Episodio 1 — Celestún

Iniciado por Maurick, 26 de May 2026, 23:08:45

Tema anterior - Siguiente tema
Cuando cae la noche

Corres hasta que el sueño deja de pegarse a tu piel. No te alejas demasiado de la cabaña. Lo suficiente para que el calor acumulado en la madera, el olor de las latas viejas y la respiración dormida de Jonah dejen de estar encima de ti. Lo suficiente para que el aire del Golfo te llene los pulmones y puedas volver, una y otra vez, a los símbolos de la visión.

No tienes todas las respuestas. Algunas piezas encajan demasiado rápido y otras se resisten, como si el sueño hubiese querido darte una advertencia y no una explicación. Pero algo sí queda claro: lo que viene no llegará por el bosque, ni por el cielo, ni por una grieta umbral abierta a plena vista. Vendrá desde el mar.

Cuando regresas, ya está anocheciendo. La cabaña continúa en pie, quieta sobre la costa, con las ventanas oscuras y la madera respirando humedad. Durante unos segundos no ves a nadie en el porche. La ventana que dejaste entornada sigue casi igual. Nadie parece haberla tocado. Dentro, Jonah ya no duerme en la misma postura. Está sentado en el sofá, con el pelo aplastado y una lata abierta entre las manos. Himitsu permanece cerca de la mesa, otra vez en forma humana, mirando hacia la puerta como si llevara un rato esperando que hicieras precisamente eso: volver.


Intenta sonar ligero, pero la forma en que te mira delata que ha leído la nota antes de hacer la broma.


La comida sabe a metal, sal y conservantes. No es buena, pero llena el estómago. Himitsu escucha lo que quieras contar sobre la visión sin interrumpirte. No descarta nada, ni se burla. Al contrario: cuanto más hablas de la puerta, de la gabardina amarilla y del olor dulzón, más rígida se vuelve su postura.


No parece sorprendida de que tu sueño haya rozado esa información. Más bien parece incómoda por ello.


La Qualmi mantiene la mirada en la puerta.


Hace una pausa breve. Sus dedos rozan la marca oculta bajo la tela, allí donde el Arcón se ha unido a ella.


El tono de la Qualmi suena triste más que furioso.


Se queda mirando la mesa.


Se queda mirando a la mesa. Por primera vez, parece darse cuenta de que ha dicho demasiados nombres seguidos.


Tu respuesta, si es que existe, se queda flotando en el aire.



Contacto con el océano

La noche termina de cerrarse sobre Celestún. Las ventanas reflejan el interior como espejos negros. Fuera, el Golfo respira despacio, demasiado cerca. Jonah está cerca de la ventana, con el cigarro en la boca.


Himitsu no dice nada, solo le echa una mirada de desprecio. Durante unos minutos no ocurre nada, hasta que ocurre. Desde fuera, llega un sonido suave. Es un roce húmedo contra la madera del porche, como tela empapada arrastrándose apenas; después llaman a la puerta: tres golpes cortos. Una pausa. Dos golpes más, separados entre sí. El silencio se prolonga, y entonces llega un último golpe, seco y fuerte. La secuencia te atraviesa antes de que puedas pensar. No es que sea parecida a la de tu sueño, es la misma. Himitsu se pone en pie.


Se acerca a la entrada sin mostrar prisa, pero tampoco duda. Coloca una mano sobre el cierre. En ese instante, el olor dulzón se intensifica: sal, pescado, flores podridas. La Qualmi abre la puerta, y todo ocurre demasiado rápido.

Desde la oscuridad surge un tentáculo negro, grueso, cubierto por una película de líquido morado. Atraviesa el hombro de Himitsu con un sonido húmedo y brutal, mientras la Qualmi grita. Es un grito limpio, agudo, completamente humano. Jamás la habías escuchado gritar. El cuerpo de Himitsu se arquea hacia atrás mientras el tentáculo permanece clavado en su carne. El líquido púrpura resbala por su ropa y cae sobre el suelo de madera en gotas espesas.

Jonah se queda congelado durante una fracción de segundo.


Puedes notar que tira el cigarro al suelo mientras sus manos se iluminan con patrones geométricos de color azul cielo. En el umbral hay dos figuras: están ocultas bajo largas gabardinas amarillas de pescador, empapadas hasta los bajos. Sus rostros permanecen hundidos bajo las capuchas. Bajo una de ellas, algo se mueve con una respiración húmeda. La figura que no sostiene el tentáculo da un paso hacia delante.


¿Qué vas a hacer, Brisa del Sur?

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41
La comida sabe a metal, sal y conservantes. No es buena, pero llena el estómago.



Me río al terminar la frase, tratando de no pensar en el sabor para que no me entren las ganas de vomitar.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41Himitsu escucha lo que quieras contar sobre la visión sin interrumpirte. No descarta nada, ni se burla. Al contrario: cuanto más hablas de la puerta, de la gabardina amarilla y del olor dulzón, más rígida se vuelve su postura.


Les cuento toda mi visión, las sensaciones que me ha transmitido y lo que creo que puede significar.


Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41
El tono de la Qualmi suena triste más que furioso.


Se queda mirando la mesa.




Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41




Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41La noche termina de cerrarse sobre Celestún. Las ventanas reflejan el interior como espejos negros. Fuera, el Golfo respira despacio, demasiado cerca. Jonah está cerca de la ventana, con el cigarro en la boca.


Himitsu no dice nada, solo le echa una mirada de desprecio.


Le levanto una ceja a Himitsu por la mirada que le echa a Jonah. Luego le miro a él y le contesto:


Me rio en voz alta por la broma interna que acabo de hacer, por haber nacido lupus en vez de humana.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41Durante unos minutos no ocurre nada, hasta que ocurre. Desde fuera, llega un sonido suave. Es un roce húmedo contra la madera del porche, como tela empapada arrastrándose apenas; después llaman a la puerta: tres golpes cortos. Una pausa. Dos golpes más, separados entre sí. El silencio se prolonga, y entonces llega un último golpe, seco y fuerte. La secuencia te atraviesa antes de que puedas pensar. No es que sea parecida a la de tu sueño, es la misma. Himitsu se pone en pie.


Me quedo quieta, en tensión. No sé qué esperar pero no creo que sea bueno.

Cita de: Maurick en 14 de Jun 2026, 18:05:41Desde la oscuridad surge un tentáculo negro, grueso, cubierto por una película de líquido morado. Atraviesa el hombro de Himitsu con un sonido húmedo y brutal, mientras la Qualmi grita. Es un grito limpio, agudo, completamente humano. Jamás la habías escuchado gritar. El cuerpo de Himitsu se arquea hacia atrás mientras el tentáculo permanece clavado en su carne. El líquido púrpura resbala por su ropa y cae sobre el suelo de madera en gotas espesas.

Jonah se queda congelado durante una fracción de segundo.


Puedes notar que tira el cigarro al suelo mientras sus manos se iluminan con patrones geométricos de color azul cielo. En el umbral hay dos figuras: están ocultas bajo largas gabardinas amarillas de pescador, empapadas hasta los bajos. Sus rostros permanecen hundidos bajo las capuchas. Bajo una de ellas, algo se mueve con una respiración húmeda. La figura que no sostiene el tentáculo da un paso hacia delante.



Miro cómo Himitsu es atravesada por el tentáculo. Mis ojos se abren como platos y mi cólera inunda mi rostro. Estiro mi brazo hacia atrás indicando a Jonah que no se acerque. Sin mirarle, le grito:


No sé cuanto tiempo tardará en hacerlo, si es instantáneo o si le dará tiempo a rebobinar y no es atravesado antes él también. Paso a mi forma lupus para lanzarme contra el del tentáculo y sacarlo fuera. Una vez fuera, sobre el cuelo, paso a mi forma crinos para arrancarle el brazo-tentáculo.



Si a Jonah le da tiempo a lanzarlo antes de que le ataquen a él, que no se si le van a atacar o no, y nos cuenta lo que va a pasar, mi plan es esperar fuera de la cabaña y una vez llamen lanzar SUDARIO y en crinos hacerle una presa al del tentáculo. Y que de gracias a que no le desgarre el cuello de un zarpazo.

Durante una fracción de segundo, sólo existe el grito de Himitsu, el olor dulzón del líquido púrpura y el sonido húmedo del tentáculo atravesando carne. Sus manos brillan con aquellos patrones geométricos de color azul cielo, pero la luz parpadea de forma irregular, como si algo dentro de él no terminase de encontrar el borde correcto del mundo.


Entonces te oye. No sabe si obedecerte por confianza, por miedo o porque la palabra «rebobina» le golpea en un sitio demasiado profundo. Pero un resplandor azulado surge de sus manos, mientras gira la derecha rítmicamente. Fijas tu mirada en él, y notas como todo comienza a retroceder: él no te quita ojo de encima, como si te siguiese con su espíritu mientras todo sucede al revés: el líquido morado asciende desde el suelo hasta el tentáculo, el grito de Himitsu se dobla hacia dentro, el cigarrillo de Jonah vuelve a sus dedos y la puerta abierta se cierra con un golpe seco que no debería sonar así.

El mundo da una arcada. Y volvéis: tres golpes cortos. Una pausa. Dos golpes más. Silencio.  Jonah cae de rodillas junto al sofá, con una mano apoyada contra el suelo. La luz azul de sus dedos se apaga de golpe. Tiene sangre bajo la nariz y los ojos demasiado abiertos.


Himitsu se queda inmóvil frente a la entrada. Su mano está todavía sobre el cierre, pero no ha llegado a abrir. Durante un segundo mira su propio hombro, como si hubiese sentido algo que ya no ha ocurrido.


Te acercas a Himitsu y la apartas de la puerta. Le dices que se ponga a salvo, mientras Jonah empieza a sangrar por la nariz y a toser como un tuberculoso.


El último golpe llega desde el otro lado de la puerta. Seco y fuerte. Exactamente igual que en tu sueño, pero esta vez tú ya te estás moviendo. Sales de la cabaña antes de que Himitsu pueda abrir. La noche de Celestún te recibe con calor, sal y oscuridad. Invocas el Sudario mientras tu cuerpo cambia, mientras el mundo se estrecha alrededor de tus sentidos y la rabia encuentra una forma útil de existir. Las dos figuras están en el porche, con sus gabardinas amarillas de pescador, empapadas hasta los bajos. Rostros hundidos bajo las capuchas. Una respiración húmeda bajo la tela. Una de ellas tiene el brazo extendido hacia la puerta, pero lo que sale de la manga no es una mano. Es un tentáculo negro, grueso, cubierto de una película morada.

Esta vez no llega a Himitsu, porque te lanzas sobre él. El impacto hace crujir las tablas del porche. La figura cae hacia atrás con un sonido pesado, viscoso, más parecido al golpe de un animal marino que al de un cuerpo humano. En forma Crinos, tus manos se cierran sobre el apéndice antes de que pueda retirarlo. La carne es fría, resbaladiza y demasiado fuerte. Tiras, y algo se desgarra bajo la gabardina. El líquido púrpura salpica la madera y humea apenas al tocarla. La segunda figura no retrocede. Sólo gira la cabeza hacia ti, despacio. Bajo la capucha no ves un rostro completo, pero sí el brillo húmedo de unos ojos demasiado separados. Desde el interior de la cabaña, Himitsu abre la puerta de golpe. Jonah sigue en el suelo, pálido, con la sangre cayéndole hasta el labio.


La figura atrapada bajo tu presa emite un sonido grave, casi submarino. No parece un grito de dolor. De repente, parece que se desinfla, y un montón de criaturas marinas empiezan a arrastrarse y a chapotear por todas partes. La otra figura ni se inmuta, pero se acerca a ti, incluso en Crinos. La oscuridad de tu Sudario se disipa poco a poco, y ves un rostro escamoso, casi inhumano, que sonríe con la luz de un depredador.


La pregunta suena absurda en mitad de la violencia; o quizá ése sea el problema. No parecen sorprendidos de que les estuvierais esperando.

24 de Jun 2026, 01:45:47 #18 Ultima modificación: 24 de Jun 2026, 02:26:20 por Denebia
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:21:28

Señalo a Himitsu y digo:


Mi voz es muy gutural, muy profunda. Aunque suene tosca y enfadada, mis intenciones hacia Himnitsu no son esas, pero es lo que tiene estar en crinos. Mantengo esta forma hasta que vea que la conversación va por buen camino y ya no hay peligro. No dejo de pensar en Jonah, su sangre. Le miro de vez en cuando, de reojo, aguantando las ganas de salir corriendo hacia él. No sé si el tipo se irá o no, pero tan pronto todo esté lo más "fuera de peligro" posible y parezca que Hinmitsu va a estar a salvo dejo de estar alerta. Sigo la conversación y espero a que Himitsu me de la aprobación de que todo va bien o tengo que intervenir.

El tipo aún estará aquí esperando algo, o incluso a nosotros, y no se habrá ido. Emito un sonido gutural, profundo, como un gruñido a modo advertencia, cuando paso a su lado. No le quito el ojo de encima cuando paso con cuidado y entro a la cabaña. Cambio a mi forma homínida, dejando un poco la seguridad que me transmite mi forma crinos.


Me acerco más a él, con la parte baja de mi camiseta trato de limpiarle algo la sangre que le cae de la nariz. Acerco mis manos. Dudo. Trago saliva, le levanto la camiseta con cuidado y pongo mi mano sobre sus costillas doloridas.


Le susurro tratando de aliviar la situación con esa pequeña broma, con una sonrisa de medio lado. Levanto la mirada y le miro directamente a los ojos. Me sonrojo. Pongo mi otra mano en su mejilla izquierda. De forma inconsciente se me escapa leve una caricia con el pulgar. Uso mi don "Roce Materno". Una sensación de calidez y alivio emana de mis manos. Continúo sin levantar la voz, no quiero que el tipo ese se entere de nada.


El gruñido de Brisa llena la entrada de la cabaña como una amenaza que no necesita traducción. Durante unos segundos, nadie habla. El hidriano del tentáculo ya no está donde debería estar: la gabardina amarilla yace abierta sobre las tablas húmedas del porche, hundida sobre sí misma como una piel abandonada. De su interior brotan cientos, miles de formas pequeñas: cangrejos diminutos de caparazón pálido, larvas translúcidas, gusanos marinos, pequeños pulpos negros del tamaño de una uña, criaturas sin nombre que se retuercen entre los pliegues de tela y se derraman por las rendijas de la madera.

El líquido morado no forma charcos, se mueve y cada gota contiene algo vivo. El olor dulzón se vuelve más intenso durante un instante, mezclado con sal, víscera marina y flores abiertas demasiado tiempo bajo el sol. Luego, poco a poco, aquella multitud diminuta empieza a huir hacia la playa, arrastrándose en silencio hacia la oscuridad del Golfo. No hay cadáver, sólo una gabardina vacía y un rastro vivo que regresa al mar.

El que queda en pie observa la situación y sonríe, con unos dientes afilados más cercanos a un pez abisal que a una persona auténtica. Sigue bajo su gabardina amarilla, empapada hasta los bajos. El rostro permanece hundido bajo la capucha. Algo húmedo se contrae y se expande allí dentro con una respiración lenta, irregular. Himitsu mira la gabardina vacía. Luego mira a Brisa. Después al intruso que queda, y no parece asustada.


Lo dice sin dramatismo, como si quien encaja una pieza desagradable en una maquinaria que ya intuía. La figura inclinada bajo la capucha responde con una voz que parece haber atravesado agua antes de llegar al aire.


Himitsu no aparta la mirada. Se lleva la mano al mentón.


Una carcajada perruna, rítmica, desagradable, emerge de la criatura.


La proclama suena noble, creíble, estúpida. Himitsu se lleva la mano a la cara. Por otra parte, te acercas a Jonah, desde dentro, sigue pálido. La sangre bajo su nariz no ha desaparecido del todo. Sus manos ya no brillan, pero conserva los dedos tensos, preparados para hacer algo estúpido si la escena vuelve a romperse, pero parece que no le quedan fuerzas. El hidriano vuelve la capucha hacia la gabardina vacía. Los últimos animales pequeños se deslizan por el borde del porche y desaparecen entre la arena húmeda.


No lo dice como una acusación exaltada. Himitsu responde antes de que Brisa pueda hacerlo.


Por primera vez, la voz de la Qualmi suena más afilada que fría.


El individuo tarda en contestar. Cuando lo hace, cada palabra parece pesar más que la anterior.


La mirada oculta bajo la capucha se desplaza hacia Brisa.


Fuera, el mar golpea la costa con una suavidad casi obscena. Dentro de la cabaña, el aire parece demasiado estrecho para todos. Himitsu respira despacio.


Un último cangrejo diminuto cae desde la manga de la gabardina vacía y corre hacia la playa. El húmedo intruso lo sigue con la capucha hasta que desaparece, su rostro parece perdido, tapado por las sombras y la oscuridad. Después vuelve a miraros.


Himitsu entrecierra los ojos.


El extraño ser marino parece sonreír bajo la capucha, aunque no hay ningún gesto visible que lo confirme.


Himitsu entra dentro de la cabaña, y se acerca a donde estás atendiendo a Jonah. El chaval suelta una risa breve, sin humor.


La Qualmi se sienta ante vosotros en el suelo, con las piernas cruzadas. No parece contenta.


Jonah se incorpora. Se limpia la nariz con una servilleta. O con las sábanas del sofá, le da igual.


Esta vez Himitsu no le dedica desprecio. Sólo cansancio.


Himitsu se queda mirando a Jonah. Deja salir aire por su boca.


La Qualmi tuerce los morros en una mueca de desagrado.


Himitsu se queda muy quieta. Jonah intenta quejarse.


¿Qué haces, Brisa del Sur?

26 de Jun 2026, 22:25:18 #20 Ultima modificación: 26 de Jun 2026, 22:40:52 por Denebia
Cita de: Maurick en 26 de Jun 2026, 02:25:01La mirada oculta bajo la capucha se desplaza hacia Brisa.



— Bien —pienso para mis adentros— me tiene miedo. Es un buen punto de partida. Así se lo pensará dos veces y así se lo contará al resto.

Cita de: Maurick en 26 de Jun 2026, 02:25:01Himitsu entra dentro de la cabaña, y se acerca a donde estás atendiendo a Jonah. El chaval suelta una risa breve, sin humor.




Cita de: Maurick en 26 de Jun 2026, 02:25:01


Cita de: Maurick en 26 de Jun 2026, 02:25:01


Cita de: Maurick en 26 de Jun 2026, 02:25:01
Himitsu se queda muy quieta. Jonah intenta quejarse.



Al terminar el Roce Materno me coloco sobre mis rodillas, sin romper el pequeño círculo privado que hemos formado los tres. Me cruzo de brazos. Levanto una mano mientras cierro los ojos y hago una especie de pinza sobre el punte de la nariz con el dedo pulgar, índice y corazón.


Doy un profundo suspiro.


Vuelvo a abrir los ojos y pongo mis manos sobre las piernas.


Espero a que me de algo personal. Una vez lo tenga lo guardo en mi bolsita. Miro a Himitsu con una mirada cómplice, me levanto y le tiendo la mano.


Jonah mira tu mano extendida con una seriedad que le dura muy poco. Pone una mirada de alguien que no sabe lo que está sucediendo, luego, casi un instante después, se pone serio, y baja la vista hacia sus muñecas. Lleva varias pulseras finas, de esas que parecen haber sobrevivido a demasiados días de humedad, tabaco y decisiones horribles. Tira de una de ellas con los dientes, forcejea un momento y consigue soltársela. Te la deja en la palma.


Levanta las cejas, todavía pálido, todavía con el cuerpo protestando cada vez que respira demasiado hondo.


La sonrisa que intenta poner es juguetona, algo torcida. Sólo esa forma suya de agarrarse a la broma antes de que algo serio le toque demasiado cerca.


Himitsu deja salir aire por la nariz.


Jonah le lanza un corte de mangas. Quizás más confiado que de costumbre.


La pulsera pesa poco. Tela vieja, sal seca, sudor, humo y algo de Jonah pegado al nudo. Eso basta para que no parezca una despedida del todo limpia. Jonah se recuesta mejor contra el sofá, intentando parecer menos cansado de lo que está.


Hace una pausa mínima.


Himitsu se levanta sin responderle. Sus dedos se ajustan alrededor del asa de la maleta con más fuerza de la necesaria, pero en seguida vuelve a introducirla dentro de su tatuaje. Te mira contenta cuando lo hace, pero al volver hacia la puerta, su rostro ya ha recuperado esa calma seca que utiliza para esconder cualquier cosa que no pueda permitirse sentir en ese momento.


Fuera, el hidriano os espera junto al porche. La gabardina vacía del otro se ha hundido sobre la madera como una muda abandonada. Ya no queda movimiento bajo la tela. Sólo algunas gotas moradas, oscuras y brillantes, que la humedad empieza a llevarse entre las rendijas. El emisario gira la cabeza cuando salís.


Himitsu cierra la puerta tras ella. El golpe de la madera no suena fuerte, pero sí definitivo. Durante unos pasos, la cabaña permanece a vuestra espalda como una mancha cálida en mitad de la oscuridad. Luego el sonido del mar empieza a ocuparlo todo. El hidriano avanza hacia la playa sin mirar atrás. Sus botas dejan huellas blandas, demasiado húmedas, y a veces algo pequeño se mueve dentro de cada marca antes de que la arena vuelva a cerrarse. La orilla os recibe con una espuma tibia. El emisario entra primero en el agua. No se sumerge todavía. Espera a que lo sigáis, con la capucha inclinada hacia vosotras y aquella sonrisa de dientes finos apenas visible bajo la sombra.


Himitsu mira el mar. Después a ti.


No añade nada más. La primera ola os cubre los tobillos. Luego las rodillas. Después la cintura. El agua está demasiado caliente para ser de noche, y bajo la superficie no hay oscuridad completa, sino un resplandor verdoso que parece venir desde muy abajo. Cuando la cabeza se hunde, el mundo cambia de golpe. El ruido de la playa desaparece. La cabaña, Jonah, la madera y el aire quedan atrás como cosas pertenecientes a otra especie de vida. El mar os cierra alrededor con una presión blanda y constante. Delante, el hidriano desciende con movimientos torpes al principio, casi humanos, hasta que su cuerpo deja de fingir y se despliega en algo más cómodo para el agua.



El fondo no está tan lejos como debería. Entre columnas de roca cubiertas de algas se abre una grieta inmensa, iluminada desde dentro por fuegos verdes que arden sin consumir el agua. A medida que os acercáis, la abertura deja de parecer una cueva y empieza a parecer una ciudad hundida a medias: restos de barcos encajados en la piedra, planchas de metal sujetas con coral, redes tensadas como toldos, huesos de grandes criaturas marinas formando arcos, caracolas del tamaño de una persona y refugios construidos con madera podrida, plástico humano y conchas pulidas.

Ojos pálidos os observan desde agujeros en la roca. Figuras cubiertas de escamas, pinzas, aletas y piel traslúcida se apartan a vuestro paso. Algunas protegen a criaturas pequeñas contra su cuerpo. Otras muestran los dientes. Ninguna os recibe como invitadas. El hidriano os conduce hacia el interior de la caverna. Allí abajo, el verde del fuego convierte cada sombra en algo enfermo.
Y, desde algún punto más profundo, llega un sonido lento, hueco, ceremonial. Como si alguien estuviera golpeando una concha enorme para anunciar vuestra llegada. El sonido se repite, y la vibración atraviesa el agua y se mete en la piedra, en las algas, en los huesos viejos que sostienen parte de la caverna. No es una llamada urgente. Es un anuncio. Una manera de decir que alguien ha llegado donde no debería.

El hidriano os guía sin mirar atrás. Aguas Profundas se abre alrededor con una vida incómoda, demasiado cercana. Hay refugios hechos con restos de barcos, planchas de metal mordidas por la sal, redes tensadas entre columnas de roca y conchas enormes que desprenden una luz verdosa. Entre las sombras se mueven cuerpos húmedos, rostros a medias, ojos pálidos, branquias abiertas, brazos que no siempre terminan donde deberían. Algunas criaturas se apartan. Otras se quedan quietas, mirando. Himitsu avanza a tu lado en silencio. El corredor termina en una bóveda enorme.

La sala del trono está hundida en el corazón de la caverna, iluminada por faroles verdes y velos de algas negras que oscilan con una corriente lenta. En las paredes hay costillas de grandes animales marinos, maderas de naufragio, hierro oxidado y coral negro. Todo parece colocado con intención, pero no con belleza. Más bien con hambre. El trono ocupa una plataforma central. No parece construido para una reina, parece construido alrededor de una boca. Coral oscuro, hueso pulido, conchas cerradas, mandíbulas secas y restos de metal forman una masa alta, húmeda, ceremonial. Sobre ella espera una mujer de pelo negro, presencia altiva y un traje elaborado con telas, restos de moluscos y joyas brillantes.

No se levanta al veros entrar. Tiene una forma casi humana, lo bastante reconocible para resultar más desagradable. La piel gris verdosa se tensa sobre unos pómulos afilados. Los labios son oscuros. Los ojos, negros, quietos, dominantes. Bajo el cuello, las branquias se abren y se cierran despacio, como heridas que respiran. Cuando sonríe, la boca parece demasiado ancha para su rostro. A un lado del trono permanece un joven, ancho, armado de mandíbula y quietud. No gruñe, sólo está ahí, pesado, atento, con el cuerpo preparado para obedecer. Al otro lado está una mujer demasiado vieja, demasiado antigua como para estar ahí, pequeña y encorvada, con la espalda recogida bajo una coraza quitinosa. Sus ojos lechosos no parecen mirar de frente, pero su atención se nota igual, pegada a la piel como una cosa fría.

El emisario se aparta y baja la cabeza. Neiatta deja pasar un silencio largo. Os mira sin prisa: primero a Himitsu, luego a ti. Después vuelve a mirar al emisario, como si la presencia de ambas tuviera que ser pesada contra lo que le han contado.


La forma en que pronuncia el nombre no tiene afecto ni respeto. Sólo una paciencia venenosa.


Himitsu permanece callada. La mujer inclina la cabeza, como si ese silencio le hiciera gracia.


Sus dedos se deslizan por el borde del trono. Las uñas oscuras rozan el coral con un sonido muy leve.


La mirada negra se fija por fin en ti. No hay reconocimiento en ella. Sólo interés.


La sonrisa de la reina se clava en tus ojos. El mostrenco no se mueve, y la vieja tampoco.


Aguas Profundas queda en silencio alrededor de vosotras. ¿Qué haces, Brisa del Sur?

05 de Jul 2026, 14:54:25 #22 Ultima modificación: 05 de Jul 2026, 19:20:30 por Denebia
Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03

De repente mis mejillas se tornan rosadas. No me esperaba que Jonah hiciera un comentario así. Carraspeo.


Digo con una sonrisa, con un tono relajado antes de que se note el rubor. Sujeto la pulsera con firmeza y la guardo en mi riñonera.


Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03Himitsu deja salir aire por la nariz.


Jonah le lanza un corte de mangas. Quizás más confiado que de costumbre.




Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03


Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03
Himitsu mira el mar. Después a ti.



Sigo al emisario. Me sorprende la temperatura del agua, no sé si será la temperatura normal de éstas aguas o algún tipo de don usado para aclimatar el agua haciendo que sea más agradable y no sucumbir al frío. Paso a mi forma pez. Comienzo a pensar que la forma que elegí no es la adecuada para situaciones de peligro, tendría que haber escogido una más... más intimidatoria, joder.



Mientras descendemos —o avanzamos— presto atención a todos los detalles, todo lo que han construido aquí abajo. Me maravilla cómo Gaia ha sabido adaptarnos a cada entorno para poder protegerla, no hay lugar sin su custodio.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03Ojos pálidos os observan desde agujeros en la roca. Figuras cubiertas de escamas, pinzas, aletas y piel traslúcida se apartan a vuestro paso. Algunas protegen a criaturas pequeñas contra su cuerpo. Otras muestran los dientes. Ninguna os recibe como invitadas. El hidriano os conduce hacia el interior de la caverna. Allí abajo, el verde del fuego convierte cada sombra en algo enfermo.


El desconocimiento y la ignorancia hace desconfiar de lo extraño, de lo que se sale de la norma. Pero es un sentimiento que, por suerte o por desgracia, lo he vivido desde cachorra y a estas alturas ni me sorprende ni me asusta. Sé lo que esperar de él y lo uso a mi favor.

Y por fin llegamos a la sala del trono.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 20:00:03La mirada negra se fija por fin en ti. No hay reconocimiento en ella. Sólo interés.



Espero, paciente. Permanezco en silencio hasta que Neiatta termina de hablar y nos concede la palabra.


Hago una reverencia, o lo que me permita esta forma de pez. La miro a ella, pero no dejo de perder de vista en ningún momento al grandullón que tiene al lado. No veo más guardia, tampoco me lo ha parecido al llegar aquí, así que asumo que estarán en otro lado... o es que anda baja de personal. Una cosa u otra, ella actuará como si tuviera superioridad numerica. Puede que seamos los primeros depredadores reales a los que se han enfrenrado.


Espero que a Himitsu no le haya molestado que diga su nombre completo.


Es evidente que no puedo hacer el gesto de las comillas en esta forma, por lo que la remarco con la voz.


En verdad no estoy arrepentida, pero hay que mantener las formalidades y dejar claro que responderemos ante cualquier ataque.

Sigo mirando a Neiatta. Puede que las palabras que voy a decir ahora no le agraden a mi compañera, incluso no estará de acuerdo, pero espero que entienda la finalidad de las mismas. Cuánto echo de menos el chat mental, ahora vendría de perlas.



He calculado bien mis palabras y sé que esta última frase pueda desencadenar que se crean en posición de pedir algo creyendo que nos controlarán, pero todo lo contrario. Si nos ven como un medio para conseguir algo puede que regresemos lo antes posible a la cabaña.


Hago otra "reverencia", de unos segundos más larga que la primera. Aunque he tratado de despedirme no me muevo y espero a que Neiatta conteste.

La Sala del Trono de Aguas Sagradas escucha tu intervención, tus explicaciones. Hay algunos miembros de esta extraña raza que te observan con genuina fascinación; sin embargo, la Reina no parece tan impresionada. No interrumpe tu reverencia, ni tu presentación, ni esa manera medida de colocar las palabras para que parezcan pequeñas. Tampoco se mueve cuando mencionas a Lydia como si fuera un nombre ajeno, una parada accidental en un camino que no le pertenece; sólo te mira. La sonrisa oscura de su boca tarda un poco en aparecer.


Sus dedos se deslizan por el borde del trono. Las uñas rozan el coral negro con un sonido fino, casi seco, que atraviesa el agua como una aguja.


Neiatta ladea un poco la cabeza.


La sala cambia, como cambian las cosas bajo el mar: por presión. Los cuerpos que os observaban desde los huecos de la roca dejan de fingir que sólo están mirando. Unas pocas bocas se entreabren, mientras que algunas manos se apoyan en la piedra. Neiatta levanta una mano, señalando a Himitsu con total tranquilidad.


La Qualmi se queda inmóvil. Por primera vez desde que habéis entrado en la sala del trono, hay algo en su rostro que no parece cálculo. Es una incomodidad fría, repentina, como si acabara de escuchar un mecanismo cerrándose dentro de una habitación donde no sabía que había puertas. Neiatta reconoce ese gesto y sonríe más.


La anciana encorvada que permanece a un lado del trono mueve una de sus manos nudosas. Su espalda parece hundida bajo una coraza oscura, antigua, más parecida al caparazón de un fósil que a una armadura. No pronuncia palabra. Sólo deja caer algo pequeño sobre una concha abierta: una perla gris, opaca, envuelta en filamentos de sal: la concha se ilumina.

Primero no hay sonido. Sólo una vibración. Después, entre el verde de la sala, aparece una voz quebrada, distante, como si llegara desde muy lejos y atravesara demasiadas capas de agua antes de hacerse comprensible: la voz de Himitsu; no está completa, son fragmentos. Cortes mal cosidos: «una nueva Theurge», «una serpiente del Wyrm», «el Golfo», «hidrianos» y «existencia». Himitsu aprieta la mandíbula, no lo niega.

La perla vibra otra vez, y entonces llega otra voz. Más baja, más cansada.


El eco de Lydia no llena la sala. Al contrario: parece encogerse dentro de ella, como una criatura escondida.


La luz de la concha se apaga. Durante un momento nadie se mueve. Himitsu no aparta la mirada de la perla. La expresión se le ha quedado quieta de una forma horrible, demasiado controlada para ser tranquilidad. No parece sorprendida de que el mensaje exista. Parece sorprendida de que alguien lo haya arrancado del agua y lo haya puesto encima de un altar como una víscera. Neiatta apoya la espalda en el trono.


Su mirada vuelve a clavarse en ti.


La sonrisa desaparece, y lo que queda debajo es horrible.


El joven ancho que custodia el trono avanza: sin rugido ni advertencia. Sólo el movimiento brusco de un cuerpo demasiado pesado lanzándose hacia delante con una obediencia perfecta. Su mandíbula parece mal cerrada, como si escondiera demasiados dientes detrás de una forma casi humana. Desde los laterales de la sala, otros hidrianos emergen de la roca, de los huecos, de detrás de las algas negras, con las manos palmeadas, con pinzas, o con extraños tentáculos afilados.


Himitsu reacciona tarde, no por miedo. Por la velocidad con la que todo se ha roto, pero entonces algo arde en tu cuerpo. Es una presión azulada, fría, inmensa, que despierta desde donde guardas el percebe seco de Xolomotl. El objeto palpita una vez. Luego otra. Y, antes de que el guardián de mandíbula pesada llegue a tocarte, la luz estalla.

Toda Aguas Profundas se vuelve azul. Como si el fondo del mar recordara de golpe una verdad anterior a todos los tronos. La barrera se expande desde ti en un círculo violento. Los hidrianos que iban a abalanzarse salen despedidos contra la roca, contra las terrazas, contra los restos de barco incrustados en la sala. El joven corpulento golpea el suelo con el hombro y deja una grieta en la piedra. La anciana del caparazón cae de rodillas. Neiatta pierde el equilibrio sobre su propio trono y resbala hacia un lado, con una expresión de sorpresa furiosa que no llega a convertirse en grito.

La luz sigue latiendo: azul, gélida y antigua. El agua vibra alrededor de ti. Himitsu te mira como si acabara de entender una cosa que no sabía que necesitaba temer: la vieja de la coraza se incorpora despacio. Tiembla como un flan, mientras avanza hacia ti con movimientos torpes, casi arrastrados. Sus ojos lechosos están abiertos de par en par, y por primera vez no hay cálculo ni rencor en su rostro fósil. Se detiene a poca distancia de la barrera, incapaz de cruzarla.


La palabra sale rota. La anciana inclina la cabeza, y su caparazón oscuro cruje bajo la luz azul.


El nombre cae sobre la sala como una piedra en agua quieta. Neiatta se incorpora muy despacio, pero no parece asustada. Su disgusto es tan puro que casi tiene forma. Sus ojos negros pasan de la anciana a ti, de ti al fulgor que te rodea, y durante unos segundos no dice nada. A su alrededor, los hidrianos empiezan a levantarse con cuidado, sin atreverse todavía a acercarse. La reina Blackmouth aprieta los dedos contra el coral del trono.

La luz azul sigue latiendo. Y ahora todo Aguas Profundas te mira de otra manera.

¿Qué haces?

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17
La Qualmi se queda inmóvil. Por primera vez desde que habéis entrado en la sala del trono, hay algo en su rostro que no parece cálculo. Es una incomodidad fría, repentina, como si acabara de escuchar un mecanismo cerrándose dentro de una habitación donde no sabía que había puertas. Neiatta reconoce ese gesto y sonríe más.


De forma inconsciente me interpongo entre Neiatta y Himitsu, como si mi pequeña forma de pez pudiese hacer algo.

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17La luz de la concha se apaga. Durante un momento nadie se mueve. Himitsu no aparta la mirada de la perla. La expresión se le ha quedado quieta de una forma horrible, demasiado controlada para ser tranquilidad. No parece sorprendida de que el mensaje exista. Parece sorprendida de que alguien lo haya arrancado del agua y lo haya puesto encima de un altar como una víscera. Neiatta apoya la espalda en el trono.


Permanezco inmóvil, con cara de poker... toda la cara de poker que puede poner un pez. Estaba claro que sabían más de lo que decían, como nosotras. Nos han pillado en esto pero aún la situación es salvable.

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17
El joven ancho que custodia el trono avanza: sin rugido ni advertencia. Sólo el movimiento brusco de un cuerpo demasiado pesado lanzándose hacia delante con una obediencia perfecta. Su mandíbula parece mal cerrada, como si escondiera demasiados dientes detrás de una forma casi humana. Desde los laterales de la sala, otros hidrianos emergen de la roca, de los huecos, de detrás de las algas negras, con las manos palmeadas, con pinzas, o con extraños tentáculos afilados.


Abro los ojos como platos, pero no se nota porque los peces no pueden abrir más los ojos. El pulso se me acelera. Comienzo a calcular cuantos son y contra cuantos podría, así podría darle la ventaja suficiente a Himitsu y que huya lo más rápido posible. No sé cómo saldremos de esta. Pensamientos intrusivos de lo mal que puede acabar todo.

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17Himitsu reacciona tarde, no por miedo. Por la velocidad con la que todo se ha roto, pero entonces algo arde en tu cuerpo. Es una presión azulada, fría, inmensa, que despierta desde donde guardas el percebe seco de Xolomotl. El objeto palpita una vez. Luego otra. Y, antes de que el guardián de mandíbula pesada llegue a tocarte, la luz estalla.


Wow...

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17La barrera se expande desde ti en un círculo violento. Los hidrianos que iban a abalanzarse salen despedidos contra la roca, contra las terrazas, contra los restos de barco incrustados en la sala. El joven corpulento golpea el suelo con el hombro y deja una grieta en la piedra. La anciana del caparazón cae de rodillas. Neiatta pierde el equilibrio sobre su propio trono y resbala hacia un lado, con una expresión de sorpresa furiosa que no llega a convertirse en grito.


La verdad es que estoy disfrutando del espectáculo, y en primera fila.

Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 19:35:17La vieja de la coraza se incorpora despacio. Tiembla como un flan, mientras avanza hacia ti con movimientos torpes, casi arrastrados. Sus ojos lechosos están abiertos de par en par, y por primera vez no hay cálculo ni rencor en su rostro fósil. Se detiene a poca distancia de la barrera, incapaz de cruzarla.


La palabra sale rota. La anciana inclina la cabeza, y su caparazón oscuro cruje bajo la luz azul.


...

La luz azul sigue latiendo. Y ahora todo Aguas Profundas te mira de otra manera.


Miro a la anciana y le sonrío amable. Qué posibilidad había de que conociesen a Xolomotl. La verdad es que me muero de ganas por preguntarle todo lo que saben de él, pero no es el momento: pareceríamos unas incultas, o algo peor, alguien a quien no le correspondería llevar tal poder. He de apron la oportunidad. Miro a Neiatta y cómo trata de mantener la compostura. Está claro que no está hecha para estar sentada en el trono. "Le falta calle", como diría el corax. Hincho el pecho.



Doy lo que se puede asemejar a un paso adelante.


Miro a Himitsu para que comience a desnadar lo nadado y volver a la cabaña. De repente una idea se me pasa por la cabeza. Me giro y vuelvo a mirar a Neiatta.


Cuando intentas avanzar, tu cuerpo no corta el agua, claro que no. La cola golpea piedra húmeda. La confusión se ordena de golpe, no por explicación, sino por el contacto frío del suelo bajo tus escamas. Aguas Profundas no es una ciudad suspendida en pleno océano. El viaje hasta aquí sí fue bajo el agua, a través de túneles y corrientes negras, pero la sala del trono se abre dentro de una caverna enorme, llena de aire salado, charcos profundos, canales que comunican con el mar y terrazas cubiertas de algas. El techo gotea. Las paredes sudan. El océano respira cerca, detrás de grietas y pozas oscuras, pero no os cubre por completo.

Por eso las voces suenan tan claras. Por eso la risa de Neiatta suena tan horrible. Primero es una exhalación breve, incrédula. Luego se le rompe en algo más agudo. La reina se ríe desde el suelo, desde la humillación de haber resbalado ante toda su corte, desde una rabia tan ofendida que ya no puede permitirse parecer silenciosa. Se ríe como si acabases de contarle la estupidez más deliciosa que ha escuchado en años.


Se incorpora despacio, con una mano apoyada en el coral negro del trono y la otra sobre el pecho, como si le costase respirar de pura diversión.


La risa vuelve a escapársele. Más alta. Más histérica. Más fea.


Neiatta se inclina un poco hacia delante. La luz azul sigue latiendo alrededor de ti, pero ella ya ha recuperado bastante compostura como para convertir el disgusto en veneno.


La anciana de la coraza se mueve antes de que la reina continúe. Sus manos nudosas tiemblan, todavía cerca de la barrera azulada, y aunque no se atreve a cruzarla, sí alza la voz.


Neiatta gira la cabeza hacia ella con una lentitud peligrosa. La vieja traga saliva y su caparazón oscuro cruje al inclinarse.


La sonrisa de Neiatta se queda fija. Demasiado fija.


La reina se coloca mejor sobre el trono, todavía con el orgullo magullado y los ojos negros clavados en la anciana.


La caverna se queda muy quieta: no todos entienden lo mismo, pero todos entienden que ha dicho algo que no debía decirse así. La anciana de la coraza baja un poco la cabeza, aunque no se aparta.


Neiatta abre la boca para responder, pero no llega a hacerlo. Himitsu da un paso adelante, no hacia la reina. Sólo lo suficiente para que su voz no pueda ser confundida con un murmullo. La Qualmi ya no mira la perla apagada ni los charcos ni los cuerpos que se levantan alrededor. Mira a Neiatta.


La pregunta cae seca, sin reverencia, sin respeto. Sin teatro. Neiatta la mira con fastidio. Después mira a la anciana de la coraza: hay un instante breve, muy breve, en el que parece valorar si callarse sería más útil que contestar. Elige contestar.


Himitsu no pestañea. Neiatta sonríe de lado.


La mandíbula de Himitsu se endurece. Hay una confirmación dolorosa, una pieza encajando donde no quería encajar.


Por primera vez, la frase no parece un cálculo perfecto. Suena demasiado inmediata.


La sala reacciona con un murmullo bajo. Himitsu no aparta la mirada de Neiatta.


La risa de Neiatta vuelve. Esta vez no nace de la sorpresa, sino del placer de tener una nueva pieza que aplastar.


Se inclina hacia delante, apoyando los codos en el trono.


La anciana de la coraza avanza un paso, pero esta vez tiembla menos.


Neiatta se queda inmóvil. La vieja no levanta la cabeza del todo, pero su voz se mantiene.


Los ojos negros de Neiatta se estrechan. Durante unos segundos parece que va a ordenar que la aparten, que la castiguen, que la silencien delante de todos. Pero no lo hace. Al mismo tiempo, la luz azul que había surgido de tu ser se desvanece, y el turquesa que ilumina toda la caverna empieza a notarse más. El joven de mandíbula pesada se incorpora con dificultad, una mano contra el hombro golpeado. Los hidrianos de los laterales no vuelven a acercarse. Observan y esperan, como perros de presa bien entrenados.

Neiatta vuelve a mirarte, pero su sonrisa ya no es alegre.


La palabra sale como una concesión que le sabe a veneno.


Sus dedos se cierran sobre el coral del trono.


Himitsu no dice nada más. La anciana de la coraza se encuentra cerca de vosotras, esperando pacientemente. Neiatta espera tu respuesta con la cara de quien ya está calculando cuánto puede hacerte pagar por cada palabra.

¿Qué haces?

Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 17:49:53La mandíbula de Himitsu se endurece. Hay una confirmación dolorosa, una pieza encajando donde no quería encajar.



Un escalofrío recorre mi espalda, como un tirón inesperado que te saca de un sopor en el que no sabías que estabas. Contengo durante unos segundos la respiración, imperceptible para cualquiera.

Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 17:49:53Por primera vez, la frase no parece un cálculo perfecto. Suena demasiado inmediata.


La sala reacciona con un murmullo bajo. Himitsu no aparta la mirada de Neiatta.



Dejo salir lentamente el aire que había inhalado. Parpadeo dejando durante un instante los ojos cerrados, pero los vuelo a abrir rápidamente. La imagen de los cereales en el bol de leche me viene de repente a la mente: cada uno por su lado y yo intentando mantenerlos juntos...


Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 17:49:53
Himitsu no dice nada más. La anciana de la coraza se encuentra cerca de vosotras, esperando pacientemente. Neiatta espera tu respuesta con la cara de quien ya está calculando cuánto puede hacerte pagar por cada palabra.


Me acerco a Himitsu, dándole la espalda a Neiatta, digo en voz baja:


Nada me hace pensar que Himitsu vaya a cambiar de parecer, por lo que imagino que sí está segura de sus palabras. Me vuelvo hacia la reina.


Miro a la anciana una vez que Neiatta conteste.


Ante la pregunta sobre la seguridad de Himitsu, la reina se ríe. No es una risa limpia: empieza en la garganta, sube demasiado rápido y se rompe en un sonido agudo, casi encantado consigo mismo. La reina se lleva una mano al pecho, inclina la cabeza hacia atrás y deja que la carcajada rebote contra la piedra húmeda, contra los canales negros, contra las conchas abiertas y los huesos incrustados en las paredes.


La risa vuelve a escapársele.


Neiatta se seca una lágrima inexistente con la punta de un dedo oscuro.


La anciana de la coraza abre la boca, con las manos nudosas tensas junto al pecho.


Neiatta levanta un dedo sin mirarla, y la vieja se calla. No porque no tenga nada que decir, sino porque sabe exactamente cuánto espacio le queda antes de cruzar una línea.


La palabra hace que la anciana se estremezca, y Neiatta lo nota. Sonríe más.


Himitsu no cambia de expresión, pero sus dedos se cierran con fuerza una sola vez. La luz azul del percebe sigue latiendo alrededor de ti, más baja que antes, como una marea contenida. No impide que varios hidrianos menores se aproximen a la Qualmi desde los lados de la sala. No son los mismos que cargaron contra ti. Estos avanzan con cuidado, la mirada baja, los cuerpos húmedos y deformes tensos bajo la luz extraña. Uno lleva una cuerda trenzada con algas negras. Otro, una pieza de hueso tallado.

Tocan a Himitsu, y ella no se resiste. Sólo gira la cabeza hacia ti.


Su voz sale baja, firme, sin dulzura añadida.


Los hidrianos la rodean. Durante un instante parece pequeña entre ellos, no porque sea frágil, sino por la decisión terrible de no moverse. Luego la conducen hacia una abertura lateral, medio oculta tras cortinas de algas negras y huesos colgantes. La caverna se la traga despacio: primero los hombros, luego el rostro, por último el brillo quieto de sus ojos. Después, ya no está.

Neiatta observa la escena desde el trono con aburrimiento estudiado, como si aquello no le interesara lo bastante como para concederle emoción. La anciana de la coraza se acerca a ti. No cruza la distancia del todo, y mantiene un respeto prudente por el fulgor azul que aún respira en torno al percebe. Sus ojos lechosos no te miran como los de la reina.

Su voz parece salir de una grieta.


La vieja traga salivay su caparazón cruje con un movimiento mínimo. Neiatta deja escapar un suspiro desde el trono.


La anciana no se vuelve hacia ella.


La frase va dirigida a ti: La sala sigue pendiente de cada palabra. Incluso los hidrianos que habían sido arrojados contra la roca se mantienen a distancia.
Los dedos de la vieja, nudosos, se juntan despacio, casi como una plegaria mal hecha.


Neiatta se reclina en el trono, apoyando la mejilla sobre una mano.


Su aburrimiento es una máscara demasiado bonita para ser casual.


La anciana de la coraza no responde a la provocación, sigue mirándote.

Detrás de ella, uno de los canales negros respira con un movimiento lento. El agua sube un poco por la piedra y vuelve a retirarse, dejando una línea brillante de sal. Al fondo de ese paso, la oscuridad no parece igual que la del océano por el que habéis llegado. Es más densa y más quieta, como si estuviera esperando.

La luz azul del percebe late una vez más contra tu cuerpo antes de desaparecer por completo. Neiatta mira desde su trono, aburrida y venenosa.

La anciana espera tu respuesta: puedes seguirla hacia la zona sumergida. O puedes exigir algo más antes de bajar.

¿Qué haces, Brisa del Sur?

Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:11:07Los hidrianos la rodean. Durante un instante parece pequeña entre ellos, no porque sea frágil, sino por la decisión terrible de no moverse. Luego la conducen hacia una abertura lateral, medio oculta tras cortinas de algas negras y huesos colgantes. La caverna se la traga despacio: primero los hombros, luego el rostro, por último el brillo quieto de sus ojos. Después, ya no está.


Observo cómo se la llevan, sin ningún tipo de ceremonia y posibilidad de despedirse.

Joder...

Las cosas no están saliendo como parecía que tenían que salir: bajar, hablar y volver. Rápido. "Un plan sin fisuras"...

Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:11:07
...



La frase va dirigida a ti: La sala sigue pendiente de cada palabra. Incluso los hidrianos que habían sido arrojados contra la roca se mantienen a distancia.
Los dedos de la vieja, nudosos, se juntan despacio, casi como una plegaria mal hecha.



Asiento a la anciana. Neiatta podría aprender un poco de la cordialidad y respeto que muestra esta mujer. Miro hacia por donde la anciana quiere que bajemos, pero no me muevo. Miro de nuevo a Neiatta.





Con lo que sea, acepto bajar con la anciana.

27 de Jul 2026, 13:28:31 #29 Ultima modificación: 28 de Jul 2026, 00:11:53 por Maurick
Tus exigencias resuenan por la caverna oscura y enorme, mientras Salomé observa tu cuerpo: la anciana recibe tus palabras sin moverse un ápice. Neiatta tampoco responde desde el trono. Se limita a observarte con la mejilla apoyada sobre una mano, como si la suerte de Himitsu y Lydia ya no mereciera ocupar más espacio en su atención. La vieja del caparazón sí se acerca un poco.

Cita de: Denebia en 19 de Jul 2026, 00:17:21


Su voz raspa como arena arrastrada bajo una ola. Los ojos lechosos permanecen fijos en ti.


Neiatta deja escapar una risita desde el trono. La anciana no reacciona.


Cita de: Denebia en 19 de Jul 2026, 00:17:21Con lo que sea, acepto bajar con la anciana.

No promete nada más, ¿para qué?  La vieja gira el cuerpo y avanza hacia uno de los canales abiertos en la roca. Allí el suelo de la caverna se hunde bajo una lámina de agua negra, contenida entre paredes cubiertas de moluscos y vetas de sal. Una corriente fría entra desde algún punto situado mucho más abajo, llevando consigo el olor del océano profundo: hierro, limo y algo mineral que recuerda a una tumba recién abierta.

Salomé entra primero, mientras el agua le alcanza las rodillas, su espalda se curva y el caparazón que parecía adherido a su cuerpo comienza a extenderse con un crujido húmedo. Las ropas se hunden entre placas oscuras, los hombros desaparecen bajo una coraza semicircular, antigua y mellada, mientras sus costillas se abren para dar paso a agallas pálidas. Bajo el vientre surgen apéndices finos y articulados que tantean la piedra. De la base de su espalda se despliega una cola rígida, larga como una lanza, que oscila detrás de ella antes de sumergirse.

Su cabeza queda recogida bajo el borde del caparazón. Los ojos se desplazan hacia los lados, pequeños, lechosos, casi fósiles: la anciana deja de parecer una mujer. Permanece algo de ella en las manos deformadas, en la boca hundida y en la forma ceremoniosa con la que espera a que la sigas, pero el resto pertenece a una edad del océano en la que todavía no existían nombres para las criaturas.

Adoptas de nuevo la forma que te concede el Espíritu del Pez. Tu cuerpo se aligera y se comprime hasta quedar cubierto por escamas púrpuras, atravesadas por reflejos azules. Las aletas se abren a tu alrededor como velos delicados, demasiado hermosos para el lugar al que estáis a punto de descender.

El agua os cubre, al mismo tiempo que el sonido de la sala del trono desaparece en pocos metros. Las risas de Neiatta, los murmullos y el roce de los cuerpos quedan atrás, sustituidos por el pulso sordo de la corriente y el movimiento de las patas articuladas de Salomé contra la roca.

El canal desciende en espiral: al principio todavía hay luz. Resplandores verdes alojados en conchas, hongos marinos adheridos a las paredes y pequeños crustáceos transparentes que se apartan ante vosotras. Luego las construcciones de Aguas Sagradas empiezan a desaparecer. Ya no hay redes, ni vigas arrancadas de barcos, ni refugios tallados por manos hidrianas, sólo piedra.

La abertura se estrecha hasta obligaros a pasar entre dos muros cubiertos de percebes muertos. Sus conchas están abiertas, pero dentro no hay carne. Todos orientan sus cavidades hacia abajo. Salomé avanza sin vacilar.

A medida que descendéis, la presión se vuelve más pesada. El agua pierde temperatura y espesor, como si cada metro estuviera hecho de un mar diferente. Las paredes ya no parecen excavadas por corrientes. Presentan surcos paralelos, largos y profundos, demasiado regulares para ser grietas y demasiado grandes para haber sido hechos por herramientas. Algunas terminan en fragmentos de hueso, pero no reconoces en ellos la forma de ninguna ballena.

La cola rígida de Salomé se detiene. La anciana gira bajo su coraza y te observa con uno de sus ojos laterales. Escuchas su voz en el interior de tu mente, y ésto te rememora a cuando Julia usaba el Don que, tan «alegremente», llamábais «Chat mental».


Las palabras llegan deformadas por el agua, pero conservan su peso.


Reanuda el descenso, pero el túnel termina sin aviso. Ante vosotras se abre una sima tan grande que la luz azulada del percebe apenas consigue rozar sus paredes. El fondo no se ve. No hay arena, ni roca, ni movimiento de peces. Sólo una oscuridad vertical que continúa más allá de lo que tus sentidos pueden medir.

Salomé bordea la sima hasta alcanzar una plataforma natural. Allí hay pilares de coral gris, cadenas cubiertas de sal y restos de ofrendas atrapados entre las piedras: caparazones partidos, espinas, mandíbulas pequeñas y tiras de carne ya blanquecinas. La anciana extiende una de sus extremidades hacia el borde.


Al principio sólo distingues la negrura: después, la negrura burbujea con una esfera tan grande que es abrumadora. Dos bordes inmensos se separan lentamente bajo la plataforma. La sima no es una grieta en la roca. La roca forma parte de algo. Una membrana rugosa se retrae entre placas minerales, descubriendo hileras de protuberancias blancas que se pierden hacia ambos lados.



¡Dientes! La boca de alguna criatura gigantesca ocupa el fondo entero. Comienzas a recordar la visita a Xolomotl, pero esta vez es distinto. La soledad, la nada y el vacío te invaden por todos lados.

No puedes saber cuánto mide. La oscuridad impide encontrar dónde empieza y dónde termina. Cada respiración arrastra el agua hacia el interior con una fuerza leve pero constante, haciendo que los huesos, la sal y los restos de antiguas ofrendas tiemblen sobre la piedra. Desde el interior llega un calor desagradable, acompañado de un olor a grasa podrida y metal antiguo.

Muy dentro de aquella garganta se enciende algo rojizo, pero no parece un ojo. Parece algo peor: un punto de atención sin forma, situado demasiado lejos para pertenecer a la misma criatura cuya boca tenéis delante. Salomé inclina su caparazón.


La boca vuelve a respirar: la corriente tira de tu pequeño cuerpo antes de aflojarse.


La vieja se vuelve hacia ti.


Una de sus patas recoge un pequeño caparazón del suelo. Lo sostiene delante de su rostro y lo parte con facilidad.


Deja caer los fragmentos. Uno de ellos cruza el borde y desaparece hacia la garganta. La boca se contrae durante un instante, pero no llega a cerrarse; aún así, toda la sima responde con un estremecimiento lento.


Salomé aproxima su rostro monstruoso al tuyo. Bajo la coraza, su boca conserva una expresión demasiado humana.


La corriente vuelve a inclinarte hacia la boca. Esta vez, desde el interior de Mott Garoth, llega un sonido profundo. Es el roce de algo inmenso contra las paredes de su propia garganta. Salomé te observa.


La luz azul de tu percebe palpita contra la oscuridad.


Debajo de vosotras, Mott Garoth abre un poco más la boca.

¿Qué haces, Brisa del Sur?