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Heaven's Gate => Capítulos => Bruma Nocturna => Mensaje iniciado por: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13

Título: Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13
Carretera de madrugada

A las afueras de Soria — De camino al nordeste

📅 12 de septiembre de 2005, 03:02

La noche en Soria tiene ese frío seco que no muerde de golpe, pero se va metiendo poco a poco en la ropa, en los dedos, en las articulaciones. Cuando regresas del Estanque del Lirio Apacible, el coche sigue donde lo dejasteis, detenido junto al monasterio como una máquina abandonada. La oscuridad no es total: hay algo de luna que se cuela entre las nubes, como un resplandor plateado discreto. La piedra del monasterio la devuelve con una claridad gastada. Iruz está espatarrada en el asiento trasero, con una pierna doblada de mala manera, con la cabeza apoyada en un montón de ropa. Duerme con esa clase de abandono que sólo se permite alguien cuando ya no le queda energía. Parece tranquila. Ana Mercedes, en cambio, está en el asiento del conductor. Dormida de lado, con la frente casi apoyada sobre la ventanilla y un brazo cruzado sobre el pecho. La postura le ha dejado el cuello en un ángulo ingrato, como si se hubiera prometido descansar sólo un momento y el cuerpo le hubiera retirado la palabra. Cuando te acercas, la gravilla cruje bajo tus pasos. Ana Mercedes abre los ojos antes de incorporarse del todo. Sólo tarda un segundo en recordar dónde está, contigo, qué hora es y por qué seguís allí.

Te observa. Sabe lo que has contemplado.


Hay un instante breve en que no dice nada más. Se pasa una mano por la cara, apartándose el cansancio como puede. Después mira hacia atrás, a Iruz, y luego de nuevo a ti.


No hay ceremonia. No hay discurso. Sólo el ruido del motor volviendo al mundo. Durante los primeros minutos nadie habla. El monasterio queda atrás, luego la carretera estrecha, luego los bordes negros de los campos sorianos. El coche avanza por una meseta dormida, vacía, donde la noche parece más ancha de lo normal. La línea del horizonte apenas existe: a un lado, tierra oscura; al otro, cielo oscuro; entre medias, la carretera como una costura gris que alguien dejó a medio hacer. A ratos aparecen pueblos diminutos, manchas de luz amarilla apelmazadas en torno a una iglesia, a una gasolinera cerrada o a una plaza que ahora mismo no le importa a nadie. A ratos no hay nada durante kilómetros enteros. Sólo asfalto, postes, señales reflectantes y ese zumbido monótono que termina por adormecer incluso los pensamientos más tercos.

Iruz acaba despertándose atrás, quejándose de algo. La postura no es cómoda, por supuesto. Luego gruñe como una niña mal criada a la que le han retirado los muñecos. Tarda unos segundos en entender que el coche está en marcha.


Se incorpora lo justo para mirar por la ventanilla. Ve la carretera, la noche, la espalda recta de Ana Mercedes al volante. Te ve a ti, con cara de pánfilo. No parece contenta, sólo parcialmente irritada.


Ana Mercedes no aparta la vista de la carretera. Cambia de marcha con suavidad, como quien no está dispuesta a malgastar energía antes de tiempo. El resto del trayecto hasta la primera parada se consume sin grandes sobresaltos. La noche va cediendo muy lentamente, no a la luz todavía, sino a una especie de agotamiento del negro. El cielo empieza a aclararse por zonas, primero como una ceniza pálida en el este, luego como una promesa muy lejana de mañana.



Parada reglamentaria de descanso

Área de servicio de Soses, Lleida

📅 12 de septiembre de 2005, 06:49

Mucho después, os detenéis en una estación de servicio abierta a medias en algún punto entre Soria y la Garrotxa. Una de esas áreas impersonales que parecen existir fuera del tiempo: surtidores blancos bajo una marquesina demasiado iluminada, máquinas de café que zumbean solas, un expositor de sándwiches triangulares con aspecto de llevar allí desde otra vida, y el suelo brillante de fregona reciente.

El aire de fuera está helado. Cuando salís del coche, el cuerpo protesta. Rodillas entumecidas, hombros cargados, la sensación de haber dormido mal incluso aunque no se haya dormido nada. Ana Mercedes se estira apenas, con discreción, y se aparta el pelo de la cara mientras observa el edificio de la estación con la expresión de quien sólo quiere café y cinco minutos de silencio. Iruz, en cambio, cierra la puerta del coche con más fuerza de la necesaria.


Ana Mercedes la mira de reojo. Hay cansancio, y una paciencia que quizá no sabía que tenía.


Iruz la observa un segundo, como si valorara si pelearse por pura costumbre o aceptar la oferta. Al final se encoge de hombros, de mal humor, pero sin guerra.


Las dos desaparecen hacia el interior con sus cosas. La puerta automática se abre y se cierra tras ellas con un siseo vulgar, de esos que devuelven todo a una normalidad muy fea pero muy útil. Te quedas fuera un momento, junto a los surtidores, con la madrugada rompiéndose despacio alrededor. Algún camión duerme al otro lado del aparcamiento. Más allá, la carretera sigue esperando, extendida hacia el nordeste como una idea todavía sin forma. No parece que estéis en peligro... ¿o sí? No tardan mucho en regresar. ¿Qué les vas a decir? ¿Has hecho algo más antes de abandonar Soria? ¿Qué piensas de todo esto, Bruma?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41
Bruma Nocturna escucha la historia de Pau (asumo que se desarrolla mientras Bruma le habla de las Rocosas, del legado de su madre, de su abuelo, etc). En el encuentro con el espíritu del Lirio del Estanque Apacible, muestra respeto pero no sumisión: inclina ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero no se arrodilla. Tampoco mantiene la mirada baja, sino que la fija en el espíritu como señal de que cuenta con su atención plena. Sin embargo, no replica ni responde hasta que el Lirio termina de hablar.


Con un respetuoso gesto de cabeza, se despide del Lirio y abandona el lugar. Se aleja caminando despacio, consciente de la bendición muda de Pau, pero hace una pequeña parada antes de estar demasiado lejos para gira levemente la cabeza, mirar al hombre a los ojos y hacer un último anuncio a modo de promesa con expresión seria pero amable.


Nada más.

Tras su palabra de despedida, continúa la marcha hacia la carretera.



Al regresar al coche y ver a Iruz y Ana Mercedes, intenta actuar sin hacer demasiado ruido ni movimientos bruscos.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13

Asiente con la cabeza.


Se sube al coche intentando molestar lo mínimo posible, y rebusca por debajo del asiento. Recuerda que en algún sitio había una pequeña manta, así que intenta encontrarla para ponérsela por encima a la agotada ícaro.

Después de que Ana Mercedes arranque, solo silencio y alguna mirada furtiva al retrovisor. Como habitualmente, intenta prevenir que alguien (o algo) los esté siguiendo... o pueda aparecer desde algún lugar no físico. Cuando Iruz se despierta, solo le responde para molestar.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13




Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).


Tras la indicación, se dirige a la tienda mientras busca el dinero en su bolso de piel. Le confirma el número de surtidor al tipo calvo y con barriga, y mientras le da el cambio intenta rellenar el silencio comentando que "está la noche tranquila, ¿eh?".

Al volver al coche, recoge su cazadora del techo y se la pone sobre los hombros sin meter los brazos en las mangas. Abre la puerta del copiloto y le hace un gesto a Iruz para que se siente. Si accede, él irá detrás, en silencio, vigilando el entorno y pensando en lo ocurrido. Si Iruz replica, no discute: se sienta él en la parte delantera del coche, y mantiene la misma actitud reservada (salvo que se dirijan a él de algún modo).
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:01:54
La gravilla cede bajo tus botas cuando te alejas de la luz blanca de los surtidores, mientras el aire roza tu rostro. Es más frío, más limpio, pero notas que hay algo en cómo se queda atrapado entre los camiones que no termina de encajar. El remolque parece temblar durante un instante, lo que te lleva a detenerte durante un segundo. Tu cuerpo bombea sangre de forma demasiado ruidosa, como si tu propia existencia exaltase el silencio que hay a tu alrededor.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

Las vivencias que has pasado en el Estanque del Lirio Apacible han sido relativamente tranquilas. En tu mente, durante un breve instante, ves a Erik Angelus, transformado en la Bestia Púrpura que asoló Bilbao, ser tumbado por las formas Crinos de Aránzazu e Iris; de un destello, esa visión te muestra la Estigma Gula. Rememoras el momento en el que su piel y carne empezó a derretirse como si estuviese hecha de cera. Como del charco de desechos inmundos surgió una pequeña criatura metálica, que tuviste que reducir y destruir. Todo esto ocurre en un momento, de forma muy rápida, como si tu cerebro estuviese ajustando tus recuerdos para lo que pueda sucedeer.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).

Te detienes un segundo antes de avanzar. El pecho sube y baja más despacio, como si el cuerpo hubiese decidido por su cuenta no hacer ruido. La mirada recorre el contorno del vehículo, los reflejos muertos en la chapa, la oscuridad acumulada bajo la cabina. Das un paso más. El mundo físico no protesta cuando tiras de la celosía, al contrario. Cede demasiado fácil, como si no hubiese cortina de realidad que atravesar. Al otro lado, la estación de servicio sigue ahí... pero no es la misma. La marquesina ha perdido el brillo. Los surtidores están inclinados, como si llevasen años abandonados. El suelo no brilla: se deshace en fragmentos de tierra, hormigón y asfalto. Cada paso levanta una ceniza fina que no termina de asentarse nunca. El aire pesa, en contraste con lo que habías sentido en la Teluria. La estructura metálica se sostiene por inercia: hierro desnudo, sin pintura, repleto de óxido. Todo parece haber sido quemado desde dentro, sin fuego visible, sin humo.

Los espíritus no se esconden: no pueden. Los ves adheridos a lo que queda del lugar, reducidos a formas incompletas. Algunos no son más que una vibración, otros un contorno que tiembla al borde de desaparecer. No percibes agresividad, ni miedo, ni sorpresa, ni curiosidad. Lo que percibes, que es un sentimiento que ya empieza a ser bastante común, es agotamiento. Cuando te acercas a una de esas figuras espectrales, se remueve. Cuesta distinguir qué fue alguna vez: si un espíritu de la Tejedora, del Kaos, un reflejo del lugar... Ahora es incapaz de mantener su forma.

Intentas hablarle, y la respuesta llega tarde. Y mal.


El espíritu intenta recomponerse, pero es incapaz. No puede rememorar o mantener su forma. Su cuerpo espectral se le deshace por los bordes mientras intenta fijarse en ti.


La palabra no termina de asentarse, se fragmenta antes de llegar a ser comprendida del todo. El espíritu se pliega sobre sí mismo, incapaz de soportar más su existencia. Y lo que queda... simplemente se apaga. El resto no te dan respuestas —no porque no quieran, si no porque parece que ya no pueden—. Te quedas un segundo más. El peso de ese espacio no empuja... pero tampoco deja respirar del todo. Como si todo lo que aquí ocurrió hubiese sido ya asumido por algo más grande.

Encima de los restos de uno de los camiones, oxidado y devorado por el paso del tiempo, lo ves de nuevo. El profeta de las plumas negras, Birdman te observa en silencio. Si te diriges a él o te acercas, desaparece en una nube de plumas. Una única palabra resuena por todo el lugar, una palabra de la que desconoces el significado... «Exitus»...

Cuando vuelves, la transición es igual de fácil. La Umbra se pliega con la facilidad con la que pelas un plátano maduro. La luz blanca de los fluorescentes te golpea con una normalidad casi ofensiva. El zumbido de las máquinas, el olor a gasolina, el reflejo sucio del parabrisas... todo sigue en su sitio. Como si no hubiese pasado nada. Ana Mercedes está junto al surtidor, con el dinero en la mano. Cuenta sin prisa, con los dedos aún algo rígidos por el frío. No levanta la vista cuando te acercas, pero sabe perfectamente que ya estás ahí.


El gesto es automático. Preciso. Como alguien que ha hecho esto demasiadas veces como para pensar en ello. Iruz aparece a su lado ajustándose la ropa, con el pelo aún húmedo en algunos mechones. Te ve. Y el gesto se le endurece lo justo.


Hay algo más debajo del reproche; será el cansancio.


Ana Mercedes coge el cambio sin mirar cuánto es. Lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y se gira hacia vosotros. Su mirada pasa de Iruz a ti... y se queda un segundo más de la cuenta. Después, se asegura de adquirir unos productos para comer algo por el camino: sandwiches mojados, refrescos, agua, alguna bebida energética. Todo material de gasolinera, con un precio superior al habitual, pero justo por su ubicación.


El coche vuelve a la carretera sin más. El cielo empieza a clarear por el este, apenas una línea sucia entre nubes bajas. La noche se retira sin hacer ruido. El motor vuelve a ese zumbido constante que termina por ocupar todo el espacio. Iruz se deja caer en el asiento del conductor, mirando por la ventanilla como si no esperase nada de lo que viene. La carretera sigue hacia el nordeste.


Está recostada en el asiento de atrás, pero no parece que vaya a dormirse pronto. Notas preocupación, como si este grupo y este viaje no estuviese del todo bien montado. ¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 11 de May 2026, 22:33:32
Durante el reconocimiento del lugar, sobre todo en el momento que transcurre en la umbra, el joven sioux entiende que no tiene ni la menor idea de lo que está ocurriendo. No siente "algo" que esté ocurriendo o causando lo que aprecia a su alrededor sino todo lo contrario, y por algún motivo que no alcanza a comprender considera que, de algún modo, en parte es su responsabilidad. Intenta ofrecer energía a algún espíritu, pero ninguno está lo suficientemente consciente como para aceptarla. Intenta sostener con su garras de Kaos los pequeños copos e hilos que flotan mientras se desintegran, con la esperanza de que, si alguno se enredase entre sus dedos, quizá ese breve contacto pudiera servir para restablecer parte de la consciencia y la voluntad de existir del espíritu al que había pertenecido. Nada funciona, nada sirve, y la la ligera sonrisa de medio lado de Birdman solo confirma que no hay nada que el chamán pueda hacer en ese momento y, lo que es peor, que él ya lo sabía.

Al regresar con las chicas, se le percibe silencioso y lúgubre; como si acabase de presenciar el funeral de alguien a quien ni siquiera el oficiante presta la correspondiente atención. En cuanto a las quejas de Iruz, simplemente las omite: cuando ella habla, simplemente desvía la mirada para fijarla en una grava mientras piensa que, probablemente, no sea más que un cascarón vacío sin representación en el mundo umbral. Se sube al coche tras la indicación de Ana Mercedes, y se queda mirando por la ventanilla cómo van pasando cada uno de los árboles, los postes de la luz, las pequeñas aves que se dejan ver de vez en cuándo...


A medida que termina la última frase, el volumen de su voz decae ligeramente mientras se lleva la yema de los dedos a la frente y el pulgar a la sien; como si una idea demasiado compleja estuviese todavía luchando por tomar una forma concreta. Mientras divaga, se da cuenta de que Ana Mercedes ha empezado a hablar y se queda en silencio mientras la escucha.

Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:01:54


Aunque dirigió la mirada brevemente a la joven cuando se dirigió a él, en seguida sus ojos volvieron a atravesar el vidrio lateral intentando crear lo que, quizá, podría ser el último recuerdo "vivo" de la región.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34
Red de autovías nacionales: C37 y GI524 hacia La Garrotxa

📅 12 de septiembre de 2005, 09:41

El viaje vuelve a ponerse en marcha con esa normalidad fea de las carreteras largas: café malo en el estómago, gasoil reciente, plástico arrugado de sándwiches, ventanillas empañadas por dentro y una luz de mañana que no termina de limpiar nada. Durante un buen rato, Ana Mercedes permanece en silencio. Conduce con las dos manos en el volante, la espalda recta y la mirada puesta en la carretera. Parece estar buscando una forma prudente de contar algo que ni siquiera ella tiene ordenado del todo. Iruz va en el asiento de atrás, con una rodilla apoyada contra la puerta y la cabeza ladeada. No duerme. Mira el paisaje como si le hubiese ofendido personalmente.


La carretera abandona poco a poco la comodidad ancha del trayecto principal. El mundo se estrecha: los campos dejan de parecer una extensión abierta y empiezan a convertirse en parcelas húmedas, caminos agrícolas, masías distantes y líneas de árboles que cortan el horizonte en vez de dejarlo respirar. Ana cambia de marcha con suavidad. El coche vibra un poco al entrar en una carretera comarcal peor cuidada, con el asfalto remendado a parches y las cunetas comidas por la maleza.


No suena a explicación aprendida. Suena a silencios mal interpretados, a adultos cambiando de tema cuando ella entraba en la habitación. La vegetación empieza a cerrarse más alrededor del coche. Primero son hileras de árboles junto a la carretera, luego curvas más lentas. Pequeñas elevaciones oscuras, paredes de tierra húmeda, piedra negra asomando entre raíces y matorrales. Notas el cambio antes de que pueda señalarlo con palabras, la naturaleza no se vuelve más viva: se vuelve más cerca.


Iruz se incorpora un poco en el asiento trasero. Ya no tiene ese aire de estar simplemente aburrida. Tiene los ojos puestos en la ventanilla, siguiendo la masa verde que se desplaza al otro lado del cristal.


Ana Mercedes no la contradice, eso dice más que cualquier advertencia. La carretera pierde calidad a medida que avanzáis. Ya no hay grandes señales, sólo desvíos con nombres de pueblos, caminos laterales hacia casas aisladas y tramos donde el asfalto parece haber sido dejado en paz durante demasiados inviernos. Las ruedas golpean baches pequeños. En algún punto, una señal oxidada aparece torcida junto a un muro de piedra seca, medio tapada por hierba alta.


Se le tensa un poco la mandíbula. No está burlándose. Está admitiendo, a su manera, que su conocimiento del asunto está lleno de agujeros.


El coche toma una curva cerrada y el paisaje cambia otra vez. Ya no parece rural en el sentido amable de la palabra. No hay campos abiertos ni casas con humo saliendo de la chimenea. Hay bosque, roca, pendiente y humedad. La luz entra partida entre ramas altas, dejando manchas pálidas sobre el parabrisas. Algunas zonas del suelo tienen un color casi negro, como si la tierra hubiese ardido hace mucho tiempo y nadie se hubiese molestado en convencerla de que dejara de recordarlo. Iruz traga saliva. Se nota en el movimiento seco de su garganta. Intenta disimularlo con una risa nerviosa, pero no le sale del todo.


Ana Mercedes suelta aire por la nariz. No llega a reírse.


Pero ni siquiera ella parece creer que sea sólo eso. La carretera termina en un tramo estrecho, casi secundario, donde la vegetación ha empezado a reclamar los bordes. A vuestro lado hay un edificio viejo, con varios carteles publicitarios: Mas Boixeda, una masia. Parece abandonada, pero en el pasado quizás era un destino turístico. Más adelante, un camino sin asfaltar sube entre árboles y piedra oscura. No hay cartel nuevo. No hay advertencia formal. Sólo una vieja marca azulada en una roca, casi borrada, como si alguien la hubiese pintado allí hacía muchos años y luego hubiera decidido que era mejor olvidarla. Ana Mercedes aparca el vehículo en el aparcamiento improvisado que hay cerca. Hay un viejo Volkswagen escarabajo oxidado en una de las esquinas, como si no hubiese podido evitar volverse un trasto. El coche queda al ralentí durante unos segundos. El motor tiembla bajo vuestros pies.


La última frase no busca aliviar. Sólo reconocer una posibilidad desagradable. Iruz mira el sendero. Luego a ti. Luego otra vez al sendero.


Cuando el ruido del motor cesa, escuchas algo que te hiela la sangre. Bueno, decir escuchar es algo muy atrevido, porque es una sensación casi imperceptible. Es algo más espeso, más antiguo, más pendiente de ti. Ante ti está La Garrotxa, el túmulo de la Muntanya Blava: una zona volcánica olvidada por Gaia y por el Kaos, una herida negra que desde lejos podría parecer entregada al Wyrm por completo. Pero lo que notas al mirar entre los árboles no es victoria: es un aguante podrido, agotado, casi obsceno. Como si el lugar siguiera sosteniendo algo sólo porque nadie le ha dado permiso para caer.

Ana Mercedes carraspea y se asegura de que todos los enseres de viaje estén colocados en el maletero. Se pone frente a vosotros, y duda un instante. Pasa a Hispo, e invitar a Iruz a subirse. Cuando ambas están preparadas para adentrarse en el interior de La Garrotxa, te aguardan. Tú, por otra parte, notas como todo el lugar empieza a ser consciente de tu presencia.

¿Vas a seguir el camino hacia la Masía de la Cendra, o vas a detenerte a escuchar qué parte de este lugar acaba de reconocer tu presencia?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 20 de May 2026, 00:34:40
Viajar en coche nunca ha sido la actividad favorita de Bruma Nocturna, pero ha aprendido a tolerar las máquinas de los humanos en su justa medida. El ruido del motor es como una permanente sierra manejada a destiempo, que modula sus pensamientos en una corriente irregular de ideas más difícil de ordenar de lo habitual. El sabor del combustible en el aire, casi imperceptible pero imposible de obviar, hace que no sea capaz de distinguir la fragancia de las especies endémicas que se encuentran en las lindes de la vía.

Cuando Ana Mercedes comienza a hablar, el chamán sale de su rumiación y se gira ligeramente hacia ella para concentrar un poco mejor la atención. Intenta no perderse nada: ni una palabra pronunciada con más rabia, ni una frase expresada como un pensamiento en voz alta, ni una sílaba dicha con la voz un poco más rota. A medida que avanza el relato, el joven sioux ofrece retorno en forma de escucha activa y con leves muestras de empatía. Cuando habla de un túmulo que ha vivido guerras bonitas, bajo el que hay algo viejo, deja permear ese aire que desprenden aquellos que saben demasiado bien que la realidad del Garou no se corresponde con la épica de las canciones.

Tras la interrupción de Iruz, el theurge se dirige a ella con una inesperada muestra de paciencia.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Tras el breve inciso, echa un vistazo al entorno a través de las ventanillas y devuelve la atención a Ana Mercedes aprovechando que está con ánimo de hablar. Tras la descripción del Roc de la Cendra, Bruma simplemente asiente con un leve gruñido de duda. Suena misterioso, quizá peligroso, pero indudablemente atractivo. Tras once años nadando y buceando en la cultura, la historia y los conocimientos de los Garou, una experiencia que suena como una oportunidad de descubrir y aprender algo nuevo siempre es estimulante.

En el momento en el camino se estrecha y la luz cambia, los sentidos del Uktena se activan. Efectivamente, aunque no sabe qué es exactamente, es consciente de que no todo ese cambio de entorno es totalmente natural.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Cuando el molino de metal cesa, el emisario de La Noche Fría cierra los ojos y entrega sus sentidos a aquél o a aquello que ha decidido prestar atención a su presencia. ¿A la suya, o a la del grupo? No lo sabe, pero no importa: lo relevante es que esa fuerza tiene un interés lo suficientemente grande como para decidir hacerse perceptible. Al bajarse el coche, Bruma Nocturna acepta el pacto con esa energía.


Su voz es calmada y profunda, como si ya estuviese entrando en ese trance que parece que le invado cada vez que se toma tan en serio sus funciones chamánicas. Con el permiso de sus compañeras, mira al cielo sobre sus cabezas. Escucha los cantos entre el follaje, olfatea los rastros dejados entre los matorrales y saborea los últimos restos del verano entre las ramas. Se agacha para sentir el suelo con sus manos, para dejar correr la tierra entre sus dedos y, habiéndose sentido uno con la naturaleza del lugar, se asoma a la umbra del lugar con seguridad pero con respeto. Sea lo que sea lo que se ha molestado en manifestarse, merece que su atención sea correspondida.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 21 de May 2026, 21:19:45
Linde de la Muntanya Blava

El silencio que queda después de tus palabras no es completo. La Garrotxa nunca está del todo callada. Hay hojas rozándose con absoluta tranquilidad, tan húmeda como un bosque e insectos diminutos escondidos entre la maleza, ramas que crujen sin viento y un goteo lejano que no parece venir de ningún arroyo visible. Ana Mercedes permanece en su forma lupina, quieta junto al coche. Sus orejas se orientan hacia el camino de tierra, luego hacia ti, luego hacia el bosque. Espera, con las patas firmes sobre el suelo oscuro y el lomo tenso bajo el peso de Iruz. La chiquilla, subida sobre ella con bastante menos dignidad de la que intenta aparentar, te observa como si estuvieras a punto de convertir una mala idea en una experiencia formativa.


Ana gira la cabeza en desagrado, sutil y calmada. El gesto basta para que Iruz cierre la boca durante un segundo.


Iruz resopla, pero esta vez baja la voz.


Después de eso, incluso ella se queda más quieta. Tú cierras los ojos. Al principio, el lugar responde con cosas pequeñas. Humedad en la tierra, ceniza antigua atrapada entre los poros de la piedra volcánica. Raíces gruesas avanzando bajo el suelo como dedos lentos, ciegos, pacientes. Hojas resecas, madera podrida. El olor metálico y agrio de algo que no es sangre, pero sabe recordarla. La primera capa es naturaleza, pero la siguiente, sabes que no. Bajo el verde, bajo la piedra negra y los troncos cubiertos de musgo, hay una presión antigua. Se limita a estar ahí, extendida bajo la montaña como un animal imposible, tan grande que su respiración se confunde con el propio peso del terreno. Cuando hundes los dedos en la tierra, la Garrotxa no te acoge. No porque no quiera, si no porque está el tósigo presente, enterrado bajo metros de tierra olvidada. Notas el Wyrm, está ahí. En hebras finas, incrustado en los bordes de la sensación como pus seco alrededor de una cicatriz. Su corrupción no se presenta como un ejército desplegado ni como una boca abierta. Es más discreta, más paciente, más obscena: una infección que aprendió a confundirse con el cansancio del cuerpo al que devora.

(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Localizaciones/La_Garrotxa.jpg)

Y, aun así, no es lo único. La corrupción está sobre algo más antiguo. Algo anterior a la caída del clan. Bajo la marca del Wyrm hay una arquitectura espiritual rota, hecha de resistencia, sellos y juramentos repetidos durante generaciones hasta que las palabras dejaron de significar esperanza y empezaron a significar condena. Notas la piedra negra, como un pensamiento impuesto a tus sentidos. Obsidiana. No una roca, sino una voluntad mineral, vítrea y agrietada. Una presencia que nunca quiso ser cálida. Algo que enseñaba a permanecer, a cerrar la boca y a aguantar el peso. Sus vetas azules brillan durante un instante en la oscuridad de tu percepción y luego se hunden otra vez bajo capas de ceniza. Y entonces, el bosque se desplaza. No físicamente, por supuesto, si no metafóricamente. La perspectiva cambia sin moverse. Los troncos se alargan hacia arriba hasta perderse en un cielo que no está. Las ramas se arquean como costillas. El camino de tierra se vuelve una lengua negra entrando en una garganta vegetal. En algún punto, muy abajo, hay un pozo. No lo ves entero. Ningún sentido consigue sostenerlo. Es un círculo imposible, una abertura antigua, un ojo sin párpado tapado a medias por manos que ya no existen.

Alrededor de esa abertura hay figuras. Tres, quizá más. Sus contornos se pisan unos a otros como recuerdos mal conservados. Una mujer de hombros anchos, con el pelo pegado a la cara por la lluvia y sangre seca en los antebrazos. Un lobo rojo enorme, viejo, con el hocico lleno de tierra. Un hombre arrodillado sobre piedra húmeda, sosteniendo algo entre las manos mientras sus labios se mueven sin sonido. Partes de una misma vigilia que nunca debió hacerse en soledad. La imagen tiembla, y una sombra pasa entre ellos. Y luego la montaña aguanta. No se rompe del todo, pero permanece. Soporta. Permanece.

Aquí hay una conciencia enterrada bajo demasiados estratos de dolor, corrupción y memoria. Una conciencia vieja, quizá nacida del propio deber del túmulo, quizá deformada por lo que los Danzantes dejaron al romperlo, quizá algo más profundo que el clan sólo consiguió mantener dormido con nombres, ritos y obediencia. Durante un instante, percibes una idea tan grande y tan ajena que tu mente la reduce a una impresión física: la sensación de estar apoyando la mano sobre la piel de una bestia dormida bajo kilómetros de tierra volcánica. Y, sin que sorprenda a nadie, la bestia sabe que estás ahí. A tu espalda, en el mundo físico, Iruz deja escapar una risa breve y nerviosa. La corta enseguida.


Ana no contesta. La respiración de su forma lupina sale lenta por el hocico, condensándose apenas en el aire húmedo. Sus ojos siguen clavados en ti, pero también en algo que ella no puede ver del todo. La tierra entre tus dedos parece más fría que antes, pero la presencia deja de estar cerca de ti, y se desvanece a tu alrededor.  Mantantial-Sereno da un paso muy lento hacia ti y baja la cabeza lo justo para que Iruz pueda agarrarse mejor si hace falta moverse.


El bosque no espera tu respuesta. El bosque ya la está escuchando.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 22 de May 2026, 00:41:06
Cuando el bosque se presenta a Bruma, el chamán se deja reconocer. No hace ademán ni gesto alguno que pueda dar a entender que pretende ocultar sus verdaderas intenciones, porque no lo hace: viene a aceptar al bosque como es, a aprender lo que le quiera enseñar y a ayudarlo en la medida de lo posible. No con ira ni furia, ni con acciones directas; la intención de apoyo va envuelta en una suerte de tela hecha de comprensión y buena voluntad, y no con la imposición de un criterio quizá demasiado ajeno a la circunstancia.

Nota el bosque, y se funde en esencia con él. Nota al Wyrm, pasivo y expectante, pero no lo rechaza de forma directa. Da a entender, con un gruñido interno, que sí condena la corrupción... pero no la esencia del Wyrm en sí. Nota la piedra, siente la voluntad del mineral y contempla la escena de las tres figuras alrededor del pozo. Analiza la visión, lo justo para poder recordarla después, y cuando la inmensidad ocupa su mente simplemente deja que esta se expanda. No para abarcar al ser, sino para que esta sea capaz de comprender el conjunto de ideas, recuerdos e valores que lo caracterizan; si el túmulo y sus espíritus se abren ante él, es menester responder con la misma honestidad y sinceridad. Deja que su mano repose sobre la tez de la criatura, y hace un leve movimiento a modo de caricia. No una caricia de cariño, ni una de amistad. Una caricia de comprensión, de soporte. La caricia en el hombro que se ofrece a alguien que se percibe claramente cansado, pero que sabe que debe continuar su tarea.

Cuando Iruz habla y el Uktena sale de su trance, la mira con dureza. Espera unos segundos para serenarse, y se dirige a ella con seriedad pero con voz tranquila.

Cita de: Maurick en 21 de May 2026, 21:19:45


Después de tal ejercicio de paciencia, mira a Ana Mercedes. Esta vez como a una igual.

Cita de: Maurick en 21 de May 2026, 21:19:45


Al terminar de hablar, apunta los detalles en su pequeño cuaderno. Adquiere su forma natural y le indica a sus acompañantes que está listo para continuar con un suave rugido, leve y seco.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29
Sendero hacia la Masía de la Cendra

Iruz farfulla algo entre dientes, pero no llega a ser una frase completa. Es más bien una mezcla de queja, insulto ahogado y ganas evidentes de estar en cualquier otro sitio. Se recoloca sobre el lomo de Ana Mercedes con una torpeza mal disimulada, como si hasta el gesto de agarrarse le molestara.


Ana Mercedes no le responde al momento. Sigue mirando hacia el sendero, con el hocico bajo y las orejas tensas. Hay algo en su postura que no pertenece sólo al instinto animal. Es memoria. Una memoria mal colocada, pero memoria al fin.


Da unos pasos más por la senda, mientras el suelo húmedo cede bajo sus patas, oscuro, pesado, lleno de hojas a medio pudrir. La vegetación os rodea con esa cercanía sofocante que ya no parece casualidad, haciendo tengáis que avanzar despacio. Ana Mercedes vuelve a hablar cuando el camino empieza a inclinarse.


La palabra cachorros le deja un regusto evidente. Se le nota en cómo aprieta la mandíbula, incluso en Hispo.


Iruz resopla por la nariz, pero esta vez no mete baza. Ana Mercedes ladea un poco la cabeza hacia ti.


La pregunta queda un momento suspendida entre los árboles. No suena a curiosidad simple, no está preguntando por cortesía. Quiere conocerte un poco más. El sendero continúa. Durante un rato, Ana Mercedes parece segura del rumbo. Reconoce una roca cubierta de musgo, luego un desnivel junto a unos avellanos, después una curva que se abre hacia una pared de piedra volcánica. Pero cada referencia llega tarde, como si el lugar hubiese desplazado los recuerdos unos metros hacia un lado, y el camino se estrecha, pero luego se divide. Uno de los ramales baja entre zarzas, mientras que el otro sube hacia una zona de árboles más viejos, con troncos retorcidos y raíces expuestas. Ana se detiene a olfatear el aire. Baja el hocico hasta la tierra. Sus orejas se mueven, primero hacia un lado, luego hacia el otro.


La palabra sale seca. Iruz se queda quieta sobre ella.


Ana Mercedes no contesta enseguida. Mira un ramal, se para un instante. Luego se queda mirando el otro. Después vuelve la cabeza hacia ti, con una mezcla de rabia contenida y vergüenza. Deja a Iruz en el suelo y adopta forma humana.


El silencio que sigue no dura mucho, porque algo cruje entre los árboles. En algún punto incómodo, a vuestra derecha, donde el sotobosque es más denso y la luz apenas alcanza el suelo. Ana Mercedes se gira de golpe, bajando el cuerpo y enseñando los dientes. Iruz se agarra a su pelaje con una mano y busca con la otra algo dentro de su chaqueta.


El ruido no se repite, eso empeora el sentimiento. Entonces lo notas tú. Lleva ahí bastante tiempo, quizás desde que entrasteis al terreno. Alguien os seguía desde antes de la bifurcación; o tal vez desde el coche, o quizás desde que cruzasteis la primera marca azul borrada por el musgo. Su presencia ha permanecido pegada al bosque como una mancha que sabía imitar la sombra de los árboles. Ana Mercedes gruñe mientras el matorral se abre con un movimiento pesado. Primero aparece una bota embarrada, luego una pierna enfundada en unos vaqueros gastados, rotos en las rodillas, tensos sobre una carne ancha y descuidada. Después, una mano llena de anillos sucios aparta las ramas con impaciencia.

La mujer que sale de entre los árboles parece haber sido escupida por el propio mal camino. Obesa, desaliñada, con la camiseta empapada de sudor viejo bajo un chaleco vaquero cubierto de parches mugrientos. Lleva cadenas colgando del cinturón, pulseras metálicas, manchas oscuras en la ropa y una cresta roja, sucia y pegajosa, caída hacia un lado como una herida mal cerrada. Sus ojos se clavan primero en tu compañera Garou, luego en la joven de pelo rubio alborotado. Pero finalmente se fijan en ti, en tus cuernos. En tu forma amenazante. La sonrisa que le nace en la cara no es de alegría, es de haberse dado cuenta de algo muy gracioso.


Masculla algo más, pero se le queda en la garganta. Un sonido pastoso, desagradable, como si estuviese saboreando una palabra antes de decidir si merece la pena pronunciarla. Entonces se ríe. La carcajada rompe el bosque con una vulgaridad brutal. No es una risa limpia ni demente, es peor. Es la risa de alguien que acaba de encontrar una broma privada en mitad de un cementerio.


Ana Mercedes da un paso. Notas como sus ojos se iluminan con una energía verde. Sabes lo que acaba de usar: su gruñido sube de tono.


La desconocida la mira como quien mira una puerta vieja que aún no sabe si va a abrir o a patear. Luego vuelve a fijarse en ti, y la sonrisa se le abre un poco más, mostrando unos dientes amarillentos, irregulares, demasiado humanos para resultar tranquilizadores.


Iruz no se mueve, pero su respiración cambia. La notas más corta. Más alerta.


La mujer de la cresta roja se rasca el vientre por encima de la camiseta, sin pudor alguno. Después escupe a un lado, sobre una raíz cubierta de musgo.


La Garrotxa guarda silencio alrededor, pero ahora ya no parece el mismo silencio. Los árboles no han cambiado de sitio. El camino sigue dividido. La Masía de la Cendra no se ve desde allí. Sólo estáis vosotros, la humedad, la tierra negra... y una Danzante de la Espiral Negra que parece saber algo que nadie le ha contado.

Nymph sonríe otra vez. Esta vez sin reírse.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 25 de May 2026, 16:59:15
Tras las muestras de iniciativa y determinación de Ana Mercedes, Bruma la sigue sin objeción alguna. Cuando habla del pozo escucha, manteniendo la marcha, sin interrumpirla. Mantiene su atención en la ruta, los detalles del entorno y las sensaciones. Quizá deba recorrer el mismo camino sin guía en algún momento, así que vale la pena recordar las referencias.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El theurge asiente con la cabeza, sin ninguna adición a la propuesta. Ana ha asumido una posición cercana al liderazgo, y eso agrada al metis: si no tiene que pensar por los demás y tomar decisiones, pude invertir su atención y recursos en otros asuntos más ligados a sus intereses y capacidades.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El joven aminora ligeramente la marcha, meditando sobre la dimensión de la pregunta. Tras unos breves segundos, carraspea para indicar que ha decidido abordar el tema.


Hace una breve pausa, deja que la información se asiente. Mientras tanto, empieza a darse cuenta de que parece que el bosque no quiere que avancen; una sensación de dilatación espacial, o incluso de bucle, empieza a tomar forma en su mente. Sin embargo, no dice nada todavía (quizá el bosque esté intentando decirles algo) y continúa con su exposición para mantener a Ana Mercedes atenta a sus palabras y ganar tiempo para que el bosque ponga las cosas en su lugar.


Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Ahora que Ana Mercedes se ha dado cuenta, el metis se acerca negando ligeramente con la cabeza.


Justo al terminar sus palabras, se gira hacia crujido entre los árboles. Es evidente que no sabía lo que ocurría, pero su sospecha de que algo no estaba bien se confirma con la nueva situación.

Cuando la mujer aparece de entre el follaje, el Uktena se mantiene en retaguardia. Ana Mercedes ha encabezado el grupo desde que partieron, y considera que su lugar sigue siendo tras ella. Sin embargo, da un paso al frente cuando la punky le mira y le llama bastardo.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Su cuerpo permanece tranquilo, pero algo en su voz denota que en su interior se ha despertado algo que llevaba mucho, quizá demasiado, tiempo dormido. En el momento en el que Ana Mercedes activa su don, se da cuenta de que, además de confirmar la naturaleza de su interlocutora, la Philodox acaba de descubrir algo más sobre la esencia espiritual de Bruma Nocturna. No obstante, la situación actual es lo suficientemente tensa como para que esa conversación tenga que esperar.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El Uktena se limita a negar con la cabeza mientras frunce el ceño, dando a entender que se trata más bien de lo contrario.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Aunque su prioridad es evitar el conflicto, está totalmente preparado para interponerse entre Nymph y sus compañeras si esta inicia la ofensiva. En caso de conflicto, usará su estrategia habitual: tras ahorrar a sus compañeras el primer impacto y proporcionarles una oportunidad de tomar distancia y prepararse, usará su don Espíritu del Lagarto para moverse por las rocas y los árboles manteniéndose fuera del alcance de la Danzante mientras la castiga con su Lanza de Hielo. Llegado el caso, capturarla e interrogarla sería de más interés que simplemente matarla.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 26 de May 2026, 00:40:15
Nymph escupe al suelo con una tranquilidad obscena. La saliva cae sobre la tierra negra, espesa, mezclada con un hilo amarillento que burbujea un segundo antes de perderse entre las hojas mojadas. La Danzante te mira como si acabara de encontrar un hueso viejo bajo la mesa.


Ana Mercedes está tensa. Da un par de pasos hacia delante, dejando a Iruz atrás. No aparta la mirada de Nymph, pero notas cómo la pregunta anterior sigue en alguna parte de su cabeza. Y la Danzante lo nota también.


El bosque parece acercarse un poco más a su alrededor. Las copas tiemblan, el suelo parece vibrar con cada una de las palabras que escupe Nymph.


La frase cae despacio y pesada. Ana Mercedes gira la cabeza hacia ti, sólo un instante. No hay juicio en su mirada, pero sí algo peor para este momento: rabia. Las ganas de vengarse de todo lo que ha pasado aquí, y el bosque le ha puesto un blanco justo enfrente. Iruz, desde detrás, deja de respirar durante un segundo.


Nymph se ríe antes de que Iruz pueda terminar, con una carcajada corta, húmeda, casi satisfecha.


Entonces, ella cambia, sin pizca alguna de dignidad. Su cuerpo revienta hacia arriba y hacia fuera con un sonido de carne mal ensamblada. La camiseta se desgarra sobre una barriga enorme, deformada, cruzada por pliegues grasientos y venas oscuras. El chaleco cae hecho trizas, mientras los brazos se alargan con una brutalidad torpe, llenos de pelo a parches, zonas calvas y costras negras. Una de sus manos termina en garras largas y afiladas; la otra parece casi normal, salvo por la manera en que los dedos crujen al abrirse. La cabeza se deforma como un trozo de plastilina. Uno de sus ojos crece más que el otro, redondo, húmedo, desviado. El hocico se abre con dientes amarillos y encías ulceradas. El pelaje aparece en mechones sucios, pegados al cráneo y ausentes en placas rosadas de piel enferma. La cresta roja queda convertida en una línea grotesca de pelo tieso sobre la nuca. Su forma Crinos no impone majestad, da asco. Y se abalanza hacia ti, sin elegancia, pero con una velocidad que no corresponde a su cuerpo. Rompe ramas, levanta barro, baja los hombros y lanza una zarpa hacia tu pecho con una violencia destinada a partirte, no a probarte. Ana Mercedes no espera, el cambio le recorre el cuerpo como un latigazo. Pasa a Crinos en mitad del salto, creciendo con una rabia salvaje, contenida hasta ese mismo instante. Iruz se cae hacia atrás con un grito ahogado y rueda entre hojas húmedas antes de apartarse a gatas.


Ana Mercedes impacta contra Nymph de frente. El golpe suena como animales gigantes chocando contra una puerta podrida. Las dos se hunden en el barro, desgarrando raíces y maleza. Nymph alcanza a rozarte con una garra, pero el placaje de Ana desvía la mayor parte del ataque. La Danzante gruñe, hunde los dedos en el hombro de Ana y le muerde cerca del cuello con una boca llena de baba espesa. Ana responde con un codazo brutal, luego con las garras. Sangre oscura salpica sobre una piedra volcánica. Nymph retrocede un paso, pero no cae. Se ríe con la mandíbula torcida y embiste otra vez, esta vez más baja, buscando las piernas de Ana. Tú entras en la refriega, usando tus Dones y posicionándote, pero durante unos segundos todo se reduce a barro, respiraciones rotas y golpes que no encuentran sitio donde descansar. Tus manos, tus lanzas, tu cuerpo, con el peso de Ana a tu lado. La masa repugnante de Nymph resiste más de lo que debería. La Danzante recibe un golpe limpio en el costado. Notas como algo le cruje dentro. Su risa se corta en seco y se transforma en un bufido ronco. Ana aprovecha para empujarla contra un tronco, abriendo surcos en la corteza con las garras.


La voz de Ana Mercedes sale baja, animal, peligrosamente clara. Nymph escupe sangre, y te mira por encima del hombro de Ana. El ojo grande se mueve un poco antes que el otro, como si cada parte de su cara obedeciese a una voluntad distinta.


Ana vuelve a golpearla, en el hocico, y ves que parte de sus dientes caen al suelo, salpicando la tierra del bosque de un tósigo apestoso y marrón. Esta vez Nymph sufre bien el impacto. La rodilla se le hunde en el barro, mientras su cuerpo cambia de tensión. Por primera vez, no parece estar disfrutando de la pelea, pero lo comprende. No puede ganaros aquí. La transformación hace que su cuerpo vibre como una gelatina en un terremoto. Los huesos se repliegan, la barriga se encoge, las extremidades se acortan. En un parpadeo, la mole corrupta se convierte en una loba grande, enfermiza, de pelaje rojo apagado y negro, con calvas en los flancos y el mismo ojo desproporcionado brillando entre mechones pegajosos. Ana se lanza a por ella, de nuevo, pero Nymph abre la boca. No aúlla, vomita. Una bola espesa, verdosa, cargada de bilis y algo peor, sale disparada hacia un lado, a toda velocidad, con la violencia seca de un disparo. Pero no es Ana su objetivo, ni tú.

Va hacia Iruz. La muchacha intenta apartarse, pero llega tarde. El proyectil le estalla contra el pecho y el cuello, empapándole la ropa, la piel, el pelo. El olor golpea el aire de inmediato: agrio, químico, podrido, con una dulzura repulsiva que se agarra a la garganta. Iruz empieza a chillar como una condenada.


Ana se detiene medio segundo. Y eso es suficiente para que Nymph aproveche la distracción. La loba corrupta salta hacia una zona donde las raíces forman un arco bajo una roca azulada, casi oculta por musgo. Su cuerpo se emborrona al tocar la sombra. La Celosía se abre alrededor de ella como una herida usada muchas veces. Ana intenta alcanzarla, pero el veneno de Iruz llena el claro de gritos.


La voz de Nymph llega ya desde otro lado, deformada, medio tragada por la Umbra. Y luego desaparece. El bosque queda otra vez demasiado quieto. Iruz se retuerce en el suelo, arañándose la ropa, con los ojos llenos de lágrimas y rabia. La sustancia le humea sobre la piel, levantando pequeñas marcas rojas allí donde toca carne. Ana Mercedes vuelve a homínida a medias, no por calma, sino por necesidad. Se inclina sobre ella, enorme, temblando de furia.


Ana Mercedes levanta la mirada hacia ti. Tiene sangre de Nymph en la cara y barro en el pecho. Sus ojos están duros, pero no perdidos. La decisión ya está tomada antes de que hable.


Iruz vuelve a gritar, más ronca. Ana no aparta la vista de ti. Una luz verde, más suave y maternal, emerge de sus manos. Notas como las heridas de Iruz pelean por cerrarse.


La última palabra se queda entre los árboles. La Umbra aún conserva el desgarro por donde Nymph ha huido. No mucho, como un temblor en el aire, una mancha de frío sobre la sombra de las raíces, un olor a bilis y pelo mojado hundiéndose al otro lado. Tienes unos segundos.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

🟦 Seguir el rastro umbral antes de cruzar: No te lanzas detrás de Nymph de inmediato. Te concentras en el desgarro que ha dejado al pasar a la Umbra, analizas su olor espiritual, la textura del Don que ha usado y la dirección exacta de su huida. Puede que no llegues a alcanzarla ahora mismo, pero podrás descubrir si Nymph actúa sola, si conoce rutas abiertas o si alguien la está guiando desde el otro lado. Esta opción puede revelar información profunda sobre la corrupción del antiguo túmulo, el vínculo de Nymph con el lugar y la forma en que los Danzantes han aprendido a moverse por sus cicatrices. Perderías la posibilidad de enfrentarte a Nymph, al menos ahora.

🟨 Coordinarte con Ana antes de perseguirla: No abandonas la escena sin una palabra. Antes de cruzar, das instrucciones rápidas a Ana y estableces un punto de reunión o una señal de emergencia. Puede que eso le dé a Nymph unos segundos de ventaja, pero evita que el grupo quede roto en mitad de territorio hostil. Esta opción refuerza la confianza con Ana Mercedes, protege mejor a Iruz y permite que la persecución no se convierta en una separación ciega. Tendrías que superar una Tirada de Percepción + Impulso Primario a Dificultad 8 para encontrarte con Nymph en la siguiente escena. Un fallo te dejaría solo en la Umbra.

🟥 Cruzar la Umbra y perseguir a Nymph de inmediato: No esperas. Te lanzas tras el rastro antes de que el desgarro se cierre, aceptando el riesgo de entrar solo en una Umbra contaminada, inestable y conocida por la Danzante. Esta opción te permite mantener la presión sobre Nymph, impedir que se reorganice y quizá alcanzarla antes de que llegue a un refugio o a un aliado. A cambio, dejas atrás a Ana e Iruz en un momento delicado, entras en terreno espiritual enemigo y puedes acabar siguiendo una ruta preparada precisamente para cazarte. Lucharás contra Nymph en la siguiente escena.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 27 de May 2026, 21:15:41
Mientras Nymph habla del Demonio de Fuego, el metis permanece impasible.

Cita de: Maurick en 26 de May 2026, 00:40:15


Un leve bufido sale del hocico del chamán en forma crinos.


En el momento en el que la Danzante pasa a crinos, el Uktena intenta prever la trayectoria del ataque e identificar su objetivo. Sabiéndose receptor del golpe, intenta esquivar y, activando su don Espíritu del Lagarto, corre por la pared de roca para colocarse a la espalda de su oponente. En vista de que esta se ha enzarzado con Ana Mercedes y el uso se proyectiles podría ser peligroso, entre sus garras surge una larga y afilada Lanza de Hielo que blande cuerpo a cuerpo. Su estilo de combate es menos directo que el de Ana Mercedes: busca evitar posicionarse frente a frente con Nymph, usando las posiciones elevadas a su favor. Sube y baja por los troncos de los árboles, así como por rocas totalmente verticales, como si pasease por una llanura; la gravedad parece haber olvidado que hay un tercer participante en el conflicto. Quizá Bruma no sea el mejor luchador, pero no busca herir y derrotar a la Danzante por sí mismo: ya que Ana está haciendo frente de un modo directo a su antagonista, el Uktena dirige sus ataques de tal modo que Nymph deba exponerse frente a la Hija de Gaia si quiere esquivar los golpes de lanza.

Cuando la bola espesa golpea a Iruz, el muchacho se dirige rápidamente hacia ella mientras adopta su forma humana. El gesto de su rostro es, sin duda, el de la preocupación más genuina.


Al ver a Ana Mercedes ocuparse de la muchacha, el joven se tranquiliza ligeramente.

Cita de: Maurick en 26 de May 2026, 00:40:15




🟦 Seguir el rastro umbral antes de cruzar: si Nymph ha podido emboscarlos, seguramente pueda manipular el bosque o la umbra de alguna manera. Además, mencionó que quizá otros hagan que Bruma recuerde. Perseguir a un objetivo y perder la perspectiva de la situación puede ser un riesgo todavía mayor, ya que podrían enfrentar a los miembros del grupo por separado. Analiza la situación, y vuelve con sus compañeras para darles el parte.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30
El desgarro que ha dejado Nymph no tarda en empezar a cerrarse. No lo hace como una puerta, ni como una herida limpia. Se repliega con pequeños tirones, dejando en el aire un temblor sucio, un olor a pelo quemado y bilis vieja que se hunde despacio entre las raíces. Cuando te concentras en él, notas la trampa: no era un paso natural. La Danzante ha usado una arruga vieja de la Umbra, un pliegue inestable dejado por la caída de la Muntanya Blava. Un tejemaneje del Wyrm, sí, pero no construido desde cero, más bien una infección aprovechando una cicatriz. Algo que aprendió a entrar por donde el mundo ya estaba mal cosido. A un lado, Iruz sigue respirando con dificultad. El veneno le ha dejado la piel enrojecida en varias zonas del cuello y del pecho, aunque las manos de Ana trabajan sobre ella con una luz verde, suave y obstinada.


La Philodox no le pide que se calle. Se limita a sujetarla por un hombro para que deje de retorcerse y no se arranque media camiseta intentando quitarse una sustancia que ya no está del todo en la superficie.


Su voz suena más firme que tranquila. Tiene sangre seca en la cara, barro en el pecho y la mandíbula cargada de rabia, pero sus manos no tiemblan. Al mirar de nuevo el rastro umbral, entiendes algo más: Nymph no ha huido hacia cualquier parte, ha usado el bosque como quien usa un pasillo conocido, pero el trayecto no apunta a una guarida cercana ni a un refugio estable. Va hacia abajo, hacia una zona de pliegues, filtraciones y senderos que se repiten. Si la siguieras ahora, probablemente acabarías entrando en las cicatrices viejas del túmulo antes que en sus pasos reales. Ana levanta la vista hacia ti mientras termina de cerrar la peor de las quemaduras de Iruz.


Iruz traga saliva, se nota que le duele, pero ya puede hacerlo sin gritar. Ana aparta despacio las manos, mientras la luz verde se apaga entre sus dedos, dejando un olor tenue a hierba machacada y piel caliente.


El silencio que queda después tiene una forma desagradable. Iruz se incorpora a medias, apoyándose primero en un codo y luego en una rodilla. Está pálida, furiosa, con los ojos húmedos no sólo por el dolor, sino por la humillación de haber sido usada como salida de emergencia.


La Philodox parpadea una vez. No esperaba ese tono, o quizá no esperaba que Iruz fuese capaz de poner una palabra decente en mitad del desastre.


Iruz se queda sentada un momento más, respirando por la nariz. Luego baja la vista a sus propias manos, las abre y las cierra, como si estuviese comprobando que siguen siendo suyas.


Ana frunce el ceño.


Iruz se limpia un resto de veneno del cuello con el dorso de la mano, mira la mancha con asco y sacude los dedos contra una piedra.


Ana la observa con más atención. Durante la curación, lo ha notado. No sólo carne dañada, ni el tósigo del Wyrm. Bajo la piel de Iruz hay demasiada energía de la Tejedora, demasiado patrón artificial, demasiado hilo tenso. Y algo más, algo como una vibración que no sabe nombrar, ajena a los espíritus que conoce.


La joven se pone de pie con esfuerzo. La respuesta tarda un poco porque primero necesita asegurarse de que las piernas le obedecen.


Ana no sonríe, ni Iruz tampoco.


Ana Mercedes sostiene su mirada durante unos segundos, y luego asiente. No porque esté satisfecha. Porque entiende cuándo una verdad no va a salir por presión.


Iruz suelta una risa seca, breve, sin ninguna alegría.


Os ponéis en marcha por el camino. No parece el mismo de antes, aunque quizá nunca lo fue. El rastro de Nymph se deshace hacia una zona que huele a trampa. En cambio, más arriba, entre raíces y piedra negra, aparece una línea casi imperceptible de marcas viejas: raspaduras azuladas en la roca, círculos incompletos tallados en troncos muertos, pequeños montículos de ceniza protegidos bajo la lluvia por piedras planas.

Ana se acerca a ti unos pasos. Todavía mira de reojo el lugar por donde Nymph ha desaparecido, pero ya no parece dispuesta a perseguir una sombra que sabe jugar mejor que vosotros en este terreno.


Iruz suspira.


Ellas dos se te quedan mirando.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 30 de May 2026, 15:24:48
Mientras Ana Mercedes se encarga de atender a Iruz, el chamán se concentra en estudiar la huida de Nymph.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30


El chamán se muestra tranquilo, conservando su forma homínido, mientras sus acompañantes intercambian agradecimientos y opiniones. Sus oídos están en las palabras de Iruz, en esas explicaciones a medias, pero sus ojos están fijos en Ana Mecerdes. En un ceño fruncido, en un leve movimiento en la comisura de los labios, en una palabra que se atasca en su garganta antes de darle forma a la pregunta que plantea pero que dista de la realidad que busca comprender. Los comentarios sobre la naturaleza de Iruz y su relación con la Tejedora, las alusiones a lo que ha podido sentir... De alguna manera, Bruma Nocturna entiende perfectamente esa curiosidad y ese interés. Por eso, precisamente, comprende también el peligro que puede suponer para el grupo en este momento.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30




El metis tuerce la cabeza suavemente hacia un lado, y las vértebras de su cuello crujen audiblemente. Devolviendo la cabeza a su posición original y moviéndola como se acabase de desbloquear una nueva articulación, mira a las chicas con una leve sonrisa.


Antes de avanzar, el sioux saca su vejiga llena de agua y lanza un generoso chorro de agua en la boca. Cuando termina, se dirige de nuevo a sus compañeras.


Recuperando su vejiga y guardándola de nuevo, inicia la marcha. En un momento en el que el camino es más accesible, saca su block de notas y apunta los detalles sobre la huida de Nymph y las conclusiones sobre el estado del bosque y de la umbra. Cuando se detienen de nuevo, se queda un rato pensativo mirando en las dos posibles direcciones que se abren ante ellos.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30


Tras un par de segundos de pausa, en los que mira hacia donde se encuentra la Masía, sus ojos se fijan en Ana Mercedes:


Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 31 de May 2026, 10:39:19
Las palabras de Bruma resuenan en el silencio del bosque. La claridad del sol se cuela entre las copas de los árboles, abriendo pequeños haces dorados entre la humedad. Es casi mediodía, y el cansancio que sentís se equipara al de haber estado corriendo todo el día en una maratón interminable. Ana suspira cuando cuentas todo lo de los Proyectos y Angelus.


Mira a Iruz. Luego a ti. En su expresión no hay rechazo, pero sí una decisión muy clara: no piensa dejar que el nombre de Aránzazu, Ícaro, Angelus y Mundo Onírico se conviertan en otra conversación enterrada.


La última palabra no suena como una amenaza. Suena peor: como una promesa tranquila. Iruz bufa, se incorpora del todo y se limpia el cuello con la manga. Le duele. Se nota en cómo aprieta los dientes, en cómo evita tocarse las zonas enrojecidas donde el veneno de Nymph le ha dejado la piel sensible.


Cita de: Lady Midnight en 30 de May 2026, 15:24:48

El rastro de Nymph se deshace hacia una zona que huele a trampa. En cambio, más arriba, entre raíces y piedra negra, aparece una línea casi imperceptible de marcas viejas: raspaduras azuladas en la roca, círculos incompletos tallados en troncos muertos, pequeños montículos de ceniza protegidos de la humedad por piedras planas. Ana Mercedes vuelve a tomar la delantera. No con seguridad plena, sino con una decisión más limpia que antes. Ya no intenta recordar el camino. Ahora sigue lo que queda del lugar. El sendero se vuelve más áspero. La tierra volcánica se pega a las botas. Las hayas se inclinan sobre vosotros con sus ramas húmedas, formando un techo irregular que deja pasar una luz gris, cortada en tiras. A veces se oye un pájaro. A veces algo pequeño corre entre la maleza. A veces no hay nada, y ese nada pesa más que cualquier ruido.

Entonces, casi de repente, notáis la presencia de dos criaturas. De dos cosas que parecen animales, como cabras. Cabras feas, eso sí. Una tiene un cubo oxidado encajado alrededor del cuello, como si hubiese metido la cabeza donde no debía y luego hubiese seguido viviendo durante demasiado tiempo. La otra arrastra una pata trasera hinchada, cubierta de bultos negros que se abren y se cierran como pequeños labios sin voz. Las dos os miran desde mitad del sendero, luego balan. No suena a cabra, suena a viejo borracho imitando una cabra en el fondo de un pozo. Iruz se queda quieta.


Ana Mercedes baja el cuerpo, tensando los hombros.


Las cabras fomori avanzan con un entusiasmo miserable. La del cubo golpea una piedra con el metal oxidado y deja escapar un balido cavernoso. La otra abre la boca demasiado. De dentro le cuelga una lengua gris, larga, terminada en algo parecido a un anzuelo húmedo. Iruz suspira con algo que no parece miedo, parece hartazgo.


El aire se queda inmóvil entre vosotros y las cabras. Iruz da un paso adelante y se agarra el bajo del vestido con ambas manos. Notas que va a hacer algo, pero aún no entiendes muy bien el qué. Las cabras empiezan a caminar lentamente hacia la Ícaro.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 01 de Jun 2026, 01:35:40
El trayecto es duro. No por el terreno, ni por las pendientes, ni por las pendientes. Es duro porque exige compromiso con un lugar que no ofrece ninguna garantía a cambio. La sensación de humedad hace cada respiración más pesada que la anterior, y la corrupción bajo los pies amenaza con tragarse al grupo a cada paso que dan por el bosque. El chamán acepta, como muchas otras veces, esa penitencia que sus convicciones le imponen. Se mantiene sereno, en silencio, atento a cualquier posible amenaza o suceso que pueda tener lugar a su alrededor.

Cita de: Maurick en 31 de May 2026, 10:39:19

El metis se encoge ligeramente de hombros, aceptando que es una conversación que, en algún momento, tendrá que afrontar.


El silencio posterior encaja casi como si fuese una respuesta en sí mismo.

Cuando Ana Mercedes toma la delantera, el chamán le cede el paso cortésmente. Como siempre, está mucho más cómodo en un segundo (o incluso tercer) puesto; lejos de las atenciones y de la responsabilidad de guiar a otros, puede dedicar más recursos a aquello que considera más importante o interesante. Cuando las "cabras" hacen acto de presencia, Bruma urge a colocarse al lado de Ana Mercedes.


Su voz suena más a agotamiento que a reproche, como si ese tipo de situaciones hubiesen tenido lugar más veces de las que le gustaría recordar.

Cita de: Maurick en 31 de May 2026, 10:39:19


Mientras la ícaro se arranca el vestido, el joven sioux se dirige de nuevo a la philodox.


Mientras pronuncia las últimas palabras con una entonación cada vez más cercana a un gruñido, su grácil cuerpo adquiere la forma de la bestia con astada que realmente es. En vista de que va a ser imposible detener a Iruz, que al menos no salga muy mal parada. Y, además, ¿qué coño? Esas bestias no son nada menos que aberraciones que representan y esparcen la corrupción. Destruirlas es lo más clemente que se puede hacer en una situación como esa.

*Bruma gasta gnosis sin demasiado problema, pero se reserva siempre un punto por si fuese necesario huir. En ese caso, indicaría a Ana Mercedes que pasase a lupus, agarraría a las dos chicas y las sacaría de escena usando su don de Espíritu del Pájaro.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 02 de Jun 2026, 00:16:06
Ana presta atención a las palabras de Bruma sin apartar la mirada de las cabras. Su cuerpo sigue tenso, preparado para saltar, pero hay un instante breve en el que algo cambia en sus ojos. No es confianza plena, es reconocimiento táctico. El camino se estrecha a vuestro alrededor. Las hayas filtran la luz del mediodía en tiras pálidas, húmedas, casi sucias. La tierra volcánica parece más negra bajo las pezuñas deformes de los fomori.


Iruz no parece escuchar del todo. Tiene la respiración acelerada, las manos crispadas sobre la tela del vestido y la cara endurecida por una mezcla de dolor, asco y rabia acumulada.


Iruz suelta una risa seca. No tiene gracia.


(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Escena_Iruz_Cabras.jpg)

Las cabras avanzan. La del cubo oxidado golpea otra piedra con un sonido hueco, metálico, miserable. La otra arrastra su pata hinchada dejando un surco húmedo en el barro. Los bultos negros de la piel se abren y se cierran, respirando por ella. Ana gruñe.


Pero Iruz ya ha dado un paso. Luego otro. Se agarra el bajo del vestido con ambas manos y se lo quita de un tirón torpe, furioso, como quien se desprende de una piel que ya no le sirve. La tela cae al suelo, manchada de barro, veneno seco y sudor. Debajo queda una figura más pequeña de lo que debería parecer en mitad de aquel bosque: piernas delgadas, medias rotas, piel marcada por el ataque de Nymph, hombros tensos bajo la ropa interior y una expresión que ya no busca permiso de nadie.


Las cabras se detienen un segundo. Quizá por el olor. Quizá por el modo en que el aire se ha tensado alrededor de ella. Entonces su cuerpo cambia. Ana frena en seco: está claro, es la primera vez que ve esto. A ti te recuerda cuando Angelus deformó su cuerpo para convertirse en la Bestia Púrpura. Pero no cambia como un Garou. No con la violencia sagrada de la carne recordando una forma ancestral. Lo de Iruz es peor, porque no parece recordar nada. Parece decidirlo a la fuerza. La piel se le abre en líneas demasiado rectas, como cremalleras vivas bajo la ropa. Los hombros se le hunden hacia dentro y luego se expanden en una estructura baja, compacta, desagradable. La columna cruje con un sonido húmedo. Las costillas se le marcan desde fuera un instante antes de quedar cubiertas por placas de tejido pálido, liso, casi gomoso.

Ana Mercedes da medio paso hacia ella, pero no la detiene. No puede. De la espalda de Iruz emergen tendones negros y filamentos finos, tensos como cables mojados. Sus brazos se deforman, perdiendo proporción humana. Las manos se abren demasiado. Los dedos se alargan, se retraen, vuelven a abrirse con una obediencia que no parece venir de músculos, sino de otra cosa escondida bajo la piel. Su rostro no desaparece del todo. Eso es lo peor. Queda ahí, desplazado, hundido en una masa de carne replegada, con los ojos demasiado abiertos y una sonrisa que no debería caber en una cara humana. Sigue siendo Iruz lo suficiente como para que mirarla duela. Y ha dejado de serlo lo bastante como para que las cabras fomori retrocedan un paso. Esa criatura demoníaca, o vampírica, respira. Y esa respiración hace que el bosque parezca contener la suya.

Durante un instante, incluso percibes algo difícil de colocar. No es Rabia. No es Gnosis. No es el recuerdo limpio de una forma heredada. Hay Tejedora, sí, demasiada, tensando patrones bajo la carne. Pero también hay hambre, decisión y una violencia fabricada para responder antes de tener miedo. La primera cabra embiste. Iruz se desplaza de lado con una rapidez repugnante, como si el suelo tirara de ella por debajo. Algo se abre en su torso, una hendidura húmeda y funcional, y atrapa al animal por el cuello. Hay un crujido seco. El balido se corta a medias. Sangre oscura cae sobre la tierra volcánica en una lluvia sucia.

Ana Mercedes se queda inmóvil, las garras preparadas, incapaz de decidir durante medio segundo si debe ayudar a Iruz o apartarse de ella. Ese medio segundo basta para entender que Iruz no necesita ayuda. La segunda cabra trata de huir. No llega lejos. Una extremidad que no estaba ahí antes brota del costado de la Ícaro: larga, flexible, rematada en dedos finos que se cierran alrededor de una pata trasera. La arrastra hacia sí con una fuerza seca. El animal patalea, abre la boca demasiado, y la lengua gris terminada en anzuelo se agita en el aire como una lombriz enferma. Iruz la estrella contra una roca volcánica. Una vez, otra vez. Otra vez. A la cuarta, el cubo oxidado de la otra cabra cae al suelo y rueda unos centímetros, vacío por fin de cualquier dignidad rural.

El silencio vuelve al sendero. Pero ya no es el mismo. Iruz, aún en esa forma imposible, se inclina sobre los restos. No parece comerlos. No parece recrearse. Parece comprobar que han dejado de ser un problema. Los filamentos negros de su espalda tiemblan un poco, tensos, como si todavía esperasen una orden que nadie ha dado. Se acerca al cuerpo palpitante de una de ellas, y abre su monstruosa boca. Sus colmillos, afilados como si fueran agujas, se clavan en la carne recién asesinada para succionar el líquido vital. Escucháis un ruido asqueroso, repugnante. Ana intenta aguantar las formas, despacio, pensando. Sus ojos no están aterrados, pero sí abiertos de una forma nueva.


No hay frase posible en ese primer momento. Iruz comienza a replegarse. La carne vuelve a sitio con una obediencia desagradable, como si alguien cerrase una máquina blanda desde dentro. Los filamentos se hunden bajo la piel. Las placas gomosas desaparecen. La columna se recoloca con pequeños chasquidos. La cara recupera proporciones humanas poco a poco, aunque la sonrisa tarda más de la cuenta en abandonar su boca. Cuando termina, está de pie en mitad del camino, despeinada, manchada y respirando con fuerza. Parece mucho más pequeña que hace unos segundos. También mucho menos indefensa.


Ana Mercedes tarda un segundo en responder. Mira los restos. Luego mira a Iruz. Luego a ti.


Iruz recoge el vestido del suelo, lo sacude una vez sin mucha esperanza y se lo echa sobre un hombro. Todavía tiembla un poco por dentro, aunque intenta que no se note.


Da unos pasos por el sendero, pasando junto a Ana sin mirarla demasiado. El gesto tiene algo de desafío, pero también de chulería incorregible. Y entonces os dais cuenta. El sendero ha cambiado otra vez. La bifurcación, las raíces cerradas, el tramo donde Nymph había desaparecido... todo queda atrás de una forma difícil de ordenar. No parece que hayáis caminado tanto. Pero la humedad es distinta. El aire también. Hay humo, muy fino, mezclado con olor a ceniza mojada y leña vieja. Delante de vosotros, entre hayas y piedra negra, se abre un claro estrecho.

La Masía de la Cendra aparece sin imponerse. Una construcción antigua, de muros oscuros y tejado irregular, encajada contra un saliente de roca volcánica. No parece abandonada, aunque tampoco viva del todo. Hay herramientas apoyadas contra una pared, haces de ramas secas bajo un cobertizo vencido y cuencos de barro colocados junto al camino, llenos de ceniza gris azulada. En el dintel de la puerta principal hay marcas talladas. La Philodox se queda mirando la casa con la respiración contenida. La rabia del combate aún no se le ha ido del cuerpo, pero ahora tiene otro peso encima: el recuerdo, la expectativa, la certeza de que el viaje acaba de llevarla a un sitio donde las respuestas quizá no vengan limpias.

Iruz ya no dice nada. Y tú notas, con una certeza incómoda, que acabáis de llegar al único punto de esta montaña que todavía intenta recordar cómo se contiene una herida. La puerta de la Masía de la Cendra está cerrada. Pero del otro lado llega un leve sonido de madera: alguien sabe que estáis ahí.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32
La tensión aumenta mientras las cabras avanzan lentamente, y la actitud de Iruz no ayuda. Mientras Ana Mercedes intenta organizar al grupo, Bruma tensa los músculos y se coloca en posición. Cuando la ícaro se adelanta haciendo caso omiso a las instrucciones, el chamán da un bote hacia adelante para intentar detenerla... pero ya es demasiado tarde.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 00:16:06


Su voz suena profunda, preocupada. Lo que sospecha que se avecina no le está haciendo ni pizca de gracia.

Al ver su cuerpo mutar, no puede evitar deformar su cara en una mueca de repulsión. No solo por la forma, sino por la esencia. La presencia inequívoca de la Tejedora, el olor a Wyrm corrupto de la vitae que recorre su organismo, el recuerdo del poder caelesti de Angelus y Mauricio... Todo ello combinado en blasfemia, en unas proporciones que profanan cualquier posibilidad de equilibrio energético.

En el momento en el que Ana Mercedes se refiere a él, mueve la cabeza con desaprobación.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 00:16:06


Al ver a Iruz darse la vuelta y marcharse, el ánimo del chamán es evidente: está claramente molesto, e incluso enfadado.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 00:16:06


Al darse cuenta de que sigue sujetando a la muchacha, le suelta la muñeca con una ligera expresión de culpa. Deja que continúe el camino dispuesto a seguirla a cierta distancia y, cuando la ícaro ya no puedo oírlos, comenta la situación con Ana Mercedes.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52
La muñeca de Iruz queda atrapada en tu mano apenas unos segundos. No hace fuerza al principio, eso es lo peor. No tira, no grita, no intenta soltarse de inmediato. Se queda muy quieta, mirándote como si durante un instante no estuviera escuchando tus palabras, sino midiendo la forma exacta en la que la estás sujetando. Luego baja la vista a tu mano. La mandíbula se le tensa.

Cita de: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32


Lo dice en voz baja, entre dientes. Suena peligrosa, sin duda. Ana Mercedes, que todavía tiene el cuerpo cargado por el combate y la respiración algo rota, se gira hacia vosotros. Sus ojos van de tu mano a la cara de Iruz, y después se quedan fijos en ti. No interviene todavía, pero algo en su expresión cambia.

Cita de: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32


Sigue pronunciándolo entre dientes. Notas como sus brazos se tensan.

Cita de: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32


Cita de: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32Al darse cuenta de que sigue sujetando a la muchacha, le suelta la muñeca con una ligera expresión de culpa.

Cuando la sueltas, Iruz no retrocede enseguida. Se frota la muñeca con dos dedos, despacio, como si el contacto le hubiera dejado más marca que el veneno de antes. Después sonríe, con una sonrisa horrible.


Ana Mercedes da un paso hacia ella, Iruz levanta una mano sin mirarla.


Ana se detiene. Iruz se gira hacia ti de nuevo. Está despeinada, sucia, pequeña de cuerpo y enorme de rabia. Bajo el barro y las manchas, todavía se le nota el cansancio del viaje y el dolor del veneno.


Las cabras fomori ya no se mueven; sólo quedan restos húmedos sobre la tierra negra, el cubo oxidado tirado de lado y un olor agrio que la humedad del bosque se niega a llevarse. Iruz señala con un gesto brusco hacia lo que queda de ellas.


Traga saliva. Le cuesta. No quiere que se note.


Ana Mercedes baja la mirada un instante. Esa frase le toca. Se le nota en los hombros. En cómo cierra los dedos, aún manchados de barro y sangre, como si acabara de reconocer un idioma que odia demasiado bien.


No dice más, todavía. Iruz sí.


Ana Mercedes aprieta los labios. No la interrumpe.


Ana Mercedes alza la vista hacia ti. Ahora sí habla.


Iruz gira la cabeza hacia ella, lista para morder. Ana no se echa atrás.


La frase cae sin adornos, sin rabia. Y quizás por eso pesa más. La Ícaro se queda callada un segundo, sin agradecer la defensa. Quizá porque agradecerla también le dolería. Iruz baja un poco la cabeza.


Ana la mira de reojo.


Iruz escupe al suelo. Parece que tenía algo atascado en los dientes, quizás un trozo de hueso o tendón de las cabras.


Ana sostiene el silencio.


Iruz aparta la mirada. Esta vez no tiene respuesta inmediata.


Iruz aprieta los dedos alrededor del vestido. Durante un segundo parece que va a soltar otra barbaridad. Algo cruel, rápido, defensivo. Pero no lo hace. Sólo mira hacia el sendero, hacia el humo lejano que aún no habéis alcanzado.


La frase se queda ahí, abierta. La Philodox no sabe qué contestar. O quizá sí lo sabe, pero entiende que no hay forma limpia de hacerlo ahora. Iruz vuelve a mirarte, ya no grita. Eso no la hace menos dura.


El silencio posterior es áspero, sin victoria en él. Sólo tres respiraciones distintas, una humedad cada vez más densa y los restos de dos fomori pudriéndose a vuestros pies. Ana Mercedes se pasa una mano por la cara, manchándose más de barro en lugar de limpiarse. Cuando habla, lo hace sin mirar a nadie en concreto.


Mira primero a Iruz. Luego a ti.


Iruz no contesta, se da media vuelta y continúa caminando por el sendero. Pero, por primera vez desde que habéis entrado en la Muntanya Blava, el peligro más inmediato no parece estar en el bosque.

Cita de: Lady Midnight en 02 de Jun 2026, 20:35:32Deja que continúe el camino dispuesto a seguirla a cierta distancia y, cuando la ícaro ya no puedo oírlos, comenta la situación con Ana Mercedes.

Ana vuelve a mirarte de reojo, quizás con algo de desprecio.


La respuesta suena a enfado, pero no le da tiempo a crecer mucho más. El sendero se abre poco a poco. La humedad cambia de olor. Ya no es sólo bosque, barro y sangre vieja; también hay humo apagado, ceniza mojada y madera envejecida. Entre los árboles empieza a verse una construcción humana de roca y paja, oscura por la humedad y encajada contra la ladera como si llevara años intentando no derrumbarse.

Habéis llegado a la Masía de la Cendra.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 03 de Jun 2026, 01:29:02
Iruz pide a Bruma que la suelte, pero este no escucha. El discurso llevaba un rato gestándose en su mente y ha salido como el agua que atraviesa las compuertas recién abiertas de una presa que ha acumulado más agua de la que puede almacenar. Cuando termina su reprimenda y relaja los dedos, se da cuenta: Iruz no es su responsabilidad. Ni siquiera es su amiga. Es una acompañante elegida a dedo por alguien que, no de las mejores maneras, había solicitado una colaboración cuestionable.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52


Sus palabras no son limpias. Salen con una energía reprimida, como si estuviese haciendo un esfuerzo para dejar de sonar como un profesor frente a un alumno problemático.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52

El metis niega ligeramente con la cabeza, algo más brusco de lo habitual.


Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52


Cuando Iruz menciona a Tomás, el gesto de Bruma pasa de la frustración al verdadero enfado. No a la ira ni a la furia, sino a ese enfado sereno que no se pasa tras cuatro gritos y que nace de algo más profundo que las meres palabras que aún flotan en el aire. Mira a la joven, y la deja seguir hablando. Escucha también a Ana Mercedes, manteniendo el ceño fruncido durante toda la conversación. Como durante el combate, parece que algo se está acumulando en su interior, luchando por no salir de golpe mientras intenta ordenarse para poder convertirse en algo coherente.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52








Hace una pausa, y respira. No con profundidad, sino de un modo medido y casi cronometrado. Como si estuviese intentando reajustar su ritmo respiratorio y su ritmo cardíaco para volver a recuperar la compostura.


Se separa lentamente de Iruz y se acerca al borde del camino. En ese lugar plagado de corrupción es más difícil encontrar consuelo en las energías espirituales del bosque pero, como casi siempre, no tiene muchas más alternativas. Cuando habla con Ana Mercedes ya no se le nota enfadado ni nervioso, pero quizá un poco más pequeño y encorvado.

Cita de: Maurick en 02 de Jun 2026, 23:14:52


En sus ojos aparece una breve chispa, como si el hecho de haber encontrado hostilidad en lugar de la buscada complicidad hubiese activado algún mecanismo defensivo en su interior.

Continúa el resto del viaje con actitud taciturna, cerrando el grupo dejando varios metros de distancia con sus compañeras, hasta que llegan a la Masía. En ese momento, se separa un poco del lugar, se sienta sobre una roca no muy alejada (sin perder de vista la puerta), y saca casi de modo ritual su pipa y su mezcla de hierbas.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 04 de Jun 2026, 23:26:23
Iruz te mira mal ante tus respuestas, pero se la nota cansada para seguir con la discusión. Se enciende aún más cuando bajas a su nivel, y quizás, solo quizás, ves que sonríe un poco con el enfrentamiento.


Parece que su propio veneno se ha quedado atascado en su garganta. Rompe a llorar completamente desconsolada, y comienza a caminar como si fuera una muerta en vida. Ana Mercedes cierra los ojos un segundo. Sólo uno. Cuando los abre, parece más cansada que antes.


Iruz vuelve la cara hacia ella con una mueca torcida. Intenta soltarle algo, pero su cara está roja y enfadada.  Ana no entra ahí. No muerde el anzuelo. Tiene los hombros tensos como si llevara demasiado rato sujetando algo que nadie ve.


Iruz aprieta la mandíbula, pero no pide perdón. Tampoco insiste. El grupo avanza sin arreglar nada, mientras ella va lloriqueando. Su llanto se calma, poco a poco, hasta que la distancia entre vosotros se vuelve física. Iruz va delante, con el vestido otra vez puesto de cualquier manera y la espalda rígida. Ana Mercedes camina unos pasos por detrás, pendiente de ella y de ti al mismo tiempo, atrapada en ese lugar ingrato donde se coloca quien intenta que una discusión no se convierta en ruptura. Bruma cierra el grupo, más separado de lo necesario, con la mirada en la puerta que aún no habéis alcanzado y el cuerpo algo más encorvado que antes.

La Masía de la Cendra aparece entre los árboles sin ninguna grandeza. Es una construcción baja, vieja, hecha de piedra oscura y techumbre pobre, encajada contra la ladera como una cosa que ha aprendido a resistir por pura costumbre. La humedad le ha mordido las paredes. La ceniza se acumula en cuencos de barro junto al camino. Hay haces de ramas secas bajo un cobertizo vencido, herramientas oxidadas apoyadas contra un muro y marcas talladas en el dintel de la puerta principal, y no parecen adornos. Iruz se detiene al ver la casa. Ana Mercedes también. Ninguna de las dos dice nada durante unos segundos. Tú, en cambio, te apartas un momento. Habéis llegado a dónde quería Ana Mercedes. ¿O era Iruz la que quería venir aquí? Buscas una roca cercana, sin perder de vista la construcción. Suspiras, y te sientas con cuidado a prepararte una buena pipa. Necesitas respirar, y el humo tarda poco en levantarse. Tiene un olor seco, extraño en mitad de tanta humedad. Algo terroso, viejo, más cercano a un recuerdo que a una fragancia. Durante un momento, la Masía parece seguir cerrada. Ana Mercedes mira la puerta, y se agacha buscando alguna pista. Pasa en seguida a lupus y comienza a examinar la zona. Iruz os mira a ambos, y se apoya contra un árbol con rostro enfurruñado.

Entonces tú oyes pasos detrás: ramas rotas, pasos de algo que parece humano. No es una emboscada. Un hombre viejo aparece por el lateral del sendero, como si hubiese estado allí desde antes de que llegarais y sólo ahora hubiera decidido ocupar el mismo mundo que vosotros. Es bajo, seco, con la piel grisácea y curtida por el sol, el humo y la ceniza. Lleva una chaqueta vieja sobre los hombros, pantalones de trabajo manchados de barro y unas botas que parecen haber pisado la misma tierra durante medio siglo. La barba blanca le crece mal, áspera, descuidada. Las manos son grandes, nudosas, con uñas negras de ceniza. Se queda junto a Bruma sin pedir permiso, observando la pipa.


Su voz es ronca, seca, pero no hostil. Tiene un acento catalán muy marcado, de montaña y casa vieja, como si el castellano fuera una herramienta útil pero no suya del todo. El viejo inspira un poco el humo, no con placer, sino con reconocimiento.


Ana Mercedes se gira de golpe. Iruz también, algo más tarde, con la mano ya cerca de donde antes no había nada humano esperándola bajo la piel. El Roc de la Cendra levanta por fin la vista. Sus ojos son claros, apagados, hundidos en una cara de piedra vieja. No parecen sorprendidos por Iruz, ni por Ana, ni por ti. Parecen cansados de tener que mirar.


El viejo mira hacia el sendero por donde habéis venido. No hay reproche teatral en su rostro. Sólo una molestia antigua, práctica, casi doméstica.


Ana Mercedes tarda en responder, mientras se acerca y se convierte de nuevo a homínida. Cuando lo hace, su voz sale más baja.


El Roc la mira. Por primera vez, algo parecido a una expresión cruza su cara. No llega a ser sonrisa. Quizá ni siquiera desprecio. Es más viejo que eso.


Iruz abre la boca, pero no dice nada. Eso, en ella, ya es bastante. El anciano vuelve a mirar a Bruma. Luego a Ana. Luego a Iruz. Sus ojos se detienen un segundo más en la Ícaro, no con miedo ni repulsión, sino con una incomodidad más precisa.


Ana Mercedes se queda quieta. La frase no necesita nombre para encontrarla.


El Roc asiente muy despacio.


No añade nada. Y esa ausencia pesa más que una explicación. El humo de la pipa se deshace entre los tres. El Roc se rasca la barba con dos dedos manchados de ceniza, mirándoos extrañado. Notas una energía familiar, una energía corrupta y pestilente que rodea su aura.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 11:50:11
El ánimo de Bruma Nocturna está visiblemente afectado por la situación. Tras haberse permitido un breve instante en los brazos de la visceralidad y regresar a la realidad de la racionalidad, debe calibrar el alcance de su actitud y asumir que en algún momento tendrá que lidiar con las consecuencias de esa autoconcesión. Cuando Iruz replica por última vez, simplemente le dirige una breve mirada con un leve fondo de indiferencia y pronto aparta la mirada para centrarse de nuevo en el camino. Las palabra de Ana Mercedes casi ni las escucha.

En presencia del Roc de la Cendra, el metis da una profunda calada sin establecer contacto visual. Lo mantiene en su rango de visión periférica, participando en una comunicación mucho más contextual que personal. Tras la calada, y habiendo escuchado al anciano, le ofrece la pipa con calma sin cambiar la dirección de su mirada.

Cita de: Maurick en 04 de Jun 2026, 23:26:23




El sioux escucha con calma la conversación, sin ninguna otra intervención. Mantiene la mirada en un punto indeterminado, infinito en el espacio y en tiempo, recuperando fuerzas y temple para cuando le toque hablar. La carencia de posibilidades para tomar decisiones y actuar bajo su propio criterio es algo que siempre le pesa, y lleva haciendo mella en él desde que partió con Iruz tras el trato con Aya. Sin embargo, mantiene cierto grado de alerta por si algo se torciese y requiriese su intervención (una amenaza externa, o una participación inadecuada por parte de alguno de los presentes).

Cita de: Maurick en 04 de Jun 2026, 23:26:23

No responde. Aprovechando que Ana Mercedes se ha acercado y que el Roc de la Cendra la ha reconocido, deja que ella asuma la responsabilidad de dar las explicaciones y exponga lo que considere. Bruma no tiene prisa, y sabe que muchas veces se aprende más de escuchar y observar lo que otros dicen (o callan) y hacen con terceros de lo que pueden admitir directamente. Su momento llegará, antes o después, y si Ana Mercedes se ocupa de la justificación y explicación inicial... él tiene más tiempo para pensar en cómo abordar la situación. Además, tendrá algo más de información antes de intervenir.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 06 de Jun 2026, 12:31:01
La ausencia de Bruma se nota. Las dos chicas se quedan mirando, en silencio, sin saber muy bien qué hacer. Ana intenta articular algún sonido, no porque no sepa qué decir, sino porque parece estar eligiendo qué parte de todo aquello puede salir primero sin romperse en la boca. Mira al Roc de la Cendra con una mezcla extraña de respeto, cautela y cansancio. Todavía lleva barro en la ropa. Todavía tiene los hombros cargados por lo ocurrido en el sendero.

Cita de: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 11:50:11No responde. Aprovechando que Ana Mercedes se ha acercado y que el Roc de la Cendra la ha reconocido, deja que ella asuma la responsabilidad de dar las explicaciones y exponga lo que considere. Bruma no tiene prisa, y sabe que muchas veces se aprende más de escuchar y observar lo que otros dicen (o callan) y hacen con terceros de lo que pueden admitir directamente. Su momento llegará, antes o después, y si Ana Mercedes se ocupa de la justificación y explicación inicial... él tiene más tiempo para pensar en cómo abordar la situación. Además, tendrá algo más de información antes de intervenir.


El nombre queda suspendido entre los árboles. Iruz, apoyada contra el tronco, levanta la vista un segundo, pero no dice nada más. Ana continúa, aunque se nota que le cuesta.


El Roc alza una mano, con tranquilidad. Sin prisa, no hace falta.


Ana se queda quieta. La palabra no ha sido un grito. Ni siquiera una orden especialmente fuerte. Pero corta la frase con la misma eficacia con la que una puerta pesada corta la luz cuando se cierra. Iruz se incorpora un poco, molesta. El Roc ni siquiera la mira.


La Ícaro aprieta los labios. Por un instante parece que va a saltar. Luego se muerde la rabia y vuelve a apoyarse contra el árbol, con una expresión de puro veneno mal tragado. El viejo sigue junto a Bruma. La pipa aún deja escapar una hebra fina de humo, y el olor de la hierba se mezcla con la ceniza húmeda de los cuencos, con la madera vieja, con algo bajo la tierra que no termina de morir. El Roc mira a Ana un momento más, pero ya no está hablando con ella; sus ojos vuelven a ti. Claros, hundidos, incómodamente despiertos.


El Roc se inclina hacia la pipa, como si el humo le ayudase a ordenar una memoria vieja. Después mira el sendero por el que habéis llegado, los árboles, la humedad. No parece buscar a Nymph. No parece buscar a las cabras. Parece escuchar otra cosa debajo de todo eso.


Ana baja un poco la mirada. Iruz la observa de reojo, menos burlona que antes. El viejo sigue mirándote a ti.


La pausa se vuelve larga, sin teatralidad. Con incomodidad. El bosque parece aprovecharla para acercarse un poco más a la conversación.


El Roc se gira un poco, lo justo para quedar de lado junto a Bruma, mirando la misma montaña que él, no su cara.


La pregunta cae con una calma seca. Ana Mercedes te mira, pero no interviene.

Cita de: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 11:50:11La carencia de posibilidades para tomar decisiones y actuar bajo su propio criterio es algo que siempre le pesa, y lleva haciendo mella en él desde que partió con Iruz tras el trato con Aya.


El nombre no suena como un insulto. Suena como algo que el viejo no pronuncia por primera vez. El humo se retuerce despacio, formando una curva torcida antes de deshacerse en el aire frío. Y entonces el silencio se queda esperando contigo.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 15:27:03
Durante la conversación, el Uktena simplemente escucha. Cuando el Roc de la Cendra ordena silencio a Ana Mercedes, anticipa lo que va a ocurrir. Intenta buscar una respuesta adecuada para cuando llegue la pregunta, pero las palabras son insuficientes para expresar todo lo que dicha pregunta merece como respuesta. Cuando el hombre se dirige realmente a él, no cambia su gesto ni el enfoque de su mirada.

Cita de: Maurick en 06 de Jun 2026, 12:31:01

Bruma Nocturna se mueve un poco hacia un lateral, haciéndolo un hueco al hombre para que se siente a su lado si así lo desea. Toma una gran bocanada de humo en su boca, la última antes de que la mezcla de hierbas se consuma por completo, y la mueve por su boca disfrutándolo sin ningún tipo de urgencia antes de dejarlo escapar lentamente entre sus labios entreabiertos.


Las palabras brotan con calma, sin acritud. No hay reproche, no hay búsqueda de culpa. Solo la constatación de la evidente corrupción del lugar, y del desprecio a la figura mencionada. No obstante, no es odio ni rencor lo que hay en el fondo de su voz: hay un convencimiento y una promesa por cumplir que pasan, ambos, por la erradicación de la corrupción. Al menos, en el tiempo que Gaia le permita intentarlo.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 06 de Jun 2026, 15:51:08
El Roc de la Cendra te escucha hasta el final. Durante un segundo no hace nada. Luego se ríe. No es una carcajada limpia. Es un ruido bajo, áspero, como madera vieja partiéndose por dentro.


El viejo se inclina un poco hacia delante.


Ana Mercedes permanece quieta. Iruz, todavía apoyada contra el árbol, ya no parece tan dispuesta a interrumpir. El Roc te mira como si estuviera buscando algo detrás de tu cara.

Cita de: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 15:27:03Las palabras brotan con calma, sin acritud. No hay reproche, no hay búsqueda de culpa. Solo la constatación de la evidente corrupción del lugar, y del desprecio a la figura mencionada. No obstante, no es odio ni rencor lo que hay en el fondo de su voz: hay un convencimiento y una promesa por cumplir que pasan, ambos, por la erradicación de la corrupción. Al menos, en el tiempo que Gaia le permita intentarlo.


No hay burla alegre en su voz. Sólo una sequedad antigua. Entonces sus ojos se clavan en los tuyos.


El humo de la pipa se deshace entre ambos.


Su voz baja un poco.


Ana Mercedes mira a Bruma de reojo. Iruz frunce el ceño, más atenta de lo que quiere admitir. El Roc no espera demasiado antes de continuar.


El anciano se rasca la barba con dos dedos manchados de ceniza.


Da un paso mínimo hacia ti. No amenaza. No invade. Sólo acorta el mundo.


La frase queda suspendida entre la Masía, el bosque y el humo.


Ana Mercedes intenta acercarse, pero el Roc levanta dos dedos sin mirarla. Ella se detiene, con la frase aún en la boca. ¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 16:51:33
El Uktena escucha, con calma y paciencia. Reconoce las palabras del que realmente busca una respuesta antes de tomar una decisión en lugar de simplemente buscar un motivo para culpar o reprochar.

Cita de: Maurick en 06 de Jun 2026, 15:51:08

El metis saca de su bolso un par de herramientas metálicas, similares a algún tipo de palillo o lima, y empieza a rascar el interior de la pipa tras vaciarla cuidadosamente a sus pies y cerciorarse de que no queda ninguna brasa encendida.


Cita de: Maurick en 06 de Jun 2026, 15:51:08

Cuando el hombre menciona la Lanza de Uktena, algo levemente incómodo recorre el interior del muchacho. Sin embargo, se limita a sonreír levemente y asentir con la cabeza en señal de comprensión.


La mención a Aránzazu no es fortuita. Es una alusión directa a que Bruma ocupa el papel que ocupa en gran medida como consecuencia de las decisiones de Aránzazu que, también en gran parte, fueron derivadas del trato que recibió desde pequeña y que la llevó a convertirse en la persona que fue.

Cita de: Maurick en 06 de Jun 2026, 15:51:08



Sus ojos oscuros como la noche se posan, por fin, en la mirada cansada del anciano. No rebosa energía, el viaje se la ha drenado, pero la determinación es indiscutiblemente evidente.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 07 de Jun 2026, 01:38:46
El Roc de la Cendra permanece quieto, con los ojos fijos en Bruma Nocturna, como si la pregunta no le hubiese llegado por los oídos, sino por algún lugar más hondo y más cansado. La humedad del bosque se pega a la ropa. El humo de la pipa se deshace entre ambos en una hebra cada vez más fina. Escucha con inquietante atención todas tus palabras, abrazándolas dentro de si, y como si las masticase dentro, el viejo se incorpora.


La respuesta es seca, suficiente. El Roc sacude un poco la ceniza de una manga y mira hacia la Masía de la Cendra. No hay solemnidad aprendida en el gesto. No hay ceremonia bonita. Sólo una decisión tomada por alguien que lleva demasiado tiempo sabiendo que, tarde o temprano, alguien llegaría hasta allí con esa clase de pregunta en la boca.

Cita de: Lady Midnight en 06 de Jun 2026, 16:51:33La mención a Aránzazu no es fortuita. Es una alusión directa a que Bruma ocupa el papel que ocupa en gran medida como consecuencia de las decisiones de Aránzazu que, también en gran parte, fueron derivadas del trato que recibió desde pequeña y que la llevó a convertirse en la persona que fue.


Ana Mercedes da un paso hacia vosotros. No dice nada todavía, pero el movimiento ya contiene la protesta. El Roc la mira de reojo.


Iruz levanta la cabeza, con los ojos aún enrojecidos y el orgullo intentando volver antes que la calma.


El viejo no se inmuta. Sus ojos pasan de Iruz a Ana Mercedes, y luego regresan a Bruma como si las dos fueran parte de un borde que ya ha medido.


Ana Mercedes aprieta la mandíbula.


El Roc la observa con una tristeza seca, casi irritada, como quien ve a alguien intentar abrir una puerta con la frente.


La frase cae sin piedad. Ana no retrocede, pero el golpe le entra. Se le nota en el cuello, en cómo traga saliva, en cómo sus dedos se cierran apenas.


Iruz se separa del árbol.


El Roc la corta con una mirada. No hace falta más.


Iruz se queda quieta. La frase no parece insulto. Por eso duele más. El viejo añade, más bajo:


Iruz abre la boca. Esta vez no sale nada. Ana Mercedes mira a Bruma. Hay preocupación en sus ojos, y también una rabia vieja, la de quien vuelve a quedarse fuera de una respuesta que le pertenece a medias. Pero no discute. No todavía. La Philodox entiende algo en la postura del Roc, aunque no le guste.


El Roc mira hacia el interior del bosque.


Ana Mercedes no aparta la mirada de Bruma. Iruz tampoco, aunque en su caso la expresión está más rota, más enfadada consigo misma por no encontrar una barbaridad a tiempo. El Roc ya ha empezado a caminar.


No espera confirmación. Sus pasos se hunden en la tierra húmeda con una lentitud extraña, segura, como si el bosque conociera el peso exacto de su cuerpo. La Masía queda a un lado, baja y oscura, con sus cuencos de ceniza y sus marcas talladas. Más allá del viejo, entre los árboles, empieza una vereda estrecha que apenas parece camino.

Ana Mercedes respira despacio, mirándote. Iruz aprieta los dedos alrededor del vestido. El Roc no mira atrás.

¿A quienes vas a dejar atrás, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 07 de Jun 2026, 13:16:48
El Roc de la Cendra se incorpora, y el joven lo sigue con la mirada.

Cita de: Maurick en 07 de Jun 2026, 01:38:46


En el momento en el que hombre admite que le ayudará, el metis se pone de pie pausadamente. Conoce bien ese tipo de actitud, la concesión silenciosa y el compromiso del deber. Cuando Ana Mercedes da un paso e Iruz interviene, no dice nada. Ni las mira. Escucha con paciencia mientras el Roc les responde. Y cuando el hombre comienza a caminar, le sigue en silencio.

Sin embargo, después de unos cuantos pasos y de haber avanzado unos metros, el muchacho resopla profundamente y se detiene.


Dirige una mirada fugaz a las chicas, y regresa sus pupilas al hombre.


Hace una pausa. Recalibra la situación. Mira a sus compañeras un par de segundos, y luego mira la puerta de la Masía en la lejanía. Sus ojos vuelven al anciano, no con esperanza sino con insistencia.


De alguna manera, parece que sus propias palabras han hecho nacer una pequeña y nueva curiosidad. La sangre Uktena se agita levemente en su interior, y la posibilidad de una nueva experiencia aviva algo que parece que llevaba un tiempo adormecido.


Tras la matización, y bajando el tono lo suficiente como para que solo el Roc de la Cendra pueda escucharlo, añade un pequeño apunte.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 07 de Jun 2026, 19:05:59
El Roc de la Cendra se detiene cuando Bruma habla de las tres figuras. No se gira enseguida. Durante un momento sólo se ve su espalda estrecha, la chaqueta vieja sobre los hombros y el pelo blanco pegado a la nuca por la humedad. Parece estar escuchando el bosque, o quizá algo más bajo que el bosque. Iruz suelta una risa ronca.

Cita de: Lady Midnight en 07 de Jun 2026, 13:16:48


Ana Mercedes carraspea. No parece enfadada, más bien confundida por el giro, por el modo en que Bruma acaba de incluirlas después de todo lo ocurrido, y por la certeza incómoda de que una parte de ella quería oír justo eso.


La frase le sale más baja de lo que quizá habría querido, pero sale firme. El Roc vuelve por fin la cabeza. Sus ojos claros se posan primero en Ana Mercedes, después en Iruz. No hay ternura en su mirada. Tampoco desprecio. Sólo una fatiga antigua, de quien ya ha visto a demasiada gente confundir una puerta abierta con una invitación.

Cita de: Lady Midnight en 07 de Jun 2026, 13:16:48


Iruz abre la boca, pero el Roc la mira antes de que hable.


Ana Mercedes no aparta la mirada. Iruz tampoco, aunque en ella se nota más rabia que solemnidad.


El Roc continúa caminando. No espera una respuesta formal. Quizá porque ya la ha tenido. Quizá porque, para alguien como él, seguir andando es la única manera honesta de aceptar un acuerdo.


El sendero que nace junto a la Masía no parece camino al principio. Es apenas una depresión entre helechos húmedos, ramas bajas y piedras volcánicas cubiertas de musgo oscuro. Pero cuando el Roc pasa, el bosque parece recordar una forma antigua de apartarse. No se abre de manera visible. No cruje. No obedece con belleza. Simplemente deja de estorbar lo justo. La tierra cambia bajo vuestros pies; primero se vuelve más negra. Luego más compacta. Después aparecen vetas rojizas entre la piedra, líneas finas, oscuras, como sangre seca atrapada en una herida mineral. Las hayas se cierran por encima, filtrando el mediodía en una claridad grisácea que no calienta. A ratos el suelo parece respirar. A ratos parece contener el aliento.

Cita de: Lady Midnight en 07 de Jun 2026, 13:16:48

Ana Mercedes camina en silencio, con los hombros tensos. Iruz va más atrás de lo habitual, sin bromas durante varios metros. El Roc avanza despacio, pero nunca duda. En algunos puntos toca un tronco con dos dedos. En otros deja caer un poco de ceniza desde una bolsita de tela que lleva atada al cinturón. No pronuncia grandes palabras. No dibuja símbolos elaborados, sólo marca bordes. Y cada borde marcado hace que el mundo parezca un poco menos seguro de su propia forma.


A Bruma Nocturna le resulta difícil no sentirlo. La corrupción no está delante de vosotros como una bestia esperando. Está en todas partes. En la humedad que se pega a la lengua. En el sabor metálico del aire. En la manera en que algunas raíces parecen hundirse demasiado hondo y otras se retuercen sobre la superficie como si no quisieran tocar la tierra. El Wyrm no ruge aquí. No hace falta. Se ha filtrado en lo cotidiano, en el musgo, en las piedras, en el barro, en los huecos entre una rama y otra. Y también en el Roc, eso es lo que más te perturba.

No porque el anciano parezca poseído. No porque huela a servidor del Wyrm, ni porque haya en él una voluntad clara de podredumbre. Es peor. La corrupción lo rodea como el humo rodea una manta vieja: metida en las fibras, aceptada por cansancio, imposible de separar sin romper la tela. Su aura parece sucia, sí, pero no rendida. Hay una lucidez terca bajo esa mugre espiritual. Una presencia humana, pequeña y obstinada, sosteniendo algo que ningún humano debería sostener tanto tiempo. El Roc se detiene junto a una cerca vencida, hecha de palos negros y alambre oxidado. Más allá, el terreno desciende hacia un claro hundido entre rocas volcánicas.


Su voz suena más baja.


Ana Mercedes traga saliva.


El Roc no la mira.




La Garrotxa — Túmulo de la Muntanya Blava, cerca del Pozo del Olvido.

📅 12 de septiembre de 2005, 11:53

Bajáis. Cada paso hace que el aire pese más. El silencio cambia de calidad. Ya no es ausencia de sonido. Es una presión. Una mano abierta sobre la boca del mundo. No se oyen pájaros. No se oyen insectos. Sólo vuestros movimientos, vuestra respiración y, muy al fondo, un goteo que quizá no viene de agua. El Pozo aparece en el centro del claro; no es grande. Una abertura circular de piedra oscura, rodeada de ceniza apelmazada y marcas antiguas. Algunas están talladas con precisión. Otras parecen arañadas. Otras no sabes si fueron hechas desde fuera o desde dentro. La boca del Pozo no emite viento, pero sí una sensación de profundidad imposible, como si el agujero no bajase hacia la tierra sino hacia un lugar donde los recuerdos se pudren sin desaparecer.

A su alrededor hay restos de sellos rotos. Tiras de tela endurecidas por la humedad. Fragmentos de hueso pulido. Pequeñas placas de metal ennegrecido. Piedras colocadas en círculos que ya no cierran nada del todo. El antiguo núcleo de contención espiritual del clan sigue ahí, pero ya no está plenamente estabilizado. Bruma lo siente antes de poder pensarlo.

El lugar filtra la realidad. Quizás no con una presencia incognoscible, ni con un hedor a maldición de Malfeas. Pero filtra. Imágenes que no son imágenes. Voces que no llegan a ser palabras. Sensaciones ajenas, viejas, presionando desde el borde de la conciencia. El Pozo no quiere contar una historia. Quiere hundir al que mire dentro en el peso de demasiadas historias a la vez. Ana Mercedes se lleva una mano al pecho sin darse cuenta. Iruz da un paso atrás.


El Roc permanece junto al borde. La ceniza de sus botas se confunde con la del suelo. Durante un instante parece parte del Pozo, una raíz humana nacida al lado de la herida para impedir que se abra del todo. Luego mira a Bruma.


Se agacha con dificultad y toca una de las piedras del borde. Sus dedos tiemblan un poco, pero no por miedo.


La advertencia queda suspendida sobre la boca oscura del Pozo. El Wyrm respira despacio bajo la piedra. La Umbra, cansada, parece inclinarse hacia el claro. Y el Roc de la Cendra, contaminado y lúcido, viejo y entero a medias, espera junto a aquello que ha pasado demasiados años impidiendo que el pasado salga caminando por la montaña.


Hace una pausa. Ana Mercedes se te queda mirando, pero es la primera en acercarse a la piedra y quitarse la ropa. No parece tener algún tipo de pudor, y se queda desnuda frente a vosotros.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 08 de Jun 2026, 02:43:51
Durante la conversación del Roc de la Cendra con las chichas, el metis no interviene. Presta atención, desde la distancia de quien reconoce que no le corresponde interceder. Cuando el hombre echa a andar de nuevo e Iruz vuelve a quejarse, la mira durante un instante, quizá con una leve apatía, y hace un breve apunte.

Cita de: Maurick en 07 de Jun 2026, 19:05:59


Durante esas últimas palabras, mira fugazmente a Ana Mercedes; un instante casi imperceptible. Tras eso, continúa caminando.

Cita de: Maurick en 07 de Jun 2026, 19:05:59

El chamán se encoje de hombros. Por su cabeza pasan mil ideas, cientos de palabras, pero ninguna se ajusta a algo que pueda encajar en ese momento. Mira a Ana Mercedes, abre la boca como si fuera a decir y, manteniendo el silencio, niega ligeramente con la cabeza. Tras unos segundos de reflexión, le dirige unas calmadas palabras.


Su voz suena algo seca, como si llevase demasiado tiempo sin beber. Sus sentidos están en el bosque, en los árboles y en el suelo. Esa convivencia de Wyrm sin podredumbre es muy poderosa y atractiva: que algo pueda contener la esencia del Destructor sin muestras de corrupción es algo casi imposible. De hecho, conoce un único caso de algo parecido... y no es que le resulte, precisamente, ajeno.

Una vez dentro del túmulo, actúa con el correspondiente respeto. Hay algo en él, algo digno de ser respetado. Algo que, quizá, estaba esperando a alguien como él... y que le dio la bienvenida cuando llegó. Sea lo que sea, es igual de sagrado que cualquier otro espíritu capaz de abastecer de energía espiritual un lugar como ese. En qué estado se encuentra o qué necesidades pueda presentar... es algo que espera poder descubrir pronto.

Al llegar a la zona del pozo y ver los restos rituales, un (no tan) viejo recuerdo aparece en su mente. Un túmulo plagado de energía del Wyrm, un ritual de contención desestabilizado... Le resulta alarmantemente familiar, y entiende el peligro que un lugar así puede representar. La última vez consiguió solventar el problema, pero... ¿Y si esta vez no? ¿Y si las chicas no lo consiguen? Necesita pensar, y rápido; el Roc no esperará demasiado.

Cita de: Maurick en 07 de Jun 2026, 19:05:59


Cuando el anciano da las indicaciones, atiende en silencio. Todo lo que dice tiene sentido, y encaja con viejos rituales y requisitos de algunos espíritus que ha escuchado en canciones olvidadas.

Cita de: Maurick en 07 de Jun 2026, 19:05:59


Las palabras brotan suaves, en un tono bajo y suave, hablando únicamente para sí mismo. Mira sus posesiones, una por una, mientras las va dejando bien colocadas sobre la roca: su bolso, sus pulseras, sus pendientes, su tocado de plumas... y su bastón, que sostiene durante un segundo más de lo necesario cuando el nombre de Vara Torcida asoma entre sus labios.

Se quita la ropa con total naturalidad, dejando completamente visible su espléndida figura. Las áureas proporciones de su cuerpo y su modestamente definida musculatura hacen que sus ahora visiblemente armoniosos movimientos sean difíciles de pasar por alto. Sin embargo, el muchacho coloca sus pertenencias con absoluta cotidianeidad y, al terminar, dirige una intensa mirada a Ana Mercedes (también a Iruz si al final decide adentrarse en el pozo) cargada de sinceridad y, de alguna manera, algún tipo de aprecio o afecto.


Tras sus últimas palabras, se acerca al pozo y mira al Roc de la Cendra.




Mientras está entrando en la zona, Bruma intenta sacar toda la información posible del entorno: qué tipo de ritual se realizó, la naturaleza del espíritu que sostiene el túmulo (intenta relacionar la información que pueda adquirir con la extraída de su análisis en el bosque), el riego de interferencia del poder del Wyrm, el riesgo de corrupción (para Bruma en este momento son dos conceptos muy diferenciados) y si hay algo que pueda hacer para facilitar el viaje de sus compañeras (ya sea algún consejo o algún tipo de acto ritual o metodología que pueda ser beneficioso).

*Se usa el don Cordón Umbral, con gasto de 1 punto de Fuerza de Voluntad para evitar repercusiones negativas para sus acompañantes.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21
Iruz te mira cuando vuelves a colocarla en esa frontera incómoda entre acompañante, carga y adulta con derecho a equivocarse. Todavía tiene la cara cansada, los ojos algo rojos y la ropa mal asentada sobre el cuerpo, pero la lengua no ha perdido filo.

Cita de: Lady Midnight en 08 de Jun 2026, 02:43:51


Ana Mercedes no se ríe. Ni siquiera parece saber si debería mirarte a ti, mirar a Iruz o seguir pendiente del Pozo. Su atención acaba clavada en la piedra negra, en los restos de sellos rotos y en esa presión que empieza a hacerle más difícil respirar con normalidad.

El Roc de la Cendra, en cambio, sí se ríe cuando hablas de la corrupción y del poder del Wyrm como si fueran dos cosas que pudieran separarse con un cuchillo limpio. Es una risa baja, áspera, casi sin aire. Luego se sienta junto al borde del Pozo con una lentitud dolorosa, apoyando una mano nudosa sobre la piedra oscura.


El viejo se acomoda con cuidado. No parece cansado por el camino, sino por llevar demasiado tiempo existiendo cerca de aquel sitio. La ceniza de sus botas se confunde con la ceniza apelmazada del borde, y durante un instante resulta difícil saber dónde termina el hombre y dónde empieza la herida.


El Roc alza la vista hacia ti. Sus ojos claros no tienen burla, aunque la voz conserve esa sequedad incómoda de quien no sabe hablar sin arañar un poco. Ana Mercedes traga saliva. Iruz deja de mirarse las manos.


El viejo se rasca la barba con dos dedos manchados de negro. El Roc señala el borde del Pozo.


Luego mira a Ana Mercedes y a Iruz.


Iruz abre la boca, quizá para decir alguna barbaridad, pero algo en la oscuridad viscosa del Pozo le corta el impulso. Ana Mercedes se acerca un poco más al borde. No aparta la mirada de la abertura.


Lo dice como si necesitara oírlo en voz alta. Quizá no para convencer a nadie. Quizá para no temblar. El Roc asiente una sola vez.


El aire alrededor del Pozo se vuelve más espeso. No hay viento, pero la ceniza se mueve apenas, como si algo respirase desde muy abajo. Las marcas del borde parecen hundirse un poco más en la piedra. La Umbra, cansada y mal cosida, se inclina hacia vosotros con una atención enferma. Iruz se gira lentamente hacia el viejo, sin acordarse siquiera de cubrirse, con la boca abierta.


El Roc de la Cendra se ríe, otra vez. Una risa macabra, huesuda, que se queda en el tuétano.


Iruz abre la boca. Esta vez tarda en encontrar la barbaridad.


El silencio que sigue es raro, muy raro.


El Roc señala el Pozo con una mano nudosa.


Iruz se acerca a Ana y la mira de arriba abajo. Masculla alguna cochinada sobre su cuerpo, pero la Philodox ni siquiera le presta atención. Está mirando la boca oscura del Pozo. Sientes el punto exacto donde debe empezar. Uno que no quiere decidir si pertenece al mundo, al recuerdo o a la herida. El Cordón Umbral empieza a tomar forma cuando tiras de tu propia Gnosis. Una línea espiritual, fina como seda de araña, invisible para los demás, queda prendida tras de ti. Algo tan frágil, tan imperceptible, que sólo recuerda el camino.

El Roc observa. Su voz baja hasta casi confundirse con el goteo imposible del fondo.




Reglas


Esta tirada mide cómo de bien adaptas tu conocimiento ritual al Pozo del Olvido y cómo de estable queda el vínculo para Ana Mercedes e Iruz durante la inmersión.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 09 de Jun 2026, 11:29:26
Tras su comentario, Iruz recibe una mirada hastiada como única respuesta. Por lo que sea, el ambiente indica que probablemente no sea la única que está sintiendo el agotamiento. El joven observa la incertidumbre en Ana Mercedes, pero tampoco intercede. Sabe que es parte del proceso, algo que ella debe experimentar y, en cierto modo, "disfrutar". El viaje no tendría sentido si todo fuese seguridad y garantía.

Escucha al Roc con calma, leyendo entre líneas todo aquello que el hombre no oculta pero prefiere no pronunciar.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21



Mientras el hombre mayor da sus indicaciones a las chicas, Bruma Nocturna siente la energía del entorno. Hay poder, pero no un poder al que esté acostumbrado. No es la intensidad abrumadora de la Noche Fría, la paz del Estanque del Lirio Apacible ni la energía vibrante del Viento de Acero. Es otra cosa, a medias entre muchas otras, que le dificulta usar las energías umbrales como habitualmente. Sin embargo, el cómo están dispuestos los símbolos y objetos rituales en la zona le sirven de orientación para adecuar las instrucciones de la araña y confeccionar el hilo que le sirva de guía si el retorno del pozo se complica.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21

Cuando Ana Mercedes se dirige a él, el theurge todavía está acabando de ajustar su anclaje al mundo material. Con las hebras invisibles entre sus dedos, hace el esfuerzo de imbuirlas con su propia esencia espiritual consiguiendo un leve brillo iridiscente que se propaga por el borde del  cordón y dirige una nueva hebra a cada una de sus compañeras. Aunque se percibe el esfuerzo de usar un don para un fin diferente al que fue diseñado, la expresión del muchacho es la de una concentración tranquila; la de alguien que está acostumbrado a no tener guías y que ha tenido que arreglárselas en situaciones similares más veces de las que le hubiera gustado. No se aprecia en él el agobio o el estrés, sino la rutina.




Su voz no es la de alguien asustado ni preocupado. Es la de un hombre que sabe que se expone a un riesgo y lo acepta, quizá desde la tranquilidad de que, esta vez, las únicas consecuencias serán para sí mismo.

Durante la conversación del Roc con Iruz sobre las Spice Girls, el chamán deja caer el cordón y camina pausadamente hacia el punto concreto en el que empezará su viaje.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21






Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21


Y, dando un primer paso, su piel comienza a sumergirse en el espeso fluido del Pozo del Olvido.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 12 de Jun 2026, 12:20:20
Ambas te miran con una mezcla de miedo y confianza que no sabes reconocer muy bien. Sabes que confían en ti, puesto que has demostrado tener la capacidad espiritual para hacerlo, pero eres consciente de que dudan. Dudan del proceso, dudan de lo que van a encontrar en este lugar. El Roc de la Cendra sonríe, y se sienta sobre una piedra cercana. Tú, por tu parte...

Cita de: Lady Midnight en 09 de Jun 2026, 11:29:26Y, dando un primer paso, su piel comienza a sumergirse en el espeso fluido del Pozo del Olvido.

La caída no se parece a caer. Al principio piensas que el Pozo te traga hacia abajo, pero enseguida entiendes que no hay abajo. Hay densidad. Hay una oscuridad espesa, tibia a ratos, helada al siguiente instante, que se te pega a la piel como si fuera agua... pero no se comporta como agua. No te golpea, no te arrastra, no te ahoga. Te sostiene. Cede a tu alrededor con una lentitud obscena, como si estuvieras hundiéndote en el interior de una memoria enferma.

Puedes respirar, te cuesta horrores, pero puedes hacerlo. Es agónico. El aire entra y sale de tus pulmones, pero sabe a piedra mojada, a óxido, a yeso húmedo y a oscuridad. No hay luz como tal, sólo veladuras. Sombras más pálidas flotando dentro de otras sombras. A tu alrededor, el Cordón Umbral tiembla como una hebra de seda enterrada en alquitrán, demasiado fina para inspirar verdadera confianza.

Durante un instante ves a Ana Mercedes cerca de ti. O te parece verla. Su cuerpo desciende con los brazos algo abiertos, como si aún intentara mantener una dignidad que aquí ya no sirve de nada. La oscuridad la separa de ti sin violencia, apenas un palmo cada vez, pero suficiente. Su silueta se vuelve borrosa, luego gris, luego una impresión de hombros tensos y cabello flotando en un líquido que no existe. Intentas alcanzarla, pero el brazo no encuentra resistencia ni avance. Ella se pierde a un lado, absorbida por una negrura blanda que se la queda sin ruido.

Más abajo... mucho más abajo... está Iruz. A ella no te cuesta verla. Quizá porque cae sin control. Quizá porque hay algo en su manera de hundirse que resulta insoportablemente humana. La ves girar sobre sí misma, pequeña, alejándose como una moneda arrojada al fondo de una fuente negra. Sus manos buscan algo mientras sus piernas patalean. Su pelo se deshace alrededor de la cara como una mancha de tinta rubia. La oscuridad la reclama con más hambre, y ella sigue bajando, bajando, bajando... hasta que ya no parece una persona, sino una mota pálida a punto de clavarse en el fondo del abismo.

Intentas nadar hacia ella, pero ya no puedes. Tu cuerpo responde tarde, como en un sueño con fiebre. Brazada tras brazada, sin agua que cortar, sin superficie que orientarte, sin peso que obedecer. Durante unos segundos desesperantes no avanzas nada, pero luego avanzas demasiado. El espacio se pliega, tu rostro se tensa. Tus piernas se agitan en una materia cada vez más clara, más doméstica, más ridícula en comparación con el terror de hace un momento.

Y, entonces, tu cabeza rompe la superficie. No emerges en el Pozo, emerges en una bañera. El agua —ahora sí agua, aunque todavía demasiado caliente, demasiado quieta— se desborda por el borde cuando te incorporas de golpe. Estás en el cuarto de baño del piso de Getxo. El mismo. El apartamento que el Viento de Acero os cedió durante vuestra estancia allí. Reconoces el alicatado apagado, la cortina medio recogida, el espejo con una pequeña mancha en una esquina, el bote de champú mal cerrado, la alfombrilla torcidísima junto al lavabo... Todo está en su sitio con esa exactitud obscena que sólo tienen los recuerdos o las trampas.

Respiras con fuerza. Tienes el pelo pegado a la frente, la piel empapada, el corazón latiéndote en la garganta. Al ponerte en pie, el agua escurre por tu cuerpo y cae en gotas pesadas sobre el suelo. Das un paso fuera de la bañera. Luego otro, y abres la puerta del baño.

Y en cuanto atraviesas el quicio, ya estás seco. Seco del todo. El cambio es tan brusco que resulta ofensivo. Ni siquiera queda rastro del frío. Sólo el olor del piso por la mañana: café, tostadas, algo de mantequilla recalentada, el aire salino que se cuela desde fuera. Desde el salón llegan voces bajas y el roce de una taza contra un plato.

Cuando entras, las ves. Iris Martínez y Aránzazu Guevara están desayunando como si nada de lo demás hubiera ocurrido jamás. Iris está sentada de lado, con una taza en la mano y el gesto todavía a medio camino entre el sueño y la mala leche funcional. Aránzazu, frente a ella, mantiene esa quietud tensa suya, como si incluso sentada siguiera preparada para levantarse en el peor momento.

Las dos alzan la vista hacia ti. Durante un segundo no dicen nada. Sólo te miran. Entonces Iris frunce un poco el ceño y ladea la cabeza.


Aránzazu no sonríe. Pero tampoco aparta los ojos de ti.


El piso está en silencio después de eso. Un silencio normal. Un silencio de cocina, de desayuno, de vida compartida. Y quizá precisamente por eso da más miedo. Porque todo parece real, y porque una parte de ti sabe ya que no lo es.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 12 de Jun 2026, 16:46:21
Al acercarse al pozo, el metis cruza una última mirada con las chicas. No se despide.

Al sentir la sensación de la oscuridad tibia, tangible, alrededor del cuerpo, el chamán intenta por todos los medios moverse a favor de la gravedad para favorecer su avance. Se mueve, gira sobre sí mismo y se recoloca hasta que, sin pensar ello, se da cuenta de que no hay gravedad. Lo siente en el tacto de la oscuridad, tan falto de presión que le cuesta dirigirlo a sus pulmones para respirar a duras penas. Sabores y olores se mezclan: algunos conocidos, otros por descubrir y otros simplemente imposibles, todos ellos transmitiendo sensaciones pero ninguno agradable por sí mismo. Entre las sombras oscuras y las más oscuras todavía se vislumbra un leve, vibrante, destello kaótico que le recuerda dónde está, por qué y con quién.

Ana Mercedes se desliza en la distancia, en dirección a su destino pasado, e Iruz se precipita hacia el fondo de su propio abismo sin saber muy bien a dónde se dirige. Por un instante, un pequeña idea de preocupación y lástima para por la mente del Uktena al ver cómo la pequeña ícaro se aleja; "ha sido su decisión, es su camino" es lo último que piensa al respecto, y con esa última determinación abraza su rumbo personal y que no ha venido aquí a buscar a nadie más que a sí mismo.

De repente una sensación de velocidad hacia ningún sitio en concreto acompaña la decisión, y la oscuridad se vuelve agua atravesada por el rostro apretado del theurge. "Agua", piensa por un momento. Y al abrir los ojos, reconoce el lugar: no sabe si han pasado los meses que el cree, años o escasos minutos. Su cuerpo está todavía reaccionando al viaje, pero en su mente ya hay mil posibilidades tomando forma: puede ser una visión, un recuerdo, una simulación más en la se juega la vida... Puede ser, incluso, que su esencia se haya transportado al cuerpo de aquel muchacho que todavía tenía muchos errores que cometer. Al rebasar el umbral de la puerta y verse seco, se convence: aunque al principio dudaba sobre si había tenido una visión mientras estaba en el baño y el piso era la realidad, ahora tiene claro que algo está ocurriendo.

Al llegar a la habitación en la que están las chicas, se detiene un segundo y las mira. Están exactamente iguales que aquel día anodino que se habían levantado en el piso sin ningún plan en concreto. Iris[(i] todavía irradiaba juventud, y Aránzazu... Aránzazu todavía no parecía tan desesperada.

Cita de: Maurick en 12 de Jun 2026, 12:20:20


Se acerca, con calma, y se sienta en una de las sillas. Pausadamente, coge su bolso y saca despacio su pipa para colocarla en la mesa en la posición habitual. Pero en ese momento recuerda algo.


Vuelve a meter la pipa en el bolso, mientras piensa en cómo ha llegado a esa situación. "Las buenas preguntas enseñan, las malas también" recuerda. Pero él no ha venido a buscar respuestas, sino a saber qué preguntas debe hacerse a sí mismo en esta hazaña personal en la que se ha embarcado.


Sus ojos siguen posados sobre ellas. La pregunta se presenta como una cuestión sincera. Bruma Nocturna espera, sabiendo que la respuesta puede ser algo que no quiera pero quizá sí necesite escuchar.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14
Ambas se te quedan mirando cuando respondes, pero entonces un escalofrío recorre tu columna vertebral. Iris no responde, ni Aránzazu. Durante unos segundos sólo existe el zumbido del piso, el roce de alguna tubería en la pared, el olor a café recién hecho y esa calma doméstica que nunca llegó a pertenecerte del todo. Iris mantiene la taza entre las manos. Aránzazu te mira desde el otro lado de la mesa, con los ojos verdes detenidos en algún punto que quizá no eres tú. Entonces una voz habla a tu espalda, de sopetón.


No la has oído entrar, ni has sentido cruzar ninguna puerta. La voz está ahí, detrás de ti, demasiado cerca para ser una aparición y demasiado vieja para ser sólo una idea.


El piso empieza a deshacerse: no se rompe de golpe., ni tiembla. Simplemente pierde convicción. Las paredes se vuelven más finas, como papel mojado. El color se desprende del techo en capas lentas. Las ventanas dejan de mostrar Getxo y empiezan a mostrar una oscuridad vertical, líquida, sin horizonte. La mesa sigue en su sitio, pero sus bordes se llenan de grietas negras. El café de la taza de Iris se seca en un círculo perfecto, mientras ella se convierte en polvo; primero los dedos, luego la taza. Luego la boca, justo antes de poder decir alguna salida de tiesto de las suyas. Ni grita ni parece sufrir, se deshace como si alguien hubiese recordado demasiado mal su forma.

Aránzazu dura un poco más, quizá porque la miras. O quizá porque una parte de ti todavía cree que, si la miras lo suficiente, puedes entenderla antes de perderla. Pero también se desintegra. Sus hombros se vacían hacia dentro, su pelo se levanta en hebras de ceniza y sus ojos permanecen visibles un segundo más que el resto de su rostro. Después tampoco queda nada de ella, sólo polvo suspendido en el aire del salón.

Y entonces lo ves: Zarpa Manchada está frente a ti. No como hombre, ni como un recuerdo amable. Un Crinos enorme, con parches de pelo ausente, matas de pelaje que parecen llamas, oscilando con un viento que ni sientes ni está. Su cuerpo ocupa demasiado espacio para aquel piso que ya no sabe si sigue siendo un lugar auténtico. El pelaje está apelmazado, oscuro, manchado de sangre seca y barro viejo. Los ojos, inyectados en sangre, arden con una lucidez enferma. La mandíbula cuelga con dificultad, dejando caer hilos de saliva putrefacta que chisporrotean al tocar el suelo. La madera se quema donde cae, y el aire apesta a ácido, a carne abierta y a corrupción. Zarpa Manchada inclina la cabeza.


La voz no sale del hocico como debería. Sale del piso, de las tuberías, de las paredes que se deshacen, del agua negra que empieza a filtrarse por debajo de las puertas.


El Cordón Umbral tira de ti, de repente. Una vez, y luego otra. No es un aviso suave, es una tracción seca, urgente, como si alguien hubiera tensado la hebra desde muy lejos. O desde muy abajo. Una de ellas necesita ayuda, o quizá las dos. Zarpa Manchada sonríe, si eso puede llamarse sonrisa. La saliva ácida le cae entre los colmillos y abre pequeños agujeros en el suelo del salón. Debajo no hay cemento. No hay estructura. Sólo oscuridad viscosa, moviéndose como agua que aún no ha aprendido a ser agua.


El Cordón vuelve a tirar, y esta vez duele.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 14 de Jun 2026, 21:20:44
Cuando todo empieza a desmoronarse, el muchacho permanece expectante. Sabe que está en un lugar complejo, donde las cosas pueden no ser lo que parecen... o directamente no ser.

Cuando aparece la voz, inesperada, no la reconoce. No la asocia con nada ni con nadie, pero su cuerpo reacciona transmitiéndole cierta sensación de hostilidad; como un recuerdo crudo, sin procesar, que está grabado en su interior de alguna manera.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14


Las chicas comienzan a deshacerse, la sala muta a medida que ellas se desvanecen y el joven chamán se levanta de la silla antes de que se dé la posibilidad de quedarse sin el apoyo.

La forma crinos de Zarpa Manchada, o más bien del Demonio de Fuego, toma forma poco a poco frente a él con el pútrido aspecto que lo caracteriza. No es la primera vez que se ven las caras, pero sí es la primera vez que cruza con él alguna palabra de forma directa y con su propia voz. El ceño del theurge se frunce ligeramente mientras la figura permanece frente a él, y la voz se proyecta desde todas partes y ninguna a la vez.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14

El joven niega con la cabeza.


Su voz se proyecta seria, firme. Sin odio, pero también sin aprecio. No duda en mirarle a los ojos, haciéndose totalmente presente y protagonista de la escena. Piensa en cómo afrontarlo: si adquirir su verdadera forma, la que tenía al nacer, o aquella que mostraba cuando se vieron las caras en Bilbao; de hecho, cuando revisa la idea, ni siquiera sabe exactamente qué forma tiene en ese momento o, incluso, si realmente tiene una forma física en ese lugar. Pretende mirarse levemente una mano, quizá en la no sabe si lleva o no su bastón y, de repente, un tirón.


El escenario sigue descomponiéndose, cada vez más diluido en esa oscuridad líquida, y Zarpa Manchada permanece estoico frente a él con sus mechones ondeantes. La duda toma forma en su mente, las preguntas se agolpan, y el recuerdo de Murmullo del Bosque le impele a plantear infinitas cuestiones. Ordena algunas ideas, establece prioridades... y otro tirón.


Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14


Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14
  • 🟦 Responder al Cordón Umbral e ignorar la aparición de Zarpa Manchada.

Bruma Nocturna da un pequeño paso atrás, mientras el cordón umbral da un tercer tirón. Su forma empieza a fundirse en una niebla que hace acto de presencia únicamente para darle un sentido a su desaparición, y pocos segundos después se encuentra de nuevo en la nada. Tras él queda Getxo con su actividad cotidiana, a su izquierda se presenta un fiordo en el que camina un grupo encabezado por... ¿Aránzazu?. A su derecha Canadá, y un grupo de la Justicia Metálica sonriendo mientras sostienen la gema de Gula. Bajo él está el cráter de Bilbao, y frente a él el túmulo de la Noche Fría en su momento de esplendor: la energía se siente en el ambiente, y hay varias manadas ocupadas en tareas de mantenimiento y, quizá, preparando algún ritual. Dulce Lluvia está hermosa, llena de vitalidad y autoridad, y Vara Torcida está sentado contemplando con orgullo cómo las rutinas del túmulo se desarrollan según lo planeado. A su lado, una figura femenina que, aunque no ha visto jamás, el muchacho reconoce fácilmente: es Murmullo del bosque, que está al lado de su padre participando en las tareas del Clan.

Las vistas son confusas para el metis, y la visión idílica de su Clan le hace pensar que así podrían haber sido las cosas si él no hubiese nacido. Quizá, solo quizá, su existencia sea un error en sí mismo y ahora él debe hacer lo posible para compensarlo. Durante un momento, siente que su corazón se funde con el infinito por el que navega y que su cuerpo inmaterial amenaza con disolverse como lo hicieron las chicas de la Manada del Ensueño.


El cordón umbral titila en dirección a ningún lugar, y el Uktena vuelve a tener presencia mientras su voluntad le lleva en dirección al leve destello.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24
La voz de Zarpa Manchada se queda atrás, pero no desaparece.


La frase no te persigue. Eso sería más sencillo. Se limita a quedarse suspendida en algún punto de tu espalda, clavada en el lugar donde el Cordón Umbral tira de ti. Getxo se deshace detrás; el Pozo te ofrece raíces, te ofrece culpa y te ofrece la fantasía perfecta de un mundo donde tu nacimiento no rompió nada. Tu atadura espiritual vuelve a tirar de ti, pero no hacia ninguna de esas visiones, sino hacia un punto vacío entre todas ellas. No te resistes, sigues el tirón, y la oscuridad se abre como un corte quirúrgico.

Y te caes en la nieve, o algo demasiado blanco que brilla. Es una luz blanca, muy brillante. Un resplandor pálido de hospital y de sábana aséptica. Luego comienzas a notar la textura: copos suspendidos, cristales rotos, gasolina y sangre sobre la carretera. El mundo entero parece detenido después de un impacto: un coche negro descansa de lado contra la barrera de seguridad, con el morro aplastado como una mandíbula rota. Los faros siguen encendidos, apuntando a ninguna parte. Una rueda gira lentamente, sin tocar el suelo. Cada vuelta hace un ruido mínimo, ridículo, insistente.

Tac. Tac. Tac.

Dentro del vehículo hay dos adultos, que no se mueven. Sus cajas torácicas tienen una forma que no debería tener ningún cuerpo vivo. Uno de ellos, que se asemeja a una mujer, está expulsando abundante líquido rojo por la boca. Y te mira. Clava sus ojos como un sediento los clava sobre el agua de un oasis. Tu visión se vuelve borrosa y caes de rodillas. En el asiento trasero hay una niña, rubia. Quizá tiene catorce años, o quizá tiene diez. ¿Qué más dará ahora?

Es rubia, de piel pálida. Rota de una forma que ningún cuerpo debería tener que aprender tan pronto. Tiene las piernas en un ángulo equivocado. Un brazo atrapado bajo el cinturón. La respiración le sale en pequeños sonidos húmedos. Sus ojos están abiertos, fijos en el respaldo delantero, pero no parece ver nada. ¿Por qué te has acercado?

Una melodía suena desde algún sitio, pero no sabes si viene de la radio del coche o de dentro de tu cabeza. Un piano lejano, limpio, educado, absurdamente delicado en mitad del olor a aceite, nieve y metal caliente. Notas que la joven intenta mover los dedos del pie, pero no puede. Vuelve a intentarlo, pero es incapaz. El Cordón Umbral vibra, y la niña parpadea. Escuchas el sonido del metal doblándose y rompiéndose, mientras varias personas se reúnen alrededor del coche hablando en un idioma que no eres capaz de entender.


Por un instante, la ves en otro lugar: una sala amplia, suelo de madera, espejos enormes, el pelo recogido, las manos colocadas con precisión, una instructora marcando el ritmo con una vara. La niña gira sobre sí misma con una gracia impecable, mientras todos la miran, y nadie aplaude. Pero sus piernas siguen rotas, y la música no para de sonar. Llegan más personas, no sabes cuándo lo han hecho, ni siquiera dónde estás. El coche sigue tumbado, pero nadie hace nada, solo observan; uno de los hombres, que te es extrañamente familiar, hace una llamada por su teléfono móvil, pero no rompe el cristal para rescatarla.



La oscuridad del Pozo del Olvido te rodea. Notas cómo el Cordón Umbral va recorriendo tu cintura hasta que te atrapa, y empiezas a girar sobre ti mismo. Pierdes la noción del tiempo mientras todo se vuelve negro de nuevo. Un olor a alcohol aséptico y a medicina recorre tus fosas nasales, hasta el punto en el que intentas toser, pero hay algo que te lo impide. Abres los ojos, y estás sobre una camilla; tu cuerpo ya no es tu cuerpo, es el de la joven rubia. Llevas ropa de hospital, manchada por unas pocas gotas de sangre. Hay voces alrededor, charlando en inglés con voz firme y clara. Escupen términos médicos: fracturas múltiples, hemorragias internas, lesión vertebral, movilidad comprometida y tutores fallecidos. La situación legal es muy compleja, el gobierno no puede hacerse cargo de ella porque no pertenece aquí. Nadie sabe con qué familiares debe contactar, y nadie dice su nombre con cuidado. Isabel White. Lo dicen como se pronuncia una contraseña: Isabel White. Lo repiten en informes, en etiquetas, en pulseras de plástico, en pantallas. Cada repetición parece alejarla un poco más de sí misma.

Ve figuras borrosas sobre ti. Preguntas por tus padres, pero ya no eres Bruma Nocturna. Bruma Nocturna nunca tuvo padres, tuvo a Vara Torcida. Tuvo disciplina, tuvo cosas que hacer. Bruma Nocturna nunca estuvo en un hospital, nunca tuvo un accidente de coche. Preguntas por tus padres, otra vez, pero nadie responde. Clac. Vuelves a preguntar, una y otra vez. Clac. Rompes a llorar, nadie te escucha, nadie te hace caso. Clac. Lo que escuchas es un sello sobre un folio. Sobre dos folios. Sobre decenas de ellos que han perdido coherencia ya.

Ahora hay una sala sin ventanas. Ya no llevas ropa de hospital, sino una bata limpia demasiado grande para tu cuerpo. Estás sentada sobre una cama estrecha, con las manos sobre las rodillas. Intentas mantener la espalda recta como si aún estuvieras en clase de danza. Como si tu postura pudiera salvar algo. Una mujer te habla con suavidad profesional, pero eres incapaz de comprender todas las palabras. Oportunidad. Nueva identidad. Niegas con la cabeza. Una vez, dos, tres, hasta cuatro veces. No paras de negar, no quieres. Comienzas a gritar, pero no hay nadie que te consuele. La sala se convierte en quirófano, parece que no importa lo que tú pienses. El quirófano se convierte en una pecera de luz, y esa pecera se convierte en una garganta. Hay tubos en tus brazos, agujas y cables pegados al cráneo. Puedes ver, puedes gritar, pero nadie te escucha. Entra otro individuo más en el quirófano, esta vez con un maletín de acero. Los doctores que deberían estar atendiéndote hablan entre ellos, pero tú no quieres estar ahí y lo haces saber. El tipo de mirada dura y pelo rubio abre la maleta: en su interior hay un extraño aparato con forma de escorpión. Plateado. Brilla con la luz inerte del quirófano. Intentas moverte, y no eres capaz. Dos de los médicos se acercan a ti y te dicen algo, pero no eres capaz de entenderlo. ¿Pero quién te entiende a ti?

Te dan la vuelta con cuidado, dejando tu espalda y tu trasero al aire. Notas un corte que te recorre desde la nuca hasta la parte baja de la espalda. Te han abierto la piel y la musculatura, y cuando sientes el frío abrazo del escorpión, tu cuerpo se apaga por el dolor. Es algo súbito, repentino, inesperado. Bruma Nocturna se agobia, comienza a tener recuerdos incómodos de cuando estaba en el Proyecto Mundo Onírico. Sigues descendiendo en la oscuridad.




Despiertas en el suelo de una habitación completamente aséptica. Una puerta de seguridad con doble cierre impide que lo que sea que esté aquí pueda salir. Hay una enorme ventana en mitad de la pared, con un espejo oscuro y siniestro. Hay una pequeña mesa de plástico, de diseño, y una silla incómoda. En ella está sentada Isabel White, con varias marcas de operación en la espalda, el cuello y los brazos. Sus piernas, que antes estaban dobladas en formas que no eran compatibles con la movilidad, están bien. Su larga melena rubia ha sido afeitada hasta un corte de pelo militar, funcional. Mira el cristal, con la mirada perdida.


Pregunta una voz femenina al otro lado del cristal. La joven mira con odio la ventana.


La voz es más débil que la Iruz que conoces. Más limpia, más aterrada. Más inocente. Hay una pausa, y un zumbido. Un zumbido terrible, de los que se te meten en la cabeza y remueven tu cerebro. Caes de rodillas por el dolor. De repente, el zumbido para, y se vuelve a escuchar la misma pregunta.


Otra vez el zumbido, pero mucho más intenso. Tan intenso que la habitación tiembla.


Esta vez Iruz se te queda mirando. Puedes ver que está llorando, pero no son esas lágrimas de rabia por haberle llevado la contraria o por haberla tratado como una niña. Son las lágrimas de alguien indefenso, que no sabe cómo ha llegado ahí y no sabe qué hacer.


La palabra se rompe, y el espejo se empaña desde el otro lado. Cuando vuelve a hablar, la voz ya tiene una grieta nueva.


El Cordón Umbral tira de ti con violencia, no desde fuera. Desde ella. Miras hacia el techo, puedes ver a la chiquilla que te ha acompañado desde Bilbao, llevando la ropa que le compraste en Soria: Iruz cayendo por un pozo quirúrgico hecho de camillas, espejos, carreteras nevadas y barras de ballet. Cae sin fondo, con el vestido flotando alrededor de su cuerpo y la piel abriéndose en líneas imposibles. No grita. Se ríe. O intenta reírse. La risa se le corta cada vez que una versión más joven de sí misma pregunta dónde están sus padres.

Abajo no hay suelo. Hay una mesa de operaciones. Encima de la mesa, Isabel White te mira con ojos enormes, muerta de miedo. Dos cuerpos, un mismo pánico. La Iruz actual alza la cabeza hacia ti desde el fondo del recuerdo. Sus labios se mueven, pero no oyes nada. Hasta que el Pozo te deja escuchar.


El Cordón Umbral se tensa hasta doler. Frente a ti, tienes a una Sigma perdida en su obediencia. Debajo, tienes a Isabel White, muerta de miedo y agonía. Encima, está Iruz recriminándote que te hayas metido en lo más profundo de sus recuerdos.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 16 de Jun 2026, 03:07:34
La frase del Demonio de Fuego se queda en su cabeza mientras los paisajes se van abriendo ante él.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24


El cordón umbral tira, y el vacío da paso a una dolorosa escena. Reconoce la sensación, al menos parte de ella: un cuerpo demasiado dañado como para sostener una vida, pero una voluntad lo suficientemente firme como no dejarle rendirse. Gente alrededor, pero no amigos; gente que tiene interés. Como cuando Bruma llegó a Bilbao. Como cuando Batburk lo estaba esperando y él no entendía cómo podía haber ocurrido. Los recuerdos de ella bailando mientras contempla el lamentable estado de sus piernas... eso, sin embargo, no lo entiende. Se da cuenta de la importancia que puede tener, pero no es capaz de identificar del todo los sentimientos. Él nunca bailó. Nunca cantó a pleno pulmón, pues solo conoce cánticos rituales. Él nació como metis, y nunca le enseñaron qué es divertirse. Nunca le enseñaron que podía divertirse. Pero entiende la pérdida, porque eso es algo que, sin duda, conoce de cerca.



Se despierta, esta vez, en una camilla. Así que Iruz se llama, es, Isabel White ¿eh? Para Bruma es importante, lo recordará. Igual que recordará esa sensación, la de no importarle a nadie. Tampoco le resulta ajena, aunque nunca la había vivido de ese modo. Antes de que Vara Torcida lo aceptase, lo trataban como poco más que una mascota; un recadero tarado del que podían aprovecharse porque no servía para otra cosa. Sin embargo, esto es nuevo. Nunca se había sentido de esa manera, nunca había sentido que lo valorasen como a un objeto o una propiedad.

Por un momento se para a pensar: tanto él como ella perdieron a sus padres, pero... ¿es comparable? ¿Qué es más doloroso? Y, lo que es más importante, ¿duele igual? Él despidió a Vara Torcida, pero no es el mismo sentimiento que el de haber perdido a Murmullo del Bosque sin la oportunidad de haberla conocido. Sin la oportunidad de haber crecido al lado de alguien que lo miraba y lo consideraba digno de su atención. Zarpa Manchada nunca envió una señal. Y él creció en el parque de Yellowstone, oculto entre los árboles y pescando en el arroyo, incapaz de buscar su destino en el otro lugar del mundo debido a su nata maldición. Sin embargo, aunque no termina de resonar con algunos matices, se da cuenta de lo que tuvo que afrontar Isabel y siente su dolor.

Con el cambio de escenas, identifica perfectamente lo que está ocurriendo: eso, lo que le están haciendo a Isabel, es el Proyecto Ícaro. Reconoce los patrones, y las promesas: una nueva vida, una nueva oportunidad... Todas esas patrañas que los siervos de la Tejedora te venden para convencerte de que seas su títere y no generes molestias innecesarias. Como en el Mundo Onírico. Como cuando le obligaron a visitar mundos imposibles, a enfrentar enemigos menos físicos solo para ver sus respuestas emocionales. Como cuando sus "salvadores" le pidieron favores a cambio de "haberlo salvado", y nunca tuvieron la decencia de, siquiera, darle las gracias.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24




El chamán vuelve a despertar, pero esta vez no es Isabel sino que es un espectador más de la escena. La ve desde fuera, consciente de que no puede interceder ni comunicarse, y entiende que vuelve a estar en el vacío del interior del pozo. "Isabel", dice la niña. "Isabel White", repite una y otra vez. Ella sabe quién es, y quién desea ser. Sabe de dónde viene, sabe lo que ha perdido. Lo que le han quitado.


Y entonces, la pequeña se rompe. No mucho, o no de un modo muy evidente. Se rompe como cuando un vaso tibio se agrieta bajo un chorro de agua fría: parece entero, pero ya no volverá a estarlo nunca más. Y en ese momento, otro tirón y una nueva figura aparece. Iruz, como se hace llamar ahora, irrumpe como otras muchas veces: con carácter y con ruido. Mira a una, y mira a otra. Se da cuenta de la presencia de una tercera, y entonces mira el cordón: aquella a la que se dirige el destello es la que realmente lo necesita.

Aunque la atadura no es física, el joven la ase con ambas manos y tira levemente con la intención de ganar algo de inercia que lo acerque a la muchacha.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24


Da un pequeño paso hacia Iruz, y mira a las tres figuras detenidamente.


Las últimas palabras ya no suenan enteras. Se entienden como un eco vacío en una botella vieja que huele a tierra húmeda y a restos de plantas podridas, mientras la figura de Bruma Nocturna se pierde en la oscuridad y solo queda Iruz muy tenuemente iluminada por los destellos intermitentes del cordón.



La primera escena es una Garou. Su pelaje es oscuro y con destellos rojizos, como el de Bruma Nocturna está en su forma crinos, tumbada en el suelo de un refugio improvisado durante una noche especialmente húmeda. Las partículas de la bruma se adhieren a su rostro contraído mientras ella jadea y gruñe de dolor. Se mueve, se agita y ruge mientras su cuerpo convulsiona violentamente. A su lado hay alguien, parece un hombre, pero apenas se le ve. Está en silencio, cubierto de sangre, simplemente contemplando la escena. No disfruta, todo lo contrario. Simplemente sabe que no hay nada más que pueda hacer que estar allí hasta el último momento.

Y ese momento es, inevitablemente, en el que la Garou le dirige una última mirada, con los ojos inundados en lágrimas y espuma en la boca, y deja que su espíritu regrese con Gaia. Mientras su rostro sigue dominando el plano, en un lateral se ven las manos el hombre agarrando una pequeña criatura. Está empapada y ensangrentada. Es bastante grande para levantarla con las manos, peluda y negra. Y sobre su cabeza se aprecian dos pequeños bultos.


Inmediatamente la escena cambia, y se ve a la pequeña figura negra y peluda sentada en el borde de un lago. Es algo más grande, y en su cabeza hay ya dos pequeños cuernos. Entre sus manos hay un utensilio de madera, una caña de pescar, y el hilo atraviese de un modo casi invisible la superficie del agua. Parece primavera, pero en seguida cambian los colores y el sol se vuelve más fuerte. "Eh, Mulo", suena a lo lejos. Las hojas se caen, y la figura sigue pescando. La imagen de otros como él se refleja en la superficie del lago, solo para reírse de él o dedicarle algún insulto. El lago está congelado, y en él se ve a un hombre mayor que le mira con una mezcla de desprecio y vergüenza; como si le costase posar los ojos sobre él. La primavera regresa de nuevo, los cuernos de la criatura parecen haber crecido un poco más y él sigue pescando. Llega el verano, y parece que algo ha agitado el sedal. Sin embargo, la velluda criatura no intenta tirar del anzuelo. Otro tirón, y el pez se marcha con el cebo mientras cae el otoño de nuevo para volver a dar lugar al invierno y luego otra vez a la primavera. La criatura ya tiene un tamaño considerable, y sus cuernos empiezan a tener bastante presencia. Ha crecido, incluso parece que madurado, al borde del lago. Solo, con su caña y con sus cuernos, al lado del lugar en el que una vez durante unos minutos tuvo una madre y un padre.

El sedal se rompe, la superficie del agua ondea y cae la noche. Y al amanecer, el pequeño metis está fisgoneando en las sombras. Está espiando a los adultos mientras hacen sus rituales, aprendiendo en secreto, porque esa tarde será su momento. La visión muta rápidamente, y se ve al muchacho preparando un rito. Es torpe y lento, duda, pero tiene ese algo en el cuerpo de quien ha descubierto aquello a lo que dedicará toda su vida. Entonces aparece el anciano, con su típica cara de asco, y se dirige a él con desprecia hasta que, como si en lugar de a la pequeña bestia estuviese contemplando un espejo, se reconoce en su tenacidad. Se arrodilla, lo abraza y ambos lloran antes de que la escena los muestre estudiando juntos, preparando rituales bajo unas estrictas directrices y una constante, aunque dura, atención. A medida que los días avanzan en la visión, la luz se va volviendo más tenue. La criatura oscura se convierte en un joven sioux, al que Iruz conoce como Bruma Nocturna y, entonces, llega la oscuridad. No la oscuridad de la noche, la otra oscuridad. Y en esa oscuridad se ve a Bruma Nocturna hablando con una mujer de rojo, que se queda sola cuando el muchacho desaparece y que, con un leve gesto, disipa la oscuridad para mostrar el hogar del Garou siendo devastado por figuras que se mueven demasiado rápido mientras la mujer sonríe. En un parpadeo el conflicto acaba, y el lugar está vacío e inerte. Lo único que queda en el centro es el cadáver, aún sobre su rodilla hincada, del anciano que una vez lo había abrazado y aceptado bajo su tutela.


La siguiente escena es mucho más breve: la mujer de rojo le ofrece a Bruma un objeto envuelto en una tela y este asiente; parece algún tipo de trato. A su lado, desnuda, yace una mujer en cama en un estado de semi-inconsciencia. Se mueve muy levemente y balbucea, pero no puede reaccionar cuando el chamán se acerca a su cuerpo. Aunque la escena no es explícita y no se distingue la cara de ella, es igualmente dura. Y mientras el Uktena realiza "la tarea" con expresión de disgusto, la mujer de rojo sonríe hasta que ambos parpadean. Parece que el acto ha terminado: la mujer de rojo no está, Bruma se aleja con su objeto envuelto bajo un brazo y, a su espalda, se queda la figura de la mujer con un bebé en brazos.


El sonido de los pasos del metis llegan de nuevo al bosque, vuelve a ser una criatura pequeña y peluda y porta en sus brazos a otra criatura como él. Las escenas se suceden rápidamente: primero la alimenta y la cuida, después corren juntos por el bosque y luego comparten cena junto al fuego. A continuación cambian de forma juntos para dar lugar a un joven Bruma Nocturna y una jovencita indígena que se unen un emotivo beso, y tras eso se les ve realizando tareas codo con codo. Pero tras una de esas tareas, Bruma se queda solo y la visión se vuelve completamente negra. Durante medio segundo parece verse algo, entre blanco y rojo. Otro destello, que parece un rostro, y de nuevo oscuridad. La espera parece eterna, pero al cabo de un rato la figura se revela: es la misma joven, o al menos lo parece. Su cabello se ha vuelto blanco, y las puntas de su melena están empapadas en sangre. Su piel está más pálida sus ojos se han vuelto de color naranja. Su mirada y esa media sonrisa recuerdan, inevitablemente, a Nymph.





Como si no hubiese pasado el tiempo, el pozo los devuelve al punto de partida: allí está Bruma, observando a las tres, mientras Iruz tiene la misma expresión en la cara.


El chamán se queda expectante, observando a las tres figuras y esperando a que alguna de ellas tome la iniciativa.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:12:02
Iruz te mira como si acabases de decir una estupidez tan grande que ni siquiera merece ser odiada con calma. Durante un instante, Isabel White, Sigma e Iruz permanecen suspendidas en torno a ti. Tres cuerpos, tres nombres y tres heridas que no quieren tocarse entre sí. La Iruz que conoces aprieta los dientes.


Su voz tiembla, pero no por miedo.


Isabel se encoge un poco, mientras Sigma observa en silencio. Iruz da un paso hacia ti.


El grito rompe el mundo: no como una pared que cae, sino como un espejo infinito que estalla desde dentro. Todo se llena de cristales: fragmentos negros, transparentes, húmedos, imposibles. Caen sobre Isabel, sobre Sigma, sobre Iruz, sobre ti. Cada pedazo refleja una versión distinta de la misma niña: la bailarina, la paciente, la Ícaro, la muchacha vulgar y furiosa que aprendió a convertirse en ruido para no volver a ser silencio; la oscuridad se clava en tu piel como cuchillos afilados. Durante un segundo no tienes cuerpo. Sólo dolor, zumbido y el tirón del Cordón Umbral atravesándote desde algún lugar que ya no sabes si está fuera o dentro de Iruz.

Cuando abres los ojos, estás sentada en una cama. La habitación pertenece a un chalet. Hay paredes conocidas, muebles conocidos, una clase de comodidad rural que te golpea con una familiaridad incómoda. La reconoces poco a poco: la casa de los Zarpas de Teluria. O una versión de ella. Estuviste aquí durante tu estancia en el Mundo Onírico; frente a ti hay un joven muy preocupado, con la cara blanca y las manos inquietas. A su lado, una mujer algo más adulta, corpulenta, con una tranquilidad demasiado basta para lo que está ocurriendo. La mujer resopla.


El joven la mira como si quisiera entender la broma y no pudiera.


La mujer resopla y se pone con los brazos en jarra.


La Iruz espiritual está a tu lado. No participa en la escena. La observa con una mezcla de asco, rabia y una familiaridad que resulta peor que el horror. Como quien mira una fotografía vieja y se odia por reconocer la habitación. Entonces se escucha un ruido al otro lado de la pared. Iruz gira la cabeza.


Se levanta sin esperar tu respuesta, y tú la sigues. El pasillo se dobla sobre sí mismo y la habitación contigua resulta ser la misma habitación. Mismos muebles, misma cama y mismo aire cargado, pero la escena ha cambiado. Ahora Iruz está en pie frente a Mauricio, desbordada, fuera de sí. No tiene la cara de una villana. Tiene la cara de alguien que ha descubierto que puede pedir algo horrible y aun así no conseguir que dejen de abandonarla.


Mauricio retrocede medio paso, no por miedo físico. Por otra clase de miedo.


La joven empieza a patalear y a tirar cosas contra el armario.


Ella se marcha dando un portazo que no suena como madera contra marco, sino como una celda cerrándose.


La escena se vuelve turbia, y no sabes cuánto tiempo pasa. Quizá horas, o quizá una noche entera comprimida en un parpadeo. Vuelves a estar en la misma habitación, ahora en penumbra. Iruz entra tambaleándose, con el maquillaje corrido, la ropa hecha un cristo y el olor agrio del tabaco, del alcohol y de una calle a la que nadie debería haberla dejado ir sola. A su lado camina un hombre intimidante, ancho de hombros, con esa clase de presencia americana o irlandesa que parece educada sólo porque no necesita alzar la voz para resultar peligrosa.

Mauricio está de pie frente a ellos, y no sabe dónde poner las manos. El hombre le habla con una calma insoportable.


Nadie responde: Iruz se mete en la cama tal y como está. Ni se lava ni se cambia. Ni mira a Mauricio. Él se queda un rato inmóvil, con la cara devastada. Luego se tumba en el suelo, junto a la cama, como si ése fuera el único sitio que se permite ocupar. Cierra los ojos, pero no parece dormir. La Iruz espiritual se queda mirándote.


Mauricio cierra los ojos, y cae rendido. Entonces, en un parpadeo, Iruz ya no está en la cama. Suena algo abajo. Un ruido rítmico, continuo y húmedo. Cuerpo contra cuerpo. Iruz pone cara de asco y empieza a bajar las escaleras. Tú la sigues; o el Cordón Umbral te arrastra detrás de ella, ya no hay demasiada diferencia. La casa se retuerce a vuestro alrededor. Las paredes se estiran, los marcos de las puertas se doblan. El recuerdo no quiere sostenerse, pero tampoco quiere terminar.

Abajo, en el salón, está Iruz. Tirada en el sofá, con las piernas abiertas. Encima de ella hay un hombre desnudo. No hace falta que el Pozo te enseñe más. Lo que ocurre es evidente. Y, aun así, nada en la escena habla de deseo. Sólo hay una risa demasiado alta, una necesidad convertida en arma y una habitación entera conteniendo la respiración. Se escucha un grito. Mauricio baja fuera de sí, con una pistola en la mano. El hombre se gira, y no llega a decir nada coherente. Mauricio dispara, y el disparo sacude la casa entera. El cuerpo cae al suelo, pero Mauricio no mira a Iruz. En seguida, el tipo pasa a lupus y salta por la ventana, atravesando la noche como algo perseguido por su propia conciencia.

Cuando intentas fijarte en la cara del tipo que ha huído, el Cordón Umbral pega un tirón terrible. Sigma aparece a tu lado. Su voz sale sin emoción, pero sus manos tiemblan.


La Iruz del sofá sigue allí, abierta de piernas, riéndose con una risa rota que ya no sabe si desafía, suplica o escupe.


La frase queda suspendida en el salón. Mauricio no sabe qué responder. Pero entonces baja el hombre de antes y no viene solo. A su lado hay una chica joven de pelo azul, con un maletín sujeto contra el pecho. Al verla, no necesitas que nadie te explique quién es. Lo sabes por el golpe emocional que atraviesa la escena: Pi. Lucía Belmonte. La hermana de Mauricio. El hombre se acerca a Mauricio. Le pone una mano en el hombro y suspira, como si todo esto fuera un trámite desagradable.


Mauricio observa el salón en silencio, tiene lágrimas en los ojos. No dice nada. Quizá porque ya ha entendido que cualquier palabra puede ser usada contra él. Quizá porque en ese momento comprende que no está salvando a nadie. Sólo está fallando más despacio que los demás.  El hombre mira a la chica de pelo azul.


Pi se queda junto a Iruz con el maletín. Le tiemblan los dedos cuando lo abre, pero no falla. Hay instrumentos pequeños, frascos, una jeringa, piezas ordenadas con una precisión insoportable. Iruz se levanta del sofá sin pudor. Camina hasta una silla en mitad del salón y se sienta, como si ya no pudiera importarle nada de su propio cuerpo. Como si el cuerpo fuese sólo la habitación donde otros entran cuando quieren. Pi se arrodilla junto a ella.


Iruz la mira con asco.


Pi obedece, la aguja entra. El líquido desciende. Iruz no mira a Pi, mira a Mauricio. Fija los ojos en él mientras su cuerpo empieza a apagarse. No hay sueño en ese apagón, ni  descanso. Sólo desconexión. Una mano arrancando el cable de algo que todavía estaba gritando al otro lado.

El salón empieza a desintegrarse. La casa de los Zarpas se rompe en capas: primero los muebles, luego las paredes, luego las voces, luego el olor a tabaco, alcohol y sangre. Todo cae hacia arriba, como si el Pozo hubiera decidido que aquel recuerdo ya no merecía gravedad. Y vuelves a estar rodeado por las tres niñas. Isabel, Sigma e Iruz. Pero ahora Iruz ocupa más espacio que las otras. No porque sea más fuerte. Porque hace más ruido.


Su voz ya no grita. Eso la vuelve peor.


Isabel empieza a temblar. Su forma se deshace poco a poco en partículas viscosas, como si el recuerdo del accidente no pudiera seguir compartiendo espacio con lo que vino después.


Iruz sonríe sin alegría.


Isabel desaparece. Queda una mancha húmeda en el lugar que ocupaba.


Sigma empieza a temblar. Su cuerpo pierde definición, convirtiéndose en polvo gris, como ceniza de archivo quemado.


La voz de Iruz se vuelve más baja, y por primera vez parece cansada. Ni dramática ni teatral. Sólo cansada.


Sigma se deshace, y queda Iruz sola.


Algo tira de ti, pero no es Iruz. Ni Sigma, ni Isabel. El Cordón Umbral se tensa desde otro punto del Pozo con una violencia súbita, urgente, casi desesperada. La oscuridad se abre a tu espalda como una corriente de agua negra. Iruz alza la mirada, por un instante parece que va a decir algo más, pero no le da tiempo. El tirón te arranca de allí a toda velocidad; la dejas atrás, sola en mitad de su propio nombre, mientras el Pozo vuelve a cerrarse sobre ella. Y te sumerges otra vez en la oscuridad.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 22 de Jun 2026, 22:32:33
Cuando vuelven a aparecer las tres figuras, el Garou las mira. Sobre todo a Isabel, hasta que Iruz empieza a hablar. En ese momento, simplemente la mira a los ojos y le aguanta la mirada cuando da ese aparentemente pequeño paso. No habla, no responde. Solo la mira, y espera. Solo oye el grito, hasta que comienza la siguiente visión.

Contempla la escena de Mauricio con la otra chica en silencio, y sigue a la ícaro a la siguiente escena cuando se lo solicita. Atiende a la discusión con Mauricio, y entiendo lo ocurrido con el hombre maduro que parece ser alguna clase de superior de Mauricio. Luego sigue a la muchacha escaleras abajo en el siguiente evento, y aparta un poco la mirada del cuerpo tumbado de la joven. Entonces, en ese momento, todo cambia cuando el mismo hombre maduro vuelve a entrar... y esta vez lo hace acompañado.


Su voz se quiebra al pronunciar su nombre, y un fuerte tirón del cordón lo sacude al intentar dar un paso hacia la reconocida figura de la hermana de Mauricio. Sigue observando la escena, en silencio, hasta que termina y se queda otra vez con las tres figuras rubias.

Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:12:02

El joven duda mientras la mira desde arriba.


La frase termina con un volumen descendente, una especie de fade out, como si estuviese cambiando al receptor del mensaje por sí mismo. Su mirada se queda un segundo más en Iruz, y pasa un momento por Sigma hasta llegar a Isabel White. Escucha a la joven de cabello dorado cuando habla sobre chupar sangre y, cuando Isabel comienza a desaparecer, se despide de ella inclinando levemente la cabeza. Devuelve la mirada a Sigma en el momento en que la conversación se dirige a la situación actual de la joven pero, cuando Sigma se reduce a ceniza, no se despide. Esta vez no. Esta vez solo le da un segundo más de atención, y entonces dirige su vista a la única que queda.

Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:12:02




El cordón se tensa, y el chamán lo sigue con urgencia. Si Iruz ha podido convocarlo, seguramente Ana Mercedes también pueda... y seguramente también lo necesite.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:23:19
El tirón no te lleva hacia Ana Mercedes, no todavía. El Cordón Umbral se tensa con violencia, pero su dirección se desvía antes de alcanzar el fondo del Pozo. Durante un instante crees que ha fallado, que la atadura se ha enredado entre los restos de Iruz, Sigma e Isabel. Luego entiendes que no es eso, es que el Pozo no ha terminado. La oscuridad te arrastra hacia un recuerdo que no pertenece a Iruz del todo, pero pertenece a alguien que estuvo allí.

Te preguntas, durante un instante, o quizás durante varios años, el paso del tiempo en este lugar es tan extraño como su función. ¿Por qué un lugar que permite navegar por los recuerdos de sus habitantes existe en Gaia? ¿Qué función tiene todo esto? ¿Por qué estás tan lejos de tu hogar, perdido en las memorias de extraños? No puedes pararte a desarrollar el pensamiento, pues de repente estás en un bosque, a solas.

Ves al tipo que Mauricio disparó, a un miserable, cobarde y traicionero Garou. Pedro Alba. No sabes su nombre al principio, pero el Pozo te lo entrega como una ficha sucia pasada bajo una puerta. Pedro Alba. Lo sientes desde dentro durante un segundo: sientes lo que es estar dentro de ella, de forma rítmica. Es repulsivo, te infecta cada hebra de tu pelaje, pero no puedes parar. No hay amor. Hay teatro, hay pánico a seguir siendo nadie. Hay una masculinidad inflada, barata, desesperada por tener testigos. Pedro no está con Iruz porque la entienda. No está con ella porque la vea. Está con ella porque alguien lo ha elegido para hacer daño a otro, y eso le basta. Eso le parece poder.

Entonces se abre la puerta. Mauricio entra con la pistola en la mano, y todo el orgullo de Pedro se convierte en nada. El disparo revienta el aire. El dolor le atraviesa el hombro como una puerta arrancada de cuajo. Pedro no grita con dignidad, y aparta a Iruz de un golpetazo. No pregunta si está bien, ni intenta explicar nada. El mundo se reduce a la boca negra del arma, a Mauricio fuera de sí, a la sangre caliente bajándole por el brazo y a una certeza animal: si se queda ahí, muere. Y huye. El salón se estira detrás de él. Las paredes se vuelven árboles. El suelo se vuelve barro. La ventana se convierte en una garganta abierta hacia el bosque. Pedro cae entre la maleza. Corre. Corre como un animal pequeño dentro de un cuerpo demasiado humano. El Frenesí del Zorro lo toma por completo, y en esa huida no queda ni burla, ni chulería, ni masculinidad, ni deseo de que nadie escuche sus gemidos de triunfo. Sólo un cachorro herido, sangrando, atravesando ramas y zarzas con los ojos llenos de lágrimas.

El Cordón Umbral vibra alrededor de tu cintura. Ni siquiera te has dado cuenta de que estabas caminando por el bosque, y que alguien camina contigo. Detrás de ti, en silencio. Zarpa Manchada avanza entre los árboles, en Crinos, demasiado grande para el bosque y demasiado real para ser un recuerdo. Sus ojos inyectados en sangre observan a Pedro con una calma casi aburrida. La saliva ácida le cae de los colmillos y abre pequeños surcos humeantes en la tierra húmeda.


Pedro tropieza, cae de rodillas, se levanta, vuelve a correr.


El Demonio de Fuego ladea la cabeza.


El bosque se llena de respiraciones. No sabes si son perros, Garou, hombres de Terry, espíritus del Peñasco Blanco o consecuencias buscando dueño. Pedro se esconde detrás de un tronco, apretándose la herida con una mano. Tiembla tanto que las hojas cercanas se agitan con él. Su boca forma palabras sin sonido. Promesas. Excusas. Insultos. Súplicas que aún no sabe a quién dirigir.


Pedro mira hacia atrás. Durante un instante, el bosque desaparece y vuelve el salón. Iruz está en el sofá. Mauricio sostiene el arma. Pi baja con el maletín. El hombre de la Justicia Metálica habla con voz serena. Todo ocurre al mismo tiempo, como si el Pozo no aceptara que las consecuencias puedan ordenarse por escenas.


Pedro echa a correr otra vez, pero esta vez el bosque no parece Cantabria. Los árboles se alargan. La tierra se calienta bajo sus pies. Entre los troncos aparecen túneles encendidos, rojos, como venas abiertas en el mundo. Una risa femenina vibra en algún lugar muy lejos, dulce y obscena, como si alguien hubiera visto a Pedro caer y hubiera decidido guardarlo para más tarde. Pedro se queda quieto. Por primera vez desde el disparo, no sabe hacia dónde huir.


El Demonio de Fuego habla sin placer. Eso lo hace más terrible.


A lo lejos, Pedro grita. No de dolor físico, de reconocimiento. Algo ha pronunciado su nombre completo. Pedro Alba. El bosque responde con una carcajada que no pertenece a ningún animal.


El Pozo te muestra fragmentos. Pedro en una abadía de piedra, con la cara hundida y los ojos llenos de hambre. Pedro mirando a una mujer demasiado hermosa para ser sólo mujer. Pedro riendo cuando no debería. Pedro suplicando cuando ya es tarde. Pedro frente a Aránzazu. Pedro comprendiendo, al final, que jamás había sido jugador de nada. Sólo carne movida por manos con más paciencia. Zarpa Manchada se detiene junto a ti. Pedro, más joven, más herido, más ridículo, sigue perdido entre los árboles. No sabe aún que su huida ya lo ha llevado exactamente donde debía.

Un momento... ¿Pedro frente a Aránzazu?


Sus ojos rojos se clavan en ti.


El Cordón Umbral vuelve a tirar. Esta vez hacia abajo, sin duda hacia Ana Mercedes. Pero Zarpa Manchada no se aparta.


La saliva ácida cae entre sus colmillos. Frente a ti, aparece una explanada bajo un cielo plomizo. La Catedral de la que hablaba Zarpa Manchada se materializa ante vosotros. Pedro entra, ufano, acompañado de otros ascetas. Sientes en ti que no lo aceptan como un hermano. Zarpa Manchada entra después de que entre el último monje. Son Garous, lo presientes. Todos son Garou, reunidos en una iglesia vieja, apartada de la civilización. ¿Qué es lo que hacen aquí?

Pedro se pone frente al que parece el líder de todo este lugar. Hay otro tipo importante, en una esquina, vestido como si fuese un pueblerino. Entiendes, sin saber muy bien por qué, que es el familiar que le salvó de morir aplastado o tiroteado en Cantabria. Pedro le mira a los ojos, y se gira de forma teatral ante el resto de asistentes a la ceremonia. El Garou líder se echa hacia atrás, sorprendido, pero el suelo tiembla. La tierra se raja, y pequeñas llamas comienzan a brotar de forma descontrolada. Zarpa Manchada se sienta en el altar, mientras contempla como una jauría de perros fomori y cachorros de Danzantes arrasan con el lugar. Pedro se queda de pie, observando la masacre, mientras sus ojos se iluminan por la destrucción; parece que no es el objetivo, si no la llave que abrió este lugar.


Cuando no queda más que muerte y corrupción, Zarpa Manchada y tú salís fuera. Y la ves. Pedro está arrodillado ante Luxuria, la Estigma del Deseo, suplicando algo. Ella lo mira con desdén, con desprecio, y aparta su mano. Se gira como una reina de otromundo, espetándole algo que no llegas a entender, pero se desvanece de vuelta en sus Túneles Ardientes. Mientras contemplas esto, el Cordón Umbral tira de ti con una fuerza que se te hace insoportable. Pedro entra en frenesí, pero esta vez no es un frenesí cobarde. Lo notas: jamás lo habías contemplado, pero no cabe duda de que ha entrado en Yugo del Wyrm. Zarpa Manchada comienza a reír, con una risa ronca y profunda.

El Cordón Umbral se tensa hasta doler, y antes de que puedas continuar, te quedas frente a tu padre. O una aparición de tu padre. O lo que tú crees que era tu padre. De una forma u otra, aguarda tu respuesta, con un semblante inamovible, con un rictus perdido en un recuerdo lejano y borroso. Cuanto más miras su cara, más se desdibuja. ¿Tienes algo que decir, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 24 de Jun 2026, 01:21:39
Tras el violento tirón del cordón, el chamán intenta sujetarse a él instintivamente aún sabiendo que es imposible asirlo con las manos. La tensión, la velocidad y los bruscos cambios de dirección lo desorientan, pero intenta mantener sus sentidos en su entorno y permanecer presente.

Ve a Pedro Alba, y contempla toda la escena en silencio. El pozo muestra, no dialoga, y el sioux intenta prestar la máxima atención posible. Y entonces, solo entonces, aparece de nuevo el Demonio de Fuego para narrar la escena y explicarle "las bases de la naturaleza del ser". El muchacho lo mira con cierto desprecio, pero no lo interrumpe. No quiere hacer la interacción más larga de lo estrictamente necesario. Cuando la risa femenina inunda el bosque, Bruma Nocturna no necesita verla a quien la emite. No necesita que le digan a quién pertenece, porque es una risa que reconoce bien. Demasiado bien. Sabe que, una vez se ha hecho patente su presencia, aparecerá en escena. Siempre aparece, no puede evitar hacer acto de presencia y contemplar, orgullosa, el resultado de su mezquina obra. Entiende que, como él en su momento, Pedro fue otra víctima de la manipulación. Otra víctima del juego. Y eso, de alguna manera, hace que algo se mueva levemente en el interior del chamán: una leve duda, un retazo de la culpa que tan bien conoce salpicado de la posibilidad de no reconocerse a sí mismo. Pero cesa, claro. Porque tiene que cesar. Porque sabe que él, hijo de Murmullo del Bosque y nieto de Vara Torcida, no actúa por reconocimiento. No actúa por poder, ni por atención, ni por deseo. Actúa como el que cumple con una obligación que ha abrazo por convicción y no por imposición porque, aunque no sabe si realmente es lo correcto, cree firmemente que está haciendo lo que más se le parece.

Observa toda la escena mientras el danzante habla, y contempla a Pedro en la masacre en catedral en silencio. Cuando el Demonio de Fuego termina su exposición, lo mira directamente a los ojos, escoge las palabras durante un par de segundos y da un paso al frente, venciendo con gran esfuerzo la tensión del cordón, antes de dirigirse a él.

Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:23:19


Se calla durante un instante, para ver la última parte de la escena protagonizada por Pedro Alba. Como él sospechaba, allí está: Perséfone. Luxuria, haciendo gala de su carácter de mierda frente a un pobre hombre que ni siquiera tiene la dignidad como para intentar redimirse. El cordón umbral tira, todavía más fuerte, y el hocico nauseabundo del Demonio de Fuego sigue humeando mientras sus ojos todavía apuntan al muchacho.


La rabia empieza a inunda su voz, pero no puede acabar la frase. La tensión del cordón umbral es demasiado fuerte, e ignorarla sería, posiblemente, abandonar a una de sus compañeras. Su figura se aleja mientras el rostro al que se dirigía se acaba de desdibujar en un amasijo de carne, humo y saliva, y su cuerpo acaba hundiéndose una vez más en la oscuridad.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11
El Cordón Umbral tira de ti con tanta fuerza que, durante un instante, dejas de distinguir la dirección de la caída. Te hundes. El Pozo del Olvido se abre a tu alrededor como una masa de líquido negro, espeso, sin orillas. No es agua. No del todo. Tiene peso de agua, frío de agua, memoria de agua, pero se pega a tu piel como si estuviera hecho de tinta, ceniza y sangre vieja. Cada vez que intentas respirar, el líquido entra en ti sin ahogarte. Cada vez que intentas cerrar los ojos, ves más.


Zarpa Manchada ya no está. Su voz se desvanece en las profundidades de la inexistencia. Quizás nunca estuvo ahí, pero Pedro Alba tampoco. La Catedral, los túneles ardientes, Luxuria y la risa se deshacen detrás de ti en burbujas negras que ascienden hacia ninguna parte. Durante un momento sólo existe el Pozo. Este lugar no parece guardar recuerdos como los guarda una mente. Como si cada vida hubiese dejado una marca en algún sedimento profundo de Gaia. Como si todo lo vivido, todo lo perdido y todo lo repetido se hubiera ido filtrando hacia abajo hasta formar este océano oscuro donde nada desaparece del todo. Un lugar donde las almas no hablan, pero dejan presión. Donde los muertos no vuelven, pero pesan. El pensamiento dura un segundo, o varios años. Luego el líquido negro se abre, y tus pies golpean metal húmedo. El viento te corta la cara. Estás en una plataforma en mitad del mar. El cielo es plomizo, bajo, casi pegado a la estructura. El Báltico se extiende alrededor como una piel de acero agitado. Todo huele a sal, gasóleo, óxido y tormenta. Las barandillas están mojadas. Las luces industriales parpadean con una regularidad enferma. A lo lejos, entre la bruma, se insinúa la costa de alguna ciudad como una línea gris que no promete regreso.

Frente a ti están Aránzazu Guevara y Pedro Alba. Aránzazu parece viva, pero la ves cansada, agotada. Desconcertada, y aunque Pedro está a su lado, claramente está sola. Eso es lo primero que golpea. Está ahí, de pie, con el rostro tenso, los ojos atentos, el cuerpo preparado para una amenaza que ya ha ocurrido demasiadas veces como para que pueda evitarse. No mira hacia ti, no parece verte. Su atención está puesta en la figura que avanza desde el otro extremo de la plataforma.


La voz le sale pequeña. No tiene nada que ver con el Pedro del sofá, ni con el Pedro ufano de la Catedral, ni con el Pedro que reía cuando no debía. Este Pedro está pálido, empapado por la llovizna y el sudor, con los ojos demasiado abiertos. Mira hacia delante, pero su cuerpo ya quiere retroceder. Frente a ellos camina Blanchard. No necesita correr, avanza con una agresividad contenida, recta, quirúrgica. Cada paso golpea el metal con un sonido seco que se repite demasiado alto en el aire abierto. Hay algo profundamente equivocado en su calma. Detrás de ti se escucha una respiración entrecortada: Ana Mercedes está ahí.

No sabes cuándo ha aparecido. Quizá siempre estuvo. Quizá el Cordón la arrastró a este borde del recuerdo. Quizá el Pozo decidió que no bastaba con que vieras tú. La Philodox permanece inmóvil, con la mirada clavada en Aránzazu. Toda su dureza se ha roto en silencio.


Lo dice sin épica, sin duda. Como si reconocerla le hubiese quitado el aire.


Ana da un paso, mientras el metal bajo sus botas suena. Intenta acercarse, pero no puede. No hay un muro visible, pero algo en el espacio se niega a permitirlo. Ana fuerza el cuerpo hacia delante y la plataforma parece alargarse un palmo. Da otro paso y el aire se endurece ante ella.

Su voz pierde firmeza en la última sílaba. Blanchard sigue caminando, y entonces el recuerdo tiembla. La luz parpadea: Blanchard vuelve a estar más lejos, con la misma expresión. Pedro se gira de golpe hacia ti. Esta vez sí te ve. Te mira como si te hubiese estado esperando desde el momento en que Mauricio apretó el gatillo en aquel salón.


Parece aliviado. Ha encontrado a alguien a quien echarle la culpa.


Su cara se deforma entre el miedo y la rabia.


Se golpea el pecho con una mano temblorosa.


Pedro mira por encima del hombro, ve al vampiro acercarse, y vuelve a mirarte con desesperación.


La luz parpadea al mismo tiempo que Blanchard retrocede sin retroceder. Vuelve al mismo punto, y empieza a caminar otra vez. Ana Mercedes no aparta los ojos de Aránzazu, pero oye a Pedro. La incredulidad se le mezcla con una rabia fría, intangible.


Pedro se ríe. Una risa aguda, fea, casi infantil. Se vuelve hacia Ana Mercedes.


Ana se queda quieta.


La representación de Pedro cae de rodillas al suelo, mientras no para de reírse.


Pedro señala a Aránzazu con una violencia desesperada, pero ella no reacciona. Está claro que su memoria, su recuerdo, o lo que sea esto, no está presente aquí. Sigue mirando a Blanchard, sigue atrapada en el instante anterior a su muerte.


Ana intenta avanzar de nuevo, y el espacio se estira. La plataforma parece volverse más larga bajo sus pies.


Pedro enseña los dientes.


Blanchard está más cerca. Su rostro se distingue ya entre la lluvia fina y las luces industriales. No parece un recuerdo borroso, parece demasiado sólido y presente. La plataforma vibra con cada paso suyo, pero la vibración no se expande; se repite. Como si el mundo estuviera mal grabado. Pedro baja la voz.


La luz parpadea, y Blanchard vuelve atrás. Aránzazu respira hondo, como si el recuerdo estuviera a punto de darle permiso para moverse, y Ana Mercedes lo nota. Su rostro cambia.


Pero Aránzazu no puede. O ya no queda en ella nada capaz de apartarse del momento que la mató. Pedro se lleva ambas manos a la cabeza.


Se gira hacia ti.


La petición queda suspendida entre la lluvia y el metal. Pedro Alba, muerto, cobarde, culpable, víctima, restos de una historia que nunca supo comprender, te mira con una súplica sucia y feroz.


Ana Mercedes mira a Pedro. Luego a Aránzazu, y luego a ti. La Philodox no entiende todavía qué es este sitio, pero entiende la injusticia de la repetición. Y también entiende, quizá antes que tú, que no todos los condenados son inocentes por estar condenados. Blanchard camina, el recuerdo tiembla y la distancia vuelve a romperse. Cada vez está más cerca antes de reiniciarse. Cada vez tarda menos. La plataforma entera empieza a llenarse de líquido negro por las juntas del metal, como si el Pozo estuviera subiendo desde debajo de Middelgrunden para tragarse la escena antes de que alguien pueda responder del todo.


Pedro da un paso hacia ti. Blanchard avanza, la luz parpadea. El recuerdo tiembla.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 25 de Jun 2026, 15:14:59
El fluido oscuro inunda todos las aberturas, todos los huecos, del joven chamán. No solo los físicos, sino también los mentales y espirituales. Donde hay duda, donde hay inconsistencia, la masa negra ocupa el lugar adhiriéndose a las paredes de lo anclado y transmitiéndoles el frío de lo indefinido. La voz del Danzante suena de fondo, mientras su figura se proyecta en la retina del metis desde sus párpados cerrados. El aliento putrefacto se siente extrañamente cerca, y casi puede sentir la tibieza de su pelaje llameante.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11

La voluntad del muchacho detiene por un segundo casi eterno la vorágine de sombras y oscuridades para, en un enfrentamiento de convicciones, plantarle cara a la destructiva crítica.


El fluido viscoso vuelve a girar con violencia, mientras el cordón umbral se retuerce cada vez más sobre sí mismo, hasta que los pies del muchacho caen sobre el metal. Allí está Aránzazu Guevara con Pedro Alba, ambos frente a Blanchard. También está Ana Mercedes Guevara, contemplando la escena sin terminar de entenderla. El uktena no intercede, no por ahora. Deja que Ana Mercedes interactúe con el Pozo y viva su propia experiencia. Deja que contemple a su hermana, a su acompañante y al asesino de ambos. Deja que le duela, y que entienda qué es este lugar. Deja que Pedro se dirija a él, y le eche la culpa de todo.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11


Pedro continúa con su balbuceo, con sus comentarios arrogantes para autoconvencerse de que es una boñiga un poco más grande, más apestosa y más desagradable que le pequeña mierda seca que realmente es. Ana, ignorante del ser con el que intenta hablar, le da algo de pábulo ante el silencio del metis. Quizá esté equivocada, pero es su decisión y su momento. No será él, desde luego, el que le quite la oportunidad de cometer sus propios errores.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11




El espacio responde a su voluntad, y llega al quejumbroso despojo de hombre en apenas dos zancadas.


El uktena espera paciente, con los ojos fijos en los de Pedro Alba, mientras el líquido negro hace acto de presencia una vez más. Sabe que no queda demasiado tiempo pero, sin embargo, está tranquilo: mientras el cordón umbral esté estable, sabe que le queda algo de tiempo.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59
El reflejo que intentas controlar no aguanta. Se te escurre entre las manos, como arena seca ante el sol. Como el viento colándose entre tus mechones. Durante un instante, el metal bajo tus pies intenta convertirse en otra cosa. Piel de espejo, superficie ritual. Un lugar donde una sospecha pueda adoptar forma y una culpa pueda ser obligada a confesar. Pero el Pozo del Olvido no conserva la imagen. El fluido negro asciende por debajo de la plataforma y la devora antes de que termine de nacer. El túmulo de Noche Fría se deshace y Zarpa Manchada se disuelve. Luxuria se convierte en una mancha roja bajo la lluvia. Pedro Alba sigue de rodillas, empapado, temblando, con los ojos clavados en ti. Pero no parece haber entendido lo que intentabas mostrarle. Ni siquiera parece haberte escuchado del todo.


Su voz rebota contra el metal mojado, mientras Blanchard avanza desde el otro extremo de la plataforma. La luz parpadea, el recuerdo tiembla.


Pedro no mira hacia el reflejo que acabas de perder. No mira hacia el lugar donde el Pozo ha tragado tus preguntas. Sólo mira la posibilidad de una puerta. Una rendija. Una escapatoria. Cualquier cosa que pueda salvarlo del momento que viene repitiéndose desde algún lugar imposible de la memoria de Gaia. Una voz suena detrás de ti, muy cerca. No aparece con pasos. No desplaza aire. No rompe el recuerdo. Simplemente está ahí, como si el Pozo hubiera permitido que una sombra antigua se colocara a tu espalda.


Zarpa Manchada no está reflejado en el metal. No proyecta sombra. Su aliento, sin embargo, huele a sangre quemada y a saliva ácida.


La lluvia atraviesa su silueta sin mojarla. Durante un segundo, sus ojos rojos se posan en Pedro. No hay compasión. Tampoco burla. Sólo una forma vieja y venenosa de reconocimiento.


Pedro sigue hablando, pero su voz empieza a sonar más lejos, como si el Pozo lo estuviera alejando de la conversación sin moverlo del sitio.


Ana Mercedes te toma del brazo. No lo hace con delicadeza. Sus dedos se cierran con una fuerza seca, desesperada y adulta. Cuando habla, no mira a Pedro. Mira hacia delante.


Blanchard ya está junto a Aránzazu. El recuerdo deja de temblar. Por primera vez, la escena no se reinicia. El vampiro se mueve con una violencia tan limpia que el gesto parece irreal. Una mano atraviesa el espacio entre ambos. Aránzazu no tiene tiempo de reaccionar, pero lo intenta. Su cuerpo se tensa, los ojos se le abren, y durante un instante parece que va a decir algo. No llega, obviamente. Blanchard le arranca el corazón de un golpe. No hay dramatismo suficiente para contenerlo. Sólo carne abierta, sangre oscura sobre metal mojado y una expresión de sorpresa rota en el rostro de Aránzazu. Su cuerpo cae con un peso humano, insoportable, demasiado pequeño para todo lo que significaba. La criatura muere el órgano palpitante y disfruta del festín que es beber la sangre de una Garou. Una Garou que fue tu compañera. A pesar de que has contemplado muerte, crueldad y miseria, ver directamente como un ser de la noche acaba con la vida de la que fue tu compañero te afecta, aunque sea lo mínimo. Ana Mercedes no grita; su boca se abre, pero no sale sonido. El mundo le roba incluso eso.

Pedro chilla absolutamente aterrorizado. No es rabia ni vergüenza, es pánico. Es horror.


Sale corriendo. No hacia Blanchard. No hacia ninguna forma de valor. Corre por la plataforma resbalando sobre la lluvia, golpeándose contra una barandilla, buscando un hueco entre estructuras metálicas. Se esconde detrás de una sección de maquinaria industrial, se encoge sobre sí mismo y se lleva las manos a la boca para no hacer ruido. Pero sigue suplicando.


La lluvia cae sobre Middelgrunden con una paciencia infinita. Blanchard se agacha junto al cuerpo de Aránzazu, para asegurarse . No tiene prisa. Eso es lo peor. Pedro se levanta a medias, como si hubiese decidido huir por segunda vez. Da un paso y luego otro. Sus ojos no miran el cadáver. No miran al vampiro. Sólo buscan distancia. Blanchard aparece detrás de él, como un fantasma blanco en una noche negra. Pedro no llega a girarse del todo antes de que la mano entre por su espalda. El cuerpo de Pedro se arquea, con la boca abierta en una mueca absurda, casi infantil. Durante un instante parece sorprendido de que el final también pueda encontrarle cuando intenta escapar. Blanchard le arranca el corazón por detrás, y Pedro cae de rodillas. Luego al suelo, estampándose la cara de la forma más ignominiosa que hayas podido imaginar. La plataforma queda en silencio, salvo por la lluvia, el mar y la respiración rota de Ana Mercedes. Blanchard arrastra el cuerpo de Pedro hasta el de su compañera, y comienza lo que parece un ritual.

No hay palabras que podáis comprender. Sólo movimientos precisos, antiguos, de una crueldad paciente. Blanchard abre, limpia, cose, unge sin necesidad de instrumentos quirúrgicos. Sus manos tratan los cuerpos sin vida con un respeto monstruoso. No como víctimas. No como personas. Como piezas que deben conservarse. Como reliquias preparadas para seguir teniendo utilidad después de la muerte. El líquido oscuro del Pozo se mezcla con la sangre derramada, pero no la borra. La recuerda. Ana Mercedes sigue agarrada a tu brazo, temblando.


La palabra sale al fin. Muy pequeña e inútil. Esto ya ha pasado, solo lo estáis viendo a través de un lugar blasfemo que bebe de los recuerdos. ¿De los recuerdos de quién?


Entonces el recuerdo se abre por dentro. No hacia fuera, hacia el interior de Aránzazu. La plataforma sigue allí, pero algo atraviesa la lluvia. Una serie de imágenes se superponen sobre el rostro muerto de Aránzazu, tan rápidas al principio que apenas puedes distinguirlas. Una habitación en penumbra, la reconoces como la enfermería del Viento de Acero. Mauricio Belmonte sonriendo con un cansancio que no parece derrota. Aránzazu mirándole como si, por un momento, el mundo hubiera dejado de exigirle explicaciones; un niño recién nacido. El nombre no lo pronuncia nadie, pero aparece en el recuerdo como calor en la piel. Como una manta colocada alrededor de unos hombros. Como dedos pequeños cerrándose sobre la mano de su madre. Aránzazu sostiene al bebé con una mezcla de miedo, amor y asombro. Mauricio está junto a ella. No hay guerra en esa imagen. No hay Blanchard. No hay plataforma. No hay sangre. Sólo una felicidad breve, imperdonablemente breve.

Ana Mercedes lo ve. El golpe no le llega al cuerpo, sino a algo más hondo. La mano con la que te sujeta pierde fuerza durante un segundo, luego se cierra otra vez, como si soltar tu brazo significara caer. El Pozo no se detiene, no da tregua. Habéis entrado aquí a llevaros algo, y el Pozo provee. La memoria desciende más, lejos de Middelgrunden, lejos del Báltico, lejos del metal y de la lluvia, una cueva en las montañas cercanas a Bilbao respira en silencio. Está llena de oro. No como un tesoro humano. No como una acumulación vulgar de riqueza. El oro cubre las paredes en vetas, láminas, monedas, polvo y figuras deformes que parecen haber crecido de la roca. La luz no entra desde fuera. Nace del propio metal, una claridad cálida, enferma, reverente.

En el centro de la cueva, la Estigma Avaritia medita. Inmóvil, regia. La recuerdas: te convenció de engañar a Iris Martínez. Fue quien te proporcionó la Lanza de Uktena. Ajena al mundo durante un instante que no debería romperse. Entonces lo siente: la vida de Aránzazu desaparece. No se apaga despacio, ni se debilita. Desaparece de golpe. Avaritia abre los ojos. El oro de la cueva responde con un temblor. Monedas, polvo, vetas y estatuas vibran como si todas hubieran recibido la misma noticia al mismo tiempo. La Estigma no grita todavía. Primero visualiza: emplea cualquiera que sea la habilidad que tienen estos seres, y de repente lo notas. La energía del Kaos bulle de ella como si fuese una olla a presión. Su vista no se desplaza por el mundo a través de la Umbra o empleando canales espirituales. Proyecta su visión a través de la membrana kaótica del universo. Y ve a sus hermanas, ufanas, observando la masacare de Blanchard desde el Castillo en las nubes de Superbia. No están junto a ella, pero el vínculo entre ellas atraviesa la distancia con la intimidad cruel de una familia imposible. Luxuria se ríe a carcajadas mientras devora una bandeja de marisco, mientras comenta con Superbia que ese miserable no era más que otra herramienta descartable más. Superbia le pregunta sobre lo que hará con Blanchard, y Luxuria dice que tiene un par de hombres perro más de los que encargarse.

El rostro de Avaritia cambia: no hay tristeza limpia en él. Hay propiedad herida, amor deformado y una cólera tan antigua que ni siquiera necesita justificarse. La cueva entera se llena de polvo dorado. Avaritia se deshace en partículas brillantes que giran con violencia, golpean las paredes, arrancan motas de oro de la roca y convierten la cueva en una tormenta de metal precioso. Durante un segundo, parece que toda la montaña vaya a abrirse desde dentro.

Luego volvéis a centraros en Middelgrunden, la plataforma petrolífera donde Aránzazu fue asesinada. Ana Mercedes está a tu lado, pálida, inmóvil, con la mirada perdida en un lugar donde se han mezclado la muerte de su hermana, un niño que no conocía y la furia de una Estigma que acaba de sentir una pérdida como si fuera una ofensa personal.


Su voz apenas alcanza a distinguirse entre la lluvia.


Zarpa Manchada aparece frente a ti. Esta vez no surge detrás. No se anuncia. Está ahí, entre tú y el extremo de la plataforma, con el mar gris a su espalda y la silueta de Blanchard trabajando sobre los cadáveres al fondo.


Sus colmillos brillan entre la lluvia.


Inclina levemente la cabeza hacia Ana Mercedes, aunque no la mira con verdadero interés.


La plataforma cruje bajo vuestros pies. El líquido negro sube y baja por las rendijas como una respiración.


La lluvia cae sobre su rostro y se evapora antes de tocar la piel.


Ana Mercedes no parece oírle del todo. Sigue mirando a Aránzazu. Se acerca a su cuerpo, ya embalsamado y preparado ritualmente por el vampiro. Acaricia su rostro, y varias lágrimas caen sobre la cara de Aránzazu. Sigue intentando comprender cómo puede estar viendo el final de su hermana y, al mismo tiempo, la reacción de una criatura que la consideraba hija. Sigue respirando como si cada inhalación tuviera que pasar antes por el pecho abierto de otra persona. Zarpa Manchada clava los ojos en ti.


Una pausa. La lluvia llena el silencio.


Blanchard termina de inclinarse sobre los cuerpos. El recuerdo tiembla, pero no se reinicia. Ana Mercedes sigue sujetándote del brazo, pero su mano ya no parece buscar apoyo. Parece buscar una prueba de que tú también estás ahí. De que esto no está ocurriendo sólo dentro de ella.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 28 de Jun 2026, 22:23:45
Bruma sonríe al ver que su intento con Pedro Alba no surte el efecto deseado.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59


El metis asiente, sosteniendo la sonrisa.


Cuando Ana Mercedes lo agarra del brazo, sintiendo que el temblor cesa, redirige su atención a Blanchard y Aránzazu. Siente una presión en el brazo, la mano de Ana, y desplaza ligeramente el peso de su cuerpo para que ella lo sienta un poco más próximo. El momento es tenso, duro. La mano del cainita atraviesa el pecho de su antigua compañera, e instintivamente el chamán coloca su mano libre sobre el dorso firme de la que ase su brazo. Cuando el asesino se lleva el órgano palpitante a la boca, no puede evitar desviar durante un instante la mirada.

No dice nada, ni a Ana Mercedes ni para sí mismo. Observa a Pedro en su último intento de huida, y observa cómo Blanchard prepara los cuerpos. El mundo des los Vástagos no le es ajeno al uktena, es su principal campo de conocimiento después del de los propios Garou, pero desconoce por completo esa práctica. Quizá sea algo relacionado con lo que había leído en los papeles de Aya, con respecto al linaje perdido al que pertenece el sujeto.

Ana menciona el nombre de su difunta hermana, pero Bruma Nocturna permanece en silencio. Simplemente se hace presente al lado de su acompañante, pero no interrumpe su momento. No le impide disfrutar su dolor, no le evita el momento de iniciar ese tan necesario duelo. Pero está.

La escena cambia, y se muestra el nacimiento. No sabe exactamente cómo, pero entiende lo que ha pasado: Aránzazu, Mauricio, las instalaciones del Viento de Acero y un bebé no metis.


La visión se vuelve dorada, y el muchacho reconoce sin dudar a la protagonista. En esta ocasión, es su mano la que aprieta de forma instintiva la de Ana Mercedes. Contempla la escena con el ceño fruncido, sobre todo cuando es Luxuria la que habla. Recuerda que fue ella la que le ofreció la Lanza de Uktena y la que se la entregó después de traicionar a Iris. Ahora, el papel de Avaritia está más claro... al contrario que el origen de las Estigmas: la primera vez que las sintió, y en conversaciones posteriores, Bruma había usado sus conocimientos y sus dones para determinar el origen de su poder; había intentado identificarlas, y el único resultado había sido que provenía de algo desconocido para él y ajeno totalmente, coincidiendo con las declaraciones de los espíritus, a los poderes de la Tríada. La proyección de la visión a través del Kaos es un nuevo dato al respecto, y uno que no le agrada demasiado. Al menos, no por ahora. Sin embargo, entiende el cambio de actitud y la transformación de Avaritia. Eso, en cierto modo, es una ventaja... aunque no sabe hasta qué punto.

Tras reducir levemente la velocidad de su mente, el joven se da cuenta de que vuelven a estar en Middelgrunden... y del estado de Ana Mercedes.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59


Hace una breve pausa. Recapacita. ¿Le permitiría el Pozo mostrarle más cosas sobre Aránzazu? Sospecha que probablemente sí, pero quizá sería demasiada información y, además, podría quitarle peso a la experiencia reciente. Quizá lo mejor sea, por ahora, dejar que las cosas sigan su curso.


Sus ojos están fijos en los de ella, y su mano sigue ofreciéndole amparo a la philodox en ese momento tan delicado. Sin embargo, el transcurso de la escena se ve interrumpido por esa presencia que ya parece formar parte del todo en el que se encuentran.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59





Las pupilas del sioux vuelven a contraerse poco a poco, definiendo de nuevo la imagen de la escena en sus retinas, y sin mirarla directamente se dirige de nuevo a su acompañante.



Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07
Zarpa Manchada no responde a tu desafío como lo haría un enemigo al que se le ha concedido el derecho de sentirse ofendido. No se inmuta. No sonríe más de la cuenta. Ni siquiera parece disfrutar demasiado de que lo mires como si pudieras atravesarlo hasta encontrar detrás una voluntad más profunda, más cómoda de nombrar. La lluvia cae entre vosotros, fría, interminable, y durante un momento sólo existe el sonido del agua golpeando metal, piel muerta y memoria.


Lo dice sin ira. Eso lo vuelve peor.


A tu lado, Ana Mercedes respira con dificultad. Su mano sigue aferrada a tu brazo, aunque ya no parece saber si lo hace para sostenerse o para comprobar que tú también estás allí. Frente a vosotros, Blanchard continúa inclinado sobre los cuerpos embalsamados de Aránzazu y Pedro, como si el recuerdo no necesitara pausa para vuestra conmoción.


El líquido negro sube por las juntas de la plataforma con una respiración lenta.


Ana Mercedes traga saliva. Intenta apartar la mirada de Aránzazu, pero no lo consigue del todo. Cuando habla, lo hace como si cada palabra tuviera que encontrar antes un hueco entre la lluvia y la imagen de su hermana muerta.


No termina, la oscuridad se los come. La plataforma petrolífera desaparece sin romperse. No hay caída, ni golpe, ni transición limpia. Todo se apaga como una lámpara sumergida en aceite. Aránzazu deja de estar ahí. Blanchard se borra. Pedro se convierte en una última vibración de miedo que se pierde bajo el líquido negro. La lluvia se queda sin cielo. El mar se queda sin horizonte. Durante un momento, sólo estáis Ana Mercedes y tú, suspendidos en una negrura cálida y espesa, demasiado quieta para ser agua y demasiado viva para ser vacío. Ana sigue agarrada a ti.


No hay juicio en su voz. Tampoco vergüenza suficiente para ocultarlo. Sólo una sinceridad desnuda, arrancada por cansancio.


Entonces una voz rompe la oscuridad.


El grito llega antes que la luz.


Abres los ojos: la noche está ardiendo. Estás en La Garrotxa, en la Muntanya Blava, y el aire está lleno de ceniza. El monte arde a vuestras espaldas con una violencia antigua, roja y negra, levantando columnas de humo que se retuercen entre los árboles. La tierra tiembla bajo los pies. No por un terremoto, sino por carreras, golpes, aullidos y cuerpos enormes atravesando el bosque. Pau Galdés está en Crinos, y su figura se recorta entre las llamas, enorme, cubierta de sangre y hollín, con las garras abiertas y la respiración convertida en vapor caliente. No os mira a vosotros. No puede veros. Mira a dos muchachas mucho más jóvenes que Ana Mercedes, una de ellas con el rostro que ahora reconoces bajo capas de edad, dureza y pérdida. La otra es Edurne. Ambas están paralizadas por el terror, demasiado cerca del centro de algo que ninguna niña debería haber visto.


Alrededor, varios Crinos salen al encuentro del asalto. Hay Garou lanzándose hacia la oscuridad entre los árboles, contra siluetas deformes que emergen del humo con el hedor espiritual de los Danzantes de la Espiral Negra. No es una escaramuza. No es una incursión torpe. Es una caída. Una herida abriéndose en el lugar exacto donde no debería haber habido puerta. Ana Mercedes lo entiende antes de poder soportarlo, su cuerpo se queda rígido y después se rompe. No con una frase solemne. No con una aceptación adulta. Se rompe como alguien que ha guardado el mismo miedo durante demasiados años y de pronto descubre que seguía vivo, intacto, esperando debajo de su nombre. Se vuelve hacia ti y se abraza a tu cuerpo con una desesperación que no tiene nada de Philodox, ni de aliada, ni de mujer acostumbrada a sostenerse ante los demás.


Su voz sale entrecortada, húmeda, infantilizada por el pánico.


La sientes temblar contra ti mientras el recuerdo sigue adelante. Pau agarra a la Ana de entonces por un brazo y empuja a Edurne hacia el sendero. Las dos muchachas tropiezan, lloran, intentan obedecer. Detrás de ellas, los Garou de la Muntanya Blava chocan contra los Danzantes entre los árboles incendiados. Garras contra garras. Dientes contra carne. Rabia contra corrupción. Pero hay algo mal en la escena, algo que no encaja con un asalto venido desde fuera. Alguien los dejó entrar.

No fue sólo fuerza. No fue sólo azar. No fue sólo la noche equivocada. Hubo una abertura. Una rendija. Una concesión hecha antes de que el fuego empezara a trepar por la montaña. Los Danzantes no encontraron el corazón de la Muntanya Blava por casualidad. Alguien les puso una mano en la puerta; y entonces la ves. En lo alto de la montaña, entre el resplandor del incendio y el humo que sube hacia las estrellas, está la mujer pelirroja. Luxuria. No necesita moverse para contaminar el paisaje. Su presencia basta. Observa la destrucción del túmulo como quien contempla una copa llenándose lentamente. No hay prisa en ella. No hay duda. El fuego le ilumina el rostro con una belleza repugnante, y por un instante el Pozo te permite comprender algo sin formularlo del todo: las Estigmas querían a Ana Mercedes. Querían acabar con ella. No con la adulta que ahora se derrumba contra ti, sino con la niña que Pau está intentando sacar de allí a empujones, entre humo, sangre y vergüenza.

No lo logran, Pau no las deja. Y esa verdad pesa más que muchas victorias. El Crinos se gira una última vez hacia los suyos, hacia los que han salido a combatir, hacia los que quizá esperan verlo regresar a la línea de defensa. Sus orejas se pegan al cráneo. Sus ojos arden con una mezcla insoportable de deber, miedo y decisión. Luego toma la forma lupus y empuja a las niñas hacia la espesura. Huye, las salva. Huye, las salva. El Pozo no permite que una cosa tape la otra. Ana Mercedes cae de rodillas. Sus manos se deslizan de tu cuerpo, incapaces de seguir sujetándote con la misma fuerza.


La palabra no contiene reproche, contiene comprensión. Y esa comprensión la destruye. La vergüenza de Pau no nació de haber abandonado a los suyos por cobardía. Nació de haber sobrevivido haciendo lo único que podía hacer. Nació de haber cargado con dos niñas fuera del infierno mientras otros morían dentro. Nació de no haber podido convertir el sacrificio en una canción limpia. Ana se tapa la boca, pero el llanto le atraviesa los dedos.


No termina, no hace falta. Su vida, la de Aránzazu, la de Adán, la de Avaritia, la de Luxuria, la de Pau, la de la Muntanya Blava, todo parece entrelazarse durante un segundo en una madeja demasiado vieja, demasiado sucia, demasiado injusta para admitir un solo culpable. El recuerdo continúa. Pau corre en lupus con las dos niñas. Edurne va medio arrastrada, Ana apenas puede sostenerse. Las llamas quedan atrás, pero los aullidos no. El sendero se curva, y entonces, entre los troncos, aparecen dos figuras enormes. Danzantes de la Espiral Negra, corruptos con serpientes brotando de su pelaje, con babas ácidas brotando de sus correosas bocas. No son parte del caos general. No son cazadores perdidos: les estaban esperando.

Pau se detiene en seco. Gruñe. Coloca su cuerpo entre ellos y las niñas, pero está herido, agotado, cubierto de sangre que no sabes si es suya o de otros. Uno de los Danzantes sonríe. El otro abre las fauces, y en ese gesto hay una promesa de muerte tan simple que no necesita palabras. Ana Mercedes, la adulta, deja de llorar durante un segundo. Como si el miedo hubiera encontrado un escalón más abajo.

Entonces llega la luz: dorada, brusca y absoluta. No cae del cielo. No brota de la tierra. Aparece en mitad del mundo, como si alguien hubiera abierto una grieta en la realidad y al otro lado sólo existiera oro. Los Danzantes se quedan inmóviles. Sus ojos hierven bajo el resplandor. Sus cuerpos empiezan a endurecerse desde dentro. Primero las garras. Luego los brazos. Luego las fauces abiertas. Se convierten en estatuas de oro. Avaritia aparece sólo un instante entre los árboles, envuelta en un fulgor que no busca ser hermoso, sino definitivo. Mira hacia las niñas. Mira hacia Pau, y su expresión no ofrece alivio. Es la mirada de alguien que protege una posesión, una promesa, una inversión sentimental que no admite ser arrebatada por manos ajenas. Pau no se pregunta qué ha ocurrido, no espera ni agradece, huye, las salva.

La oscuridad vuelve de golpe. Ana Mercedes se hunde en ella. No cae como un cuerpo cae al suelo. Se hunde como una idea que ya no puede sostenerse. Su silueta se vuelve borrosa entre tus manos, hecha de llanto, ceniza, lluvia y autodesprecio. La ves intentar agarrarse a algo, quizá a ti, quizá a su propia dignidad, quizá al recuerdo de una hermana muerta y de un hombre al que ahora entiende demasiado tarde.


Su voz se aleja.


La oscuridad la traga. La pierdes, no puedes agarrarla. El Cordón Umbral da un latigazo alrededor de tu cintura, tan violento que durante un segundo parece a punto de partirse. Luego todo se abre a la vez. Ya no estás en la Muntanya Blava, ni en la plataforma petrolífera. Ni en la cueva de Avaritia. Estás en una habitación imposible, como el interior de un ojo roto.

O en un teseracto de recuerdos donde cada superficie contiene un mundo que insiste en ser mirado. El techo muestra las experiencias de Iruz: una carretera nevada, una camilla, una espalda abierta, una habitación de reeducación, un sofá, una silla, una aguja, una risa que no consiguió salvarla de nada. Las paredes laterales muestran Bilbao y la Manada del Ensueño: Aránzazu en Getxo, Iris mirándote con la desconfianza de los primeros días, pasillos del Viento de Acero, noches de confusión, una convivencia que parecía provisional y acabó pesando como una vida. La pared frente a ti respira con el bosque de Noche Fría: Dulce Lluvia junto al fuego, Vara Torcida inclinado sobre un rito, el olor de la madera húmeda, la sensación imposible de haber tenido un hogar incluso cuando el hogar siempre estuvo condenado a perderse.

Y el suelo muestra el Cráter de Bilbao. Pero no como lo recuerdas: Blanchard está allí. El vampiro avanza entre la ceniza y la luz enferma del cráter. Tú estás frente a él. No hay Iruz llegando a tiempo. No hay interrupción. No hay mano ajena arrancándote del final. Blanchard cruza la distancia con esa misma calma quirúrgica de Middelgrunden, y esta vez su mano atraviesa tu pecho. Ves tu propio corazón en sus dedos, palpitando, negándose durante un segundo a aceptar que ya no pertenece a tu cuerpo. Luego el suelo se llena de líquido negro.

Todas las superficies empiezan a girar. Iruz, Ana, Aránzazu, Iris, Dulce Lluvia, Vara Torcida, Avaritia, Luxuria, Pau, Pedro, Blanchard. No se mezclan como escenas. Se mezclan como capas de una misma pregunta formulada por bocas distintas. Entonces Zarpa Manchada aparece frente a ti, inmóvil.

No hay lluvia sobre él ahora. No hay humo. No hay plataforma ni bosque que lo justifique. Está de pie en el centro de la habitación imposible, con los ojos rojos fijos en ti y la saliva ácida cayendo despacio desde sus colmillos hasta un suelo que no decide qué muerte mostrar. Durante un largo momento no dice nada, sólo espera. Como si, por primera vez, quisiera saber si vas a hablar antes de que él vuelva a hacerlo. Finalmente inclina un poco la cabeza.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 29 de Jun 2026, 21:13:46
El muchacho espera, consciente de que lo peor para Ana Mercedes está por llegar.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07


Su rostro se siente ya cansado, pero no derrotado. Tiene la expresión de aquellos que han aprendido que el agotamiento no es motivo suficiente para rendirse. Sostiene con firmeza la mano de Ana Mercedes mientras, sin más palabras, termina de escuchar la sentencia del Demonio de Fuego, a la vez que todo se desvanece.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

El gesto del muchacho es amable, comprensivo, pero no flexible. No transmite juicio ni crítica, sino un tipo de comprensión sincera dirigida a quien ha rebasado el punto de no retorno en su curiosidad.


La voz de Pau irrumpe en el silencio de la nada, y el metis vuelve a callar mientras se mantiene cerca de Ana Mercedes sin dejar de sostenerla.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

Las palabras pesan en el corazón del uktena, que también sucumbe a la escena. No por él, ni por lo que está presenciando: lo que le llega de verdad es el reconocimiento del sufrimiento genuino que acompaña a la comprensión de la verdad. Por ello, no dice nada. No esta vez. Se limita a dejarse caer, suavemente, hasta apoyar su rodilla en el suelo. Deja que la niña interior de Ana Mercedes emerja y se libere, dejando que su rostro húmedo repose sobre su hombro mientras la acoge entre sus brazos.

La visión avanza, y la figura de Luxuria toma su lugar en la escena.


La escena continúa, y el muchacho hace lo que puede por, simplemente, estar. Comprende perfectamente la sensación de la revelación, pero también el exceso de responsabilidad que en este momento abruma a la Hija de Gaia.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07


Bruma Nocturna estira su brazo para intentar agarrarla, pero es tarde. Ana Mercedes ya no está. En su lugar hay un montón de escenas, recuerdos fragmentados, y la voz del Demonio de Fuego.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42
Tu padre escucha tus bravuconadas, de nuevo. Impasible, paciente. La habitación imposible sigue girando alrededor de ti, aunque ya no lo hace con la misma violencia. El techo conserva las cicatrices de Iruz, las paredes sostienen Bilbao y Getxo como si fueran habitaciones contiguas, el bosque de Noche Fría respira frente a ti con un olor a madera húmeda y humo viejo, y bajo tus pies Blanchard sigue arrancándote el corazón en una versión del Cráter de Bilbao donde nadie llega a tiempo para impedirlo. El órgano palpita en su mano, negro por la sangre y rojo por la insistencia absurda de seguir siendo tuyo durante un segundo más.


La saliva ácida cae desde sus colmillos y atraviesa la imagen del cráter sin tocarla. Allí donde debería abrir un surco en el suelo, sólo queda un círculo oscuro que tarda demasiado en cerrarse. No hay burla en la frase, eso la vuelve más pesada. El rostro de Zarpa Manchada cambia un poco. No abandona la forma Crinos, ni deja de ser esa cosa enorme, humeante y terrible que llevas años asociando a la destrucción, al linaje podrido y al nombre del Demonio de Fuego. Pero algo en su mirada se desplaza hacia atrás. Hacia una fatiga más antigua que la corrupción. Hacia un lugar donde todavía había orgullo antes de que hubiera condena.


La pared del bosque de Noche Fría se oscurece: por un instante ves nieve entre los troncos. No nieve limpia, nieve pisoteada, mezclada con barro, ceniza y sangre vieja. Un círculo de Garou bajo pieles húmedas. Un fuego bajo, un chamán de la Noche Fría hablando en voz baja, con los ojos hundidos por demasiadas noches mirando hacia la Umbra. No oyes la profecía completa, porque el Pozo no te la entrega como una cita. Te permite que roce el oído como una astilla.

...el hijo de la niebla...
...la sangre que vuelve mordida...
...las hijas de la eternidad...
...el portador de la sombra...

La imagen se quiebra antes de que puedas fijarla. Zarpa Manchada sigue delante de ti.


Una pausa.


El techo muestra a Isabel White bajo las luces del quirófano. Una pared muestra a Aránzazu sosteniendo a Adán. Otra devuelve a Ana Mercedes de niña, arrastrada por Pau entre humo y llamas. El suelo, bajo tus pies, muestra tu propio cuerpo cayendo en el Cráter de Bilbao sin que nadie lo aparte de la mano de Blanchard. Zarpa Manchada avanza un paso, el espacio no se aparta para dejarle pasar. Las escenas se deforman alrededor de su cuerpo como si recordaran su peso.


El bosque cambia. Ya no es la Noche Fría. Los árboles son más bajos, más húmedos. Hay agua en la tierra. Agua quieta. Fría. Un campamento distinto, marcado por pieles, barro, ramas atadas y símbolos Uktena que no pertenecen a tu clan. Rostros severos. Garou observando a un hombre agotado que se mantiene de pie sólo por terquedad. Una mujer de rostro severo increpa al que parece tu padre. No entiendes lo que dicen.


El nombre pesa en el aire como una piedra metida en una bolsa.


Por un instante ya no ves al Demonio de Fuego. Ves a un Garou más joven, homínido, con el cuerpo lleno de barro seco y heridas mal cerradas. Zarpa Manchada antes de ser una leyenda podrida. Antes de que su nombre se volviera algo que se escupe. Tiene los ojos hundidos, los labios partidos, las manos abiertas para demostrar que no lleva armas en ellas. Y aun así todos le miran como si hubiera llegado cubierto de enfermedad.


El recuerdo no te deja oír todas las respuestas, pero sí algunas.

¡Miserable! ¡Incestuoso! ¡Profanador! ¡Eres una deshonra! Una mujer escupe al suelo, mientras un anciano aparta el rostro. Un Ahroun da un paso hacia delante, no para escuchar, sino para dejar claro que Zarpa Manchada no debe acercarse más.


La habitación imposible se enfría.


El joven Zarpa Manchada del recuerdo no grita. No se lanza contra ellos. No se defiende como tú esperarías de un Ahroun. Se queda allí, tragándose cada palabra con la mandíbula tensa, con los hombros rígidos, con la respiración controlada a la fuerza. Eso, de algún modo, resulta más humillante. Luego el recuerdo se disuelve en el líquido negro. El Crinos vuelve a estar solo frente a ti.


Su voz baja un poco.


Las paredes muestran ahora pedazos inconexos. No como visiones nuevas, sino como cosas que han quedado pegadas al interior del Pozo. Ana Mercedes pronunciando el nombre de Aránzazu. Iruz gritando que no la mires. Pedro suplicando a una Reina Roja que ya no está allí. Pau huyendo con dos niñas mientras el monte arde detrás de él. Avaritia convirtiendo a dos Danzantes en oro sin pedir permiso a nadie para intervenir en la historia.


Zarpa Manchada no sonríe.


La frase queda suspendida entre vosotros. No te corrige, ni te ofrece una explicación. Sólo deja que el silencio haga su trabajo.


El suelo vuelve a mostrar el Cráter de Bilbao. Blanchard sostiene tu corazón. Esta vez, sin embargo, detrás de él se ve durante un parpadeo una sombra que no pertenece a esa escena. No interviene. No salva. No condena. Sólo está ahí, como una memoria superpuesta a otra memoria, mirando desde demasiado lejos.


El líquido negro empieza a subir por las paredes de la habitación imposible. No lo cubre todo. Sólo marca los bordes, como si estuviera recordándoos que incluso esta arquitectura tiene fondo.


Da otro paso hacia ti. Ahora está lo bastante cerca como para que el calor de su aliento pudra el aire entre los dos.


Sus ojos se estrechan apenas.


El Cordón Umbral vibra alrededor de tu cintura. Ana Mercedes no está, pero su ausencia tira. Iruz no está, pero su vergüenza permanece en el techo. Aránzazu no está, pero su último aliento sigue mojando la plataforma. Dulce Lluvia y Vara Torcida no están, pero el bosque frente a ti continúa respirando como si esperase que volvieras a casa con algo que no fueran sólo manos vacías.


La habitación se inclina. Por primera vez, Zarpa Manchada parece menos una aparición que una cicatriz antigua abierta en mitad del mundo. Una última gota de saliva ácida cae desde sus colmillos y desaparece en el líquido negro antes de tocar el suelo. El Cordón Umbral tira de ti hacia arriba, sabes que es el momento de salir de aquí. Sin embargo...


Su voz parece quebrarse. Notas una presencia aterradora justo debajo de ti, más allá de la visión de un Blanchard asesino sobre ti.


¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 30 de Jun 2026, 01:10:24
La habitación gira, pero la atención del chamán sigue fija.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

El muchacho niega ligeramente con la cabeza.


El Danzante habla de instrucciones y profecías. De chamanes, cómo él mismo y como Vara Torcida antes que él. La imagen de Blanchard arrancándole el corazón es perturbadora, pero no consigue distraer su atención.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

"Justicia Metálica". Simplemente oír ese nombre le revuelve el estómago.


La imagen de un "Demonio de Fuego" más joven llama su atención. Por primera vez en su vida, encuentra una imagen que puede identificar como la de su padre. Vara Torcida lo había criado, pero la sangre que porta es la de un Ahroun que había sido admirado por su devoción a su deber antes de caer en desgracia por su pecado. Cuando menciona la profecía, y que se la confesó a la Justicia Metálica, algo hierve en el interior del joven theurge. Sin embargo, el relato gana en interés ante sus ojos y oídos.

El relato continúa con el dolor del exiliado, con el manchado por el deshonor. Un dolor que Bruma Nocturna conoce bien. Habla del Pozo del Olvido y de su funcionamiento, y el chamán no interrumpe. Solo escucha, y mira a una figura que, por una vez, se presente vulnerable en lugar de amenazante. Quizá, aunque ese ser sea un Danzante de la Espiral negra, en el fondo pueda seguir siendo Zarpa Manchada. Quizá, aunque demasiado tarde para ejercer, pueda ser su padre durante los eternos segundos que pueda pasar en ese lugar.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Duda un segundo, y deja que su acompañante continúe hablando mientras intenta reprimir toda esa culpa y esa frustración que lo han llevado al lugar en el que está.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Las palabras suenan cada vez más densas a medida que se suceden. El pasado de Zarpa Manchada casi consigue que el joven sioux lo perciba como algo más que un despojo de corrupción, pero rememorar sus crímenes (reales o hipotéticos) aviva de nuevo la llama del desprecio en su pecho. No tan violenta ni tan viva como antes, quizá, y no libre de culpa: si el desprecio le había llevado a abrazar la corrupción, seguir despreciándolo solo le da la razón en su decisión. Sin embargo, al muchacho le falta todavía un motivo de peso para concederle un mínimo de comprensión a esa figura que sigue presentándose como su padre.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

El cordón umbral vibra y comienza a tirar, pero Bruma no quiere perder la oportunidad de escuchar qué tiene que decir. Iruz está a salvo, y Ana Mercedes está a salvo. Quizá no estén bien, pero están a salvo. El chamán acerca su mano al brillo del cordón, hace un gesto y la energía se enrosca en su mano. No puede agarrarlo pero, de alguna manera, el fino hilo parece tensarse de una forma estable durante un momento mientras el muchacho se esfuerza en sostenerlo.




Las palabras de Zarpa Manchada crean una nueva verdad que el joven uktena tendrá que asimilar con el tiempo. Sin embargo, el final de su conversación llega a un punto diferente y más urgente.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Su voz, armada de una seguridad que hacía tiempo que no mostraba, expone su resolución mientras sus dos manos se juntan para sostener por última vez el cordón umbral. Cierra ambos puños como si estuviese sujetando la energía y, con un golpe seco, las separa en un estallido de chispas irisadas que caen como pequeños copos de nieve durante un par de segundos.


La determinación da forma a su rostro, y un destello de "algo más" brilla fuerte en los ojos del chamán. El entorno empieza a desdibujarse, la oscuridad empieza a perder forma e incluso textura y entonces...



Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42
  • Escuchar a Zarpa Manchada: ¿Qué es lo que te quiere contar? ¿Qué es lo que no te ha dicho ya? ¿Es de verdad tu padre... o una visión distorsionada de este lugar liminal? Obtendrás 2 Puntos de Gloria temporal.
  • Sumergirte en las profundidades del Pozo: Hay una presencia que te está llamado. Romperías el Cordón Umbral, y tendrás la oportunidad de conocer a quién está en las profundidades del Pozo. Obtendrás 6 Puntos de Sabiduría temporal, perderás 3 Puntos de Gnosis.

Una combinación de ambas opciones, a cambio de 1 punto permanente de Fuerza de Voluntad.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30
Cita de: Lady Midnight en 30 de Jun 2026, 01:10:24Una combinación de ambas opciones, a cambio de 1 punto permanente de Fuerza de Voluntad.

Que así sea.



El Cordón Umbral no se rompe con un sonido heroico.

No hay trueno. No hay campana. No hay una gran señal que anuncie al mundo que acabas de tomar una decisión irreversible. Sólo notas una resistencia breve entre las manos, como si hubieras agarrado un nervio vivo, y después una sensación seca, íntima, casi vergonzosa. Algo que estaba unido a ti deja de estarlo. Algo que habías tendido hacia Iruz y Ana Mercedes se deshilacha en un estallido de chispas irisadas, pequeñas, bellas y absolutamente inútiles. Durante un segundo percibes el peso de las dos al otro lado. No sus voces. No sus cuerpos. Sólo el tirón de su existencia alejándose hacia arriba, hacia la superficie del Pozo, hacia el mundo donde quizá todavía puedan abrir los ojos. Luego, la nada. El silencio que queda no es vacío, es abandono.

Zarpa Manchada observa el lugar donde el Cordón ha desaparecido. Su expresión no cambia, pero algo en sus hombros parece ceder, como si una puerta largamente cerrada acabara de encontrar por fin una grieta. La habitación imposible se contrae alrededor de vosotros. Las paredes de recuerdos se pliegan unas sobre otras: Iruz, Ana, Aránzazu, Iris, Dulce Lluvia, Vara Torcida, Blanchard, Avaritia, Luxuria, Pedro, Pau. Todos se doblan como láminas húmedas de una misma materia negra.


No lo dice con orgullo: lo dice como quien reconoce una enfermedad familiar en la forma de respirar de un hijo. El suelo desaparece, y caéis. Pero esta vez la caída no atraviesa recuerdos. No hay escenas ordenadas ni rostros esperándote al otro lado. La sustancia del Pozo se abre en capas espesas, negras, cada vez más antiguas, cada vez menos humanas. Pasas a través de voces que no llegan a formar palabras, de imágenes erosionadas por siglos, de vidas reducidas a presión. Una madre que olvida el rostro de su hijo antes de morir. Un Garou enterrado bajo raíces que siguen creciendo a través de sus costillas. Un pájaro sin alas recordando el cielo. Una ciudad ardiendo una vez, dos veces, mil veces, porque alguien siempre vuelve a tocar el mismo punto de la herida. Zarpa Manchada cae contigo, pero no a tu lado. Dentro de la caída. A veces es el Crinos putrefacto de ojos rojos. A veces es el Ahroun joven que llegó a Marian Coldwater con las manos abiertas. A veces es sólo una sombra con el contorno de un padre que nunca tuvo tiempo de aprender a serlo. Cuanto más descendéis, más le cuesta conservar la forma. Su pelaje se convierte en humo. Sus colmillos se vuelven líneas de luz enferma. Su voz llega desde varios sitios a la vez.

La presión aumenta, y te das cuenta de que el nombre de Bruma Nocturna empieza a pesar demasiado. Hijo del Kaos pesa demasiado. Metis pesa demasiado. Uktena pesa demasiado. Cada nombre intenta separarse de los demás, como si el Pozo quisiera saber cuál de ellos puede hundirse más sin partirse. La Gnosis se te escapa en bocanadas frías, arrancada por la misma corriente que te arrastra hacia abajo. No es un pago simbólico: es el combustible. Es parte de ti alimentando el descenso. Zarpa Manchada se estira en la oscuridad como una mancha de fuego mojado. El líquido negro se vuelve espeso como vidrio fundido. Luego transparente, luego imposible.

Y entonces ves el Cráter de Bilbao desde dentro. No desde el borde donde Blanchard te habría arrancado el corazón. No desde la ciudad congelada, ni desde los restos de lo que fue Getxo, ni desde las cicatrices abiertas por el estallido cristalino. Lo ves desde una profundidad que no debería tener cielo. Una bóveda inmensa, curvada sobre sí misma, donde el mundo parece haberse doblado hacia dentro para proteger algo que no quería ser encontrado. Arriba, donde debería estar el suelo, hay una membrana umbral vibrando con tonos verdes, azules y blancos, como una burbuja sostenida contra la presión de todo Bilbao muerto. Debajo, el punto cero del estallido cristalino brilla como una cicatriz que aún no ha decidido si cerrar o seguir abriéndose.

El lugar por donde tantas cosas entraron al mundo fingiendo ser proyectos, sistemas, pruebas o soluciones. Te reformas en el techo de la bóveda, casi cerca del Pilar de Almas. Puedes ver una figura fantasmagórica de Mauricio en lo más alto, con el brazo estirado hacia una superficie que parece cada vez más lejos. No apareces entero: primero aparecen tus manos, tus cuernos, tus órganos internos, tu memoria, tus pulmones, la piel. Tu cuerpo se recompone con una violencia torpe, como si alguien hubiera arrojado tus piezas contra la realidad y la realidad hubiera aceptado volver a juntarlas sólo por cansancio. Después caes, a toda velocidad, sin control alguno. Zarpa Manchada cae contigo como una proyección astral desgarrada, unido a ti por algo más sucio que el Cordón, algo que no has tejido tú y que no sabes si podrías cortar aunque quisieras.

El aire no es aire. Es cristal molido, agua umbral y restos de plegarias rotas. A tu alrededor, la bóveda de Bilbao se despliega como una garganta gigantesca. Ves estructuras congeladas en la distancia, fragmentos de edificios atrapados en ángulos imposibles, restos de túneles, columnas de hielo oscuro, cables que cuelgan hacia arriba y sombras de instalaciones que reconoces sin querer reconocerlas.


Su voz se rompe en mitad del descenso.


Cráter de Bilbao

Getxo, Bilbao, zona de Romo-Itzubaltzeta / Lamiako

📅 15 de octubre de 2005, 06:07

El impacto llega antes de que puedas prepararte. Golpeas el suelo cristalino de Getxo con una fuerza suficiente para partir piedra, pero lo que se abre bajo ti no es una grieta física. Es una onda. Un latido negro y verde que se expande por la zona cero, atraviesa restos de metal, hueso espiritual y arquitectura demolida, y hace temblar la bóveda entera durante un segundo. Zarpa Manchada toca el suelo contigo, y se desvanece. No se marcha como una aparición satisfecha. No desaparece como una ilusión rota. Algo tira de él desde otro lugar, desde más abajo y más lejos, con una violencia muda. Su cuerpo astral se estira hacia la oscuridad hasta quedar reducido a una línea ardiente, y durante un instante ves en su rostro algo que no habías visto antes: determinación.

No termina la frase: la presencia que lo reclama se lo lleva. Quedas solo, o casi. Porque entonces oyes una discusión a lo lejos. Voces, gritos. Una discusión que no pertenece al silencio de aquel fondo imposible. Al principio llega amortiguada por la distancia y por la presión de la bóveda, pero luego una voz se impone a las demás con la furia rasgada de alguien que lleva demasiado tiempo empujando el mundo con los hombros.


La voz atraviesa los restos de Getxo como un cuchillo. Avanzas hacia ella, o quizá la onda de tu caída te arrastra en esa dirección. El entorno se deforma a cada paso. Pasillos que no deberían seguir en pie aparecen entre costras de cristal. Placas de hormigón flotan a medio metro del suelo. Una puerta sin pared muestra, durante un parpadeo, el pasillo de unas instalaciones que no existen ya salvo como infección de la memoria: Demóstenes. Más allá, la burbuja umbral palpita.

Dentro hay figuras: Iris Martínez está allí, y no parece que sea un recuerdo. No como una imagen del Pozo, está allí. La reconoces de una forma que no depende de la vista. La postura, la tensión en los hombros, esa mezcla suya de cansancio, rabia y una capacidad absurda para seguir en pie cuando cualquier otro habría pedido permiso para romperse. El tiempo ha pasado sobre ella de una manera extraña, pero sigue siendo Iris. La última superviviente contigo de una manada que nunca aprendió a ser una familia sin sangrar por las costuras.

A su lado está una mujer de rasgos orientales, de larga melena negra y vestido ceremonial, firme, con el cuerpo colocado entre Iris y aquello que no termina de verse al fondo de la burbuja. Su presencia no pide permiso. Ocupa el espacio como si hubiera llegado allí para corregir una decisión equivocada del destino. Cerca de ellas se encuentran Birdman, una mujer de cabellos anaranjados y un niño de unos 8 o 9 años vestido de mariachi. El Carnaval de Almas no parece un tribunal glorioso, parece un grupo de supervivientes reunidos en el interior de una herida, intentando hacer algo demasiado grande con demasiado poco tiempo.

Y en el centro de todo, al fondo de la burbuja, hay una masa que no debería estar viva: el cuerpo del Demonio de Fuego, fusionado con Custod Aeson. No lo entiendes entero al principio. Tu mente intenta separarlo en categorías conocidas y fracasa. Hay carne Garou, corrupción del Wyrm, geometría estigmática, restos de una autoridad antigua del Viento de Acero y algo más, algo que ha cosido esas partes sin amor, sin respeto y sin intención de que el resultado pueda descansar jamás. La figura se agita con espasmos lentos, como si estuviera intentando recordar si debe morir, despertar o matar todo lo que respira cerca de ella.

Ellos lo miran, pero entonces te ven a ti. El silencio cae de golpe. La bóveda sigue crujiendo. La burbuja umbral sigue vibrando. La cosa fusionada al fondo sigue respirando con un sonido húmedo, enorme, lleno de rabia contenida. Pero todas las miradas vivas se clavan en ti con una incredulidad casi ofensiva. Birdman da un paso hacia delante. Su silueta resulta difícil de sostener con la vista, como si una parte de él estuviera hecha de plumaje, otra de sombra y otra de algo que recuerda demasiados finales distintos. No parece sorprendido en el sentido común de la palabra. Parece furioso porque tu aparición haya roto una secuencia que él ya había visto suficientes veces como para creerla cerrada.


La palabra sale baja. Después sube.


La mujer de pelo anaranjado mira hacia el chiquillo, pero ninguno de los dos responde. Iris no aparta la vista de ti. Mitsuki entrecierra los ojos, evaluándote como se evalúa una amenaza que llega demasiado tarde para ser casualidad. Birdman abre los brazos, no en bienvenida, sino como quien intenta contener una catástrofe con pura indignación.


La burbuja umbral tiembla. La criatura fusionada al fondo mueve la cabeza.


La mirada de Birdman se afila hasta volverse casi dolorosa.


Iris da medio paso. No sabes si hacia ti, hacia la criatura o hacia el recuerdo de una confianza antigua que acaba de recibir un golpe imposible.


Tu nombre en su boca no suena como una pregunta. Suena como una grieta. La mujer de rasgos orientales no se mueve, pero su mano baja, preparada para actuar si el siguiente segundo exige violencia. Va armada con lo que parecen ser unos abanicos de acero.


La hechicera retrocede un paso, con la mirada fija en el temblor de la burbuja. Parece que es quien está sosteniendo esta burbuja umbral.


El chaval, más pálido de lo que parecía posible en aquel lugar, mira hacia el punto por el que has caído.


Birdman no mira hacia arriba, no necesita hacerlo. Sigue mirándote a ti.


Al fondo, la fusión del Demonio de Fuego y Custod Aeson abre los ojos. Emite un rugido gigantesco, tal que hace temblar la bóveda.


La bóveda de Bilbao cruje sobre vuestras cabezas. Y, muy lejos, desde algún punto que ya no sabes si pertenece al Pozo del Olvido, al Cráter o a la memoria negra de Gaia, una risa baja empieza a arrastrarse por las paredes de cristal.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 01 de Jul 2026, 19:53:53
El cordón umbral se rompe, y el vínculo con las chicas se pierde. Ahora el cuerpo de Bruma Nocturna pertenece de alguna manera al pozo, hasta que este le permita salir o decida expulsarlo... si es que en algún momento llegase a suceder alguna de las dos cosas.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30


El suelo desaparece, y cada imagen que el chamán atraviesa va dejando un poso emocional en su corazón. Muerte, dolor, nostalgia y más dolor. Los nombres luchan por permanecer, pero también por marcharse. Chocan entre sí y se alejan por momentos, inconscientes de que su desprecio mutuo nace únicamente de cuánto dependen unos de otros para poder seguir existiendo como fragmentos de un mismo ser. El cráter de Bilbao hace acto de presencia, una vez más, y el Demonio de Fuego y él son arrastrados a las profundidades bajo el cataclismo. La voz del Danzante habla, pero el metis no tiene ocasión de responder antes del impacto.

El Demonio de Fuego desaparece, pero reconoce una última expresión en su rostro. Algo le dice que no será la última vez que sus caminos se crucen, quizá por la conversación que ha quedado pendiente y que el Pozo no les ha permitido tener. Mientras tanto, una voz a lo lejos llama la atención del sioux. Una voz extraña, pero de alguna manera conocida. Una voz que no es agradable, pero que llama su atención... y más en un lugar como ese. El espacio se reduce, quizá el cuerpo del muchacho se está acercando de forma involuntaria, y reconoce algunas figuras en la burbuja más allá de aquel lugar maldito conocido como "instalaciones Demóstenes".

Allí está Iris, junto a Birdman y un puñado de desconocidos. Al fondo, una criatura quimérica luchando por su derecho a existir y amenazando con hacerlo. La escena es, desde luego, inesperada. La imagen parece vívida, real, pero el joven sabe dónde se encuentra. Al menos, recuerda dónde debería encontrarse. No sabe si lo que está presenciando es de alguna manera real, si es una estrategia del Pozo o, simplemente, ya se ha vuelto loco del todo. Sin embargo, pronto encuentra una solución a sus dudas: ¿qué más da? Si no es real, el Pozo (o su mente, llegado el caso) hará una simulación como si lo fuera. Lo más cabal y coherente, en pro del aprendizaje, es comportarse como si fuese una situación de absoluta autenticidad.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30




La voz del muchacho va acompañado de un cinismo que no sería demasiado hiriente si no fuese porque se nota que es algo que está disfrutando profundamente. Entonces Iris pronuncia su nombre, y un ápice de serenidad vuelve al rostro del chamán.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30


Los demás hablan, pero no le hablan a él. Sus ojos permanecen en Iris hasta que Birdman lo interpela.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30

El gesto del chamán se endurece, y su ceño se frunce.


La provocación es clara, pero la risa de fondo realmente le preocupa. Antes de que nadie pueda responder, ya está adquiriendo una posición adecuada para el combate y preparándose para lo peor. Da un paso para dirigirse hacia el grupo, asumiendo que serán sus aliados forzosos en lo que sea que vaya a ocurrir, e intenta colocarse al lado de Birdman sin perder de vista al Demonio de Fuego.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 02 de Jul 2026, 00:37:21
Un roce bajo la bóveda. Un temblor en el hielo. Una vibración mínima en las costillas de quienes todavía tienen un cuerpo capaz de obedecer a las leyes normales del dolor. Después, el rugido de la criatura lo aplasta todo. No es un rugido limpio. No tiene la dignidad de un Garou en guerra ni la claridad animal de una bestia defendiendo su territorio. Es un sonido roto, múltiple, demasiado grande para una sola garganta. El cuerpo fusionado del Demonio de Fuego y Custod Aeson se arquea en el interior de la burbuja umbral, golpeando el suelo cristalino con los nudillos, con las rodillas, con piezas metálicas que no deberían formar parte de ninguna anatomía viva. La geometría estigmática incrustada en su carne se ilumina a golpes, como cicatrices que recordasen tarde su función.

Birdman deja de mirarte. Eso, quizá, es lo primero verdaderamente preocupante.


No lo dice con desprecio, y la mujer de cabellos anaranjados y el chaval vestido de mariachi se apartan. Todo a tu alrededor se abre, se vuelve mucho más ancho. Estás en la ciudad antes conocida como Getxo, aledaña a Bilbao. Estás en las profundidades del Cráter, pero puedes respirar. Una cúpula de cristal lo mantiene todo protegido. Pero hay algo en ti que no está bien, sin embargo, cuando te quieres dar cuenta, la criatura ya se ha movido.


Su cabeza se sacude hacia un lado, después hacia el otro, como si varias voluntades intentaran decidir a quién odiar primero. Entonces sus ojos se clavan en ti. No en Iris. No en la mujer japonesa. En ti. Algo en el interior de esa masa reconoce una abertura, una deuda, una sangre o una ausencia. Quizá reconoce a Zarpa Manchada. Quizá reconoce lo que ha escapado. Quizá sólo reconoce que acabas de caer desde una herida que no debería comunicarse con ésta. El monstruo se lanza. Tu cuerpo reacciona antes que tu pensamiento. La Rabia intenta subir. El músculo intenta recordar el camino hacia otra forma. El instinto Garou busca el estallido del Crinos como quien busca aire bajo el agua.

No ocurre nada. Ni huesos desplazándose. Ni piel abriéndose. Ni mandíbula creciendo. Ni la vieja certeza salvaje de que tu cuerpo puede volverse arma si la necesidad es suficiente. Sólo hay una resistencia muda, seca, absurda. Como empujar una puerta pintada sobre una pared. Tampoco llegan los Dones. Notas el gesto interior, la llamada, el hilo espiritual que debería responder. Pero no responde. Algo en ti es demasiado ligero, demasiado reciente, demasiado mal ensamblado para obedecer. Estás ahí. Respiras. Pesas. Sangras, o crees que podrías sangrar. Pero no estás ahí de la forma correcta. La garra de la criatura baja hacia ti, pero Iris llega antes.

No en Crinos. No como una montaña de rabia. Llega en Glabro, con el vestido de novia destrozado pegado al cuerpo por sangre, hielo y agua imposible, el rostro endurecido por un cansancio que ya ha dejado de pedir permiso. Sus abanicos de plata se abren con un chasquido metálico, y el aire alrededor de ella se curva como si obedeciera a una orden breve y furiosa.


El primer abanico desvía la garra lo justo para que no te parta de arriba abajo. El segundo corta carne, pelo y metal en una línea brillante. La plata entra en la criatura con un sonido horrible, demasiado húmedo, y el monstruo retrocede medio paso, más sorprendido que herido. Después aúlla. De su costado brota un rostro. No emerge con limpieza. La piel se hincha, se estira, se desgarra alrededor de unos labios que no pertenecen a ese cuerpo. Durante un instante ves la cara arrugada y severa de Vara Torcida, deformada por la presión de la carne ajena. Sus ojos se abren con una lucidez insoportable.


El rostro se hunde antes de terminar de respirar. Otro aparece en el hombro, cubierto de saliva negra, con los dientes apretados en una mueca de rabia que conoces demasiado bien. Zarpa Manchada, pero no el Zarpa que ha hablado contigo. No esa conciencia que te ha guiado hasta aquí. Esto es un residuo, un eco atrapado en la piel de la bestia, una forma usada como espina.


El monstruo se golpea a sí mismo contra el pecho, como si intentara aplastar las voces que le nacen de dentro. Pero cada impacto sólo despierta más bocas. Una mejilla humana se forma cerca del cuello, elegante incluso en el horror, con ojos antiguos y una calma rota por el dolor. Erik Angelus grita antes de tener del todo labios.


La criatura ruge por encima de todos ellos y vuelve a cargar. La mujer de rasgos orientales deja de parecer humana de una forma brusca y preciosa, como si su cuerpo recordase una verdad que llevaba demasiado tiempo doblada bajo la piel. Los brazos se abren en una extensión imposible. Plumas oscuras, largas y aceradas, brotan de sus hombros y espalda con un sonido de tela rasgada. Sus piernas cambian de ángulo. Sus ojos se vuelven más agudos, menos humanos, más antiguos. La forma de ave ocupa el espacio con una elegancia violenta, un ave imposible salida de una tradición que no necesita explicar su autoridad. Entra por el flanco de la criatura con una velocidad que el ojo apenas sostiene. Sus abanicos de acero trazan dos medias lunas en el aire, no para herir profundamente, sino para abrir espacio a Iris. La criatura intenta atraparla, pero se repliega con un batir seco de alas, golpeando la cara principal del monstruo con una lluvia de cortes superficiales que lo enfurecen todavía más.


Iris no responde con palabras. Gira sobre un pie, baja el centro de gravedad y deja que el viento se enrosque alrededor de sus abanicos de plata. No parece indemne. Cada movimiento le cuesta. La herida del impacto anterior sigue abierta, y el frío de Bilbao le muerde los brazos desnudos. Pero la mirada no se aparta del monstruo. Birdman retrocede un paso, no por miedo, sino para dejar sitio a una secuencia que parece conocer demasiado bien y que, aun así, ya no se está desarrollando como esperaba. Euforia mantiene las manos abiertas, sosteniendo la burbuja umbral con el rostro tenso. Bernabé observa la piel de la criatura con una seriedad impropia de un niño, siguiendo cada rostro que aparece y desaparece como si estuviera contando muertos.

El monstruo vuelve a fijarse en ti. No porque seas el enemigo más peligroso. Porque algo en ti le duele. Da un salto torpe, brutal, descoordinado. Su cuerpo cambia de dirección a mitad del movimiento, como si una parte quisiera alcanzar a Iris y otra parte quisiera destrozarte a ti. En mitad del asalto, agarra a Iris de la cabeza y la lanza lejos hacia uno de los edificios que aún se mantienen en pie. Una hilera de rostros se abre en su abdomen durante la carga. Algunos suplican. Otros insultan. Otros sólo gritan sin sonido, con la boca llena de cristal líquido.




Las voces se mezclan con el rugido hasta convertirse en una masa insoportable. Iris se interpone otra vez, pero esta vez el golpe es demasiado grande para detenerlo sólo con técnica. El brazo fusionado de la criatura barre el aire, choca contra el viento levantado por sus abanicos y rompe parte de la defensa. Iris sale despedida varios metros, rueda sobre el cristal y se incorpora con una rodilla en el suelo, respirando con dificultad.


La mujer pájaro cae sobre el hombro del monstruo como una sombra emplumada y hunde uno de sus abanicos de acero entre placas de carne y metal. La criatura se retuerce, la agarra por un ala y la estrella contra el suelo. La forma de Rara Avis soporta el impacto con un crujido seco, pero Mitsuki no grita. Sólo clava las garras en el cristal, gira el cuerpo y se libera arrancándose unas plumas negras que quedan pegadas a los dedos del monstruo.

Entonces la criatura vuelve hacia ti. Esta vez no hay suficiente distancia. No hay forma de fingir que puedes quedarte al margen. No sabes por qué no puedes cambiar de forma. No sabes por qué tus Dones no responden. Pero lo notas con una claridad humillante: ahora mismo, lo único que tienes es el cuerpo que este lugar te ha dejado, tu entrenamiento, tu instinto y la decisión de no permitir que Iris reciba todos los golpes que iban dirigidos a ti. Birdman te mira de reojo, con furia contenida y algo más parecido al miedo de lo que probablemente admitiría.


Iris salta y rueda por el suelo, aterrizando frente a ti y levantando de nuevo los abanicos, colocándose entre la criatura y tú aunque el brazo le tiembla por el esfuerzo.


Su voz sale baja, urgente. El monstruo abre todas sus bocas a la vez. El rugido llena la bóveda de Bilbao.

No sabes por qué, pero no puedes cambiar de forma ni usar ninguno de tus Dones.


¿En qué te has metido, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 02 de Jul 2026, 12:50:44
La violencia toma la escena, pero el cuerpo del metis no responde como debería. A pesar de que crinos es su forma natural, su carne no obedece a su esencia. La criatura abyecta brilla con una luz familiar, y centra su objetivo en el muchacho mientras Iris toma la iniciativa y detiene el primer impacto.

Cita de: Maurick en 02 de Jul 2026, 00:37:21


Los sonidos apenas se proyectan más allá de sus labios, pero algo en sus ojos dice que no va a aceptar ese consejo.

El monstruo de las caras se expresa con la violencia de una catástrofe natural, hiriendo a las dos únicas presencias que se han atrevido a plantarle cara. Sin embargo, sigue siendo obvio que no son su objetivo real sino una mera molestia; como las moscas en verano que se apartan a manotazos.

El joven sioux da un paso al frente, consciente de que ya no hay huida posible, y se coloca al lado de Iris con la intención de apoyar como pueda a las chicas.


Tensa su cuerpo y se pone en guardia, con la esperanza de que el ser no tenga la capacidad de destruirlo con un único golpe.




Cuando el amasijo de carne, metal y energía se acerca, Bruma Nocturna hace una finta e intenta agarrar uno de los fragmentos de hierro para exponer la zona brillante a sus compañeras. Sabe que no puede sujetarlo, mucho menos contenerlo, pero ganar un segundo de tiempo para Iris y Mitsuki, mientras obliga a su enemigo a girarse para continuar persiguiéndolo, es lo más inteligente y cabal que puede hacer en esa forma débil y casi inútil en el conflicto.

Una vez que la acción toma lugar y consigue recomponerse, mira de nuevo al ser e intenta fijar su mirada en la cabeza emergente del Demonio de Fuego.


Las palabras fluyen con firmeza. No con el dolor de un hijo decepcionado, ni con la distancia de un juez en su estrado. Caen poco a poco, con la emoción exacta de quien ha entendido que no todo se soluciona desde la confrontación ni la acusación constante.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 03 de Jul 2026, 12:26:32
Tu mano no logra sujetar al monstruo: El fragmento de hierro que has agarrado no es una empuñadura, ni una placa estable, ni una pieza limpia de armadura. Es una parte enferma de su cuerpo. Metal injertado en carne. Carne soldada a una geometría que se ilumina desde dentro con pulsos verdes y negros. En cuanto tus dedos se cierran sobre él, notas que la pieza vibra como un hueso vivo. Durante un instante crees que va a arrancarte la piel de la palma, pero aguanta. El monstruo se abalanza sobre ti con la inercia de una ruina que cae, y tú no intentas detenerlo. Lo fuerzas a girar: una desviación brutal de su eje, suficiente para que su peso deje de ir recto hacia tu pecho y para que la luz corrupta que late bajo sus costillas quede expuesta durante un latido.


Iris lo ve, y Mitsuki también. La criatura abre una de sus bocas principales y aúlla, descolocada, furiosa por no haber encontrado en ti la resistencia que esperaba ni la huida que habría entendido. La piel de su cuello se hincha. Un rostro aparece allí, aplastado entre músculos que no le pertenecen. Vara Torcida. Los ojos del anciano se abren dentro de la carne ajena con una tristeza insoportable, como si hubiera llegado hasta allí sólo para verte hacer exactamente aquello que te había pedido no hacer.


La voz se rompe bajo el rugido del monstruo: tu perdón cae entonces sobre la criatura, como una piedra en agua negra. Las ondas de la superficie tiemblan, mientras el cuerpo del Demonio de Fuego se tensa de golpe. Todas sus extremidades se bloquean durante una fracción de segundo. Los rostros que emergen de su piel dejan de gritar a la vez. Algunos se hunden con espasmos violentos. Otros abren la boca sin sonido. El de Zarpa Manchada aparece cerca del pecho, entre dos placas de metal estigmático, deformado por la rabia y por algo mucho más antiguo que la rabia.


No sabes a qué responde, no sabes si niega tu perdón, si niega merecerlo o si niega que todavía quede algo suyo capaz de recibirlo. La luz bajo su piel cambia, pero una línea del resplandor negro y verde se vuelve pálida, casi blanca, y atraviesa el rostro de Zarpa Manchada desde la frente hasta la mandíbula. Durante un instante, la mueca del Danzante se parte en dos. A un lado queda la corrupción, la boca llena de odio, el desprecio que tantas veces has imaginado antes de oírlo. Al otro, algo agotado, mínimo, cubierto de ceniza, demasiado tarde para vivir y demasiado tarde para no haber caído.


El monstruo se golpea el pecho con una mano gigantesca, intentando aplastar esa grieta de claridad. No lo consigue. La parte purificada de Zarpa Manchada no se libera como un espíritu entero ni asciende como en un cuento piadoso. Se desprende como una brasa arrancada de una hoguera infectada, pequeña, temblorosa, casi invisible en mitad de la bóveda. Pero existe. Y durante ese instante, aunque el resto de la criatura siga odiando, matando y rugiendo, una parte de Zarpa deja de pertenecerle. El rostro de Custod Aeson, fusionado con la piel, la carne y el músculo del resto del cuerpo monstruoso de este ser abominable, mira al suelo con una quietud insoportable.

Entonces Iris actúa con premura, mientras el viento se pliega alrededor de ella; no hay tiempo para hablar, ni hay espacio para compasión. Iris entiende lo suficiente: tu gesto ha abierto una herida que no se cerrará sola. Su forma Glabro avanza con una violencia precisa, los pies resbalando sobre el cristal mojado, el vestido de novia hecho jirones detrás de ella como una bandera absurda de algo que nadie debería haberle exigido. Los abanicos de plata se abren otra vez. El primero corta una hilera de rostros que insultaban desde el costado de la criatura, el segundo busca la luz. El monstruo intenta apartarla con un manotazo capaz de partir un coche por la mitad, pero Mitsuki cae desde arriba en forma de Rara Avis, negra, afilada, terrible. Sus alas llenan el espacio de plumas duras como cuchillas. Clava las garras en el hombro de la criatura y gira todo el peso de su cuerpo para desviar el golpe. El impacto la sacude, le arranca varias plumas y la estrella contra una protuberancia de cristal, pero consigue lo que buscaba. Iris no se detiene.


La orden de Mitsuki corta el aire: Iris se lanza hacia el pecho abierto. La criatura ruge. La cabeza principal se arquea hacia atrás. En su abdomen aparece el rostro de Erik Angelus, gritando con una desesperación que no parece humana ni Garou, sino la de alguien que ha comprendido demasiado tarde que una prisión puede tener muchas formas.


La frase se pierde cuando Iris hunde el abanico de plata en la zona iluminada: no atraviesa sólo carne. Atraviesa corrupción, injerto, rabia, metal, residuo espiritual y una autoridad antigua deformada hasta volverse irreconocible. El golpe no es limpio. Iris tiene que empujar con todo el cuerpo, con los dientes apretados, con una rodilla doblándose bajo la presión del monstruo. La criatura intenta cerrarse sobre ella, aplastarla dentro de su propio pecho, convertir la herida en una trampa. Mitsuki se arroja de nuevo contra el brazo que baja hacia Iris. Esta vez no lo desvía del todo. El golpe la alcanza en el costado y la lanza contra el suelo, pero su intervención compra otro segundo.

Tú compras el último. El fragmento de hierro que todavía sujetas se desprende con un chasquido húmedo. No puedes contener a la criatura, pero puedes tirar de esa pieza hacia ti, obligar a que el torso se abra un poco más, aunque el esfuerzo te deje la sensación de que tus brazos se están deshaciendo por dentro. No tienes tu Crinos, ni tus Dones. No hay forma verdadera que acuda en tu ayuda. Sólo ese cuerpo prestado, esa voluntad rota en el Pozo y la decisión absurda de seguir en pie.

Iris empuja: el abanico de plata entra hasta el fondo. La bóveda entera parece quedarse sin aire. Durante un instante, todos los rostros de la criatura miran hacia ella: Vara Torcida cierra los ojos, Erik Angelus deja de gritar y la parte oscura de Zarpa Manchada enseña los dientes, furiosa, devorada por el odio de su propia caída. La brasa pálida que se había separado de él, en cambio, permanece suspendida a unos pasos de ti. No tiene rostro completo. No tiene cuerpo. Pero cuando Iris hunde el golpe final, esa chispa inclina la cabeza; como si aceptara, como si, por primera vez, dejara de empujar contra la muerte. El monstruo se rompe: no en una explosión de vísceras, se deshace desde dentro. Un halo de luz fría nace en la herida abierta por Iris y se extiende por la masa fusionada. La geometría estigmática chisporrotea, pierde cohesión, se apaga en ráfagas. La carne se separa del metal. El pelo se vuelve ceniza húmeda. El brazo mecánico golpea el suelo con un estruendo seco y queda allí, inútil, pesado, todavía temblando por inercia. Fragmentos de hueso, cables y placas ennegrecidas caen alrededor de Iris mientras ella retrocede un paso, respirando con dificultad.

Dos sombras se desprenden de la criatura y ascienden entre la niebla. No son nítidas: la primera se deshace casi al instante, como una autoridad rota que hubiera sostenido demasiado peso durante demasiado tiempo. La segunda se retuerce, intenta quedarse, intenta morder el aire incluso sin boca. Pero la brasa pálida de Zarpa Manchada se interpone un solo segundo entre esa sombra y el fondo de la bóveda. La parte corrupta desaparece hacia la oscuridad con un alarido ahogado. La parte clara se queda flotando un instante más, cada vez más pequeña, cada vez menos parecida a un hombre y más a una mota de fuego blanco cubierta de ceniza. Después también se apaga.

Iris cae sobre una rodilla, sangrando. Agotada. El silencio que sigue no trae paz, sólo confirma que algo enorme acaba de morir. Mitsuki recupera poco a poco una postura erguida. La forma de Rara Avis conserva la dignidad incluso herida, incluso con plumas arrancadas y una línea de sangre oscura deslizándose por un costado. Mira los restos del monstruo, después a Iris, después a ti. No dice nada. Pasa a su forma homínida, agarrándose las costillas y poniéndose junto a Iris.

Birdman sí se mueve. Cruza el espacio con una rapidez seca, furiosa. No mira los restos con alivio. No celebra la victoria. No se acerca a Iris como quien felicita a una guerrera por haber sobrevivido a algo imposible. Sus ojos amarillos están fijos en ella con una intensidad insoportable, como si el combate hubiera sido sólo la demostración final de una tesis que ya llevaba mucho tiempo escrita.


La voz suena baja, pero corta más que el cristal bajo vuestros pies. Euforia deja escapar el aire que estaba conteniendo. La burbuja umbral sigue vibrando alrededor de todos, más inestable que antes, llena de grietas de luz y ruido blanco. Bernabé observa los restos del brazo mecánico con la expresión grave de un niño que ha visto demasiadas cosas antes de aprender a fingir que no entiende. Birdman se planta ante Iris:eElla aún está sangrando. Aún tiene un abanico en la mano. Aún no ha recuperado del todo el aliento.


Birdman no le deja terminar.


La frase cae sobre la bóveda como una losa. No hay orgullo en ella, hay urgencia.


Iris se incorpora despacio, con una mueca de dolor y rabia.


Birdman da un paso más hacia ella. Por primera vez desde que has caído allí, parece que toda su atención ha dejado de estar repartida entre las líneas rotas de la realidad y se ha concentrado en una sola persona.


Mitsuki gira la cabeza hacia él.


Birdman no la mira.


La bóveda cruje sobre vuestras cabezas. Los restos del Demonio de Fuego se enfrían en el suelo. La risa lejana ha desaparecido, pero su ausencia resulta peor que su presencia, como si algo hubiese decidido callar para escuchar mejor. Euforia baja las manos un poco, agotada. Bernabé avanza un paso y se queda junto a Birdman, mirando a Iris con una seriedad casi ceremonial.


Iris aprieta los dedos alrededor del abanico.


Birdman inclina la cabeza.


No hay música. No hay corona. No hay aplausos. Sólo hielo, cristal, sangre y una ciudad muerta bajo el mar.


La burbuja umbral tiembla de nuevo. Y esta vez no parece temblar por el monstruo que acaba de morir. Parece temblar por lo que acaba de empezar. Notas que la mujer de cabellos anaranjados va acercándose muy lentamente a ti. Notas que está haciendo unos gestos misteriosos con las manos.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 03 de Jul 2026, 13:17:14
El combate es brutal. Desde su perspectiva, sosteniendo el metal, el muchacho apenas puede ver los detalles de los movimientos. Solo ve sombras entrando y saliendo, oye golpes, rugidos y gemidos mientras la quemazón avanza por sus antebrazos y el rostro de Vara Torcida y el Demonio de Fuego reaccionan a su presencia más que a todo lo demás.

Entonces llega el perdón, y todo cambia: la criatura ya no lucha o, al menos, ya no contra los presentes. Lucha consigo misma. Lucha contra su naturaleza estigmática y el propósito que lo invade, y contra la corrupción que da forma a gran parte de su cuerpo. Lucha contra el metal instalado sin permiso, contra la muerte prematura de un hombre que no pudo terminar de formar a su discípulo. Contra la voluntad de alguien que solo quería ser libre pero estaba dispuesto a pagar cualquier precio, y contra el anhelo de quien intentó reclamar una vida que le arrebataron y ya nunca más le volvió a pertenecer. Y en esa lucha, cuando por fin la criatura estaba comenzando a saber quién era, los verdaderos protagonistas de la escena deciden acabar con ella.


La corrupción se desplaza, y la esencia de Zarpa Manchada permanece brillando un poco más que las demás. Bruma Nocturna lo mira como si la luz tuviera ojos en los que fijarse, mientras se endereza y coloca la mano sobre su pecho con solemnidad.


La luz se desvanece poco a poco, tiempo durante el cual el metis no presta demasiada atención a otra cosa. Cuando se extingue, sus ojos permanecen fijos en el lugar durante un segundo más, y entonces el sioux se agacha para recoger un pequeño fragmento del trozo de metal que estaba sosteniendo hace apenas unos minutos. Lo mira un instante, consciente de que fue su mano la que llevó a la criatura a la muerte, y se lo guarda despacio en uno de sus bolsillos.

Los demás participantes se recomponen tras el enfrentamiento físico, pero el chamán debe dar fin a una batalla mucho menos evidente y más difícil de concluir. La sensación de manipulación, el saber que ha participado en algo que no debería haber terminado de ese modo y, una vez más, el sentir que una parte de él ha quedado marcada por decisiones que no terminan de ser suyas. Birdman camina hacia Iris y da su discurso, pero el theurge no se involucra. Se limita a mantenerse a un lado, sabe que la cosa no va con él, pero escucha. Iris responde, Mitsuki participa y el hombre pájaro dirige su propia obra de teatro mientras el muchacho, sin prisa, se da la vuelta y empieza a caminar en dirección al lugar del que ha venido.


Los pasos del Uktena lo alejan cada vez más del lugar mientras escucha a Birdman "coronando" a Iris, tan decidido a abandonar el lugar que no se da cuenta de los gestos de la mujer.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03
La coronación de Iris queda a tu espalda como una ceremonia escrita con hielo, sangre y mal gusto. Birdman habla con la seguridad insoportable de quienes creen haber visto demasiadas veces el final de una historia. Iris responde con rabia. Mitsuki se mantiene cerca de ella, todavía herida, todavía en esa forma imposible de ave oscura y acero. Bernabé observa el cadáver deshecho del Demonio de Fuego como si estuviera esperando que de los restos saliera una canción. Tú sigues caminando, mientras el fragmento de metal pesa en tu bolsillo. No debería pesar tanto. Es pequeño, irregular, ennegrecido por dentro y tibio como una brasa que no ha terminado de decidir si apagarse. Cada paso lo hace rozar contra la tela, recordándote que hubo un cuerpo, que hubo una criatura, que hubo una muerte y que tu mano formó parte de ella.

Entonces la voz de Euforia corta el aire.


La palabra llega hasta ti como un cierre de acero. El suelo cristalino se ilumina bajo tus pies con un círculo de símbolos anaranjados, finos como filamentos de cobre al rojo. Tu sombra se alarga hacia delante y después se clava en el suelo, cosida por agujas de luz que no proceden de ningún foco visible. El cuerpo que llevas puesto intenta dar otro paso, pero no puede. No es inmovilización física. No del todo. Es peor. La orden no se agarra a tus músculos, sino a la forma que te está permitiendo estar allí. Algo rodea tus contornos desde dentro, midiendo tus bordes, comprobando dónde empieza Bruma Nocturna y dónde termina la cosa que ha sido proyectada hasta esa bóveda.

Euforia avanza hacia ti. Ahora que se mueve, resulta más evidente lo poco humana que era incluso antes de pronunciar un hechizo. La mujer de cabellos anaranjados parece arrastrar una melena hecha de fuego domesticado, con mechones que se alzan y caen lentamente aunque no haya viento. Sus ojos no miran tu cara: recorren tus hombros, tus manos, la línea de tu cuello, el hueco exacto donde tu sombra ha dejado de obedecer a la luz.


Birdman gira la cabeza hacia ella con fastidio inmediato.


Euforia ni siquiera le mira.


El comentario no parece destinado a provocar una discusión. Es casi una anotación técnica, dicha por alguien demasiado acostumbrado a tratar con versiones, ecos y residuos de cosas que deberían ser únicas. Birdman se acerca unos pasos. La furia que antes dirigía hacia Iris cambia de forma al posarse otra vez sobre ti. No es la indignación teatral de un guía ofendido. Es el enfado seco de alguien que acaba de descubrir que una variable secundaria ha aprendido a entrar en una habitación cerrada.


Se detiene a una distancia prudente del círculo arcano de Euforia.


Bernabé da un respingo. Luego otro. Después empieza a saltar con una alegría tan brusca que resulta obscena en mitad de aquel lugar lleno de restos.


El niño se acerca dando pequeños brincos, con el traje de mariachi moviéndose a cada salto, los ojos abiertos de par en par y la boca iluminada por una sonrisa de descubrimiento.


Euforia se queda inmóvil. Por primera vez, algo en su expresión cambia. Es interés.


La palabra cae sobre el círculo de símbolos, y varios de ellos se reordenan alrededor de tus pies. La hechicera de pelaje anaranjado se coloca frente a ti, muy cerca. Demasiado cerca para alguien que no sabe qué eres. Sus dedos dibujan una espiral en el aire, lenta, perfecta, con una precisión que no pertenece a una improvisación. La magia responde a ese gesto con una presión nueva sobre tu sombra.

El hechizo entra en tu sombra. El cristal bajo tus pies se oscurece. El contorno negro que debería obedecer a tu cuerpo se vuelve más profundo, más espeso, como si debajo hubiera agua antigua. Durante un instante algo forcejea ahí dentro. Algo se retuerce con dolor y con una irritación reconocible incluso antes de que tome forma. Una mano sale primero: delgada, pálida y tensa. Luego un brazo, un hombro, una cabeza de cabello desordenado, un cuerpo arrastrado desde una profundidad que no es la de la bóveda ni la del Pozo. Aya Kasparinova emerge de tu sombra como si la hubieran obligado a atravesar una pared de vidrio desde dentro. Cae de rodillas sobre el cristal, respirando con dificultad, una mano apoyada en el suelo y la otra cerrada contra el pecho.


La palabra sale baja, cargada de dolor y de mal humor. Aya levanta la cabeza poco a poco. Sus ojos pasan por Euforia, por Bernabé, por Birdman, por Iris, por Mitsuki y finalmente por ti. No parece sorprendida de verte. Parece enfadada por el modo en que la han obligado a aparecer.


Euforia entrecierra los ojos. Aya se incorpora despacio, aún dolorida, como si cada movimiento tuviera que atravesar capas de interferencia.


Birdman se queda muy quieto, demasiado. Su mirada se desplaza de Aya hacia ti, y luego hacia el círculo de contención de Euforia. Lo que ve ahí no le gusta. O quizá le gusta demasiado poco porque lo entiende demasiado bien.


Birdman no lo dice para ti. Lo dice para sí mismo, como quien corrige una hipótesis en mitad de una autopsia.


Euforia mantiene el hechizo, pero sus dedos se han tensado.


Birdman no responde enseguida.


Entonces mira directamente a Aya.


Aya abre la boca para responder, pero no llega a hacerlo. De repente, un impacto terrible derrumba un edificio cercano. Era una ruina ya, destrozado a través de lo que haya pasado aquí, pero el golpe lo termina de destrozar. Un olor dulzón y podrido se cuela en la burbuja umbral. No entra como una presencia discreta, sino como una provocación. La luz se vuelve un poco más sucia. El cristal bajo vuestros pies refleja durante un segundo un cielo que no existe allí, lleno de humo, oro muerto y ceniza.

Detrás de vosotros aparece Envy, Invitia. La Estigma sonríe como si hubiera llegado tarde a propósito y quisiera que todos lo supieran. Su cuerpo conserva esa belleza inquietante que nunca llega a ser del todo humana. Sus ojos se detienen primero en Iris, después en Birdman, después en Aya, y finalmente en ti. Hay reconocimiento en esa última mirada. No cariño. Reconocimiento de propiedad ajena, de pieza útil, de hilo que quizá pueda tirar de algo.


Da un paso hacia vosotros, sonriente. Su cuerpo parece a punto de caerse a pedazos, pero se reforma absorbiendo lo que parecen partículas de alrededor.


Birdman gira hacia ella con un gesto de absoluto cansancio.


Invitia sonríe más.


En su mano hay un orbe, y no necesitas que nadie te diga de quién era. Lo entiendes por el modo en que la luz se curva alrededor de él. Por el residuo dorado que palpita bajo la superficie. Por la sensación de posesión, hambre, pérdida y riqueza muerta que arrastra consigo. Avaritia no está allí. No como persona. No como voz. No como figura capaz de reclamar nada. Lo que queda de ella cabe en esa esfera que Invitia sostiene entre los dedos con una delicadeza casi ofensiva. Iris da un paso hacia Invitia, aunque todavía está herida. El abanico de plata sigue en su mano. La sangre le baja por la muñeca.


Invitia la mira con una mezcla de diversión y cansancio.


La Estigma se pone la mano en el pecho. Entre los restos de retales y lo que parece piel cosida, ves que hay una abertura. El Carnaval de Almas y Mitsuki observan la situación en silencio, conscienttes del peligro que representa Invitia para todo el mundo.


Invitia ladea la cabeza, como si esa preocupación fuera una pieza curiosa, no un argumento.


El orbe de Avaritia brilla entre sus dedos.


Iris aprieta los dientes. La sonrisa de Invitia se borra un poco.

Durante un instante, la Estigma parece mucho más antigua. Mucho más cansada. Mucho menos dispuesta a reconocer que Iris ha tocado una verdad.


La piel de su pecho se aparta, debajo no hay sangre abierta ni órganos reconocibles. Hay una cavidad imposible, sellada por carne demasiado perfecta, y dentro de ella un orbe incrustado que pulsa con una luz fría, profunda, casi oceánica. Acedia. Su peso espiritual es distinto al de Avaritia: no brilla como oro muerto, sino como un abismo quieto, como agua demasiado profunda para recordar la superficie.

Ahora entiendes: Invitia no sólo lleva consigo los restos de sus hermanas. Los está reuniendo en su propio cuerpo. El orbe de Avaritia se alza entre sus dedos.


Iris mueve el viento. Lo notas en la presión del aire antes de verlo. Una corriente intenta arrebatar el orbe de la mano de Invitia, rápida, precisa, nacida de rabia y miedo a la vez. Invitia cierra los dedos un segundo antes de perderlo. La esfera gira en su palma, resbala, casi escapa. Euforia refuerza la burbuja con un gesto brusco. Mitsuki se adelanta medio paso. Birdman no interviene. Bernabé observa con los ojos brillantes. Invitia mira a Iris, y la Estigma hunde el orbe de Avaritia en la cavidad de su pecho. La carne se cierra alrededor de la esfera dorada con un sonido suave, obsceno, casi íntimo. Durante un segundo, las dos luces —la oceánica de Acedia y la dorada de Avaritia— chocan dentro de ella. Invitia arquea la espalda. Sus ojos se quedan en blanco. El aire huele a sal, oro viejo, fruta podrida y lluvia sobre piedra caliente.

Luego respira. Cuando vuelve a mirar, no parece más grande. Ésa es la parte inquietante. Parece más definida. Puedes ver por el rabillo del ojo que Aya se está alejando poco a poco.


Iris la mira con una mezcla de rabia e impotencia.


Invitia le dedica una sonrisa pequeña.


Entonces vuelve la atención hacia ti. No hacia Aya, ni hacia el Carnaval de Almas. Sigues atrapado por el hechizo de Euforia. Aya no está en tu rango visual, y el Carnaval se aleja cada vez más. Invitia te observa con una curiosidad demasiado afilada.


Pronuncia tu nombre como si ya hubiera probado su sabor antes.



Da un paso hacia ti. El orbe de Avaritia palpita bajo su piel, apenas visible durante un instante, como una moneda enterrada en carne viva.

La Estigma inclina la cabeza.


Birdman se tensa. Euforia no suelta el hechizo. Bernabé deja de saltar.


Invitia sonríe.


Sus ojos se clavan en los tuyos.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 03 de Jul 2026, 15:28:14
El ritual continúa, y el muchacho da un paso más en dirección a su destino... o eso intenta. Sus pies dejan de obedecer, y un círculo de símbolos se dibuja bajo ellos. Euforia, Birdman, Bernabé... Todos hablan. Todos dicen cosas, pero el Uktena no. No protesta. No replica. No responde. Aya aparece, y se destapa el pastel. Bruma entiende, sabe que ha sido (otra vez) utilizado, pero al menos en esta ocasión le pidieron permiso antes. Quizá, con suerte, la próxima hasta le inviten a un café. Cuando el hombre pájaro vuelve a mencionar el término "Exitus", una sonrisa se dibuja en el rostro del muchacho.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


Birdman se dirige a Aya pero, antes de que responda, algo turba el ambiente de la burbuja. La presencia de Invitia es molesta, pero la interacción con el grupo se presenta bastante interesante. La conversación sobre Acedia, la relación con Iris... Cuando la Estigma pronuncia su nombre, no la mira. Mira a la philodox al otro lado.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


La oposición de Iris a la mención de Invitia se siente rara. Igual que cuando le dijo que se marchara en presencia de la criatura quimérica. Iris siempre ha tenido esa tendencia a interponerse, a evitar el daño (que no proteger) de aquellos a su alrededor. Pero el metis no es un amigo, no es compañero. Es fuente de conflicto, y actor principal de la gran traición. No esperaba encontrársela, y menos de esta manera, pero el encuentro está siendo más fructífero de lo que esperaba.

Invitia sigue hablando, y formula una pregunta que hace dudar seriamente al muchacho.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


La expresión del muchacho es seria, pero juguetona. Por una vez, ahora es él el que tiene algo con lo que puede negociar.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 03 de Jul 2026, 18:27:16
Durante un instante, la luz dorada que se ha cerrado bajo su pecho parece latir con algo que no pertenece del todo a ella. No es un corazón. No tiene ritmo humano. Es un brillo espeso, posesivo, lleno de habitaciones cerradas, dedos aferrados a una tela que ya no existe y una pérdida tan antigua que ni siquiera parece querer llamarse dolor.

Lo suficiente para que el aire alrededor de Invitia se vuelva más pesado cuando Bruma pronuncia su nombre. Lo suficiente para que el muchacho recuerde, aunque no sea suyo, el desgarrón que cruzó una cueva dorada cuando Aránzazu murió lejos, en una plataforma rodeada de frío, acero y sangre.

Cita de: Lady Midnight en 03 de Jul 2026, 15:28:14

Iris te mira con una expresión de odio e indiferencia.


Invitia baja la barbilla. No sonríe más. Parece tranquila y muy segura.


La burbuja umbral cruje muy despacio. A lo lejos, en la ciudad congelada bajo el mar, algo se desploma con un sonido amortiguado, como si Bilbao estuviera soñando su propia ruina detrás de un cristal demasiado grueso. Euforia mantiene los dedos tensos sobre el hechizo de contención. Birdman observa con una atención distinta, menos festiva. Memento ha dejado de moverse. Iris sigue herida, vestida de novia rota, con la respiración demasiado alta en el pecho. Invitia no la mira.


La Estigma da un paso hacia Bruma.


Invita se acaricia el rostro. Lo recorre, mostrándote su cara sonriente. No hay amenaza en el gesto. La seguridad con la que se mueve es peor que cualquier violencia. Avanza como si la distancia entre ambos ya le perteneciera.


La sonrisa vuelve, muy leve. Burlona, despreciable.


El silencio posterior no pertenece a Invitia.


Iris tensa la mandíbula. El Carnaval de Almas se va acercando poco a poco, y ves que Euforia mantiene el hechizo, sosteniéndote. Invitia mira hacia Aya, con sorna.


Después vuelve a Bruma.


¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 04 de Jul 2026, 02:24:08
El muchacho, aún paralizado, escucha. Sobre todo a Iris. Le da el espacio para protestar, para increparle por lo que lo hizo. No replica, sino que asiente con la cabeza.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 18:27:16


Invitia continúa hablando, y el chamán la mira con una mezcla de atención y asco.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 18:27:16

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 04 de Jul 2026, 09:00:20
La Estigma sostiene la mirada de Bruma con una paciencia casi limpia, como si el rechazo no hubiera cerrado una puerta, sino corregido el precio escrito sobre ella.


Birdman sonríe, aunque esta vez no se ríe. Euforia mantiene los dedos abiertos sobre el círculo de contención. El símbolo bajo los pies de Bruma vibra una vez, con un pulso tenue, como si la burbuja hubiera notado una presión distinta al otro lado del cristal. Invitia mira a Aya, juguetona; puedes ver la expresión de la mujer que te salvó de Blanchard, con el rostro desencajado.



Da un paso hacia Bruma. No hay prisa en el movimiento. Tampoco amenaza. Sólo esa seguridad paciente de las cosas que han esperado siglos y no consideran que unos segundos cambien nada.


El silencio se tensa. No el de la ciudad bajo el mar, otros mucho más hondo.


La Estigma deja que las ofertas respiren entre ambos. Después levanta una mano, muy despacio, mostrando la palma vacía.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 04 de Jul 2026, 11:53:32
La situación se tensa. Todavía más. Bruma Nocturna puede sentir la incomodidad en el aire, saliendo del pecho de aquellos que le rodean. Como si cada exhalación, incluyendo las de aquellos que ni siquiera necesitan respirar, cargase el aire con un peso que no le corresponde. Invitia continúa hablando, y da un paso. Las palabras, los posibles ofrecimientos, se suceden. Toda la atención está sobre él cuando la exigencia final cae.


El chamán se humedece los labios, dejando espacio para cambiar el registro a un tono más serio.


Ojos inamovibles, mandíbula tensa y respiración contenida.


Deja el nombre en el aire. Tres letras que pesan más que toda conversación previa. Una palabra que ha tomado la escena para sí, y que necesita el espacio para ocupar el lugar que le corresponde.


El theurge no mira a nadie más. Ni siquiera a Iris, aún sabiendo que esa pregunta le hace de todo menos gracia.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 04 de Jul 2026, 14:12:07
Durante un instante, nadie contesta; no porque la oferta sea buena, no porque la información que has puesto sobre la mesa pese lo suficiente como para comprar lo que pides. Sino porque acabas de pronunciar un nombre que cambia la temperatura de la burbuja. La palabra queda suspendida entre el hielo, el cristal y los restos todavía tibios del Demonio de Fuego. Iris se queda inmóvil. Sólo un segundo. Lo bastante poco para que parezca control. Lo bastante para que cualquiera con ojos entienda que algo se le ha roto por dentro antes de llegar al rostro. Invitia también lo entiende: primero parpadea, luego inclina la cabeza. Después sonríe. No es una sonrisa satisfecha. Es algo más limpio y más horrible. Una certeza súbita. La expresión de alguien que acaba de comprobar que la llave no sólo existe, sino que alguien ha tenido la cortesía de señalarle la cerradura.


La Estigma se lleva una mano a la boca.


Y entonces se ríe. No una risa breve. No una mueca venenosa. Se ríe con todo el cuerpo, doblándose hacia delante, apoyando una mano sobre el pecho donde laten los orbes de Acedia y Avaritia. El sonido rebota contra la bóveda de Bilbao, contra el hielo, contra las fachadas muertas y contra la burbuja umbral de Euforia. Ríe como si acabara de ganar una partida cuya existencia ni siquiera conocía hacía un minuto.


Iris da un paso hacia ella.


(https://gifdb.com/images/high/death-note-light-yagami-anime-laughing-55uyedkqzqenwvsk.webp)

Invitia sigue riendo.


Iris abre el abanico de plata. El viento responde de inmediato, demasiado brusco, demasiado cortante, arrancando escarcha del suelo cristalino y levantando partículas de hielo alrededor de sus pies. No hay cálculo en su gesto. Hay una furia seca, maternal, absoluta. Una línea que acaba de ser cruzada delante de demasiados monstruos.


Iris se lanza hacia Invitia, pero no llega a tiempo. Memento aparece en su trayectoria con un salto pequeño, casi alegre. Da una palmada en el aire, y el sonido no se expande: se queda colgado delante de Iris como una burbuja transparente. Después la burbuja se rompe en decenas de cintas umbrales, finas, brillantes, que se enroscan alrededor de sus muñecas, de sus tobillos y del borde del abanico. Iris queda detenida a medio paso. No inmóvil como una estatua, como algo peor: viva, temblando de rabia dentro de un hechizo que le permite sentir cada centímetro de la resistencia.


El niño sonríe, pero la sonrisa no le llega del todo a los ojos.


La voz de Iris sale baja, pero Memento no la suelta. Aya se lleva las dos manos a la cara. No lo hace con delicadeza ni con dignidad. Se tapa el rostro como alguien que acaba de ver a un aprendiz prender fuego a una biblioteca porque necesitaba luz para leer un título. Se frota los ojos con los dedos.


Invitia deja de reír lo justo para mirarla.


La Estigma vuelve a mirarte. La alegría sigue ahí, pero ya no se desborda. Se ha comprimido en algo mucho más peligroso: atención.


Da un paso alrededor del círculo de contención de Euforia, sin entrar en él. No necesita tocarte. No necesita acercarse más de lo prudente. La pregunta ya ha cumplido su función.


Iris forcejea contra las cintas umbrales de Memento.


Invitia no la mira.


La frase no suena como una amenaza improvisada: suena como un método. El fragmento metálico del Demonio de Fuego pesa en tu bolsillo. La contención de Euforia sigue clavándote la sombra al suelo. Aya permanece a un lado, furiosa, pero esta vez no dice nada. Birdman observa la escena con una quietud extraña, como si estuviera contando las grietas que acabas de abrir una por una. Invitia se acerca un poco más a Iris, aunque no tanto como para quedar al alcance del abanico.


Iris le enseña los dientes.


La Estigma sonríe, mientras Iris tira de las cintas umbrales con tanta fuerza que una de ellas se agrieta y deja escapar una chispa azulada. Memento chasquea la lengua, molesto, y refuerza el hechizo con otra palmada.


Invitia ya no parece interesada en quedarse. La luz a su alrededor se ensucia de nuevo. El oro muerto de Avaritia palpita bajo su piel. La profundidad fría de Acedia responde desde la cavidad imposible de su pecho. Durante un instante parece que dos sombras distintas se proyectan detrás de ella: una pesada, posesiva; otra hundida, quieta, oceánica.


Birdman alza la barbilla.


Invitia le dedica una mirada divertida.


Después te mira por última vez.


Su cuerpo empieza a deshacerse en partículas oscuras, doradas y verdosas, no como polvo, sino como piezas diminutas de una presencia que se retira sin perder cohesión.


Invitia desaparece. El silencio que deja es peor que su risa. Iris sigue atrapada en el hechizo de Memento. Respira con fuerza, con los ojos fijos en el lugar por el que se ha marchado la Estigma. Luego gira lentamente la cabeza hacia ti. No hay lágrimas. Eso sería más fácil de soportar. Hay una furia tan contenida que parece haberle endurecido la cara desde dentro.


La frase no tiembla.


Birdman se mueve antes de que la escena pueda romperse por ahí.


Iris vuelve la mirada hacia él con odio inmediato.


Birdman no discute. Eso, de algún modo, lo hace más insoportable.


Iris se queda helada, no por el frío. Porque la ceremonia no ha cesado.


Birdman la mira como si esa negativa formase parte de la frase, no de la respuesta.


Las cintas de Memento todavía la mantienen sujeta. Iris intenta volver a moverse, pero el hechizo la retiene con una delicadeza cruel. Mitsuki, que ha permanecido en silencio desde la marcha de Invitia, adelanta un pie. La forma de Rara Avis parece haberse recogido parcialmente en ella, aunque todavía queda algo de ave oscura en la postura, en la mirada y en la forma en que las plumas heridas tiemblan a su espalda. Está sangrando. Está cansada. Y, aun así, cuando habla, no hay duda en su voz.


Iris gira hacia ella.


Mitsuki no aparta la mirada.


Iris forcejea de nuevo.


La Tengu mantiene firme su mirada.


El silencio se estrecha alrededor de ambas. Birdman observa a Mitsuki con una expresión que no llega a ser sorpresa, pero sí cálculo reajustado. Euforia mantiene la burbuja. Aya aprieta los labios. Memento, por primera vez desde que empezó a saltar, deja de sonreír.


La mujer asiática recoge sus abanicos y los convierte en pequeños cuchillos de plata. Los ajusta en su cinturón, y se acerca a Iris.


La palabra cae sin adorno.


Iris parece a punto de romper el hechizo sólo por rabia. Memento levanta una mano; mira a Iris, luego a Mitsuki, luego a Birdman. Su expresión infantil se vacía de alegría, como si una parte de él se hubiera cansado de jugar a ser un niño justo en ese instante.


Chasquea los dedos. Las cintas umbrales que retienen a Iris se deshacen en partículas brillantes. Durante un segundo flotan alrededor de ella como polvo azul y blanco. Iris recupera el equilibrio, tambaleándose apenas, y el abanico de plata vuelve a moverse en su mano. Memento se mira los dedos, satisfecho con la textura de su propio hechizo al deshacerse. Después su cuerpo empieza a dispersarse también. No cae. No se marcha andando. Se descompone en pequeñas partículas umbrales, como si alguien hubiera soplado sobre una figura hecha de ceniza luminosa. La última parte en desaparecer es su sonrisa, suspendida un segundo más en el aire. Y desaparece. Birdman no mira el lugar donde estaba. Se gira hacia Aya y hacia ti.

Euforia mantiene el círculo de contención, aunque los símbolos anaranjados han perdido parte de su brillo. La burbuja umbral cruje alrededor de todos con una tensión nueva, más fina, más peligrosa. La línea temporal no se ve, pero se siente: una cuerda tirante bajo los pies de la realidad.


Aya alza una ceja, todavía con el mal humor pegado al rostro.


El hombre de larga melena y constitución escuálida niega con la cabeza.


Birdman da un paso hacia el borde del círculo de Euforia.


Euforia baja la mano izquierda y cambia el dibujo del hechizo. La contención no desaparece, pero se transforma. Las agujas de luz que cosían tu sombra empiezan a girar lentamente, abriendo una espiral bajo tus pies y bajo los de Aya. No es una salida amable. Es una devolución. Aya mira el círculo. Luego te mira a ti.


Birdman inclina la cabeza con una impaciencia afilada.


Iris sigue mirando a Mitsuki, pero también te oye. Lo sabes por la tensión de su mandíbula, por la forma en que sus dedos se cierran alrededor del abanico, por la rabia que todavía no ha encontrado un sitio donde caer. Mitsuki no se mueve. Euforia termina de cerrar la espiral. El fragmento de metal en tu bolsillo vuelve a calentarse. Notas que Iris está tensa, te está mirando, pero Euforia hace un gesto rápido con su mano izquierda, apuntando hacia ella.


El cuerpo de Iris empieza a descomponerse en las mismas partículas, poco a poco, comenzando por sus piernas.


No puede acabar la frase, porque se ha desvanecido por completo. Euforia termina liberándote también, mientras Aya empieza a descomponerse en las mismas partículas arcanas.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 04 de Jul 2026, 15:19:57
La risa de Invitia despierta una ligera satisfacción en el muchacho. Una leve sonrisa que se dibuja únicamente en la comisura de sus labios.

Cita de: Maurick en 04 de Jul 2026, 14:12:07



El discurso de Invitia interrumpe la conversación. La emoción recorre el cuerpo de la Estigma, que cree que ha ganado una negociación antes incluso de empezarla. La ira de Iris le golpea, claro que sí. Sus palabras le hieren. Pero sabe que es un dolor necesario, un dolor que nace de la responsabilidad.

Cita de: Maurick en 04 de Jul 2026, 14:12:07



A la vista de que Aya demora su partida, el metis recupera su posición de espectador. Asiste a la discusión, a la proposición de Mitsuki de ocupar el puesto de Reina, a la discusión de Aya con Birdman... Mientras la espiral se forma bajo sus pies y la atadura afloja, consciente de que ha llegado el momento de abandonar el lugar, el joven sioux echa un último vistazo al lugar.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 04 de Jul 2026, 15:51:58
«El Kaos ha hecho su trabajo.» declaras, ufano, como si hubieses descubierto la clave para vencer en esta extraña guerra espiritual. El Carnaval de Almas te observa con una mezcla de disgusto, lástima y rabia, mientras la frase queda suspendida en la bóveda como una chispa orgullosa, pequeña, casi hermosa, durante menos de un segundo. Luego la espiral termina de cerrarse: no hay respuesta. Nadie discute contigo, nadie te corrige y nadie intenta arrebatarte esa última certeza. Simplemente, el cuerpo que llevas puesto empieza a deshacerse.

Primero pierdes el peso de los pies. No la sensibilidad, no exactamente. Es más parecido a recordar que tenías pies y notar que ese recuerdo se vuelve impreciso. El cristal bajo tus plantas se aleja sin moverse. La luz anaranjada del hechizo de Euforia trepa por tus piernas, descomponiéndolas en partículas arcanas tan finas que durante un instante parecen polvo, ceniza y memoria mezcladas. El fragmento de metal en tu bolsillo se calienta y después también él empieza a desaparecer contigo. No cae al suelo, no queda atrás. Se deshace pegado a tu costado, convertido en un punto negro dentro del remolino de luz que arranca tu forma de la burbuja umbral. La última brasa del Demonio de Fuego viaja contigo, o quizá sólo la idea de haberlo tocado. Ya no puedes saberlo.

Tus manos se abren solas, tus dedos se vuelven líneas y tu pecho se rompe en filamentos. Durante un instante ves la bóveda de Bilbao desde todas partes a la vez: Iris desapareciendo, Mitsuki quedándose, Birdman inmóvil, Euforia cerrando la costura, Aya consumida por la misma devolución que te arrastra. Todo se pliega hacia un punto demasiado estrecho para contener una escena, una culpa o una victoria. Entonces todo se vuelve negro: no como la noche o como cerrar los ojos. Negro como si alguien hubiera retirado el concepto de distancia.

Estás solo. Al principio crees que es un instante. Una transición. Un parpadeo entre el fragmento umbral y el Pozo. Esperas sentir de nuevo el tirón del mnemógeno, la presión líquida de las memorias, el descenso hacia aquello que habías roto al soltar el Cordón Umbral, pero no llega. Sólo hay oscuridad y tiempo. Demasiado tiempo.

No sabes si pasan minutos, horas o días. No hay cuerpo suficiente para medir el hambre, ni garganta suficiente para medir la sed, ni suelo donde sentarte, ni cielo hacia el que levantar la cabeza. Pero el dolor encuentra la manera de existir igualmente. Llega como una punzada en partes que ya no estás seguro de conservar. Como una quemadura en los bordes de tu nombre. Como una presión lenta, insistente, que aprieta los recuerdos uno a uno para comprobar cuáles sangran.

Recuerdas a Iris gritando. Recuerdas la risa de Invitia. Recuerdas a Aya llamándote idiota. Recuerdas a Zarpa apagándose como una brasa blanca. Recuerdas a Ana e Iruz al otro lado de un cordón que ya no está. El negro no responde, sólo permanece. A veces crees oír algo: un roce, una respiración muy grande, una piedra moviéndose en algún lugar imposible. Luego comprendes que no es sonido, sino el tiempo rozando contra ti, erosionándote poco a poco. Y cuando ya no sabes si sigues cayendo o si llevas detenido desde el principio, algo te agarra.

No desde abajo: eso es lo primero que comprendes. No es el tirón del Pozo. No es el mnemógeno cerrándose sobre ti como agua antigua. No es la memoria de Gaia arrastrándote hacia sus propias profundidades. Esto tira desde otro lugar, desde la tierra. Desde debajo de la tierra. Desde mucho más abajo de lo que cualquier raíz, tumba, cueva, vena mineral o corazón humano podría comprender. Algo te arrastra hacia las profundidades reales del mundo, no hacia su reflejo espiritual. Hacia una presión anterior al lenguaje. Hacia estratos donde la piedra no recuerda haber sido piedra porque todavía está soñando con ser fuego. Hacia un fondo que no pertenece a la Umbra, ni al Pozo, ni a ningún sendero que un Theurge debería poder nombrar.



Núcleo de Gaia

Prisión del Creador

📅 27 de septiembre de 2005, hora desconocida

El viaje no tiene dirección, sólo profundidad. La oscuridad se vuelve más pesada, no porque haya luz, sino porque algo inmenso abre los ojos. Llegas al fondo, o a un lugar que se comporta como un fondo porque tu mente necesita desesperadamente que exista alguno. Hay cadenas y piedra. Hay una prisión tan antigua que no parece construida para encerrar a un ser, sino para impedir que una idea termine de despertarse. Todo alrededor existe con lentitud geológica. Cada pared parece sostener un siglo. Cada grieta contiene un eco de mundos que no llegaron a existir.

Y frente a ti hay alguien. Está allí con la serenidad terrible de quien lleva demasiado tiempo esperando sin necesitar paciencia. Su presencia no ocupa la prisión: la prisión parece haberse organizado alrededor de él para no deshacerse. Entonces habla.

Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 04 de Jul 2026, 16:28:40
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