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Heaven's Gate => Capítulos => Bruma Nocturna => Mensaje iniciado por: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13

Título: Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13
Carretera de madrugada

A las afueras de Soria — De camino al nordeste

📅 12 de septiembre de 2005, 03:02

La noche en Soria tiene ese frío seco que no muerde de golpe, pero se va metiendo poco a poco en la ropa, en los dedos, en las articulaciones. Cuando regresas del Estanque del Lirio Apacible, el coche sigue donde lo dejasteis, detenido junto al monasterio como una máquina abandonada. La oscuridad no es total: hay algo de luna que se cuela entre las nubes, como un resplandor plateado discreto. La piedra del monasterio la devuelve con una claridad gastada. Iruz está espatarrada en el asiento trasero, con una pierna doblada de mala manera, con la cabeza apoyada en un montón de ropa. Duerme con esa clase de abandono que sólo se permite alguien cuando ya no le queda energía. Parece tranquila. Ana Mercedes, en cambio, está en el asiento del conductor. Dormida de lado, con la frente casi apoyada sobre la ventanilla y un brazo cruzado sobre el pecho. La postura le ha dejado el cuello en un ángulo ingrato, como si se hubiera prometido descansar sólo un momento y el cuerpo le hubiera retirado la palabra. Cuando te acercas, la gravilla cruje bajo tus pasos. Ana Mercedes abre los ojos antes de incorporarse del todo. Sólo tarda un segundo en recordar dónde está, contigo, qué hora es y por qué seguís allí.

Te observa. Sabe lo que has contemplado.


Hay un instante breve en que no dice nada más. Se pasa una mano por la cara, apartándose el cansancio como puede. Después mira hacia atrás, a Iruz, y luego de nuevo a ti.


No hay ceremonia. No hay discurso. Sólo el ruido del motor volviendo al mundo. Durante los primeros minutos nadie habla. El monasterio queda atrás, luego la carretera estrecha, luego los bordes negros de los campos sorianos. El coche avanza por una meseta dormida, vacía, donde la noche parece más ancha de lo normal. La línea del horizonte apenas existe: a un lado, tierra oscura; al otro, cielo oscuro; entre medias, la carretera como una costura gris que alguien dejó a medio hacer. A ratos aparecen pueblos diminutos, manchas de luz amarilla apelmazadas en torno a una iglesia, a una gasolinera cerrada o a una plaza que ahora mismo no le importa a nadie. A ratos no hay nada durante kilómetros enteros. Sólo asfalto, postes, señales reflectantes y ese zumbido monótono que termina por adormecer incluso los pensamientos más tercos.

Iruz acaba despertándose atrás, quejándose de algo. La postura no es cómoda, por supuesto. Luego gruñe como una niña mal criada a la que le han retirado los muñecos. Tarda unos segundos en entender que el coche está en marcha.


Se incorpora lo justo para mirar por la ventanilla. Ve la carretera, la noche, la espalda recta de Ana Mercedes al volante. Te ve a ti, con cara de pánfilo. No parece contenta, sólo parcialmente irritada.


Ana Mercedes no aparta la vista de la carretera. Cambia de marcha con suavidad, como quien no está dispuesta a malgastar energía antes de tiempo. El resto del trayecto hasta la primera parada se consume sin grandes sobresaltos. La noche va cediendo muy lentamente, no a la luz todavía, sino a una especie de agotamiento del negro. El cielo empieza a aclararse por zonas, primero como una ceniza pálida en el este, luego como una promesa muy lejana de mañana.



Parada reglamentaria de descanso

Área de servicio de Soses, Lleida

📅 12 de septiembre de 2005, 06:49

Mucho después, os detenéis en una estación de servicio abierta a medias en algún punto entre Soria y la Garrotxa. Una de esas áreas impersonales que parecen existir fuera del tiempo: surtidores blancos bajo una marquesina demasiado iluminada, máquinas de café que zumbean solas, un expositor de sándwiches triangulares con aspecto de llevar allí desde otra vida, y el suelo brillante de fregona reciente.

El aire de fuera está helado. Cuando salís del coche, el cuerpo protesta. Rodillas entumecidas, hombros cargados, la sensación de haber dormido mal incluso aunque no se haya dormido nada. Ana Mercedes se estira apenas, con discreción, y se aparta el pelo de la cara mientras observa el edificio de la estación con la expresión de quien sólo quiere café y cinco minutos de silencio. Iruz, en cambio, cierra la puerta del coche con más fuerza de la necesaria.


Ana Mercedes la mira de reojo. Hay cansancio, y una paciencia que quizá no sabía que tenía.


Iruz la observa un segundo, como si valorara si pelearse por pura costumbre o aceptar la oferta. Al final se encoge de hombros, de mal humor, pero sin guerra.


Las dos desaparecen hacia el interior con sus cosas. La puerta automática se abre y se cierra tras ellas con un siseo vulgar, de esos que devuelven todo a una normalidad muy fea pero muy útil. Te quedas fuera un momento, junto a los surtidores, con la madrugada rompiéndose despacio alrededor. Algún camión duerme al otro lado del aparcamiento. Más allá, la carretera sigue esperando, extendida hacia el nordeste como una idea todavía sin forma. No parece que estéis en peligro... ¿o sí? No tardan mucho en regresar. ¿Qué les vas a decir? ¿Has hecho algo más antes de abandonar Soria? ¿Qué piensas de todo esto, Bruma?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41
Bruma Nocturna escucha la historia de Pau (asumo que se desarrolla mientras Bruma le habla de las Rocosas, del legado de su madre, de su abuelo, etc). En el encuentro con el espíritu del Lirio del Estanque Apacible, muestra respeto pero no sumisión: inclina ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero no se arrodilla. Tampoco mantiene la mirada baja, sino que la fija en el espíritu como señal de que cuenta con su atención plena. Sin embargo, no replica ni responde hasta que el Lirio termina de hablar.


Con un respetuoso gesto de cabeza, se despide del Lirio y abandona el lugar. Se aleja caminando despacio, consciente de la bendición muda de Pau, pero hace una pequeña parada antes de estar demasiado lejos para gira levemente la cabeza, mirar al hombre a los ojos y hacer un último anuncio a modo de promesa con expresión seria pero amable.


Nada más.

Tras su palabra de despedida, continúa la marcha hacia la carretera.



Al regresar al coche y ver a Iruz y Ana Mercedes, intenta actuar sin hacer demasiado ruido ni movimientos bruscos.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13

Asiente con la cabeza.


Se sube al coche intentando molestar lo mínimo posible, y rebusca por debajo del asiento. Recuerda que en algún sitio había una pequeña manta, así que intenta encontrarla para ponérsela por encima a la agotada ícaro.

Después de que Ana Mercedes arranque, solo silencio y alguna mirada furtiva al retrovisor. Como habitualmente, intenta prevenir que alguien (o algo) los esté siguiendo... o pueda aparecer desde algún lugar no físico. Cuando Iruz se despierta, solo le responde para molestar.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13




Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).


Tras la indicación, se dirige a la tienda mientras busca el dinero en su bolso de piel. Le confirma el número de surtidor al tipo calvo y con barriga, y mientras le da el cambio intenta rellenar el silencio comentando que "está la noche tranquila, ¿eh?".

Al volver al coche, recoge su cazadora del techo y se la pone sobre los hombros sin meter los brazos en las mangas. Abre la puerta del copiloto y le hace un gesto a Iruz para que se siente. Si accede, él irá detrás, en silencio, vigilando el entorno y pensando en lo ocurrido. Si Iruz replica, no discute: se sienta él en la parte delantera del coche, y mantiene la misma actitud reservada (salvo que se dirijan a él de algún modo).
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:01:54
La gravilla cede bajo tus botas cuando te alejas de la luz blanca de los surtidores, mientras el aire roza tu rostro. Es más frío, más limpio, pero notas que hay algo en cómo se queda atrapado entre los camiones que no termina de encajar. El remolque parece temblar durante un instante, lo que te lleva a detenerte durante un segundo. Tu cuerpo bombea sangre de forma demasiado ruidosa, como si tu propia existencia exaltase el silencio que hay a tu alrededor.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

Las vivencias que has pasado en el Estanque del Lirio Apacible han sido relativamente tranquilas. En tu mente, durante un breve instante, ves a Erik Angelus, transformado en la Bestia Púrpura que asoló Bilbao, ser tumbado por las formas Crinos de Aránzazu e Iris; de un destello, esa visión te muestra la Estigma Gula. Rememoras el momento en el que su piel y carne empezó a derretirse como si estuviese hecha de cera. Como del charco de desechos inmundos surgió una pequeña criatura metálica, que tuviste que reducir y destruir. Todo esto ocurre en un momento, de forma muy rápida, como si tu cerebro estuviese ajustando tus recuerdos para lo que pueda sucedeer.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).

Te detienes un segundo antes de avanzar. El pecho sube y baja más despacio, como si el cuerpo hubiese decidido por su cuenta no hacer ruido. La mirada recorre el contorno del vehículo, los reflejos muertos en la chapa, la oscuridad acumulada bajo la cabina. Das un paso más. El mundo físico no protesta cuando tiras de la celosía, al contrario. Cede demasiado fácil, como si no hubiese cortina de realidad que atravesar. Al otro lado, la estación de servicio sigue ahí... pero no es la misma. La marquesina ha perdido el brillo. Los surtidores están inclinados, como si llevasen años abandonados. El suelo no brilla: se deshace en fragmentos de tierra, hormigón y asfalto. Cada paso levanta una ceniza fina que no termina de asentarse nunca. El aire pesa, en contraste con lo que habías sentido en la Teluria. La estructura metálica se sostiene por inercia: hierro desnudo, sin pintura, repleto de óxido. Todo parece haber sido quemado desde dentro, sin fuego visible, sin humo.

Los espíritus no se esconden: no pueden. Los ves adheridos a lo que queda del lugar, reducidos a formas incompletas. Algunos no son más que una vibración, otros un contorno que tiembla al borde de desaparecer. No percibes agresividad, ni miedo, ni sorpresa, ni curiosidad. Lo que percibes, que es un sentimiento que ya empieza a ser bastante común, es agotamiento. Cuando te acercas a una de esas figuras espectrales, se remueve. Cuesta distinguir qué fue alguna vez: si un espíritu de la Tejedora, del Kaos, un reflejo del lugar... Ahora es incapaz de mantener su forma.

Intentas hablarle, y la respuesta llega tarde. Y mal.


El espíritu intenta recomponerse, pero es incapaz. No puede rememorar o mantener su forma. Su cuerpo espectral se le deshace por los bordes mientras intenta fijarse en ti.


La palabra no termina de asentarse, se fragmenta antes de llegar a ser comprendida del todo. El espíritu se pliega sobre sí mismo, incapaz de soportar más su existencia. Y lo que queda... simplemente se apaga. El resto no te dan respuestas —no porque no quieran, si no porque parece que ya no pueden—. Te quedas un segundo más. El peso de ese espacio no empuja... pero tampoco deja respirar del todo. Como si todo lo que aquí ocurrió hubiese sido ya asumido por algo más grande.

Encima de los restos de uno de los camiones, oxidado y devorado por el paso del tiempo, lo ves de nuevo. El profeta de las plumas negras, Birdman te observa en silencio. Si te diriges a él o te acercas, desaparece en una nube de plumas. Una única palabra resuena por todo el lugar, una palabra de la que desconoces el significado... «Exitus»...

Cuando vuelves, la transición es igual de fácil. La Umbra se pliega con la facilidad con la que pelas un plátano maduro. La luz blanca de los fluorescentes te golpea con una normalidad casi ofensiva. El zumbido de las máquinas, el olor a gasolina, el reflejo sucio del parabrisas... todo sigue en su sitio. Como si no hubiese pasado nada. Ana Mercedes está junto al surtidor, con el dinero en la mano. Cuenta sin prisa, con los dedos aún algo rígidos por el frío. No levanta la vista cuando te acercas, pero sabe perfectamente que ya estás ahí.


El gesto es automático. Preciso. Como alguien que ha hecho esto demasiadas veces como para pensar en ello. Iruz aparece a su lado ajustándose la ropa, con el pelo aún húmedo en algunos mechones. Te ve. Y el gesto se le endurece lo justo.


Hay algo más debajo del reproche; será el cansancio.


Ana Mercedes coge el cambio sin mirar cuánto es. Lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y se gira hacia vosotros. Su mirada pasa de Iruz a ti... y se queda un segundo más de la cuenta. Después, se asegura de adquirir unos productos para comer algo por el camino: sandwiches mojados, refrescos, agua, alguna bebida energética. Todo material de gasolinera, con un precio superior al habitual, pero justo por su ubicación.


El coche vuelve a la carretera sin más. El cielo empieza a clarear por el este, apenas una línea sucia entre nubes bajas. La noche se retira sin hacer ruido. El motor vuelve a ese zumbido constante que termina por ocupar todo el espacio. Iruz se deja caer en el asiento del conductor, mirando por la ventanilla como si no esperase nada de lo que viene. La carretera sigue hacia el nordeste.


Está recostada en el asiento de atrás, pero no parece que vaya a dormirse pronto. Notas preocupación, como si este grupo y este viaje no estuviese del todo bien montado. ¿Qué haces, Bruma Nocturna?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 11 de May 2026, 22:33:32
Durante el reconocimiento del lugar, sobre todo en el momento que transcurre en la umbra, el joven sioux entiende que no tiene ni la menor idea de lo que está ocurriendo. No siente "algo" que esté ocurriendo o causando lo que aprecia a su alrededor sino todo lo contrario, y por algún motivo que no alcanza a comprender considera que, de algún modo, en parte es su responsabilidad. Intenta ofrecer energía a algún espíritu, pero ninguno está lo suficientemente consciente como para aceptarla. Intenta sostener con su garras de Kaos los pequeños copos e hilos que flotan mientras se desintegran, con la esperanza de que, si alguno se enredase entre sus dedos, quizá ese breve contacto pudiera servir para restablecer parte de la consciencia y la voluntad de existir del espíritu al que había pertenecido. Nada funciona, nada sirve, y la la ligera sonrisa de medio lado de Birdman solo confirma que no hay nada que el chamán pueda hacer en ese momento y, lo que es peor, que él ya lo sabía.

Al regresar con las chicas, se le percibe silencioso y lúgubre; como si acabase de presenciar el funeral de alguien a quien ni siquiera el oficiante presta la correspondiente atención. En cuanto a las quejas de Iruz, simplemente las omite: cuando ella habla, simplemente desvía la mirada para fijarla en una grava mientras piensa que, probablemente, no sea más que un cascarón vacío sin representación en el mundo umbral. Se sube al coche tras la indicación de Ana Mercedes, y se queda mirando por la ventanilla cómo van pasando cada uno de los árboles, los postes de la luz, las pequeñas aves que se dejan ver de vez en cuándo...


A medida que termina la última frase, el volumen de su voz decae ligeramente mientras se lleva la yema de los dedos a la frente y el pulgar a la sien; como si una idea demasiado compleja estuviese todavía luchando por tomar una forma concreta. Mientras divaga, se da cuenta de que Ana Mercedes ha empezado a hablar y se queda en silencio mientras la escucha.

Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:01:54


Aunque dirigió la mirada brevemente a la joven cuando se dirigió a él, en seguida sus ojos volvieron a atravesar el vidrio lateral intentando crear lo que, quizá, podría ser el último recuerdo "vivo" de la región.
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34
Red de autovías nacionales: C37 y GI524 hacia La Garrotxa

📅 12 de septiembre de 2005, 09:41

El viaje vuelve a ponerse en marcha con esa normalidad fea de las carreteras largas: café malo en el estómago, gasoil reciente, plástico arrugado de sándwiches, ventanillas empañadas por dentro y una luz de mañana que no termina de limpiar nada. Durante un buen rato, Ana Mercedes permanece en silencio. Conduce con las dos manos en el volante, la espalda recta y la mirada puesta en la carretera. Parece estar buscando una forma prudente de contar algo que ni siquiera ella tiene ordenado del todo. Iruz va en el asiento de atrás, con una rodilla apoyada contra la puerta y la cabeza ladeada. No duerme. Mira el paisaje como si le hubiese ofendido personalmente.


La carretera abandona poco a poco la comodidad ancha del trayecto principal. El mundo se estrecha: los campos dejan de parecer una extensión abierta y empiezan a convertirse en parcelas húmedas, caminos agrícolas, masías distantes y líneas de árboles que cortan el horizonte en vez de dejarlo respirar. Ana cambia de marcha con suavidad. El coche vibra un poco al entrar en una carretera comarcal peor cuidada, con el asfalto remendado a parches y las cunetas comidas por la maleza.


No suena a explicación aprendida. Suena a silencios mal interpretados, a adultos cambiando de tema cuando ella entraba en la habitación. La vegetación empieza a cerrarse más alrededor del coche. Primero son hileras de árboles junto a la carretera, luego curvas más lentas. Pequeñas elevaciones oscuras, paredes de tierra húmeda, piedra negra asomando entre raíces y matorrales. Notas el cambio antes de que pueda señalarlo con palabras, la naturaleza no se vuelve más viva: se vuelve más cerca.


Iruz se incorpora un poco en el asiento trasero. Ya no tiene ese aire de estar simplemente aburrida. Tiene los ojos puestos en la ventanilla, siguiendo la masa verde que se desplaza al otro lado del cristal.


Ana Mercedes no la contradice, eso dice más que cualquier advertencia. La carretera pierde calidad a medida que avanzáis. Ya no hay grandes señales, sólo desvíos con nombres de pueblos, caminos laterales hacia casas aisladas y tramos donde el asfalto parece haber sido dejado en paz durante demasiados inviernos. Las ruedas golpean baches pequeños. En algún punto, una señal oxidada aparece torcida junto a un muro de piedra seca, medio tapada por hierba alta.


Se le tensa un poco la mandíbula. No está burlándose. Está admitiendo, a su manera, que su conocimiento del asunto está lleno de agujeros.


El coche toma una curva cerrada y el paisaje cambia otra vez. Ya no parece rural en el sentido amable de la palabra. No hay campos abiertos ni casas con humo saliendo de la chimenea. Hay bosque, roca, pendiente y humedad. La luz entra partida entre ramas altas, dejando manchas pálidas sobre el parabrisas. Algunas zonas del suelo tienen un color casi negro, como si la tierra hubiese ardido hace mucho tiempo y nadie se hubiese molestado en convencerla de que dejara de recordarlo. Iruz traga saliva. Se nota en el movimiento seco de su garganta. Intenta disimularlo con una risa nerviosa, pero no le sale del todo.


Ana Mercedes suelta aire por la nariz. No llega a reírse.


Pero ni siquiera ella parece creer que sea sólo eso. La carretera termina en un tramo estrecho, casi secundario, donde la vegetación ha empezado a reclamar los bordes. A vuestro lado hay un edificio viejo, con varios carteles publicitarios: Mas Boixeda, una masia. Parece abandonada, pero en el pasado quizás era un destino turístico. Más adelante, un camino sin asfaltar sube entre árboles y piedra oscura. No hay cartel nuevo. No hay advertencia formal. Sólo una vieja marca azulada en una roca, casi borrada, como si alguien la hubiese pintado allí hacía muchos años y luego hubiera decidido que era mejor olvidarla. Ana Mercedes aparca el vehículo en el aparcamiento improvisado que hay cerca. Hay un viejo Volkswagen escarabajo oxidado en una de las esquinas, como si no hubiese podido evitar volverse un trasto. El coche queda al ralentí durante unos segundos. El motor tiembla bajo vuestros pies.


La última frase no busca aliviar. Sólo reconocer una posibilidad desagradable. Iruz mira el sendero. Luego a ti. Luego otra vez al sendero.


Cuando el ruido del motor cesa, escuchas algo que te hiela la sangre. Bueno, decir escuchar es algo muy atrevido, porque es una sensación casi imperceptible. Es algo más espeso, más antiguo, más pendiente de ti. Ante ti está La Garrotxa, el túmulo de la Muntanya Blava: una zona volcánica olvidada por Gaia y por el Kaos, una herida negra que desde lejos podría parecer entregada al Wyrm por completo. Pero lo que notas al mirar entre los árboles no es victoria: es un aguante podrido, agotado, casi obsceno. Como si el lugar siguiera sosteniendo algo sólo porque nadie le ha dado permiso para caer.

Ana Mercedes carraspea y se asegura de que todos los enseres de viaje estén colocados en el maletero. Se pone frente a vosotros, y duda un instante. Pasa a Hispo, e invitar a Iruz a subirse. Cuando ambas están preparadas para adentrarse en el interior de La Garrotxa, te aguardan. Tú, por otra parte, notas como todo el lugar empieza a ser consciente de tu presencia.

¿Vas a seguir el camino hacia la Masía de la Cendra, o vas a detenerte a escuchar qué parte de este lugar acaba de reconocer tu presencia?
Título: Re:Episodio 2 — La Garrotxa
Publicado por: Lady Midnight en 20 de May 2026, 00:34:40
Viajar en coche nunca ha sido la actividad favorita de Bruma Nocturna, pero ha aprendido a tolerar las máquinas de los humanos en su justa medida. El ruido del motor es como una permanente sierra manejada a destiempo, que modula sus pensamientos en una corriente irregular de ideas más difícil de ordenar de lo habitual. El sabor del combustible en el aire, casi imperceptible pero imposible de obviar, hace que no sea capaz de distinguir la fragancia de las especies endémicas que se encuentran en las lindes de la vía.

Cuando Ana Mercedes comienza a hablar, el chamán sale de su rumiación y se gira ligeramente hacia ella para concentrar un poco mejor la atención. Intenta no perderse nada: ni una palabra pronunciada con más rabia, ni una frase expresada como un pensamiento en voz alta, ni una sílaba dicha con la voz un poco más rota. A medida que avanza el relato, el joven sioux ofrece retorno en forma de escucha activa y con leves muestras de empatía. Cuando habla de un túmulo que ha vivido guerras bonitas, bajo el que hay algo viejo, deja permear ese aire que desprenden aquellos que saben demasiado bien que la realidad del Garou no se corresponde con la épica de las canciones.

Tras la interrupción de Iruz, el theurge se dirige a ella con una inesperada muestra de paciencia.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Tras el breve inciso, echa un vistazo al entorno a través de las ventanillas y devuelve la atención a Ana Mercedes aprovechando que está con ánimo de hablar. Tras la descripción del Roc de la Cendra, Bruma simplemente asiente con un leve gruñido de duda. Suena misterioso, quizá peligroso, pero indudablemente atractivo. Tras once años nadando y buceando en la cultura, la historia y los conocimientos de los Garou, una experiencia que suena como una oportunidad de descubrir y aprender algo nuevo siempre es estimulante.

En el momento en el camino se estrecha y la luz cambia, los sentidos del Uktena se activan. Efectivamente, aunque no sabe qué es exactamente, es consciente de que no todo ese cambio de entorno es totalmente natural.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Cuando el molino de metal cesa, el emisario de La Noche Fría cierra los ojos y entrega sus sentidos a aquél o a aquello que ha decidido prestar atención a su presencia. ¿A la suya, o a la del grupo? No lo sabe, pero no importa: lo relevante es que esa fuerza tiene un interés lo suficientemente grande como para decidir hacerse perceptible. Al bajarse el coche, Bruma Nocturna acepta el pacto con esa energía.


Su voz es calmada y profunda, como si ya estuviese entrando en ese trance que parece que le invado cada vez que se toma tan en serio sus funciones chamánicas. Con el permiso de sus compañeras, mira al cielo sobre sus cabezas. Escucha los cantos entre el follaje, olfatea los rastros dejados entre los matorrales y saborea los últimos restos del verano entre las ramas. Se agacha para sentir el suelo con sus manos, para dejar correr la tierra entre sus dedos y, habiéndose sentido uno con la naturaleza del lugar, se asoma a la umbra del lugar con seguridad pero con respeto. Sea lo que sea lo que se ha molestado en manifestarse, merece que su atención sea correspondida.