Prólogo — Ficha de ajedrez

Iniciado por Maurick, 22 de Ago 2025, 23:23:54

Tema anterior - Siguiente tema
El banco y la llamada

📅 16 de Agosto de 2005

La noche caía sobre Los Ángeles como una sábana pesada de humo y neón. En el distrito financiero, el edificio de Los Angeles National Bank resplandecía como un faro de orden y riqueza, sus columnas de mármol iluminadas con un fulgor frío. Nadie imaginaba que bajo aquellas bóvedas, más allá de los pisos subterráneos, existía un reino oculto: la guarida de la Delegación Oeste, donde la Justicia Metálica tramaba sus planes entre lingotes de oro y pantallas parpadeantes.

En una sala del subsótano, con paredes de hormigón recubiertas de madera oscura y mapas digitales proyectados en las paredes, se reunía la manada de Mark. Felicity Burton, Galliard de verbo ácido, hojeaba un fajo de informes impresos como si fueran piezas de un guion teatral; Triptikus Magikus, el extraño líder, jugueteaba con un bolígrafo como si fuera un cetro invisible. Mark, con gesto firme y el humo del último cigarro aún en su garganta, exponía el resultado de su investigación: las conexiones entre los astilleros de San Pedro y el flujo de cocaína adulterada que estaba asfixiando los barrios bajos de la ciudad.

Frente a ellos, sentado como un monarca cansado de sus vasallos, estaba Jonathan Stevenson, líder del Túmulo de los Susurros de la Suerte. Sus ojos azules, tan gélidos como el acero, parecían observar no solo los documentos, sino también el corazón de quienes los presentaban. Cada palabra, cada detalle que Mark pronunciaba, era pesado como moneda en balanza.

Pero antes de que pudiera concluir su exposición, una voz grave interrumpió el aire cargado de la sala.

La mirada de Felicity chispeó como fuego en papel; Triptikus sonrió con esa mueca que nunca anunciaba nada bueno. Pero Mark obedeció.



La estancia a la que lo condujeron estaba en penumbras. Una mesa de roble bruñido ocupaba el centro, rodeada de sillas vacías como si esperaran a un jurado invisible. En la pared del fondo, una pantalla parpadeaba con el ruido blanco de una conexión que se preparaba.

Kordell, habitualmente tan fiero, parecía transformado en ese instante en un simple criado. Sus dedos temblaron al encender la videollamada. El rostro que emergió en la pantalla estaba enmarcado por sombras: Terrence McCoil.

Su voz llegó como un cuchillo de plata arrastrado sobre cristal.

El verdugo, el perro feroz de Los Ángeles, no protestó. Bajó la cabeza como un niño reprendido y salió, cerrando la puerta tras de sí. Ese gesto —ese hombre reducido a obediencia— quedó marcado en la mente de Mark como una cicatriz.

El rostro de Terry, endurecido por décadas de guerras y decisiones imposibles, se inclinó hacia la cámara. Había una sonrisa en sus labios, pero no era de ternura; era la sonrisa del cazador que ya conoce cada pensamiento de su presa.

No esperó respuesta. Su discurso era un torrente que no admitía interrupciones. Con la cadencia de un sacerdote recitando un credo, relató la historia del Peñasco Blanco, un clan Fianna perdido entre las montañas de Cantabria. Nombró a Johnathon Towers, el Theurge que lo dirigía. Fue el campo de cultivo del Proyecto Garou Combat, en el que habían colaborado, y el Proyecto Ícaro, palabras que resonaban como pecados antiguos. Nombró también a Omega, el Ícaro fugitivo, libre de cadenas, y acusó a Towers de haber ocultado la verdad sobre ese tal Patrick.

Cada frase era una losa sobre los hombros de Mark. Terry no le permitía procesar nada; simplemente lo abrumaba, lo sobrecargaba, como si quisiera que el joven Philodox se rindiera al peso de una realidad demasiado vasta.

Al final, cuando el silencio se hizo tan espeso que podía cortarse con un cuchillo, Terry se inclinó hacia adelante. Sus ojos eran brasas.

El humo de su puro se elevó en espirales lentas, como si tejiera las hebras de un destino irrevocable.

La pantalla se oscureció de golpe, dejando a Mark solo con su reflejo en la superficie negra, un eco de sí mismo enfrentado al abismo.

Observo mi reflejo oscuro mientras doy la última calada al cigarro. Una calada profunda y pausada.

- A sus órdenes... -musito entre dientes mientras apago el cigarro casi consumido hasta el filtro.

Me tomo unos segundos para digerir toda la información soltada por mi padre. Evalúo la espada de Damocles que Terrence McCoil acaba de poner sobre mi cabeza y como la tercera ley de la Letanía va a ser de nuevo infringida en pos de un presunto bien mayor.

Soy un soldado, de una guerra que dura milenios. La tercera ley debe ser respetada, pero también la cuarta.

Abro la puerta de la sala y paso por ella moviendo levemente la cabeza a modo de saludo a Kordell Palmer. Saco mi mechero plateado de gasolina y me enciendo un nuevo cigarro.

- ¿Todo bien? -me pregunta el verdugo.

- ¿Alguna vez va mal? -le respondo con una leve mueca parecida a una sonrisa.

Cuando llego a la sala del subsótano donde aguarda mi ahora antigua manada, interrumpo la conversación que Felicity Burton y Triptikus Magikus tienen con Jonathan Stevenson sobre el asunto de los astilleros de San Pedro.

- Disculpad la interrupción ¿Continuamos?

Cita de: Mark en 23 de Ago 2025, 01:00:10- Disculpad la interrupción ¿Continuamos?

El silencio en la sala del subsótano se espesó como humo rancio cuando Mark regresó a su sitio. Stevenson no alzó la voz: no lo necesitaba. Con un gesto medido, concluyó que el asunto de los muelles debía darse por cerrado. Su veredicto cayó sobre la mesa como un sello frío de plomo: no era necesario investigar más. Con lo que habían descubierto, era suficiente. O eso afirmó el Athro.

Triptikus fue el primero en asimilarlo. El bolígrafo que aún giraba entre sus dedos se detuvo, y sus ojos —tan vivaces siempre en la farsa de un bufón— quedaron apagados. No hubo reproches en voz alta, pero cuando posó la mano sobre el hombro de Mark, el gesto decía más que cualquier palabra: decepción, sí, pero también la callada resignación de quien entiende que la lealtad en este mundo rara vez recibe recompensa.

Jonathan Stevenson se despidió con la cortesía seca de un banquero que ha cerrado una cuenta. Felicity cerró el fajo de informes con un chasquido crispado. Y así, sin un veredicto que valiera la pena discutir, la reunión concluyó.

El aire de la noche olía a salitre y gasolina cuando dejaron atrás la fachada solemne del banco. Los tres caminaron en silencio hasta el muelle, donde aguardaba el viejo almacén que servía de guarida. El edificio, un armazón de hierro corroído y ladrillos húmedos, había sido transformado a su manera: mapas clavados con chinchetas, pizarras cubiertas de esquemas, archivadores rescatados de oficinas que ya no existían. Era un lugar que respiraba sudor y desvelo, un refugio improvisado contra el caos del mundo. El líder, Triptikus, se despidió de ambos. Necesitaba sumergirse en sus meditaciones con música trance. Ambos lo sabían, y le dejaron ir.



Felicity encendió las luces con un manotazo y arrojó los papeles sobre la mesa principal. Su silueta, iluminada a medias por la bombilla desnuda, parecía la de una actriz agotada tras una obra interminable.

Con las manos en las caderas, lo miró. Había en sus ojos algo más que cansancio: una punzada de inquietud, un reflejo de temor disfrazado de ironía.

Ella conocía el sabor del fracaso, pero lo que más le preocupaba era otra cosa: el modo en que Kordell había apartado a Mark. El verdugo de Los Ángeles no era un hombre de sutilezas, y, sin embargo, aquella noche había jugado al silencio.

La voz de Felicity, cuando al fin rompió el mutismo del almacén, sonó grave, íntima, como el filo de un cuchillo envuelto en terciopelo.


Se inclinó sobre la mesa, los dedos tamborileando sobre la madera gastada. Había mil preguntas en su mirada, pero sólo unas pocas se atrevieron a escapar:


El silencio volvió a caer sobre el almacén, roto apenas por el crujido lejano de las grúas en el puerto. La bombilla parpadeó una sola vez, como un ojo que observa.

Era el turno de Mark para responder.

Me apoyo contra la pared opuesta a Felicity.

- No os van a joder, por eso no te preocupes -echo mano de mi pitillera y chasqueo la lengua con resignación al ver que no queda ningún cigarro dentro- y descuida, Kordell solo ha sido un mensajero... Me marcho... Son órdenes...

La garou me observa incrédula, solicitando más información con su mirada por encima de las gafas.

- Debo ir a España a resolver un problema con el Peñasco Blanco por orden de Desgarrador del Llanto. No puedo concretar más Felicity -me despego de la pared impulsado por la pierna que tenía apoyada y me aproximo al otro lado de la mesa donde se encuentra mi compañera- con suerte os enviarán a otro Philodox con mejor ánimo y una retórica más cuidada.

Cita de: Mark en 23 de Ago 2025, 10:59:51- Debo ir a España a resolver un problema con el Peñasco Blanco por orden de Desgarrador del Llanto. No puedo concretar más Felicity -me despego de la pared impulsado por la pierna que tenía apoyada y me aproximo al otro lado de la mesa donde se encuentra mi compañera- con suerte os enviarán a otro Philodox con mejor ánimo y una retórica más cuidada.

Felicity cerró la carpeta con un chasquido seco y se quedó un instante mirándola, como si las palabras escritas en esos papeles le resultaran de pronto irrelevantes. Se acomodó las gafas con dos dedos y alzó la vista hacia Mark.

Una mueca amarga se insinuó en sus labios, apenas una sombra de sonrisa.


Se levantó, cruzando el almacén hasta apoyar la espalda contra una viga oxidada. El humo rancio del puerto impregnaba la estancia, y entre ese aire gris, su voz sonó más baja, casi confidencial.


Se quitó las gafas, limpiando los cristales con el borde de la chaqueta, y clavó los ojos en él, desnudos de todo filtro.


El silencio se estiró como una cuerda tensa. Felicity ladeó la cabeza, midiendo cada respiración de su compañero.


Se apartó de la viga, caminó hasta la mesa y recogió su abrigo, lanzándole una última mirada.


Observo unos instantes a mi ex compañera de manada. Una buena Philodox, inquisitiva pero pragmática cuando se requería. Competente e incansable. Respetaba a esa mujer. La iba a echar de menos.

- Si te sirve de algo, no me marcho por gusto -frunzo el ceño y me aproximo a una de las taquillas que decoran la sala- no está en mi mano el volver o no, sabes que antes de ser policía... -saco una botella de bourbon- estuve en el ejército... -del interior también saco un par de vasos- aunque creo que nunca lo he dejado ¿Sabes?

Me aproximo a la mesa, dejando la botella y los vasos sobre ella.

- Ahora ¿Compartirías unos últimos tragos con este soldado? -procuro no mostrar el pesar y la incertidumbre que abordan mi cabeza.

Felicity lo observó en silencio mientras abría la taquilla. Durante un instante pareció medir cada gesto, cada sombra en su voz, como si buscara las grietas en la armadura que Mark se esforzaba por mantener. Luego, sin un comentario más, se acercó y tomó uno de los vasos.


El ámbar del licor atrapó la luz tenue del almacén cuando lo alzó a la altura de su rostro. Sus ojos, tras los cristales, brillaron con una intensidad más vulnerable de lo habitual.


Chocó el vaso contra el de Mark con un sonido seco, definitivo, y bebió un trago largo. El bourbon le arrancó una mueca amarga que enseguida disfrazó con una sonrisa apenas insinuada.


Se giró entonces hacia la puerta, recogiendo su abrigo sin prisa, y la oscuridad del almacén pareció engullirla poco a poco.


El eco de sus tacones resonó unos segundos, hasta que la pesada puerta metálica se cerró tras ella, dejando a Mark con el silencio, el bourbon y la certeza de que algo se había roto para siempre.

"Soldados de una guerra que nunca nos preguntó si queríamos luchar..."

Las palabras de Felicity resonaban en mi cabeza. Me sirvo un vaso más y lo alzo hacia la puerta por donde la garou se había marchado. Bebo de un trago el bourbon y poso el vaso con fuerza.

No me hacía ninguna gracia tener que marcharme tan lejos de mis compañeros. No me hacía ninguna gracia tener que enfrentarme a otros guerreros de Gaia ¿Acaso la tradición no rezaba que había que combatir al Wyrm?¿De qué forma se supone que ayudaremos a Gaia con el derramamiento de sangre de nuestros congéneres? La tercera ley estaba clara que se iba a traspasar por lo que mi padre había afirmado y la segunda me apostaría a que también.

Sacudo la cabeza como si aquello fuera a despejarme las dudas y contradicciones que asolan mi mente. Necesito aire fresco.

Salgo por la puerta, cierro con llave y siento la brisa nocturna acariciar mi cara. Camino sin rumbo por los muelles, con la suerte de encontrar a un estibador adicto a la nicotina como yo.

"No dejes que el Desgarrador del Llanto te convierta en algo que aborrezcas..."

La fama de Terrence McCoil le precede. Un líder fuerte, carismático, pero frío y duro como un témpano de hielo. Él es mi padre, pero a efectos prácticos, es solo nominal y genético. Una información que he procurado en todo momento guardar por evitar un trato distinto por parte de mis distintos compañeros a lo largo de mi vida en la Justicia Metálica, ya fuese para bien, o para mal.

El Desgarrador del Llanto quiere a su cachorro cerca ¿Por qué? Me quiere poner a prueba, eso está más que claro ¿Pero con qué fin? Un escalofrío recorre mi columna vertebral mientras calo una profunda calada.

"No dejes que el Desgarrador del Llanto te convierta en algo que aborrezcas..."

Las palabras de Felicity asaltan de nuevo mi mente. Me quiere poner a prueba frente a otros guerreros de Gaia...

"Solo falta que Towers y los Zarpas de Teluria, esos corruptos y salvajes, se arrodillen... tú estarás allí para presenciarlo. Para aprender. Para decidir si eres digno de lo que te espera..."

Se avecina una tormenta y Terrence McCoil quiere que manche mis garras con la sangre de nuestros enemigos.

Mis pasos me conducen a la dársena 153 del Muelle de San Pedro. Mi instinto policial me empuja a olfatear primero el lugar de embarque.

Soldado y policía. Guerrero y protector ¿Qué soy realmente?

Soy un soldado, de una guerra que dura milenios. Esas palabras me decía, pero las de Felicity parecen empujarlas, buscando su espacio en mi cabeza.

Soy un soldado ¿Pero hasta qué punto estoy dispuesto a perder mi alma?


El muelle estaba envuelto en bruma salada, iluminado por farolas mortecinas que parecían luces de gas más que lámparas eléctricas. Entre contenedores oxidados y grúas chirriantes, se erguía el coloso negro del USS Iron Providence. Una fragata de acero anguloso, tan larga como una ciudad flotante, con el emblema de la OTAN discretamente borrado bajo capas de pintura nueva.

Sus motores apagados transmitían una quietud extraña, pero la cubierta bullía de actividad. Hombres demasiado robustos para ser simples marineros acarreaban cajas selladas con la precisión de autómatas. Los músculos tensos bajo camisetas empapadas brillaban a la luz artificial; algunos tenían cicatrices imposibles, como si hubiesen sido suturados más de una vez en la misma línea. Otros, al levantar el peso, emitían gruñidos demasiado guturales, recordando más a bestias entrenadas que a trabajadores portuarios.

Mark reconoció los sellos falsificados en algunos contenedores: símbolos que había visto en los informes de San Pedro. La misma red de cocaína adulterada que investigaba con Felicity estaba financiando este despliegue.

Los oficiales de cubierta —con sus chaquetas largas, gafas oscuras incluso de noche y portapapeles metálicos en la mano— daban órdenes con la frialdad de contables de un matadero. Ni una voz se alzaba. Ni una protesta.

El aire olía a ozono y a hierro, como si una tormenta aguardara bajo las aguas. A lo lejos, entre la neblina, Mark distinguió la silueta de una torre de comunicaciones sobre la fragata. Cerca del astillero, un individuo con aspecto rudo, de pelo largo y facciones eslavas, observaba el ajetreado trabajo de carga entre unos y otros. ¿Había cruzado miradas con Mark? ¿Qué importaba?

Mark miró el reloj. Eran las 21:38. Aún faltaban varias horas para el embarque...

Observo con amargura el ejemplo palpable de la corrupción. El tráfico de drogas adulteradas, la cual investigamos y buscábamos combatir en base a una de las leyes más importantes de la Letanía, la segunda, estaba siendo rota por la propia Justicia Metálica ante sus propios ojos.

No, el fin no justificaba los medios cuando la guerra milenaria contra el Wyrm estaba en juego ¿Qué sentido o propósito podía tener ser un soldado cuando sus superiores se aliaban con sus eternos enemigos a conveniencia? ¿En qué situación le dejaba eso?

Esto trasgredía la esencia más básica de cualquier guerrero de Gaia.

Por un momento tuve el impulso de informar a Felicity de mi terrible descubrimiento. Mis instintos más básicos de garou me lanzaban a hacer algo cuanto antes.

Mientras caminaba de vuelta al refugio, esa visceralidad instintiva se fue refrenando.

¿Serviría de algo intervenir yo? No, omitirían en el mejor de los casos mis argumentos y, en el peor, daría la excusa perfecta para aplastarme sin miramientos bajo el peso de la maquinaria de la Justicia Metálica.

¿Serviría de algo decirle en algún tipo de código o forma a Felicity lo que acababa de presenciar? Sería incluso peor, pues no asumiría yo los riesgos, sino que pasaría la navaja al cuello de una compañera, de una... ¿Amiga?

Mientras entraba de nuevo y cerraba con llave la puerta del refugio, la claridad volvía a mi mente.

Toma nota Mark... No muevas ficha, no te pongas en riesgo a ti o a tu antigua manada de manera fútil... Calla y anota, calla y aprende de quien puedes o no fiarte. Aguarda el momento de actuar, todo llega... No somos más que fichas de ajedrez...

27 de Ago 2025, 22:41:47 #10 Ultima modificación: 27 de Ago 2025, 22:47:44 por Maurick
La noche en San Pedro sabía a sal. Tras unas horas de sueño inquieto en la guarida, Mark cruzó el puerto hasta la dársena 153. Los focos de sodio tiznaban de ámbar las grúas inmóviles; carretillas alineadas como insectos dormidos; ni un estibador, ni un eco humano. Solo el latido grave del buque gris oscuro amarrado al muelle—el USS Iron Providence—respirando electricidad por sus costuras.

Le esperaban tres siluetas.

La primera, toda líneas limpias y una calma de acero bruñido, era Semyon Evanov, un tipo de negocios de hombros cuadrados y porte de caballero moderno. El viento le peinaba el cabello hacia atrás sin despeinar su compostura. Al verle, inclinó apenas la cabeza: un saludo que decía «te he visto» sin prometer nada más.

A su flanco danzaba la sombra de Kara Minkóvskaya. No caminaba: deslizaba el peso con la gracia de una bailarina que conoce la música antes de que suene. Mirada afilada, manos vacías que parecían llenas de recursos. Un oro viejo en los pómulos: heredera de algo más que dinero, de hábito y pedigrí.

Y en el centro, como un foco que solo alumbrase su propia voz, estaba Vytalian Viktorovich: un auténtico macarra ruso, con una sonrisa hecha para cortarte sin que te des cuenta. Hacía rodar un sello de plata entre los dedos, disfrutando del clic-clac contra su anillo, como si fuese un metrónomo para su veneno.


Semyon ni pestañeó; Kara ladeó apenas la boca, calibrando a Mark como se calibra una cerradura.

Vytalian dio un paso, invadiendo el aire del recién llegado, el aliento perfumado de clavo y triunfo.



La cubierta del Iron Providence crujió, como si el buque escuchara. Los focos zumbaban. El muelle, expectante.

Tu turno, Mark. ¿Te comes la pulla, la devuelves... o marcas tu propio ritmo ante la Ráfaga de Plata?

No sabía si al cruzar la dársena había subido a un barco o atravesado la frontera de Alaska con Siberia.

Las bravuconadas de Vytalian y la algo más fina puñalada de Kara me traían viejos recuerdos de mi vida policial, como el caso del asesino en serie que me tocó investigar en mis inicios y que me acabó conduciendo a Beverly Hills. Un caso feo y desagradable, casi más por tener que interrogar a los testigos que por los propios asesinatos en si mismos.

Saco de mi cazadora la pitillera, recargada cuidadosamente antes de volver a la dársena, y me enciendo un cigarro con mi mechero de gasolina. Cuando cierro la tapa para ahogar la llama, observo por unos instantes el emblema que en él se encuentra grabado.

- ¿Alguno va a explicarme como vamos a solucionar el problema del Peñasco Blanco o queréis convertir esto en un partido de tenis donde intercambiarnos pullas y comentarios ingeniosos hasta que llegue McCoil?

Dejo salir el humo por la nariz, observando al triunvirato eslavo a través del humo, poniendo atención en sus reacciones y conductas, esperando una respuesta productiva con poca esperanza.

Cita de: Mark en 27 de Ago 2025, 23:28:11- ¿Alguno va a explicarme como vamos a solucionar el problema del Peñasco Blanco o queréis convertir esto en un partido de tenis donde intercambiarnos pullas y comentarios ingeniosos hasta que llegue McCoil?

Vytalian dio un paso al frente, con su sonrisa de navaja, listo para morder.


La interrupción de Kara fue un corte limpio, como una cuerda tensada que se parte sin hacer ruido. Ni siquiera lo miró: habló hacia el aire frío del muelle, y el aire le obedeció.


El humo del cigarro de Mark trazó una elipse gris entre los tres. Semyon lo observó un segundo, como si el tabaco fuera una falta de estilo más grave que un disparo a destiempo; el gesto mínimo de sus labios bastó para dejar claro el asco.


El zumbido del Iron Providence respondió desde la oscuridad como un órgano grave. Sobre la cubierta, algo metálico cambió de sitio con un golpe sordo, y la noche pareció inclinarse unos milímetros hacia el mar. Un silbato de contramaestre rasgó la quietud. Desde la pasarela del navío descendió un suboficial con un portapapeles plastificado y el ceño fruncido.


Vytalian chasqueó la lengua, medio paso hacia Mark, cuchillo de sonrisa listo para rematar la provocación.



Semyon asintió una sola vez, satisfecho con el guion.


El suboficial señaló la pasarela. Los focos de cubierta vibraban con un zumbido grave de transformadores; olor a ozono, a pintura naval, a acero que ha conocido guerras.

Kara pasó junto a Mark y, sin detenerse, le susurró al oído, con una voz tan dulce como la miel helada:


Vytalian dejó escapar una risita, satisfecho con la puya que no tuvo que decir.

En la chapa de la pasarela, tus botas hicieron su primer clang. El mar, abajo, parecía un vidrio negro. Y Terry McCoil no parecía estar por ninguna parte.

Muestro una leve mueca parecida a una sonrisa y lanzo el cigarro a tierra firme con efecto, dando vueltas en el aire como si de un meteoro errante se tratase hasta que impacta en el asfalto de la dársena haciendo chisporrotear algunas ascuas.

- Entendido -asiento a Semyon- El problema residirá en tener que tratar con violadores de la primera ley -me encojo de hombros- aunque ese no será realmente nuestro problema, sino el suyo.

Subo por la pasarela junto al grupo sin decir nada más. Quizás la violación de la primera ley de la Letanía no sea un ejemplo de virtud Garou, pero cuestionar a otros de la estirpe por hacer tal cosa mientras se trasguede la segunda con cocaína adulterada y la tercera con la conquista del territorio del prójimo es cuanto menos paradójico.

Proceso la información con calma. Me quieren como notario, pues como verdugo apostaría lo que llevo en la cartera a que Vytalian o incluso el propio Semyon lo harían por puro placer.

Kara, por su parte, tiene bien amaestrado al matón de Vytalian. Si me gano un mínimo de su gélida confianza, mataría dos pájaros de un tiro.

Y tú estarás allí para presenciarlo. Para aprender. Para decidir si eres digno de lo que te espera.

Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza. La obediencia será la clave en esta misión, una puesta a prueba de mi capacidad de acatar las órdenes.

No acabo casi de subir al barco, cuando echo de menos desde lo más hondo de mi corazón a Felicity y a Triptikus.

28 de Ago 2025, 10:14:42 #14 Ultima modificación: 28 de Ago 2025, 12:06:25 por Maurick
La pasarela vibró bajo tus botas y el Iron Providence te tragó como una catedral sin fieles: respiraba ozono, sal y un diésel viejo que se pegaba a la lengua. Las luces de emergencia parpadeaban rojas en los pasillos de acero, y los generadores marcaban un pulso grave, casi uterino, que ordenaba el tiempo mejor que cualquier reloj.

Kara te esperaba junto a un mamparo, apoyada con la naturalidad de quien baila sin música. El brillo marfileño de una luz de babor le dibujaba los pómulos.


Los días se plegaron como pañuelos húmedos. Al alba, la bruma se subía a la cubierta y tú repetías un ritual sencillo: cuerda, zancadas, shadowboxing. Practicabas un giro de cadera que economizaba la violencia, el peso que vuelve al talón, la respiración que no gasta más aire del necesario.

Por la tarde, el barco era un animal satisfecho. Las tuberías conservaban un calor doméstico, las puertas abrían como párpados sin pedir contraseña, y las grúas depositaban cajas numeradas que no contaban nada. Nadie hacía preguntas, y el silencio del Pacífico terminaba las frases por todos.

De la Ráfaga de Plata, solías hablar con Kara o con Vytalian. Tú y el ruso ganabais confianza, menos asco. Kara mantenía sus distancias, sabía que tu linaje no era puro. Sin embargo, no notabas desagrado. Seis días después de haber partido de Los Ángeles llegáis al Canal de Panamá. Allí, toda la tripulación parecía nerviosa, pero mientras lo estábais atravesando, un helicóptero aterrizó en la cubierta superior. Allí estaba él: Terrence McCoil. Se bajó del vehículo con una elegancia inusual. Semyon se acercó para saludarle; los dos compartieron un apretón de manos honesto y fuerte. Después, Terry se acercó con una sonrisa a ti, dispuesto a darte un abrazo.


No te dejó responder. Asumió tu respuesta y siguió con sus tejemanejes. Vytalian observó la interacción y, cuando te giraste, tenía una sonrisa estúpida. No tuvisteis tiempo de reaccionar, pues Terry había llegado para ahorraros el viaje marítimo hasta Santander.


El mero hecho de pronunciar esa organización hizo palidecer a Kara. Su mandíbula se tensó, tragó saliva. Y Vytalian no parecía muy cómodo.


¿Hubo tiempo para dar una respuesta? ¿Quería escucharla?



Todos empezaron a moverse. La tripulación estaba inquieta. Y pudiste ver que Semyon intentó acercarse a Kara, pero ésta se largó, molesta.

¿Qué haces, Mark?