Prólogo – Donde el silencio florece

Iniciado por Maurick, 08 de Jul 2025, 19:59:43

Tema anterior - Siguiente tema
El trayecto desde Redcoast hasta el sur no tiene nada de épico. Es largo, incómodo y tenso, siguiendo la costa inglesa como quien bordea una herida sin atreverse a mirarla de frente. Jonah lleva el timón con una soltura seca, sin alardes, aprovechando corrientes costeras y evitando mar abierto más de lo necesario; no navega como un marinero, sino como alguien que no quiere llamar la atención ni del mar ni del cielo. ¿Por qué éste tipo sabe manejar una embarcación con tanta soltura?

El clima acompaña lo justo para no mataros: cielo bajo, gris persistente, viento irregular que obliga a corregir constantemente el rumbo. Pasáis frente a puertos medianos y pequeños, siluetas industriales, playas vacías y frías, faros que parpadean con una insistencia casi humana. De noche, el barco avanza envuelto en un silencio raro, roto solo por el motor y el agua golpeando el casco; sientes la Umbra estirarse y contraerse con cada milla, como si el país entero estuviera soltando amarras poco a poco. Cuando Portsmouth aparece al fin en el horizonte, no hay alivio. Solo la certeza de que habéis cambiado de borde... no de problema.

La entrada por mar es gris y funcional, como una boca cansada de tragar hierro. Astilleros militares, cascos alineados como animales enfermos esperando turno, grúas que no se mueven aunque deberían. El puerto no está abandonado, pero tampoco vivo: está en pausa, sosteniéndose por pura inercia. Hay actividad, sí, pero es una actividad sin fe. Gente trabajando porque aún no sabe hacer otra cosa.

El aire es distinto al de Redcoast. Más denso. Más humano. Aquí la Tejedora ha apretado los dientes y ha decidido aguantar, aunque el mundo lleve dos años viniéndose abajo a pedazos.

Lo notas nada más pisar tierra firme. Fatiga estructural. Una ciudad que ha visto demasiadas noticias malas seguidas y ha optado por no reaccionar más. Bilbao, Copenhague, el Báltico, Nevada. Nadie habla de ello en voz alta, pero todo el mundo camina como si esperase la siguiente sirena.

El trasatlántico está ahí, enorme, demasiado grande para este muelle y para esta época. La pintura reciente cubre óxido antiguo. Hay varios tipos merodeando cerca, posiblemente personal de seguridad privada con uniformes neutros, sin insignias claras. No es un barco turístico: es tránsito. Gente que se va porque quedarse ya no es una opción.

Jonah se acerca a hablar con uno de ellos, mientras Himitsu y tú os quedáis atrás.


Se te queda mirando. Jonah parece moverse muy bien en este estilo de situaciones. Está un buen rato charlando, gritando y haciendo aspavientos con el señor. Notas algo raro, como si todo lo de alrededor burbujease o se moviese como una onda.


Al rato el tipo regresa. No parece muy contento.


Encontráis una pensión cerca del puerto, en una calle estrecha donde los edificios se apoyan unos en otros como borrachos antiguos. Fachada de ladrillo ennegrecido, una placa que promete rooms available desde hace más tiempo del que nadie recuerda. La dueña no hace preguntas. Cobra en efectivo. Da llaves sin mirar a los ojos.

La habitación es pequeña. Camas separadas. Sábanas limpias, pero gastadas hasta la transparencia. Una ventana que da a un callejón donde alguien fuma de madrugada sin prisa, como si no tuviera ningún sitio mejor al que ir.

Ante ti quedan dos días de tranquilidad, contemplación y, quizás, algo de soledad. Himitsu y Jonah aguardan, sin saber muy bien a qué. ¿Quizás quieras hablar con ellos de sus motivaciones? ¿Quizás quieras explorar Portsmouth en busca de algo que no sabes muy bien qué es? ¿Quieres pedirle consejo a tu Espíritu Familiar, Ninastoko? ¿O quizás quieras aguardar hasta que llegue el momento de que el gran sarcófago de hierro te lleve hasta Estados Unidos otra vez?

Con que dos días... ¿Qué podemos hacer en dos días? En fin, llevo mucho esperando a comenzar este viaje que por dos días... Con las luces tenues dentro de la habitación me apoyo en el alfeizar de la ventana, mirando hacia el horizonte sin apartar la cortina. Esto lo veía muchas veces en las películas que Jules ponía en la tele, pero nunca he entendido muy bien por qué si con la cortina no se ve nada... Miro de reojo a mis acompañantes, que están ahí sin saber muy bien qué hacer o decir.


Silencio.


Me incorporo y apoyo la cabeza sobre la pared.



No digo nada más. La rabia y la tristeza han inundado mis ojos. Les miro esperando caras de desaprobación y rechazo. Es lógico, no les culpo.

16 de Feb 2026, 01:45:31 #17 Ultima modificación: 16 de Feb 2026, 11:07:12 por Maurick
El silencio después de tus palabras no es incómodo; dirías que es denso. Como si la habitación hubiese decidido escuchar también. Himitsu no aparta la mirada. No hay juicio en ella, solo esa forma suya de observar como si estuviera midiendo el peso real de lo que acabas de soltar.


Se inclina apenas la cabeza.


Nada más; no hay absolución ni consuelo. Solo presencia, cercana, a punto de darte un abrazo. Jonah, en cambio, se queda un momento mirando el suelo. Se pasa la mano por el pelo, resopla, y cuando levanta la vista no hay solemnidad en su cara.


Se apoya contra la pared, cruzando los brazos.


Se encoge de hombros.


Su sonrisa no es alegre. Es fina, casi triste.


Señala hacia el puerto con el pulgar. Se aparta de la pared y se acerca a la ventana, mira hacia fuera sin abrir la cortina.


Se gira una última vez.


La habitación vuelve al silencio. No hay rechazo, ni épica. Solo tres personas en una habitación pequeña, con dos días por delante y un océano esperando. Y por primera vez desde que empezaste a hablar... nadie se mueve para irse.



Cuando llega el momento, no hay ceremonia. El trasatlántico no es blanco ni elegante; es un bloque de acero con cicatrices, más carguero que promesa. Subís por una pasarela estrecha mientras el puerto bosteza detrás, sin que nadie se despida de vosotros.

Himitsu llega con una maleta que parece demasiado pesada para lo que aparenta. Ropa, sí. Pero también pequeños objetos envueltos en tela, cosas que no tintinean aunque deberían. Se mueve con naturalidad, como si cruzar océanos fuese solo otra forma de caminar.

Jonah está de peor humor que en la pensión. No dice por qué. Solo masculla cuando un marinero revisa por segunda vez unos papeles que ya estaban en regla. El sello final cae con un golpe seco: el permiso está presente, a cambio de algo que no sabéis.

El barco no vibra al zarpar; gruñe. Las amarras se sueltan con un sonido húmedo, pesado, y Portsmouth empieza a encogerse detrás de una cortina de bruma gris.

Veinte días. Veinte días sin tierra. Veinte días en los que el mundo queda reducido a acero, sal y horizonte.

El camarote es estrecho y bajo. Una litera de metal, un catre plegable que cruje al respirar, una pequeña escotilla que solo muestra cielo o negrura. El aire huele a combustible viejo y humedad constante. Los marineros apenas os miran; sois carga con piernas, nada más. Dos veces al día, alguien deja una bandeja metálica con algo que pretende ser comida. Harina recalentada, trozos sin nombre. Al menos el agua no sabe a óxido.

El océano no es amable, pero tampoco hostil. Es... indiferente. Durante el día, el barco avanza con una constancia brutal. El horizonte es una línea que no cambia, y eso empieza a pesar más que cualquier tormenta. De noche, el Atlántico respira diferente. El casco cruje. El viento canta en los cables. A veces, el agua golpea con un ritmo que parece deliberado, como si estuviera contando algo que nadie entiende.

No hay eventos. No hay ataques. No hay señales. Y eso es lo inquietante.

Brisa siente la Umbra lejana, como si el océano fuese una extensión de cristal grueso. No bloquea del todo. Pero tampoco permite tocar con claridad. El mundo espiritual aquí no es bosque ni ciudad. Jonah pasa horas en cubierta fumando, mirando al oeste como si intentara distinguir una línea que no existe todavía. A veces habla solo. A veces se ríe de algo que no comparte. Cuando baja al camarote, trae consigo olor a sal y esa energía suya que parece forzar al aire a recolocarse.

Himitsu, en cambio, observa. Escucha el barco. Se detiene ante los pequeños sonidos mecánicos como si también fuesen criaturas con intención. El tiempo no se llena, se estira. Y en ese estiramiento, el pasado tiene espacio para moverse, mientras que el Atlántico no os exige nada, pero os deja solos con todo.

— Bueno, al menos no se han ido —me digo a mi misma—.

Quería venir sola, no sé qué ocurrirá cuando me enfrente a la perdición, porque más muertes por mi culpa sería más difícil de sobrellevar. Pero durante los días en el enorme ascensor horizontal atraviesa-masas de agua, al que llaman barco, me doy cuenta de que necesito compañía. Con ellos puedo distraerme un poco, aunque no formemos una amistad y sea todo formalidad y cordialidad.

Los días los paso meditando, tratando de recordar todos los detalles de la perdición y pensando qué hacer una vez lleguemos allí... De momento no hay nada claro, soy más de ir improvisando ya que puede que lo que nos encontremos sea diferente a lo que recuerdo. Si tenemos que improvisar necesito saber cuáles son los puntos fuertes y cuáles sus puntos débiles de mis acompañantes. Sí, esto puede ayudarme a distraerme un poco.


Cita de: Denebia en 16 de Feb 2026, 11:11:08

Himitsu sonríe y se acomoda sobre una de las camas. Se coloca las manos sobre las rodillas: hoy va vestida con una falda de tela parecida a fieltro, unas medias largas y gruesas de cuadrados blancos y negros, y un jersey de cuello alto. Se retira el gorro y lo deja sobre la almohada.


Abre la maleta y cae sobre el suelo. Está vacía por completo, salvo una extraña niebla negra translúcida que sobresale de ella. Himitsu te mira a los ojos.


Jonah suspira y se pira de la habitación, posiblemente a fumarse otro piti en la cubierta, hablando en un inglés lleno de tacos con el resto de marineros.

Citar

Me quedo un rato pensativa y frunzo el ceño. Parece que voy a decir algo pero me callo al momento. Parece que vuelvo a intentar decir algo, levantando esta vez el dedo pero me vuelvo a callar en el último momento. Suspiro, cojo aire, relajo la expresión de la cara y tuerzo la boca.


Me asalta el pensamiento que si realmente no puede pasar a la umbra va a ser lo mejor, de esta forma no correrá peligro cuando esté con esa maldita serpiente:

- Es un alivio. ¿A Jonah le pasará lo mismo? Puede que él si pueda pero que al final pase de todo este viaje y se marche, lo cual también puede ser un alivio ya que tampoco correrá peligro.

17 de Mar 2026, 23:58:05 #21 Ultima modificación: 21 de Mar 2026, 10:46:49 por Maurick
Himitsu no aparta la mirada de ti. La maleta sigue abierta en el suelo, exhalando esa neblina oscura y translúcida que no termina de comportarse como humo ni como vapor. Durante un instante, la Qualmi parece satisfecha: no porque hayas acertado del todo, sino porque has llegado cerca.


Se inclina un poco hacia la maleta abierta y pasa la mano por encima de la niebla negra, sin llegar a tocarla.


Sus dedos acarician el borde interior de la maleta.


Hace una breve pausa, respetuosa.


La niebla del interior parece agitarse apenas, como si hubiese escuchado su nombre.


Levanta los ojos hacia ti.


La frase queda suspendida entre vosotras un segundo, con ese tono suyo que nunca termina de bromear del todo. Después cierra la maleta con suavidad. El sonido del cierre parece demasiado seco para algo que hace un momento contenía profundidad.


Spoiler

Abre de nuevo el arcón, y de un salto, bastante ligero, se arroja al interior. Es absorbida por la extraña niebla que emana de la maleta. ¿Vas a ir detrás, Brisa del Sur?

Me quedo sorprendida y con más preguntas que respuestas. No sé si es seguro, pero ella sí parece segura de lo que hace y... ¿por qué no? Me gustaría saber cómo funciona esa maleta, ¿acabaremos en mitad del mar? Espero que sepa nadar aunque a mi ni me apetece mucho mojarme ahora, pero... Qué objeto tan fascinante.

Me lanzo yo también.

No encuentras suelo al otro lado. Atraviesas la niebla negra del interior del arcón esperando madera, hierro, quizá el mismo camarote deformado por la Penumbra del barco. Pero no. Lo que te recibe es una caída silenciosa, limpia, larguísima, a través de un espacio que no debería existir. El aire desaparece. El mundo de la carne se cierra sobre sí mismo como una herida cosida a toda prisa.

Debajo de ti no hay trasatlántico, ni cubierta, ni sombra de hélices. Solo un océano inmenso, oscuro y quieto, extendiéndose hasta un horizonte que no parece curvarse nunca. El agua umbral es negra, pero no ciega: refleja constelaciones que no conoces, lunas pálidas que no pertenecen del todo a Selene y una luz mortecina, fantasmal, que parece nacer de la propia profundidad. Caes hacia esa superficie como una piedra, y entonces el viento te reconoce.

Una brisa fría, leve al principio, se arremolina alrededor de tu cuerpo. No es una ráfaga violenta, ni una mano invisible que te atrape en el último instante. Es algo más antiguo. Más íntimo. El aire gira en torno a ti con una ternura áspera, como si recordara perfectamente el peso de tus huesos, el olor de tu pelaje, el latido concreto de tu miedo. La caída se frena. Tus patas —o tus pies, durante un segundo resulta difícil saber qué eres exactamente en ese lugar— rozan la superficie del océano y, en lugar de hundirte, el agua te sostiene.

A tu lado, la negrura del mar se ilumina con dos presencias. La primera adopta una forma equina alta y orgullosa, hecha de luz cenicienta y líneas de plata húmeda. No hay putrefacción en ella, ni furia ciega, ni hambre de carne. Solo una nobleza severa, recuperada demasiado tarde. El alma purificada de Pezuña Caótica te observa sin hostilidad, con la quietud de quien por fin ha sido arrancado del delirio y recuerda vagamente que una vez sirvió a algo más grande que su propia rabia. La segunda figura emerge detrás, casi superpuesta, como si ambas compartieran una misma raíz. Un anciano Uktena de facciones duras y cansadas, erguido sobre la superficie imposible del océano, con la gravedad de los árboles viejos y de las montañas que no se explican a nadie. Ninastoko no te habla. No lo necesita. Su sola presencia hace que el aire en torno a ti deje de temblar. Durante un instante absurdo, brutal, comprendes que no estás sola en la caída. Que alguien —o algo— ha venido contigo hasta aquí.

El mar se abre entonces con un sonido sordo. Como si una masa enorme hubiese decidido recordar que existía. De la superficie surge una criatura gigantesca, húmeda y antinatural: un pez colosal, de lomo oscuro y vientre pálido, con largos bigotes de gato que vibran al compás de la corriente y mechones de pelaje pegados al cuerpo como algas vivas. Sus ojos son demasiado conscientes. Demasiado serenos. Su boca se abre con lentitud y la voz que sale de ella llega envuelta en una resonancia abisal, ominosa, más sentida en el pecho que escuchada en los oídos. Pero la reconoces.


La inmensa cabeza gira apenas. El agua resbala por sus bigotes y cae de nuevo al mar como si el océano se estuviera devolviendo a sí mismo. Tú activas el Don del Espíritu del Pez. Lo sientes al instante: la piel, la respiración, la forma en que el agua deja de ser obstáculo y empieza a convertirse en camino. Algo en tu cuerpo recuerda una verdad muy vieja. Nadar y descender. Escuchar sin palabras.


Entonces comienza a nadar como quien conoce el rumbo y no necesita mirar atrás para comprobar si lo siguen. Las estrellas brillan sobre vosotras con una intensidad sobrenatural, clavadas en el firmamento como alfileres de hielo. El mar umbral refleja esa luz de una forma enferma y bella, y cuando os internáis en la superficie, la claridad no desaparece: simplemente se vuelve más azul, más tenue, más espectral. Nadáis hacia abajo. Hacia una oscuridad atravesada por reflejos lejanos, por corrientes silenciosas y por formas que parecen ruinas vistas a través de un sueño.


La presión llega pronto. Primero como una molestia sorda en el pecho. Luego como un puño inmenso cerrándose alrededor del cráneo, de las costillas, de las articulaciones. El fondo no se acerca. O sí, pero lo hace despacio, como si quisiera obligarte a merecerlo. Sin embargo, justo cuando el malestar amenaza con volverse dolor, una sensación agradable se extiende por tu cuerpo. Fresca y clara, como si una corriente espiritual te envolviera desde dentro y apartara el peso del océano con delicadeza imposible.

Sigues bajando, y comienzas a notarlo. No es Wyrm ni podredumbre. No esa tensión aceitosa, infecta, que precede a las Perdiciones y a las cosas mal hechas. Otra cosa, otra presencia. El lecho marino surge al fin bajo vosotras, vasto y silencioso, cubierto por una colonia imposible. Un millar de pequeñas formas adheridas a la roca, a los restos de estructuras hundidas, a las grietas del fondo. Parecen pecebes. O moluscos. O párpados petrificados. Todos emiten una luz tenue, azulada, casi lunar. Y todos tienen un ojo. Miles de ojos amarillentos, húmedos, abiertos, conscientes, mirando en todas direcciones y reaccionando poco a poco a vuestra llegada. No hay ataque ni hambre. Solo atención. El fondo marino entero parece despertar a cámara lenta, como si hubiese estado esperando no vuestra presencia, sino vuestra mirada. Himitsu reduce la velocidad y gira a tu alrededor con la pesadez majestuosa de su forma monstruosa.




Las luces de aquella colonia palpitan una vez. Después otra. Como un órgano enorme aprendiendo a latir.


Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31A tu lado, la negrura del mar se ilumina con dos presencias. La primera adopta una forma equina alta y orgullosa, hecha de luz cenicienta y líneas de plata húmeda. No hay putrefacción en ella, ni furia ciega, ni hambre de carne. Solo una nobleza severa, recuperada demasiado tarde. El alma purificada de Pezuña Caótica te observa sin hostilidad, con la quietud de quien por fin ha sido arrancado del delirio y recuerda vagamente que una vez sirvió a algo más grande que su propia rabia. La segunda figura emerge detrás, casi superpuesta, como si ambas compartieran una misma raíz. Un anciano Uktena de facciones duras y cansadas, erguido sobre la superficie imposible del océano, con la gravedad de los árboles viejos y de las montañas que no se explican a nadie. Ninastoko no te habla. No lo necesita. Su sola presencia hace que el aire en torno a ti deje de temblar. Durante un instante absurdo, brutal, comprendes que no estás sola en la caída. Que alguien —o algo— ha venido contigo hasta aquí.



No quería encontrármelos. Siempre están atentos de lo que hago y no creo que les haya gustado nada que haya abandonado mi clan, mi manada... y todo por un impulso egoísta. No me apetecía nada su discurso paternalista y moralista de lo que se espera de mi y de que mis decisiones pueden afectar a muchos... Pero no me dicen nada, solo observan. No parecen enfadados ni molestos, por lo que puede que se reserven para otro momento en el que no haya espectadores. Bueno, dejaremos a la Brisa del futuro que se enfrente a esa conversación. Ahora no quiero discutir.

Cita de: Maurick en 21 de Mar 2026, 11:34:31El mar se abre entonces con un sonido sordo. Como si una masa enorme hubiese decidido recordar que existía. De la superficie surge una criatura gigantesca, húmeda y antinatural: un pez colosal, de lomo oscuro y vientre pálido, con largos bigotes de gato que vibran al compás de la corriente y mechones de pelaje pegados al cuerpo como algas vivas. Sus ojos son demasiado conscientes. Demasiado serenos. Su boca se abre con lentitud y la voz que sale de ella llega envuelta en una resonancia abisal, ominosa, más sentida en el pecho que escuchada en los oídos. Pero la reconoces.

Puede que el cansancio o el viaje afecte a mi memoria, pero no recordaba que fuese tan grande. No importa, no me voy a echar para atrás.

Citar
La presión llega pronto. Primero como una molestia sorda en el pecho. Luego como un puño inmenso cerrándose alrededor del cráneo, de las costillas, de las articulaciones. El fondo no se acerca. O sí, pero lo hace despacio, como si quisiera obligarte a merecerlo. Sin embargo, justo cuando el malestar amenaza con volverse dolor, una sensación agradable se extiende por tu cuerpo. Fresca y clara, como si una corriente espiritual te envolviera desde dentro y apartara el peso del océano con delicadeza imposible.

Lo hago. La verdad es que la sensación al principio es de agobio, pero acabo acostumbrándome. Nunca había nadado tanto ni tan profundo. La verdad es que es una sensación agradable una vez te acostumbras a ella, pero no se puede comparar a correr junto a tu manada, libre y sin preocupaciones, sintiendo la tierra bajo tus patas y el viento ululando en los oídos.

CitarLas luces de aquella colonia palpitan una vez. Después otra. Como un órgano enorme aprendiendo a latir.



Me mantengo alerta por si acaso, de momento no parecen hostiles, hasta que algo les molesta y lo son. Quiero saber si su colocación sigue algún patrón, si se ve alguna más grande que otra o si se ven si están unidas entre sí.


Himitsu, en su forma de pez gato, inmensa y antinatural, se limita a nadar un poco más cerca de ti, describiendo un arco lento sobre el lecho marino. Sus bigotes vibran con suavidad, como si tastasen la corriente, y durante un instante parece más sacerdotisa que depredadora. A tu espalda, las dos presencias que te habían acompañado en la caída dejan de observar. El alma purificada de Pezuña Caótica avanza primero, majestuosa y silenciosa, con esa nobleza severa que sólo poseen las almas que han sufrido demasiado y, aun así, han encontrado descanso. Ninastoko va con él, no como escolta ni como sombra, sino como si ambos compartieran una misma verdad que tú todavía no alcanzas a nombrar. No pronuncian una sola palabra, no te juzgan, simplemente se acercan. Y entonces se disipan en tu interior.

Lo que recibes es calma. Una calma tan profunda que al principio casi asusta. Comprensión, quietud, la sensación nítida y brutal de que, aunque hayas querido marcharte sola, aunque hayas intentado convertir este viaje en una deuda privada, no vas a estar sola nunca del todo. Ellos seguirán contigo. En el orgullo, en el error, en la rabia. Incluso en la huida; especialmente en la huida. El océano umbral parece contener el aliento.

Himitsu se detiene y gira un poco la enorme cabeza hacia el lecho, alerta. Bajo los millares de percebes luminosos, algo se mueve. Primero, apenas un temblor. Luego un destello bioluminiscente recorre las colonias adheridas a la roca, como si una corriente hubiese despertado una red nerviosa enterrada bajo siglos de silencio. Tú misma alcanzas a ver entonces que no están dispersos al azar: se agrupan siguiendo curvas amplias, casi espirales, un patrón orgánico y deliberado. Algunos son mayores que otros, sí, y entre ellos parecen tenderse filamentos de luz azulada, pulsos diminutos que corren de uno a otro como pensamientos intercambiados en la oscuridad. No eran una colonia junto a algo, eran parte de ello. Y entonces la voz os alcanza. Resuena directamente dentro del espíritu, ronca y antigua, como si hubiese tenido siglos para aprender a despreciar el lenguaje sin dejar de usarlo.


La presión del fondo cambia. No se vuelve hostil... pero sí consciente. Los percebes palpitan una vez más, y en ese latido conjunto sientes que algo inmenso está terminando de despertar debajo de vosotras. No distingues aún su forma completa. Sólo fragmentos: una curvatura descomunal bajo la roca, un pliegue mineral que no parece piedra, una hondura parecida a un párpado o a una concha viva. La voz vuelve, esta vez más cerca. Más personal.


No hay burla en la pregunta. Y eso la vuelve mucho peor: porque no pretende humillarte. Pretende pesarte. A tu lado, Himitsu no se mueve. Incluso en esa forma monstruosa percibes algo parecido a la emoción atravesándola. Sus ojos, demasiado serenos, están clavados en ti. No en la criatura, en ti. Te está mirando como si supiera que ésta no es una pregunta cualquiera. Como si la respuesta importase más que cualquier colmillo, más que cualquier combate, más que la propia sierpe que os ha traído hasta el mar. Y en torno a vosotras, el lecho entero sigue observando con millares de ojos húmedos, luminosos y pacientes.

02 de Abr 2026, 18:03:20 #26 Ultima modificación: 02 de Abr 2026, 18:13:38 por Denebia
Cuando la calma me invade es cuando me doy cuenta de que soy más liviana de lo normal y que me mezo con la corriente. Trato de mirar mi cuerpo y no veo mis extremidades, en su lugar veo una gran aleta. Doy varias vueltas sobre mi misma y caigo en la cuenta de que es la primera vez que uso mi don Espíritu del Pez. Ahora soy un bonito pez betta -más grande de lo normal- de cuerpo púrpura con reflejos azules.



Citar


Hago una leve pausa acercándome un poco más hacia el foco de la voz.


El lecho marino vuelve a palpitar. No como un corazón. Como algo más antiguo, más lento, más ajeno a la carne. Los percebes luminosos se encienden por franjas, y la luz azulada corre de uno a otro en curvas inmensas, como si una idea estuviera viajando bajo la roca. Himitsu no se mueve. A tu alrededor, el agua parece haberse vuelto más densa, más atenta. La voz regresa.


Un temblor más profundo atraviesa el fondo. Bajo los millares de ojos húmedos, algo inmenso reajusta su peso con una parsimonia tectónica. Ahora sí alcanzas a distinguir una forma más clara bajo la costra del lecho: una curva descomunal, un pliegue mineral que no debería respirar... y, aun así, respira.


La presión alrededor de tu cuerpo no se vuelve hostil, pero sí insoportablemente precisa. Como si una conciencia inmensa estuviese repasando cada hebra de tu espíritu, una por una. Entonces comprendes que no está mirando a tus ojos de pez ni a tu postura en el agua. Está mirando la mancha, la huella que llevas dentro.


Himitsu gira apenas la cabeza hacia ti. Incluso en esa forma monstruosa percibes el estremecimiento que la atraviesa.


Durante un instante, el océano entero parece guardar silencio para que esas palabras terminen de hundirse.


Un destello más intenso recorre el lecho. Esta vez no solo ilumina los percebes: ilumina lo que hay entre ellos. Vetas blanquecinas. Costras minerales. Restos de sal adheridos a roca y carne antigua como si ambas llevaran siglos intentando distinguirse sin conseguirlo. Entonces algo se abre: una grieta viva entre placas y quitinas, lo suficiente para que desde su interior brote una claridad turbia, lechosa. Y con ella llega una visión. No la observas con los ojos, la sufres.

Agua inmensa. Oscura. Primordial. Corrientes enteras deteniéndose como venas coaguladas. Regiones del mar donde el azul desaparece y sólo queda un blanco sucio, insoportable, como si el océano hubiera empezado a secarse desde dentro. Algo larguísimo se retuerce en la distancia: segmentos interminables, espinas, bocas menores abriéndose a lo largo de un vientre imposible. No nada. Devora. Y allí por donde pasa, el mar pierde memoria. Movimiento. Fertilidad. La visión se rompe de golpe. El fondo vuelve a estar quieto, pero ya no igual.


La luz de los percebes disminuye lo justo para dejaros en una penumbra reverencial.


Por primera vez, la inmensa presencia parece reparar en Himitsu de manera más explícita.


Himitsu inclina apenas la cabeza. No responde: no quiere romper este momento. La voz vuelve a ti.


La presión aumenta un poco, no como amenaza, sino como una mano enorme apoyándose sobre la verdad.


El lecho entero os observa.


Citar

Escucho atenta. Me viene a la memoria cuando mi manada... mi antigua manada y yo nos enfrentamos a una garra del Wyrm. Me pregunto a mi misma si esta situación será lo mismo. No fue nada fácil, pero esta idea no hace que desista de mi empeño.

Citar
El lecho entero os observa.


No me precipito a contestar. Sé que la respuesta es tan importante como su pregunta. Soy firme en mi declaración, como si llevase días macerando la respuesta en mi interior -sin ni siquiera saber que me la preguntarían- pero nunca me hubiese atrevido a decir en voz alta.


Hago una pequeña pausa.


Miro al ser que se ha materializado ante mi y, aunque tuviera párpados, sin parpadear y firme. Espero su siguiente respuesta.

El océano permanece inmóvil durante unos segundos que se te meten en el cuerpo como una fiebre lenta. Ni siquiera el temblor de los percebes parece ya un movimiento natural, notas que todo ahí abajo escucha y sigue tus torpes movimientos submarinos. Tú sigues flotando frente a aquella inmensidad enterrada, aguardando una respuesta. Te paras a pensar si lo que has respondido lo has hecho con tu boca o con tu mente. ¿Quizás este inmenso ser también se sabe la del «Chat mental»? Los millares de ojos húmedos que cubren el lecho marino parpadean al unísono, y la luz azulada que los une se vuelve más densa, más profunda, como si hubiese bajado un pensamiento entero por las grietas del fondo. Himitsu no se acerca más, se queda quieta, suspendida en esa forma monstruosa, con los bigotes inmensos oscilando por el vaivén del agua. Te mira a ti otra vez, no a la presencia que tenéis delante.

Y entonces la voz vuelve.


El fondo cruje bajo las colonias de percebes, y un movimiento que levanta un montón de arena te permite entender la forma de Xolomotl un poco mejor: una curva inmensa, placas calcáreas, pliegues que parecen lecho y carne a la vez.

Cita de: Denebia en 21 de Abr 2026, 01:26:44


La frase se te queda dentro del corazón, pesada y molesta, como una verdad que no te apetecía recibir y, aun así, encaja. A tu lado, Himitsu se mueve al fin. No demasiado, con el gesto prudente de quien sabe que está al borde de preguntar algo que no debería.


Las luces del lecho marino se apagan durante un momento, lo justo para que el frío empiece a notarse a través de tus escamas. La respuesta de Xolomotl llega sin prisa, y sin embargo te da la impresión de que ha decidido algo.


El nombre no viaja como una presentación. Cae sobre vosotras como una piedra ritual, antigua, pulida por siglos de silencio.


Una corriente helada te recorre el espinazo. No por el agua. Por el peso de lo que está diciendo.


Los percebes luminosos palpitan otra vez. La visión te roza sin llegar a cuajar del todo: mares blancos de sal, corrientes detenidas, un fondo oceánico abierto como una herida inmensa. Nada más que un destello, un flash. Como cuando alguien sacaba el móvil para sacar una foto. Un instante de luz, pero suficiente.


Himitsu aguanta en silencio. Tú alcanzas a notar que algo en su postura se ha tensado. Muy poco. Lo suficiente.


Esta vez la reacción de Xolomotl no tarda. El lecho marino entero parece cerrarse un poco sobre sí mismo, como un animal inmenso recogiendo las tripas. Como una estrella de mar replegándose sobre sí misma.


No hay rabia en esas palabras, precisamente por eso duelen más. Himitsu no replica. Durante un instante, incluso en esa forma extraña, parece más pequeña. Aprieta el cuerpo, recoge un poco la cabeza, y cuando vuelve a mirarte a ti ya no hay curiosidad en sus ojos, sino algo que podrías decir que es pavor. Entonces empiezan a surgir burbujas. Primero unas pocas, escapándose del lecho marino entre las colonias de ojos. Luego muchas, demasiadas. Columnas enteras de aire o de algo parecido al aire ascienden desde las grietas del fondo, enturbiando el agua, rompiendo la quietud reverencial del lugar y llenándolo todo de una agitación súbita y ciega. Himitsu gira de golpe.


La ves moverse por fin con una urgencia nada teatral ni elegante. Se acabó el diálogo, sin duda. Su cuerpo enorme traza un giro brusco y empieza a ascender, esperándote un instante antes de asumir que la sigues. Tú impulsas la aleta y el fondo comienza a quedar atrás. Las burbujas os envuelven al mismo tiempo que la luz de los percebes se vuelve confusa, rota en fragmentos, como si el propio dominio de Xolomotl se estuviera cerrando sobre sí mismo o, peor aún, despertando más de la cuenta por haberos tolerado demasiado tiempo. Nadas tras Himitsu con las articulaciones tensas, agitándolas todo lo rápido que puedes antes de que lo que sea que surge del fondo te alcance; y entonces lo ves, durante un instante.

Una silueta humana entre las burbujas, más arriba y a tu derecha, suspendida en el agua como si no perteneciera a ese lugar ni a esa escena. Un chaval, joven, con el pelo flotando un poco alrededor de la cabeza. No debería estar ahí, no puede estar ahí. Y sin embargo, durante ese segundo brutal, dirías que es Jonah. Luego una corriente de espuma umbral te cruza por delante y ya no hay nadie. El ascenso se vuelve un borrón de presión y negrura, y lo siguiente que sientes es el tirón seco del regreso.

Sales del arcón con una bocanada que no necesitabas dar. La habitación del camarote vuelve de golpe: hierro, madera, aire inmóvil, el crujido sordo del barco bajo los pies. Himitsu aparece contigo, trastabillando apenas al apoyar una mano en el borde del arcón. Durante un momento las dos os quedáis quietas, reubicando el peso del cuerpo y la respiración. No estáis mojadas, ni una gota. Eso resulta más inquietante que cualquier otra cosa. Jonah no está en el camarote. Tampoco en el pasillo, al menos no por lo que alcanzas a oír. Solo el rumor lejano de la maquinaria y el mar golpeando fuera, ajeno a lo que acaba de pasaros. Himitsu cierra el arcón de golpe. Esta vez el chasquido suena menos ceremonial y más cansado. Se queda de espaldas unos segundos, con los hombros un poco altos, conteniendo algo que no termina de decir. Tú notas entonces una molestia leve en uno de los bolsillos: metees la mano.

Lo que sacas es un percebe seco, pequeño, grisáceo, adherido a un trozo mínimo de costra salina. No tiene brillo. No se mueve. Parece una porquería marina sin importancia. Pero en cuanto lo rozas con la yema de los dedos, algo frío y vasto te atraviesa por dentro. No es una voz ni una visión. Es una presencia, lejanísima y paciente. Como una marea retenida al fondo del alma: lo sabes sin necesidad de pensar demasiado. Xolomotl.

Himitsu se gira al notar el cambio en tu cara. Mira el objeto en tu mano y frunce apenas el ceño. No parece gustarle, no porque le tenga miedo exactamente... sino porque no le pidió permiso para dejarte algo. Da un paso hacia ti, aún con el cuerpo algo rígido. Cuando habla, la molestia ya se le ha metido en la mandíbula, en la forma precisa en que mide cada palabra.


La pregunta queda suspendida entre el arcón cerrado, el percebe seco en tu mano y lo que acabáis de vivir.