillan con una inteligencia húmeda. No te mira como una presa, sino como un problema.

Habla en un griego demasiado antiguo, pero que puedes entender. No sin dificultad.


Da un paso. El cuero roza la piedra.


No hay rabia en el tono. Solo contabilidad.


Se aproxima un poco más. La luz dibuja relieves grotescos en su rostro deformado.


Lo pronuncia despacio, como quien prueba un término extranjero.


Se inclina un poco hacia ti. Su olor es repulsivo.


Aparta la mirada un momento. Mira a otro lado, inquieto. Te mira con intensidad y da un golpe contra los barrotes.


Deja que la palabra flote. «Aquietó». Inclina la cabeza. El eco de una gota resuena en la galería.


No es una pregunta. Se aparta medio paso, cruzando las manos a la espalda.


Te observa sin parpadear. Un leve chasquido de lengua.


Silencio. El agua sigue fluyendo bajo la ciudad. La lámpara oscila. Arriba, el mundo continúa creyéndose solo. La criatura aguarda al otro lado de los barrotes una respuesta. Algo roza tu espalda: algo más antiguo, intangible. La realidad parece fragmentarse aquí, bajo tierra. Y no has encontrado rastro de Laura...

¿Qué haces, Arda?
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: greatkithain en 23 de Mar 2026, 20:41:51
Iota cierra los ojos. No para descansar, sino para afinar. El olor a humedad antigua, el goteo rítmico, el roce de ratas en túneles laterales, la respiración irregular del ser al otro lado de los barrotes. Busca presencias, vibraciones, cualquier rastro espiritual que no pertenezca a este lugar. Ni. Stavros. Laura. Nada claro. Solo ecos rotos.

Abre los ojos. Los fija en los del ser, sin desafío, sin miedo. Solo análisis.


Su postura es neutra, manos visibles, hombros relajados. Inofensivo, pero no inútil.


Habla con precisión quirúrgica, ofreciendo lo mínimo imprescindible.


Mientras habla, su mirada se desplaza un instante por la celda, midiendo distancias, entradas de aire, vibraciones en la piedra. Luego vuelve al ser.


No hay emoción en la voz. Solo necesidad operativa.


Inclina ligeramente la cabeza, gesto calculado para parecer cooperativo.


Su mirada permanece fija, fría, constante.

Iota no se somete. 
Iota **espera**.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 24 de Mar 2026, 21:20:49
La criatura al otro lado de los barrotes no responde enseguida. Te mira como si acabases de dejar una herramienta sobre la mesa y él aún no hubiese decidido para qué sirve. Luego sonríe; no es una sonrisa amable, es una grieta repulsiva.


Inclina apenas la cabeza. Sus dedos tamborilean una vez sobre el hierro.


Sus ojos no se apartan de ti.


Silencio. El agua corre por debajo de la piedra como una respiración vieja. Se aparta medio paso. La gabardina arrastra humedad y mugre.


Calla un instante. No por duda: por cálculo.


Sus pupilas se afilan.


Te deja digerirlo.


La sonrisa torcida regresa.


Sus uñas raspan los barrotes.


Da otro paso, lento, ceremonioso.


La voz baja un tono. Casi confidencial.


Sus ojos amarillos no parpadean.


La puerta cede. Se abre emitiendo un chirrido ensordecedor. Las presencias que estaban tras de ti se disipan en cuanto el monstruo entra en la celda. Te mira con verdadera curiosidad, como si una abominación malévola encontrase de repente algo que lo sorprende de verdad.

¿Qué vas a hacer, Iota?

🟦 Guardar silencio y observar, usando el momento para analizar el laberinto, las presencias que se han disipado y el comportamiento de tu captor, intentando entender qué sabe de verdad, qué teme y qué clase de poder ejerce en ese lugar antes de comprometerte. Te llevará ante Ni, y podrás tener una visión más amplia de dónde te encuentras, pero no actuarás. Observarás.
🟨 Hablar y convertir el interrogatorio en una negociación incómoda: darle una verdad parcial —tu nombre actual y que la desaparecida es Laura— a cambio de ver a Ni con tus propios ojos y arrancarle todo lo que sepa. Realiza una Tirada de Manipulación + Subterfugio a Dificultad 6: con 2 éxitos podrás sacarle información a este ser; si no tienes éxito, aún así podrás intentar negociar.
🟥 Aprovechar que la criatura ha entrado en la celda para actuar ya: abalanzarte sobre él, intentar quitarle la llave y que todo derive en una huida salvaje o una paliza inevitable. Realiza una Tirada de Destreza + Pelea a Dificultad 7: con 2 éxitos eres capaz de hacerte con las llaves y dejarlo encerrado en la celda; si fallas o pifias, tendrás que sufrir las consecuencias.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: greatkithain en 26 de Mar 2026, 14:08:41
Iota cierra los ojos antes de hablar.
El gesto es lento, preciso, sin tensión.

Olor: humedad mineral, madera reciente, sangre seca.
Sonido: goteo profundo, respiración ajena, ausencia total de Ni.
Presencias: algo se ha retirado al abrirse la puerta; algo más antiguo permanece.
Rastro espiritual: fragmentos dispersos; ninguno de Ni.
Conclusión: Ni está viva, pero no aquí.

Abre los ojos y fija la mirada en los del ser, sin desafío, sin sumisión.
Su cuerpo permanece relajado, manos visibles, postura abierta.


Una verdad mínima. Controlada.


Mientras habla, su mirada recorre el túnel, la lámpara, las sombras, midiendo distancias, rutas, vibraciones.
Cada palabra es también un análisis.


Iota cierra los ojos un instante, como si ordenara datos antes de verbalizarlos. Cuando los abre, su voz es precisa, casi clínica.


Su mirada se desplaza como si recorriera un modelo tridimensional invisible.


Un parpadeo lento. Su tono no cambia, pero la precisión aumenta.




Una pausa breve.
Un ajuste interno para mirar fijamente a su interlocutor.



Iota mantiene la mirada fija, fría, analítica. Observando cada microgesto del ser.

(Gasto de 1 punto de voluntad)


Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 28 de Mar 2026, 12:23:40
La criatura permanece dentro de la celda, a una distancia insultantemente corta, oliéndote como si quisiera averiguar si debajo de tu piel hubiese alquitrán, incienso o alguna forma nueva de podredumbre. Sus ojos, amarillentos y húmedos, no se apartan de ti ni cuando pronuncias tu nombre ni cuando enumeras a Laura con esa precisión fría, casi quirúrgica. La lámpara oscila una vez. Luego otra.


La palabra queda suspendida entre ambos. El monstruo ladea apenas la cabeza. Una de sus manos, larga y huesuda, se eleva con lentitud hasta rozarse la mandíbula, pensativo.


Sus labios se abren un poco más. No llega a ser una sonrisa. Se parece demasiado a una herida.


Se aparta de ti un paso escaso. El chirrido de la puerta, todavía abierta, parece prolongarse en la piedra mucho más de lo razonable. Desde el corredor llega el eco de algo pesado que se recoloca sobre sus propios pies. Hay más cuerpos ahí fuera. No los ves. Basta con oírlos.


El ser monstruoso alza una mano. No para tocarte. Para señalar la salida de la celda, como un anfitrión que invitara a cruzar el salón de su casa.


Da media vuelta sin apresurarse. Su gabardina arrastra humedad, mugre y un puñado de colas de rata que rozan la piedra con un sonido seco. Espera lo justo para comprobar si le sigues; después, echa a andar por el corredor con la seguridad obscena de quien no teme que lo ataquen en su propia madriguera. Sales de la celda. El laberinto se despliega delante de ti como las entrañas de una ciudad enferma. Pasadizos demasiado estrechos se abren a cámaras antiguas, algunas excavadas con mano humana, otras devoradas directamente en la roca. Hay marcas en las paredes. Algunas parecen minoicas. Otras son simples arañazos. El agua corre bajo rejillas de hierro negro. A través de fisuras imposibles se cuela una brisa salada que huele a puerto, a sentina y a carne vieja. A ambos lados del túnel, de cuando en cuando, distingues sombras inmensas que no acaban de entrar en la luz. Respiran. Una de ellas arrastra algo metálico. Otra se rasca la pared con una uña o una herramienta. No necesitas verlas para saber que, si quisieran, podrían cerrarte el paso en un instante. Elpidios no deja de hablar. Lo hace de espaldas, con ese tono de reliquia maldita que arrastra cada sílaba como si hubiese aprendido a desconfiar incluso de su propia lengua.


La frase te acompaña hasta que llegáis a una cámara más amplia. Aquí el techo se eleva un poco, lo justo para que la oscuridad parezca más honda. Cuatro lámparas de aceite, colocadas en nichos desiguales, derraman una luz sucia sobre una estancia circular. En el centro hay una silla de madera reforzada con correas. No es un trono, ni una mesa de operaciones. Tiene algo de ambas cosas. También algo de altar. Ni está allí. Sigue vestida con la misma ropa. La cabeza ladeada. Los brazos sujetos. El torso inmóvil. La estaca asoma todavía de su pecho, clavada con una precisión obscena. No hay sangre reciente. La hubo. Ya no. Su piel conserva ese color imposible de los que no acaban de pertenecer ni a la fiebre ni al cadáver. Y, sin embargo, sus ojos están abiertos. No pueden girarse del todo hacia ti. Apenas un esfuerzo mínimo, una desviación casi imperceptible. Pero están abiertos. Y te han visto. Elpidios se detiene a tu lado, sin perderse ni un solo detalle de tu reacción.


Deja pasar unos segundos. Los suficientes para que el silencio empiece a pesar.


Sus dedos tamborilean una vez sobre el pomo del bastón; o sobre un hueso, cuesta saberlo con esa luz. Entonces gira la cabeza hacia ti: la curiosidad vuelve a afilarle el rostro.


Del otro lado de la puerta entran varios individuos similares al bruto que te capturó antes. Todos parecen desharrapados, vagabundos, mendigos. Todos tienen marcas azuladas en sus venas: algunos en los brazos, otros en la cara, otros en el cuello. Pero todos de la misma forma que el primer habitante de Heraclión que te encontraste noches atrás.


Elpidios te mira con interés, con genuino interés. Espera que des una respuesta. ¿Qué vas a hacer, Arda?
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: greatkithain en 30 de Mar 2026, 14:50:01
Iota cierra los ojos antes de responder.
El gesto es breve, exacto, sin tensión.

Olor: sangre vieja, humedad mineral, madera reciente.
Sonido: respiraciones múltiples, peso desplazándose en la penumbra, el goteo profundo del laberinto.
Presencias: varias, grandes, inquietas; ninguna hostil de inmediato.
Rastro espiritual: Ni está quieta, pero no rota. No hay rastro de Stavros ni de Laura, pero si hay presencias que requieren de una concentración que ahora no se puede permitir.

Abre los ojos.
Su postura sigue abierta, manos visibles, cuerpo relajado.


Su voz es estable, sin inflexiones superfluas.


Iota desvía la mirada un instante, escaneando la sala, las sombras, los cuerpos deformados, las venas azuladas.
Luego vuelve a Elpidios.


Inclina ligeramente la cabeza, gesto mínimo, no amenazante.


No menciona el nombre prohibido y solo deja la idea suspendida, precisa, calculada.


Iota mantiene la mirada fija en Elpidios, fría, analítica, inofensiva pero valiosa.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 30 de Mar 2026, 16:35:30
Cita de: greatkithain en 30 de Mar 2026, 14:50:01Iota mantiene la mirada fija en Elpidios, fría, analítica, inofensiva pero valiosa.

Elpidios deja que te expreses. No aparta los ojos de ti ni un instante. Cuando terminas, el silencio dura lo bastante como para que el goteo del techo vuelva a cobrar peso y el olor a aceite rancio de las lámparas se imponga sobre la humedad del túnel. Entonces, se ríe. No es una carcajada limpia, ni larga, ni humana. Es un sonido seco y desagradable, como si alguien hubiese agitado clavos dentro de una garganta podrida.


Su mirada se desliza hacia la muchacha inmóvil. La contempla un segundo más de la cuenta. Luego vuelve a ti.


Da un paso alrededor de la silla donde Ni sigue clavada a su quietud. No llega a tocarla, pero su mano describe en el aire un gesto vago, casi íntimo, sobre la estaca que le sobresale del pecho.


Las sombras del corredor se remueven apenas. Uno de los mendigos de venas azuladas cambia el peso de una pierna a otra. Otro baja la mirada hacia ti, atento, como un perro que esperase una orden. Elpidios entrecierra los ojos.


La palabra queda suspendida un instante en el aire viciado de la cámara. El monstruo ladea la cabeza con una lentitud casi ceremonial.


No espera respuesta. Se nota. La pregunta no busca una confesión; busca ver cómo se te mueve la cara, cómo tragas saliva, cómo late el cuello cuando alguien pisa sin querer un secreto mal enterrado.


La sonrisa vuelve a abrirle la boca. No hay alegría en ella. Hay hambre de comprensión. Se aparta de la silla. La punta del bastón, o del hueso que usa como tal, golpea una vez la piedra. El sonido seco basta para que los otros se mantengan inmóviles.


Alza una mano antes de que puedas abrir la boca siquiera.


Su voz se vuelve más baja. Más antigua. Más peligrosa.


Se aproxima un poco más. Lo bastante para que su hedor te invada otra vez, mezcla de moho, salmuera y carne humedecida demasiado tiempo.


Desde la silla, Ni sigue mirándote con esos ojos abiertos que no pueden cerrarse. No se mueve. No puede. El horror de su inmovilidad pesa más que cualquier amenaza dicha en voz alta. Elpidios extiende una mano hacia ti, no para sellar nada, sino para fijar el mandato en el aire entre los dos.


Da medio giro, como si ya hubiese decidido que el asunto está cerrado. Sus mendigos enfermos se apartan para abrir paso. Uno de ellos sostiene una capucha oscura entre las manos. Otro juguetea con un cuchillo demasiado limpio para ese lugar.


El monstruo hace un leve gesto con dos dedos. Los otros avanzan: te van a sacar de allí. Si no te resistes, tu rostro será tapado y recobrarás la visión y el sentido a las afueras del almacén de Asterion, mientras un par de mendigos malolientes, con las venas pulsantes azuladas, se alejan en la oscuridad de la noche. No sabes cuanto tiempo ha pasado, lo que sí sabes es que empiezas a tener hambre. ¿Qué haces, Arda?

Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: greatkithain en 31 de Mar 2026, 12:34:53
Iota permanece quieto unos segundos después de que la capucha desaparezca y la noche vuelva a existir. No por desconcierto. Por calibración. Cierra los ojos. Olor: sal, óxido, gasolina vieja. Sonido: motores lejanos, pasos dispersos, respiraciones humanas normales. Presencias: ninguna alterada. Ninguna útil. Conclusión: zona segura, pero improductiva. Abre los ojos. La negociación con Elpidios ha fallado en todos los parámetros relevantes. Pero Ni sigue viva. Y eso basta.

Vuelve a cerrar los ojos durante medio minuto en su proceso de evaluación. La variable Sfázo se despliega en su mente con la precisión de un informe interno. El nombre no procede de registros oficiales, sino de una palabra recordada, proyectada en su mente por un rastro espiritual fragmentado en el refugio de Nea Alikarnassos: una etiqueta ajena, no un nombre propio. Los restos del aura y las visiones psíquicas lo vinculan a una furgoneta blanca de logo borroso y a la iconografía de una carnicería: delantales manchados, cuchillas colgantes. Se mueve más silencioso y más limpio que otros sujetos detectados, como una mentira bien entrenada.

El espectro de Stavros Kalaitzakis confirmó, bajo Lenguaje Espiritual, que Sfázo estuvo directamente implicado en su muerte. Los datos lo sitúan como pieza fundamental en la distribución de la droga Æon en los dominios del puerto y los barrios bajos. Elpidios lo define como un tipo muy escurridizo que ha violado acuerdos previos. Ahora, bajo coacción, la directiva principal es localizarlo y entregarlo en el almacén de Asterion Logistics a cambio de la integridad operativa de Ni. Su capacidad para moverse como una mentira y su vínculo con la desaparición de Laura lo convierten en una anomalía en el patrón de Heraclión y en un objetivo de alta prioridad.

Iota evalúa su estado interno. El algoritmo empieza a perder precisión decimal. Necesita sangre sobrenatural antes de iniciar la caza. No puede obtenerla de humanos normales. Ni de los mendigos alterados. Ni de Elpidios. Ni de Stavros. Y ni por asomo de Ni. Conclusión: debe recurrir a su reserva en Nea Alikarnassos.

Respira hondo ara reorganizar los pensamientos en secuencia operativa. La decisión se fija con la misma claridad que una orden interna: primero, regresar al refugio; segundo, estabilizarse con sangre sobrenatural; tercero, informar a Kaari y establecer nuevas acciones.

Iota empieza a caminar.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 01 de Abr 2026, 10:36:39
Cita de: greatkithain en 31 de Mar 2026, 12:34:53La decisión se fija con la misma claridad que una orden interna: primero, regresar al refugio; segundo, estabilizarse con sangre sobrenatural; tercero, informar a Kaari y establecer nuevas acciones.

Nea Alikarnassos — Piso franco

📅 16 de diciembre de 2005 - 04:03

La noche de Nea Alikarnassos parece la misma que hace unas horas, pero ya no se deja mirar del mismo modo. Caminas por calles húmedas, entre fachadas cansadas, persianas medio bajadas y farolas que derraman una luz amarilla, pobre, sobre el asfalto roto. Huele a sal, a óxido, a gasolina vieja. A basura húmeda en los callejones. A puerto. A cosas que se pudren despacio y sin ceremonia. El barrio continúa ahí, indiferente, con sus gatos flacos, sus ventanas apagadas y su silencio de madrugada. Pero ahora sabes que debajo hay algo que piensa. El cansancio no te pesa como el sueño. Lo notas en la mandíbula, demasiado apretada. En los hombros, que se sostienen por costumbre. En la boca, seca. El hambre aprieta por dentro con una constancia desagradable, precisa, casi metódica. No es desesperación todavía, pero ya no puede ignorarse.

Subes hasta el refugio sin hacer ruido. La escalera exterior cruje bajo tus pies y la barandilla de hierro devuelve el frío a la palma de la mano. Dentro, el piso conserva ese aire de refugio improvisado que nunca termina de volverse hogar: mantas dobladas a medias, ropa tendida junto a una silla, herramientas, cables, platos lavados demasiado deprisa. El lugar sigue oliendo a encierro, a sudor seco, a polvo atrapado en las esquinas. La reserva sobrenatural sigue donde la dejasteis, ¿cuánto tomas? ¿Cuánto queda?

No pierdes tiempo. La abres, tomas lo necesario y dejas que el cuerpo haga el resto. La mejoría no llega como alivio, sino como corrección. El pulso se ordena. La vista deja de arrastrar fatiga. Aun así, el sabor permanece unos segundos en la lengua y la sensación de haberte llevado algo que no era del todo tuyo tarda un poco más en apagarse. Desde el sofá del salón llega un leve roce de tela. Kaari no se incorpora de golpe, no puede. Sigue tumbada entre mantas mal colocadas, con el cuerpo vencido hacia un lado y la espalda medio apoyada en un cojín aplastado. La luz pobre del piso le deja media cara en sombra y le marca las ojeras con una claridad ingrata. La pierna que conserva está cubierta hasta la rodilla. La otra ausencia pesa en la forma en que mantiene el cuerpo quieto, en cómo mide incluso el gesto más pequeño antes de hacerlo. Te mira primero a ti. Luego a la puerta. Después vuelve a ti. No hace falta que diga nada para que se note que ya ha entendido una parte. Mira detrás de ti una vez y no ve a nadie.


La pregunta sale baja, contenida, sin histeria. Más cansada que temblorosa. Aun así, en la forma en que se le queda quieta la mandíbula hay algo que ya sabe la respuesta antes de oírla. Tardas un instante en contestar.

Mientras piensas lo que vas a contestar, Iota, echas un vistazo por la ventana del salón. La calle de abajo parece vacía al primer vistazo, luego los ves. Dos tipos mugrientos avanzan despacio por la acera de enfrente. Uno lleva las manos en los bolsillos de una chaqueta demasiado grande. El otro fuma sin prisa y vuelve la cabeza lo justo para mirar los portales, los coches, las ventanas. No llaman la atención si no sabes qué buscar. Te están buscando, sin duda, pero parece que, por el momento, estás a salvo.

Asumimos que cuentas la historia a Kaari: si quieres, déjala más clara en el próximo post, pero voy a asumir que, al menos sabe lo básico: fuisteis al almacén y os capturó un tipo llamado Elpidios, que ahora tiene a Ni secuestrada.


Intenta incorporarse, pero aún está muy débil. Notas que en el suelo hay manchas de sangre secas, se ha estado arrastrando cuando no estábais.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: greatkithain en 08 de Abr 2026, 21:17:40
Nota: Nota: Arda bebe cuatro puntos de sangre de los viales para estar a tope.

Iota observa la reserva sobrenatural con la misma precisión con la que evaluaría un mecanismo delicado. Tres viales útiles. Uno degradado. Uno demasiado antiguo. Calcula la cantidad mínima necesaria para restaurar la precisión decimal del sistema sin comprometer futuras necesidades del grupo. Toma uno ya empezado, lo abre y lo bebe hasta vaciarlo. El sabor permanece unos segundos en la lengua, metálico y ajeno, y la sensación de haber tomado algo que no era del todo suyo tarda un poco más en disiparse.

Cuando levanta la mirada, Kaari ya está despierta. Su cuerpo vencido hacia un lado, la manta mal colocada, la respiración pesada. La pierna ausente pesa en la forma en que se sostiene, en cómo mide cada gesto antes de hacerlo. Sus ojos pasan de él a la puerta, y luego vuelven a él. La pregunta llega baja, contenida, sin temblor, pero con una mandíbula que ya conoce la respuesta antes de oírla.


Iota no responde de inmediato. No por duda. Por orden. Por secuencia. Mira por la ventana. Dos figuras mugrientas avanzan por la acera de enfrente, manos en bolsillos, mirada que se desliza por portales y coches sin detenerse demasiado. No llaman la atención si no sabes qué buscar. Él sí lo sabe. Están rastreando. Pero aún no han encontrado nada.

Vuelve a Kaari. Le cuenta lo esencial: el almacén, la captura, Elpidios, la amenaza, la condición impuesta. Ni retenida y esperando.

Kaari escucha. Y entonces ríe. Una risa rota, breve, casi sin aire. Una risa que no encaja con la situación, pero que tampoco la contradice. Una risa que no es alivio ni locura, sino una grieta humana en medio de algo que ya no lo es.


Intenta incorporarse, pero el cuerpo no responde. En el suelo hay manchas de sangre secas: se ha arrastrado cuando no estabais. Iota la observa un segundo más de lo necesario. Por análisis. El humor en condiciones adversas es un patrón humano que no termina de comprender ni aplicar.

Respira hondo, reorganizando la secuencia de prioridades. La decisión ya está fijada: estabilización completada. Información transmitida. Próximo vector: localizar a Sfázo. Y después, Ni.


Mientras coge una vieja guía telefónica y encuentra un anuncio de carnicería Sfázo con el telefóno y la dirección.
Título: Re:Episodio 2 — Laberinto
Publicado por: Maurick en 21 de Abr 2026, 23:14:11
Kaari se incorpora, mientras la manta resbala un poco por su cadera cuando intenta incorporarse y el gesto le tensa la boca de inmediato. Apoya una mano en el borde del sofá, luego la otra, y se arrastra lo justo para quedar un poco más erguida. El esfuerzo le deja la respiración corta, contenida, como si no quisiera regalarle al dolor ni un solo sonido. Sus ojos bajan al listín abierto sobre la mesa.


Se gira hacia el portátil con un movimiento torpe, lento, y estira el brazo para alcanzarlo. No llega del todo. Tiene que tirar de él hacia sí con dos dedos, arrastrándolo sobre la mesa baja con un roce áspero de plástico y madera. Cuando por fin lo tiene cerca, se queda un momento quieta, con la barbilla apenas hundida en el pecho y los hombros tensos, recuperando aire antes de levantar la pantalla. Tú la observas mientras el barrio sigue respirando al otro lado del cristal; abajo, los dos tipos mugrientos continúan con su paseo de mentira. Uno se detiene junto a un coche aparcado, mientras el otro mira hacia la esquina y escupe al suelo. Desde aquí parecen hombres cualquiera. Kaari enciende el portátil: la luz fría le blanquea la cara y le hunde aún más las ojeras. Sus dedos vacilan al principio sobre el teclado, pero encuentran ritmo rápidamente. Abre carpetas, historiales, conversaciones viejas. Se mete en programas de mensajería, teclea comandos en una terminal, se abren más ventanas.


El ventilador del portátil arranca con un zumbido mínimo. En la calle pasa un coche demasiado deprisa para la hora que es. Durante un segundo, desde lejos, se cuela un villancico malo por la ventana cerrada. Apenas unas notas deformadas por la distancia, ridículas y tristes a la vez. Diciembre ya está aquí, y Creta sigue girando aunque haya una chica inmóvil bajo tierra y un monstruo pensando debajo del puerto. La joven aguanta la respiración, lee, relee. Vuelve atrás. Abre otra ventana. Sus labios se separan, lo justo para dejar salir una respiración un poco más larga.


No levanta la voz, pero dirías que hay algo en la forma en que pronuncia esa única palabra que te obliga a acercarte. En la pantalla hay una conversación antigua, entre «bnikoleta» y «scylo_stavy». Reconoces a Laura, a pesar de que sólo has estado con ella unas horas. La identidad del otro, te la imaginas.


Sus dedos se quedan suspendidos sobre el teclado. Luego descienden otra vez.


El resplandor del portátil parpadea sobre su cara. Tú sigues de pie, disfrutando el alimento, la vitae. El encierro en el laberinto de Elpidios te ha cobrado más de lo que estás dispuesto a admitir. La sangre reciente ha corregido el hambre, pero no ha borrado del todo el resto. El cansancio vuelve de otra forma: sordo, y hondo. Cierras los ojos. El peso es casi insoportable. Kaari continúa tecleando. Va reuniendo nombres, horas, restos de búsquedas, pequeños rastros que Laura dejó dispersos como si pensara regresar a por ellos. A veces se detiene. Se lleva dos dedos a la sien y reanuda.


El sonido del barrio es muy curioso. Corres las cortinas, bajas las persianas. La habitación se queda a oscuras, iluminada solo por el la luz blanquecina del portátil. Las farolas parpadean, y te sientes a gusto. En tensión, con algo de miedo, pero a gusto. Te sientas o quizá solo te dejas caer cerca, sin decidirlo del todo. El cuerpo empieza a pedirte una tregua con una insistencia cada vez más espesa. La cabeza pesa; la habitación se vuelve extrañamente blanda en los bordes, como si el tiempo se estuviera deslizando entre los dedos sin hacer ruido. Tú notas cómo los párpados empiezan a caer con un peso que ya no admite discusión. Fuera, otro coche atraviesa la madrugada con un villancico puesto demasiado alto. Escuchas risas, muebles arrastrándose, alguien tosiendo. Después, otra vez, ese silencio irregular de barrio que nunca duerme del todo. Kaari teclea una última vez antes de levantar apenas la cabeza hacia ti.


La oscuridad tarda poco en encontrarte. Primero te pesa la nuca, luego la mandíbula deja de apretar. Después, tu cuerpo entero se hunde en una quietud densa, absoluta, como si alguien hubiese apagado una sala entera dentro de ti. Y entonces ya no queda refugio, ni farolas, ni sal, ni pantalla, sólo oscuridad.



Pasan minutos, horas, días. No eres consciente de ello, pero cuando abres los ojos estás en un lugar oscuro. El suelo sobre el que estás tumbado es sólido, frío. Te encuentras con tu atavío de laboratorio, de cuando estabas bajo el cuidado de Aya Kunter. Estás descalzo. Escuchas un enorme aleteo y una nube de plumas se materializa frente a ti. Un hombre con el torso desnudo, musculado, vestido con un pantalón de cuero apretado y unos calentadores en los brazos de tela. Camina hacia ti, con los brazos abiertos.


¿Cómo vas a reaccionar, Iota?