Prólogo – Donde el silencio florece

Iniciado por Maurick, 08 de Jul 2025, 19:59:43

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El trayecto desde Redcoast hasta el sur no tiene nada de épico. Es largo, incómodo y tenso, siguiendo la costa inglesa como quien bordea una herida sin atreverse a mirarla de frente. Jonah lleva el timón con una soltura seca, sin alardes, aprovechando corrientes costeras y evitando mar abierto más de lo necesario; no navega como un marinero, sino como alguien que no quiere llamar la atención ni del mar ni del cielo. ¿Por qué éste tipo sabe manejar una embarcación con tanta soltura?

El clima acompaña lo justo para no mataros: cielo bajo, gris persistente, viento irregular que obliga a corregir constantemente el rumbo. Pasáis frente a puertos medianos y pequeños, siluetas industriales, playas vacías y frías, faros que parpadean con una insistencia casi humana. De noche, el barco avanza envuelto en un silencio raro, roto solo por el motor y el agua golpeando el casco; sientes la Umbra estirarse y contraerse con cada milla, como si el país entero estuviera soltando amarras poco a poco. Cuando Portsmouth aparece al fin en el horizonte, no hay alivio. Solo la certeza de que habéis cambiado de borde... no de problema.

La entrada por mar es gris y funcional, como una boca cansada de tragar hierro. Astilleros militares, cascos alineados como animales enfermos esperando turno, grúas que no se mueven aunque deberían. El puerto no está abandonado, pero tampoco vivo: está en pausa, sosteniéndose por pura inercia. Hay actividad, sí, pero es una actividad sin fe. Gente trabajando porque aún no sabe hacer otra cosa.

El aire es distinto al de Redcoast. Más denso. Más humano. Aquí la Tejedora ha apretado los dientes y ha decidido aguantar, aunque el mundo lleve dos años viniéndose abajo a pedazos.

Lo notas nada más pisar tierra firme. Fatiga estructural. Una ciudad que ha visto demasiadas noticias malas seguidas y ha optado por no reaccionar más. Bilbao, Copenhague, el Báltico, Nevada. Nadie habla de ello en voz alta, pero todo el mundo camina como si esperase la siguiente sirena.

El trasatlántico está ahí, enorme, demasiado grande para este muelle y para esta época. La pintura reciente cubre óxido antiguo. Hay varios tipos merodeando cerca, posiblemente personal de seguridad privada con uniformes neutros, sin insignias claras. No es un barco turístico: es tránsito. Gente que se va porque quedarse ya no es una opción.

Jonah se acerca a hablar con uno de ellos, mientras Himitsu y tú os quedáis atrás.


Se te queda mirando. Jonah parece moverse muy bien en este estilo de situaciones. Está un buen rato charlando, gritando y haciendo aspavientos con el señor. Notas algo raro, como si todo lo de alrededor burbujease o se moviese como una onda.


Al rato el tipo regresa. No parece muy contento.


Encontráis una pensión cerca del puerto, en una calle estrecha donde los edificios se apoyan unos en otros como borrachos antiguos. Fachada de ladrillo ennegrecido, una placa que promete rooms available desde hace más tiempo del que nadie recuerda. La dueña no hace preguntas. Cobra en efectivo. Da llaves sin mirar a los ojos.

La habitación es pequeña. Camas separadas. Sábanas limpias, pero gastadas hasta la transparencia. Una ventana que da a un callejón donde alguien fuma de madrugada sin prisa, como si no tuviera ningún sitio mejor al que ir.

Ante ti quedan dos días de tranquilidad, contemplación y, quizás, algo de soledad. Himitsu y Jonah aguardan, sin saber muy bien a qué. ¿Quizás quieras hablar con ellos de sus motivaciones? ¿Quizás quieras explorar Portsmouth en busca de algo que no sabes muy bien qué es? ¿Quieres pedirle consejo a tu Espíritu Familiar, Ninastoko? ¿O quizás quieras aguardar hasta que llegue el momento de que el gran sarcófago de hierro te lleve hasta Estados Unidos otra vez?

Con que dos días... ¿Qué podemos hacer en dos días? En fin, llevo mucho esperando a comenzar este viaje que por dos días... Con las luces tenues dentro de la habitación me apoyo en el alfeizar de la ventana, mirando hacia el horizonte sin apartar la cortina. Esto lo veía muchas veces en las películas que Jules ponía en la tele, pero nunca he entendido muy bien por qué si con la cortina no se ve nada... Miro de reojo a mis acompañantes, que están ahí sin saber muy bien qué hacer o decir.


Silencio.


Me incorporo y apoyo la cabeza sobre la pared.



No digo nada más. La rabia y la tristeza han inundado mis ojos. Les miro esperando caras de desaprobación y rechazo. Es lógico, no les culpo.

16 de Feb 2026, 01:45:31 #17 Ultima modificación: 16 de Feb 2026, 11:07:12 por Maurick
El silencio después de tus palabras no es incómodo; dirías que es denso. Como si la habitación hubiese decidido escuchar también. Himitsu no aparta la mirada. No hay juicio en ella, solo esa forma suya de observar como si estuviera midiendo el peso real de lo que acabas de soltar.


Se inclina apenas la cabeza.


Nada más; no hay absolución ni consuelo. Solo presencia, cercana, a punto de darte un abrazo. Jonah, en cambio, se queda un momento mirando el suelo. Se pasa la mano por el pelo, resopla, y cuando levanta la vista no hay solemnidad en su cara.


Se apoya contra la pared, cruzando los brazos.


Se encoge de hombros.


Su sonrisa no es alegre. Es fina, casi triste.


Señala hacia el puerto con el pulgar. Se aparta de la pared y se acerca a la ventana, mira hacia fuera sin abrir la cortina.


Se gira una última vez.


La habitación vuelve al silencio. No hay rechazo, ni épica. Solo tres personas en una habitación pequeña, con dos días por delante y un océano esperando. Y por primera vez desde que empezaste a hablar... nadie se mueve para irse.



Cuando llega el momento, no hay ceremonia. El trasatlántico no es blanco ni elegante; es un bloque de acero con cicatrices, más carguero que promesa. Subís por una pasarela estrecha mientras el puerto bosteza detrás, sin que nadie se despida de vosotros.

Himitsu llega con una maleta que parece demasiado pesada para lo que aparenta. Ropa, sí. Pero también pequeños objetos envueltos en tela, cosas que no tintinean aunque deberían. Se mueve con naturalidad, como si cruzar océanos fuese solo otra forma de caminar.

Jonah está de peor humor que en la pensión. No dice por qué. Solo masculla cuando un marinero revisa por segunda vez unos papeles que ya estaban en regla. El sello final cae con un golpe seco: el permiso está presente, a cambio de algo que no sabéis.

El barco no vibra al zarpar; gruñe. Las amarras se sueltan con un sonido húmedo, pesado, y Portsmouth empieza a encogerse detrás de una cortina de bruma gris.

Veinte días. Veinte días sin tierra. Veinte días en los que el mundo queda reducido a acero, sal y horizonte.

El camarote es estrecho y bajo. Una litera de metal, un catre plegable que cruje al respirar, una pequeña escotilla que solo muestra cielo o negrura. El aire huele a combustible viejo y humedad constante. Los marineros apenas os miran; sois carga con piernas, nada más. Dos veces al día, alguien deja una bandeja metálica con algo que pretende ser comida. Harina recalentada, trozos sin nombre. Al menos el agua no sabe a óxido.

El océano no es amable, pero tampoco hostil. Es... indiferente. Durante el día, el barco avanza con una constancia brutal. El horizonte es una línea que no cambia, y eso empieza a pesar más que cualquier tormenta. De noche, el Atlántico respira diferente. El casco cruje. El viento canta en los cables. A veces, el agua golpea con un ritmo que parece deliberado, como si estuviera contando algo que nadie entiende.

No hay eventos. No hay ataques. No hay señales. Y eso es lo inquietante.

Brisa siente la Umbra lejana, como si el océano fuese una extensión de cristal grueso. No bloquea del todo. Pero tampoco permite tocar con claridad. El mundo espiritual aquí no es bosque ni ciudad. Jonah pasa horas en cubierta fumando, mirando al oeste como si intentara distinguir una línea que no existe todavía. A veces habla solo. A veces se ríe de algo que no comparte. Cuando baja al camarote, trae consigo olor a sal y esa energía suya que parece forzar al aire a recolocarse.

Himitsu, en cambio, observa. Escucha el barco. Se detiene ante los pequeños sonidos mecánicos como si también fuesen criaturas con intención. El tiempo no se llena, se estira. Y en ese estiramiento, el pasado tiene espacio para moverse, mientras que el Atlántico no os exige nada, pero os deja solos con todo.

— Bueno, al menos no se han ido —me digo a mi misma—.

Quería venir sola, no sé qué ocurrirá cuando me enfrente a la perdición, porque más muertes por mi culpa sería más difícil de sobrellevar. Pero durante los días en el enorme ascensor horizontal atraviesa-masas de agua, al que llaman barco, me doy cuenta de que necesito compañía. Con ellos puedo distraerme un poco, aunque no formemos una amistad y sea todo formalidad y cordialidad.

Los días los paso meditando, tratando de recordar todos los detalles de la perdición y pensando qué hacer una vez lleguemos allí... De momento no hay nada claro, soy más de ir improvisando ya que puede que lo que nos encontremos sea diferente a lo que recuerdo. Si tenemos que improvisar necesito saber cuáles son los puntos fuertes y cuáles sus puntos débiles de mis acompañantes. Sí, esto puede ayudarme a distraerme un poco.


Cita de: Denebia en 16 de Feb 2026, 11:11:08

Himitsu sonríe y se acomoda sobre una de las camas. Se coloca las manos sobre las rodillas: hoy va vestida con una falda de tela parecida a fieltro, unas medias largas y gruesas de cuadrados blancos y negros, y un jersey de cuello alto. Se retira el gorro y lo deja sobre la almohada.


Abre la maleta y cae sobre el suelo. Está vacía por completo, salvo una extraña niebla negra translúcida que sobresale de ella. Himitsu te mira a los ojos.


Jonah suspira y se pira de la habitación, posiblemente a fumarse otro piti en la cubierta, hablando en un inglés lleno de tacos con el resto de marineros.

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Me quedo un rato pensativa y frunzo el ceño. Parece que voy a decir algo pero me callo al momento. Parece que vuelvo a intentar decir algo, levantando esta vez el dedo pero me vuelvo a callar en el último momento. Suspiro, cojo aire, relajo la expresión de la cara y tuerzo la boca.


Me asalta el pensamiento que si realmente no puede pasar a la umbra va a ser lo mejor, de esta forma no correrá peligro cuando esté con esa maldita serpiente:

- Es un alivio. ¿A Jonah le pasará lo mismo? Puede que él si pueda pero que al final pase de todo este viaje y se marche, lo cual también puede ser un alivio ya que tampoco correrá peligro.

17 de Mar 2026, 23:58:05 #21 Ultima modificación: 18 de Mar 2026, 00:10:58 por Maurick
Himitsu no aparta la mirada de ti. La maleta sigue abierta en el suelo, exhalando esa neblina oscura y translúcida que no termina de comportarse como humo ni como vapor. Durante un instante, la Qualmi parece satisfecha: no porque hayas acertado del todo, sino porque has llegado cerca.


Se inclina un poco hacia la maleta abierta y pasa la mano por encima de la niebla negra, sin llegar a tocarla.


Sus dedos acarician el borde interior de la maleta.


Hace una breve pausa, respetuosa.


La niebla del interior parece agitarse apenas, como si hubiese escuchado su nombre.


Levanta los ojos hacia ti.


La frase queda suspendida entre vosotras un segundo, con ese tono suyo que nunca termina de bromear del todo. Después cierra la maleta con suavidad. El sonido del cierre parece demasiado seco para algo que hace un momento contenía profundidad.




Abre de nuevo el arcón, y de un salto, bastante ligero, se arroja al interior. Es absorbida por la extraña niebla que emana de la maleta. ¿Vas a ir detrás, Brisa del Sur?

Me quedo sorprendida y con más preguntas que respuestas. No sé si es seguro, pero ella sí parece segura de lo que hace y... ¿por qué no? Me gustaría saber cómo funciona esa maleta, ¿acabaremos en mitad del mar? Espero que sepa nadar aunque a mi ni me apetece mucho mojarme ahora, pero... Qué objeto tan fascinante.

Me lanzo yo también.