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Mensajes - Maurick

#1
Jonah alza las cejas cuando le señalas desde la otra punta de la cubierta. El marinero que está con él se queda mirando entre los dos, sin entender nada, con el vaso medio levantado y la expresión de quien acaba de decidir que quizá ya ha bebido suficiente.


El marinero suelta una carcajada breve. Jonah aprovecha para dar un trago, hace una mueca horrible y mira el contenido del vaso como si acabase de dar un buche a un meado.


Pero tú ya no le estás mirando, ¿por qué ibas a hacer caso a un idiota británico? El humo sigue ahí, y debería llevarte ante ése intruso. O debería. Activas tus sentidos y el mundo se vuelve más afilado. La sal del Atlántico se abre en varias capas, que son para ti como manchas de pintura amarilla: el metal húmedo del barco, el óxido de las cadenas, el sudor de los marineros, la peste a alcohol del aliento de Jonah. No buscas eso, buscas el tabaco. Reciente y antiguo al mismo tiempo. Das un paso hacia la barandilla. El rastro del otro Jonah es evidente durante unos segundos: humo seco, piel cansada, electricidad quemada, ozono y ceniza fría. No es un olor normal, pero se desvanece de repente. Simplemente, ya no está ahí, como si alguien hubiese cortado el hilo que estabas siguiendo con unas tijeras. Te quedas frente a la barandilla, con el Atlántico negro golpeando muy abajo y el frío metiéndose por la ropa. Allí donde debería continuar el rastro, sólo queda mar. Mar, sal, hierro... y algo más. Es muy poco, sutil, escaso. Demasiado poco, pero imposible. Un matiz casi imposible entre el tabaco y la suciedad. Es Pluma.

No es su presencia, ni un rastro que puedas seguir. Es apenas una sensación adormecida, hundida en el borde de la memoria: cuero viejo, hierbas secas, piel humana, su cabello junto al fuego. Algo tan familiar que durante un instante el pecho se te cierra antes de que puedas decidir qué hacer con ello. El percebe de Xolomotl se enfría en tu bolsillo. Detrás de ti, Jonah se acerca unos pasos, todavía con el vaso en la mano.


Entonces se detiene: mira el punto exacto donde estaba el otro Jonah.


Durante un segundo parece a punto de preguntar algo. Luego parpadea, mira el mar, mira su vaso, vuelve a mirar el mar y aprieta la mandíbula con una incomodidad casi física. El viento se levanta de pronto: una ráfaga repentina, llena de frío y olor a salitre. Las superficie vibra. Una luz de la cubierta parpadea tres veces. Jonah se lleva el vaso a los labios, pero no bebe.

El marinero, más lejos, se gira hacia proa. Notas una sensación absurda, imposible de explicar con palabras, pero, durante un instante, el horizonte parece alejarse y acercarse al mismo tiempo. El mar deja de golpear el casco con ritmo natural y empieza a hacerlo como una aguja saltando sobre un disco rayado. Una ola impacta contra la proa, y luego otra, y otra más. Jonah se te queda mirando, algo condescendiente.


El aire se pliega a tu alrededor. Sin luces, ni explosiones, pero notas una presión seca en los oídos, como al bajar demasiado deprisa por una montaña, y el sabor súbito de metal en la lengua. El mundo vuelve a pestañear, pero cuando vuelves, ya no huele igual. El Atlántico sigue ahí, pero el aire trae otra cosa: humo, combustible, basura, café, humanidad comprimida. A lo lejos, entre bruma y amanecer gris, se alza una línea de edificios imposibles. Torres, grúas, luces, puentes.

Una ciudad gigantesca, que te recuerda a cuando vivías en Los Ángeles. El barco avanza hacia la entrada del puerto como si siempre hubiese estado a unas horas de llegar. Jonah se queda mirando la ciudad con el vaso aún en la mano.


Hace una pausa.


El percebe sigue frío en tu bolsillo. ¿Cómo no iba a estarlo, con el viento tan terrible que se ha levantado? El rastro del otro Jonah ya no está. Pero ese matiz imposible de Pluma del Viento se te ha quedado pegado en algún lugar entre la nariz y el alma, tan breve que casi podrías convencerte de haberlo imaginado. Casi.
#2
Tus preguntas caen sobre el británico con el peso de un plumaje rebosante de responsabilidad. Sonríe, pero no es un gesto alegre, si no algo más burlón. Tiene algo cansado, como si le hiciera gracia que hayas llegado a la conclusión correcta demasiado pronto y demasiado tarde a la vez.

Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34


El cigarro se consume entre sus dedos. La brasa tiembla con el viento, diminuta, casi ridícula frente a la negrura del Atlántico.

Cita de: Denebia en 17 de May 2026, 00:58:34


El humo le sale por la boca y se pierde hacia el mar.


Te mira entonces con esos ojos demasiado hundidos, agotados.


La frase queda ahí, pequeña, sin adornos. Antes de que puedas responder, una voz llega desde más lejos, arrastrada por el viento de cubierta.


El sonido viene desde el otro lado de la cubierta, cerca de unas cajas aseguradas con cadenas. Jonah está allí, con un vaso metálico en la mano, hablando con uno de los marineros. Con hombros inquietos, verborrea rauda y la cara de no haber entendido jamás la palabra prudencia. Te giras hacia él, casi de forma natural. Sólo un instante. Cuando vuelves la mirada hacia la barandilla, eres consciente de que estás sola. El hedor a humo aún se aguanta en el ambiente. Sólo el Atlántico golpeando el casco y el percebe seco en tu bolsillo, frío como una pregunta que nadie ha formulado todavía.

Desde el otro lado de la cubierta, Jonah vuelve a llamarte, ahora con un punto de impaciencia.


El marinero a su lado se ríe sin entender nada. Y Jonah tampoco.

¿Qué es lo que vas a hacer, Brisa? Aún notas la presencia de Xolomotl.


#3
Bruma Nocturna / Re:Episodio 2 — La Garrotxa
17 de May 2026, 00:23:34
Red de autovías nacionales: C37 y GI524 hacia La Garrotxa

📅 12 de septiembre de 2005, 09:41

El viaje vuelve a ponerse en marcha con esa normalidad fea de las carreteras largas: café malo en el estómago, gasoil reciente, plástico arrugado de sándwiches, ventanillas empañadas por dentro y una luz de mañana que no termina de limpiar nada. Durante un buen rato, Ana Mercedes permanece en silencio. Conduce con las dos manos en el volante, la espalda recta y la mirada puesta en la carretera. Parece estar buscando una forma prudente de contar algo que ni siquiera ella tiene ordenado del todo. Iruz va en el asiento de atrás, con una rodilla apoyada contra la puerta y la cabeza ladeada. No duerme. Mira el paisaje como si le hubiese ofendido personalmente.


La carretera abandona poco a poco la comodidad ancha del trayecto principal. El mundo se estrecha: los campos dejan de parecer una extensión abierta y empiezan a convertirse en parcelas húmedas, caminos agrícolas, masías distantes y líneas de árboles que cortan el horizonte en vez de dejarlo respirar. Ana cambia de marcha con suavidad. El coche vibra un poco al entrar en una carretera comarcal peor cuidada, con el asfalto remendado a parches y las cunetas comidas por la maleza.


No suena a explicación aprendida. Suena a silencios mal interpretados, a adultos cambiando de tema cuando ella entraba en la habitación. La vegetación empieza a cerrarse más alrededor del coche. Primero son hileras de árboles junto a la carretera, luego curvas más lentas. Pequeñas elevaciones oscuras, paredes de tierra húmeda, piedra negra asomando entre raíces y matorrales. Notas el cambio antes de que pueda señalarlo con palabras, la naturaleza no se vuelve más viva: se vuelve más cerca.


Iruz se incorpora un poco en el asiento trasero. Ya no tiene ese aire de estar simplemente aburrida. Tiene los ojos puestos en la ventanilla, siguiendo la masa verde que se desplaza al otro lado del cristal.


Ana Mercedes no la contradice, eso dice más que cualquier advertencia. La carretera pierde calidad a medida que avanzáis. Ya no hay grandes señales, sólo desvíos con nombres de pueblos, caminos laterales hacia casas aisladas y tramos donde el asfalto parece haber sido dejado en paz durante demasiados inviernos. Las ruedas golpean baches pequeños. En algún punto, una señal oxidada aparece torcida junto a un muro de piedra seca, medio tapada por hierba alta.


Se le tensa un poco la mandíbula. No está burlándose. Está admitiendo, a su manera, que su conocimiento del asunto está lleno de agujeros.


El coche toma una curva cerrada y el paisaje cambia otra vez. Ya no parece rural en el sentido amable de la palabra. No hay campos abiertos ni casas con humo saliendo de la chimenea. Hay bosque, roca, pendiente y humedad. La luz entra partida entre ramas altas, dejando manchas pálidas sobre el parabrisas. Algunas zonas del suelo tienen un color casi negro, como si la tierra hubiese ardido hace mucho tiempo y nadie se hubiese molestado en convencerla de que dejara de recordarlo. Iruz traga saliva. Se nota en el movimiento seco de su garganta. Intenta disimularlo con una risa nerviosa, pero no le sale del todo.


Ana Mercedes suelta aire por la nariz. No llega a reírse.


Pero ni siquiera ella parece creer que sea sólo eso. La carretera termina en un tramo estrecho, casi secundario, donde la vegetación ha empezado a reclamar los bordes. A vuestro lado hay un edificio viejo, con varios carteles publicitarios: Mas Boixeda, una masia. Parece abandonada, pero en el pasado quizás era un destino turístico. Más adelante, un camino sin asfaltar sube entre árboles y piedra oscura. No hay cartel nuevo. No hay advertencia formal. Sólo una vieja marca azulada en una roca, casi borrada, como si alguien la hubiese pintado allí hacía muchos años y luego hubiera decidido que era mejor olvidarla. Ana Mercedes aparca el vehículo en el aparcamiento improvisado que hay cerca. Hay un viejo Volkswagen escarabajo oxidado en una de las esquinas, como si no hubiese podido evitar volverse un trasto. El coche queda al ralentí durante unos segundos. El motor tiembla bajo vuestros pies.


La última frase no busca aliviar. Sólo reconocer una posibilidad desagradable. Iruz mira el sendero. Luego a ti. Luego otra vez al sendero.


Cuando el ruido del motor cesa, escuchas algo que te hiela la sangre. Bueno, decir escuchar es algo muy atrevido, porque es una sensación casi imperceptible. Es algo más espeso, más antiguo, más pendiente de ti. Ante ti está La Garrotxa, el túmulo de la Muntanya Blava: una zona volcánica olvidada por Gaia y por el Kaos, una herida negra que desde lejos podría parecer entregada al Wyrm por completo. Pero lo que notas al mirar entre los árboles no es victoria: es un aguante podrido, agotado, casi obsceno. Como si el lugar siguiera sosteniendo algo sólo porque nadie le ha dado permiso para caer.

Ana Mercedes carraspea y se asegura de que todos los enseres de viaje estén colocados en el maletero. Se pone frente a vosotros, y duda un instante. Pasa a Hispo, e invitar a Iruz a subirse. Cuando ambas están preparadas para adentrarse en el interior de La Garrotxa, te aguardan. Tú, por otra parte, notas como todo el lugar empieza a ser consciente de tu presencia.

¿Vas a seguir el camino hacia la Masía de la Cendra, o vas a detenerte a escuchar qué parte de este lugar acaba de reconocer tu presencia?
#4
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
16 de May 2026, 23:51:59
Kara mira el cigarro que le ofreces. Durante un segundo parece que va a aceptarlo, más por tener algo entre los dedos que por ganas reales de fumar. Al final niega despacio con la cabeza. Tiene la espalda demasiado recta, el traje blanco demasiado limpio y los ojos demasiado cansados para que ninguna de esas cosas parezca casual.

Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04Me saco un cigarro y me lo enciendo, dando una profunda calada y ofreciendo otro a mi compañera.


Aparta la mirada hacia la entrada del centro comercial. La gente sigue pasando a vuestro lado sin detenerse: parejas con bolsas, un padre tirando de un niño, una mujer hablando por el móvil con gesto de impaciencia. Todo normal. Todo insultantemente normal. Cuando vuelve a mirarte, ha recuperado parte de la compostura, pero no toda.

Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04-Cuando sucedió todo lo de la reunión en la Media Luna y el atentado, mi instinto me decía que alguno de nuestros superiores tenía algo que ver... era demasiada coincidencia y demasiados intereses entremezclados... todo ello me generó suspicacia... -calo el cigarro- y en parte, no erraba... -me encojo de hombros- no fueron ni Terry ni Semyon, nuestros superiores directos, pero si fue Esteban... de ahí que viera que algo no cuadraba y mi desconfianza durante la misión...


No hay veneno en su voz. Hay cansancio. Una clase de cansancio que no nace sólo de no haber dormido. Cuando preguntas por la noche anterior, Kara respira hondo. No parece incómoda por la pregunta, sino por lo poco que puede sacar de ella sin mancharse más.


Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04Con respecto a la nueva misión ¿Puedes aportarme algún detalle?¿Has llegado a conocer en persona a Valeria Parhon?

Mira a un lado y a otro. Notas que sus ojos se iluminan con un resplandor plateado durante un instante, casi imperceptible. Clava su mirada en tus ojos.


Una ráfaga de viento arrastra olor a gasolina y lluvia vieja desde el aparcamiento. Kara mira hacia las cristaleras de la entrada, como si estuviera calculando trayectorias, salidas, reflejos. O quizá sólo intentando no mirarte durante un segundo.

Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04¿Qué hicisteis anoche tantas horas Vytalian, Semyon y tú?¿Debo preocuparme de algo?


Se le marca la mandíbula al decir eso último.


Kara gira un poco la cabeza hacia la Cafetería Begoña, visible tras los cristales de la planta baja. El local tiene mesas pequeñas, carteles de desayunos, una barra demasiado iluminada y camareros moviéndose con prisa rutinaria. Nada destaca demasiado. Precisamente por eso resulta incómodo: entonces la ves. Una mujer joven, de postura impecable, sentada junto al ventanal. El cabello oscuro cae limpio sobre los hombros. Lleva ropa elegante, discreta, demasiado bien escogida para un centro comercial de las afueras a estas horas. Tiene una taza delante, pero no parece haber bebido apenas. Sus manos descansan sobre la mesa con una quietud extraña, los dedos largos, finos, casi inmóviles. En una de ellas brilla un anillo con una gema roja. No mira nerviosa alrededor, ni está mirando el reloj continuamente. Kara baja la voz.


Durante un instante, la rusa se queda a tu lado sin moverse. El traje blanco, el aparcamiento gris, el cristal de la cafetería y esa mujer sentada al otro lado componen una imagen demasiado limpia para todo lo que lleva debajo.


Kara te mira una última vez antes de apartarse.


La puerta automática del centro comercial se abre con un suspiro mecánico cada vez que alguien entra o sale. Al otro lado, Valeria Parhon sigue sentada junto al ventanal, quieta, elegante y ajena al hilo que otros han atado alrededor de su cuello.

¿Qué vas a hacer, Mark?
#5
Durante un instante se queda de pie junto al arcón cerrado, con una mano todavía apoyada sobre el cierre y la otra suspendida en el aire, como si hubiese olvidado qué iba a hacer con ella. La dureza de tus palabras no parece herirla al principio. Lo que la atraviesa es otra cosa: una fisura seca en algo que ella creía perfectamente medido.


Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37

Lo dice entre dientes, como si pronunciar las palabras le doliese. Himitsu mira el arcón, el suelo del camarote, la puerta por la que estás a punto de marcharte. Sus dedos se tensan sobre el cuero oscuro de la maleta.


La litera cruje con el vaivén del barco. En algún punto detrás de la pared, una tubería hace ruido tres veces. Himitsu no te mira con culpa todavía, pero notas que sigue atrapada en su propio error, en la humillación silenciosa de haber entrado en una casa antigua creyendo conocer las bisagras.


Entonces te ve de verdad. Ve tu mano en el pomo. Tu cuerpo ladeado hacia la puerta. La rabia contenida en los hombros, en la forma de respirar, en el modo en que has decidido no quedarte a escuchar una explicación que ahora mismo sólo sonaría como una defensa. Está a punto de contestarte, pero te marchas antes de que pueda formar algo. Cuando sales, no te sigue. Y tú ya estás en la cubierta.

El pasillo metálico huele a una mezcla entre aceite, acero y humedad. Los pasos resuenan demasiado en aquella garganta estrecha de hierro, y cada tramo de escalera parece alejarte un poco más de la habitación. Cuando abres la puerta exterior, el viento te golpea en la cara. No una simple brisa, una ráfaga de viento poderosa. Y entonces ahí está, para ti. Para todos los tripulantes del barco: el mar.

Cita de: Denebia en 29 de Abr 2026, 13:07:37Salgo de la habitación sin dar portazo, solo cierro la puerta de forma calmada. Todos los malos sentimientos vuelven a agolparse en mi mente y freno las amargas lágrimas que tratan de salir al exterior. Me aferro al regalo de Xolomotl y voy a la cubierta para tomar el aire fresco.

El Atlántico está por todas partes, negro y enorme bajo un cielo abierto, respirando contra los costados del barco. La cubierta se extiende bajo tus pies con una amplitud brutal. Luces tenues, barandillas húmedas, contenedores asegurados con cadenas, metal frío, charcos pequeños que tiemblan con cada vibración del motor. El barco es gigantesco, mucho más grande de lo que parecía desde el puerto. Una ciudad de hierro cruzando una oscuridad sin caminos. Y durante un segundo, tu mente te juega una mala pasada y se dobla.

El olor a salitre varía lo mínimo. El viento ya no es el del Atlántico. La cubierta del USS Iron Providence vuelve a formarse en algún rincón de tu memoria con una nitidez cruel. Luces blancas, uniformes, movimientos perfectos exigidos por Sophie Kult. El suelo vibrando bajo las botas de los marineros. Y la imagen de aquellas tres mujeres apareciendo de repente, como si hubiesen llegado volando. Recuerdas como aterrizaron en la cubierta, como cundió el pánico y como los cuerpos musculosos de aquellos militares se deshacían como si no fuesen más que polvo. El horror de no poder hacer suficiente. De estar allí, otra vez, en mitad de una cubierta inmensa, con el mar alrededor y el mundo partiéndose bajo los pies.

La barandilla está fría bajo tu mano, y vuelves en ti. El Atlántico sigue ahí, pero ya no es el Báltico. No hay mujeres en cubierta, y no hay marineros desintegrándose. Sólo viento, motor y una noche oscura, humeante. El olor te llega antes de girarte: es el tabaco. Apestoso, seco, humano. Te molesta en seguida. También te molesta descubrir que Jonah está ahí, a pocos pasos, apoyado contra una estructura metálica, con un cigarro entre los dedos y con una expresión de condescendencia enorme. No sabes cuánto lleva observándote. Tiene peor aspecto que en Redcoast: allí era una nube de nervios con piernas, todo palabras, gestos rápidos y ganas de hacerse notar. Ahora parece más bajo de hombros, más gastado. Las ojeras se le han hundido en la cara y la mano con la que sostiene el cigarro tiembla apenas, aunque puede que sea por el viento. Suspira.


Da otra calada, larga, sin placer visible. El humo se le escapa por la nariz y desaparece enseguida, despedazado por el aire marino. Jonah no sonríe. No hace una broma inmediata para salvarse de la incomodidad. Eso, en él, resulta casi más extraño que cualquier cosa que pudieras haber visto bajo el agua.


Te mira de soslayo. Te mira como alguien que sabe que algo ha salido mal, que ha tenido que meter las manos en una herida que no entiende, y que ahora espera comprobar si al menos el desastre ha servido para algo; el cigarro arde entre sus dedos, con su pestilente humo que no te gusta nada. Al otro lado de la barandilla, el mar golpea el casco. Jonah aguarda tu respuesta.
#6
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
26 de Abr 2026, 20:59:31
Suspira, realmente parece abrumada. El aspecto taciturno que presentaba antes poco a poco se derrumba, aunque intenta mantener la compostura. Traga saliva.

Cita de: Mark en 26 de Abr 2026, 19:04:22¿Cómo lo llevas?


Toma aire, como si el hecho de estar contando esto le doliese.



¿Qué le respondes, Mark? ¿O prefieres irte directamente a reunirte con el contacto? Tú decides.
#7
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
23 de Abr 2026, 13:22:25
El coche se traga la carretera con un zumbido constante, y durante un buen rato sólo se oye el motor, el roce del aire por la ventanilla y el papel del dossier entre tus manos. Vytalian aguanta en el asiento del copiloto con el hombro pegado a la puerta y la cabeza girada a medias hacia la carretera. Kara conduce con las dos manos fijas en el volante, la mandíbula dura, los ojos clavados al frente. La luz gris de la mañana le cae de lado y le marca el cansancio bajo los párpados. Tu análisis se queda unos segundos flotando dentro del coche. Nadie lo interrumpe al principio. Luego Vytalian gira la cabeza despacio, te mira muy raro por el retrovisor y exhala por la nariz con una mueca de fastidio.


No levanta la voz. Tampoco se molesta en sonar agresivo. Lo suyo es otra cosa... cansancio con dientes. La carretera empieza a ondularse entre montes, y el paisaje va cerrándose poco a poco. Más verde. Más húmedo. También más estrecho. Al fondo ya se insinúan naves, grúas, chimeneas apagadas, una ría que todavía no ves pero que ya parece empujar el aire. Kara no aparta la vista del asfalto cuando habla.


El nombre del otro clan deja un poso extraño en el coche. No por nuevo, sino por lo que arrastra. El rumor del motor sigue debajo, como si quisiera taparlo. Vytalian se acomoda un poco en el asiento y suelta una risa seca, breve, de esas que no tienen nada de alegría.


No espera respuesta. La frase le sale como si llevara tiempo dándole vueltas y le diera igual si alguien se la compra o no. Kara tarda un poco en intervenir. Cuando lo hace, ya se ve Bilbao recortándose al fondo entre el verde, apretado dentro del valle como una ciudad a la que nunca dejaron crecer hacia los lados. Todo parece comprimido. Los árboles, las naves industriales, los bloques grises, los puentes, los accesos. Hasta la luz.

Cita de: Mark en 21 de Abr 2026, 18:14:21-En el presunto de que tuviera que dar órdenes de campo a un grupo de agentes y con la ausencia de contexto al que ya me tenéis últimamente acostumbrado... la forma de afrontar a este sujeto sería a través de vigilancia silenciosa, pues no podríamos simplemente "limpiar" el problema, ya que si la atacamos de frente, el "Anillo Carmesí" podría enviar un protocolo de autodestrucción o exponer todo el túmulo. Además, me inclinaría por localizar a Rogers: necesitaríamos encontrar a Verónica antes de que los controladores de Parhon decidieran que es hora de "cerrar el expediente". En definitiva, deberíamos tener cautela, pues esta tipa no pelea con garras, pelea con secretos y, en este trabajo, un secreto bien colocado te mata más rápido que una bala de plata.


Vytalian vuelve a reírse, esta vez algo más suelto. Se frota la barbilla y niega una vez con la cabeza.


Kara carraspea. No con brusquedad, pero sí con ese tono suyo que deja claro que una broma ha durado lo justo.


El ruso mira hacia atrás, buscando tu atención.


Kara carraspea.


La entrada a Bilbao os cae encima poco después. Primero el verde. Laderas húmedas, árboles espesos, hierba alta pegada a la carretera. Luego el valle se estrecha y todo cambia de golpe. El tejido industrial se mete entre los montes como una costra vieja: naves, depósitos, chimeneas, hierro, hormigón, vallas, pasos elevados. La ciudad aparece gris incluso cuando no debería serlo. Gris en los edificios, en la piedra, en el agua, en el cielo bajo. Una ciudad encajada a presión entre colinas y fábricas, con la sensación de llevar demasiado tiempo respirando humo mojado. El Euskovereda está a las afueras, grande, anodino, rodeado de coches y asfalto, con ese aire de lugar en el que la gente compra cosas para no pensar demasiado en el resto del día. Kara mete el vehículo en el aparcamiento sin decir nada. Encuentra un hueco cerca de una hilera de cristaleras y apaga el motor.

El silencio que queda dentro del coche pesa un segundo más de la cuenta. Vytalian sale primero. Se estira el cuello, observa la entrada principal, los accesos, la gente que entra y sale sin saber nada de lo que se mueve a su alrededor.


Kara ya está fuera también. El traje blanco que lleva parece recién sacado de la funda, perfecto, liso, caro. Le queda como si lo hubiera elegido alguien que entiende que una armadura también puede ser tela buena. El pelo rubio lo lleva bien cuidado, sujeto con una precisión que casi da más miedo que las heridas de ayer.


Vytalian localiza un espejo cerca de la entrada lateral, uno de esos paneles decorativos pegados a una columna. Se acerca, apoya una mano y desaparece al otro lado con la naturalidad desagradable del que ya ha hecho esto demasiadas veces. Entonces os quedáis a solas. Kara no habla enseguida. Se queda frente a ti, con un hombro algo vencido, respirando despacio. La gente sigue cruzando el aparcamiento a pocos metros, bolsas en la mano, niños arrastrando los pies, motores arrancando. Todo tan normal que casi da rabia. Cuando por fin levanta los ojos hacia ti, no hay dureza en ellos. Hay cansancio. Mucho. Y algo más que le cuesta sostener.


La frase no lleva alivio. Tampoco orgullo. Le sale como salen las cosas que una se ha repetido en silencio varias veces antes de atreverse a decirlas en voz alta. Luego calla. Y durante un instante sólo queda eso. El ruido lejano de un carrito golpeando un bordillo, el viento arrastrando olor a gasolina y a lluvia vieja, y Kara mirándote a los ojos con el peso de todo lo que ha pasado todavía encima del cuerpo.

Cita de: Mark en 21 de Abr 2026, 18:14:21-¿Podéis darme más información o simplemente Semyon os lanzó el informe al asiento de atrás del coche y os dio un "buena suerte" a modo de pago?


¿Qué vas a hacer, Mark?
#8
El océano permanece inmóvil durante unos segundos que se te meten en el cuerpo como una fiebre lenta. Ni siquiera el temblor de los percebes parece ya un movimiento natural, notas que todo ahí abajo escucha y sigue tus torpes movimientos submarinos. Tú sigues flotando frente a aquella inmensidad enterrada, aguardando una respuesta. Te paras a pensar si lo que has respondido lo has hecho con tu boca o con tu mente. ¿Quizás este inmenso ser también se sabe la del «Chat mental»? Los millares de ojos húmedos que cubren el lecho marino parpadean al unísono, y la luz azulada que los une se vuelve más densa, más profunda, como si hubiese bajado un pensamiento entero por las grietas del fondo. Himitsu no se acerca más, se queda quieta, suspendida en esa forma monstruosa, con los bigotes inmensos oscilando por el vaivén del agua. Te mira a ti otra vez, no a la presencia que tenéis delante.

Y entonces la voz vuelve.


El fondo cruje bajo las colonias de percebes, y un movimiento que levanta un montón de arena te permite entender la forma de Xolomotl un poco mejor: una curva inmensa, placas calcáreas, pliegues que parecen lecho y carne a la vez.

Cita de: Denebia en 21 de Abr 2026, 01:26:44


La frase se te queda dentro del corazón, pesada y molesta, como una verdad que no te apetecía recibir y, aun así, encaja. A tu lado, Himitsu se mueve al fin. No demasiado, con el gesto prudente de quien sabe que está al borde de preguntar algo que no debería.


Las luces del lecho marino se apagan durante un momento, lo justo para que el frío empiece a notarse a través de tus escamas. La respuesta de Xolomotl llega sin prisa, y sin embargo te da la impresión de que ha decidido algo.


El nombre no viaja como una presentación. Cae sobre vosotras como una piedra ritual, antigua, pulida por siglos de silencio.


Una corriente helada te recorre el espinazo. No por el agua. Por el peso de lo que está diciendo.


Los percebes luminosos palpitan otra vez. La visión te roza sin llegar a cuajar del todo: mares blancos de sal, corrientes detenidas, un fondo oceánico abierto como una herida inmensa. Nada más que un destello, un flash. Como cuando alguien sacaba el móvil para sacar una foto. Un instante de luz, pero suficiente.


Himitsu aguanta en silencio. Tú alcanzas a notar que algo en su postura se ha tensado. Muy poco. Lo suficiente.


Esta vez la reacción de Xolomotl no tarda. El lecho marino entero parece cerrarse un poco sobre sí mismo, como un animal inmenso recogiendo las tripas. Como una estrella de mar replegándose sobre sí misma.


No hay rabia en esas palabras, precisamente por eso duelen más. Himitsu no replica. Durante un instante, incluso en esa forma extraña, parece más pequeña. Aprieta el cuerpo, recoge un poco la cabeza, y cuando vuelve a mirarte a ti ya no hay curiosidad en sus ojos, sino algo que podrías decir que es pavor. Entonces empiezan a surgir burbujas. Primero unas pocas, escapándose del lecho marino entre las colonias de ojos. Luego muchas, demasiadas. Columnas enteras de aire o de algo parecido al aire ascienden desde las grietas del fondo, enturbiando el agua, rompiendo la quietud reverencial del lugar y llenándolo todo de una agitación súbita y ciega. Himitsu gira de golpe.


La ves moverse por fin con una urgencia nada teatral ni elegante. Se acabó el diálogo, sin duda. Su cuerpo enorme traza un giro brusco y empieza a ascender, esperándote un instante antes de asumir que la sigues. Tú impulsas la aleta y el fondo comienza a quedar atrás. Las burbujas os envuelven al mismo tiempo que la luz de los percebes se vuelve confusa, rota en fragmentos, como si el propio dominio de Xolomotl se estuviera cerrando sobre sí mismo o, peor aún, despertando más de la cuenta por haberos tolerado demasiado tiempo. Nadas tras Himitsu con las articulaciones tensas, agitándolas todo lo rápido que puedes antes de que lo que sea que surge del fondo te alcance; y entonces lo ves, durante un instante.

Una silueta humana entre las burbujas, más arriba y a tu derecha, suspendida en el agua como si no perteneciera a ese lugar ni a esa escena. Un chaval, joven, con el pelo flotando un poco alrededor de la cabeza. No debería estar ahí, no puede estar ahí. Y sin embargo, durante ese segundo brutal, dirías que es Jonah. Luego una corriente de espuma umbral te cruza por delante y ya no hay nadie. El ascenso se vuelve un borrón de presión y negrura, y lo siguiente que sientes es el tirón seco del regreso.

Sales del arcón con una bocanada que no necesitabas dar. La habitación del camarote vuelve de golpe: hierro, madera, aire inmóvil, el crujido sordo del barco bajo los pies. Himitsu aparece contigo, trastabillando apenas al apoyar una mano en el borde del arcón. Durante un momento las dos os quedáis quietas, reubicando el peso del cuerpo y la respiración. No estáis mojadas, ni una gota. Eso resulta más inquietante que cualquier otra cosa. Jonah no está en el camarote. Tampoco en el pasillo, al menos no por lo que alcanzas a oír. Solo el rumor lejano de la maquinaria y el mar golpeando fuera, ajeno a lo que acaba de pasaros. Himitsu cierra el arcón de golpe. Esta vez el chasquido suena menos ceremonial y más cansado. Se queda de espaldas unos segundos, con los hombros un poco altos, conteniendo algo que no termina de decir. Tú notas entonces una molestia leve en uno de los bolsillos: metees la mano.

Lo que sacas es un percebe seco, pequeño, grisáceo, adherido a un trozo mínimo de costra salina. No tiene brillo. No se mueve. Parece una porquería marina sin importancia. Pero en cuanto lo rozas con la yema de los dedos, algo frío y vasto te atraviesa por dentro. No es una voz ni una visión. Es una presencia, lejanísima y paciente. Como una marea retenida al fondo del alma: lo sabes sin necesidad de pensar demasiado. Xolomotl.

Himitsu se gira al notar el cambio en tu cara. Mira el objeto en tu mano y frunce apenas el ceño. No parece gustarle, no porque le tenga miedo exactamente... sino porque no le pidió permiso para dejarte algo. Da un paso hacia ti, aún con el cuerpo algo rígido. Cuando habla, la molestia ya se le ha metido en la mandíbula, en la forma precisa en que mide cada palabra.


La pregunta queda suspendida entre el arcón cerrado, el percebe seco en tu mano y lo que acabáis de vivir.
#9
Bruma Nocturna / Re:Episodio 2 — La Garrotxa
23 de Abr 2026, 12:01:54
La gravilla cede bajo tus botas cuando te alejas de la luz blanca de los surtidores, mientras el aire roza tu rostro. Es más frío, más limpio, pero notas que hay algo en cómo se queda atrapado entre los camiones que no termina de encajar. El remolque parece temblar durante un instante, lo que te lleva a detenerte durante un segundo. Tu cuerpo bombea sangre de forma demasiado ruidosa, como si tu propia existencia exaltase el silencio que hay a tu alrededor.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

Las vivencias que has pasado en el Estanque del Lirio Apacible han sido relativamente tranquilas. En tu mente, durante un breve instante, ves a Erik Angelus, transformado en la Bestia Púrpura que asoló Bilbao, ser tumbado por las formas Crinos de Aránzazu e Iris; de un destello, esa visión te muestra la Estigma Gula. Rememoras el momento en el que su piel y carne empezó a derretirse como si estuviese hecha de cera. Como del charco de desechos inmundos surgió una pequeña criatura metálica, que tuviste que reducir y destruir. Todo esto ocurre en un momento, de forma muy rápida, como si tu cerebro estuviese ajustando tus recuerdos para lo que pueda sucedeer.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).

Te detienes un segundo antes de avanzar. El pecho sube y baja más despacio, como si el cuerpo hubiese decidido por su cuenta no hacer ruido. La mirada recorre el contorno del vehículo, los reflejos muertos en la chapa, la oscuridad acumulada bajo la cabina. Das un paso más. El mundo físico no protesta cuando tiras de la celosía, al contrario. Cede demasiado fácil, como si no hubiese cortina de realidad que atravesar. Al otro lado, la estación de servicio sigue ahí... pero no es la misma. La marquesina ha perdido el brillo. Los surtidores están inclinados, como si llevasen años abandonados. El suelo no brilla: se deshace en fragmentos de tierra, hormigón y asfalto. Cada paso levanta una ceniza fina que no termina de asentarse nunca. El aire pesa, en contraste con lo que habías sentido en la Teluria. La estructura metálica se sostiene por inercia: hierro desnudo, sin pintura, repleto de óxido. Todo parece haber sido quemado desde dentro, sin fuego visible, sin humo.

Los espíritus no se esconden: no pueden. Los ves adheridos a lo que queda del lugar, reducidos a formas incompletas. Algunos no son más que una vibración, otros un contorno que tiembla al borde de desaparecer. No percibes agresividad, ni miedo, ni sorpresa, ni curiosidad. Lo que percibes, que es un sentimiento que ya empieza a ser bastante común, es agotamiento. Cuando te acercas a una de esas figuras espectrales, se remueve. Cuesta distinguir qué fue alguna vez: si un espíritu de la Tejedora, del Kaos, un reflejo del lugar... Ahora es incapaz de mantener su forma.

Intentas hablarle, y la respuesta llega tarde. Y mal.


El espíritu intenta recomponerse, pero es incapaz. No puede rememorar o mantener su forma. Su cuerpo espectral se le deshace por los bordes mientras intenta fijarse en ti.


La palabra no termina de asentarse, se fragmenta antes de llegar a ser comprendida del todo. El espíritu se pliega sobre sí mismo, incapaz de soportar más su existencia. Y lo que queda... simplemente se apaga. El resto no te dan respuestas —no porque no quieran, si no porque parece que ya no pueden—. Te quedas un segundo más. El peso de ese espacio no empuja... pero tampoco deja respirar del todo. Como si todo lo que aquí ocurrió hubiese sido ya asumido por algo más grande.

Encima de los restos de uno de los camiones, oxidado y devorado por el paso del tiempo, lo ves de nuevo. El profeta de las plumas negras, Birdman te observa en silencio. Si te diriges a él o te acercas, desaparece en una nube de plumas. Una única palabra resuena por todo el lugar, una palabra de la que desconoces el significado... «Exitus»...

Cuando vuelves, la transición es igual de fácil. La Umbra se pliega con la facilidad con la que pelas un plátano maduro. La luz blanca de los fluorescentes te golpea con una normalidad casi ofensiva. El zumbido de las máquinas, el olor a gasolina, el reflejo sucio del parabrisas... todo sigue en su sitio. Como si no hubiese pasado nada. Ana Mercedes está junto al surtidor, con el dinero en la mano. Cuenta sin prisa, con los dedos aún algo rígidos por el frío. No levanta la vista cuando te acercas, pero sabe perfectamente que ya estás ahí.


El gesto es automático. Preciso. Como alguien que ha hecho esto demasiadas veces como para pensar en ello. Iruz aparece a su lado ajustándose la ropa, con el pelo aún húmedo en algunos mechones. Te ve. Y el gesto se le endurece lo justo.


Hay algo más debajo del reproche; será el cansancio.


Ana Mercedes coge el cambio sin mirar cuánto es. Lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y se gira hacia vosotros. Su mirada pasa de Iruz a ti... y se queda un segundo más de la cuenta. Después, se asegura de adquirir unos productos para comer algo por el camino: sandwiches mojados, refrescos, agua, alguna bebida energética. Todo material de gasolinera, con un precio superior al habitual, pero justo por su ubicación.


El coche vuelve a la carretera sin más. El cielo empieza a clarear por el este, apenas una línea sucia entre nubes bajas. La noche se retira sin hacer ruido. El motor vuelve a ese zumbido constante que termina por ocupar todo el espacio. Iruz se deja caer en el asiento del conductor, mirando por la ventanilla como si no esperase nada de lo que viene. La carretera sigue hacia el nordeste.


Está recostada en el asiento de atrás, pero no parece que vaya a dormirse pronto. Notas preocupación, como si este grupo y este viaje no estuviese del todo bien montado. ¿Qué haces, Bruma Nocturna?
#10
Cera & Sangre / Re:Episodio 2 — Laberinto
21 de Abr 2026, 23:14:11
Kaari se incorpora, mientras la manta resbala un poco por su cadera cuando intenta incorporarse y el gesto le tensa la boca de inmediato. Apoya una mano en el borde del sofá, luego la otra, y se arrastra lo justo para quedar un poco más erguida. El esfuerzo le deja la respiración corta, contenida, como si no quisiera regalarle al dolor ni un solo sonido. Sus ojos bajan al listín abierto sobre la mesa.


Se gira hacia el portátil con un movimiento torpe, lento, y estira el brazo para alcanzarlo. No llega del todo. Tiene que tirar de él hacia sí con dos dedos, arrastrándolo sobre la mesa baja con un roce áspero de plástico y madera. Cuando por fin lo tiene cerca, se queda un momento quieta, con la barbilla apenas hundida en el pecho y los hombros tensos, recuperando aire antes de levantar la pantalla. Tú la observas mientras el barrio sigue respirando al otro lado del cristal; abajo, los dos tipos mugrientos continúan con su paseo de mentira. Uno se detiene junto a un coche aparcado, mientras el otro mira hacia la esquina y escupe al suelo. Desde aquí parecen hombres cualquiera. Kaari enciende el portátil: la luz fría le blanquea la cara y le hunde aún más las ojeras. Sus dedos vacilan al principio sobre el teclado, pero encuentran ritmo rápidamente. Abre carpetas, historiales, conversaciones viejas. Se mete en programas de mensajería, teclea comandos en una terminal, se abren más ventanas.


El ventilador del portátil arranca con un zumbido mínimo. En la calle pasa un coche demasiado deprisa para la hora que es. Durante un segundo, desde lejos, se cuela un villancico malo por la ventana cerrada. Apenas unas notas deformadas por la distancia, ridículas y tristes a la vez. Diciembre ya está aquí, y Creta sigue girando aunque haya una chica inmóvil bajo tierra y un monstruo pensando debajo del puerto. La joven aguanta la respiración, lee, relee. Vuelve atrás. Abre otra ventana. Sus labios se separan, lo justo para dejar salir una respiración un poco más larga.


No levanta la voz, pero dirías que hay algo en la forma en que pronuncia esa única palabra que te obliga a acercarte. En la pantalla hay una conversación antigua, entre «bnikoleta» y «scylo_stavy». Reconoces a Laura, a pesar de que sólo has estado con ella unas horas. La identidad del otro, te la imaginas.


Sus dedos se quedan suspendidos sobre el teclado. Luego descienden otra vez.


El resplandor del portátil parpadea sobre su cara. Tú sigues de pie, disfrutando el alimento, la vitae. El encierro en el laberinto de Elpidios te ha cobrado más de lo que estás dispuesto a admitir. La sangre reciente ha corregido el hambre, pero no ha borrado del todo el resto. El cansancio vuelve de otra forma: sordo, y hondo. Cierras los ojos. El peso es casi insoportable. Kaari continúa tecleando. Va reuniendo nombres, horas, restos de búsquedas, pequeños rastros que Laura dejó dispersos como si pensara regresar a por ellos. A veces se detiene. Se lleva dos dedos a la sien y reanuda.


El sonido del barrio es muy curioso. Corres las cortinas, bajas las persianas. La habitación se queda a oscuras, iluminada solo por el la luz blanquecina del portátil. Las farolas parpadean, y te sientes a gusto. En tensión, con algo de miedo, pero a gusto. Te sientas o quizá solo te dejas caer cerca, sin decidirlo del todo. El cuerpo empieza a pedirte una tregua con una insistencia cada vez más espesa. La cabeza pesa; la habitación se vuelve extrañamente blanda en los bordes, como si el tiempo se estuviera deslizando entre los dedos sin hacer ruido. Tú notas cómo los párpados empiezan a caer con un peso que ya no admite discusión. Fuera, otro coche atraviesa la madrugada con un villancico puesto demasiado alto. Escuchas risas, muebles arrastrándose, alguien tosiendo. Después, otra vez, ese silencio irregular de barrio que nunca duerme del todo. Kaari teclea una última vez antes de levantar apenas la cabeza hacia ti.


La oscuridad tarda poco en encontrarte. Primero te pesa la nuca, luego la mandíbula deja de apretar. Después, tu cuerpo entero se hunde en una quietud densa, absoluta, como si alguien hubiese apagado una sala entera dentro de ti. Y entonces ya no queda refugio, ni farolas, ni sal, ni pantalla, sólo oscuridad.



Pasan minutos, horas, días. No eres consciente de ello, pero cuando abres los ojos estás en un lugar oscuro. El suelo sobre el que estás tumbado es sólido, frío. Te encuentras con tu atavío de laboratorio, de cuando estabas bajo el cuidado de Aya Kunter. Estás descalzo. Escuchas un enorme aleteo y una nube de plumas se materializa frente a ti. Un hombre con el torso desnudo, musculado, vestido con un pantalón de cuero apretado y unos calentadores en los brazos de tela. Camina hacia ti, con los brazos abiertos.


¿Cómo vas a reaccionar, Iota?
#11
Bruma Nocturna / Episodio 2 — La Garrotxa
15 de Abr 2026, 23:58:13
Carretera de madrugada

A las afueras de Soria — De camino al nordeste

📅 12 de septiembre de 2005, 03:02

La noche en Soria tiene ese frío seco que no muerde de golpe, pero se va metiendo poco a poco en la ropa, en los dedos, en las articulaciones. Cuando regresas del Estanque del Lirio Apacible, el coche sigue donde lo dejasteis, detenido junto al monasterio como una máquina abandonada. La oscuridad no es total: hay algo de luna que se cuela entre las nubes, como un resplandor plateado discreto. La piedra del monasterio la devuelve con una claridad gastada. Iruz está espatarrada en el asiento trasero, con una pierna doblada de mala manera, con la cabeza apoyada en un montón de ropa. Duerme con esa clase de abandono que sólo se permite alguien cuando ya no le queda energía. Parece tranquila. Ana Mercedes, en cambio, está en el asiento del conductor. Dormida de lado, con la frente casi apoyada sobre la ventanilla y un brazo cruzado sobre el pecho. La postura le ha dejado el cuello en un ángulo ingrato, como si se hubiera prometido descansar sólo un momento y el cuerpo le hubiera retirado la palabra. Cuando te acercas, la gravilla cruje bajo tus pasos. Ana Mercedes abre los ojos antes de incorporarse del todo. Sólo tarda un segundo en recordar dónde está, contigo, qué hora es y por qué seguís allí.

Te observa. Sabe lo que has contemplado.


Hay un instante breve en que no dice nada más. Se pasa una mano por la cara, apartándose el cansancio como puede. Después mira hacia atrás, a Iruz, y luego de nuevo a ti.


No hay ceremonia. No hay discurso. Sólo el ruido del motor volviendo al mundo. Durante los primeros minutos nadie habla. El monasterio queda atrás, luego la carretera estrecha, luego los bordes negros de los campos sorianos. El coche avanza por una meseta dormida, vacía, donde la noche parece más ancha de lo normal. La línea del horizonte apenas existe: a un lado, tierra oscura; al otro, cielo oscuro; entre medias, la carretera como una costura gris que alguien dejó a medio hacer. A ratos aparecen pueblos diminutos, manchas de luz amarilla apelmazadas en torno a una iglesia, a una gasolinera cerrada o a una plaza que ahora mismo no le importa a nadie. A ratos no hay nada durante kilómetros enteros. Sólo asfalto, postes, señales reflectantes y ese zumbido monótono que termina por adormecer incluso los pensamientos más tercos.

Iruz acaba despertándose atrás, quejándose de algo. La postura no es cómoda, por supuesto. Luego gruñe como una niña mal criada a la que le han retirado los muñecos. Tarda unos segundos en entender que el coche está en marcha.


Se incorpora lo justo para mirar por la ventanilla. Ve la carretera, la noche, la espalda recta de Ana Mercedes al volante. Te ve a ti, con cara de pánfilo. No parece contenta, sólo parcialmente irritada.


Ana Mercedes no aparta la vista de la carretera. Cambia de marcha con suavidad, como quien no está dispuesta a malgastar energía antes de tiempo. El resto del trayecto hasta la primera parada se consume sin grandes sobresaltos. La noche va cediendo muy lentamente, no a la luz todavía, sino a una especie de agotamiento del negro. El cielo empieza a aclararse por zonas, primero como una ceniza pálida en el este, luego como una promesa muy lejana de mañana.



Parada reglamentaria de descanso

Área de servicio de Soses, Lleida

📅 12 de septiembre de 2005, 06:49

Mucho después, os detenéis en una estación de servicio abierta a medias en algún punto entre Soria y la Garrotxa. Una de esas áreas impersonales que parecen existir fuera del tiempo: surtidores blancos bajo una marquesina demasiado iluminada, máquinas de café que zumbean solas, un expositor de sándwiches triangulares con aspecto de llevar allí desde otra vida, y el suelo brillante de fregona reciente.

El aire de fuera está helado. Cuando salís del coche, el cuerpo protesta. Rodillas entumecidas, hombros cargados, la sensación de haber dormido mal incluso aunque no se haya dormido nada. Ana Mercedes se estira apenas, con discreción, y se aparta el pelo de la cara mientras observa el edificio de la estación con la expresión de quien sólo quiere café y cinco minutos de silencio. Iruz, en cambio, cierra la puerta del coche con más fuerza de la necesaria.


Ana Mercedes la mira de reojo. Hay cansancio, y una paciencia que quizá no sabía que tenía.


Iruz la observa un segundo, como si valorara si pelearse por pura costumbre o aceptar la oferta. Al final se encoge de hombros, de mal humor, pero sin guerra.


Las dos desaparecen hacia el interior con sus cosas. La puerta automática se abre y se cierra tras ellas con un siseo vulgar, de esos que devuelven todo a una normalidad muy fea pero muy útil. Te quedas fuera un momento, junto a los surtidores, con la madrugada rompiéndose despacio alrededor. Algún camión duerme al otro lado del aparcamiento. Más allá, la carretera sigue esperando, extendida hacia el nordeste como una idea todavía sin forma. No parece que estéis en peligro... ¿o sí? No tardan mucho en regresar. ¿Qué les vas a decir? ¿Has hecho algo más antes de abandonar Soria? ¿Qué piensas de todo esto, Bruma?
#12
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
15 de Abr 2026, 23:37:43
Análisis del episodio

  • Parada en el Hotel Jiménez: Iruz propone descansar y dejar pasar el día. 🟦🟨 Bruma combina ambas aproximaciones: realiza un reconocimiento del entorno físico y espiritual antes de instalarse, y después decide quedarse con Iruz para hablar largo y tendido, priorizando tanto la seguridad como la obtención de información sobre Aya, Mauricio y el proyecto Ícaro.
  • Semana en el Túmulo del Lirio Apacible: Pau le ofrece quedarse una semana, bajar revoluciones y dejar que el túmulo marque el ritmo. 🟦 Bruma acepta aprender despacio, integrarse en las dinámicas del lugar y escuchar antes de imponer su urgencia o dirigir las conversaciones hacia sus propios intereses.
  • Primera crisis con Edurne en la Umbra: El Invasor telúrico se envalentona y Edurne duda en su propia prueba. 🟨 Bruma decide aconsejarla sin arrebatarle el control, intentando reforzar su confianza y ayudarla a sostener la situación desde un segundo plano, aunque la tirada falla y la presión espiritual aumenta.
  • Confrontación final con el Invasor telúrico: Con Edurne al borde del colapso y el espíritu centrado en Bruma, la situación se vuelve crítica. 🟨 Bruma opta por comprender antes de actuar, establece comunicación con el Invasor para descubrir qué lo ha desplazado y logra calmarlo temporalmente mediante diálogo en lugar de imposición.

Total

  • 🟦🟦
  • 🟨🟨🟨

Experiencia

  • Bruma Nocturna: +5 PX
  • Ana Mercedes (pnj): +2 PX
  • Iruz (pnj): +2 PX
#13
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
15 de Abr 2026, 23:24:05
Pau asiente ante tus declaraciones, en silencio. No interviene ni te contradice. La conversación le ha limado algo por dentro y se le nota en la forma de sostener el cuerpo, en cómo reparte el peso entre los cascos, en cómo tarda un segundo más de la cuenta en apartar la vista de Ana Mercedes. Ella también lo nota, y se queda quieta frente a él unos instantes, con la respiración ya más templada, aunque aún le vibra algo en la mandíbula. Luego gira apenas la cabeza hacia ti.


La frase cae con cansancio, no con amenaza. A tu lado, Pau no interviene. Se limita a observarla como quien ve salir a alguien por una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada y entiende, tarde y bien, que ya no va a poder cerrársela otra vez. Ana Mercedes se da la vuelta y se marcha, en dirección a la carretera dónde habéis dejado a Iruz. Tú te quedas a solas con Pau. Durante un rato no habla. Camina contigo por el borde del huerto, entre la piedra vieja, las hojas secas y la tierra removida. El sol va bajando despacio. La luz, cada vez más oblicua, le marca las arrugas tempranas del entrecejo y las sombras bajo los ojos. Cuando por fin se decide, lo hace sin mirarte de frente.


Sigue andando unos pasos más antes de continuar. La hierba húmeda cruje bajo las pezuñas de Pau. Al otro lado del muro, un perro ladra a lo lejos y se calla enseguida.


La voz le cambia al nombrarla. No se vuelve más suave. Se vuelve más precisa.


La tarde avanza mientras habla. No te lo cuenta de golpe, va dejándolo caer a pedazos, entre silencios, rodeos, trabajos de campo y suspiros. Te cuenta que, cuando fue nombrado Cliath, el líder de la Muntanya Blava le invitó a que se marchara una temporada. No como castigo, como necesidad. Para que dejase de usar como muleta a la Yaya Ágata. Te cuenta que pasó tiempo al norte de Francia, colaborando con un clan matriarcal llamado Arce Verde. Que allí vio otros modos de estar en paz y otros modos de fingirla. Que aprendió idiomas a medias, rezos ajenos y nombres de espíritus que no responden igual a la misma luna. Y te cuenta también que, siendo ya Adren, Marcos García de Visarón le abrió un sitio en el Estanque del Lirio Apacible: no un trono ni algo glorioso, un lugar. A veces, en la vida de un Garou, eso basta para cambiarlo todo. Cuando lo dice, ya está cayendo la tarde del todo. El aire se ha enfriado. En las copas de los árboles queda un resto de oro sucio.


La confesión no suena heroica, suena íntima. Como esas verdades que sólo se dicen cuando ya no sirve de nada maquillarlas.


La noche termina de bajar sobre Soria sin estridencias. Dentro del monasterio se encienden algunas luces cansadas. Cenáis en silencio algo de fruta y verdura, que habéis estado recolectando mientras habéis charlado. Marcos llega más tarde, silencioso, con esa forma de estar que tienen algunos hombres cuando prefieren ayudar antes que intervenir. Es ya bien entrada la noche cuando Pau te guía hacia el centro del túmulo. Lo hace con una lámpara pequeña en la mano y la voz más baja que durante el día, como si no quisiera romper algo que lleva horas asentándose.


El estanque aparece entre los árboles como una mancha de plata oscura. El agua casi no se mueve, mientras que el aire pesa de otro modo. Marcos ya os espera en la orilla, inmóvil, con las manos juntas a la espalda. No pronuncia palabra. Entre los dos preparan el rito con la sobriedad de quien ha repetido muchas veces un gesto y, aun así, no se atreve a tratarlo como rutina. El corazón del Boun responde poco a poco: primero cambia el silencio, luego el agua y después la luz. En el centro del estanque, donde la oscuridad parecía más compacta, empieza a abrirse una claridad pálida. No ilumina como una antorcha, se extiende como una respiración. Como si el propio lugar recordara de pronto una forma antigua de estar despierto.



Entonces lo ves: el avatar umbral del Lirio no emerge: comparece. Un espíritu natural, inmenso en su serenidad, se planta junto a ti con la proximidad imposible de los grandes seres umbrales. No tiene necesidad de imponerse. La paz que irradia basta para dejar claro que no se parece a casi nada de lo que has conocido. Hay algo de flor, de agua quieta, de luna sobre piedra blanca. Pau baja la cabeza y Marcos hace lo mismo.

El Lirio te contempla, y en esa contemplación hay reconocimiento.



La superficie del estanque permanece quieta mientras habla. No se mueve ni un ápice, ni una onda, ni insectos, ni las ramas. Hasta el viento parece haberse detenido a una distancia respetuosa.


La luz es fría, reconfortante. Como una brisa de verano rozando tu rostro de madrugada.


La orilla entera parece sostener la respiración.


Algo en la presencia del Lirio se inclina hacia ti. Como si el estanque entero se acercara un poco más a tu cansancio.


La frase se queda contigo más que en el aire. Luego, por primera vez desde que apareció, notas en el espíritu algo parecido a la benevolencia. Una concesión medida.


El estanque exhala entonces una brisa mínima que no mueve las ramas, pero sí te toca la cara. Es fresca, clara y antinatural en su pureza. Después, la presencia empieza a retirarse. No con brusquedad. Como si el agua la reclamara de vuelta a un sitio donde las palabras ya no hacen falta.


La luz se apaga despacio, el corazón del Boun vuelve a estar formado por aguas oscuras, silencios y ramas flotando por la superficie. A tu espalda, Pau tarda unos segundos en alzar la cabeza. Cuando lo hace, sus ojos siguen clavados en el centro del estanque, como si una parte de él aún estuviera intentando decidir si ha presenciado una bendición o un recordatorio. Marcos permanece quieto, las manos aún juntas, respirando muy hondo por la nariz. Ninguno de los dos rompe el momento. Pau te mira solemne, y asiente con la cabeza. No pronuncia nada, pero sabes que te desea un buen viaje hasta su túmulo natal.

Caminas en silencio hacia la carretera, dónde Iruz y Ana Mercedes te esperan. Es el momento de viajar hacia el siguiente punto de tu viaje, y es en este momento cuando te preguntas si lo estás haciendo porque lo necesitas, porque alguien lo necesita o porque es el preludio a cumplir tu destino. De una forma u otra, ¿qué más da?
#14
El lecho marino vuelve a palpitar. No como un corazón. Como algo más antiguo, más lento, más ajeno a la carne. Los percebes luminosos se encienden por franjas, y la luz azulada corre de uno a otro en curvas inmensas, como si una idea estuviera viajando bajo la roca. Himitsu no se mueve. A tu alrededor, el agua parece haberse vuelto más densa, más atenta. La voz regresa.


Un temblor más profundo atraviesa el fondo. Bajo los millares de ojos húmedos, algo inmenso reajusta su peso con una parsimonia tectónica. Ahora sí alcanzas a distinguir una forma más clara bajo la costra del lecho: una curva descomunal, un pliegue mineral que no debería respirar... y, aun así, respira.


La presión alrededor de tu cuerpo no se vuelve hostil, pero sí insoportablemente precisa. Como si una conciencia inmensa estuviese repasando cada hebra de tu espíritu, una por una. Entonces comprendes que no está mirando a tus ojos de pez ni a tu postura en el agua. Está mirando la mancha, la huella que llevas dentro.


Himitsu gira apenas la cabeza hacia ti. Incluso en esa forma monstruosa percibes el estremecimiento que la atraviesa.


Durante un instante, el océano entero parece guardar silencio para que esas palabras terminen de hundirse.


Un destello más intenso recorre el lecho. Esta vez no solo ilumina los percebes: ilumina lo que hay entre ellos. Vetas blanquecinas. Costras minerales. Restos de sal adheridos a roca y carne antigua como si ambas llevaran siglos intentando distinguirse sin conseguirlo. Entonces algo se abre: una grieta viva entre placas y quitinas, lo suficiente para que desde su interior brote una claridad turbia, lechosa. Y con ella llega una visión. No la observas con los ojos, la sufres.

Agua inmensa. Oscura. Primordial. Corrientes enteras deteniéndose como venas coaguladas. Regiones del mar donde el azul desaparece y sólo queda un blanco sucio, insoportable, como si el océano hubiera empezado a secarse desde dentro. Algo larguísimo se retuerce en la distancia: segmentos interminables, espinas, bocas menores abriéndose a lo largo de un vientre imposible. No nada. Devora. Y allí por donde pasa, el mar pierde memoria. Movimiento. Fertilidad. La visión se rompe de golpe. El fondo vuelve a estar quieto, pero ya no igual.


La luz de los percebes disminuye lo justo para dejaros en una penumbra reverencial.


Por primera vez, la inmensa presencia parece reparar en Himitsu de manera más explícita.


Himitsu inclina apenas la cabeza. No responde: no quiere romper este momento. La voz vuelve a ti.


La presión aumenta un poco, no como amenaza, sino como una mano enorme apoyándose sobre la verdad.


El lecho entero os observa.

#15
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
06 de Abr 2026, 14:34:44
La pipa vuelve a tus dedos todavía templada por la calada de Pau. Él no la reclama de nuevo. Se queda mirándote con la mandíbula apretada y los hombros demasiado quietos, como si se estuviera sujetando por dentro con la misma fuerza con la que otros aprietan un arma. La luz que cae entre las ramas le parte la cara en dos: cansancio en un lado, otra cosa más áspera en el otro.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59

La noticia, que aunque fuese evidente para todos, pesa a Pau más de lo que le gustaría mostrar. Ante ti ves a a un hombre que parece ostentar un cargo que no merece, que ha tomado decisiones que no le correspondían, y que ahora debe rendir cuentas. No al enemigo, no al opresor, a quién más ha protegido.


El viento mueve apenas una esquina de la rebeca olvidada sobre el respaldo de una silla. Desde dentro del monasterio llega un roce de suela contra piedra, mientras Pau apoya dos dedos en la mesa, muy despacio, como si necesitara notar la dureza de la piedra para no dejarse arrastrar por el resto.


La frase se queda un momento entre vosotros, seca, sin consuelo. No pide compasión. Tampoco absolución. Cuando vuelve a hablar, ya no te mira sólo a ti. Mira también hacia la puerta del monasterio, hacia el interior donde Ana Mercedes ha buscado tarea, brazos ajenos que atender, cualquier cosa que no sea quedarse sentada respirando lo que acaba de escuchar.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59


Te mira entonces de frente. Sin rodeos. Con esa forma de dureza que no necesita alzar el volumen para hacerse notar. Una hoja seca cruza el patio arrastrada por una racha breve y se queda atrapada junto a una pata de la mesa. Tú sigues con la pipa en la mano, mientras él sigue sin apartar los ojos de ti.


Se hace un silencio corto. Tenso. De los que no vacían el aire, sólo lo vuelven más pesado. Entonces, Ana Mercedes entra en escena. Pronuncia su frase y se detiene junto a la mesa. Te mira a ti primero. Luego a Pau. No tarda en hablar, pero tampoco entra como un cuchillo. Entra como alguien que lleva demasiados años tragándose las frases importantes y ya no está de humor para hacerlo una vez más.


La voz le sale baja. Eso la vuelve peor. Más seria. Más verdadera. Una mano se le queda apoyada en el borde de la mesa. Los nudillos no están blancos esta vez. Sólo firmes.


La luz del patio le toca la cara de lado y le marca el cansancio bajo los ojos. No parece más frágil por decir eso. Parece más cansada de fingir que no lo sabe.

Cita de: Lady Midnight en 01 de Abr 2026, 19:00:59


Pau baja muy levemente la cabeza. No como quien acepta un veredicto, sino como quien reconoce una herida que ya venía abierta y acaba de escucharla por boca ajena. Ana Mercedes exhala por la nariz y aparta un instante la vista hacia el huerto, hacia la tierra removida, las hojas, la piedra, el sitio exacto donde ha vivido tanto tiempo sin acabar de entrar del todo en su propia vida.


No hay dulzura en la frase. Tampoco crueldad. Lo que hay es cansancio limpio. De ese que por fin se ha cansado de sí mismo; ella vuelve entonces la cara hacia ti. La mirada te llega sin adornos.


La pipa pesa un poco más entre tus dedos. El humo ya casi no sube. Sólo queda el olor.


Pau la mira de lado. Hay algo casi doloroso en cómo se le afloja, por fin, un músculo de la cara. No sonríe. No aprueba. Pero tampoco intenta detenerla. Se le nota que ya ha entendido que esa posibilidad se le ha terminado.


Ana Mercedes no aparta la vista de ti.


El patio vuelve a quedarse en silencio. La hoja seca sigue atrapada junto a la mesa. Dentro del monasterio, el padre Martín tose una sola vez. El sonido llega amortiguado, pequeño, casi doméstico. Afuera, en cambio, ya no queda nada doméstico en la escena. Pau sigue en pie junto a la mesa de piedra, con el peso mal repartido entre ambos pies, como un hombre que acaba de perder una costumbre vieja y todavía no sabe qué hacer con las manos. Ana Mercedes, a tu lado contrario, ya no tiene la postura de quien pide permiso. Tiene la de quien ha decidido romper algo y vivir con el ruido.

Podréis pasar el día descansando en las cercanías del túmulo, o en la casa de Ana Mercedes. Es una pequeña masía de dos pisos, de planta muy estrecha, que tiene una modesta habitación, un servicio con bañera, y una cocina de gas. Se encuentra en la linde del túmulo, en lo que parece un pequeño barrio rural. Por la noche, si continúas deseando hablar con el Lirio, podrás tener tu audiencia en el corazón del túmulo. Estarán dirigiendo la ceremonia Pau y Marcos, mientras que Llanto del Arroyo y Tomás estarán ausentes. Ana Mercedes se quedará con Iruz, esperándote.

Ahora... ¿qué preguntas tienes para el Lirio?