Episodio 2 — La Garrotxa

Iniciado por Maurick, 15 de Abr 2026, 23:58:13

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Carretera de madrugada

A las afueras de Soria — De camino al nordeste

📅 12 de septiembre de 2005, 03:02

La noche en Soria tiene ese frío seco que no muerde de golpe, pero se va metiendo poco a poco en la ropa, en los dedos, en las articulaciones. Cuando regresas del Estanque del Lirio Apacible, el coche sigue donde lo dejasteis, detenido junto al monasterio como una máquina abandonada. La oscuridad no es total: hay algo de luna que se cuela entre las nubes, como un resplandor plateado discreto. La piedra del monasterio la devuelve con una claridad gastada. Iruz está espatarrada en el asiento trasero, con una pierna doblada de mala manera, con la cabeza apoyada en un montón de ropa. Duerme con esa clase de abandono que sólo se permite alguien cuando ya no le queda energía. Parece tranquila. Ana Mercedes, en cambio, está en el asiento del conductor. Dormida de lado, con la frente casi apoyada sobre la ventanilla y un brazo cruzado sobre el pecho. La postura le ha dejado el cuello en un ángulo ingrato, como si se hubiera prometido descansar sólo un momento y el cuerpo le hubiera retirado la palabra. Cuando te acercas, la gravilla cruje bajo tus pasos. Ana Mercedes abre los ojos antes de incorporarse del todo. Sólo tarda un segundo en recordar dónde está, contigo, qué hora es y por qué seguís allí.

Te observa. Sabe lo que has contemplado.


Hay un instante breve en que no dice nada más. Se pasa una mano por la cara, apartándose el cansancio como puede. Después mira hacia atrás, a Iruz, y luego de nuevo a ti.


No hay ceremonia. No hay discurso. Sólo el ruido del motor volviendo al mundo. Durante los primeros minutos nadie habla. El monasterio queda atrás, luego la carretera estrecha, luego los bordes negros de los campos sorianos. El coche avanza por una meseta dormida, vacía, donde la noche parece más ancha de lo normal. La línea del horizonte apenas existe: a un lado, tierra oscura; al otro, cielo oscuro; entre medias, la carretera como una costura gris que alguien dejó a medio hacer. A ratos aparecen pueblos diminutos, manchas de luz amarilla apelmazadas en torno a una iglesia, a una gasolinera cerrada o a una plaza que ahora mismo no le importa a nadie. A ratos no hay nada durante kilómetros enteros. Sólo asfalto, postes, señales reflectantes y ese zumbido monótono que termina por adormecer incluso los pensamientos más tercos.

Iruz acaba despertándose atrás, quejándose de algo. La postura no es cómoda, por supuesto. Luego gruñe como una niña mal criada a la que le han retirado los muñecos. Tarda unos segundos en entender que el coche está en marcha.


Se incorpora lo justo para mirar por la ventanilla. Ve la carretera, la noche, la espalda recta de Ana Mercedes al volante. Te ve a ti, con cara de pánfilo. No parece contenta, sólo parcialmente irritada.


Ana Mercedes no aparta la vista de la carretera. Cambia de marcha con suavidad, como quien no está dispuesta a malgastar energía antes de tiempo. El resto del trayecto hasta la primera parada se consume sin grandes sobresaltos. La noche va cediendo muy lentamente, no a la luz todavía, sino a una especie de agotamiento del negro. El cielo empieza a aclararse por zonas, primero como una ceniza pálida en el este, luego como una promesa muy lejana de mañana.



Parada reglamentaria de descanso

Área de servicio de Soses, Lleida

📅 12 de septiembre de 2005, 06:49

Mucho después, os detenéis en una estación de servicio abierta a medias en algún punto entre Soria y la Garrotxa. Una de esas áreas impersonales que parecen existir fuera del tiempo: surtidores blancos bajo una marquesina demasiado iluminada, máquinas de café que zumbean solas, un expositor de sándwiches triangulares con aspecto de llevar allí desde otra vida, y el suelo brillante de fregona reciente.

El aire de fuera está helado. Cuando salís del coche, el cuerpo protesta. Rodillas entumecidas, hombros cargados, la sensación de haber dormido mal incluso aunque no se haya dormido nada. Ana Mercedes se estira apenas, con discreción, y se aparta el pelo de la cara mientras observa el edificio de la estación con la expresión de quien sólo quiere café y cinco minutos de silencio. Iruz, en cambio, cierra la puerta del coche con más fuerza de la necesaria.


Ana Mercedes la mira de reojo. Hay cansancio, y una paciencia que quizá no sabía que tenía.


Iruz la observa un segundo, como si valorara si pelearse por pura costumbre o aceptar la oferta. Al final se encoge de hombros, de mal humor, pero sin guerra.


Las dos desaparecen hacia el interior con sus cosas. La puerta automática se abre y se cierra tras ellas con un siseo vulgar, de esos que devuelven todo a una normalidad muy fea pero muy útil. Te quedas fuera un momento, junto a los surtidores, con la madrugada rompiéndose despacio alrededor. Algún camión duerme al otro lado del aparcamiento. Más allá, la carretera sigue esperando, extendida hacia el nordeste como una idea todavía sin forma. No parece que estéis en peligro... ¿o sí? No tardan mucho en regresar. ¿Qué les vas a decir? ¿Has hecho algo más antes de abandonar Soria? ¿Qué piensas de todo esto, Bruma?

Bruma Nocturna escucha la historia de Pau (asumo que se desarrolla mientras Bruma le habla de las Rocosas, del legado de su madre, de su abuelo, etc). En el encuentro con el espíritu del Lirio del Estanque Apacible, muestra respeto pero no sumisión: inclina ligeramente la cabeza en señal de respeto, pero no se arrodilla. Tampoco mantiene la mirada baja, sino que la fija en el espíritu como señal de que cuenta con su atención plena. Sin embargo, no replica ni responde hasta que el Lirio termina de hablar.


Con un respetuoso gesto de cabeza, se despide del Lirio y abandona el lugar. Se aleja caminando despacio, consciente de la bendición muda de Pau, pero hace una pequeña parada antes de estar demasiado lejos para gira levemente la cabeza, mirar al hombre a los ojos y hacer un último anuncio a modo de promesa con expresión seria pero amable.


Nada más.

Tras su palabra de despedida, continúa la marcha hacia la carretera.



Al regresar al coche y ver a Iruz y Ana Mercedes, intenta actuar sin hacer demasiado ruido ni movimientos bruscos.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13

Asiente con la cabeza.


Se sube al coche intentando molestar lo mínimo posible, y rebusca por debajo del asiento. Recuerda que en algún sitio había una pequeña manta, así que intenta encontrarla para ponérsela por encima a la agotada ícaro.

Después de que Ana Mercedes arranque, solo silencio y alguna mirada furtiva al retrovisor. Como habitualmente, intenta prevenir que alguien (o algo) los esté siguiendo... o pueda aparecer desde algún lugar no físico. Cuando Iruz se despierta, solo le responde para molestar.

Cita de: Maurick en 15 de Abr 2026, 23:58:13




Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).


Tras la indicación, se dirige a la tienda mientras busca el dinero en su bolso de piel. Le confirma el número de surtidor al tipo calvo y con barriga, y mientras le da el cambio intenta rellenar el silencio comentando que "está la noche tranquila, ¿eh?".

Al volver al coche, recoge su cazadora del techo y se la pone sobre los hombros sin meter los brazos en las mangas. Abre la puerta del copiloto y le hace un gesto a Iruz para que se siente. Si accede, él irá detrás, en silencio, vigilando el entorno y pensando en lo ocurrido. Si Iruz replica, no discute: se sienta él en la parte delantera del coche, y mantiene la misma actitud reservada (salvo que se dirijan a él de algún modo).
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

23 de Abr 2026, 12:01:54 #2 Ultima modificación: 23 de Abr 2026, 12:05:04 por Maurick
La gravilla cede bajo tus botas cuando te alejas de la luz blanca de los surtidores, mientras el aire roza tu rostro. Es más frío, más limpio, pero notas que hay algo en cómo se queda atrapado entre los camiones que no termina de encajar. El remolque parece temblar durante un instante, lo que te lleva a detenerte durante un segundo. Tu cuerpo bombea sangre de forma demasiado ruidosa, como si tu propia existencia exaltase el silencio que hay a tu alrededor.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41Al parar en el área de servicio, el metis no se baja inmediatamente del coche. Espera un minuto, como si estuviese pendiente de que llegase el colega que venía detrás. Cuando Iruz tira la cazadora con asco, la recoge pausadamente. Mira a los lados a través de las ventanillas a medio bajar, y echa un vistazo largo a través del parabrisas lleno de insectos con complejo de cabeza nuclear. Cuando está seguro de que nada llama su atención, se baja del coche, ya solo, y sacude un poco su cazadora antes de dejarla a airear sobre el techo del coche. Camina alrededor del vehículo, abre la puerta del conductor y saca la llave del contacto. Nada parece estar fuera de lugar hasta que un leve chasquido, casi imperceptible, llega de detrás de la cabina de un camión que parece desnuda sin su remolque. No hay ninguna luz, y tampoco parece haber nadie dentro. Sin embargo, es precisamente eso lo que lo hace sospechoso. Quizá ha sido un animal, quizá mera paranoia. Sea lo que sea, lo más prudente es no confiarse y revisarlo. Las chicas están seguras en la tienda, así que es mejor dejarlas fuera de escena mientras se investiga "por si acaso".

Las vivencias que has pasado en el Estanque del Lirio Apacible han sido relativamente tranquilas. En tu mente, durante un breve instante, ves a Erik Angelus, transformado en la Bestia Púrpura que asoló Bilbao, ser tumbado por las formas Crinos de Aránzazu e Iris; de un destello, esa visión te muestra la Estigma Gula. Rememoras el momento en el que su piel y carne empezó a derretirse como si estuviese hecha de cera. Como del charco de desechos inmundos surgió una pequeña criatura metálica, que tuviste que reducir y destruir. Todo esto ocurre en un momento, de forma muy rápida, como si tu cerebro estuviese ajustando tus recuerdos para lo que pueda sucedeer.

Cita de: Lady Midnight en 17 de Abr 2026, 12:40:41El muchacho se dirige hacia el lugar, y camina con cautela entre los camiones. Intenta sentir, no solo ver, y aprovecha cualquier reflejo disponible para hacer una visita breve a la umbra. No tanto por la sospecha en sí, sino para hacerse una idea de cómo va cambiando y evolucionando el mundo de los espíritus a medida que se desplazan. Si algún espíritu se muestra predispuesto, el chamán lo saluda de modo amistoso y le pregunta qué tal las cosas por la zona. Cuando termina, se dirige de nuevo al coche a reencontrarse con las chicas (probablemente ya hayan terminado).

Te detienes un segundo antes de avanzar. El pecho sube y baja más despacio, como si el cuerpo hubiese decidido por su cuenta no hacer ruido. La mirada recorre el contorno del vehículo, los reflejos muertos en la chapa, la oscuridad acumulada bajo la cabina. Das un paso más. El mundo físico no protesta cuando tiras de la celosía, al contrario. Cede demasiado fácil, como si no hubiese cortina de realidad que atravesar. Al otro lado, la estación de servicio sigue ahí... pero no es la misma. La marquesina ha perdido el brillo. Los surtidores están inclinados, como si llevasen años abandonados. El suelo no brilla: se deshace en fragmentos de tierra, hormigón y asfalto. Cada paso levanta una ceniza fina que no termina de asentarse nunca. El aire pesa, en contraste con lo que habías sentido en la Teluria. La estructura metálica se sostiene por inercia: hierro desnudo, sin pintura, repleto de óxido. Todo parece haber sido quemado desde dentro, sin fuego visible, sin humo.

Los espíritus no se esconden: no pueden. Los ves adheridos a lo que queda del lugar, reducidos a formas incompletas. Algunos no son más que una vibración, otros un contorno que tiembla al borde de desaparecer. No percibes agresividad, ni miedo, ni sorpresa, ni curiosidad. Lo que percibes, que es un sentimiento que ya empieza a ser bastante común, es agotamiento. Cuando te acercas a una de esas figuras espectrales, se remueve. Cuesta distinguir qué fue alguna vez: si un espíritu de la Tejedora, del Kaos, un reflejo del lugar... Ahora es incapaz de mantener su forma.

Intentas hablarle, y la respuesta llega tarde. Y mal.


El espíritu intenta recomponerse, pero es incapaz. No puede rememorar o mantener su forma. Su cuerpo espectral se le deshace por los bordes mientras intenta fijarse en ti.


La palabra no termina de asentarse, se fragmenta antes de llegar a ser comprendida del todo. El espíritu se pliega sobre sí mismo, incapaz de soportar más su existencia. Y lo que queda... simplemente se apaga. El resto no te dan respuestas —no porque no quieran, si no porque parece que ya no pueden—. Te quedas un segundo más. El peso de ese espacio no empuja... pero tampoco deja respirar del todo. Como si todo lo que aquí ocurrió hubiese sido ya asumido por algo más grande.

Encima de los restos de uno de los camiones, oxidado y devorado por el paso del tiempo, lo ves de nuevo. El profeta de las plumas negras, Birdman te observa en silencio. Si te diriges a él o te acercas, desaparece en una nube de plumas. Una única palabra resuena por todo el lugar, una palabra de la que desconoces el significado... «Exitus»...

Cuando vuelves, la transición es igual de fácil. La Umbra se pliega con la facilidad con la que pelas un plátano maduro. La luz blanca de los fluorescentes te golpea con una normalidad casi ofensiva. El zumbido de las máquinas, el olor a gasolina, el reflejo sucio del parabrisas... todo sigue en su sitio. Como si no hubiese pasado nada. Ana Mercedes está junto al surtidor, con el dinero en la mano. Cuenta sin prisa, con los dedos aún algo rígidos por el frío. No levanta la vista cuando te acercas, pero sabe perfectamente que ya estás ahí.


El gesto es automático. Preciso. Como alguien que ha hecho esto demasiadas veces como para pensar en ello. Iruz aparece a su lado ajustándose la ropa, con el pelo aún húmedo en algunos mechones. Te ve. Y el gesto se le endurece lo justo.


Hay algo más debajo del reproche; será el cansancio.


Ana Mercedes coge el cambio sin mirar cuánto es. Lo guarda en el bolsillo de la chaqueta y se gira hacia vosotros. Su mirada pasa de Iruz a ti... y se queda un segundo más de la cuenta. Después, se asegura de adquirir unos productos para comer algo por el camino: sandwiches mojados, refrescos, agua, alguna bebida energética. Todo material de gasolinera, con un precio superior al habitual, pero justo por su ubicación.


El coche vuelve a la carretera sin más. El cielo empieza a clarear por el este, apenas una línea sucia entre nubes bajas. La noche se retira sin hacer ruido. El motor vuelve a ese zumbido constante que termina por ocupar todo el espacio. Iruz se deja caer en el asiento del conductor, mirando por la ventanilla como si no esperase nada de lo que viene. La carretera sigue hacia el nordeste.


Está recostada en el asiento de atrás, pero no parece que vaya a dormirse pronto. Notas preocupación, como si este grupo y este viaje no estuviese del todo bien montado. ¿Qué haces, Bruma Nocturna?

Durante el reconocimiento del lugar, sobre todo en el momento que transcurre en la umbra, el joven sioux entiende que no tiene ni la menor idea de lo que está ocurriendo. No siente "algo" que esté ocurriendo o causando lo que aprecia a su alrededor sino todo lo contrario, y por algún motivo que no alcanza a comprender considera que, de algún modo, en parte es su responsabilidad. Intenta ofrecer energía a algún espíritu, pero ninguno está lo suficientemente consciente como para aceptarla. Intenta sostener con su garras de Kaos los pequeños copos e hilos que flotan mientras se desintegran, con la esperanza de que, si alguno se enredase entre sus dedos, quizá ese breve contacto pudiera servir para restablecer parte de la consciencia y la voluntad de existir del espíritu al que había pertenecido. Nada funciona, nada sirve, y la la ligera sonrisa de medio lado de Birdman solo confirma que no hay nada que el chamán pueda hacer en ese momento y, lo que es peor, que él ya lo sabía.

Al regresar con las chicas, se le percibe silencioso y lúgubre; como si acabase de presenciar el funeral de alguien a quien ni siquiera el oficiante presta la correspondiente atención. En cuanto a las quejas de Iruz, simplemente las omite: cuando ella habla, simplemente desvía la mirada para fijarla en una grava mientras piensa que, probablemente, no sea más que un cascarón vacío sin representación en el mundo umbral. Se sube al coche tras la indicación de Ana Mercedes, y se queda mirando por la ventanilla cómo van pasando cada uno de los árboles, los postes de la luz, las pequeñas aves que se dejan ver de vez en cuándo...


A medida que termina la última frase, el volumen de su voz decae ligeramente mientras se lleva la yema de los dedos a la frente y el pulgar a la sien; como si una idea demasiado compleja estuviese todavía luchando por tomar una forma concreta. Mientras divaga, se da cuenta de que Ana Mercedes ha empezado a hablar y se queda en silencio mientras la escucha.

Cita de: Maurick en 23 de Abr 2026, 12:01:54


Aunque dirigió la mirada brevemente a la joven cuando se dirigió a él, en seguida sus ojos volvieron a atravesar el vidrio lateral intentando crear lo que, quizá, podría ser el último recuerdo "vivo" de la región.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Red de autovías nacionales: C37 y GI524 hacia La Garrotxa

📅 12 de septiembre de 2005, 09:41

El viaje vuelve a ponerse en marcha con esa normalidad fea de las carreteras largas: café malo en el estómago, gasoil reciente, plástico arrugado de sándwiches, ventanillas empañadas por dentro y una luz de mañana que no termina de limpiar nada. Durante un buen rato, Ana Mercedes permanece en silencio. Conduce con las dos manos en el volante, la espalda recta y la mirada puesta en la carretera. Parece estar buscando una forma prudente de contar algo que ni siquiera ella tiene ordenado del todo. Iruz va en el asiento de atrás, con una rodilla apoyada contra la puerta y la cabeza ladeada. No duerme. Mira el paisaje como si le hubiese ofendido personalmente.


La carretera abandona poco a poco la comodidad ancha del trayecto principal. El mundo se estrecha: los campos dejan de parecer una extensión abierta y empiezan a convertirse en parcelas húmedas, caminos agrícolas, masías distantes y líneas de árboles que cortan el horizonte en vez de dejarlo respirar. Ana cambia de marcha con suavidad. El coche vibra un poco al entrar en una carretera comarcal peor cuidada, con el asfalto remendado a parches y las cunetas comidas por la maleza.


No suena a explicación aprendida. Suena a silencios mal interpretados, a adultos cambiando de tema cuando ella entraba en la habitación. La vegetación empieza a cerrarse más alrededor del coche. Primero son hileras de árboles junto a la carretera, luego curvas más lentas. Pequeñas elevaciones oscuras, paredes de tierra húmeda, piedra negra asomando entre raíces y matorrales. Notas el cambio antes de que pueda señalarlo con palabras, la naturaleza no se vuelve más viva: se vuelve más cerca.


Iruz se incorpora un poco en el asiento trasero. Ya no tiene ese aire de estar simplemente aburrida. Tiene los ojos puestos en la ventanilla, siguiendo la masa verde que se desplaza al otro lado del cristal.


Ana Mercedes no la contradice, eso dice más que cualquier advertencia. La carretera pierde calidad a medida que avanzáis. Ya no hay grandes señales, sólo desvíos con nombres de pueblos, caminos laterales hacia casas aisladas y tramos donde el asfalto parece haber sido dejado en paz durante demasiados inviernos. Las ruedas golpean baches pequeños. En algún punto, una señal oxidada aparece torcida junto a un muro de piedra seca, medio tapada por hierba alta.


Se le tensa un poco la mandíbula. No está burlándose. Está admitiendo, a su manera, que su conocimiento del asunto está lleno de agujeros.


El coche toma una curva cerrada y el paisaje cambia otra vez. Ya no parece rural en el sentido amable de la palabra. No hay campos abiertos ni casas con humo saliendo de la chimenea. Hay bosque, roca, pendiente y humedad. La luz entra partida entre ramas altas, dejando manchas pálidas sobre el parabrisas. Algunas zonas del suelo tienen un color casi negro, como si la tierra hubiese ardido hace mucho tiempo y nadie se hubiese molestado en convencerla de que dejara de recordarlo. Iruz traga saliva. Se nota en el movimiento seco de su garganta. Intenta disimularlo con una risa nerviosa, pero no le sale del todo.


Ana Mercedes suelta aire por la nariz. No llega a reírse.


Pero ni siquiera ella parece creer que sea sólo eso. La carretera termina en un tramo estrecho, casi secundario, donde la vegetación ha empezado a reclamar los bordes. A vuestro lado hay un edificio viejo, con varios carteles publicitarios: Mas Boixeda, una masia. Parece abandonada, pero en el pasado quizás era un destino turístico. Más adelante, un camino sin asfaltar sube entre árboles y piedra oscura. No hay cartel nuevo. No hay advertencia formal. Sólo una vieja marca azulada en una roca, casi borrada, como si alguien la hubiese pintado allí hacía muchos años y luego hubiera decidido que era mejor olvidarla. Ana Mercedes aparca el vehículo en el aparcamiento improvisado que hay cerca. Hay un viejo Volkswagen escarabajo oxidado en una de las esquinas, como si no hubiese podido evitar volverse un trasto. El coche queda al ralentí durante unos segundos. El motor tiembla bajo vuestros pies.


La última frase no busca aliviar. Sólo reconocer una posibilidad desagradable. Iruz mira el sendero. Luego a ti. Luego otra vez al sendero.


Cuando el ruido del motor cesa, escuchas algo que te hiela la sangre. Bueno, decir escuchar es algo muy atrevido, porque es una sensación casi imperceptible. Es algo más espeso, más antiguo, más pendiente de ti. Ante ti está La Garrotxa, el túmulo de la Muntanya Blava: una zona volcánica olvidada por Gaia y por el Kaos, una herida negra que desde lejos podría parecer entregada al Wyrm por completo. Pero lo que notas al mirar entre los árboles no es victoria: es un aguante podrido, agotado, casi obsceno. Como si el lugar siguiera sosteniendo algo sólo porque nadie le ha dado permiso para caer.

Ana Mercedes carraspea y se asegura de que todos los enseres de viaje estén colocados en el maletero. Se pone frente a vosotros, y duda un instante. Pasa a Hispo, e invitar a Iruz a subirse. Cuando ambas están preparadas para adentrarse en el interior de La Garrotxa, te aguardan. Tú, por otra parte, notas como todo el lugar empieza a ser consciente de tu presencia.

¿Vas a seguir el camino hacia la Masía de la Cendra, o vas a detenerte a escuchar qué parte de este lugar acaba de reconocer tu presencia?

Viajar en coche nunca ha sido la actividad favorita de Bruma Nocturna, pero ha aprendido a tolerar las máquinas de los humanos en su justa medida. El ruido del motor es como una permanente sierra manejada a destiempo, que modula sus pensamientos en una corriente irregular de ideas más difícil de ordenar de lo habitual. El sabor del combustible en el aire, casi imperceptible pero imposible de obviar, hace que no sea capaz de distinguir la fragancia de las especies endémicas que se encuentran en las lindes de la vía.

Cuando Ana Mercedes comienza a hablar, el chamán sale de su rumiación y se gira ligeramente hacia ella para concentrar un poco mejor la atención. Intenta no perderse nada: ni una palabra pronunciada con más rabia, ni una frase expresada como un pensamiento en voz alta, ni una sílaba dicha con la voz un poco más rota. A medida que avanza el relato, el joven sioux ofrece retorno en forma de escucha activa y con leves muestras de empatía. Cuando habla de un túmulo que ha vivido guerras bonitas, bajo el que hay algo viejo, deja permear ese aire que desprenden aquellos que saben demasiado bien que la realidad del Garou no se corresponde con la épica de las canciones.

Tras la interrupción de Iruz, el theurge se dirige a ella con una inesperada muestra de paciencia.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Tras el breve inciso, echa un vistazo al entorno a través de las ventanillas y devuelve la atención a Ana Mercedes aprovechando que está con ánimo de hablar. Tras la descripción del Roc de la Cendra, Bruma simplemente asiente con un leve gruñido de duda. Suena misterioso, quizá peligroso, pero indudablemente atractivo. Tras once años nadando y buceando en la cultura, la historia y los conocimientos de los Garou, una experiencia que suena como una oportunidad de descubrir y aprender algo nuevo siempre es estimulante.

En el momento en el camino se estrecha y la luz cambia, los sentidos del Uktena se activan. Efectivamente, aunque no sabe qué es exactamente, es consciente de que no todo ese cambio de entorno es totalmente natural.

Cita de: Maurick en 17 de May 2026, 00:23:34


Cuando el molino de metal cesa, el emisario de La Noche Fría cierra los ojos y entrega sus sentidos a aquél o a aquello que ha decidido prestar atención a su presencia. ¿A la suya, o a la del grupo? No lo sabe, pero no importa: lo relevante es que esa fuerza tiene un interés lo suficientemente grande como para decidir hacerse perceptible. Al bajarse el coche, Bruma Nocturna acepta el pacto con esa energía.


Su voz es calmada y profunda, como si ya estuviese entrando en ese trance que parece que le invado cada vez que se toma tan en serio sus funciones chamánicas. Con el permiso de sus compañeras, mira al cielo sobre sus cabezas. Escucha los cantos entre el follaje, olfatea los rastros dejados entre los matorrales y saborea los últimos restos del verano entre las ramas. Se agacha para sentir el suelo con sus manos, para dejar correr la tierra entre sus dedos y, habiéndose sentido uno con la naturaleza del lugar, se asoma a la umbra del lugar con seguridad pero con respeto. Sea lo que sea lo que se ha molestado en manifestarse, merece que su atención sea correspondida.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

21 de May 2026, 21:19:45 #6 Ultima modificación: 21 de May 2026, 21:21:24 por Maurick
Linde de la Muntanya Blava

El silencio que queda después de tus palabras no es completo. La Garrotxa nunca está del todo callada. Hay hojas rozándose con absoluta tranquilidad, tan húmeda como un bosque e insectos diminutos escondidos entre la maleza, ramas que crujen sin viento y un goteo lejano que no parece venir de ningún arroyo visible. Ana Mercedes permanece en su forma lupina, quieta junto al coche. Sus orejas se orientan hacia el camino de tierra, luego hacia ti, luego hacia el bosque. Espera, con las patas firmes sobre el suelo oscuro y el lomo tenso bajo el peso de Iruz. La chiquilla, subida sobre ella con bastante menos dignidad de la que intenta aparentar, te observa como si estuvieras a punto de convertir una mala idea en una experiencia formativa.


Ana gira la cabeza en desagrado, sutil y calmada. El gesto basta para que Iruz cierre la boca durante un segundo.


Iruz resopla, pero esta vez baja la voz.


Después de eso, incluso ella se queda más quieta. Tú cierras los ojos. Al principio, el lugar responde con cosas pequeñas. Humedad en la tierra, ceniza antigua atrapada entre los poros de la piedra volcánica. Raíces gruesas avanzando bajo el suelo como dedos lentos, ciegos, pacientes. Hojas resecas, madera podrida. El olor metálico y agrio de algo que no es sangre, pero sabe recordarla. La primera capa es naturaleza, pero la siguiente, sabes que no. Bajo el verde, bajo la piedra negra y los troncos cubiertos de musgo, hay una presión antigua. Se limita a estar ahí, extendida bajo la montaña como un animal imposible, tan grande que su respiración se confunde con el propio peso del terreno. Cuando hundes los dedos en la tierra, la Garrotxa no te acoge. No porque no quiera, si no porque está el tósigo presente, enterrado bajo metros de tierra olvidada. Notas el Wyrm, está ahí. En hebras finas, incrustado en los bordes de la sensación como pus seco alrededor de una cicatriz. Su corrupción no se presenta como un ejército desplegado ni como una boca abierta. Es más discreta, más paciente, más obscena: una infección que aprendió a confundirse con el cansancio del cuerpo al que devora.



Y, aun así, no es lo único. La corrupción está sobre algo más antiguo. Algo anterior a la caída del clan. Bajo la marca del Wyrm hay una arquitectura espiritual rota, hecha de resistencia, sellos y juramentos repetidos durante generaciones hasta que las palabras dejaron de significar esperanza y empezaron a significar condena. Notas la piedra negra, como un pensamiento impuesto a tus sentidos. Obsidiana. No una roca, sino una voluntad mineral, vítrea y agrietada. Una presencia que nunca quiso ser cálida. Algo que enseñaba a permanecer, a cerrar la boca y a aguantar el peso. Sus vetas azules brillan durante un instante en la oscuridad de tu percepción y luego se hunden otra vez bajo capas de ceniza. Y entonces, el bosque se desplaza. No físicamente, por supuesto, si no metafóricamente. La perspectiva cambia sin moverse. Los troncos se alargan hacia arriba hasta perderse en un cielo que no está. Las ramas se arquean como costillas. El camino de tierra se vuelve una lengua negra entrando en una garganta vegetal. En algún punto, muy abajo, hay un pozo. No lo ves entero. Ningún sentido consigue sostenerlo. Es un círculo imposible, una abertura antigua, un ojo sin párpado tapado a medias por manos que ya no existen.

Alrededor de esa abertura hay figuras. Tres, quizá más. Sus contornos se pisan unos a otros como recuerdos mal conservados. Una mujer de hombros anchos, con el pelo pegado a la cara por la lluvia y sangre seca en los antebrazos. Un lobo rojo enorme, viejo, con el hocico lleno de tierra. Un hombre arrodillado sobre piedra húmeda, sosteniendo algo entre las manos mientras sus labios se mueven sin sonido. Partes de una misma vigilia que nunca debió hacerse en soledad. La imagen tiembla, y una sombra pasa entre ellos. Y luego la montaña aguanta. No se rompe del todo, pero permanece. Soporta. Permanece.

Aquí hay una conciencia enterrada bajo demasiados estratos de dolor, corrupción y memoria. Una conciencia vieja, quizá nacida del propio deber del túmulo, quizá deformada por lo que los Danzantes dejaron al romperlo, quizá algo más profundo que el clan sólo consiguió mantener dormido con nombres, ritos y obediencia. Durante un instante, percibes una idea tan grande y tan ajena que tu mente la reduce a una impresión física: la sensación de estar apoyando la mano sobre la piel de una bestia dormida bajo kilómetros de tierra volcánica. Y, sin que sorprenda a nadie, la bestia sabe que estás ahí. A tu espalda, en el mundo físico, Iruz deja escapar una risa breve y nerviosa. La corta enseguida.


Ana no contesta. La respiración de su forma lupina sale lenta por el hocico, condensándose apenas en el aire húmedo. Sus ojos siguen clavados en ti, pero también en algo que ella no puede ver del todo. La tierra entre tus dedos parece más fría que antes, pero la presencia deja de estar cerca de ti, y se desvanece a tu alrededor.  Mantantial-Sereno da un paso muy lento hacia ti y baja la cabeza lo justo para que Iruz pueda agarrarse mejor si hace falta moverse.


El bosque no espera tu respuesta. El bosque ya la está escuchando.

22 de May 2026, 00:41:06 #7 Ultima modificación: 25 de May 2026, 15:29:41 por Lady Midnight
Cuando el bosque se presenta a Bruma, el chamán se deja reconocer. No hace ademán ni gesto alguno que pueda dar a entender que pretende ocultar sus verdaderas intenciones, porque no lo hace: viene a aceptar al bosque como es, a aprender lo que le quiera enseñar y a ayudarlo en la medida de lo posible. No con ira ni furia, ni con acciones directas; la intención de apoyo va envuelta en una suerte de tela hecha de comprensión y buena voluntad, y no con la imposición de un criterio quizá demasiado ajeno a la circunstancia.

Nota el bosque, y se funde en esencia con él. Nota al Wyrm, pasivo y expectante, pero no lo rechaza de forma directa. Da a entender, con un gruñido interno, que sí condena la corrupción... pero no la esencia del Wyrm en sí. Nota la piedra, siente la voluntad del mineral y contempla la escena de las tres figuras alrededor del pozo. Analiza la visión, lo justo para poder recordarla después, y cuando la inmensidad ocupa su mente simplemente deja que esta se expanda. No para abarcar al ser, sino para que esta sea capaz de comprender el conjunto de ideas, recuerdos e valores que lo caracterizan; si el túmulo y sus espíritus se abren ante él, es menester responder con la misma honestidad y sinceridad. Deja que su mano repose sobre la tez de la criatura, y hace un leve movimiento a modo de caricia. No una caricia de cariño, ni una de amistad. Una caricia de comprensión, de soporte. La caricia en el hombro que se ofrece a alguien que se percibe claramente cansado, pero que sabe que debe continuar su tarea.

Cuando Iruz habla y el Uktena sale de su trance, la mira con dureza. Espera unos segundos para serenarse, y se dirige a ella con seriedad pero con voz tranquila.

Cita de: Maurick en 21 de May 2026, 21:19:45


Después de tal ejercicio de paciencia, mira a Ana Mercedes. Esta vez como a una igual.

Cita de: Maurick en 21 de May 2026, 21:19:45


Al terminar de hablar, apunta los detalles en su pequeño cuaderno. Adquiere su forma natural y le indica a sus acompañantes que está listo para continuar con un suave rugido, leve y seco.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Sendero hacia la Masía de la Cendra

Iruz farfulla algo entre dientes, pero no llega a ser una frase completa. Es más bien una mezcla de queja, insulto ahogado y ganas evidentes de estar en cualquier otro sitio. Se recoloca sobre el lomo de Ana Mercedes con una torpeza mal disimulada, como si hasta el gesto de agarrarse le molestara.


Ana Mercedes no le responde al momento. Sigue mirando hacia el sendero, con el hocico bajo y las orejas tensas. Hay algo en su postura que no pertenece sólo al instinto animal. Es memoria. Una memoria mal colocada, pero memoria al fin.


Da unos pasos más por la senda, mientras el suelo húmedo cede bajo sus patas, oscuro, pesado, lleno de hojas a medio pudrir. La vegetación os rodea con esa cercanía sofocante que ya no parece casualidad, haciendo tengáis que avanzar despacio. Ana Mercedes vuelve a hablar cuando el camino empieza a inclinarse.


La palabra cachorros le deja un regusto evidente. Se le nota en cómo aprieta la mandíbula, incluso en Hispo.


Iruz resopla por la nariz, pero esta vez no mete baza. Ana Mercedes ladea un poco la cabeza hacia ti.


La pregunta queda un momento suspendida entre los árboles. No suena a curiosidad simple, no está preguntando por cortesía. Quiere conocerte un poco más. El sendero continúa. Durante un rato, Ana Mercedes parece segura del rumbo. Reconoce una roca cubierta de musgo, luego un desnivel junto a unos avellanos, después una curva que se abre hacia una pared de piedra volcánica. Pero cada referencia llega tarde, como si el lugar hubiese desplazado los recuerdos unos metros hacia un lado, y el camino se estrecha, pero luego se divide. Uno de los ramales baja entre zarzas, mientras que el otro sube hacia una zona de árboles más viejos, con troncos retorcidos y raíces expuestas. Ana se detiene a olfatear el aire. Baja el hocico hasta la tierra. Sus orejas se mueven, primero hacia un lado, luego hacia el otro.


La palabra sale seca. Iruz se queda quieta sobre ella.


Ana Mercedes no contesta enseguida. Mira un ramal, se para un instante. Luego se queda mirando el otro. Después vuelve la cabeza hacia ti, con una mezcla de rabia contenida y vergüenza. Deja a Iruz en el suelo y adopta forma humana.


El silencio que sigue no dura mucho, porque algo cruje entre los árboles. En algún punto incómodo, a vuestra derecha, donde el sotobosque es más denso y la luz apenas alcanza el suelo. Ana Mercedes se gira de golpe, bajando el cuerpo y enseñando los dientes. Iruz se agarra a su pelaje con una mano y busca con la otra algo dentro de su chaqueta.


El ruido no se repite, eso empeora el sentimiento. Entonces lo notas tú. Lleva ahí bastante tiempo, quizás desde que entrasteis al terreno. Alguien os seguía desde antes de la bifurcación; o tal vez desde el coche, o quizás desde que cruzasteis la primera marca azul borrada por el musgo. Su presencia ha permanecido pegada al bosque como una mancha que sabía imitar la sombra de los árboles. Ana Mercedes gruñe mientras el matorral se abre con un movimiento pesado. Primero aparece una bota embarrada, luego una pierna enfundada en unos vaqueros gastados, rotos en las rodillas, tensos sobre una carne ancha y descuidada. Después, una mano llena de anillos sucios aparta las ramas con impaciencia.

La mujer que sale de entre los árboles parece haber sido escupida por el propio mal camino. Obesa, desaliñada, con la camiseta empapada de sudor viejo bajo un chaleco vaquero cubierto de parches mugrientos. Lleva cadenas colgando del cinturón, pulseras metálicas, manchas oscuras en la ropa y una cresta roja, sucia y pegajosa, caída hacia un lado como una herida mal cerrada. Sus ojos se clavan primero en tu compañera Garou, luego en la joven de pelo rubio alborotado. Pero finalmente se fijan en ti, en tus cuernos. En tu forma amenazante. La sonrisa que le nace en la cara no es de alegría, es de haberse dado cuenta de algo muy gracioso.


Masculla algo más, pero se le queda en la garganta. Un sonido pastoso, desagradable, como si estuviese saboreando una palabra antes de decidir si merece la pena pronunciarla. Entonces se ríe. La carcajada rompe el bosque con una vulgaridad brutal. No es una risa limpia ni demente, es peor. Es la risa de alguien que acaba de encontrar una broma privada en mitad de un cementerio.


Ana Mercedes da un paso. Notas como sus ojos se iluminan con una energía verde. Sabes lo que acaba de usar: su gruñido sube de tono.


La desconocida la mira como quien mira una puerta vieja que aún no sabe si va a abrir o a patear. Luego vuelve a fijarse en ti, y la sonrisa se le abre un poco más, mostrando unos dientes amarillentos, irregulares, demasiado humanos para resultar tranquilizadores.


Iruz no se mueve, pero su respiración cambia. La notas más corta. Más alerta.


La mujer de la cresta roja se rasca el vientre por encima de la camiseta, sin pudor alguno. Después escupe a un lado, sobre una raíz cubierta de musgo.


La Garrotxa guarda silencio alrededor, pero ahora ya no parece el mismo silencio. Los árboles no han cambiado de sitio. El camino sigue dividido. La Masía de la Cendra no se ve desde allí. Sólo estáis vosotros, la humedad, la tierra negra... y una Danzante de la Espiral Negra que parece saber algo que nadie le ha contado.

Nymph sonríe otra vez. Esta vez sin reírse.


25 de May 2026, 16:59:15 #9 Ultima modificación: 27 de May 2026, 20:37:52 por Lady Midnight
Tras las muestras de iniciativa y determinación de Ana Mercedes, Bruma la sigue sin objeción alguna. Cuando habla del pozo escucha, manteniendo la marcha, sin interrumpirla. Mantiene su atención en la ruta, los detalles del entorno y las sensaciones. Quizá deba recorrer el mismo camino sin guía en algún momento, así que vale la pena recordar las referencias.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El theurge asiente con la cabeza, sin ninguna adición a la propuesta. Ana ha asumido una posición cercana al liderazgo, y eso agrada al metis: si no tiene que pensar por los demás y tomar decisiones, pude invertir su atención y recursos en otros asuntos más ligados a sus intereses y capacidades.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El joven aminora ligeramente la marcha, meditando sobre la dimensión de la pregunta. Tras unos breves segundos, carraspea para indicar que ha decidido abordar el tema.


Hace una breve pausa, deja que la información se asiente. Mientras tanto, empieza a darse cuenta de que parece que el bosque no quiere que avancen; una sensación de dilatación espacial, o incluso de bucle, empieza a tomar forma en su mente. Sin embargo, no dice nada todavía (quizá el bosque esté intentando decirles algo) y continúa con su exposición para mantener a Ana Mercedes atenta a sus palabras y ganar tiempo para que el bosque ponga las cosas en su lugar.


Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Ahora que Ana Mercedes se ha dado cuenta, el metis se acerca negando ligeramente con la cabeza.


Justo al terminar sus palabras, se gira hacia crujido entre los árboles. Es evidente que no sabía lo que ocurría, pero su sospecha de que algo no estaba bien se confirma con la nueva situación.

Cuando la mujer aparece de entre el follaje, el Uktena se mantiene en retaguardia. Ana Mercedes ha encabezado el grupo desde que partieron, y considera que su lugar sigue siendo tras ella. Sin embargo, da un paso al frente cuando la punky le mira y le llama bastardo.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Su cuerpo permanece tranquilo, pero algo en su voz denota que en su interior se ha despertado algo que llevaba mucho, quizá demasiado, tiempo dormido. En el momento en el que Ana Mercedes activa su don, se da cuenta de que, además de confirmar la naturaleza de su interlocutora, la Philodox acaba de descubrir algo más sobre la esencia espiritual de Bruma Nocturna. No obstante, la situación actual es lo suficientemente tensa como para que esa conversación tenga que esperar.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29

El Uktena se limita a negar con la cabeza mientras frunce el ceño, dando a entender que se trata más bien de lo contrario.

Cita de: Maurick en 24 de May 2026, 17:56:29


Aunque su prioridad es evitar el conflicto, está totalmente preparado para interponerse entre Nymph y sus compañeras si esta inicia la ofensiva. En caso de conflicto, usará su estrategia habitual: tras ahorrar a sus compañeras el primer impacto y proporcionarles una oportunidad de tomar distancia y prepararse, usará su don Espíritu del Lagarto para moverse por las rocas y los árboles manteniéndose fuera del alcance de la Danzante mientras la castiga con su Lanza de Hielo. Llegado el caso, capturarla e interrogarla sería de más interés que simplemente matarla.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Nymph escupe al suelo con una tranquilidad obscena. La saliva cae sobre la tierra negra, espesa, mezclada con un hilo amarillento que burbujea un segundo antes de perderse entre las hojas mojadas. La Danzante te mira como si acabara de encontrar un hueso viejo bajo la mesa.


Ana Mercedes está tensa. Da un par de pasos hacia delante, dejando a Iruz atrás. No aparta la mirada de Nymph, pero notas cómo la pregunta anterior sigue en alguna parte de su cabeza. Y la Danzante lo nota también.


El bosque parece acercarse un poco más a su alrededor. Las copas tiemblan, el suelo parece vibrar con cada una de las palabras que escupe Nymph.


La frase cae despacio y pesada. Ana Mercedes gira la cabeza hacia ti, sólo un instante. No hay juicio en su mirada, pero sí algo peor para este momento: rabia. Las ganas de vengarse de todo lo que ha pasado aquí, y el bosque le ha puesto un blanco justo enfrente. Iruz, desde detrás, deja de respirar durante un segundo.


Nymph se ríe antes de que Iruz pueda terminar, con una carcajada corta, húmeda, casi satisfecha.


Entonces, ella cambia, sin pizca alguna de dignidad. Su cuerpo revienta hacia arriba y hacia fuera con un sonido de carne mal ensamblada. La camiseta se desgarra sobre una barriga enorme, deformada, cruzada por pliegues grasientos y venas oscuras. El chaleco cae hecho trizas, mientras los brazos se alargan con una brutalidad torpe, llenos de pelo a parches, zonas calvas y costras negras. Una de sus manos termina en garras largas y afiladas; la otra parece casi normal, salvo por la manera en que los dedos crujen al abrirse. La cabeza se deforma como un trozo de plastilina. Uno de sus ojos crece más que el otro, redondo, húmedo, desviado. El hocico se abre con dientes amarillos y encías ulceradas. El pelaje aparece en mechones sucios, pegados al cráneo y ausentes en placas rosadas de piel enferma. La cresta roja queda convertida en una línea grotesca de pelo tieso sobre la nuca. Su forma Crinos no impone majestad, da asco. Y se abalanza hacia ti, sin elegancia, pero con una velocidad que no corresponde a su cuerpo. Rompe ramas, levanta barro, baja los hombros y lanza una zarpa hacia tu pecho con una violencia destinada a partirte, no a probarte. Ana Mercedes no espera, el cambio le recorre el cuerpo como un latigazo. Pasa a Crinos en mitad del salto, creciendo con una rabia salvaje, contenida hasta ese mismo instante. Iruz se cae hacia atrás con un grito ahogado y rueda entre hojas húmedas antes de apartarse a gatas.


Ana Mercedes impacta contra Nymph de frente. El golpe suena como animales gigantes chocando contra una puerta podrida. Las dos se hunden en el barro, desgarrando raíces y maleza. Nymph alcanza a rozarte con una garra, pero el placaje de Ana desvía la mayor parte del ataque. La Danzante gruñe, hunde los dedos en el hombro de Ana y le muerde cerca del cuello con una boca llena de baba espesa. Ana responde con un codazo brutal, luego con las garras. Sangre oscura salpica sobre una piedra volcánica. Nymph retrocede un paso, pero no cae. Se ríe con la mandíbula torcida y embiste otra vez, esta vez más baja, buscando las piernas de Ana. Tú entras en la refriega, usando tus Dones y posicionándote, pero durante unos segundos todo se reduce a barro, respiraciones rotas y golpes que no encuentran sitio donde descansar. Tus manos, tus lanzas, tu cuerpo, con el peso de Ana a tu lado. La masa repugnante de Nymph resiste más de lo que debería. La Danzante recibe un golpe limpio en el costado. Notas como algo le cruje dentro. Su risa se corta en seco y se transforma en un bufido ronco. Ana aprovecha para empujarla contra un tronco, abriendo surcos en la corteza con las garras.


La voz de Ana Mercedes sale baja, animal, peligrosamente clara. Nymph escupe sangre, y te mira por encima del hombro de Ana. El ojo grande se mueve un poco antes que el otro, como si cada parte de su cara obedeciese a una voluntad distinta.


Ana vuelve a golpearla, en el hocico, y ves que parte de sus dientes caen al suelo, salpicando la tierra del bosque de un tósigo apestoso y marrón. Esta vez Nymph sufre bien el impacto. La rodilla se le hunde en el barro, mientras su cuerpo cambia de tensión. Por primera vez, no parece estar disfrutando de la pelea, pero lo comprende. No puede ganaros aquí. La transformación hace que su cuerpo vibre como una gelatina en un terremoto. Los huesos se repliegan, la barriga se encoge, las extremidades se acortan. En un parpadeo, la mole corrupta se convierte en una loba grande, enfermiza, de pelaje rojo apagado y negro, con calvas en los flancos y el mismo ojo desproporcionado brillando entre mechones pegajosos. Ana se lanza a por ella, de nuevo, pero Nymph abre la boca. No aúlla, vomita. Una bola espesa, verdosa, cargada de bilis y algo peor, sale disparada hacia un lado, a toda velocidad, con la violencia seca de un disparo. Pero no es Ana su objetivo, ni tú.

Va hacia Iruz. La muchacha intenta apartarse, pero llega tarde. El proyectil le estalla contra el pecho y el cuello, empapándole la ropa, la piel, el pelo. El olor golpea el aire de inmediato: agrio, químico, podrido, con una dulzura repulsiva que se agarra a la garganta. Iruz empieza a chillar como una condenada.


Ana se detiene medio segundo. Y eso es suficiente para que Nymph aproveche la distracción. La loba corrupta salta hacia una zona donde las raíces forman un arco bajo una roca azulada, casi oculta por musgo. Su cuerpo se emborrona al tocar la sombra. La Celosía se abre alrededor de ella como una herida usada muchas veces. Ana intenta alcanzarla, pero el veneno de Iruz llena el claro de gritos.


La voz de Nymph llega ya desde otro lado, deformada, medio tragada por la Umbra. Y luego desaparece. El bosque queda otra vez demasiado quieto. Iruz se retuerce en el suelo, arañándose la ropa, con los ojos llenos de lágrimas y rabia. La sustancia le humea sobre la piel, levantando pequeñas marcas rojas allí donde toca carne. Ana Mercedes vuelve a homínida a medias, no por calma, sino por necesidad. Se inclina sobre ella, enorme, temblando de furia.


Ana Mercedes levanta la mirada hacia ti. Tiene sangre de Nymph en la cara y barro en el pecho. Sus ojos están duros, pero no perdidos. La decisión ya está tomada antes de que hable.


Iruz vuelve a gritar, más ronca. Ana no aparta la vista de ti. Una luz verde, más suave y maternal, emerge de sus manos. Notas como las heridas de Iruz pelean por cerrarse.


La última palabra se queda entre los árboles. La Umbra aún conserva el desgarro por donde Nymph ha huido. No mucho, como un temblor en el aire, una mancha de frío sobre la sombra de las raíces, un olor a bilis y pelo mojado hundiéndose al otro lado. Tienes unos segundos.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

🟦 Seguir el rastro umbral antes de cruzar: No te lanzas detrás de Nymph de inmediato. Te concentras en el desgarro que ha dejado al pasar a la Umbra, analizas su olor espiritual, la textura del Don que ha usado y la dirección exacta de su huida. Puede que no llegues a alcanzarla ahora mismo, pero podrás descubrir si Nymph actúa sola, si conoce rutas abiertas o si alguien la está guiando desde el otro lado. Esta opción puede revelar información profunda sobre la corrupción del antiguo túmulo, el vínculo de Nymph con el lugar y la forma en que los Danzantes han aprendido a moverse por sus cicatrices. Perderías la posibilidad de enfrentarte a Nymph, al menos ahora.

🟨 Coordinarte con Ana antes de perseguirla: No abandonas la escena sin una palabra. Antes de cruzar, das instrucciones rápidas a Ana y estableces un punto de reunión o una señal de emergencia. Puede que eso le dé a Nymph unos segundos de ventaja, pero evita que el grupo quede roto en mitad de territorio hostil. Esta opción refuerza la confianza con Ana Mercedes, protege mejor a Iruz y permite que la persecución no se convierta en una separación ciega. Tendrías que superar una Tirada de Percepción + Impulso Primario a Dificultad 8 para encontrarte con Nymph en la siguiente escena. Un fallo te dejaría solo en la Umbra.

🟥 Cruzar la Umbra y perseguir a Nymph de inmediato: No esperas. Te lanzas tras el rastro antes de que el desgarro se cierre, aceptando el riesgo de entrar solo en una Umbra contaminada, inestable y conocida por la Danzante. Esta opción te permite mantener la presión sobre Nymph, impedir que se reorganice y quizá alcanzarla antes de que llegue a un refugio o a un aliado. A cambio, dejas atrás a Ana e Iruz en un momento delicado, entras en terreno espiritual enemigo y puedes acabar siguiendo una ruta preparada precisamente para cazarte. Lucharás contra Nymph en la siguiente escena.

Mientras Nymph habla del Demonio de Fuego, el metis permanece impasible.

Cita de: Maurick en 26 de May 2026, 00:40:15


Un leve bufido sale del hocico del chamán en forma crinos.


En el momento en el que la Danzante pasa a crinos, el Uktena intenta prever la trayectoria del ataque e identificar su objetivo. Sabiéndose receptor del golpe, intenta esquivar y, activando su don Espíritu del Lagarto, corre por la pared de roca para colocarse a la espalda de su oponente. En vista de que esta se ha enzarzado con Ana Mercedes y el uso se proyectiles podría ser peligroso, entre sus garras surge una larga y afilada Lanza de Hielo que blande cuerpo a cuerpo. Su estilo de combate es menos directo que el de Ana Mercedes: busca evitar posicionarse frente a frente con Nymph, usando las posiciones elevadas a su favor. Sube y baja por los troncos de los árboles, así como por rocas totalmente verticales, como si pasease por una llanura; la gravedad parece haber olvidado que hay un tercer participante en el conflicto. Quizá Bruma no sea el mejor luchador, pero no busca herir y derrotar a la Danzante por sí mismo: ya que Ana está haciendo frente de un modo directo a su antagonista, el Uktena dirige sus ataques de tal modo que Nymph deba exponerse frente a la Hija de Gaia si quiere esquivar los golpes de lanza.

Cuando la bola espesa golpea a Iruz, el muchacho se dirige rápidamente hacia ella mientras adopta su forma humana. El gesto de su rostro es, sin duda, el de la preocupación más genuina.


Al ver a Ana Mercedes ocuparse de la muchacha, el joven se tranquiliza ligeramente.

Cita de: Maurick en 26 de May 2026, 00:40:15




🟦 Seguir el rastro umbral antes de cruzar: si Nymph ha podido emboscarlos, seguramente pueda manipular el bosque o la umbra de alguna manera. Además, mencionó que quizá otros hagan que Bruma recuerde. Perseguir a un objetivo y perder la perspectiva de la situación puede ser un riesgo todavía mayor, ya que podrían enfrentar a los miembros del grupo por separado. Analiza la situación, y vuelve con sus compañeras para darles el parte.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

30 de May 2026, 14:06:30 #12 Ultima modificación: 30 de May 2026, 14:10:04 por Maurick
El desgarro que ha dejado Nymph no tarda en empezar a cerrarse. No lo hace como una puerta, ni como una herida limpia. Se repliega con pequeños tirones, dejando en el aire un temblor sucio, un olor a pelo quemado y bilis vieja que se hunde despacio entre las raíces. Cuando te concentras en él, notas la trampa: no era un paso natural. La Danzante ha usado una arruga vieja de la Umbra, un pliegue inestable dejado por la caída de la Muntanya Blava. Un tejemaneje del Wyrm, sí, pero no construido desde cero, más bien una infección aprovechando una cicatriz. Algo que aprendió a entrar por donde el mundo ya estaba mal cosido. A un lado, Iruz sigue respirando con dificultad. El veneno le ha dejado la piel enrojecida en varias zonas del cuello y del pecho, aunque las manos de Ana trabajan sobre ella con una luz verde, suave y obstinada.


La Philodox no le pide que se calle. Se limita a sujetarla por un hombro para que deje de retorcerse y no se arranque media camiseta intentando quitarse una sustancia que ya no está del todo en la superficie.


Su voz suena más firme que tranquila. Tiene sangre seca en la cara, barro en el pecho y la mandíbula cargada de rabia, pero sus manos no tiemblan. Al mirar de nuevo el rastro umbral, entiendes algo más: Nymph no ha huido hacia cualquier parte, ha usado el bosque como quien usa un pasillo conocido, pero el trayecto no apunta a una guarida cercana ni a un refugio estable. Va hacia abajo, hacia una zona de pliegues, filtraciones y senderos que se repiten. Si la siguieras ahora, probablemente acabarías entrando en las cicatrices viejas del túmulo antes que en sus pasos reales. Ana levanta la vista hacia ti mientras termina de cerrar la peor de las quemaduras de Iruz.


Iruz traga saliva, se nota que le duele, pero ya puede hacerlo sin gritar. Ana aparta despacio las manos, mientras la luz verde se apaga entre sus dedos, dejando un olor tenue a hierba machacada y piel caliente.


El silencio que queda después tiene una forma desagradable. Iruz se incorpora a medias, apoyándose primero en un codo y luego en una rodilla. Está pálida, furiosa, con los ojos húmedos no sólo por el dolor, sino por la humillación de haber sido usada como salida de emergencia.


La Philodox parpadea una vez. No esperaba ese tono, o quizá no esperaba que Iruz fuese capaz de poner una palabra decente en mitad del desastre.


Iruz se queda sentada un momento más, respirando por la nariz. Luego baja la vista a sus propias manos, las abre y las cierra, como si estuviese comprobando que siguen siendo suyas.


Ana frunce el ceño.


Iruz se limpia un resto de veneno del cuello con el dorso de la mano, mira la mancha con asco y sacude los dedos contra una piedra.


Ana la observa con más atención. Durante la curación, lo ha notado. No sólo carne dañada, ni el tósigo del Wyrm. Bajo la piel de Iruz hay demasiada energía de la Tejedora, demasiado patrón artificial, demasiado hilo tenso. Y algo más, algo como una vibración que no sabe nombrar, ajena a los espíritus que conoce.


La joven se pone de pie con esfuerzo. La respuesta tarda un poco porque primero necesita asegurarse de que las piernas le obedecen.


Ana no sonríe, ni Iruz tampoco.


Ana Mercedes sostiene su mirada durante unos segundos, y luego asiente. No porque esté satisfecha. Porque entiende cuándo una verdad no va a salir por presión.


Iruz suelta una risa seca, breve, sin ninguna alegría.


Os ponéis en marcha por el camino. No parece el mismo de antes, aunque quizá nunca lo fue. El rastro de Nymph se deshace hacia una zona que huele a trampa. En cambio, más arriba, entre raíces y piedra negra, aparece una línea casi imperceptible de marcas viejas: raspaduras azuladas en la roca, círculos incompletos tallados en troncos muertos, pequeños montículos de ceniza protegidos bajo la lluvia por piedras planas.

Ana se acerca a ti unos pasos. Todavía mira de reojo el lugar por donde Nymph ha desaparecido, pero ya no parece dispuesta a perseguir una sombra que sabe jugar mejor que vosotros en este terreno.


Iruz suspira.


Ellas dos se te quedan mirando.

Mientras Ana Mercedes se encarga de atender a Iruz, el chamán se concentra en estudiar la huida de Nymph.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30


El chamán se muestra tranquilo, conservando su forma homínido, mientras sus acompañantes intercambian agradecimientos y opiniones. Sus oídos están en las palabras de Iruz, en esas explicaciones a medias, pero sus ojos están fijos en Ana Mecerdes. En un ceño fruncido, en un leve movimiento en la comisura de los labios, en una palabra que se atasca en su garganta antes de darle forma a la pregunta que plantea pero que dista de la realidad que busca comprender. Los comentarios sobre la naturaleza de Iruz y su relación con la Tejedora, las alusiones a lo que ha podido sentir... De alguna manera, Bruma Nocturna entiende perfectamente esa curiosidad y ese interés. Por eso, precisamente, comprende también el peligro que puede suponer para el grupo en este momento.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30




El metis tuerce la cabeza suavemente hacia un lado, y las vértebras de su cuello crujen audiblemente. Devolviendo la cabeza a su posición original y moviéndola como se acabase de desbloquear una nueva articulación, mira a las chicas con una leve sonrisa.


Antes de avanzar, el sioux saca su vejiga llena de agua y lanza un generoso chorro de agua en la boca. Cuando termina, se dirige de nuevo a sus compañeras.


Recuperando su vejiga y guardándola de nuevo, inicia la marcha. En un momento en el que el camino es más accesible, saca su block de notas y apunta los detalles sobre la huida de Nymph y las conclusiones sobre el estado del bosque y de la umbra. Cuando se detienen de nuevo, se queda un rato pensativo mirando en las dos posibles direcciones que se abren ante ellos.

Cita de: Maurick en 30 de May 2026, 14:06:30


Tras un par de segundos de pausa, en los que mira hacia donde se encuentra la Masía, sus ojos se fijan en Ana Mercedes:


Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

31 de May 2026, 10:39:19 #14 Ultima modificación: 02 de Jun 2026, 00:15:45 por Maurick
Las palabras de Bruma resuenan en el silencio del bosque. La claridad del sol se cuela entre las copas de los árboles, abriendo pequeños haces dorados entre la humedad. Es casi mediodía, y el cansancio que sentís se equipara al de haber estado corriendo todo el día en una maratón interminable. Ana suspira cuando cuentas todo lo de los Proyectos y Angelus.


Mira a Iruz. Luego a ti. En su expresión no hay rechazo, pero sí una decisión muy clara: no piensa dejar que el nombre de Aránzazu, Ícaro, Angelus y Mundo Onírico se conviertan en otra conversación enterrada.


La última palabra no suena como una amenaza. Suena peor: como una promesa tranquila. Iruz bufa, se incorpora del todo y se limpia el cuello con la manga. Le duele. Se nota en cómo aprieta los dientes, en cómo evita tocarse las zonas enrojecidas donde el veneno de Nymph le ha dejado la piel sensible.


Cita de: Lady Midnight en 30 de May 2026, 15:24:48

El rastro de Nymph se deshace hacia una zona que huele a trampa. En cambio, más arriba, entre raíces y piedra negra, aparece una línea casi imperceptible de marcas viejas: raspaduras azuladas en la roca, círculos incompletos tallados en troncos muertos, pequeños montículos de ceniza protegidos de la humedad por piedras planas. Ana Mercedes vuelve a tomar la delantera. No con seguridad plena, sino con una decisión más limpia que antes. Ya no intenta recordar el camino. Ahora sigue lo que queda del lugar. El sendero se vuelve más áspero. La tierra volcánica se pega a las botas. Las hayas se inclinan sobre vosotros con sus ramas húmedas, formando un techo irregular que deja pasar una luz gris, cortada en tiras. A veces se oye un pájaro. A veces algo pequeño corre entre la maleza. A veces no hay nada, y ese nada pesa más que cualquier ruido.

Entonces, casi de repente, notáis la presencia de dos criaturas. De dos cosas que parecen animales, como cabras. Cabras feas, eso sí. Una tiene un cubo oxidado encajado alrededor del cuello, como si hubiese metido la cabeza donde no debía y luego hubiese seguido viviendo durante demasiado tiempo. La otra arrastra una pata trasera hinchada, cubierta de bultos negros que se abren y se cierran como pequeños labios sin voz. Las dos os miran desde mitad del sendero, luego balan. No suena a cabra, suena a viejo borracho imitando una cabra en el fondo de un pozo. Iruz se queda quieta.


Ana Mercedes baja el cuerpo, tensando los hombros.


Las cabras fomori avanzan con un entusiasmo miserable. La del cubo golpea una piedra con el metal oxidado y deja escapar un balido cavernoso. La otra abre la boca demasiado. De dentro le cuelga una lengua gris, larga, terminada en algo parecido a un anzuelo húmedo. Iruz suspira con algo que no parece miedo, parece hartazgo.


El aire se queda inmóvil entre vosotros y las cabras. Iruz da un paso adelante y se agarra el bajo del vestido con ambas manos. Notas que va a hacer algo, pero aún no entiendes muy bien el qué. Las cabras empiezan a caminar lentamente hacia la Ícaro.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?