Episodio 2 — La Garrotxa

Iniciado por Maurick, 15 de Abr 2026, 23:58:13

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Iruz te mira cuando vuelves a colocarla en esa frontera incómoda entre acompañante, carga y adulta con derecho a equivocarse. Todavía tiene la cara cansada, los ojos algo rojos y la ropa mal asentada sobre el cuerpo, pero la lengua no ha perdido filo.

Cita de: Lady Midnight en 08 de Jun 2026, 02:43:51


Ana Mercedes no se ríe. Ni siquiera parece saber si debería mirarte a ti, mirar a Iruz o seguir pendiente del Pozo. Su atención acaba clavada en la piedra negra, en los restos de sellos rotos y en esa presión que empieza a hacerle más difícil respirar con normalidad.

El Roc de la Cendra, en cambio, sí se ríe cuando hablas de la corrupción y del poder del Wyrm como si fueran dos cosas que pudieran separarse con un cuchillo limpio. Es una risa baja, áspera, casi sin aire. Luego se sienta junto al borde del Pozo con una lentitud dolorosa, apoyando una mano nudosa sobre la piedra oscura.


El viejo se acomoda con cuidado. No parece cansado por el camino, sino por llevar demasiado tiempo existiendo cerca de aquel sitio. La ceniza de sus botas se confunde con la ceniza apelmazada del borde, y durante un instante resulta difícil saber dónde termina el hombre y dónde empieza la herida.


El Roc alza la vista hacia ti. Sus ojos claros no tienen burla, aunque la voz conserve esa sequedad incómoda de quien no sabe hablar sin arañar un poco. Ana Mercedes traga saliva. Iruz deja de mirarse las manos.


El viejo se rasca la barba con dos dedos manchados de negro. El Roc señala el borde del Pozo.


Luego mira a Ana Mercedes y a Iruz.


Iruz abre la boca, quizá para decir alguna barbaridad, pero algo en la oscuridad viscosa del Pozo le corta el impulso. Ana Mercedes se acerca un poco más al borde. No aparta la mirada de la abertura.


Lo dice como si necesitara oírlo en voz alta. Quizá no para convencer a nadie. Quizá para no temblar. El Roc asiente una sola vez.


El aire alrededor del Pozo se vuelve más espeso. No hay viento, pero la ceniza se mueve apenas, como si algo respirase desde muy abajo. Las marcas del borde parecen hundirse un poco más en la piedra. La Umbra, cansada y mal cosida, se inclina hacia vosotros con una atención enferma. Iruz se gira lentamente hacia el viejo, sin acordarse siquiera de cubrirse, con la boca abierta.


El Roc de la Cendra se ríe, otra vez. Una risa macabra, huesuda, que se queda en el tuétano.


Iruz abre la boca. Esta vez tarda en encontrar la barbaridad.


El silencio que sigue es raro, muy raro.


El Roc señala el Pozo con una mano nudosa.


Iruz se acerca a Ana y la mira de arriba abajo. Masculla alguna cochinada sobre su cuerpo, pero la Philodox ni siquiera le presta atención. Está mirando la boca oscura del Pozo. Sientes el punto exacto donde debe empezar. Uno que no quiere decidir si pertenece al mundo, al recuerdo o a la herida. El Cordón Umbral empieza a tomar forma cuando tiras de tu propia Gnosis. Una línea espiritual, fina como seda de araña, invisible para los demás, queda prendida tras de ti. Algo tan frágil, tan imperceptible, que sólo recuerda el camino.

El Roc observa. Su voz baja hasta casi confundirse con el goteo imposible del fondo.




Reglas

  • Activas Cordón Umbral antes de sumergirte en el Pozo del Olvido.
  • Debes gastar 1 punto de Gnosis para mantener el cordón durante la primera hora de viaje umbral.
  • Además, realiza una única tirada para estabilizar el descenso del grupo: Inteligencia + Rituales a Dificultad 8.

Esta tirada mide cómo de bien adaptas tu conocimiento ritual al Pozo del Olvido y cómo de estable queda el vínculo para Ana Mercedes e Iruz durante la inmersión.

Tras su comentario, Iruz recibe una mirada hastiada como única respuesta. Por lo que sea, el ambiente indica que probablemente no sea la única que está sintiendo el agotamiento. El joven observa la incertidumbre en Ana Mercedes, pero tampoco intercede. Sabe que es parte del proceso, algo que ella debe experimentar y, en cierto modo, "disfrutar". El viaje no tendría sentido si todo fuese seguridad y garantía.

Escucha al Roc con calma, leyendo entre líneas todo aquello que el hombre no oculta pero prefiere no pronunciar.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21



Mientras el hombre mayor da sus indicaciones a las chicas, Bruma Nocturna siente la energía del entorno. Hay poder, pero no un poder al que esté acostumbrado. No es la intensidad abrumadora de la Noche Fría, la paz del Estanque del Lirio Apacible ni la energía vibrante del Viento de Acero. Es otra cosa, a medias entre muchas otras, que le dificulta usar las energías umbrales como habitualmente. Sin embargo, el cómo están dispuestos los símbolos y objetos rituales en la zona le sirven de orientación para adecuar las instrucciones de la araña y confeccionar el hilo que le sirva de guía si el retorno del pozo se complica.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21

Cuando Ana Mercedes se dirige a él, el theurge todavía está acabando de ajustar su anclaje al mundo material. Con las hebras invisibles entre sus dedos, hace el esfuerzo de imbuirlas con su propia esencia espiritual consiguiendo un leve brillo iridiscente que se propaga por el borde del  cordón y dirige una nueva hebra a cada una de sus compañeras. Aunque se percibe el esfuerzo de usar un don para un fin diferente al que fue diseñado, la expresión del muchacho es la de una concentración tranquila; la de alguien que está acostumbrado a no tener guías y que ha tenido que arreglárselas en situaciones similares más veces de las que le hubiera gustado. No se aprecia en él el agobio o el estrés, sino la rutina.




Su voz no es la de alguien asustado ni preocupado. Es la de un hombre que sabe que se expone a un riesgo y lo acepta, quizá desde la tranquilidad de que, esta vez, las únicas consecuencias serán para sí mismo.

Durante la conversación del Roc con Iruz sobre las Spice Girls, el chamán deja caer el cordón y camina pausadamente hacia el punto concreto en el que empezará su viaje.

Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21






Cita de: Maurick en 09 de Jun 2026, 00:19:21


Y, dando un primer paso, su piel comienza a sumergirse en el espeso fluido del Pozo del Olvido.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Ambas te miran con una mezcla de miedo y confianza que no sabes reconocer muy bien. Sabes que confían en ti, puesto que has demostrado tener la capacidad espiritual para hacerlo, pero eres consciente de que dudan. Dudan del proceso, dudan de lo que van a encontrar en este lugar. El Roc de la Cendra sonríe, y se sienta sobre una piedra cercana. Tú, por tu parte...

Cita de: Lady Midnight en 09 de Jun 2026, 11:29:26Y, dando un primer paso, su piel comienza a sumergirse en el espeso fluido del Pozo del Olvido.

La caída no se parece a caer. Al principio piensas que el Pozo te traga hacia abajo, pero enseguida entiendes que no hay abajo. Hay densidad. Hay una oscuridad espesa, tibia a ratos, helada al siguiente instante, que se te pega a la piel como si fuera agua... pero no se comporta como agua. No te golpea, no te arrastra, no te ahoga. Te sostiene. Cede a tu alrededor con una lentitud obscena, como si estuvieras hundiéndote en el interior de una memoria enferma.

Puedes respirar, te cuesta horrores, pero puedes hacerlo. Es agónico. El aire entra y sale de tus pulmones, pero sabe a piedra mojada, a óxido, a yeso húmedo y a oscuridad. No hay luz como tal, sólo veladuras. Sombras más pálidas flotando dentro de otras sombras. A tu alrededor, el Cordón Umbral tiembla como una hebra de seda enterrada en alquitrán, demasiado fina para inspirar verdadera confianza.

Durante un instante ves a Ana Mercedes cerca de ti. O te parece verla. Su cuerpo desciende con los brazos algo abiertos, como si aún intentara mantener una dignidad que aquí ya no sirve de nada. La oscuridad la separa de ti sin violencia, apenas un palmo cada vez, pero suficiente. Su silueta se vuelve borrosa, luego gris, luego una impresión de hombros tensos y cabello flotando en un líquido que no existe. Intentas alcanzarla, pero el brazo no encuentra resistencia ni avance. Ella se pierde a un lado, absorbida por una negrura blanda que se la queda sin ruido.

Más abajo... mucho más abajo... está Iruz. A ella no te cuesta verla. Quizá porque cae sin control. Quizá porque hay algo en su manera de hundirse que resulta insoportablemente humana. La ves girar sobre sí misma, pequeña, alejándose como una moneda arrojada al fondo de una fuente negra. Sus manos buscan algo mientras sus piernas patalean. Su pelo se deshace alrededor de la cara como una mancha de tinta rubia. La oscuridad la reclama con más hambre, y ella sigue bajando, bajando, bajando... hasta que ya no parece una persona, sino una mota pálida a punto de clavarse en el fondo del abismo.

Intentas nadar hacia ella, pero ya no puedes. Tu cuerpo responde tarde, como en un sueño con fiebre. Brazada tras brazada, sin agua que cortar, sin superficie que orientarte, sin peso que obedecer. Durante unos segundos desesperantes no avanzas nada, pero luego avanzas demasiado. El espacio se pliega, tu rostro se tensa. Tus piernas se agitan en una materia cada vez más clara, más doméstica, más ridícula en comparación con el terror de hace un momento.

Y, entonces, tu cabeza rompe la superficie. No emerges en el Pozo, emerges en una bañera. El agua —ahora sí agua, aunque todavía demasiado caliente, demasiado quieta— se desborda por el borde cuando te incorporas de golpe. Estás en el cuarto de baño del piso de Getxo. El mismo. El apartamento que el Viento de Acero os cedió durante vuestra estancia allí. Reconoces el alicatado apagado, la cortina medio recogida, el espejo con una pequeña mancha en una esquina, el bote de champú mal cerrado, la alfombrilla torcidísima junto al lavabo... Todo está en su sitio con esa exactitud obscena que sólo tienen los recuerdos o las trampas.

Respiras con fuerza. Tienes el pelo pegado a la frente, la piel empapada, el corazón latiéndote en la garganta. Al ponerte en pie, el agua escurre por tu cuerpo y cae en gotas pesadas sobre el suelo. Das un paso fuera de la bañera. Luego otro, y abres la puerta del baño.

Y en cuanto atraviesas el quicio, ya estás seco. Seco del todo. El cambio es tan brusco que resulta ofensivo. Ni siquiera queda rastro del frío. Sólo el olor del piso por la mañana: café, tostadas, algo de mantequilla recalentada, el aire salino que se cuela desde fuera. Desde el salón llegan voces bajas y el roce de una taza contra un plato.

Cuando entras, las ves. Iris Martínez y Aránzazu Guevara están desayunando como si nada de lo demás hubiera ocurrido jamás. Iris está sentada de lado, con una taza en la mano y el gesto todavía a medio camino entre el sueño y la mala leche funcional. Aránzazu, frente a ella, mantiene esa quietud tensa suya, como si incluso sentada siguiera preparada para levantarse en el peor momento.

Las dos alzan la vista hacia ti. Durante un segundo no dicen nada. Sólo te miran. Entonces Iris frunce un poco el ceño y ladea la cabeza.


Aránzazu no sonríe. Pero tampoco aparta los ojos de ti.


El piso está en silencio después de eso. Un silencio normal. Un silencio de cocina, de desayuno, de vida compartida. Y quizá precisamente por eso da más miedo. Porque todo parece real, y porque una parte de ti sabe ya que no lo es.

Al acercarse al pozo, el metis cruza una última mirada con las chicas. No se despide.

Al sentir la sensación de la oscuridad tibia, tangible, alrededor del cuerpo, el chamán intenta por todos los medios moverse a favor de la gravedad para favorecer su avance. Se mueve, gira sobre sí mismo y se recoloca hasta que, sin pensar ello, se da cuenta de que no hay gravedad. Lo siente en el tacto de la oscuridad, tan falto de presión que le cuesta dirigirlo a sus pulmones para respirar a duras penas. Sabores y olores se mezclan: algunos conocidos, otros por descubrir y otros simplemente imposibles, todos ellos transmitiendo sensaciones pero ninguno agradable por sí mismo. Entre las sombras oscuras y las más oscuras todavía se vislumbra un leve, vibrante, destello kaótico que le recuerda dónde está, por qué y con quién.

Ana Mercedes se desliza en la distancia, en dirección a su destino pasado, e Iruz se precipita hacia el fondo de su propio abismo sin saber muy bien a dónde se dirige. Por un instante, un pequeña idea de preocupación y lástima para por la mente del Uktena al ver cómo la pequeña ícaro se aleja; "ha sido su decisión, es su camino" es lo último que piensa al respecto, y con esa última determinación abraza su rumbo personal y que no ha venido aquí a buscar a nadie más que a sí mismo.

De repente una sensación de velocidad hacia ningún sitio en concreto acompaña la decisión, y la oscuridad se vuelve agua atravesada por el rostro apretado del theurge. "Agua", piensa por un momento. Y al abrir los ojos, reconoce el lugar: no sabe si han pasado los meses que el cree, años o escasos minutos. Su cuerpo está todavía reaccionando al viaje, pero en su mente ya hay mil posibilidades tomando forma: puede ser una visión, un recuerdo, una simulación más en la se juega la vida... Puede ser, incluso, que su esencia se haya transportado al cuerpo de aquel muchacho que todavía tenía muchos errores que cometer. Al rebasar el umbral de la puerta y verse seco, se convence: aunque al principio dudaba sobre si había tenido una visión mientras estaba en el baño y el piso era la realidad, ahora tiene claro que algo está ocurriendo.

Al llegar a la habitación en la que están las chicas, se detiene un segundo y las mira. Están exactamente iguales que aquel día anodino que se habían levantado en el piso sin ningún plan en concreto. Iris[(i] todavía irradiaba juventud, y Aránzazu... Aránzazu todavía no parecía tan desesperada.

Cita de: Maurick en 12 de Jun 2026, 12:20:20


Se acerca, con calma, y se sienta en una de las sillas. Pausadamente, coge su bolso y saca despacio su pipa para colocarla en la mesa en la posición habitual. Pero en ese momento recuerda algo.


Vuelve a meter la pipa en el bolso, mientras piensa en cómo ha llegado a esa situación. "Las buenas preguntas enseñan, las malas también" recuerda. Pero él no ha venido a buscar respuestas, sino a saber qué preguntas debe hacerse a sí mismo en esta hazaña personal en la que se ha embarcado.


Sus ojos siguen posados sobre ellas. La pregunta se presenta como una cuestión sincera. Bruma Nocturna espera, sabiendo que la respuesta puede ser algo que no quiera pero quizá sí necesite escuchar.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Ambas se te quedan mirando cuando respondes, pero entonces un escalofrío recorre tu columna vertebral. Iris no responde, ni Aránzazu. Durante unos segundos sólo existe el zumbido del piso, el roce de alguna tubería en la pared, el olor a café recién hecho y esa calma doméstica que nunca llegó a pertenecerte del todo. Iris mantiene la taza entre las manos. Aránzazu te mira desde el otro lado de la mesa, con los ojos verdes detenidos en algún punto que quizá no eres tú. Entonces una voz habla a tu espalda, de sopetón.


No la has oído entrar, ni has sentido cruzar ninguna puerta. La voz está ahí, detrás de ti, demasiado cerca para ser una aparición y demasiado vieja para ser sólo una idea.


El piso empieza a deshacerse: no se rompe de golpe., ni tiembla. Simplemente pierde convicción. Las paredes se vuelven más finas, como papel mojado. El color se desprende del techo en capas lentas. Las ventanas dejan de mostrar Getxo y empiezan a mostrar una oscuridad vertical, líquida, sin horizonte. La mesa sigue en su sitio, pero sus bordes se llenan de grietas negras. El café de la taza de Iris se seca en un círculo perfecto, mientras ella se convierte en polvo; primero los dedos, luego la taza. Luego la boca, justo antes de poder decir alguna salida de tiesto de las suyas. Ni grita ni parece sufrir, se deshace como si alguien hubiese recordado demasiado mal su forma.

Aránzazu dura un poco más, quizá porque la miras. O quizá porque una parte de ti todavía cree que, si la miras lo suficiente, puedes entenderla antes de perderla. Pero también se desintegra. Sus hombros se vacían hacia dentro, su pelo se levanta en hebras de ceniza y sus ojos permanecen visibles un segundo más que el resto de su rostro. Después tampoco queda nada de ella, sólo polvo suspendido en el aire del salón.

Y entonces lo ves: Zarpa Manchada está frente a ti. No como hombre, ni como un recuerdo amable. Un Crinos enorme, con parches de pelo ausente, matas de pelaje que parecen llamas, oscilando con un viento que ni sientes ni está. Su cuerpo ocupa demasiado espacio para aquel piso que ya no sabe si sigue siendo un lugar auténtico. El pelaje está apelmazado, oscuro, manchado de sangre seca y barro viejo. Los ojos, inyectados en sangre, arden con una lucidez enferma. La mandíbula cuelga con dificultad, dejando caer hilos de saliva putrefacta que chisporrotean al tocar el suelo. La madera se quema donde cae, y el aire apesta a ácido, a carne abierta y a corrupción. Zarpa Manchada inclina la cabeza.


La voz no sale del hocico como debería. Sale del piso, de las tuberías, de las paredes que se deshacen, del agua negra que empieza a filtrarse por debajo de las puertas.


El Cordón Umbral tira de ti, de repente. Una vez, y luego otra. No es un aviso suave, es una tracción seca, urgente, como si alguien hubiera tensado la hebra desde muy lejos. O desde muy abajo. Una de ellas necesita ayuda, o quizá las dos. Zarpa Manchada sonríe, si eso puede llamarse sonrisa. La saliva ácida le cae entre los colmillos y abre pequeños agujeros en el suelo del salón. Debajo no hay cemento. No hay estructura. Sólo oscuridad viscosa, moviéndose como agua que aún no ha aprendido a ser agua.


El Cordón vuelve a tirar, y esta vez duele.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

  • 🟦 Responder al Cordón Umbral e ignorar la aparición de Zarpa Manchada.
  • 🟨 Aguantar la petición de ayuda e interrogar a Zarpa Manchada. Esto te permitirá tener una conversación breve con él.
  • 🟥 Atacar a Zarpa Manchada, destruyendo su aparición para arrancar información sobre dónde estás en el proceso, pero poniendo en riesgo el Cordón Umbral.

Cuando todo empieza a desmoronarse, el muchacho permanece expectante. Sabe que está en un lugar complejo, donde las cosas pueden no ser lo que parecen... o directamente no ser.

Cuando aparece la voz, inesperada, no la reconoce. No la asocia con nada ni con nadie, pero su cuerpo reacciona transmitiéndole cierta sensación de hostilidad; como un recuerdo crudo, sin procesar, que está grabado en su interior de alguna manera.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14


Las chicas comienzan a deshacerse, la sala muta a medida que ellas se desvanecen y el joven chamán se levanta de la silla antes de que se dé la posibilidad de quedarse sin el apoyo.

La forma crinos de Zarpa Manchada, o más bien del Demonio de Fuego, toma forma poco a poco frente a él con el pútrido aspecto que lo caracteriza. No es la primera vez que se ven las caras, pero sí es la primera vez que cruza con él alguna palabra de forma directa y con su propia voz. El ceño del theurge se frunce ligeramente mientras la figura permanece frente a él, y la voz se proyecta desde todas partes y ninguna a la vez.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14

El joven niega con la cabeza.


Su voz se proyecta seria, firme. Sin odio, pero también sin aprecio. No duda en mirarle a los ojos, haciéndose totalmente presente y protagonista de la escena. Piensa en cómo afrontarlo: si adquirir su verdadera forma, la que tenía al nacer, o aquella que mostraba cuando se vieron las caras en Bilbao; de hecho, cuando revisa la idea, ni siquiera sabe exactamente qué forma tiene en ese momento o, incluso, si realmente tiene una forma física en ese lugar. Pretende mirarse levemente una mano, quizá en la no sabe si lleva o no su bastón y, de repente, un tirón.


El escenario sigue descomponiéndose, cada vez más diluido en esa oscuridad líquida, y Zarpa Manchada permanece estoico frente a él con sus mechones ondeantes. La duda toma forma en su mente, las preguntas se agolpan, y el recuerdo de Murmullo del Bosque le impele a plantear infinitas cuestiones. Ordena algunas ideas, establece prioridades... y otro tirón.


Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14


Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 10:55:14
  • 🟦 Responder al Cordón Umbral e ignorar la aparición de Zarpa Manchada.

Bruma Nocturna da un pequeño paso atrás, mientras el cordón umbral da un tercer tirón. Su forma empieza a fundirse en una niebla que hace acto de presencia únicamente para darle un sentido a su desaparición, y pocos segundos después se encuentra de nuevo en la nada. Tras él queda Getxo con su actividad cotidiana, a su izquierda se presenta un fiordo en el que camina un grupo encabezado por... ¿Aránzazu?. A su derecha Canadá, y un grupo de la Justicia Metálica sonriendo mientras sostienen la gema de Gula. Bajo él está el cráter de Bilbao, y frente a él el túmulo de la Noche Fría en su momento de esplendor: la energía se siente en el ambiente, y hay varias manadas ocupadas en tareas de mantenimiento y, quizá, preparando algún ritual. Dulce Lluvia está hermosa, llena de vitalidad y autoridad, y Vara Torcida está sentado contemplando con orgullo cómo las rutinas del túmulo se desarrollan según lo planeado. A su lado, una figura femenina que, aunque no ha visto jamás, el muchacho reconoce fácilmente: es Murmullo del bosque, que está al lado de su padre participando en las tareas del Clan.

Las vistas son confusas para el metis, y la visión idílica de su Clan le hace pensar que así podrían haber sido las cosas si él no hubiese nacido. Quizá, solo quizá, su existencia sea un error en sí mismo y ahora él debe hacer lo posible para compensarlo. Durante un momento, siente que su corazón se funde con el infinito por el que navega y que su cuerpo inmaterial amenaza con disolverse como lo hicieron las chicas de la Manada del Ensueño.


El cordón umbral titila en dirección a ningún lugar, y el Uktena vuelve a tener presencia mientras su voluntad le lleva en dirección al leve destello.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

15 de Jun 2026, 20:48:24 #36 Ultima modificación: 15 de Jun 2026, 21:17:49 por Maurick
La voz de Zarpa Manchada se queda atrás, pero no desaparece.


La frase no te persigue. Eso sería más sencillo. Se limita a quedarse suspendida en algún punto de tu espalda, clavada en el lugar donde el Cordón Umbral tira de ti. Getxo se deshace detrás; el Pozo te ofrece raíces, te ofrece culpa y te ofrece la fantasía perfecta de un mundo donde tu nacimiento no rompió nada. Tu atadura espiritual vuelve a tirar de ti, pero no hacia ninguna de esas visiones, sino hacia un punto vacío entre todas ellas. No te resistes, sigues el tirón, y la oscuridad se abre como un corte quirúrgico.

Y te caes en la nieve, o algo demasiado blanco que brilla. Es una luz blanca, muy brillante. Un resplandor pálido de hospital y de sábana aséptica. Luego comienzas a notar la textura: copos suspendidos, cristales rotos, gasolina y sangre sobre la carretera. El mundo entero parece detenido después de un impacto: un coche negro descansa de lado contra la barrera de seguridad, con el morro aplastado como una mandíbula rota. Los faros siguen encendidos, apuntando a ninguna parte. Una rueda gira lentamente, sin tocar el suelo. Cada vuelta hace un ruido mínimo, ridículo, insistente.

Tac. Tac. Tac.

Dentro del vehículo hay dos adultos, que no se mueven. Sus cajas torácicas tienen una forma que no debería tener ningún cuerpo vivo. Uno de ellos, que se asemeja a una mujer, está expulsando abundante líquido rojo por la boca. Y te mira. Clava sus ojos como un sediento los clava sobre el agua de un oasis. Tu visión se vuelve borrosa y caes de rodillas. En el asiento trasero hay una niña, rubia. Quizá tiene catorce años, o quizá tiene diez. ¿Qué más dará ahora?

Es rubia, de piel pálida. Rota de una forma que ningún cuerpo debería tener que aprender tan pronto. Tiene las piernas en un ángulo equivocado. Un brazo atrapado bajo el cinturón. La respiración le sale en pequeños sonidos húmedos. Sus ojos están abiertos, fijos en el respaldo delantero, pero no parece ver nada. ¿Por qué te has acercado?

Una melodía suena desde algún sitio, pero no sabes si viene de la radio del coche o de dentro de tu cabeza. Un piano lejano, limpio, educado, absurdamente delicado en mitad del olor a aceite, nieve y metal caliente. Notas que la joven intenta mover los dedos del pie, pero no puede. Vuelve a intentarlo, pero es incapaz. El Cordón Umbral vibra, y la niña parpadea. Escuchas el sonido del metal doblándose y rompiéndose, mientras varias personas se reúnen alrededor del coche hablando en un idioma que no eres capaz de entender.


Por un instante, la ves en otro lugar: una sala amplia, suelo de madera, espejos enormes, el pelo recogido, las manos colocadas con precisión, una instructora marcando el ritmo con una vara. La niña gira sobre sí misma con una gracia impecable, mientras todos la miran, y nadie aplaude. Pero sus piernas siguen rotas, y la música no para de sonar. Llegan más personas, no sabes cuándo lo han hecho, ni siquiera dónde estás. El coche sigue tumbado, pero nadie hace nada, solo observan; uno de los hombres, que te es extrañamente familiar, hace una llamada por su teléfono móvil, pero no rompe el cristal para rescatarla.



La oscuridad del Pozo del Olvido te rodea. Notas cómo el Cordón Umbral va recorriendo tu cintura hasta que te atrapa, y empiezas a girar sobre ti mismo. Pierdes la noción del tiempo mientras todo se vuelve negro de nuevo. Un olor a alcohol aséptico y a medicina recorre tus fosas nasales, hasta el punto en el que intentas toser, pero hay algo que te lo impide. Abres los ojos, y estás sobre una camilla; tu cuerpo ya no es tu cuerpo, es el de la joven rubia. Llevas ropa de hospital, manchada por unas pocas gotas de sangre. Hay voces alrededor, charlando en inglés con voz firme y clara. Escupen términos médicos: fracturas múltiples, hemorragias internas, lesión vertebral, movilidad comprometida y tutores fallecidos. La situación legal es muy compleja, el gobierno no puede hacerse cargo de ella porque no pertenece aquí. Nadie sabe con qué familiares debe contactar, y nadie dice su nombre con cuidado. Isabel White. Lo dicen como se pronuncia una contraseña: Isabel White. Lo repiten en informes, en etiquetas, en pulseras de plástico, en pantallas. Cada repetición parece alejarla un poco más de sí misma.

Ve figuras borrosas sobre ti. Preguntas por tus padres, pero ya no eres Bruma Nocturna. Bruma Nocturna nunca tuvo padres, tuvo a Vara Torcida. Tuvo disciplina, tuvo cosas que hacer. Bruma Nocturna nunca estuvo en un hospital, nunca tuvo un accidente de coche. Preguntas por tus padres, otra vez, pero nadie responde. Clac. Vuelves a preguntar, una y otra vez. Clac. Rompes a llorar, nadie te escucha, nadie te hace caso. Clac. Lo que escuchas es un sello sobre un folio. Sobre dos folios. Sobre decenas de ellos que han perdido coherencia ya.

Ahora hay una sala sin ventanas. Ya no llevas ropa de hospital, sino una bata limpia demasiado grande para tu cuerpo. Estás sentada sobre una cama estrecha, con las manos sobre las rodillas. Intentas mantener la espalda recta como si aún estuvieras en clase de danza. Como si tu postura pudiera salvar algo. Una mujer te habla con suavidad profesional, pero eres incapaz de comprender todas las palabras. Oportunidad. Nueva identidad. Niegas con la cabeza. Una vez, dos, tres, hasta cuatro veces. No paras de negar, no quieres. Comienzas a gritar, pero no hay nadie que te consuele. La sala se convierte en quirófano, parece que no importa lo que tú pienses. El quirófano se convierte en una pecera de luz, y esa pecera se convierte en una garganta. Hay tubos en tus brazos, agujas y cables pegados al cráneo. Puedes ver, puedes gritar, pero nadie te escucha. Entra otro individuo más en el quirófano, esta vez con un maletín de acero. Los doctores que deberían estar atendiéndote hablan entre ellos, pero tú no quieres estar ahí y lo haces saber. El tipo de mirada dura y pelo rubio abre la maleta: en su interior hay un extraño aparato con forma de escorpión. Plateado. Brilla con la luz inerte del quirófano. Intentas moverte, y no eres capaz. Dos de los médicos se acercan a ti y te dicen algo, pero no eres capaz de entenderlo. ¿Pero quién te entiende a ti?

Te dan la vuelta con cuidado, dejando tu espalda y tu trasero al aire. Notas un corte que te recorre desde la nuca hasta la parte baja de la espalda. Te han abierto la piel y la musculatura, y cuando sientes el frío abrazo del escorpión, tu cuerpo se apaga por el dolor. Es algo súbito, repentino, inesperado. Bruma Nocturna se agobia, comienza a tener recuerdos incómodos de cuando estaba en el Proyecto Mundo Onírico. Sigues descendiendo en la oscuridad.




Despiertas en el suelo de una habitación completamente aséptica. Una puerta de seguridad con doble cierre impide que lo que sea que esté aquí pueda salir. Hay una enorme ventana en mitad de la pared, con un espejo oscuro y siniestro. Hay una pequeña mesa de plástico, de diseño, y una silla incómoda. En ella está sentada Isabel White, con varias marcas de operación en la espalda, el cuello y los brazos. Sus piernas, que antes estaban dobladas en formas que no eran compatibles con la movilidad, están bien. Su larga melena rubia ha sido afeitada hasta un corte de pelo militar, funcional. Mira el cristal, con la mirada perdida.


Pregunta una voz femenina al otro lado del cristal. La joven mira con odio la ventana.


La voz es más débil que la Iruz que conoces. Más limpia, más aterrada. Más inocente. Hay una pausa, y un zumbido. Un zumbido terrible, de los que se te meten en la cabeza y remueven tu cerebro. Caes de rodillas por el dolor. De repente, el zumbido para, y se vuelve a escuchar la misma pregunta.


Otra vez el zumbido, pero mucho más intenso. Tan intenso que la habitación tiembla.


Esta vez Iruz se te queda mirando. Puedes ver que está llorando, pero no son esas lágrimas de rabia por haberle llevado la contraria o por haberla tratado como una niña. Son las lágrimas de alguien indefenso, que no sabe cómo ha llegado ahí y no sabe qué hacer.


La palabra se rompe, y el espejo se empaña desde el otro lado. Cuando vuelve a hablar, la voz ya tiene una grieta nueva.


El Cordón Umbral tira de ti con violencia, no desde fuera. Desde ella. Miras hacia el techo, puedes ver a la chiquilla que te ha acompañado desde Bilbao, llevando la ropa que le compraste en Soria: Iruz cayendo por un pozo quirúrgico hecho de camillas, espejos, carreteras nevadas y barras de ballet. Cae sin fondo, con el vestido flotando alrededor de su cuerpo y la piel abriéndose en líneas imposibles. No grita. Se ríe. O intenta reírse. La risa se le corta cada vez que una versión más joven de sí misma pregunta dónde están sus padres.

Abajo no hay suelo. Hay una mesa de operaciones. Encima de la mesa, Isabel White te mira con ojos enormes, muerta de miedo. Dos cuerpos, un mismo pánico. La Iruz actual alza la cabeza hacia ti desde el fondo del recuerdo. Sus labios se mueven, pero no oyes nada. Hasta que el Pozo te deja escuchar.


El Cordón Umbral se tensa hasta doler. Frente a ti, tienes a una Sigma perdida en su obediencia. Debajo, tienes a Isabel White, muerta de miedo y agonía. Encima, está Iruz recriminándote que te hayas metido en lo más profundo de sus recuerdos.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?

La frase del Demonio de Fuego se queda en su cabeza mientras los paisajes se van abriendo ante él.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24


El cordón umbral tira, y el vacío da paso a una dolorosa escena. Reconoce la sensación, al menos parte de ella: un cuerpo demasiado dañado como para sostener una vida, pero una voluntad lo suficientemente firme como no dejarle rendirse. Gente alrededor, pero no amigos; gente que tiene interés. Como cuando Bruma llegó a Bilbao. Como cuando Batburk lo estaba esperando y él no entendía cómo podía haber ocurrido. Los recuerdos de ella bailando mientras contempla el lamentable estado de sus piernas... eso, sin embargo, no lo entiende. Se da cuenta de la importancia que puede tener, pero no es capaz de identificar del todo los sentimientos. Él nunca bailó. Nunca cantó a pleno pulmón, pues solo conoce cánticos rituales. Él nació como metis, y nunca le enseñaron qué es divertirse. Nunca le enseñaron que podía divertirse. Pero entiende la pérdida, porque eso es algo que, sin duda, conoce de cerca.



Se despierta, esta vez, en una camilla. Así que Iruz se llama, es, Isabel White ¿eh? Para Bruma es importante, lo recordará. Igual que recordará esa sensación, la de no importarle a nadie. Tampoco le resulta ajena, aunque nunca la había vivido de ese modo. Antes de que Vara Torcida lo aceptase, lo trataban como poco más que una mascota; un recadero tarado del que podían aprovecharse porque no servía para otra cosa. Sin embargo, esto es nuevo. Nunca se había sentido de esa manera, nunca había sentido que lo valorasen como a un objeto o una propiedad.

Por un momento se para a pensar: tanto él como ella perdieron a sus padres, pero... ¿es comparable? ¿Qué es más doloroso? Y, lo que es más importante, ¿duele igual? Él despidió a Vara Torcida, pero no es el mismo sentimiento que el de haber perdido a Murmullo del Bosque sin la oportunidad de haberla conocido. Sin la oportunidad de haber crecido al lado de alguien que lo miraba y lo consideraba digno de su atención. Zarpa Manchada nunca envió una señal. Y él creció en el parque de Yellowstone, oculto entre los árboles y pescando en el arroyo, incapaz de buscar su destino en el otro lugar del mundo debido a su nata maldición. Sin embargo, aunque no termina de resonar con algunos matices, se da cuenta de lo que tuvo que afrontar Isabel y siente su dolor.

Con el cambio de escenas, identifica perfectamente lo que está ocurriendo: eso, lo que le están haciendo a Isabel, es el Proyecto Ícaro. Reconoce los patrones, y las promesas: una nueva vida, una nueva oportunidad... Todas esas patrañas que los siervos de la Tejedora te venden para convencerte de que seas su títere y no generes molestias innecesarias. Como en el Mundo Onírico. Como cuando le obligaron a visitar mundos imposibles, a enfrentar enemigos menos físicos solo para ver sus respuestas emocionales. Como cuando sus "salvadores" le pidieron favores a cambio de "haberlo salvado", y nunca tuvieron la decencia de, siquiera, darle las gracias.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24




El chamán vuelve a despertar, pero esta vez no es Isabel sino que es un espectador más de la escena. La ve desde fuera, consciente de que no puede interceder ni comunicarse, y entiende que vuelve a estar en el vacío del interior del pozo. "Isabel", dice la niña. "Isabel White", repite una y otra vez. Ella sabe quién es, y quién desea ser. Sabe de dónde viene, sabe lo que ha perdido. Lo que le han quitado.


Y entonces, la pequeña se rompe. No mucho, o no de un modo muy evidente. Se rompe como cuando un vaso tibio se agrieta bajo un chorro de agua fría: parece entero, pero ya no volverá a estarlo nunca más. Y en ese momento, otro tirón y una nueva figura aparece. Iruz, como se hace llamar ahora, irrumpe como otras muchas veces: con carácter y con ruido. Mira a una, y mira a otra. Se da cuenta de la presencia de una tercera, y entonces mira el cordón: aquella a la que se dirige el destello es la que realmente lo necesita.

Aunque la atadura no es física, el joven la ase con ambas manos y tira levemente con la intención de ganar algo de inercia que lo acerque a la muchacha.

Cita de: Maurick en 15 de Jun 2026, 20:48:24


Da un pequeño paso hacia Iruz, y mira a las tres figuras detenidamente.


Las últimas palabras ya no suenan enteras. Se entienden como un eco vacío en una botella vieja que huele a tierra húmeda y a restos de plantas podridas, mientras la figura de Bruma Nocturna se pierde en la oscuridad y solo queda Iruz muy tenuemente iluminada por los destellos intermitentes del cordón.



La primera escena es una Garou. Su pelaje es oscuro y con destellos rojizos, como el de Bruma Nocturna está en su forma crinos, tumbada en el suelo de un refugio improvisado durante una noche especialmente húmeda. Las partículas de la bruma se adhieren a su rostro contraído mientras ella jadea y gruñe de dolor. Se mueve, se agita y ruge mientras su cuerpo convulsiona violentamente. A su lado hay alguien, parece un hombre, pero apenas se le ve. Está en silencio, cubierto de sangre, simplemente contemplando la escena. No disfruta, todo lo contrario. Simplemente sabe que no hay nada más que pueda hacer que estar allí hasta el último momento.

Y ese momento es, inevitablemente, en el que la Garou le dirige una última mirada, con los ojos inundados en lágrimas y espuma en la boca, y deja que su espíritu regrese con Gaia. Mientras su rostro sigue dominando el plano, en un lateral se ven las manos el hombre agarrando una pequeña criatura. Está empapada y ensangrentada. Es bastante grande para levantarla con las manos, peluda y negra. Y sobre su cabeza se aprecian dos pequeños bultos.


Inmediatamente la escena cambia, y se ve a la pequeña figura negra y peluda sentada en el borde de un lago. Es algo más grande, y en su cabeza hay ya dos pequeños cuernos. Entre sus manos hay un utensilio de madera, una caña de pescar, y el hilo atraviese de un modo casi invisible la superficie del agua. Parece primavera, pero en seguida cambian los colores y el sol se vuelve más fuerte. "Eh, Mulo", suena a lo lejos. Las hojas se caen, y la figura sigue pescando. La imagen de otros como él se refleja en la superficie del lago, solo para reírse de él o dedicarle algún insulto. El lago está congelado, y en él se ve a un hombre mayor que le mira con una mezcla de desprecio y vergüenza; como si le costase posar los ojos sobre él. La primavera regresa de nuevo, los cuernos de la criatura parecen haber crecido un poco más y él sigue pescando. Llega el verano, y parece que algo ha agitado el sedal. Sin embargo, la velluda criatura no intenta tirar del anzuelo. Otro tirón, y el pez se marcha con el cebo mientras cae el otoño de nuevo para volver a dar lugar al invierno y luego otra vez a la primavera. La criatura ya tiene un tamaño considerable, y sus cuernos empiezan a tener bastante presencia. Ha crecido, incluso parece que madurado, al borde del lago. Solo, con su caña y con sus cuernos, al lado del lugar en el que una vez durante unos minutos tuvo una madre y un padre.

El sedal se rompe, la superficie del agua ondea y cae la noche. Y al amanecer, el pequeño metis está fisgoneando en las sombras. Está espiando a los adultos mientras hacen sus rituales, aprendiendo en secreto, porque esa tarde será su momento. La visión muta rápidamente, y se ve al muchacho preparando un rito. Es torpe y lento, duda, pero tiene ese algo en el cuerpo de quien ha descubierto aquello a lo que dedicará toda su vida. Entonces aparece el anciano, con su típica cara de asco, y se dirige a él con desprecia hasta que, como si en lugar de a la pequeña bestia estuviese contemplando un espejo, se reconoce en su tenacidad. Se arrodilla, lo abraza y ambos lloran antes de que la escena los muestre estudiando juntos, preparando rituales bajo unas estrictas directrices y una constante, aunque dura, atención. A medida que los días avanzan en la visión, la luz se va volviendo más tenue. La criatura oscura se convierte en un joven sioux, al que Iruz conoce como Bruma Nocturna y, entonces, llega la oscuridad. No la oscuridad de la noche, la otra oscuridad. Y en esa oscuridad se ve a Bruma Nocturna hablando con una mujer de rojo, que se queda sola cuando el muchacho desaparece y que, con un leve gesto, disipa la oscuridad para mostrar el hogar del Garou siendo devastado por figuras que se mueven demasiado rápido mientras la mujer sonríe. En un parpadeo el conflicto acaba, y el lugar está vacío e inerte. Lo único que queda en el centro es el cadáver, aún sobre su rodilla hincada, del anciano que una vez lo había abrazado y aceptado bajo su tutela.


La siguiente escena es mucho más breve: la mujer de rojo le ofrece a Bruma un objeto envuelto en una tela y este asiente; parece algún tipo de trato. A su lado, desnuda, yace una mujer en cama en un estado de semi-inconsciencia. Se mueve muy levemente y balbucea, pero no puede reaccionar cuando el chamán se acerca a su cuerpo. Aunque la escena no es explícita y no se distingue la cara de ella, es igualmente dura. Y mientras el Uktena realiza "la tarea" con expresión de disgusto, la mujer de rojo sonríe hasta que ambos parpadean. Parece que el acto ha terminado: la mujer de rojo no está, Bruma se aleja con su objeto envuelto bajo un brazo y, a su espalda, se queda la figura de la mujer con un bebé en brazos.


El sonido de los pasos del metis llegan de nuevo al bosque, vuelve a ser una criatura pequeña y peluda y porta en sus brazos a otra criatura como él. Las escenas se suceden rápidamente: primero la alimenta y la cuida, después corren juntos por el bosque y luego comparten cena junto al fuego. A continuación cambian de forma juntos para dar lugar a un joven Bruma Nocturna y una jovencita indígena que se unen un emotivo beso, y tras eso se les ve realizando tareas codo con codo. Pero tras una de esas tareas, Bruma se queda solo y la visión se vuelve completamente negra. Durante medio segundo parece verse algo, entre blanco y rojo. Otro destello, que parece un rostro, y de nuevo oscuridad. La espera parece eterna, pero al cabo de un rato la figura se revela: es la misma joven, o al menos lo parece. Su cabello se ha vuelto blanco, y las puntas de su melena están empapadas en sangre. Su piel está más pálida sus ojos se han vuelto de color naranja. Su mirada y esa media sonrisa recuerdan, inevitablemente, a Nymph.





Como si no hubiese pasado el tiempo, el pozo los devuelve al punto de partida: allí está Bruma, observando a las tres, mientras Iruz tiene la misma expresión en la cara.


El chamán se queda expectante, observando a las tres figuras y esperando a que alguna de ellas tome la iniciativa.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Iruz te mira como si acabases de decir una estupidez tan grande que ni siquiera merece ser odiada con calma. Durante un instante, Isabel White, Sigma e Iruz permanecen suspendidas en torno a ti. Tres cuerpos, tres nombres y tres heridas que no quieren tocarse entre sí. La Iruz que conoces aprieta los dientes.


Su voz tiembla, pero no por miedo.


Isabel se encoge un poco, mientras Sigma observa en silencio. Iruz da un paso hacia ti.


El grito rompe el mundo: no como una pared que cae, sino como un espejo infinito que estalla desde dentro. Todo se llena de cristales: fragmentos negros, transparentes, húmedos, imposibles. Caen sobre Isabel, sobre Sigma, sobre Iruz, sobre ti. Cada pedazo refleja una versión distinta de la misma niña: la bailarina, la paciente, la Ícaro, la muchacha vulgar y furiosa que aprendió a convertirse en ruido para no volver a ser silencio; la oscuridad se clava en tu piel como cuchillos afilados. Durante un segundo no tienes cuerpo. Sólo dolor, zumbido y el tirón del Cordón Umbral atravesándote desde algún lugar que ya no sabes si está fuera o dentro de Iruz.

Cuando abres los ojos, estás sentada en una cama. La habitación pertenece a un chalet. Hay paredes conocidas, muebles conocidos, una clase de comodidad rural que te golpea con una familiaridad incómoda. La reconoces poco a poco: la casa de los Zarpas de Teluria. O una versión de ella. Estuviste aquí durante tu estancia en el Mundo Onírico; frente a ti hay un joven muy preocupado, con la cara blanca y las manos inquietas. A su lado, una mujer algo más adulta, corpulenta, con una tranquilidad demasiado basta para lo que está ocurriendo. La mujer resopla.


El joven la mira como si quisiera entender la broma y no pudiera.


La mujer resopla y se pone con los brazos en jarra.


La Iruz espiritual está a tu lado. No participa en la escena. La observa con una mezcla de asco, rabia y una familiaridad que resulta peor que el horror. Como quien mira una fotografía vieja y se odia por reconocer la habitación. Entonces se escucha un ruido al otro lado de la pared. Iruz gira la cabeza.


Se levanta sin esperar tu respuesta, y tú la sigues. El pasillo se dobla sobre sí mismo y la habitación contigua resulta ser la misma habitación. Mismos muebles, misma cama y mismo aire cargado, pero la escena ha cambiado. Ahora Iruz está en pie frente a Mauricio, desbordada, fuera de sí. No tiene la cara de una villana. Tiene la cara de alguien que ha descubierto que puede pedir algo horrible y aun así no conseguir que dejen de abandonarla.


Mauricio retrocede medio paso, no por miedo físico. Por otra clase de miedo.


La joven empieza a patalear y a tirar cosas contra el armario.


Ella se marcha dando un portazo que no suena como madera contra marco, sino como una celda cerrándose.


La escena se vuelve turbia, y no sabes cuánto tiempo pasa. Quizá horas, o quizá una noche entera comprimida en un parpadeo. Vuelves a estar en la misma habitación, ahora en penumbra. Iruz entra tambaleándose, con el maquillaje corrido, la ropa hecha un cristo y el olor agrio del tabaco, del alcohol y de una calle a la que nadie debería haberla dejado ir sola. A su lado camina un hombre intimidante, ancho de hombros, con esa clase de presencia americana o irlandesa que parece educada sólo porque no necesita alzar la voz para resultar peligrosa.

Mauricio está de pie frente a ellos, y no sabe dónde poner las manos. El hombre le habla con una calma insoportable.


Nadie responde: Iruz se mete en la cama tal y como está. Ni se lava ni se cambia. Ni mira a Mauricio. Él se queda un rato inmóvil, con la cara devastada. Luego se tumba en el suelo, junto a la cama, como si ése fuera el único sitio que se permite ocupar. Cierra los ojos, pero no parece dormir. La Iruz espiritual se queda mirándote.


Mauricio cierra los ojos, y cae rendido. Entonces, en un parpadeo, Iruz ya no está en la cama. Suena algo abajo. Un ruido rítmico, continuo y húmedo. Cuerpo contra cuerpo. Iruz pone cara de asco y empieza a bajar las escaleras. Tú la sigues; o el Cordón Umbral te arrastra detrás de ella, ya no hay demasiada diferencia. La casa se retuerce a vuestro alrededor. Las paredes se estiran, los marcos de las puertas se doblan. El recuerdo no quiere sostenerse, pero tampoco quiere terminar.

Abajo, en el salón, está Iruz. Tirada en el sofá, con las piernas abiertas. Encima de ella hay un hombre desnudo. No hace falta que el Pozo te enseñe más. Lo que ocurre es evidente. Y, aun así, nada en la escena habla de deseo. Sólo hay una risa demasiado alta, una necesidad convertida en arma y una habitación entera conteniendo la respiración. Se escucha un grito. Mauricio baja fuera de sí, con una pistola en la mano. El hombre se gira, y no llega a decir nada coherente. Mauricio dispara, y el disparo sacude la casa entera. El cuerpo cae al suelo, pero Mauricio no mira a Iruz. En seguida, el tipo pasa a lupus y salta por la ventana, atravesando la noche como algo perseguido por su propia conciencia.

Cuando intentas fijarte en la cara del tipo que ha huído, el Cordón Umbral pega un tirón terrible. Sigma aparece a tu lado. Su voz sale sin emoción, pero sus manos tiemblan.


La Iruz del sofá sigue allí, abierta de piernas, riéndose con una risa rota que ya no sabe si desafía, suplica o escupe.


La frase queda suspendida en el salón. Mauricio no sabe qué responder. Pero entonces baja el hombre de antes y no viene solo. A su lado hay una chica joven de pelo azul, con un maletín sujeto contra el pecho. Al verla, no necesitas que nadie te explique quién es. Lo sabes por el golpe emocional que atraviesa la escena: Pi. Lucía Belmonte. La hermana de Mauricio. El hombre se acerca a Mauricio. Le pone una mano en el hombro y suspira, como si todo esto fuera un trámite desagradable.


Mauricio observa el salón en silencio, tiene lágrimas en los ojos. No dice nada. Quizá porque ya ha entendido que cualquier palabra puede ser usada contra él. Quizá porque en ese momento comprende que no está salvando a nadie. Sólo está fallando más despacio que los demás.  El hombre mira a la chica de pelo azul.


Pi se queda junto a Iruz con el maletín. Le tiemblan los dedos cuando lo abre, pero no falla. Hay instrumentos pequeños, frascos, una jeringa, piezas ordenadas con una precisión insoportable. Iruz se levanta del sofá sin pudor. Camina hasta una silla en mitad del salón y se sienta, como si ya no pudiera importarle nada de su propio cuerpo. Como si el cuerpo fuese sólo la habitación donde otros entran cuando quieren. Pi se arrodilla junto a ella.


Iruz la mira con asco.


Pi obedece, la aguja entra. El líquido desciende. Iruz no mira a Pi, mira a Mauricio. Fija los ojos en él mientras su cuerpo empieza a apagarse. No hay sueño en ese apagón, ni  descanso. Sólo desconexión. Una mano arrancando el cable de algo que todavía estaba gritando al otro lado.

El salón empieza a desintegrarse. La casa de los Zarpas se rompe en capas: primero los muebles, luego las paredes, luego las voces, luego el olor a tabaco, alcohol y sangre. Todo cae hacia arriba, como si el Pozo hubiera decidido que aquel recuerdo ya no merecía gravedad. Y vuelves a estar rodeado por las tres niñas. Isabel, Sigma e Iruz. Pero ahora Iruz ocupa más espacio que las otras. No porque sea más fuerte. Porque hace más ruido.


Su voz ya no grita. Eso la vuelve peor.


Isabel empieza a temblar. Su forma se deshace poco a poco en partículas viscosas, como si el recuerdo del accidente no pudiera seguir compartiendo espacio con lo que vino después.


Iruz sonríe sin alegría.


Isabel desaparece. Queda una mancha húmeda en el lugar que ocupaba.


Sigma empieza a temblar. Su cuerpo pierde definición, convirtiéndose en polvo gris, como ceniza de archivo quemado.


La voz de Iruz se vuelve más baja, y por primera vez parece cansada. Ni dramática ni teatral. Sólo cansada.


Sigma se deshace, y queda Iruz sola.


Algo tira de ti, pero no es Iruz. Ni Sigma, ni Isabel. El Cordón Umbral se tensa desde otro punto del Pozo con una violencia súbita, urgente, casi desesperada. La oscuridad se abre a tu espalda como una corriente de agua negra. Iruz alza la mirada, por un instante parece que va a decir algo más, pero no le da tiempo. El tirón te arranca de allí a toda velocidad; la dejas atrás, sola en mitad de su propio nombre, mientras el Pozo vuelve a cerrarse sobre ella. Y te sumerges otra vez en la oscuridad.

Cuando vuelven a aparecer las tres figuras, el Garou las mira. Sobre todo a Isabel, hasta que Iruz empieza a hablar. En ese momento, simplemente la mira a los ojos y le aguanta la mirada cuando da ese aparentemente pequeño paso. No habla, no responde. Solo la mira, y espera. Solo oye el grito, hasta que comienza la siguiente visión.

Contempla la escena de Mauricio con la otra chica en silencio, y sigue a la ícaro a la siguiente escena cuando se lo solicita. Atiende a la discusión con Mauricio, y entiendo lo ocurrido con el hombre maduro que parece ser alguna clase de superior de Mauricio. Luego sigue a la muchacha escaleras abajo en el siguiente evento, y aparta un poco la mirada del cuerpo tumbado de la joven. Entonces, en ese momento, todo cambia cuando el mismo hombre maduro vuelve a entrar... y esta vez lo hace acompañado.


Su voz se quiebra al pronunciar su nombre, y un fuerte tirón del cordón lo sacude al intentar dar un paso hacia la reconocida figura de la hermana de Mauricio. Sigue observando la escena, en silencio, hasta que termina y se queda otra vez con las tres figuras rubias.

Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:12:02

El joven duda mientras la mira desde arriba.


La frase termina con un volumen descendente, una especie de fade out, como si estuviese cambiando al receptor del mensaje por sí mismo. Su mirada se queda un segundo más en Iruz, y pasa un momento por Sigma hasta llegar a Isabel White. Escucha a la joven de cabello dorado cuando habla sobre chupar sangre y, cuando Isabel comienza a desaparecer, se despide de ella inclinando levemente la cabeza. Devuelve la mirada a Sigma en el momento en que la conversación se dirige a la situación actual de la joven pero, cuando Sigma se reduce a ceniza, no se despide. Esta vez no. Esta vez solo le da un segundo más de atención, y entonces dirige su vista a la única que queda.

Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:12:02




El cordón se tensa, y el chamán lo sigue con urgencia. Si Iruz ha podido convocarlo, seguramente Ana Mercedes también pueda... y seguramente también lo necesite.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

24 de Jun 2026, 00:23:19 #40 Ultima modificación: 24 de Jun 2026, 00:25:14 por Maurick
El tirón no te lleva hacia Ana Mercedes, no todavía. El Cordón Umbral se tensa con violencia, pero su dirección se desvía antes de alcanzar el fondo del Pozo. Durante un instante crees que ha fallado, que la atadura se ha enredado entre los restos de Iruz, Sigma e Isabel. Luego entiendes que no es eso, es que el Pozo no ha terminado. La oscuridad te arrastra hacia un recuerdo que no pertenece a Iruz del todo, pero pertenece a alguien que estuvo allí.

Te preguntas, durante un instante, o quizás durante varios años, el paso del tiempo en este lugar es tan extraño como su función. ¿Por qué un lugar que permite navegar por los recuerdos de sus habitantes existe en Gaia? ¿Qué función tiene todo esto? ¿Por qué estás tan lejos de tu hogar, perdido en las memorias de extraños? No puedes pararte a desarrollar el pensamiento, pues de repente estás en un bosque, a solas.

Ves al tipo que Mauricio disparó, a un miserable, cobarde y traicionero Garou. Pedro Alba. No sabes su nombre al principio, pero el Pozo te lo entrega como una ficha sucia pasada bajo una puerta. Pedro Alba. Lo sientes desde dentro durante un segundo: sientes lo que es estar dentro de ella, de forma rítmica. Es repulsivo, te infecta cada hebra de tu pelaje, pero no puedes parar. No hay amor. Hay teatro, hay pánico a seguir siendo nadie. Hay una masculinidad inflada, barata, desesperada por tener testigos. Pedro no está con Iruz porque la entienda. No está con ella porque la vea. Está con ella porque alguien lo ha elegido para hacer daño a otro, y eso le basta. Eso le parece poder.

Entonces se abre la puerta. Mauricio entra con la pistola en la mano, y todo el orgullo de Pedro se convierte en nada. El disparo revienta el aire. El dolor le atraviesa el hombro como una puerta arrancada de cuajo. Pedro no grita con dignidad, y aparta a Iruz de un golpetazo. No pregunta si está bien, ni intenta explicar nada. El mundo se reduce a la boca negra del arma, a Mauricio fuera de sí, a la sangre caliente bajándole por el brazo y a una certeza animal: si se queda ahí, muere. Y huye. El salón se estira detrás de él. Las paredes se vuelven árboles. El suelo se vuelve barro. La ventana se convierte en una garganta abierta hacia el bosque. Pedro cae entre la maleza. Corre. Corre como un animal pequeño dentro de un cuerpo demasiado humano. El Frenesí del Zorro lo toma por completo, y en esa huida no queda ni burla, ni chulería, ni masculinidad, ni deseo de que nadie escuche sus gemidos de triunfo. Sólo un cachorro herido, sangrando, atravesando ramas y zarzas con los ojos llenos de lágrimas.

El Cordón Umbral vibra alrededor de tu cintura. Ni siquiera te has dado cuenta de que estabas caminando por el bosque, y que alguien camina contigo. Detrás de ti, en silencio. Zarpa Manchada avanza entre los árboles, en Crinos, demasiado grande para el bosque y demasiado real para ser un recuerdo. Sus ojos inyectados en sangre observan a Pedro con una calma casi aburrida. La saliva ácida le cae de los colmillos y abre pequeños surcos humeantes en la tierra húmeda.


Pedro tropieza, cae de rodillas, se levanta, vuelve a correr.


El Demonio de Fuego ladea la cabeza.


El bosque se llena de respiraciones. No sabes si son perros, Garou, hombres de Terry, espíritus del Peñasco Blanco o consecuencias buscando dueño. Pedro se esconde detrás de un tronco, apretándose la herida con una mano. Tiembla tanto que las hojas cercanas se agitan con él. Su boca forma palabras sin sonido. Promesas. Excusas. Insultos. Súplicas que aún no sabe a quién dirigir.


Pedro mira hacia atrás. Durante un instante, el bosque desaparece y vuelve el salón. Iruz está en el sofá. Mauricio sostiene el arma. Pi baja con el maletín. El hombre de la Justicia Metálica habla con voz serena. Todo ocurre al mismo tiempo, como si el Pozo no aceptara que las consecuencias puedan ordenarse por escenas.


Pedro echa a correr otra vez, pero esta vez el bosque no parece Cantabria. Los árboles se alargan. La tierra se calienta bajo sus pies. Entre los troncos aparecen túneles encendidos, rojos, como venas abiertas en el mundo. Una risa femenina vibra en algún lugar muy lejos, dulce y obscena, como si alguien hubiera visto a Pedro caer y hubiera decidido guardarlo para más tarde. Pedro se queda quieto. Por primera vez desde el disparo, no sabe hacia dónde huir.


El Demonio de Fuego habla sin placer. Eso lo hace más terrible.


A lo lejos, Pedro grita. No de dolor físico, de reconocimiento. Algo ha pronunciado su nombre completo. Pedro Alba. El bosque responde con una carcajada que no pertenece a ningún animal.


El Pozo te muestra fragmentos. Pedro en una abadía de piedra, con la cara hundida y los ojos llenos de hambre. Pedro mirando a una mujer demasiado hermosa para ser sólo mujer. Pedro riendo cuando no debería. Pedro suplicando cuando ya es tarde. Pedro frente a Aránzazu. Pedro comprendiendo, al final, que jamás había sido jugador de nada. Sólo carne movida por manos con más paciencia. Zarpa Manchada se detiene junto a ti. Pedro, más joven, más herido, más ridículo, sigue perdido entre los árboles. No sabe aún que su huida ya lo ha llevado exactamente donde debía.

Un momento... ¿Pedro frente a Aránzazu?


Sus ojos rojos se clavan en ti.


El Cordón Umbral vuelve a tirar. Esta vez hacia abajo, sin duda hacia Ana Mercedes. Pero Zarpa Manchada no se aparta.


La saliva ácida cae entre sus colmillos. Frente a ti, aparece una explanada bajo un cielo plomizo. La Catedral de la que hablaba Zarpa Manchada se materializa ante vosotros. Pedro entra, ufano, acompañado de otros ascetas. Sientes en ti que no lo aceptan como un hermano. Zarpa Manchada entra después de que entre el último monje. Son Garous, lo presientes. Todos son Garou, reunidos en una iglesia vieja, apartada de la civilización. ¿Qué es lo que hacen aquí?

Pedro se pone frente al que parece el líder de todo este lugar. Hay otro tipo importante, en una esquina, vestido como si fuese un pueblerino. Entiendes, sin saber muy bien por qué, que es el familiar que le salvó de morir aplastado o tiroteado en Cantabria. Pedro le mira a los ojos, y se gira de forma teatral ante el resto de asistentes a la ceremonia. El Garou líder se echa hacia atrás, sorprendido, pero el suelo tiembla. La tierra se raja, y pequeñas llamas comienzan a brotar de forma descontrolada. Zarpa Manchada se sienta en el altar, mientras contempla como una jauría de perros fomori y cachorros de Danzantes arrasan con el lugar. Pedro se queda de pie, observando la masacre, mientras sus ojos se iluminan por la destrucción; parece que no es el objetivo, si no la llave que abrió este lugar.


Cuando no queda más que muerte y corrupción, Zarpa Manchada y tú salís fuera. Y la ves. Pedro está arrodillado ante Luxuria, la Estigma del Deseo, suplicando algo. Ella lo mira con desdén, con desprecio, y aparta su mano. Se gira como una reina de otromundo, espetándole algo que no llegas a entender, pero se desvanece de vuelta en sus Túneles Ardientes. Mientras contemplas esto, el Cordón Umbral tira de ti con una fuerza que se te hace insoportable. Pedro entra en frenesí, pero esta vez no es un frenesí cobarde. Lo notas: jamás lo habías contemplado, pero no cabe duda de que ha entrado en Yugo del Wyrm. Zarpa Manchada comienza a reír, con una risa ronca y profunda.

El Cordón Umbral se tensa hasta doler, y antes de que puedas continuar, te quedas frente a tu padre. O una aparición de tu padre. O lo que tú crees que era tu padre. De una forma u otra, aguarda tu respuesta, con un semblante inamovible, con un rictus perdido en un recuerdo lejano y borroso. Cuanto más miras su cara, más se desdibuja. ¿Tienes algo que decir, Bruma Nocturna?

Tras el violento tirón del cordón, el chamán intenta sujetarse a él instintivamente aún sabiendo que es imposible asirlo con las manos. La tensión, la velocidad y los bruscos cambios de dirección lo desorientan, pero intenta mantener sus sentidos en su entorno y permanecer presente.

Ve a Pedro Alba, y contempla toda la escena en silencio. El pozo muestra, no dialoga, y el sioux intenta prestar la máxima atención posible. Y entonces, solo entonces, aparece de nuevo el Demonio de Fuego para narrar la escena y explicarle "las bases de la naturaleza del ser". El muchacho lo mira con cierto desprecio, pero no lo interrumpe. No quiere hacer la interacción más larga de lo estrictamente necesario. Cuando la risa femenina inunda el bosque, Bruma Nocturna no necesita verla a quien la emite. No necesita que le digan a quién pertenece, porque es una risa que reconoce bien. Demasiado bien. Sabe que, una vez se ha hecho patente su presencia, aparecerá en escena. Siempre aparece, no puede evitar hacer acto de presencia y contemplar, orgullosa, el resultado de su mezquina obra. Entiende que, como él en su momento, Pedro fue otra víctima de la manipulación. Otra víctima del juego. Y eso, de alguna manera, hace que algo se mueva levemente en el interior del chamán: una leve duda, un retazo de la culpa que tan bien conoce salpicado de la posibilidad de no reconocerse a sí mismo. Pero cesa, claro. Porque tiene que cesar. Porque sabe que él, hijo de Murmullo del Bosque y nieto de Vara Torcida, no actúa por reconocimiento. No actúa por poder, ni por atención, ni por deseo. Actúa como el que cumple con una obligación que ha abrazo por convicción y no por imposición porque, aunque no sabe si realmente es lo correcto, cree firmemente que está haciendo lo que más se le parece.

Observa toda la escena mientras el danzante habla, y contempla a Pedro en la masacre en catedral en silencio. Cuando el Demonio de Fuego termina su exposición, lo mira directamente a los ojos, escoge las palabras durante un par de segundos y da un paso al frente, venciendo con gran esfuerzo la tensión del cordón, antes de dirigirse a él.

Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:23:19


Se calla durante un instante, para ver la última parte de la escena protagonizada por Pedro Alba. Como él sospechaba, allí está: Perséfone. Luxuria, haciendo gala de su carácter de mierda frente a un pobre hombre que ni siquiera tiene la dignidad como para intentar redimirse. El cordón umbral tira, todavía más fuerte, y el hocico nauseabundo del Demonio de Fuego sigue humeando mientras sus ojos todavía apuntan al muchacho.


La rabia empieza a inunda su voz, pero no puede acabar la frase. La tensión del cordón umbral es demasiado fuerte, e ignorarla sería, posiblemente, abandonar a una de sus compañeras. Su figura se aleja mientras el rostro al que se dirigía se acaba de desdibujar en un amasijo de carne, humo y saliva, y su cuerpo acaba hundiéndose una vez más en la oscuridad.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

El Cordón Umbral tira de ti con tanta fuerza que, durante un instante, dejas de distinguir la dirección de la caída. Te hundes. El Pozo del Olvido se abre a tu alrededor como una masa de líquido negro, espeso, sin orillas. No es agua. No del todo. Tiene peso de agua, frío de agua, memoria de agua, pero se pega a tu piel como si estuviera hecho de tinta, ceniza y sangre vieja. Cada vez que intentas respirar, el líquido entra en ti sin ahogarte. Cada vez que intentas cerrar los ojos, ves más.


Zarpa Manchada ya no está. Su voz se desvanece en las profundidades de la inexistencia. Quizás nunca estuvo ahí, pero Pedro Alba tampoco. La Catedral, los túneles ardientes, Luxuria y la risa se deshacen detrás de ti en burbujas negras que ascienden hacia ninguna parte. Durante un momento sólo existe el Pozo. Este lugar no parece guardar recuerdos como los guarda una mente. Como si cada vida hubiese dejado una marca en algún sedimento profundo de Gaia. Como si todo lo vivido, todo lo perdido y todo lo repetido se hubiera ido filtrando hacia abajo hasta formar este océano oscuro donde nada desaparece del todo. Un lugar donde las almas no hablan, pero dejan presión. Donde los muertos no vuelven, pero pesan. El pensamiento dura un segundo, o varios años. Luego el líquido negro se abre, y tus pies golpean metal húmedo. El viento te corta la cara. Estás en una plataforma en mitad del mar. El cielo es plomizo, bajo, casi pegado a la estructura. El Báltico se extiende alrededor como una piel de acero agitado. Todo huele a sal, gasóleo, óxido y tormenta. Las barandillas están mojadas. Las luces industriales parpadean con una regularidad enferma. A lo lejos, entre la bruma, se insinúa la costa de alguna ciudad como una línea gris que no promete regreso.

Frente a ti están Aránzazu Guevara y Pedro Alba. Aránzazu parece viva, pero la ves cansada, agotada. Desconcertada, y aunque Pedro está a su lado, claramente está sola. Eso es lo primero que golpea. Está ahí, de pie, con el rostro tenso, los ojos atentos, el cuerpo preparado para una amenaza que ya ha ocurrido demasiadas veces como para que pueda evitarse. No mira hacia ti, no parece verte. Su atención está puesta en la figura que avanza desde el otro extremo de la plataforma.


La voz le sale pequeña. No tiene nada que ver con el Pedro del sofá, ni con el Pedro ufano de la Catedral, ni con el Pedro que reía cuando no debía. Este Pedro está pálido, empapado por la llovizna y el sudor, con los ojos demasiado abiertos. Mira hacia delante, pero su cuerpo ya quiere retroceder. Frente a ellos camina Blanchard. No necesita correr, avanza con una agresividad contenida, recta, quirúrgica. Cada paso golpea el metal con un sonido seco que se repite demasiado alto en el aire abierto. Hay algo profundamente equivocado en su calma. Detrás de ti se escucha una respiración entrecortada: Ana Mercedes está ahí.

No sabes cuándo ha aparecido. Quizá siempre estuvo. Quizá el Cordón la arrastró a este borde del recuerdo. Quizá el Pozo decidió que no bastaba con que vieras tú. La Philodox permanece inmóvil, con la mirada clavada en Aránzazu. Toda su dureza se ha roto en silencio.


Lo dice sin épica, sin duda. Como si reconocerla le hubiese quitado el aire.


Ana da un paso, mientras el metal bajo sus botas suena. Intenta acercarse, pero no puede. No hay un muro visible, pero algo en el espacio se niega a permitirlo. Ana fuerza el cuerpo hacia delante y la plataforma parece alargarse un palmo. Da otro paso y el aire se endurece ante ella.

Su voz pierde firmeza en la última sílaba. Blanchard sigue caminando, y entonces el recuerdo tiembla. La luz parpadea: Blanchard vuelve a estar más lejos, con la misma expresión. Pedro se gira de golpe hacia ti. Esta vez sí te ve. Te mira como si te hubiese estado esperando desde el momento en que Mauricio apretó el gatillo en aquel salón.


Parece aliviado. Ha encontrado a alguien a quien echarle la culpa.


Su cara se deforma entre el miedo y la rabia.


Se golpea el pecho con una mano temblorosa.


Pedro mira por encima del hombro, ve al vampiro acercarse, y vuelve a mirarte con desesperación.


La luz parpadea al mismo tiempo que Blanchard retrocede sin retroceder. Vuelve al mismo punto, y empieza a caminar otra vez. Ana Mercedes no aparta los ojos de Aránzazu, pero oye a Pedro. La incredulidad se le mezcla con una rabia fría, intangible.


Pedro se ríe. Una risa aguda, fea, casi infantil. Se vuelve hacia Ana Mercedes.


Ana se queda quieta.


La representación de Pedro cae de rodillas al suelo, mientras no para de reírse.


Pedro señala a Aránzazu con una violencia desesperada, pero ella no reacciona. Está claro que su memoria, su recuerdo, o lo que sea esto, no está presente aquí. Sigue mirando a Blanchard, sigue atrapada en el instante anterior a su muerte.


Ana intenta avanzar de nuevo, y el espacio se estira. La plataforma parece volverse más larga bajo sus pies.


Pedro enseña los dientes.


Blanchard está más cerca. Su rostro se distingue ya entre la lluvia fina y las luces industriales. No parece un recuerdo borroso, parece demasiado sólido y presente. La plataforma vibra con cada paso suyo, pero la vibración no se expande; se repite. Como si el mundo estuviera mal grabado. Pedro baja la voz.


La luz parpadea, y Blanchard vuelve atrás. Aránzazu respira hondo, como si el recuerdo estuviera a punto de darle permiso para moverse, y Ana Mercedes lo nota. Su rostro cambia.


Pero Aránzazu no puede. O ya no queda en ella nada capaz de apartarse del momento que la mató. Pedro se lleva ambas manos a la cabeza.


Se gira hacia ti.


La petición queda suspendida entre la lluvia y el metal. Pedro Alba, muerto, cobarde, culpable, víctima, restos de una historia que nunca supo comprender, te mira con una súplica sucia y feroz.


Ana Mercedes mira a Pedro. Luego a Aránzazu, y luego a ti. La Philodox no entiende todavía qué es este sitio, pero entiende la injusticia de la repetición. Y también entiende, quizá antes que tú, que no todos los condenados son inocentes por estar condenados. Blanchard camina, el recuerdo tiembla y la distancia vuelve a romperse. Cada vez está más cerca antes de reiniciarse. Cada vez tarda menos. La plataforma entera empieza a llenarse de líquido negro por las juntas del metal, como si el Pozo estuviera subiendo desde debajo de Middelgrunden para tragarse la escena antes de que alguien pueda responder del todo.


Pedro da un paso hacia ti. Blanchard avanza, la luz parpadea. El recuerdo tiembla.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?

El fluido oscuro inunda todos las aberturas, todos los huecos, del joven chamán. No solo los físicos, sino también los mentales y espirituales. Donde hay duda, donde hay inconsistencia, la masa negra ocupa el lugar adhiriéndose a las paredes de lo anclado y transmitiéndoles el frío de lo indefinido. La voz del Danzante suena de fondo, mientras su figura se proyecta en la retina del metis desde sus párpados cerrados. El aliento putrefacto se siente extrañamente cerca, y casi puede sentir la tibieza de su pelaje llameante.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11

La voluntad del muchacho detiene por un segundo casi eterno la vorágine de sombras y oscuridades para, en un enfrentamiento de convicciones, plantarle cara a la destructiva crítica.


El fluido viscoso vuelve a girar con violencia, mientras el cordón umbral se retuerce cada vez más sobre sí mismo, hasta que los pies del muchacho caen sobre el metal. Allí está Aránzazu Guevara con Pedro Alba, ambos frente a Blanchard. También está Ana Mercedes Guevara, contemplando la escena sin terminar de entenderla. El uktena no intercede, no por ahora. Deja que Ana Mercedes interactúe con el Pozo y viva su propia experiencia. Deja que contemple a su hermana, a su acompañante y al asesino de ambos. Deja que le duela, y que entienda qué es este lugar. Deja que Pedro se dirija a él, y le eche la culpa de todo.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11


Pedro continúa con su balbuceo, con sus comentarios arrogantes para autoconvencerse de que es una boñiga un poco más grande, más apestosa y más desagradable que le pequeña mierda seca que realmente es. Ana, ignorante del ser con el que intenta hablar, le da algo de pábulo ante el silencio del metis. Quizá esté equivocada, pero es su decisión y su momento. No será él, desde luego, el que le quite la oportunidad de cometer sus propios errores.

Cita de: Maurick en 25 de Jun 2026, 00:38:11




El espacio responde a su voluntad, y llega al quejumbroso despojo de hombre en apenas dos zancadas.


El uktena espera paciente, con los ojos fijos en los de Pedro Alba, mientras el líquido negro hace acto de presencia una vez más. Sabe que no queda demasiado tiempo pero, sin embargo, está tranquilo: mientras el cordón umbral esté estable, sabe que le queda algo de tiempo.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

El reflejo que intentas controlar no aguanta. Se te escurre entre las manos, como arena seca ante el sol. Como el viento colándose entre tus mechones. Durante un instante, el metal bajo tus pies intenta convertirse en otra cosa. Piel de espejo, superficie ritual. Un lugar donde una sospecha pueda adoptar forma y una culpa pueda ser obligada a confesar. Pero el Pozo del Olvido no conserva la imagen. El fluido negro asciende por debajo de la plataforma y la devora antes de que termine de nacer. El túmulo de Noche Fría se deshace y Zarpa Manchada se disuelve. Luxuria se convierte en una mancha roja bajo la lluvia. Pedro Alba sigue de rodillas, empapado, temblando, con los ojos clavados en ti. Pero no parece haber entendido lo que intentabas mostrarle. Ni siquiera parece haberte escuchado del todo.


Su voz rebota contra el metal mojado, mientras Blanchard avanza desde el otro extremo de la plataforma. La luz parpadea, el recuerdo tiembla.


Pedro no mira hacia el reflejo que acabas de perder. No mira hacia el lugar donde el Pozo ha tragado tus preguntas. Sólo mira la posibilidad de una puerta. Una rendija. Una escapatoria. Cualquier cosa que pueda salvarlo del momento que viene repitiéndose desde algún lugar imposible de la memoria de Gaia. Una voz suena detrás de ti, muy cerca. No aparece con pasos. No desplaza aire. No rompe el recuerdo. Simplemente está ahí, como si el Pozo hubiera permitido que una sombra antigua se colocara a tu espalda.


Zarpa Manchada no está reflejado en el metal. No proyecta sombra. Su aliento, sin embargo, huele a sangre quemada y a saliva ácida.


La lluvia atraviesa su silueta sin mojarla. Durante un segundo, sus ojos rojos se posan en Pedro. No hay compasión. Tampoco burla. Sólo una forma vieja y venenosa de reconocimiento.


Pedro sigue hablando, pero su voz empieza a sonar más lejos, como si el Pozo lo estuviera alejando de la conversación sin moverlo del sitio.


Ana Mercedes te toma del brazo. No lo hace con delicadeza. Sus dedos se cierran con una fuerza seca, desesperada y adulta. Cuando habla, no mira a Pedro. Mira hacia delante.


Blanchard ya está junto a Aránzazu. El recuerdo deja de temblar. Por primera vez, la escena no se reinicia. El vampiro se mueve con una violencia tan limpia que el gesto parece irreal. Una mano atraviesa el espacio entre ambos. Aránzazu no tiene tiempo de reaccionar, pero lo intenta. Su cuerpo se tensa, los ojos se le abren, y durante un instante parece que va a decir algo. No llega, obviamente. Blanchard le arranca el corazón de un golpe. No hay dramatismo suficiente para contenerlo. Sólo carne abierta, sangre oscura sobre metal mojado y una expresión de sorpresa rota en el rostro de Aránzazu. Su cuerpo cae con un peso humano, insoportable, demasiado pequeño para todo lo que significaba. La criatura muere el órgano palpitante y disfruta del festín que es beber la sangre de una Garou. Una Garou que fue tu compañera. A pesar de que has contemplado muerte, crueldad y miseria, ver directamente como un ser de la noche acaba con la vida de la que fue tu compañero te afecta, aunque sea lo mínimo. Ana Mercedes no grita; su boca se abre, pero no sale sonido. El mundo le roba incluso eso.

Pedro chilla absolutamente aterrorizado. No es rabia ni vergüenza, es pánico. Es horror.


Sale corriendo. No hacia Blanchard. No hacia ninguna forma de valor. Corre por la plataforma resbalando sobre la lluvia, golpeándose contra una barandilla, buscando un hueco entre estructuras metálicas. Se esconde detrás de una sección de maquinaria industrial, se encoge sobre sí mismo y se lleva las manos a la boca para no hacer ruido. Pero sigue suplicando.


La lluvia cae sobre Middelgrunden con una paciencia infinita. Blanchard se agacha junto al cuerpo de Aránzazu, para asegurarse . No tiene prisa. Eso es lo peor. Pedro se levanta a medias, como si hubiese decidido huir por segunda vez. Da un paso y luego otro. Sus ojos no miran el cadáver. No miran al vampiro. Sólo buscan distancia. Blanchard aparece detrás de él, como un fantasma blanco en una noche negra. Pedro no llega a girarse del todo antes de que la mano entre por su espalda. El cuerpo de Pedro se arquea, con la boca abierta en una mueca absurda, casi infantil. Durante un instante parece sorprendido de que el final también pueda encontrarle cuando intenta escapar. Blanchard le arranca el corazón por detrás, y Pedro cae de rodillas. Luego al suelo, estampándose la cara de la forma más ignominiosa que hayas podido imaginar. La plataforma queda en silencio, salvo por la lluvia, el mar y la respiración rota de Ana Mercedes. Blanchard arrastra el cuerpo de Pedro hasta el de su compañera, y comienza lo que parece un ritual.

No hay palabras que podáis comprender. Sólo movimientos precisos, antiguos, de una crueldad paciente. Blanchard abre, limpia, cose, unge sin necesidad de instrumentos quirúrgicos. Sus manos tratan los cuerpos sin vida con un respeto monstruoso. No como víctimas. No como personas. Como piezas que deben conservarse. Como reliquias preparadas para seguir teniendo utilidad después de la muerte. El líquido oscuro del Pozo se mezcla con la sangre derramada, pero no la borra. La recuerda. Ana Mercedes sigue agarrada a tu brazo, temblando.


La palabra sale al fin. Muy pequeña e inútil. Esto ya ha pasado, solo lo estáis viendo a través de un lugar blasfemo que bebe de los recuerdos. ¿De los recuerdos de quién?


Entonces el recuerdo se abre por dentro. No hacia fuera, hacia el interior de Aránzazu. La plataforma sigue allí, pero algo atraviesa la lluvia. Una serie de imágenes se superponen sobre el rostro muerto de Aránzazu, tan rápidas al principio que apenas puedes distinguirlas. Una habitación en penumbra, la reconoces como la enfermería del Viento de Acero. Mauricio Belmonte sonriendo con un cansancio que no parece derrota. Aránzazu mirándole como si, por un momento, el mundo hubiera dejado de exigirle explicaciones; un niño recién nacido. El nombre no lo pronuncia nadie, pero aparece en el recuerdo como calor en la piel. Como una manta colocada alrededor de unos hombros. Como dedos pequeños cerrándose sobre la mano de su madre. Aránzazu sostiene al bebé con una mezcla de miedo, amor y asombro. Mauricio está junto a ella. No hay guerra en esa imagen. No hay Blanchard. No hay plataforma. No hay sangre. Sólo una felicidad breve, imperdonablemente breve.

Ana Mercedes lo ve. El golpe no le llega al cuerpo, sino a algo más hondo. La mano con la que te sujeta pierde fuerza durante un segundo, luego se cierra otra vez, como si soltar tu brazo significara caer. El Pozo no se detiene, no da tregua. Habéis entrado aquí a llevaros algo, y el Pozo provee. La memoria desciende más, lejos de Middelgrunden, lejos del Báltico, lejos del metal y de la lluvia, una cueva en las montañas cercanas a Bilbao respira en silencio. Está llena de oro. No como un tesoro humano. No como una acumulación vulgar de riqueza. El oro cubre las paredes en vetas, láminas, monedas, polvo y figuras deformes que parecen haber crecido de la roca. La luz no entra desde fuera. Nace del propio metal, una claridad cálida, enferma, reverente.

En el centro de la cueva, la Estigma Avaritia medita. Inmóvil, regia. La recuerdas: te convenció de engañar a Iris Martínez. Fue quien te proporcionó la Lanza de Uktena. Ajena al mundo durante un instante que no debería romperse. Entonces lo siente: la vida de Aránzazu desaparece. No se apaga despacio, ni se debilita. Desaparece de golpe. Avaritia abre los ojos. El oro de la cueva responde con un temblor. Monedas, polvo, vetas y estatuas vibran como si todas hubieran recibido la misma noticia al mismo tiempo. La Estigma no grita todavía. Primero visualiza: emplea cualquiera que sea la habilidad que tienen estos seres, y de repente lo notas. La energía del Kaos bulle de ella como si fuese una olla a presión. Su vista no se desplaza por el mundo a través de la Umbra o empleando canales espirituales. Proyecta su visión a través de la membrana kaótica del universo. Y ve a sus hermanas, ufanas, observando la masacare de Blanchard desde el Castillo en las nubes de Superbia. No están junto a ella, pero el vínculo entre ellas atraviesa la distancia con la intimidad cruel de una familia imposible. Luxuria se ríe a carcajadas mientras devora una bandeja de marisco, mientras comenta con Superbia que ese miserable no era más que otra herramienta descartable más. Superbia le pregunta sobre lo que hará con Blanchard, y Luxuria dice que tiene un par de hombres perro más de los que encargarse.

El rostro de Avaritia cambia: no hay tristeza limpia en él. Hay propiedad herida, amor deformado y una cólera tan antigua que ni siquiera necesita justificarse. La cueva entera se llena de polvo dorado. Avaritia se deshace en partículas brillantes que giran con violencia, golpean las paredes, arrancan motas de oro de la roca y convierten la cueva en una tormenta de metal precioso. Durante un segundo, parece que toda la montaña vaya a abrirse desde dentro.

Luego volvéis a centraros en Middelgrunden, la plataforma petrolífera donde Aránzazu fue asesinada. Ana Mercedes está a tu lado, pálida, inmóvil, con la mirada perdida en un lugar donde se han mezclado la muerte de su hermana, un niño que no conocía y la furia de una Estigma que acaba de sentir una pérdida como si fuera una ofensa personal.


Su voz apenas alcanza a distinguirse entre la lluvia.


Zarpa Manchada aparece frente a ti. Esta vez no surge detrás. No se anuncia. Está ahí, entre tú y el extremo de la plataforma, con el mar gris a su espalda y la silueta de Blanchard trabajando sobre los cadáveres al fondo.


Sus colmillos brillan entre la lluvia.


Inclina levemente la cabeza hacia Ana Mercedes, aunque no la mira con verdadero interés.


La plataforma cruje bajo vuestros pies. El líquido negro sube y baja por las rendijas como una respiración.


La lluvia cae sobre su rostro y se evapora antes de tocar la piel.


Ana Mercedes no parece oírle del todo. Sigue mirando a Aránzazu. Se acerca a su cuerpo, ya embalsamado y preparado ritualmente por el vampiro. Acaricia su rostro, y varias lágrimas caen sobre la cara de Aránzazu. Sigue intentando comprender cómo puede estar viendo el final de su hermana y, al mismo tiempo, la reacción de una criatura que la consideraba hija. Sigue respirando como si cada inhalación tuviera que pasar antes por el pecho abierto de otra persona. Zarpa Manchada clava los ojos en ti.


Una pausa. La lluvia llena el silencio.


Blanchard termina de inclinarse sobre los cuerpos. El recuerdo tiembla, pero no se reinicia. Ana Mercedes sigue sujetándote del brazo, pero su mano ya no parece buscar apoyo. Parece buscar una prueba de que tú también estás ahí. De que esto no está ocurriendo sólo dentro de ella.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?