Jonah alza las cejas cuando le señalas desde la otra punta de la cubierta. El marinero que está con él se queda mirando entre los dos, sin entender nada, con el vaso medio levantado y la expresión de quien acaba de decidir que quizá ya ha bebido suficiente.
El marinero suelta una carcajada breve. Jonah aprovecha para dar un trago, hace una mueca horrible y mira el contenido del vaso como si acabase de dar un buche a un meado.
Pero tú ya no le estás mirando, ¿por qué ibas a hacer caso a un idiota británico? El humo sigue ahí, y debería llevarte ante ése intruso. O debería. Activas tus sentidos y el mundo se vuelve más afilado. La sal del Atlántico se abre en varias capas, que son para ti como manchas de pintura amarilla: el metal húmedo del barco, el óxido de las cadenas, el sudor de los marineros, la peste a alcohol del aliento de Jonah. No buscas eso, buscas el tabaco. Reciente y antiguo al mismo tiempo. Das un paso hacia la barandilla. El rastro del otro Jonah es evidente durante unos segundos: humo seco, piel cansada, electricidad quemada, ozono y ceniza fría. No es un olor normal, pero se desvanece de repente. Simplemente, ya no está ahí, como si alguien hubiese cortado el hilo que estabas siguiendo con unas tijeras. Te quedas frente a la barandilla, con el Atlántico negro golpeando muy abajo y el frío metiéndose por la ropa. Allí donde debería continuar el rastro, sólo queda mar. Mar, sal, hierro... y algo más. Es muy poco, sutil, escaso. Demasiado poco, pero imposible. Un matiz casi imposible entre el tabaco y la suciedad. Es Pluma.
No es su presencia, ni un rastro que puedas seguir. Es apenas una sensación adormecida, hundida en el borde de la memoria: cuero viejo, hierbas secas, piel humana, su cabello junto al fuego. Algo tan familiar que durante un instante el pecho se te cierra antes de que puedas decidir qué hacer con ello. El percebe de Xolomotl se enfría en tu bolsillo. Detrás de ti, Jonah se acerca unos pasos, todavía con el vaso en la mano.
Entonces se detiene: mira el punto exacto donde estaba el otro Jonah.
Durante un segundo parece a punto de preguntar algo. Luego parpadea, mira el mar, mira su vaso, vuelve a mirar el mar y aprieta la mandíbula con una incomodidad casi física. El viento se levanta de pronto: una ráfaga repentina, llena de frío y olor a salitre. Las superficie vibra. Una luz de la cubierta parpadea tres veces. Jonah se lleva el vaso a los labios, pero no bebe.
El marinero, más lejos, se gira hacia proa. Notas una sensación absurda, imposible de explicar con palabras, pero, durante un instante, el horizonte parece alejarse y acercarse al mismo tiempo. El mar deja de golpear el casco con ritmo natural y empieza a hacerlo como una aguja saltando sobre un disco rayado. Una ola impacta contra la proa, y luego otra, y otra más. Jonah se te queda mirando, algo condescendiente.
El aire se pliega a tu alrededor. Sin luces, ni explosiones, pero notas una presión seca en los oídos, como al bajar demasiado deprisa por una montaña, y el sabor súbito de metal en la lengua. El mundo vuelve a pestañear, pero cuando vuelves, ya no huele igual. El Atlántico sigue ahí, pero el aire trae otra cosa: humo, combustible, basura, café, humanidad comprimida. A lo lejos, entre bruma y amanecer gris, se alza una línea de edificios imposibles. Torres, grúas, luces, puentes.
Una ciudad gigantesca, que te recuerda a cuando vivías en Los Ángeles. El barco avanza hacia la entrada del puerto como si siempre hubiese estado a unas horas de llegar. Jonah se queda mirando la ciudad con el vaso aún en la mano.
Hace una pausa.
El percebe sigue frío en tu bolsillo. ¿Cómo no iba a estarlo, con el viento tan terrible que se ha levantado? El rastro del otro Jonah ya no está. Pero ese matiz imposible de Pluma del Viento se te ha quedado pegado en algún lugar entre la nariz y el alma, tan breve que casi podrías convencerte de haberlo imaginado. Casi.
El marinero suelta una carcajada breve. Jonah aprovecha para dar un trago, hace una mueca horrible y mira el contenido del vaso como si acabase de dar un buche a un meado.
Pero tú ya no le estás mirando, ¿por qué ibas a hacer caso a un idiota británico? El humo sigue ahí, y debería llevarte ante ése intruso. O debería. Activas tus sentidos y el mundo se vuelve más afilado. La sal del Atlántico se abre en varias capas, que son para ti como manchas de pintura amarilla: el metal húmedo del barco, el óxido de las cadenas, el sudor de los marineros, la peste a alcohol del aliento de Jonah. No buscas eso, buscas el tabaco. Reciente y antiguo al mismo tiempo. Das un paso hacia la barandilla. El rastro del otro Jonah es evidente durante unos segundos: humo seco, piel cansada, electricidad quemada, ozono y ceniza fría. No es un olor normal, pero se desvanece de repente. Simplemente, ya no está ahí, como si alguien hubiese cortado el hilo que estabas siguiendo con unas tijeras. Te quedas frente a la barandilla, con el Atlántico negro golpeando muy abajo y el frío metiéndose por la ropa. Allí donde debería continuar el rastro, sólo queda mar. Mar, sal, hierro... y algo más. Es muy poco, sutil, escaso. Demasiado poco, pero imposible. Un matiz casi imposible entre el tabaco y la suciedad. Es Pluma.
No es su presencia, ni un rastro que puedas seguir. Es apenas una sensación adormecida, hundida en el borde de la memoria: cuero viejo, hierbas secas, piel humana, su cabello junto al fuego. Algo tan familiar que durante un instante el pecho se te cierra antes de que puedas decidir qué hacer con ello. El percebe de Xolomotl se enfría en tu bolsillo. Detrás de ti, Jonah se acerca unos pasos, todavía con el vaso en la mano.
Entonces se detiene: mira el punto exacto donde estaba el otro Jonah.
Durante un segundo parece a punto de preguntar algo. Luego parpadea, mira el mar, mira su vaso, vuelve a mirar el mar y aprieta la mandíbula con una incomodidad casi física. El viento se levanta de pronto: una ráfaga repentina, llena de frío y olor a salitre. Las superficie vibra. Una luz de la cubierta parpadea tres veces. Jonah se lleva el vaso a los labios, pero no bebe.
El marinero, más lejos, se gira hacia proa. Notas una sensación absurda, imposible de explicar con palabras, pero, durante un instante, el horizonte parece alejarse y acercarse al mismo tiempo. El mar deja de golpear el casco con ritmo natural y empieza a hacerlo como una aguja saltando sobre un disco rayado. Una ola impacta contra la proa, y luego otra, y otra más. Jonah se te queda mirando, algo condescendiente.
El aire se pliega a tu alrededor. Sin luces, ni explosiones, pero notas una presión seca en los oídos, como al bajar demasiado deprisa por una montaña, y el sabor súbito de metal en la lengua. El mundo vuelve a pestañear, pero cuando vuelves, ya no huele igual. El Atlántico sigue ahí, pero el aire trae otra cosa: humo, combustible, basura, café, humanidad comprimida. A lo lejos, entre bruma y amanecer gris, se alza una línea de edificios imposibles. Torres, grúas, luces, puentes.
Una ciudad gigantesca, que te recuerda a cuando vivías en Los Ángeles. El barco avanza hacia la entrada del puerto como si siempre hubiese estado a unas horas de llegar. Jonah se queda mirando la ciudad con el vaso aún en la mano.
Hace una pausa.
El percebe sigue frío en tu bolsillo. ¿Cómo no iba a estarlo, con el viento tan terrible que se ha levantado? El rastro del otro Jonah ya no está. Pero ese matiz imposible de Pluma del Viento se te ha quedado pegado en algún lugar entre la nariz y el alma, tan breve que casi podrías convencerte de haberlo imaginado. Casi.
