Muelle de Mourepiane, Bassins Est del puerto de Marsella-Fos
📍 Laboratorio criogénico del USS Black Mammoth
📅 09 de diciembre de 2004, 23:10
La primera sensación no es el frío, es la sed. Un ardor seco, antiguo, clavado en la garganta como una astilla. Antes de abrir los ojos, antes incluso de ordenar un pensamiento, tu cuerpo ya sabe que algo le falta. Algo caliente. Algo vivo. La luz verdosa de un panel parpadea al otro lado del cristal empañado. El sonido llega después: un pitido regular, el murmullo eléctrico de varios monitores, el siseo hidráulico de la cápsula al liberar presión. La tapa cilíndrica se abre despacio y una nube de vapor frío se derrama por los bordes, reptando sobre el suelo metálico del laboratorio.
Tus párpados tiemblan. Al principio, todo es borroso. Sombras verticales. Reflejos en acero. Figuras moviéndose al otro lado de una niebla artificial. El líquido de criopreservación se desliza por tu cuello, por tus clavículas, por los electrodos que se desprenden de tu piel con pequeños chasquidos húmedos. Respiras, y el aire te hace daño. Entonces tu cuerpo se incorpora de golpe, con una violencia torpe que no parece tuya. Los dedos se cierran contra el borde de la cápsula. Las uñas chirrían sobre el metal. La mandíbula se tensa, y bajo los labios notas el pinchazo familiar de los caninos alargándose por instinto. Sientes hambre; no, es sed. Una sed feroz, vergonzosa, imposible de razonar.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Escena_Black_Mammoth.jpg)
La voz masculina llega desde tu izquierda, baja, medida, con un ceceo suave que se engancha en algunas sílabas. No suena como la de un médico. Tampoco como la de un soldado. Suena demasiado joven. Cuando consigues enfocar, ves a un chico pelirrojo, de piel clara y rostro adolescente, quizá quince o dieciséis años como mucho. Pero hay algo extraño en él. Los ojos no encajan con la cara. Son demasiado viejos, demasiado cansados, como si ese cuerpo no hubiera tenido permiso para envejecer a la misma velocidad que su dueño. Se acerca sin movimientos bruscos y te coloca una manta sobre los hombros. No te toca más de lo necesario, y eso también resulta extraño.
A su lado, un hombre de aspecto más adulto revisa una consola con el ceño fruncido. Tiene el rostro serio, los hombros tensos y una manera de moverse que parece hecha de disciplina y culpa. No lleva bata, pero todo en él tiene algo clínico: los dedos sobre los controles, la mirada clavada en tus constantes, el silencio calculado antes de acercarse a tu brazo con una aguja conectada a una bolsa oscura.
El pinchazo es limpio. La sangre entra en tus venas con una calidez casi obscena. Cierras los ojos sin querer. El mundo, hasta entonces inclinado y remoto, vuelve poco a poco a encajar en su sitio. Los bordes de las luces se afilan. El zumbido de los motores se separa del sonido de los monitores. El olor a antiséptico, acero helado y humedad naval deja de ser una masa confusa y se convierte en capas distintas. Tus manos, aún temblorosas, buscan la bolsa. El hombre de la consola no te la aparta. La sostienes con demasiada fuerza, como si alguien pudiera arrebatártela. Bebes lo que queda con una avidez que tu rostro no sabe disimular. Cada trago apaga una parte del incendio. Cada segundo de claridad trae consigo una vergüenza más precisa. Cuando la bolsa queda vacía, tus dedos tardan un momento en soltarla. El silencio del laboratorio parece ensancharse.
Hay otras cápsulas cerca. Dos de ellas siguen conectadas a sistemas de mantenimiento, cubiertas de escarcha en los bordes del cristal. En una distingues una silueta delgada, inmóvil, con el rostro ladeado como si escuchara algo desde muy lejos. En la otra hay un muchacho enorme, de piel oscura y hombros descomunales incluso bajo la quietud artificial del sueño. No parece un paciente. Parece alguien diseñado para romper una puerta con el cuerpo si despierta de mal humor. No sabes sus nombres, no sabes si deberías saberlos. La duda dura apenas un segundo, pero deja una marca incómoda detrás de la nuca.
El chico pelirrojo intercambia una mirada breve con el hombre de la consola antes de arrodillarse frente a ti. Lo hace despacio, sin invadir tu espacio, pero con la urgencia contenida de quien sabe que cada palabra puede romper algo.
El nombre te atraviesa con una obediencia limpia. Épsilon. Laura Wong. Tu espalda se endereza casi sola. La manta resbala un poco por tus hombros, pero no haces ningún gesto para sujetarla. Hay frío en tu piel, fluido criogénico en tu pelo negro, una debilidad desagradable en las rodillas y una pregunta acumulándose detrás de los dientes. Pero antes de preguntar, asientes. Un movimiento mínimo. Automático. Perfecto. El chico pelirrojo lo ve. El hombre de la consola también. Y, por alguna razón, esa obediencia parece dolerles más que cualquier rechazo.
Las palabras quedan suspendidas entre los tres. En la pared curva del laboratorio, un rótulo metálico recoge la luz verdosa de los paneles: USS Black Mammoth. El suelo vibra con un pulso grave, constante, demasiado profundo para una instalación terrestre. Bajo tus pies hay motor, presión y distancia. Quizá mar. Quizá algo peor. Intentas hablar. La primera vez no sale nada. Tu garganta sigue áspera, como si llevara meses sin pronunciar una sola sílaba. Inspiras despacio, midiendo el aire, obligando a tu voz a regresar con la misma disciplina con la que otras veces has obligado a tu cuerpo a no temblar.
El hombre no lo dice como una orden. Eso lo hace más extraño. El chico pelirrojo sigue frente a ti, con las manos visibles y la mirada fija en tus ojos. Hay determinación en su rostro, pero también algo más turbio. Culpa, tal vez. O miedo a que, cuando recuerdes lo suficiente, dejes de verlo como un salvador. El último recuerdo claro antes del hielo no es una sala de criogenia. Es Venecia. Agua negra bajo un puente. Un estuche de violonchelo. Una carpeta roja. Una fotografía. El rostro de Bartholomew Wong mirándote desde el papel como un error imposible. Luego, la orden. Luego, tus manos cumpliéndola. La sed vuelve a moverse dentro de ti, más débil ahora, pero todavía presente. Te aferras a la manta con los dedos rígidos y levantas la vista hacia el chico pelirrojo. El laboratorio espera contigo.
Las cápsulas respiran. El hombre de la consola observa los monitores como si los números pudieran protegeros de lo que viene. El muchacho enorme duerme bajo el cristal. La otra figura permanece inmóvil, suspendida entre el hielo y la vida.
Ahora te das cuenta. Estos hombres están hablando en español. Lo habías aprendido, y lo habías practicado muy poco. Tu castellano sonaba afrancesado. El uso de tu nombre es peor que el código. Porque Épsilon sabe obedecer. Laura, en cambio, no está segura de saber qué hacer.
¿Qué vas a hacer, Laura?
Laura tarda un segundo más de lo necesario en soltar la bolsa vacía.
Los dedos se le han quedado rígidos alrededor del plástico, demasiado tensos, demasiado posesivos. Cuando por fin la deja, lo hace con cuidado, como si el gesto pudiera ser evaluado. Baja la mirada a sus manos, luego al punto del brazo donde la aguja ha entrado limpia. Después comprueba la manta, el suelo, las cápsulas, la consola, las salidas visibles. No se levanta. Todavía no.
El español llega con un pequeño retraso. Lo entiende. Puede responder. Pero cada palabra parece tener que atravesar una capa de hielo antes de salir.
Su espalda permanece recta, aunque las rodillas no estén sosteniendo nada. La palabra liberada no encaja en ningún protocolo que conozca. Tampoco encajan la manta, la sangre ofrecida, la ausencia de correas, ni esa forma de mirarla como si hubiera algo que lamentar.
Laura mira primero al chico pelirrojo. Luego al hombre de la consola. No hay desafío en el gesto, solo cálculo contenido.
Hace una pausa breve. La garganta aún arde, pero ya no gobierna por completo sus movimientos. Eso mejora la situación. También la vuelve más peligrosa.
Sus dedos suben hasta el borde de la manta y la sujetan por fin. No para cubrirse. Para impedir que las manos busquen algo que ya no está en su cintura.
El Ka-bar.
La ausencia del peso resulta más precisa que el frío.
Laura no aparta la vista de Patrick. Su voz sigue siendo educada, baja, casi impecable. Solo la mandíbula, demasiado apretada, delata que hay algo debajo intentando romper la superficie.
El plástico de la bolsa vacía cruje una última vez entre tus dedos antes de quedar abandonado sobre la manta. Patrick mira ese gesto más de lo que mira tus ojos. La forma en que sueltas la bolsa. La forma en que revisas el punto de inserción de la aguja. La manera exacta en que preguntas por identificación, cadena de mando y estado de custodia, como si el mundo pudiera recomponerse si alguien pronunciara el código adecuado. Durante un segundo, el chico pelirrojo no sabe qué cara poner. No parece sorprendido por tu obediencia. Parece herido por reconocerla.
La palabra le sale baja, casi entre dientes. Luego aparta la mirada hacia el hombre de la consola, como si buscara una respuesta menos torpe que la suya. Mauricio no se mueve enseguida. Sus dedos permanecen sobre el borde metálico de la terminal, junto a los monitores que siguen midiendo tu pulso, tu temperatura, tu saturación de oxígeno. El pitido regular de la máquina llena el hueco que ninguno de los dos ocupa a tiempo.
Patrick chasquea la lengua, incómodo al escuchar su nombre completo en voz alta.
Mauricio no le sigue la broma. Apenas le dedica una mirada breve, suficiente para cerrarle la boca durante dos segundos.
La frase queda limpia sobre la mesa, demasiado limpia quizá para una sala con cápsulas, sangre y cierres criogénicos todavía goteando frío. Patrick se inclina un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Tiene las manos visibles, abiertas, pero los dedos no dejan de moverse. Pulgar contra índice. Índice contra nudillo. Un tic nervioso, de calle, de alguien que ha aprendido a quedarse quieto solo cuando no le queda más remedio.
Mauricio cierra los ojos un instante.
El pelirrojo se muerde la lengua. Literalmente. La mandíbula se le tensa, y cuando vuelve a hablar, lo hace más despacio, con el ceceo más marcado por el esfuerzo de contenerse.
El laboratorio parece escuchar con vosotros. Una de las cápsulas del fondo emite un chasquido leve, seguido por un ajuste automático de presión. El muchacho enorme del interior no se mueve. La otra silueta permanece suspendida bajo una luz azulada, con el rostro casi borrado por la escarcha. Mauricio suspira ante el desdén de Patrick. Éste traga saliva.
Mauricio baja la vista hacia la pantalla. No contradice nada. Eso, quizá, pesa más que cualquier confirmación.
Patrick asiente, demasiado rápido.
La palabra correa deja una suciedad extraña en el aire. Patrick parece darse cuenta tarde. Se frota la nariz con el dorso de la mano, incómodo, y por primera vez su edad aparente pesa más que su mirada. Un adolescente pelirrojo, delgado, con pecas y ojeras, intentando explicarle a una asesina reeducada que ya no pertenece a nadie.
Mauricio se aparta de la consola y se acerca solo un paso. Lo justo para que puedas verlo mejor. Lo justo para no cerrarte la salida de la cápsula.
Patrick lo mira de reojo, como si esa última posibilidad le costara más de lo que quiere admitir.
El comentario debería romper algo de la tensión. No lo hace del todo. Pero sí desplaza el peso un milímetro. Mauricio toma la bolsa vacía con cuidado y la deja en una bandeja metálica. El sonido del plástico contra el acero es pequeño, casi ridículo, dentro de una sala capaz de congelar cuerpos humanos durante meses. Luego mira el punto donde tus dedos sujetan la manta, no para cubrirte, sino para impedir que las manos busquen un arma ausente.
Patrick baja la voz.
La naturalidad con que lo dice resulta incómoda. No presume. No amenaza. Solo reconoce algo feo, como quien señala una gotera en el techo. Después vuelve a mirarte a los ojos.
La frase se queda ahí, torpe y desnuda. No es una orden. Eso la vuelve difícil de colocar. Mauricio inspira despacio, como si midiera el siguiente paso con el mismo cuidado con el que antes ha medido la sangre.
Patrick se encoge un poco de hombros.
El motor del Black Mammoth vibra bajo el suelo. No es una vibración fuerte, pero está ahí, constante, recordándote que este lugar se mueve o está preparado para hacerlo. Fuera del laboratorio hay pasillos. Puertas. Probablemente guardias. Probablemente más mentiras. Quizá menos que antes. Quizá solo otras distintas. Patrick sigue arrodillado delante de ti. Mauricio permanece a un lado, serio, cansado, con la mirada fija en tus manos por si decides moverte. Las cápsulas respiran a tu espalda. Y por primera vez desde que despiertas, nadie rellena el silencio con una instrucción.
Laura escucha sin moverse.
No porque esté tranquila. Porque una sala sin cadena de mando es una sala sin suelo.
Los nombres se ordenan despacio. Mauricio Belmonte. Patrick Kabarga. Omega. Ese último encaja de otra manera; no como una respuesta, sino como una pieza antigua sacada de una caja equivocada. México. Instalaciones. Pasillos blancos. Voces medidas. Designaciones antes que nombres.
Sus dedos se cierran un poco más sobre la manta.
Lo pronuncia con cuidado, como si comprobar el sonido pudiera confirmar la realidad. Después mira a Mauricio. No baja la cabeza, pero tampoco sostiene la mirada como un desafío. La sostiene como una medición.
La frase sale limpia. Demasiado limpia. Laura tarda un instante en darse cuenta de que no ha respondido a lo importante. Nadie reclama autoridad sobre ella. Nadie le ordena respirar. Nadie le ordena quedarse. Nadie le ordena ser útil.
Eso no la alivia.
Desliza una mano hasta el borde de la cápsula y prueba el peso de su propio cuerpo con una presión mínima. Los músculos responden con retraso. La sed ya no manda, pero sigue ahí, como un animal encerrado detrás de las costillas. No se levanta todavía.
Una pausa.
La contradicción le endurece la mandíbula. Por un segundo, sus ojos van hacia las otras cápsulas. La figura del muchacho enorme. La silueta delgada bajo la escarcha. Tres cápsulas recuperadas. Tres activos. Tres posibles errores en curso.
No pregunta si están bien. La pregunta existe, pero no encuentra una forma segura de salir.
Solo entonces vuelve a mirar a Patrick. A Omega. La palabra Laura sigue siendo peor que Épsilon, porque no trae instrucciones adheridas.
Lo dice sin dramatismo. Casi como una incidencia médica.
Sus dedos se separan un poco de la manta, luego vuelven a cerrarse. No busca correr. No busca atacar. Busca el lugar exacto donde una herramienta puede quedarse cuando nadie quiere sostenerla.
La última palabra queda mal en su boca. Material. No la corrige.
Laura baja un instante la mirada hacia sus manos vacías y permanece sentada en el borde de la cápsula, recta, mojada de frío, esperando una respuesta que pueda obedecer sin saber cómo llamarla.
Mauricio escucha la frase sin corregirla: extracción no autorizada. El término parece encontrar un sitio cómodo en la sala, mucho más cómodo que liberación. Cabe entre los monitores, entre las cápsulas, entre los cierres hidráulicos aún húmedos de escarcha, Mauricio sabe que cabe demasiado bien. Patrick no lo encaja igual. El pelirrojo baja la mirada un segundo, apretando la mandíbula. La palabra material le ha hecho algo. No mucho. Lo suficiente para que una sombra le cruce la cara antes de contestar.
No hay burla real en su voz. Solo cansancio, rabia y una especie de pena mal colocada. Mauricio alza una mano sin mirarlo, pidiéndole silencio. Esta vez Patrick obedece, aunque lo hace bufando por la nariz.
La admisión queda limpia. Sin adorno. Sin intento de convertirla en algo más noble. Mauricio se aparta un poco de la consola y gira una de las pantallas hacia ti. No lo suficiente para que tengas que inclinarte. Lo justo para que puedas ver tres líneas de datos, tres registros de temperatura, tres ritmos cardíacos lentos bajo la quietud inducida.
Patrick tuerce la boca al escuchar las designaciones.
Mauricio le dedica una mirada breve, pero esta vez no lo corta. Tal vez porque la información es útil. Tal vez porque, por una vez, Patrick ha dicho algo parecido a lo correcto. En el fondo del laboratorio, la cápsula del muchacho enorme emite un ajuste de presión.
Patrick mira hacia la cápsula del muchacho de piel oscura, con un gesto entre respeto y prevención.
La broma no termina de ser broma. Mauricio vuelve a mirar los monitores.
Patrick chasquea la lengua.
El silencio posterior pesa de otra forma. La palabra correas vuelve a rozar el aire, pero Patrick no se disculpa esta vez. Solo baja un poco los ojos, como si hubiese aprendido tarde que algunas palabras no necesitan intención para hacer daño. Mauricio toma aire despacio.
Patrick ladea la cabeza hacia él, esperando quizá que Laura detecte la forma exacta de aquella frase. No era una orden. Tampoco una cesión. Era un límite.
El pitido del monitor marca dos pulsos más. Patrick deja de moverse. Por una vez, no interrumpe.
Patrick se frota las manos contra los pantalones, como si tuviera frío o como si quisiera quitarse algo de encima.
Mauricio no lo corrige. Eso vuelve la respuesta más fea.
El Black Mammoth vibra bajo vuestros pies, como si el propio buque quisiera confirmar la frase. En algún lugar más allá del laboratorio, una compuerta se cierra con un golpe profundo. Después, otra vez el zumbido eléctrico, el aliento de las cápsulas, el pulso de las máquinas. Patrick vuelve a mirarte. Ya no sonríe. Ya no intenta hacerse el gracioso.
Se inclina un poco hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas. Sus ojos siguen siendo demasiado viejos para esa cara llena de pecas.
Se detiene. Ahí sí hay una pausa real. No mira a Mauricio. No busca permiso.
Mauricio baja la mirada un instante, como si esa promesa le pareciera peligrosa.
Ni siquiera mira a su amigo. Patrick clava su mirada en ti.
La respuesta sale seca. Durante un segundo, el adolescente pelirrojo desaparece un poco, y queda algo más antiguo debajo. Algo que sabe exactamente qué significa despertar con una vida escrita por otros.
Mauricio no responde enseguida. Mira tus manos. Mira la manta. Mira la aguja aún sujeta al brazo. Luego asiente con una lentitud que parece costarle más que cualquier maniobra técnica.
El silencio posterior no se llena con una instrucción. Eso sigue sin parecer libertad. Pero, por primera vez, se parece un poco menos a custodia. Patrick se incorpora despacio. No se aleja demasiado, pero deja de estar arrodillado ante ti. Tal vez porque acaba de entender que esa postura también podía parecer otra cosa. Ahora recuerdas a Mauricio. Lo has visto en algunas de las reuniones que se celebraban para evaluaros ante decenas de Garou de la Justicia Metálica. Lo conociste porque era el hermano mayor de Pi, una de las Ícaro de misiones sociales. Las pocas veces que hablaste con Pi, ella no paraba de hablar de él.
Mauricio vuelve a la consola y reduce el flujo de la vía, revisando tus constantes con cuidado.
Patrick resopla, más bajo.
Esta vez, la frase no suena como una broma. El muchacho enorme duerme en su cápsula. La figura delgada sigue quieta bajo la escarcha. El laboratorio conserva su frío, sus luces verdes, su olor a sangre y metal. Y tú sigues sentada en el borde de la cápsula, sin arma, sin orden, sin suelo firme. Pero con respuestas. No todas. Las suficientes para que el siguiente movimiento sea tuyo.
La palabra libre vuelve a caer sobre ella con el peso de algo sin manual. No es una autorización. No es una exención. No es una orden de permanencia ni una orden de retirada. Es un hueco.
Sus ojos se desvían hacia Mauricio cuando el recuerdo encaja al fin con una lentitud desagradable. Reuniones. Observación. Garou. Informes leídos en voz alta o guardados en carpetas. Pi hablando demasiado de un hermano mayor con una confianza que Laura nunca había sabido clasificar. No dice que lo recuerda. Primero lo verifica por dentro.
Después apoya una mano en el borde de la cápsula y baja un pie al suelo metálico. La planta desnuda toca el frío. Los dedos se contraen, pero no retira la pierna. Su otra mano sigue cerca de la vía, sin arrancarla.
La frase va dirigida a Mauricio, aunque no lleva afecto. Solo reconocimiento.
Laura respira despacio. El cuerpo aún no está completo. Hay temblor fino en los muslos, en la mano que sujeta la manta, en la mandíbula que intenta no tensarse demasiado. No se permite mirar mucho tiempo hacia las otras cápsulas, pero vuelve a hacerlo de todos modos.
Tau. Omicron.
Kaari. Dominique.
Los nombres no sustituyen a las designaciones. Las acompañan de una forma incómoda.
Hace una pausa. La palabra rebelión queda peor que extracción no autorizada. Es más amplia. Más sucia. Más viva.
Laura baja el segundo pie al suelo. Durante un instante parece que va a incorporarse del todo, pero solo traslada peso con cuidado, midiendo la respuesta de las rodillas. No cae. Eso basta por ahora.
La manta resbala un poco. Laura la recoloca con un gesto mecánico, sin mirarse el cuerpo. Su atención está en puertas, vías de salida, consola, cápsulas, manos visibles, distancia hasta Patrick, distancia hasta Mauricio.
No hay cadena de mando.
Entonces busca una función.
La voz no cambia. Pero la frase sí. No dice obedeceré. No dice me uno. No dice gracias.
Sus dedos se detienen sobre el punto donde el Ka-bar debería estar. El vacío allí sigue siendo exacto.
Mira a Patrick al decirlo. No como una amiga. No todavía. Pero tampoco como un objetivo.
La frase sale demasiado seria para parecer una broma. Quizá por eso no intenta corregirla.
Laura se endereza un poco más. El monitor sigue hablando por ella, marcando un pulso que todavía no ha aprendido a obedecer del todo.
Una pausa mínima.
Laura baja la mirada hacia sus manos vacías solo un segundo.
No añade señor.
La ausencia queda ahí, pequeña y peligrosa, mientras Laura permanece al borde de la cápsula, recta bajo la manta, con los pies descalzos sobre el metal frío y la decisión sostenida como una herida recién cerrada.
Tus palabras dejan en shock a Patrick: la expresión «echo un cable» parece quedarse flotando delante de él, suspendida entre la solemnidad de tus preguntas y el temblor que todavía te recorre las piernas. Abre la boca, pero no dice nada al principio. Una sonrisa breve le tuerce un lado de los labios —no llega a ser una carcajada ni una burla—, pero es más pequeña que eso. Casi alivio.
Señala hacia ti con el índice, como si acabases de formular por fin una cláusula que él también comprende.
Mauricio contempla al pelirrojo durante un instante, pero no le corrige. Su atención baja después hasta tus pies desnudos, apoyados sobre el suelo metálico. Observa el temblor fino de los gemelos, la tensión en las rodillas y la vía todavía insertada en tu brazo. Se aproxima con cuidado.
La frase tiene forma de orden. Mauricio parece darse cuenta casi al mismo tiempo que tú, pero sus dedos se detienen antes de tocar el adhesivo transparente.
Patrick resopla por la nariz.
Mauricio retira el adhesivo sin brusquedad cuando permites que se acerque. Presiona una gasa contra el punto de entrada y extrae la aguja con un movimiento limpio. Una gota de sangre aparece sobre la piel antes de desaparecer bajo el algodón. El olor llega enseguida. No es suficiente para despertar la sed, pero sí para recordarte que continúa ahí. Mauricio mantiene la presión durante unos segundos y después fija la gasa con una tira de esparadrapo. Sus manos no tiemblan.
Se vuelve hacia la consola principal y acciona uno de los controles. Una pantalla secundaria se ilumina junto a la cápsula, proyectando líneas de datos verdosos sobre el cristal. Ritmo cardíaco. Temperatura. Actividad cortical. Presión interna. Saturación sanguínea.
No tienes ni idea de lo que el Garou te está pidiendo. Patrick se incorpora, estirando las piernas después de permanecer tanto tiempo agachado. Al ponerse en pie vuelve a parecer un adolescente flaco perdido en una sudadera demasiado grande. Solo sus ojos contradicen esa impresión.
Mauricio accede a otro menú y los registros empiezan a desplazarse por la pantalla.
Patrick levanta una ceja.
Mauricio gira despacio la cabeza hacia él.
El pelirrojo sostiene su mirada durante un instante. Después baja los hombros y asiente, aceptando la diferencia.
Mauricio abre un compartimento bajo la consola y extrae un paquete envuelto en plástico transparente. Dentro hay ropa oscura doblada: pantalones, una camiseta de manga larga, ropa interior y calcetines gruesos. No es tu uniforme, pero tampoco pertenece a un hospital. Lo deja sobre una superficie metálica cercana.
Señala una hoja gris al fondo del laboratorio. No está cerrada, y desde tu posición puedes ver parte del interior: un lavabo, un espejo, una barra metálica y otra puerta más estrecha.
Patrick ya se está girando.
Eso ha sonado muy fuera de lugar. Carraspeas, mientras ves como avanza dos pasos hacia la puerta principal, aunque se detiene antes de cruzarla. Mira de nuevo las cápsulas. Después a ti.
Mauricio no confirma ni niega el comentario. Se limita a cerrar uno de los paneles de la consola, y finalmente, él también se acerca a Patrick. Este momento te da la oportunidad de acercarte al baño y cambiarte. Te pones la ropa de forma automática, como lo hacías cuando debías ponerte de misión. Solo que... esta vez parece que no estás de misión. Tienes una sensación muy rara. Al rato, regresas al punto dónde te despertaron, y allí sigue esa extraña pareja de Ícaro y Garou al mismo nivel. Mauricio no es el Cuidador de Patrick, ni Patrick es el Ícaro al cargo de Mauricio.
Hace una pausa antes de responder a la parte más difícil.
Patrick se apoya contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados.
Mauricio sonríe, y deja caer algo entre dientres como «pues el que sabe que el barco está lleno de humanos». Igualmente, despliega un plano esquemático del laboratorio. La sala aparece marcada en el centro de la cubierta inferior. Dos rutas conducen hacia la escalera principal. Una tercera desemboca en un pasillo de mantenimiento y, desde allí, en un montacargas de carga.
Patrick señala con un dedo la segunda ruta.
El plan tiene demasiados puntos vulnerables, pero también es el único que tienes delante. Mauricio te deja espacio junto a la pantalla secundaria. Los registros de Tau y Omicron continúan desplazándose con una regularidad casi hipnótica. Durante varios minutos solo se escucha la respiración asistida de las cápsulas, el zumbido del sistema y el roce de Patrick contra el marco cada vez que cambia el peso de una pierna a otra.
Entonces una línea amarilla aparece en la parte inferior de la consola. Mauricio la ve antes de que emita sonido, y sus hombros se tensan. El aviso desaparece durante medio segundo y vuelve a surgir, esta vez acompañado por un pulso breve. Patrick deja de apoyarse en la consola.
Mauricio abre el registro de comunicaciones. Una secuencia de números recorre la pantalla y se detiene sobre una identificación incompleta. No es una llamada ni un mensaje. Es una consulta automática. Alguien está comprobando desde fuera si el transpondedor del Black Mammoth sigue respondiendo.
Sus dedos se mueven por la consola con rapidez, bloqueando el intento y copiando el origen antes de cortar la conexión. Patrick se aparta del teclado. Ya no parece un adolescente.
Mauricio observa la información recuperada. La mandíbula se le endurece.
El silencio del laboratorio cambia. Ahora cada pitido parece demasiado alto, cada luz demasiado visible, cada segundo detenido en el puerto una concesión al enemigo. Mauricio cierra el registro y mira hacia ti.
Patrick se dirige ya hacia la puerta.
Se detiene un instante, con una mano apoyada sobre el cierre.
Espera a que lo mires.
La puerta se abre con un chasquido hidráulico. Patrick desaparece por el pasillo, y el sonido rápido de sus pasos se pierde entre el rumor de los motores. Mauricio permanece junto a la consola principal, trabajando sobre la señal interceptada. Delante de ti, los registros de Tau y Omicron siguen avanzando. Y una primera decisión que nadie ha tomado por ti.
La puerta termina de cerrarse tras Patrick, pero Laura mantiene la mirada sobre ella durante un segundo más.
Ya la tienes.
La frase produce una reacción que procura ocultar: sus hombros pierden una fracción de tensión. No es alivio suficiente para resultar agradable. Es el reconocimiento inmediato de una estructura. Una tarea concreta. Un límite temporal. Algo que puede completarse o fallarse.
Cuando vuelve la atención hacia la consola, la ropa seca todavía le resulta ajena. No es uniforme, no indica pertenencia y no permite identificar su función. Aun así, deja de tiritar con tanta violencia.
Laura se coloca frente a la pantalla secundaria y apoya ambas manos sobre el borde metálico, sin tocar todavía ningún control. Lee una vez los indicadores visibles. Después una segunda, más despacio.
Ritmo cardíaco. Temperatura. Saturación. Presión. Actividad cortical.
Puede interpretar constantes básicas. Puede reconocer una caída, una aceleración o una irregularidad evidente. Pero aquello no es un monitor hospitalario común, y seis horas de datos criogénicos no se convierten en conocimiento solo porque alguien espere una respuesta en cinco minutos.
No mira a Mauricio al contestar. Sus ojos siguen el desplazamiento de las líneas.
La formulación tiene la precisión de una repetición de seguridad. No porque necesite demostrar obediencia, se dice. Porque un error puede matar a Tau y Omicron.
Kaari y Dominique.
Laura abre los informes disponibles de las últimas seis horas. Empieza por Tau. Divide mentalmente el periodo en intervalos, comparando los valores actuales con los anteriores. Busca cambios sostenidos, no oscilaciones aisladas: aumentos de temperatura, pérdida de saturación, interrupciones del suministro y picos de actividad muscular. Cada incidencia queda marcada para revisión, pero no confirmada como fallo hasta que pueda compararla con la otra cápsula.
Después repite el procedimiento con Omicron.
No intenta comprender todo el sistema. Se concentra en encontrar diferencias.
Si ambas cápsulas muestran una variación simultánea, puede pertenecer al suministro común. Si solo una la presenta, el problema probablemente está en la unidad. Si un dato cambia sin que los demás reaccionen, puede ser un sensor. Es una lógica incompleta, pero es mejor que fingir competencia.
Sus dedos se detienen al llegar a los controles de mantenimiento. No los toca.
La petición sale rápida, sin tratamiento y sin apartar la vista.
Laura busca en la interfaz opciones que pueda consultar sin activarlas: registros de traslado, autonomía de emergencia, batería auxiliar, cierre de seguridad, tolerancia a interrupciones y modo de transporte. Lee los títulos aunque parte de la terminología no le resulte familiar. Si existe documentación técnica, abre únicamente los apartados informativos.
No pulsa nada que implique confirmación.
La admisión le resulta desagradable. La palabra no permanece unos instantes en su garganta antes de salir. Aun así, no la sustituye por una mentira más útil.
Laura inclina ligeramente la cabeza hacia los cables y conducciones que unen las cápsulas con la instalación. Sigue cada conexión visible desde el cristal hasta el suelo, intentando distinguir qué pertenece a alimentación eléctrica, nutrientes, control térmico o monitorización.
No desconecta nada. No comprueba una unión tirando de ella. Solo observa.
Sus piernas aún tiemblan, pero ya no necesita bloquear las rodillas para sostenerse. El cuerpo responde mejor cuando tiene algo delante que no admite dudas emocionales.
Durante los siguientes minutos alterna entre Tau y Omicron, anotando mentalmente tres categorías: estable, incidencia, dato insuficiente. No confunde la ausencia de alarmas con seguridad. Tampoco permite que el desconocimiento paralice el análisis.
Al concluir la primera revisión, endereza la espalda.
Mira entonces a Mauricio.
La dureza de la frase no va dirigida contra él. Va contra una parte de sí misma que ya está buscando la respuesta que resultaría más útil, aunque no fuese cierta.
Laura vuelve a los registros. Sus ojos recorren las líneas verdes mientras cuenta el tiempo mediante los pulsos regulares del monitor.
Cinco minutos.
Una tarea.
Y dos personas dormidas que no pueden permitirse que ella finja saber más de lo que sabe.
Durante unos segundos, Mauricio solo observa la pantalla que has ordenado sin tocar nada que no debías tocar. Sus ojos pasan de los históricos a las incidencias marcadas, de las incidencias a las conducciones visibles, de las conducciones a tus manos quietas sobre el borde de la consola. No parece satisfecho, parece menos preocupado. Se inclina sobre la consola principal y abre una vista técnica que hasta ahora permanecía oculta. Dos esquemas aparecen superpuestos sobre los registros de Tau y Omicron: cilindros completos, módulos internos, plataforma inferior, batería auxiliar, soporte térmico y sistema de mantenimiento vital independiente.
Sus dedos se desplazan por el panel. La variación de temperatura que has marcado aparece en ambas cápsulas con apenas un segundo de diferencia.
Abre otra ventana.
- Tau: autonomía auxiliar estimada, veintiséis minutos.
- Omicron: autonomía auxiliar estimada, diecisiete minutos.
La diferencia no necesita explicación. El muchacho enorme consume más incluso dormido.
El laboratorio tiembla con las cápsulas. Un siseo bajo. Un pulso eléctrico. El frío que todavía se agarra al cristal.
Entonces la puerta se abre de golpe. Patrick entra con la respiración alta, la sudadera cerrada a medias y una bolsa cruzada al pecho. Lleva una pistola en una mano y una tarjeta de acceso en la otra. El pelo pelirrojo se le pega a la frente. La cara de adolescente sigue ahí, pero la expresión ya no le pertenece del todo.
Mauricio se vuelve hacia él.
Patrick niega con la cabeza.
Una sirena corta atraviesa la fragata. Tres pulsos secos. Después, una voz en inglés, amortiguada por los altavoces de cubierta. No entiendes todas las palabras. No hace falta. El tono basta. Patrick mira hacia el techo.
Mauricio no pierde tiempo en discutirlo. Introduce una clave, confirma una autorización y desplaza hacia ti la pantalla secundaria. La opción aparece limpia, demasiado clara para lo que implica. Modo transporte.
Patrick abre la boca. Mauricio lo corta sin mirarlo.
Esta vez Patrick no bromea, solo traga saliva. La primera confirmación responde bajo tus dedos. La cápsula de Tau emite un siseo prolongado. Los tubos de alimentación se contraen dentro de sus cubiertas transparentes, las válvulas giran en secuencia y los anclajes inferiores se desbloquean con golpes mecánicos, uno tras otro. Todos los puntos están en verde, y confirmas que se pueden soltar. La silueta delgada bajo la escarcha no se mueve. Patrick ya está junto a la cápsula de Omicron, con una mano apoyada en el cristal. No golpea. No empuja. Solo la deja ahí un segundo, como si el muchacho dormido pudiera entender algo a través del frío.
Mauricio pulsa la segunda autorización: la cápsula de Omicron tarda más. El módulo entero vibra con un sonido más grave. Las luces interiores bajan durante un instante y el indicador térmico queda en amarillo. Patrick se queda completamente inmóvil. Mauricio inclina la cabeza hacia la pantalla, pero no toca nada. El amarillo dura dos segundos. Luego cambia a verde. Patrick suelta el aire por la nariz.
Las ruedas ocultas descienden bajo ambas plataformas. El laboratorio cruje cuando el peso cambia de apoyo. Las conducciones principales se separan con dos golpes secos, y por primera vez desde que despiertas, las cápsulas ya no pertenecen a la sala. También han dejado de estar protegidas por ella. Mauricio te entrega el mando de Tau. Es simple: una palanca direccional, un freno, un botón rojo de emergencia y un indicador de autonomía.
Patrick coge el control de Omicron sin esperar indicación.
La puerta se abre. Al otro lado, el pasillo del Black Mammoth ha perdido su limpieza de laboratorio. Las luces blancas parpadean bajo el rojo intermitente de la alarma. El metal del suelo vibra con pasos lejanos, motores auxiliares, cierres automáticos y voces que se acercan desde alguna cubierta superior. Patrick asoma primero, escucha. Levanta una mano y hace un gesto obsceno. No te parece que sea profesional, pero nada de esto es profesional. Espera, luego avanza. Omicron le sigue con un murmullo eléctrico, enorme, lento, encerrado bajo cristal. El muchacho permanece inmóvil, ajeno al ruido, al movimiento y a la pistola que Patrick mantiene baja pero preparada. Tú guías a Tau detrás. La plataforma responde demasiado bien. Demasiado suave. Una presión mínima basta para mover cientos de kilos de metal, cristal y vida suspendida. No parece esfuerzo. Parece obediencia, y eso la vuelve peligrosa.
Mauricio sale el último y bloquea el laboratorio desde fuera. El cierre cae con un golpe seco a vuestra espalda. La cápsula abierta donde despertaste queda atrás. Vacía. Atravesáis el pasillo central. Patrick no corre. Se mueve deprisa, pero no corre. Cada pocos metros se detiene, escucha y decide. No se parece a un soldado siguiendo un protocolo. Se parece a alguien que ha aprendido a escapar de sitios que no querían dejarlo salir. En el primer cruce, levanta el puño y vuelve a hacer un gesto obsceno. Todos os detenéis. Al otro lado de una puerta automática se oyen voces. Dos hombres. Inglés. Una radio crepitando. El sonido metálico de un arma chocando contra un chaleco.
Mauricio señala el corredor de mantenimiento. Patrick cambia de dirección sin discutir. La ruta secundaria es más estrecha. Tuberías calientes, rejillas, olor a grasa, salitre y aislamiento quemado. La cápsula de Omicron roza una pared y el cristal vibra con un sonido bajo, desagradable. Patrick aprieta los dientes.
El joven Garou le dice que avance con las manos. Detrás de vosotros, la puerta del pasillo central se abre. Una voz grita. Patrick no se vuelve.
Las plataformas aceleran. El indicador de Tau sigue en verde. Veintidós minutos. Omicron baja a catorce. El corredor desemboca en un montacargas industrial. Patrick pulsa el botón. Nada. Lo pulsa otra vez, más fuerte, como si pudiera intimidar a la maquinaria.
Mauricio aparta a Patrick con el hombro, pasa una tarjeta por el lector e introduce un código manual. Las puertas empiezan a abrirse con una lentitud obscena. Al fondo del corredor aparece una silueta. Mono de mantenimiento. Chaleco bajo la ropa. Arma larga. Patrick dispara primero. El estruendo dentro del pasillo resulta brutal. El hombre retrocede contra el marco y desaparece de la línea de visión. Otro grito responde desde detrás.
Pero tú podrías actuar rápidamente y neutralizar las amenazas. No necesitarías siquiera un arma corta, con tus brazos y agilidad sería suficiente.
¿Qué vas a hacer, Laura?