Episodio 3 — Indolence

Iniciado por Maurick, 09 de Jul 2026, 20:45:35

Tema anterior - Siguiente tema
La Garrotxa

Área del Pozo del Olvido

📅 27 de septiembre de 2005, 07:34

El primer sonido que escuchas es agua: no el agua limpia de un río, ni el rumor blando de la lluvia entre las hojas, sino un borbotón espeso, pesado, saliendo de algún lugar demasiado profundo. Durante un instante no sabes si lo estás oyendo fuera de ti o dentro de tus propios pulmones. Entonces tu cuerpo recuerda respirar y sales del Pozo del Olvido con una arcada violenta.

Tus manos arañan la piedra húmeda del borde, los dedos resbalan sobre líquenes negros y barro viejo, y tu pecho golpea el suelo con una torpeza animal. Te arrastras un palmo antes de vomitar. Primero agua. Después un líquido oscuro, casi negro, que cae sobre la roca en hilos espesos y deja un olor amargo, mineral, como sangre quemada bajo tierra. Vuelves a vomitar, mientras el mundo gira. La luz de la mañana te golpea los ojos con una crueldad sencilla. Hay cielo sobre ti, árboles. El aire frío de La Garrotxa entrando por la nariz y raspando la garganta como si llevaras días sin usarla. Te sientas de golpe, de culo, sin elegancia alguna. Durante unos segundos eternos no consigues sostener la cabeza en un solo sitio. Todo se desplaza medio palmo hacia un lado. La línea de los árboles se inclina. El suelo respira mientras intentas recordar.

Ana Mercedes. Ella aparece antes que cualquier otra cosa. Una plataforma petrolífera, metal húmedo, viento, el olor del mar. Recuerdas a Ana cerca de ti, demasiado cerca del dolor.  Aránzazu. Pedro. Blanchard. Una separación. Tú alejándote de ella, o ella quedándose atrás, o las dos cosas al mismo tiempo. Después... Nada limpio. Hay cortes. Imágenes sueltas que no se dejan sujetar. Una oscuridad inmensa, un destello de fuego, algo metálico cayendo. Una voz que quizá no fue una voz. Un lugar que no tenía derecho a existir. Pero en cuanto intentas fijarlo, se deshace. Como si el Pozo hubiera dejado barro encima de cada pensamiento.

No sabes cuánto tiempo ha pasado. No sabes si Ana Mercedes está viva. No sabes dónde está Iruz. Y durante un momento terrible, ni siquiera estás del todo seguro de haber salido entero. El sonido de unos cencerros rompe el silencio.



Llega desde el sendero, lento y absurdo, acompañado por el roce de pezuñas sobre piedra. Dos cabras aparecen entre los árboles, flacas, deformes, con los ojos demasiado abiertos y las mandíbulas moviéndose aunque no mastiquen nada. Una de ellas tiene una costra negra alrededor de la boca y un campano incrustado en el cuello. Otra camina ladeada, como si su columna hubiera aprendido a odiarla. Huelen a pelo mojado, leche agria y carne enferma. Detrás de ellas avanza el Roc de la Cendra. Camina despacio, como si la mañana no tuviera ninguna prisa. Su figura seca se recorta entre los troncos, cubierta por ese aire de ceniza vieja que parece acompañarle incluso cuando no hay fuego. Lleva una vara en la mano y guía a las cabras con la naturalidad de un pastor que hubiera aceptado hace mucho que su rebaño era una mala broma del mundo.

Una de las cabras se detiene al verte: abre la boca y... El grito que suelta no se parece a ningún balido normal. Es áspero, agudo, demasiado humano en el fondo, como una queja arrancada a golpes. Después baja la cabeza y se acerca a ti con pasos cortos. Su hocico tiembla. Te olisquea la ropa, la cara, el pecho, metiendo el morro demasiado cerca. Su aliento te revuelve otra vez el estómago. Comienza a lamer el área donde has vomitado, como si fuese algún delicioso elixir surgido de la tierra. El Roc la observa sin especial alarma.


La cabra emite un ruido húmedo y se aparta un paso, aunque sigue mirándote con una fijeza desagradable. El Roc de la Cendra se detiene a unos metros de ti. No parece sorprendido de verte, ni tampoco aliviado. Su mirada recorre tu cuerpo empapado, el líquido negro sobre la piedra, tus manos temblorosas, la forma en que intentas asentarte dentro de tu propia cabeza y no terminas de conseguirlo.


El viento mueve las ramas por encima de vosotros. La mañana es clara, casi insultante.


Sus palabras no te ayudan a ordenar nada, al contrario. El tiempo se vuelve una cosa blanda. La plataforma. Ana. El agua negra. La piedra. La voz. El vacío. Todo intenta ocupar el mismo sitio dentro de tu cráneo. Cuando intentas incorporarte, algo duro golpea suavemente contra tu costado desde el interior de tus ropas, algo que no recordabas llevar contigo. Metes la mano casi por instinto y tus dedos encuentran una pieza de metal. Es irregular, oscura, con bordes quebrados. No está fría. Tampoco arde. Pero conserva una temperatura imposible, como si hubiera estado cerca de un fuego que no se ha apagado del todo. Al tocarla, algo en tu estómago se contrae.

No sabes qué es. No sabes de dónde ha salido. Sólo sabes que no deberías soltarla. El Roc baja la mirada hacia la pieza durante un instante. No pregunta. Quizá porque sabe más de lo que dice. Quizá porque sabe que no conviene saberlo todo demasiado pronto.


El nombre suena extraño después del Pozo. Como si te lo devolviera desde fuera. El anciano hace un gesto seco con la vara y las cabras empiezan a moverse de nuevo. La que te había olido tarda un poco más en obedecer, pero finalmente se une al viejo con un gruñido bajo. El Roc da unos pasos antes de detenerse.


La frase cae sin adornos. Una semana.


No añade consuelo. No te dice que estén bien. No te dice hacia dónde fueron. No te dice si esperaron demasiado o si se marcharon porque no les quedaba otra cosa que hacer. Sólo deja la información entre los dos, sobria y áspera, como una piedra colocada sobre una tumba. Luego vuelve a caminar, y los cencerros se alejan poco a poco entre los árboles. Las cabras deformes desaparecen por el sendero. El Roc de la Cendra también, consumido por la luz pálida de la mañana y el olor seco de la montaña.

Te quedas junto al Pozo del Olvido, empapado, mareado, con la garganta quemada por el vómito y una pieza de metal imposible entre los dedos. La Garrotxa respira a tu alrededor. Y por primera vez desde que has despertado, tienes un instante para intentar colocar tus pensamientos.

La sensación de la piedra en las yemas de los dedos se siente irreal para Bruma Nocturna. La textura blanda de los líquenes húmedos y la suavidad del barro parecen no ser capaces de satisfacer el tacto del muchacho, en comparación a las sensaciones vividas en el Pozo. Las arcadas son atroces, y el vómito brutal; como la pesadilla de un adolescente que no ha sabido manejar una noche de fiesta y debe pagar las consecuencias. Sin embargo, esas sensaciones palidecen al lado del dolor y los sentimientos percibidos en el interior del Pozo.

EL cuerpo está inestable, y la mente más. Luces y sombras bailan como en un espectáculo de sombras macabro, ninguna imagen permanece quita el tiempo suficiente para fijarla y los recuerdos, se arremolinan sobre la piel, en los oídos y en el corazón. Van pasando, sin orden específico, y el chamán intenta organizarlos en su cabeza para que, al menos, algo en ese momento pueda tener un mínimo de coherencia.

Entonces, los cencerros a lo lejos traen un recuerdo más vivo. Lejano, pero cercano. De alguna manera, traen recuerdos que no se sienten más reales pero sí más honestos. Primero aparece una cabra, luego otra... y después el Roc.

Cita de: Maurick en 09 de Jul 2026, 20:45:35


El metis intenta hablar, pero su garganta se resiste. Un fluido oscuro y viscoso, como lodo negro, gotea por la comisura de sus labios mientras una tos abrupta precede a unas pocas palabras duras, roncas y casi dolorosas de pronunciar.


Las imágenes vuelven, y otra arcada recorre su cuerpo sacando un poco más de Pozo de su interior.

Cita de: Maurick en 09 de Jul 2026, 20:45:35

El chamán mira al hombre con los ojos desenfocados y las pupilas incapaces de mantenerse fijas. Sostiene en su mano la pieza de metal, intentando atar cabos que expliquen esa sensación.


La presencia del Roc de la Cendra, aunque le obliga a hacer un gran esfuerzo para mantener la atención, le ayuda a mantener un punto en el que enfocarse mientras su cuerpo y su mente se adaptan de nuevo a la realidad.

Cita de: Maurick en 09 de Jul 2026, 20:45:35

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

El viejo continúa su camino mientras escucha como te mueves con dificultad. Se para un momento, apoya ambas manos sobre la vara, con la espalda encorvada y los ojos hundidos en esa cara seca que parece tallada con ceniza vieja. Una de las cabras fomori sigue olisqueando el aire cerca de ti, inquieta, como si algo en tu vómito negro le hubiera despertado apetito o miedo. La otra mastica una raíz que no debería querer comerse ningún animal sano. El anciano chasquea la lengua.


La palabra llega primero, desnuda. Después viene todo lo que no cabe dentro de ella.


El Roc desvía la mirada hacia el Pozo. La superficie espesa ya no se mueve. Parece cerrada, indiferente, como si nunca te hubiera tenido dentro. Como si no hubiera tragado vuestros nombres, vuestras heridas, vuestras voces y todo lo demás.


Hace una pausa. El viento de la mañana arrastra humedad entre los árboles. Algunas hojas se pegan a tus ropas mojadas. La garganta sigue ardiendo. Cada respiración trae el sabor del Pozo de vuelta, agrio, terroso, negro.


La cabra más cercana emite un balido corto, casi una risa rota. El Roc levanta la vara y el animal retrocede de mala gana.


Las palabras no colocan tus recuerdos en orden, pero les dan un borde.

Ana Mercedes, la plataforma, el viento del mar, la separación, una voz más grande que una cueva. La sensación de estar ante algo que no necesitaba moverse para aplastarlo todo. El Roc vuelve a mirarte.


El nombre cae con una suavidad rara en mitad de aquel lugar áspero.


Lo dice con esa forma seca de contar las cosas que tienen los viejos cuando ya no creen que adornarlas sirva para algo.


El Pozo permanece inmóvil.


La frase pesa más de lo que debería. Durante unos segundos, sólo queda el sonido de los cencerros. Uno de ellos está rajado y suena mal, con una nota torcida que se repite cada vez que la cabra mueve la cabeza.


El Roc baja un poco la vista hacia tus manos sucias, hacia tus rodillas hundidas en el barro, hacia el temblor de tus hombros.


La información entra despacio, como agua fría entre las costillas. El Roc parece leer parte de ese desorden en tu cara, aunque no lo nombra.


Da un golpe suave con la vara contra el suelo.


Una de las cabras vuelve a balar, ofendida por algo que nadie ha dicho. El Roc le dedica una mirada cansada.


El animal aparta la cabeza, mascando aire. El sendero hacia la Masía queda un poco más arriba, entre árboles húmedos y piedras oscuras. El sol de la mañana empieza a tocar las ramas, pero no calienta todavía. Tu cuerpo sigue pesado, torpe, como si cada músculo tuviera que recordar para qué sirve. Al fondo, el Pozo del Olvido guarda silencio.

El Roc espera. Quizá porque sabe que levantarte también forma parte de volver.


Y por primera vez desde que abriste los ojos, el mundo parece dispuesto a darte un poco de tiempo para ordenar lo que queda de ti.

¿Qué haces, Bruma Nocturna?

El agotamiento y la confusión son, apenas, lo único que el joven chamán es capaz de percibir con claridad en este momento. Las palabras del Roc fluyen poco a poco, con una densidad parecida a la del Pozo, dentro de sus oídos hasta su cabeza. Tener un estímulo específico le ayuda a fijar su atención en algo, y recuperar poco a poco la propiocepción.

Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 17:27:36

El Uktena, a duras penas, se incorpora lo suficiente como para acercarse a la roca. Se apoya en ella mientras el hombre lo ofrece descanso y, sin mediar palabra, recoge y coloca sus cosas poco a poco. Coge su bastón y, apoyándose en el, echa a andar detrás del Roc de la Cendra en dirección a la masía.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

El trayecto hasta la Masía no es largo, pero tu cuerpo consigue convertirlo en una pequeña penitencia. Apenas has cruzado la puerta cuando las entrañas vuelven a retorcerse, y el Roc señala el retrete con la vara y tú llegas por poco. Durante un buen rato, tu organismo termina de expulsar por abajo lo que el Pozo no consiguió arrancarte por la boca: agua, bilis y una negrura repulsiva que deja las piernas temblando y el cuerpo completamente vacío.

Cuando consigues salir, el Roc ya ha preparado un camastro, una manta áspera y una jarra de agua.


La tarde transcurre entre escalofríos, sudor y un sueño intranquilo que no llega a profundizar. Cada vez que abres los ojos, la luz ha cambiado un poco sobre la pared. Poco a poco, el mareo pierde fuerza, pero el cuerpo sigue sintiéndose pesado, dolorido y ajeno.

Cuando vuelves a despertar, alguien está detenido junto a la puerta: Ana Mercedes te observa en silencio. Lleva el cansancio marcado bajo los ojos y mantiene los brazos pegados al cuerpo, como si todavía no estuviera segura de que pueda acercarse. No hay reproche en su expresión. Sólo alivio y una preocupación que lleva demasiados días acumulándose.

Da un par de pasos y se sienta cerca del camastro.


Cada metro del camino se siente como cien en un ascenso infinito por las paredes de las Rocosas. El metis apenas emite ningún sonido que no sea el de sus pisadas intentando seguirle el ritmo al anciano y a sus "cabras". Tras la visita al retrete y el esfuerzo (en parte por levantarse), el muchacho se enfrenta al desafío de la jarra de agua.

Se sirve un poco en su pequeño cuenco, derramando gran parte por fuera debido a su pulso débil y tembloroso. Pese a la dificultad, consigue que apenas unas gotas permanezcan en el recipiente y se las lleva a la boca. El líquido entra con suavidad, fresco y extrañamente limpio, pero parece que su boca y su garganta han perdido el hábito de tragar. Su boca se siente refrescada, pero las gotas del líquido transparente salpican su tráquea mientras respira y provocan una brusca y persistente tos, casi preocupante, que se va apagando poco a poco en un par de minutos. El segundo intento es más eficaz y consigue beber un poco, pero decide no beber demasiado por si las arcadas vuelven. Tras el primer contacto con algo que es el "agua" del pozo, se tumba en el camastros dirigiendo un gesto de agradecimiento al Roc y se cubre levemente con la manta.

El sueño es intranquilo, incluso incómodo. Parte de las visiones del Pozo vuelven a su mente más organizadas, o quizá menos, pero de un modo que parece que tienen algún tipo de sentido. En ocasiones, un sentido retorcido y macabro que se mezcla con sus recuerdos más oscuros para dar lugar a una suerte de pesadilla demasiado real como para ser solo un sueño. Se despierta varias veces a lo largo de la tarde, entre espasmos y sobresaltos, sintiéndose igualmente agotado pero un poquito más lúcido cada vez que abre los ojos. Y entonces, algo hace que el nuevo despertar sea el último. Alguien.

Cita de: Maurick en 14 de Jul 2026, 12:20:44

Aunque se percibe cansada, la voz de Ana Mercedes suena más reconfortante de lo esperado. El joven chamán está débil y dolorido, le cuesta manejar su extenuado cuerpo, pero aún así hace un esfuerzo para incorporarse y mirar a la mujer a los ojos con la atención que su presencia merece.


Los ojos del theurge se humedecen. Apenas durante un segundo, pero lo suficiente para poder apreciarlo. "Estoy bien", se repite para sí; como si responder a esa pregunte fuese tan importante como infrecuente para alguien como él.


Aunque al principio su voz es más tranquila, la preocupación se hace patente en la última frase. Su mirada, también cansada, reposa sobre la de Ana Mercedes a la espera de respuesta.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Su mirada permanece unos segundos sobre el fragmento de metal. No hay reconocimiento en sus ojos, pero sí una incomodidad difícil de ocultar, como si aquella pieza quebrada trajera consigo algo que la habitación no debería contener. Después mira a Bruma.


Hace una pausa. Notas que rumia lo que le acabas de decir.


Las palabras salen bajas. Sin temblor. Precisamente por eso pesan más. Ana entrelaza las manos sobre las rodillas y aprieta los dedos hasta que los nudillos pierden el color.


Durante un instante parece que va a detenerse. Traga saliva, levanta la mirada y continúa.


Su voz se rompe apenas al pronunciar la última palabra.


Una tos brutal corta el silencio. El Roc de la Cendra se dobla junto a la mesa, cubriéndose la boca con el antebrazo. No es una tos seca de viejo. Nace desde muy dentro, húmeda y violenta, y sacude su cuerpo hasta hacer crujir la silla bajo su peso. Ana se levanta de inmediato.


El anciano alza una mano para detenerla mientras intenta recuperar el aire.


Ana tarda en sentarse de nuevo. Sigue observándolo durante unos segundos antes de volver hacia Bruma.


Esta vez hay culpa en su expresión.


Las horas siguientes pasan despacio. Consigues beber sin ahogarte, retener algo de comida y dormir durante intervalos cada vez menos agitados. Al caer la tarde, el temblor ha abandonado tus manos. El cuerpo todavía duele, pero ya vuelve a pertenecerte. Cuando abres los ojos de nuevo, Ana está junto a la ventana. La última luz dibuja su silueta contra el cristal. Se vuelve hacia ti, se coloca el abrigo y respira profundamente.


La situación es dura. Normalmente, el chamán es el que observa. El que está. El que sostiene. En esta ocasión, sin embargo, es su cuerpo el que no termina de responder, y su mente la que se encuentra fragmentada. A medida que Ana Mercedes expresa su experiencia, las piezas empiezan a encontrar un sitio. Algunas. Poco a poco.

Cita de: Maurick en 15 de Jul 2026, 18:26:56




Mira a Ana Mercedes, y luego mira sus manos.


A pesar de su juventud, sus movimientos y su voz, así como su forma de dudar, se asemejan más a los propios de la senectud. Se queda callado un rato, escuchando a la vez que perdido, mientras la philodox y el anciano intercambian palabras.

Cita de: Maurick en 15 de Jul 2026, 18:26:56


Niega con la cabeza, una vez más, y se entrega de nuevo al sueño y al descanso sin hacer la más mínima oposición. Su cuerpo pide tiempo, y su alma atención. Sabe que, si no se da a sí mismo el tiempo necesario, no llegará demasiado lejos. El reposo, el agua y la comida hacen su función, y parece que, poco a poco, el joven vuelve a ser, aunque sea en una forma débil y leve, Bruma Nocturna. Cuando Ana Mercedes se dirige a él desde la ventana, se incorpora y se pone de pie lentamente adquiriendo una pose que, de alguna manera, le devuelve algo de dignidad y entereza.

Cita de: Maurick en 15 de Jul 2026, 18:26:56


Aunque el cansancio sigue siendo un gran protagonista en su rostro, la decisión empieza a ganar terreno poco a poco mientras el joven Uktena se convierte paulatinamente en sí mismo.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Ana Mercedes sostiene la mirada de Bruma durante unos segundos. La seguridad con la que había hablado antes se resquebraja ahora que él le pide un plan.


Baja la vista hacia sus manos y se frota el pulgar contra los nudillos.


La Hija de Gaia respira hondo antes de volver a mirarte.


La dureza desaparece un instante de su rostro.


El Roc de la Cendra se acerca al fragmento sin tocarlo. Entrecierra los ojos y permanece inclinado sobre él más tiempo del necesario.


El anciano apoya las dos manos sobre la vara.


La preocupación apenas dura en su expresión. Después resopla y se endereza con dificultad.


Ana vuelve a mirar la pieza de metal, pero enseguida aparta los ojos.


Se acomoda en la silla, buscando las palabras.


Ana se inclina ligeramente hacia delante.


El silencio de la Masía se espesa alrededor del fragmento.


Ana deja que la información repose entre vosotros.


17 de Jul 2026, 13:15:40 #9 Ultima modificación: 27 de Jul 2026, 12:53:44 por Lady Midnight
Tras la jornada de descanso, aunque todavía se encuentra algo aturdido, los recuerdos empiezan a asentarse poco a poco. Difusos, con conversaciones a trozos, pero con una estructura y un orden. Los recuerdos de Iruz gritando "¡No la mires!", la muerte de Aránzazu en la plataforma y la carrera de Pau con las dos niñas, el Demonio de Fuego en un lugar imposible... y más. Algo más. Tras la desaparición del cordón umbral... ¿Bilbao? Sí, Bilbao. El cráter de Bilbao. El Carnaval de Almas. Iris. Recuerda la escena, pero las conversaciones todavía son un murmullo cercano al ruido blanco. Hay un combate, sí. Un combate del que se lleva un fragmento de metal. Y después magia y dolor. ¿Aya? ¿Invitia? Recuerda a la Estigma, con más claridad que el resto. Recuerda el orbe de Avaritia, mencionar el nombre de Noa y los gritos de Iris. Faltan detalles, sí. Pero empieza a entender por qué su mente no salía del Pozo: porque ni siquiera estaba en él, sino en otro sitio. En otro lugar... en otro tiempo.

Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:19:29

El muchacho asiente mientras ella habla, con tranquilidad y comprensión.


Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:19:29

Durante un instante, algo en su cabeza le hace dudar. Ana Mercedes parece tener un recuerdo claro, que además encaja con la reconstrucción de las escenas que el muchacho ha estado llevando a cabo. Él estuvo implicado, en un momento en el que ella era vulnerable, y eso le hace sentir incómodo. "No era yo", piensa rápidamente en su cabeza. "Seguramente fuese una ilusión generada por el Pozo, no hay nada que yo haya hecho por ti". Marcar una distancia sería fácil, igual que con Iruz cuando lo rechazó. Pero Ana Mercedes suena mucho más sincera. Honesta. Y eso es algo que el metis ha aprendido a apreciar. La Hija de Gaia necesita ayuda, y quizá él pueda aportar algo en su viaje.


Se hace el silencio, durante un segundo que se alarga en una mirada entre dos pares de ojos que empiezan a conocerse de verdad. Las palabras del Roc no lo interrumpen, sino que llegan en el momento exacto en el que empieza a ser necesario cambiar el foco de atención para que la mirada no se vuelva incómoda.

Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:19:29


El muchacho mira al anciano, un instante al fragmento perennemente tibio, y lo guarda con cuidado después de la fugaz mirada de Ana Mercedes.


La frase no suena a disgusto, sino a aceptación forzosa. Como si de repente un árbol acabase de comprender que no puede evitar tener raíces, ramas y hojas.

Cita de: Maurick en 16 de Jul 2026, 15:19:29




Bruma Nocturna escucha el relato de la muchacha con calma y paciencia, apreciando cada silencio y respetando cada espacio. Cada palabra, cada comentario, hace que la conciencia de lo ocurrido en el cráter sea cada vez más clara. No recuerda nada sobre Indolence, pero sí el motivo por el que nada funcionaba.


Poco a poco, va recuperando la estabilidad y la energía. Enfocarse de nuevo en la tarea empuja a su cuerpo a seguir moviéndose, aunque todavía no sepa en qué dirección. Su atención reposa sobre Ana Mercedes, a la espera de una opinión sobre lo expuesto.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Ana Mercedes permanece contigo durante la recuperación, escuchando tus palabras con una atención inusual. La mención del Cráter endurece levemente su expresión, pero no aparta la mirada.


Se acerca un paso. La decisión está en su postura, aunque todavía no exista un camino claro bajo sus pies.


Un golpe contra la puerta de la Masía corta la conversación: la puerta se abre de pronto y choca contra la pared. Iruz aparece apoyada en el marco, con el maquillaje corrido, el cabello revuelto y el equilibrio de alguien que lleva demasiado tiempo negociando con el suelo. El olor a alcohol entra antes que ella.

La muchacha te señala con un dedo que tarda varios intentos en encontrarte.


Da un paso hacia el interior, tropieza con sus propios pies y consigue sostenerse agarrándose a una silla. Después mira el mueble como si la culpa fuese suya.


Iruz se deja caer pesadamente sobre la silla. Parece a punto de dormirse, pero levanta la cabeza de nuevo y clava en ti los ojos vidriosos.


Se pasa una mano por la boca, intentando contener un eructo sin conseguirlo del todo.


Entonces el fragmento de metal se calienta dentro de tu mano.

Es algo extremadamente sutil. El sonido de la habitación desaparece. La respiración de Ana se detiene a medio camino. Iruz queda inmóvil sobre la silla, con la boca todavía entreabierta. Incluso el polvo suspendido junto a la ventana deja de caer.

En una esquina de la Masía, allí donde un instante antes no había nadie, está el Demonio de Fuego. Permanece apoyado contra la pared, observándote con los brazos cruzados y una expresión condescendiente, casi decepcionada.

Poco a poco, la memoria se reorganiza. El descanso, el escuchar la historia de Ana Mercedes y el intentar expresar la propia experiencia van colocando las piezas del puzzle poco a poco, aunque algunas todavía no terminan de encontrar su sitio exacto.

Cuando la philodox habla, el muchacho presta atención hasta que Iruz irrumpe en la habitación. El chamán escucha el hostil discurso de la ebria y agotada niña con serias carencias afectivas, pero no responde ni le da más relevancia de la que tiene: un discurso más, vacío en su mayoría, que no es otra cosa que la expresión del hastío, la soledad y la desesperación. Entonces, el tiempo deja de correr a la velocidad normal y se ralentiza poco a poco hasta detenerse; el Demonio de Fuego se encuentra en una esquina mirando al joven, de brazos cruzados, con cierta mirada de desaprobación.


El metis mira, casi sin que se note, el fragmento por un momento.


El muchacho camina despacio hacia el danzante mientras habla, hasta quedarse a poco más de un metro de distancia, y le mira a los ojos con curiosidad.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Cita de: Lady Midnight en 27 de Jul 2026, 15:52:40El muchacho camina despacio hacia el danzante mientras habla, hasta quedarse a poco más de un metro de distancia, y le mira a los ojos con curiosidad.

La expresión condescendiente se quiebra apenas cuando bajas la mirada hacia el fragmento, a lo que él también lo observa. Por primera vez desde su aparición, parece no tener preparada una respuesta. Intentas avanzar el último metro que os separa, pero tu cuerpo no obedece. No puedes mover las piernas. Tampoco los brazos ni la cabeza.

Sólo tus ojos responden, atrapados en aquella habitación detenida. Ana Mercedes permanece inmóvil junto al camastro. Iruz sigue inclinada sobre la silla, con el cabello suspendido sobre el rostro y una gota de saliva detenida antes de alcanzar el suelo. Los contornos de la Masía se han vuelto borrosos. Las paredes, la luz de la ventana y los muebles parecen vistos a través de agua turbia.

Gaia ha dejado de girar, sólo podéis hablar.


Zarpa Manchada se separa de la pared y se acerca sin producir ningún sonido. Él sí puede moverse dentro de aquel instante imposible.


Se detiene frente a ti y baja la mirada hacia el metal que permanece aprisionado entre tus dedos. Levanta una mano y la mantiene sobre el fragmento sin llegar a tocarlo. Sus dedos parecen perder consistencia al aproximarse.


Su mirada vuelve a encontrarse con la tuya, y la dureza continúa ahí, pero ya no hay fuego detrás de ella. Tampoco aquella presión nauseabunda que acompañaba al Demonio.


Durante unos segundos permanece en silencio, como si escuchara algo dentro de sí mismo.


Zarpa Manchada ladea la cabeza. Regresa poco a poco aquella expresión paternalista que reconociste al verlo en la esquina. Rodea tu cuerpo inmóvil con calma, examinándote como si intentara decidir cuánto queda en ti del cachorro que nunca llegó a criar.


Vuelve a situarse frente a ti, con una sonrisa leve, desagradablemente satisfecha, que aparece en su rostro.


Poco a poco, la escena empieza a dejar de ser borrosa y vuelves a escuchar los gritos de Iruz. Lo que estaba diciendo pierde importancia, y cuando el silencio se hace de nuevo, notas los ronquidos del Roc, que está en el piso superior. No sabéis cuando ha subido o cuanto tiempo ha pasado, pero está durmiendo a pierna suelta.

Ana Mercedes carraspea. Iruz le dedica una mirada llena de odio, y apoya el mentón sobre el respaldo de la silla, claramente rendida ante la situación.


¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

El cuerpo del joven chamán no reacciona y, quizá, eso hace que sus sentidos estén más pendientes de lo que está a punto de ocurrir. El Demonio de Fuego, por el contrario, parece gozar de libertad de movimiento... y de autoconsciencia. Su discurso se siente honesto, claro; como si hubiera recuperado una parte perdida de sí mismo, y perdido un poco de otra.

Cita de: Maurick en 28 de Jul 2026, 10:14:26

Hace una breve pausa, mientras mide bien la posible respuesta de su interlocutor.


El espíritu camina mientras habla, con sus pausas y sus lentos pasos. Sin embargo, el chamán se siente tranquilo y en calma. Casi en paz.

Cita de: Maurick en 28 de Jul 2026, 10:14:26


La figura duda. Piensa. Habla. Parece estar tan confundido como el metis en esa nueva y extraña situación, y sus reflexiones en voz alta son una muestra de ello.

Cita de: Maurick en 28 de Jul 2026, 10:14:26



Los gritos de Iruz y después los ronquidos del Roc dan fin a la ensoñación. El Uktena sigue de pie, con el tibio fragmento en la mano firmemente sujeto en el interior de su puño a la altura de la cadera. Mira a Ana Mercedes cuando carraspea, y después a la joven de pelo rubio y rizado cuando se dirige a él.

Cita de: Maurick en 28 de Jul 2026, 10:14:26


Sus ojos son sinceros, su expresión calmada. No hay reproche, ni acusación. Solo la certeza de que, aunque quizá con intenciones positivas, Bruma Nocturna les ha hecho daño a las dos.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Tu recuperación arranca una sonrisa breve y fugaz a la Ícaro, que escucha tus disculpas con la cabeza ladeada. Durante unos segundos parece debatirse entre responderte y quedarse dormida sobre la silla, pero al final se frota la cara con ambas manos y deja escapar un gruñido cansado.


Ana Mercedes no tarda en responder. Su voz sale firme, como si hubiese tomado la decisión mientras Iruz hablaba.


La Ícaro levanta la cabeza de golpe. Parte de la borrachera parece desaparecer de sus ojos.


Se incorpora demasiado deprisa y tiene que apoyar una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio.


Señala vagamente hacia el exterior, aunque Bilbao quede muy lejos de aquella Masía.


Ana aprieta los labios, pero no replica. La seguridad de hace unos segundos se ha convertido en una duda tensa. Iruz se vuelve hacia ti. Esta vez consigue mantener la mirada fija, seria pese al alcohol.