Episodio 1 — Dobra

Iniciado por Maurick, 24 de Sep 2025, 12:46:29

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Vytalian emite un resoplido de resignación, pero es consciente de su posición ahora mismo. No puede permitirse fallar ni que nadie le reclame haber hecho algo mal, tiene a Terry McCoil detrás de su cuello.

La habitación se queda en silencio cuando Mark habla. Incluso sus compañeros rusos, que hacía unos días le menospreciaban, pueden ver a McCoil en él. Ellos desconocen su vínculo familiar, pero sin duda alguno, Mark ha hablado como su padre en ese momento. Kara traga saliva, no sabe si lo que acaba de experimentar es algo bueno o algo malo.

Cita de: Mark en 04 de Ene 2026, 22:12:31-Dicho todo esto y aclarado el malentendido, procederé a explicarte lo sucedido hasta ahora ¿de acuerdo? -apago en el cenicero el cigarro casi consumido- Bien, tras nuestra reunión con Terrence, Semyon y Esteban, decidimos comenzar nuestra investigación por el Dobra, para ver qué había sucedido exactamente como nos pidió expresamente Terrence McCoil, para lo cual, en ningún momento nos dijeron que tuviéramos que ponernos en contacto contigo, así que procuremos no ofendernos tan a la ligera de ahora en adelante.

Alberto no responde de inmediato. Se deja caer en la silla, pasa una mano por la cara y suelta el aire despacio, como si llevara horas aguantando algo que por fin puede decir en voz alta.


Se inclina hacia delante, apoyando los antebrazos en la mesa.

Cita de: Mark en 04 de Ene 2026, 22:12:31- en el lugar de los hechos, fue cuando nos encontramos con Micky, al cual capturamos y lo trajimos aquí y una vez aquí, nos expuso la increíble historia de un artefacto capaz de volar por los aires media montaña entregado a Henar, la hija de Lombera


Kara resopla.


Alberto no sabe qué contestar.


Cita de: Mark en 04 de Ene 2026, 22:12:31Fuimos al piso de Henar para investigar la información que nos había dado el Mocos, pero ahí nos encontramos con María, la compañera de piso de la muchacha, la cual no nos dejó husmear en la casa, pero si corroboró que Henar había llevado un regalo "especial" a su padre al Dobra

Hace una pausa breve. Mira de reojo hacia la pared que separa la habitación de Micky.


Kara interviene entonces, sin dramatismo, como si estuviera cerrando un informe.


El Señor de la Sombra da un puñetazo a la mesa. Ni Kara ni Mark os sorprendéis.


La rusa sonríe y pone una mueca de condescendencia.


Alberto se queda sin respuesta, otra vez. Carraspea.


La Ragabash afirma con la cabeza. Se gira hacia Mark primero.


Luego mira a Alberto.


Alberto resopla, pero asiente.


Kara sonríe y saca, de una bolsa de deporte cercana, un extraño dispositivo que parece más un arnés de BDSM que otra cosa.


La rusa lo arroja sobre la cama. Parece pesado.


Señala a Mark.


Se hace un silencio incómodo. Kara vuelve a Mark. Esta vez su mirada es distinta: menos acero, más urgencia contenida.


Los tres salís de la habitación con el aparato de cuero y plata de Kara. Micky alucina al verlo, y cuando le quitáis la mordaza hace un chiste de los suyos.


Tarda poco en callarse y en ser desnudado, y vestido con la «Jaula de los impuros». La escena es lamentable y bastante pestilente. Después, Kara le obliga a ponerse la ropa por encima, una vez vestido de nuevo no parece que lleve un arnés. Vytalian le da un empujón y Alberto lo va sacando fuera, al recibidor. Kara aprovecha para reunirse con vosotros durante un momento.


El agradable aliento de Kara roza el lóbulo de tu oreja. Huele a cigarro mentolado.


Vytalian cierra los ojos, como si la petición le doliese, pero suspira.


Kara se queda en silencio. En la puerta, distingue las siluetas de Alberto y Micky esperando, inquietos.


El nombre cae con peso propio.


El piso vuelve a llenarse de movimiento controlado. Cada uno con una tarea clara. Cada uno sabiendo que, cuando vuelvan a juntarse, ya no estarán hablando de suposiciones.

No hay aplausos. No hay tiempo para dudas. Todos esperan que te muevas.

En mi fuero interno aplaudo las intervenciones de Kara, pero por supuesto, externamente no expreso ninguna alegría. Debo mantener un talante profesional, imponerme a Alberto y a la situación adversa ocultando en la mayor parte que pueda mis emociones.

Cuando termino, me sorprendo a mí mismo. Mantengo la medio sonrisa final, pero dentro de mi cabeza me viene la imagen de mi padre. No siento el placer que parece él sentir amedrentando a los demás, simplemente me he dejado llevar por la situación y he actuado conforme creía que debía hacer, ni más ni menos. Sin embargo, haberme expresado de una forma tan similar a Terrence me genera sentimientos encontrados.

"No dejes que te cambie..." resuena en mi cabeza. Las últimas palabras de Felicity Burton. Algo se estremece en mi.

Escucho la conversación siguiente entre Kara y Alberto, ceñudo, fumando, pensativo. La reliquia familiar de Kara rompe mis pensamientos.

Cita de: Maurick en 07 de Ene 2026, 13:32:09
Kara sonríe y saca, de una bolsa de deporte cercana, un extraño dispositivo que parece más un arnés de BDSM que otra cosa.


La rusa lo arroja sobre la cama. Parece pesado.


Señala a Mark.

Alzo las cejas y mascullo un "la hostia", apago el cigarro y salgo con ellos para ser partícipe de la peculiar escena con Micky y su nueva indumentaria.

-Te queda como anillo al dedo... -lanzo una mirada a Alberto- que todo salga bien en vuestro trayecto.

No es una amenaza, es una advertencia.

Cita de: Maurick en 07 de Ene 2026, 13:32:09Tarda poco en callarse y en ser desnudado, y vestido con la «Jaula de los impuros». La escena es lamentable y bastante pestilente. Después, Kara le obliga a ponerse la ropa por encima, una vez vestido de nuevo no parece que lleve un arnés. Vytalian le da un empujón y Alberto lo va sacando fuera, al recibidor. Kara aprovecha para reunirse con vosotros durante un momento.


El agradable aliento de Kara roza el lóbulo de tu oreja. Huele a cigarro mentolado.


Vytalian cierra los ojos, como si la petición le doliese, pero suspira.


Kara se queda en silencio. En la puerta, distingue las siluetas de Alberto y Micky esperando, inquietos.


El nombre cae con peso propio.


El piso vuelve a llenarse de movimiento controlado. Cada uno con una tarea clara. Cada uno sabiendo que, cuando vuelvan a juntarse, ya no estarán hablando de suposiciones.

No hay aplausos. No hay tiempo para dudas. Todos esperan que te muevas.

Me enciendo otro cigarro y asiento a la rusa.

-¿Ves cómo eras la mejor elección para ser la líder de la manada? -sonrío y observo a la extraña pareja del fondo- me ocuparé de ello en cuanto os marchéis.

Cuando veo a Kara marcharse en el coche de Alberto con Micky, me vuelvo hacia Vytalian.

-¿Qué es eso del don de comunicación mental?¿Algún tipo de Discord en el coco? -me pongo de nuevo la cazadora y compruebo mi arma y pertenencias- Si ocurre cualquier cosa, no dudes en decirme, espero que saques algo en claro del USB... y yo de Nashira... -chasqueo la lengua- no me hizo ninguna gracia que se metiera en mi cabeza la última vez...

Pongo en el GPS de mi móvil la dirección que me ha indicado Kara: la Cañada, en el Desfiladero de la Hermida.

-Nos vemos pronto...

Salgo directo al coche que Esteban de Haro nos facilitó, rumbo al destino programado.

El coche que te han dejado te espera donde siempre: un Opel Corsa del 89, blanco amarillento, con el parachoques abollado y un ralentí que suena como un perro asmático. Nada de lujo ni símbolos, sólo metal cansado. No existe un Discord, no hay GPS en los móviles. Borras estos pensamientos como si fuese lo más natural, pero te quedas pensando durante unos momentos, sentado en el coche del conductor. ¿Qué es un Discord?

Arranca al segundo intento. Recuerdas lo que dijo Terry... «Todo lo que necesitéis.» Pero el tiempo apremia.

El camino hacia el Desfiladero de la Hermida se abre poco a poco, y Cantabria empieza a mostrar su verdadero rostro. El asfalto serpentea entre montañas cubiertas de verde imposible. Prados húmedos, bosques espesos, rocas antiguas cubiertas de musgo. El aire se vuelve más limpio a cada kilómetro, más frío, más denso. Aquí la tierra no está domada. Solo tolera.

La sensación es extraña: cuanto más bello es el paisaje, más consciente eres de que no perteneces del todo. Cuando aparcas y bajas del coche, en el aparcamiento del balneario, lo notas al instante: la Umbra aquí no está sola.

Atraviesas el velo que separa ambos mundos mediante los espejos del vehículo, y una sensación inquietante y de hormigueo estomacal de invade. Una dimensión adyacente se derrama sobre la Umbra, como tinta en agua. Los límites son borrosos, inconsistentes. Colores que no deberían existir. Ecos de risas que no llegan a ser sonido. El aire vibra con una presencia viva, curiosa... y recelosa. ¿Qué es este misterioso lugar?

Cruzas, pero antes de abrir el portón enorme que separa la Cantabria salvaje del interior del balneario por la Umbra, te fijas en tus manos. Eres cristal: bordes definidos, reflejos duros, una geometría que no encaja con la fluidez brillante de tu alrededor. Cada paso tuyo hace que algo se tense del entorno. No te rechazan, pero te sienten. Como una nota discordante en una melodía antigua.

El balneario aparece ante ti como un tesoro medieval arrancado de una leyenda: piedra blanca, arcos imposibles, agua luminosa fluyendo en canales tallados con símbolos que se mueven cuando no los miras directamente. Es hermoso. Demasiado. Un lugar que promete sanación... y cobra precios que no siempre entiendes hasta que es tarde.

Das un paso más. Y antes de atravesar el umbral, una voz te envuelve, suave y firme a la vez, como si siempre hubiera estado ahí.


Nashira ya te estaba esperando.

11 de Ene 2026, 21:34:26 #33 Ultima modificación: 11 de Ene 2026, 21:36:37 por Mark
Observo mi alrededor con atención y suspicacia. Dejar el plano material, tangible, humano... Nunca me ha agradado demasiado a diferencia de otros de mis congéneres.

Si a esa fórmula la sumas una dimensión desconocida que se entrelaza con la Umbra, mala combinación.

Escucho la voz en mi cabeza y un escalofrío me recorre la médula, recuerdos cercanos de camino a la Media Luna.

-Acudo a ti en busca de claridad, Nashira -digo de manera solemne y respetuosa, juego en su terreno, muy lejos del mío- tanto por la visión de la espada y la batalla previa que me mostraste, como por los dramáticos sucesos que acaban de acontecer en el Dobra ¿Acaso pueden tener ambos alguna relación?¿Por qué me lo mostraste?

Miro a mí alrededor, pretendiendo sin mucha esperanza poder ver a la mujer. Seguramente esté de nuevo en mi cabeza y pueda hasta estar leyendo mis pensamientos.

-Nos han encargado investigar la explosión y por qué y cómo se produjo tal evento.

Camino despacio, con cautela, por ese entorno de fábula.

-Si te soy sincero, sabiendo lo que se, no confío mucho en mis congéneres locales para hallar respuestas, por eso acudo a ti.

15 de Ene 2026, 13:17:11 #34 Ultima modificación: 09 de Feb 2026, 22:58:29 por Maurick
La voz de Nashira no llega como un susurro íntimo, sino como una presión fría detrás del oído. No hay calor. No hay consuelo. Solo dirección.


El sendero a la derecha se abre ante ti, mostrándote un camino de baldosas amarillas montaña arriba, hacia lo que parece un promontorio natural. El Ensueño se abre ante ti como un cauce de musgo y bruma. La Umbra aquí no es solo Umbra: es la herida vieja del Peñasco Blanco, ese lugar donde lo feérico y lo espiritual se han pegado como dos pieles mal cosidas. Por momentos, el aire huele a tierra mojada y a perfume antiguo, y a la vez a ozono, como si algo eléctrico respirara entre los helechos.


Caminas, y tu propia presencia delata lo que eres. Un Morador de Cristal no encaja aquí: el Ensueño te nota como una arista, como una nota fuera de escala. Donde pisas, la belleza sigue siendo belleza... pero te mide. Te tolera. Como si el paisaje tuviera ojos. Entonces lo ves.

No es un claro cualquiera. Es un balneario imposible, levantado como un tesoro medieval: piedra clara y columnas talladas, tapices que ondean sin viento, fuentes que cantan con agua luminosa. Los árboles alrededor no son árboles: parecen estandartes vivos, y las flores tienen el brillo de las joyas cuando les da el sol. Cuando te acercas, vas escuchando el bullicio: aquí hay muchas personas. A mano izquierda accedes a un jardín tipo claustro. En el centro, se han cavado dos gigantescas tumbas, con losas de piedra tallada.

Allí, está todo el Peñasco Blanco. No te han invitado, lo sientes en los bordes del lugar, como una puerta que no termina de abrirse para ti. Aun así, Nashira te empuja con palabras que no admiten réplica.


A medida que avanzas, empiezas a distinguir rostros.

Gente que ya has visto... en otros escenarios, con otras luces. Aquí, sin embargo, van vestidos para una época que no es la tuya: algunos lucen trajes elegantes como diplomáticos; otros llevan sedas antiguas con bordados que parecen juramentos; otros, directamente, armaduras completas, como si el luto fuera un campo de batalla. Los peinados, las joyas, los broches... todo grita rango y linaje.

Ves a una mujer peinada con exceso, ornamental, como un retrato fuera de siglo, con un rostro de odio y asco que destila repulsión. Le acompaña un animal ridículamente pequeño, nervioso. A su lado, se encuentra un hombre adulto, de pelo negro casi rizado, con gafas de sol y una cazadora de cuero. A su lado, reconoces a Felipe de Marchal, hablando con un tipo de aspecto casi cadavérico, de larga melena canosa, y ojos amarillos brillantes.

Entre ellos reconoces figuras de la Media Luna. También ves a Terry, a Semyon, a Esteban de Haro... y a dos Garou que no te suenan, colocados como sombras al lado de los que mandan. Un hombre de aspecto tosco, calvo, y una mujer delgada, fibrosa, con el pelo recogido en una coleta. Sus ojos se mueven como los de un ratón en la oscuridad. El aire es hermoso, sí, pero la tensión es una cuerda tensada sobre un abismo.




Antes de que puedas dar un paso más, notas movimiento a tu izquierda: un hombre grande, barbudo, de barriga firme, con un aire germánico imposible de confundir, empieza a encaminarse hacia ti con decisión. No llega.

Una mano elegante lo toma del brazo como si fuera lo más natural del mundo y lo aparta, desviándolo con suavidad absoluta, sin discusión. Es una mujer de ojos claros y presencia afilada. Te arrastra hacia una zona más discreta, donde hay otros apartados del núcleo del Peñasco: gente que observa en vez de desfilar. Por el rabillo del ojo reconoces a la chica del piso de Henar, María, que habla con el tipo de la chupa de cuero y le susurra algo al oído mientras te alejas del lugar.

Monique te suelta, te mira de arriba abajo, y su voz sale baja, directa, con esa mezcla de juicio y sorpresa que duele más que un grito.


Su acento francés es muy característico. Va vestida con un traje de seda negro, con palabra de honor, y lleva unos zapatos elegantes decorados con hebillas de diamante. Clava sus ojos azules mientras espera una respuesta.

Observo mi entorno con suspicacia, siendo consciente de que no es mi lugar, no me siento cómodo.

Cuando observo el funeral me sorprende ver al triunvirato metálico. Guardo silencio en todo momento y me limito a observar y analizar el pintoresco escenario.

Cuando Monique se me acerca y me habla en privado, echo mano al interior de mi cazadora en busca de tabaco, sin encontrarlo. Siempre se me olvida las diferencias que se aplican al cambiar del mundo material a la Umbra y tuerzo el gesto.

-Dudo mucho que mi presencia agite más el avispero que la de los peces gordos de la Justicia Metálica, sinceramente -la digo señalando con la cabeza a mis jefes- aunque, ciertamente, no he sido invitado -suspiro.

Paseo la vista por el variopinto grupo ahí congregado.

-Si te puede servir de consuelo, he llegado hasta aquí de manera fortuita. Mi intención era hablar con Nashira, pero esta me ha guiado hasta aquí -me encojo de hombros- sin embargo, como Philodox, soy guardián de la Letanía, de las costumbres y, aunque no haya conocido en persona a Laro Lombera, sería un honor para mí rendirle mis respetos como merece un líder Garou -me cruzo de brazos y espero a la respuesta de la francesa.

Monique no aparta la mirada de tus ojos cuando hablas. No te discute el tono, pero sí el fondo. Aquí, en el Ensueño, las palabras pesan distinto: cada frase suena como si alguien la estuviera anotando en un libro que no has visto.


Monique inclina apenas la cabeza hacia el centro del jardín, hacia las losas, hacia la multitud vestida como si el duelo fuese un desfile de siglos. Notas como su olor, suave, afrutado, se acentúa con la vigorosa presencia etérea del lugar. Es casi... abrumadora.


Se acerca un paso más, lo suficiente para que su perfume —algo seco, elegante— se mezcle con la humedad del musgo.


Monique deja que tu frase sobre rendir respetos cuaje un instante. Luego, baja la voz.


Entonces sucede. Monique no gira la cabeza, pero sus ojos se mueven, finos. Un detalle en el borde de la escena: Esteban de Haro, inmóvil como una estatua con piel humana, se inclina hacia la mujer delgada de coleta. Le susurra algo con una calma quirúrgica. La mujer asiente una sola vez, y empieza a alejarse.

No corre. No se apresura. Se marcha como quien va a por aire... como quien pretende que su salida no significa nada. Monique te mira de nuevo. Sus dedos te rozan la manga, un gesto mínimo, de guía más que de afecto.


En el jardín, la mujer de coleta ya casi ha alcanzado la salida del claustro. Entre los asistentes, las miradas se clavan en Marco Trovianni, que se coloca delante de la losa de Laro y comienza a soltar un discurso.


La Philodox se acerca aún más a ti y te susurra algo. El mero roce de su aliento contra el lóbulo de tu oreja es suficiente para mandarte un escalofrío... agradable.


¿Qué es lo que vas a hacer, Mark?

🟦 Quedarte con Monique y «leer» el entierro: tragarte el discurso de Trovianni desde la zona lateral y dedicarte a observar quién llora de verdad, quién evita la losa, quién mira a Esteban, quién mira a Semyon. Sales con un mapa social claro... pero pierdes la oportunidad de moverte ahora. Obtendrás 1 dado adicional en la siguiente tirada que realices relacionada con el Peñasco Blanco.

🟨 Presentar respetos a Laro como Philodox: acercarte, reverencia breve, una frase medida. No buscas protagonismo: buscas reacción. Si alguien te corta el paso, si alguien te «perdona», si alguien te ignora, esa respuesta vale oro... pero te expones. Obtienes 1 punto adicional de Fuerza de Voluntad y toda la atención del Peñasco Blanco. Eso puede ser positivo... o no.

🟥 Aprovechar el foco y largarte tras la mujer de coleta: salir del claustro cuando todos miran a Trovianni, seguirla sin correr, sin dramatismo, mezclándote como si fueras parte del cortejo, y ver a dónde va y con quién se cruza. Es riesgo inmediato: si te cazan, no será una conversación. Será un «¿qué coño haces?» en mitad del luto. Para ello, supera una Tirada de Carisma + Sigilo a Dificultad 7; con éxito, logras ver qué es lo que hace la mujer de coleta.

Escucho las palabras de Monique en silencio, con respeto. Hasta el momento, me parece de las pocas personas que me he encontrado que no parece una energúmena o una desquiciada. Creo que no es casualidad que sea una "extranjera" como yo.

Cuando veo a la chica de la coleta, la sigo brevemente por el rabillo del ojo, pero no puedo evitar alzar las cejas al ver a Marco Trovianni aparecer en escena. No por la propia escena en sí misma, algo lógico y protocolario estando en la situación en la que me encuentro, sino por por su propia presencia ¿No se supone que Kara llevaba a Micky junto a Alberto ante él? Imagino que traten con alguno de sus subordinados, aunque esto confirma que Kara tiene tanta idea o menos que yo de lo que se anda cociendo alrededor nuestro.

Dudo mucho que de saber que me iba a enviar a un acto institucional del Peñasco Blanco, lo hubiera echo, igual que no sabía, por consiguiente, dónde se encontraba realmente Marco Trovianni, el nuevo líder del Peñasco Blanco.

Cita de: Maurick en 17 de Ene 2026, 01:13:02
¿Qué es lo que vas a hacer, Mark?

🟦 Quedarte con Monique y «leer» el entierro: tragarte el discurso de Trovianni desde la zona lateral y dedicarte a observar quién llora de verdad, quién evita la losa, quién mira a Esteban, quién mira a Semyon. Sales con un mapa social claro... pero pierdes la oportunidad de moverte ahora. Obtendrás 1 dado adicional en la siguiente tirada que realices relacionada con el Peñasco Blanco.

-Agradezco la alternativa que me das, pero creo que me mantendré al amparo del Arce Verde -la dedico una fugaz medio sonrisa- no quiero importunar ahora al nuevo líder, tendré tiempo después para presentar mis respetos al antiguo.

Me mantengo ahí, junto a ella, atento a las reacciones de los presentes, como un espectador mudo. He venido a obtener información y si esto no va a poder ser dialéctico, que al menos sea por el momento gestual, ya habrá tiempo para lo demás. Considero que «leer» el entierro es ahora mismo la opción más lógica, además de mantener un perfil bajo siendo las circunstancias que son.

Cita de: Mark en 17 de Ene 2026, 12:16:32🟦 Quedarte con Monique y «leer» el entierro: tragarte el discurso de Trovianni desde la zona lateral y dedicarte a observar quién llora de verdad, quién evita la losa, quién mira a Esteban, quién mira a Semyon. Sales con un mapa social claro... pero pierdes la oportunidad de moverte ahora. Obtendrás 1 dado adicional en la siguiente tirada que realices relacionada con el Peñasco Blanco.

La voz de Trovianni no necesita imponerse, ya lo hace el lugar. En el jardín-claustro, las fuentes cantan con agua luminosa, pero hoy su música suena como un susurro a destiempo. El aire huele a musgo mojado, a incienso viejo y a hierro. Las dos losas —Laro y Henar— parecen demasiado grandes incluso para este Ensueño de tapices y columnas. Como si la muerte hubiera obligado al sueño a agrandarse para poder tragarla.

Marco Trovianni avanza un paso, se detiene frente a la losa de Laro, y cuando habla su voz se extiende como si estuviera acostumbrada a salas con techo alto.


Se inclina apenas hacia la losa, como si pronunciara un juramento sin decirlo.


Mark, lo notas sin necesidad de mirarlo: Trovianni elige cada palabra como si ya estuviera redactando una versión oficial. Un epitafio que sirve para llorar y para gobernar. A tu lado, Monique no se mueve. Solo observa, con ese rostro de diplomacia fría. Te tiene cerca, como a un invitado incómodo que conviene tener bien colocado. Trovianni continúa, y el tono cambia. Ya no habla solo de Laro. Habla de futuro.


Señala con un gesto suave, casi elegante, como quien nombra instituciones y no personas.


No todos asienten. Lo notas por la tensión que cambia de sitio, como una corriente subterránea. Un murmullo nace en la multitud: un «¿por qué él?», un «¿quién le ha elegido?», un «Laro no habría...», cosas dichas entre dientes, con dolor convertido en rabia.

Entonces, desde un lateral, se acercan a la losa varios individuos de aspecto rudo y salvaje, que no encajan en la estética de aquí. Su ropa parece de otra estación del mundo: tejidos claros, adornos extraños, símbolos que recuerdan a mares y volcanes. Van en silencio, dejan algo simbólico sobre la piedra, y retroceden sin mirar a Trovianni. Monique te roza la manga con los dedos, mínimo.


El murmullo crece. Y en ese momento, Esteban de Haro da un paso al frente. No necesita alzar la voz. Su presencia ya es una orden. Se coloca como si el claustro fuese un estrado, y por un instante el Ensueño parece escucharle a él, no a Trovianni.


Algunos lo miran con odio abierto. Otros con ese tipo de prudencia que solo existe cuando el poder muerde.


Esteban no pide perdón. No ofrece cariño. Ofrece un marco.


El aire se carga. Y no solo por los Garou. Entre los asistentes, Mark... ves movimiento feérico, y se te eriza la piel como si la realidad tuviera electricidad estática. No son «gente» como los demás: son figuras de fábula mal encajada en funeral. Un tipo cornudo con sonrisa amarga y ojos de borrachera triste. Una mujer de belleza imposible que no parpadea como si el duelo no le perteneciera. Un enano de manos manchadas de grasa y metal que mira la losa como quien calcula engranajes. Otros... demasiado hermosos, demasiado raros, demasiado vivos para estar aquí sin rechinar.

Y están cabreados. No gritan. Pero el Ensueño alrededor se crispa, como si el lugar no aceptara que conviertan un entierro en proclamación. Monique aprieta tu brazo.


Te tira con suavidad firme, intentando sacarte de la línea de visión de los grandes... y de los resentidos. No llegáis lejos. El barbudo de antes —barriga dura, barba pesada, presencia de una roca— os corta el paso sin prisa, como quien pone una puerta donde antes no había nada. No lleva arma en la mano. No la necesita.

Te mira primero a ti. Luego a Monique. Luego vuelve a ti, como si decidiera que la cortesía ya se gastó.


Su mirada se te clava. Su insulto se te clava en la parte de atrás del cuello.


Monique no suelta tu brazo. Pero tampoco habla por ti. Y de pronto, Mark, entiendes lo que significa estar «al amparo» del Arce Verde: no es protección. Es estar en mitad del tablero... con una mano elegante sujetándote para que no te muevas mal.

Karlos te espera. La pregunta se queda abierta, afilada, delante de todos los silencios del entierro.

Observo unos instantes al grandullón. El insulto me da igual, pero acabar en una trifulca si. No desvío la mirada de Karlos, no por desafío, sino por mostrar franqueza antes de responder.

-Alguien tenía que estar al otro lado de la mesa y me tocó a mi -espero unos segundos antes de continuar- vine por equivocación, como he explicado a Monique, pero una vez aquí, he querido esperar para presentar mis respetos a quien fue el líder del Peñasco Blanco. No conocí a Laro Lombera y aunque las circunstancias no han sido las más propicias, no quita para cumplir la Letanía y honrar a un líder Garou.

No espero que la sinceridad le baste, pues seguramente quiera que sea el objetivo de toda su rabia contenida y su frustración, pero al menos, me sentiré ligeramente mejor después de que me rompan algún que otro hueso.

19 de Ene 2026, 00:16:29 #40 Ultima modificación: 19 de Ene 2026, 00:19:15 por Maurick
Karlos no te aparta la mirada. Tampoco avanza. Sus hombros están tensos como si llevara horas conteniéndose, y cuando habla no eleva la voz... pero cada palabra sale con rabia vieja, de esa que no necesita gritar.

Cita de: Mark en 18 de Ene 2026, 22:07:08No conocí a Laro Lombera y aunque las circunstancias no han sido las más propicias, no quita para cumplir la Letanía y honrar a un líder Garou


Aprieta los dientes. Se pasa una mano por la barba, nervioso, como si necesitara agarrarse a algo físico para no perder el control.


Da un paso lateral, no hacia ti, sino hacia la losa de Laro. La señala sin tocarla.


Te mira de nuevo, ahora sí, y de frente. Puedes notar como Terry, Semyon, Trovianni y Esteban posan su mirada sobre el griterío que está surgiendo del pasillo de entrada.


Se acerca lo justo para que su voz solo sea tuya.


Se detiene. Respira hondo. Cuando habla de nuevo, no hay amenaza. Hay cansancio.

Cita de: Mark en 18 de Ene 2026, 22:07:08-Alguien tenía que estar al otro lado de la mesa y me tocó a mi -espero unos segundos antes de continuar- vine por equivocación, como he explicado a Monique


Alguien aparece a su lado y le agarra del brazo. Puedes ver que es una chica de ojos oscuros, de ascendencia quizás mejicana, con el pelo largo y lacio, oscuro, y vestida con lo que parece un traje cubista de tela sólida.


Desde el rabillo del ojo notas a Monique tensa. El entierro se queda en silencio, pero alrededor vuestro el aire está cargado, espeso, como antes de una tormenta.

Karlos se aparta medio paso, a regañadientes. Te deja espacio. Te deja elegir.

¿Qué vas a hacer, Mark?

🟦 Marcharte con Monique y salir del foco: Aceptar que aquí no vas a sacar más sin romper algo. Dejar que Karlos se quede con su rabia y usar la cobertura del Arce Verde para salir del entierro sin incidentes. Obtendrás la oportunidad de afianzar una relación cordial con Monique.

🟨 Quedarte y hablar con los Zarpas de Teluria: Aprovechar la grieta abierta por Karlos para hablar con los que también desconfían del nuevo orden. No buscas aliados: buscas testigos. Obtendrás la oportunidad de afianzar una relación con una manada del Peñasco Blanco.

🟥 Acusar a Micky el Mocos como culpable: Micky sabía mucho, y sabía dónde mirar. Quizás es columpiarte demasiado, pero esto te va a librar de toda la atención que tienes ahora. Soltar la bomba en mitad del luto. Sin pruebas, sin red. Forzar a todos a reaccionar ahora. Darás a la Justicia Metálica y al Trono de Cibeles el cabeza de turco que necesitan, aún a costa de equivocarte. No sólo eso, si no que lo soltarás sin contar con Kara, ni con nadie más. No obstante, crees que podrás cerrar este capítulo de tu vida.

Observo unos instantes al Zarpa de Teluria. El dolor que emana de él, es mayor que su rabia, pues esta solo es una proyección de las hondas heridas emocionales que tiene. Su dolor, hace que de él brote una amarga sinceridad.

Yo también des confío del nuevo orden, no me gustan los métodos de la Justicia Metálica, pero no es ni el momento ni el lugar para hablar de tales cuestiones. Ya habrá otro momento, quizás.

Cita de: Maurick en 19 de Ene 2026, 00:16:29

-Puede que ambas cosas... -le digo antes de seguir a Monique fuera del entierro sin forzar algún desafortunado incidente.

Cita de: Maurick en 19 de Ene 2026, 00:16:29🟦 Marcharte con Monique y salir del foco: Aceptar que aquí no vas a sacar más sin romper algo. Dejar que Karlos se quede con su rabia y usar la cobertura del Arce Verde para salir del entierro sin incidentes. Obtendrás la oportunidad de afianzar una relación cordial con Monique.

No debía estar aquí. Ha sido un fallo de cálculo pero, una vez ya dentro de todo esto, sería un error rotundo llegar a estirar la situación hasta alcanzar un punto crítico. Hablar de más tampoco, pues demasiados oídos indiscretos danzan alrededor.

Cita de: Maurick en 15 de Ene 2026, 13:17:11

Una vez fuera, debo buscar de nuevo a Nashira.

El jardín-claustro queda atrás como si el propio lugar respirara aliviado al verte marchar. Los presentes continúan con su luto, aunque cruzas miradas con Terry McCoil, que te dedica una que podrías decir como «asesina». Monique te agarra del brazo y te acompaña, no sabes muy bien por qué. A cada paso, el balneario imposible se va desdibujando en tu mirada: las fuentes que cantaban con agua luminosa, los tapices que ondeaban sin viento, las flores con brillo de gema... todo eso se encoge, se repliega, como una boca que vuelve a cerrarse.


Y, sin embargo, el silencio que lo sustituye no es paz. Es presión. Monique te guía sin prisa, pero sin duda. No te tira del brazo. No hace falta. Va a tu lado con la seguridad de quien sabe dónde pisa incluso cuando el suelo decide cambiar de idea. La senda nace detrás de unos cipreses que no deberían estar ahí —demasiado altos, demasiado rectos, demasiado «de cuento»— y se convierte en un camino de montaña que no existe en el mundo real. No es una metáfora: literalmente no existe.

La ladera cae hacia un valle verde que parece Cantabria... hasta que te fijas demasiado y ves que el verde tiene capas, como si alguien hubiera pintado encima del paisaje varias veces a lo largo de siglos. Un mismo árbol, tres edades distintas superpuestas. Un mismo río, dos direcciones a la vez. Una bruma que huele a hierba y a perfume antiguo, y de fondo ese ozono tenue, eléctrico, como si el aire tuviera memoria. Monique camina con el porte de alguien que ha aprendido a no pedir permiso a los espacios.


El tono es sereno. No cariñoso. No hostil. Más bien... cansado con clase. Pasan unos metros antes de que continúe. El camino se estrecha junto a un muro de piedra cubierto de musgo, pero el musgo no es exactamente musgo: por momentos parece terciopelo, por momentos piel de fruta, por momentos pelo fino que se eriza cuando pasas.


La palabra no suena a elogio.


El camino gira y, de repente, el balneario que parecía enorme queda a tu espalda como un juguete brillante entre árboles demasiado perfectos. Te pasa algo incómodo: por un segundo, te parece que la montaña por la que caminas es demasiado pequeña para haber contenido ese lugar. Como si hubieras dado un rodeo alrededor de una maqueta... y aun así tus piernas juran que han caminado una eternidad. Monique nota tu mirada, el gesto mínimo. Por momentos el aire trae risas lejanas que no pertenecen a nadie visible. Por momentos, algo corre entre los helechos y solo ves una cola de sombra. Por momentos, las rocas parecen talladas a mano, como si una civilización antigua hubiera querido embellecer hasta el borde del sendero. Monique suelta el aire despacio, como si se permitiera una confesión pequeña, una grieta controlada.


No lo dice como quien se evade, lo dice como quien se agarra a algo que le permite respirar. Te mira otra vez, y esta vez hay algo que no es vulnerabilidad; es lucidez.


No remarca nada y no dramatiza. No parece que espere comprensión. Te lo suelta como quien deja una moneda en una mesa: para que quede claro que existe.


La frase se queda contigo más de lo que te gustaría. El camino empieza a descender y, sin aviso, el paisaje se ordena. No se vuelve «real», pero sí más reconocible: prados húmedos, laderas verdes, el dibujo de un valle que se parece al real... aunque con una saturación imposible, como si alguien hubiera subido el contraste del mundo. Y entonces lo ves: Corrales de Buelna, el mismo pueblo que visitaste hace unos días, antes de lo del Dobra. Como un reflejo embellecido y ligeramente cruel. Las casas parecen más antiguas, los tejados más inclinados, las farolas como varas de hierro forjado. Incluso el aire tiene una presencia distinta, como si cada esquina guardara un secreto que no se molesta en esconder.

Monique frena un poco, y tú también, porque algo en el suelo te ha avisado: baldosas. Amarillas, sí. Las mismas de antes... pero ahora lo entiendes mejor, no son solo amarillas. Brillan, y bajo ese brillo hay vetas frías de plata. La notas al primer paso como un pinchazo fino en los huesos. No es un dolor que te rompa, pero sí uno que te recuerda lo que eres y lo que no deberías tocar. Como si el camino te tolerara, pero al mismo tiempo te pusiera una mano en el pecho: no te equivoques. Ella no pisa esas baldosas con la misma reacción que tú. Eso también es un recordatorio.


Levantas la vista siguiendo la línea del camino, y entonces aparece. Al fondo, más allá de Corrales, clavada contra la montaña como una amenaza elegante: una torre negra. Piedra maciza, con ventanucos pequeños, con un perfil demasiado recto para ser natural y demasiado antiguo para ser moderno. No parece ruinosa; parece... deliberada. Como si la hubieran construido para resistir no el tiempo, sino la voluntad de los demás. Emana poder sin exhibicionismo. Simplemente está ahí, y el mundo alrededor se comporta como si supiera que debe respetarla. Monique se detiene a tu lado..


Su acento francés te provoca una inquietud en la nuca. Hay algo en su pronunciación que tiene una carga emocional que eres incapaz de reconocer, pero antes de que puedas responder, la presión fría vuelve a aparecer detrás de tu oído. No es una voz en el aire. Monique te sonríe y se marcha hacia el interior del pueblo. Tú, notas una voz en tu mente.


La torre negra te espera, inmóvil, como si hubiera estado allí desde antes de que el mundo tuviera nombres.

23 de Ene 2026, 11:11:12 #43 Ultima modificación: 25 de Ene 2026, 20:22:54 por Mark
Observo a Monique alejarse hacia el pueblo unos instantes. Vuelvo a echar mano al interior de mi cazadora en busca de tabaco, por costumbre, sonriendo de medio lado al darme cuenta de que aquí sigo sin tener mi fuente de adicción.

Me giro hacia la oscura torre, notando de nuevo la voz de Nashira en el interior de mi cabeza.

-¿Qué sitio es este? -no lo digo con palabras, se que no son necesarias.

Entro a la torre, despacio, sin prisa. Observando el suelo que piso, las escaleras por las que asciendo, los detalles de las paredes. Soy consciente de que estoy ante un lugar excepcional, único e importante de un modo u otro para el Peñasco Blanco.

-Como te dije al llegar a este plano, acudo a ti en busca de claridad -digo a la voz de mi cabeza mientras me interno en el edificio de ensueño- tanto por la visión de la espada y la batalla previa que me mostraste, como por los dramáticos sucesos que acaban de acontecer en el Dobra ¿Acaso pueden tener ambos alguna relación?¿Por qué me lo mostraste? Como me sugeriste, me he fijado en quien y no se ha atrevido a llorar, aunque por desgracia, a pocos podía reconocer.

Observo la arquitectura del interior una vez dentro.

-Como también te dije, nos han encargado investigar la explosión y por qué y cómo se produjo tal evento -me paro unos instantes- a pesar de que, con razón, la mayoría de miembros del Peñasco Blanco desconfíen de nuestras intenciones con la investigación, te puedo asegurar, al menos por mi parte, que deseo que se haga justicia.

Camino despacio por ese entorno de fábula.

-Como Philodox en el mundo Garou y como policía en el mundo humano, es mi deber esclarecer los hechos y alcanzar la verdad, guste o no a mis superiores.

Aprieto la mandíbula y miro a mí alrededor, con la esperanza vaga de ver a mi interlocutora.

-Te agradecería claridad y sinceridad por una vez desde que abandoné Los Ángeles, pues hasta ahora, todo han sido medio verdades o verdades veladas. En caso de no poder ser así, no te exijo nada, simplemente, no me respondas y volveré sobre mis pasos.

La torre te recibe sin ceremonia. No hay puertas que chirríen ni antorchas dramáticas: solo piedra negra, húmeda, con vetas que parecen raíces petrificadas. El aire aquí no huele a moho, huele a promesa vieja. Cada peldaño que subes te devuelve una sensación amarga, como si la plata bajo la pintura amarilla siguiera ahí, escondida, recordándote que el Ensueño tolera... pero no olvida. No la ves. Pero la sientes cuando dejas de buscarla.

La voz vuelve a entrar detrás de tu oído, sin calor, sin teatro. Como una mano fría cerrando un libro.


El interior se estrecha de pronto. No físicamente: en el sentido en que un juramento estrecha el pecho cuando sabes que vas a cumplirlo aunque te cueste.


La escalera te lleva a una estancia circular sin ventanas. En el centro hay un cuenco vacío de metal oscuro, antiguo, sin brillo. No hay mesa, no hay silla. Solo ese cuenco y el eco de tus propios pasos, como si la torre quisiera oírte caminar para decidir cuánto pesas.


La pausa que sigue no es dramática, es necesaria.


Y por un segundo la torre te muestra lo que muestra siempre: no una escena completa, sino la forma de la escena. Un patrón.
No ves el Dobra. Ves el instante antes de que el mundo se rompa: el aire cargándose como cuando va a caer una tormenta. Un filamento de plata vibrando bajo la piel del lugar. La sensación de que algo «encaja»... como encaja una pieza en su ranura. Luego, la explosión no como fuego: como una apertura brusca, una boca arrancada de cuajo. La voz baja, casi como si la torre tuviera paredes por dentro de tu cráneo.


Te mareas. Demasiadas palabras que no surgen de una boca, surgen de tu mente. No te da nombres. No te los regala. Pero te deja algo peor: una certeza incómoda. Que tu investigación no está persiguiendo un monstruo suelto. Está mirando un tablero donde cada facción intenta llegar la primera a una conclusión útil.


El cuenco del centro emite un sonido mínimo, como si algo invisible hubiese caído dentro. No ves nada, pero el aire cambia: más denso, más real. Y entonces, por primera vez, la voz suena casi... humana. No amable. Solo humana.


La torre se te hace estrecha otra vez, como si te apretara las costillas por dentro.


La presión desaparece de golpe, dejándote con el silencio y el cuenco vacío, como si la torre hubiera terminado de hablar y ahora te tocara a ti decidir si la «claridad» que pedías era valentía... o solo un modo elegante de pedir permiso. Nashira aguarda por tu respuesta.

Debes decidir si perder 1 Punto permanente de Gnosis a cambio del artefacto que te ha descrito Nashira.