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#61
Brisa del Sur / Re:Episodio 1 — Celestún
Último mensaje por Maurick - 05 de Ago 2026, 14:34:39
Nombrar a los Rokea provoca en Salomé una reacción que dura menos que un latido: su cuerpo se encoge alrededor de sí mismo. Los pliegues de su piel se tensan y las membranas que bordean sus brazos se cierran de golpe, como si una corriente helada hubiese atravesado las aguas templadas del abismo. Sus ojos se apartan de ti y buscan durante un instante la oscuridad que rodea la boca de Mott Garoth, pero no tarda en recuperar la compostura.

Cuando vuelve a mirarte, el temblor ha desaparecido. Solo queda la anciana que guarda los recuerdos de su pueblo.


Salomé empieza a alejarse del borde, pasando a una forma más aerodinámica. La verdad es que es perturbador, al menos para ti, observar como su cuerpo se retuerce, crece, se adapta y se transforma. No es algo que te extrañe, pero no se puede comparar a las transformaciones de Matt, de Himitsu o de Bill... La anciana nada despacio, apoyándose de vez en cuando sobre la roca con sus extremidades más largas. A vuestra espalda, ese ser enorme continúa respirando. Cada movimiento de aquella boca descomunal altera la corriente y arrastra pequeñas piedras hacia el fondo.


La anciana se detiene junto a una pared cubierta de depósitos calcáreos. Pasa los dedos por las marcas, como si comprobara que continúan en el mismo lugar.


La corriente vuelve a cambiar. Desde la sima llega un ruido húmedo, profundo, seguido por el roce de algo inmenso contra la piedra; la anciana no mira hacia atrás.


No hay orgullo en sus palabras, pero tampoco arrepentimiento. Habla como quien enumera las partes de una enfermedad que lleva demasiado tiempo aceptando como inevitable.


Salomé reanuda el camino hacia los pasillos superiores. Avanza durante unos metros antes de responder a tu exigencia sobre Himitsu.


La anciana gira el rostro hacia ti. Sus ojos amarillentos permanecen inmóviles.


La promesa queda suspendida entre ambas. No es lo que has pedido, pero parece ser todo cuanto Salomé está dispuesta a arriesgar contra la autoridad de la reina. Cuando mencionas a Lydia, la expresión de la anciana se endurece.


Aparta la mirada y continúa nadando, mientras los corredores se vuelven más estrechos durante el ascenso. La presión disminuye poco a poco y el agua empieza a sentirse menos pesada sobre tu cuerpo. Antes de alcanzar las cámaras habitadas, te ofrece las indicaciones que necesitas.


La anciana se queda atrás. No hay una despedida ceremonial. Solo un último gesto de su cabeza antes de hundirse de nuevo entre los pasillos de piedra, regresando hacia la oscuridad donde su pueblo guarda aquello que no quiere olvidar.



Decides que es el momento ideal para marcharte. A medida que avanzas por Aguas Sagradas, comienzas a notar que no estás sola. Los hidrianos abandonan sus cámaras para observarte. Algunos tienen cuerpos casi humanos cubiertos de escamas apagadas, mientras que otros muestran formas difíciles de interpretar: torsos incompletos, aletas nacidas donde deberían tener brazos, rostros que aún no han decidido si pertenecen a un pez o a una persona. Todos permanecen a una distancia prudente, pero sus ojos te siguen.

Lo que sí reconoces es que no hay odio en esas miradas. Tu cuerpo de Pez Betta, enorme y cubierto por escamas moradas, avanza entre ellos como una criatura surgida de alguna leyenda extranjera. Tus aletas se extienden con la corriente y rozan las columnas naturales de la caverna.

Varias criaturas pequeñas aparecen entre los adultos, con algunas apenas del tamaño de un bebé humano. Una de ellas posee un torso menudo, branquias abiertas en el cuello y una cola de pez que mueve con tanta energía que le cuesta mucho avanzr en línea recta. Otra se parece más a un pez rechoncho, pero de su vientre nacen dos brazos diminutos con dedos muy largos y torpes. Éstos dos se acercan sin miedo, y una de las crías intenta rozar el extremo de una de tus aletas; en cuanto lo tocas, retrocede inmediatamente cuando esta se mueve. Las demás la rodean, excitadas, y vuelven a aproximarse.

Las miras con una sonrisa, eso parece animarlas. Durante unos instantes, las pequeñas criaturas nadan alrededor de ti, escondiéndose entre los pliegues de tus aletas y siguiéndote hasta que varios adultos emiten sonidos graves desde las cámaras laterales. Las crías se detienen en seco (bueno, en mojado, pero se entiende); una de ellas tarda un poco más que las demás y continúa mirándote mientras te alejas.

Después, las cavernas quedan atrás: el agua se aclara conforme te aproximas a la salida. El techo rocoso desaparece y sobre ti se extiende la superficie del Golfo de México, teñida por una luz pálida. Cuando emerges, el amanecer ya está rompiendo sobre Celestún.

El cielo conserva manchas violetas y rojizas sobre el horizonte. Las primeras aves recorren la costa en grupos desordenados, y el aire huele a sal, madera mojada y vegetación. Después de tantas horas bajo tierra, cada sonido parece demasiado nítido.



Refugio de la playa

Costa de Celestún — Península de Yucatán

📅 11 de julio de 2007, 05:06

En la playa hay una figura esperando: Jonah está cerca de la orilla, con los pantalones remangados y las botas abandonadas varios metros más atrás. Camina de un lado a otro sobre la arena húmeda. Cuando te ve salir del agua, se queda completamente quieto. Tarda unos segundos en reaccionar, pero echa a correr.

Te alcanza cuando recuperas una forma que puede abrazar sin quedar sepultado bajo varios cientos de kilos de pez morado. Jonah te rodea con los brazos y aprieta con una fuerza torpe, desesperada, muy distinta de la despreocupación con la que suele afrontar casi todo.


Sus mejillas están húmedas. Podría ser la bruma del amanecer, el agua que el viento levanta desde el mar o algo que lleva allí desde antes de que emergieras. Jonah se separa lo suficiente para mirarte, y su expresión cambia cuando busca detrás de ti y no encuentra a nadie más saliendo del agua.


En seguida se da cuenta de que no todo es tan gracioso. Carraspea y volvéis a la orilla, pero durante el trayecto no deja de mirar hacia el mar, como si esperase ver aparecer en cualquier momento la cabeza de la Qualmi entre las olas. En el interior todavía quedan restos de la noche: tazas sin recoger, mantas arrugadas, arena sobre las tablas y el olor apagado del humo. Jonah acerca una silla a la mesa y te deja espacio para explicar lo ocurrido.

[Asumimos que le cuentas lo que ha pasado. Lo que no le quieras contar, indícalo en la próxima pulbicación]

No te interrumpe cuando hablas de Neiatta, de Lydia o de la promesa de Salomé. Tampoco cuando describes la boca que duerme bajo Aguas Sagradas y los sacrificios con los que llevan años alimentándola. Al enterarse de que Himitsu se ha entregado como rehén, aprieta la mandíbula. Sus dedos tamborilean una vez sobre la mesa y después se quedan inmóviles.


Se agarra la cabeza. Niega con ella, pero no tarda en centrarse de nuevo. Se levanta y empieza a registrar los cajones de la cabaña. Encuentra varios papeles viejos, un mapa de carreteras doblado y un lápiz al que le falta la mitad. Extiende el mapa sobre la mesa y busca Celestún con el dedo.


Recorre la costa hacia el norte siguiendo las indicaciones que te dio Salomé. Encuentra Sisal y marca con el lápiz una zona al oeste del pueblo.


Jonah ladea la cabeza, estudiando las carreteras secundarias.


Traza una línea aproximada desde la carretera hasta la costa.


Deja el lápiz sobre el mapa y apoya ambas manos en la mesa. Por primera vez desde que has regresado, su mirada se queda quieta.


¿Qué vas a hacer, Brisa del Sur?
#62
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Maurick - 05 de Ago 2026, 13:41:14
La Garrotxa se queda atrás sin despedirse. Al principio, la carretera desciende entre bosques todavía húmedos, laderas oscuras y campos cercados por muros de piedra. La niebla de la mañana permanece atrapada entre los árboles, deshilachándose despacio bajo una luz pálida. Durante algunos kilómetros, la Garrotxa continúa existiendo en el retrovisor: primero como una montaña apartada, después como una mancha entre las ramas y, finalmente, como una ausencia.

Cita de: Lady Midnight en 04 de Ago 2026, 12:38:24

Ana Mercedes sonríe cuando dices eso, y notas que empieza a moverse con más determinación.


El coche ha sobrevivido al encuentro con el árbol, aunque no con dignidad. El parachoques delantero está arañado, la matrícula doblada vibra cada vez que Ana Mercedes supera cierta velocidad y algo bajo el capó emite un traqueteo discreto cuando la carretera se inclina demasiado, pero aún así, avanza. Ana conduce con las dos manos en el volante, sin correr. Su capacidad de conducción es completamente distinta a la de Iruz: mantiene una distancia prudente con los vehículos que encuentra y reduce la marcha antes de cada curva, como si todavía estuviese comprobando hasta qué punto puede confiar en aquella máquina.

Cita de: Lady Midnight en 04 de Ago 2026, 12:38:24


Iruz ocupa el asiento trasero. Se ha puesto unas gafas de sol pese a que sigue siendo de noche y lleva la chaqueta doblada entre la cabeza y la ventanilla. Durante la primera hora apenas se mueve. De vez en cuando abre un ojo, comprueba que el paisaje continúa avanzando y vuelve a cerrarlo con expresión ofendida. Tú viajas junto a Ana, como copiloto. Desde allí observas cómo los campos volcánicos van dando paso a montañas más ásperas, cubiertas de pinares y heridas por caminos estrechos. Ninguna voz sale de la radio para anunciar el fin del mundo. Sólo el ruido de los neumáticos, el aire entrando por una ventanilla mal cerrada y el golpeteo monótono de la matrícula.

La tranquilidad resulta extraña después de tantos días rodeado de seres trascendentales, realidades oníricas y viajes espaciotemporales. Cerca de Ripoll, os detenéis en una estación de servicio; Ana llena el depósito y paga con la tarjeta asociada a aquella cuenta imposible que apareció a su nombre. La sostiene unos segundos antes de introducirla en el lector, como si esperase que la máquina llamase a la policía o a quienquiera que hubiera decidido convertirla en una mujer obscenamente solvente, pero no ocurre nada. ¿Por qué iba a hacerlo? El recibo sale con un siseo vulgar, con un cargo de 25€ en alimentos que no le suenan de nada a Ana. Iruz regresa con una bebida energética, dos bolsas de patatas, dos paquetes de donuts y un bollo cubierto por una capa de azúcar tan gruesa que parece aislante térmico. Se mete de nuevo en el coche sin ofrecer nada a nadie.

Cita de: Lady Midnight en 04 de Ago 2026, 12:38:24


Ana le lanza una mirada asesina y se sienta de nuevo como conductora. Tú observas la situación en silencio, desconcertado. No entiendes muy bien qué ha pasado. De una forma u otra, la carretera vuelve a tragarse el coche. El viaje continúa hacia el norte, buscando los pasos que atraviesan los Pirineos. Las poblaciones se vuelven más pequeñas, las fachadas pierden color y ganan piedra y los campanarios aparecen entre árboles altos, vigilando pueblos que apenas ocupan unas pocas calles. Tras Puigcerdà, el cielo se abre por fin y la luz cae sobre la Cerdanya, extendiendo sombras largas bajo las montañas.

Iruz despierta del todo cuando el paisaje empieza a cerrarse alrededor de vosotros. Se incorpora despacio, se quita las gafas y observa las señales. Durante unos minutos no os habla, sólo sigue con los ojos cada desvío, cada túnel y cada puente. A medida que os acercáis a la frontera, su cuerpo pierde parte del cansancio. La mirada empieza a contar cámaras, coches y lugares desde los que alguien podría observar la carretera.

Llegáis al control fronterizo, pero los agentes no sospechan de vosotros. Uno de ellos contempla la matrícula doblada, después a Ana Mercedes, después a ti. Finalmente mira a Iruz, que vuelve a llevar las gafas de sol y mastica el último trozo del bollo con la serenidad de una adolescente aburrida. El hombre os deja pasar. Andorra aparece poco a poco, sin una frontera clara entre la montaña y las construcciones. Carreteras estrechas, edificios levantados contra pendientes imposibles, hoteles, gasolineras, comercios de electrónica y balcones de madera sobre barrancos donde el agua corre demasiado abajo.

No os dirigís hacia el centro. Iruz os hace abandonar la vía principal antes de alcanzar las zonas más transitadas. La carretera secundaria asciende por una ladera cubierta de abetos, rodea un pequeño embalse y termina internándose en un valle lateral donde las construcciones vuelven a separarse unas de otras.

Sant Remei de l'Obaga

Camino de entrada

📅 27 de septiembre de 2005, 12:51

Llegáis a Sant Remei de l'Obaga poco antes de la una. El pueblo está formado por una iglesia pequeña, una plaza inclinada, dos calles principales y un conjunto de casas de piedra con tejados oscuros. Hay un hotel familiar, una tienda de alimentación, un taller mecánico y varios establecimientos que parecen vivir únicamente durante la temporada de nieve. Un arroyo atraviesa la parte baja del caserío, oculto entre muros cubiertos de musgo.

Las montañas lo rodean todo, e incluso el silencio parece tener pendiente. Ana estaciona junto a una antigua serrería cerrada. Hay pilas de madera bajo unas lonas verdes, una máquina oxidada y un camino de tierra que desciende hacia el arroyo. Iruz permanece inmóvil durante unos segundos, examinando el lugar. Después abre la puerta.


No ofrece más explicaciones. La veis alejarse por el camino, todavía algo encorvada por el cansancio. Desaparece detrás de la serrería y tarda cerca de diez minutos en regresar. Cuando lo hace, lleva una bolsa de plástico negro sujeta contra el vientre. Se detiene junto al coche, mira hacia las casas y abre el paquete.

Dentro hay un teléfono Nokia antiguo, una batería envuelta en papel de aluminio y una tarjeta SIM guardada dentro de una caja de cerillas. Iruz monta las tres piezas con movimientos rápidos. Después se aparta unos pasos, hasta quedar cerca del muro de piedra que separa la serrería del bosque. El teléfono se enciende. La pantalla verde ilumina sus dedos. No necesita marcar ningún número. El aparato comienza a sonar en cuanto encuentra cobertura.

Iruz mira el nombre inexistente de la llamada y descuelga. Se os queda mirando, y pulsa el botón para poner el altavoz del teléfono.


Al otro lado responde una mujer. Su voz es baja, seca y controlada. No saluda.


Iruz mira hacia vosotros. La distancia impide escuchar con claridad cada palabra, pero no oculta cómo se le endurece la mandíbula.


Hay un silencio breve.

La voz que responde no parece sorprendida. Sólo menos paciente.


Iruz se apoya contra el muro, hundiendo una zapatilla en la hierba húmeda.


El viento mueve las ramas sobre su cabeza. Desde alguna casa llega el sonido de una vajilla y una radio demasiado baja para entender las palabras.


Iruz busca algo en los bolsillos, no encuentra nada y termina escribiendo sobre el envoltorio del bollo con un pequeño lápiz que Ana le lanza desde el coche. La mujer le indica el nombre de un establecimiento situado en la plaza del pueblo: **Bar L'Isard**, y la cita será a las cinco de la tarde; 17:00.

Después añade una condición.


Iruz aparta el teléfono de su boca y lo mira como si el aparato acabara de insultarla personalmente. Vuelve a acercárselo.


La respuesta llega sin vacilación.


Iruz aprieta los dientes. Levanta la vista hacia ti y después hacia Ana Mercedes, calculando algo que no parece gustarle.


Esta vez el silencio dura más. Al otro lado sólo se oye una respiración pausada.


Iruz se aparta del muro.


La mujer no responde inmediatamente. Iruz continúa antes de que pueda hacerlo.


Otro silencio. Esta vez, cuando la mujer habla, hay algo más que cautela. Quizá reconocimiento. Quizá simplemente resignación.


Iruz mira a Ana Mercedes. La Philodox no parece encantada, pero termina asintiendo una sola vez.


La voz le recuerda la hora y el lugar. Antes de colgar, insiste:


La llamada termina. Iruz permanece mirando el teléfono apagado durante unos segundos. Después se gira hacia vosotros.


Sant Remei de l'Obaga no parece un lugar preparado para resolver esa clase de emergencia. La tienda de alimentación vende calcetines, delantales y camisetas interiores blancas. El pequeño comercio deportivo permanece cerrado hasta diciembre. En el taller mecánico hay monos de trabajo verdes, pero todos llevan el nombre bordado de un hombre llamado Josep y están cubiertos de manchas de aceite.

Ana Mercedes y tú recorréis el pueblo mientras Iruz espera en el hotel, vigilando el teléfono y protegiendo su orgullo de la luz del mediodía. La búsqueda os conduce finalmente hasta una tienda de recuerdos instalada junto a la iglesia. El escaparate está lleno de campanas para vacas, imanes con forma de esquí, muñecos de marmota, piedras pintadas y botellas de licor con ramas de pino dentro.

En el fondo del local encontráis una percha de camisetas. La única verde disponible es de una tonalidad brillante, casi radiactiva. En el centro lleva estampada una cabra sonriente con gafas de esquí, dos bastones cruzados y una montaña cubierta de purpurina blanca. Debajo, en letras amarillas, puede leerse:

SANT REMEI DE L'OBAGA
ON LES CABRES MANEN

Sólo queda una talla extragrande. Ana Mercedes sostiene la camiseta frente a ti. Primero mira la cabra estampada. Después levanta los ojos hacia tus cuernos. Sus labios se aprietan con una fuerza considerable, pero no llega a reírse. Pero tiene que girarse hacia un expositor de postales antes de pagar.

Cuando regresáis al hotel, Iruz está sentada en el bordillo de la entrada, fumando con el teléfono oculto bajo una pierna. Levanta la vista al veros. Ana despliega la camiseta. La cabra de las gafas sonríe bajo el sol.


Ana vuelve a mostrarla, esta vez completamente extendida. Iruz se pone en pie muy despacio.


La mirada de la Ícaro pasa del dibujo a ti. Después vuelve al dibujo.


Ana Mercedes niega con la cabeza, pero sus hombros se mueven una vez. Iruz agarra la camiseta por dos dedos, como si estuviese contaminada.


La deja caer sobre el capó.


A las cuatro y media continúa negándose. A las cuatro y treinta y cinco, comprueba el reloj del vestíbulo, pero sigue avanzando. A las cuatro y cuarenta aparece en la entrada del hotel con la camiseta puesta. Le queda enorme. Las mangas le llegan casi hasta los codos y el bajo cae por debajo de sus pantalones. La cabra ocupa la mayor parte de su torso, deformada por un nudo que Iruz ha hecho en un lateral para reducir el tamaño. La purpurina de la montaña brilla cada vez que se mueve. Iruz se detiene frente a vosotros.




Ana Mercedes inspira por la nariz y mira hacia otro lado. El camino hasta el Bar L'Isard apenas lleva cinco minutos. Iruz camina a tu lado, tirando de la camiseta hacia abajo cada pocos pasos. Varias personas se giran al verla pasar. Un niño señala la cabra desde la terraza de una heladería. Su madre le baja la mano de inmediato cuando Iruz lo mira.

El bar ocupa la planta baja de una casa de piedra frente a la plaza. Tiene un toldo marrón, varias mesas de metal en el exterior y un cartel de madera con la silueta de un rebeco. Dentro huele a café, vino derramado y aceite de cocina. Un televisor pequeño murmura desde una esquina mientras cuatro hombres mayores juegan al dominó bajo una cabeza disecada.

Os sentáis en una mesa cercana al fondo. Iruz elige la silla que le permite ver la puerta. La camiseta verde destaca en el local como una señal de emergencia. El reloj sobre la barra marca las cinco y siete cuando la puerta se abre. Entra una mujer de unos treinta y pocos años, vestida con ropa sencilla y una chaqueta ligera pese al calor de la tarde. No lleva bolso. No se detiene a observar el local, pero sus ojos recorren las ventanas, la barra, los espejos y la puerta de los baños antes de encontraros.

Camina hacia vuestra mesa. Los hombres del dominó dejan de jugar, el camarero deja de secar un vaso. En Sant Remei de l'Obaga no parece habitual ver reunidos a un estadounidense de aspecto raro, indígena, una mujer americana que camina sabiendo hacia dónde tiene que ir y una adolescente rubia vestida con una camiseta verde donde una cabra esquiadora proclama que gobierna el pueblo.

La desconocida se sienta frente a vosotros. Coloca las manos sobre la mesa y mantiene la espalda recta, sin ofrecerla a la puerta. Mira primero a Iruz, después a ti.

Cuando habla, su castellano es correcto, aunque el acento americano permanece agarrado a cada palabra.


Los hombres del bar siguen a lo suyo. Uno de ellos masculla algo sobre «turistas» en catalán.
#63
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Mark - 04 de Ago 2026, 21:20:58
Aprieto la mano de Monique con ternura.


A Vyt le dirijo una mirada de decisión cuando se monta y arranca el coche. Un asentimiento de "trabajo cumplido" con una pizca de "no te preocupes".

Me mantengo unos instantes viendo la estela de humo y luces del coche mientras se aleja para, finalmente, dirigirme a nuestras nuevas compañeras.

#64
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Maurick - 04 de Ago 2026, 15:14:37
El motor protesta cuando vuelves a poner la furgoneta en marcha. El golpe de la explosión todavía vibra en los cristales, pero el vehículo responde y empieza a alejarse del resplandor azul de Demóstenes. Mantienes la vista en la carretera, buscando las señales que conduzcan hacia la autovía y evitando mirar demasiado tiempo por el retrovisor. Detrás, las criaturas continúan corriendo hacia el túmulo.

Te alejas en dirección contraria a aquella marea. Las calles de Romo-Itzubaltzeta se suceden entre edificios residenciales, comercios cerrados y vehículos abandonados en mitad de la calzada. Algunas ventanas se encienden. Otras se abren apenas unos centímetros, hasta que quienes observan desde ellas ven las siluetas deformes desplazándose por los tejados y vuelven a cerrarlas.

Kara sigue intentando encender alguno de los teléfonos. Vytalian mantiene a Monique erguida en la parte trasera. La francesa apenas respira, protegida por los vendajes de emergencia y por el brazo del ruso alrededor de sus hombros. Durante unos segundos parece que la salida está cerca, pero entonces algo trepa por la fachada del edificio que tienes delante.

Primero distingues el movimiento: una masa enorme ascendiendo entre balcones, canalones y tendederos, hundiendo las garras en el ladrillo. Después reconoces la silueta de un Crinos. Su pelaje mezcla tonos marrones claros y oscuros, manchado por sangre y polvo. Sube con una violencia desesperada, arrancando fragmentos de fachada cada vez que impulsa el cuerpo hacia el siguiente piso. De repente, escuchas los gritos de una ciudad que está siendo asediada al mismo tiempo que alcanza la azotea de un edificio de cinco plantas. Pero allí lo esperan dos criaturas: parecen haber sido humanas alguna vez, aunque ya no queda suficiente de esa forma para afirmarlo. Sus torsos están hinchados y deformados, sostenidos por piernas demasiado pequeñas. De los hombros, vientres y espaldas nacen tentáculos oscuros cubiertos de ventosas, espinas y bocas diminutas. Están tan lejos que no puedes distinguirlos, pero tu mente une conceptos y te haces una ligera idea de lo que son.

Los tentáculos se lanzan sobre el Crinos: el Garou recibe el primer impacto en el rostro, pero hunde las garras en la criatura gris y la arrastra por la azotea. El monstruo se aferra al borde con tres apéndices mientras los demás se enrollan alrededor del cuello y los brazos del hombre lobo. La segunda criatura salta sobre su espalda y se aplasta contra ella como un pulpo negro, hundiendo las ventosas entre el pelaje; Kara deja de mirar los teléfonos al darse cuenta de lo que está pasando. Su cuerpo se ensancha sobre el asiento. Los músculos tensan la ropa mientras adopta la forma Glabro y se gira hacia la parte trasera de la furgoneta.


Vytalian levanta la cabeza. Tiene el rostro pálido, el brazo inútil pegado al cuerpo y a Monique apoyada sobre él. Mira a Kara como si acabara de proponerle conducir sin ruedas.


La protesta se te escapa al mismo tiempo, pero el sonido queda enterrado bajo el rugido procedente de la azotea. Las dos criaturas tiran a la vez, y el Crinos pierde el apoyo. Sus garras dejan cuatro surcos verticales en el borde de hormigón antes de que lo arranquen del tejado. Durante un instante queda suspendido sobre la calle, atrapado entre los tentáculos. Después los fomori lo impulsan hacia abajo con toda la fuerza de sus cuerpos: uno de ellos ha expulsado una ráfaga de aire que ha lanzado al Garou por los aires, directamente contra vosotros.

Giras el volante, y la furgoneta invade el carril contrario, roza un coche estacionado y arranca su espejo retrovisor: no hay espacio suficiente. El Crinos golpea frontalmente contra el vehículo con un estruendo de metal, huesos y cristal. El capó se pliega hacia dentro, el motor revienta bajo el impacto y la luna delantera estalla sobre ti y Kara. La furgoneta gira media vuelta antes de detenerse contra una farola y el cinturón te corta el pecho. Durante un segundo solo existe el pitido agudo dentro de tus oídos, el olor a combustible y el vapor escapando del motor destruido. Tienes cristales sobre las piernas y sangre bajándote desde una ceja.

Kara revienta su puerta de una patada, y tú haces lo mismo por el otro lado, saliendo a la calle mientras el cuerpo vuelve a ensancharse en Glabro. El asfalto cruje bajo tus zapatos. El aire sabe a polvo y a aceite quemado. Sobre el morro destrozado, el Crinos comienza a incorporarse. La criatura negra y púrpura continúa adherida a su cabeza y parte de la espalda. Los tentáculos le cubren un ojo, se introducen entre sus mandíbulas y aprietan alrededor del cuello. El Garou ruge, mete ambas garras debajo de la masa y tira. Varias ventosas se desprenden una tras otra con chasquidos húmedos. Varias arrancan mechones de pelaje y pequeños fragmentos de carne. El Crinos termina separando al monstruo de su cuerpo y lo arroja contra la carretera como quien se arranca un parche infectado.

La criatura golpea el suelo y se retuerce en el momento en el que el Garou lo aplasta de un pisotón. El sonido que hace es el que haría un globo de agua al reventarse. El hombre lobo reduce su tamaño. Su hocico se retrae, los hombros descienden y el pelaje desaparece hasta dejar ante vosotros a una mujer en Glabro. Es rubia, alta y de físico vigoroso, con las formas generosas tensando una ropa destrozada por la transformación. Tiene sangre en el rostro, polvo en los brazos y unos ojos azules que brillan todavía con la furia del combate. Os observa a ti y a Kara; la mujer separa los labios, enseñando unos colmillos que todavía no han terminado de retraerse.


Kara reconoce el idioma antes que la amenaza. Da un paso al frente y abre las manos para mostrar que no sostiene ningún arma.


La desconocida mantiene la mirada sobre ella durante un instante, y después sonríe. La criatura tentacular se levanta detrás de la rusa y salta antes de que ninguno pueda advertirla. La masa negra impacta contra la cabeza y los hombros de la mujer, envolviéndola de nuevo. Dos tentáculos se introducen alrededor de su rostro. Otro se clava bajo la clavícula. La rusa grita, adopta parcialmente Crinos y trata de arrancársela mientras gira sobre sí misma.

Kara corre hacia ella, pero no llega a alcanzarla. Las grietas del asfalto se llenan de movimiento: primero surge una araña. Después diez, cientos, miles. Salen de las alcantarillas, de debajo de los coches, de los marcos rotos de las ventanas y de las sombras proyectadas por los edificios. Una marabunta negra cubre la carretera, trepa por las piernas de la rusa y se lanza sobre la criatura tentacular. El monstruo se sacude mientras las arañas penetran en sus bocas, cubren sus ojos y desaparecen debajo de la piel. Los tentáculos se agitan durante unos segundos antes de caer. La masa se desploma alrededor de los pies de la mujer convertida en una bolsa vacía, perforada desde dentro. Las arañas continúan devorándola hasta que solo quedan membranas oscuras adheridas al asfalto.

La rusa se limpia el rostro y contempla la marabunta.


Las arañas se detienen. Empiezan a reunirse en mitad de la calzada, amontonándose unas sobre otras, formando primero una columna irregular y después una silueta humana. Las patas se entrelazan y desaparecen bajo placas negras. El abdomen de cientos de criaturas se funde en un torso. Los ojos múltiples se apagan mientras un único rostro emerge de aquella materia viva.

La transformación tarda apenas unos segundos. Cuando termina, reconoces a la mujer elegante de la cafetería. Valeria Parhon permanece de pie entre los restos del fomor, con la ropa cubierta de polvo y pequeñas manchas oscuras. Su respiración no está alterada. Solo sus dedos se mueven todavía con una coordinación demasiado precisa, como si miles de patas continuasen recordando su función.


Victoria asiente, pero Valeria no se mueve. La Ananasi te observa durante un instante. Su expresión se vacía. Durante un instante parece no reconocer la calle, la furgoneta destruida ni a la mujer que acaba de llamar por su nombre. Mira a Kara. Después vuelve a mirarte, extrañada, como si hubiese aparecido allí en mitad de una conversación que no recuerda haber comenzado. Parpadea, y el desconcierto desaparece.


Victoria suelta una carcajada, se aproxima a Kara y la envuelve en un abrazo demasiado fuerte y demasiado inmediato. La líder de la Ráfaga de Plata queda rígida entre sus brazos, con la mejilla aplastada contra el hombro de la desconocida.


Kara tarda un segundo en liberarse. Se recoloca la ropa, se aparta el pelo del rostro y mira hacia la furgoneta humeante.


Victoria pierde parte de la sonrisa. Lo hace de forma cómica, y rodea el morro aplastado y abre de golpe las puertas traseras. Vytalian está intentando incorporarse entre cristales, sujetando a Monique para que no caiga. La francesa tiene la cabeza apoyada sobre su pecho y los vendajes vuelven a teñirse de rojo.

La rusa corpulenta se inclina hacia ella.


Los ojos de Valeria se abren de par en par.


Victoria encoge los hombros, pero Monique no reacciona. Apenas consigue mantener los ojos abiertos. Por la forma en que ambas mujeres la observan, comprendes que la delegación del Arce Verde no ha salido con vida de Demóstenes. Valeria se acerca al vehículo y examina primero a Vytalian y después a Monique. Sus dedos se detienen sobre los vendajes, la temperatura de la piel y las pupilas. No tarda mucho en emitir su juicio.


Kara mira a Vytalian, y después a Monique. Traga saliva. El movimiento es pequeño, pero tú lo ves. La decisión aparece en sus ojos antes de que abra la boca.


Valeria analiza la respuesta. Su mirada pasa de Kara a ti y después regresa hacia Victoria. Suspira.


Victoria se sube a la parte trasera de la furgoneta. Coloca una mano sobre el pecho de Vytalian y la otra junto a la herida de su brazo. El ruso se pone tenso e intenta evitarlo, pero Victoria es mucho más rápida y ágil que él. Cierra los ojos. El contacto no produce ningún resplandor, pero el ruso arquea la espalda cuando algo cálido atraviesa su cuerpo. La respiración se vuelve más profunda. El sangrado disminuye y los bordes de las heridas comienzan a cerrarse, aunque la sustancia que lleva dentro continúa negándole cualquier cambio de forma.

Después Victoria se vuelve hacia Monique. Trabaja con más cuidado. Apoya ambas manos sobre el vientre vendado y mantiene la presión durante varios segundos. La francesa inspira de golpe. Algo se recompone debajo de las vendas. El color regresa lentamente a sus labios y la hemorragia de la pierna pierde fuerza. No queda curada, claro que no, pero ya no se está muriendo.

Vytalian aparta la mano de Victoria e intenta ponerse en pie.


Kara niega despacio. Se acerca hasta quedar frente a él. Vytalian la supera en altura, pero en aquel momento parece mucho más pequeño. La rusa coloca una mano sobre su hombro sano.


Vytalian aprieta la mandíbula. Se queja en ruso, primero entre dientes y después con suficiente volumen para que Victoria levante una ceja. Pero Kara no discute, mantiene la mano sobre su hombro hasta que el ruso termina apartando la mirada. Monique recupera algo de color, aunque cada movimiento continúa provocándole dolor. Vytalian la recoge en brazos y baja de la furgoneta con ella.

Valeria ya se ha acercado a un coche aparcado junto a la acera: un Opel Corsa rojo, viejo, con la pintura desvaída y una abolladura en la puerta del conductor. Se agacha junto al volante. Varias arañas pequeñas salen de su manga, desaparecen bajo el salpicadero y recorren los cables del sistema de arranque. El motor cobra vida.


Vytalian se queda quieto junto al coche. Os mira a Kara y a ti con el rostro endurecido por el dolor y la resignación. Después abre la puerta del copiloto y coloca a Monique en el asiento con todo el cuidado que permiten sus brazos. La francesa se remueve, y busca algo con la mano hasta encontrarte. Sus dedos se cierran alrededor de los tuyos con muy poca fuerza, pero no te suelta.


Kara observa la calle. Más criaturas corren por las azoteas en dirección a Demóstenes. El resplandor azul continúa creciendo entre los edificios y una nueva explosión hace temblar los escaparates. La líder de la Ráfaga de Plata golpea dos veces el techo del Opel.


Vytalian entra en el vehículo. La puerta se cierra. El viejo Corsa se incorpora a la calzada con un traqueteo inseguro y comienza a alejarse entre el humo, llevando a Monique hacia Cantabria. Permanecéis en mitad de la calle.

Tú. Kara. Victoria. Valeria. La furgoneta destruida exhala vapor detrás de vosotros. Los restos de la criatura tentacular continúan deshaciéndose. A lo lejos, los rugidos de los Crinos se mezclan con sirenas, disparos y el derrumbamiento de alguna estructura que no consigues ver. Gritos y chillidos de ciudadanos inocentes es la sinfonía que rodea Getxo ahora mismo. A tu alrededor, puedes ver seres voladores que se meten en las ventanas y en los pisos. Si alguien describiese el Apocalipsis para ti, sería éste momento.

Kara se vuelve hacia las dos mujeres.


Victoria echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas. Incluso cubierta de sangre y polvo, parece disfrutar de aquella pregunta.


Durante un instante, todo parece detenerse. Valeria observa el resplandor de Demóstenes. Victoria flexiona las manos, preparándose para regresar al combate. Kara permanece junto a ti, con la respiración todavía agitada y pequeños fragmentos de cristal adheridos al cabello.

Entonces te mira. Ya no hay órdenes de Semyon. No hay coartadas, informes ni una cadena de mando capaz de explicar lo que estáis viendo. Solo queda la ciudad herida, el Wyrm avanzando por sus calles y la decisión que Kara acaba de tomar por los dos. Sus hombros descienden apenas un centímetro.

#65
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Lady Midnight - 04 de Ago 2026, 12:38:24
Las paredes de la masía respiran una humedad densa mientras Iruz replica, a lo que el chamán responde solo con un suspiro cansado que se pierde entre los ronquidos del Roc.

Cita de: Maurick en 03 de Ago 2026, 11:54:24


El muchacho mira a Ana Mercedes con paciencia cuando llama su atención. No la interrumpe, solo escucha intentando entender el tono... y ajustando el propio después de la interacción con la ícaro.


La siguiente pregunta cruza la mente del metis como un disparo, abordando el tema con una soltura, una naturalidad y una espontaneidad que no esperaba. Antes de que pueda empezar a elaborar una respuesta, la joven rubia de pelo rizado interrumpe la conversación.

Cita de: Maurick en 03 de Ago 2026, 11:54:24


Mientras concluye su opinión sobre la situación con Iruz, se acerca a Ana Mercedes para ayudarla a transportar a la ícaro y abrir la puerta del coche para que pueda colocarla en el asiento trasero.

Cita de: Maurick en 03 de Ago 2026, 11:54:24


Mencionar el cráter de Bilbao una vez más hace que se note cierta ansiedad en su voz, que muta en resignación cuando vuelve a hablar.


La salida se retrasa ligeramente, como si Ana Mercedes estuviese buscando el momento para decir algo, mientras sus ojos recorren la escena para encontrar, una vez más, su objetivo en el Uktena. Los ojos de él, sin embargo, no la buscan a ella sino a la figura que tiene detrás.

Cita de: Maurick en 03 de Ago 2026, 11:54:24


El joven theurge termina de hablar con calma, concediéndole a Ana Mercedes el mantener la pausa que parece necesitar. Relaja su cuerpo, dejando que el peso repose principalmente sobre una pierna mientras apoya el brazo sobre el techo del coche. El aire húmedo parece algo más ligero cuando una ligera brisa acaricia sus rostros inmersos en una mirada que combina la duda existencial con la sinceridad de dos personas que, aunque apenas se conocen, saben que se necesitan.
#66
Brisa del Sur / Re:Episodio 1 — Celestún
Último mensaje por Denebia - 04 de Ago 2026, 01:04:11
Escucho atenta todo lo que me cuenta Salomé. Realmente me parece fascinante conocer a otras criaturas, su historia y costumbres.

Estoy asomada al borde. La corriente me mueve suave de un lado a otro, como una madre mece a un bebé para que se duerma, pero es tan sutil que estoy sumida en una especie de trance del que no me he dado cuenta cuanto tiempo llevo así.


Salgo de la especie de trance del ir y venir de la respiración. Dejo de acunarme en la corriente y miro a mi acompañante, sueno firme y decidida.


Comienzo a desnadar lo nadado y espero a la anciana en el principio del pasillo para volver a la superficie.





Lo que pretendo hacer es volver a la superficie y reunirme con Jonah. Una vez allí ir hacia el Norte con él a ver a los Nerai de la escisión.
#67
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Mark - 03 de Ago 2026, 21:06:53
Con la furgoneta parada, observo incrédulo la escena apocalíptica que se muestra ante nosotros.


Tras unos instantes me doy cuenta de que tengo la boca abierta y la cierro. Frunzo el ceño y aprieto el volante con fuerza.



Miro por el retrovisor a los malheridos Vytalian y Monique y la rabia mengua, sustituida por una sensanción de protección, de cuidar por los míos.


Hago que la furgoneta continúe su marcha hacia las afueras de Bilbao.


Mientras conduzco en silencio, no puedo dejar de pensar en todo lo que acabo de vivir. El Ojo del Ayer desaparecido. La relación entre CaliCorp Inc. y los corruptos del Trono de Cibeles. Todo está relacionado. Debo contactar con Felicity Burton cuando estemos a salvo.
#68
Brisa del Sur / Re:Episodio 1 — Celestún
Último mensaje por Maurick - 03 de Ago 2026, 13:18:35
Cita de: Denebia en 01 de Ago 2026, 18:44:51

La anciana permanece quieta cuando preguntas por Salmyra, e incluso sus patas dejan de tantear la piedra. Uno de sus ojos laterales se fija en ti, inmóvil bajo el borde del caparazón. La corriente nacida de la respiración de Mott Garoth tira de vuestras formas hacia el abismo y vuelve a soltarlas, pero Salomé ya no parece sentirla.


No parece burlarse, parece desconcertada de verdad. Quizá sea también una primera grieta en todo lo que había supuesto sobre ti. La anciana aproxima el cuerpo, y las articulaciones bajo su coraza crujen con suavidad.


Mira hacia la boca abierta bajo vosotras.


El aire que surge de Mott Garoth hace temblar las cadenas cubiertas de sal. Salomé escucha tu siguiente pregunta sin interrumpirte: Lydia, la nidada del norte, el hambre que crece bajo Aguas Sagradas. Cuando terminas, mueve lentamente el caparazón.

Cita de: Denebia en 01 de Ago 2026, 18:44:51


Una de sus patas recoge un fragmento de hueso, atrapándolo entre dos apéndices finos.


Parte el hueso, y los dos pedazos flotan entre vosotras.


Salomé suelta uno de los fragmentos. La corriente lo arrastra hacia la boca y desaparece entre los dientes.


La respuesta llega seca.


La anciana deja libre el otro pedazo de hueso, pero lo retiene contra la piedra antes de que la corriente se lo lleve.


Sus ojos lechosos vuelven a ti.


Las fauces de Mott Garoth se contraen debajo. Una hilera de dientes se pierde brevemente en la oscuridad antes de volver a aparecer.


No necesita explicar su destino, porque la boca abierta bajo vosotras ya lo ha hecho.

Cita de: Denebia en 01 de Ago 2026, 18:44:51

Ante tu última pregunta, Salomé guarda silencio. Tarda más en responder.


La admisión resulta extraña en su boca. Honesta, quizá a su pesar.


Salomé se aproxima al borde. La corriente arrastra los filamentos y pequeños restos adheridos a su coraza hacia la garganta.


Se vuelve hacia ti.


Su cola rígida señala el camino de regreso, hacia el túnel por el que habéis descendido.


El agua se precipita hacia las fauces y obliga a Salomé a aferrarse a la roca. Durante un instante, toda la sima parece inclinarse hacia la oscuridad.


¿Qué haces, Brisa del Sur?
#69
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Maurick - 03 de Ago 2026, 11:54:24
Iruz sostiene tu mirada durante unos segundos. La irritación continúa ahí, pero el alcohol empieza a arrastrarla hacia otra parte. Parpadea despacio, se lleva una mano al vientre y hace una mueca.


Se aparta de la silla con una dignidad bastante discutible. Antes de alcanzar la puerta, señala a Ana Mercedes con un dedo que tarda demasiado en encontrarla.


Iruz se toca la cabeza con ambas manos, intentando representar algo parecido a unos cuernos. Después desaparece al otro lado de la puerta, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Ana Mercedes espera hasta que sus pasos se alejan, y entonces vuelve los ojos hacia ti.


Sus dedos se cierran alrededor de la tela de su propia manga.


Ana baja la mirada durante un instante. Cuando vuelve a levantarla, la decisión continúa intacta, aunque algo más frágil se ha abierto detrás.


No intenta aliviar el peso de sus palabras.


La puerta vuelve a abrirse antes de que el silencio termine de asentarse. Iruz entra ajustándose la ropa y se deja caer sobre la silla con un suspiro. Ana la observa con el ceño fruncido.


Iruz levanta el brazo sin abrir del todo los ojos y le dedica un corte de mangas lento, casi solemne.


Su mano cae sobre el regazo. Apenas tarda unos segundos en quedarse dormida, con la cabeza vencida hacia un lado y la respiración pesada. Ana se acerca y se agacha frente a ella. Le pasa un brazo por detrás de la espalda y otro bajo las rodillas, pero se detiene al notar lo poco que pesa.


La preocupación apenas altera su voz. Mira hacia ti antes de incorporarse con Iruz entre los brazos, ofreciéndote la posibilidad de ayudar sin pedírtelo expresamente. Dejas el recuerdo de tabaco para el Roc, que está roncando como si fuera un terremoto en el altillo de la Masía. Fuera, en una de las esquinas, puedes ver a una de las cabras mutantes relamiendo el suelo; mientras lo hace, uno de sus ojos se fija en ti, lanza un enorme suspiro, y sigue haciendo lo suyo.



Fuera, la noche se ha cerrado sobre la Masía. El coche espera junto al camino, cubierto por una película de humedad. Ha terminado apoyado contra el tronco de un árbol: el golpe no ha sido nada grave, aunque ha doblado la matrícula delantera un poco. Ana acomoda a Iruz en los asientos traseros y le coloca su propia chaqueta bajo la cabeza. Después abre la puerta del conductor.


Permanece junto al coche, con una mano sobre la puerta abierta. Todavía no introduce la llave, y sus ojos regresan a ti.


Puedes ver a Zarpa Manchada detrás de ella, casi borroso y sin forma, pero plenamente consciente de vuestra conversación.


La sonrisa que ostenta te irrita.
#70
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Maurick - 03 de Ago 2026, 11:12:03
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, almacén abandonado, cerca de las Instalaciones Demóstenes

📅 29 de Agosto de 2005, 02:01

Sientes otro temblor; o quizás es otra cosa, pero no sabes muy bien qué es. Es algo más difícil de señalar: una presión que recorre las paredes, se introduce bajo la piel y eriza el pelo de la nuca. Tú y Kara os miráis durante un instante, y tenéis la certeza de que, aunque ninguno de los dos es Theurge, ambos habéis pasado demasiado tiempo cerca de la Umbra para confundir aquella sensación con miedo o cansancio: los espíritus están inquietos.

No puedes verlos desde el mundo físico, pero percibes su movimiento al otro lado de la Celosía. Presencias pequeñas que huyen por los pliegues del edificio. Sombras que se desplazan en dirección contraria a las luces. Un murmullo sin palabras que se acumula alrededor de Demóstenes, como animales escapando de un incendio que todavía no ha comenzado.

Kara no pierde tiempo intentando interpretarlo. Se arrodilla junto a Monique, aparta la tela empapada que cubre su vientre y prepara un vendaje de emergencia con lo poco que habéis recuperado. Trabaja deprisa, presionando donde debe, cerrando la hemorragia de la pierna y asegurando las vendas con movimientos firmes pese al temblor de sus dedos. Monique no protesta, ni habla. Su cabeza cae hacia un lado cada vez que Kara deja de sujetarla. Tiene los ojos abiertos, pero le cuesta mantenerlos enfocados. Cuando intentas hacerla caminar, sus piernas apenas responden y todo su peso termina apoyado contra ti.

Kara comprueba por última vez los vendajes. La sangre deja de extenderse con tanta rapidez, aunque continúa filtrándose lentamente entre las capas de tela. Su expresión te da la respuesta antes de que termine de explicártelo: aquello solo comprará tiempo: Monique necesita tratamiento médico inmediato, porque si no lo recibe, se desangrará.

Después examina sus pupilas, la rigidez de los músculos y la ausencia completa de regeneración. Es la misma reacción que presenta Vytalian, la misma incapacidad para cambiar de forma, curarse o atravesar la Urdimbre. La suite completa, vamos.

Kara expulsa el aire por la nariz y se limpia las manos contra los pantalones. A ella solo consiguieron inyectarle una dosis antes de que aparecieses en la sala de torturas. El efecto se ha debilitado lo suficiente para permitirle recuperar su forma Crinos y parte de sus capacidades, pero cada transformación sigue dejándole un dolor profundo en los huesos.

Vytalian se coloca al otro lado de Monique. Apenas puede utilizar uno de sus brazos y su respiración continúa siendo irregular, pero logra mantener la espalda recta. Entre los tres abandonáis la cámara de tortura y recorréis el almacén mientras buscáis una salida, un teléfono o cualquier cosa que os permita desaparecer de aquella zona. La inquietud espiritual aumenta a cada paso.

Kara te acompaña hasta un patio de carga situado en la parte trasera. Allí, escondida entre dos contenedores industriales, encontráis la misma furgoneta que perseguisteis por las calles de Bilbao aquella mañana, con la puerta lateral abierta.

El interior parece haber sido registrado a toda prisa. Hay cajas volcadas, cables, envases vacíos de los sedantes y varias mantas manchadas. Puedes comprobar que la empresa que ha manufacturado las drogas es CaliCorp Inc., y algo en tu estómago se retuerce al leerlo. Sin embargo, no tienes tiempo para analizar con más detenimiento esa intuición. En una esquina, arrojado como si fuese una herramienta sin valor, encuentras el fetiche de Kara. Ella lo recoge con ambas manos y permanece un instante inmóvil, comprobando que sigue entero antes de sujetarlo contra su cuerpo.

Tus cosas están esparcidas debajo de uno de los asientos: la chupa, el mechero, la cartera. Parte de la ropa y algunos objetos menores que te habían quitado. Los recoges deprisa, revisándolos uno por uno hasta que la ausencia se vuelve imposible de ignorar: el Ojo del Ayer no está. Miras de nuevo bajo los asientos. Abres la guantera, apartas las cajas, registras los bolsillos traseros y compruebas incluso el hueco donde guardan las herramientas. Nada, se lo han llevado.

La pérdida te deja quieto durante un segundo. Alguien del Trono de Cibeles o de aquella operación conoce ahora el artefacto. Quizá sepan utilizarlo. Quizá solo hayan reconocido su valor. No tienes forma de averiguarlo y el cuerpo de Monique se vence de nuevo entre los brazos de Vytalian. El tiempo se os echa encima.

Introducís a los dos heridos en la parte trasera. Vytalian se sienta contra una de las paredes y acomoda a Monique junto a él, manteniéndola erguida para que pueda respirar. Ella apenas reacciona al movimiento. Sus dedos se cierran débilmente alrededor de la manga del ruso, más por reflejo que por voluntad.

Kara encuentra las llaves en un compartimento lateral, junto a parte del equipo que os habían confiscado. La furgoneta arranca al segundo intento. El motor tose, expulsa una nube oscura por el tubo de escape y termina estabilizándose. El indicador muestra algo más de medio depósito: suficiente para llegar a Cantabria sin parar.

Te colocas al volante mientras Kara ocupa el asiento del acompañante. Primero intenta encender su teléfono. Después el tuyo. Pulsa varias veces los botones, retira las baterías, vuelve a colocarlas y masculla palabrotas en ruso cada vez que una pantalla se apaga antes de completar el arranque. Los teléfonos encienden, pero no tienen señal, ni cobertura. No podéis comunicaros con nadie, pero es hora de marcharse.

La radio de la furgoneta continúa encendida. Entre la estática aparecen fragmentos de comunicaciones: equipos ocupando posiciones, accesos bloqueados, movimientos en la Umbra y órdenes para mantener despejadas las rutas de entrada. Algunas voces hablan en clave. Otras han dejado de molestarse en ocultar lo que está ocurriendo: Perfidia está avanzando.

Una nueva transmisión se impone sobre las demás. La voz tiene un tono tranquilo y casi administrativo, como si estuviese coordinando una entrega de material y no el exterminio de un clan entero.


La comunicación continúa un par de veces más hasta que se pierde entre chasquidos. Kara deja de manipular los teléfonos. Mira la radio, después a Monique y Vytalian a través del espejo interior. La consternación apenas dura unos segundos. Aprieta la mandíbula, vuelve a encender tu móvil y te indica con un gesto que conduzcas.

La furgoneta abandona el patio industrial. Las calles de Romo-Itzubaltzeta parecen vacías, pero no tranquilas. Hay vehículos aparcados con las puertas abiertas, semáforos que cambian para nadie y luces encendidas en edificios donde las ventanas permanecen cerradas. A lo lejos se escucha el rumor de sirenas, todavía demasiado dispersas para que las autoridades comprendan qué está ocurriendo.

Conduces hacia la salida. Vytalian mantiene a Monique abrazada contra su pecho. Cada bache le arranca una mueca, pero no afloja. Ella sigue sin poder hablar. De vez en cuando abre los labios, intentando formar una palabra que nunca llega a salir. Kara continúa peleándose con los teléfonos, pero el reloj de la radio cambia.

02:32

El vello de tu nuca se eriza. Durante un instante, toda la presión espiritual desaparece. El murmullo de los espíritus se corta de golpe, la noche parece haber contenido la respiración; entonces explota una manzana cercana.



La onda de choque golpea la furgoneta de costado. Los cristales vibran dentro de los marcos y el vehículo invade parcialmente el carril contrario antes de que consigas enderezarlo. El estruendo llega después, grave y prolongado, acompañado por el crujido de fachadas que no estaban preparadas para soportar semejante impacto.

Dos edificios antiguos se pliegan sobre sí mismos. Las plantas superiores se hunden dentro de las inferiores y levantan una nube de polvo, ladrillos y cristales que engulle la calle. Varias alarmas comienzan a sonar al mismo tiempo, mientras un coche aparcado rueda sin conductor hasta golpear una farola, y Kara se sujeta al salpicadero.

Más allá de los tejados aparece un resplandor azul: procede de la zona donde se encuentran las instalaciones Demóstenes. La luz crece desde el subsuelo, filtrándose por ventanas, respiraderos y grietas abiertas en las paredes. No ilumina la ciudad de forma natural. Cada destello vuelve transparentes durante un instante los bordes de los edificios, como si el mundo físico fuese demasiado fino para contener aquello que está intentando atravesarlo.

Los primeros pliegues se abren sobre una azotea: de ellos emerge un Crinos de pelaje ennegrecido, seguido por otro y después por una criatura encorvada con demasiadas extremidades. Las figuras saltan a los edificios cercanos y corren hacia Demóstenes. Otras aparecen detrás de escaparates intactos, atravesando el cristal sin romperlo hasta encontrarse por completo en este lado. Más siluetas descienden por las fachadas, se materializan sobre los coches o surgen de sombras que no deberían tener profundidad.

Danzantes de la Espiral Negra. Fomori. Seres deformados que no reconoces. Y todos avanzan hacia el túmulo.

En la parte trasera, Vytalian observa la procesión a través de una de las ventanillas. Monique continúa apoyada contra él, demasiado débil para comprender lo que está viendo. Kara tiene uno de los teléfonos muerto entre las manos y el otro todavía intenta arrancar. Delante de ti queda la carretera que conduce fuera de Bilbao. A tu derecha, el resplandor de Demóstenes y una guerra que acaba de comenzar.

Tienes un instante para decidir.

¿Qué haces, Mark?