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#71
Brisa del Sur / Re:Episodio 1 — Celestún
Último mensaje por Denebia - 01 de Ago 2026, 18:44:51
Cita de: Maurick en 27 de Jul 2026, 13:28:31


Levanto una ceja. Tengo muchas preguntas pero quiero salir de ahí cuanto antes, por lo que dejo las preguntas para más adelante.


Cita de: Maurick en 27 de Jul 2026, 13:28:31


Asiento a la anciana, pero eso de "Mientras esa marca permanezca" no es que me de mucha confianza... Sigo a la anciana cuando abandona la sala del trono, no me despido ni miro atrás. Solo espero que Himitsu esté bien. Descendemos en espiral, la forma en cómo se ha construido o formado estos túneles es muy particular, lo que haya al final me suscita mucha curiosidad.


Cita de: Maurick en 27 de Jul 2026, 13:28:31
Las palabras llegan deformadas por el agua, pero conservan su peso.







Cita de: Maurick en 27 de Jul 2026, 13:28:31Salomé bordea la sima hasta alcanzar una plataforma natural. Allí hay pilares de coral gris, cadenas cubiertas de sal y restos de ofrendas atrapados entre las piedras: caparazones partidos, espinas, mandíbulas pequeñas y tiras de carne ya blanquecinas. La anciana extiende una de sus extremidades hacia el borde.




Miro. Primero solo veo negrura pero hay algo más, algo pretérito, tan viejo como la propia Gaia. Me impone respeto. Escucho con atención todo lo que Salomé me cuenta.


Cita de: Maurick en 27 de Jul 2026, 13:28:31
...



...





Las siguientes palabras las digo con un tono lo más cordial posible, pero sin darle mucha importancia, como quien lanza un plan en una tormenta de ideas. Es muy posible que mi idea no sea bienvenida y quiero volver a la superficie cuanto antes.


#72
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Lady Midnight - 30 de Jul 2026, 09:07:56
Mientras el dolor se concentra, los sentidos del joven chamán se agudizan. Las palabras de Zarpa Manchada suenan amables, sabias. Conoce el dolor que el muchacho carga sobre su espalda pero, de alguna manera, lo sobredimensiona.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 23:23:51




La conciencia del metis regresa a un mundo en el que, una vez más, los gritos de Iruz le impiden tomarse el tiempo necesario para recapacitar.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 23:23:51




El Uktena escucha, con cierta paciencia, el nuevo discurso de la joven. No parece demasiado interesado en sus bravuconadas pero, cuando dice esas últimas palabras algo cambia. "Se la debes". La afirmación resuena en su mente mientras su ceño se frunce poco a poco y el brillo de sus negros ojos se vuelve totalmente opaco.


Hace una breve pausa, intentando dirigir la rabia hacia el recuerdo y no directamente hacia Iruz.


Da un paso más hacia la joven, desafiante, mientras su voz se vuelve cada vez más áspera.


Entonces se para, y recuerda que la joven de pelo rubio, aunque es una molestia en sí misma, no es más que otra pobre alma embaucada al servicio de la ghoul. Su voz se frena recuperando la calma en las últimas palabras, y sigue mirando a la ícaro con paciencia.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 23:23:51


Se acerca de nuevo a la cama, y se sienta en el borde para ordenar sus pertenencias en su bolso y revisar que todo sigue en su sitio. Cuando Ana Mercedes habla, la escucha con calma mientras la mira a los ojos.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 23:23:51



Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 23:23:51


Sus cosas están en su sitio, su ropa está en condiciones y a su bastón aún le quedan muchos kilómetros por delante. Antes de partir, anota los detalles importantes en su cuaderno y prepara una pequeña bolsa de tela con algo de tabaco que deja atada con un hilo sobre la mesa de la masía. Quizá no vuelva a verse cara a cara con el Roc, así que una muestra de agradecimiento, aunque sea algo simbólico, nunca está de más.
#73
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Maurick - 29 de Jul 2026, 23:23:51
El dolor no remite, se vuelve más preciso. Zarpa Manchada permanece agachado frente a ti, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas. Te escucha hablar de cebos, estrategias y responsabilidades sin interrumpirte. Cuando terminas, deja pasar unos segundos.


Se incorpora. A vuestro alrededor, la Masía continúa detenida y borrosa. Iruz permanece inclinada sobre la silla. Ana Mercedes conserva una mano a medio alzar. Ni el polvo se atreve a descender.


Camina despacio hasta situarse detrás de Ana Mercedes.


Su mirada se endurece.


El fragmento oculto en tu bolso emite una pulsación tibia.


El mundo vuelve de golpe. El aire entra en tus pulmones. La madera recupera su dureza bajo tu mano. El cabello de Ana Mercedes termina de caer sobre su hombro e Iruz parpadea, observándote todavía arrodillado. La Ícaro deja escapar el aire por la nariz. Ya no parece borracha. Sólo agotada y profundamente irritada.


Se incorpora con esfuerzo y se apoya sobre el respaldo de la silla.


Iruz da un paso hacia ti. Sus ojos vidriosos se mantienen clavados en los tuyos.


Se señala la sien con un dedo.


Su mandíbula se tensa.


Ana Mercedes te observa en silencio. No parece sorprendida por la revelación, pero sí por la crudeza con la que Iruz la ha depositado ante ti. La Ícaro se frota el rostro y continúa.


Se acerca a la mesa y apoya ambas manos sobre ella. El olor a alcohol inunda la habitación.


Ana Mercedes levanta la cabeza.


La frase sale limpia. Sin temblor.


Sus ojos permanecen fijos en ti.


Iruz asiente hacia ella y vuelve a mirarte.


Señala con el pulgar hacia ninguna parte, hacia el oeste, hacia el Cráter que continúa ocupando tus pensamientos. Iruz se endereza. El alcohol continúa en su aliento, pero ya no queda nada torcido en sus palabras.


Dentro de tu bolso, el metal vuelve a calentarse. Zarpa Manchada no aparece, no hace falta.
#74
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Mark - 29 de Jul 2026, 21:54:56
Observo a mis compañeros con sincero alivio.


Tomo a Monique del hombro para que se apoye en mi y pueda ayudarla a caminar.


La ayudo a salir de la sala de torturas sin prisa pero sin pausa hasta ponernos a la altura de Kara y Vytalian.


Vuelvo a mirar a Kara.



[No paramos la marcha mientras hablamos. Debemos salir de ahí y montar en el vehículo. Si disponen de un móvil, llamaré a Semyon, si no, esperaré hasta poder establecer una comunicación. Si Monique sigue tan conmocionada como para no poder responder, conduciremos hasta salir de Bilbao y encontrar algún motel de carretera donde poder permanecer guarecidos hasta contactar con nuestro superior]
#75
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Maurick - 29 de Jul 2026, 21:29:30
Cita de: Mark en 29 de Jul 2026, 18:57:56La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.

No existe una decisión entre el pensamiento y el movimiento: la niebla roja borra esa distancia. Tu espalda golpea el marco cuando el cuerpo comienza a crecer. Las vértebras se separan con una sucesión de crujidos húmedos, empujando la columna hacia arriba; los hombros ensanchan hasta rozar ambos lados de la puerta y la cazadora se abre por las costuras antes de que puedas sentir la presión de la tela. Los dedos se alargan, las uñas revientan y se convierten en garras mientras el hocico emerge entre encías retraídas y dientes que ya no caben en una boca humana.

Hortzoker alcanza a levantar la pistola, pero no llega a apuntar. Entras en la habitación atravesando la puerta con el hombro. La hoja metálica se arranca de una bisagra y golpea la pared con un estruendo que hace temblar el carrito de instrumental. El fomor dispara por reflejo, y la bala pasa junto a tu mandíbula, arrancando una esquirla de hormigón del pilar donde está Monique.

Ahora los reconoces. No solo por aquellas pupilas demasiado quietas ni por la forma incorrecta de girar la cabeza. Son los dos hombres que acompañaban a Apolo cuando os entregó el lector y los dispositivos destinados a abrir Demóstenes desde dentro. Los mismos que esperaron en silencio mientras colaborabais con su operación. Los mismos que aparecieron después en la cafetería, dispararon los dardos y ayudaron a introducir a Monique en la furgoneta.

Ellos os dieron las herramientas y ellos la secuestraron. Hortzoker intenta disparar otra vez, pero tu garra se cierra alrededor de su muñeca. Los huesos ceden antes que el arma. La articulación se dobla hacia atrás con un chasquido seco; el cañón apunta al techo y las dos siguientes detonaciones revientan un fluorescente. Una lluvia de cristal y chispas cae sobre vosotros.


El grandullón ya tiene la escopeta entre las manos. Tiras de Hortzoker hacia ti. Su cuerpo abandona el suelo y choca contra tu pecho. Durante una fracción de segundo intenta protegerse utilizando la mano libre, pero sus dedos apenas consiguen hundirse entre tu pelaje antes de que lo arrojes contra el muro. La nuca golpea primero. El yeso se abre alrededor de su cabeza. El fomor rebota, todavía consciente, con los ojos desorbitados y la sonrisa sustituida por una mueca de incomprensión. La piel de su cuello palpita. Algo alargado se mueve debajo, trepando desde la clavícula hasta la mandíbula como un animal atrapado.

Lepolodi aprieta el gatillo, y la descarga te alcanza en el costado. El impacto te gira. La carne se abre bajo el pelaje y el calor entra de golpe, brutal, acompañado por una nube de sangre y pelo arrancado. Chocas contra el carrito metálico y lo aplastas bajo una rodilla. Las botellas ruedan por el suelo. Una de ellas estalla bajo tu peso, pero la Rabia ya ha convertido el dolor en otra cosa: una campana lejana, enterrada bajo el latido que te llena la cabeza.

Lepolodi bombea la escopeta. Hortzoker se aparta del muro y abre la boca. La mandíbula se desencaja más allá de cualquier límite humano. Los labios se rasgan por las comisuras y dejan al descubierto aquellas hileras de dientes diminutos, cientos de puntas húmedas apiñadas dentro de una garganta que se ensancha para morderte. El hedor que sale de ella recuerda a carne encerrada durante días en una bolsa de plástico.

Se lanza hacia tu cuello, pero le permites acercarse. Cuando abre la boca junto a tu hombro, introduces la garra bajo su mandíbula y empujas hacia arriba. Los dedos atraviesan la carne blanda del paladar. Hortzoker se sacude, muerde sin alcanzar nada y golpea tu antebrazo con la pistola rota. No aflojas. Tu mano continúa subiendo. Los dientes saltan primero. Pequeños fragmentos blancos rebotan contra el suelo y se pierden entre la sangre. La mandíbula superior se separa con un ruido espeso, seguida por la nariz y una parte del rostro. El fomor intenta gritar, pero solo consigue expulsar un borbotón oscuro que te cubre el pecho. Lo levantas por la cabeza abierta, y durante un instante sus piernas siguen pedaleando en el aire. Después lo estrellas contra el borde de la mesa: la primera vez se dobla, la segunda rompe la madera y la tercera deja de ser una persona reconocible.

Lepolodi vuelve a disparar. La descarga impacta en tu espalda. Esta vez sientes cómo algunos perdigones penetran entre las costillas y otros se aplastan contra el hueso. Das un paso hacia delante, arrastrando sobre la mesa los restos de Hortzoker. El fomor corpulento retrocede mientras trata de volver a accionar el mecanismo, pero uno de los cartuchos se atasca. Golpea el guardamanos con la palma.


Te vuelves hacia él. Lepolodi abandona la escopeta y mete la mano dentro de la chaqueta. Sus hombros empiezan a agitarse. La espalda se infla debajo de la tela, que se tensa hasta que varias protuberancias desgarran las costuras desde dentro. No son músculos. Son placas de carne endurecida, acumulaciones grises que se superponen unas a otras alrededor de la columna. Saca un cuchillo.

Es el mismo hombre que sostuvo abierta la puerta de la furgoneta mientras Apolo empujaba a Monique dentro. Lo recuerdas mirando la calle como si aquello fuese un trabajo cualquiera. Lepolodi carga. El cuchillo entra bajo tus costillas. El fomor gruñe y empuja con todo el peso de su cuerpo, intentando abrir la herida hacia arriba. Durante un segundo queda pegado a ti, tan cerca que puedes ver los vasos sanguíneos rotos alrededor de sus ojos y el sudor acumulado en los pliegues de su frente. Cierras una mano alrededor de su nuca y la otra atrapa el brazo del cuchillo.

Tiras en direcciones opuestas. La articulación del hombro resiste un instante. Después se desprende con un sonido parecido al de una rama verde partiéndose. El fomor grita mientras el brazo se separa del torso dentro de la manga, arrastrando jirones de carne y tendones largos que se tensan antes de romperse. El cuchillo cae todavía atrapado entre sus dedos.

Lepolodi intenta huir, pero solo consigue dar dos pasos. Lo alcanzas por la espalda y clavas las garras entre las placas que cubren su columna. La protección se resquebraja bajo tus dedos. El fomor patalea, golpea el suelo con las botas e intenta agarrarse al marco de la puerta mientras tiras de él hacia atrás. Sus uñas dejan cuatro surcos en el metal. Tiras otra vez, y su espalda se abre. Las placas grises saltan como costras gruesas y dejan al descubierto una masa de músculos deformados, grasa amarillenta y una columna demasiado ancha para pertenecer a un ser humano. Lepolodi continúa gritando hasta que hundes ambas manos en la abertura y separas los bordes. El sonido que sale de su cuerpo no se parece a un grito. Algo revienta dentro de él. Una oleada caliente te alcanza el abdomen y las piernas. El fomor se arquea, rígido, mientras su torso se abre desde la espalda hasta los costados. Sus órganos caen contra el suelo con un peso blando, unidos todavía por tejidos que se estiran entre sus costillas.

Lo sueltas. Lepolodi permanece de rodillas durante un segundo, mirando hacia la puerta como si todavía esperase poder cruzarla. Después cae de frente sobre sus propias vísceras.



El silencio regresa a la cámara, pero no de inmediato. Primero queda el repiqueteo de los casquillos terminando de rodar. El fluorescente roto chisporrotea sobre vuestra cabeza. Alguna pieza del carrito aplastado gira lentamente hasta perder impulso. El cuerpo de Hortzoker todavía sufre varios espasmos contra la mesa destruida, pero ya no conserva suficiente rostro para respirar. Tú sigues en pie.

La sangre de ambos fomori te cubre desde el hocico hasta las rodillas. Tienes fragmentos de dientes adheridos al pelaje del pecho, tiras de tejido entre las garras y una película negra y viscosa extendida sobre los brazos. La herida del costado continúa derramando sangre propia, más roja y limpia, que se mezcla con la porquería del Wyrm. El cuchillo sigue clavado bajo tus costillas. Cada respiración lo mueve unos milímetros dentro de la carne.

Hueles como un matadero incendiado. Pareces algo que debería permanecer encerrado al otro lado de una puerta de plata.

Monique sigue junto al pilar. Durante el combate no ha gritado. Apenas ha conseguido moverse. Ahora mantiene los ojos entreabiertos, intentando enfocar la mole ensangrentada que ocupa la habitación. La sangre de los fomori ha salpicado el suelo alrededor de ella, pero ninguno de sus cuerpos ha llegado a tocarla. Das un paso, y Monique se estremece. No porque no te reconozca. Sus ojos encuentran los tuyos bajo la frente del Crinos y permanecen allí. Lo que tiembla es su cuerpo, agotado por el simple esfuerzo de continuar respirando.

Te acercas despacio. Las garras dejan marcas húmedas sobre el hormigón. Cuando te arrodillas frente a ella, el cuchillo clavado en tu costado roza el suelo y una punzada consigue atravesar por fin la Rabia. Aun así, no apartas la mirada. Las ataduras de Monique están cerradas con bridas industriales. Bastaría un movimiento mal calculado para cortarle también las muñecas. Tus manos son demasiado grandes y demasiado fuertes. Están cubiertas de aquello que queda de los hombres que la trajeron aquí. Fuera de la cámara, la radio portátil vuelve a cobrar vida, y una voz surge entre la estática.


Otra voz responde, ahogada por interferencias.


Ahora escuchas a una voz familiar. Incluso a través de las interferencias, lo reconoces.


La transmisión muere. Bajo el almacén, un nuevo temblor recorre el hormigón. Esta vez no termina al cabo de un segundo. Las paredes vibran. El polvo cae de las vigas y una grieta fina aparece sobre el marco de la puerta, avanzando por el yeso con un sonido pequeño y continuo.



Monique deja escapar una respiración rota: está viva. Los dos hombres que la secuestraron ya no. Y tú permaneces arrodillado frente a ella, convertido en Crinos, herido, con un cuchillo clavado en el cuerpo y tan cubierto de sangre, carne y restos del Wyrm que apenas queda nada visible del hombre que entró en aquella habitación. Usas el poder de tu Rabia para sanar las heridas que te han hecho estos miserables. Respiras aliviado cuando notas que los cortes, puñaladas y disparos eran ordinarios, comunes. Un pensamiento intrusivo te pasa por la cabeza mientras dejas que tu piel se regenere: ¿qué hubieses hecho si no tuvieses estos poderes, como les ha pasado a Vytalian y a Kara? Una vez estás sanado, pasas a homínido y con el cuchillo liberas a la Philodox francesa. Con un tenue soplo de fuerza, se abraza a ti y notas que llora: pero no es un llanto de dolor, es un llanto de humillación, de sentirse inútil. Te llega a susurrar, de forma muy suave, lo siguiente:


Pero antes de que pueda acabar su frase, pega un grito de horror. Justo detrás de ti, en la puerta, entra otro fomori enormemente gordo y obeso, con varias pústulas amarillentas pulsantes. La criatura emite un rugido de dolor al ver a sus colegas hechos puré, y parece que va a cargar hacia ti. Suspiras, pero antes de que puedas ponerte en pie de nuevo, algo le atraviesa el pecho de lado a lado. Es un crinos de pelaje blanco, ojos azules brillantes, y varias heridas por todo el cuerpo. Detrás de él está Vytalian, agarrándose al quicio de la puerta.

#76
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Mark - 29 de Jul 2026, 18:57:56
El infierno se vuelve a desatar en mi cabeza en un lapso demasiado corto de tiempo. Primero Kara, ahora Monique. Situaciones similares, un horror demasiado familiar, dos seres queridos sufriendo torturas. Noto la sangre bullir en mi interior, los latidos en mi cabeza parecen campanadas lúgubres.

No puedo permitir que muera y no tengo más herramientas a mi disposición que mis propias manos. Que mis propias garras.

La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.

Monique no puede morir sin al menos morir yo antes en el intento por salvarla...
#77
Mark / Re:Episodio 2 — Bilbao
Último mensaje por Maurick - 29 de Jul 2026, 12:48:54
Después de lo hablado por el chat, asumimos que Mark sale e intenta investigar.

El regreso al mundo físico resulta peor que el anterior. No por el esfuerzo: esta vez sabes dónde buscar la frontera y cómo empujarla. Lo peor es la sensación de abandonar a Kara y Vytalian al otro lado. Durante un instante, mientras la Umbra se comprime alrededor de tu cuerpo, todavía distingues sus siluetas entre las formas grises del almacén: ella sentada junto al ruso, una mano apoyada sobre su hombro; él tendido en el suelo, respirando a tirones, demasiado orgulloso para cerrar los ojos.

Después la realidad te arranca de allí: caes sobre una rodilla. El hormigón te recibe con un golpe seco y una bocanada de aire cargada de polvo, humedad y restos de combustible. El almacén físico conserva el calor de los cuerpos que lo han ocupado, pero ya no queda nadie en la sala principal. Solo los cadáveres de los dos fomori, las correas abandonadas, las manchas oscuras sobre el suelo y el zumbido irregular de uno de los fluorescentes.

Te incorporas despacio. El silencio no es completo. Más allá de las paredes llega el rumor lejano de motores. Algún portón industrial se cierra con un estrépito que recorre las vigas del techo. Después escuchas algo más grave, mucho más distante: una vibración sorda que asciende por el suelo y hace tintinear una herramienta olvidada sobre una mesa —dura apenas un segundo—.

Esperas, pero no se repite. Te obligas a seguir; la puerta principal del almacén está bloqueada desde fuera. El cierre ha sido pasado con una cadena gruesa que no puedes alcanzar desde este lado, aunque la hoja metálica no encaja bien contra el suelo y deja entrar una franja de luz anaranjada. Te agachas. Al otro lado se extiende un patio industrial estrecho, delimitado por vallas, contenedores y fachadas de ladrillo ennegrecido. No ves movimiento ni tampoco ningún vehículo que puedas utilizar.

Regresas al interior. Las oficinas administrativas ocupan una plataforma elevada en uno de los laterales. Subes por una escalera metálica que se queja bajo tu peso. Cada peldaño propaga un pequeño crujido por el edificio y te obliga a detenerte, escuchar y continuar con más cuidado.

La primera oficina está vacía: archivadores abiertos, papeles tirados y una taza con café reseco junto a un teclado sin ordenador. El teléfono de mesa sigue en su sitio, pero cuando levantas el auricular no escuchas tono alguno. Sigues el cable hasta la pared y descubres que ha sido arrancado de cuajo.

En la segunda habitación encuentras una mesa plegable, varias cajas de munición vacías y un mapa de la zona clavado sobre un tablón. Hay círculos dibujados alrededor de diferentes accesos de Romo-Itzubaltzeta. Algunas calles aparecen tachadas. Otras están marcadas con flechas que convergen hacia un mismo punto: Demóstenes.

No necesitas comprender todo el plan para reconocer una operación en marcha. Junto al mapa hay una radio portátil. La coges, giras el control de volumen y escuchas únicamente estática. Cambias de frecuencia. Primero no ocurre nada, después aparece una voz entrecortada, demasiado deformada para entender las palabras. Otra responde desde algún lugar lejano, pero la transmisión se interrumpe con un chasquido.

Entonces oyes el golpe, que no procede de la radio. Llega desde debajo de las oficinas: un sonido corto, blando, como algo pesado chocando contra una puerta. Guardas silencio. Pasan varios segundos antes de que vuelva a repetirse. Esta vez viene acompañado por el roce de unas botas y una voz baja, irritada.

Hay alguien en el almacén. Abandonas la oficina y desciendes la escalera. No regresas directamente a la sala donde despertasteis. Te mueves por el pasillo de servicio que rodea la nave, pegado a la pared y evitando las zonas iluminadas. El aire cambia a medida que avanzas. Huele a aceite, plástico quemado y sudor rancio, y también huele al Wyrm.

No es una presencia lejana ni una contaminación adherida al edificio. Está cerca. El corredor desemboca en una zona de carga que no habías visto durante el primer registro. Una hilera de cortinas industriales de plástico oculta varias cámaras interiores. Algunas están abiertas y vacías mientras que otras tienen candados reventados colgando de los cierres; las voces proceden de la última.

Te acercas, mientras ves como una luz blanca y dura escapa por debajo de la puerta. A su lado hay un carrito metálico con vendas usadas, botellas de agua, guantes de látex y una bandeja que alguien ha dejado caer de cualquier manera. Unas gotas oscuras recorren una de las ruedas y se han secado antes de alcanzar el suelo. La puerta no está cerrada del todo, y a través de la rendija distingues a dos hombres.

El primero es enorme. Incluso encorvado supera con claridad la altura normal de un ser humano. Tiene el cuello hundido entre los hombros, los brazos demasiado largos y una espalda que se mueve bajo la ropa como si algo tratara de encontrar una postura cómoda dentro de ella. Lleva una escopeta recortada colgada de una correa y está introduciendo cartuchos en los bolsillos de una chaqueta militar.

El segundo es más bajo y delgado. Su cuerpo conserva proporciones humanas, pero cada uno de sus movimientos resulta incorrecto. Las articulaciones se detienen donde no deberían. La cabeza gira unos grados de más cuando escucha. Los dedos, largos y amarillentos, golpean con impaciencia la carcasa de una pistola automática.

No necesitas comprobar más: son fomori. No son los mismos que has dejado muertos en la otra sala, obviamente, pero estos siguen vivos. Y están preparados para marcharse.


El más corpulento no levanta la mirada. Continúa llenándose los bolsillos con munición mientras su compañero observa algo situado fuera de tu campo de visión.


La voz le sale húmeda, con un siseo pegado a las palabras. El grande cierra la caja de cartuchos de un manotazo y se ajusta la correa de la escopeta.


La última palabra te obliga a cambiar ligeramente de posición. Lo haces muy despacio, utilizando el marco de la puerta para ampliar el ángulo sin empujarla, y entonces la ves. Monique está al fondo de la cámara.

La han dejado sentada contra uno de los pilares, con las manos sujetas y la cabeza inclinada sobre el pecho. La ropa con la que acudió a la cafetería apenas conserva algo de aquella discreta elegancia. El cabello le cae sobre el rostro. Una de sus piernas está extendida; la otra, recogida en una postura incómoda que no parece elegida.

No necesitas acercarte para saber que está muy herida. Tampoco necesitas estudiar su cuerpo, su respiración basta. Cada vez que intenta llenar los pulmones, el movimiento se interrumpe a mitad. Después permanece inmóvil durante unos segundos demasiado largos, hasta que el cuerpo vuelve a reclamar aire con un temblor pequeño, casi imperceptible.

Sigue viva, por muy poco.

El fomor delgado se acerca a ella. Monique no reacciona cuando la sombra se extiende sobre sus piernas. Tampoco cuando el monstruo se agacha y le coge el rostro para obligarla a levantar la cabeza, sus párpados tardan en abrirse.


El hombre sonríe. Entre sus labios aparecen varias hileras de dientes diminutos, apretados unos contra otros como fragmentos de cristal.


El otro fomor termina de ajustar la correa de la escopeta. El larguirucho acaricia el mentón de Monique.


Monique deja caer de nuevo la cabeza cuando el fomor la suelta. Sin embargo, antes de hacerlo, sus ojos se desplazan. No hacia la puerta, hacia ti.

El movimiento es mínimo. Quizá solo un reflejo. Quizá haya reconocido tu silueta entre la oscuridad del pasillo. No pronuncia tu nombre, no cambia de expresión ni hace nada que pueda delatarte.

El fomor delgado —Hortzoker— percibe algo. Observa a Monique. Olisquea el aire, y después sigue la dirección de su mirada. Su cuello gira lentamente. Primero ves el perfil, y después uno de sus ojos. La pupila se contrae al encontrarte detrás de la puerta.

El hombre sonríe. El corpulento deja de revisar la escopeta. Durante un segundo nadie se mueve. Tú no llevas armas, pero ellos sí, y Monique apenas puede respirar. Y, bajo vuestros pies, algo vuelve a estremecer las entrañas de Bilbao. Esta vez el temblor dura más.

¿Qué haces, Mark?
#78
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Lady Midnight - 29 de Jul 2026, 12:41:41
La escena es extraña, como si su mente se hubiese convertido en algún tipo de teatro al margen de la realidad en el que, ocasionalmente, se interpretan las obras rupturistas de vanguardias aún por llegar.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 11:34:13

El pensamiento del muchacho, afectado por el dolor, se eleva en el ambiente como una voz calmada hacia la imagen del Danzante.


La voz cambia, así como el tono de la misma y el tipo de mensaje. Es Apae, otra vez Apae. El joven chamán es incapaz de discernir si es un nuevo recuerdo de lo ocurrido en el Pozo (o lo que él asume como su estancia en el Pozo) o un nuevo mensaje fruto de alguna conexión establecida tras aquel primer contacto. No sabe si es un recuerdo suyo, o un recuerdo de otro. "Tu pareja y tu hija", dijo, pero... ¿a quién se refiere? ¿A Dulce Lluvia y Noa? En este momento el muchacho no sabe si Iris tiene pareja, pero no parecía que Iris tuviese intención de ayudar a Invitia a reunir todos los núcleos. Todos los sucesos parecen demasiado fáciles de relacionar entre sí, todo apunta, una vez más, a las Estigmas y sus planes. Bruma Nocturna no quiere entregar a Noa, y menos después de su implicación en el proceso de su concepción. Tampoco quiere renunciar a Dulce Lluvia, la única que alguna vez ha demostrado comprenderle y aceptarle como es. Sin embargo, como todas las veces que las dudas atenazan su corazón, la sensación del deber y la responsabilidad es mucho más fuerte: el mundo, Gaia, es mucho más importante que sus deseos personales y su bienestar.

Cita de: Maurick en 29 de Jul 2026, 11:34:13

#79
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Maurick - 29 de Jul 2026, 11:34:13
Cita de: Lady Midnight en 29 de Jul 2026, 10:46:37Un intenso dolor de cabeza interrumpe la exposición del joven, que cae sobre su rodilla derecha mientras se apoya en el suelo con la misma mano y se sujeta la cabeza con la izquierda; una de las últimas piezas del puzzle encaja entre sus recuerdos con tanto sufrimiento físico como mental.

El dolor te atraviesa detrás de los ojos y la Masía vuelve a desdibujarse. La mano apoyada en el suelo deja de sentir la madera. El gemido de Iruz se alarga hasta convertirse en un sonido grave, inmóvil. Ana Mercedes queda suspendida a medio gesto.

Gaia deja de girar otra vez, mientras Zarpa Manchada aparece frente a ti, observándote desde arriba. Esta vez no hay burla en su rostro, sólo una preocupación severa.


Se agacha despacio hasta quedar a tu altura.


Cita de: Lady Midnight en 29 de Jul 2026, 10:46:37Una mueca contrae su rostro, y de su boca solo sale un gemido contenido.

Su voz se aleja. La oscuridad ocupa su lugar: piedra infinita y una presencia demasiado grande para caber dentro de ningún mundo.


La voz no pertenece ya a Zarpa Manchada. Es la de alguien que no conoces, pero recuerdas. Alguien que no sabes quién es, pero lo notas familiar, cercano. Su parece haber sido recuperada desde algún rincón roto de tu memoria.


Entonces regresa la Masía. El aire entra de golpe en tus pulmones y Zarpa Manchada vuelve a estar frente a ti.


El tiempo no parece volverse a mover. Tu padre, o lo que sea que es esta criatura, te observa consternado.
#80
Bruma Nocturna / Re:Episodio 3 — Indolence
Último mensaje por Lady Midnight - 29 de Jul 2026, 10:46:37
El sioux escucha las quejas de Iruz mientras guarda con cuidado el fragmento de metal tibio en su bolso, no sin antes echarle un último vistazo. Cuando la muchacha menciona a Aya, el metis deja que la pausa tras la mención sea lo suficientemente consistente como para saber que tiene la oportunidad de participar.


Mira a Iruz apoyada en la silla, mientras camina despacio por la habitación sin rumbo definido.


El Uktena desvía la mirada un momento hacia la esquina en la que estaba el Demonio de Fuego, y vuelve sus ojos hacia Ana Mercedes.


Un intenso dolor de cabeza interrumpe la exposición del joven, que cae sobre su rodilla derecha mientras se apoya en el suelo con la misma mano y se sujeta la cabeza con la izquierda; una de las últimas piezas del puzzle encaja entre sus recuerdos con tanto sufrimiento físico como mental.

Cita de: Maurick en 04 de Jul 2026, 17:51:58

Una mueca contrae su rostro, y de su boca solo sale un gemido contenido.