Episodio 2 — Bilbao

Iniciado por Maurick, 01 de Mar 2026, 11:29:46

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Escucho lo que Monique me dice. Mantengo las manos sobre la mesa, tomando de vez en cuando el vaso de café para darle un sorbo.

Razón no la falta y opino igual, pero lo que ella o yo opinemos, de poco va a servir. No tomamos las decisiones, cumplimos con las decisiones de otros y si en el proceso podemos hacerlo evitando el mayor número de daño, será nuestro único consuelo.

La afirmación de que se irá tras nuestra reunión hace que me relaje un poco. Al menos parte del objetivo de mi reunión se ha cumplido, saber que estará a salvo si todo se desencadena en violencia.

No aparto la mano cuando me la acaricia, pero si frunzo el ceño como reacción involuntaria.

-¿Qué importa lo que nosotros opinemos? -me encojo de hombros- hay decisiones que se escapan a nuestro control... ¿Mi decisión? Cumplir con las ordenes y buscar el mal menor en lo que acontezca si me es posible ¿Qué si no? ¿Qué otra opción hay? ¿Traición? ¿Deserción? -suspiro y relajo el cuerpo en el respaldo de la silla- si yo no estoy donde estoy ahora, otro ocupará mi puesto, quizás... Probablemente... Con menos escrúpulos... -señalo con la cabeza hacia afuera- a ninguno de nosotros nos gusta gran parte de lo que hacemos, pero alguien tiene que hacerlo... Cambiar las cosas desde dentro... Poco a poco, paso a paso... ¿Desde fuera? ¿Como os está yendo?

Sonrio de medio lado no con sorna, no con alegría, sino con amargura.

-Johnny Towers... No conozco sus pecados ni sus virtudes, pero si se que es un cobarde que ha dejado a su clan atrás -doy un nuevo sorbo al negro líquido- ¿Quizás para buscar apoyos y reclamar la libertad que considera que han perdido? Si bueno... Pero mientras, a salvo... Sin esos impresentables de Cibeles soplando su nuca y midiendo sus pasos como ahora está todo su querido clan... -miro a Monique a los ojos- me he reunido contigo para ver si es posible una solución pacífica, una negociación... Un algo que evite más derramamiento de sangre garou... Si no es así, poco margen tendremos.

Monique sólo deja que tus palabras ocupen el espacio entre ambos mientras la cafetería continúa funcionando alrededor, indiferente a la forma en que una guerra puede empezar sobre una mesa pequeña, entre un café con hielo y una taza intacta. Cuando terminas, baja la mirada un instante hacia vuestras manos.


Lo dice en voz baja. No como una burla. Tampoco como una aprobación.


Retira la mano despacio. Sus dedos dejan de tocarte sin brusquedad, como si también quisiera retirarse de algo más que de la conversación.


Monique coge la taza de café. Esta vez bebe, aunque no parece disfrutarlo.


Fuera, tras el cristal, un coche pasa demasiado despacio. Luego otro. La luz de la mañana se refleja en los parabrisas, en los azulejos claros, en el borde metálico de la barra. Monique deja unas monedas junto al plato.


No termina la frase enseguida. Se levanta con calma, recogiendo su bolso del respaldo de la silla.


Pasa junto a ti sin prisa. Al hacerlo, te dedica una última mirada, sin reproche, pero sin cariño. Es algo intermedio, más difícil de ordenar.


La puerta de la cafetería se abre y deja entrar una bocanada de aire caliente, cargada de tráfico, pan recién hecho y humo viejo. Monique sale a la acera, y durante un segundo, todo parece vulgar. La camarera recoge una taza. El hombre del periódico pasa otra página. En la calle, una mujer tira de un niño que no quiere andar. El sol aplasta los cristales de los coches aparcados y convierte la humedad de agosto en una capa pegajosa sobre la piel.

Entonces ves la furgoneta. No debería llamarte la atención tan deprisa. Es gris, vieja, con la pintura gastada en los laterales y una abolladura oscura junto al paso de rueda. Podría ser una furgoneta de reparto más, otro trasto urbano cargado de herramientas, cajas o trabajadores cansados. Pero no lo es: la reconoces. La misma furgoneta. La que viste ayer. La que acompañaba a Apolo y a aquellos hombres de mirada quieta cuando os entregaron la mochila, el lector y los dispositivos. Aparece desde la esquina con demasiada decisión y no frena donde debería.

Se cruza entre el coche de Kara y Vytalian y la acera justo cuando Monique empieza a caminar hacia el paso de peatones. La maniobra no es limpia, pero sí rápida. Alguien pita con el claxon a toda hostia, y se escucha un insulto en euskera. La puerta lateral se desliza con un golpe seco de metal. Monique gira la cabeza mientras dos hombres bajan de la parte trasera. No parecen nerviosos, eso es lo peor. Uno lleva una chaqueta de trabajo azul. El otro, una camisa clara con las mangas remangadas. Ambos tienen la misma quietud artificial que recuerdas de ayer, esa forma de sonreír sin que los ojos participen.

El primero levanta una pistola neumática: eEl disparo no suena como una pistola. Suena como un golpe breve de aire comprimido. El dardo se clava en el cuello de Monique. Ella retrocede un paso, más sorprendida que herida, y su mano sube de inmediato hacia la pequeña varilla que sobresale bajo la mandíbula. El segundo hombre dispara casi al mismo tiempo. Otro dardo se hunde en su brazo, cerca del hombro. Monique intenta moverse. Durante una fracción de segundo parece que va a conseguirlo. Sus hombros se tensan, su mandíbula se endurece, y hay algo en su mirada que deja claro que no ha olvidado cómo se responde a una agresión. El tercer dardo le golpea en el costado, y ahí su cuerpo falla. No cae de golpe. Las rodillas le ceden primero, como si alguien hubiese cortado un cable interno. Se agarra al marco de la furgoneta con una mano, arranca medio paso, intenta apoyarse en la puerta abierta de un coche aparcado.

Tú reaccionas a toda velocidad. Si lo que ha pasado ha sido en segundos, tú tardas milisegundos en salir a la calle e intentar plantar cara a sos malandrines, pero entonces aparece Apolo. Baja desde el asiento del copiloto con una calma pesada, brutal, ocupando la calle como si la calle le perteneciera. Botas de combate. Vaqueros. Chaqueta de cuero gastada. Hombros demasiado anchos. Cabeza rapada al uno. Nariz rota, labios gruesos, barba de varios días y esa mirada dura que no busca pelea porque ya la trae dentro. No mira a Monique primero. Te mira a ti, en plena calle, delante de todo el mundo que está flipando en colores. Grita algo a sus esbirros, y rodea a Monique por la espalda y la sujeta antes de que termine de desplomarse. No hay delicadeza en el gesto. Sólo fuerza. Una mano en el torso, otra bajo el brazo, levantándola como si no pesara nada.


Su voz no necesita alzarse para llegar hasta ti. Iclina un poco la cabeza. Sus ojos no se apartan de los tuyos.


Empuja a Monique dentro de la furgoneta. Uno de los hombres cierra la puerta lateral de golpe. El sonido corta la calle como una losa metálica. El motor ruge. Desde fuera, el coche de Kara cobra vida al mismo tiempo, pero la furgoneta ya está atravesada en mitad de la calle, usando su propio cuerpo como muro. Vytalian abre la puerta trasera de un tirón. Kara gira el volante, buscando ángulo entre un turismo mal aparcado y una moto que acaba de caer al suelo por el caos. Los esbirros de Apolo sacan armas de fuego y empiezan a disparar sobre vuestro vehículo.

La furgoneta arranca y empieza a moverse a toda velocidad. Vytalian te grita que te metas en el coche.

¿Qué vas a hacer, Mark?

La rabia bulle en mi interior. Con rapidez, propia de quien ya ha estado en situaciones similares, observo la escena de la fuga y por instinto, echo mano a mi cartuchera, dispuesto a sacar mi arma e intentar reventar una de las ruedas traseras de la furgoneta.

Si disparo y consigo detenerles ¿Qué ocurrirá? ¿Rasgaría el Velo? ¿Morirían civiles?

Los gritos de Vytalian me hace romper esos breves instantes de pensamientos caóticos. Aprieto la mandíbula con fuerza y relajo la mano de la cartuchera, para rápidamente cruzar la distancia que me separa de nuestro coche, saltando por encima del motorista tirado en el suelo y evitando por gracia de Gaia los disparos de los secuestradores.

Me meto con un fuerte portazo en el asiento del copiloto.

-Aprieta el acelerador y demos caza a esos hijos de la gran puta... -digo a Kara sin apartar la mirada de la furgoneta en donde se encuentra mi amiga.

01 de Jul 2026, 00:12:58 #48 Ultima modificación: 01 de Jul 2026, 00:17:25 por Maurick
En cuanto abres la puerta del copiloto y entras en el coche, ella ya tiene una mano en el cambio de marchas y la otra cerrada sobre el volante. Vytalian se mete detrás con un golpe seco, medio cuerpo todavía fuera cuando el coche empieza a moverse. La puerta trasera se cierra de un portazo.


Kara pisa el acelerador. El coche sale disparado desde el bordillo con un chirrido de neumáticos que corta los gritos de la calle. El motorista que habías saltado se arrastra hacia la acera. La camarera de la cafetería se queda en la puerta con las manos contra el pecho. Alguien suelta una maldición. Alguien más apunta con el dedo hacia la furgoneta gris. La furgoneta ya ha ganado unos metros. Se abre paso a golpes, no con elegancia. Sube una rueda al bordillo, arranca el espejo retrovisor de un turismo aparcado y obliga a un coche pequeño a frenar en seco. La puerta lateral termina de cerrarse con otro golpe de metal. Por un instante, a través del cristal trasero, ves un movimiento dentro. Un brazo. Un cuerpo desplomado.

La rusa gira el volante y el coche entra en la calle estrecha detrás de ellos. Los portales pasan a ambos lados como manchas oscuras. Persianas metálicas, balcones bajos, ropa tendida, un escaparate de alimentación, una farola demasiado cerca. La furgoneta ocupa el centro de la calzada y os obliga a seguir su ritmo, como si quisiera arrastraros dentro de su propia maniobra. Desde la parte trasera del vehículo, uno de los hombres de Apolo asoma medio cuerpo. Os apunta con un arma similar a un AK47, y abre fuego. El capó de vuestro coche se come todas las balas, reventando los focos delanteros, pero los impactos arañan suavemente la luna del vehículo. Kara ni siquiera parpadea.


El ruso baja la ventanilla trasera, saca el brazo y apunta con su propia arma, abriendo fuego sobre el miserable que os está agrediendo. A ambos lados hay demasiada gente. Un anciano en la puerta de una panadería. Dos chavales con mochilas. Una mujer empujando un carrito. Un hombre que acaba de salir de un portal con una bolsa de basura y se queda inmóvil al ver los dos vehículos devorando la calle. El Velo no se rompe por un disparo, claro que no. La furgoneta gira bruscamente a la derecha, derrapando sobre una mancha de aceite. La parte trasera golpea un contenedor y lo lanza contra la calzada. Bolsas negras revientan bajo las ruedas. Cristal, basura y plástico se esparcen como metralla pobre. Muerde el espacio entre el contenedor volcado y un coche mal aparcado, tan cerca que el retrovisor del lado derecho se parte contra una señal de tráfico. El golpe sacude el vehículo. Vytalian se estrella contra la puerta trasera y suelta una blasfemia en ruso.


Kara le contesta sin quitar la vista de la carretera. Habla muy concentrada.


La furgoneta alcanza una vía más ancha. Por un momento parece que va a escapar entre el tráfico de la mañana, pero un autobús urbano cruza lentamente por delante y obliga a Apolo a desviarse hacia una calle paralela. El conductor de la furgoneta elige el hueco imposible entre el autobús y una hilera de coches aparcados. Kara lo sigue. El metal protesta. El coche roza una defensa, salta sobre un badén y cae con violencia. La suspensión cruje. El olor a goma quemada entra por las rendijas. A lo lejos empieza a abrirse la salida del barrio. Más luz. Más carriles. Menos peatones. La furgoneta lo sabe y acelera. Atraviesa una intersección en ámbar cuando ya debería haberse detenido. Un claxon largo, furioso, os muerde desde la izquierda. Kara cruza detrás, por muy poco, y durante una fracción de segundo el lateral de un camión llena toda la ventanilla de Vytalian.

El ruso deja de insultar. Eso, de algún modo, resulta más preocupante. La furgoneta emboca al fin la carretera de salida hacia Getxo. El tráfico se estira. La ciudad deja de ser un laberinto de calles estrechas y se convierte en una cinta de asfalto, señales, guardarraíles y coches que no entienden todavía que se han convertido en obstáculos dentro de una cacería. Kara pega el coche al carril izquierdo. La furgoneta gana velocidad. Entonces suena el móvil: no el tuyo. El de Kara. El aparato vibra sobre la consola central, golpeando el plástico con una insistencia seca. En la pantalla aparece un nombre: Semyon. Kara no aparta la vista de la carretera.


Vytalian se inclina entre los asientos, agarra el teléfono y responde sin quitar los ojos de la furgoneta.


Al otro lado hay un segundo de silencio.

Luego la voz de Semyon entra por el altavoz, fría sólo en la superficie. Debajo hay algo mucho más duro.


Vytalian mira hacia la furgoneta. Aprieta la mandíbula, y responde en ruso.


Esta vez el silencio es distinto: no es una sorpresa. Es cálculo.


Kara oye la pregunta. Sus dedos se cierran un poco más sobre el volante. No estás entendiendo una puta mierda. No ha preguntado por qué una furgoneta del Trono de Cibeles acaba de secuestrar a una negociadora del Arce Verde en mitad de Bilbao. ¿O sí? ¿Qué cojones está pasando?


La velocidad a la que vas hace que te marees durante un momento. Al otro lado, Semyon respira una sola vez.


Kara no levanta el pie. La furgoneta cambia de carril delante de vosotros, rozando el frontal de un turismo. El conductor del turismo frena, pierde el control durante un instante y obliga a Kara a corregir la trayectoria con un giro seco que te pega contra la puerta. La carretera hacia Getxo se abre delante. La furgoneta gris avanza entre los coches, cada vez más rápida, cada vez más lejos de la cafetería, de la mesa, del café con hielo y de la última frase de Monique. Semyon continúa al otro lado.


Vytalian alza la vista hacia el retrovisor interior. Durante un instante, sus ojos se cruzan con los tuyos. Kara sigue conduciendo. Pero ahora ya no mira sólo la furgoneta. Te mira de reojo, apenas un segundo, lo justo para que entiendas lo que está pasando.


¿Qué vas a hacer, Mark?

01 de Jul 2026, 00:37:41 #49 Ultima modificación: 01 de Jul 2026, 01:02:20 por Mark


La rabia bulle en mi cabeza durante la persecución. Los disparos, los giros de volante bruscos... La visión de tunel vuelve a mí desde los lejanos desiertos de Oriente Medio.

Mi mirada no deja escapar la furgoneta, como si de una detestable presa se tratase. Mi calma, mis nervios de acero, se van resquebrajando a ritmos acelerados.

La mirada de Monique antes de irse. Mi orgullo y mi lealtad me impedían darla la razón que en mi interior sabía que tenía. La violencia nunca termina, nunca terminará, por muy buenas intenciones que tengamos. Solo somos peones de ajedrez.

La llamada no interrumpe mi concentración, aunque haya momentos en que mi estómago parece que va a salirse por mi boca con tanto giro y acelerón.

Escucho a Semyon cuando pasa a hablar en cristiano y aprieto los puños sobre el salpicadero hasta ponerse blancos.

-Que les jodan al Trono de Cibeles... -mascullo entre dientes cuando Kara me pregunta- no han dejado de jodernos desde que pisamos este puto continente... -giro la mirada hacia Kara- aprieta a fondo y jodamos a quienes han interferido con nosotros...

La rabia que aflora desde lo hondo de mis entrañas me da la convicción de quien no va a perdonar jamás está afrenta.

Tu respuesta, llena de furia, hace que tengas que gastar 1 Punto de Fuerza de Voluntad, o entrar en Frenesí y perseguir el vehículo en Crinos.

Cita de: Mark en 01 de Jul 2026, 00:37:41La rabia bulle en mi cabeza durante la persecución. Los disparos, los giros de volante bruscos... La visión de tunel vuelve a mí desde los lejanos desiertos de Oriente Medio.

El pie baja hasta el fondo y el motor responde con un rugido seco, rabioso, como si el coche también hubiese entendido que acabáis de dejar de obedecer. La voz de Semyon sigue saliendo del teléfono, áspera, cortada por interferencias y por el temblor de la carretera.


Vytalian cuelga el teléfono y lo tira al asiento de atrás. El silencio que queda no dura nada. La furgoneta de Apolo se abre paso hacia Getxo como un animal herido que todavía conserva demasiada fuerza. Sus ruedas muerden el asfalto, saltan sobre líneas blancas, invaden carriles y obligan a otros conductores a apartarse con frenazos bruscos. Un coche golpea el bordillo. Una moto derrapa detrás de vosotros. El claxon de un autobús se queda sonando demasiado tiempo, perdido en la distancia.

Kara se pega a la furgoneta. No conduce como alguien que persigue. Conduce como alguien que corta. Cada maniobra elimina una posibilidad de fuga, cada volantazo roba unos metros, cada acelerón convierte el espacio entre ambos vehículos en una cuerda tensada a punto de romperse. El coche se mete entre dos turismos, tan cerca que el metal roza metal y salta una chispa breve contra el retrovisor. A tu derecha, las fachadas de Bilbao empiezan a abrirse. La ciudad cambia de piel. Menos escaparates. Más naves bajas. Más verjas. Más muros pintados con grafitis viejos y carteles arrancados por la humedad.

La furgoneta gira sin avisar: no toma la ruta limpia. Abandona la vía principal y se cuela por una salida lateral hacia una zona industrial gastada, medio vacía, donde el asfalto está cuarteado y las farolas parecen haber dejado de importar a nadie. Hay pabellones cerrados, cristales rotos, alambradas oxidadas y charcos oscuros bajo rampas de carga. Al fondo, la línea de la ría se intuye más que verse, mezclada con el olor a gasóleo, salitre viejo y basura caliente.

Entráis detrás, como una flecha a toda velocidad. El coche bota al pasar sobre un tramo de gravilla. El volante tiembla entre sus manos. La furgoneta gana unos metros, cruza entre dos almacenes y desaparece durante un instante tras una nave de ladrillo sucio.


Nadie le responde. Tú tampoco apartas la mirada. El lugar parece demasiado vacío para estar muerto. Hay persianas metálicas bajadas, sí, pero no todas están cerradas del todo. Una cadena se mueve junto a una verja sin que haya viento suficiente. En una ventana alta, algo refleja la luz del sol y desaparece. Tal vez cristal. Tal vez nada. La furgoneta reaparece al final de la calle industrial. Durante un segundo parece que va a seguir huyendo hacia otra salida. Entonces frena. No reduce. Frena. Las luces traseras se encienden como dos heridas rojas. El vehículo se atraviesa de golpe en mitad de la calzada, bloqueando el paso entre una nave abandonada y una hilera de contenedores oxidados. Las ruedas chirrían. La parte trasera de la furgoneta derrapa y queda encarada hacia vosotros, enorme, gris, demasiado cerca.

Kara abre los ojos apenas una fracción. Su cuerpo ya está reaccionando, pero el coche lleva demasiada velocidad. La distancia se rompe. Ves el portón trasero de la furgoneta crecer delante del parabrisas. Ves una pegatina vieja despegada en una esquina. Ves una abolladura oscura junto al piloto derecho. Ves el polvo saltar bajo las ruedas. Ves la mano de Kara girar el volante. Y entiendes que esto no ha sido una huida. Ha sido una invitación. No llevas el volante, pero estás leyendo la carretera, la velocidad, el ángulo de la furgoneta, el margen que queda entre el contenedor y la pared de la nave. Si reaccionas lo bastante deprisa, quizá puedas gritar la maniobra correcta antes de que Kara tenga que elegir a ciegas.

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¿Qué sacas?


La decisión queda tomada antes de que nadie pueda discutirla. Kara tira del volante, pero la furgoneta no es el problema. Tú lo ves un segundo antes. Algo cae desde lo alto. No desde una ventana. No desde una azotea. Desde una estructura metálica lateral, una pasarela oxidada entre dos naves que no habías llegado a registrar porque toda tu atención estaba en la furgoneta. Una masa enorme impacta contra el suelo delante del Audi. El asfalto se abre bajo sus pies: un Crinos, gigantesco. Pelaje marrón, sucio, erizado, atravesado por marcas de un rojo oscuro que parecen pintadas con sangre seca. Los hombros son una pared. Las garras arañan el pavimento. La cabeza lupina se alza justo en mitad del camino, demasiado cerca para frenar, demasiado grande para atravesarlo.

Por un instante ves la muerte limpia y absurda de los tres: el coche entrando bajo aquel monstruo. El parabrisas reventando, Kara partida contra el volante, y Vytalian aplastado atrás. Tu cuerpo convertido en una cosa más dentro de una lata retorcida. No piensas. Agarras el volante por encima de las manos de Kara y lo mueves violentamente hacia un lado. El gesto la aparta de la maniobra, mientras el Audi esquiva al Crinos por centímetros. El espejo lateral se desintegra contra una garra. La chapa del costado se abre con un gemido largo, como si alguien hubiese pasado una sierra por el metal. Kara intenta corregir, pero el coche ya no pertenece a nadie.

La carretera desaparece: el mundo gira tras una vuelta violenta. Un cristal revienta en mil pedazos. Otra vuelta, y ahora entra un montón de gravilla por la ventana. Otra vuelta más. El cinturón te clava el pecho. Algo golpea tu sien. Las luces, el polvo y el acero se mezclan en fogonazos inconexos. Oyes a Kara gritar entre dientes. Oyes a Vytalian soltar una maldición que se rompe cuando el coche vuelve a caer sobre un lateral. El Audi termina estrellándose contra una nave cercana. El impacto hunde la puerta trasera contra una pared de ladrillo y hace temblar una persiana metálica que cae medio metro con un estruendo seco.

Luego, silencio. No un silencio real. El motor aún tose. Una rueda sigue girando en falso. Hay cristal cayendo sobre el salpicadero. El radiador escupe vapor. Pero durante un segundo tu cabeza no permite que nada tenga sentido. Kara está doblada hacia delante, todavía sujeta por el cinturón. Tiene una brecha abierta sobre la ceja y la sangre le baja por la cara, entrando en un ojo, manchando el cuello blanco de la camisa. Vytalian gruñe detrás: su brazo izquierdo está mal, muy mal. El antebrazo ha quedado doblado en un ángulo que no debería existir, atrapado un momento entre el asiento y la puerta deformada. Él tira, se arranca de ahí con un sonido húmedo y furioso, y su respiración se convierte en un temblor de rabia.


No lo está; tú sí, más o menos. Golpes. Contusiones. Dolor en las costillas. Sabor a sangre en la boca, pero puedes moverte. Sales del coche entre humo, cristal y metal retorcido. Una pierna te falla un instante al tocar el suelo, pero recuperas el equilibrio. Frente a ti, el Crinos marrón avanza un paso. Sus marcas rojas parecen latir bajo el pelaje. La furgoneta está detenida al otro lado, encendida y esperando a ver qué pasa. El polígono entero parece haber despertado. El Crinos baja la cabeza hacia ti. Sus labios se separan, mostrando colmillos enormes.


El español suena áspero, arrastrado por un acento americano que no encaja con aquella garganta monstruosa. Te pones en pie del todo. Detrás de ti, Vytalian ayuda a Kara a salir del Audi. Ella se limpia la sangre del ojo con el dorso de la mano y se apoya un segundo contra la chapa hundida. No dice nada. Sólo mira al Crinos. Entonces la bestia cambia. Los huesos crujen. El pelaje retrocede. Las marcas rojas se hunden bajo la piel. La masa imposible se pliega sobre sí misma hasta adoptar una forma humana. El pelaje se reconstituye hasta formar ropa, y Johnny Towers queda frente a vosotros. O alguien que parece Johnny Towers. La misma cara. La misma presencia. La misma silueta que debería pertenecer a otro problema, a otra conversación, a otra jaula política que aún no habíais terminado de entender. Pero es evidente que no es Johnny Towers.


El sonido de un motor nuevo corta el aire. Desde una calle lateral se acerca un Mercedes negro con los cristales tintados. Avanza despacio, sin prisa, como si hubiese llegado a una cita y no a un accidente. Se detiene a unos metros de la furgoneta. Primero baja un hombre con traje negro, armado con un rifle semiautomático. Después Esteban de Haro: camina con la rigidez de alguien que lleva demasiado odio encima para permitirse cojear, temblar o parecer débil. Su mirada pasa por el Audi destrozado, por Kara sangrando, por Vytalian sujetándose el brazo, y finalmente se clava en el hombre con la cara de Johnny.


El falso Johnny gira la cabeza hacia él. Durante un segundo sonríe. Luego lo agarra de la pechera y lo acerca de un tirón.


Esteban no se queda quieto por miedo. Se queda quieto porque hay demasiadas cosas alrededor. Al final se suelta con un gesto brusco y se recoloca la chaqueta.


Zarpa Manchada gruñe, y la cara de Johnny Towers sonríe con una locura que no le pertenece. Esteban le empuja y se libera.


Entonces te mira: sólo a ti. Todo el odio de esa mirada no parece nacido hace un minuto, ni ayer, ni en Cantabria. Parece antiguo, enfermo, hambriento. Un odio que ya estaba ahí antes de tener tu nombre y que ahora lo ha encontrado. El aire alrededor de Zarpa Manchada se rasga, sin ceremonia ni despedida. Sólo un paso hacia un lado, una sombra en la piel del mundo, y el falso Johnny desaparece en la Umbra.

Esteban carraspea. Como si el mundo pudiera volver a ordenarse con un sonido de garganta, y chasquea los dedos. Alrededor de vosotros, las naves dejan de estar vacías. Hombres armados salen de portones medio abiertos, de detrás de contenedores, de ventanas bajas y esquinas que parecían muertas. Fusiles semiautomáticos. Escopetas. Pistolas. Ropa de trabajo, cazadoras oscuras, trajes baratos, rostros sin sorpresa. Kara se endereza a pesar de la sangre. Vytalian levanta la pistola con la mano buena. El polígono se llena de cañones apuntándoos. Esteban abre los brazos apenas un poco, como si os presentara el decorado.


Su sonrisa no llega a los ojos.


04 de Jul 2026, 20:33:47 #53 Ultima modificación: 04 de Jul 2026, 23:36:23 por Mark
Me ajusto la cazadora y respiro. Busco el aire como si me faltase. No me molesto en sacar el arma como Vytalian: si quieren que estemos muertos, los estaremos hagamos lo que hagamos.

La furia ha abandonado mi mente tras el brutal impacto y la conmoción. El pragmatismo vuele a mí. Estamos en un punto crítico, un movimiento en falso ocasionará la muerte de mi manada y de Monique.

No pienso en el falso Johnny y el cebo que es para que la Justicia Metálica arrase el Viento de Acero, allamando el camino para que el Trono de Cibeles se hagan con Bilbao como hicieron con el atentado en Cantabria.

-¿Me permites? -me levanto con el índice y el pulgar la chaqueta para mostrar que voy a sacar mi cajetilla de tabaco y el mechero de gasolina que siempre me acompaña, lentamente para que los tiradores no nos fulminen- en las guerras del siglo pasado, a los condenados a pelotón de fusilamiento se les dejaba echar un último cigarro... ¿Qué menos no? -sonrio de medio lado y me enciendo un cigarro con ganas- las reuniones con Monique siempre son en interior, lo cual me resulta un fastidio...

Doy una calada profunda, buscando apagar el ansia mientras observo a los múltiples tiradores que nos rodean. Finalmente, vuelvo la mirada hacia Haro.

-Sin lugar a dudas, la teatralidad es un requisito del poder ¿No? -vuelvo a sonreír de medio lado- ¿Qué haces con nosotros? Bueno, la diferencia con la situación de nuestra última noche en Cantabria es que nosotros estamos aquí en misión oficial y lo que ocurrió ahí, fue una aclaración de una gran metedura de pata -me encojo de hombros- Semyon conoce nuestro paradero -señalo con el pulgar hacia atrás a Vytalian- mi amigo eslavo estaba hablando con él en "rusky" justo antes de que ese obús con patas casi nos convirtiera en ensaladilla rusa con jalapeños... Ya sabes, estamos entrando en un polígono de Getxo persiguiendo a Apolo ¿Te acuerdas? Si, ese que nos la tenía jurada desde el Peñasco Blanco y que nos había entregado los trastos para infiltrarnos en Demóstenes ¿Pero que cojones me dices? -cambio teatralmente las voces entre las preguntas y las respuestas, dando una impronta de seriedad a las cuestiones y una voz algo aguda para las respuestas, acuentuando en todo momento las erres- Pues es que resulta que han secuestrado a Monique, si, nuestro contacto de confianza en el Arce Verde... -me vuelvo a encojer de hombros- más o menos fue así, pero con más acento y menos educada la conversación.

Miro a Haro por unos segundos y sonrio. Esa sonrisa que no se refleja en los ojos.

-Puedes dar honor al sustantivo "señor" del nombre de vuestra tribu y dejar este asunto en un empate táctico, nos vamos con nuestra contacto, vosotros seguís con la operación y se abre en canal al Viento de Acero al que os hemos ayudado a pinchar y conocer todos sus entresijos para que un asalto de la Justicia Metálica sea efectivo o... Nos retenéis o ejecutais y entonces, Semyon y McCoil, sabrán que la antigua manada de uno y ... -me doy la vuelta de medio lado y señaló a Vytalian- ¿Como me dijiste en una ocasión con respecto a mi entrada en la mamada de Triptikus?? -finjo un despiste a lo Colombo- Ah si... Claro, el niño enchufado de McCoil, han desaparecido justo siguiendo a uno de los lacayos de Esteban de Haro... -me vuelvo hacia el Señor de la Sombra y vuelvo a dar una calada sin prisa.

Espero unos segundos de pies, frente a la fuerza hostil y al rancio garou que los lidera.

-Una cosa es que se molestaran porque les ocultasteis parte de vuestra operación encubierta en el Peñasco Blanco, otra muy distinta que hayais jodido a sus niños bonitos y al contacto de confianza que les estaba ayudando a evaluar el posible margen de negociación con Custod Aeson que, por cierto... Es una mierda de margen, así que por eso tampoco os preocupéis... -vuelvo a calar el cigarro y miro a los ojos de Esteban- así que tú decides, a fin de cuentas... Tú tienes la sartén por el mango como dicen por aquí.

Termino mi soliloquio y me encomiendo a Gaia.

El cigarro arde entre tus dedos y, durante unos segundos, nadie dispara. El humo sube despacio frente a tu cara, torcido por el aire sucio del polígono. Huele a gasolina derramada, a radiador roto, a sangre caliente y a metal arrancado. La chapa del Audi sigue crujiendo detrás de ti, deformada contra la pared de la nave, como si aún no hubiese terminado de morir. Esteban te escucha hasta el final, y no te interrumpe. Porque no parece estar considerando tus palabras, parece estar dejándote gastar aire. Cuando terminas, el Señor de la Sombra ladea un poco la cabeza. La sonrisa que se le forma en la boca no tiene alegría. Sólo cansancio, desprecio y algo más frío debajo.


Algunos de los hombres armados se remueven alrededor. Esteban da un paso hacia ti, con las manos cruzadas a la espalda.


La punta de su zapato pisa un fragmento de cristal. Cruje bajo la suela.


Chasquea los dedos: los cañones se mueven, pero no hacia ti. Hacia Kara y Vytalian. Hacia la furgoneta donde Monique sigue medio vencida, con la respiración rota por los sedantes. Varios hombres salen de las sombras de las naves. Algunos tienen el rostro demasiado hinchado, los ojos amarillentos, los dientes mal encajados en encías negras. Uno camina con una pierna rígida y una sonrisa babeante. Otro lleva la piel del cuello llena de bultos que se mueven bajo la carne cuando traga saliva. Otro no parece parpadear nunca. Kara los ve acercarse y se queda muy quieta. La sangre le baja por la ceja, le cruza el párpado y le mancha la mejilla, pero su voz sale limpia.


Los hombres no reaccionan, Esteban tampoco. Kara levanta un poco la barbilla, incluso rodeada, incluso herida, incluso con media cara teñida de rojo.


Esteban gira la cabeza hacia ella. La mira por primera vez con verdadero interés.


Uno de los hombres deformes coloca una cadena plateada alrededor de la muñeca sana de Vytalian. El contacto de la plata arranca un siseo inmediato de la piel. Vytalian aprieta los dientes hasta que la mandíbula le tiembla, pero no se mueve. Esteban no aparta los ojos de Kara.


Kara da medio paso hacia delante, pero Vytalian la sujeta con la mano buena antes de que pueda cometer el error. Entonces su voz entra en tu cabeza. Llega como una presión breve detrás de los ojos, áspera y urgente, con el mismo acento pesado de siempre, pero sin necesidad de mover los labios.


Vytalian te mira un instante —sólo un instante—. Luego baja el arma y deja que se la arrebaten. No se rinde como un hombre vencido. Se rinde como alguien que está memorizando todos los rostros. A Kara le colocan las cadenas después. La plata toca su piel y el olor a carne quemada se mezcla con el humo del motor. Ella cierra los ojos un segundo, no por miedo, sino por control. Cuando vuelve a abrirlos, mira a Esteban como si estuviera grabándole en algún lugar donde nada se olvida. En la furgoneta, uno de los secuaces tira de Monique para incorporarla. Ella apenas puede sostenerse. Aun así, cuando le colocan otra cadena en las muñecas, intenta morder la mano que la sujeta. El hombre se aparta con un gruñido. Esteban ni siquiera la mira.


Una puerta de la furgoneta se abre de golpe. Apolo baja del coche. No tiene ya la calma de antes. La forma humana le sienta mal, como si cada hueso estuviese colocado por obligación. Camina con los hombros demasiado altos, la cabeza inclinada hacia delante, los labios tensos sobre los dientes. Sus ojos están clavados en ti.


Esteban deja escapar un suspiro. Apolo avanza otro paso.


Sus manos se abren y se cierran a los lados del cuerpo.


Kara no le concede ni una mueca. Eso parece enfurecerlo más. Esteban se coloca entre ambos con una naturalidad peligrosa, sin levantar la voz.


Apolo enseña los dientes. No como un hombre.


El Ahroun golpea el suelo con el puño. El impacto abre una grieta corta en el asfalto y levanta polvo alrededor de sus nudillos. Uno de los hombres armados retrocede por puro instinto. Otro baja el cañón un segundo y vuelve a subirlo enseguida. Apolo respira fuerte, muy fuerte. Esteban se acerca a él lo justo para que sólo el mostrenco pueda escucharle bien, aunque todos oís lo suficiente.


Apolo se queda inmóvil: el cambio es inmediato. No desaparece su odio. No desaparece su rabia. Pero algo debajo de todo eso se encoge, antiguo y animal, como una cicatriz tocada con un hierro frío. Durante un segundo parece a punto de atacar de todos modos, pero no lo hace. Aparta la mirada, y Esteban lanza una sonrisilla.


Apolo retrocede un paso, temblando de furia contenida. Entonces los secuaces se te echan encima. No es elegante ni limpio. Dos te sujetan los brazos. Otro te golpea detrás de la rodilla para obligarte a bajar. Alguien te arranca el cigarro de la mano. La plata llega enseguida, fría primero, abrasadora después, cerrándose alrededor de tus muñecas con un chasquido seco. El dolor muerde, no como una herida normal, como una orden. La cadena te recuerda que tu cuerpo puede ser fuerte, rápido, entrenado, valioso... y aun así quedar reducido a carne arrodillada si alguien trae el metal correcto.

Te empujan hacia abajo, una rodilla toca el asfalto, y luego la otra.  Frente a ti, Esteban se acomoda la chaqueta, se agacha despacio y queda a tu altura. No parece enfadado. Te mira como si fueras una herramienta mal fabricada.


El humo del Audi pasa entre los dos.


Cuando veo que mi discurso de "me importa una mierda lo que hagas" no cuela, tuerzo el gesto en una sonrisa amarga. Tenía que intentar gastar el cartucho del poli cínico. Ahora el cartuchazo acababa de destrozar la bombilla sobre nuestras cabezas.

Cuando Kara señala la naturaleza impia de quienes nos rodean, entiendo de una vez por todas que en ningún momento había tenido un mínimo de posibilidades de llevar la conversación de mi terreno.

Un miembro de la Espiral Negra y Fomori, un coctel mortal. La arrogancia de la Justicia Metálica astutamente dirigida y manipulada por los siervos y aliados del Wyrn para que los garou derramen la sangre de los suyos.

Escucho la voz en mi cabeza de Vytalian y le devuelvo fugazmente una mirada de comprensión.

Observo el intercambio de palabras entre Haro y Apolo. La conversación de un amo hacia su siervo.

No opongo resistencia, a pesar de la brusquedad de mis captores. Chasqueo la lengua por no haber aprovechado lo suficiente ese cigarro.

-Veo que al final tienes más de "sombra" que de "señor" -sonrio de medio lado sin apartar la mirada de los ojos de Esteban.

08 de Jul 2026, 22:26:00 #56 Ultima modificación: 28 de Jul 2026, 11:53:29 por Maurick
Esteban ni siquiera te mira cuando le devuelves la provocación. Tu frase queda suspendida entre el humo del coche, la sangre seca en la boca y el olor agrio de la plata calentándose contra piel Garou. El Señor de la Sombra se limita a observarte unos segundos, como si el sonido de tu voz ya hubiera dejado de pertenecer a la conversación. Luego levanta una mano.


Los hombres deformes empiezan a moverse a la vez. Las cadenas tintinean. Alguien empuja a Kara por el hombro y ella se revuelve lo justo para enseñar los dientes, con la ceja abierta, la cara manchada de sangre y los ojos todavía limpios de miedo. Vytalian intenta colocarse entre ella y uno de los fomori, pero el brazo izquierdo le cuelga como una cosa rota. Entonces bajan los esbirros de Apolo: no llevan fusiles. Llevan pistolas pequeñas, negras, preparadas con dardos gruesos y depósitos transparentes llenos de un líquido amarillento; el primer disparo te golpea en el costado, luego otro en el cuello y un tercero en el muslo.

Oyes a Kara maldecir en ruso. Oyes a Vytalian gruñir como un animal herido. Intentas inspirar, pero el aire se vuelve pesado antes de llegar a los pulmones. El mundo se inclina. El suelo sube hacia tu cara. La voz de Esteban llega desde algún lugar muy lejano, seca, aburrida, casi administrativa.


Otro impacto. Después, la nada.



Getxo, Romo-Itzubaltzeta, almacén abandonado, cerca de las Instalaciones Demóstenes

📅 29 de Agosto de 2005, 01:04

Cuando abres los ojos, no sabes cuánto tiempo ha pasado. Al principio sólo existe el dolor; no como una herida concreta, sino como una capa sucia extendida por todo el cuerpo. La cabeza te late. Tienes la boca seca y la saliva sabe a metal. Intentas moverte y el primer sonido que escuchas es el de las cadenas respondiendo por ti: estás colgado de una estructura metálica grande, rectangular, parecida al armazón de un contenedor marítimo abandonado dentro de un almacén viejo. Vigas oxidadas, chapas dobladas y cables colgando del techo. Un fluorescente roto parpadea a intervalos irregulares, llenando el lugar de una luz enferma, blanca, casi azulada.

Te han dejado sólo con los pantalones y la camiseta. No tienes nada: todo lo que podía hacerte parecer preparado ha desaparecido. Tus muñecas arden dentro de los grilletes de plata. Los tobillos también. Cada intento mínimo de tensión arranca una punzada blanca que sube por los huesos y se queda clavada detrás de los ojos. A tu lado hay otro cuerpo, el de Vytalian.

Está colgado boca abajo de otra sección de la estructura, sujeto por las piernas, con los brazos vencidos hacia el suelo. La cara es un desastre de sangre seca, hinchazón y cortes. Tiene el labio partido, un ojo casi cerrado y el pecho lleno de heridas abiertas, algunas superficiales, otras no tanto. Debajo de él hay un charco oscuro, varios dientes y salpicaduras que han llegado hasta las patas metálicas del armazón.

Respira, eso es lo único positivo. No hay rastro de Kara, y la ausencia tarda un segundo en convertirse en algo peor que una herida. Entonces la oyes, al otro lado del almacén, más allá de una puerta metálica cerrada, llegan golpes, voces y un grito ahogado. Luego blasfemias en ruso. No las entiendes todas, pero no hace falta. Hay palabras que atraviesan cualquier idioma cuando salen de una garganta rota por el dolor y la rabia.

Un hombre se ríe. Otro dice algo que no alcanzas a distinguir. Kara vuelve a gritar, y Vytalian abre el ojo sano. Durante un momento no parece saber dónde está. Luego escucha lo mismo que tú y todo su cuerpo se tensa de golpe, olvidándose del dolor, olvidándose de la sangre, olvidándose incluso de que está colgado boca abajo con suficiente plata encima para tumbar a una manada entera.


La estructura metálica cruje cuando forcejea. La plata le muerde las piernas y le arranca un sonido bajo, animal, pero no se detiene. Intenta girarse, alcanzar algo, hacer cualquier cosa, pero no puede. Entonces notas tus pies: no están libres, pero algo no encaja. Uno de los grilletes de los tobillos ha quedado mal cerrado. Quizá por la prisa. Quizá porque el golpe deformó la bisagra. Quizá porque los que os colgaron pensaron que tanta plata bastaba para convertirte en una cosa dócil. La cadena sigue ahí, abrasadora, pero hay holgura. Muy poca. Lo justo para que el metal roce de otra manera cuando tensas la pierna.

No sería una salida limpia, ni sería inteligente, y por supuesto no sería gratis. Pero hay una posibilidad. Al otro lado de la puerta, Kara vuelve a maldecir en ruso. Esta vez su voz suena más baja, más cerca de romperse.

¿Qué vas a hacer, Mark?

🟦 Esperar a ver qué es lo que ocurre y no hacer nada.
🟨 Intentar soltarte usando las argucias y la agilidad.
🟥 Cambiar de forma parcialmente, perder una mano o un pie, y actuar contra lo que sea que esté pasándole a Kara.

09 de Jul 2026, 23:53:31 #57 Ultima modificación: 10 de Jul 2026, 01:15:47 por Mark

Duro despertar. Observo a mi alrededor y suspiro al comprender nuestra situación. Estamos bien jodidos.

Al notar que Vytalian sigue respirando, mi consuelo solo alcanza a comprender que al menos no moriré solo. Trago saliva en un vano intento de humedecer mi reseca garganta.

-Bueno... -digo con voz rasposa- esperaba que siendo ruso, te sentirías como en casa en este gulag... -intento practicar un poco de humor negro del que le gusta a mi arisco compañero.


Cita de: Maurick en 08 de Jul 2026, 22:26:00Respira, eso es lo único positivo. No hay rastro de Kara, y la ausencia tarda un segundo en convertirse en algo peor que una herida. Entonces la oyes, al otro lado del almacén, más allá de una puerta metálica cerrada, llegan golpes, voces y un grito ahogado. Luego blasfemias en ruso. No las entiendes todas, pero no hace falta. Hay palabras que atraviesan cualquier idioma cuando salen de una garganta rota por el dolor y la rabia.

Un hombre se ríe. Otro dice algo que no alcanzas a distinguir. Kara vuelve a gritar, y Vytalian abre el ojo sano. Durante un momento no parece saber dónde está. Luego escucha lo mismo que tú y todo su cuerpo se tensa de golpe, olvidándose del dolor, olvidándose de la sangre, olvidándose incluso de que está colgado boca abajo con suficiente plata encima para tumbar a una manada entera.


La estructura metálica cruje cuando forcejea. La plata le muerde las piernas y le arranca un sonido bajo, animal, pero no se detiene. Intenta girarse, alcanzar algo, hacer cualquier cosa, pero no puede. Entonces notas tus pies: no están libres, pero algo no encaja. Uno de los grilletes de los tobillos ha quedado mal cerrado. Quizá por la prisa. Quizá porque el golpe deformó la bisagra. Quizá porque los que os colgaron pensaron que tanta plata bastaba para convertirte en una cosa dócil. La cadena sigue ahí, abrasadora, pero hay holgura. Muy poca. Lo justo para que el metal roce de otra manera cuando tensas la pierna.


Mi fachada cínica se derrumba al escuchar a Kara gritar. Forcejeo por instinto al igual que Vytalian. Aprieto los dientes con fuerza, notando que la rabia está a punto de estallar fuera de mi cuerpo cuando noto el grillete medio suelto en uno de mis tobillos. Busco desde lo más hondo de mi ser mantener la calma y pensar, pues a eso me dedico.

-Plata alterada por espíritus de la Tejedora... -murmuro las palabras de Esteban, una bombilla parece tintinear en mi cabeza- y si...

Me quedo en silencio, cierro los ojos y me concentro. Busco alcanzar los espíritus que bañan esas cadenas. Me concentro en los mecanismos de cierre. La plata duele, pero debo salvar a Kara. Su roce, su tacto, su calor... No puedo permitir que todo termine así.

-Liberarme... -digo en un susurro, no como una orden, sino como una súplica.



Los cierres se abren con un chasquido metálico y mi cuerpo se golpea bruscamente contra el suelo. El dolor que la plata me producía ahora es una quemazón, intensa y profunda. Pero soy libre. Me toco las muñecas doloridas y, poco a poco, me levanto. Los gritos de Kara continúan. Aprieto los dientes y me dirijo despacio, con los tobillos en carne viva, hacia la puerta.

-Volveré a por ti... te lo juro por Gaia -digo a Vytalian antes de abrir la puerta, sin esperar respuesta.

Observo el pasillo que va de un lado hacia el otro, de derecha a izquierda. Múltiples puertas a ambos lados, pero los gritos de Kara solo provienen de una. Camino con decisión con los puños tan apretados que los nudillos se me vuelven blancos. Los dientes parece que van a estallar los unos contra los otros. La furia creciendo cada vez más.

Cuando llego ante la puerta de la que provienen los gritos, no pierdo el tiempo y la abro sin dudar. La escena que me encuentro es la última pieza para que el engranaje se active.

Kara sentada en un silla metálica, atada de pies y manos, con el torso superior desnudo, repleto de cortes: pechos, abdomen, muslos... el charco de sangre bajo ella es abundante y no para de gotear más líquido carmesí, que se filtra por un desagüe bajo su asiento. Su cara de sufrimiento y horror apenas la hace reconocible.

La iluminación solo consta de una bombilla atada a un cable, reflejando su tenue luz en los azulejos que decoran las paredes y suelo de lo que parece haber sido un antiguo baño de operarios.

Una mesa con distintos objetos rudimentarios se sitúa a su izquierda: cuchillos, martillos, alicates, sacacorchos... la mayoría llenos de sangre, algunos secos, otros frescos.

Dos aberraciones me dan la espalda, una de ellas con los pantalones por las rodillas y la otra con un cuchillo bajo, goteando sangre al frío suelo. Se ríen. Yo no.


Gasto un punto de "Rabia" para pasar a forma crinos.


-Ya es hora de que enseñes a esta zorra que aquí no van a ser solo cuchillos lo que se van a meter en su cuer... -dice el del cuchillo al que tiene los pantalones bajados, antes de que chasquidos brutales suenen detrás de ellos.

Mi cuerpo parece estallar, la furia contenida se libera al fin. Mi transformación es rápida. Pelaje negro como la noche, colmillos... mis huesos y mis músculos se reestructuran a mi forma de guerra. Mi grito humano lleno de ira se modula hasta tomar el sonido de un gruñido salvaje, primordial. La niebla roja turba mi visión.

-No... -los Fomori se dan la vuelta, el del cuchillo más rápido que el que tiene los pantalones bajados- no me jodas...

Es su última palabra antes que uno de mis brazos le arranque la cabeza de un solo golpe. Mis garras se llenan de sangre, los azulejos sucios de las paredes también. Noto los ojos llenos de lágrimas de Kara mirándome, eso, en algún lugar de mi ser, me reconforta.

El cuerpo de la aberración tarda unos segundos en desplomarse, saliendo sangre del punto en donde se encontraba su cabeza a ritmo discontinuo, pero constante. El otro, el que iba a violar a Kara, da un paso hacia atrás pero trastabilla y se cae de espaldas.

Por un instante, en mi mente se ve a ese cerdo violando a Kara. La furia aumenta en mi interior y doy un alarido de pura ira hacia el techo, con los brazos abiertos. Toda la ira, todo el resentimiento, toda la violencia que guardaba en mi interior sale concentrada hacia él.

Mi primer golpe le cercena el vientre y la parte púbica. En su mirada, veo que aún no es consciente de cómo se ha dado la vuelta a la situación en tan poco tiempo. Lo que sigue, es un golpe tras otro, desmembrando partes de su cuerpo, sangre por todos lados, vísceras pegadas a las paredes. No ceso, sigo y sigo sin ser consciente del tiempo, sin ser consciente de que ya solo queda pulpa en el suelo.

De pronto, un mano toca mi enorme hombro peludo. Con suavidad, casi con ternura.

-Ya está Mark... ya no es nadie... -es como una descarga a mi cerebro.

Paro por unos instantes y me giro lentamente. Es Kara, quien me devuelve la mirada. Su rostro ensangrentado, tiene surcos producidos por sus lágrimas. Su ceja abierta, su piel blanca repleta de heridas.

-Ya... -la digo en garou- ya estás a salvo... -la ira comienza a menguar y poco a poco, mi transformación va remitiendo hasta volver a mi forma humana.

No puedo evitar abrazar a Kara, rodearla entre mis brazos y acariciar su cabeza.

-Siento no haber llegado antes... -la digo en un murmullo bajo, dolorido. Vuelvo a echar la cabeza hacia atrás y la miro a los ojos. Tengo ganas de besarla, de consolarla, pero no me siento seguro de si es el momento o si ella querría en esas condiciones.

Cuando nos separamos, la acerco su blusa, que estaba tirada en un rincón para que pueda vestirse. No fui consciente mientras hacía pulpa a la aberración, pero Kara había conseguido soltarse de sus ataduras.

-Vytalian estaba conmigo... -aún me cuesta hablar- debemos liberarle y salir de aquí...

Me agacho y registro los cadáveres, hasta encontrar las llaves de los grilletes. Hago un gesto con la cabeza a Kara para indicarla el camino y salimos al pasillo hasta volver a la sala donde estaba retenido Vytalian.

Una vez liberado, intento cargar con el cogiéndole de un lado e indicando a Kara que le coja del otro.

-¿Ves Vyt? -sonrío de medio lado- te dije que volvería a por ti...

El pasillo sigue oliendo a sangre, lejía vieja y metal húmedo. Kara camina por su propio pie, pero sólo porque se obliga: lleva la blusa cerrada como puede sobre el torso herido, una mano apoyada contra la pared y la otra agarrando a Vytalian por debajo del brazo sano. Tú cargas con buena parte de su peso al otro lado. El ruso intenta dar dos pasos sin ayuda y casi se desploma; tiene la cara hinchada, el pecho abierto en varios puntos y el brazo izquierdo convertido en una masa inútil pegada al cuerpo.


Intenta soltarse, pero las piernas le fallan. Kara ni siquiera lo mira.


Vytalian aprieta los dientes, aunque vuelve a dejar caer el peso sobre vosotros. El almacén parece vacío, demasiado vacío. No hay gritos, motores ni órdenes, sólo el zumbido irregular de los fluorescentes y el roce de vuestros pasos contra el suelo sucio. A lo lejos, una puerta metálica golpea con el viento.

Kara se detiene de repente. Su respiración cambia, los hombros se tensan y los dedos se cierran sobre la camisa de Vytalian.


Intenta cambiar. Lo reconoces en la forma en la que su cuerpo se prepara: mandíbula cerrada, respiración contenida, músculos endureciéndose bajo la piel. Pero no ocurre nada. Ni huesos desplazándose, ni pelaje, ni fuerza. Sólo dolor. Kara lo intenta una segunda vez y tiene que apoyarse contra la pared para no caer.

Vytalian la observa, confundido, y prueba también. Su cuerpo tiembla, pero nada cambia.


La frustración le dura poco. El esfuerzo le arranca un espasmo en el pecho y termina escupiendo sangre al suelo. Kara se lleva una mano al cuello y palpa una zona endurecida bajo la piel, cerca de la clavícula.


Aparta la mano y observa sus dedos, como si esperase encontrar sangre fresca.


Mira a Vytalian y después a ti. No hace falta decirlo: no era un sedante normal.

Continuáis avanzando, más despacio. Humanos, heridos, sin armas y sin capacidad de adoptar una forma capaz de resistir otro enfrentamiento. La salida del almacén está delante, una puerta doble de metal abierta apenas unos centímetros. Por la rendija entra una luz gris y el olor húmedo de la ría. Kara se separa de la pared y ajusta mejor el peso de Vytalian.

Entonces la puerta se abre desde fuera.

Una mujer entra. Tiene los cabellos anaranjados, viste ropa sencilla y no lleva ningún arma visible. Se detiene al veros, recorriendo primero la sangre, después las cadenas abiertas, el estado de Vytalian y finalmente tu rostro. No parece sorprendida ni asustada. Sonríe y levanta despacio ambas manos, abiertas y desnudas.


Kara se queda inmóvil. Vytalian intenta enderezarse, aunque apenas puede mantenerse consciente. La mujer no avanza; sigue sonriendo.

¿Qué haces, Mark?

13 de Jul 2026, 00:26:38 #59 Ultima modificación: 13 de Jul 2026, 00:30:31 por Mark
Me mantengo en silencio durante el trayecto por los pasillos, tratando de mantener el peso de Vytalian sin que se me caiga encima e intentando agudizar el oído por si algún Fomori se quiere unir a la procesión.


Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05
Intenta soltarse, pero las piernas le fallan. Kara ni siquiera lo mira.


-Y yo necesito un cigarro pero me aguanto... -digo torciendo el gesto en un amago de sonrisa mientras le miro de soslayo.

Luego continúo la marcha junto a Kara ayudando a Vyt a proseguir.


Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05Kara se detiene de repente. Su respiración cambia, los hombros se tensan y los dedos se cierran sobre la camisa de Vytalian.


Intenta cambiar. Lo reconoces en la forma en la que su cuerpo se prepara: mandíbula cerrada, respiración contenida, músculos endureciéndose bajo la piel. Pero no ocurre nada. Ni huesos desplazándose, ni pelaje, ni fuerza. Sólo dolor. Kara lo intenta una segunda vez y tiene que apoyarse contra la pared para no caer.

Vytalian la observa, confundido, y prueba también. Su cuerpo tiembla, pero nada cambia.


La frustración le dura poco. El esfuerzo le arranca un espasmo en el pecho y termina escupiendo sangre al suelo. Kara se lleva una mano al cuello y palpa una zona endurecida bajo la piel, cerca de la clavícula.


Aparta la mano y observa sus dedos, como si esperase encontrar sangre fresca.


Mira a Vytalian y después a ti. No hace falta decirlo: no era un sedante normal.


-Seguro que se os pasará pronto pero... de momento, procuremos evitar cualquier conflicto a poder ser o nos destrozarán...


Cita de: Maurick en 12 de Jul 2026, 16:45:05Continuáis avanzando, más despacio. Humanos, heridos, sin armas y sin capacidad de adoptar una forma capaz de resistir otro enfrentamiento. La salida del almacén está delante, una puerta doble de metal abierta apenas unos centímetros. Por la rendija entra una luz gris y el olor húmedo de la ría. Kara se separa de la pared y ajusta mejor el peso de Vytalian.

Entonces la puerta se abre desde fuera.

Una mujer entra. Tiene los cabellos anaranjados, viste ropa sencilla y no lleva ningún arma visible. Se detiene al veros, recorriendo primero la sangre, después las cadenas abiertas, el estado de Vytalian y finalmente tu rostro. No parece sorprendida ni asustada. Sonríe y levanta despacio ambas manos, abiertas y desnudas.


Kara se queda inmóvil. Vytalian intenta enderezarse, aunque apenas puede mantenerse consciente. La mujer no avanza; sigue sonriendo.

¿Qué haces, Mark?


-Joder... -no puedo evitar soltarlo al ver a la mujer aparecer por nuestra única salida. Lanzo una mirada de soslayo a Kara y a Vyt- ¿Puedes con él un rato Kara? Creo que este baile me toca hacerlo en solitario...

Espero la confirmación de Kara antes de soltar todo el peso de Vytalian en mi compañera. Me alejo un poco de ellos hacia la mujer. No adopto una postura agresiva, sino más bien de cansancio acumulado. No voy a permitir que vuelvan a tocar a mis compañeros mientras respire, pero no están siendo mis mejores días.

-No se quién eres, pero apártate de nuestro camino o teñiré el suelo de esta sala con tu sangre...

Estoy agotado, pero venderé cara mi piel.