Prólogo — Instalaciones D9

Iniciado por Maurick, 25 de Jul 2025, 23:53:42

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El grito resonó en el pasillo estrecho, rebotando contra el metal y el cemento. Sherali se encogió como si le hubieran golpeado de verdad. Dio un paso atrás, tropezando con la caja que había dejado en el suelo, y la miró como si la viera por primera vez.


Se llevó una mano al rostro, ocultándolo un instante, como si quisiera borrar la expresión de terror. Cuando volvió a mirarla, había lágrimas en sus ojos, brillando bajo las luces parpadeantes.


Quiso acercarse de nuevo, pero sus pies no se movieron.


Se giró un instante, como si temiera que alguien pudiera haber escuchado, y bajó aún más la voz.


Sherali no pudo ni reaccionar. Antes de que Karma pudiese hacer algo, Destiny extrajo la inyección hipodérmica de seguridad. Todos los participantes en el proyecto la llevaban: un líquido azul fosforescente que, al entrar en el torrente sanguíneo de los sujetos de prueba, les dejaba en un éxtasis muy controlable. Ni Sherali ni la joven esperaban que Destiny la usase. Ahora era ese momento.


El resto de la conversación se perdió en un hilo de inconsciencia. Karma había viajado hasta los brazos de Morfeo, dónde se encontraba a gusto y segura. Como Sherali deseaba...


Cita de: Maurick en 19 de Ago 2025, 21:28:03

Iota escucho con calma las respuestas de Aya. Analizando, atento al lenguaje no verbal de Aya notando las preguntas que le molestaban y los gestos que le traicionaban al nombrar a ciertas personas.

Para luego responder pausadamente con los ojos cerrados.
- Vakula no hizo lo que debía, hizo lo que el queria y se servió del demonio para elló. No es el heroe del cuento, depende a quien preguntes te dira que es el villano.

Abrio entonces los ojos y miro con desprecio a la doctora Hunter:
- Voy encajando quien es quien en esta analogia del cuento del Gogol con  nuestra vida pero aun me faltan piezas. Sigo tus consejos con los puzzles y he comenzando completando el borde y he agrupado piezas por colores en las zonas, separando los problemas uno de otro para afrontarlos... pero aun me quedan zonas por cubrir para terminar el puzzle.

Le quedo clara la respuesta de la doctora ante ese comentario y como Aya comenzaba a darse la vuelta hacia la puerta, por lo que intento apelar a la negociación:

- Yo quiero respuestas, tú quieres respuestas. Trabajemos juntos y llegaremos a obtenerlas y superar cualquier obstaculo, Teyze. Yo... os debo la vida y por ello se que he tenido que pagar un precio pero aunque ahora sea... - Pauso para encontrar la palabra y no decir rata de laboratorio - "Sea otra cosa, sigo  siendo humano como tu y tengo sentimientos, emociones y ahora mismo tengo miedo y no solo por mi."

- Apretando fuerte los puños, aumenta el tono de voz: ¡Dejame ayudarte, por favor!" - para luego sollozar.

Aya permaneció inmóvil. La tableta seguía encendida sobre la mesa, emitiendo un zumbido suave, pero sus ojos no estaban ya en los gráficos. Estaban en Iota.
Lo observaba romperse con el mismo silencio con el que se observa un cristal resquebrajarse desde dentro: sin intervenir, sin poder detenerlo.

El muchacho había apelado a su humanidad, y Aya sabía que no podía darle nada de lo que pedía. Porque lo que pedía era imposible.

El sollozo de Iota llenó la sala. Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.


Iota apenas tuvo tiempo de mirar a Aya: la vio sin moverse, sin pestañear, mientras el mundo se volvía borroso.

En la puerta, Sherali cargaba con Karma, desmayada, los brazos colgando a los lados. Sus ojos buscaban los de Aya, suplicando sin palabras.

Aya no apartó la vista, y Destiny chasqueó la lengua con impaciencia.


La sala se llenó de un silencio gélido, interrumpido solo por el golpeteo de la ampolla vacía al caer en la bandeja metálica.

Lo último que sintió Iota antes de ceder al suero fue el peso de esas miradas cruzadas: la doctora que lo observaba en silencio, el cuidador quebrado con Karma en brazos, y la sombra de Destiny, implacable, decidiendo su destino por él.

25 de Ago 2025, 12:09:02 #33 Ultima modificación: 25 de Ago 2025, 13:39:06 por Maurick
Semanas posteriores al 24 de diciembre de 2004

Después de aquel incidente navideño, nada volvió a ser igual en el complejo de Banská Štiavnica.

Los dos Ícaros, Iota y Ni, fueron "reacondicionados" con el suero azul. El despertar fue lento, confuso, como si cada día hubieran perdido algo en el trayecto hacia sí mismos. Aya mantuvo su distancia, con una frialdad calculada que ahora parecía definitiva. Destiny se volvió aún más rígida en el cumplimiento del protocolo, sin margen para concesiones. Sherali... simplemente parecía más viejo de lo que era, cargando con Karma en brazos en cada recuerdo, incapaz de recuperar la confianza de la niña.

Los pasillos se vaciaban cada vez más. Los técnicos que aún quedaban se habían reducido a una cifra casi simbólica. Era como vivir dentro de un hospital abandonado, sostenido por los latidos de unas pocas máquinas que aún respiraban.



La llegada de Lucian Kraft – 10 de enero de 2005

Lucian Kraft llegó al laboratorio como un cirujano llega a una sala de operaciones: sin ruido, sin ceremonia, pero con la certeza de que su sola presencia lo alteraba todo.
Austero, elegante en su bata gris, con gafas finas y esa sonrisa cruel que parecía estar siempre a punto de desplegarse. No levantaba la voz jamás; no necesitaba hacerlo.

El primer día reunió a los sujetos, a Aya, a Destiny y a Sherali en la sala de control. Habló poco, sin adornos:


Pruebas de Iota

  • Fue forzado a usar Auspex para detectar impulsos eléctricos en sujetos simulados, con la amenaza de descarga si fallaba.
  • Lo obligaban a "traducir" murmullos espirituales de la Umbra, encerrado durante horas en cámaras frías, rodeado de amuletos y reliquias despojadas de sus dueños.
  • Cada error terminaba con reprimendas verbales frías, como si Kraft estuviera corrigiendo un experimento fallido más que evaluando a un niño.

Pruebas de Ni

  • Encerrada en cámaras de presión, forzada a resistir golpes y torturas físicas que habrían destrozado a un humano normal.
  • Sus capacidades de Fortaleza y Potencia eran puestas a prueba contra maniquíes de acero reforzado, hasta que sus nudillos sangraban.
  • En más de una ocasión, fue obligada a utilizar la Ofuscación para infiltrarse en recintos falsos diseñados por Kraft, donde todo error era castigado con descargas sónicas que la dejaban convulsionando.

Los dos sobrevivían, sumisos, porque sabían que la rebeldía no era ya una opción.



Sherali contra Kraft

Sherali fue el único que no pudo contenerse. Lo cuestionó en voz alta, delante de Aya y Destiny:


Kraft ni siquiera levantó la vista de su tablet.


La humillación dejó a Sherali en silencio. Desde entonces, apenas se le volvió a escuchar alzar la voz.



Visitas de la Justicia Metálica

Las semanas pasaron con visitas intermitentes que parecían inspecciones militares más que supervisiones médicas.

Terry McCoil apareció en la tercera semana de enero, acompañado de otro Ícaro: Mi. McCoil, imponente, con su porte elegante y confiado, no ocultaba el desdén hacia el complejo. Caminaba como si ya fuera suyo. "Mi" parecía un reflejo disciplinado, obediente hasta lo antinatural, diseñado para seguir órdenes sin vacilación alguna.

McCoil observó las pruebas de Iota con un gesto de satisfacción.


El Ícaro asintió en silencio. Sus ojos, carentes de emoción, incomodaban a Iota y a Ni. ¿Él también pertenecía a la misma hornada de Ícaros?

McCoil se acomodó en una silla plegable, encendiendo un puro con calma calculada.


Se inclinó apenas hacia ella, expulsando el humo en el aire. Una pausa prolongada, casi teatral, antes de volver a hablar.


El silencio volvió a dominar la sala. McCoil lo dejó pesar, como si también formara parte de su discurso.


Terminó el puro con calma, lo apagó contra la suela de su zapato y lo dejó rodar hasta el suelo como si fuera algo sin valor.


Kraft asintió en silencio, sin alterar el gesto.

McCoil se levantó con calma, alisó su chaqueta y sonrió con falsa cordialidad antes de marcharse.


Sherali, incapaz de soportar más, se apartó al servicio para llorar a solas.



Henry Beret llegó poco después, a finales de enero. Venía furioso, acompañado de dos Ícaros femeninos: Fi e Ípsilon. Su sola presencia llenaba el pasillo como una tormenta. Exigió resultados inmediatos y se enfrentó verbalmente a Aya, acusándola de haber dilatado las evaluaciones por sentimentalismo. Fi e Ípsilon se movían como escoltas, miradas vacías y obediencia absoluta, ejemplos de lo que Beret consideraba éxito.

Antes de marcharse, dejó claro que el fracaso del laboratorio de Eslovaquia sería cargado sobre sus hombros.



Febrero de 2005 – El veredicto

Tras cuatro semanas de pruebas inhumanas, Kraft convocó a los tres adultos que quedaban: Aya, Destiny y Sherali.

Su tono fue el mismo que al inicio: frío, meticuloso, quirúrgico.


No hubo espacio para réplicas.
No hubo un margen para salvar nada.

El eco de esas palabras selló el destino de todos en el laboratorio subterráneo de Banská Štiavnica.

La sala de control estaba en silencio, iluminada solo por la luz azulada de los monitores. El aire olía a ozono y desinfectante, con esa tensión insoportable que anuncia que algo está a punto de romperse.


Aya Kunter, hasta entonces contenida, perdió la máscara de serenidad. Golpeó la mesa con la palma abierta, los ojos ardiendo de furia.


El joven cuidador palideció, pero obedeció. De uno de los cajones extrajo dos jeringuillas selladas, cada una con un líquido semitransparente de un tono anaranjado, casi brillante. La sostuvo con manos temblorosas y se acercó a Karma.


El gesto no pasó desapercibido. Kraft levantó la vista de su tablet, como un depredador que huele sangre. La Walther PPK apareció en su mano con un movimiento seco, y tres disparos retumbaron en la sala.

Sherali se dobló sobre sí mismo, con sangre tiñendo su jersey gris en el pecho y el abdomen. Cayó de rodillas antes de desplomarse en el suelo. Karma lo sostuvo entre sus brazos, mientras su vida escapaba a borbotones de su cuerpo. Aya gritó, con un sonido más cercano al de un animal herido que al de una científica. Sus gafas se deslizaron al suelo cuando se abalanzó contra Kraft. En medio del forcejeo, Sherali reunió sus últimas fuerzas para buscar con la mirada a Iota.


La aguja atravesó la piel de Iota antes de que la pistola volviera a tronar. Sherali se desplomó, sin aliento, con una mueca que era al mismo tiempo dolor y paz. Aya apartó la pistola de la mano de Kraft con un golpe desesperado, mordiéndole el brazo, arañándole la cara. La alarma saltó de inmediato, inundando el complejo con luces rojas y un ulular metálico. Kraft había pulsado el botón de seguridad.


Karma aún sujetaba a Sherali, Iota sentía el calor anaranjado extenderse por sus venas, y la sala vibraba con el caos.

25 de Ago 2025, 14:52:15 #35 Ultima modificación: 25 de Ago 2025, 14:58:05 por Maurick
El líquido anaranjado recorrió vuestras venas con la frialdad de un metal incandescente. Primero fue calor, luego presión, después una oleada imposible de describir.

El mundo alrededor se volvió borroso. El grito de Aya, los disparos de Kraft, el ulular de la alarma... todo se disolvió bajo un rugido más profundo: el de vuestros propios recuerdos.

El acondicionamiento se desmoronó como un muro de cristal roto. Y lo que vino después fue claridad. Una claridad insoportable.

De golpe lo recordáis todo.
El orfanato. Las noches de hambre. La fiebre en la cama de hospital. Las manos frías que os marcaron como sujetos viables. Las agujas clavándose una y otra vez. Los días interminables de entrenamiento, los otros niños que no sobrevivieron, y sus rostros fueron borrados por la programación.
Recordáis el olor a sudor, a miedo, a sangre. Los informes leídos en voz baja cuando pensaban que dormíais. Recordáis que hubo padres, tal vez hermanos, alguien que os perdió. Sabéis que debéis alimentaros de sangre de seres excepcionales, sobrenaturales diríais. Sabéis que sois un experimento llevado a cabo por una coalición Garou-Vampírica. No sois criaturas naturales, sois seres que jamás debieron existir. Sois Dédalo e Ícaro volando lejos del laberinto. Y os estáis quemando, vuestras alas de cera y plumas se derriten a medida que el Astro Rey os ilumina con fiereza y tranquilidad.

La claridad viene acompañada del horror: porque todo lo que habíais olvidado vuelve de golpe, sin filtro, sin pausa. La vida entera comprimida en un instante que os aplasta desde dentro.

Y sin embargo... hay algo más.
Una lucidez distinta. Una voz interior que no es ajena ni programada. Una sensación de poder que nunca antes había estado tan cerca. Como si, por primera vez, fuerais realmente vosotros mismos.

La claridad os quema, pero también os libera.

Ahora sabéis quiénes sois.
Y ya no hay vuelta atrás.



Vuestra elección

En este momento, Iota y Ni debéis decidir:

  • Quedaros y ayudar a Aya a derrotar a Lucian Kraft.
  • Salir corriendo e intentar escapar del laboratorio.

Si no os ponéis de acuerdo, os quedaréis paralizados, contemplando como vuestro minúsculo mundo se derrumba.

Iota se sintió como si hubiera tomado litros y litros de café. Sus sentidos y todo su cuerpo estaban alerta y notaba todo a su alrededor. La sangre de Sherali, la respiración acelerada de Aya y también como  Ni debía estar sintiendo algo parecido a lo que el experimentaba.

 Pero lo más peor era su mente ahora: las voces habían vuelto como un torrente de agua ha destrozado una presa. Un torrente que grita desgarrador que pedía destrozar a esos  intrusos y una venganza aun sin determinar.
La ira había reemplazado a la sangre en  la venas de Iota y lo que hacia bombear su corazón y aumentar su temperatura corporal más allá de lo humano.
Si existen los dioses, así debía sentirse uno.

Iota miró a Ni y le lanzo un gruñido a la vez que giraba la cabeza hacia el intruso y levantaba sus manos como si fueran garras para mostrar que iba a presentar pelea. Conocía a Ni y sabia que la chica no era de las que huían y menos si le hacían daño hiriendo de gravedad a Sherali como había hecho el intruso.

Así que a pesar de la incesante y dolorosa alarme, Iota no quería nada más que interponerse entre el hombre de la pistola humeante  y Aya y protegerla sin temor al dolor o la muerte.

Karma sintió paz. A pesar del ruido, del caos de su alrededor, la paz. Un instante eterno, en el que pudo observar con detenimiento todo lo que ocurría allí. A Sherali, herido, cada vez más lejos. Cuando su consciencia y su cuerpo se volvieron a sincronizar la paz se extinguió. Más bien ardió en llamas en su interior. Un fuego se generó en sus entrañas y fue devorándole.

Todo el entrenamiento, las últimas semanas, ese sacrificio inhumano para alcanzar la perfección. Podría acabar con cualquier tipo de vida, tenía ese poder. No era físico, era algo más, como si el resto de seres vivos hubiesen pasado a ser todos parte de una cadena trófica en la que ella e Iota estaban en la cima.

Apretó los dientes hasta sentir que se iban a partir en mil pedazos y sus ojos se clavaron en aquel intruso.

El pasillo temblaba como un animal herido. El eco de las alarmas y las ráfagas automáticas se mezclaban con un latido más profundo: el de vuestra propia sangre recién despertada. Lucian Kraft se giró hacia vosotros, con su pistola aún humeante y la mirada fría de un verdugo convencido de su autoridad.

Pero ya no teníais grilletes en el alma.

Iota fue el primero en moverse, con la ira pura transformando su cuerpo en un proyectil humano. La mano del supervisor apenas alcanzó a levantar el arma antes de que los dedos de Iota le sujetaran la muñeca con fuerza inhumana. El hueso crujió, soltando un chasquido nauseabundo que resonó como una rama quebrada. El arma cayó al suelo rebotando en el metal.

Ni lo siguió, con sus ojos ardiendo como brasas. Sus puños golpearon el pecho del hombre con una potencia imposible, haciendo que el sonido seco de costillas astillándose llenase el aire. Kraft, vomitando sangre, intentó articular una orden, un insulto, algo... pero Iota le arrancó la palabra de la boca al hundirle los dedos en la garganta.

El supervisor forcejeó, con su rostro congestionado de venas moradas, hasta que Ni le agarró de la cabeza y, con un giro brutal, le partió el cuello como si fuera un muñeco. El cuerpo se desplomó convulsionando, mientras la sangre manaba de su boca en hilos oscuros. El hombre que había reducido vuestras vidas a números en un archivo acababa de ser reducido a carne rota en el suelo.

Aya Kunter, de rodillas contra la pared, observaba con las manos temblorosas, entre el horror y una punzada de alivio imposible de disimular. El eco de Sherali agonizando aún flotaba en la sala.

Entonces, un rugido desgarró el aire. Destiny Reeves entró a la sala, jadeante, con los ojos abiertos como platos.


El cuerpo de Destiny se estremeció. Sus músculos se abultaron, desgarrando el uniforme como si fuese papel húmedo. Un segundo después, el crujido de huesos creciendo, las garras alargándose, el pelaje gris brotando como fuego sobre su piel. Donde había una mujer Garou disciplinada, ahora se erguía una bestia Crinos de más de dos metros y medio de furia y fuerza. Su aullido hizo temblar el laboratorio más que las sirenas.


Las luces explotaban una tras otra en el techo. Columnas enteras se desplomaban. El olor a pólvora, metal quemado y sangre impregnaba el aire como un pantano ardiente. Destiny os agarró con garras más delicadas de lo que parecían, una mano a cada uno, y cargó a Aya sobre el hombro con la otra.

Todo vibraba. Las explosiones en cadena rugían tras vosotros, como fuegos artificiales devorando el mundo. Y vosotros, Iota y Ni, empapados todavía en líquido rojo —la sangre de Sherali, la de Kraft, la vuestra propia— lo contemplabais todo como si fuese un espectáculo imposible. Una sinfonía de destrucción que, por primera vez, ya no os tenía como víctimas.

El túnel se abrió en una ráfaga de luz blanca. La nieve os cegó al salir. Destiny emergió de un salto, aterrizando con una zancada monstruosa, mientras detrás de vosotros una bola de fuego se tragaba la entrada al laboratorio. El suelo tembló como si la tierra estuviese viva, expulsando un aliento final de humo negro hacia el cielo gris.

Y entonces lo sentisteis: el sol. El calor helado del astro rey en pleno invierno, acariciándoos la piel como nunca antes lo había hecho. Por primera vez, estabais vivos de verdad. Exhaustos, jadeando, cada músculo ardiendo... pero libres.

El silencio de la nieve duró apenas un instante. Luego, un crujido. Pisadas. Alguien más estaba allí, a pocos metros, avanzando lentamente hacia vosotros.

El espectáculo no había terminado.

El cielo parece libertad, la nieve parece silencio. Hasta que los faros se encienden a la vez.

Tres todoterrenos negros cortan el viento en abanico. Soldados con visores y chalecos quebrantan el silencio con el chasquido coordinado de seguros y culatas. Entre ellos, un hombre de abrigo largo, el pelo recogido hacia atrás con arrogancia quirúrgica, guantes de cuero y un puro encendido que chisporrotea como si el frío se lo fuese a robar.


Aya da un paso al frente con las manos abiertas, temblando, la cara tiznada de hollín y lágrimas heladas.


No termina.

El abrigo de Henry Beret cae al suelo como una piel sobrante. La carne se tensa, los tendones zumban, las vértebras estallan en una torre nueva. Músculos que no pertenecen a un humano se inflan bajo la piel; brota un pelaje rubio anaranjado que se enciende con el reflejo de los faros. La mandíbula se desgarra en una trampa de presa. Cuando por fin se endereza en Crinos, los ojos verdes se clavan en Aya con un odio sin bordes.

La mano de Beret —una garra del tamaño de una cabeza— atrapa el cráneo de Aya como si fuese una fruta.


Aprieta.

El sonido es húmedo y seco a la vez: un estampido dentro de un melón duro. La sangre explota en un abanico oscuro sobre la nieve; fragmentos de hueso y cabello quedan pegados a los nudillos de Beret. El cuerpo de Aya cae con un golpe tonto, como si no tuviera peso. El eco de su última respiración es un hilo que se corta.

Destiny aúlla. Vosotros os rompéis por dentro.

Iota da un paso, Ni carga dos. Pero el zumbido llega antes: una onda sónica invisible, compacta, afinada para rasgar el interior de los huesos. El aire vibra con un chirrido que atraviesa dientes, ojos y recuerdos. El mundo se deforma en oleadas acuosas. La sangre supura de los oídos; las rodillas se aflojan. Dos operativos, tres, cuatro: los anillos emisores en sus fusiles pulsan ritmos distintos, superpuestos hasta que el cuerpo no entiende arriba ni abajo.

Caéis.

Beret, aún en Crinos, os contempla con una sonrisa que muestra demasiados dientes. Se inclina, desciende un poco el hocico a medida que va cambiando a ser humano de nuevo, para hablaros como si os contara un secreto sucio:


Detrás, Destiny carga sin control alguno; el primer operativo sale volando como un muñeco. Pero dos redes de cables trenzados con plata le muerden los brazos; un tercero le clava una lanza corta con punta de plata en el costado. Humo y carne chamuscándose. Ella se mantiene en Crinos, gruñe con todo el odio del mundo, los ojos inyectados en sangre, las garras arañando la nieve hasta sacar tierra.

Beret le dedica una mirada de desprecio ceremonioso, casi con tedio. Su voz, ahora humana de nuevo (la carne retrocede, los huesos encajan, el pelaje se apaga en su piel como brasa rendida), lame las palabras con veneno:


Una señal con dos dedos. Los técnicos os voltean con eficacia industrial. Las abrazaderas se cierran sobre vuestras muñecas y tobillos; el metal muerde con dientes finísimos. Las camillas ruedan. El zumbido ultrasónico baja de intensidad, lo justo para que el mundo vuelva a tener bordes nítidos y podáis ver cómo se aproxima la hilera de cápsulas de criopreservación: cilindros de vidrio con un halo azul, respirando vapor frío.


A Iota le insertan una cánula en la yugular. A Ni, en la clavícula. El líquido sedante entra como una madrugada de plomo. Los párpados pesan. El frío sube desde la espalda y os envuelve.

Los cilindros se cierran con un beso hermético. Halo de escarcha surgiendo alrededor de vuestro aliento. El mundo se ralentiza: las luces de los faros se vuelven estrellas con cola, los copos de nieve se quedan colgados en el aire. Al otro lado del cristal, Beret es solo una silueta que firma papeles sin dejar de fumar.

Y entonces, justo antes de que todo se congele, aparece Destiny. Forzada a adoptar su forma humana, con el pelo pegado a la cara por el sudor, la piel marcada por quemaduras de plata, los ojos abiertos de par en par. Se abre paso entre dos operativos como si le hubieran aflojado la cadena un segundo. Llega hasta el cristal.

No dice nada.

¿Hay odio en esa mirada? ¿Hay culpa? ¿Hay el último trozo de Aya agarrado a vuestros nombres?

El hielo reclama la respuesta. La escarcha dibuja venas sobre el cristal. La última imagen es la boca de Destiny formando una palabra que no oís.

Luego, solo blanco. Y el lejano latido de las máquinas, contándoos hacia abajo.