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#41
Cera & Sangre / Re:Episodio 2 — Laberinto
Último mensaje por greatkithain - 30 de Mar 2026, 14:50:01
Iota cierra los ojos antes de responder.
El gesto es breve, exacto, sin tensión.

Olor: sangre vieja, humedad mineral, madera reciente.
Sonido: respiraciones múltiples, peso desplazándose en la penumbra, el goteo profundo del laberinto.
Presencias: varias, grandes, inquietas; ninguna hostil de inmediato.
Rastro espiritual: Ni está quieta, pero no rota. No hay rastro de Stavros ni de Laura, pero si hay presencias que requieren de una concentración que ahora no se puede permitir.

Abre los ojos.
Su postura sigue abierta, manos visibles, cuerpo relajado.


Su voz es estable, sin inflexiones superfluas.


Iota desvía la mirada un instante, escaneando la sala, las sombras, los cuerpos deformados, las venas azuladas.
Luego vuelve a Elpidios.


Inclina ligeramente la cabeza, gesto mínimo, no amenazante.


No menciona el nombre prohibido y solo deja la idea suspendida, precisa, calculada.


Iota mantiene la mirada fija en Elpidios, fría, analítica, inofensiva pero valiosa.
#42
Brisa del Sur / Re:Prólogo – Donde el silencio...
Último mensaje por Denebia - 30 de Mar 2026, 14:33:08
Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31A tu lado, la negrura del mar se ilumina con dos presencias. La primera adopta una forma equina alta y orgullosa, hecha de luz cenicienta y líneas de plata húmeda. No hay putrefacción en ella, ni furia ciega, ni hambre de carne. Solo una nobleza severa, recuperada demasiado tarde. El alma purificada de Pezuña Caótica te observa sin hostilidad, con la quietud de quien por fin ha sido arrancado del delirio y recuerda vagamente que una vez sirvió a algo más grande que su propia rabia. La segunda figura emerge detrás, casi superpuesta, como si ambas compartieran una misma raíz. Un anciano Uktena de facciones duras y cansadas, erguido sobre la superficie imposible del océano, con la gravedad de los árboles viejos y de las montañas que no se explican a nadie. Ninastoko no te habla. No lo necesita. Su sola presencia hace que el aire en torno a ti deje de temblar. Durante un instante absurdo, brutal, comprendes que no estás sola en la caída. Que alguien —o algo— ha venido contigo hasta aquí.



No quería encontrármelos. Siempre están atentos de lo que hago y no creo que les haya gustado nada que haya abandonado mi clan, mi manada... y todo por un impulso egoísta. No me apetecía nada su discurso paternalista y moralista de lo que se espera de mi y de que mis decisiones pueden afectar a muchos... Pero no me dicen nada, solo observan. No parecen enfadados ni molestos, por lo que puede que se reserven para otro momento en el que no haya espectadores. Bueno, dejaremos a la Brisa del futuro que se enfrente a esa conversación. Ahora no quiero discutir.

Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31El mar se abre entonces con un sonido sordo. Como si una masa enorme hubiese decidido recordar que existía. De la superficie surge una criatura gigantesca, húmeda y antinatural: un pez colosal, de lomo oscuro y vientre pálido, con largos bigotes de gato que vibran al compás de la corriente y mechones de pelaje pegados al cuerpo como algas vivas. Sus ojos son demasiado conscientes. Demasiado serenos. Su boca se abre con lentitud y la voz que sale de ella llega envuelta en una resonancia abisal, ominosa, más sentida en el pecho que escuchada en los oídos. Pero la reconoces.

Puede que el cansancio o el viaje afecte a mi memoria, pero no recordaba que fuese tan grande. No importa, no me voy a echar para atrás.

Citar
La presión llega pronto. Primero como una molestia sorda en el pecho. Luego como un puño inmenso cerrándose alrededor del cráneo, de las costillas, de las articulaciones. El fondo no se acerca. O sí, pero lo hace despacio, como si quisiera obligarte a merecerlo. Sin embargo, justo cuando el malestar amenaza con volverse dolor, una sensación agradable se extiende por tu cuerpo. Fresca y clara, como si una corriente espiritual te envolviera desde dentro y apartara el peso del océano con delicadeza imposible.

Lo hago. La verdad es que la sensación al principio es de agobio, pero acabo acostumbrándome. Nunca había nadado tanto ni tan profundo. La verdad es que es una sensación agradable una vez te acostumbras a ella, pero no se puede comparar a correr junto a tu manada, libre y sin preocupaciones, sintiendo la tierra bajo tus patas y el viento ululando en los oídos.

CitarLas luces de aquella colonia palpitan una vez. Después otra. Como un órgano enorme aprendiendo a latir.



Me mantengo alerta por si acaso, de momento no parecen hostiles, hasta que algo les molesta y lo son. Quiero saber si su colocación sigue algún patrón, si se ve alguna más grande que otra o si se ven si están unidas entre sí.

#43
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Lady Midnight - 28 de Mar 2026, 15:42:33
Durante el viaje, la prioridad es, simplemente, llegar. La figura sobre el cielo umbral contempla el escenario únicamente por descartar posibles amenazas o, llegado el caso, detalles particularmente llamativos. Nada más.

Ya en el monasterio, saluda al padre con un tenue "buenos días" y un gesto de cabeza. Deja que sea Ana Mercedes la que lo interpele y que el hombre narre su historia.

Cita de: Maurick en 28 de Mar 2026, 13:38:13Notas que la respiración de Ana Mercedes se está acelerando. Notas que sus ojos se están humedeciendo...

Durante menos de un segundo, quizá por empatía o por el recuerdo de otro buen hombre que había criado a aquellos que no le correspondían, una lágrima se asoma con timidez, sin la decisión necesaria para echarse a rodar mejilla abajo, a los ojos del expectante Uktena. Mientras el relato avanza, coloca pausadamente su bolso sobre la mesa. Cuando Pau lo mira, le sostiene la mirada. Esta vez sin desafío, también sin reproche. Sin embargo, en sus ojos está la profundidad de quien cree, quien sabe, que esto es lo justo y lo correcto.

Cita de: Maurick en 28 de Mar 2026, 13:38:13Pau mantiene el rostro quieto. El padre Felipe continúa, ahora más despacio, entrando en una parte del recuerdo que parece dolerle incluso al narrarla.

Cuando el anciano baja la voz, Bruma Nocturna saca una vejiga de bisonte llena de agua y la usa para llenar un pequeño cuenco de cerámica que coloca frente al padre sin aspavientos ni ceremonia.

El sioux permanece en su lugar, escuchando sin intervenir. Asiente levemente con la cabeza cuando Pau comienza a hablar y menciona a aquel que se llevó a Aránzazu y al que no se opusieron. Cuando terminan su dolorosa historia, en vista del silencio de Ana Mercedes, el muchacho se acerca levemente a la mesa y carraspea con suavidad como si estuviese pidiendo permiso para participar en un relato que no le pertenece.


Mientras hablaba, iba preparando y cargando su pipa con un aromático tabaco. Al terminar, la prende con un Clipper y, tras la primera bocanada de humo, se la ofrece a Pau mientras el padre y Ana Mercedes se recomponen y asimilan la situación.
#44
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Maurick - 28 de Mar 2026, 13:38:13
La Umbra no os pone fácil el trayecto. Entre la estación y el monasterio, el mundo espiritual se siente más delgado y más hostil que en el entorno del Estanque. Las formas de la ciudad se alargan como huesos mal colocados, y las carreteras brillan con un fulgor enfermo, como si bajo el asfalto latiera una red demasiado consciente de sí misma. Una tenue presencia gris permea todo el lugar: los edificios, el mobiliario urbano, e incluso las carreteras, a pesar de estar en la Umbra, parece que se está desintegrando poco a poco. Como si estuvieran hechas de ceniza y, poco a poco, se van perdiendo en fragmentos imperceptibles de nada.

Ana Mercedes no habla. Se aprieta a tu cuerpo, con la mandíbula apretada y la vista al frente. No parece estar huyendo. Parece dirigirse a algo que lleva demasiado tiempo esperando. Incluso le da igual ir sobrevolando la ciudad umbral, como si lo que está sintiendo fuese mucho más importante.

Soria — Monasterio de San Polo

📅 11 de septiembre de 2005, 10:31

Cuando emergéis cerca de San Polo, el monasterio os recibe con su silencio de piedra vieja, de tierra húmeda y de ventanas con luz cansada. El huerto duerme. El claustro no se mueve. Todo tiene ese aire de lugar que ha sobrevivido más por costumbre que por fuerza. Pau os está esperando en su forma homínida. Y a su lado, envuelto en una rebeca demasiado fina para la mañana soriana, está un sacerdote católico, demasiado viejo. El anciano está sentado en una mesa de piedra en el exterior del monasterio, con sillas de piedra que dan al lugar un aspecto antiguo, casi paleolítico. La luz del sol, que se cuela entre las copas de los árboles, le tiembla en el rostro y le marca las arrugas con una ternura triste. No parece sorprendido de veros. Sólo viejo. Ana Mercedes no se detiene.


Pau os mira a los tres. A ti, a Ana Mercedes y a las dudas que traéis pegadas encima. Luego mira al sacerdote.


El anciano asiente antes incluso de que termine la frase. Como si supiera desde hace años que este momento iba a llegar. Os sentáis en la mesa de piedra, frente al padre Martín.




Las palabras del sacerdote parecen calmar a Ana Mercedes. Te da la impresión de que lo respeta, mucho más que a Pau.


Ana Mercedes no lo interrumpe. Se ha quedado muy quieta.


El sol que se cuela entre las ramas le ilumina el rostro de una forma ominosa.


Notas que la respiración de Ana Mercedes se está acelerando. Notas que sus ojos se están humedeciendo...


Hace una pausa. Mira al suelo de piedra, como si allí estuviera la siguiente parte.


Pau carraspea y se acomoda. No parece que esté disfrutando nada esta conversación y, de vez en cuando, te lanza una mirada severa.


El tono con que lo dice no es exótico ni grandilocuente. Es el de alguien que se quedó prendido de una imagen demasiado rara para olvidarla.


El anciano respira hondo.


Ana Mercedes aprieta los labios, pero sigue sin hablar.


Pau mantiene el rostro quieto. El padre Felipe continúa, ahora más despacio, entrando en una parte del recuerdo que parece dolerle incluso al narrarla.


El monasterio entero parece inclinarse hacia él.


El anciano levanta por fin los ojos hacia Ana Mercedes.


Pau da un paso adelante muy pequeño. No para imponerse. Para recoger el relato antes de que al sacerdote se le deshaga entre los dedos.


El anciano asiente y baja la lámpara un poco. Sigue presente, pero deja de llevar el peso. Ahora habla Pau.


Ana Mercedes baja la vista un instante. Lo recuerda. Se nota.


El patio se queda helado.


Nadie respira del todo.


Ana Mercedes cierra los ojos un segundo. Sólo uno. Cuando los abre, ya no parece enfadada. Parece cansada de una forma mucho más profunda.


No es una acusación esta vez. Es algo peor. Es comprensión. Pau tarda en responder.


El padre Felipe baja la cabeza.


Mira un momento al monasterio, al huerto, a la noche.


La frase se queda suspendida sin consuelo. El padre Felipe da un paso torpe hacia Ana Mercedes y le toca el brazo con una delicadeza casi ridícula, como si aún la recordara en brazos.


Tú estás ahí, Bruma Nocturna, en medio de una verdad que no arregla nada y que por eso mismo pesa más que cualquier consuelo fácil. Ana Mercedes no llora. No todavía. Pero algo en la forma en que se le hunden un poco los hombros hace más daño que un grito. Al menos, por fin, ya no sois los únicos que estáis nombrando a Aránzazu.
#45
Cera & Sangre / Re:Episodio 2 — Laberinto
Último mensaje por Maurick - 28 de Mar 2026, 12:23:40
La criatura permanece dentro de la celda, a una distancia insultantemente corta, oliéndote como si quisiera averiguar si debajo de tu piel hubiese alquitrán, incienso o alguna forma nueva de podredumbre. Sus ojos, amarillentos y húmedos, no se apartan de ti ni cuando pronuncias tu nombre ni cuando enumeras a Laura con esa precisión fría, casi quirúrgica. La lámpara oscila una vez. Luego otra.


La palabra queda suspendida entre ambos. El monstruo ladea apenas la cabeza. Una de sus manos, larga y huesuda, se eleva con lentitud hasta rozarse la mandíbula, pensativo.


Sus labios se abren un poco más. No llega a ser una sonrisa. Se parece demasiado a una herida.


Se aparta de ti un paso escaso. El chirrido de la puerta, todavía abierta, parece prolongarse en la piedra mucho más de lo razonable. Desde el corredor llega el eco de algo pesado que se recoloca sobre sus propios pies. Hay más cuerpos ahí fuera. No los ves. Basta con oírlos.


El ser monstruoso alza una mano. No para tocarte. Para señalar la salida de la celda, como un anfitrión que invitara a cruzar el salón de su casa.


Da media vuelta sin apresurarse. Su gabardina arrastra humedad, mugre y un puñado de colas de rata que rozan la piedra con un sonido seco. Espera lo justo para comprobar si le sigues; después, echa a andar por el corredor con la seguridad obscena de quien no teme que lo ataquen en su propia madriguera. Sales de la celda. El laberinto se despliega delante de ti como las entrañas de una ciudad enferma. Pasadizos demasiado estrechos se abren a cámaras antiguas, algunas excavadas con mano humana, otras devoradas directamente en la roca. Hay marcas en las paredes. Algunas parecen minoicas. Otras son simples arañazos. El agua corre bajo rejillas de hierro negro. A través de fisuras imposibles se cuela una brisa salada que huele a puerto, a sentina y a carne vieja. A ambos lados del túnel, de cuando en cuando, distingues sombras inmensas que no acaban de entrar en la luz. Respiran. Una de ellas arrastra algo metálico. Otra se rasca la pared con una uña o una herramienta. No necesitas verlas para saber que, si quisieran, podrían cerrarte el paso en un instante. Elpidios no deja de hablar. Lo hace de espaldas, con ese tono de reliquia maldita que arrastra cada sílaba como si hubiese aprendido a desconfiar incluso de su propia lengua.


La frase te acompaña hasta que llegáis a una cámara más amplia. Aquí el techo se eleva un poco, lo justo para que la oscuridad parezca más honda. Cuatro lámparas de aceite, colocadas en nichos desiguales, derraman una luz sucia sobre una estancia circular. En el centro hay una silla de madera reforzada con correas. No es un trono, ni una mesa de operaciones. Tiene algo de ambas cosas. También algo de altar. Ni está allí. Sigue vestida con la misma ropa. La cabeza ladeada. Los brazos sujetos. El torso inmóvil. La estaca asoma todavía de su pecho, clavada con una precisión obscena. No hay sangre reciente. La hubo. Ya no. Su piel conserva ese color imposible de los que no acaban de pertenecer ni a la fiebre ni al cadáver. Y, sin embargo, sus ojos están abiertos. No pueden girarse del todo hacia ti. Apenas un esfuerzo mínimo, una desviación casi imperceptible. Pero están abiertos. Y te han visto. Elpidios se detiene a tu lado, sin perderse ni un solo detalle de tu reacción.


Deja pasar unos segundos. Los suficientes para que el silencio empiece a pesar.


Sus dedos tamborilean una vez sobre el pomo del bastón; o sobre un hueso, cuesta saberlo con esa luz. Entonces gira la cabeza hacia ti: la curiosidad vuelve a afilarle el rostro.


Del otro lado de la puerta entran varios individuos similares al bruto que te capturó antes. Todos parecen desharrapados, vagabundos, mendigos. Todos tienen marcas azuladas en sus venas: algunos en los brazos, otros en la cara, otros en el cuello. Pero todos de la misma forma que el primer habitante de Heraclión que te encontraste noches atrás.


Elpidios te mira con interés, con genuino interés. Espera que des una respuesta. ¿Qué vas a hacer, Arda?
#46
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Lady Midnight - 27 de Mar 2026, 11:31:23
Al llegar a la estación, Bruma se mantiene en alerta. Si Ana Mercedes se parece mínimamente a Aránzazu, va a necesitar a alguien que refrene sus emociones y le ayude a que estas salgan con un flujo más estable. Al ver a Pau, camina hacia él con actitud seria pero tranquila. Como un gladiador veterano que sabe que se dirige al peligro, pero que lo ha afrontado tantas veces que, más que con miedo, lo observa con el respeto con el que se mira a un compañero.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Bruma comprende y asiente. En un principio, no participa de forma activa en la conversación. Solo intenta mantenerse cerca de Ana Mercedes para evitar que, viéndose sola, se lance demasiado rápido hacia una discusión inadecuadamente violenta. Frente a la atención directa de Pau, el Uktena da un paso al frente.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56Te echa una mirada severa, como si fuese consciente de que esta reacción de Ana la has provocado tú.

No hay respuesta verbal, pero la postura corporal de Bruma es firme. En el momento en el que se cruzan sus miradas, el sioux levanta levemente la cabeza en un gesto de dignidad; quizá ligeramente desafiante. No hay amenaza, solo la afirmación sutil de que está dispuesto a mantener y defender su posición.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Ahí sí. Ahí Pau gira la cabeza y vuelve a mirarte a ti. No de pasada. No con curiosidad. Con severidad. Como si quisiera medir cuánto de aquella pregunta ha nacido de ti y cuánto le pertenecía ya a Ana Mercedes. Después vuelve a mirarla a ella.


Los ojos del Kaos siguen fijos en Pau. La joven figura astada mide cada milímetro que se mueve el cuerpo del Hijo de Gaia, cada mínima curvatura de la comisura de sus labios al hablar y cambiar de expresión.


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56


A medida que la philodox se muestra más agresiva, Bruma va comprendiendo todo lo que hay detrás de su enfado. Años de silencio, de ignorancia, y conflictos y heridas que nunca han sanado porque nadie se ha molestado curarlas. Cuando Ana Mercedes menciona Girona, solo en ese momento, pone sus ojos sobre ella.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Con suavidad, Bruma sujeta un brazo de Ana Mercedes con la mano. Como una señal inequívoca de que es el momento de dejar de acelerar y enfrentarse a las curvas a una velocidad más suave, sin salirse (más) de la carretera.


Cuando Pau concluye que no continuará la conversación, el Uktena intenta acercarse a él para evitar que huya. Al darse cuenta de que lo ha perdido, intenta sentir su presencia, su rastro... algo. Alguna pista que le indique no a dónde sino cómo se ha ido. Mientras busca un modo de entenderlo, Ana Mercedes interrumpe sus pensamiento.

Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56




Mientras habla, no la interrumpe. Solo la escucha, y la mira con la atención que alguien que todavía no ha superado su duelo merece.


Cita de: Maurick en 26 de Mar 2026, 15:53:56

Bruma la sigue sin añadir nada más. Una vez en la umbra, adquiere su forma Crinos y sujeta el cuerpo de Ana Mercedes con fuerza.

#47
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Maurick - 26 de Mar 2026, 15:53:56
La estación de autobuses de Soria huele a diésel, a café recalentado y a suelo demasiado limpio para la cantidad de vidas cansadas que lo pisan. Gente arrastrando maletas, madres hablando demasiado alto, un anciano tosiendo cerca de una máquina expendedora. Todo parece vulgar, funcional, humano. Quizá por eso Pau desentona tanto, y no tardas en verlo. Está de pie, en un andén que acaba de vaciarse, puesto que el autobús ya ha salido, y el bullicio que hay alrededor le hace pasar desapercibido. No tarda en darse cuenta de vuestra presencia. Y entiende que algo ha pasado.


No hay saludo. No hay pregunta. Sólo una negativa medida, inmediata. Ana Mercedes sigue caminando hasta quedar a pocos pasos de él. Está cansada, despeinada, aún con el mal cuerpo pegado a la piel, pero ya no tiembla. Ahora mismo sólo está enfadada.


Puedes ver al metis, en su forma homínida, suspirar y guardar la compostura. Te echa una mirada severa, como si fuese consciente de que esta reacción de Ana la has provocado tú.


Su tono no sube. Precisamente por eso molesta más. Ana aprieta las manos, se clava las uñas en las palmas.


Le imita con una mezcla de mofa y desprecio. Puedes notar que Pau se rasca detrás de la cabeza mientras vuelve a suspirar. Parece que controla su respiración.


Ahí sí. Ahí Pau gira la cabeza y vuelve a mirarte a ti. No de pasada. No con curiosidad. Con severidad. Como si quisiera medir cuánto de aquella pregunta ha nacido de ti y cuánto le pertenecía ya a Ana Mercedes. Después vuelve a mirarla a ella.


Ana Mercedes suelta una risa corta, seca, sin humor. Pone los brazos en jarra.


Da un paso más. No le importa ya quién mire.


Pau no responde. Eso la termina de encender.


Silencio. Un autobús arranca dos andenes más allá. Nadie alrededor presta atención. O nadie quiere prestarla.


Esta vez sí cambia algo en Pau; no mucho, sólo lo suficiente. Se yergue un poco más. Los hombros, la mandíbula, la forma en que se le tensan los dedos. Y cuando habla, ya no suena paciente.


La frase cae como una piedra en agua negra, pero Ana Mercedes no retrocede.


Pau se lleva las manos a la cara. Puedes notar, por su lenguaje corporal, que está aguantándose las ganas de responder.



Ahí sí algunos humanos giran un poco la cabeza. Una pareja. Un conductor aburrido. Un niño que espera su autobús con una bolsa de patatas. Nada importante. Lo suficiente para que el lugar empiece a dejar de ser seguro. Pau lo sabe antes que nadie. Da un paso atrás.


No lo dice como invitación. Lo dice como quien mueve una pieza y da la siguiente casilla por hecha. Se gira, al mismo tiempo que dos turistas cruzan entre vosotros arrastrando una maleta rígida de color rojo. Una mujer sale del baño de la estación ajustándose el bolso. Un autobús tapa durante un segundo parte del andén con su volumen azul y blanco. Y cuando vuelves a buscar a Pau con la mirada... ya no está. No se ha marchado corriendo. No lo has visto alejarse. Simplemente ya no está. Las puertas de otro autobús se cierran, el vehículo arranca. Y os deja a los dos con el eco desagradable de una conversación que no ha empezado del todo y ya ha hecho daño. Ana Mercedes tarda unos segundos en moverse. Mira el lugar donde Pau estaba hace nada, aprieta la mandíbula y luego se gira hacia ti.


No camina todavía. Habla ahí mismo, en mitad de la estación, como si necesitara soltarlo antes de que se le pudra dentro.


Su voz no tiembla. Pero algo en su respiración sí.


Te sostiene la mirada un instante.


Baja la vista un momento.


No añade nada más. No hace falta. El ruido de la estación vuelve a meterse entre vosotros, como si la ciudad hubiera estado esperando a que terminase de sangrar un poco. Entonces Ana Mercedes exhala, se recoloca la chaqueta y por primera vez desde que salisteis del piso de Tomás parece tener una decisión entera en el cuerpo.


Mira hacia la salida, luego a ti. Y echa a andar.
#48
Cera & Sangre / Re:Episodio 2 — Laberinto
Último mensaje por greatkithain - 26 de Mar 2026, 14:08:41
Iota cierra los ojos antes de hablar.
El gesto es lento, preciso, sin tensión.

Olor: humedad mineral, madera reciente, sangre seca.
Sonido: goteo profundo, respiración ajena, ausencia total de Ni.
Presencias: algo se ha retirado al abrirse la puerta; algo más antiguo permanece.
Rastro espiritual: fragmentos dispersos; ninguno de Ni.
Conclusión: Ni está viva, pero no aquí.

Abre los ojos y fija la mirada en los del ser, sin desafío, sin sumisión.
Su cuerpo permanece relajado, manos visibles, postura abierta.


Una verdad mínima. Controlada.


Mientras habla, su mirada recorre el túnel, la lámpara, las sombras, midiendo distancias, rutas, vibraciones.
Cada palabra es también un análisis.


Iota cierra los ojos un instante, como si ordenara datos antes de verbalizarlos. Cuando los abre, su voz es precisa, casi clínica.


Su mirada se desplaza como si recorriera un modelo tridimensional invisible.


Un parpadeo lento. Su tono no cambia, pero la precisión aumenta.




Una pausa breve.
Un ajuste interno para mirar fijamente a su interlocutor.



Iota mantiene la mirada fija, fría, analítica. Observando cada microgesto del ser.

(Gasto de 1 punto de voluntad)


#49
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Lady Midnight - 25 de Mar 2026, 10:23:32
Mientras caminan hacia el coche, Bruma espera la respuesta de Ana Mercedes. Su actitud es tranquila, la habitual, como si el mal rollo en el piso de Tomás se hubiese quedado entre aquellas cuatro paredes.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50



Cuando Ana Mercedes se sube al coche al lado de Iruz, el joven americano se sienta en la parte trasera. Mira por la ventana, analiza el entorno, siente el roce de las ruedas contra el asfalto con su cuerpo. Los ecos de la Tejedora rebotan de los edificios, las tiendas y los restaurantes de comida rápida, y no puede evitar pensar en todo lo que ese estilo de vida representa para Gaia. Mira a Iruz, y el eco es todavía más fuerte. La muchacha de cabellos dorados es, sin lugar a dudas, algún tipo de arma imparable contenida en un pequeño y aparentemente frágil armazón de huesos y carne. Pero su mente... su mente, a pesar de todo, sigue siendo la de una niña. Una niña que ha visto y vivido cosas que harían enloquecer a muchos adultos, y que usa una mezcla de dolor y rabia para mantener unidos los fragmentos de su mente.

Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50


Cita de: Maurick en 24 de Mar 2026, 23:41:50


Después de darle el dinero, se baja del coche y estira su cuerpo. Mira al cielo, mira alrededor y, colocando ambas manos sobre el puño de su bastón, se dirige a Ana Mercedes.

#50
Bruma Nocturna / Re:Episodio 1 — Soria
Último mensaje por Maurick - 24 de Mar 2026, 23:41:50
Ya afuera, cerca del coche de Iruz, Ana se queda dubitativa en el exterior. Te observa cuando asumes que va a abandonar su clan, su túmulo. Se queda mirando la calle un segundo más, como si necesitara ordenar por dentro todo lo que acaba de pasar... y lo que está a punto de hacer. Luego niega suavemente con la cabeza.

Cita de: Lady Midnight en 24 de Mar 2026, 22:48:58


Lo dice sin dudar. Sin épica. Como quien se aferra a la única certeza que le queda.


Te mira de reojo.


No hay reproche. Es casi una concesión.

Cita de: Lady Midnight en 24 de Mar 2026, 22:48:58Cuando ve que Iruz tiene frío, se quita la chaqueta de cuero y se la coloca sobre los hombros sin decir nada.

Iruz, mientras tanto, ya se ha movido. Se ha quedado con tu chaqueta sin pedir permiso, metiendo los brazos dentro como si fuese una armadura improvisada. Le queda grande. Le tapa medio cuerpo. Y aun así... parece más entera. No dice gracias, claro que no. Se gira hacia el coche.


No espera respuesta. Abre la puerta del conductor y se mete dentro, con un movimiento rápido, automático. Necesita hacer algo, moverse, salir de ahí. El motor arranca al segundo. Ana Mercedes te lanza una última mirada y sube al asiento del copiloto. Tú vas detrás, te lo has pensado mucho; el coche se pone en marcha y, durante unos segundos, sólo escuchas el sonido del motor y la ciudad pasando al otro lado del cristal. Hasta que Iruz rompe el silencio.


Lo pregunta sin mirar. Con la vista fija en la carretera. Ana Mercedes niega.


Mira al frente, como si ya pudiera verlo.


Y entonces gira ligeramente la cabeza hacia atrás, buscándote.


Iruz aprieta un poco más el volante. La carretera se abre delante de vosotros, mientras serpentea entre el tráfico y da giros bruscos. No parece preguntar dónde está la estación, te da la impresión de que conoce muy bien la ciudad. No pasa demasiado tiempo hasta que os plantáis frente a la estación de autobuses de Soria. La joven rubia aparca con una destreza increíble en un hueco bastante complicado. Resopla y se queda mirando a Ana Mercedes.


Ana Mercedes suelta un poco de aire, como ahogando una risa.


Te toca decidir si vas a acompañar a Ana Mercedes. Iruz no se marchará sin ti, por mucho que se pavonee de ello.