Jonah te agarra de las caderas cuando le das un beso y te ayuda a bajar de las cajas con cuidado. Se recoloca las gafas con un dedo, mira hacia las pasarelas de madera y luego hacia ti.
Empieza a caminar a tu lado.
No parece tener ninguna intención de separarse demasiado. Las siguientes horas transcurren despacio:
La Sal Parda no tiene una plaza donde reunir a sus habitantes ni un lugar evidente donde sentarse a escuchar historias. La gente está trabajando. Reparando redes, arrastrando cubos de agua, limpiando pescado y verduras sobre tablas ennegrecidas, reforzando pilotes hundidos en el fango. El trabajo no se detiene para vosotros, aunque vuestra presencia provoca miradas y, al principio, respuestas breves.
Poco a poco cambia, cómo no. Es evidente, pero descubrís que hablar de Aguas Sagradas resulta más sencillo que hablar de Nicanor. Algunos han nacido allí.
Recuerdan la cueva como algo inmenso, húmedo y seguro. El agua protegía del mundo exterior, la temperatura apenas cambiaba y nadie necesitaba ocultar lo que era. Hablan de criaderos comunes, de comida repartida entre todos, de rincones donde dormían varias familias juntas y de largas noches en las que los más viejos contaban recuerdos que parecían anteriores incluso a ellos mismos.
Varios sonríen mientras lo cuentan, porque alguno todavía tiene familia allí. Una madre, o dos hermanos, o una compañera que decidió no marcharse. Para ellos, Aguas Sagradas nunca fue únicamente una prisión.
Pero llega siempre un momento en el que la conversación cambia. A veces ocurre cuando preguntas por qué se fueron. Otras, cuando Jonah pregunta qué era lo peor de vivir allí. Hay quien responde hablando de Melquíades, el hermano mayor de Nicanor y el despreciable rey que Lydia destronó. Otros apenas lo recuerdan y hablan de Lydia, la reina que vino desde más allá del océano. Los más recientes mencionan a Neiatta.
Lo que está claro es que los nombres cambian, pero el gesto es casi siempe el mismo: una mirada hacia el suelo, o un silencio incómodo. Es la sensación de estar acercándose a algo que nadie quiere nombrar demasiado alto.
Los habitantes más antiguos de la Sal Parda recuerdan a Nicanor mucho antes de que fuese la figura que habéis conocido. No hablan de él como un libertador enviado por los espíritus ni como el fundador de una nueva era. Lo recuerdan joven, rabioso, perdido después de la muerte de su hermano. Recuerdan el viaje hasta el Estero Ciego (dónde os encontráis ahora, era su nombre antes de la Sal Parda) y las primeras semanas durmiendo sobre madera húmeda, comiendo mal y reconstruyendo un viejo refugio que apenas servía para esconderse de las tormentas.
Algunos reconocen que Melquíades era un cabrón, y ninguno parece echarle realmente de menos. Lo que no aceptaron fue que alguien llegase desde fuera, lo devorase y ocupase inmediatamente su lugar. Otros se quedaron con Lydia, pero algunos de esos terminaron llegando aquí años después.
La imagen que ofrecen de ella es diferente a la que esperabas encontrar. Hay quien la recuerda con respeto, incluso con cariño. Dicen que intentó cambiar muchas cosas, que acabó con costumbres que llevaban demasiado tiempo aceptándose porque nadie se atrevía a discutirlas. Tampoco todos los habitantes que hablan contigo consideran que marcharse entonces fuese necesario. Pero con Neiatta las opiniones son mucho menos amables y menos uniformes.
Un hombre de hombros cubiertos de pequeñas placas calcáreas afirma que nunca recibió un castigo de ella, nunca fue amenazado y jamás vio a la reina maltratar personalmente a nadie. Su problema no era Neiatta, era saber que su vida seguía perteneciendo a Aguas Sagradas.
Otro se muestra mucho más duro. Llegó a la Sal Parda después de que comenzasen los intentos de recuperar a quienes se habían marchado. Para él, Neiatta no comprende la diferencia entre proteger una comunidad y poseerla.
Una mujer no aparece entre aquellos con los que habláis, pero sí un Nerai joven que recuerda a su hermana. Ella continúa abajo, y él no quiere obligarla a marcharse y tampoco desea regresar para convencerla. Sólo quiere que ambos puedan tomar decisiones diferentes sin convertirse por ello en enemigos.
Eso parece resumir buena parte de lo que encuentras. La mayoría no odia Aguas Sagradas, e incluso algunos ni siquiera odian a Neiatta. Y Nicanor tampoco despierta una devoción unánime.
Hay hombres que le deben la vida. Lo dicen sin titubeos: cuando las incursiones empezaron, fue Nicanor quien organizó las defensas. Cuando faltó comida, consiguió alianzas. Cuando nadie sabía cómo esconder el Estero Ciego, aparecieron los rituales que mantienen la niebla abrazada al manglar.
Pero también encontráis cansancio: Nicanor pregunta demasiado. Quiere saber quién sale, quién entra, quién habla con quién. Decide qué riesgos son aceptables y cuáles no. Hay quienes llevan años justificándolo porque cada nueva incursión demuestra que sus temores no eran imaginarios.
Otros empiezan a preguntarse cuándo llegará el día en que estar protegido y estar encerrado signifiquen exactamente lo mismo. La vida aquí es peor en casi todos los sentidos materiales: hay mosquitos, calor, tormentas. La madera se pudre, el agua potable tiene que almacenarse. La comida depende de la pesca, de lo que puedan intercambiar y de unas alianzas que no siempre resultan cómodas. Todos trabajan porque una semana mala se nota inmediatamente en las despensas.
Aun así, muchos prefieren esto. Uno de ellos lo demuestra enseñándoos una pequeña vivienda que construyó con sus propias manos. Está torcida, huele a pescado seco y el techo necesita otro parche antes de que llegue una tormenta seria, pero es suya.
La conversación más difícil llega con las camadas. Nadie niega lo que ya viste: hay pocos jóvenes. Demasiado pocos. Los nacimientos internos se detuvieron hace tiempo. Algunos habitantes no quieren hablar del motivo. Otros lo hacen con esa resignación de quien lleva años contemplando el mismo problema: las nuevas generaciones empezaron a nacer peor. Cuerpos que no terminaban de desarrollarse. Cambios incompletos. Rasgos que nadie conseguía explicar únicamente mediante la herencia.
Desde entonces, cada nuevo habitante que consigue llegar desde Aguas Sagradas significa algo más que una boca adicional: significa el futuro.
Y entonces empiezas a comprender por qué las dos comunidades pueden pronunciar la palabra rescate para describir exactamente la misma acción. Cuando preguntas por qué nadie simplemente se marcha más lejos, las respuestas vuelven a fragmentarse. Algunos no quieren abandonar Yucatán. Otros no creen que sobrevivirían separados. Otros hablan de la memoria como si fuese algo que pudiera diluirse con la distancia. Y unos pocos vuelven la mirada hacia el sur, hacia el mar.
No hablan de Mott Garoth. Para ellos, eso no es algo que pueda tener un nombre. Hablan de lo que duerme, de lo que necesita la cueva. Uno de los hombres mayores recuerda que, durante mucho tiempo, los niños aprendían pronto que determinadas preguntas no debían hacerse. Otro se limita a explicar que hubo un momento en que comprendió que ciertas listas no eran guardias, ni trabajadores, ni enfermos. Otro no quiere continuar hablando, Jonah tampoco insiste.
Cuando os alejáis, camina contigo en silencio durante varios metros. Observa una hilera de pequeñas viviendas apoyadas sobre pilotes. En una de ellas, dos Nerai reparan una red bajo la supervisión de otro más viejo. El hechicero se queda mirándolos.
Se mete las manos en los bolsillos.
Una tabla cruje bajo sus zapatillas.
Sonríe ligeramente, sin demasiada nostalgia.
Aparta una rama del manglar para dejarte pasar.
La sonrisa aparece otra vez.
Continúa caminando.
Se encoge de hombros, pero no desarrolla el tema.
Esta vez mira hacia las casas de la Sal Parda.
El resto de la tarde continúa entre conversaciones. Cuando finalmente decidís que habéis escuchado suficiente, la luz ya ha empezado a cambiar sobre el manglar. La niebla convierte el sol en una mancha pálida entre las copas y las pasarelas parecen prolongarse mucho más allá de donde realmente terminan.
Buscáis a Leandro. Jonah termina encontrando a uno de los habitantes que señala una vivienda algo apartada del centro. Tú y él recorréis juntos la última pasarela. En algún momento sus dedos encuentran los tuyos y seguís caminando agarrados de la mano sin necesidad de comentar nada.
La puerta está abierta, y lo primero que sorprende no es encontrar allí a Leandro. Es descubrir que aquello es un despacho. Pequeño, húmedo y completamente absurdo en mitad de un asentamiento levantado sobre un pantano, pero un despacho al fin y al cabo.
Dos paredes están ocupadas por archivadores metálicos de diferentes procedencias. Algunos tienen manchas de óxido alrededor de las bisagras; otros conservan etiquetas escritas con una caligrafía minúscula y sorprendentemente ordenada. Carpetas, sobres y hojas protegidas dentro de fundas de plástico ocupan una estantería construida con tablones.
Hay incluso una mesa de oficina, que no combina con absolutamente nada. ¿Qué es eso? ¿Las opiniones de Allison están permeando tu mente? ¡Qué humana te estás volviendo! Detrás de ella cuelgan varios diplomas enmarcados. Títulos y acreditaciones jurídicas amarilleadas por los años, protegidas del aire húmedo tras cristales que alguien limpia con bastante frecuencia.
Entre ellos hay una fotografía: Leandro parece mucho más joven. Lleva traje, corbata y una sonrisa tan exageradamente orgullosa que cuesta relacionarla con el hombre que conocisteis en la Poza del Tío Bill. Está entre dos personas mayores, un hombre y una mujer vestidos para alguna clase de ceremonia. Los tres miran a la cámara.
En la fotografía, Leandro parece completamente humano, pero el que está sentado ahora detrás de la mesa no. Ha abandonado la apariencia que utiliza en la superficie y mantiene otra forma. Podrías decir que es como tu Glabro. Sigue siendo reconocible, con sus ojos atentos y expresión de sabelotodo. Pero su cuerpo resulta más ancho, irregular y acuático. La piel permanece húmeda y recorrida por pequeñas escamas; a ambos lados del cuello se abren finas hendiduras branquiales que se mueven con su respiración. Sus manos conservan dedos suficientemente hábiles para manejar papeles, aunque una membrana translúcida une parcialmente las falanges.
La camisa ha sobrevivido a la transformación con cierta dificultad. Leandro levanta los ojos cuando aparecéis en la puerta. Su mirada baja durante un instante hacia vuestras manos entrelazadas, pero después vuelve a subir. No dice nada al respecto.
Retira varias carpetas de las dos sillas situadas frente a su mesa y las deposita cuidadosamente sobre un archivador.
Se acomoda en su silla y, antes de que os sentéis, abre uno de los cajones de la mesa. Dentro hay documentos, nolígrafos, una grapadora. Y una botella de mezcal. Leandro saca también un vaso pequeño.
Deja el vaso sobre la mesa y levanta ligeramente la botella.
Se sirve un poco de mezcal. Después guarda la botella a medias dentro del cajón, dejándola al alcance por si alguno cambia de opinión. El Nerai se recuesta, y la madera de la silla protesta bajo el peso de su forma Glabro. O eso esperas.
Mira primero a Jonah y después a ti. Sonríe.
El tipo sonríe con total sinceridad. Su voz no es amenazante y su actitud es muy relajada.
Empieza a caminar a tu lado.
No parece tener ninguna intención de separarse demasiado. Las siguientes horas transcurren despacio:
La Sal Parda no tiene una plaza donde reunir a sus habitantes ni un lugar evidente donde sentarse a escuchar historias. La gente está trabajando. Reparando redes, arrastrando cubos de agua, limpiando pescado y verduras sobre tablas ennegrecidas, reforzando pilotes hundidos en el fango. El trabajo no se detiene para vosotros, aunque vuestra presencia provoca miradas y, al principio, respuestas breves.
Poco a poco cambia, cómo no. Es evidente, pero descubrís que hablar de Aguas Sagradas resulta más sencillo que hablar de Nicanor. Algunos han nacido allí.
Recuerdan la cueva como algo inmenso, húmedo y seguro. El agua protegía del mundo exterior, la temperatura apenas cambiaba y nadie necesitaba ocultar lo que era. Hablan de criaderos comunes, de comida repartida entre todos, de rincones donde dormían varias familias juntas y de largas noches en las que los más viejos contaban recuerdos que parecían anteriores incluso a ellos mismos.
Varios sonríen mientras lo cuentan, porque alguno todavía tiene familia allí. Una madre, o dos hermanos, o una compañera que decidió no marcharse. Para ellos, Aguas Sagradas nunca fue únicamente una prisión.
Pero llega siempre un momento en el que la conversación cambia. A veces ocurre cuando preguntas por qué se fueron. Otras, cuando Jonah pregunta qué era lo peor de vivir allí. Hay quien responde hablando de Melquíades, el hermano mayor de Nicanor y el despreciable rey que Lydia destronó. Otros apenas lo recuerdan y hablan de Lydia, la reina que vino desde más allá del océano. Los más recientes mencionan a Neiatta.
Lo que está claro es que los nombres cambian, pero el gesto es casi siempe el mismo: una mirada hacia el suelo, o un silencio incómodo. Es la sensación de estar acercándose a algo que nadie quiere nombrar demasiado alto.
Los habitantes más antiguos de la Sal Parda recuerdan a Nicanor mucho antes de que fuese la figura que habéis conocido. No hablan de él como un libertador enviado por los espíritus ni como el fundador de una nueva era. Lo recuerdan joven, rabioso, perdido después de la muerte de su hermano. Recuerdan el viaje hasta el Estero Ciego (dónde os encontráis ahora, era su nombre antes de la Sal Parda) y las primeras semanas durmiendo sobre madera húmeda, comiendo mal y reconstruyendo un viejo refugio que apenas servía para esconderse de las tormentas.
Algunos reconocen que Melquíades era un cabrón, y ninguno parece echarle realmente de menos. Lo que no aceptaron fue que alguien llegase desde fuera, lo devorase y ocupase inmediatamente su lugar. Otros se quedaron con Lydia, pero algunos de esos terminaron llegando aquí años después.
La imagen que ofrecen de ella es diferente a la que esperabas encontrar. Hay quien la recuerda con respeto, incluso con cariño. Dicen que intentó cambiar muchas cosas, que acabó con costumbres que llevaban demasiado tiempo aceptándose porque nadie se atrevía a discutirlas. Tampoco todos los habitantes que hablan contigo consideran que marcharse entonces fuese necesario. Pero con Neiatta las opiniones son mucho menos amables y menos uniformes.
Un hombre de hombros cubiertos de pequeñas placas calcáreas afirma que nunca recibió un castigo de ella, nunca fue amenazado y jamás vio a la reina maltratar personalmente a nadie. Su problema no era Neiatta, era saber que su vida seguía perteneciendo a Aguas Sagradas.
Otro se muestra mucho más duro. Llegó a la Sal Parda después de que comenzasen los intentos de recuperar a quienes se habían marchado. Para él, Neiatta no comprende la diferencia entre proteger una comunidad y poseerla.
Una mujer no aparece entre aquellos con los que habláis, pero sí un Nerai joven que recuerda a su hermana. Ella continúa abajo, y él no quiere obligarla a marcharse y tampoco desea regresar para convencerla. Sólo quiere que ambos puedan tomar decisiones diferentes sin convertirse por ello en enemigos.
Eso parece resumir buena parte de lo que encuentras. La mayoría no odia Aguas Sagradas, e incluso algunos ni siquiera odian a Neiatta. Y Nicanor tampoco despierta una devoción unánime.
Hay hombres que le deben la vida. Lo dicen sin titubeos: cuando las incursiones empezaron, fue Nicanor quien organizó las defensas. Cuando faltó comida, consiguió alianzas. Cuando nadie sabía cómo esconder el Estero Ciego, aparecieron los rituales que mantienen la niebla abrazada al manglar.
Pero también encontráis cansancio: Nicanor pregunta demasiado. Quiere saber quién sale, quién entra, quién habla con quién. Decide qué riesgos son aceptables y cuáles no. Hay quienes llevan años justificándolo porque cada nueva incursión demuestra que sus temores no eran imaginarios.
Otros empiezan a preguntarse cuándo llegará el día en que estar protegido y estar encerrado signifiquen exactamente lo mismo. La vida aquí es peor en casi todos los sentidos materiales: hay mosquitos, calor, tormentas. La madera se pudre, el agua potable tiene que almacenarse. La comida depende de la pesca, de lo que puedan intercambiar y de unas alianzas que no siempre resultan cómodas. Todos trabajan porque una semana mala se nota inmediatamente en las despensas.
Aun así, muchos prefieren esto. Uno de ellos lo demuestra enseñándoos una pequeña vivienda que construyó con sus propias manos. Está torcida, huele a pescado seco y el techo necesita otro parche antes de que llegue una tormenta seria, pero es suya.
La conversación más difícil llega con las camadas. Nadie niega lo que ya viste: hay pocos jóvenes. Demasiado pocos. Los nacimientos internos se detuvieron hace tiempo. Algunos habitantes no quieren hablar del motivo. Otros lo hacen con esa resignación de quien lleva años contemplando el mismo problema: las nuevas generaciones empezaron a nacer peor. Cuerpos que no terminaban de desarrollarse. Cambios incompletos. Rasgos que nadie conseguía explicar únicamente mediante la herencia.
Desde entonces, cada nuevo habitante que consigue llegar desde Aguas Sagradas significa algo más que una boca adicional: significa el futuro.
Y entonces empiezas a comprender por qué las dos comunidades pueden pronunciar la palabra rescate para describir exactamente la misma acción. Cuando preguntas por qué nadie simplemente se marcha más lejos, las respuestas vuelven a fragmentarse. Algunos no quieren abandonar Yucatán. Otros no creen que sobrevivirían separados. Otros hablan de la memoria como si fuese algo que pudiera diluirse con la distancia. Y unos pocos vuelven la mirada hacia el sur, hacia el mar.
No hablan de Mott Garoth. Para ellos, eso no es algo que pueda tener un nombre. Hablan de lo que duerme, de lo que necesita la cueva. Uno de los hombres mayores recuerda que, durante mucho tiempo, los niños aprendían pronto que determinadas preguntas no debían hacerse. Otro se limita a explicar que hubo un momento en que comprendió que ciertas listas no eran guardias, ni trabajadores, ni enfermos. Otro no quiere continuar hablando, Jonah tampoco insiste.
Cuando os alejáis, camina contigo en silencio durante varios metros. Observa una hilera de pequeñas viviendas apoyadas sobre pilotes. En una de ellas, dos Nerai reparan una red bajo la supervisión de otro más viejo. El hechicero se queda mirándolos.
Se mete las manos en los bolsillos.
Una tabla cruje bajo sus zapatillas.
Sonríe ligeramente, sin demasiada nostalgia.
Aparta una rama del manglar para dejarte pasar.
La sonrisa aparece otra vez.
Continúa caminando.
Se encoge de hombros, pero no desarrolla el tema.
Esta vez mira hacia las casas de la Sal Parda.
El resto de la tarde continúa entre conversaciones. Cuando finalmente decidís que habéis escuchado suficiente, la luz ya ha empezado a cambiar sobre el manglar. La niebla convierte el sol en una mancha pálida entre las copas y las pasarelas parecen prolongarse mucho más allá de donde realmente terminan.
Buscáis a Leandro. Jonah termina encontrando a uno de los habitantes que señala una vivienda algo apartada del centro. Tú y él recorréis juntos la última pasarela. En algún momento sus dedos encuentran los tuyos y seguís caminando agarrados de la mano sin necesidad de comentar nada.
La puerta está abierta, y lo primero que sorprende no es encontrar allí a Leandro. Es descubrir que aquello es un despacho. Pequeño, húmedo y completamente absurdo en mitad de un asentamiento levantado sobre un pantano, pero un despacho al fin y al cabo.
Dos paredes están ocupadas por archivadores metálicos de diferentes procedencias. Algunos tienen manchas de óxido alrededor de las bisagras; otros conservan etiquetas escritas con una caligrafía minúscula y sorprendentemente ordenada. Carpetas, sobres y hojas protegidas dentro de fundas de plástico ocupan una estantería construida con tablones.
Hay incluso una mesa de oficina, que no combina con absolutamente nada. ¿Qué es eso? ¿Las opiniones de Allison están permeando tu mente? ¡Qué humana te estás volviendo! Detrás de ella cuelgan varios diplomas enmarcados. Títulos y acreditaciones jurídicas amarilleadas por los años, protegidas del aire húmedo tras cristales que alguien limpia con bastante frecuencia.
Entre ellos hay una fotografía: Leandro parece mucho más joven. Lleva traje, corbata y una sonrisa tan exageradamente orgullosa que cuesta relacionarla con el hombre que conocisteis en la Poza del Tío Bill. Está entre dos personas mayores, un hombre y una mujer vestidos para alguna clase de ceremonia. Los tres miran a la cámara.
En la fotografía, Leandro parece completamente humano, pero el que está sentado ahora detrás de la mesa no. Ha abandonado la apariencia que utiliza en la superficie y mantiene otra forma. Podrías decir que es como tu Glabro. Sigue siendo reconocible, con sus ojos atentos y expresión de sabelotodo. Pero su cuerpo resulta más ancho, irregular y acuático. La piel permanece húmeda y recorrida por pequeñas escamas; a ambos lados del cuello se abren finas hendiduras branquiales que se mueven con su respiración. Sus manos conservan dedos suficientemente hábiles para manejar papeles, aunque una membrana translúcida une parcialmente las falanges.
La camisa ha sobrevivido a la transformación con cierta dificultad. Leandro levanta los ojos cuando aparecéis en la puerta. Su mirada baja durante un instante hacia vuestras manos entrelazadas, pero después vuelve a subir. No dice nada al respecto.
Retira varias carpetas de las dos sillas situadas frente a su mesa y las deposita cuidadosamente sobre un archivador.
Se acomoda en su silla y, antes de que os sentéis, abre uno de los cajones de la mesa. Dentro hay documentos, nolígrafos, una grapadora. Y una botella de mezcal. Leandro saca también un vaso pequeño.
Deja el vaso sobre la mesa y levanta ligeramente la botella.
Se sirve un poco de mezcal. Después guarda la botella a medias dentro del cajón, dejándola al alcance por si alguno cambia de opinión. El Nerai se recuesta, y la madera de la silla protesta bajo el peso de su forma Glabro. O eso esperas.
Mira primero a Jonah y después a ti. Sonríe.
El tipo sonríe con total sinceridad. Su voz no es amenazante y su actitud es muy relajada.
