Ecos del Dobra
Torrelavega — Urbanización Calagua, 4ºC
📅 26 de Agosto de 2005, 20:03
El día había transcurrido como una herida mal cerrada. El sol de agosto se filtraba oblicuo por las persianas, tiñendo el salón de una luz dorada que no lograba calentar nada. El piso franco seguía oliendo a café recalentado y a tensión contenida. Nadie había dormido bien. Nadie había hablado más de lo estrictamente necesario.
Kara no había salido de su habitación en todo el día. Vytalian lo había intentado dos veces. Primero con palabras. Después con silencio. Ninguno de los dos métodos surtió efecto. La Ragabash estaba hecha añicos: no por las heridas —esas cicatrizaban— sino por algo más hondo. Rabia que no encontraba enemigo concreto al que morder.
Tú lo sabías. Y también sabías que aquella noche no habría margen para fragilidades. A media tarde, el teléfono vibró en tu bolsillo. Un único mensaje. Confirmación escueta. La revelación se haría pública esa misma noche. Terry no llamó para discutir el contenido del informe. No preguntó por los detalles. Solo dejó una instrucción clara, casi paternal en su frialdad:
La frase había pesado más que cualquier felicitación por tu ascenso a Fostern, porque no era una orden. Era una prueba.
Durante el día, no te has quedado en el piso. Quedó algo pendiente, una reunión con Monique Devenie. Te recibió lejos del ruido, en un lugar donde el viento no parecía cargar con consignas ni amenazas. Con ella, el tiempo no corría igual. No había exigencias de resultados, ni cronómetros políticos. Solo preguntas, y respuestas que rara vez eran completas.
¿Qué hablasteis, Mark?
¿Qué buscabas realmente al acudir a ella?
¿Consuelo, guía... o permiso?
¿Qué hicisteis durante esas horas?
El lugar elegido para el consejo no era casual. Una antigua zona ritual, a escasa distancia del Monte Dobra. Allí donde las raíces del Peñasco Blanco se hunden en tierra vieja y memoria aún más vieja. Donde la roca guarda eco de juramentos que preceden a cualquier alianza moderna.
Se sabía que ellos también tomarían la palabra. Se sabía que Marco Trovianni estaba preparado para asumir el liderazgo del clan esa misma noche. Y se sabía —aunque nadie lo decía en voz alta— que un nombre sería pronunciado como responsable de la muerte de Laro Lombera y su séquito. Un culpable o un sacrificio.
El cielo comenzaba a oscurecer cuando Vytalian salió por fin del pasillo. Su expresión era una máscara pulida.
Dice, sin añadir nada más. La puerta del dormitorio se abre con un leve chasquido. Kara aparece, con una mirada de determinación, pero también de tristeza y melancolía. La carretera hacia el Dobra os espera. Y esta vez, no vais a perseguir la verdad, vais a escuchar cómo la moldean.
Mark, ¿cómo has pasado el día? ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué otros personajes has ido a visitar?
Cita de: Maurick en 01 de Mar 2026, 11:29:46
Durante el día, no te has quedado en el piso. Quedó algo pendiente, una reunión con Monique Devenie. Te recibió lejos del ruido, en un lugar donde el viento no parecía cargar con consignas ni amenazas. Con ella, el tiempo no corría igual. No había exigencias de resultados, ni cronómetros políticos. Solo preguntas, y respuestas que rara vez eran completas.
¿Qué hablasteis, Mark?
¿Qué buscabas realmente al acudir a ella?
¿Consuelo, guía... o permiso?
¿Qué hicisteis durante esas horas?
Hasta el momento, salvando a mis compañeros de manada, el único trato medianamente agradable o cordial en Cantabria había sido con
Monique. Mi encuentro con ella ha sido más para desconectar tras la dura jornada que acababa de vivir, que para un intercambio de información.
Por un momento me planteé torcer hacia la estación de Torrelavega antes de vernos, pero finalmente no fue así. Quería esperar al acto de esa misma noche, quería confiar en
Terry, no como un superior, sino como un padre. Su mensaje era claro y, finalmente, mi reunión con
Monique no buscaba adelantar acontecimientos.
Consuelo y guía de una
Philodox más veterana que yo en cuestiones diplomáticas y políticas, la única persona de aquél lugar que podía comparar con una amiga. En cierto modo, me recordaba a
Felicity Burton, aunque menos yanki y más francesa, como era lógico.
[Si quieres que roleemos las conversaciones que pudimos tener, adelante. Si quieres hacer un resumen sin problema también]Cita de: Maurick en 01 de Mar 2026, 11:29:46El lugar elegido para el consejo no era casual. Una antigua zona ritual, a escasa distancia del Monte Dobra. Allí donde las raíces del Peñasco Blanco se hunden en tierra vieja y memoria aún más vieja. Donde la roca guarda eco de juramentos que preceden a cualquier alianza moderna.
Se sabía que ellos también tomarían la palabra. Se sabía que Marco Trovianni estaba preparado para asumir el liderazgo del clan esa misma noche. Y se sabía —aunque nadie lo decía en voz alta— que un nombre sería pronunciado como responsable de la muerte de Laro Lombera y su séquito. Un culpable o un sacrificio.
El cielo comenzaba a oscurecer cuando Vytalian salió por fin del pasillo. Su expresión era una máscara pulida.
Dice, sin añadir nada más. La puerta del dormitorio se abre con un leve chasquido. Kara aparece, con una mirada de determinación, pero también de tristeza y melancolía. La carretera hacia el Dobra os espera. Y esta vez, no vais a perseguir la verdad, vais a escuchar cómo la moldean.
Mark, ¿cómo has pasado el día? ¿Qué has estado haciendo? ¿Qué otros personajes has ido a visitar?
Durante el día, habré estado con
Monique, como he indicado antes. Después de la reunión con ella será cuando pase por la estación de Torrelavega para recoger el segundo pendrive y guardarlo en el fondo del bolsillo. Veamos hasta dónde llega mi voto de confianza con mi padre.
También aprovecharé, si me es posible, en localizar a
Alberto. Desde el incidente no se nada de él y me gustaría saber su estado y, en caso de ser posible, hacerle algunas preguntas.
Por lo demás, no buscaré visitar a nadie más. La única persona con la que tendría un mínimo trato además de mis compañeros o superiores sería
Nashira, pero como había visto, no era del tipo de personas con las que poder mantener una conversación fluida. Si tengo que hacer tiempo, lo dedicaré a dar algún paseo por Torrelavega, despejar la cabeza y tener un tiempo para mi y mis pensamientos.
Una vez sea el momento, volveré al piso junto a
Vytalian y
Kara. Una obra de teatro nos espera.
Cita de: Mark en 03 de Mar 2026, 16:02:52[Si quieres que roleemos las conversaciones que pudimos tener, adelante. Si quieres hacer un resumen sin problema también]
Los Corrales de Buelna — Cafetería junto al parque📅 26 de Agosto de 2005, 14:11La cafetería está casi vacía a esa hora. Un par de jubilados discuten en voz baja sobre fútbol en la barra, y el murmullo de una radio antigua se mezcla con el ruido de la máquina de café. Monique Devenie está sentada en una mesa junto a la ventana, con un café negro delante.
Cuando entras, levanta la mirada un instante. No sonríe inmediatamente. Primero te observa, como si evaluara cuánto peso llevas encima hoy, luego sí. Una sonrisa pequeña, ladeada.
Te sientas frente a ella. La camarera se acerca y deja tu café poco después. Monique no habla durante unos segundos. Mira la calle, después vuelve a ti.
Da un sorbo a su café.
El silencio entre vosotros no es incómodo. Es el tipo de silencio que existe entre dos que saben que las palabras, cuando llegan, suelen pesar. Monique deja la taza sobre el plato.
Inclina ligeramente la cabeza.
Suena a constatación.
Sus dedos juegan con la cucharilla.
Una leve sonrisa aparece en la comisura de sus labios. El viento mueve las hojas del parque al otro lado del cristal. Durante unos segundos, Monique observa ese movimiento. Cuando vuelve a mirarte, su expresión es más seria.
Cita de: Maurick en 04 de Mar 2026, 14:57:06
Te sientas frente a ella. La camarera se acerca y deja tu café poco después. Monique no habla durante unos segundos. Mira la calle, después vuelve a ti.
Da un sorbo a su café.
El silencio entre vosotros no es incómodo. Es el tipo de silencio que existe entre dos que saben que las palabras, cuando llegan, suelen pesar. Monique deja la taza sobre el plato.
Al sentarme frente a ella observo la taza de café negro.
-Café americano... creo que lo llamaban por aquí así... es propicio... -doy un sorbo y al posar la taza la miro directamente- no había cambiado de idea, pero digamos que se complicó la noche más de lo debido...
Observo unos instantes a los parroquianos ahí reunidos.
-Ambas cosas... -la digo volviendo la mirada hacia ella- han sido días muy intensos... -me acomodo en el asiento, relajando los músculos- por cierto... -me toco la sien dolorida, dolor no externo, sino interno- ¿Podrías refrescarme la memoria de lo que pasó en la
Media Luna después de que
Felipe estallara? -miro por la ventana a un par de niños en bicicleta- No se si fue por algún impacto, la adrenalina del momento o el caos fruto de la ira, que no recuerdo con precisión lo acontecido y, como va siendo costumbre, nadie de mi entorno ha entrado en detalles... -doy otro sorbo al café- mi profesión me ha dado como costumbre buscar sacar información de la gente... pero estos días me siento en el papel de un destornillador permanente hasta en las cuestiones más sencillas...
Vuelvo la mirada y espero unos instantes.
-Imagino que no pueda fumar aquí dentro ¿verdad? -sonrío de medio lado.
Cita de: Maurick en 04 de Mar 2026, 14:57:06
Inclina ligeramente la cabeza.
Suena a constatación.
Sus dedos juegan con la cucharilla.
Una leve sonrisa aparece en la comisura de sus labios. El viento mueve las hojas del parque al otro lado del cristal. Durante unos segundos, Monique observa ese movimiento. Cuando vuelve a mirarte, su expresión es más seria.
-Realmente son muy teatrales ¿no? -suspiro- celebrar el consejo de los antiguos que pone fin al incidente del
Dobra en el mismo lugar donde se inició todo...
Cuando comenta lo de los culpables, guardo silencio unos segundos de nuevo.
-Imagino que no haya entrado en detalles ¿verdad? -tomo otro sorbo de café- nosotros hemos cumplido con nuestra parte del trabajo y presentada la información a nuestros superiores... la pelota está ahora sobre su tejado... creo que era así un dicho español... por cierto ¿Sabes algo de
Alberto? No sé si le recuerdas o acaso lo conoces...
Vuelvo a esperar a que responda, sin prisa, no la hay.
-¿Por qué he venido a verte hoy? -sonrío de medio lado- Desde que abandoné Los Ángeles, puede que seas el único rostro amable que me he encontrado... compañeros ariscos... superiores indolentes... un clan local que nos recibe como conquistadores... no culpo a ninguno de todos ellos... son reacciones lógicas, comportamientos coherentes desde sus perspectivas... ¿información? No... al menos no más de lo que te he preguntado hasta ahora... ya he tenido sobreinformación suficiente estos días... ¿consejo diplomático? Bueno, eso nunca te lo voy a despreciar... a fin de cuentas, ambos somos
Philodox buscando poner cordura en un mundo que parece decidido a autodestruirse... ¿Sentarme con alguien que no esté intentando manipularme? Por favor... que sea así...
Monique escucha con la taza entre las manos. No te quita ojo de encima mientras hablas, pero tampoco te aprieta. Cuando mencionas la
Media Luna, su mirada se desvía un instante hacia la ventana. Afuera, uno de los niños casi se lleva por delante a otro con la bicicleta. La francesa resopla por la nariz, divertida, antes de volver a centrarse en ti.
Cita de: Mark en 05 de Mar 2026, 12:37:45-¿Podrías refrescarme la memoria de lo que pasó en la Media Luna después de que Felipe estallara? -miro por la ventana a un par de niños en bicicleta- No se si fue por algún impacto, la adrenalina del momento o el caos fruto de la ira, que no recuerdo con precisión lo acontecido y, como va siendo costumbre, nadie de mi entorno ha entrado en detalles... -doy otro sorbo al café- mi profesión me ha dado como costumbre buscar sacar información de la gente... pero estos días me siento en el papel de un destornillador permanente hasta en las cuestiones más sencillas...
Da un sorbo corto. Luego deja la taza en el plato con cuidado. Cuando le preguntas por lo ocurrido tras la explosión de
Felipe, se toma unos segundos. No parece ordenar los hechos: parece decidir cuánto decirte.
Se inclina un poco hacia ti.
La pronunciación de la letra «r» es curiosa, agradable, muy musical. Te agrada.
Cita de: Mark en 05 de Mar 2026, 12:37:45-Imagino que no pueda fumar aquí dentro ¿verdad? -sonrío de medio lado.
Tu comentario sobre fumar le arranca una sonrisa algo más franca.
Cita de: Mark en 05 de Mar 2026, 12:37:45-Realmente son muy teatrales ¿no? -suspiro- celebrar el consejo de los antiguos que pone fin al incidente del Dobra en el mismo lugar donde se inició todo...
Cuando mencionas el consejo de esa noche, asiente despacio, sin dramatismo. Como si llevara todo el día oyendo ecos del mismo rumor.
Cita de: Mark en 05 de Mar 2026, 12:37:45¿Sabes algo de Alberto? No sé si le recuerdas o acaso lo conoces...
La cucharilla gira una vez entre sus dedos. Cuando preguntas por
Alberto, frunce un poco el ceño, buscando el nombre en la memoria.
Te deja seguir hablando. No te corta cuando hablas del clan, de tus compañeros, de la sensación de estar rodeado de gente que empuja, mide o esconde. Cuando terminas, Monique deja escapar una respiración corta por la nariz. No parece ofendida. Tampoco sorprendida.
Cita de: Mark en 05 de Mar 2026, 12:37:45- Desde que abandoné Los Ángeles, puede que seas el único rostro amable que me he encontrado...
Se inclina lo justo para bajar la voz, aunque nadie en la cafetería os esté prestando atención.
Otra pausa. No larga, lo suficiente.
Te observa con una calma casi molesta. Se termina el café y mira la hora.
Se pone en pie, se arregla un poco la chaqueta y te dedica una media sonrisa, leve, cansada, pero sincera.
La tarde se consume despacio después de eso.
Pasas por
Torrelavega. Recuperas el segundo pendrive en la estación y lo guardas donde corresponde: bien al fondo, donde no moleste, donde tampoco se pierda. El gesto tiene algo de acto reflejo y algo de promesa a medias. Después caminas un rato sin rumbo real. Calles húmedas. Algún bar con la televisión encendida. Gente que sigue con su vida mientras vosotros os preparáis para decidir qué versión de la muerte va a contarse esta noche. Cuando regresas al piso franco, el sol ya ha empezado a caer.
Vytalian está en el salón, de pie, con las llaves del coche en una mano y un cigarro apagado en la otra. Parece más limpio que por la mañana. No más descansado. La puerta del dormitorio se abre con un chasquido suave.
Kara sale por su propio pie. Sigue hecha una mierda. Eso no lo tapa nadie. Pero se ha lavado la cara, se ha cambiado y vuelve a tener esa rigidez seca en la mandíbula que le conoces bien. No parece recuperada. Parece funcional. Que para esta noche, quizás, es más importante.
No dice nada al principio. Solo coge su chaqueta, comprueba que lleva encima lo que necesita y alza la vista hacia vosotros dos.
La carretera hacia el
Dobra os recibe con el cielo ya oscureciendo.
El consejo no será en la cima ni en las ruinas inmediatas de la explosión, sino en una vieja zona ritual del
Peñasco Blanco, apartada entre arboleda y roca, lo bastante cerca como para que el monte siga pesando en el aire. Allí, donde esta noche se reunirán el
Arce Verde, el
Peñasco Blanco, la
Justicia Metálica y el
Trono de Cibeles.
Se espera que
Marco Trovianni tome el mando del clan. Se espera que alguien diga en voz alta quién mató a
Laro Lombera, a
Henar y al resto. Y se espera, sobre todo, que todos los presentes sepan comportarse como si esa respuesta bastase.
La vieja zona ritual del Peñasco Blanco está viva esta noche. Viva por la cantidad de cuerpos, de respiraciones contenidas, de miradas que van de una cara a otra midiendo alianzas, deudas y rencores. La gran mesa de piedra sigue en su sitio, erosionada por los años, con el viejo trono pétreo coronándola como si la montaña misma hubiese decidido sentarse a juzgar. Y sobre él, ya acomodado como si siempre le hubiese pertenecido, está Marco Trovianni. No hay dudas de quién manda aquí esta noche.
Va vestido para la ocasión, sobrio pero impecable, con esa forma tan suya de ocupar espacio sin necesidad de levantar la voz. A sus flancos, como columnas mal avenidas, están los otros dos miembros de su manada: Alberto Gómez, visiblemente recompuesto pero aún con la palidez del que ha estado demasiado cerca del desastre, y Yuri Provlovski, duro, quieto, con la expresión de un perro de presa al que todavía no le han dicho a quién debe morder.
Más allá de la mesa, el claro entero está tomado. Hay otras manadas del Peñasco Blanco, algunas caras conocidas y otras no. También están las hadas: Darsyne, Nashira y una tercera mujer de piel verde y pelo hecho de hojas, inmóvil como si la hubiesen arrancado de un bosque y la hubiesen plantado allí a la fuerza. Cerca de ellas, reconoces a María Falguera, hablando en voz baja con un tipo de rostro cubierto de escamas reptilianas, tan desagradable de mirar que cuesta saber si es un Garou o un error. Los del Trono de Cibeles están presentes. Se les nota incluso cuando callan. No ocupan demasiado espacio, pero se comportan como si todo lo que pisan les perteneciera desde antes de nacer.
También están los Zarpas de Teluria. Felipe, entero, erguido, manteniendo una compostura que sólo alguien que ha decidido no romperse delante de testigos puede sostener. Faustino, a su lado, con esa cara suya de saber demasiado y respetar demasiado poco. Marcelino, oscuro, y Ramona, más tiesa de lo habitual, demasiado pendiente de los movimientos del resto. Y Karlos... Karlos apesta a alcohol incluso desde aquí. Anda discutiendo en voz demasiado alta con Felipe, sin importarle lo más mínimo quién pueda estar escuchando. Felipe no pierde la compostura. De hecho, ese esfuerzo suyo por no perderla empieza a ser más llamativo que el pedo del otro.
Hay más gente. Mucha más. No vamos a describir a todos. No hace falta. Uno de ellos, sin embargo, se te queda clavado en la mirada. Un hombre de aspecto nativoamericano, completamente desnudo, la piel curtida y la melena cayéndole hasta las nalgas. No parece avergonzado, ni incómodo, ni fuera de lugar. Parece más antiguo que todo lo demás. Como si los demás hubieran venido vestidos a una reunión en la que él lleva siglos esperando.
Semyon y Terry están presentes, pero no juntos. No del todo. Se han situado algo apartados, observando. Semyon tiene esa cara suya de absoluto desagrado, como si le molestara el aire que respira y el hecho mismo de compartir noche con la mitad de los presentes. Terry, en cambio, está de un relax casi obsceno. Manos tranquilas. Media sonrisa. Ojos despiertos. Como si supiera exactamente cómo va a terminar esta obra y sólo estuviera esperando a que los demás se pongan a la altura del guion. La reunión tarda en arrancar lo justo para que todos sientan el peso del retraso.
Luego Marco Trovianni se pone en pie. No alza la voz de inmediato. No le hace falta. El claro se va apagando solo, como si hasta los borrachos supieran reconocer cuándo va a hablar alguien que ha decidido ocupar el lugar de un muerto.
Pasea la mirada por el claro. No busca a nadie en concreto. Busca que todos se sientan mirados.
Una pausa breve.
Algunos asienten. Otros agachan un poco la cabeza. Trovianni sigue.
Desvía la vista hacia el grupo de la Justicia Metálica.
Luego mira hacia el grupo del Arce Verde.
Hace un gesto con la mano.
Se produce el murmullo justo. Ni más ni menos. Monique sostiene el tipo con la misma elegancia seca de siempre. Estefanía responde con una inclinación contenida de cabeza. Trovianni vuelve a centrar la escena.
La palabra nombre queda suspendida un segundo.
Trovianni da un paso atrás, pero no se sienta aún.
Esteban de Haro es el primero en avanzar. El simple sonido de su calzado sobre la piedra ya resulta irritante. Se coloca en un punto exacto desde el que puede ser visto por todos, se alisa apenas la manga y habla con esa voz suya que parece haber sido fabricada para humillar sin necesidad de gritar.
Inclina muy levemente la cabeza hacia Trovianni, lo justo para que parezca respeto sin llegar a parecer sumisión.
La frase cae mal. Muy mal.
El murmullo se extiende por el claro como una corriente baja.
Trovianni baja un poco la cabeza. El gesto no parece fingido. Le tiembla una sola vez la mandíbula.
Ese nombre sí le golpea. Trovianni cierra los ojos un segundo. Nada más. Pero basta para que se note. Ángel no era un muerto más. Ángel era de los suyos. Esteban se aparta y entonces avanza Terry McCoil. Ni solemnidad excesiva ni rabia teatral. Sólo seguridad. Se toma su tiempo. Mira a un lado, luego al otro, y se permite incluso sonreír antes de hablar, como si disfrutara un poco de saber que todos necesitan lo que está a punto de decir.
Se pasea despacio, sin prisa. Deja que lo miren.
Eso sí que revienta el ambiente: las posturas cambian al instante. Cabezas que giran, respiraciones que se aceleran. Manos que se abren un poco más de la cuenta. Algún espíritu menor, hasta entonces discreto, se aparta entre las ramas. Los Zarpas de Teluria se ponen tensos. Felipe deja de discutir con Karlos. Ramona se queda inmóvil. Faustino entrecierra los ojos. Incluso los más borrachos entienden que la obra ha dejado de ser cómoda. Terry alza una mano, saboreando el momento.
Y entonces os señala: a ti. A Kara y a Vytalian. Las miradas de medio claro se os vienen encima de golpe.
Silencio. Un silencio real esta vez. No ceremonial. No respetuoso. Uno de esos silencios llenos de músculos preparados para el desastre. Terry no se da prisa.
Una pausa. Larga. Demasiado larga.
Un golpe seco de conmoción recorre el claro. No físico. Todavía. Terry no deja que se rompa del todo.
Ahora sí. Todas las cabezas van hacia ella.
Ramona da un paso atrás. No tarda ni un segundo en entender que ya no hay salida digna.
No termina la frase. Porque Karlos entra en frenesí. No hay transición. No hay amenaza previa. No hay advertencia dramática. Un instante está tambaleándose, apestando a vino y rabia vieja, y al siguiente ya está cambiando, creciendo, reventando carne y ropa en una masa de músculo, pelo y odio. En menos de dos segundos ambos están en Crinos y dándose de hostias como si el consejo entero hubiera dejado de existir.
La piedra cruje. La gente se aparta a empujones. Alguien grita; alguien se ríe nervioso. Un espíritu se larga.
Terry y Esteban se apartan con una limpieza casi ofensiva, como dos hombres que ya sabían que esto podía pasar y no estaban dispuestos a mancharse por ello. Felipe cambia también, rápido, su klaive ya en mano, avanzando para intervenir—pero llega tarde. Muy tarde.
Porque Karlos ya le ha metido la garra en la garganta a Ramona. Y Ramona, en una respuesta desesperada y brutal, le abre el vientre con ambas manos, arrancándole tripas, pulmones y media vida en un solo gesto monstruoso. La sangre cae sobre la piedra ritual con un ruido espeso. No dura mucho más, no puede, joder. Cuando por fin ambos cuerpos se desploman, el claro entero parece haberse quedado sin voz. Otra vez silencio, ésta vez de verdad.
Faustino es el primero en moverse. Cambia lo justo, se acerca agachándose con esa rapidez seca de quien ya está acostumbrado a revisar cadáveres en peores condiciones, y comprueba el estado de Ramona. Mira un instante, nada más. Luego alza un poco la cabeza. No hace falta que diga gran cosa: está muerta.
Y mientras todo eso ocurre, mientras el consejo entero intenta decidir si acaba de presenciar justicia, castigo divino, accidente o el enésimo ejemplo de por qué los Garou no deberían reunirse jamás en grupos de más de seis...
Semyon ya no está donde estaba. Lo notas detrás de ti antes de oírlo. Cerca.
Demasiado cerca. Su voz llega baja, seca, sin el menor rastro de humor.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Seguirle el juego a Semyon: asentir, dejar claro que entiendes la situación y que, delante de todos, vas a sostener la versión de la Justicia Metálica.
🟨 Buscar la reacción de Kara: girarte hacia ella y preguntarle si de verdad está de acuerdo con esto... y si la investigación de ayer no ha servido para nada.
🟥 Plantar cara aquí y ahora: apartarte de Semyon, dar un paso al frente y reclamar a Terry, sin importar si hay alguien mirando.
Durante la ceremonia me mantengo callado, observando el protocolo y a los presentes. Sin embargo, cuando
Esteban y
Terry sueltan sus acusaciones, no puedo evitar apretar la mandíbula de brazos cruzados y fruncir el ceño, dirigiendo levemente la mirada a
Monique y de soslayo a
Kara.
Mantengo la compostura por todo lo demás. Mi puesta en confianza en mi padre ha vuelto a romperse ¿pero de qué serviría que clamara al cielo? Ellos eran los poderosos, los influyentes... su palabra mandaba más que... mis pensamientos se interrumpen por la explosión de violencia que
Karlos dirige hacia una de las acusadas.
Descruzo los brazos e instintivamente doy un paso hacia adelante, antes de caer en la cuenta que ese no es mi lugar, que nunca lo ha sido y nunca lo será. Me paro y suspiro al ver la carnicería sin sentido, motivada por una mentira.
-Más muertes sin sentido... -musito.
Por las palabras de la recién muerta, deduzco que
Terry ha mezclado verdad con mentira. Las mejores mentiras.
Cita de: Maurick en 16 de Mar 2026, 23:33:37
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Seguirle el juego a Semyon: asentir, dejar claro que entiendes la situación y que, delante de todos, vas a sostener la versión de la Justicia Metálica.
-¿Acaso serviría de algo hacer lo contrario? -digo sin darme la vuelta, con tono áspero y cortante- puedes dejar de apretar tu culo eslavo, relajarte y disfrutar de vuestra tragedia griega de la mano de
Fernanda.
Cita de: Mark en 17 de Mar 2026, 18:41:03-¿Acaso serviría de algo hacer lo contrario? -digo sin darme la vuelta, con tono áspero y cortante- puedes dejar de apretar tu culo eslavo, relajarte y disfrutar de vuestra tragedia griega de la mano de Fernanda.
Semyon no parece ufano, ni satisfecho. Ni siquiera cruel, no de esa forma tan visible. Lo que hay en su cara es algo peor: preocupación. No por el consejo, no por el cadáver aún caliente de
Ramona, ni por la sangre sobre la piedra del
Peñasco Blanco. Por ti.
Te deja la frase en la nuca como una mano helada, y se aparta justo lo suficiente para devolverte al consejo. Porque el consejo, de algún modo obsceno, continúa, no con normalidad. Con disciplina.
Los
Zarpas de Teluria se mueven primero.
Faustino y
Marcelino se encargan de los cuerpos. No hay llanto. No hay gesto solemne. Solo trabajo feo hecho por gente acostumbrada a que el dolor no interrumpa el protocolo.
Felipe, aún con el
klaive en la mano, os lanza una mirada a
Kara y a ti que no necesita palabras. No es rabia descontrolada, es peor. Es una cuenta abierta. Pero mantiene la compostura, la mandíbula apretada, el lomo recto, y vuelve a ocupar su sitio sin montar la escena que todos saben que podría montar. La sangre sigue fresca sobre la piedra.
Trovianni no tarda demasiado en recuperar el centro del claro. No mira el cadáver de
Ramona. No lo esquiva tampoco. Simplemente decide que ya ha dejado de ser el centro de la noche.
Una pausa breve.
Nadie protesta; no porque todos estén de acuerdo. Sino porque ya nadie quiere ser el siguiente ruido en mitad de esta noche. La ceremonia prosigue con ese mismo ritmo podrido. Se nombran manadas. Se reafirman lealtades. Se recitan cargos y responsabilidades como si la montaña tuviese hambre de burocracia y sangre a partes iguales. Van saliendo nombres de líderes viejos, jefes de manada, guardianes del túmulo, hombres y mujeres que esta mañana tenían una posición y ahora están comprobando si esa posición sigue existiendo después del Dobra. El
Trono de Cibeles toma entonces la palabra para lo que de verdad ha venido a hacer: no llorar a los muertos, sino redistribuir fuerza.
Terry no tarda en rematarlo, como si no quisiera que los madrileños acaparen demasiado aire.
Eso levanta murmullos. No muchos. Los justos para que quede claro que todos entienden lo mismo: el
Peñasco Blanco acaba de sobrevivir a una tragedia... entregando parte de su soberanía a quienes han venido a «ayudar». Las representantes changeling no participan en nada de eso.
Nashira,
Darsyne y la mujer de piel verde y pelo de hojas asisten vestidas de negro, hermosas y ajenas, como si alguien hubiese obligado al Ensueño a sentarse a presenciar una reunión de carniceros. Guardan silencio casi toda la ceremonia: no se les pide consejo. No se les pide opinión. Solo, llegado el momento, aceptación.
Trovianni se vuelve hacia ellas.
Nashira no tarda en responder. Su voz parece venir de un lugar donde todavía existe el decoro.
La mujer de hojas inclina apenas la cabeza.
Darsyne sonríe de una forma tan pequeña que casi parece un reflejo de luna en agua sucia. No dicen más. No necesitan hacerlo. Y es verdad, piensas, que
Trovianni ha sabido manejar el lugar. No porque haya purificado nada. No porque haya hecho justicia. Sino porque ha entendido la única tarea posible esta noche: que el túmulo no se derrumbe por dentro delante de testigos. Pero la noche aún no ha terminado de escupir sus anuncios. Trovianni vuelve a elevar la voz una última vez.
No hace falta que diga el nombre enseguida. Ya se intuye.
Eso sí que agita el fondo de la escena. No como lo de Ramona, no a cuchillo limpio. Sino como un temblor más hondo. Porque una cosa es cerrar una traición. Y otra muy distinta es anunciar la guerra con el futuro.
Terry y Semyon no esperan a que termine el eco del nombre. Simplemente os buscan con la mirada: a ti, a
Kara y a
Vytalian. Y cuando se mueven, queda claro que no os están invitando a seguirles. Os están reclamando.
La ceremonia sigue detrás, todavía viva, todavía solemne, todavía sucia. Los muertos se enfrían. Los líderes se recolocan. Las alianzas se fingen eternas bajo la noche cántabra. Y vosotros tres abandonáis el círculo sabiendo que lo del
Dobra no era el final de nada. Solo la forma más brutal de anunciar lo que viene después.
No estáis solos.
Con ellos van Esteban de Haro y sus dos perros más visibles: Apolo, el calvo que ya viste en el entierro, y María Fernanda Robles. Ella. La mujer de coleta alta, ojos cansados y sonrisa de mentira. La artífice de la explosión del Dobra. La que se acercó a Henar. La que puso el cebo, midió la distancia y cerró la trampa.
El grupo se dirige hacia la caverna de Laro. Nadie habla durante el camino. Cuando llegáis, la entrada a la guarida ya no parece una herida abierta de la montaña: es un escenario militar.
Hay varios operativos de la Justicia Metálica vigilando el lugar. Desde donde estás puedes reconocer lo suficiente: Parentela... o al menos humanos a quienes se les ha corrido el Velo hasta un punto del que ya no se regresa fácil. Van equipados con armaduras de alta tecnología, cascos cerrados y rifles automáticos cargados con plata. No están aquí para investigar. Están aquí para cerrar algo. Terry avanza con total tranquilidad. Como si hubiera salido a fumar después de cenar. Se saca un puro del interior de la chaqueta. Luego otro. Se lo ofrece a Semyon. El ruso lo acepta sin mirarlo siquiera. Finalmente Terry saca un tercero y te lo tiende a ti.
No insiste más de la cuenta. Lo cojas o no, el gesto ya ha cumplido su función: hacerte partícipe de la escena antes de que empiece de verdad. Terry se enciende el suyo. Aspira. Exhala una bocanada lenta. Y se vuelve hacia Esteban.
Todo ocurre muy rápido. Terry saca una pistola con silenciador y le mete dos tiros en las piernas a Esteban. Dos. Secos. Ni siquiera parece que apunte demasiado. Esteban no tiene tiempo a reaccionar. Las rodillas se le vencen, el cuerpo gira mal y cae al suelo con un jadeo roto, más de sorpresa que de dolor al principio. Fernanda y Apolo dan medio paso, tensándose, pero se congelan al instante. Docenas de puntitos rojos se encienden sobre sus pechos, gargantas y frente: los operativos de la Justicia Metálica ya les están apuntando. Esteban tarda un segundo en registrar lo que ha pasado. Luego llega el dolor de verdad.
Terry ni pestañea.
Esteban intenta recomponerse. El orgullo le dura menos que el dolor.
Terry se agacha a su lado. Y entonces lo ves: no al político, no al embajador. No al padre que te ofrece puros o media sonrisa antes de pedirte que aprendas. A ese otro, al tipo que da miedo. Al que tiene algo pesado y antiguo en la forma de quedarse quieto. Algo que vuelve la escena más fría, como si la montaña misma hubiera dejado de respirar.
Esteban lo mira con un terror cada vez menos disimulado. Tiene la cara torcida por el dolor y, aún así, lo que más impresiona no es la sangre en sus pantalones. Es lo cerca que está de llorar. Terry sigue hablando como si todavía le estuviera haciendo un favor.
Silencio. Un silencio de los que empiezan a doler por dentro. Semyon observa impasible. Hasta dirías que está disfrutando. Apolo no se mueve, pero se le marcan todas las venas del cuello. Fernanda está empezando a llorar, sin aspavientos, con lágrimas de esas que salen solas y empeoran la cara de quien intenta seguir siendo útil.
Y entonces notas algo en el brazo. Es Kara. Te ha agarrado sin darse cuenta, o eso parece. Fuerte, en silencio. Y muy tensa. Esteban abre la boca una vez. No sale nada. La segunda vez sale suficiente.
Fernanda cierra los ojos. No protesta. No al principio. Terry chasquea la lengua. Se pone en pie y mira hacia vosotros un instante antes de volver al trío.
Hace un gesto a Semyon. El ruso activa el fetiche que lleva en el antebrazo y de él nace una hacha enorme de plata, preciosa y obscena a la vez, con rebordes trabajados, runas talladas y un brillo limpio que no debería existir en un arma hecha para separar cabezas del resto del mundo. Terry aparta a Esteban de una patada seca y se acerca a Fernanda.
La agarra del brazo.
Vytalian reacciona enseguida y la sujeta también. Entre los dos la obligan a arrodillarse. Fernanda apenas forcejea. Está demasiado dentro del pánico como para montar una defensa útil. Semyon se mueve entonces hacia vosotros. A ti te parece que todo lo hace con una exactitud casi ritual. De un manotazo aparta la mano de Kara de tu brazo. Y te deja el hacha.
Pesa. Muchísimo. Terry y Vytalian mantienen a Fernanda de rodillas. Ella ya no llora. Ahora solo respira mal. Terry te mira. Y cuando habla, ya no lo hace para convencer a nadie. Lo hace para dejar algo escrito en ti.
Nadie dice nada, todos esperan. Que agarres el hacha, que la levantes. Y que cumplas con tu obligación de verdugo.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Negarte y pedir otra vía: sujetar el hacha, pero no alzarla. Exigir que Fernanda hable, que revele todo lo que sabe del Trono, de la bomba y de sus órdenes antes de que nadie la ejecute.
🟨 Tensar la cuerda con Terry: mirar a tu padre y preguntarle, delante de todos, si esto es justicia para Laro... o una advertencia política para Madrid.
🟥 Aceptar el papel de verdugo: empuñar el hacha de plata y ejecutar a María Fernanda Robles aquí mismo, ante Terry, Semyon, Esteban y tus compañeros de manada.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:23:40Semyon no parece ufano, ni satisfecho. Ni siquiera cruel, no de esa forma tan visible. Lo que hay en su cara es algo peor: preocupación. No por el consejo, no por el cadáver aún caliente de Ramona, ni por la sangre sobre la piedra del Peñasco Blanco. Por ti.
Te deja la frase en la nuca como una mano helada, y se aparta justo lo suficiente para devolverte al consejo. Porque el consejo, de algún modo obsceno, continúa, no con normalidad. Con disciplina.
Giro la cabeza lo justo para ver por el rabillo del ojo a
Semyon y asiento en silencio. Sigo observando las ceremonias, deseando que todo esto llegue a su fin.
La mirada de
Felipe no pasa desapercibida, pero no encontrará en mi un desafío, sino una comprensión de que nuestros caminos volverán a encontrarse tarde o temprano.
Sigo escuchando la intervención de
Trovianni,
Esteban y
Terrence, solo torciendo el gesto cuando habla el
Señor de las Sombras. Su muestra de autoridad me repugna sabiendo su papel en todo esto.
Cuando
Trovianni menciona al
Viento de Acero y observo la agitación general, me dirijo bajo a
Vytalian.
-¿Quienes son esos? -le pregunto.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:23:40Terry y Semyon no esperan a que termine el eco del nombre. Simplemente os buscan con la mirada: a ti, a Kara y a Vytalian. Y cuando se mueven, queda claro que no os están invitando a seguirles. Os están reclamando.
La ceremonia sigue detrás, todavía viva, todavía solemne, todavía sucia. Los muertos se enfrían. Los líderes se recolocan. Las alianzas se fingen eternas bajo la noche cántabra. Y vosotros tres abandonáis el círculo sabiendo que lo del Dobra no era el final de nada. Solo la forma más brutal de anunciar lo que viene después.
Sigo a nuestros líderes junto a mis compañeros, en silencio. En cierto modo, con alivio por concluir con esa farsa incómoda. Me enciendo un cigarro y calmo mis inquietudes con nicotina.
Suspiro al ver que se nos unen
Esteban y sus perros de caza. Por supuesto, guardo en mi cabeza los pensamientos que afloran en mi mente. No es el momento y soy consciente de cual es mi lugar.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:50:58El grupo se dirige hacia la caverna de Laro. Nadie habla durante el camino. Cuando llegáis, la entrada a la guarida ya no parece una herida abierta de la montaña: es un escenario militar.
Hay varios operativos de la Justicia Metálica vigilando el lugar. Desde donde estás puedes reconocer lo suficiente: Parentela... o al menos humanos a quienes se les ha corrido el Velo hasta un punto del que ya no se regresa fácil. Van equipados con armaduras de alta tecnología, cascos cerrados y rifles automáticos cargados con plata. No están aquí para investigar. Están aquí para cerrar algo. Terry avanza con total tranquilidad. Como si hubiera salido a fumar después de cenar. Se saca un puro del interior de la chaqueta. Luego otro. Se lo ofrece a Semyon. El ruso lo acepta sin mirarlo siquiera. Finalmente Terry saca un tercero y te lo tiende a ti.
Lanzo una mirada de soslayo a
Kara cuando nos topamos con tal presencia militar. Inesperado, pero sigo sin pronunciar palabra. Mi ceño se frunce, pero aguardo a que sean otros los que tomen iniciativa alguna.
Tomo el puro que me ofrece mi padre, pero no me lo enciendo, lo mantengo en mi mano sin comprender cual es la celebración. Me lo guardo en el interior de mi chaqueta cuando
Terrence comienza a hablar a
Esteban.
Cuando mi padre dispara a
Esteban, no puedo evitar alzar las cejas con asombro. Lanzo una mirada a
Semyon y luego a los secuaces del malherido bastardo, echando mano a la culata de mi pistola que se sitúa bajo mi cazadora. Mi mano no llega a desenfundarla al ver los puntitos carmesís que iluminan a
Fernanda y
Apolo. Me mantengo quieto, tenso, con el cigarro en la boca, observando con los ojos entrecerrados la escena que se acontece ante nosotros.
Escucho a mi padre, observo su forma de conducir la situación, sus gestos, su tono. Doy una calada larga al cigarro, no puedo apartar la mirada del ya poco orgulloso
Esteban. No puedo evitar sentir cierta satisfacción, no por su dolor, no por su sufrimiento, no por su humillación... sino porque finalmente, parece que va a hacerse justicia.
Vuelvo la mirada hacia
Fernanda cuando esta parece darse cuenta de que su destino está ya sellado, que no saldrá airosa al igual que su amo de los crímenes que han cometido.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:50:58Y entonces notas algo en el brazo. Es Kara. Te ha agarrado sin darse cuenta, o eso parece. Fuerte, en silencio. Y muy tensa. Esteban abre la boca una vez. No sale nada. La segunda vez sale suficiente.
Fernanda cierra los ojos. No protesta. No al principio. Terry chasquea la lengua. Se pone en pie y mira hacia vosotros un instante antes de volver al trío.
Miro de reojo a
Kara, para volver de nuevo la mirada hacia
Esteban. No aparto su mano, la dejo que se aferre si es lo que necesita.
Las palabras de
Esteban se clavan en mi interior, volviendo mi mirada ceñuda hacia
Fernanda. Conocía la información, podía hacerme una idea de cómo fue, pero escucharlo en voz alta de la boca de uno de los culpables, me resulta repulsivo. Algo se agita en mis entrañas.
Observo el resto de la escena expectante. La esperanza de que se impartiera justicia se había esfumado con la ceremonia ante el
Peñasco Blanco, pero ahora esa esperanza volvía a resurgir como si de un géiser se tratara.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:50:58Vytalian reacciona enseguida y la sujeta también. Entre los dos la obligan a arrodillarse. Fernanda apenas forcejea. Está demasiado dentro del pánico como para montar una defensa útil. Semyon se mueve entonces hacia vosotros. A ti te parece que todo lo hace con una exactitud casi ritual. De un manotazo aparta la mano de Kara de tu brazo. Y te deja el hacha.
Pesa. Muchísimo. Terry y Vytalian mantienen a Fernanda de rodillas. Ella ya no llora. Ahora solo respira mal. Terry te mira. Y cuando habla, ya no lo hace para convencer a nadie. Lo hace para dejar algo escrito en ti.
Nadie dice nada, todos esperan. Que agarres el hacha, que la levantes. Y que cumplas con tu obligación de verdugo.
Miro a los ojos a
Semyon, tomo el hacha en mis manos y le asiento con la cabeza, en silencio. Compruebo lo pesada que es, un peso que va más allá de lo puramente material.
No respondo a
Terrence, simplemente me giro hacia la arrodillada
Fernanda. Sus lloros no me conmueven, no puede conmoverme alguien que ha utilizado a una inmadura niña para que fuese la heraldo de la perdición de su propio padre y de ella misma. No habrá piedad, no habrá compasión. Debe hacerse justicia.
-No llores... -digo a la mujer arrodillada, mi voz silenciada hasta ahora brota áspera, fría- tu muerte va a ser más honorable que la que ofreciste a
Henar... a
Laro... a todos a los que ayudaste a segar sus vidas... esta noche, se hace justicia... -el hacha baja a plomo al decir esto último, seccionando de un golpe seco la cabeza de
Fernanda- mi promesa está cumplida... -digo susurrando, pensando en
María Falguera.
No percibo las gotas de sangre arterial que han perlado mi rostro. Observo el cuerpo decapitado de la asesina en el suelo, sujeta aún por
Terrence y
Vytalian. Aguardo unos segundos y alzo de nuevo el arma de plata ensangrentada, señalando esta vez con la punta del arma al moribundo
Esteban.
-Y tú... -digo con cierto tono de desprecio- tu castigo será vivir... vivir con los crímenes que has cometido a tus espaldas... vivir con el recuerdo de esta noche... tu castigo será vivir para recordar por los que ya no pueden hacerlo...
Me vuelvo y me dirijo a
Semyon, a quien le devuelvo su
fetiche con respeto, sin decir nada. Simplemente un nuevo asentimiento con la cabeza, una afirmación silenciosa de que la sentencia ha sido cumplida.
Continúo hacia fuera del círculo que se había formado, dando la espalda a
Esteban y al cuerpo inerte de la asesina.
-Nuestro trabajo... nuestro sufrimiento... -digo al pasar junto a
Kara, tocándola el hombro, hablándola casi en un susurro- han valido la pena... no lo olvides...
Prosigo y saco el puro que me dio mi padre. Me lo enciendo y exhalo su abundante humo mientras observo el cielo estrellado.
Cita de: Maurick en 20 de Mar 2026, 12:50:58¿Qué vas a hacer, Mark?
🟥 Aceptar el papel de verdugo: empuñar el hacha de plata y ejecutar a María Fernanda Robles aquí mismo, ante Terry, Semyon, Esteban y tus compañeros de manada.
Gastaré un punto de Fuerza de Voluntad para poder llevar a cabo la sentencia.
El hacha cambia de manos, pero la sangre sigue ahí. Y nadie parece tener muchas ganas de añadir una sola palabra más a lo que acaba de ocurrir. Pero
Esteban sí.
Sigue en el suelo, con las piernas destrozadas, pálido, bañado en sudor y rabia. Tiene la respiración hecha jirones, pero aún le queda orgullo suficiente como para mirar a
Mark con un odio que ya no se molesta en disimular. Luego escupe al suelo, cerca de sus botas, como si eso todavía significara algo.
Cita de: Mark en 20 de Mar 2026, 16:36:12-Y tú... -digo con cierto tono de desprecio- tu castigo será vivir... vivir con los crímenes que has cometido a tus espaldas... vivir con el recuerdo de esta noche... tu castigo será vivir para recordar por los que ya no pueden hacerlo...
No hay respuesta inmediata.
Terrence sonríe. No porque le haga gracia, porque ya ha decidido que toda esta pantomima ha terminado.
Te lo dice sin teatralidad, casi limpio, como si no hiciera falta adornar más el momento. Luego se vuelve hacia los operativos de la
Justicia Metálica y hace un gesto corto con la mano. Los punteros láser desaparecen del cuerpo de
Apolo al mismo tiempo, como si alguien hubiese apagado una constelación. Terrence ni siquiera se molesta en mirar demasiado al calvo.
Una pausa.
Apolo no responde. No tiene margen para hacerlo. Solo asiente una vez, con la cara dura y el cuello marcado por la tensión, y se agacha a cumplir con una obediencia que le cuesta más de lo que está dispuesto a mostrar.
Semyon y
Vytalian se quedan mirándose unos segundos. No es un duelo, no exactamente. Es otra cosa. Una evaluación muda entre dos tipos que no se gustan, pero se reconocen el oficio. Semyon es el primero en romperla.
Cita de: Mark en 20 de Mar 2026, 16:36:12-Nuestro trabajo... nuestro sufrimiento... -digo al pasar junto a Kara, tocándola el hombro, hablándola casi en un susurro- han valido la pena... no lo olvides...
El ruso de la
Ráfaga de Plata no se inmuta demasiado. Apenas un asentimiento corto, seco, como si aceptar un elogio fuese algo que todavía le incomoda un poco más que una puñalada. Semyon vuelve entonces la vista hacia
Kara.
Kara traga saliva. La frase le llega, pero no la alivia; nada la está aliviando esta noche. Semyon pasa la mirada de
Mark a
Terrence y termina de cerrar el asunto.
La palabra
nosotros basta para dejar claro quién entra y quién no.
Kara tarda medio segundo en reaccionar. Antes de moverse, te dedica una mirada breve, descolocada, casi de cachorra perdida, como si todavía no hubiera decidido del todo dónde termina lo que acaba de ocurrir y dónde empieza el siguiente problema. Luego se gira y sigue a
Semyon con
Vytalian. Y así, poco a poco, el lugar se va vaciando.
Los operativos vuelven a su disciplina muda. Apolo arrastra a
Esteban, que no tarda en recolocarse y en regenerar sus heridas pasando temporalmente a Glabro. Lo hace incómodo, como si cambiar de forma en este contexto fuese
otra señal de debilidad. El cadáver de
Fernanda deja de ser símbolo para volver a ser peso muerto. Cuando por fin se han ido todos, te das cuenta de que te has quedado a solas con
Terrence. Bueno, los soldados que vigilan la zona parecen más atrezzo que otra cosa.
Tu padre se sacude las manos, se limpia algo de polvo de la chaqueta y deja escapar una respiración tranquila, como si acabara de resolver una reunión especialmente pesada y no una ejecución seguida de un ajuste de cuentas diplomático.
Ahora sí te mira.
No suena a discurso, suena a doctrina. Terrence se acerca un poco, lo justo para que ya no quede nada de escenario en medio.
Te sostiene la mirada unos segundos más.
Una pequeña pausa.
No hace falta que añada mucho más. Ya has visto suficiente esta noche como para entender que, cuando Terrence pone un nombre así sobre la mesa, lo que viene no será una visita ni una negociación amable. Será otra cosa, que ya no tendrá nada que ver con el
Dobra.
🏅
Mark obtienes 2
Puntos de Honor temporal.
Torrelavega — Urbanización Calagua, 4ºC
📅 27 de agosto de 2005, 08:17
La mañana cae sobre Torrelavega con esa luz fea de después de la lluvia, grisácea, sin fuerza. En el piso franco solo hay una taza, una cafetera medio vacía y el rumor lejano de algún coche pasando por la calle. Kara y Vytalian no han dormido aquí esta noche; eso se nota en el vacío raro que han dejado sus habitaciones, en la ausencia de respiraciones, de ropa tirada, de ese cansancio compartido que ayer parecía haberse quedado pegado a las paredes.
Tú sí has tenido unas horas entre la cueva del Dobra y este café. Las suficientes para dormir algo... o no. Para ducharte. Para fumar mirando al techo. Para pensar en lo que has hecho, o para apartarlo hasta que el cuerpo te dejase seguir adelante. Lo que haya ocurrido entre la noche y esta mañana queda ahora contigo. El móvil vibra encima de la mesa.
Un mensaje de Felicity Burton.
La pantalla se apaga. El café sigue humeando. Por un segundo, Los Ángeles parece otro planeta. No pasa demasiado tiempo hasta que suenan pasos en la entrada. La puerta se abre, y entran Semyon, Kara y Vytalian. Los tres traen la noche todavía encima, cada uno a su manera. Semyon parece igual de impecable que siempre, aunque con esa rigidez que le sale cuando lleva demasiadas horas sin delegar nada en nadie. Vytalian tiene peor cara que ayer, si eso era posible. Kara no parece descansada. Tampoco rota. Más bien recompuesta a la fuerza, como un cristal pegado deprisa y mal antes de volver a ponerlo en su sitio. Se sientan alrededor de la mesa, pero Semyon se queda de pie. También es el primero en hablar.
Hace una pausa corta. Lo justo para que el nombre se asiente.
Se aclara la garganta y mira a Kara. La rusa baja la vista un segundo. Luego se obliga a hablar con voz firme.
No añade más de lo necesario. Tampoco parece querer hacerlo. Semyon retoma la palabra con la misma tranquilidad dura de siempre.
La frase queda flotando en la cocina, seca, pesada, sin margen para adornos. Semyon entrelaza las manos sobre la mesa y os mira uno por uno.
Me mantengo en mi posición, ignorando los improperios de
Esteban y el desplante de
Semyon. Sigo contemplando el cielo estrellado y la luna en cuarto menguante de aquella noche, fumando con calma el puro de
Terrence. Cuando
Kara busca mi mirada esos instantes, asiento con calma sin decir nada.
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 09:41:15
Una pequeña pausa.
Escucho los comentarios de mi padre y solo rompo mi silencio durante su breve pausa.
-¿Por qué decidiste adjuntarme a la manada del ruso? No tengo la piel sensible como para ofenderme con sus desplantes y muestras de desprecio ¿Pero no habría sido más fácil para cumplir con la misión haberme traído con mi manada de Los Ángeles? -observo unos instantes el puro- ¿No debo preocuparme por algún interés personal de
Semyon en todo esto?
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 09:41:15
No hace falta que añada mucho más. Ya has visto suficiente esta noche como para entender que, cuando Terrence pone un nombre así sobre la mesa, lo que viene no será una visita ni una negociación amable. Será otra cosa, que ya no tendrá nada que ver con el Dobra.
🏅 Mark obtienes 2 Puntos de Honor temporal.
Asiento y no digo más. Me marcho de vuelta al piso franco envuelto en mis pensamientos, quitándome los restos de sangre de
Fernanda de la cara al ver mi rostro por el retrovisor.
Cita de: Mark en 24 de Mar 2026, 16:49:00-¿Por qué decidiste adjuntarme a la manada del ruso? No tengo la piel sensible como para ofenderme con sus desplantes y muestras de desprecio ¿Pero no habría sido más fácil para cumplir con la misión haberme traído con mi manada de Los Ángeles? -observo unos instantes el puro- ¿No debo preocuparme por algún interés personal de Semyon en todo esto?
Terrence no responde enseguida. Se queda mirándote un segundo, con el puro encendido entre los dedos, como si estuviera decidiendo si la pregunta merece una respuesta sincera... o sólo una útil.
Da una calada lenta. No aparta la vista de ti.
Una pausa breve.
Te señala vagamente con el puro.
Ahora sí sonríe un poco, pero no hay calor en ello.
Se recoloca la chaqueta con calma.
Otra calada. Exhala el humo despacio.
Escucho a mi padre mientras doy una calada al puro. Al terminar con sus observaciones y consejos, asiento si añadir más y me vuelvo al piso franco de Torrelavega.
Al llegar al solitario piso, me doy una ducha caliente, limpiando los restos de mugre y sangre que puedan quedar en mi cuerpo. Pienso brevemente en lo que acaba de suceder, en lo que he hecho. Aparto el recuerdo de la ejecución de mi mente. No ha sido agradable, pero debía hacerse, por justicia.
Acostar mi fatigado cuerpo no hace que el sueño reparador me alcance rápido. Observo el techo sobre mi cama, fumando casi de manera inconsciente. Miro uno de los cigarros que en este momento ilumina la oscuridad con su ascua y me pregunto si esta será la causa de mi muerte o será la garra de un crinos enfurecido o una bala de plata en mi nuca.
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 10:26:49El móvil vibra encima de la mesa.
Un mensaje de Felicity Burton.
La vibración del móvil me despierta. No recuerdo el momento en que Morfeo me atrapó en su reino. Miro la pantalla somnoliento, con cierto dolor de cabeza. No puedo evitar sonreír brevemente ante el entusiasmo de mi antigua compañera, ahora al otro lado del mundo.
"Seguro que los informes son más interesantes que la realidad. Espero no morirme pronto para poder volver a tostarme con el sol de la costa oeste. Te tomo la palabra."Me termino de vestir y me guardo el móvil. Es hora de despertar de verdad a base de cafeína.
Cuando
Semyon llega con mis dos compañeros, me encuentran en la mesa del salón limpiando mi pistola, con una taza de café a un lado y el cenicero con un cigarro aún humeante al otro. Paro con mi rutina matutina y escucho lo que tienen que decir.
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 10:26:49
-¿El contacto es de fiar? -pregunto una vez han terminado de exponer la información- ¿O va a ser un nuevo
Esteban de Haro -encajo el cañón desmontado en la pistola y aprieto la retención de la corredera para que termine de encajar con un ruido metálico- ¿Cuáles son las órdenes si la manada del
Peñasco Blanco resulta una molestia? -compruebo que la mirilla está bien alineada, sin apuntar a ninguno de los presentes, y me la vuelvo enfundas en mi cartuchera dorsal- Con "capturar a
Johnny Towers y traerlo con nosotros" entiendo que la prioridad es capturarlo vivo...
Tu pregunta queda un instante en el aire, mezclada con el olor del café y la pólvora vieja de la noche anterior. Semyon no responde enseguida. Se queda mirándote con esa quietud suya que no tiene nada de calma. Tiene los hombros rectos, las manos apoyadas sobre la mesa y la expresión de quien ya venía cansado antes de sentarse.
No alza la voz. No le hace falta. La frase cae seca, cortante, con la precisión desagradable de un cuchillo bien afilado. Su mirada no se aparta de ti mientras hablas de contactos, de traiciones y de molestias. Luego se recuesta apenas en la silla y deja escapar una respiración corta por la nariz, más cerca del fastidio que de la burla.
La cocina vuelve a quedarse en silencio. La cafetera ya se ha apagado. Afuera, detrás de la ventana, la mañana sigue avanzando sobre Torrelavega con esa luz blanquecina que no termina de despertar del todo a nadie. Kara carraspea antes de hablar. Ha estado callada hasta ahora, con los codos sobre las rodillas y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo de la mesa como si ahí pudiera encontrar algo más sólido que su propia noche. Alza la vista hacia ti. Tiene la voz más áspera que de costumbre.
No lo dice con entusiasmo ni con dureza teatral. Lo dice como quien repite una instrucción que ya se ha tragado por dentro y no tiene intención de discutir. Semyon la observa un segundo. Luego sonríe. Apenas. Lo justo para que se note que esa respuesta le sirve.
Se ajusta la chaqueta con un gesto automático y os mira a los tres como si ya os hubiera descontado de la estancia, de la mañana y casi del resto del día.
La orden basta para que Kara se levante la primera, obediente. El movimiento le cuesta más de lo que le gustaría admitir, pero no deja que se le vea más de la cuenta. Vytalian la sigue con esa pesadez suya de oso mal dormido. Tú recoges tus cosas, el café ya medio frío, la pistola limpia, el humo suspendido en la cocina como si también él dudara en moverse. No habláis mucho al salir del piso franco, los pasos por el pasillo suenan huecos. La puerta se cierra a vuestra espalda con un golpe seco. Durante unos segundos solo hay el roce de la ropa, la respiración todavía cargada de tabaco y el eco de la misión recién puesta sobre la mesa. Es Vytalian quien rompe el silencio, te mira de lado mientras bajáis, con la boca torcida y el cansancio pegado a los ojos. Lleva la rabia metida tan abajo que casi parece pereza.
Te lo deja al lado, con una sinceridad fea y bastante humana. Se pasa una mano por la nuca, aprieta los dedos un momento y escupe el resto con voz ronca.
Kara no interviene. Sigue andando un paso por delante, rígida, con la espalda tensa y la cabeza demasiado quieta. No parece querer mediar. Tampoco parece estar del todo en otra parte. Solo escucha, arrastrando el peso de todo lo de ayer y de todo lo que viene. Llegáis al garaje, dónde podéis ver los dos coches que tenéis para esta misión. La rusa observa el vehículo, aún lleno de suciedad de la persecución de antes de ayer, con varios golpes en la carrocería. Se sube al asiento del conductor.
El motor del vehículo arranca, y dejáis atrás el edificio de la Urbanización Calagua. El aire de la mañana se cuela por la ventanilla. Huele a humedad, a gasolina y a piedra mojada.
No añado nada más, me limito a escuchar y asentir en silencio cuando corresponda. El momento de las puyas ya terminó.
Cita de: Maurick en 06 de Abr 2026, 01:06:54
Te lo deja al lado, con una sinceridad fea y bastante humana. Se pasa una mano por la nuca, aprieta los dedos un momento y escupe el resto con voz ronca.
Me paro unos instantes ante su comentario, frente al magullado coche.
-Donde tú ves un castigo, yo veo una nueva oportunidad para cumplir con nuestro deber -me giro hacia él, tranquilo, sin sentirme ofendido- no se qué habréis estado hablando durante esta noche, pero no nos están castigando -me saco un cigarro y ofrezco otro a
Vytalian, me lo enciendo igualmente- la situación en la que nos encontrábamos era una encerrona... tener que investigar un suceso dramático, en una tierra donde hasta las piedras nos repudian, con un presunto aliado como culpable entre las sombras... da gracias a
Gaia porque mantengamos la cabeza pegada a nuestros hombros... -doy una calada y expulso el humo por las fosas nasales- con las ganas que nuestros jefes tienen al bueno de
Johnny ¿crees que nos encargarían esta misión si nos vieran como unos incompetentes? -doy otra calada y tiro el cigarro antes de subir a la parte de atrás del coche- piénsalo...
Observo el dossier y sin decir nada más hasta terminar de leerlo en nuestro viaje hasta
Bilbao, voy analizando el documento y procesando la información.
-¿Y esta mujer qué pinta en la ecuación? -digo una vez he terminado de analizar la información- A primera vista, es la psicóloga perfecta. Viene de
Bucarest, tiene esa calma que te hace querer contarle hasta lo que desayunaste... y ahí es donde viene el problema. No es
Garou, ni humana. Es una
Ananasi. Una maldita araña que ha cambiado las telas de seda por un diván en el túmulo
Viento de Acero -voy pasando las hojas a medida que continúo, repasando la información por encima- Su perfil psicológico es de manual de sociopatía: no tiene vínculos, no tiene lealtad y eliminó a sus propia parentela sin que le temblara el pulso. No está aquí para ayudarnos con el estrés post-traumático de la guerra contra el
Wyrm; está aquí para mapear nuestras grietas mentales.
Me pauso unos instantes antes de continuar, buscando cruzar la mirada con alguno de mis compañeros a través del retrovisor.
-El
"Anillo Carmesí"... -vuelvo con la lectura y explicación- Aquí es donde la cosa se pone técnica. Según los datos que he leído,
Parhon no opera sola. Está bajo el control de lo que llaman la
"Serie Carmesí". Lleva un artefacto, un anillo, que la mantiene monitorizada y filtrando datos en tiempo real. Ella cree que es libre, pero es un activo controlado. Todo lo que se la diga en "confidencialidad" termina en un servidor de alguna facción que nos querrá disecados.
Vuelvo a hacer una pausa antes de continuar.
-En líneas generales, la "Doctora"
Parhon tiene acceso total a: la evaluación de los cachorros tras su
Primer Cambio, marcándolos antes de que sepan quiénes son); las debilidades de los veteranos, sabiendo qué botón pulsar para que entren en
frenesí en el peor momento; así como la ubicación exacta y las rutas de acceso de
Viento de Acero -suspiro- en definitiva, su influencia y control en el
Viento de Acero es muy alta, pudiendo resultar un auténtico problema...
Miro por la ventanilla para ver un poco el paisaje gris que parece no acabar nunca.
-Por lo visto, tiene a una tal
Veronica Rogers en el punto de mira. La ha marcado como
"Objetivo Primario de Eliminación". Si esa araña quiere ver muerta a
Rogers, es porque
Rogers ha visto algo que los nuestros han podido pasar por alto...
Suspiro y dejo el dossier en el asiento de al lado.
-En el presunto de que tuviera que dar órdenes de campo a un grupo de agentes y con la ausencia de contexto al que ya me tenéis últimamente acostumbrado... la forma de afrontar a este sujeto sería a través de vigilancia silenciosa, pues no podríamos simplemente "limpiar" el problema, ya que si la atacamos de frente, el
"Anillo Carmesí" podría enviar un protocolo de autodestrucción o exponer todo el túmulo. Además, me inclinaría por localizar a
Rogers: necesitaríamos encontrar a
Verónica antes de que los controladores de
Parhon decidieran que es hora de "cerrar el expediente". En definitiva, deberíamos tener cautela, pues esta tipa no pelea con garras, pelea con secretos y, en este trabajo, un secreto bien colocado te mata más rápido que una bala de plata.
Me reclino en el asiento, tengo la espalda algo dolorida por haber mantenido la misma posición durante la lectura del informe y la exposición de mi análisis.
-¿Podéis darme más información o simplemente
Semyon os lanzó el informe al asiento de atrás del coche y os dio un "buena suerte" a modo de pago?
El coche se traga la carretera con un zumbido constante, y durante un buen rato sólo se oye el motor, el roce del aire por la ventanilla y el papel del dossier entre tus manos.
Vytalian aguanta en el asiento del copiloto con el hombro pegado a la puerta y la cabeza girada a medias hacia la carretera.
Kara conduce con las dos manos fijas en el volante, la mandíbula dura, los ojos clavados al frente. La luz gris de la mañana le cae de lado y le marca el cansancio bajo los párpados. Tu análisis se queda unos segundos flotando dentro del coche. Nadie lo interrumpe al principio. Luego Vytalian gira la cabeza despacio, te mira muy raro por el retrovisor y exhala por la nariz con una mueca de fastidio.
No levanta la voz. Tampoco se molesta en sonar agresivo. Lo suyo es otra cosa... cansancio con dientes. La carretera empieza a ondularse entre montes, y el paisaje va cerrándose poco a poco. Más verde. Más húmedo. También más estrecho. Al fondo ya se insinúan naves, grúas, chimeneas apagadas, una ría que todavía no ves pero que ya parece empujar el aire.
Kara no aparta la vista del asfalto cuando habla.
El nombre del otro clan deja un poso extraño en el coche. No por nuevo, sino por lo que arrastra. El rumor del motor sigue debajo, como si quisiera taparlo. Vytalian se acomoda un poco en el asiento y suelta una risa seca, breve, de esas que no tienen nada de alegría.
No espera respuesta. La frase le sale como si llevara tiempo dándole vueltas y le diera igual si alguien se la compra o no. Kara tarda un poco en intervenir. Cuando lo hace, ya se ve Bilbao recortándose al fondo entre el verde, apretado dentro del valle como una ciudad a la que nunca dejaron crecer hacia los lados. Todo parece comprimido. Los árboles, las naves industriales, los bloques grises, los puentes, los accesos. Hasta la luz.
Cita de: Mark en 21 de Abr 2026, 18:14:21-En el presunto de que tuviera que dar órdenes de campo a un grupo de agentes y con la ausencia de contexto al que ya me tenéis últimamente acostumbrado... la forma de afrontar a este sujeto sería a través de vigilancia silenciosa, pues no podríamos simplemente "limpiar" el problema, ya que si la atacamos de frente, el "Anillo Carmesí" podría enviar un protocolo de autodestrucción o exponer todo el túmulo. Además, me inclinaría por localizar a Rogers: necesitaríamos encontrar a Verónica antes de que los controladores de Parhon decidieran que es hora de "cerrar el expediente". En definitiva, deberíamos tener cautela, pues esta tipa no pelea con garras, pelea con secretos y, en este trabajo, un secreto bien colocado te mata más rápido que una bala de plata.
Vytalian vuelve a reírse, esta vez algo más suelto. Se frota la barbilla y niega una vez con la cabeza.
Kara carraspea. No con brusquedad, pero sí con ese tono suyo que deja claro que una broma ha durado lo justo.
El ruso mira hacia atrás, buscando tu atención.
Kara carraspea.
Comarca de Bilbao — Centro Comercial Euskovereda📅 27 de agosto de 2005, 11:35 La entrada a
Bilbao os cae encima poco después. Primero el verde. Laderas húmedas, árboles espesos, hierba alta pegada a la carretera. Luego el valle se estrecha y todo cambia de golpe. El tejido industrial se mete entre los montes como una costra vieja: naves, depósitos, chimeneas, hierro, hormigón, vallas, pasos elevados. La ciudad aparece gris incluso cuando no debería serlo. Gris en los edificios, en la piedra, en el agua, en el cielo bajo. Una ciudad encajada a presión entre colinas y fábricas, con la sensación de llevar demasiado tiempo respirando humo mojado. El
Euskovereda está a las afueras, grande, anodino, rodeado de coches y asfalto, con ese aire de lugar en el que la gente compra cosas para no pensar demasiado en el resto del día. Kara mete el vehículo en el aparcamiento sin decir nada. Encuentra un hueco cerca de una hilera de cristaleras y apaga el motor.
El silencio que queda dentro del coche pesa un segundo más de la cuenta. Vytalian sale primero. Se estira el cuello, observa la entrada principal, los accesos, la gente que entra y sale sin saber nada de lo que se mueve a su alrededor.
Kara ya está fuera también. El traje blanco que lleva parece recién sacado de la funda, perfecto, liso, caro. Le queda como si lo hubiera elegido alguien que entiende que una armadura también puede ser tela buena. El pelo rubio lo lleva bien cuidado, sujeto con una precisión que casi da más miedo que las heridas de ayer.
Vytalian localiza un espejo cerca de la entrada lateral, uno de esos paneles decorativos pegados a una columna. Se acerca, apoya una mano y desaparece al otro lado con la naturalidad desagradable del que ya ha hecho esto demasiadas veces. Entonces os quedáis a solas. Kara no habla enseguida. Se queda frente a ti, con un hombro algo vencido, respirando despacio. La gente sigue cruzando el aparcamiento a pocos metros, bolsas en la mano, niños arrastrando los pies, motores arrancando. Todo tan normal que casi da rabia. Cuando por fin levanta los ojos hacia ti, no hay dureza en ellos. Hay cansancio. Mucho. Y algo más que le cuesta sostener.
La frase no lleva alivio. Tampoco orgullo. Le sale como salen las cosas que una se ha repetido en silencio varias veces antes de atreverse a decirlas en voz alta. Luego calla. Y durante un instante sólo queda eso. El ruido lejano de un carrito golpeando un bordillo, el viento arrastrando olor a gasolina y a lluvia vieja, y Kara mirándote a los ojos con el peso de todo lo que ha pasado todavía encima del cuerpo.
Cita de: Mark en 21 de Abr 2026, 18:14:21-¿Podéis darme más información o simplemente Semyon os lanzó el informe al asiento de atrás del coche y os dio un "buena suerte" a modo de pago?
¿Qué vas a hacer, Mark?
Escucho las interlocuciones de mis compañeros, omitiendo la punzada de Vyt. Cuando corrigen dos de mis comentarios y vuelvo a repasar el dosier. Frunzo el ceño al darme cuenta de que he metido la pata por dos veces en mi análisis. Suspiro y miro por la ventanilla el gris paisaje. La falta de horas de sueño y el estrés me van pasando factura.
Una vez bajamos del coche, observo a Vytalian meterse en la Umbra y escucho el agradecimiento de Kara.
-Hice lo que pude con lo que teníamos... -me saco un cigarro y miro el edificio unos instantes- la ventana de oportunidad que se nos abrió era demasiado estrecha... -sonrío de medio lado y vuelvo la mirada hacia la rusa- Vytalian anda molesto ¿Y tú?¿Cómo lo llevas?
Suspira, realmente parece abrumada. El aspecto taciturno que presentaba antes poco a poco se derrumba, aunque intenta mantener la compostura. Traga saliva.
Cita de: Mark en 26 de Abr 2026, 19:04:22¿Cómo lo llevas?
Toma aire, como si el hecho de estar contando esto le doliese.
¿Qué le respondes, Mark? ¿O prefieres irte directamente a reunirte con el contacto? Tú decides.
Me toco el ceño y aprieto los ojos como si con ello fuese a relajar el dolor de cabeza que tengo tras tantos días y noches sin parar. Me saco un cigarro y me lo enciendo, dando una profunda calada y ofreciendo otro a mi compañera. Observo el edificio tras Kara unos instantes y vuelvo a dirigir la mirada hacia la rusa.
-Cuando sucedió todo lo de la reunión en la Media Luna y el atentado, mi instinto me decía que alguno de nuestros superiores tenía algo que ver... era demasiada coincidencia y demasiados intereses entremezclados... todo ello me generó suspicacia... -calo el cigarro- y en parte, no erraba... -me encojo de hombros- no fueron ni Terry ni Semyon, nuestros superiores directos, pero si fue Esteban... de ahí que viera que algo no cuadraba y mi desconfianza durante la misión...
Me pauso unos instantes y espero a que Kara quiera decir algo más al respecto.
-Con respecto a la nueva misión ¿Puedes aportarme algún detalle?¿Has llegado a conocer en persona a Valeria Parhon?¿Qué hicisteis anoche tantas horas Vytalian, Semyon y tú?¿Debo preocuparme de algo? -dejo de lanzarla preguntas y guardo silencio observándola, esperando respuestas.
Kara mira el cigarro que le ofreces. Durante un segundo parece que va a aceptarlo, más por tener algo entre los dedos que por ganas reales de fumar. Al final niega despacio con la cabeza. Tiene la espalda demasiado recta, el traje blanco demasiado limpio y los ojos demasiado cansados para que ninguna de esas cosas parezca casual.
Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04Me saco un cigarro y me lo enciendo, dando una profunda calada y ofreciendo otro a mi compañera.
Aparta la mirada hacia la entrada del centro comercial. La gente sigue pasando a vuestro lado sin detenerse: parejas con bolsas, un padre tirando de un niño, una mujer hablando por el móvil con gesto de impaciencia. Todo normal. Todo insultantemente normal. Cuando vuelve a mirarte, ha recuperado parte de la compostura, pero no toda.
Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04-Cuando sucedió todo lo de la reunión en la Media Luna y el atentado, mi instinto me decía que alguno de nuestros superiores tenía algo que ver... era demasiada coincidencia y demasiados intereses entremezclados... todo ello me generó suspicacia... -calo el cigarro- y en parte, no erraba... -me encojo de hombros- no fueron ni Terry ni Semyon, nuestros superiores directos, pero si fue Esteban... de ahí que viera que algo no cuadraba y mi desconfianza durante la misión...
No hay veneno en su voz. Hay cansancio. Una clase de cansancio que no nace sólo de no haber dormido. Cuando preguntas por la noche anterior, Kara respira hondo. No parece incómoda por la pregunta, sino por lo poco que puede sacar de ella sin mancharse más.
Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04Con respecto a la nueva misión ¿Puedes aportarme algún detalle?¿Has llegado a conocer en persona a Valeria Parhon?
Mira a un lado y a otro. Notas que sus ojos se iluminan con un resplandor plateado durante un instante, casi imperceptible. Clava su mirada en tus ojos.
Una ráfaga de viento arrastra olor a gasolina y lluvia vieja desde el aparcamiento. Kara mira hacia las cristaleras de la entrada, como si estuviera calculando trayectorias, salidas, reflejos. O quizá sólo intentando no mirarte durante un segundo.
Cita de: Mark en 10 de May 2026, 19:22:04¿Qué hicisteis anoche tantas horas Vytalian, Semyon y tú?¿Debo preocuparme de algo?
Se le marca la mandíbula al decir eso último.
Kara gira un poco la cabeza hacia la Cafetería Begoña, visible tras los cristales de la planta baja. El local tiene mesas pequeñas, carteles de desayunos, una barra demasiado iluminada y camareros moviéndose con prisa rutinaria. Nada destaca demasiado. Precisamente por eso resulta incómodo: entonces la ves. Una mujer joven, de postura impecable, sentada junto al ventanal. El cabello oscuro cae limpio sobre los hombros. Lleva ropa elegante, discreta, demasiado bien escogida para un centro comercial de las afueras a estas horas. Tiene una taza delante, pero no parece haber bebido apenas. Sus manos descansan sobre la mesa con una quietud extraña, los dedos largos, finos, casi inmóviles. En una de ellas brilla un anillo con una gema roja. No mira nerviosa alrededor, ni está mirando el reloj continuamente. Kara baja la voz.
Durante un instante, la rusa se queda a tu lado sin moverse. El traje blanco, el aparcamiento gris, el cristal de la cafetería y esa mujer sentada al otro lado componen una imagen demasiado limpia para todo lo que lleva debajo.
Kara te mira una última vez antes de apartarse.
La puerta automática del centro comercial se abre con un suspiro mecánico cada vez que alguien entra o sale. Al otro lado, Valeria Parhon sigue sentada junto al ventanal, quieta, elegante y ajena al hilo que otros han atado alrededor de su cuello.
¿Qué vas a hacer, Mark?
Escucho las respuestas de mi compañera sin importunarla. Simplemente me limito a fumar y atender.
Cita de: Maurick en 16 de May 2026, 23:51:59
-No olvides que soy policía... no es la primera ni será la última vez que me sentaré con una informante... nos vemos luego... -la sonrío de medio lado, tiro el cigarro y me dispongo a cruzar las puertas automáticas.
Al ir acercándome hacia
Valeria, me fijo en las cámaras, puntos de entrada y de salida... cualquier dato que me pueda ofrecer el entorno, tanto para escapar si hace falta, como para esperar una posible emboscada. Al pasar cerca de una camarera, la señalo la mesa donde voy a estar y la pido un café solo doble.
-¿Puedo? -señalo la silla y miro a la mujer, más por una formalidad cortés que por otra razón, pues me siento igualmente. Mi semblante es serio, sin desagrado pero tampoco con una amabilidad fingida- Mi nombre es
Mark Rodríguez y me envía la
Justicia Metálica... es el momento de que hablemos ¿Qué nos tienes que contar?
Espero la respuesta de
Valeria Parhon.
La
Cafetería Begoña tiene ese ruido bajo de los lugares que todavía están despertando: cucharillas contra porcelana, una máquina de café respirando vapor, pasos lentos sobre el suelo brillante, alguna conversación sin importancia flotando entre mesas. Desde la entrada puedes ver bastante bien el local. Dos salidas principales, una puerta lateral hacia los baños, cámaras en los pasillos del centro comercial y demasiados cristales como para sentirse cómodo del todo. Nada grita emboscada. Eso, precisamente, no tranquiliza.
Valeria Parhon no se levanta cuando te acercas.
Está sentada junto al ventanal, con una taza intacta delante y una carpeta fina apoyada junto al bolso. Viste con discreción elegante, sin un solo detalle dejado al azar. El pelo oscuro le cae limpio sobre los hombros. Sus manos reposan sobre la mesa, quietas, con los dedos largos y finos apenas separados. En uno de ellos, la gema roja del anillo recoge la luz blanca del centro comercial y la devuelve más oscura. Cuando preguntas si puedes sentarte, Valeria te mira un segundo.
Cita de: Mark en 18 de May 2026, 10:37:31-¿Puedo? -señalo la silla y miro a la mujer, más por una formalidad cortés que por otra razón, pues me siento igualmente. Mi semblante es serio, sin desagrado pero tampoco con una amabilidad fingida
Sólo constata un hecho. La camarera se acerca lo justo para confirmar el café solo doble. Valeria espera a que se aleje antes de volver a hablar. No baja mucho la voz, porque no lo necesita; la coloca en ese punto exacto en el que sólo tú puedes entenderla sin esfuerzo.
Sus ojos no se apartan de los tuyos. No hay reproche evidente en ellos. Hay evaluación. Una de esas miradas que no juzgan la frase, sino el mecanismo que la ha producido.
La camarera deja el café delante de ti. El líquido tiembla apenas cuando la taza toca el plato. Valeria espera otra vez. Tiene una paciencia desagradable, no porque parezca infinita, sino porque parece administrada.
No adorna la frase.
Valeria coge la taza, pero no bebe. Sólo la gira unos centímetros, alineando el asa con una precisión casi absurda.
La gema roja de su anillo vuelve a captar la luz. Durante un instante parece latir, aunque quizá sólo sea el reflejo de alguien pasando al otro lado del cristal.
Hace una pausa pequeña. Esta vez sí bebe un sorbo. Apenas moja los labios.
La última palabra queda ahí, cuidadosamente colocada. Valeria abre la carpeta y desliza hacia ti una hoja doblada dos veces. No la empuja del todo. La deja en medio de la mesa, como si quisiera comprobar si tienes prisa por tocarla.
Fuera, en el aparcamiento, una familia cruza frente al ventanal con bolsas de compra. Un niño pisa un charco pequeño y su madre le riñe sin demasiada convicción. La normalidad sigue haciendo su trabajo, indiferente a todo.
Valeria deja la taza sobre el plato. Esta vez el sonido es muy suave.
Sus dedos rozan el anillo de forma casi imperceptible. Parece un hábito.
Valeria inclina un poco la cabeza. Por primera vez, algo parecido a la curiosidad se le mueve en la expresión.
No sonríe.
La frase sale demasiado limpia. Demasiado plana. Casi como si hubiera algo en ella que hubiera decidido no reaccionar.
Cita de: Mark en 18 de May 2026, 10:37:31-Mi nombre es Mark Rodríguez y me envía la Justicia Metálica... es el momento de que hablemos ¿Qué nos tienes que contar?
Valeria apoya ambas manos sobre la mesa. Sus ojos bajan un instante hacia tu café y luego vuelven a ti.
La pregunta no suena provocadora. Suena clínica. Como si estuviera midiendo una fractura antes de decidir si merece la pena entablillar o amputar.
¿Qué vas a hacer, Mark?
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
Sólo constata un hecho. La camarera se acerca lo justo para confirmar el café solo doble. Valeria espera a que se aleje antes de volver a hablar. No baja mucho la voz, porque no lo necesita; la coloca en ese punto exacto en el que sólo tú puedes entenderla sin esfuerzo.
Sus ojos no se apartan de los tuyos. No hay reproche evidente en ellos. Hay evaluación. Una de esas miradas que no juzgan la frase, sino el mecanismo que la ha producido.
Sonrío de medio lado y me acomodo en la silla, en la medida en que eso es posible.
-No se preocupe por ello señorita
Parhon -digo modulando la voz a un tono más adecuado- si alguien me hubiera escuchado mencionar la susodicha organización, en el mejor de los casos, no sabría de qué estoy hablando y creería antes que se trata de algún grupo cutre de heavy metal local que otra cosa, y... en el peor de los casos... si el que escucha sabe de qué hablamos, de poco importaría pues estaríamos igualmente jodidos...
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
La camarera deja el café delante de ti. El líquido tiembla apenas cuando la taza toca el plato. Valeria espera otra vez. Tiene una paciencia desagradable, no porque parezca infinita, sino porque parece administrada.
No añado más y asiento a la camarera. Espero un poco a que se temple antes de darle un buen y amargo trago. Miro a los ojos de mi informante y la vuelvo a sonreír, una sonrisa de esas que no corresponden con mi mirada.
-Prosiga por favor...
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
No adorna la frase.
Valeria coge la taza, pero no bebe. Sólo la gira unos centímetros, alineando el asa con una precisión casi absurda.
La gema roja de su anillo vuelve a captar la luz. Durante un instante parece latir, aunque quizá sólo sea el reflejo de alguien pasando al otro lado del cristal.
Observo por un instante la manía perfeccionista mostrada por
Valeria con la taza. Mi mirada pasa por encima el anillo con la gema roja engarzada ¿En serio es tan evidente? La verdad es que mis camaradas no se exprimen mucho la cabeza a la hora de dar nombres a artefactos místicos de control mental.
-El
Arce Verde de nuevo... parece que las
Furias Negras no saben quedarse quitas... -¿
Monique? Me pasa la pregunta por la cabeza- ¿Sabes quienes conforman la comitiva francesa?
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
Hace una pausa pequeña. Esta vez sí bebe un sorbo. Apenas moja los labios.
La última palabra queda ahí, cuidadosamente colocada. Valeria abre la carpeta y desliza hacia ti una hoja doblada dos veces. No la empuja del todo. La deja en medio de la mesa, como si quisiera comprobar si tienes prisa por tocarla.
Escucho con atención todo lo que sigue diciendo. Cuando saca la hoja doblada, la miro unos instantes y vuelvo la mirada hacia
Valeria.
-Continúa por favor... -doy otro sorbo del negro café- ya tendré tiempo de deleitarme con la lectura más tarde...
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
Fuera, en el aparcamiento, una familia cruza frente al ventanal con bolsas de compra. Un niño pisa un charco pequeño y su madre le riñe sin demasiada convicción. La normalidad sigue haciendo su trabajo, indiferente a todo.
Valeria deja la taza sobre el plato. Esta vez el sonido es muy suave.
Sus dedos rozan el anillo de forma casi imperceptible. Parece un hábito.
Alzo las cejas y asiento lentamente.
-Comprendo... una chapuza... no hay lugar a dudas pero... -vuelvo a sonreír torciendo el gesto- en este caso particular, yo no soy el peón adecuado al que presentar las quejas... -vuelvo a beber del negro líquido- pero descuide señorita
Parhon, cuando tenga un respiro entre misión y misión... me ocuparé de presentar a mis superiores tal advertencia... continúe... -es una petición neutra, no impositiva.
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42
Valeria inclina un poco la cabeza. Por primera vez, algo parecido a la curiosidad se le mueve en la expresión.
No sonríe.
La frase sale demasiado limpia. Demasiado plana. Casi como si hubiera algo en ella que hubiera decidido no reaccionar.
-¿Verdad que sí? -respondo sin dar demasiada importancia a lo que acaba de indicar- la verdad es que es un chico competente... -vuelvo a sonreír al sin mostrar simpatía en mi mirada- me alegra observar que es usted de esas mujeres que se fijan en los detalles ¿Deformación profesional?¿El hábito hace al monje? -doy otro trago al café y sigo escuchando.
Cita de: Maurick en 20 de May 2026, 23:38:42Cita de: Mark en 18 de May 2026, 10:37:31-Mi nombre es Mark Rodríguez y me envía la Justicia Metálica... es el momento de que hablemos ¿Qué nos tienes que contar?
Valeria apoya ambas manos sobre la mesa. Sus ojos bajan un instante hacia tu café y luego vuelven a ti.
La pregunta no suena provocadora. Suena clínica. Como si estuviera midiendo una fractura antes de decidir si merece la pena entablillar o amputar.
¿Qué vas a hacer, Mark?
-Si conoce el nombre de mi camarada eslavo, entiendo que usted sabe por qué me han enviado a mi aquí y no a cualquier otro miembro de un clan de brutos ¿No es así? -doy otro trago al café y termino su contenido- Me gusta que las misiones salgan lo más limpias posibles... tengo alma de policía... no de matón... -espero unos instantes antes de proseguir- así que la ventana de actuación la tenemos hoy... -ahora si recojo la hoja y me la acerca a mi zona de la mesa sin abrirla- ¿Tengo acaso aquí los detalles?¿Usted participará en la intervención o simplemente es de las que manejan la lengua y no las piernas?
Mientras espero a sus respuestas, abro la hoja con tranquilidad para echar un ojo a su contenido.
Valeria no reacciona al comentario sobre la lengua y las piernas. Ni una ceja, ni una tensión en la boca, ni un parpadeo más largo de lo necesario. Sólo te observa durante un segundo más, como si acabara de registrar algo que ya esperaba encontrar.
Sus dedos permanecen inmóviles junto a la taza. La gema roja del anillo recoge otra vez la luz del ventanal, breve, precisa, casi enferma.
No lo dice con desprecio, pero eso quizá lo haría menos incómodo. Lo dice con la serenidad de quien anota un síntoma en una ficha clínica y sigue con la entrevista. La hoja que despliegas contiene un plano parcial, demasiado limpio para haber sido dibujado deprisa. Hay una dirección en Getxo, incompleta en apariencia, marcada sólo con calle, número de acceso técnico y referencia interna. Debajo, un esquema vertical de un ascensor secundario: tres niveles, un pasillo de mantenimiento, una zona de carga y una compuerta señalada con un código alfanumérico. Hay dos claves escritas a mano en el margen, junto a horarios de menor tránsito: es una grieta en la seguridad.
La cafetería sigue con su rutina alrededor. Una pareja discute en voz baja junto a la barra. La camarera limpia una mesa sin levantar la vista. En algún punto del centro comercial, una megafonía anuncia una promoción absurda que nadie escucha de verdad. Valeria inclina apenas la cabeza cuando mencionas al Arce Verde.
Deja una pausa pequeña ahí. Lo bastante medida para que el nombre pese sin que parezca que intenta usarlo contra ti.
Vuelve a mirar la hoja, no para comprobarla, sino para señalar con los ojos el único dato que de verdad importa.
Sus dedos rozan el anillo. Esta vez el gesto dura un poco más: Valeria se queda quieta durante un instante, con la mirada suspendida en un punto entre tu café vacío y la hoja abierta. No parece distraída. Parece haber escuchado algo que no ha sonado en la mesa.
Se detiene. No hay miedo en su cara. Ni confusión clara. Sólo una interrupción mínima, casi imperceptible, como una línea mal escrita en un informe perfecto. Luego parpadea y vuelve a ti con la misma limpieza de antes.
La corrección llega demasiado deprisa. Demasiado ordenada.
Por primera vez, su mano se aparta del anillo. La deja sobre la mesa, abierta, tranquila, como si quisiera demostrar algo a alguien que no está allí.
Valeria cierra la carpeta fina y la guarda junto al bolso. No se levanta aún. Te concede unos segundos más, no por cortesía, sino porque parece haber calculado que todavía son útiles.
La mujer mira hacia el ventanal. Fuera, en el aparcamiento, ves fugazmente el traje blanco de Kara entre dos coches. No está mirando directamente a la cafetería, pero sabes que está pendiente. Más allá, donde el cristal devuelve reflejos confusos, no hay rastro visible de Vytalian.
Ahora sí se pone en pie. Lo hace con una precisión suave, sin prisa. Coge el bolso, deja unas monedas junto a la taza intacta y te mira una última vez. No hay alianza en su expresión. Tampoco amenaza. Sólo una evaluación que todavía no ha terminado.
Se marcha sin mirar atrás. La puerta automática de la cafetería se abre y se cierra tras ella con un suspiro de aire templado. Durante unos segundos te quedas con el plano parcial abierto sobre la mesa, el café terminado y la sensación extraña de haber hablado con alguien que entregaba secretos con una mano mientras otra parte de sí misma intentaba no dejar huellas. Cuando sales, Kara ya te espera cerca de una columna, impecable dentro de su traje blanco, aunque el cansancio sigue ahí, bajo los ojos. No pregunta de inmediato. Primero mira la hoja en tu mano. Luego tu cara. A un lado, el reflejo de un escaparate tiembla. Vytalian reaparece desde la Umbra con el gesto torcido, como si hubiera olido algo desagradable al otro lado del mundo. Kara baja la voz.
Vytalian se coloca a vuestra altura, mirando de reojo hacia la salida por la que se ha ido Valeria.
La hoja pesa poco entre tus dedos: noventa segundos, un ascensor secundario y un fugitivo antes de convertirse en huésped.
¿Qué haces, Mark?
Espero unos segundos sentado después de que Valeria abandone el lugar. Pienso en toda la información que me ha soltado y me guardo el plano en un bolsillo interior de mi chupa de cuero. De nuevo Monique... debe tener la agenda más apretada que un consejero de gobierno.
Transcurrido apenas un minuto, salgo del centro comercial y me enciendo un cigarro antes de reunirme con Kara.
-Y yo pensando que Triptikus era un tipo raro... -digo mientras expulso el humo por la nariz- buena colección de bichos raros tenemos por aquí... -giro de medio lado la cabeza al aproximarse Vytalian y ponerse a nuestra altura- ah, no te ofendas, no iba por ti... -digo con una sonrisa de medio lado.
Ofrezco un cigarro a mi compañero.
-Por si quieres rebajar la aracnofobia con un poco de nicotina... -me vuelvo hacia Kara- además de mal rollo, me ha dado esto -la ofrezco el papel con el plano y los códigos- la verdad es que para ser un documento teóricamente encriptado, al que se le ocurrió denominar al artefacto de control mental como "anillo carmesí" habría que darle un puto ascenso... literalmente, era un anillo con una especie de rubí... -doy otra calada y espero unos segundos a que Kara mire el papel.
Lo que continúa es una explicación punto por punto de todo lo que Valeria Parhon me ha relatado. Tanto la anécdota de los bioandroides, como la presencia del Arce Verde y las intenciones de Towers. Por supuesto, dedico un tiempo más valioso a exponer lo que pone en el plano y los accesos que nos ha facilitado Valeria, así como la ventana de acceso y la grieta en la seguridad que aprovecharemos.
-Con todo esto claro -prosigo- deberíamos ser dos los que intervengamos directamente en la infiltración... -miro alternativamente a mis compañeros- si os parece adecuado, podríamos mantener la misma alineación que en el Dobra... Kara y yo nos infiltramos mientras Vyt se mantiene como nuestros ojos y oídos fuera, advirtiéndonos de cualquier inconveniente y, en el peor de los casos, facilitando nuestra huida o, en caso de que eso fuese imposible, como testigo e informante a nuestros superiores de que pueden ir abriendo una botella de vodka para brindar en nuestro honor de garous torturados y muertos...
Espero otros prudentes instantes para que mis camaradas rusos puedan aportar alguna sugerencia, alguna pega o lo que se les pueda ocurrir.
-Nuestra comunicación durante la operación puede ser a través de los comunicadores que el bueno de Haro nos proporcionó, pero... siendo en un sótano y ante la posibilidad de que su seguridad incluya inhibidores de frecuencia, podríamos volver al asunto que comentasteis en Cantabria acerca de un enlace mental o algo así que puede mantener Vytalian activo...
Dejo ahí la propuesta y espero sus respuestas.
Cita de: Mark en 29 de May 2026, 16:11:13Ofrezco un cigarro a mi compañero.
Vytalian acepta el cigarro con un gesto casi automático, aunque no llega a encendérselo enseguida. Primero se queda mirando el papel que le has pasado, sujetándolo por una esquina como si fuese algo húmedo o desagradable. Sus ojos recorren las líneas, los códigos, el esquema del ascensor. Luego frunce un poco el ceño y se lo entrega a Kara sin decir nada durante un par de segundos.
Kara coge la hoja con cuidado. No se limita a leerla. La estudia. El traje blanco sigue impecable bajo la luz sucia del aparcamiento, pero hay algo en sus hombros que ya no consigue sostener del todo la pose. Vytalian señala el margen con dos dedos.
El ruso ladea un poco la cabeza, observando los códigos como si pudieran olerle mal desde el papel.
Kara no responde de inmediato. Sus ojos siguen sobre la hoja, pero el móvil empieza a vibrarle dentro de la chaqueta. El sonido corta la escena con una vulgaridad casi ofensiva. Ella mira la pantalla, traga saliva y se aparta unos pasos hacia una de las columnas del aparcamiento.
Vytalian aprovecha ese breve hueco para encender por fin el cigarro. Da una calada corta, mira hacia las cristaleras del centro comercial y suelta el humo por la nariz.
Cita de: Mark en 29 de May 2026, 16:11:13-Y yo pensando que Triptikus era un tipo raro... -digo mientras expulso el humo por la nariz- buena colección de bichos raros tenemos por aquí... -giro de medio lado la cabeza al aproximarse Vytalian y ponerse a nuestra altura- ah, no te ofendas, no iba por ti... -digo con una sonrisa de medio lado.
Su tono intenta ser ligero, pero no le sale del todo. Hay demasiada tensión pegada a la mandíbula.
No llega a desarrollar más la idea. Kara vuelve antes de que pueda rematar la burrada. Tiene el móvil aún en la mano y la cara más cerrada que hace un minuto.
No lo dice en alto, pero algo en el tono hace que la conversación se corte de raíz. Kara pasa junto a vosotros sin esperar confirmación. Vytalian te mira de lado, apaga el cigarro contra el suelo y la sigue con mala cara.
Dentro del vehículo, el aire parece más pequeño. El olor a tabaco, cuero viejo y lluvia se mezcla con la tensión que trae Kara de la llamada. Ella se sienta al volante, pero no arranca. Deja el móvil sobre el salpicadero y mira a Vytalian por el retrovisor.
Vytalian aprieta los labios. No parece con ganas de obedecer, pero lo hace. Apoya una mano sobre el salpicadero, cierra los ojos un instante y murmura algo demasiado bajo para que las palabras importen. El ruido exterior se amortigua de forma extraña. Los motores del aparcamiento, los pasos, el chirrido de un carrito... todo sigue ahí, pero separado, como si el coche hubiera quedado envuelto por una capa de agua invisible.
Kara no le responde. Pulsa una tecla y pone a Semyon en el altavoz. Durante un segundo sólo hay estática baja. Luego entra su voz, fría, limpia, sin rastro de prisa.
Kara baja la vista hacia el plano abierto sobre sus rodillas. Sus dedos se apoyan cerca de los códigos, pero no los tocan.
La frase cae dentro del coche con un peso distinto al de la captura de Johnny. Kara se queda inmóvil, como si hubiese entendido la orden antes de querer admitirla.
No es una objeción clara. Todavía no. Es peor: es una grieta. La voz le sale más baja de lo habitual, y se nota que intenta recomponerse antes de que Semyon la oiga dudar.
Vytalian gira la cabeza hacia el móvil del salpicadero. La expresión se le endurece poco a poco.
El silencio que sigue no dura mucho, pero sí lo suficiente para que Kara cierre los ojos un instante. No por miedo. Por cansancio. Por saber exactamente lo que viene.
La voz de Semyon no cambia. Eso lo hace peor.
Vytalian expulsa aire por la nariz. No dice nada al principio. Sólo mira el altavoz, luego a Kara, luego a ti. Hay rabia en sus ojos, pero también algo más viejo, más difícil de nombrar. Algo que no ha empezado esta mañana. Abre la puerta del coche.
El portazo sacude el vehículo. Fuera, Vytalian se aleja unos pasos por el aparcamiento, con los hombros tensos y las manos cerradas, sin mirar atrás. Desde el altavoz llega la voz de Semyon, algo más baja.
Kara tarda en contestar. Sus dedos se cierran sobre el volante aunque el motor sigue apagado. Cuando habla, se le engancha la primera palabra.
Al otro lado, Semyon suspira. No parece sorprendido. Sólo molesto por tener que dedicarle un segundo de la operación a algo tan humano.
Se oye un pequeño roce de papeles, o quizá de teclado. Semyon dicta unas coordenadas con precisión seca. Kara las memoriza sin apuntarlas, mirando al frente como si la luna del coche estuviera a kilómetros de distancia.
La llamada se corta. El interior del coche queda en silencio. El Don de Vytalian sigue amortiguando el mundo exterior, así que durante unos segundos sólo se oye la respiración de Kara y el crujido muy leve del papel sobre sus rodillas. Ella no te mira de forma inmediata.
Tiene las manos sobre el volante, los nudillos pálidos, la espalda recta a la fuerza. Afuera, Vytalian sigue junto a una columna, de espaldas, fumando con rabia contenida. Más allá, el centro comercial continúa tragando gente como si nada de esto existiera. Kara cierra los ojos un segundo, y luego los abre.
No suena como una orden. Suena como alguien que necesita oír una mentira manejable antes de arrancar el coche.
Me mantengo en silencio durante la conversación. No me interesa meterme en medio de fricciones internas ajenas a mi. A fin de cuentas, ellos tres son un libro escrito y yo apenas soy una nota a pie de página.
Cuando la conversación termine y Kara se dirige a mi, me recuesto en mi asiento.
-La información es poder, seas un Colmillo Plateado, un Morador del Cristal o un Hijo de Gaia... es lógico que Semyon y los de arriba quieran aprovechar la oportunidad... -la miro más directamente- no me malinterpretes como Vyt... soy consciente de que este es un nuevo marrón para nosotros, que se suma al que ya teníamos, pero... -me encojo de hombros- eso no quita para que entienda su punto de vista... ¿me comprendes?
Bajo la ventanilla y me enciendo un cigarro.
-Con respecto a lo que Vytalian indicó, sobre el trazo nervioso y todo eso... -doy una calada y tengo el cuidado de que el humo salga afuera del coche- puede que no ande desencaminado. Durante mi charla con la señorita Parhon, me fijé en que de vez en cuando se tocaba su artilugio de control mental de dudoso nombre técnico... creo que en cierta medida, su voluntad entra en conflicto con las medidas de control... -suspiro y vuelvo a calar- tendremos que tener cuidado durante la infiltración... esperemos que, de algún modo, su consciencia real no eche pulsos al control mental y haya introducido algún error en la información que nos ha dado como un modo de "rebeldía" subconsciente... -me giro hacia mi compañera y la lanzo una sonrisa- pero por favor, si se lo dices a Vyt, di que es una de tus conclusiones, no quiero que se sienta que le estoy dando la razón en algo... -dejo la broma suspendida.
Termino el cigarro y lo lanzo hacia afuera del vehículo. Abro mi puerta y saco medio cuerpo.
-¡Vyt! Es hora de ponerse en marcha y ganarse los galones... -vuelvo a meterme dentro y cierro la puerta- espero que sepamos diferenciar lo personal de lo profesional y podamos centrarnos en la misión... -me acerco un poco más de lo debido a Kara- Os prometo una botella de vodka cara para celebrar que todo ha salido bien -la susurro- Es bueno darse un homenaje entre un pozo de mierda y otro... -me separo y espero a que mi compañera arranque el coche y nos dirijamos al lugar acordado con el operativo.
Cita de: Mark en 02 de Jun 2026, 16:03:08-La información es poder, seas un Colmillo Plateado, un Morador del Cristal o un Hijo de Gaia... es lógico que Semyon y los de arriba quieran aprovechar la oportunidad... -la miro más directamente- no me malinterpretes como Vyt... soy consciente de que este es un nuevo marrón para nosotros, que se suma al que ya teníamos, pero... -me encojo de hombros- eso no quita para que entienda su punto de vista... ¿me comprendes?
Kara escucha sin interrumpirte. No parece convencida, pero tampoco se defiende. Sus ojos siguen en el volante, con los dedos aún apretados alrededor del cuero, como si la única forma de no desbordarse fuese mantener las manos ocupadas. Cuando hablas de información, poder y oportunidades, su respiración se vuelve un poco más lenta. No más tranquila. Sólo más medida.
La respuesta sale baja. Casi demasiado baja para alguien que está al mando de una operación.
No añade nada más durante unos segundos. Mira por el retrovisor hacia Vytalian, que sigue fuera, de espaldas, fumando junto a la columna. Luego vuelve a ti cuando mencionas a Valeria, el anillo y la posibilidad de que su propia voluntad esté arañando el control que lleva encima. Kara no sonríe con tu broma. Pero algo en la tensión de su mandíbula cede un poco.
El tono no es seco. Es casi un pacto pequeño, de esos que no se nombran como tal porque entonces parecerían más frágiles. Cuando abres la puerta y llamas a Vytalian, el ruso gira la cabeza despacio. No viene al instante. Primero termina la calada, tira el cigarro al suelo y lo pisa con una calma demasiado consciente para no ser rabia contenida. Después se acerca al coche, abre la puerta trasera y se mete sin pedir permiso ni mirar a nadie de frente.
Cita de: Mark en 02 de Jun 2026, 16:03:08-¡Vyt! Es hora de ponerse en marcha y ganarse los galones... -vuelvo a meterme dentro y cierro la puerta- espero que sepamos diferenciar lo personal de lo profesional y podamos centrarnos en la misión... -me acerco un poco más de lo debido a Kara- Os prometo una botella de vodka cara para celebrar que todo ha salido bien -la susurro- Es bueno darse un homenaje entre un pozo de mierda y otro... -me separo y espero a que mi compañera arranque el coche y nos dirijamos al lugar acordado con el operativo.
Kara arranca el coche. No hay música. No hay conversación durante los primeros minutos. Sólo el motor, el ruido de los neumáticos sobre el asfalto húmedo y el murmullo distante de Bilbao abriéndose alrededor. El centro comercial queda atrás con su luz blanca, sus familias, sus cafeterías y esa mentira amable de que el mundo funciona con horarios de apertura y cierre.
La ciudad cambia al acercaros a Getxo. El gris industrial se va limpiando un poco, pero no desaparece. Se esconde entre edificios más cuidados, calles húmedas, fachadas elegantes y tramos donde el verde insiste en trepar por cualquier hueco que el hormigón le permite. El mar no se ve todavía, pero se nota en el aire: sal, humedad fría, metal oxidado en alguna parte.
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, cerca de las Instalaciones Demóstenes
📅 27 de Agosto de 2005, 13:58
Las coordenadas de Semyon os sacan de las vías principales y os hunden poco a poco en la zona baja de Romo-Itzubaltzeta, allí donde Getxo deja de parecer una postal costera y empieza a recordar que también tuvo grasa, muelles y metal bajo las uñas. Las calles se vuelven más estrechas, más funcionales. Naves viejas, talleres cerrados, garajes con persianas marcadas por la humedad, cámaras nuevas atornilladas sobre fachadas demasiado antiguas y ese olor persistente a ría, óxido y lluvia vieja.
Kara reduce la velocidad al llegar a una calle secundaria, no demasiado lejos de Gabriel Ramos Kalea y Torrebarria Kalea. Hay una nave discreta a un lado, un aparcamiento de servicio al otro y una furgoneta blanca esperando con el motor apagado. Dentro hay tres figuras, y la primera la reconoces enseguida: es el mostrenco que acompañaba a Esteban y a Fernanda. No lleva gafas oscuras ni intenta parecer un simple operativo. No le hace falta. Está sentado al volante como un bloque de carne y rabia comprimida, con el cabello rapado, la barba de varios días y esa cara de haber sido construido a base de golpes mal curados. La nariz rota, los labios gruesos, los nudillos anchos sobre el volante. Cuando os ve llegar, no levanta la barbilla. Sólo gira los ojos hacia ti.
Y recuerda. La noche anterior, María Fernanda Robles estaba de rodillas; la noche anterior, tú bajaste el hacha. La noche anterior, él miró. Kara aparca cerca, pero no apaga el motor de inmediato. Sus dedos se tensan en el volante.
Vytalian mira por la ventanilla con gesto torcido. Sus ojos se fijan primero en Apolo y luego en los dos hombres que van con él, sentados en la parte trasera de la furgoneta.
Los otros dos no parecen Garou. Tampoco parecen simples matones. Humanos, quizá. O algo lo bastante humano como para que el ojo quiera dejarlos pasar de largo. Uno tiene la piel demasiado encerada, como si el sudor no terminase de salir bien por los poros. El otro mantiene una sonrisa pequeña, fija, con los labios cerrados y los ojos demasiado quietos. Hay algo en ellos que no encaja. No lo bastante claro para señalarlo. Lo bastante sucio para que el cuerpo lo note antes que la cabeza.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Escena_Apolo_con_secuaces_Getxo.jpg)
Apolo baja de la furgoneta. Lo hace despacio, sin teatralidad. Lleva botas de combate, vaqueros gastados y una chaqueta de cuero vieja que no oculta del todo la anchura de sus hombros. En una mano trae una mochila negra. Camina hasta vuestro coche. No mira a Kara, ni a Vytalian. Te mira a ti.
El aire entre ambos se vuelve áspero, como si la calle se hubiera quedado sin humedad durante un segundo. Apolo no enseña los dientes, pero la tensión de su mandíbula basta para imaginar el resto. Se detiene junto a la ventanilla de Kara y le entrega la mochila sin una palabra. La Ragabash la coge con cuidado. Apolo mantiene la mano un instante más de lo necesario sobre la correa, obligándola a tirar un poco. Luego la suelta. Sus ojos vuelven a ti. No hay desafío abierto. No puede permitírselo. Vytalian inclina la cabeza, olfateando el aire sin hacerlo evidente.
Apolo no responde. Los dos hombres de la furgoneta tampoco. Uno de ellos gira la cara hacia Vytalian con un retraso mínimo, medio segundo tarde, como si hubiese recibido la orden de parecer ofendido y no hubiera sabido ejecutarla a tiempo. Kara baja la vista a la mochila, abriéndola sobre sus rodillas. Dentro hay tres dispositivos planos, del tamaño de una caja de cerillas, negros, sin marca visible. También un pequeño lector, dos piezas adhesivas con aspecto de parche técnico, una bolsita con herramientas y una hoja plastificada con instrucciones mínimas. Todo demasiado limpio y demasiado preparado. Kara revisa el contenido con la cara quieta.
La frase le sabe mal. Se nota en la forma en la que baja la mirada hacia los aparatos, como si fuesen más pesados de lo que parecen. Vytalian se inclina un poco hacia delante desde el asiento trasero.
Kara no le responde. Kara guarda la hoja plastificada en su chaqueta y deja los tres dispositivos sobre tu pierna, junto al lector. Esta vez sí te mira, aunque por debajo del cansancio hay una tensión nueva. Apolo sigue ahí fuera, a medio metro, como si su presencia hiciera más estrecho el coche.
Apolo da un paso atrás. No se despide. No hace falta. Sus dos acompañantes siguen en la furgoneta, quietos, con esa quietud demasiado obediente que resulta peor que una amenaza. Cuando el Ahroun vuelve al vehículo, uno de ellos abre la puerta lateral desde dentro antes de que él llegue a tocarla. Ese detalle es mínimo, y desagradable. La furgoneta arranca y se marcha con una suavidad poco acorde al hombre que la conduce. Durante unos segundos queda el rumor del motor perdiéndose calle abajo y la sensación de que algo pegajoso se ha quedado en el aire.
Vytalian mira por el cristal trasero hasta que la furgoneta desaparece.
Kara no contesta al principio. Cierra la mochila, pero no la aparta de sus rodillas.
La dirección parcial de Valeria os lleva después a una zona todavía más anodina, más cerca del viejo tejido industrial que bordea la ría. Una entrada de servicio entre dos edificios reacondicionados, una persiana metálica vieja, un acceso lateral con lector de tarjeta y una cámara orientada hacia una esquina que no cubre del todo el ángulo muerto. Todo parece demasiado normal para ser la puerta trasera de un túmulo. Y quizá por eso funciona. Kara detiene el coche a media manzana. Apaga el motor, pero no se mueve todavía.
Vytalian observa el entorno durante unos segundos. Sus ojos ya no tienen la rabia limpia de antes. Ahora están trabajando. Eso también cambia algo dentro del coche.
Luego te mira a ti, todavía desde el asiento trasero.
Kara abre la puerta y sale. El aire de Getxo entra frío, cargado de humedad, sal lejana y metal mojado. Se ajusta la chaqueta blanca, se recompone el pelo con un gesto pequeño y se queda mirando el acceso técnico.
Lo dice con firmeza. No porque ya esté cómoda, sino porque ha decidido que la incomodidad no va a mandar más que ella. Vytalian baja del coche y se acerca al lateral de un escaparate oscuro. El cristal devuelve su reflejo deforme durante un instante. Apoya dos dedos sobre la superficie y murmura algo. Su silueta parece perder peso, volverse más delgada, más distante, hasta que el reflejo se lo traga con un temblor leve. El enlace llega un segundo después. No es una voz dentro de tu cabeza, no exactamente. Es una presencia áspera, cargada de humo, cansancio y mala leche.
Kara te mira. Ahora sí. Sin Semyon en el altavoz. Sin Valeria en la mesa. Sin Terry sonriendo detrás. Sólo ella, tú, una puerta de servicio y un túmulo enemigo debajo de una ciudad que todavía finge ser una ciudad.
La cámara del acceso gira lentamente sobre su eje, obedeciendo algún ciclo de vigilancia perezoso. Durante un breve intervalo, el ángulo muerto queda abierto. El lector de la puerta espera. El papel de Valeria pesa dentro de tu chaqueta, y los dispositivos de escucha descansan en tus bolsillos. Y bajo vuestros pies, el Viento de Acero respira en silencio.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Seguir las instrucciones de Kara y llevar a cabo la infiltración. Tendrás que superar una tirada de Inteligencia + Informática a Dificultad 8. Con 1 éxito, implantas los dispositivos de escucha y seguimiento correctamente. Con un fallo, también los implantas... pero no sabrás que has dejado algo atrás que os molestará en el futuro.
🟨 Detenerte un momento y preguntar a Vytalian qué ha notado exactamente en Apolo y en los dos hombres que le acompañaban. Kara se mostrará molesta por perder la ventana de acceso, pero quizá necesitas saber qué clase de mierda os acaban de poner delante antes de entrar en el Viento de Acero. Obtendrás una pista adicional, pero tendrás que realizar la tirada de 🟦 con +1 a la Dificultad.
🟥 Ignorar a Kara, decirle que entre sola y perseguir a Apolo. Hay algo en todo esto que no encaja, y tu instinto te dice que dejar marchar al mostrenco del Trono de Cibeles puede ser un error. Perderás 2 puntos de Gloria temporal, pero te pondrás en el camino del Señor de la Sombra y de lo que sea que lleva en esa furgoneta.
Al llegar y ver al operativo, no puedo evitar suspirar y mascullar por abajo.
-Somos uno de los mayores clanes garou de toda
Gaia y tenían que subcontratar a este de nuevo... lo siguiente será poner a
Esteban como negociador en el caso de que nos capturen y ya sería la guinda del pastel...
No digo ninguna palabra durante el "intercambio". Me limito a asentir mientras tengo la ventanilla del copiloto bajada para que el humo no genere una niebla incómoda dentro del vehículo. Mi actitud con
Apolo es neutra, como si se tratara de un trámite burocrático, aunque por dentro me esté cagando en todos los ancestros de quien vio oportuno traerle al día siguiente de la ejecución de su compañera.
Cita de: Maurick en 03 de Jun 2026, 01:11:10
La frase le sabe mal. Se nota en la forma en la que baja la mirada hacia los aparatos, como si fuesen más pesados de lo que parecen. Vytalian se inclina un poco hacia delante desde el asiento trasero.
Kara no le responde. Kara guarda la hoja plastificada en su chaqueta y deja los tres dispositivos sobre tu pierna, junto al lector. Esta vez sí te mira, aunque por debajo del cansancio hay una tensión nueva. Apolo sigue ahí fuera, a medio metro, como si su presencia hiciera más estrecho el coche.
-Son dispositivos de escucha y de seguimiento... -digo mirando los objetos de soslayo- no solo soy
Morador del Cristal para recibir el rechazo de mis congéneres... -digo a
Vyt de medio lado esbozando una sonrisa- no os preocupéis por ello, me ocuparé yo de instalarlos...
Los recojo de manos de
Kara y espero a que la extraña comitiva se marche.
Cita de: Maurick en 03 de Jun 2026, 01:11:10Vytalian mira por el cristal trasero hasta que la furgoneta desaparece.
Kara no contesta al principio. Cierra la mochila, pero no la aparta de sus rodillas.
-Puede que sean otras extrañas criaturas como la "spiderwoman" de antes... -me encojo de hombros- eso ahora de poca importancia dispone... esperemos que este sea el cauce de "redención" de
Apolo y se lo haya tomado en serio... de lo contrario, será otra palada de tierra sobre nuestra tumba...
Una vez en el lugar señalado por
Valeria, observo con atención el lugar mientras mis compañeros intercambian sus últimos comentarios y anotaciones previos a la infiltración. No tengo nada que añadir.
-Descuida
Kara, tengo claro lo que tenemos entre manos...
Cita de: Maurick en 03 de Jun 2026, 01:11:10¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Seguir las instrucciones de Kara y llevar a cabo la infiltración. Tendrás que superar una tirada de Inteligencia + Informática a Dificultad 8. Con 1 éxito, implantas los dispositivos de escucha y seguimiento correctamente. Con un fallo, también los implantas... pero no sabrás que has dejado algo atrás que os molestará en el futuro.
La cámara del acceso sigue girando con esa lentitud casi perezosa de los sistemas que confían demasiado en sí mismos. No parece antigua. Tampoco nueva. Parece mantenida, revisada, encajada dentro de una rutina que lleva años funcionando sin que nadie tenga que pensar demasiado en ella. El lector de la puerta parpadea en rojo.
Kara se coloca a tu lado, lo bastante cerca para cubrirte sin invadirte. El traje blanco resulta casi ofensivo en aquella calle húmeda, junto a la persiana metálica y el olor a ría vieja. Tiene una mano dentro de la chaqueta. La otra descansa suelta junto al cuerpo, pero no hay nada relajado en sus dedos.
No lo dice como una orden, si no como una frase de ánimo, llena de confianza. Introduces la primera clave. Durante un segundo no ocurre nada. El lector permanece en rojo, la cámara sigue su ciclo y el viento arrastra una bolsa de plástico contra el bordillo. Luego el piloto cambia a verde con un chasquido casi tímido. La puerta se desbloquea. Kara no sonríe, pero toma la decisión de ir primero.
Sólo eso. Dentro, el acceso técnico huele a polvo húmedo, grasa industrial y electricidad caliente. Un pasillo estrecho se hunde hacia abajo entre paredes de hormigón pintadas de un gris viejo, con tuberías gruesas recorriendo el techo y cables sujetos por abrazaderas metálicas. Hay luces fluorescentes cada varios metros, algunas con un parpadeo mínimo, casi imperceptible, como si estuvieran respirando mal.
La puerta se cierra detrás de vosotros con un golpe sordo, mientras el sonido queda atrapado en el pasillo. Durante un instante, la ciudad desaparece. Kara mira hacia atrás, luego al frente. No habla. Levanta dos dedos, señalando avance. Su manera de moverse cambia dentro del edificio. Fuera parecía una mujer agotada intentando sostener una operación demasiado grande; aquí se vuelve más pequeña, más precisa, más silenciosa. El enlace de Vytalian llega con un roce áspero al fondo de la cabeza.
Su presencia mental no suena como una voz normal. Es más bien una presión cargada de humo, rabia mal disimulada y un frío que no viene del pasillo.
Kara oye la parte que Vytalian decide compartirle. Se le endurece la mandíbula, pero sigue avanzando. El primer punto indicado por Valeria está detrás de un panel de mantenimiento oxidado, en una arqueta lateral donde convergen tres conducciones de datos y una línea eléctrica secundaria. A simple vista, el sitio parece una chapuza industrial más, una tripa abierta en un edificio viejo. Pero en cuanto te arrodillas y apartas la placa, ves el orden bajo la mugre: Demóstenes no está improvisado.
Cada cable está numerado. Cada abrazadera tiene una marca de revisión. Hay símbolos pequeños grabados sobre el metal, no exactamente runas, no exactamente códigos técnicos. Cosas a medio camino entre una firma de mantenimiento y una oración para que la máquina no olvide quién la alimenta. Kara se queda de pie a tu espalda, vigilando el pasillo, y no te mete prisa. Eso ayuda más de lo que debería.
Trabajas con el primer dispositivo. El lector responde sin que tengas que forzarlo demasiado. No es tecnología convencional, o no del todo. Hay una lógica de la Justicia Metálica en el diseño: capas redundantes, cifrado frío, una interfaz hecha para parecer más simple de lo que es. Pero también hay algo más, una función secundaria escondida bajo el protocolo de escucha.
No transmite todavía. Mapea y marca. Aprende el entorno antes de hablar con nadie. El primer dispositivo queda instalado con limpieza, adherido al interior de la arqueta, conectado a la línea auxiliar sin romper el flujo. Si alguien revisa el panel deprisa, no verá nada. Si alguien lo revisa bien, quizá tampoco. Kara se agacha un poco junto a ti, sin tocar nada.
Su voz sale baja, tranquila, controlada. Pero hay una tensión muy fina en la pregunta, como si una parte de ella quisiera que respondieras que no, que aquello no funciona, que aún estáis a tiempo de largaros sin haber dejado vuestra huella dentro de un túmulo ajeno. No es lo que puedes decir. El aparato emite una pulsación mínima. Tú la ves en el lector: una línea breve, limpia, casi elegante.
Kara ha visto tu cara. No pregunta de inmediato. Primero mira hacia el pasillo. Luego vuelve a ti. Sus ojos, tan claros bajo aquella luz enferma, no tienen reproche. Tienen miedo, aunque lo lleve sujeto con las dos manos.
Antes de que puedas responder, Vytalian entra otra vez en el enlace.
Una pausa.
El pasillo sigue vacío, y eso es lo peor. Avanzáis hacia el segundo punto. Esta vez la ruta os obliga a bajar una escalera metálica de servicio. Cada peldaño suena demasiado alto bajo las botas. El aire se vuelve más frío a medida que descendéis, pero no más limpio. Huele a agua estancada, a metal mojado y a ozono. En alguna parte, muy abajo, una máquina arranca y se detiene con intervalos regulares, como un pulmón viejo.
Al final de la escalera, una puerta con placa industrial os corta el paso.
INSTALACIONES DEMÓSTENESSECTOR M-3PERSONAL AUTORIZADO
La pintura está desconchada. La cerradura, en cambio, parece nueva. Kara se acerca primero. Pega el oído a la puerta, aguanta la respiración un segundo y luego se aparta. Te mira y asiente. Usas la segunda clave. Ahí empiezan los noventa segundos.
El lector parpadea en verde. La cerradura cede. Kara abre lo justo y se desliza dentro antes que tú, con una suavidad que no parece propia de alguien tan cansada. La sigues. El otro lado no se parece a una cueva sagrada. Hay servidores.
Filas de armarios metálicos, algunos antiguos, otros demasiado modernos, unidos por cables gruesos que suben al techo como raíces negras. Hay pequeños fetiches incrustados en las estructuras: placas de cobre con símbolos, tornillos adornados con plumas grises, fragmentos de hueso atados con alambre fino. Las luces de estado parpadean en verde, ámbar y azul, y durante un instante casi parece que os estén mirando. Demóstenes funciona como una ciudad encerrada dentro de otra ciudad. Kara se queda quieta al verlo.
La palabra se le escapa muy baja, sin fuerza. Luego vuelve a recomponerse y señala una columna lateral de cableado.
Instalas el segundo dispositivo. Esta vez lo haces más rápido. Mejor. El primer contacto te ha enseñado cómo piensa el sistema, y eso te permite deslizarte entre sus costuras sin rasgar nada visible. El aparato se camufla bajo una cubierta de mantenimiento y empieza a copiar patrones de tráfico interno, registrando rutas, horarios, densidad de movimiento. Kara vigila la puerta. Desde fuera, te llega su respiración contenida, como alguien que sabe que una sola interrupción puede convertir una infiltración limpia en una matanza.
Lo dice sin mirarte, y sabes que no es un cumplido de trámite. Es una cuerda tirada hacia ti en mitad del ruido blanco de los servidores. Una forma sencilla de decirte que está contigo, que confía en tus manos, que no vas solo aunque seas tú quien entiende aquella maquinaria mejor que ella.
El tercer punto está más adentro de lo que debería. Eso ya no te gusta. El plano de Valeria lo marca como una conducción de ventilación auxiliar, pero el recorrido os lleva hasta un corredor donde el hormigón deja paso a paneles lisos, puertas reforzadas y cámaras semiesféricas en las esquinas. No estáis en el corazón del túmulo, pero tampoco en su piel exterior. Estáis en una zona que alguien usa. No mucho. Lo suficiente. Pasa una mujer al fondo del pasillo.
Kara te agarra del brazo y te empuja contigo hacia un hueco lateral sin violencia, pero con decisión. Quedáis pegados a la pared, casi hombro con hombro, detrás de una conducción vertical. La mujer cruza a unos quince metros. Lleva bata clara, una carpeta bajo el brazo y el pelo recogido. No mira hacia vosotros. Sus pasos se alejan. Kara no te suelta enseguida. Su mano sigue en tu manga dos segundos más de lo necesario. Cuando se da cuenta, la retira despacio.
No tendría por qué disculparse, pero lo hace igual. La luz fluorescente le marca las ojeras, el cansancio acumulado, esa grieta que lleva toda la mañana intentando cerrar con órdenes breves y espalda recta. Por primera vez desde que entrasteis, parece muy joven. No débil. Joven. Como alguien a quien han puesto delante de demasiadas decisiones antes de dejarle aprender a vivir con ninguna. Luego vuelve la Kara de antes.
El tercer dispositivo encaja en la conducción auxiliar, pero en cuanto lo conectas, el lector devuelve una lectura que no esperabas. No es un fallo, es peor. La señal se divide en dos capas. Una escucha. La otra no. La otra busca algo dentro de Demóstenes, comparando patrones de acceso, rutas de seguridad y resonancias espirituales del sistema. No se limita a registrar movimiento. Está construyendo un mapa de vulnerabilidades: un mapa útil para entrar.
Vytalian gruñe dentro del enlace.
El tercer dispositivo palpita una vez en el lector, de forma muy suave y muy limpia. Como un corazón pequeño aprendiendo el ritmo de una casa ajena. Kara te mira. Esta vez no pregunta. Ya ha entendido suficiente por tu silencio.
A lo lejos, más allá de una puerta cerrada, se oyen voces. No palabras claras. Voces. Gente del Viento de Acero moviéndose por su propio hogar sin saber que acabáis de dejar algo respirando en las paredes. La ventana de noventa segundos está a punto de cerrarse. El lector sigue en tu mano, pero el tercer dispositivo ya está instalado. Y bajo vuestros pies, Demóstenes no grita, sólo escucha.
Kara se te queda mirando. Tenéis que salir de ahí cuanto antes. ¿Cómo lo vais a afrontar?
🟦 Salir por la ruta técnica siguiendo las instrucciones de Kara. Mente fría, pasos medidos, sin improvisar más de la cuenta. Realiza una tirada de Astucia + Sigilo a Dificultad 8 para salir de Demóstenes sin llamar la atención.
🟨 Pedir ayuda a Vytalian para escapar por la Umbra. Es más arriesgado, pero quizá os permita evitar los pasillos físicos antes de que la ventana se cierre del todo. Realiza primero una tirada de Gnosis a Dificultad 7 para cruzar, y después una tirada de Astucia + Ocultismo a Dificultad 6 para escapar de los espíritus sensibles del Viento de Acero.
🟥 Salir con normalidad, como si no hubiese pasado nada. Nada de trucos, nada de rodeos, nada de depender de la Umbra. Hay un 50% de posibilidades de que os pillen, pero no tendrás que hacer tirada ni jugártela con los espíritus del túmulo.
Cita de: Maurick en 06 de Jun 2026, 13:14:41El tercer dispositivo encaja en la conducción auxiliar, pero en cuanto lo conectas, el lector devuelve una lectura que no esperabas. No es un fallo, es peor. La señal se divide en dos capas. Una escucha. La otra no. La otra busca algo dentro de Demóstenes, comparando patrones de acceso, rutas de seguridad y resonancias espirituales del sistema. No se limita a registrar movimiento. Está construyendo un mapa de vulnerabilidades: un mapa útil para entrar.
Vytalian gruñe dentro del enlace.
El tercer dispositivo palpita una vez en el lector, de forma muy suave y muy limpia. Como un corazón pequeño aprendiendo el ritmo de una casa ajena. Kara te mira. Esta vez no pregunta. Ya ha entendido suficiente por tu silencio.
A lo lejos, más allá de una puerta cerrada, se oyen voces. No palabras claras. Voces. Gente del Viento de Acero moviéndose por su propio hogar sin saber que acabáis de dejar algo respirando en las paredes. La ventana de noventa segundos está a punto de cerrarse. El lector sigue en tu mano, pero el tercer dispositivo ya está instalado. Y bajo vuestros pies, Demóstenes no grita, sólo escucha.
Kara se te queda mirando. Tenéis que salir de ahí cuanto antes. ¿Cómo lo vais a afrontar?
🟦 Salir por la ruta técnica siguiendo las instrucciones de Kara. Mente fría, pasos medidos, sin improvisar más de la cuenta. Realiza una tirada de Astucia + Sigilo a Dificultad 8 para salir de Demóstenes sin llamar la atención.
-Quizás seas tú la que nos tengas que invitar a la botella de vodka... -la hago una señal con la cabeza para que me siga- bailemos juntos este
Kazachok... -sonrío de medio lado a mi compañera antes de caminar con decisión hacia la ruta técnica establecida.
Os escabullís entre los pasillos del Viento de Acero. Lo que más te llama la atención es que, a pesar de haber sido una serie de pasillos industriales y zonas de mantenimiento, no parecía una base de operaciones. Ni un laboratorio secreto: por cómo has visto comportarse a sus habitantes, lo que te ha venido a la mente es que era un hogar. Sin embargo, no puedes pararte a analizar lo que estás haciendo. Debéis continuar, y Kara se queda meditabunda sobre tu propuesta. Durante un segundo sólo te mira, con la respiración controlada y los ojos demasiado atentos para permitirse una sonrisa limpia.
La frase sale baja, casi sin aire. Luego echa un vistazo al pasillo, calcula el movimiento de la cámara, escucha las voces al otro lado de la puerta y vuelve a ti con una seriedad que, por alguna razón, pesa menos que antes. No con confianza ciega, con algo mejor. Con confianza trabajada a pulso en mitad del miedo. Avanzáis por la ruta técnica sin correr, sin mirar atrás más de lo justo, midiendo cada cruce y cada pausa. Hay un momento en el que una puerta se abre al fondo del corredor y una luz más clara corta el suelo. Kara te empuja apenas hacia un lateral, tú corriges el ángulo, esperáis dos respiraciones y aquella chica del Viento de Acero pasa sin veros.
El lector vibra una vez en tu mano: no es una alarma, es un registro. Un eco técnico del tercer dispositivo terminando su primera lectura de Demóstenes. Durante un instante, ves una línea de diagnóstico demasiado breve para estudiarla con calma: rutas internas, cierres secundarios, resonancias espirituales, puntos de mantenimiento. Una cartografía de vulnerabilidades. Luego desaparece. Vytalian entra en el enlace con una voz más baja que de costumbre.
Esta vez no hay chiste. Eso basta para entender que algo le preocupa de verdad. Kara se mueve a tu lado sin discutir. El traje blanco roza una tubería manchada de óxido, pero ella ni siquiera mira la marca. Todo su cuerpo está en la salida, en el siguiente giro, en el siguiente tramo de escalera, en el siguiente segundo que os mantiene vivos. Cuando llegáis a la puerta exterior, la cámara vuelve a estar girando hacia el ángulo muerto. La misma rutina de antes. El mismo punto ciego. La ciudad os recibe con aire húmedo, olor a ría y un ruido vulgar de tráfico lejano. Kara sale detrás de ti y se queda un instante con una mano apoyada en la pared, sin llegar a doblarse. Sólo cierra los ojos. Un segundo. Dos. Luego vuelve a abrirlos y se recompone antes de que nadie pueda llamarlo debilidad.
Vytalian reaparece poco después desde el reflejo oscuro de un escaparate cercano. Tiene peor cara que cuando se fue, y eso ya era difícil.
Kara no dice nada. El viento le mueve un mechón rubio que se le ha soltado durante la salida. Durante un momento parece que va a preguntar algo, quizá a ti, quizá a Vytalian, quizá a sí misma. Al final sólo recoge aire, se endereza y mira hacia el coche. Os repartís como estábais antes de entrar: Kara conduciendo, tú de copiloto y Vytalian atrás.
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, Cafetería Arriaga, a doce manzanas de las Instalaciones Demóstenes
📅 27 de Agosto de 2005, 16:02
El Café Arriaga está a unas cuantas manzanas de la zona industrial, lo bastante lejos como para que el acceso técnico de Demóstenes parezca otra vida, pero no tanto como para que el cuerpo deje de recordarlo. Es una cafetería de barrio, estrecha, con barra de madera oscura, mesas pequeñas junto al ventanal y olor a café recién molido, tabaco viejo y lluvia en la ropa.
Entráis los tres sin hablar demasiado. Vytalian pasa primero, con la cara cerrada y los hombros todavía tensos. Kara lo sigue, impecable a simple vista, aunque el bajo del pantalón blanco lleva una mancha de óxido que no se ha molestado en mirar. Os sentáis en una mesa apartada, cerca del fondo. Durante unos segundos nadie dice nada. Sólo respirais. El ruido de las tazas, la cafetera y una radio baja detrás de la barra hacen más por vosotros que cualquier discurso.
Kara se pasa una mano por la frente, recoge aire y mira al camarero cuando se acerca.
Vytalian levanta dos dedos sin cambiar la expresión.
Hace una pausa. Duda si decir tu nombre o llamarte de otra forma. Se hace una interacción incómoda. La normalidad de la cafetería os rodea con una indiferencia casi cruel. Por primera vez en un rato, ninguno de los tres tiene que moverse, hasta que alguien más entra por la puerta. Monique, junto con otras tres mujeres que no logras identificar, entran, saludan al tipo que está tras la barra y se sientan en una mesa al lado contrario de dónde estáis vosotros. Ni Kara ni Vytalian, por cómo están sentados, se han dado cuenta. Pero... ¿y si Monique te ha visto?
¿Qué vas a hacer, Mark?
Una vez fuera de las instalaciones del Viento de Acero, recupero de nuevo mi ritmo de respiración habitual y poco a poco la compostura.
-¿Entramos y repetimos? -digo con media sonrisa a Kara mientras la sigo hacia el coche y saludo a Vyt con la cabeza.
Tomo el asiento del copiloto, abro la ventanilla y me enciendo un cigarro mientras miro a Vytalian a través del retrovisor.
-¿Cómo fue tu aventura desde el otro lado?
No digo más hasta que llegamos al Café Arriaga, excepto que alguno de mis compañeros se pronuncie.
-Que sean tres -miro de soslayo a mi compañero, obviando el momento mágico.
Me recuesto en la silla y suspiro mirando al techo.
-Empiezo a hacerme viejo para estas mierdas... -vuelvo a tomar una compostura normal y es cuando observo a la recién llegadas.
Frunzo el ceño y espero a que el camarero traiga las bebidas. Parece que el destino no quiera darnos un maldito segundo de tranquilidad. No digo nada en la mesa. Cuando el camarero trae los cafés con vitaminas, me tomo el mío como si se tratara de un chupito de lava, carraspeo más por la temperatura de la bebida que por el ardor del alcohol.
-Voy a tomar el aire...
Me levanto de la mesa y busco la mejor vía para salir del establecimiento sin que las Furias me vean o anden cerca. Una vez fuera, me enciendo un cigarro y contacto mentalmente con mis compañeros a través de la vía mística de Vytalian.
"¿Probando?¿Me escucháis? Estas mierdas místicas nunca han ido conmigo... actuar con normalidad, pero salir de la cafetería cuanto antes. Al fondo tenemos a la delegación diplomática del Arce Verde. Si nos ven, podrían hacerse preguntas. Os espero en el coche."
Me dirijo hacia el coche, esperando que Monique no me haya visto. Aunque viendo nuestra suerte en lo referente a momentos de tranquilidad, algo me dice que no va a ser tan sencillo.
Cuando estás fuera, intentando «hablar» con tus compañeros, te sientes algo idiota. Eso no tranquiliza, pero solo esperas que Monique no se haya fijado en ti. Estaba con una actitud muy agradable, jovial, cómoda. Sabes que, si te ha visto, también sabe esperar. Kara y Vytalian abandonan la cafetería poco después. Ella no mira hacia la mesa del Arce Verde, aunque notas en su forma de caminar que ya ha entendido la advertencia. Vytalian sale el último, con mala cara y el café a medio terminar, como si dejar alcohol sin beber fuese otro síntoma de que el día se está torciendo.
En cuanto subís al coche, el móvil de Kara empieza a sonar. Ella mira la pantalla, cierra los ojos un instante y contesta.
La voz de Semyon entra seca, sin saludo.
Kara arranca el motor sin discutir.
La comunicación se corta.
Bilbao, barrio de Bolueta — Hotel Ibarsusi
📅 27 de agosto de 2005, 18:06
Durante el trayecto, Bilbao va reemplazando poco a poco la humedad abierta de Getxo por calles más cerradas, fachadas cansadas y ruido de tráfico contenido entre edificios. El Hotel Ibarsusi no tiene nada memorable: recepción estrecha, moqueta vieja, ascensor lento y una habitación con dos camas, una sofá incómodo y una ventana que da a una calle lateral. Pero tiene puerta, paredes, y durante un rato, eso casi parece suficiente.
Pasáis las siguientes dos horas recomponiéndoos. Kara se lava las manos más tiempo del necesario. Vytalian revisa la ventana, la cerradura y el pasillo antes de sentarse. Tú aún tienes en los dedos la memoria del tercer dispositivo, aquella pulsación limpia, demasiado limpia, aprendiendo el ritmo de Demóstenes. A las 18:21, Semyon vuelve a llamar.
Kara pone el móvil sobre la mesilla y activa el altavoz.
Vytalian levanta la vista despacio.
Kara ni parpadea.
Vytalian se cruza de brazos.
Una pausa breve. No hay duda en la voz de Semyon. Ni rabia. Ni placer. Sólo procedimiento.
Vytalian suelta una risa seca, sin humor.
Hay un silencio incómodo. Como si alguno de los dos no quisiese que el otro estuviese presente.
Kara sigue mirando el móvil. Tiene la espalda recta, pero algo en sus ojos se ha enfriado de otra manera.
La llamada se corta, y el silencio queda en la habitación como humo bajo. Kara mira primero a Vytalian. Luego a ti. Vytalian se cruza de brazos, apoyado contra la pared, con la mandíbula tensa.
Kara no aparta los ojos de ti.
Mientras ella te habla, con los ojos de un lobo acorralado, tu teléfono móvil suena. Sabes quién es la autora del SMS.
xk stas n Getxo, Mark? N t ibas ya?
¿Qué vas a hacer, Mark?
Al llegar al hotel, me quito la chupa de cuero y me siento en el sofá unos minutos, buscando de algún modo relajar los músculos y las articulaciones.
Sin darme cuenta de haberme dormido, me despierto cuando se produce la segunda llamada de Semyon. Me desentumezco, recobro la compostura y me enciendo un cigarro. Escucho y dejo que los eslavos parloteen entre sí. Al escuchar la propuesta del "zar" sobre una nueva reunión con la "araña" me hace esbozar una sonrisa amarga.
Cuando Semyon cuelga y Vytalian muestra de nuevo sus quejas al respecto, no digo nada. Cuando Kara me pregunta, voy a responderla pero las palabras se me quedan dentro al vibrar mi móvil. Leo el mensaje de Monique y chasqueo la lengua.
-Valeria Parhon... -respondo al fin- no se si esa autómata sería nuestra mejor baza para negociar o... -espero unos segundos antes de continuar- quizás sea mejor un plan alternativo, si os parece bien... -me levanto y apago el cigarro en el cenicero, para acto seguido encenderme otro- entre la delegación del Arce Verde tengo a un contacto... -una amiga, pienso para mis adentros- "si hay margen real de negociación o si Custod va a encerrarse detrás de sus ideales hasta obligarnos a romper la puerta" -digo citando textualmente a Semyon- creo que es mejor opción que la "spider-woman lobotomizada", además... al menos ella, de entre las Furias, me ha visto aquí, si me reúno con ella para cuestionar lo que Semyon nos ha pedido, podría camuflar nuestra presencia aquí con que somos la avanzadilla ante el Viento de Acero para reclamar a Johnny... -me encojo de hombros- no es raro vernos como el grupo negociador después de lo del Peñasco Blanco -calo profundamente del cigarro- el envío del mensaje umbral da solidez a la coartada que presentaría ante ella y... -me encojo de hombros- evitamos que puedan discurrir demasiado sobre qué hacemos aquí y puedan llegar a descubrir nuestra reciente incursión... -miro directamente a Kara- tú tienes la última palabra pues, a fin de cuentas, eres la líder de nuestra manada... -no digo más y guardo silencio esperando sus respuestas.
Si con esta maniobra consigo mantener nuestra coartada en Bilbao y obtener la información que nos ha pedido Semyon, será todo un logro. Si en caso de que Monique me presente un panorama oscuro para una posible negociación pacífica, poder advertirla de que ella y sus compañeras se mantengan al margen para evitar daños colaterales sería una gran victoria personal.
Kara escucha tu propuesta sin interrumpirte. No fuma, no se mueve, no mira al móvil. Sólo te deja hablar, con esa quietud suya que a veces parece atención y a veces parece un bisturí esperando sobre una bandeja. Cuando terminas, el silencio de la habitación tarda un poco en romperse. Vytalian está apoyado contra la pared, con los brazos cruzados. Tiene cara de no estar de acuerdo con nada por principio, pero incluso él parece haber encontrado algo útil en lo que acabas de decir.
Kara baja la mirada hacia el teléfono de Semyon, todavía mudo sobre la mesilla. Alza los ojos hacia ti.
Vytalian resopla por la nariz.
Kara no le lleva la contraria. Eso ya dice bastante.
Da un paso hacia la ventana, aparta apenas la cortina y mira la calle de Bolueta con expresión cansada.
Vytalian te mira entonces con una media sonrisa torcida.
Hace una pausa, buscando el paquete de tabaco en el bolsillo.
Kara le lanza una mirada seca.
El ruso se ríe.
El ruso se encoge de hombros y vuelve a mirarte, ya más serio.
Kara se vuelve hacia ti. Esta vez no habla como subordinada de Semyon. Habla como alfa de la Ráfaga de Plata en esa habitación concreta, durante ese minuto concreto.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Esperar a mañana por la mañana y quedar entonces con Monique. Tendrás una coartada más ordenada, más cercana al ultimátum oficial enviado a Custod Aeson, y menos riesgo inmediato de parecer desesperado.
🟨 Llamar a Monique esta misma noche y quedar con ella a solas. Podrás tantearla antes de que el Arce Verde cierre filas con el Viento de Acero, pero consumirás tiempo, te expondrás personalmente y Kara no estará allí para sostener la conversación si algo se tuerce.
🟥 Llamar a Monique y a Valeria Parhon. Dos aliadas son mejor que una... si no se devoran entre ellas primero. Podrías abrir una vía política y otra interna al mismo tiempo, pero mezclar al Arce Verde con una Ananasi controlada por la Justicia Metálica puede convertir una negociación delicada en una catástrofe inmediata.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:47:38Vytalian te mira entonces con una media sonrisa torcida.
Hace una pausa, buscando el paquete de tabaco en el bolsillo.
Kara le lanza una mirada seca.
El ruso se ríe.
Sonrío de medio lado y asiento.
-Tranquila
Kara, no soy de orgullo delicado... -vuelvo la mirada hacia
Vytalian- no rompas este mágico momento entre el taciturno
Vyt y el urbanita... -le ofrezco la cajetilla medio abierta al ruso para que pueda sacar un cigarro.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 17:47:38El ruso se encoge de hombros y vuelve a mirarte, ya más serio.
Kara se vuelve hacia ti. Esta vez no habla como subordinada de Semyon. Habla como alfa de la Ráfaga de Plata en esa habitación concreta, durante ese minuto concreto.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Esperar a mañana por la mañana y quedar entonces con Monique. Tendrás una coartada más ordenada, más cercana al ultimátum oficial enviado a Custod Aeson, y menos riesgo inmediato de parecer desesperado.
-No tenemos prisa en responder... si llamase esta noche, pareceríamos desesperados... -doy una calada- si esperamos a mañana por la mañana, tendremos una coartada más sólida, cercana al ultimátum que
Semyon ha dado a
Custod... además, lo que hayamos instalado en
Demóstenes tendrá más margen de actuación... -dirijo mi atención a
Kara- ahora bien ¿Hacemos una reunión formal o una más personal?¿Los tres frente al
Arce Verde?¿O yo frente a
Monique? Esa es la cuestión... -vuelvo a calar del cigarro y espero unos instantes- Si queremos aparentar mayor oficialidad al acto, concertaría una reunión formal entre los
Ráfagas al completo frente a ellas, dando más credibilidad a la reunión... -me encojo de hombros- Si la propusiera una reunión solo entre ella y yo, algo podría no olerla bien y preguntarse qué están haciendo mis compañeros mientras me reúno a solas con ella...
Durante un momento, la habitación del Hotel Ibarsusi sólo parece tener tres sonidos: el rumor lejano del tráfico de Bolueta, el zumbido cansado de la lámpara de la mesilla y la respiración de Vytalian, que sigue apoyado contra la pared con el cigarro entre los dedos. Kara asiente despacio.
No lo dice con entusiasmo. Kara no suele gastar entusiasmo cuando puede gastar precisión.
Vytalian suelta una risa por la nariz.
Kara no le mira. Sigue contigo.
El ruso acepta el cigarro que le has ofrecido antes y se lo coloca en los labios.
Esta vez Kara no le reprende. Quizá porque la frase, por desagradable que sea, no está tan lejos de la verdad. Kara coge el móvil y redacta un mensaje breve, formal, sin adornos. No tarda ni medio minuto.
Te mira antes de enviarlo.
Cuando el mensaje sale, apenas pasan diez segundos antes de que el teléfono vibre. Kara mira la pantalla.
Contesta y activa el altavoz. La voz de Monique llega clara, tranquila, sin rastro de sueño ni sorpresa.
Kara tarda un segundo en responder.
La frase queda flotando con más peso del que debería.
La llamada se corta. Vytalian se queda mirando el teléfono.
Apaga el cigarro en un cenicero barato, se levanta y, sin pedir permiso, se deja caer sobre una de las camas.
Kara le mira despacio.
Vytalian se da la vuelta, buscando algo. Lo encuentra: conecta el cargador del teléfono móvil.
El ruso se tumba boca arriba, con las botas todavía puestas durante unos segundos, como si estuviera evaluando si el colchón merece el esfuerzo de descalzarse. Luego gira la cabeza hacia vosotros dos con una media sonrisa insoportable.
El calor de agosto se ha ido acumulando en la habitación durante toda la tarde. No es un calor limpio. Es pesado, urbano, pegajoso, de asfalto que no termina de soltar el día y de paredes que han absorbido demasiados veranos. La ventana apenas deja entrar aire, y el aparato de ventilación sobre la puerta hace más ruido que milagros. Kara se queda quieta un momento. No se sonroja, ni se ofende. Sólo te mira, como si estuviera decidiendo si merece la pena convertir aquello en una conversación.
Se quita la chaqueta y la deja doblada sobre el respaldo de una silla con más cuidado del que la habitación merece.
Vytalian cierra los ojos.
Kara le lanza una mirada asesina.
El ruso se tapa la cara con el brazo derecho.
Kara no le contesta. Empieza a desabrocharse los puños de la camisa con movimientos tranquilos, cansados, casi mecánicos. En la maleta abierta junto a la pared queda visible ropa limpia, una funda de pistola, un peine estrecho y un camisón claro de tirantes, demasiado ligero para una noche que no concede intimidad pero sí calor. Ella nota tu mirada hacia la habitación, hacia la cama, hacia el suelo, quizá hacia todo lo que no se está diciendo.
No hay dureza en su voz. Sólo cansancio.
¿Cómo vas a dormir esta noche, Mark?
La noche no descansa de verdad, se pega a la piel. A ratos, el tráfico se apaga y vuelve. A ratos, una puerta se cierra en el pasillo. A ratos, Vytalian murmura algo en ruso entre sueños y luego se queda inmóvil, como si hasta dormir le pareciera una concesión peligrosa. Kara tarda más que nadie en abandonarse al cansancio. Incluso cuando ya no habla, incluso cuando la habitación queda a oscuras, hay algo en ella que sigue en guardia.
Por la mañana, el cielo aparece blanco y sucio detrás de la ventana. El calor no se ha ido; sólo ha cambiado de forma. Ahora está en las sábanas, en la ropa arrugada, en el aire estancado del baño y en la garganta seca al despertar. Kara ya está levantada. Se ha recogido el pelo, ha vuelto a ponerse ropa limpia y revisa el mensaje de Monique por tercera vez. Vytalian está sentado en el borde de su cama, abrochándose las botas con la expresión de alguien que considera la mañana una ofensa personal.
No parece una buena noticia ni una mala. Sólo una pieza nueva.
Kara guarda el móvil y te mira.
Vytalian se levanta, se coloca la chaqueta y te observa con esa mezcla suya de burla y atención real.
¿Qué vas a hacer, Mark?
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13Durante un momento, la habitación del Hotel Ibarsusi sólo parece tener tres sonidos: el rumor lejano del tráfico de Bolueta, el zumbido cansado de la lámpara de la mesilla y la respiración de Vytalian, que sigue apoyado contra la pared con el cigarro entre los dedos. Kara asiente despacio.
No lo dice con entusiasmo. Kara no suele gastar entusiasmo cuando puede gastar precisión.
Vytalian suelta una risa por la nariz.
Kara no le mira. Sigue contigo.
El ruso acepta el cigarro que le has ofrecido antes y se lo coloca en los labios.
Esta vez Kara no le reprende. Quizá porque la frase, por desagradable que sea, no está tan lejos de la verdad. Kara coge el móvil y redacta un mensaje breve, formal, sin adornos. No tarda ni medio minuto.
Asiento a
Kara y lanzo una sonrisa de medio lado a
Vytalian.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13
Te mira antes de enviarlo.
Cuando el mensaje sale, apenas pasan diez segundos antes de que el teléfono vibre. Kara mira la pantalla.
Contesta y activa el altavoz. La voz de Monique llega clara, tranquila, sin rastro de sueño ni sorpresa.
Kara tarda un segundo en responder.
La frase queda flotando con más peso del que debería.
La llamada se corta. Vytalian se queda mirando el teléfono.
Suspiro y me siento en el incómodo sofá de la reducida habitación mientras me enciendo otro cigarro.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13Apaga el cigarro en un cenicero barato, se levanta y, sin pedir permiso, se deja caer sobre una de las camas.
Kara le mira despacio.
Vytalian se da la vuelta, buscando algo. Lo encuentra: conecta el cargador del teléfono móvil.
El ruso se tumba boca arriba, con las botas todavía puestas durante unos segundos, como si estuviera evaluando si el colchón merece el esfuerzo de descalzarse. Luego gira la cabeza hacia vosotros dos con una media sonrisa insoportable.
-Y yo pensando que llegaríamos al climax de nuestra "guerra fría" durmiendo juntos y derritiendo nuestros fríos corazones... -le devuelvo la media sonrisa.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13El calor de agosto se ha ido acumulando en la habitación durante toda la tarde. No es un calor limpio. Es pesado, urbano, pegajoso, de asfalto que no termina de soltar el día y de paredes que han absorbido demasiados veranos. La ventana apenas deja entrar aire, y el aparato de ventilación sobre la puerta hace más ruido que milagros. Kara se queda quieta un momento. No se sonroja, ni se ofende. Sólo te mira, como si estuviera decidiendo si merece la pena convertir aquello en una conversación.
Se quita la chaqueta y la deja doblada sobre el respaldo de una silla con más cuidado del que la habitación merece.
Vytalian cierra los ojos.
Kara le lanza una mirada asesina.
El ruso se tapa la cara con el brazo derecho.
Kara no le contesta. Empieza a desabrocharse los puños de la camisa con movimientos tranquilos, cansados, casi mecánicos. En la maleta abierta junto a la pared queda visible ropa limpia, una funda de pistola, un peine estrecho y un camisón claro de tirantes, demasiado ligero para una noche que no concede intimidad pero sí calor. Ella nota tu mirada hacia la habitación, hacia la cama, hacia el suelo, quizá hacia todo lo que no se está diciendo.
No hay dureza en su voz. Sólo cansancio.
¿Cómo vas a dormir esta noche, Mark?
Observo la opciones unos instantes y luego vuelvo la mirada hacia la rusa.
-Si mañana tenemos que parecer personas civilizadas y descansadas, podemos también comportarnos como garous maduros y compartir la cama sin mayor teatralidad... -doy una palmada al sofá en el que me encuentro- este sofá es el sueño de un osteópata... -señalo la cama de
Vytalian con la mano del cigarro- "Mr. Telón de Acero" no está por la labor y ocupa más que tú y yo juntos... -luego paso al suelo donde
Kara ha sugerido dormir en forma lupus- no hace falta que nadie sacrifique su dignidad pareciendo el "Ayudante de Santa Claus" de los Simpsons... -me encojo de hombros- y tú y yo no somos precisamente jugadores de baloncesto profesional en cuanto a complexión se refiere... -me levanto- pero si aun así vas a sentirte incómoda, no tendré problema en rascarme las pulgas mientras me acurro al pie de la cama...
Si
Kara no se opone, me pondré a un lado de la cama en ropa interior por fuera de la sábana, hacia el lado que da a
Vytalian, dejando espacio de sobra para que ella pueda dormir sin sentirse incómoda.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13La noche no descansa de verdad, se pega a la piel. A ratos, el tráfico se apaga y vuelve. A ratos, una puerta se cierra en el pasillo. A ratos, Vytalian murmura algo en ruso entre sueños y luego se queda inmóvil, como si hasta dormir le pareciera una concesión peligrosa. Kara tarda más que nadie en abandonarse al cansancio. Incluso cuando ya no habla, incluso cuando la habitación queda a oscuras, hay algo en ella que sigue en guardia.
-Intenta dormir... -la susurro de espaldas a ella- presiento que mañana volverá a ser un día largo...
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13Por la mañana, el cielo aparece blanco y sucio detrás de la ventana. El calor no se ha ido; sólo ha cambiado de forma. Ahora está en las sábanas, en la ropa arrugada, en el aire estancado del baño y en la garganta seca al despertar. Kara ya está levantada. Se ha recogido el pelo, ha vuelto a ponerse ropa limpia y revisa el mensaje de Monique por tercera vez. Vytalian está sentado en el borde de su cama, abrochándose las botas con la expresión de alguien que considera la mañana una ofensa personal.
Al levantarme acudiré a la ducha para intentar desprenderme del pegajoso sudor de la calurosa noche.
Cita de: Maurick en 22 de Jun 2026, 22:42:13
No parece una buena noticia ni una mala. Sólo una pieza nueva.
Kara guarda el móvil y te mira.
Vytalian se levanta, se coloca la chaqueta y te observa con esa mezcla suya de burla y atención real.
¿Qué vas a hacer, Mark?
Sonrío de medio lado al eslavo.
-Veo que te has levantado con las energías recargadas y el sentido del humor por todo lo alto... como se nota que has podido dormir como un zar esta noche... -vuelvo la mirada hacia
Kara- la formalidad ha sido rota por la propuesta de
Monique, no tengo problema en acudir solo a la reunión, pero si que será conveniente que acudáis vosotros también con el coche preparado como apoyo... -me enciendo el primer cigarro de la mañana- incluso no hace falta que os ocultéis en exceso... que vea que vamos como comitiva oficial, pero respetando lo parámetros que ha expuesto... ¿Estáis listos o queréis señalar algo más?
Por la noche, notas como Kara te abraza. Ella no parece darse cuenta, pero Vytalian está roncando como un oso en hibernación, y a pesar del calor notas su abrazo suave y cálido. Sin embargo, por la mañana ella ya está más que preparada cuando abres los ojos. No comenta nada, no hace nada que sea indecoroso. Cuando terminas, mira un instante hacia la ventana del hotel, luego hacia Vytalian, y finalmente vuelve a ti.
Lo dice con la sobriedad de quien acaba de aceptar una maniobra útil, no cómoda.
Vytalian contesta desde la ducha, mientras sigue empapándose con el agua a todo trapo.
Kara no contesta, sólo te mira a ti. Durante un momento, os cruzáis y vuestras miradas se cruzan. Lo dejas de lado, no es importante. Ella también.
Bilbao, barrio cerca de la C/ Gezurra
📅 28 de Agosto de 2005, 08:53
El trayecto hasta la Cafetería Arkaitz no dura mucho. Bilbao ya está despierta del todo, pero no fresca. El calor de agosto sube desde el asfalto con una humedad pegajosa, y el aire tiene ese olor de ciudad antigua, tráfico reciente y pan recalentado en hornos de barrio. La Calle Gezurra número 56 queda en una zona sin nada de interés: portales estrechos, persianas metálicas, balcones con ropa tendida y coches mal aparcados bajo fachadas cansadas. Kara detiene el vehículo a cierta distancia de la cafetería, lo bastante cerca para que la presencia de la Ráfaga de Plata no sea invisible, pero no tanto como para parecer una amenaza directa. Apaga el motor y se queda un instante mirando el escaparate.
Vytalian, desde el asiento trasero, mira por la ventanilla.
Kara bufa. La actitud de Vytalian cada vez está más cerca de la desobediencia y de la pérdida de Renombre que nunca. Kara te mira una última vez.
No añade nada más, no hace falta. La cafetería es pequeña, estrecha, con una barra de metal pulido, azulejos claros y una cafetera que sisea con una violencia doméstica. Hay tres clientes junto a la entrada, un hombre leyendo el periódico al fondo y una camarera joven que te mira apenas un segundo antes de volver a limpiar tazas. No muy distinta de la que visitásteis ayer. Monique Devenie está sentada sola junto a la pared lateral. No lleva uniforme ni gesto ceremonial. Viste con discreción elegante, sin necesidad de anunciar nada. Tiene delante una taza de café intacta y un vaso de agua. Cuando entras, levanta la mirada como si ya hubiera medido el tiempo exacto que tardarías en cruzar la puerta.
No sonríe, pero tampoco parece sorprendida. Rememoras la conversación que tuvisteis hace unos días, en Torrelavega. Te sientas frente a ella.
Pronuncia tu nombre con calma, igual que anoche. Como si el nombre fuese parte de la conversación y también una advertencia.
Lo dice en serio, con una mezcla de molestia, broma y encanto. Características muy raras en una afirmación.
La camarera se acerca. Monique espera a que pidas, si quieres pedir algo. Sólo cuando vuelve a quedar distancia alrededor de la mesa, entrelaza los dedos sobre la superficie y baja un poco la voz.
Su tono no cambia. Eso lo hace peor.
Monique se inclina apenas hacia delante. Por primera vez, algo parecido a una sombra de ironía le cruza la mirada.
Sus dedos se separan lentamente sobre la mesa. Se hace el silencio, mientras la cafetería se pierde poco a poco en el ruido de la hostelería.
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06Por la noche, notas como Kara te abraza. Ella no parece darse cuenta, pero Vytalian está roncando como un oso en hibernación, y a pesar del calor notas su abrazo suave y cálido. Sin embargo, por la mañana ella ya está más que preparada cuando abres los ojos. No comenta nada, no hace nada que sea indecoroso. Cuando terminas, mira un instante hacia la ventana del hotel, luego hacia Vytalian, y finalmente vuelve a ti.
Noto su abrazo y no digo nada. Un poco de calidez se agradece. La tensión me abandona temporalmente y me sumerjo en el mundo de los sueños mientras acaricio su suave piel.
Escucho la respuesta de
Kara y asiento, omitiendo la chanza del eslavo desde la ducha. Compruebo el estado de mi arma antes de volverla a enfundar tras nuestra mirada y me dispongo a salir hacia nuestro destino.
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06
Vytalian, desde el asiento trasero, mira por la ventanilla.
-Entonces esperemos que a las francesas no se las den tan bien cocinar "fish and chips" como a las inglesas... -digo sin girarme hacia
Vytalian mientras analizo el lugar: cámaras, calles paralelas...
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06Kara bufa. La actitud de Vytalian cada vez está más cerca de la desobediencia y de la pérdida de Renombre que nunca. Kara te mira una última vez.
No añade nada más, no hace falta.
La devuelvo la mirada y asiento, saliendo del coche al poco. Entro en la cafetería y me dirijo hacia
Monique.
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06La cafetería es pequeña, estrecha, con una barra de metal pulido, azulejos claros y una cafetera que sisea con una violencia doméstica. Hay tres clientes junto a la entrada, un hombre leyendo el periódico al fondo y una camarera joven que te mira apenas un segundo antes de volver a limpiar tazas. No muy distinta de la que visitásteis ayer. Monique Devenie está sentada sola junto a la pared lateral. No lleva uniforme ni gesto ceremonial. Viste con discreción elegante, sin necesidad de anunciar nada. Tiene delante una taza de café intacta y un vaso de agua. Cuando entras, levanta la mirada como si ya hubiera medido el tiempo exacto que tardarías en cruzar la puerta.
No sonríe, pero tampoco parece sorprendida. Rememoras la conversación que tuvisteis hace unos días, en Torrelavega. Te sientas frente a ella.
Pronuncia tu nombre con calma, igual que anoche. Como si el nombre fuese parte de la conversación y también una advertencia.
Lo dice en serio, con una mezcla de molestia, broma y encanto. Características muy raras en una afirmación.
-Soy un hombre de tradiciones -sonrío de medio lado- hay que mantener las costumbres... -miro a nuestro alrededor- aunque la próxima vez agradecería reunirnos en una terraza... -termino por centrar de nuevo la mirada de
Monique- a este paso voy a creerme que te preocupas por mi salud...
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06
La camarera se acerca. Monique espera a que pidas, si quieres pedir algo. Sólo cuando vuelve a quedar distancia alrededor de la mesa, entrelaza los dedos sobre la superficie y baja un poco la voz.
Vuelvo a sonreírla de medio lado y me acomodo en el respaldo.
-Me temo que no... -me encojo de hombros- pero esperemos que podamos hacer que todo llegue a un cauce... -dejo la frase unos instantes en suspensión- pacífico... -me interrumpo al ver acercarse la camarera- un café solo doble con hielo por favor, necesito despertarme aún... -vuelvo la mirada hacia la francesa y escucho.
Cita de: Maurick en 24 de Jun 2026, 00:43:06
Su tono no cambia. Eso lo hace peor.
Monique se inclina apenas hacia delante. Por primera vez, algo parecido a una sombra de ironía le cruza la mirada.
Sus dedos se separan lentamente sobre la mesa. Se hace el silencio, mientras la cafetería se pierde poco a poco en el ruido de la hostelería.
-"Cuando soplan los vientos de cambio, algunos construyen muros y otros molinos de viento" -la digo tras unos instantes- o eso dicen los chinos -me encojo de hombros- puede que ese disfraz de oportunidad sea simplemente eso... una oportunidad... -espero unos segundos mientras la camarera sirve la taza con el oscuro líquido y hago la mezcla en el vaso con dos piedras de hielo, de manera rápida y limpia, propia de alguien acostumbrado a beber semejante pecado contra el paladar-
Johnny Towers, mis jefes lo quieren más que un romaní a su carro, ya lo sabes... -bajo la mirada para dar un sorbo al café y vuelvo a mirarla- el asunto del
Peñasco Blanco ya se está alargando más de lo debido ¿no crees?
Espero unos instantes antes de continuar.
-La
Justicia Metálica no tiene ningún interés aparente con el
Viento de Acero, más que estrechar lazos, pero... -me encojo de hombros- ya sabemos cómo responden ante una muestra de desacato... -vuelvo a dar un sorbo del enfriado café- y ese desacato tiene un nombre y un apellido... ¿Qué tiene ese individuo para que se busque arriesgar tanto? Ya sabes que no simpatizo con muchas de las decisiones de mis jefes, pero buscar atrapar al único elemento vivo que puede desafiar la presencia de la
Justicia en Cantabria me parece tácticamente lógico... -espero unos segundos- dar asilo a un prófugo no parece ser una reacción... sensata... -vuelvo a beber del café- Dime
Monique ¿Qué margen real hay de negociación con
Custod Aeson?
La camarera se aleja hacia la barra. El ruido de las tazas vuelve a ocupar el espacio que vuestras palabras dejan libre. Entonces Monique baja la mirada un instante hacia su vaso de agua.
Repite la palabra sin dureza. Casi con curiosidad.
Alza de nuevo los ojos hacia ti. No hay burla en su expresión. Tampoco enfado. Eso lo hace más incómodo. Sonríe brevemente.
Hace una pausa breve. Sus dedos se separan un poco sobre la mesa, sin llegar a tocar la taza.
La cafetera sisea al fondo. Alguien pasa una página del periódico. Afuera, tras el cristal, la gente sigue moviéndose como si el día no tuviera nada especial.
Monique no aparta la mirada.
Coge por fin la taza, pero no bebe. Sólo la mueve unos centímetros, como si necesitara recolocar algo pequeño antes de seguir.
Durante un instante, la ironía desaparece por completo de su rostro.
Monique bebe un sorbo de café. El gesto es pequeño, medido, casi desagradable por lo frío que se mantiene todo.
Sus ojos permanecen fijos en los tuyos.
La cafetería sigue alrededor de vosotros. Una cucharilla golpea una taza. La puerta se abre y entra una corriente breve de aire caliente, cargada de calle, tabaco y pan recién hecho. Monique se inclina un hacia delante. Esta vez habla más bajo.
Tienes un momento para responder. Para hacerle ver que se equivoca contigo. O para descubrir que quizá no se equivoca tanto. ¿Qué vas a hacer, Mark?
Escucho lo que Monique me dice. Mantengo las manos sobre la mesa, tomando de vez en cuando el vaso de café para darle un sorbo.
Razón no la falta y opino igual, pero lo que ella o yo opinemos, de poco va a servir. No tomamos las decisiones, cumplimos con las decisiones de otros y si en el proceso podemos hacerlo evitando el mayor número de daño, será nuestro único consuelo.
La afirmación de que se irá tras nuestra reunión hace que me relaje un poco. Al menos parte del objetivo de mi reunión se ha cumplido, saber que estará a salvo si todo se desencadena en violencia.
No aparto la mano cuando me la acaricia, pero si frunzo el ceño como reacción involuntaria.
-¿Qué importa lo que nosotros opinemos? -me encojo de hombros- hay decisiones que se escapan a nuestro control... ¿Mi decisión? Cumplir con las ordenes y buscar el mal menor en lo que acontezca si me es posible ¿Qué si no? ¿Qué otra opción hay? ¿Traición? ¿Deserción? -suspiro y relajo el cuerpo en el respaldo de la silla- si yo no estoy donde estoy ahora, otro ocupará mi puesto, quizás... Probablemente... Con menos escrúpulos... -señalo con la cabeza hacia afuera- a ninguno de nosotros nos gusta gran parte de lo que hacemos, pero alguien tiene que hacerlo... Cambiar las cosas desde dentro... Poco a poco, paso a paso... ¿Desde fuera? ¿Como os está yendo?
Sonrio de medio lado no con sorna, no con alegría, sino con amargura.
-Johnny Towers... No conozco sus pecados ni sus virtudes, pero si se que es un cobarde que ha dejado a su clan atrás -doy un nuevo sorbo al negro líquido- ¿Quizás para buscar apoyos y reclamar la libertad que considera que han perdido? Si bueno... Pero mientras, a salvo... Sin esos impresentables de Cibeles soplando su nuca y midiendo sus pasos como ahora está todo su querido clan... -miro a Monique a los ojos- me he reunido contigo para ver si es posible una solución pacífica, una negociación... Un algo que evite más derramamiento de sangre garou... Si no es así, poco margen tendremos.
Monique sólo deja que tus palabras ocupen el espacio entre ambos mientras la cafetería continúa funcionando alrededor, indiferente a la forma en que una guerra puede empezar sobre una mesa pequeña, entre un café con hielo y una taza intacta. Cuando terminas, baja la mirada un instante hacia vuestras manos.
Lo dice en voz baja. No como una burla. Tampoco como una aprobación.
Retira la mano despacio. Sus dedos dejan de tocarte sin brusquedad, como si también quisiera retirarse de algo más que de la conversación.
Monique coge la taza de café. Esta vez bebe, aunque no parece disfrutarlo.
Fuera, tras el cristal, un coche pasa demasiado despacio. Luego otro. La luz de la mañana se refleja en los parabrisas, en los azulejos claros, en el borde metálico de la barra. Monique deja unas monedas junto al plato.
No termina la frase enseguida. Se levanta con calma, recogiendo su bolso del respaldo de la silla.
Pasa junto a ti sin prisa. Al hacerlo, te dedica una última mirada, sin reproche, pero sin cariño. Es algo intermedio, más difícil de ordenar.
La puerta de la cafetería se abre y deja entrar una bocanada de aire caliente, cargada de tráfico, pan recién hecho y humo viejo. Monique sale a la acera, y durante un segundo, todo parece vulgar. La camarera recoge una taza. El hombre del periódico pasa otra página. En la calle, una mujer tira de un niño que no quiere andar. El sol aplasta los cristales de los coches aparcados y convierte la humedad de agosto en una capa pegajosa sobre la piel.
Entonces ves la furgoneta. No debería llamarte la atención tan deprisa. Es gris, vieja, con la pintura gastada en los laterales y una abolladura oscura junto al paso de rueda. Podría ser una furgoneta de reparto más, otro trasto urbano cargado de herramientas, cajas o trabajadores cansados. Pero no lo es: la reconoces. La misma furgoneta. La que viste ayer. La que acompañaba a Apolo y a aquellos hombres de mirada quieta cuando os entregaron la mochila, el lector y los dispositivos. Aparece desde la esquina con demasiada decisión y no frena donde debería.
Se cruza entre el coche de Kara y Vytalian y la acera justo cuando Monique empieza a caminar hacia el paso de peatones. La maniobra no es limpia, pero sí rápida. Alguien pita con el claxon a toda hostia, y se escucha un insulto en euskera. La puerta lateral se desliza con un golpe seco de metal. Monique gira la cabeza mientras dos hombres bajan de la parte trasera. No parecen nerviosos, eso es lo peor. Uno lleva una chaqueta de trabajo azul. El otro, una camisa clara con las mangas remangadas. Ambos tienen la misma quietud artificial que recuerdas de ayer, esa forma de sonreír sin que los ojos participen.
El primero levanta una pistola neumática: eEl disparo no suena como una pistola. Suena como un golpe breve de aire comprimido. El dardo se clava en el cuello de Monique. Ella retrocede un paso, más sorprendida que herida, y su mano sube de inmediato hacia la pequeña varilla que sobresale bajo la mandíbula. El segundo hombre dispara casi al mismo tiempo. Otro dardo se hunde en su brazo, cerca del hombro. Monique intenta moverse. Durante una fracción de segundo parece que va a conseguirlo. Sus hombros se tensan, su mandíbula se endurece, y hay algo en su mirada que deja claro que no ha olvidado cómo se responde a una agresión. El tercer dardo le golpea en el costado, y ahí su cuerpo falla. No cae de golpe. Las rodillas le ceden primero, como si alguien hubiese cortado un cable interno. Se agarra al marco de la furgoneta con una mano, arranca medio paso, intenta apoyarse en la puerta abierta de un coche aparcado.
Tú reaccionas a toda velocidad. Si lo que ha pasado ha sido en segundos, tú tardas milisegundos en salir a la calle e intentar plantar cara a sos malandrines, pero entonces aparece Apolo. Baja desde el asiento del copiloto con una calma pesada, brutal, ocupando la calle como si la calle le perteneciera. Botas de combate. Vaqueros. Chaqueta de cuero gastada. Hombros demasiado anchos. Cabeza rapada al uno. Nariz rota, labios gruesos, barba de varios días y esa mirada dura que no busca pelea porque ya la trae dentro. No mira a Monique primero. Te mira a ti, en plena calle, delante de todo el mundo que está flipando en colores. Grita algo a sus esbirros, y rodea a Monique por la espalda y la sujeta antes de que termine de desplomarse. No hay delicadeza en el gesto. Sólo fuerza. Una mano en el torso, otra bajo el brazo, levantándola como si no pesara nada.
Su voz no necesita alzarse para llegar hasta ti. Iclina un poco la cabeza. Sus ojos no se apartan de los tuyos.
Empuja a Monique dentro de la furgoneta. Uno de los hombres cierra la puerta lateral de golpe. El sonido corta la calle como una losa metálica. El motor ruge. Desde fuera, el coche de Kara cobra vida al mismo tiempo, pero la furgoneta ya está atravesada en mitad de la calle, usando su propio cuerpo como muro. Vytalian abre la puerta trasera de un tirón. Kara gira el volante, buscando ángulo entre un turismo mal aparcado y una moto que acaba de caer al suelo por el caos. Los esbirros de Apolo sacan armas de fuego y empiezan a disparar sobre vuestro vehículo.
La furgoneta arranca y empieza a moverse a toda velocidad. Vytalian te grita que te metas en el coche.
¿Qué vas a hacer, Mark?
La rabia bulle en mi interior. Con rapidez, propia de quien ya ha estado en situaciones similares, observo la escena de la fuga y por instinto, echo mano a mi cartuchera, dispuesto a sacar mi arma e intentar reventar una de las ruedas traseras de la furgoneta.
Si disparo y consigo detenerles ¿Qué ocurrirá? ¿Rasgaría el Velo? ¿Morirían civiles?
Los gritos de Vytalian me hace romper esos breves instantes de pensamientos caóticos. Aprieto la mandíbula con fuerza y relajo la mano de la cartuchera, para rápidamente cruzar la distancia que me separa de nuestro coche, saltando por encima del motorista tirado en el suelo y evitando por gracia de Gaia los disparos de los secuestradores.
Me meto con un fuerte portazo en el asiento del copiloto.
-Aprieta el acelerador y demos caza a esos hijos de la gran puta... -digo a Kara sin apartar la mirada de la furgoneta en donde se encuentra mi amiga.
En cuanto abres la puerta del copiloto y entras en el coche, ella ya tiene una mano en el cambio de marchas y la otra cerrada sobre el volante. Vytalian se mete detrás con un golpe seco, medio cuerpo todavía fuera cuando el coche empieza a moverse. La puerta trasera se cierra de un portazo.
Kara pisa el acelerador. El coche sale disparado desde el bordillo con un chirrido de neumáticos que corta los gritos de la calle. El motorista que habías saltado se arrastra hacia la acera. La camarera de la cafetería se queda en la puerta con las manos contra el pecho. Alguien suelta una maldición. Alguien más apunta con el dedo hacia la furgoneta gris. La furgoneta ya ha ganado unos metros. Se abre paso a golpes, no con elegancia. Sube una rueda al bordillo, arranca el espejo retrovisor de un turismo aparcado y obliga a un coche pequeño a frenar en seco. La puerta lateral termina de cerrarse con otro golpe de metal. Por un instante, a través del cristal trasero, ves un movimiento dentro. Un brazo. Un cuerpo desplomado.
La rusa gira el volante y el coche entra en la calle estrecha detrás de ellos. Los portales pasan a ambos lados como manchas oscuras. Persianas metálicas, balcones bajos, ropa tendida, un escaparate de alimentación, una farola demasiado cerca. La furgoneta ocupa el centro de la calzada y os obliga a seguir su ritmo, como si quisiera arrastraros dentro de su propia maniobra. Desde la parte trasera del vehículo, uno de los hombres de Apolo asoma medio cuerpo. Os apunta con un arma similar a un AK47, y abre fuego. El capó de vuestro coche se come todas las balas, reventando los focos delanteros, pero los impactos arañan suavemente la luna del vehículo. Kara ni siquiera parpadea.
El ruso baja la ventanilla trasera, saca el brazo y apunta con su propia arma, abriendo fuego sobre el miserable que os está agrediendo. A ambos lados hay demasiada gente. Un anciano en la puerta de una panadería. Dos chavales con mochilas. Una mujer empujando un carrito. Un hombre que acaba de salir de un portal con una bolsa de basura y se queda inmóvil al ver los dos vehículos devorando la calle. El Velo no se rompe por un disparo, claro que no. La furgoneta gira bruscamente a la derecha, derrapando sobre una mancha de aceite. La parte trasera golpea un contenedor y lo lanza contra la calzada. Bolsas negras revientan bajo las ruedas. Cristal, basura y plástico se esparcen como metralla pobre. Muerde el espacio entre el contenedor volcado y un coche mal aparcado, tan cerca que el retrovisor del lado derecho se parte contra una señal de tráfico. El golpe sacude el vehículo. Vytalian se estrella contra la puerta trasera y suelta una blasfemia en ruso.
Kara le contesta sin quitar la vista de la carretera. Habla muy concentrada.
La furgoneta alcanza una vía más ancha. Por un momento parece que va a escapar entre el tráfico de la mañana, pero un autobús urbano cruza lentamente por delante y obliga a Apolo a desviarse hacia una calle paralela. El conductor de la furgoneta elige el hueco imposible entre el autobús y una hilera de coches aparcados. Kara lo sigue. El metal protesta. El coche roza una defensa, salta sobre un badén y cae con violencia. La suspensión cruje. El olor a goma quemada entra por las rendijas. A lo lejos empieza a abrirse la salida del barrio. Más luz. Más carriles. Menos peatones. La furgoneta lo sabe y acelera. Atraviesa una intersección en ámbar cuando ya debería haberse detenido. Un claxon largo, furioso, os muerde desde la izquierda. Kara cruza detrás, por muy poco, y durante una fracción de segundo el lateral de un camión llena toda la ventanilla de Vytalian.
El ruso deja de insultar. Eso, de algún modo, resulta más preocupante. La furgoneta emboca al fin la carretera de salida hacia Getxo. El tráfico se estira. La ciudad deja de ser un laberinto de calles estrechas y se convierte en una cinta de asfalto, señales, guardarraíles y coches que no entienden todavía que se han convertido en obstáculos dentro de una cacería. Kara pega el coche al carril izquierdo. La furgoneta gana velocidad. Entonces suena el móvil: no el tuyo. El de Kara. El aparato vibra sobre la consola central, golpeando el plástico con una insistencia seca. En la pantalla aparece un nombre: Semyon. Kara no aparta la vista de la carretera.
Vytalian se inclina entre los asientos, agarra el teléfono y responde sin quitar los ojos de la furgoneta.
Al otro lado hay un segundo de silencio.
Luego la voz de Semyon entra por el altavoz, fría sólo en la superficie. Debajo hay algo mucho más duro.
Vytalian mira hacia la furgoneta. Aprieta la mandíbula, y responde en ruso.
Esta vez el silencio es distinto: no es una sorpresa. Es cálculo.
Kara oye la pregunta. Sus dedos se cierran un poco más sobre el volante. No estás entendiendo una puta mierda. No ha preguntado por qué una furgoneta del Trono de Cibeles acaba de secuestrar a una negociadora del Arce Verde en mitad de Bilbao. ¿O sí? ¿Qué cojones está pasando?
La velocidad a la que vas hace que te marees durante un momento. Al otro lado, Semyon respira una sola vez.
Kara no levanta el pie. La furgoneta cambia de carril delante de vosotros, rozando el frontal de un turismo. El conductor del turismo frena, pierde el control durante un instante y obliga a Kara a corregir la trayectoria con un giro seco que te pega contra la puerta. La carretera hacia Getxo se abre delante. La furgoneta gris avanza entre los coches, cada vez más rápida, cada vez más lejos de la cafetería, de la mesa, del café con hielo y de la última frase de Monique. Semyon continúa al otro lado.
Vytalian alza la vista hacia el retrovisor interior. Durante un instante, sus ojos se cruzan con los tuyos. Kara sigue conduciendo. Pero ahora ya no mira sólo la furgoneta. Te mira de reojo, apenas un segundo, lo justo para que entiendas lo que está pasando.
¿Qué vas a hacer, Mark?
La rabia bulle en mi cabeza durante la persecución. Los disparos, los giros de volante bruscos... La visión de tunel vuelve a mí desde los lejanos desiertos de Oriente Medio.
Mi mirada no deja escapar la furgoneta, como si de una detestable presa se tratase. Mi calma, mis nervios de acero, se van resquebrajando a ritmos acelerados.
La mirada de
Monique antes de irse. Mi orgullo y mi lealtad me impedían darla la razón que en mi interior sabía que tenía. La violencia nunca termina, nunca terminará, por muy buenas intenciones que tengamos. Solo somos peones de ajedrez.
La llamada no interrumpe mi concentración, aunque haya momentos en que mi estómago parece que va a salirse por mi boca con tanto giro y acelerón.
Escucho a
Semyon cuando pasa a hablar en cristiano y aprieto los puños sobre el salpicadero hasta ponerse blancos.
-Que les jodan al
Trono de Cibeles... -mascullo entre dientes cuando
Kara me pregunta- no han dejado de jodernos desde que pisamos este puto continente... -giro la mirada hacia
Kara- aprieta a fondo y jodamos a quienes han interferido con nosotros...
La rabia que aflora desde lo hondo de mis entrañas me da la convicción de quien no va a perdonar jamás está afrenta.
Tu respuesta, llena de furia, hace que tengas que gastar 1 Punto de Fuerza de Voluntad, o entrar en Frenesí y perseguir el vehículo en Crinos.
Cita de: Mark en 01 de Jul 2026, 00:37:41La rabia bulle en mi cabeza durante la persecución. Los disparos, los giros de volante bruscos... La visión de tunel vuelve a mí desde los lejanos desiertos de Oriente Medio.
El pie baja hasta el fondo y el motor responde con un rugido seco, rabioso, como si el coche también hubiese entendido que acabáis de dejar de obedecer. La voz de Semyon sigue saliendo del teléfono, áspera, cortada por interferencias y por el temblor de la carretera.
Vytalian cuelga el teléfono y lo tira al asiento de atrás. El silencio que queda no dura nada. La furgoneta de Apolo se abre paso hacia Getxo como un animal herido que todavía conserva demasiada fuerza. Sus ruedas muerden el asfalto, saltan sobre líneas blancas, invaden carriles y obligan a otros conductores a apartarse con frenazos bruscos. Un coche golpea el bordillo. Una moto derrapa detrás de vosotros. El claxon de un autobús se queda sonando demasiado tiempo, perdido en la distancia.
Kara se pega a la furgoneta. No conduce como alguien que persigue. Conduce como alguien que corta. Cada maniobra elimina una posibilidad de fuga, cada volantazo roba unos metros, cada acelerón convierte el espacio entre ambos vehículos en una cuerda tensada a punto de romperse. El coche se mete entre dos turismos, tan cerca que el metal roza metal y salta una chispa breve contra el retrovisor. A tu derecha, las fachadas de Bilbao empiezan a abrirse. La ciudad cambia de piel. Menos escaparates. Más naves bajas. Más verjas. Más muros pintados con grafitis viejos y carteles arrancados por la humedad.
La furgoneta gira sin avisar: no toma la ruta limpia. Abandona la vía principal y se cuela por una salida lateral hacia una zona industrial gastada, medio vacía, donde el asfalto está cuarteado y las farolas parecen haber dejado de importar a nadie. Hay pabellones cerrados, cristales rotos, alambradas oxidadas y charcos oscuros bajo rampas de carga. Al fondo, la línea de la ría se intuye más que verse, mezclada con el olor a gasóleo, salitre viejo y basura caliente.
Entráis detrás, como una flecha a toda velocidad. El coche bota al pasar sobre un tramo de gravilla. El volante tiembla entre sus manos. La furgoneta gana unos metros, cruza entre dos almacenes y desaparece durante un instante tras una nave de ladrillo sucio.
Nadie le responde. Tú tampoco apartas la mirada. El lugar parece demasiado vacío para estar muerto. Hay persianas metálicas bajadas, sí, pero no todas están cerradas del todo. Una cadena se mueve junto a una verja sin que haya viento suficiente. En una ventana alta, algo refleja la luz del sol y desaparece. Tal vez cristal. Tal vez nada. La furgoneta reaparece al final de la calle industrial. Durante un segundo parece que va a seguir huyendo hacia otra salida. Entonces frena. No reduce. Frena. Las luces traseras se encienden como dos heridas rojas. El vehículo se atraviesa de golpe en mitad de la calzada, bloqueando el paso entre una nave abandonada y una hilera de contenedores oxidados. Las ruedas chirrían. La parte trasera de la furgoneta derrapa y queda encarada hacia vosotros, enorme, gris, demasiado cerca.
Kara abre los ojos apenas una fracción. Su cuerpo ya está reaccionando, pero el coche lleva demasiada velocidad. La distancia se rompe. Ves el portón trasero de la furgoneta crecer delante del parabrisas. Ves una pegatina vieja despegada en una esquina. Ves una abolladura oscura junto al piloto derecho. Ves el polvo saltar bajo las ruedas. Ves la mano de Kara girar el volante. Y entiendes que esto no ha sido una huida. Ha sido una invitación. No llevas el volante, pero estás leyendo la carretera, la velocidad, el ángulo de la furgoneta, el margen que queda entre el contenedor y la pared de la nave. Si reaccionas lo bastante deprisa, quizá puedas gritar la maniobra correcta antes de que Kara tenga que elegir a ciegas.
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La decisión queda tomada antes de que nadie pueda discutirla. Kara tira del volante, pero la furgoneta no es el problema. Tú lo ves un segundo antes. Algo cae desde lo alto. No desde una ventana. No desde una azotea. Desde una estructura metálica lateral, una pasarela oxidada entre dos naves que no habías llegado a registrar porque toda tu atención estaba en la furgoneta. Una masa enorme impacta contra el suelo delante del Audi. El asfalto se abre bajo sus pies: un Crinos, gigantesco. Pelaje marrón, sucio, erizado, atravesado por marcas de un rojo oscuro que parecen pintadas con sangre seca. Los hombros son una pared. Las garras arañan el pavimento. La cabeza lupina se alza justo en mitad del camino, demasiado cerca para frenar, demasiado grande para atravesarlo.
Por un instante ves la muerte limpia y absurda de los tres: el coche entrando bajo aquel monstruo. El parabrisas reventando, Kara partida contra el volante, y Vytalian aplastado atrás. Tu cuerpo convertido en una cosa más dentro de una lata retorcida. No piensas. Agarras el volante por encima de las manos de Kara y lo mueves violentamente hacia un lado. El gesto la aparta de la maniobra, mientras el Audi esquiva al Crinos por centímetros. El espejo lateral se desintegra contra una garra. La chapa del costado se abre con un gemido largo, como si alguien hubiese pasado una sierra por el metal. Kara intenta corregir, pero el coche ya no pertenece a nadie.
La carretera desaparece: el mundo gira tras una vuelta violenta. Un cristal revienta en mil pedazos. Otra vuelta, y ahora entra un montón de gravilla por la ventana. Otra vuelta más. El cinturón te clava el pecho. Algo golpea tu sien. Las luces, el polvo y el acero se mezclan en fogonazos inconexos. Oyes a Kara gritar entre dientes. Oyes a Vytalian soltar una maldición que se rompe cuando el coche vuelve a caer sobre un lateral. El Audi termina estrellándose contra una nave cercana. El impacto hunde la puerta trasera contra una pared de ladrillo y hace temblar una persiana metálica que cae medio metro con un estruendo seco.
Luego, silencio. No un silencio real. El motor aún tose. Una rueda sigue girando en falso. Hay cristal cayendo sobre el salpicadero. El radiador escupe vapor. Pero durante un segundo tu cabeza no permite que nada tenga sentido. Kara está doblada hacia delante, todavía sujeta por el cinturón. Tiene una brecha abierta sobre la ceja y la sangre le baja por la cara, entrando en un ojo, manchando el cuello blanco de la camisa. Vytalian gruñe detrás: su brazo izquierdo está mal, muy mal. El antebrazo ha quedado doblado en un ángulo que no debería existir, atrapado un momento entre el asiento y la puerta deformada. Él tira, se arranca de ahí con un sonido húmedo y furioso, y su respiración se convierte en un temblor de rabia.
No lo está; tú sí, más o menos. Golpes. Contusiones. Dolor en las costillas. Sabor a sangre en la boca, pero puedes moverte. Sales del coche entre humo, cristal y metal retorcido. Una pierna te falla un instante al tocar el suelo, pero recuperas el equilibrio. Frente a ti, el Crinos marrón avanza un paso. Sus marcas rojas parecen latir bajo el pelaje. La furgoneta está detenida al otro lado, encendida y esperando a ver qué pasa. El polígono entero parece haber despertado. El Crinos baja la cabeza hacia ti. Sus labios se separan, mostrando colmillos enormes.
El español suena áspero, arrastrado por un acento americano que no encaja con aquella garganta monstruosa. Te pones en pie del todo. Detrás de ti, Vytalian ayuda a Kara a salir del Audi. Ella se limpia la sangre del ojo con el dorso de la mano y se apoya un segundo contra la chapa hundida. No dice nada. Sólo mira al Crinos. Entonces la bestia cambia. Los huesos crujen. El pelaje retrocede. Las marcas rojas se hunden bajo la piel. La masa imposible se pliega sobre sí misma hasta adoptar una forma humana. El pelaje se reconstituye hasta formar ropa, y Johnny Towers queda frente a vosotros. O alguien que parece Johnny Towers. La misma cara. La misma presencia. La misma silueta que debería pertenecer a otro problema, a otra conversación, a otra jaula política que aún no habíais terminado de entender. Pero es evidente que no es Johnny Towers.
El sonido de un motor nuevo corta el aire. Desde una calle lateral se acerca un Mercedes negro con los cristales tintados. Avanza despacio, sin prisa, como si hubiese llegado a una cita y no a un accidente. Se detiene a unos metros de la furgoneta. Primero baja un hombre con traje negro, armado con un rifle semiautomático. Después Esteban de Haro: camina con la rigidez de alguien que lleva demasiado odio encima para permitirse cojear, temblar o parecer débil. Su mirada pasa por el Audi destrozado, por Kara sangrando, por Vytalian sujetándose el brazo, y finalmente se clava en el hombre con la cara de Johnny.
El falso Johnny gira la cabeza hacia él. Durante un segundo sonríe. Luego lo agarra de la pechera y lo acerca de un tirón.
Esteban no se queda quieto por miedo. Se queda quieto porque hay demasiadas cosas alrededor. Al final se suelta con un gesto brusco y se recoloca la chaqueta.
Zarpa Manchada gruñe, y la cara de Johnny Towers sonríe con una locura que no le pertenece. Esteban le empuja y se libera.
Entonces te mira: sólo a ti. Todo el odio de esa mirada no parece nacido hace un minuto, ni ayer, ni en Cantabria. Parece antiguo, enfermo, hambriento. Un odio que ya estaba ahí antes de tener tu nombre y que ahora lo ha encontrado. El aire alrededor de Zarpa Manchada se rasga, sin ceremonia ni despedida. Sólo un paso hacia un lado, una sombra en la piel del mundo, y el falso Johnny desaparece en la Umbra.
Esteban carraspea. Como si el mundo pudiera volver a ordenarse con un sonido de garganta, y chasquea los dedos. Alrededor de vosotros, las naves dejan de estar vacías. Hombres armados salen de portones medio abiertos, de detrás de contenedores, de ventanas bajas y esquinas que parecían muertas. Fusiles semiautomáticos. Escopetas. Pistolas. Ropa de trabajo, cazadoras oscuras, trajes baratos, rostros sin sorpresa. Kara se endereza a pesar de la sangre. Vytalian levanta la pistola con la mano buena. El polígono se llena de cañones apuntándoos. Esteban abre los brazos apenas un poco, como si os presentara el decorado.
Su sonrisa no llega a los ojos.
Me ajusto la cazadora y respiro. Busco el aire como si me faltase. No me molesto en sacar el arma como Vytalian: si quieren que estemos muertos, los estaremos hagamos lo que hagamos.
La furia ha abandonado mi mente tras el brutal impacto y la conmoción. El pragmatismo vuele a mí. Estamos en un punto crítico, un movimiento en falso ocasionará la muerte de mi manada y de Monique.
No pienso en el falso Johnny y el cebo que es para que la Justicia Metálica arrase el Viento de Acero, allamando el camino para que el Trono de Cibeles se hagan con Bilbao como hicieron con el atentado en Cantabria.
-¿Me permites? -me levanto con el índice y el pulgar la chaqueta para mostrar que voy a sacar mi cajetilla de tabaco y el mechero de gasolina que siempre me acompaña, lentamente para que los tiradores no nos fulminen- en las guerras del siglo pasado, a los condenados a pelotón de fusilamiento se les dejaba echar un último cigarro... ¿Qué menos no? -sonrio de medio lado y me enciendo un cigarro con ganas- las reuniones con Monique siempre son en interior, lo cual me resulta un fastidio...
Doy una calada profunda, buscando apagar el ansia mientras observo a los múltiples tiradores que nos rodean. Finalmente, vuelvo la mirada hacia Haro.
-Sin lugar a dudas, la teatralidad es un requisito del poder ¿No? -vuelvo a sonreír de medio lado- ¿Qué haces con nosotros? Bueno, la diferencia con la situación de nuestra última noche en Cantabria es que nosotros estamos aquí en misión oficial y lo que ocurrió ahí, fue una aclaración de una gran metedura de pata -me encojo de hombros- Semyon conoce nuestro paradero -señalo con el pulgar hacia atrás a Vytalian- mi amigo eslavo estaba hablando con él en "rusky" justo antes de que ese obús con patas casi nos convirtiera en ensaladilla rusa con jalapeños... Ya sabes, estamos entrando en un polígono de Getxo persiguiendo a Apolo ¿Te acuerdas? Si, ese que nos la tenía jurada desde el Peñasco Blanco y que nos había entregado los trastos para infiltrarnos en Demóstenes ¿Pero que cojones me dices? -cambio teatralmente las voces entre las preguntas y las respuestas, dando una impronta de seriedad a las cuestiones y una voz algo aguda para las respuestas, acuentuando en todo momento las erres- Pues es que resulta que han secuestrado a Monique, si, nuestro contacto de confianza en el Arce Verde... -me vuelvo a encojer de hombros- más o menos fue así, pero con más acento y menos educada la conversación.
Miro a Haro por unos segundos y sonrio. Esa sonrisa que no se refleja en los ojos.
-Puedes dar honor al sustantivo "señor" del nombre de vuestra tribu y dejar este asunto en un empate táctico, nos vamos con nuestra contacto, vosotros seguís con la operación y se abre en canal al Viento de Acero al que os hemos ayudado a pinchar y conocer todos sus entresijos para que un asalto de la Justicia Metálica sea efectivo o... Nos retenéis o ejecutais y entonces, Semyon y McCoil, sabrán que la antigua manada de uno y ... -me doy la vuelta de medio lado y señaló a Vytalian- ¿Como me dijiste en una ocasión con respecto a mi entrada en la mamada de Triptikus?? -finjo un despiste a lo Colombo- Ah si... Claro, el niño enchufado de McCoil, han desaparecido justo siguiendo a uno de los lacayos de Esteban de Haro... -me vuelvo hacia el Señor de la Sombra y vuelvo a dar una calada sin prisa.
Espero unos segundos de pies, frente a la fuerza hostil y al rancio garou que los lidera.
-Una cosa es que se molestaran porque les ocultasteis parte de vuestra operación encubierta en el Peñasco Blanco, otra muy distinta que hayais jodido a sus niños bonitos y al contacto de confianza que les estaba ayudando a evaluar el posible margen de negociación con Custod Aeson que, por cierto... Es una mierda de margen, así que por eso tampoco os preocupéis... -vuelvo a calar el cigarro y miro a los ojos de Esteban- así que tú decides, a fin de cuentas... Tú tienes la sartén por el mango como dicen por aquí.
Termino mi soliloquio y me encomiendo a Gaia.
El cigarro arde entre tus dedos y, durante unos segundos, nadie dispara. El humo sube despacio frente a tu cara, torcido por el aire sucio del polígono. Huele a gasolina derramada, a radiador roto, a sangre caliente y a metal arrancado. La chapa del Audi sigue crujiendo detrás de ti, deformada contra la pared de la nave, como si aún no hubiese terminado de morir. Esteban te escucha hasta el final, y no te interrumpe. Porque no parece estar considerando tus palabras, parece estar dejándote gastar aire. Cuando terminas, el Señor de la Sombra ladea un poco la cabeza. La sonrisa que se le forma en la boca no tiene alegría. Sólo cansancio, desprecio y algo más frío debajo.
Algunos de los hombres armados se remueven alrededor. Esteban da un paso hacia ti, con las manos cruzadas a la espalda.
La punta de su zapato pisa un fragmento de cristal. Cruje bajo la suela.
Chasquea los dedos: los cañones se mueven, pero no hacia ti. Hacia Kara y Vytalian. Hacia la furgoneta donde Monique sigue medio vencida, con la respiración rota por los sedantes. Varios hombres salen de las sombras de las naves. Algunos tienen el rostro demasiado hinchado, los ojos amarillentos, los dientes mal encajados en encías negras. Uno camina con una pierna rígida y una sonrisa babeante. Otro lleva la piel del cuello llena de bultos que se mueven bajo la carne cuando traga saliva. Otro no parece parpadear nunca. Kara los ve acercarse y se queda muy quieta. La sangre le baja por la ceja, le cruza el párpado y le mancha la mejilla, pero su voz sale limpia.
Los hombres no reaccionan, Esteban tampoco. Kara levanta un poco la barbilla, incluso rodeada, incluso herida, incluso con media cara teñida de rojo.
Esteban gira la cabeza hacia ella. La mira por primera vez con verdadero interés.
Uno de los hombres deformes coloca una cadena plateada alrededor de la muñeca sana de Vytalian. El contacto de la plata arranca un siseo inmediato de la piel. Vytalian aprieta los dientes hasta que la mandíbula le tiembla, pero no se mueve. Esteban no aparta los ojos de Kara.
Kara da medio paso hacia delante, pero Vytalian la sujeta con la mano buena antes de que pueda cometer el error. Entonces su voz entra en tu cabeza. Llega como una presión breve detrás de los ojos, áspera y urgente, con el mismo acento pesado de siempre, pero sin necesidad de mover los labios.
Vytalian te mira un instante —sólo un instante—. Luego baja el arma y deja que se la arrebaten. No se rinde como un hombre vencido. Se rinde como alguien que está memorizando todos los rostros. A Kara le colocan las cadenas después. La plata toca su piel y el olor a carne quemada se mezcla con el humo del motor. Ella cierra los ojos un segundo, no por miedo, sino por control. Cuando vuelve a abrirlos, mira a Esteban como si estuviera grabándole en algún lugar donde nada se olvida. En la furgoneta, uno de los secuaces tira de Monique para incorporarla. Ella apenas puede sostenerse. Aun así, cuando le colocan otra cadena en las muñecas, intenta morder la mano que la sujeta. El hombre se aparta con un gruñido. Esteban ni siquiera la mira.
Una puerta de la furgoneta se abre de golpe. Apolo baja del coche. No tiene ya la calma de antes. La forma humana le sienta mal, como si cada hueso estuviese colocado por obligación. Camina con los hombros demasiado altos, la cabeza inclinada hacia delante, los labios tensos sobre los dientes. Sus ojos están clavados en ti.
Esteban deja escapar un suspiro. Apolo avanza otro paso.
Sus manos se abren y se cierran a los lados del cuerpo.
Kara no le concede ni una mueca. Eso parece enfurecerlo más. Esteban se coloca entre ambos con una naturalidad peligrosa, sin levantar la voz.
Apolo enseña los dientes. No como un hombre.
El Ahroun golpea el suelo con el puño. El impacto abre una grieta corta en el asfalto y levanta polvo alrededor de sus nudillos. Uno de los hombres armados retrocede por puro instinto. Otro baja el cañón un segundo y vuelve a subirlo enseguida. Apolo respira fuerte, muy fuerte. Esteban se acerca a él lo justo para que sólo el mostrenco pueda escucharle bien, aunque todos oís lo suficiente.
Apolo se queda inmóvil: el cambio es inmediato. No desaparece su odio. No desaparece su rabia. Pero algo debajo de todo eso se encoge, antiguo y animal, como una cicatriz tocada con un hierro frío. Durante un segundo parece a punto de atacar de todos modos, pero no lo hace. Aparta la mirada, y Esteban lanza una sonrisilla.
Apolo retrocede un paso, temblando de furia contenida. Entonces los secuaces se te echan encima. No es elegante ni limpio. Dos te sujetan los brazos. Otro te golpea detrás de la rodilla para obligarte a bajar. Alguien te arranca el cigarro de la mano. La plata llega enseguida, fría primero, abrasadora después, cerrándose alrededor de tus muñecas con un chasquido seco. El dolor muerde, no como una herida normal, como una orden. La cadena te recuerda que tu cuerpo puede ser fuerte, rápido, entrenado, valioso... y aun así quedar reducido a carne arrodillada si alguien trae el metal correcto.
Te empujan hacia abajo, una rodilla toca el asfalto, y luego la otra. Frente a ti, Esteban se acomoda la chaqueta, se agacha despacio y queda a tu altura. No parece enfadado. Te mira como si fueras una herramienta mal fabricada.
El humo del Audi pasa entre los dos.
Cuando veo que mi discurso de "me importa una mierda lo que hagas" no cuela, tuerzo el gesto en una sonrisa amarga. Tenía que intentar gastar el cartucho del poli cínico. Ahora el cartuchazo acababa de destrozar la bombilla sobre nuestras cabezas.
Cuando Kara señala la naturaleza impia de quienes nos rodean, entiendo de una vez por todas que en ningún momento había tenido un mínimo de posibilidades de llevar la conversación de mi terreno.
Un miembro de la Espiral Negra y Fomori, un coctel mortal. La arrogancia de la Justicia Metálica astutamente dirigida y manipulada por los siervos y aliados del Wyrn para que los garou derramen la sangre de los suyos.
Escucho la voz en mi cabeza de Vytalian y le devuelvo fugazmente una mirada de comprensión.
Observo el intercambio de palabras entre Haro y Apolo. La conversación de un amo hacia su siervo.
No opongo resistencia, a pesar de la brusquedad de mis captores. Chasqueo la lengua por no haber aprovechado lo suficiente ese cigarro.
-Veo que al final tienes más de "sombra" que de "señor" -sonrio de medio lado sin apartar la mirada de los ojos de Esteban.
Esteban ni siquiera te mira cuando le devuelves la provocación. Tu frase queda suspendida entre el humo del coche, la sangre seca en la boca y el olor agrio de la plata calentándose contra piel Garou. El Señor de la Sombra se limita a observarte unos segundos, como si el sonido de tu voz ya hubiera dejado de pertenecer a la conversación. Luego levanta una mano.
Los hombres deformes empiezan a moverse a la vez. Las cadenas tintinean. Alguien empuja a Kara por el hombro y ella se revuelve lo justo para enseñar los dientes, con la ceja abierta, la cara manchada de sangre y los ojos todavía limpios de miedo. Vytalian intenta colocarse entre ella y uno de los fomori, pero el brazo izquierdo le cuelga como una cosa rota. Entonces bajan los esbirros de Apolo: no llevan fusiles. Llevan pistolas pequeñas, negras, preparadas con dardos gruesos y depósitos transparentes llenos de un líquido amarillento; el primer disparo te golpea en el costado, luego otro en el cuello y un tercero en el muslo.
Oyes a Kara maldecir en ruso. Oyes a Vytalian gruñir como un animal herido. Intentas inspirar, pero el aire se vuelve pesado antes de llegar a los pulmones. El mundo se inclina. El suelo sube hacia tu cara. La voz de Esteban llega desde algún lugar muy lejano, seca, aburrida, casi administrativa.
Otro impacto. Después, la nada.
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, almacén abandonado, cerca de las Instalaciones Demóstenes
📅 29 de Agosto de 2005, 01:04
Cuando abres los ojos, no sabes cuánto tiempo ha pasado. Al principio sólo existe el dolor; no como una herida concreta, sino como una capa sucia extendida por todo el cuerpo. La cabeza te late. Tienes la boca seca y la saliva sabe a metal. Intentas moverte y el primer sonido que escuchas es el de las cadenas respondiendo por ti: estás colgado de una estructura metálica grande, rectangular, parecida al armazón de un contenedor marítimo abandonado dentro de un almacén viejo. Vigas oxidadas, chapas dobladas y cables colgando del techo. Un fluorescente roto parpadea a intervalos irregulares, llenando el lugar de una luz enferma, blanca, casi azulada.
Te han dejado sólo con los pantalones y la camiseta. No tienes nada: todo lo que podía hacerte parecer preparado ha desaparecido. Tus muñecas arden dentro de los grilletes de plata. Los tobillos también. Cada intento mínimo de tensión arranca una punzada blanca que sube por los huesos y se queda clavada detrás de los ojos. A tu lado hay otro cuerpo, el de Vytalian.
Está colgado boca abajo de otra sección de la estructura, sujeto por las piernas, con los brazos vencidos hacia el suelo. La cara es un desastre de sangre seca, hinchazón y cortes. Tiene el labio partido, un ojo casi cerrado y el pecho lleno de heridas abiertas, algunas superficiales, otras no tanto. Debajo de él hay un charco oscuro, varios dientes y salpicaduras que han llegado hasta las patas metálicas del armazón.
Respira, eso es lo único positivo. No hay rastro de Kara, y la ausencia tarda un segundo en convertirse en algo peor que una herida. Entonces la oyes, al otro lado del almacén, más allá de una puerta metálica cerrada, llegan golpes, voces y un grito ahogado. Luego blasfemias en ruso. No las entiendes todas, pero no hace falta. Hay palabras que atraviesan cualquier idioma cuando salen de una garganta rota por el dolor y la rabia.
Un hombre se ríe. Otro dice algo que no alcanzas a distinguir. Kara vuelve a gritar, y Vytalian abre el ojo sano. Durante un momento no parece saber dónde está. Luego escucha lo mismo que tú y todo su cuerpo se tensa de golpe, olvidándose del dolor, olvidándose de la sangre, olvidándose incluso de que está colgado boca abajo con suficiente plata encima para tumbar a una manada entera.
La estructura metálica cruje cuando forcejea. La plata le muerde las piernas y le arranca un sonido bajo, animal, pero no se detiene. Intenta girarse, alcanzar algo, hacer cualquier cosa, pero no puede. Entonces notas tus pies: no están libres, pero algo no encaja. Uno de los grilletes de los tobillos ha quedado mal cerrado. Quizá por la prisa. Quizá porque el golpe deformó la bisagra. Quizá porque los que os colgaron pensaron que tanta plata bastaba para convertirte en una cosa dócil. La cadena sigue ahí, abrasadora, pero hay holgura. Muy poca. Lo justo para que el metal roce de otra manera cuando tensas la pierna.
No sería una salida limpia, ni sería inteligente, y por supuesto no sería gratis. Pero hay una posibilidad. Al otro lado de la puerta, Kara vuelve a maldecir en ruso. Esta vez su voz suena más baja, más cerca de romperse.
¿Qué vas a hacer, Mark?
🟦 Esperar a ver qué es lo que ocurre y no hacer nada.
🟨 Intentar soltarte usando las argucias y la agilidad.
🟥 Cambiar de forma parcialmente, perder una mano o un pie, y actuar contra lo que sea que esté pasándole a Kara.
Duro despertar. Observo a mi alrededor y suspiro al comprender nuestra situación. Estamos bien jodidos.
Al notar que
Vytalian sigue respirando, mi consuelo solo alcanza a comprender que al menos no moriré solo. Trago saliva en un vano intento de humedecer mi reseca garganta.
-Bueno... -digo con voz rasposa- esperaba que siendo ruso, te sentirías como en casa en este gulag... -intento practicar un poco de humor negro del que le gusta a mi arisco compañero.
Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 22:26:00Respira, eso es lo único positivo. No hay rastro de Kara, y la ausencia tarda un segundo en convertirse en algo peor que una herida. Entonces la oyes, al otro lado del almacén, más allá de una puerta metálica cerrada, llegan golpes, voces y un grito ahogado. Luego blasfemias en ruso. No las entiendes todas, pero no hace falta. Hay palabras que atraviesan cualquier idioma cuando salen de una garganta rota por el dolor y la rabia.
Un hombre se ríe. Otro dice algo que no alcanzas a distinguir. Kara vuelve a gritar, y Vytalian abre el ojo sano. Durante un momento no parece saber dónde está. Luego escucha lo mismo que tú y todo su cuerpo se tensa de golpe, olvidándose del dolor, olvidándose de la sangre, olvidándose incluso de que está colgado boca abajo con suficiente plata encima para tumbar a una manada entera.
La estructura metálica cruje cuando forcejea. La plata le muerde las piernas y le arranca un sonido bajo, animal, pero no se detiene. Intenta girarse, alcanzar algo, hacer cualquier cosa, pero no puede. Entonces notas tus pies: no están libres, pero algo no encaja. Uno de los grilletes de los tobillos ha quedado mal cerrado. Quizá por la prisa. Quizá porque el golpe deformó la bisagra. Quizá porque los que os colgaron pensaron que tanta plata bastaba para convertirte en una cosa dócil. La cadena sigue ahí, abrasadora, pero hay holgura. Muy poca. Lo justo para que el metal roce de otra manera cuando tensas la pierna.
Mi fachada cínica se derrumba al escuchar a
Kara gritar. Forcejeo por instinto al igual que
Vytalian. Aprieto los dientes con fuerza, notando que la rabia está a punto de estallar fuera de mi cuerpo cuando noto el grillete medio suelto en uno de mis tobillos. Busco desde lo más hondo de mi ser mantener la calma y pensar, pues a eso me dedico.
-Plata alterada por espíritus de la
Tejedora... -murmuro las palabras de
Esteban, una bombilla parece tintinear en mi cabeza- y si...
Me quedo en silencio, cierro los ojos y me concentro. Busco alcanzar los espíritus que bañan esas cadenas. Me concentro en los mecanismos de cierre. La plata duele, pero debo salvar a
Kara. Su roce, su tacto, su calor... No puedo permitir que todo termine así.
-Liberarme... -digo en un susurro, no como una orden, sino como una súplica.
Los cierres se abren con un chasquido metálico y mi cuerpo se golpea bruscamente contra el suelo. El dolor que la plata me producía ahora es una quemazón, intensa y profunda. Pero soy libre. Me toco las muñecas doloridas y, poco a poco, me levanto. Los gritos de
Kara continúan. Aprieto los dientes y me dirijo despacio, con los tobillos en carne viva, hacia la puerta.
-Volveré a por ti... te lo juro por
Gaia -digo a
Vytalian antes de abrir la puerta, sin esperar respuesta.
Observo el pasillo que va de un lado hacia el otro, de derecha a izquierda. Múltiples puertas a ambos lados, pero los gritos de
Kara solo provienen de una. Camino con decisión con los puños tan apretados que los nudillos se me vuelven blancos. Los dientes parece que van a estallar los unos contra los otros. La furia creciendo cada vez más.
Cuando llego ante la puerta de la que provienen los gritos, no pierdo el tiempo y la abro sin dudar. La escena que me encuentro es la última pieza para que el engranaje se active.
Kara sentada en un silla metálica, atada de pies y manos, con el torso superior desnudo, repleto de cortes: pechos, abdomen, muslos... el charco de sangre bajo ella es abundante y no para de gotear más líquido carmesí, que se filtra por un desagüe bajo su asiento. Su cara de sufrimiento y horror apenas la hace reconocible.
La iluminación solo consta de una bombilla atada a un cable, reflejando su tenue luz en los azulejos que decoran las paredes y suelo de lo que parece haber sido un antiguo baño de operarios.
Una mesa con distintos objetos rudimentarios se sitúa a su izquierda: cuchillos, martillos, alicates, sacacorchos... la mayoría llenos de sangre, algunos secos, otros frescos.
Dos aberraciones me dan la espalda, una de ellas con los pantalones por las rodillas y la otra con un cuchillo bajo, goteando sangre al frío suelo. Se ríen. Yo no.
Gasto un punto de "Rabia" para pasar a forma crinos.-Ya es hora de que enseñes a esta zorra que aquí no van a ser solo cuchillos lo que se van a meter en su cuer... -dice el del cuchillo al que tiene los pantalones bajados, antes de que chasquidos brutales suenen detrás de ellos.
Mi cuerpo parece estallar, la furia contenida se libera al fin. Mi transformación es rápida. Pelaje negro como la noche, colmillos... mis huesos y mis músculos se reestructuran a mi forma de guerra. Mi grito humano lleno de ira se modula hasta tomar el sonido de un gruñido salvaje, primordial. La niebla roja turba mi visión.
-No... -los Fomori se dan la vuelta, el del cuchillo más rápido que el que tiene los pantalones bajados- no me jodas...
Es su última palabra antes que uno de mis brazos le arranque la cabeza de un solo golpe. Mis garras se llenan de sangre, los azulejos sucios de las paredes también. Noto los ojos llenos de lágrimas de
Kara mirándome, eso, en algún lugar de mi ser, me reconforta.
El cuerpo de la aberración tarda unos segundos en desplomarse, saliendo sangre del punto en donde se encontraba su cabeza a ritmo discontinuo, pero constante. El otro, el que iba a violar a
Kara, da un paso hacia atrás pero trastabilla y se cae de espaldas.
Por un instante, en mi mente se ve a ese cerdo violando a
Kara. La furia aumenta en mi interior y doy un alarido de pura ira hacia el techo, con los brazos abiertos. Toda la ira, todo el resentimiento, toda la violencia que guardaba en mi interior sale concentrada hacia él.
Mi primer golpe le cercena el vientre y la parte púbica. En su mirada, veo que aún no es consciente de cómo se ha dado la vuelta a la situación en tan poco tiempo. Lo que sigue, es un golpe tras otro, desmembrando partes de su cuerpo, sangre por todos lados, vísceras pegadas a las paredes. No ceso, sigo y sigo sin ser consciente del tiempo, sin ser consciente de que ya solo queda pulpa en el suelo.
De pronto, un mano toca mi enorme hombro peludo. Con suavidad, casi con ternura.
-Ya está
Mark... ya no es nadie... -es como una descarga a mi cerebro.
Paro por unos instantes y me giro lentamente. Es
Kara, quien me devuelve la mirada. Su rostro ensangrentado, tiene surcos producidos por sus lágrimas. Su ceja abierta, su piel blanca repleta de heridas.
-Ya... -la digo en garou- ya estás a salvo... -la ira comienza a menguar y poco a poco, mi transformación va remitiendo hasta volver a mi forma humana.
No puedo evitar abrazar a
Kara, rodearla entre mis brazos y acariciar su cabeza.
-Siento no haber llegado antes... -la digo en un murmullo bajo, dolorido. Vuelvo a echar la cabeza hacia atrás y la miro a los ojos. Tengo ganas de besarla, de consolarla, pero no me siento seguro de si es el momento o si ella querría en esas condiciones.
Cuando nos separamos, la acerco su blusa, que estaba tirada en un rincón para que pueda vestirse. No fui consciente mientras hacía pulpa a la aberración, pero
Kara había conseguido soltarse de sus ataduras.
-
Vytalian estaba conmigo... -aún me cuesta hablar- debemos liberarle y salir de aquí...
Me agacho y registro los cadáveres, hasta encontrar las llaves de los grilletes. Hago un gesto con la cabeza a
Kara para indicarla el camino y salimos al pasillo hasta volver a la sala donde estaba retenido
Vytalian.
Una vez liberado, intento cargar con el cogiéndole de un lado e indicando a
Kara que le coja del otro.
-¿Ves
Vyt? -sonrío de medio lado- te dije que volvería a por ti...
El pasillo sigue oliendo a sangre, lejía vieja y metal húmedo. Kara camina por su propio pie, pero sólo porque se obliga: lleva la blusa cerrada como puede sobre el torso herido, una mano apoyada contra la pared y la otra agarrando a Vytalian por debajo del brazo sano. Tú cargas con buena parte de su peso al otro lado. El ruso intenta dar dos pasos sin ayuda y casi se desploma; tiene la cara hinchada, el pecho abierto en varios puntos y el brazo izquierdo convertido en una masa inútil pegada al cuerpo.
Intenta soltarse, pero las piernas le fallan. Kara ni siquiera lo mira.
Vytalian aprieta los dientes, aunque vuelve a dejar caer el peso sobre vosotros. El almacén parece vacío, demasiado vacío. No hay gritos, motores ni órdenes, sólo el zumbido irregular de los fluorescentes y el roce de vuestros pasos contra el suelo sucio. A lo lejos, una puerta metálica golpea con el viento.
Kara se detiene de repente. Su respiración cambia, los hombros se tensan y los dedos se cierran sobre la camisa de Vytalian.
Intenta cambiar. Lo reconoces en la forma en la que su cuerpo se prepara: mandíbula cerrada, respiración contenida, músculos endureciéndose bajo la piel. Pero no ocurre nada. Ni huesos desplazándose, ni pelaje, ni fuerza. Sólo dolor. Kara lo intenta una segunda vez y tiene que apoyarse contra la pared para no caer.
Vytalian la observa, confundido, y prueba también. Su cuerpo tiembla, pero nada cambia.
La frustración le dura poco. El esfuerzo le arranca un espasmo en el pecho y termina escupiendo sangre al suelo. Kara se lleva una mano al cuello y palpa una zona endurecida bajo la piel, cerca de la clavícula.
Aparta la mano y observa sus dedos, como si esperase encontrar sangre fresca.
Mira a Vytalian y después a ti. No hace falta decirlo: no era un sedante normal.
Continuáis avanzando, más despacio. Humanos, heridos, sin armas y sin capacidad de adoptar una forma capaz de resistir otro enfrentamiento. La salida del almacén está delante, una puerta doble de metal abierta apenas unos centímetros. Por la rendija entra una luz gris y el olor húmedo de la ría. Kara se separa de la pared y ajusta mejor el peso de Vytalian.
Entonces la puerta se abre desde fuera.
Una mujer entra. Tiene los cabellos anaranjados, viste ropa sencilla y no lleva ningún arma visible. Se detiene al veros, recorriendo primero la sangre, después las cadenas abiertas, el estado de Vytalian y finalmente tu rostro. No parece sorprendida ni asustada. Sonríe y levanta despacio ambas manos, abiertas y desnudas.
Kara se queda inmóvil. Vytalian intenta enderezarse, aunque apenas puede mantenerse consciente. La mujer no avanza; sigue sonriendo.
¿Qué haces, Mark?
Me mantengo en silencio durante el trayecto por los pasillos, tratando de mantener el peso de
Vytalian sin que se me caiga encima e intentando agudizar el oído por si algún
Fomori se quiere unir a la procesión.
Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05
Intenta soltarse, pero las piernas le fallan. Kara ni siquiera lo mira.
-Y yo necesito un cigarro pero me aguanto... -digo torciendo el gesto en un amago de sonrisa mientras le miro de soslayo.
Luego continúo la marcha junto a
Kara ayudando a
Vyt a proseguir.
Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05Kara se detiene de repente. Su respiración cambia, los hombros se tensan y los dedos se cierran sobre la camisa de Vytalian.
Intenta cambiar. Lo reconoces en la forma en la que su cuerpo se prepara: mandíbula cerrada, respiración contenida, músculos endureciéndose bajo la piel. Pero no ocurre nada. Ni huesos desplazándose, ni pelaje, ni fuerza. Sólo dolor. Kara lo intenta una segunda vez y tiene que apoyarse contra la pared para no caer.
Vytalian la observa, confundido, y prueba también. Su cuerpo tiembla, pero nada cambia.
La frustración le dura poco. El esfuerzo le arranca un espasmo en el pecho y termina escupiendo sangre al suelo. Kara se lleva una mano al cuello y palpa una zona endurecida bajo la piel, cerca de la clavícula.
Aparta la mano y observa sus dedos, como si esperase encontrar sangre fresca.
Mira a Vytalian y después a ti. No hace falta decirlo: no era un sedante normal.
-Seguro que se os pasará pronto pero... de momento, procuremos evitar cualquier conflicto a poder ser o nos destrozarán...
Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05Continuáis avanzando, más despacio. Humanos, heridos, sin armas y sin capacidad de adoptar una forma capaz de resistir otro enfrentamiento. La salida del almacén está delante, una puerta doble de metal abierta apenas unos centímetros. Por la rendija entra una luz gris y el olor húmedo de la ría. Kara se separa de la pared y ajusta mejor el peso de Vytalian.
Entonces la puerta se abre desde fuera.
Una mujer entra. Tiene los cabellos anaranjados, viste ropa sencilla y no lleva ningún arma visible. Se detiene al veros, recorriendo primero la sangre, después las cadenas abiertas, el estado de Vytalian y finalmente tu rostro. No parece sorprendida ni asustada. Sonríe y levanta despacio ambas manos, abiertas y desnudas.
Kara se queda inmóvil. Vytalian intenta enderezarse, aunque apenas puede mantenerse consciente. La mujer no avanza; sigue sonriendo.
¿Qué haces, Mark?
-Joder... -no puedo evitar soltarlo al ver a la mujer aparecer por nuestra única salida. Lanzo una mirada de soslayo a
Kara y a
Vyt- ¿Puedes con él un rato
Kara? Creo que este baile me toca hacerlo en solitario...
Espero la confirmación de
Kara antes de soltar todo el peso de
Vytalian en mi compañera. Me alejo un poco de ellos hacia la mujer. No adopto una postura agresiva, sino más bien de cansancio acumulado. No voy a permitir que vuelvan a tocar a mis compañeros mientras respire, pero no están siendo mis mejores días.
-No se quién eres, pero apártate de nuestro camino o teñiré el suelo de esta sala con tu sangre...
Estoy agotado, pero venderé cara mi piel.
Cita de: Mark en 13 de Jul 2026, 00:26:38-No se quién eres, pero apártate de nuestro camino o teñiré el suelo de esta sala con tu sangre...
La mujer no se aparta, y tampoco parece impresionada por la amenaza. Su mirada pasa por ti y se detiene en Kara y Vytalian, no por sus heridas, sino por algo que parece percibir debajo de la piel.
Inclina ligeramente la cabeza. La sonrisa desaparece.
Kara mantiene el peso de Vytalian y no baja la guardia. Euforia tampoco intenta acercarse.
Levanta de nuevo las manos, dejándolas bien visibles.
La salida continúa detrás de ella.
¿Qué haces, Mark?
Sigo tenso unos instantes pero relajo el cuerpo ante la muestra de aparente ayuda que nos ofrece.
-Pensaba que eras una más de los que nos habían traído hasta aquí... -lanzo una mirada de soslayo hacia mis compañeros y vuelvo a mirar a la extraña mujer- si puedes ayudarles, te estaré eternamente agradecido...
Me aparto del camino entre la mujer y mis compañeros.
-Pero no intentes hacer nada raro o que les ponga en peligro -aprieto la mandíbula- como verás por nuestro estado, no ha sido el mejor día de nuestras vidas y encontrarte aquí no es que nos sirva de mucho consuelo... -frunzo el ceño- ¿Como te llamas? ¿Como es que percibes la magia en ellos? ¿Eres algún tipo de hechicera?
La mujer te aguanta la mirada durante un instante y, de pronto, se echa a reír. No es una carcajada cruel, sino abierta, casi divertida por la situación, como si la amenaza de un hombre cubierto de sangre y agotamiento fuese una forma perfectamente razonable de presentarse.
Su atención vuelve enseguida hacia Kara y Vytalian. La sonrisa se apaga al observar el temblor de sus cuerpos, la sangre y el esfuerzo inútil por sostener una forma humana que ahora parece impuesta.
No busca un espejo, no se acerca a una superficie reflectante ni pronuncia rito alguno que reconozcas. Euforia alza una mano y dibuja una línea en el aire con dos dedos. La realidad responde con un crujido seco, como una tela sometida a demasiada tensión. El espacio se abre ante ella en una herida vertical, revelando al otro lado una versión gris y deformada del almacén. Kara mantiene la mirada fija en la abertura. Vytalian apenas conserva fuerzas para discutir.
Entre los tres conseguís atravesar el desgarro. El cambio es inmediato: el aire pesa de otra manera, las paredes parecen más altas y las vigas del almacén se prolongan como huesos oxidados hacia una oscuridad sin techo. Lo extraño no es sólo haber cruzado sin espejos. Tu camiseta sigue pegada al cuerpo, conservas los pantalones y hasta las manchas de sangre ocupan el mismo lugar. Todo ha pasado con vosotros, como si Euforia no hubiese abierto un camino hacia la Umbra, sino obligado a ambos mundos a tocarse durante unos segundos. La hechicera cierra el desgarro con un movimiento de muñeca.
Ayudáis a Kara y Vytalian a recostarse sobre el suelo frío. Euforia se arrodilla entre ambos y coloca una mano abierta sobre el pecho de cada uno, sin llegar a tocarles. Sus dedos se tensan. Un murmullo en una lengua desconocida se extiende por el almacén umbral y unas líneas tenues, rojizas, aparecen bajo la piel de los dos rusos, siguiendo el recorrido de sus venas. Euforia frunce el ceño.
Retira las manos y se incorpora despacio.
Kara intenta incorporarse, aunque el cuerpo le responde con un estremecimiento. Euforia la obliga a permanecer tumbada con un gesto breve.
La hechicera se sacude el polvo de las rodillas y empieza a caminar hacia la oscuridad del almacén, como si su intervención hubiera terminado. No parece tener prisa, pero tampoco da señales de que pretenda quedarse.
Euforia para durante un momento, y se queda en silencio.
Levanta la mano y de un chasquido, empiezan a salir chispas rojas y anaranjadas.
Tienes unos segundos antes de que se marche.
¿Qué vas a hacer, Mark?
Tuerzo el gesto al escuchar lo de "hombres perro" pero no digo nada al respecto.
-Esteban de Haro... -digo antes de que se marche- el Trono de Cibeles al que él representa aquí, son los causantes de todo esto... -miro a mis compañeros y luego a la extraña mujer de nuevo- ellos y su alianza con las fuerzas corruptas, si quieres saber más, las respuestas las tienen ellos...
No digo más a la mujer si esta no prosigue con lo que la he dicho.
Una vez se va, me acerco a Kara y Vyt.
-¿Estáis algo mejor? Esperarme unos instantes aquí, quiero mirar antes si hay alguna pista sobre Monique...
No espero la respuesta e inspecciono rápidamente la sala y el camino por donde hemos venido, así como las otras salas. Ni rastro de mi amiga.
En la habitación contigua al baño reutilizado como sala de torturas, encuentro unos taquillas de operarios de lo que debían ser unos vestuarios y, en su interior, nuestras pertenencias. Me vuelvo a poner mi ropa, enfundo mi arma y compruebo que mi artefacto faérico no ha sufrido daños.
En otra de las taquillas, las ropas de los Fomori. Entre sus pertenencias, las llaves de un coche que me guardo.
Con todo ello, vuelvo con mis compañeros.
-Aquí tenéis vuestras cosas, tenemos que irnos ya...
Espero a que se pongan lo que quieran y me dispongo a salir por la puerta principal con mi pistola desenfundada.
-Manteneros detrás mío -les digo antes de salir.
Salgo con cautela esperando no encontrarme con más enemigos y si con el coche de esos bastardos.
Euforia se detiene cuando pronuncias algo.
Cita de: Mark en 14 de Jul 2026, 23:21:58-Esteban de Haro... -digo antes de que se marche- el Trono de Cibeles al que él representa aquí, son los causantes de todo esto... -miro a mis compañeros y luego a la extraña mujer de nuevo- ellos y su alianza con las fuerzas corruptas, si quieres saber más, las respuestas las tienen ellos...
Durante un instante parece que vas a haber despertado su interés, pero su expresión no cambia. Mira a Kara, a Vytalian y después vuelve a fijarse en ti.
No espera una respuesta. Su silueta pierde consistencia, como si el aire dejara de sostenerla, y se desvanece sin ruido entre las sombras del almacén umbral.
Cita de: Mark en 14 de Jul 2026, 23:21:58En la habitación contigua al baño reutilizado como sala de torturas, encuentro unos taquillas de operarios de lo que debían ser unos vestuarios y, en su interior, nuestras pertenencias. Me vuelvo a poner mi ropa, enfundo mi arma y compruebo que mi artefacto faérico no ha sufrido daños.
En otra de las taquillas, las ropas de los Fomori. Entre sus pertenencias, las llaves de un coche que me guardo.
Con todo ello, vuelvo con mis compañeros.
-Aquí tenéis vuestras cosas, tenemos que irnos ya...
Te diriges hacia las taquillas, pero al abrirlas sólo encuentras óxido, polvo espiritual y formas vacías que imitan objetos inexistentes. No están vuestras armas, ni la ropa, ni las llaves del coche, ni ninguna de las pertenencias que esperabas recuperar. Estás viendo el reflejo del almacén, no el almacén.
Intentas cruzar de nuevo al mundo físico. El cambio no responde con la facilidad con la que Euforia había desgarrado la realidad. Debes concentrarte, buscar la frontera entre ambos lados y forzarla como has aprendido. Te cuesta mucho más de lo esperado. La Umbra parece cerrarse alrededor de ti, densa y pegajosa, y durante unos segundos comprendes hasta qué punto lo que hizo aquella mujer no era una forma normal de atravesar.
Kara intenta incorporarse.
El esfuerzo por cruzar te deja mareado, pero terminas cayendo al otro lado. El almacén físico sigue vacío. Registras las taquillas, las habitaciones cercanas y los cuerpos de los fomori, pero no encuentras ningún juego de llaves, ninguna ropa preparada ni vuestro equipo. Sólo recuperas tu cartera y algunos objetos sin utilidad inmediata. Todo lo importante ha desaparecido.
Cuando regresas a la Umbra, Kara comprende la respuesta antes de que hables. La tranquilidad que había mantenido hasta entonces se rompe.
Se lleva una mano al pecho, como si esperase encontrarla todavía allí.
Vytalian consigue levantar la cabeza. Su voz sale débil, pero firme.
Kara asiente y vuelve a mirarte.
Los dos quedan en el suelo umbral, demasiado heridos para seguirte y atrapados por aquello que les han inyectado. La salida vuelve a depender de que cruces solo.
¿Qué haces, Mark?
Después de lo hablado por el chat, asumimos que Mark sale e intenta investigar.
El regreso al mundo físico resulta peor que el anterior. No por el esfuerzo: esta vez sabes dónde buscar la frontera y cómo empujarla. Lo peor es la sensación de abandonar a Kara y Vytalian al otro lado. Durante un instante, mientras la Umbra se comprime alrededor de tu cuerpo, todavía distingues sus siluetas entre las formas grises del almacén: ella sentada junto al ruso, una mano apoyada sobre su hombro; él tendido en el suelo, respirando a tirones, demasiado orgulloso para cerrar los ojos.
Después la realidad te arranca de allí: caes sobre una rodilla. El hormigón te recibe con un golpe seco y una bocanada de aire cargada de polvo, humedad y restos de combustible. El almacén físico conserva el calor de los cuerpos que lo han ocupado, pero ya no queda nadie en la sala principal. Solo los cadáveres de los dos fomori, las correas abandonadas, las manchas oscuras sobre el suelo y el zumbido irregular de uno de los fluorescentes.
Te incorporas despacio. El silencio no es completo. Más allá de las paredes llega el rumor lejano de motores. Algún portón industrial se cierra con un estrépito que recorre las vigas del techo. Después escuchas algo más grave, mucho más distante: una vibración sorda que asciende por el suelo y hace tintinear una herramienta olvidada sobre una mesa —dura apenas un segundo—.
Esperas, pero no se repite. Te obligas a seguir; la puerta principal del almacén está bloqueada desde fuera. El cierre ha sido pasado con una cadena gruesa que no puedes alcanzar desde este lado, aunque la hoja metálica no encaja bien contra el suelo y deja entrar una franja de luz anaranjada. Te agachas. Al otro lado se extiende un patio industrial estrecho, delimitado por vallas, contenedores y fachadas de ladrillo ennegrecido. No ves movimiento ni tampoco ningún vehículo que puedas utilizar.
Regresas al interior. Las oficinas administrativas ocupan una plataforma elevada en uno de los laterales. Subes por una escalera metálica que se queja bajo tu peso. Cada peldaño propaga un pequeño crujido por el edificio y te obliga a detenerte, escuchar y continuar con más cuidado.
La primera oficina está vacía: archivadores abiertos, papeles tirados y una taza con café reseco junto a un teclado sin ordenador. El teléfono de mesa sigue en su sitio, pero cuando levantas el auricular no escuchas tono alguno. Sigues el cable hasta la pared y descubres que ha sido arrancado de cuajo.
En la segunda habitación encuentras una mesa plegable, varias cajas de munición vacías y un mapa de la zona clavado sobre un tablón. Hay círculos dibujados alrededor de diferentes accesos de Romo-Itzubaltzeta. Algunas calles aparecen tachadas. Otras están marcadas con flechas que convergen hacia un mismo punto: Demóstenes.
No necesitas comprender todo el plan para reconocer una operación en marcha. Junto al mapa hay una radio portátil. La coges, giras el control de volumen y escuchas únicamente estática. Cambias de frecuencia. Primero no ocurre nada, después aparece una voz entrecortada, demasiado deformada para entender las palabras. Otra responde desde algún lugar lejano, pero la transmisión se interrumpe con un chasquido.
Entonces oyes el golpe, que no procede de la radio. Llega desde debajo de las oficinas: un sonido corto, blando, como algo pesado chocando contra una puerta. Guardas silencio. Pasan varios segundos antes de que vuelva a repetirse. Esta vez viene acompañado por el roce de unas botas y una voz baja, irritada.
Hay alguien en el almacén. Abandonas la oficina y desciendes la escalera. No regresas directamente a la sala donde despertasteis. Te mueves por el pasillo de servicio que rodea la nave, pegado a la pared y evitando las zonas iluminadas. El aire cambia a medida que avanzas. Huele a aceite, plástico quemado y sudor rancio, y también huele al Wyrm.
No es una presencia lejana ni una contaminación adherida al edificio. Está cerca. El corredor desemboca en una zona de carga que no habías visto durante el primer registro. Una hilera de cortinas industriales de plástico oculta varias cámaras interiores. Algunas están abiertas y vacías mientras que otras tienen candados reventados colgando de los cierres; las voces proceden de la última.
Te acercas, mientras ves como una luz blanca y dura escapa por debajo de la puerta. A su lado hay un carrito metálico con vendas usadas, botellas de agua, guantes de látex y una bandeja que alguien ha dejado caer de cualquier manera. Unas gotas oscuras recorren una de las ruedas y se han secado antes de alcanzar el suelo. La puerta no está cerrada del todo, y a través de la rendija distingues a dos hombres.
El primero es enorme. Incluso encorvado supera con claridad la altura normal de un ser humano. Tiene el cuello hundido entre los hombros, los brazos demasiado largos y una espalda que se mueve bajo la ropa como si algo tratara de encontrar una postura cómoda dentro de ella. Lleva una escopeta recortada colgada de una correa y está introduciendo cartuchos en los bolsillos de una chaqueta militar.
El segundo es más bajo y delgado. Su cuerpo conserva proporciones humanas, pero cada uno de sus movimientos resulta incorrecto. Las articulaciones se detienen donde no deberían. La cabeza gira unos grados de más cuando escucha. Los dedos, largos y amarillentos, golpean con impaciencia la carcasa de una pistola automática.
No necesitas comprobar más: son fomori. No son los mismos que has dejado muertos en la otra sala, obviamente, pero estos siguen vivos. Y están preparados para marcharse.
El más corpulento no levanta la mirada. Continúa llenándose los bolsillos con munición mientras su compañero observa algo situado fuera de tu campo de visión.
La voz le sale húmeda, con un siseo pegado a las palabras. El grande cierra la caja de cartuchos de un manotazo y se ajusta la correa de la escopeta.
La última palabra te obliga a cambiar ligeramente de posición. Lo haces muy despacio, utilizando el marco de la puerta para ampliar el ángulo sin empujarla, y entonces la ves. Monique está al fondo de la cámara.
La han dejado sentada contra uno de los pilares, con las manos sujetas y la cabeza inclinada sobre el pecho. La ropa con la que acudió a la cafetería apenas conserva algo de aquella discreta elegancia. El cabello le cae sobre el rostro. Una de sus piernas está extendida; la otra, recogida en una postura incómoda que no parece elegida.
No necesitas acercarte para saber que está muy herida. Tampoco necesitas estudiar su cuerpo, su respiración basta. Cada vez que intenta llenar los pulmones, el movimiento se interrumpe a mitad. Después permanece inmóvil durante unos segundos demasiado largos, hasta que el cuerpo vuelve a reclamar aire con un temblor pequeño, casi imperceptible.
Sigue viva, por muy poco.
El fomor delgado se acerca a ella. Monique no reacciona cuando la sombra se extiende sobre sus piernas. Tampoco cuando el monstruo se agacha y le coge el rostro para obligarla a levantar la cabeza, sus párpados tardan en abrirse.
El hombre sonríe. Entre sus labios aparecen varias hileras de dientes diminutos, apretados unos contra otros como fragmentos de cristal.
El otro fomor termina de ajustar la correa de la escopeta. El larguirucho acaricia el mentón de Monique.
Monique deja caer de nuevo la cabeza cuando el fomor la suelta. Sin embargo, antes de hacerlo, sus ojos se desplazan. No hacia la puerta, hacia ti.
El movimiento es mínimo. Quizá solo un reflejo. Quizá haya reconocido tu silueta entre la oscuridad del pasillo. No pronuncia tu nombre, no cambia de expresión ni hace nada que pueda delatarte.
El fomor delgado —Hortzoker— percibe algo. Observa a Monique. Olisquea el aire, y después sigue la dirección de su mirada. Su cuello gira lentamente. Primero ves el perfil, y después uno de sus ojos. La pupila se contrae al encontrarte detrás de la puerta.
El hombre sonríe. El corpulento deja de revisar la escopeta. Durante un segundo nadie se mueve. Tú no llevas armas, pero ellos sí, y Monique apenas puede respirar. Y, bajo vuestros pies, algo vuelve a estremecer las entrañas de Bilbao. Esta vez el temblor dura más.
¿Qué haces, Mark?
El infierno se vuelve a desatar en mi cabeza en un lapso demasiado corto de tiempo. Primero Kara, ahora Monique. Situaciones similares, un horror demasiado familiar, dos seres queridos sufriendo torturas. Noto la sangre bullir en mi interior, los latidos en mi cabeza parecen campanadas lúgubres.
No puedo permitir que muera y no tengo más herramientas a mi disposición que mis propias manos. Que mis propias garras.
La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.
Monique no puede morir sin al menos morir yo antes en el intento por salvarla...
Cita de: Mark en 29 de Jul 2026, 18:57:56La ira y el miedo me invaden por segunda vez en el día. Mi pragmatismo y cinismo habituales se esfuman en una niebla roja. Todas mis defensas emocionales construidas a lo largo de los años, se vuelven a esfumar ante una carga demasiado pesada.
No existe una decisión entre el pensamiento y el movimiento: la niebla roja borra esa distancia. Tu espalda golpea el marco cuando el cuerpo comienza a crecer. Las vértebras se separan con una sucesión de crujidos húmedos, empujando la columna hacia arriba; los hombros ensanchan hasta rozar ambos lados de la puerta y la cazadora se abre por las costuras antes de que puedas sentir la presión de la tela. Los dedos se alargan, las uñas revientan y se convierten en garras mientras el hocico emerge entre encías retraídas y dientes que ya no caben en una boca humana.
Hortzoker alcanza a levantar la pistola, pero no llega a apuntar. Entras en la habitación atravesando la puerta con el hombro. La hoja metálica se arranca de una bisagra y golpea la pared con un estruendo que hace temblar el carrito de instrumental. El fomor dispara por reflejo, y la bala pasa junto a tu mandíbula, arrancando una esquirla de hormigón del pilar donde está Monique.
Ahora los reconoces. No solo por aquellas pupilas demasiado quietas ni por la forma incorrecta de girar la cabeza. Son los dos hombres que acompañaban a Apolo cuando os entregó el lector y los dispositivos destinados a abrir Demóstenes desde dentro. Los mismos que esperaron en silencio mientras colaborabais con su operación. Los mismos que aparecieron después en la cafetería, dispararon los dardos y ayudaron a introducir a Monique en la furgoneta.
Ellos os dieron las herramientas y ellos la secuestraron. Hortzoker intenta disparar otra vez, pero tu garra se cierra alrededor de su muñeca. Los huesos ceden antes que el arma. La articulación se dobla hacia atrás con un chasquido seco; el cañón apunta al techo y las dos siguientes detonaciones revientan un fluorescente. Una lluvia de cristal y chispas cae sobre vosotros.
El grandullón ya tiene la escopeta entre las manos. Tiras de Hortzoker hacia ti. Su cuerpo abandona el suelo y choca contra tu pecho. Durante una fracción de segundo intenta protegerse utilizando la mano libre, pero sus dedos apenas consiguen hundirse entre tu pelaje antes de que lo arrojes contra el muro. La nuca golpea primero. El yeso se abre alrededor de su cabeza. El fomor rebota, todavía consciente, con los ojos desorbitados y la sonrisa sustituida por una mueca de incomprensión. La piel de su cuello palpita. Algo alargado se mueve debajo, trepando desde la clavícula hasta la mandíbula como un animal atrapado.
Lepolodi aprieta el gatillo, y la descarga te alcanza en el costado. El impacto te gira. La carne se abre bajo el pelaje y el calor entra de golpe, brutal, acompañado por una nube de sangre y pelo arrancado. Chocas contra el carrito metálico y lo aplastas bajo una rodilla. Las botellas ruedan por el suelo. Una de ellas estalla bajo tu peso, pero la Rabia ya ha convertido el dolor en otra cosa: una campana lejana, enterrada bajo el latido que te llena la cabeza.
Lepolodi bombea la escopeta. Hortzoker se aparta del muro y abre la boca. La mandíbula se desencaja más allá de cualquier límite humano. Los labios se rasgan por las comisuras y dejan al descubierto aquellas hileras de dientes diminutos, cientos de puntas húmedas apiñadas dentro de una garganta que se ensancha para morderte. El hedor que sale de ella recuerda a carne encerrada durante días en una bolsa de plástico.
Se lanza hacia tu cuello, pero le permites acercarse. Cuando abre la boca junto a tu hombro, introduces la garra bajo su mandíbula y empujas hacia arriba. Los dedos atraviesan la carne blanda del paladar. Hortzoker se sacude, muerde sin alcanzar nada y golpea tu antebrazo con la pistola rota. No aflojas. Tu mano continúa subiendo. Los dientes saltan primero. Pequeños fragmentos blancos rebotan contra el suelo y se pierden entre la sangre. La mandíbula superior se separa con un ruido espeso, seguida por la nariz y una parte del rostro. El fomor intenta gritar, pero solo consigue expulsar un borbotón oscuro que te cubre el pecho. Lo levantas por la cabeza abierta, y durante un instante sus piernas siguen pedaleando en el aire. Después lo estrellas contra el borde de la mesa: la primera vez se dobla, la segunda rompe la madera y la tercera deja de ser una persona reconocible.
Lepolodi vuelve a disparar. La descarga impacta en tu espalda. Esta vez sientes cómo algunos perdigones penetran entre las costillas y otros se aplastan contra el hueso. Das un paso hacia delante, arrastrando sobre la mesa los restos de Hortzoker. El fomor corpulento retrocede mientras trata de volver a accionar el mecanismo, pero uno de los cartuchos se atasca. Golpea el guardamanos con la palma.
Te vuelves hacia él. Lepolodi abandona la escopeta y mete la mano dentro de la chaqueta. Sus hombros empiezan a agitarse. La espalda se infla debajo de la tela, que se tensa hasta que varias protuberancias desgarran las costuras desde dentro. No son músculos. Son placas de carne endurecida, acumulaciones grises que se superponen unas a otras alrededor de la columna. Saca un cuchillo.
Es el mismo hombre que sostuvo abierta la puerta de la furgoneta mientras Apolo empujaba a Monique dentro. Lo recuerdas mirando la calle como si aquello fuese un trabajo cualquiera. Lepolodi carga. El cuchillo entra bajo tus costillas. El fomor gruñe y empuja con todo el peso de su cuerpo, intentando abrir la herida hacia arriba. Durante un segundo queda pegado a ti, tan cerca que puedes ver los vasos sanguíneos rotos alrededor de sus ojos y el sudor acumulado en los pliegues de su frente. Cierras una mano alrededor de su nuca y la otra atrapa el brazo del cuchillo.
Tiras en direcciones opuestas. La articulación del hombro resiste un instante. Después se desprende con un sonido parecido al de una rama verde partiéndose. El fomor grita mientras el brazo se separa del torso dentro de la manga, arrastrando jirones de carne y tendones largos que se tensan antes de romperse. El cuchillo cae todavía atrapado entre sus dedos.
Lepolodi intenta huir, pero solo consigue dar dos pasos. Lo alcanzas por la espalda y clavas las garras entre las placas que cubren su columna. La protección se resquebraja bajo tus dedos. El fomor patalea, golpea el suelo con las botas e intenta agarrarse al marco de la puerta mientras tiras de él hacia atrás. Sus uñas dejan cuatro surcos en el metal. Tiras otra vez, y su espalda se abre. Las placas grises saltan como costras gruesas y dejan al descubierto una masa de músculos deformados, grasa amarillenta y una columna demasiado ancha para pertenecer a un ser humano. Lepolodi continúa gritando hasta que hundes ambas manos en la abertura y separas los bordes. El sonido que sale de su cuerpo no se parece a un grito. Algo revienta dentro de él. Una oleada caliente te alcanza el abdomen y las piernas. El fomor se arquea, rígido, mientras su torso se abre desde la espalda hasta los costados. Sus órganos caen contra el suelo con un peso blando, unidos todavía por tejidos que se estiran entre sus costillas.
Lo sueltas. Lepolodi permanece de rodillas durante un segundo, mirando hacia la puerta como si todavía esperase poder cruzarla. Después cae de frente sobre sus propias vísceras.
El silencio regresa a la cámara, pero no de inmediato. Primero queda el repiqueteo de los casquillos terminando de rodar. El fluorescente roto chisporrotea sobre vuestra cabeza. Alguna pieza del carrito aplastado gira lentamente hasta perder impulso. El cuerpo de Hortzoker todavía sufre varios espasmos contra la mesa destruida, pero ya no conserva suficiente rostro para respirar. Tú sigues en pie.
La sangre de ambos fomori te cubre desde el hocico hasta las rodillas. Tienes fragmentos de dientes adheridos al pelaje del pecho, tiras de tejido entre las garras y una película negra y viscosa extendida sobre los brazos. La herida del costado continúa derramando sangre propia, más roja y limpia, que se mezcla con la porquería del Wyrm. El cuchillo sigue clavado bajo tus costillas. Cada respiración lo mueve unos milímetros dentro de la carne.
Hueles como un matadero incendiado. Pareces algo que debería permanecer encerrado al otro lado de una puerta de plata.
Monique sigue junto al pilar. Durante el combate no ha gritado. Apenas ha conseguido moverse. Ahora mantiene los ojos entreabiertos, intentando enfocar la mole ensangrentada que ocupa la habitación. La sangre de los fomori ha salpicado el suelo alrededor de ella, pero ninguno de sus cuerpos ha llegado a tocarla. Das un paso, y Monique se estremece. No porque no te reconozca. Sus ojos encuentran los tuyos bajo la frente del Crinos y permanecen allí. Lo que tiembla es su cuerpo, agotado por el simple esfuerzo de continuar respirando.
Te acercas despacio. Las garras dejan marcas húmedas sobre el hormigón. Cuando te arrodillas frente a ella, el cuchillo clavado en tu costado roza el suelo y una punzada consigue atravesar por fin la Rabia. Aun así, no apartas la mirada. Las ataduras de Monique están cerradas con bridas industriales. Bastaría un movimiento mal calculado para cortarle también las muñecas. Tus manos son demasiado grandes y demasiado fuertes. Están cubiertas de aquello que queda de los hombres que la trajeron aquí. Fuera de la cámara, la radio portátil vuelve a cobrar vida, y una voz surge entre la estática.
Otra voz responde, ahogada por interferencias.
Ahora escuchas a una voz familiar. Incluso a través de las interferencias, lo reconoces.
La transmisión muere. Bajo el almacén, un nuevo temblor recorre el hormigón. Esta vez no termina al cabo de un segundo. Las paredes vibran. El polvo cae de las vigas y una grieta fina aparece sobre el marco de la puerta, avanzando por el yeso con un sonido pequeño y continuo.
Monique deja escapar una respiración rota: está viva. Los dos hombres que la secuestraron ya no. Y tú permaneces arrodillado frente a ella, convertido en Crinos, herido, con un cuchillo clavado en el cuerpo y tan cubierto de sangre, carne y restos del Wyrm que apenas queda nada visible del hombre que entró en aquella habitación. Usas el poder de tu Rabia para sanar las heridas que te han hecho estos miserables. Respiras aliviado cuando notas que los cortes, puñaladas y disparos eran ordinarios, comunes. Un pensamiento intrusivo te pasa por la cabeza mientras dejas que tu piel se regenere: ¿qué hubieses hecho si no tuvieses estos poderes, como les ha pasado a Vytalian y a Kara? Una vez estás sanado, pasas a homínido y con el cuchillo liberas a la Philodox francesa. Con un tenue soplo de fuerza, se abraza a ti y notas que llora: pero no es un llanto de dolor, es un llanto de humillación, de sentirse inútil. Te llega a susurrar, de forma muy suave, lo siguiente:
Pero antes de que pueda acabar su frase, pega un grito de horror. Justo detrás de ti, en la puerta, entra otro fomori enormemente gordo y obeso, con varias pústulas amarillentas pulsantes. La criatura emite un rugido de dolor al ver a sus colegas hechos puré, y parece que va a cargar hacia ti. Suspiras, pero antes de que puedas ponerte en pie de nuevo, algo le atraviesa el pecho de lado a lado. Es un crinos de pelaje blanco, ojos azules brillantes, y varias heridas por todo el cuerpo. Detrás de él está Vytalian, agarrándose al quicio de la puerta.
Observo a mis compañeros con sincero alivio.
Tomo a Monique del hombro para que se apoye en mi y pueda ayudarla a caminar.
La ayudo a salir de la sala de torturas sin prisa pero sin pausa hasta ponernos a la altura de Kara y Vytalian.
Vuelvo a mirar a Kara.
[No paramos la marcha mientras hablamos. Debemos salir de ahí y montar en el vehículo. Si disponen de un móvil, llamaré a Semyon, si no, esperaré hasta poder establecer una comunicación. Si Monique sigue tan conmocionada como para no poder responder, conduciremos hasta salir de Bilbao y encontrar algún motel de carretera donde poder permanecer guarecidos hasta contactar con nuestro superior]
Getxo, Romo-Itzubaltzeta, almacén abandonado, cerca de las Instalaciones Demóstenes
📅 29 de Agosto de 2005, 02:01
Sientes otro temblor; o quizás es otra cosa, pero no sabes muy bien qué es. Es algo más difícil de señalar: una presión que recorre las paredes, se introduce bajo la piel y eriza el pelo de la nuca. Tú y Kara os miráis durante un instante, y tenéis la certeza de que, aunque ninguno de los dos es Theurge, ambos habéis pasado demasiado tiempo cerca de la Umbra para confundir aquella sensación con miedo o cansancio: los espíritus están inquietos.
No puedes verlos desde el mundo físico, pero percibes su movimiento al otro lado de la Celosía. Presencias pequeñas que huyen por los pliegues del edificio. Sombras que se desplazan en dirección contraria a las luces. Un murmullo sin palabras que se acumula alrededor de Demóstenes, como animales escapando de un incendio que todavía no ha comenzado.
Kara no pierde tiempo intentando interpretarlo. Se arrodilla junto a Monique, aparta la tela empapada que cubre su vientre y prepara un vendaje de emergencia con lo poco que habéis recuperado. Trabaja deprisa, presionando donde debe, cerrando la hemorragia de la pierna y asegurando las vendas con movimientos firmes pese al temblor de sus dedos. Monique no protesta, ni habla. Su cabeza cae hacia un lado cada vez que Kara deja de sujetarla. Tiene los ojos abiertos, pero le cuesta mantenerlos enfocados. Cuando intentas hacerla caminar, sus piernas apenas responden y todo su peso termina apoyado contra ti.
Kara comprueba por última vez los vendajes. La sangre deja de extenderse con tanta rapidez, aunque continúa filtrándose lentamente entre las capas de tela. Su expresión te da la respuesta antes de que termine de explicártelo: aquello solo comprará tiempo: Monique necesita tratamiento médico inmediato, porque si no lo recibe, se desangrará.
Después examina sus pupilas, la rigidez de los músculos y la ausencia completa de regeneración. Es la misma reacción que presenta Vytalian, la misma incapacidad para cambiar de forma, curarse o atravesar la Urdimbre. La suite completa, vamos.
Kara expulsa el aire por la nariz y se limpia las manos contra los pantalones. A ella solo consiguieron inyectarle una dosis antes de que aparecieses en la sala de torturas. El efecto se ha debilitado lo suficiente para permitirle recuperar su forma Crinos y parte de sus capacidades, pero cada transformación sigue dejándole un dolor profundo en los huesos.
Vytalian se coloca al otro lado de Monique. Apenas puede utilizar uno de sus brazos y su respiración continúa siendo irregular, pero logra mantener la espalda recta. Entre los tres abandonáis la cámara de tortura y recorréis el almacén mientras buscáis una salida, un teléfono o cualquier cosa que os permita desaparecer de aquella zona. La inquietud espiritual aumenta a cada paso.
Kara te acompaña hasta un patio de carga situado en la parte trasera. Allí, escondida entre dos contenedores industriales, encontráis la misma furgoneta que perseguisteis por las calles de Bilbao aquella mañana, con la puerta lateral abierta.
El interior parece haber sido registrado a toda prisa. Hay cajas volcadas, cables, envases vacíos de los sedantes y varias mantas manchadas. Puedes comprobar que la empresa que ha manufacturado las drogas es CaliCorp Inc., y algo en tu estómago se retuerce al leerlo. Sin embargo, no tienes tiempo para analizar con más detenimiento esa intuición. En una esquina, arrojado como si fuese una herramienta sin valor, encuentras el fetiche de Kara. Ella lo recoge con ambas manos y permanece un instante inmóvil, comprobando que sigue entero antes de sujetarlo contra su cuerpo.
Tus cosas están esparcidas debajo de uno de los asientos: la chupa, el mechero, la cartera. Parte de la ropa y algunos objetos menores que te habían quitado. Los recoges deprisa, revisándolos uno por uno hasta que la ausencia se vuelve imposible de ignorar: el Ojo del Ayer no está. Miras de nuevo bajo los asientos. Abres la guantera, apartas las cajas, registras los bolsillos traseros y compruebas incluso el hueco donde guardan las herramientas. Nada, se lo han llevado.
La pérdida te deja quieto durante un segundo. Alguien del Trono de Cibeles o de aquella operación conoce ahora el artefacto. Quizá sepan utilizarlo. Quizá solo hayan reconocido su valor. No tienes forma de averiguarlo y el cuerpo de Monique se vence de nuevo entre los brazos de Vytalian. El tiempo se os echa encima.
Introducís a los dos heridos en la parte trasera. Vytalian se sienta contra una de las paredes y acomoda a Monique junto a él, manteniéndola erguida para que pueda respirar. Ella apenas reacciona al movimiento. Sus dedos se cierran débilmente alrededor de la manga del ruso, más por reflejo que por voluntad.
Kara encuentra las llaves en un compartimento lateral, junto a parte del equipo que os habían confiscado. La furgoneta arranca al segundo intento. El motor tose, expulsa una nube oscura por el tubo de escape y termina estabilizándose. El indicador muestra algo más de medio depósito: suficiente para llegar a Cantabria sin parar.
Te colocas al volante mientras Kara ocupa el asiento del acompañante. Primero intenta encender su teléfono. Después el tuyo. Pulsa varias veces los botones, retira las baterías, vuelve a colocarlas y masculla palabrotas en ruso cada vez que una pantalla se apaga antes de completar el arranque. Los teléfonos encienden, pero no tienen señal, ni cobertura. No podéis comunicaros con nadie, pero es hora de marcharse.
La radio de la furgoneta continúa encendida. Entre la estática aparecen fragmentos de comunicaciones: equipos ocupando posiciones, accesos bloqueados, movimientos en la Umbra y órdenes para mantener despejadas las rutas de entrada. Algunas voces hablan en clave. Otras han dejado de molestarse en ocultar lo que está ocurriendo: Perfidia está avanzando.
Una nueva transmisión se impone sobre las demás. La voz tiene un tono tranquilo y casi administrativo, como si estuviese coordinando una entrega de material y no el exterminio de un clan entero.
La comunicación continúa un par de veces más hasta que se pierde entre chasquidos. Kara deja de manipular los teléfonos. Mira la radio, después a Monique y Vytalian a través del espejo interior. La consternación apenas dura unos segundos. Aprieta la mandíbula, vuelve a encender tu móvil y te indica con un gesto que conduzcas.
La furgoneta abandona el patio industrial. Las calles de Romo-Itzubaltzeta parecen vacías, pero no tranquilas. Hay vehículos aparcados con las puertas abiertas, semáforos que cambian para nadie y luces encendidas en edificios donde las ventanas permanecen cerradas. A lo lejos se escucha el rumor de sirenas, todavía demasiado dispersas para que las autoridades comprendan qué está ocurriendo.
Conduces hacia la salida. Vytalian mantiene a Monique abrazada contra su pecho. Cada bache le arranca una mueca, pero no afloja. Ella sigue sin poder hablar. De vez en cuando abre los labios, intentando formar una palabra que nunca llega a salir. Kara continúa peleándose con los teléfonos, pero el reloj de la radio cambia.
02:32
El vello de tu nuca se eriza. Durante un instante, toda la presión espiritual desaparece. El murmullo de los espíritus se corta de golpe, la noche parece haber contenido la respiración; entonces explota una manzana cercana.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Explosion%20en%20Getxo.webp)
La onda de choque golpea la furgoneta de costado. Los cristales vibran dentro de los marcos y el vehículo invade parcialmente el carril contrario antes de que consigas enderezarlo. El estruendo llega después, grave y prolongado, acompañado por el crujido de fachadas que no estaban preparadas para soportar semejante impacto.
Dos edificios antiguos se pliegan sobre sí mismos. Las plantas superiores se hunden dentro de las inferiores y levantan una nube de polvo, ladrillos y cristales que engulle la calle. Varias alarmas comienzan a sonar al mismo tiempo, mientras un coche aparcado rueda sin conductor hasta golpear una farola, y Kara se sujeta al salpicadero.
Más allá de los tejados aparece un resplandor azul: procede de la zona donde se encuentran las instalaciones Demóstenes. La luz crece desde el subsuelo, filtrándose por ventanas, respiraderos y grietas abiertas en las paredes. No ilumina la ciudad de forma natural. Cada destello vuelve transparentes durante un instante los bordes de los edificios, como si el mundo físico fuese demasiado fino para contener aquello que está intentando atravesarlo.
Los primeros pliegues se abren sobre una azotea: de ellos emerge un Crinos de pelaje ennegrecido, seguido por otro y después por una criatura encorvada con demasiadas extremidades. Las figuras saltan a los edificios cercanos y corren hacia Demóstenes. Otras aparecen detrás de escaparates intactos, atravesando el cristal sin romperlo hasta encontrarse por completo en este lado. Más siluetas descienden por las fachadas, se materializan sobre los coches o surgen de sombras que no deberían tener profundidad.
Danzantes de la Espiral Negra. Fomori. Seres deformados que no reconoces. Y todos avanzan hacia el túmulo.
En la parte trasera, Vytalian observa la procesión a través de una de las ventanillas. Monique continúa apoyada contra él, demasiado débil para comprender lo que está viendo. Kara tiene uno de los teléfonos muerto entre las manos y el otro todavía intenta arrancar. Delante de ti queda la carretera que conduce fuera de Bilbao. A tu derecha, el resplandor de Demóstenes y una guerra que acaba de comenzar.
Tienes un instante para decidir.
¿Qué haces, Mark?
Con la furgoneta parada, observo incrédulo la escena apocalíptica que se muestra ante nosotros.
Tras unos instantes me doy cuenta de que tengo la boca abierta y la cierro. Frunzo el ceño y aprieto el volante con fuerza.
Miro por el retrovisor a los malheridos Vytalian y Monique y la rabia mengua, sustituida por una sensanción de protección, de cuidar por los míos.
Hago que la furgoneta continúe su marcha hacia las afueras de Bilbao.
Mientras conduzco en silencio, no puedo dejar de pensar en todo lo que acabo de vivir. El Ojo del Ayer desaparecido. La relación entre CaliCorp Inc. y los corruptos del Trono de Cibeles. Todo está relacionado. Debo contactar con Felicity Burton cuando estemos a salvo.
El motor protesta cuando vuelves a poner la furgoneta en marcha. El golpe de la explosión todavía vibra en los cristales, pero el vehículo responde y empieza a alejarse del resplandor azul de Demóstenes. Mantienes la vista en la carretera, buscando las señales que conduzcan hacia la autovía y evitando mirar demasiado tiempo por el retrovisor. Detrás, las criaturas continúan corriendo hacia el túmulo.
Te alejas en dirección contraria a aquella marea. Las calles de Romo-Itzubaltzeta se suceden entre edificios residenciales, comercios cerrados y vehículos abandonados en mitad de la calzada. Algunas ventanas se encienden. Otras se abren apenas unos centímetros, hasta que quienes observan desde ellas ven las siluetas deformes desplazándose por los tejados y vuelven a cerrarlas.
Kara sigue intentando encender alguno de los teléfonos. Vytalian mantiene a Monique erguida en la parte trasera. La francesa apenas respira, protegida por los vendajes de emergencia y por el brazo del ruso alrededor de sus hombros. Durante unos segundos parece que la salida está cerca, pero entonces algo trepa por la fachada del edificio que tienes delante.
Primero distingues el movimiento: una masa enorme ascendiendo entre balcones, canalones y tendederos, hundiendo las garras en el ladrillo. Después reconoces la silueta de un Crinos. Su pelaje mezcla tonos marrones claros y oscuros, manchado por sangre y polvo. Sube con una violencia desesperada, arrancando fragmentos de fachada cada vez que impulsa el cuerpo hacia el siguiente piso. De repente, escuchas los gritos de una ciudad que está siendo asediada al mismo tiempo que alcanza la azotea de un edificio de cinco plantas. Pero allí lo esperan dos criaturas: parecen haber sido humanas alguna vez, aunque ya no queda suficiente de esa forma para afirmarlo. Sus torsos están hinchados y deformados, sostenidos por piernas demasiado pequeñas. De los hombros, vientres y espaldas nacen tentáculos oscuros cubiertos de ventosas, espinas y bocas diminutas. Están tan lejos que no puedes distinguirlos, pero tu mente une conceptos y te haces una ligera idea de lo que son.
Los tentáculos se lanzan sobre el Crinos: el Garou recibe el primer impacto en el rostro, pero hunde las garras en la criatura gris y la arrastra por la azotea. El monstruo se aferra al borde con tres apéndices mientras los demás se enrollan alrededor del cuello y los brazos del hombre lobo. La segunda criatura salta sobre su espalda y se aplasta contra ella como un pulpo negro, hundiendo las ventosas entre el pelaje; Kara deja de mirar los teléfonos al darse cuenta de lo que está pasando. Su cuerpo se ensancha sobre el asiento. Los músculos tensan la ropa mientras adopta la forma Glabro y se gira hacia la parte trasera de la furgoneta.
Vytalian levanta la cabeza. Tiene el rostro pálido, el brazo inútil pegado al cuerpo y a Monique apoyada sobre él. Mira a Kara como si acabara de proponerle conducir sin ruedas.
La protesta se te escapa al mismo tiempo, pero el sonido queda enterrado bajo el rugido procedente de la azotea. Las dos criaturas tiran a la vez, y el Crinos pierde el apoyo. Sus garras dejan cuatro surcos verticales en el borde de hormigón antes de que lo arranquen del tejado. Durante un instante queda suspendido sobre la calle, atrapado entre los tentáculos. Después los fomori lo impulsan hacia abajo con toda la fuerza de sus cuerpos: uno de ellos ha expulsado una ráfaga de aire que ha lanzado al Garou por los aires, directamente contra vosotros.
Giras el volante, y la furgoneta invade el carril contrario, roza un coche estacionado y arranca su espejo retrovisor: no hay espacio suficiente. El Crinos golpea frontalmente contra el vehículo con un estruendo de metal, huesos y cristal. El capó se pliega hacia dentro, el motor revienta bajo el impacto y la luna delantera estalla sobre ti y Kara. La furgoneta gira media vuelta antes de detenerse contra una farola y el cinturón te corta el pecho. Durante un segundo solo existe el pitido agudo dentro de tus oídos, el olor a combustible y el vapor escapando del motor destruido. Tienes cristales sobre las piernas y sangre bajándote desde una ceja.
Kara revienta su puerta de una patada, y tú haces lo mismo por el otro lado, saliendo a la calle mientras el cuerpo vuelve a ensancharse en Glabro. El asfalto cruje bajo tus zapatos. El aire sabe a polvo y a aceite quemado. Sobre el morro destrozado, el Crinos comienza a incorporarse. La criatura negra y púrpura continúa adherida a su cabeza y parte de la espalda. Los tentáculos le cubren un ojo, se introducen entre sus mandíbulas y aprietan alrededor del cuello. El Garou ruge, mete ambas garras debajo de la masa y tira. Varias ventosas se desprenden una tras otra con chasquidos húmedos. Varias arrancan mechones de pelaje y pequeños fragmentos de carne. El Crinos termina separando al monstruo de su cuerpo y lo arroja contra la carretera como quien se arranca un parche infectado.
La criatura golpea el suelo y se retuerce en el momento en el que el Garou lo aplasta de un pisotón. El sonido que hace es el que haría un globo de agua al reventarse. El hombre lobo reduce su tamaño. Su hocico se retrae, los hombros descienden y el pelaje desaparece hasta dejar ante vosotros a una mujer en Glabro. Es rubia, alta y de físico vigoroso, con las formas generosas tensando una ropa destrozada por la transformación. Tiene sangre en el rostro, polvo en los brazos y unos ojos azules que brillan todavía con la furia del combate. Os observa a ti y a Kara; la mujer separa los labios, enseñando unos colmillos que todavía no han terminado de retraerse.
Kara reconoce el idioma antes que la amenaza. Da un paso al frente y abre las manos para mostrar que no sostiene ningún arma.
La desconocida mantiene la mirada sobre ella durante un instante, y después sonríe. La criatura tentacular se levanta detrás de la rusa y salta antes de que ninguno pueda advertirla. La masa negra impacta contra la cabeza y los hombros de la mujer, envolviéndola de nuevo. Dos tentáculos se introducen alrededor de su rostro. Otro se clava bajo la clavícula. La rusa grita, adopta parcialmente Crinos y trata de arrancársela mientras gira sobre sí misma.
Kara corre hacia ella, pero no llega a alcanzarla. Las grietas del asfalto se llenan de movimiento: primero surge una araña. Después diez, cientos, miles. Salen de las alcantarillas, de debajo de los coches, de los marcos rotos de las ventanas y de las sombras proyectadas por los edificios. Una marabunta negra cubre la carretera, trepa por las piernas de la rusa y se lanza sobre la criatura tentacular. El monstruo se sacude mientras las arañas penetran en sus bocas, cubren sus ojos y desaparecen debajo de la piel. Los tentáculos se agitan durante unos segundos antes de caer. La masa se desploma alrededor de los pies de la mujer convertida en una bolsa vacía, perforada desde dentro. Las arañas continúan devorándola hasta que solo quedan membranas oscuras adheridas al asfalto.
La rusa se limpia el rostro y contempla la marabunta.
Las arañas se detienen. Empiezan a reunirse en mitad de la calzada, amontonándose unas sobre otras, formando primero una columna irregular y después una silueta humana. Las patas se entrelazan y desaparecen bajo placas negras. El abdomen de cientos de criaturas se funde en un torso. Los ojos múltiples se apagan mientras un único rostro emerge de aquella materia viva.
La transformación tarda apenas unos segundos. Cuando termina, reconoces a la mujer elegante de la cafetería. Valeria Parhon permanece de pie entre los restos del fomor, con la ropa cubierta de polvo y pequeñas manchas oscuras. Su respiración no está alterada. Solo sus dedos se mueven todavía con una coordinación demasiado precisa, como si miles de patas continuasen recordando su función.
Victoria asiente, pero Valeria no se mueve. La Ananasi te observa durante un instante. Su expresión se vacía. Durante un instante parece no reconocer la calle, la furgoneta destruida ni a la mujer que acaba de llamar por su nombre. Mira a Kara. Después vuelve a mirarte, extrañada, como si hubiese aparecido allí en mitad de una conversación que no recuerda haber comenzado. Parpadea, y el desconcierto desaparece.
Victoria suelta una carcajada, se aproxima a Kara y la envuelve en un abrazo demasiado fuerte y demasiado inmediato. La líder de la Ráfaga de Plata queda rígida entre sus brazos, con la mejilla aplastada contra el hombro de la desconocida.
Kara tarda un segundo en liberarse. Se recoloca la ropa, se aparta el pelo del rostro y mira hacia la furgoneta humeante.
Victoria pierde parte de la sonrisa. Lo hace de forma cómica, y rodea el morro aplastado y abre de golpe las puertas traseras. Vytalian está intentando incorporarse entre cristales, sujetando a Monique para que no caiga. La francesa tiene la cabeza apoyada sobre su pecho y los vendajes vuelven a teñirse de rojo.
La rusa corpulenta se inclina hacia ella.
Los ojos de Valeria se abren de par en par.
Victoria encoge los hombros, pero Monique no reacciona. Apenas consigue mantener los ojos abiertos. Por la forma en que ambas mujeres la observan, comprendes que la delegación del Arce Verde no ha salido con vida de Demóstenes. Valeria se acerca al vehículo y examina primero a Vytalian y después a Monique. Sus dedos se detienen sobre los vendajes, la temperatura de la piel y las pupilas. No tarda mucho en emitir su juicio.
Kara mira a Vytalian, y después a Monique. Traga saliva. El movimiento es pequeño, pero tú lo ves. La decisión aparece en sus ojos antes de que abra la boca.
Valeria analiza la respuesta. Su mirada pasa de Kara a ti y después regresa hacia Victoria. Suspira.
Victoria se sube a la parte trasera de la furgoneta. Coloca una mano sobre el pecho de Vytalian y la otra junto a la herida de su brazo. El ruso se pone tenso e intenta evitarlo, pero Victoria es mucho más rápida y ágil que él. Cierra los ojos. El contacto no produce ningún resplandor, pero el ruso arquea la espalda cuando algo cálido atraviesa su cuerpo. La respiración se vuelve más profunda. El sangrado disminuye y los bordes de las heridas comienzan a cerrarse, aunque la sustancia que lleva dentro continúa negándole cualquier cambio de forma.
Después Victoria se vuelve hacia Monique. Trabaja con más cuidado. Apoya ambas manos sobre el vientre vendado y mantiene la presión durante varios segundos. La francesa inspira de golpe. Algo se recompone debajo de las vendas. El color regresa lentamente a sus labios y la hemorragia de la pierna pierde fuerza. No queda curada, claro que no, pero ya no se está muriendo.
Vytalian aparta la mano de Victoria e intenta ponerse en pie.
Kara niega despacio. Se acerca hasta quedar frente a él. Vytalian la supera en altura, pero en aquel momento parece mucho más pequeño. La rusa coloca una mano sobre su hombro sano.
Vytalian aprieta la mandíbula. Se queja en ruso, primero entre dientes y después con suficiente volumen para que Victoria levante una ceja. Pero Kara no discute, mantiene la mano sobre su hombro hasta que el ruso termina apartando la mirada. Monique recupera algo de color, aunque cada movimiento continúa provocándole dolor. Vytalian la recoge en brazos y baja de la furgoneta con ella.
Valeria ya se ha acercado a un coche aparcado junto a la acera: un Opel Corsa rojo, viejo, con la pintura desvaída y una abolladura en la puerta del conductor. Se agacha junto al volante. Varias arañas pequeñas salen de su manga, desaparecen bajo el salpicadero y recorren los cables del sistema de arranque. El motor cobra vida.
Vytalian se queda quieto junto al coche. Os mira a Kara y a ti con el rostro endurecido por el dolor y la resignación. Después abre la puerta del copiloto y coloca a Monique en el asiento con todo el cuidado que permiten sus brazos. La francesa se remueve, y busca algo con la mano hasta encontrarte. Sus dedos se cierran alrededor de los tuyos con muy poca fuerza, pero no te suelta.
Kara observa la calle. Más criaturas corren por las azoteas en dirección a Demóstenes. El resplandor azul continúa creciendo entre los edificios y una nueva explosión hace temblar los escaparates. La líder de la Ráfaga de Plata golpea dos veces el techo del Opel.
Vytalian entra en el vehículo. La puerta se cierra. El viejo Corsa se incorpora a la calzada con un traqueteo inseguro y comienza a alejarse entre el humo, llevando a Monique hacia Cantabria. Permanecéis en mitad de la calle.
Tú. Kara. Victoria. Valeria. La furgoneta destruida exhala vapor detrás de vosotros. Los restos de la criatura tentacular continúan deshaciéndose. A lo lejos, los rugidos de los Crinos se mezclan con sirenas, disparos y el derrumbamiento de alguna estructura que no consigues ver. Gritos y chillidos de ciudadanos inocentes es la sinfonía que rodea Getxo ahora mismo. A tu alrededor, puedes ver seres voladores que se meten en las ventanas y en los pisos. Si alguien describiese el Apocalipsis para ti, sería éste momento.
Kara se vuelve hacia las dos mujeres.
Victoria echa la cabeza hacia atrás y se ríe a carcajadas. Incluso cubierta de sangre y polvo, parece disfrutar de aquella pregunta.
Durante un instante, todo parece detenerse. Valeria observa el resplandor de Demóstenes. Victoria flexiona las manos, preparándose para regresar al combate. Kara permanece junto a ti, con la respiración todavía agitada y pequeños fragmentos de cristal adheridos al cabello.
Entonces te mira. Ya no hay órdenes de Semyon. No hay coartadas, informes ni una cadena de mando capaz de explicar lo que estáis viendo. Solo queda la ciudad herida, el Wyrm avanzando por sus calles y la decisión que Kara acaba de tomar por los dos. Sus hombros descienden apenas un centímetro.
Aprieto la mano de Monique con ternura.
A Vyt le dirijo una mirada de decisión cuando se monta y arranca el coche. Un asentimiento de "trabajo cumplido" con una pizca de "no te preocupes".
Me mantengo unos instantes viendo la estela de humo y luces del coche mientras se aleja para, finalmente, dirigirme a nuestras nuevas compañeras.
Victoria te mira mientras rebusca entre los restos de su ropa. Durante unos segundos parece que va a ignorar tu petición; después encuentra una cajetilla aplastada en uno de los bolsillos, la sacude contra la palma y consigue extraer un cigarrillo doblado cerca del filtro. Lo levanta como si estuviera entregándote una medicina especialmente peligrosa.
El cigarrillo está húmedo, torcido y conserva una pequeña mancha de sangre cerca de la boquilla. Aun así, prende cuando acercas el mechero. La primera calada raspa la garganta y sabe a tabaco negro, polvo de ladrillo y combustible. Victoria espera hasta que expulsas el humo, entonces se acerca un poco más. Su expresión pierde de golpe toda ligereza.
Kara gira la cabeza hacia ella, con una expresión de no creerse lo que acaba de escuchar. Victoria mantiene el rostro completamente serio durante dos segundos más, hasta que se le escapa una carcajada y te golpea el hombro con suficiente fuerza para hacerte avanzar medio paso. Valeria no comparte la broma.
La Ananasi permanece inmóvil en mitad de la calle, con la barbilla elevada y los ojos entrecerrados. Las arañas que todavía recorren su ropa se detienen al mismo tiempo. Algunas levantan las patas delanteras, orientándose hacia el resplandor de Demóstenes. Ella gira despacio.
Una vibración recorre el asfalto bajo vuestros pies. Algo enorme ruge detrás de los edificios, seguido por el estruendo de cristales rompiéndose en varias calles a la vez. Valeria empieza a caminar hacia el corazón de la devastación.
Victoria adopta su forma Crinos antes de que termine la frase. Su cuerpo crece, el pelaje crema cubre los músculos y las garras arañan el asfalto. Kara observa cómo se aleja Vytalian por última vez, hasta que las luces del Opel desaparecen detrás de una esquina; después pasa a Crinos. Tú arrojas el cigarrillo al suelo. Todavía queda más de la mitad, pero la calle que se abre frente a vosotros ya no pertenece a un lugar donde alguien pueda fumar tranquilamente.
Seguís a Valeria, mientras la ciudad se deshace. El primer edificio que encontráis ha perdido toda su fachada. Los salones, dormitorios y cocinas quedan expuestos a la noche como compartimentos abiertos de una casa de muñecas. Una familia se refugia bajo una mesa en el tercer piso. Un hombre permanece de pie en el balcón del cuarto, mirando hacia abajo con la boca abierta, incapaz de comprender lo que ve.
Un Crinos atraviesa la calle de un salto, y choca contra un fomor de casi cuatro metros y ambos revientan el escaparate de una farmacia. El monstruo tiene la piel endurecida en placas, seis brazos desiguales y una mandíbula que ocupa la mitad del torso. El Garou le hunde las garras en el pecho, pero el fomor lo agarra por la cintura y lo lanza contra una marquesina. El impacto dobla el metal.
La gente corre sin dirección. Algunos gritan. Otros se quedan quietos, atrapados por el Delirio, observando a las criaturas con una mezcla de terror y absoluta incomprensión. Una mujer intenta sacar a su hija de un coche volcado mientras, sobre ellas, dos hombres lobo combaten colgados de los balcones. Uno pierde el agarre y cae cuatro pisos abrazado a un Danzante de la Espiral Negra.
Golpean el suelo como una bomba, y Valeria no se detiene. De su espalda brotan patas articuladas que se clavan en las paredes y le permiten avanzar sobre los escombros sin perder velocidad. Victoria corre detrás de ella, apartando coches con los hombros y derribando a cualquier criatura que intenta interponerse.
Una masa de fomori aparece desde una calle lateral. Son humanos deformados por tumores, extremidades adicionales y armas integradas en la carne. Uno tiene un cañón oxidado sustituyendo el antebrazo. Otro camina sobre cuatro piernas y arrastra una lengua cubierta de dientes. El tercero conserva un rostro casi humano, salvo por los ojos que se abren y cierran por toda la frente. Kara se lanza contra ellos sin pensarlo. El primero dispara, y el proyectil revienta una pared detrás de vosotros, pero Kara ya está encima. Le golpea el brazo con ambas garras y desvía el cañón hacia el suelo. El segundo intenta morderle el costado, pero tú lo interceptas, hundiendo el hombro contra su cuerpo y arrastrándolo varios metros sobre el asfalto.
La criatura de cuatro patas se revuelve debajo de ti. Le sujetas la cabeza y la golpeas contra el bordillo: una vez, dos, y a la tercera, el cráneo cede y la lengua dentada deja de agitarse. El fomor de los muchos ojos salta sobre tu espalda. Sus dedos se clavan en la cazadora y algo parecido a una aguja intenta atravesarte el cuello. Giras sobre ti mismo, lo agarras por la muñeca y lo lanzas contra Kara. Ella comprende el movimiento, y atrapa a la criatura en el aire y la abre desde el pecho hasta el vientre con un solo zarpazo. El cuerpo cae entre ambos, derramando un líquido amarillo y espeso sobre la carretera.
Victoria arranca el brazo-cañón del último fomor y lo utiliza para golpearle la cabeza hasta que deja de moverse.
No hay tiempo para contestar. Un rugido atraviesa la calle y hace vibrar los coches. Del interior de un edificio emerge una criatura gigantesca cubierta de espinas. Se lleva por delante una columna de hormigón al salir. Parte de la estructura se inclina, primero lentamente y después con una velocidad terrible. Valeria levanta la mirada.
El edificio comienza a caer. Atravesáis la intersección mientras balcones, muebles, cristales y toneladas de ladrillo se desploman detrás de vosotros. La nube de polvo engulle la calle. Una onda de aire os golpea por la espalda y os obliga a protegeros el rostro.
Cuando salís del otro lado, la batalla ocupa todo cuanto puedes ver. Decenas de Crinos combaten entre coches incendiados y edificios abiertos. Los Danzantes surgen de grietas umbrales suspendidas en el aire. Fomori de todas las formas imaginables avanzan entre ellos: masas de carne con patas de insecto, humanos hinchados que escupen fuego, criaturas sin piel cubiertas por cables y monstruos cuyas extremidades terminan en sierras, garras o bocas.
El Viento de Acero resiste.
Sobre los restos de un autobús, una mujer de belleza imposible gira dos abanicos de plata. Las hojas se abren bajo la luz azul y cortan los tentáculos de una criatura antes de que lleguen a tocarla. Se mueve con una precisión casi coreográfica, haciendo girar los abanicos alrededor de sus brazos hasta que uno de ellos abandona su mano, atraviesa el cuello de un fomor y regresa cubierto de sangre.
A pocos metros, un Crinos con cuernos combate utilizando una lanza. La hoja describe un arco brillante, abre el vientre de un Danzante y continúa el movimiento hasta clavarse en el pecho de otro. El hombre lobo apoya una pata sobre el primero, recupera el arma con un tirón y ruge hacia la masa enemiga.
Desde una azotea, varios seres alados se lanzan contra él, y el Crinos baja la lanza. Un vendaval estalla a su alrededor y arroja a las criaturas contra los edificios próximos. En mitad de la avenida ves dos figuras enfrentadas: una de ellas tiene el pelaje del color del fuego. Tonos rojos, amarillos y negros recorren su cuerpo como llamas agitadas por el viento. Reconoces la forma. Es el mismo Crinos que te detuvo días atrás, aunque ahora no queda en él ninguna intención de contenerse.
Su adversario parece construido para resistirlo: es un Crinos enorme, de pelaje oscuro, con el brazo izquierdo sustituido desde el hombro por una estructura de metal y acero. Pistones, placas y cables se mueven bajo la superficie mecánica. Cada vez que golpea, el aire estalla alrededor del puño. El Crinos de fuego esquiva un impacto que destroza la calzada. Responde con las garras envueltas en llamas. El golpe deja cuatro marcas incandescentes sobre el pecho del cíborg, pero este lo agarra por el cuello y lo lanza a través de un coche.
El vehículo gira en el aire y cae sobre el techo. El Crinos de fuego emerge de los restos, envuelto en humo, y embiste de nuevo. El del brazo metálico os ve. Aparta a su adversario con un golpe lateral y señala hacia Valeria y Victoria.
El Crinos de fuego vuelve a caer sobre él antes de que pueda añadir nada. Ambos atraviesan la pared de un comercio y desaparecen entre una lluvia de escombros. Victoria frena en seco, y mira a Valeria.
Valeria tampoco responde de inmediato. Sus ojos se desplazan hacia el lugar donde los dos Crinos han desaparecido y después recorren el campo de batalla. Busca a alguien entre los combatientes, pero el humo, las llamas y las masas de cuerpos vuelven imposible distinguir quién continúa vivo. Finalmente os mira a Kara y a ti.
Una explosión espiritual abre una grieta en mitad de la avenida, y de ella salen tres Danzantes. El primero cae sobre Victoria. La rusa recibe el impacto con los brazos abiertos, deja que las garras le atraviesen el hombro y responde clavando los colmillos en el cuello del enemigo. Ambos ruedan por el suelo.
El segundo carga contra Valeria, pero la Ananasi se descompone antes de que pueda alcanzarla. Su cuerpo se abre en miles de arañas que cubren las piernas del Danzante y trepan hacia el rostro. El monstruo se golpea a sí mismo intentando quitárselas.
El tercero se dirige hacia Kara, pero tú lo interceptas. Chocáis en mitad de la calle. El Danzante te golpea en el rostro y te hace retroceder, pero Kara aparece por un costado y le abre el muslo con las garras. La criatura cae sobre una rodilla. Tú le sujetas el hocico con ambas manos y tiras hacia atrás mientras Kara hunde las garras debajo de las costillas, pero el Danzante intenta aullar. El sonido termina convertido en un borbotón mientras Kara arranca hacia un lado y tú hacia el otro. El cuerpo se abre entre los dos.
Victoria lanza al suyo contra la pared de un edificio. El impacto deja una silueta hundida en el ladrillo. Después lo agarra por las patas traseras y lo estrella contra el suelo hasta que deja de defenderse. Las arañas abandonan al tercero.
Valeria recompone su cuerpo junto a vosotros. Parte de su rostro tarda un segundo más que el resto en adquirir forma humana. Durante ese instante puedes ver demasiados ojos debajo de la piel.
Avanzáis hacia el túmulo, y cada metro cuesta sangre. Kara destroza la mandíbula de un fomor cubierto de ampollas. Tú atraviesas con las garras a una criatura que intenta surgir desde debajo de un coche. Victoria salta sobre un Danzante y ambos desaparecen a través de una ventana. Segundos después, el cuerpo del enemigo cae desde el segundo piso y ella desciende detrás, utilizando un toldo para frenar la caída.
Valeria guía el camino siguiendo algo que ninguno de vosotros puede ver. Las arañas salen de su cuerpo, recorren paredes, alcantarillas y ruinas, y regresan para integrarse de nuevo en ella. Cada vez que una vuelve, la Ananasi cambia ligeramente de dirección.
Llegáis hasta lo que queda de la nave industrial dónde hace unos días habiáis estado. El suelo se ha hundido en el centro, dejando a la vista los niveles inferiores de Demóstenes. Cables, vigas y conductos se retuercen alrededor del agujero. Desde el interior asciende el resplandor azul que ilumina toda la ciudad.
Valeria se asoma al agujero y cambia de forma: esta vez se transforma en una araña giante del tamaño de un coche, y comienza a descender por la pared, reventando parte de los escombros consigo. Al minuto sale volando una maleta grande con aspecto metálico. Cae a pocos metros de vosotros, y la araña surge de nuevo, cambiando de forma hasta ser de nuevo la Ananasi. La maleta está protegida por varias placas ennegrecidas. Símbolos espirituales recorren la superficie, mezclados con circuitos y piezas que parecen haber sido reparadas demasiadas veces. Una antena plegada descansa sobre uno de los laterales.
Valeria se arrodilla ante ella, mientras las arañas recorren los cierres y la caja se abre. En el interior hay un cilindro de metal oscuro rodeado por anillos concéntricos. Cada anillo contiene glifos Garou, runas que no reconoces y pequeñas esferas de cristal empañado. Valeria pasa los dedos sobre el mecanismo.
Victoria mira el aparato con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Valeria extrae el cilindro. Los anillos empiezan a girar lentamente alrededor de su mano.
Un estremecimiento atraviesa la zona. Victoria mira a Valeria y asiente con la cabeza. Varias figuras aparecen sobre los edificios cercanos. Fomori y Danzantes empiezan a descender hacia vosotros, atraídos por la energía que emite el aparato. Valeria levanta la mirada.
Victoria se coloca junto al borde del socavón y observa una estructura situada al otro lado de la plaza: los restos de una torre de comunicaciones que todavía se mantiene en pie sobre Demóstenes. Entre vosotros y ella hay más de cien metros de calles destruidas, vehículos volcados y enemigos avanzando.
La Ananasi señala la torre.
Kara observa el camino, y después mira hacia los Danzantes que cierran las calles laterales. Victoria flexiona las garras. Valeria te entrega la decisión con una frialdad que contrasta con el caos que os rodea.
Los anillos giran más deprisa. Un sonido grave empieza a surgir del cilindro, demasiado profundo para escucharlo solo con los oídos. Valeria te lo ofrece.
Kara se coloca a tu lado. No intenta decidir por ti. Sus ojos recorren la baliza, la torre y la masa de monstruos que comienza a cerrar el cerco.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Cilindro_Demostenes.webp)
La primera elección os dejará aquí, combatiendo en el corazón del asedio para abrir paso a las dos mujeres. Será una defensa brutal, visible y digna de ser recordada.
Quedarte y proteger a Victoria y Valeria concederá Gloria.
La segunda os obligará a cargar con el artefacto, atravesar el campo de batalla y asumir la responsabilidad de activar una llamada cuyo destinatario y consecuencias desconocéis.
Tomar la baliza y activarla junto a Kara concederá Honor.
El suelo vuelve a temblar, los Danzantes cargan. Valeria mantiene el cilindro extendido hacia ti.
¿Qué haces, Mark?
Observo la situación durante unos instantes. El puto caos que nos rodea y trata de engullirnos es digna de las historias que mi madre nos contaba a mí hermano y a mí de niños. Historias donde los héroes se enfrentaban al mal y se alzaban con la victoria a pesar del horror y el sufrimiento.
Tenso los músculos, me preparo para vender cara la piel y ganar el tiempo que nuestras nuevas compañeras necesitan para activar el extraño artefacto.
Valeria retira el cilindro cuando comprende tu decisión. Los anillos de la baliza giran alrededor de su mano, cada vez más deprisa, proyectando destellos azules sobre su rostro. Victoria te dedica una sonrisa enorme antes de pasar a Crinos. Su cuerpo se cubre de pelaje crema y sus patas golpean el asfalto con suficiente fuerza para agrietarlo.
Valeria no pierde tiempo despidiéndose. Sus piernas se fragmentan en una masa de patas negras que se adhieren a los restos de la torre. Victoria salta detrás de ella, hunde las garras en la estructura y comienza a ascender entre cables, vigas y fragmentos de hormigón. Kara observa cómo se alejan, y después te mira. Tu comentario sobre los asuntos pendientes consigue detenerla durante un segundo. Sus orejas se inclinan hacia atrás y la tensión de sus mandíbulas se relaja apenas lo suficiente para dejar entrever algo que no alcanza a convertirse en sonrisa.
La primera criatura llega antes de que puedas responder: surge de debajo de un autobús volcado, arrastrándose sobre brazos demasiado largos. Tiene la piel cubierta de úlceras y una boca vertical que le abre el torso desde el cuello hasta el estómago. Se impulsa contra ti con un chillido, separando las costillas como mandíbulas. La recibes con las garras, y el golpe detiene su avance, pero la criatura se cierra alrededor de tu brazo. Los dientes del pecho muerden la manga de tu cazadora y alcanzan la carne. Tiras hacia atrás, aunque el fomor se aferra con una fuerza absurda.
Kara aparece a tu lado, mientras le hunde una garra bajo la mandíbula y otra entre las costillas. Gira los brazos en direcciones opuestas y abre al monstruo hasta que la presión desaparece de tu brazo. El cuerpo cae al suelo dividido en dos mitades, y no llega a tocar el asfalto porque algo enorme desciende desde un balcón y aterriza sobre sus restos. Tiene el aspecto de un hombre obeso cubierto por placas de hueso. Los brazos terminan en mazas deformes y la cabeza se hunde directamente entre los hombros. Levanta uno de los puños y golpea a Kara, pero ella cruza los brazos delante del rostro. El impacto la arroja contra un coche hundiendo el metal alrededor de su espalda y todas las ventanillas estallan al mismo tiempo.
Te abalanzas sobre el fomor, y tus garras arañan las placas de su costado, arrancando fragmentos de hueso y carne. El monstruo gira más rápido de lo que su tamaño debería permitir y te golpea con el otro brazo. El puño te alcanza en el pecho. Los pies abandonan el suelo y recorres varios metros antes de caer sobre el capó de otro vehículo. El metal se pliega bajo tu peso, al mismo tiempo que el fomor avanza hacia ti.
Kara sale de los restos del coche, lo alcanza por la espalda y hunde los colmillos en la base de su cuello. La criatura intenta agarrarla, pero tú ya te has incorporado. Saltas sobre el capó, apoyas un pie en el hombro de Kara y utilizas el impulso para caer sobre el monstruo. Tus garras atraviesan la placa que cubre su cráneo, y el fomor se queda quieto. Kara tira hacia atrás con los dientes y tú hacia delante con las garras, hasta que la cabeza se separa del cuerpo entre un crujido de vértebras.
No hay tiempo para recuperar el aliento, porque la calle se llena de movimiento. Fomori cubiertos de cables salen de las ventanas. Danzantes de la Espiral Negra descienden por las fachadas. Seres con alas membranosas se arrojan desde las azoteas. Una criatura semejante a una mantis atraviesa un escaparate y cae sobre un grupo de civiles que intentaba esconderse dentro de una tienda. Los gritos se mezclan con los rugidos. Kara se coloca espalda contra espalda contigo.
Un Danzante salta sobre ella. Kara se agacha y el cuerpo pasa por encima de vosotros. Lo interceptas en el aire, lo sujetas por el cuello y utilizas su propio impulso para estrellarlo contra el pavimento. El asfalto se hunde alrededor de su cabeza, pero el Garou corrupto sigue moviéndose. Te araña el vientre y trata de levantarse, pero Kara le pisa el brazo y tú le hundes las garras en el pecho. El Danzante te sonríe mientras la sangre le llena la boca.
Le rompes el cuello antes de que termine. Al levantar la vista distingues a Victoria y Valeria. Están lejos, convertidas en dos siluetas que ascienden por la estructura. Valeria trepa casi en vertical, sostenida por una red de patas arácnidas que aparecen y desaparecen alrededor de su cuerpo. Victoria progresa a saltos, arrancando fragmentos de hormigón cada vez que clava las garras. Varios seres alados se lanzan contra ellas, y uno alcanza a Victoria y se aferra a su espalda. La rusa se suelta de la torre con una mano, gira el cuerpo en el vacío y estrella al monstruo contra la estructura. El impacto deja una mancha oscura sobre el cemento. Después vuelve a clavar las garras y continúa subiendo.
Dos criaturas más rodean a Valeria, pero la Ananasi se deshace en mitad de la pared. Miles de arañas se dispersan por la superficie, rodean a los monstruos y vuelven a reunirse varios metros más arriba. Los seres alados chocan entre ellos y caen hacia las calles.
Una luz dorada atraviesa la multitud. Al principio crees que procede de algún incendio, pero el resplandor se mueve contra el viento. Una mujer avanza entre los combatientes. Tiene el cabello largo, dorado y perfectamente limpio a pesar del polvo que cubre la ciudad. Porta un vestido de seda dorada, que oscila al viento Su presencia parece fuera de lugar entre sangre, monstruos y edificios derrumbados. Un fomor corre hacia ella, y la mujer levanta una mano. El monstruo se detiene a mitad de zancada y un brillo amarillo recorre su piel desde los pies hasta la cabeza. La carne se endurece, las venas desaparecen bajo una superficie metálica y en menos de dos segundos, la criatura se convierte en una estatua de oro.
La mujer cierra el puño y la estatua se resquebraja y cae convertida en cientos de fragmentos brillantes. Otros tres fomori se abalanzan sobre ella, pero la desconocida hace girar los dedos en el aire. Símbolos luminosos aparecen alrededor de sus brazos. Una lluvia de partículas doradas atraviesa a los monstruos. El primero pierde las piernas, convertidas en metal pesado. El segundo queda completamente petrificado. El tercero intenta huir, pero una cadena dorada surge de la calzada, se enrolla alrededor de su garganta y lo arrastra contra el suelo.
Kara es consciente de lo que está haciendo. Igual es la hechicera que habéis visto antes. De una forma u otra, parece estar controlando la situación mejor que vosotros.
Retrocedéis mientras la masa enemiga os obliga a ceder terreno. Kara mantiene el frente, lanzando zarpazos amplios para impedir que los Danzantes se acerquen. Tú cubres su costado, golpeando, mordiendo y arrastrando cuerpos lejos de la ruta que siguen Victoria y Valeria. La mujer de cabellos dorados no os dedica una sola palabra, ni siquiera os mira. Continúa transformando en oro cuanto se aproxima. Sus movimientos son precisos, casi perezosos, como si aquella batalla fuese una molestia menor. Entonces el suelo comienza a temblar: un ruido húmedo recorre la avenida. Algo se arrastra entre los vehículos volcados. Primero aparece una mano pequeña, después otra y luego decenas. La criatura se abre paso empujando coches, cadáveres y escombros. Su cuerpo está formado por fetos humanos unidos entre sí. Espaldas pegadas a vientres, brazos fundidos con costillas, cabezas deformadas incrustadas unas dentro de otras. Las pequeñas extremidades se mueven de forma coordinada, impulsando aquella masa como las patas de un ciempiés. Algunas bocas lloran, otras ríen. Varias repiten la misma palabra con voces distintas.
La criatura se eleva sobre la parte delantera de su cuerpo. Tiene una cabeza mayor formada por cinco cráneos infantiles unidos alrededor de una cavidad central. En el interior de aquella abertura se agitan dientes todavía sin desarrollar. Kara retrocede un paso, pero el ciempiés de carne se lanza sobre vosotros. Lo esquivas por un lado. La criatura golpea el lugar donde estabas y aplasta un coche bajo el peso de sus cuerpos. Decenas de brazos se aferran a las puertas, las ruedas y el asfalto para girar. Kara salta sobre su lomo. Clava las garras entre dos torsos y tira. Una sección completa se desprende, pero las manos diminutas se cierran alrededor de sus muñecas. Más brazos ascienden por sus patas y el cuerpo de la criatura intenta envolverla. La sujetas por la cintura y tiras hacia atrás, pero el ciempiés no la suelta. Dos cabezas infantiles muerden el brazo de Kara. Otra se abre por la mitad y deja salir una lengua larga, grisácea, que se enrolla alrededor de su cuello. Metes las manos entre los cuerpos, y encuentras algo parecido a una columna vertebral central y cierras las garras alrededor de ella. Tiras sin dudarlo, y la criatura grita con todas sus bocas a la vez.
Kara aprovecha el instante. Se libera uno de los brazos y lo hunde hasta el hombro dentro de la masa. Sus dedos buscan algo bajo la carne. Cuando lo encuentra, tira hacia fuera. Extrae un corazón enorme cubierto de pequeños rostros. El órgano continúa latiendo entre sus garras, pero lo aplasta sin misericordia alguna. El ciempiés se desploma. Los cuerpos que lo forman siguen moviéndose durante unos segundos. Algunos brazos arañan el suelo. Varias bocas continúan pronunciando aquella palabra hasta que el último latido se apaga.
Cuando levantas la vista, la mujer dorada está rodeada. Seis fomori y tres Danzantes han conseguido cerrar el espacio alrededor de ella. La desconocida convierte al primero en oro, pero otro la alcanza por la espalda. Las garras atraviesan su costado. La mujer se gira. Una descarga dorada arranca la piel del atacante y lo transforma en una figura metálica. Sin embargo, un fomor cubierto de bocas se aferra a su brazo. Otro le clava un apéndice bajo las costillas. Observas que está herida, pero no hay sangre. Puedes ver claramente sus heridas, y Kara corre hacia ella. Tú vas detrás, pero no llegáis a tiempo. Los Danzantes se lanzan sobre la mujer. Sus garras abren heridas en la espalda, el vientre y los hombros. Ella continúa luchando. Una oleada dorada atraviesa a dos enemigos, pero el resto ocupa su lugar. El resplandor empieza a debilitarse, la mujer cae de rodillas.
Uno de los fomori le muerde el hombro. Otro hunde los dientes en su costado. Los Danzantes tiran de sus extremidades mientras el oro que cubre el suelo pierde brillo. La desconocida levanta la cabeza. Por primera vez te mira directamente. En sus ojos hay rabia, también algo parecido al reconocimiento, aunque no tienes tiempo para comprenderlo.
Los monstruos caen sobre ella, mientras el cabello dorado desaparece bajo cuerpos, garras y mandíbulas. Una última explosión ilumina la calle. Durante un instante, todos los atacantes quedan cubiertos por una película de oro. Después la luz se apaga. Las criaturas continúan devorando. Kara te agarra por el hombro, mientras te percatas de un Orbe de color dorado que cae rodando por el suelo, pero tu compañera te obliga a retroceder. La batalla no concede espacio para el duelo.
Durante casi cuarenta minutos no existe nada salvo sangre, humo y movimiento. Perdéis la cuenta de los enemigos que habéis derrotado. También de los que os están rodeando. Tú y Kara mantenéis la posición alrededor de la base de la torre, avanzando cuando podéis y retrocediendo cuando la marea os obliga. Tus heridas se cierran y vuelven a abrirse. La cazadora termina convertida en tiras. Tienes sangre propia y ajena cubriéndote los brazos. Kara pierde parte de una oreja. Un Danzante le abre el muslo con las garras. Ella le responde arrancándole la mandíbula. Otro intenta alcanzarla por la espalda y tú le hundes los colmillos en el cuello antes de que consiga tocarla.
Los edificios continúan cayendo. Ya no queda prácticamente nada de lo que era la ciudad de Getxo a vuestro alrededor, y las sirenas dejan de sonar una tras otra. Los civiles que aún pueden moverse han desaparecido dentro de portales, sótanos y calles laterales. Los demás permanecen tendidos entre los escombros o contemplan la batalla desde ventanas abiertas, atrapados por el Delirio, en los pocos domicilios que quedan en pie.
Sobre vosotros, Victoria y Valeria alcanzan la parte superior de la torre. Las distingues como sombras recortadas contra las nubes. Valeria instala la baliza entre los restos de una antena. Victoria mantiene a raya a las criaturas que siguen intentando subir. Cada vez que golpea, un cuerpo cae desde las alturas. La baliza empieza a brillar. Abajo, los Danzantes dejan de atacar de forma desordenada.
Se reúnen. Primero son cinco. Después diez. Más figuras aparecen sobre las azoteas y entre las ruinas. Pelajes manchados, cuerpos deformes, ojos iluminados por la corrupción. Algunos portan armas. Otros arrastran cadenas, ganchos o fetiches fabricados con huesos. Cierran el círculo. Kara respira con dificultad. Tiene el costado abierto y una de las patas apenas sostiene su peso. Aun así, se coloca delante de ti.
Un Danzante muestra los colmillos. Otros responden con aullidos. Kara mira las calles que quedan a vuestra espalda. Hay escombros, incendios y criaturas acercándose desde ambos lados.
Los Danzantes cargan, y el primero salta sobre vosotros. Entonces la baliza se activa, y el sonido no llega a través de los oídos. Nace dentro de los huesos. Una explosión sónica se extiende desde la torre y atraviesa las azoteas de la ciudad. Los cristales que quedan en pie estallan. Las antenas se doblan. Una onda visible recorre el aire, desplazando polvo, humo y ceniza en todas direcciones. Los Danzantes se detienen, pero todos los seres espirituales levantan la cabeza al mismo tiempo. Las nubes desaparecen de golpe. No se apartan con el viento. Se abren desde el centro, barridas por una fuerza invisible que despeja el cielo sobre Bilbao en cuestión de segundos. Las estrellas quedan al descubierto, y algo se mueve entre ellas.
Al principio parece un destello. Después una línea blanca que atraviesa el firmamento a una velocidad imposible. El sonido llega varios segundos más tarde: un rugido prolongado que hace vibrar la torre, las calles y los edificios que todavía permanecen en pie. La luz cambia de dirección: viene hacia vosotros. Kara observa el cielo, y su rostro se transforma. No es sorpresa lo que ves en ella, es horror. La figura cae en mitad del círculo de Danzantes. El impacto hunde el asfalto y levanta una columna de polvo, hielo y fragmentos de piedra. Una onda de frío os atraviesa. El agua de las tuberías rotas se congela. El vapor de vuestra respiración queda suspendido frente a los hocicos. Cuando el polvo se retira, distingues a un hombre.
(https://naufragio-heavensgate.duckdns.org/img/gallery/Escenas/Mauricio_Caelesti_en_Getxo.webp)
Su piel tiene un tono azulado. El cabello, largo y plateado, le cae sobre los hombros. No lleva armadura ni parece necesitarla. Permanece agachado dentro del cráter, con una mano apoyada en el suelo. Los Danzantes intentan retroceder, pero no llegan a hacerlo. Un resplandor blanco recorre sus cuerpos. El hielo cubre primero las patas, después los torsos y finalmente las cabezas. En menos de un segundo, todos quedan atrapados dentro de bloques cristalinos. El hombre se incorpora y el movimiento hace que los cuerpos congelados revienten. Miles de fragmentos de carne y hielo atraviesan el aire, mientras la temperatura continúa descendiendo. Respirar se vuelve doloroso. El pecho se te cierra y cada bocanada parece arañar el interior de los pulmones. El desconocido gira la cabeza hacia vosotros: sus ojos se detienen en Kara y luego en ti. El aire vibra alrededor de su cuerpo.
Da un paso, mientras el suelo se congela bajo sus pies.
Kara no espera una segunda advertencia, te agarra del brazo.
Abandonáis la plaza. Los músculos protestan después de cuarenta minutos de combate, pero el terror que provoca aquella presencia os obliga a seguir moviéndoos. Saltáis sobre coches, atravesáis escaparates y avanzáis entre calles cubiertas de escombros. Detrás de vosotros, el hombre de piel azulada se dirige hacia el corazón de la batalla. Un fomor intenta atacarlo desde una azotea. Se congela en mitad del salto y cae convertido en pedazos. Tres Danzantes cargan desde una calle lateral. El desconocido ni siquiera los mira. El frío los alcanza antes de que puedan aproximarse. Sus cuerpos se cubren de escarcha, se detienen y explotan uno tras otro. Cada criatura del Wyrm que se acerca a él desaparece dentro de una tormenta de hielo. No sabéis adónde vais, solo os alejáis.
Las calles cambian a vuestro alrededor. Algunas están bloqueadas por edificios caídos. Otras arden. El resplandor azul de Demóstenes continúa iluminando el cielo, aunque ahora se mezcla con destellos blancos que acompañan el avance del desconocido. Kara reduce el paso cuando llegáis a una avenida parcialmente despejada, y se apoya durante un segundo contra una farola. La herida del muslo empieza a cerrarse, pero la transformación y el combate han agotado lo que quedaba del efecto de la Anulaxia. Respira con la boca abierta. El vapor sale de sus mandíbulas y se dispersa en el aire frío.
Un motor ruge al otro extremo de la avenida, mientras un Audi aparece entre el humo. El vehículo circula demasiado rápido para el estado de la carretera. Esquiva un coche volcado, golpea varios fragmentos de escombro y derrapa hasta detenerse cerca de vosotros. La puerta del conductor se abre. Alberto sale del coche con una pistola en una mano y una expresión de absoluta incredulidad. Mira los edificios destrozados, el cielo despejado y las figuras congeladas que cubren la calle. Después os reconoce.
Abre las puertas traseras antes de acercarse. Tiene sangre seca en la camisa, aunque no parece suya. Continúa mirando alrededor, incapaz de decidir dónde termina la batalla y dónde empieza la catástrofe.
Una nueva explosión resuena a varias calles de distancia. Alberto se agacha por reflejo.
Kara mira hacia la torre. Victoria y Valeria continúan allí arriba, apenas visibles entre la luz de la baliza. Más allá, los miembros del Viento de Acero siguen combatiendo mientras el hombre gélido avanza hacia ellos y destruye todo cuanto se cruza en su camino. Alberto abre la puerta del acompañante.
La carretera hacia Cantabria se abre delante de vosotros, y a vuestra espalda queda el Viento de Acero, atrapado entre los Danzantes, los fomori y la criatura que habéis llamado desde el cielo. Kara se queda junto a ti, y no entra en el coche. Espera tu decisión.
- Puedes regresar para ayudar al Viento de Acero.
- Puedes subir al Audi y volver al Peñasco Blanco.
¿Qué haces, Mark?
Alzo las cejas al ver la familiar cara de Alberto.
Luego vuelvo la mirada hacia Kara y el caos que el gélido hombre está provocando.
Cita de: Maurick en 5/8/2026, 19:42:58
- Puedes subir al Audi y volver al Peñasco Blanco.
El Audi arranca antes de que termines de cerrar la puerta. Alberto pisa el acelerador y el vehículo sale despedido por la avenida, dejando atrás el hielo, los edificios abiertos y aquel resplandor blanco que continúa avanzando hacia el corazón de Getxo. Kara se acomoda en el asiento trasero. La transformación le cuesta más que antes: los huesos regresan a su sitio con chasquidos secos y el pelaje desaparece alrededor de heridas que todavía no han terminado de cerrarse. Cuando recupera una forma capaz de caber dentro del coche, deja caer la cabeza contra el reposacabezas y cierra los ojos.
Tú ocupas el asiento del acompañante. Tienes las manos cubiertas de sangre, la cazadora destrozada y pequeños fragmentos de hielo derritiéndose entre la ropa. Desde el retrovisor puedes ver cómo la silueta azulada del desconocido se aleja entre los edificios. Cada cierto tiempo, un destello blanco ilumina las fachadas. Después llega el sonido de algo que se rompe. Alberto conduce con ambas manos aferradas al volante. No deja de mirar los retrovisores, como si esperase ver a toda aquella guerra persiguiéndoos por la carretera.
Esquiva un vehículo abandonado y pasa sobre una acera para evitar un cráter. El Audi protesta al volver a la carretera, pero continúa avanzando.
Una ambulancia cruza la intersección frente a vosotros. Lleva las luces encendidas, pero parte del lateral está hundido y nadie parece conducirla. Alberto frena, deja que atraviese la calle y vuelve a acelerar.
Aprieta los labios. La luz azul de Demóstenes se refleja durante un instante sobre el parabrisas.
Kara abre un ojo. Mira la ciudad que se deshace detrás del cristal y deja escapar un suspiro tan largo que parece vaciarle el cuerpo entero.
La frase sale sin ironía. Se frota la frente con una mano y termina apoyando el brazo sobre la puerta. Tiene sangre seca bajo las uñas, un corte en la mejilla y media oreja reconstruyéndose lentamente. Alberto la observa a través del espejo.
Kara deja caer la barbilla sobre el pecho.
Alberto suelta una risa breve. Por primera vez desde que os ha recogido, sus hombros pierden algo de tensión.
Se gira hacia Kara para dedicarle una sonrisa, pero tú ves la sombra antes que ninguno de los dos. Cae desde la azotea situada frente al Audi. Una masa Crinos, negra como la pez, atraviesa la luz de una farola con los brazos abiertos y las garras extendidas. Durante una fracción de segundo permanece suspendida sobre la carretera. Después desciende directamente sobre el capó.
El impacto aplasta la parte delantera del vehículo. El motor desaparece bajo el cuerpo del Crinos. El capó se pliega contra el parabrisas y la suspensión delantera revienta. Las ruedas se abren hacia los lados, arrancadas de sus ejes. La fuerza del golpe hunde el Audi contra la carretera y abre una corona de grietas sobre el asfalto. El coche se detiene en seco. El cinturón se clava contra tu pecho. El airbag estalla delante de ti y te cubre el rostro con polvo blanco. La luna delantera se convierte en una red de cristal resquebrajado. Kara reacciona antes de que el vehículo termine de deformarse.
Abre la puerta trasera de una patada, gira sobre el asiento y sale despedida hacia un lado. Su cuerpo atraviesa el espacio entre el coche y una farola. Rueda sobre el asfalto, apoya una mano y recupera el equilibrio con un movimiento que habría resultado imposible para un ser humano. Alberto no tiene esa oportunidad: el volante golpea su pecho y la cabeza sale despedida hacia delante. Su frente impacta contra el marco superior del parabrisas con un sonido seco. El cinturón lo arrastra de nuevo contra el asiento. Se queda inmóvil. La sangre empieza a brotar de una herida abierta sobre la sien. Desciende por el rostro, atraviesa la ceja y gotea desde la mandíbula. En pocos segundos empapa el cuello de la camisa y parte del asiento.
Tú arrancas el cinturón y empujas la puerta. La carrocería se ha deformado alrededor del marco. Golpeas con el hombro una vez. La segunda hace saltar el cierre y sales del Audi mientras el cuerpo empieza a ensancharse. No llegas al suelo, el Crinos negro abandona el capó. Se mueve con una rapidez brutal. Te intercepta en mitad del salto, cierra una mano alrededor de cada una de tus piernas y utiliza tu impulso para elevarte sobre su cabeza. El mundo queda invertido. Ves el Audi aplastado, a Alberto cubierto de sangre y a Kara incorporándose al otro lado de la calle. Después solo ves el rostro del monstruo. El pelaje es completamente negro, pegado al cuerpo por el sudor y la humedad. Varias cicatrices recorren el hocico, una de ellas desde el ojo hasta la comisura. Los colmillos aparecen entre unos labios retraídos por una sonrisa demasiado humana. Reconoces los ojos:
Apolo.
Te sostiene boca abajo como si no pesases nada. Sus garras presionan alrededor de tus tobillos, cerca de quebrarlos. Inclina la cabeza y observa cómo intentas alcanzarlo. Está disfrutando.
Aprieta un poco más. El dolor sube por las piernas. Apolo acerca el hocico hasta quedar a pocos centímetros de tu rostro.
Un rugido atraviesa la calle. Kara completa la transformación mientras corre. Los músculos revientan las costuras de la ropa y el pelaje cubre su cuerpo antes de que termine el primer paso. Cuando alcanza a Apolo ya se encuentra en Crinos. Le golpea en el costado con todo su peso. Apolo pierde el equilibrio. Una de sus manos se abre y después la otra. Sales despedido por encima del techo del Audi, atraviesas varios metros y caes sobre el asfalto. El hombro golpea primero, después la cabeza.
El mundo se vuelve blanco durante un instante. La regeneración empieza a trabajar antes de que recuperes el aire, cerrando una grieta en la ceja y recolocando algo en el hombro. Kara y Apolo chocan contra los restos de una marquesina. La estructura se dobla bajo ellos. Kara hunde las garras en el pecho del Señor de la Sombra y lo empuja contra el cristal. Apolo responde sujetándola por el cuello y estampándola contra una pared. El ladrillo se abre alrededor de su espalda. Kara le golpea el hocico con la frente y Apolo retrocede un paso. Sangre negra brota de su nariz, y la lame con gusto. Después gruñe de placer. El sonido crece hasta transformarse en una carcajada descontrolada. Echa la cabeza hacia atrás, enseñando los colmillos, y ríe como si todo aquello fuese la culminación de una broma que solo él entiende.
Te incorporas. La Rabia termina de arrastrar tu cuerpo hacia Crinos. Las manos se convierten en garras, el hocico rompe las proporciones humanas y la musculatura se ensancha bajo los restos de la cazadora. Das un paso hacia Apolo. Kara se pone entre ti y el miserable traidor. Extiende un brazo delante de ti. No aparta la mirada de Apolo. Tiene las piernas flexionadas, las garras abiertas y el peso preparado para recibir la siguiente embestida. El costado continúa sangrando, pero la postura permanece firme.
Apolo deja de reír. Kara te mira de soslayo. Kara señala el Audi con un movimiento breve del hocico.
Apolo avanza. Cada paso deja pequeñas grietas bajo sus patas. La herida de su pecho ya está cerrándose, pero conserva la sangre de Kara sobre el pelaje. La sonrisa vuelve a extenderse sobre su hocico.
Kara baja el centro de gravedad, mientras Apolo abre los brazos. El frío de la ciudad continúa extendiéndose a vuestra espalda. A lo lejos, una nueva explosión blanca ilumina las fachadas. Los edificios crujen. Algo enorme se derrumba varias calles más allá. Kara está preparada para pelear: ha recibido heridas, está agotada y todavía arrastra los efectos de la Anulaxia, pero mantiene la mirada clavada en Apolo. Las garras firmes. Las piernas listas. La decisión tomada.
Alberto no se mueve. La sangre sigue saliendo de su cabeza. Cada segundo que pasa deja menos color en su rostro y hace más débil el movimiento de su pecho. Apolo sonríe y Kara espera.
Tienes que elegir.
- Puedes desobedecer a Kara y ayudarla a enfrentarse a Apolo.
- Puedes obedecer a tu líder, sacar a Alberto del Audi e intentar salvarle la vida.
¿Qué haces, Mark?
Aprieto los puños y miro durante unos instantes el cuerpo del malherido Alberto.
La rabia de sentirme que casi podíamos salir de esa y al final no, me invade. Apolo de nuevo, esa puta bestia descerebrada vuelve a interponerse en nuestro camino con su sed de sangre. Debe desaparecer de una vez.
Me pongo a su altura observando a Apolo de frente a los ojos.
Me pongo en guardia de combate.
Kara mantiene la mirada fija en Apolo durante unos segundos. El frío de Bilbao mueve el pelaje ensangrentado de su cuello. Respira con dificultad, apoyando más peso sobre la pierna sana, pero la postura no se derrumba. Te mira de soslayo. La irritación aparece primero. Después algo más cansado, más cálido, que apenas consigue abrirse paso entre la sangre y la Rabia. Su hocico se curva lo suficiente para imitar una sonrisa.
Apolo deja escapar una carcajada, al mismo momento que carga contra vosotros. Kara sale a recibirlo por la izquierda y tú por la derecha. El Señor de la Sombra cambia de dirección en el último instante, lanza una garra contra tu rostro y utiliza el otro brazo para interceptar a Kara. Ella se agacha bajo el golpe. Tú bloqueas el zarpazo con el antebrazo, sintiendo cómo las uñas atraviesan pelaje y carne antes de cerrar ambas manos alrededor de su muñeca. Tiras hacia ti y Kara golpea desde abajo. Sus garras se hunden en el costado de Apolo y recorren las costillas hasta abrir cuatro surcos negros sobre el torso. El Señor de la Sombra gruñe, gira sobre sí mismo y os arrastra a los dos con el movimiento. Su codo alcanza a Kara en la mandíbula. A ti te golpea con el dorso de la mano y te lanza contra el lateral del Audi: la puerta se hunde bajo tu cuerpo. Dentro, Alberto continúa inmóvil. La sangre cubre ya la mitad de su rostro y resbala por el asiento hasta formar gotas oscuras sobre el asfalto. El impacto del coche hace que su cabeza se venza hacia un lado, pero todavía respira.
Apolo intenta llegar hasta él, pero Kara se interpone. Recibe la embestida con los dos pies clavados en el suelo. El choque la arrastra varios metros, dejando surcos bajo sus garras, pero no permite que el Señor de la Sombra alcance el vehículo. Apolo la sujeta por los hombros y trata de hundirle los colmillos en el cuello, pero Kara introduce un antebrazo entre sus mandíbulas. Los dientes se cierran sobre la carne. Ella no grita, pero le clava la mano libre en la cara y hunde las garras alrededor de uno de sus ojos. Apolo se aparta con un rugido. Tú apareces por su costado y golpeas la articulación de la rodilla. El hueso cruje, pero el Señor de la Sombra no cae. Gira la pierna y te alcanza en el pecho. Retrocedes antes de que pueda rematarte, y Kara salta sobre su espalda y cierra un brazo alrededor del cuello. Apolo intenta arrancársela, pero ella aprieta. Tú vuelves a entrar, golpeando una vez bajo las costillas. Otra en el vientre. La tercera abre el abdomen y derrama sangre caliente sobre tus brazos. Apolo lanza la cabeza hacia atrás, rompiendo parte del hocico de Kara, pero ella mantiene la presa.
Por primera vez, la risa desaparece de su rostro: el Señor de la Sombra empieza a comprender que podéis matarlo. Os lanza contra la pared de un edificio. Kara recibe la mayor parte del impacto, aunque tú quedas atrapado entre ambos cuerpos. El ladrillo se resquebraja y una ventana del primer piso cae convertida en una lluvia de cristales. Apolo os aplasta contra la fachada una segunda vez, pero la tercera no llega. Clavas las garras en su vientre abierto y tiras hacia abajo. Kara suelta el cuello, apoya ambos pies sobre su espalda y se impulsa en dirección contraria. La herida se abre hasta la cadera, y Apolo cae sobre una rodilla. Un sonido grave escapa de su garganta. Ya no se parece a una carcajada. Tampoco a un rugido. Es el ruido de un animal que ha descubierto el miedo y todavía no sabe qué hacer con él. Kara aterriza a tu lado. Tiene el hocico cubierto de sangre, el brazo mordido y una de las piernas a punto de ceder. Aun así, se coloca de nuevo en guardia.
Avanzáis juntos, pero Apolo golpea primero. Esquivas el zarpazo y le sujetas el brazo. Kara entra por debajo, hunde el hombro en su pecho y lo obliga a retroceder. El Señor de la Sombra intenta afianzarse, pero su rodilla dañada falla. Tú tiras de la muñeca mientras Kara gira la cadera. Entre los dos lo lanzáis contra el Audi. Apolo atraviesa el parabrisas y cae sobre el capó aplastado. Los restos de cristal se incrustan en su espalda. El vehículo se desplaza medio metro y termina chocando contra una farola. Kara se abalanza sobre él.
Apolo levanta una pierna y la recibe en el vientre. La proyecta por encima del coche, pero tú alcanzas al Señor de la Sombra antes de que pueda levantarse. Tus garras entran bajo su clavícula. Las hundes hasta tocar hueso y lo arrastras fuera del capó. Ambos caéis al suelo, mientras Apolo rueda encima de ti. Te golpea una vez. La mandíbula se desencaja. Dos. Algo se rompe alrededor del pómulo. Levanta la mano para una tercera, pero Kara lo alcanza desde atrás y le hunde los colmillos en el hombro. El Señor de la Sombra ruge, abandona el golpe y trata de girarse. Tú aprovechas para cerrar las piernas alrededor de su cintura y clavarle ambas garras en el pecho. Kara tira hacia un lado y tú hacia el otro. La carne empieza a ceder.
Apolo lanza un aullido que atraviesa la calle y rebota entre los edificios destruidos. Sus manos buscan dónde agarrarse, pero solo encuentran asfalto roto y los restos de vuestra ropa. Estáis ganando.
A varias calles de distancia, el resplandor blanco cambia. Un destello dorado atraviesa el cielo. La luz nace cerca del lugar donde viste caer a la mujer de cabellos dorados. Durante un instante, distingues la figura azulada del recién llegado inclinándose entre los cadáveres. Algo pequeño brilla junto a él, un objeto esférico que refleja el hielo y los incendios de la ciudad. El hombre lo recoge, la noche se vuelve dorada. El orbe responde a su contacto. Una onda de energía recorre la avenida a ras del suelo. Las tuberías revientan bajo el asfalto. Los semáforos estallan. Las fachadas se iluminan desde dentro, como si una red de venas doradas atravesase los edificios. El hielo aparece después. Surge alrededor de la luz, extendiéndose en todas direcciones. Oro y escarcha se entrelazan bajo las calles de Getxo, penetrando en los cimientos, en la ría y en las estructuras enterradas de Demóstenes.
El hombre de piel azulada se arquea. No escuchas su grito, lo sientes dentro del cráneo. El suelo se levanta bajo vosotros. La calle entera se inclina. Apolo, Kara y tú salís despedidos en direcciones distintas. Los coches resbalan sobre el asfalto. Las farolas se doblan. Una grieta atraviesa la avenida y se abre con un estruendo que parece proceder de las entrañas del mundo. Golpeas el suelo de costado. Kara cae varios metros más allá. Apolo aterriza sobre las cuatro extremidades, y es el primero en recuperarse.
Kara intenta ponerse en pie. La pierna herida falla. Apoya una garra, se impulsa de nuevo y levanta el rostro justo cuando el Señor de la Sombra llega hasta ella. Tú ruges, corres. La distancia apenas alcanza los quince metros, pero es demasiado.
Apolo agarra a Kara por el cuello y la levanta. Ella golpea su rostro, hunde una garra en la herida abierta del pecho y trata de empujarlo, pero el Ahroun soporta el dolor. Su otra mano entra bajo las costillas, el golpe es corto y brutal. Las garras atraviesan el torso de Kara y emergen por su espalda. El cuerpo se queda rígido, y Apolo sonríe. Tú continúas corriendo.
Kara ya no mira al Señor de la Sombra, te mira a ti. La Rabia abandona sus ojos durante un instante. Bajo el pelaje, la sangre y la forma de guerra, vuelve a estar la mujer que confió en ti dentro de Demóstenes y que te ordenó sobrevivir cuando ella ya sabía que apenas podía mantenerse en pie. Su hocico intenta dibujar una última sonrisa, antes de recuperar su forma humana y Apolo retirar el brazo de forma salvaje. Arroja el cuerpo de Kara a un lado, que rebota entre los escombros y cascotes, y fragmentos de hielo que están surgiendo del suelo. Kara exhala el último aliento de su cuerpo, rodeada de sangre, escombros y destrucción.
Algo se rompe dentro de ti, en el momento en el que la Rabia ocupa el espacio. Desaparece el dolor de las heridas. Desaparece el frío. Desaparecen Alberto, Demóstenes, el Peñasco Blanco y las órdenes de Semyon. El mundo se reduce al olor de la sangre de Kara y al cuerpo negro que permanece de pie junto a ella.
Apolo abre la boca. Quizá se ríe. No llegas a escucharlo.
Análisis del episodio- Consejo del Monte Dobra: Semyon exige que Mark sostenga públicamente la versión fabricada por la Justicia Metálica sobre la muerte de Laro y la responsabilidad de Johnny Towers. 🟦 Mark decide seguirle el juego a Semyon, consciente de que enfrentarse allí a Terry no cambiaría el resultado y solo lo convertiría en el siguiente objetivo. Acepta guardar silencio, aunque deja claro su desprecio por la mentira y por la representación política que acaba de provocar nuevas muertes.
- Ejecución de María Fernanda Robles: Terry entrega a Mark el hacha de plata y le exige que actúe como verdugo ante el Trono de Cibeles y la Ráfaga de Plata. 🟥 Mark acepta ejecutar personalmente a Fernanda, interpretando su muerte como justicia por Henar, Laro y las demás víctimas. No cuestiona públicamente a Terry ni busca prolongar el interrogatorio: asume la sentencia, decapita a Fernanda y condena a Esteban a sobrevivir con el recuerdo de sus crímenes.
- Infiltración en Demóstenes: Tras recibir los dispositivos entregados por Apolo, Kara ordena aprovechar inmediatamente la ventana de acceso al túmulo del Viento de Acero. 🟦 Mark sigue las instrucciones de Kara y realiza la infiltración, confiando en su competencia técnica para instalar los dispositivos sin dejar rastro. La decisión demuestra disciplina operativa y confianza en su líder, aunque más adelante descubre que los aparatos no solo escuchan: están cartografiando las vulnerabilidades de Demóstenes para preparar un asalto.
- Salida del túmulo: Una vez instalados los dispositivos y descubierta su función oculta, Mark y Kara deben abandonar Demóstenes antes de que se cierre la ventana de acceso. 🟦 Mark elige salir por la ruta técnica establecida por Kara, manteniendo la cabeza fría y evitando improvisaciones, riesgos umbrales o una salida descaradamente confiada. Ejecuta la retirada con gran precisión y mantiene intacta la cobertura de la Ráfaga de Plata.
- Respuesta política tras la infiltración: Mark comprende que ha instalado algo mucho más peligroso de lo anunciado y debe decidir cuándo contactar con Monique. 🟦 Decide esperar hasta la mañana siguiente y solicitar una reunión formal, utilizando el ultimátum de Semyon como cobertura y dando tiempo a que los dispositivos continúen operando. No busca una conversación impulsiva ni mezcla a Monique con Valeria Parhon: prioriza una coartada sólida, la imagen institucional de la manada y el control del relato.
- Cautiverio en el almacén: Mark despierta encadenado con plata, escucha cómo torturan a Kara y detecta un fallo en uno de sus grilletes. 🟨 Opta por liberarse mediante astucia y conocimiento tecnológico, evitando tanto permanecer inmóvil como mutilarse mediante una transformación parcial. Utiliza el Don Controlar máquina simple para abrir los mecanismos, cae libre y se dirige inmediatamente hacia Kara, prometiendo regresar después por Vytalian. Aunque no sigue literalmente la propuesta de soltarse mediante agilidad física, su respuesta pertenece claramente a la vía intermedia: actuar con inteligencia, asumir riesgo y buscar una solución no destructiva.
- Proteger al Viento de Acero o usar la Baliza: Mark decide proteger a las dos mujeres del Viento de Acero junto a Kara, en lugar de involucrarse en la activación de la Baliza umbral.
- Escapar con Alberto o regresar al Viento de Acero: Tras la aparición del misterioso hombre místico de hielo, Mark puede elegir entre marcharse con Alberto y Kara hacia Cantabria o regresar al campo de batalla. Consciente de que no es su lucha y que están ambos muy heridos, decide marcharse del lugar tras haber acabado con una cantidad obscena de enemigos del Wyrm.
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