No estáis solos.
Con ellos van Esteban de Haro y sus dos perros más visibles: Apolo, el calvo que ya viste en el entierro, y María Fernanda Robles. Ella. La mujer de coleta alta, ojos cansados y sonrisa de mentira. La artífice de la explosión del Dobra. La que se acercó a Henar. La que puso el cebo, midió la distancia y cerró la trampa.
El grupo se dirige hacia la caverna de Laro. Nadie habla durante el camino. Cuando llegáis, la entrada a la guarida ya no parece una herida abierta de la montaña: es un escenario militar.
Hay varios operativos de la Justicia Metálica vigilando el lugar. Desde donde estás puedes reconocer lo suficiente: Parentela... o al menos humanos a quienes se les ha corrido el Velo hasta un punto del que ya no se regresa fácil. Van equipados con armaduras de alta tecnología, cascos cerrados y rifles automáticos cargados con plata. No están aquí para investigar. Están aquí para cerrar algo. Terry avanza con total tranquilidad. Como si hubiera salido a fumar después de cenar. Se saca un puro del interior de la chaqueta. Luego otro. Se lo ofrece a Semyon. El ruso lo acepta sin mirarlo siquiera. Finalmente Terry saca un tercero y te lo tiende a ti.
No insiste más de la cuenta. Lo cojas o no, el gesto ya ha cumplido su función: hacerte partícipe de la escena antes de que empiece de verdad. Terry se enciende el suyo. Aspira. Exhala una bocanada lenta. Y se vuelve hacia Esteban.
Todo ocurre muy rápido. Terry saca una pistola con silenciador y le mete dos tiros en las piernas a Esteban. Dos. Secos. Ni siquiera parece que apunte demasiado. Esteban no tiene tiempo a reaccionar. Las rodillas se le vencen, el cuerpo gira mal y cae al suelo con un jadeo roto, más de sorpresa que de dolor al principio. Fernanda y Apolo dan medio paso, tensándose, pero se congelan al instante. Docenas de puntitos rojos se encienden sobre sus pechos, gargantas y frente: los operativos de la Justicia Metálica ya les están apuntando. Esteban tarda un segundo en registrar lo que ha pasado. Luego llega el dolor de verdad.
Terry ni pestañea.
Esteban intenta recomponerse. El orgullo le dura menos que el dolor.
Terry se agacha a su lado. Y entonces lo ves: no al político, no al embajador. No al padre que te ofrece puros o media sonrisa antes de pedirte que aprendas. A ese otro, al tipo que da miedo. Al que tiene algo pesado y antiguo en la forma de quedarse quieto. Algo que vuelve la escena más fría, como si la montaña misma hubiera dejado de respirar.
Esteban lo mira con un terror cada vez menos disimulado. Tiene la cara torcida por el dolor y, aún así, lo que más impresiona no es la sangre en sus pantalones. Es lo cerca que está de llorar. Terry sigue hablando como si todavía le estuviera haciendo un favor.
Silencio. Un silencio de los que empiezan a doler por dentro. Semyon observa impasible. Hasta dirías que está disfrutando. Apolo no se mueve, pero se le marcan todas las venas del cuello. Fernanda está empezando a llorar, sin aspavientos, con lágrimas de esas que salen solas y empeoran la cara de quien intenta seguir siendo útil.
Y entonces notas algo en el brazo. Es Kara. Te ha agarrado sin darse cuenta, o eso parece. Fuerte, en silencio. Y muy tensa. Esteban abre la boca una vez. No sale nada. La segunda vez sale suficiente.
Fernanda cierra los ojos. No protesta. No al principio. Terry chasquea la lengua. Se pone en pie y mira hacia vosotros un instante antes de volver al trío.
Hace un gesto a Semyon. El ruso activa el fetiche que lleva en el antebrazo y de él nace una hacha enorme de plata, preciosa y obscena a la vez, con rebordes trabajados, runas talladas y un brillo limpio que no debería existir en un arma hecha para separar cabezas del resto del mundo. Terry aparta a Esteban de una patada seca y se acerca a Fernanda.
La agarra del brazo.
Vytalian reacciona enseguida y la sujeta también. Entre los dos la obligan a arrodillarse. Fernanda apenas forcejea. Está demasiado dentro del pánico como para montar una defensa útil. Semyon se mueve entonces hacia vosotros. A ti te parece que todo lo hace con una exactitud casi ritual. De un manotazo aparta la mano de Kara de tu brazo. Y te deja el hacha.
Pesa. Muchísimo. Terry y Vytalian mantienen a Fernanda de rodillas. Ella ya no llora. Ahora solo respira mal. Terry te mira. Y cuando habla, ya no lo hace para convencer a nadie. Lo hace para dejar algo escrito en ti.
Nadie dice nada, todos esperan. Que agarres el hacha, que la levantes. Y que cumplas con tu obligación de verdugo.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Negarte y pedir otra vía: sujetar el hacha, pero no alzarla. Exigir que Fernanda hable, que revele todo lo que sabe del Trono, de la bomba y de sus órdenes antes de que nadie la ejecute.
🟨 Tensar la cuerda con Terry: mirar a tu padre y preguntarle, delante de todos, si esto es justicia para Laro... o una advertencia política para Madrid.
🟥 Aceptar el papel de verdugo: empuñar el hacha de plata y ejecutar a María Fernanda Robles aquí mismo, ante Terry, Semyon, Esteban y tus compañeros de manada.
Con ellos van Esteban de Haro y sus dos perros más visibles: Apolo, el calvo que ya viste en el entierro, y María Fernanda Robles. Ella. La mujer de coleta alta, ojos cansados y sonrisa de mentira. La artífice de la explosión del Dobra. La que se acercó a Henar. La que puso el cebo, midió la distancia y cerró la trampa.
El grupo se dirige hacia la caverna de Laro. Nadie habla durante el camino. Cuando llegáis, la entrada a la guarida ya no parece una herida abierta de la montaña: es un escenario militar.
Hay varios operativos de la Justicia Metálica vigilando el lugar. Desde donde estás puedes reconocer lo suficiente: Parentela... o al menos humanos a quienes se les ha corrido el Velo hasta un punto del que ya no se regresa fácil. Van equipados con armaduras de alta tecnología, cascos cerrados y rifles automáticos cargados con plata. No están aquí para investigar. Están aquí para cerrar algo. Terry avanza con total tranquilidad. Como si hubiera salido a fumar después de cenar. Se saca un puro del interior de la chaqueta. Luego otro. Se lo ofrece a Semyon. El ruso lo acepta sin mirarlo siquiera. Finalmente Terry saca un tercero y te lo tiende a ti.
No insiste más de la cuenta. Lo cojas o no, el gesto ya ha cumplido su función: hacerte partícipe de la escena antes de que empiece de verdad. Terry se enciende el suyo. Aspira. Exhala una bocanada lenta. Y se vuelve hacia Esteban.
Todo ocurre muy rápido. Terry saca una pistola con silenciador y le mete dos tiros en las piernas a Esteban. Dos. Secos. Ni siquiera parece que apunte demasiado. Esteban no tiene tiempo a reaccionar. Las rodillas se le vencen, el cuerpo gira mal y cae al suelo con un jadeo roto, más de sorpresa que de dolor al principio. Fernanda y Apolo dan medio paso, tensándose, pero se congelan al instante. Docenas de puntitos rojos se encienden sobre sus pechos, gargantas y frente: los operativos de la Justicia Metálica ya les están apuntando. Esteban tarda un segundo en registrar lo que ha pasado. Luego llega el dolor de verdad.
Terry ni pestañea.
Esteban intenta recomponerse. El orgullo le dura menos que el dolor.
Terry se agacha a su lado. Y entonces lo ves: no al político, no al embajador. No al padre que te ofrece puros o media sonrisa antes de pedirte que aprendas. A ese otro, al tipo que da miedo. Al que tiene algo pesado y antiguo en la forma de quedarse quieto. Algo que vuelve la escena más fría, como si la montaña misma hubiera dejado de respirar.
Esteban lo mira con un terror cada vez menos disimulado. Tiene la cara torcida por el dolor y, aún así, lo que más impresiona no es la sangre en sus pantalones. Es lo cerca que está de llorar. Terry sigue hablando como si todavía le estuviera haciendo un favor.
Silencio. Un silencio de los que empiezan a doler por dentro. Semyon observa impasible. Hasta dirías que está disfrutando. Apolo no se mueve, pero se le marcan todas las venas del cuello. Fernanda está empezando a llorar, sin aspavientos, con lágrimas de esas que salen solas y empeoran la cara de quien intenta seguir siendo útil.
Y entonces notas algo en el brazo. Es Kara. Te ha agarrado sin darse cuenta, o eso parece. Fuerte, en silencio. Y muy tensa. Esteban abre la boca una vez. No sale nada. La segunda vez sale suficiente.
Fernanda cierra los ojos. No protesta. No al principio. Terry chasquea la lengua. Se pone en pie y mira hacia vosotros un instante antes de volver al trío.
Hace un gesto a Semyon. El ruso activa el fetiche que lleva en el antebrazo y de él nace una hacha enorme de plata, preciosa y obscena a la vez, con rebordes trabajados, runas talladas y un brillo limpio que no debería existir en un arma hecha para separar cabezas del resto del mundo. Terry aparta a Esteban de una patada seca y se acerca a Fernanda.
La agarra del brazo.
Vytalian reacciona enseguida y la sujeta también. Entre los dos la obligan a arrodillarse. Fernanda apenas forcejea. Está demasiado dentro del pánico como para montar una defensa útil. Semyon se mueve entonces hacia vosotros. A ti te parece que todo lo hace con una exactitud casi ritual. De un manotazo aparta la mano de Kara de tu brazo. Y te deja el hacha.
Pesa. Muchísimo. Terry y Vytalian mantienen a Fernanda de rodillas. Ella ya no llora. Ahora solo respira mal. Terry te mira. Y cuando habla, ya no lo hace para convencer a nadie. Lo hace para dejar algo escrito en ti.
Nadie dice nada, todos esperan. Que agarres el hacha, que la levantes. Y que cumplas con tu obligación de verdugo.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Negarte y pedir otra vía: sujetar el hacha, pero no alzarla. Exigir que Fernanda hable, que revele todo lo que sabe del Trono, de la bomba y de sus órdenes antes de que nadie la ejecute.
🟨 Tensar la cuerda con Terry: mirar a tu padre y preguntarle, delante de todos, si esto es justicia para Laro... o una advertencia política para Madrid.
🟥 Aceptar el papel de verdugo: empuñar el hacha de plata y ejecutar a María Fernanda Robles aquí mismo, ante Terry, Semyon, Esteban y tus compañeros de manada.