Episodio 2 — La Garrotxa

Iniciado por Maurick, 15 de Abr 2026, 23:58:13

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Bruma sonríe al ver que su intento con Pedro Alba no surte el efecto deseado.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59


El metis asiente, sosteniendo la sonrisa.


Cuando Ana Mercedes lo agarra del brazo, sintiendo que el temblor cesa, redirige su atención a Blanchard y Aránzazu. Siente una presión en el brazo, la mano de Ana, y desplaza ligeramente el peso de su cuerpo para que ella lo sienta un poco más próximo. El momento es tenso, duro. La mano del cainita atraviesa el pecho de su antigua compañera, e instintivamente el chamán coloca su mano libre sobre el dorso firme de la que ase su brazo. Cuando el asesino se lleva el órgano palpitante a la boca, no puede evitar desviar durante un instante la mirada.

No dice nada, ni a Ana Mercedes ni para sí mismo. Observa a Pedro en su último intento de huida, y observa cómo Blanchard prepara los cuerpos. El mundo des los Vástagos no le es ajeno al uktena, es su principal campo de conocimiento después del de los propios Garou, pero desconoce por completo esa práctica. Quizá sea algo relacionado con lo que había leído en los papeles de Aya, con respecto al linaje perdido al que pertenece el sujeto.

Ana menciona el nombre de su difunta hermana, pero Bruma Nocturna permanece en silencio. Simplemente se hace presente al lado de su acompañante, pero no interrumpe su momento. No le impide disfrutar su dolor, no le evita el momento de iniciar ese tan necesario duelo. Pero está.

La escena cambia, y se muestra el nacimiento. No sabe exactamente cómo, pero entiende lo que ha pasado: Aránzazu, Mauricio, las instalaciones del Viento de Acero y un bebé no metis.


La visión se vuelve dorada, y el muchacho reconoce sin dudar a la protagonista. En esta ocasión, es su mano la que aprieta de forma instintiva la de Ana Mercedes. Contempla la escena con el ceño fruncido, sobre todo cuando es Luxuria la que habla. Recuerda que fue ella la que le ofreció la Lanza de Uktena y la que se la entregó después de traicionar a Iris. Ahora, el papel de Avaritia está más claro... al contrario que el origen de las Estigmas: la primera vez que las sintió, y en conversaciones posteriores, Bruma había usado sus conocimientos y sus dones para determinar el origen de su poder; había intentado identificarlas, y el único resultado había sido que provenía de algo desconocido para él y ajeno totalmente, coincidiendo con las declaraciones de los espíritus, a los poderes de la Tríada. La proyección de la visión a través del Kaos es un nuevo dato al respecto, y uno que no le agrada demasiado. Al menos, no por ahora. Sin embargo, entiende el cambio de actitud y la transformación de Avaritia. Eso, en cierto modo, es una ventaja... aunque no sabe hasta qué punto.

Tras reducir levemente la velocidad de su mente, el joven se da cuenta de que vuelven a estar en Middelgrunden... y del estado de Ana Mercedes.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59


Hace una breve pausa. Recapacita. ¿Le permitiría el Pozo mostrarle más cosas sobre Aránzazu? Sospecha que probablemente sí, pero quizá sería demasiada información y, además, podría quitarle peso a la experiencia reciente. Quizá lo mejor sea, por ahora, dejar que las cosas sigan su curso.


Sus ojos están fijos en los de ella, y su mano sigue ofreciéndole amparo a la philodox en ese momento tan delicado. Sin embargo, el transcurso de la escena se ve interrumpido por esa presencia que ya parece formar parte del todo en el que se encuentran.

Cita de: Maurick en 27 de Jun 2026, 18:34:59





Las pupilas del sioux vuelven a contraerse poco a poco, definiendo de nuevo la imagen de la escena en sus retinas, y sin mirarla directamente se dirige de nuevo a su acompañante.



Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Zarpa Manchada no responde a tu desafío como lo haría un enemigo al que se le ha concedido el derecho de sentirse ofendido. No se inmuta. No sonríe más de la cuenta. Ni siquiera parece disfrutar demasiado de que lo mires como si pudieras atravesarlo hasta encontrar detrás una voluntad más profunda, más cómoda de nombrar. La lluvia cae entre vosotros, fría, interminable, y durante un momento sólo existe el sonido del agua golpeando metal, piel muerta y memoria.


Lo dice sin ira. Eso lo vuelve peor.


A tu lado, Ana Mercedes respira con dificultad. Su mano sigue aferrada a tu brazo, aunque ya no parece saber si lo hace para sostenerse o para comprobar que tú también estás allí. Frente a vosotros, Blanchard continúa inclinado sobre los cuerpos embalsamados de Aránzazu y Pedro, como si el recuerdo no necesitara pausa para vuestra conmoción.


El líquido negro sube por las juntas de la plataforma con una respiración lenta.


Ana Mercedes traga saliva. Intenta apartar la mirada de Aránzazu, pero no lo consigue del todo. Cuando habla, lo hace como si cada palabra tuviera que encontrar antes un hueco entre la lluvia y la imagen de su hermana muerta.


No termina, la oscuridad se los come. La plataforma petrolífera desaparece sin romperse. No hay caída, ni golpe, ni transición limpia. Todo se apaga como una lámpara sumergida en aceite. Aránzazu deja de estar ahí. Blanchard se borra. Pedro se convierte en una última vibración de miedo que se pierde bajo el líquido negro. La lluvia se queda sin cielo. El mar se queda sin horizonte. Durante un momento, sólo estáis Ana Mercedes y tú, suspendidos en una negrura cálida y espesa, demasiado quieta para ser agua y demasiado viva para ser vacío. Ana sigue agarrada a ti.


No hay juicio en su voz. Tampoco vergüenza suficiente para ocultarlo. Sólo una sinceridad desnuda, arrancada por cansancio.


Entonces una voz rompe la oscuridad.


El grito llega antes que la luz.


Abres los ojos: la noche está ardiendo. Estás en La Garrotxa, en la Muntanya Blava, y el aire está lleno de ceniza. El monte arde a vuestras espaldas con una violencia antigua, roja y negra, levantando columnas de humo que se retuercen entre los árboles. La tierra tiembla bajo los pies. No por un terremoto, sino por carreras, golpes, aullidos y cuerpos enormes atravesando el bosque. Pau Galdés está en Crinos, y su figura se recorta entre las llamas, enorme, cubierta de sangre y hollín, con las garras abiertas y la respiración convertida en vapor caliente. No os mira a vosotros. No puede veros. Mira a dos muchachas mucho más jóvenes que Ana Mercedes, una de ellas con el rostro que ahora reconoces bajo capas de edad, dureza y pérdida. La otra es Edurne. Ambas están paralizadas por el terror, demasiado cerca del centro de algo que ninguna niña debería haber visto.


Alrededor, varios Crinos salen al encuentro del asalto. Hay Garou lanzándose hacia la oscuridad entre los árboles, contra siluetas deformes que emergen del humo con el hedor espiritual de los Danzantes de la Espiral Negra. No es una escaramuza. No es una incursión torpe. Es una caída. Una herida abriéndose en el lugar exacto donde no debería haber habido puerta. Ana Mercedes lo entiende antes de poder soportarlo, su cuerpo se queda rígido y después se rompe. No con una frase solemne. No con una aceptación adulta. Se rompe como alguien que ha guardado el mismo miedo durante demasiados años y de pronto descubre que seguía vivo, intacto, esperando debajo de su nombre. Se vuelve hacia ti y se abraza a tu cuerpo con una desesperación que no tiene nada de Philodox, ni de aliada, ni de mujer acostumbrada a sostenerse ante los demás.


Su voz sale entrecortada, húmeda, infantilizada por el pánico.


La sientes temblar contra ti mientras el recuerdo sigue adelante. Pau agarra a la Ana de entonces por un brazo y empuja a Edurne hacia el sendero. Las dos muchachas tropiezan, lloran, intentan obedecer. Detrás de ellas, los Garou de la Muntanya Blava chocan contra los Danzantes entre los árboles incendiados. Garras contra garras. Dientes contra carne. Rabia contra corrupción. Pero hay algo mal en la escena, algo que no encaja con un asalto venido desde fuera. Alguien los dejó entrar.

No fue sólo fuerza. No fue sólo azar. No fue sólo la noche equivocada. Hubo una abertura. Una rendija. Una concesión hecha antes de que el fuego empezara a trepar por la montaña. Los Danzantes no encontraron el corazón de la Muntanya Blava por casualidad. Alguien les puso una mano en la puerta; y entonces la ves. En lo alto de la montaña, entre el resplandor del incendio y el humo que sube hacia las estrellas, está la mujer pelirroja. Luxuria. No necesita moverse para contaminar el paisaje. Su presencia basta. Observa la destrucción del túmulo como quien contempla una copa llenándose lentamente. No hay prisa en ella. No hay duda. El fuego le ilumina el rostro con una belleza repugnante, y por un instante el Pozo te permite comprender algo sin formularlo del todo: las Estigmas querían a Ana Mercedes. Querían acabar con ella. No con la adulta que ahora se derrumba contra ti, sino con la niña que Pau está intentando sacar de allí a empujones, entre humo, sangre y vergüenza.

No lo logran, Pau no las deja. Y esa verdad pesa más que muchas victorias. El Crinos se gira una última vez hacia los suyos, hacia los que han salido a combatir, hacia los que quizá esperan verlo regresar a la línea de defensa. Sus orejas se pegan al cráneo. Sus ojos arden con una mezcla insoportable de deber, miedo y decisión. Luego toma la forma lupus y empuja a las niñas hacia la espesura. Huye, las salva. Huye, las salva. El Pozo no permite que una cosa tape la otra. Ana Mercedes cae de rodillas. Sus manos se deslizan de tu cuerpo, incapaces de seguir sujetándote con la misma fuerza.


La palabra no contiene reproche, contiene comprensión. Y esa comprensión la destruye. La vergüenza de Pau no nació de haber abandonado a los suyos por cobardía. Nació de haber sobrevivido haciendo lo único que podía hacer. Nació de haber cargado con dos niñas fuera del infierno mientras otros morían dentro. Nació de no haber podido convertir el sacrificio en una canción limpia. Ana se tapa la boca, pero el llanto le atraviesa los dedos.


No termina, no hace falta. Su vida, la de Aránzazu, la de Adán, la de Avaritia, la de Luxuria, la de Pau, la de la Muntanya Blava, todo parece entrelazarse durante un segundo en una madeja demasiado vieja, demasiado sucia, demasiado injusta para admitir un solo culpable. El recuerdo continúa. Pau corre en lupus con las dos niñas. Edurne va medio arrastrada, Ana apenas puede sostenerse. Las llamas quedan atrás, pero los aullidos no. El sendero se curva, y entonces, entre los troncos, aparecen dos figuras enormes. Danzantes de la Espiral Negra, corruptos con serpientes brotando de su pelaje, con babas ácidas brotando de sus correosas bocas. No son parte del caos general. No son cazadores perdidos: les estaban esperando.

Pau se detiene en seco. Gruñe. Coloca su cuerpo entre ellos y las niñas, pero está herido, agotado, cubierto de sangre que no sabes si es suya o de otros. Uno de los Danzantes sonríe. El otro abre las fauces, y en ese gesto hay una promesa de muerte tan simple que no necesita palabras. Ana Mercedes, la adulta, deja de llorar durante un segundo. Como si el miedo hubiera encontrado un escalón más abajo.

Entonces llega la luz: dorada, brusca y absoluta. No cae del cielo. No brota de la tierra. Aparece en mitad del mundo, como si alguien hubiera abierto una grieta en la realidad y al otro lado sólo existiera oro. Los Danzantes se quedan inmóviles. Sus ojos hierven bajo el resplandor. Sus cuerpos empiezan a endurecerse desde dentro. Primero las garras. Luego los brazos. Luego las fauces abiertas. Se convierten en estatuas de oro. Avaritia aparece sólo un instante entre los árboles, envuelta en un fulgor que no busca ser hermoso, sino definitivo. Mira hacia las niñas. Mira hacia Pau, y su expresión no ofrece alivio. Es la mirada de alguien que protege una posesión, una promesa, una inversión sentimental que no admite ser arrebatada por manos ajenas. Pau no se pregunta qué ha ocurrido, no espera ni agradece, huye, las salva.

La oscuridad vuelve de golpe. Ana Mercedes se hunde en ella. No cae como un cuerpo cae al suelo. Se hunde como una idea que ya no puede sostenerse. Su silueta se vuelve borrosa entre tus manos, hecha de llanto, ceniza, lluvia y autodesprecio. La ves intentar agarrarse a algo, quizá a ti, quizá a su propia dignidad, quizá al recuerdo de una hermana muerta y de un hombre al que ahora entiende demasiado tarde.


Su voz se aleja.


La oscuridad la traga. La pierdes, no puedes agarrarla. El Cordón Umbral da un latigazo alrededor de tu cintura, tan violento que durante un segundo parece a punto de partirse. Luego todo se abre a la vez. Ya no estás en la Muntanya Blava, ni en la plataforma petrolífera. Ni en la cueva de Avaritia. Estás en una habitación imposible, como el interior de un ojo roto.

O en un teseracto de recuerdos donde cada superficie contiene un mundo que insiste en ser mirado. El techo muestra las experiencias de Iruz: una carretera nevada, una camilla, una espalda abierta, una habitación de reeducación, un sofá, una silla, una aguja, una risa que no consiguió salvarla de nada. Las paredes laterales muestran Bilbao y la Manada del Ensueño: Aránzazu en Getxo, Iris mirándote con la desconfianza de los primeros días, pasillos del Viento de Acero, noches de confusión, una convivencia que parecía provisional y acabó pesando como una vida. La pared frente a ti respira con el bosque de Noche Fría: Dulce Lluvia junto al fuego, Vara Torcida inclinado sobre un rito, el olor de la madera húmeda, la sensación imposible de haber tenido un hogar incluso cuando el hogar siempre estuvo condenado a perderse.

Y el suelo muestra el Cráter de Bilbao. Pero no como lo recuerdas: Blanchard está allí. El vampiro avanza entre la ceniza y la luz enferma del cráter. Tú estás frente a él. No hay Iruz llegando a tiempo. No hay interrupción. No hay mano ajena arrancándote del final. Blanchard cruza la distancia con esa misma calma quirúrgica de Middelgrunden, y esta vez su mano atraviesa tu pecho. Ves tu propio corazón en sus dedos, palpitando, negándose durante un segundo a aceptar que ya no pertenece a tu cuerpo. Luego el suelo se llena de líquido negro.

Todas las superficies empiezan a girar. Iruz, Ana, Aránzazu, Iris, Dulce Lluvia, Vara Torcida, Avaritia, Luxuria, Pau, Pedro, Blanchard. No se mezclan como escenas. Se mezclan como capas de una misma pregunta formulada por bocas distintas. Entonces Zarpa Manchada aparece frente a ti, inmóvil.

No hay lluvia sobre él ahora. No hay humo. No hay plataforma ni bosque que lo justifique. Está de pie en el centro de la habitación imposible, con los ojos rojos fijos en ti y la saliva ácida cayendo despacio desde sus colmillos hasta un suelo que no decide qué muerte mostrar. Durante un largo momento no dice nada, sólo espera. Como si, por primera vez, quisiera saber si vas a hablar antes de que él vuelva a hacerlo. Finalmente inclina un poco la cabeza.


El muchacho espera, consciente de que lo peor para Ana Mercedes está por llegar.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07


Su rostro se siente ya cansado, pero no derrotado. Tiene la expresión de aquellos que han aprendido que el agotamiento no es motivo suficiente para rendirse. Sostiene con firmeza la mano de Ana Mercedes mientras, sin más palabras, termina de escuchar la sentencia del Demonio de Fuego, a la vez que todo se desvanece.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

El gesto del muchacho es amable, comprensivo, pero no flexible. No transmite juicio ni crítica, sino un tipo de comprensión sincera dirigida a quien ha rebasado el punto de no retorno en su curiosidad.


La voz de Pau irrumpe en el silencio de la nada, y el metis vuelve a callar mientras se mantiene cerca de Ana Mercedes sin dejar de sostenerla.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

Las palabras pesan en el corazón del uktena, que también sucumbe a la escena. No por él, ni por lo que está presenciando: lo que le llega de verdad es el reconocimiento del sufrimiento genuino que acompaña a la comprensión de la verdad. Por ello, no dice nada. No esta vez. Se limita a dejarse caer, suavemente, hasta apoyar su rodilla en el suelo. Deja que la niña interior de Ana Mercedes emerja y se libere, dejando que su rostro húmedo repose sobre su hombro mientras la acoge entre sus brazos.

La visión avanza, y la figura de Luxuria toma su lugar en la escena.


La escena continúa, y el muchacho hace lo que puede por, simplemente, estar. Comprende perfectamente la sensación de la revelación, pero también el exceso de responsabilidad que en este momento abruma a la Hija de Gaia.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07


Bruma Nocturna estira su brazo para intentar agarrarla, pero es tarde. Ana Mercedes ya no está. En su lugar hay un montón de escenas, recuerdos fragmentados, y la voz del Demonio de Fuego.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 15:04:07

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Tu padre escucha tus bravuconadas, de nuevo. Impasible, paciente. La habitación imposible sigue girando alrededor de ti, aunque ya no lo hace con la misma violencia. El techo conserva las cicatrices de Iruz, las paredes sostienen Bilbao y Getxo como si fueran habitaciones contiguas, el bosque de Noche Fría respira frente a ti con un olor a madera húmeda y humo viejo, y bajo tus pies Blanchard sigue arrancándote el corazón en una versión del Cráter de Bilbao donde nadie llega a tiempo para impedirlo. El órgano palpita en su mano, negro por la sangre y rojo por la insistencia absurda de seguir siendo tuyo durante un segundo más.


La saliva ácida cae desde sus colmillos y atraviesa la imagen del cráter sin tocarla. Allí donde debería abrir un surco en el suelo, sólo queda un círculo oscuro que tarda demasiado en cerrarse. No hay burla en la frase, eso la vuelve más pesada. El rostro de Zarpa Manchada cambia un poco. No abandona la forma Crinos, ni deja de ser esa cosa enorme, humeante y terrible que llevas años asociando a la destrucción, al linaje podrido y al nombre del Demonio de Fuego. Pero algo en su mirada se desplaza hacia atrás. Hacia una fatiga más antigua que la corrupción. Hacia un lugar donde todavía había orgullo antes de que hubiera condena.


La pared del bosque de Noche Fría se oscurece: por un instante ves nieve entre los troncos. No nieve limpia, nieve pisoteada, mezclada con barro, ceniza y sangre vieja. Un círculo de Garou bajo pieles húmedas. Un fuego bajo, un chamán de la Noche Fría hablando en voz baja, con los ojos hundidos por demasiadas noches mirando hacia la Umbra. No oyes la profecía completa, porque el Pozo no te la entrega como una cita. Te permite que roce el oído como una astilla.

...el hijo de la niebla...
...la sangre que vuelve mordida...
...las hijas de la eternidad...
...el portador de la sombra...

La imagen se quiebra antes de que puedas fijarla. Zarpa Manchada sigue delante de ti.


Una pausa.


El techo muestra a Isabel White bajo las luces del quirófano. Una pared muestra a Aránzazu sosteniendo a Adán. Otra devuelve a Ana Mercedes de niña, arrastrada por Pau entre humo y llamas. El suelo, bajo tus pies, muestra tu propio cuerpo cayendo en el Cráter de Bilbao sin que nadie lo aparte de la mano de Blanchard. Zarpa Manchada avanza un paso, el espacio no se aparta para dejarle pasar. Las escenas se deforman alrededor de su cuerpo como si recordaran su peso.


El bosque cambia. Ya no es la Noche Fría. Los árboles son más bajos, más húmedos. Hay agua en la tierra. Agua quieta. Fría. Un campamento distinto, marcado por pieles, barro, ramas atadas y símbolos Uktena que no pertenecen a tu clan. Rostros severos. Garou observando a un hombre agotado que se mantiene de pie sólo por terquedad. Una mujer de rostro severo increpa al que parece tu padre. No entiendes lo que dicen.


El nombre pesa en el aire como una piedra metida en una bolsa.


Por un instante ya no ves al Demonio de Fuego. Ves a un Garou más joven, homínido, con el cuerpo lleno de barro seco y heridas mal cerradas. Zarpa Manchada antes de ser una leyenda podrida. Antes de que su nombre se volviera algo que se escupe. Tiene los ojos hundidos, los labios partidos, las manos abiertas para demostrar que no lleva armas en ellas. Y aun así todos le miran como si hubiera llegado cubierto de enfermedad.


El recuerdo no te deja oír todas las respuestas, pero sí algunas.

¡Miserable! ¡Incestuoso! ¡Profanador! ¡Eres una deshonra! Una mujer escupe al suelo, mientras un anciano aparta el rostro. Un Ahroun da un paso hacia delante, no para escuchar, sino para dejar claro que Zarpa Manchada no debe acercarse más.


La habitación imposible se enfría.


El joven Zarpa Manchada del recuerdo no grita. No se lanza contra ellos. No se defiende como tú esperarías de un Ahroun. Se queda allí, tragándose cada palabra con la mandíbula tensa, con los hombros rígidos, con la respiración controlada a la fuerza. Eso, de algún modo, resulta más humillante. Luego el recuerdo se disuelve en el líquido negro. El Crinos vuelve a estar solo frente a ti.


Su voz baja un poco.


Las paredes muestran ahora pedazos inconexos. No como visiones nuevas, sino como cosas que han quedado pegadas al interior del Pozo. Ana Mercedes pronunciando el nombre de Aránzazu. Iruz gritando que no la mires. Pedro suplicando a una Reina Roja que ya no está allí. Pau huyendo con dos niñas mientras el monte arde detrás de él. Avaritia convirtiendo a dos Danzantes en oro sin pedir permiso a nadie para intervenir en la historia.


Zarpa Manchada no sonríe.


La frase queda suspendida entre vosotros. No te corrige, ni te ofrece una explicación. Sólo deja que el silencio haga su trabajo.


El suelo vuelve a mostrar el Cráter de Bilbao. Blanchard sostiene tu corazón. Esta vez, sin embargo, detrás de él se ve durante un parpadeo una sombra que no pertenece a esa escena. No interviene. No salva. No condena. Sólo está ahí, como una memoria superpuesta a otra memoria, mirando desde demasiado lejos.


El líquido negro empieza a subir por las paredes de la habitación imposible. No lo cubre todo. Sólo marca los bordes, como si estuviera recordándoos que incluso esta arquitectura tiene fondo.


Da otro paso hacia ti. Ahora está lo bastante cerca como para que el calor de su aliento pudra el aire entre los dos.


Sus ojos se estrechan apenas.


El Cordón Umbral vibra alrededor de tu cintura. Ana Mercedes no está, pero su ausencia tira. Iruz no está, pero su vergüenza permanece en el techo. Aránzazu no está, pero su último aliento sigue mojando la plataforma. Dulce Lluvia y Vara Torcida no están, pero el bosque frente a ti continúa respirando como si esperase que volvieras a casa con algo que no fueran sólo manos vacías.


La habitación se inclina. Por primera vez, Zarpa Manchada parece menos una aparición que una cicatriz antigua abierta en mitad del mundo. Una última gota de saliva ácida cae desde sus colmillos y desaparece en el líquido negro antes de tocar el suelo. El Cordón Umbral tira de ti hacia arriba, sabes que es el momento de salir de aquí. Sin embargo...


Su voz parece quebrarse. Notas una presencia aterradora justo debajo de ti, más allá de la visión de un Blanchard asesino sobre ti.


¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

  • Abandonar el Pozo del Olvido: Reunirte con Ana Mercedes e Iruz fuera, e intentar sobrellevar lo que habéis experimentado. Pierdes 1 Punto de Fuerza de Voluntad.
  • Escuchar a Zarpa Manchada: ¿Qué es lo que te quiere contar? ¿Qué es lo que no te ha dicho ya? ¿Es de verdad tu padre... o una visión distorsionada de este lugar liminal? Obtendrás 2 Puntos de Gloria temporal.
  • Sumergirte en las profundidades del Pozo: Hay una presencia que te está llamado. Romperías el Cordón Umbral, y tendrás la oportunidad de conocer a quién está en las profundidades del Pozo. Obtendrás 6 Puntos de Sabiduría temporal, perderás 3 Puntos de Gnosis.

La habitación gira, pero la atención del chamán sigue fija.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

El muchacho niega ligeramente con la cabeza.


El Danzante habla de instrucciones y profecías. De chamanes, cómo él mismo y como Vara Torcida antes que él. La imagen de Blanchard arrancándole el corazón es perturbadora, pero no consigue distraer su atención.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

"Justicia Metálica". Simplemente oír ese nombre le revuelve el estómago.


La imagen de un "Demonio de Fuego" más joven llama su atención. Por primera vez en su vida, encuentra una imagen que puede identificar como la de su padre. Vara Torcida lo había criado, pero la sangre que porta es la de un Ahroun que había sido admirado por su devoción a su deber antes de caer en desgracia por su pecado. Cuando menciona la profecía, y que se la confesó a la Justicia Metálica, algo hierve en el interior del joven theurge. Sin embargo, el relato gana en interés ante sus ojos y oídos.

El relato continúa con el dolor del exiliado, con el manchado por el deshonor. Un dolor que Bruma Nocturna conoce bien. Habla del Pozo del Olvido y de su funcionamiento, y el chamán no interrumpe. Solo escucha, y mira a una figura que, por una vez, se presente vulnerable en lugar de amenazante. Quizá, aunque ese ser sea un Danzante de la Espiral negra, en el fondo pueda seguir siendo Zarpa Manchada. Quizá, aunque demasiado tarde para ejercer, pueda ser su padre durante los eternos segundos que pueda pasar en ese lugar.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Duda un segundo, y deja que su acompañante continúe hablando mientras intenta reprimir toda esa culpa y esa frustración que lo han llevado al lugar en el que está.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Las palabras suenan cada vez más densas a medida que se suceden. El pasado de Zarpa Manchada casi consigue que el joven sioux lo perciba como algo más que un despojo de corrupción, pero rememorar sus crímenes (reales o hipotéticos) aviva de nuevo la llama del desprecio en su pecho. No tan violenta ni tan viva como antes, quizá, y no libre de culpa: si el desprecio le había llevado a abrazar la corrupción, seguir despreciándolo solo le da la razón en su decisión. Sin embargo, al muchacho le falta todavía un motivo de peso para concederle un mínimo de comprensión a esa figura que sigue presentándose como su padre.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42

El cordón umbral vibra y comienza a tirar, pero Bruma no quiere perder la oportunidad de escuchar qué tiene que decir. Iruz está a salvo, y Ana Mercedes está a salvo. Quizá no estén bien, pero están a salvo. El chamán acerca su mano al brillo del cordón, hace un gesto y la energía se enrosca en su mano. No puede agarrarlo pero, de alguna manera, el fino hilo parece tensarse de una forma estable durante un momento mientras el muchacho se esfuerza en sostenerlo.




Las palabras de Zarpa Manchada crean una nueva verdad que el joven uktena tendrá que asimilar con el tiempo. Sin embargo, el final de su conversación llega a un punto diferente y más urgente.

Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42


Su voz, armada de una seguridad que hacía tiempo que no mostraba, expone su resolución mientras sus dos manos se juntan para sostener por última vez el cordón umbral. Cierra ambos puños como si estuviese sujetando la energía y, con un golpe seco, las separa en un estallido de chispas irisadas que caen como pequeños copos de nieve durante un par de segundos.


La determinación da forma a su rostro, y un destello de "algo más" brilla fuerte en los ojos del chamán. El entorno empieza a desdibujarse, la oscuridad empieza a perder forma e incluso textura y entonces...



Cita de: Maurick en 29 de Jun 2026, 22:41:42
  • Escuchar a Zarpa Manchada: ¿Qué es lo que te quiere contar? ¿Qué es lo que no te ha dicho ya? ¿Es de verdad tu padre... o una visión distorsionada de este lugar liminal? Obtendrás 2 Puntos de Gloria temporal.
  • Sumergirte en las profundidades del Pozo: Hay una presencia que te está llamado. Romperías el Cordón Umbral, y tendrás la oportunidad de conocer a quién está en las profundidades del Pozo. Obtendrás 6 Puntos de Sabiduría temporal, perderás 3 Puntos de Gnosis.

Una combinación de ambas opciones, a cambio de 1 punto permanente de Fuerza de Voluntad.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

30 de Jun 2026, 23:19:30 #50 Ultima modificación: 04 de Jul 2026, 16:08:28 por Maurick
Cita de: Lady Midnight en 30 de Jun 2026, 01:10:24Una combinación de ambas opciones, a cambio de 1 punto permanente de Fuerza de Voluntad.

Que así sea.



El Cordón Umbral no se rompe con un sonido heroico.

No hay trueno. No hay campana. No hay una gran señal que anuncie al mundo que acabas de tomar una decisión irreversible. Sólo notas una resistencia breve entre las manos, como si hubieras agarrado un nervio vivo, y después una sensación seca, íntima, casi vergonzosa. Algo que estaba unido a ti deja de estarlo. Algo que habías tendido hacia Iruz y Ana Mercedes se deshilacha en un estallido de chispas irisadas, pequeñas, bellas y absolutamente inútiles. Durante un segundo percibes el peso de las dos al otro lado. No sus voces. No sus cuerpos. Sólo el tirón de su existencia alejándose hacia arriba, hacia la superficie del Pozo, hacia el mundo donde quizá todavía puedan abrir los ojos. Luego, la nada. El silencio que queda no es vacío, es abandono.

Zarpa Manchada observa el lugar donde el Cordón ha desaparecido. Su expresión no cambia, pero algo en sus hombros parece ceder, como si una puerta largamente cerrada acabara de encontrar por fin una grieta. La habitación imposible se contrae alrededor de vosotros. Las paredes de recuerdos se pliegan unas sobre otras: Iruz, Ana, Aránzazu, Iris, Dulce Lluvia, Vara Torcida, Blanchard, Avaritia, Luxuria, Pedro, Pau. Todos se doblan como láminas húmedas de una misma materia negra.


No lo dice con orgullo: lo dice como quien reconoce una enfermedad familiar en la forma de respirar de un hijo. El suelo desaparece, y caéis. Pero esta vez la caída no atraviesa recuerdos. No hay escenas ordenadas ni rostros esperándote al otro lado. La sustancia del Pozo se abre en capas espesas, negras, cada vez más antiguas, cada vez menos humanas. Pasas a través de voces que no llegan a formar palabras, de imágenes erosionadas por siglos, de vidas reducidas a presión. Una madre que olvida el rostro de su hijo antes de morir. Un Garou enterrado bajo raíces que siguen creciendo a través de sus costillas. Un pájaro sin alas recordando el cielo. Una ciudad ardiendo una vez, dos veces, mil veces, porque alguien siempre vuelve a tocar el mismo punto de la herida. Zarpa Manchada cae contigo, pero no a tu lado. Dentro de la caída. A veces es el Crinos putrefacto de ojos rojos. A veces es el Ahroun joven que llegó a Marian Coldwater con las manos abiertas. A veces es sólo una sombra con el contorno de un padre que nunca tuvo tiempo de aprender a serlo. Cuanto más descendéis, más le cuesta conservar la forma. Su pelaje se convierte en humo. Sus colmillos se vuelven líneas de luz enferma. Su voz llega desde varios sitios a la vez.

La presión aumenta, y te das cuenta de que el nombre de Bruma Nocturna empieza a pesar demasiado. Hijo del Kaos pesa demasiado. Metis pesa demasiado. Uktena pesa demasiado. Cada nombre intenta separarse de los demás, como si el Pozo quisiera saber cuál de ellos puede hundirse más sin partirse. La Gnosis se te escapa en bocanadas frías, arrancada por la misma corriente que te arrastra hacia abajo. No es un pago simbólico: es el combustible. Es parte de ti alimentando el descenso. Zarpa Manchada se estira en la oscuridad como una mancha de fuego mojado. El líquido negro se vuelve espeso como vidrio fundido. Luego transparente, luego imposible.

Y entonces ves el Cráter de Bilbao desde dentro. No desde el borde donde Blanchard te habría arrancado el corazón. No desde la ciudad congelada, ni desde los restos de lo que fue Getxo, ni desde las cicatrices abiertas por el estallido cristalino. Lo ves desde una profundidad que no debería tener cielo. Una bóveda inmensa, curvada sobre sí misma, donde el mundo parece haberse doblado hacia dentro para proteger algo que no quería ser encontrado. Arriba, donde debería estar el suelo, hay una membrana umbral vibrando con tonos verdes, azules y blancos, como una burbuja sostenida contra la presión de todo Bilbao muerto. Debajo, el punto cero del estallido cristalino brilla como una cicatriz que aún no ha decidido si cerrar o seguir abriéndose.

El lugar por donde tantas cosas entraron al mundo fingiendo ser proyectos, sistemas, pruebas o soluciones. Te reformas en el techo de la bóveda, casi cerca del Pilar de Almas. Puedes ver una figura fantasmagórica de Mauricio en lo más alto, con el brazo estirado hacia una superficie que parece cada vez más lejos. No apareces entero: primero aparecen tus manos, tus cuernos, tus órganos internos, tu memoria, tus pulmones, la piel. Tu cuerpo se recompone con una violencia torpe, como si alguien hubiera arrojado tus piezas contra la realidad y la realidad hubiera aceptado volver a juntarlas sólo por cansancio. Después caes, a toda velocidad, sin control alguno. Zarpa Manchada cae contigo como una proyección astral desgarrada, unido a ti por algo más sucio que el Cordón, algo que no has tejido tú y que no sabes si podrías cortar aunque quisieras.

El aire no es aire. Es cristal molido, agua umbral y restos de plegarias rotas. A tu alrededor, la bóveda de Bilbao se despliega como una garganta gigantesca. Ves estructuras congeladas en la distancia, fragmentos de edificios atrapados en ángulos imposibles, restos de túneles, columnas de hielo oscuro, cables que cuelgan hacia arriba y sombras de instalaciones que reconoces sin querer reconocerlas.


Su voz se rompe en mitad del descenso.


Cráter de Bilbao

Getxo, Bilbao, zona de Romo-Itzubaltzeta / Lamiako

📅 15 de octubre de 2005, 06:07

El impacto llega antes de que puedas prepararte. Golpeas el suelo cristalino de Getxo con una fuerza suficiente para partir piedra, pero lo que se abre bajo ti no es una grieta física. Es una onda. Un latido negro y verde que se expande por la zona cero, atraviesa restos de metal, hueso espiritual y arquitectura demolida, y hace temblar la bóveda entera durante un segundo. Zarpa Manchada toca el suelo contigo, y se desvanece. No se marcha como una aparición satisfecha. No desaparece como una ilusión rota. Algo tira de él desde otro lugar, desde más abajo y más lejos, con una violencia muda. Su cuerpo astral se estira hacia la oscuridad hasta quedar reducido a una línea ardiente, y durante un instante ves en su rostro algo que no habías visto antes: determinación.

No termina la frase: la presencia que lo reclama se lo lleva. Quedas solo, o casi. Porque entonces oyes una discusión a lo lejos. Voces, gritos. Una discusión que no pertenece al silencio de aquel fondo imposible. Al principio llega amortiguada por la distancia y por la presión de la bóveda, pero luego una voz se impone a las demás con la furia rasgada de alguien que lleva demasiado tiempo empujando el mundo con los hombros.


La voz atraviesa los restos de Getxo como un cuchillo. Avanzas hacia ella, o quizá la onda de tu caída te arrastra en esa dirección. El entorno se deforma a cada paso. Pasillos que no deberían seguir en pie aparecen entre costras de cristal. Placas de hormigón flotan a medio metro del suelo. Una puerta sin pared muestra, durante un parpadeo, el pasillo de unas instalaciones que no existen ya salvo como infección de la memoria: Demóstenes. Más allá, la burbuja umbral palpita.

Dentro hay figuras: Iris Martínez está allí, y no parece que sea un recuerdo. No como una imagen del Pozo, está allí. La reconoces de una forma que no depende de la vista. La postura, la tensión en los hombros, esa mezcla suya de cansancio, rabia y una capacidad absurda para seguir en pie cuando cualquier otro habría pedido permiso para romperse. El tiempo ha pasado sobre ella de una manera extraña, pero sigue siendo Iris. La última superviviente contigo de una manada que nunca aprendió a ser una familia sin sangrar por las costuras.

A su lado está una mujer de rasgos orientales, de larga melena negra y vestido ceremonial, firme, con el cuerpo colocado entre Iris y aquello que no termina de verse al fondo de la burbuja. Su presencia no pide permiso. Ocupa el espacio como si hubiera llegado allí para corregir una decisión equivocada del destino. Cerca de ellas se encuentran Birdman, una mujer de cabellos anaranjados y un niño de unos 8 o 9 años vestido de mariachi. El Carnaval de Almas no parece un tribunal glorioso, parece un grupo de supervivientes reunidos en el interior de una herida, intentando hacer algo demasiado grande con demasiado poco tiempo.

Y en el centro de todo, al fondo de la burbuja, hay una masa que no debería estar viva: el cuerpo del Demonio de Fuego, fusionado con Custod Aeson. No lo entiendes entero al principio. Tu mente intenta separarlo en categorías conocidas y fracasa. Hay carne Garou, corrupción del Wyrm, geometría estigmática, restos de una autoridad antigua del Viento de Acero y algo más, algo que ha cosido esas partes sin amor, sin respeto y sin intención de que el resultado pueda descansar jamás. La figura se agita con espasmos lentos, como si estuviera intentando recordar si debe morir, despertar o matar todo lo que respira cerca de ella.

Ellos lo miran, pero entonces te ven a ti. El silencio cae de golpe. La bóveda sigue crujiendo. La burbuja umbral sigue vibrando. La cosa fusionada al fondo sigue respirando con un sonido húmedo, enorme, lleno de rabia contenida. Pero todas las miradas vivas se clavan en ti con una incredulidad casi ofensiva. Birdman da un paso hacia delante. Su silueta resulta difícil de sostener con la vista, como si una parte de él estuviera hecha de plumaje, otra de sombra y otra de algo que recuerda demasiados finales distintos. No parece sorprendido en el sentido común de la palabra. Parece furioso porque tu aparición haya roto una secuencia que él ya había visto suficientes veces como para creerla cerrada.


La palabra sale baja. Después sube.


La mujer de pelo anaranjado mira hacia el chiquillo, pero ninguno de los dos responde. Iris no aparta la vista de ti. Mitsuki entrecierra los ojos, evaluándote como se evalúa una amenaza que llega demasiado tarde para ser casualidad. Birdman abre los brazos, no en bienvenida, sino como quien intenta contener una catástrofe con pura indignación.


La burbuja umbral tiembla. La criatura fusionada al fondo mueve la cabeza.


La mirada de Birdman se afila hasta volverse casi dolorosa.


Iris da medio paso. No sabes si hacia ti, hacia la criatura o hacia el recuerdo de una confianza antigua que acaba de recibir un golpe imposible.


Tu nombre en su boca no suena como una pregunta. Suena como una grieta. La mujer de rasgos orientales no se mueve, pero su mano baja, preparada para actuar si el siguiente segundo exige violencia. Va armada con lo que parecen ser unos abanicos de acero.


La hechicera retrocede un paso, con la mirada fija en el temblor de la burbuja. Parece que es quien está sosteniendo esta burbuja umbral.


El chaval, más pálido de lo que parecía posible en aquel lugar, mira hacia el punto por el que has caído.


Birdman no mira hacia arriba, no necesita hacerlo. Sigue mirándote a ti.


Al fondo, la fusión del Demonio de Fuego y Custod Aeson abre los ojos. Emite un rugido gigantesco, tal que hace temblar la bóveda.


La bóveda de Bilbao cruje sobre vuestras cabezas. Y, muy lejos, desde algún punto que ya no sabes si pertenece al Pozo del Olvido, al Cráter o a la memoria negra de Gaia, una risa baja empieza a arrastrarse por las paredes de cristal.

01 de Jul 2026, 19:53:53 #51 Ultima modificación: 01 de Jul 2026, 20:11:11 por Lady Midnight
El cordón umbral se rompe, y el vínculo con las chicas se pierde. Ahora el cuerpo de Bruma Nocturna pertenece de alguna manera al pozo, hasta que este le permita salir o decida expulsarlo... si es que en algún momento llegase a suceder alguna de las dos cosas.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30


El suelo desaparece, y cada imagen que el chamán atraviesa va dejando un poso emocional en su corazón. Muerte, dolor, nostalgia y más dolor. Los nombres luchan por permanecer, pero también por marcharse. Chocan entre sí y se alejan por momentos, inconscientes de que su desprecio mutuo nace únicamente de cuánto dependen unos de otros para poder seguir existiendo como fragmentos de un mismo ser. El cráter de Bilbao hace acto de presencia, una vez más, y el Demonio de Fuego y él son arrastrados a las profundidades bajo el cataclismo. La voz del Danzante habla, pero el metis no tiene ocasión de responder antes del impacto.

El Demonio de Fuego desaparece, pero reconoce una última expresión en su rostro. Algo le dice que no será la última vez que sus caminos se crucen, quizá por la conversación que ha quedado pendiente y que el Pozo no les ha permitido tener. Mientras tanto, una voz a lo lejos llama la atención del sioux. Una voz extraña, pero de alguna manera conocida. Una voz que no es agradable, pero que llama su atención... y más en un lugar como ese. El espacio se reduce, quizá el cuerpo del muchacho se está acercando de forma involuntaria, y reconoce algunas figuras en la burbuja más allá de aquel lugar maldito conocido como "instalaciones Demóstenes".

Allí está Iris, junto a Birdman y un puñado de desconocidos. Al fondo, una criatura quimérica luchando por su derecho a existir y amenazando con hacerlo. La escena es, desde luego, inesperada. La imagen parece vívida, real, pero el joven sabe dónde se encuentra. Al menos, recuerda dónde debería encontrarse. No sabe si lo que está presenciando es de alguna manera real, si es una estrategia del Pozo o, simplemente, ya se ha vuelto loco del todo. Sin embargo, pronto encuentra una solución a sus dudas: ¿qué más da? Si no es real, el Pozo (o su mente, llegado el caso) hará una simulación como si lo fuera. Lo más cabal y coherente, en pro del aprendizaje, es comportarse como si fuese una situación de absoluta autenticidad.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30




La voz del muchacho va acompañado de un cinismo que no sería demasiado hiriente si no fuese porque se nota que es algo que está disfrutando profundamente. Entonces Iris pronuncia su nombre, y un ápice de serenidad vuelve al rostro del chamán.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30


Los demás hablan, pero no le hablan a él. Sus ojos permanecen en Iris hasta que Birdman lo interpela.

Cita de: Maurick en 30 de Jun 2026, 23:19:30

El gesto del chamán se endurece, y su ceño se frunce.


La provocación es clara, pero la risa de fondo realmente le preocupa. Antes de que nadie pueda responder, ya está adquiriendo una posición adecuada para el combate y preparándose para lo peor. Da un paso para dirigirse hacia el grupo, asumiendo que serán sus aliados forzosos en lo que sea que vaya a ocurrir, e intenta colocarse al lado de Birdman sin perder de vista al Demonio de Fuego.

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Un roce bajo la bóveda. Un temblor en el hielo. Una vibración mínima en las costillas de quienes todavía tienen un cuerpo capaz de obedecer a las leyes normales del dolor. Después, el rugido de la criatura lo aplasta todo. No es un rugido limpio. No tiene la dignidad de un Garou en guerra ni la claridad animal de una bestia defendiendo su territorio. Es un sonido roto, múltiple, demasiado grande para una sola garganta. El cuerpo fusionado del Demonio de Fuego y Custod Aeson se arquea en el interior de la burbuja umbral, golpeando el suelo cristalino con los nudillos, con las rodillas, con piezas metálicas que no deberían formar parte de ninguna anatomía viva. La geometría estigmática incrustada en su carne se ilumina a golpes, como cicatrices que recordasen tarde su función.

Birdman deja de mirarte. Eso, quizá, es lo primero verdaderamente preocupante.


No lo dice con desprecio, y la mujer de cabellos anaranjados y el chaval vestido de mariachi se apartan. Todo a tu alrededor se abre, se vuelve mucho más ancho. Estás en la ciudad antes conocida como Getxo, aledaña a Bilbao. Estás en las profundidades del Cráter, pero puedes respirar. Una cúpula de cristal lo mantiene todo protegido. Pero hay algo en ti que no está bien, sin embargo, cuando te quieres dar cuenta, la criatura ya se ha movido.


Su cabeza se sacude hacia un lado, después hacia el otro, como si varias voluntades intentaran decidir a quién odiar primero. Entonces sus ojos se clavan en ti. No en Iris. No en la mujer japonesa. En ti. Algo en el interior de esa masa reconoce una abertura, una deuda, una sangre o una ausencia. Quizá reconoce a Zarpa Manchada. Quizá reconoce lo que ha escapado. Quizá sólo reconoce que acabas de caer desde una herida que no debería comunicarse con ésta. El monstruo se lanza. Tu cuerpo reacciona antes que tu pensamiento. La Rabia intenta subir. El músculo intenta recordar el camino hacia otra forma. El instinto Garou busca el estallido del Crinos como quien busca aire bajo el agua.

No ocurre nada. Ni huesos desplazándose. Ni piel abriéndose. Ni mandíbula creciendo. Ni la vieja certeza salvaje de que tu cuerpo puede volverse arma si la necesidad es suficiente. Sólo hay una resistencia muda, seca, absurda. Como empujar una puerta pintada sobre una pared. Tampoco llegan los Dones. Notas el gesto interior, la llamada, el hilo espiritual que debería responder. Pero no responde. Algo en ti es demasiado ligero, demasiado reciente, demasiado mal ensamblado para obedecer. Estás ahí. Respiras. Pesas. Sangras, o crees que podrías sangrar. Pero no estás ahí de la forma correcta. La garra de la criatura baja hacia ti, pero Iris llega antes.

No en Crinos. No como una montaña de rabia. Llega en Glabro, con el vestido de novia destrozado pegado al cuerpo por sangre, hielo y agua imposible, el rostro endurecido por un cansancio que ya ha dejado de pedir permiso. Sus abanicos de plata se abren con un chasquido metálico, y el aire alrededor de ella se curva como si obedeciera a una orden breve y furiosa.


El primer abanico desvía la garra lo justo para que no te parta de arriba abajo. El segundo corta carne, pelo y metal en una línea brillante. La plata entra en la criatura con un sonido horrible, demasiado húmedo, y el monstruo retrocede medio paso, más sorprendido que herido. Después aúlla. De su costado brota un rostro. No emerge con limpieza. La piel se hincha, se estira, se desgarra alrededor de unos labios que no pertenecen a ese cuerpo. Durante un instante ves la cara arrugada y severa de Vara Torcida, deformada por la presión de la carne ajena. Sus ojos se abren con una lucidez insoportable.


El rostro se hunde antes de terminar de respirar. Otro aparece en el hombro, cubierto de saliva negra, con los dientes apretados en una mueca de rabia que conoces demasiado bien. Zarpa Manchada, pero no el Zarpa que ha hablado contigo. No esa conciencia que te ha guiado hasta aquí. Esto es un residuo, un eco atrapado en la piel de la bestia, una forma usada como espina.


El monstruo se golpea a sí mismo contra el pecho, como si intentara aplastar las voces que le nacen de dentro. Pero cada impacto sólo despierta más bocas. Una mejilla humana se forma cerca del cuello, elegante incluso en el horror, con ojos antiguos y una calma rota por el dolor. Erik Angelus grita antes de tener del todo labios.


La criatura ruge por encima de todos ellos y vuelve a cargar. La mujer de rasgos orientales deja de parecer humana de una forma brusca y preciosa, como si su cuerpo recordase una verdad que llevaba demasiado tiempo doblada bajo la piel. Los brazos se abren en una extensión imposible. Plumas oscuras, largas y aceradas, brotan de sus hombros y espalda con un sonido de tela rasgada. Sus piernas cambian de ángulo. Sus ojos se vuelven más agudos, menos humanos, más antiguos. La forma de ave ocupa el espacio con una elegancia violenta, un ave imposible salida de una tradición que no necesita explicar su autoridad. Entra por el flanco de la criatura con una velocidad que el ojo apenas sostiene. Sus abanicos de acero trazan dos medias lunas en el aire, no para herir profundamente, sino para abrir espacio a Iris. La criatura intenta atraparla, pero se repliega con un batir seco de alas, golpeando la cara principal del monstruo con una lluvia de cortes superficiales que lo enfurecen todavía más.


Iris no responde con palabras. Gira sobre un pie, baja el centro de gravedad y deja que el viento se enrosque alrededor de sus abanicos de plata. No parece indemne. Cada movimiento le cuesta. La herida del impacto anterior sigue abierta, y el frío de Bilbao le muerde los brazos desnudos. Pero la mirada no se aparta del monstruo. Birdman retrocede un paso, no por miedo, sino para dejar sitio a una secuencia que parece conocer demasiado bien y que, aun así, ya no se está desarrollando como esperaba. Euforia mantiene las manos abiertas, sosteniendo la burbuja umbral con el rostro tenso. Bernabé observa la piel de la criatura con una seriedad impropia de un niño, siguiendo cada rostro que aparece y desaparece como si estuviera contando muertos.

El monstruo vuelve a fijarse en ti. No porque seas el enemigo más peligroso. Porque algo en ti le duele. Da un salto torpe, brutal, descoordinado. Su cuerpo cambia de dirección a mitad del movimiento, como si una parte quisiera alcanzar a Iris y otra parte quisiera destrozarte a ti. En mitad del asalto, agarra a Iris de la cabeza y la lanza lejos hacia uno de los edificios que aún se mantienen en pie. Una hilera de rostros se abre en su abdomen durante la carga. Algunos suplican. Otros insultan. Otros sólo gritan sin sonido, con la boca llena de cristal líquido.




Las voces se mezclan con el rugido hasta convertirse en una masa insoportable. Iris se interpone otra vez, pero esta vez el golpe es demasiado grande para detenerlo sólo con técnica. El brazo fusionado de la criatura barre el aire, choca contra el viento levantado por sus abanicos y rompe parte de la defensa. Iris sale despedida varios metros, rueda sobre el cristal y se incorpora con una rodilla en el suelo, respirando con dificultad.


La mujer pájaro cae sobre el hombro del monstruo como una sombra emplumada y hunde uno de sus abanicos de acero entre placas de carne y metal. La criatura se retuerce, la agarra por un ala y la estrella contra el suelo. La forma de Rara Avis soporta el impacto con un crujido seco, pero Mitsuki no grita. Sólo clava las garras en el cristal, gira el cuerpo y se libera arrancándose unas plumas negras que quedan pegadas a los dedos del monstruo.

Entonces la criatura vuelve hacia ti. Esta vez no hay suficiente distancia. No hay forma de fingir que puedes quedarte al margen. No sabes por qué no puedes cambiar de forma. No sabes por qué tus Dones no responden. Pero lo notas con una claridad humillante: ahora mismo, lo único que tienes es el cuerpo que este lugar te ha dejado, tu entrenamiento, tu instinto y la decisión de no permitir que Iris reciba todos los golpes que iban dirigidos a ti. Birdman te mira de reojo, con furia contenida y algo más parecido al miedo de lo que probablemente admitiría.


Iris salta y rueda por el suelo, aterrizando frente a ti y levantando de nuevo los abanicos, colocándose entre la criatura y tú aunque el brazo le tiembla por el esfuerzo.


Su voz sale baja, urgente. El monstruo abre todas sus bocas a la vez. El rugido llena la bóveda de Bilbao.

No sabes por qué, pero no puedes cambiar de forma ni usar ninguno de tus Dones.

  • Si quieres combatir contra tu padre, realiza una tirada de Destreza + Combate Cuerpo a Cuerpo a dificultad 6.
  • Si prefieres evitar el daño y mantenerte fuera del alcance directo de la criatura, realiza una tirada de Destreza + Esquivar a dificultad 6.

¿En qué te has metido, Bruma Nocturna?

La violencia toma la escena, pero el cuerpo del metis no responde como debería. A pesar de que crinos es su forma natural, su carne no obedece a su esencia. La criatura abyecta brilla con una luz familiar, y centra su objetivo en el muchacho mientras Iris toma la iniciativa y detiene el primer impacto.

Cita de: Maurick en 02 de Jul 2026, 00:37:21


Los sonidos apenas se proyectan más allá de sus labios, pero algo en sus ojos dice que no va a aceptar ese consejo.

El monstruo de las caras se expresa con la violencia de una catástrofe natural, hiriendo a las dos únicas presencias que se han atrevido a plantarle cara. Sin embargo, sigue siendo obvio que no son su objetivo real sino una mera molestia; como las moscas en verano que se apartan a manotazos.

El joven sioux da un paso al frente, consciente de que ya no hay huida posible, y se coloca al lado de Iris con la intención de apoyar como pueda a las chicas.


Tensa su cuerpo y se pone en guardia, con la esperanza de que el ser no tenga la capacidad de destruirlo con un único golpe.




Cuando el amasijo de carne, metal y energía se acerca, Bruma Nocturna hace una finta e intenta agarrar uno de los fragmentos de hierro para exponer la zona brillante a sus compañeras. Sabe que no puede sujetarlo, mucho menos contenerlo, pero ganar un segundo de tiempo para Iris y Mitsuki, mientras obliga a su enemigo a girarse para continuar persiguiéndolo, es lo más inteligente y cabal que puede hacer en esa forma débil y casi inútil en el conflicto.

Una vez que la acción toma lugar y consigue recomponerse, mira de nuevo al ser e intenta fijar su mirada en la cabeza emergente del Demonio de Fuego.


Las palabras fluyen con firmeza. No con el dolor de un hijo decepcionado, ni con la distancia de un juez en su estrado. Caen poco a poco, con la emoción exacta de quien ha entendido que no todo se soluciona desde la confrontación ni la acusación constante.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Tu mano no logra sujetar al monstruo: El fragmento de hierro que has agarrado no es una empuñadura, ni una placa estable, ni una pieza limpia de armadura. Es una parte enferma de su cuerpo. Metal injertado en carne. Carne soldada a una geometría que se ilumina desde dentro con pulsos verdes y negros. En cuanto tus dedos se cierran sobre él, notas que la pieza vibra como un hueso vivo. Durante un instante crees que va a arrancarte la piel de la palma, pero aguanta. El monstruo se abalanza sobre ti con la inercia de una ruina que cae, y tú no intentas detenerlo. Lo fuerzas a girar: una desviación brutal de su eje, suficiente para que su peso deje de ir recto hacia tu pecho y para que la luz corrupta que late bajo sus costillas quede expuesta durante un latido.


Iris lo ve, y Mitsuki también. La criatura abre una de sus bocas principales y aúlla, descolocada, furiosa por no haber encontrado en ti la resistencia que esperaba ni la huida que habría entendido. La piel de su cuello se hincha. Un rostro aparece allí, aplastado entre músculos que no le pertenecen. Vara Torcida. Los ojos del anciano se abren dentro de la carne ajena con una tristeza insoportable, como si hubiera llegado hasta allí sólo para verte hacer exactamente aquello que te había pedido no hacer.


La voz se rompe bajo el rugido del monstruo: tu perdón cae entonces sobre la criatura, como una piedra en agua negra. Las ondas de la superficie tiemblan, mientras el cuerpo del Demonio de Fuego se tensa de golpe. Todas sus extremidades se bloquean durante una fracción de segundo. Los rostros que emergen de su piel dejan de gritar a la vez. Algunos se hunden con espasmos violentos. Otros abren la boca sin sonido. El de Zarpa Manchada aparece cerca del pecho, entre dos placas de metal estigmático, deformado por la rabia y por algo mucho más antiguo que la rabia.


No sabes a qué responde, no sabes si niega tu perdón, si niega merecerlo o si niega que todavía quede algo suyo capaz de recibirlo. La luz bajo su piel cambia, pero una línea del resplandor negro y verde se vuelve pálida, casi blanca, y atraviesa el rostro de Zarpa Manchada desde la frente hasta la mandíbula. Durante un instante, la mueca del Danzante se parte en dos. A un lado queda la corrupción, la boca llena de odio, el desprecio que tantas veces has imaginado antes de oírlo. Al otro, algo agotado, mínimo, cubierto de ceniza, demasiado tarde para vivir y demasiado tarde para no haber caído.


El monstruo se golpea el pecho con una mano gigantesca, intentando aplastar esa grieta de claridad. No lo consigue. La parte purificada de Zarpa Manchada no se libera como un espíritu entero ni asciende como en un cuento piadoso. Se desprende como una brasa arrancada de una hoguera infectada, pequeña, temblorosa, casi invisible en mitad de la bóveda. Pero existe. Y durante ese instante, aunque el resto de la criatura siga odiando, matando y rugiendo, una parte de Zarpa deja de pertenecerle. El rostro de Custod Aeson, fusionado con la piel, la carne y el músculo del resto del cuerpo monstruoso de este ser abominable, mira al suelo con una quietud insoportable.

Entonces Iris actúa con premura, mientras el viento se pliega alrededor de ella; no hay tiempo para hablar, ni hay espacio para compasión. Iris entiende lo suficiente: tu gesto ha abierto una herida que no se cerrará sola. Su forma Glabro avanza con una violencia precisa, los pies resbalando sobre el cristal mojado, el vestido de novia hecho jirones detrás de ella como una bandera absurda de algo que nadie debería haberle exigido. Los abanicos de plata se abren otra vez. El primero corta una hilera de rostros que insultaban desde el costado de la criatura, el segundo busca la luz. El monstruo intenta apartarla con un manotazo capaz de partir un coche por la mitad, pero Mitsuki cae desde arriba en forma de Rara Avis, negra, afilada, terrible. Sus alas llenan el espacio de plumas duras como cuchillas. Clava las garras en el hombro de la criatura y gira todo el peso de su cuerpo para desviar el golpe. El impacto la sacude, le arranca varias plumas y la estrella contra una protuberancia de cristal, pero consigue lo que buscaba. Iris no se detiene.


La orden de Mitsuki corta el aire: Iris se lanza hacia el pecho abierto. La criatura ruge. La cabeza principal se arquea hacia atrás. En su abdomen aparece el rostro de Erik Angelus, gritando con una desesperación que no parece humana ni Garou, sino la de alguien que ha comprendido demasiado tarde que una prisión puede tener muchas formas.


La frase se pierde cuando Iris hunde el abanico de plata en la zona iluminada: no atraviesa sólo carne. Atraviesa corrupción, injerto, rabia, metal, residuo espiritual y una autoridad antigua deformada hasta volverse irreconocible. El golpe no es limpio. Iris tiene que empujar con todo el cuerpo, con los dientes apretados, con una rodilla doblándose bajo la presión del monstruo. La criatura intenta cerrarse sobre ella, aplastarla dentro de su propio pecho, convertir la herida en una trampa. Mitsuki se arroja de nuevo contra el brazo que baja hacia Iris. Esta vez no lo desvía del todo. El golpe la alcanza en el costado y la lanza contra el suelo, pero su intervención compra otro segundo.

Tú compras el último. El fragmento de hierro que todavía sujetas se desprende con un chasquido húmedo. No puedes contener a la criatura, pero puedes tirar de esa pieza hacia ti, obligar a que el torso se abra un poco más, aunque el esfuerzo te deje la sensación de que tus brazos se están deshaciendo por dentro. No tienes tu Crinos, ni tus Dones. No hay forma verdadera que acuda en tu ayuda. Sólo ese cuerpo prestado, esa voluntad rota en el Pozo y la decisión absurda de seguir en pie.

Iris empuja: el abanico de plata entra hasta el fondo. La bóveda entera parece quedarse sin aire. Durante un instante, todos los rostros de la criatura miran hacia ella: Vara Torcida cierra los ojos, Erik Angelus deja de gritar y la parte oscura de Zarpa Manchada enseña los dientes, furiosa, devorada por el odio de su propia caída. La brasa pálida que se había separado de él, en cambio, permanece suspendida a unos pasos de ti. No tiene rostro completo. No tiene cuerpo. Pero cuando Iris hunde el golpe final, esa chispa inclina la cabeza; como si aceptara, como si, por primera vez, dejara de empujar contra la muerte. El monstruo se rompe: no en una explosión de vísceras, se deshace desde dentro. Un halo de luz fría nace en la herida abierta por Iris y se extiende por la masa fusionada. La geometría estigmática chisporrotea, pierde cohesión, se apaga en ráfagas. La carne se separa del metal. El pelo se vuelve ceniza húmeda. El brazo mecánico golpea el suelo con un estruendo seco y queda allí, inútil, pesado, todavía temblando por inercia. Fragmentos de hueso, cables y placas ennegrecidas caen alrededor de Iris mientras ella retrocede un paso, respirando con dificultad.

Dos sombras se desprenden de la criatura y ascienden entre la niebla. No son nítidas: la primera se deshace casi al instante, como una autoridad rota que hubiera sostenido demasiado peso durante demasiado tiempo. La segunda se retuerce, intenta quedarse, intenta morder el aire incluso sin boca. Pero la brasa pálida de Zarpa Manchada se interpone un solo segundo entre esa sombra y el fondo de la bóveda. La parte corrupta desaparece hacia la oscuridad con un alarido ahogado. La parte clara se queda flotando un instante más, cada vez más pequeña, cada vez menos parecida a un hombre y más a una mota de fuego blanco cubierta de ceniza. Después también se apaga.

Iris cae sobre una rodilla, sangrando. Agotada. El silencio que sigue no trae paz, sólo confirma que algo enorme acaba de morir. Mitsuki recupera poco a poco una postura erguida. La forma de Rara Avis conserva la dignidad incluso herida, incluso con plumas arrancadas y una línea de sangre oscura deslizándose por un costado. Mira los restos del monstruo, después a Iris, después a ti. No dice nada. Pasa a su forma homínida, agarrándose las costillas y poniéndose junto a Iris.

Birdman sí se mueve. Cruza el espacio con una rapidez seca, furiosa. No mira los restos con alivio. No celebra la victoria. No se acerca a Iris como quien felicita a una guerrera por haber sobrevivido a algo imposible. Sus ojos amarillos están fijos en ella con una intensidad insoportable, como si el combate hubiera sido sólo la demostración final de una tesis que ya llevaba mucho tiempo escrita.


La voz suena baja, pero corta más que el cristal bajo vuestros pies. Euforia deja escapar el aire que estaba conteniendo. La burbuja umbral sigue vibrando alrededor de todos, más inestable que antes, llena de grietas de luz y ruido blanco. Bernabé observa los restos del brazo mecánico con la expresión grave de un niño que ha visto demasiadas cosas antes de aprender a fingir que no entiende. Birdman se planta ante Iris:eElla aún está sangrando. Aún tiene un abanico en la mano. Aún no ha recuperado del todo el aliento.


Birdman no le deja terminar.


La frase cae sobre la bóveda como una losa. No hay orgullo en ella, hay urgencia.


Iris se incorpora despacio, con una mueca de dolor y rabia.


Birdman da un paso más hacia ella. Por primera vez desde que has caído allí, parece que toda su atención ha dejado de estar repartida entre las líneas rotas de la realidad y se ha concentrado en una sola persona.


Mitsuki gira la cabeza hacia él.


Birdman no la mira.


La bóveda cruje sobre vuestras cabezas. Los restos del Demonio de Fuego se enfrían en el suelo. La risa lejana ha desaparecido, pero su ausencia resulta peor que su presencia, como si algo hubiese decidido callar para escuchar mejor. Euforia baja las manos un poco, agotada. Bernabé avanza un paso y se queda junto a Birdman, mirando a Iris con una seriedad casi ceremonial.


Iris aprieta los dedos alrededor del abanico.


Birdman inclina la cabeza.


No hay música. No hay corona. No hay aplausos. Sólo hielo, cristal, sangre y una ciudad muerta bajo el mar.


La burbuja umbral tiembla de nuevo. Y esta vez no parece temblar por el monstruo que acaba de morir. Parece temblar por lo que acaba de empezar. Notas que la mujer de cabellos anaranjados va acercándose muy lentamente a ti. Notas que está haciendo unos gestos misteriosos con las manos.

¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

03 de Jul 2026, 13:17:14 #55 Ultima modificación: 03 de Jul 2026, 13:18:47 por Lady Midnight
El combate es brutal. Desde su perspectiva, sosteniendo el metal, el muchacho apenas puede ver los detalles de los movimientos. Solo ve sombras entrando y saliendo, oye golpes, rugidos y gemidos mientras la quemazón avanza por sus antebrazos y el rostro de Vara Torcida y el Demonio de Fuego reaccionan a su presencia más que a todo lo demás.

Entonces llega el perdón, y todo cambia: la criatura ya no lucha o, al menos, ya no contra los presentes. Lucha consigo misma. Lucha contra su naturaleza estigmática y el propósito que lo invade, y contra la corrupción que da forma a gran parte de su cuerpo. Lucha contra el metal instalado sin permiso, contra la muerte prematura de un hombre que no pudo terminar de formar a su discípulo. Contra la voluntad de alguien que solo quería ser libre pero estaba dispuesto a pagar cualquier precio, y contra el anhelo de quien intentó reclamar una vida que le arrebataron y ya nunca más le volvió a pertenecer. Y en esa lucha, cuando por fin la criatura estaba comenzando a saber quién era, los verdaderos protagonistas de la escena deciden acabar con ella.


La corrupción se desplaza, y la esencia de Zarpa Manchada permanece brillando un poco más que las demás. Bruma Nocturna lo mira como si la luz tuviera ojos en los que fijarse, mientras se endereza y coloca la mano sobre su pecho con solemnidad.


La luz se desvanece poco a poco, tiempo durante el cual el metis no presta demasiada atención a otra cosa. Cuando se extingue, sus ojos permanecen fijos en el lugar durante un segundo más, y entonces el sioux se agacha para recoger un pequeño fragmento del trozo de metal que estaba sosteniendo hace apenas unos minutos. Lo mira un instante, consciente de que fue su mano la que llevó a la criatura a la muerte, y se lo guarda despacio en uno de sus bolsillos.

Los demás participantes se recomponen tras el enfrentamiento físico, pero el chamán debe dar fin a una batalla mucho menos evidente y más difícil de concluir. La sensación de manipulación, el saber que ha participado en algo que no debería haber terminado de ese modo y, una vez más, el sentir que una parte de él ha quedado marcada por decisiones que no terminan de ser suyas. Birdman camina hacia Iris y da su discurso, pero el theurge no se involucra. Se limita a mantenerse a un lado, sabe que la cosa no va con él, pero escucha. Iris responde, Mitsuki participa y el hombre pájaro dirige su propia obra de teatro mientras el muchacho, sin prisa, se da la vuelta y empieza a caminar en dirección al lugar del que ha venido.


Los pasos del Uktena lo alejan cada vez más del lugar mientras escucha a Birdman "coronando" a Iris, tan decidido a abandonar el lugar que no se da cuenta de los gestos de la mujer.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

La coronación de Iris queda a tu espalda como una ceremonia escrita con hielo, sangre y mal gusto. Birdman habla con la seguridad insoportable de quienes creen haber visto demasiadas veces el final de una historia. Iris responde con rabia. Mitsuki se mantiene cerca de ella, todavía herida, todavía en esa forma imposible de ave oscura y acero. Bernabé observa el cadáver deshecho del Demonio de Fuego como si estuviera esperando que de los restos saliera una canción. Tú sigues caminando, mientras el fragmento de metal pesa en tu bolsillo. No debería pesar tanto. Es pequeño, irregular, ennegrecido por dentro y tibio como una brasa que no ha terminado de decidir si apagarse. Cada paso lo hace rozar contra la tela, recordándote que hubo un cuerpo, que hubo una criatura, que hubo una muerte y que tu mano formó parte de ella.

Entonces la voz de Euforia corta el aire.


La palabra llega hasta ti como un cierre de acero. El suelo cristalino se ilumina bajo tus pies con un círculo de símbolos anaranjados, finos como filamentos de cobre al rojo. Tu sombra se alarga hacia delante y después se clava en el suelo, cosida por agujas de luz que no proceden de ningún foco visible. El cuerpo que llevas puesto intenta dar otro paso, pero no puede. No es inmovilización física. No del todo. Es peor. La orden no se agarra a tus músculos, sino a la forma que te está permitiendo estar allí. Algo rodea tus contornos desde dentro, midiendo tus bordes, comprobando dónde empieza Bruma Nocturna y dónde termina la cosa que ha sido proyectada hasta esa bóveda.

Euforia avanza hacia ti. Ahora que se mueve, resulta más evidente lo poco humana que era incluso antes de pronunciar un hechizo. La mujer de cabellos anaranjados parece arrastrar una melena hecha de fuego domesticado, con mechones que se alzan y caen lentamente aunque no haya viento. Sus ojos no miran tu cara: recorren tus hombros, tus manos, la línea de tu cuello, el hueco exacto donde tu sombra ha dejado de obedecer a la luz.


Birdman gira la cabeza hacia ella con fastidio inmediato.


Euforia ni siquiera le mira.


El comentario no parece destinado a provocar una discusión. Es casi una anotación técnica, dicha por alguien demasiado acostumbrado a tratar con versiones, ecos y residuos de cosas que deberían ser únicas. Birdman se acerca unos pasos. La furia que antes dirigía hacia Iris cambia de forma al posarse otra vez sobre ti. No es la indignación teatral de un guía ofendido. Es el enfado seco de alguien que acaba de descubrir que una variable secundaria ha aprendido a entrar en una habitación cerrada.


Se detiene a una distancia prudente del círculo arcano de Euforia.


Bernabé da un respingo. Luego otro. Después empieza a saltar con una alegría tan brusca que resulta obscena en mitad de aquel lugar lleno de restos.


El niño se acerca dando pequeños brincos, con el traje de mariachi moviéndose a cada salto, los ojos abiertos de par en par y la boca iluminada por una sonrisa de descubrimiento.


Euforia se queda inmóvil. Por primera vez, algo en su expresión cambia. Es interés.


La palabra cae sobre el círculo de símbolos, y varios de ellos se reordenan alrededor de tus pies. La hechicera de pelaje anaranjado se coloca frente a ti, muy cerca. Demasiado cerca para alguien que no sabe qué eres. Sus dedos dibujan una espiral en el aire, lenta, perfecta, con una precisión que no pertenece a una improvisación. La magia responde a ese gesto con una presión nueva sobre tu sombra.

El hechizo entra en tu sombra. El cristal bajo tus pies se oscurece. El contorno negro que debería obedecer a tu cuerpo se vuelve más profundo, más espeso, como si debajo hubiera agua antigua. Durante un instante algo forcejea ahí dentro. Algo se retuerce con dolor y con una irritación reconocible incluso antes de que tome forma. Una mano sale primero: delgada, pálida y tensa. Luego un brazo, un hombro, una cabeza de cabello desordenado, un cuerpo arrastrado desde una profundidad que no es la de la bóveda ni la del Pozo. Aya Kasparinova emerge de tu sombra como si la hubieran obligado a atravesar una pared de vidrio desde dentro. Cae de rodillas sobre el cristal, respirando con dificultad, una mano apoyada en el suelo y la otra cerrada contra el pecho.


La palabra sale baja, cargada de dolor y de mal humor. Aya levanta la cabeza poco a poco. Sus ojos pasan por Euforia, por Bernabé, por Birdman, por Iris, por Mitsuki y finalmente por ti. No parece sorprendida de verte. Parece enfadada por el modo en que la han obligado a aparecer.


Euforia entrecierra los ojos. Aya se incorpora despacio, aún dolorida, como si cada movimiento tuviera que atravesar capas de interferencia.


Birdman se queda muy quieto, demasiado. Su mirada se desplaza de Aya hacia ti, y luego hacia el círculo de contención de Euforia. Lo que ve ahí no le gusta. O quizá le gusta demasiado poco porque lo entiende demasiado bien.


Birdman no lo dice para ti. Lo dice para sí mismo, como quien corrige una hipótesis en mitad de una autopsia.


Euforia mantiene el hechizo, pero sus dedos se han tensado.


Birdman no responde enseguida.


Entonces mira directamente a Aya.


Aya abre la boca para responder, pero no llega a hacerlo. De repente, un impacto terrible derrumba un edificio cercano. Era una ruina ya, destrozado a través de lo que haya pasado aquí, pero el golpe lo termina de destrozar. Un olor dulzón y podrido se cuela en la burbuja umbral. No entra como una presencia discreta, sino como una provocación. La luz se vuelve un poco más sucia. El cristal bajo vuestros pies refleja durante un segundo un cielo que no existe allí, lleno de humo, oro muerto y ceniza.

Detrás de vosotros aparece Envy, Invitia. La Estigma sonríe como si hubiera llegado tarde a propósito y quisiera que todos lo supieran. Su cuerpo conserva esa belleza inquietante que nunca llega a ser del todo humana. Sus ojos se detienen primero en Iris, después en Birdman, después en Aya, y finalmente en ti. Hay reconocimiento en esa última mirada. No cariño. Reconocimiento de propiedad ajena, de pieza útil, de hilo que quizá pueda tirar de algo.


Da un paso hacia vosotros, sonriente. Su cuerpo parece a punto de caerse a pedazos, pero se reforma absorbiendo lo que parecen partículas de alrededor.


Birdman gira hacia ella con un gesto de absoluto cansancio.


Invitia sonríe más.


En su mano hay un orbe, y no necesitas que nadie te diga de quién era. Lo entiendes por el modo en que la luz se curva alrededor de él. Por el residuo dorado que palpita bajo la superficie. Por la sensación de posesión, hambre, pérdida y riqueza muerta que arrastra consigo. Avaritia no está allí. No como persona. No como voz. No como figura capaz de reclamar nada. Lo que queda de ella cabe en esa esfera que Invitia sostiene entre los dedos con una delicadeza casi ofensiva. Iris da un paso hacia Invitia, aunque todavía está herida. El abanico de plata sigue en su mano. La sangre le baja por la muñeca.


Invitia la mira con una mezcla de diversión y cansancio.


La Estigma se pone la mano en el pecho. Entre los restos de retales y lo que parece piel cosida, ves que hay una abertura. El Carnaval de Almas y Mitsuki observan la situación en silencio, conscienttes del peligro que representa Invitia para todo el mundo.


Invitia ladea la cabeza, como si esa preocupación fuera una pieza curiosa, no un argumento.


El orbe de Avaritia brilla entre sus dedos.


Iris aprieta los dientes. La sonrisa de Invitia se borra un poco.

Durante un instante, la Estigma parece mucho más antigua. Mucho más cansada. Mucho menos dispuesta a reconocer que Iris ha tocado una verdad.


La piel de su pecho se aparta, debajo no hay sangre abierta ni órganos reconocibles. Hay una cavidad imposible, sellada por carne demasiado perfecta, y dentro de ella un orbe incrustado que pulsa con una luz fría, profunda, casi oceánica. Acedia. Su peso espiritual es distinto al de Avaritia: no brilla como oro muerto, sino como un abismo quieto, como agua demasiado profunda para recordar la superficie.

Ahora entiendes: Invitia no sólo lleva consigo los restos de sus hermanas. Los está reuniendo en su propio cuerpo. El orbe de Avaritia se alza entre sus dedos.


Iris mueve el viento. Lo notas en la presión del aire antes de verlo. Una corriente intenta arrebatar el orbe de la mano de Invitia, rápida, precisa, nacida de rabia y miedo a la vez. Invitia cierra los dedos un segundo antes de perderlo. La esfera gira en su palma, resbala, casi escapa. Euforia refuerza la burbuja con un gesto brusco. Mitsuki se adelanta medio paso. Birdman no interviene. Bernabé observa con los ojos brillantes. Invitia mira a Iris, y la Estigma hunde el orbe de Avaritia en la cavidad de su pecho. La carne se cierra alrededor de la esfera dorada con un sonido suave, obsceno, casi íntimo. Durante un segundo, las dos luces —la oceánica de Acedia y la dorada de Avaritia— chocan dentro de ella. Invitia arquea la espalda. Sus ojos se quedan en blanco. El aire huele a sal, oro viejo, fruta podrida y lluvia sobre piedra caliente.

Luego respira. Cuando vuelve a mirar, no parece más grande. Ésa es la parte inquietante. Parece más definida. Puedes ver por el rabillo del ojo que Aya se está alejando poco a poco.


Iris la mira con una mezcla de rabia e impotencia.


Invitia le dedica una sonrisa pequeña.


Entonces vuelve la atención hacia ti. No hacia Aya, ni hacia el Carnaval de Almas. Sigues atrapado por el hechizo de Euforia. Aya no está en tu rango visual, y el Carnaval se aleja cada vez más. Invitia te observa con una curiosidad demasiado afilada.


Pronuncia tu nombre como si ya hubiera probado su sabor antes.



Da un paso hacia ti. El orbe de Avaritia palpita bajo su piel, apenas visible durante un instante, como una moneda enterrada en carne viva.

La Estigma inclina la cabeza.


Birdman se tensa. Euforia no suelta el hechizo. Bernabé deja de saltar.


Invitia sonríe.


Sus ojos se clavan en los tuyos.


El ritual continúa, y el muchacho da un paso más en dirección a su destino... o eso intenta. Sus pies dejan de obedecer, y un círculo de símbolos se dibuja bajo ellos. Euforia, Birdman, Bernabé... Todos hablan. Todos dicen cosas, pero el Uktena no. No protesta. No replica. No responde. Aya aparece, y se destapa el pastel. Bruma entiende, sabe que ha sido (otra vez) utilizado, pero al menos en esta ocasión le pidieron permiso antes. Quizá, con suerte, la próxima hasta le inviten a un café. Cuando el hombre pájaro vuelve a mencionar el término "Exitus", una sonrisa se dibuja en el rostro del muchacho.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


Birdman se dirige a Aya pero, antes de que responda, algo turba el ambiente de la burbuja. La presencia de Invitia es molesta, pero la interacción con el grupo se presenta bastante interesante. La conversación sobre Acedia, la relación con Iris... Cuando la Estigma pronuncia su nombre, no la mira. Mira a la philodox al otro lado.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


La oposición de Iris a la mención de Invitia se siente rara. Igual que cuando le dijo que se marchara en presencia de la criatura quimérica. Iris siempre ha tenido esa tendencia a interponerse, a evitar el daño (que no proteger) de aquellos a su alrededor. Pero el metis no es un amigo, no es compañero. Es fuente de conflicto, y actor principal de la gran traición. No esperaba encontrársela, y menos de esta manera, pero el encuentro está siendo más fructífero de lo que esperaba.

Invitia sigue hablando, y formula una pregunta que hace dudar seriamente al muchacho.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 14:27:03


La expresión del muchacho es seria, pero juguetona. Por una vez, ahora es él el que tiene algo con lo que puede negociar.
Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.

Durante un instante, la luz dorada que se ha cerrado bajo su pecho parece latir con algo que no pertenece del todo a ella. No es un corazón. No tiene ritmo humano. Es un brillo espeso, posesivo, lleno de habitaciones cerradas, dedos aferrados a una tela que ya no existe y una pérdida tan antigua que ni siquiera parece querer llamarse dolor.

Lo suficiente para que el aire alrededor de Invitia se vuelva más pesado cuando Bruma pronuncia su nombre. Lo suficiente para que el muchacho recuerde, aunque no sea suyo, el desgarrón que cruzó una cueva dorada cuando Aránzazu murió lejos, en una plataforma rodeada de frío, acero y sangre.

Cita de: Lady Midnight en 03 de Jul 2026, 15:28:14

Iris te mira con una expresión de odio e indiferencia.


Invitia baja la barbilla. No sonríe más. Parece tranquila y muy segura.


La burbuja umbral cruje muy despacio. A lo lejos, en la ciudad congelada bajo el mar, algo se desploma con un sonido amortiguado, como si Bilbao estuviera soñando su propia ruina detrás de un cristal demasiado grueso. Euforia mantiene los dedos tensos sobre el hechizo de contención. Birdman observa con una atención distinta, menos festiva. Memento ha dejado de moverse. Iris sigue herida, vestida de novia rota, con la respiración demasiado alta en el pecho. Invitia no la mira.


La Estigma da un paso hacia Bruma.


Invita se acaricia el rostro. Lo recorre, mostrándote su cara sonriente. No hay amenaza en el gesto. La seguridad con la que se mueve es peor que cualquier violencia. Avanza como si la distancia entre ambos ya le perteneciera.


La sonrisa vuelve, muy leve. Burlona, despreciable.


El silencio posterior no pertenece a Invitia.


Iris tensa la mandíbula. El Carnaval de Almas se va acercando poco a poco, y ves que Euforia mantiene el hechizo, sosteniéndote. Invitia mira hacia Aya, con sorna.


Después vuelve a Bruma.


¿Qué vas a hacer, Bruma Nocturna?

El muchacho, aún paralizado, escucha. Sobre todo a Iris. Le da el espacio para protestar, para increparle por lo que lo hizo. No replica, sino que asiente con la cabeza.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 18:27:16


Invitia continúa hablando, y el chamán la mira con una mezcla de atención y asco.

Cita de: Maurick en 03 de Jul 2026, 18:27:16

Puedes matarme, no es difícil, pero volveré en una nueva forma una y otra vez hasta que matarlas a todas ellas te deje exhausto. Entonces, solo entonces, comprenderás que nada puede detener al Kaos.